En 1810 fue avistado por primera vez un gigantesco cachalote gris que formó parte de la tradición ballenera bajo el nombre de Mocha Dick. Durante medio siglo se oyeron relatos sobre los fallidos intentos de capturarlo. No fue sino hasta 1859 que Mocha fue atrapado luego de sufrir diecinueve arponazos por un ballenero sueco.

Prólogo

Vivimos tiempos en que los hombres pueden arponear impunemente a las ballenas. A despecho de todos los ecologistas del mundo, las localizan por medio del radar, consiguen incluso algunas veces la complicidad de un hidroavión y luego, para dar muerte al enorme mamífero que emerge a lo lejos, tienen suficiente ya con apretar el gatillo desde la cubierta del barco homicida. Ni siquiera les tiembla el pulso.
Hubo otras épocas, sin embargo, en las que no lo tuvieron tan fácil. Los marineros embarcaban entonces en incómodos veleros, arriaban precipitadamente los botes, remaban sin descanso hacia donde estaba la ballena y, cuando la tenían a tiro, lanzaban los crueles arpones y confiaban en su buena suerte.
Aquellas cacerías, sin embargo, acababan muchas veces en tragedia. Fue en uno de esos lances, por ejemplo, donde el enigmático protagonista de esta novela, el capitán Ahab, perdió una pierna, la sustituyó por otra de marfil y concibió un odio mortal hacia aquella colosal ballena blanca y solitaria que sembraba el terror por mares sin civilizar.
Lo que deberíamos hacer ahora, sin embargo, es determinar las razones de ese odio inextinguible. Seamos cantos y no aventuremos hipótesis precipitadas. Puede que la mutilación de Ahab no tuviese nada que ver porque todos sabemos que hay odios que encuentran sus más secretas motivaciones mucho más allá de las cosas que han sucedido en este mundo y que actúan sobre nosotros a nivel inconsciente.
Para despejar la incógnita deberíamos tal vez indagar sobre la verdadera naturaleza de Moby Dick. ¿Qué representa realmente ese monstruo? ¿Qué simboliza esa ballena omnidestructiva e invencible, a quien el marino mutilado escupe desde el corazón del Infierno?
Para la mayoría, Moby Dick es la encarnación marina de Leviatán «que hace hervir los mares como una cacerola», según nos dice lord Bacon en su versión de los Salmos. No es de extrañar, pues, que cuando el herrero se dispone a templar el acero del arpón destinado a la gran ballena y pide que le acerquen un tonel de agua, Ahab le niega el agua y ofrece en su lugar la sangre donada por tres arponeros.
«Yo no te bautizo en el nombre del Padre, sino en el nombre del Diablo», ruge Ahab, cuando el mortal arpón está a punto.
Luego está también la ballena que se tragó a Jonas. Porque así como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches —puede leerse en los Salmos—, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.
Pura ficción dramática, dicen los exégetas de la Biblia. El héroe desaparece en el oeste durante una tormenta engullido por un gran pez. Durante toda la noche el pez navega con el héroe de sus entrañas y al día siguiente lo vomita en una playa del este. El héroe, es decir, el Sol, reaparece siempre por oriente.
Algunos van un poco más allá y ven en Moby Dick a la personificación del mal, pero dentro de los planes divinos, es decir, ven a la gran ballena blanca convertida en ministro de Dios que, dentro del predestinacionismo puritano que tanto angustia al capitán Ahab, tiene la misión de castigar a los que deben ser condenados. Si aceptamos esa hipótesis, Moby Dick sería la mano izquierda de Dios y Ahab el soberbio pecador que debe ser castigado. ¿No hubo acaso en la Biblia un rey rebelde contra Dios, esposo de Jezabel, que se llamó también Ahab?
Las interpretaciones de Moby Dick podrían ser todavía mucho más variadas, pero preferimos seguir las recomendaciones de uno de sus mejores traductores, José María Valverde, cuando escribe que «no caeremos en creer que quepa una explicación unívoca y clara, conscientes del margen de ambivalencia y aun polivalencia que hay en toda obra literaria».
Lo que también sorprende es el color de Moby Dick. ¿Existen realmente ballenas de color blanco? Todos hemos oído hablar de la beluga, cetáceo de unos cinco metros de longitud que vive en los helados mares árticos, pero que raras veces desciende hacia el sur. Cuando son jóvenes las belugas tienen la piel gris, pero cuando son adultas se vuelven blancas. Esa es la razón de que se las conozca también con el sobrenombre de ballenas blancas. ¿Qué fue, pues, Moby Dick? Sólo una beluga anormalmente desarrollada?
Se nos presenta, además, un contrasentido. El blanco es el color de la verdad absoluta. Sólo el blanco refleja todos los rayos luminosos, es la unidad de la que emanan los colores primigenios y los mil tonos que dan color a la naturaleza. Si realmente Moby Dick es el símbolo del mal, por qué Ahab no la llamó Ballena Negra, si el negro es la negación de la luz y el símbolo del error y, en última instancia, del mismísimo Diablo?
Nos da una explicación el propio Melville, en el capítulo 42 de su ópera magna: «La idea de blancura, si se separa de asociaciones más benignas y se une con cualquier objeto que en sí mismo sea terrible, eleva ese terror hasta los últimos límites».
De cualquier modo, lo que sí podríamos decir es que en Moby Dick se narra la historia de la lucha de un hombre contra su terrible obsesión. La novela, que apareció en el año 1851, no fue bien recibida por la crítica ni tampoco por el público. Fue preciso esperar hasta los «felices años veinte» para que la novela fuese debidamente valorada. Moby Dick está hoy considerada corno una de las mejores obras de la llamada Edad de Oro de la narrativa norteamericana. Vale de verdad la pena navegar por sus páginas.


Javier Tomeo


Dedicatoria

En señal de admiración a un genio este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne

Etimología

Proporcionada por un difunto Auxiliar tísico de un Instituto


Aquel pálido Auxiliar... raído de traje, de corazón, de cuerpo y de cerebro: le estoy viendo ahora. Siempre estaba desempolvando sus viejos diccionarios y gramáticas, con un extraño pañuelo, burlona-mente embellecido con todas las alegres banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le gustaba desempolvar sus viejas gramáticas: no se sabe cómo, eso le recordaba suavemente su mortalidad.
«Cuando os proponéis dar lecciones a otros y enseñarles con qué nombre se llama en nuestra lengua a la ballena —whale—, dejándoos por ignorancia la letra H, que casi por sí sola constituye el significado de la palabra, decís algo que no es verdadero.»

Hakluy

«WHALE... en sueco y danés, heal. Este animal se nombra así por su redondez y su modo de revolcarse, pues en danés hvalt es arqueado o abovedado.»

Diccionario de Webster

«WHALE... Procede más inmediatamente del holandés y alemán Wallen; anglosajón Walw-ian, rodar, revolcarse.»

Diccionario de Richardson

Ιπ Hebreo
Χητοζ Griego
Cetus Latín
Whoel Anglosajón
Hvalt Danés
Wal Holandés
Hwal Sueco
Whale Islandés
Whale Inglés
Baleine Francés
Ballena Español
Peki-Nui-Nui Fidjiano
Pehi-Nui-Nui Erromangoano

Citas

Proporcionadas por un Sub-Sub-Bibliotecario


Como se verá, este simple horadador laborioso y gusano de biblioteca, este pobre diablo de Sub-Sub-Bibliotecario, parece haber atravesado todas las largas galerías vaticanas y los puestos de libros de la tierra, recogiendo cualquier alusión azarosa a las ballenas que pudiera encontrar de cualquier modo en cualquier libro, sagrado o profano. Por consiguiente, al menos en ciertos casos, no debéis tomar las embarulladas afirmaciones ballenarias de estas citas, aunque auténticas, por auténticos evangelios de la cetología. Lejos de eso. En lo que toca a los autores antiguos en general, tanto como a los poetas que aquí aparecen, estas citas sólo son valiosas, o entretenidas, en cuanto que proporcionan una vista de pájaro de lo que, de modo vario, se ha dicho, pensado, imaginado y cantado sobre leviatán, por muchas naciones y generaciones, incluyendo la nuestra.
Así que queda con Dios, pobre diablo de Sub-Sub, cuyo comentador soy yo. Tú perteneces a esa desesperanzada y pálida tribu que ningún vino de este mundo ha de calentar jamás, y para la cual incluso el jerez pálido sería demasiado rosado y fuerte; pero que es gente con la cual a uno le gusta a veces sentarse y sentirse también un pobre diablo, y ponerse alegre entre lágrimas, y decir por las buenas, con los ojos cargados y los vasos vacíos, y con tristeza no del todo desagradable: «¡Basta ya, Sub-Subs! ¡Pues cuanto más os esforcéis en complacer al mundo, más seguiréis para siempre sin recibir agradecimiento!». ¡Ojalá pudiera yo dejar libres para vosotros Hampton Court y las Tullerías! Pero tragaos las lágrimas y arriba los corazones, hasta el mastelero de sobrejuanete; pues vuestros amigos, que han partido antes, están dejando libres los cielos con sus siete círculos, y exiliando ante vuestra venida a Gabriel, Miguel y Rafael, tanto tiempo mimados. ¡Aquí sólo tocáis reunidos corazones rotos; allí entrechocaréis vasos que no se pueden romper!

«Y Dios creó las ballenas.»

Génesis


«El Leviatán deja un rastro brillando detrás: se pensaría que la profundidad ha encanecido.»

Libro de Job


«Y entonces el Señor había preparado un gran pez para que se tragara a Jonás.»

Jonás


«Allí van los barcos, allí está ese Leviatán a quien has creado para que jugara en el mar.»

Salmo


«En aquel día, el Señor con su cruel, grande y fuerte espada, castigará al Leviatán, a la serpiente que se desliza, al propio Leviatán, esa serpiente retorcida, y matará al dragón que está en el mar.»

Isaías


«Y cualquier cosa más que entre en el abismo de la boca de ese monstruo, sea animal, barco o piedra, es devorada al punto en su terrible y enorme engullida, y perece en el insondable golfo de su panza.»

Holland, Obras morales de Plutarco


«Los mares indios crían los mayores peces que hay: entre los cuales las ballenas, esos torbellinos llamados balaenae, ocupan de largo tanto como cuatro arapendes de tierra.»

Holland, Plinio


«Apenas llevábamos dos días avanzando por el mar, cuando, hacia el amanecer, aparecieron muchas ballenas y otros monstruos del mar. Entre aquéllas, una era de tamaño monstruoso... Esta vino hacia nosotros, con la boca abierta, levantando olas por todas partes, y sacudiendo el mar por delante en espuma.»

Tooke, Luciano «La verdadera historia»


«Visitó, pues, este país con intención de pescar ballenas, que tenían por dientes huesos de gran valor, de los que llevó algunos al rey... Las mejores ballenas se cazaban en su país, y algunas de ellas eran de cuarenta y ocho a cincuenta yardas de largas. Dijo que el era uno de los seis que habían matado sesenta ballenas en dos días.»

Otro de los relatos orales de Octher u Other, tomado de su boca por el rey Alfred, en el año 890


«Y mientras que todas las otras cosas, sean animales o navíos, que entran en el terrible golfo de la boca de este monstruo (la ballena), inmediatamente se pierde y son tragados, el gobio de mar se refugia en ella con gran seguridad, y allí duerme.»

Montaigne. Apologia de Raymond Sebond


«¡Volemos, volemos! Que me lleve Pateta si no es éste el Leviatán descrito por el noble profeta Moisés en la vida del paciente Job.»

Rabelais


«El hígado de esa ballena era de dos carretadas.»

Anales de Stowe


«El gran Leviatán que hace hervir los mares corno una cacerola.»

Lord Bacon. Versión de los Salmos


«Respecto al monstruoso tamaño de la ballena u orca, no hemos sabido nada seguro. Llegan a tener enorme gordura, hasta el punto de que de una sola ballena se extrae una increíble cantidad de grasa.»

Del mismo, Historia de la vida y de la muerte


«Para una herida interior, la cosa más soberana del mundo es aceite de ballena.»

Rey Enrique


«Muy parecida a una ballena.»

Hamlet


Para alcanzarlo, no le ha de servir
ni filtro ni elixir, sino volver
al que, con traidor dardo, abrió la llaga
que en su pecho le da dolor sin tregua;
como ballena herida, que el mar cruza hacia tierra.

La Reina de las Hadas


«Inmensos como ballenas, cuyos vastos cuerpos en movimiento pueden, en una tranquila calma, agitar el mar hasta que hierve.»

Sir William Davenant, Prefacio a Gondibert


«Qué es el epermaceti, los hombres pueden dudarlo justamente, ya que el doctor Hosmannus, en su obra de treinta años, dice francamente: Nescio quid sit.»


Sir T. Browne, Del Espermaceti
y de la Ballena de Espermaceti (véase su V E.)


«Como el Talus de Spencer, con su moderno azote.
Amenaza destrozos con su potente cola.
Sus arpones clavados en el costado lleva,
y en su lomo se eleva todo un bosque de lanzas.»

Waller, Batalla de las Islas del Estío


«Por el arte se crea ese gran Leviatán llamado República o Estado (en latín, Civitas), que no es sino un hombre artificial.»

Primera frase del Leviatán de Hobbes



«Silly Mansoul se lo tragó sin masticarlo, como si hubiera sido una sardina en la boca de una ballena.»

Caminar del Peregrino


Ese animal marino,
Leviatán, al que Dios entre sus obras
hizo el mayor de cuantos el mar surcan.

Paraíso Perdido


Y Leviatán alli,
el mayor animal, en lo profundo,
igual que un promontorio, duerme o nada,
parece tierra móvil, por las branquias
aspira, y al soplar lanza un gran chorro.

Ibídem


«Las poderosas ballenas que nadan en un mar de agua v tienen un mar de aceite nadando en ellas.»

Fuller, Estado Profano y Estado Sagrado


Y allí acechan, detrás de un promontorio, a su presa los grandes leviatanes, sin perseguir, tragándose los peces que por la boca abierta entran errados.

Dryden, Annus Mirabilis


«Mientras la ballena está florando a popa del barco, le cortan la cabeza, y la remolcan con un bote tan cerca de la orilla como llegue; pero se encalla en doce o trece pies de agua.»

Thomas Edge, Diez viajes a Spitzberg, en Purchas


«Por el camino vieron muchas ballenas jugando en el océano y, por juego, lanzando el agua por los tubos y espitas que la naturaleza les ha puesto en los lomos.»

Harris Collection, Viajes a Asia y a África de sir T. Herbert


«Allí vieron tan grandes manadas de ballenas, que se vieron forzados a avanzar con mucha precaución por temor de que el barco tuviera una colisión con ellas.»

Schouten, Sexta Circunnavegación


«Nos hicimos a la vela desde el Elba, con viento NE, en el barco llamado El Jonás en la Ballena... Algunos dicen que la ballena no puede abrir la boca, pero es una fábula... Frecuentemente ellos trepan hasta los mástiles por si pueden ver una ballena, pues el primero que la descubra recibe un ducado por su fatiga... Me contaron de una ballena pescada junto a Shetland, que tenía más de un barril de arenques en la barriga... Uno de nuestros arponeros me dijo que una vez en Spitzberg cazó una ballena que era toda blanca.»

Harris Coll,Un viaje a Groenlandia, año 1671


«Varias ballenas han venido hasta esta costa (Fife) en 1652; llegó una de ochenta pies de larga, de las de hueso, que (según me informaron) además de una gran cantidad de aceite, proporcionó 500 medidas de hueso de ballena. Sus mandíbulas están puestas de puerta en el jardín de Piferren.»

Sibbald, Fife y Kinross


«Yo mismo he resuelto intentar si puedo dominar y matar ese cachalote, pues nunca pude oír decir de ninguna de esa especie que fuera muerta por ningún hombre; tal es su ferocidad y agilidad.»

Carta de Richard Strafford
desde las Bermudas; Bans. Fil. 1668


Las ballenas del mar en su esplendor atienden a las voces del Señor

Cartilla de New England


«Vimos también abundancia de grandes ballenas, habiendo, como quien dice, unas cien veces más en esos mares del sur de las que tenemos en los que están al norte.»

Capitán Cowley, Viaje alrededor del Globo, 1729


«… y el aliento de la ballena a menudo lleva consigo tan insoportable hedor, que trastorna el seso.»

Ulloa, Suramérica


A cincuenta selectos elfos de mucha nota confiamos la gran preocupación: la falda. Más de una vez se ha visto caer su muro séptuple, aunque relleno de aros y armado de ballenas.

El robo del rizo


«Si comparamos a los animales de tierra, respecto al tamaño, con los que tienen su morada en las profundidades, encontraremos que resultan despreciables en la comparación. La ballena, sin duda, es el mayor animal de la creación.»

Goldsmith, Historia natural


«Si escribierais una fábula para pececillos, los haríais hablar como grandes ballenas.»

Goldsmith a Johnson


«A primera lloras de la tarde vimos lo que se creía que era una roca, pero resultó ser una ballena muerta, que habían matado tinos asiáticos y remolcaban a la orilla. Parecian tratar de esconderse ellos también detrás de la ballena, para evitar que les viéramos.»

Cook, Viajes


«Las ballenas mayores, raramente se aventuran a atacarlas. Tienen tal miedo de algunas de ellas, que cuando salen al mar, les amedrenta incluso mencionar sus nombres, y llevan en los botes estiércol, madera de junípero, o algunas otras cosas de la misma índole, para aterrorizarlas y evitar su aproximación excesiva.»

Uno von Troil, Cartas sobre el Viaje a Islandia
de Banks y Solander, 1772


«El cachalote encontrado por los nantuqueses es un animal activo y feroz, y requiere mucha habilidad y atrevimiento en los pescadores.»

Thomas Jefferson, Memorial sobre las Ballenas
al Ministro Francés, 1778


«Y decid, señor, ¿qué hay en el mundo que la iguale?»

Edmund Burke.Referencia en el Parlamento
a la pesquería de ballena en Nantucket


«España... una gran ballena encallada en las orillas de Europa.»

Edmund Burke (en algún lugar)


«La décima rama de los ingresos ordinarios del Rey, que se dice estar fundada en la consideración a que él guarda y defiende los mares contra piratas y ladrones, es el derecho a los peces reales, que son la ballena y el esturión. Y éstos, tanto si son echados a la costa como si se pescan cerca de la orilla, son propiedad del Rev.»

Blackstone


Van las tripulaciones a ese juego de muerte:
Rodmond, el infalible, levanta y blande en alto
el acero afilado esperando el momento.

Falconer, El Naufragio


Claros brillaban cúpulas y techos, cohetes se elevaban y estallaban para colgar su fuego momentáneo rodeando la bóveda del cielo. Así, para reunir fuego con agua, el océano se alza hasta la altura al lanzarlo en su chorro la ballena para expresar su gozo desbordado.

Cowper, Sobre la visita de
la Reina a Londres


«Diez o quince galones de sangre salen lanzados de su corazón a cada latido con inmensa velocidad.»

John Hunter, Informe sobre la disección de una ballena (de pequeño tamaño)


«La aorta de la ballena es mayor de diámetro que la tubería principal de la instalación hidráulica del Puente de Londres, y el agua que ruge al pasar por esa tubería es inferior, en impulso y velocidad, a la sangre que brota del corazón de la ballena.»

Paley, Teología


«La ballena es un animal mamífero sin patas traseras.»

Barón Cuvier


«A cuarenta grados de latitud sur vimos cachalotes, pero no cazamos ninguno hasta el 1 de mayo, estando el mar cubierto de ellos.»

Colnett, Viaje con el fin de extender
las pesquerías de cachalotes


Nadaban ante mí, en el libre elemento, hundiéndose y subiendo, en juego y en batalla, peces de muchas formas, especies y colores, que el lenguaje no puede pintar, y nunca ha visto el marinero: desde el atroz Leviatán a menudos millones que pueblan cada ola: en inmensas manadas igual que islas flotantes, por misterioso instinto llevados por la yerma región donde no hay sendas, aunque por todos lados resistiendo el asalto de enemigos voraces, ballenas, tiburones, monstruos, que en boca o frente se arman de espada o sierra, cuernos, garras ganchudas.

Montgomery, El mundo antes del Diluvio


¡Salve! ¡Peán.! Cantad al rey de tantos seres con aletas. En todo el vasto Atlántico no habrá una ballena más potente que éstá ni en torno del océano Polar da vueltas otro pez más gordo que éste.

Charles Lamb, Triunfo de la Ballena


«En el año 1690 unas personas estaban en un alto, observando a las ballenas que echaban chorros y jugaban unas con otras, cuando alguien observó: Allí —señalando al mar— hay unos pastos verdes donde los nietos de nuestros hijos irán a buscar el pan.»

Obed Macy, Historia de Nantucket


«Me construí una casita, para Susan y para mí, y me hice una entrada en forma de arco gótico, elevando los huesos de una mandíbula de ballena.»

Hawthorne. Cuentos contados dos veces


«Ella vino a encargar una sepultura para su primer amor, que había sido muerto por una ballena en el océano Pacífico, hace no menos de cuarenta años.»

Ibídem


«No, señor, es una ballena —contestó Tom—, he visto el chorro; ha lanzado un par de arcoiris tan bonitos como puede desear ver un cristiano. ¡Es un verdadero barril de aceite ese bicho!»

Cooper, El Piloto


«Trajeron los periódicos, y vimos en la Gaceta de Berlín que allí han introducido ballenas en escena.»

Eckermann, Conversaciones con Goethe


«¡Dios mío! Señor Chace, ¿qué pasa? Yo contesté: Nos ha desfondado una ballena.»

Relato del naufragio del ballenero Essex, de Nantucket, que fue atacado y finalmente destruido por un gran cachalote en el océano Pacifico. Por Owen Shace, de Nantucket, primer oficial del mencionado barco. Nueva York, 1821


Una noche un marino en los obenques
escuchaba el silbido de los vientos:
la luna estaba pálida, entre sombras,
y brillaba una estela de ballena
con fósforo, al pasar ella jugando.

Elizabeth Oakes Smith


«La cantidad de estacha retirada de diferentes botes dedicados a la captura de esta sola ballena ascendió en conjunto a 10.440 yardas, o cerca de seis millas inglesas... A veces la ballena agita en el aire su tremenda cola, que restallando como un látigo, resuena a distancia de tres o cuatro millas.»

Scoresby


«Loco con las agonías que recibe de estos ataques, el enfurecido cachalote da vueltas y vueltas; levanta su enorme cabeza y con grandes mandíbulas distendidas lanza bocados a todo lo que le rodea; se precipita con la cabeza contra los botes, que son empujados ante él con gran rapidez, y a veces totalmente destruidos... Es motivo de gran asombro que la consideración de las costumbres de un animal ran interesante, y desde un punto de vista comercial, tan importante como el cachalote, haya sido tan enteramente descuidado, o haya excitado tan escasa curiosidad entre los numerosos observadores, muchos de ellos, competentes, que en los últimos años deben de haber tenido las ocasiones más frecuentes y convenientes de observar sus hábitos.»

Thomas Beale, Historia del Cachalote, 1839


«El cachalote no sólo está mejor armado que la ballena propiamente dicha (la ballena de Groenlandia) por poseer un arma temible en cada extremo del cuerpo, sino que también muestra con mayor frecuencia una disposición a emplear ofensivamente esas armas, de un modo a la vez ran artero, atrevido y perverso, que hace que se considere el ataque más peligroso de todas las especies de la tribu de las ballenas.»

Frederick Debell Bennett, Viaje ballenero en torno al Globo, 1840


«13 de octubre.
—Allí sopla —gritaron desde la cola.
—¿Por dónde? —preguntó el capitán.
—Tres cuartas a proa, a sotavento, capitán.
—¡Abatir! ¡Cambia!v —Cambio.
—¡Eh, vigía! ¿Ves ahora al cachalote?
—¡Sí, sí, capitán! ¡Un banco de cachalotes! ¡Allí sopla! ¡Allí sale!
—¡Señala, señala a cada vez!
—¡Sí, sí, capitán! ¡Allí sopla! ¡Allí-allí-allí sopla, sooopla!
—¿A qué distancia?
—Dos millas y media.
—¡Truenos y rayos! ¡Tan cerca! ¡Todos a cubierta!»

J. Ross Browne, Grabados de un viaje ballenero, 1846


«El ballenero Globe, a bordo del cual ocurrieron los horribles hechos que vamos a relatar, pertenecía a las islas de Nantucket.»

Narración sobre el motín en el Globe,
por Lay y Hussey, supervivientes, 1828


«Perseguido una vez por una ballena que había herido, paró el asalto durante algún tiempo con una lanza, pero el furioso monstruo al final se precipitó sobre el bote, y él y sus compañeros sólo se salvaron echándose al agua cuando vieron que el choque era inevitable.»

Diario Misionero de Tyerman y Bennett


«EI propio Nantucket —dijo el señor Webster— es una porción sorprendente y peculiar de la renta nacional. Hay una población de ocho o nueve mil personas, que viven allí en el mar, y aumentan Todos los años la riqueza nacional con el trabajo más atrevido y perseverante.»

Informe del discurso de Daniel Webster en el Senado de Esstados Unidos, sobre la petición de construir un rompeolas, en Nantucket, 1828


«La ballena cayó encima de él, y probablemente le mató en un momento.»

«La ballena y sus capturadores» o «Aventuras del ballenero y biografía de la ballena», compilado en el viaje de regreso del comodoro Preble. Por el Rev. Henry T. Cheever


«Si haces el menor maldito ruido —contestó Samuel—, te mando al infierno.»

Vida de Samuel Gomstock (el amotinado),por su hermano William C. Otra versión del relato sobre el ballenero Globe

«Los viajes de los holandeses y los ingleses al océano Nórdico, para ver si era posible descubrir un paso por él hacia la India, aunque fracasaron en su principal objetivo, dejaron abiertos los lugares donde viven las ballenas.»

McCulloch, Diccionario Comercial


«Estas cosas son recíprocas: la pelota rebota sólo para volverse a lanzar adelante, pues ahora, al dejar abiertos los lugares donde viven las ballenas, los balleneros parecen haber dado indirectamente con nuevas pistas hacia ese mismo misterioso Paso del Noroeste.»

De «algo» no publicado


«Es imposible encontrar en el océano un barco ballenero sin sorprenderse por su aspecto de cerca. El navío, con las velas acostadas, con vigías en las cotas, escudriñando ansiosamente la ancha extensión en torno a ellos, tiene un aire totalmente diferente que los dedicados a un viaje regular.»

Corrientes y Pesca de Ballena,
Ex. Ex. de EEUU


«Los caminantes en las cercanías de Londres y en otros lugares quizá recuerden haber visto grandes huesos curvados y puestos de pie en tierra, para formar arcos en entradas, o accesos a miradores, y quizá les hayan dicho que son costillas de ballenas.»

Relatos de un viajero ballenero al océano Ártico


«Cuando los botes volvieron de perseguir a estas ballenas, entonces los blancos vieron su barco en sangrienta posesión de los salvajes enrolados entre la tripulación.»

Noticia en los periódicos sobre la toma y recuperación del ballenero Hobomack


«Es generalmente sabido que de las tripulaciones de los barcos balleneros (americanos) pocos regresan en los barcos a bordo de los cuales partieron.»

Crucero en un Ballenero


«De repente una enorme masa emergió del agua, y se disparó verticalmente por el aire. Era la ballena.»

Miriam Coffin, o El Pescador de Ballenas


«La ballena es arponeada, desde luego; pero imaginaos cómo os las arreglaríais con un poderoso potro sin domar, simplemente aplicándole un cabo atado a la base de la cola.»

Un capítulo sobre la pesca de la ballena, en «Cuadernas y roletes»


«En una ocasión vi dos de esos monstruos (ballenas), probablemente macho y hembra, nadando lentamente uno tras otro, a menos de un tiro de piedra de la orilla (Tierra del Fuego), sobre la cual el haya extendía sus ramas.»

Darwin, Viaje de un naturalista


¡Todo atrás! —exclamó el oficial cuando al volver la cabeza vio las mandíbulas abiertas de un gran cachalote ante la proa del barco amenazándolos con su destrucción inmediata—: ¡todo atrás por vida nuestra!»

Wharton el cazador de ballenas


¡Alegres, pues, muchachos animosos, que el arponero hiere a la ballena!

Canción de Nantucket


Rara y vieja ballena, entre galernas,
siempre estará en su casa en el océano,
gigantesca en poder, reinando fuerte como rey de los mares sin fronteras.

Canto de balleneros


I. Espejismos

Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.
Ahí tenéis la ciudad insular de los Manhattos, ceñida en torno por los muelles como las islas indias por los arrecifes de coral: el comercio la rodea con su resaca. A derecha y a izquierda, las calles os llevan al agua. Su extremo inferior es la Batería, donde esa noble mole es bañada por olas y refrescada por brisas que pocas horas antes no habían llegado a avistar tierra. Mirad allí las turbas de contempladores del agua.
Pasead en torno a la ciudad en las primeras horas de una soñadora tarde de día sabático. Id desde Corlears Hook a Coenties Slip, y desde allí, hacia el norte, por Whitehall. ¿Qué veis? Apostados como silenciosos centinelas alrededor de toda la ciudad, hay millares y millares de seres mortales absortos en ensueños oceánicos. Unos apoyados contra las empalizadas; otros sentados en las cabezas de los atracaderos; otros mirando por encima de las amuradas de barcos arribados de la China; algunos, en lo alto de los aparejos, como esforzándose por obtener una visión aún mejor hacia la mar. Pero ésos son todos ellos hombres de tierra; los días de entre semana, encerrados entre tablas y yeso, atados a los mostradores, clavados a los bancos, sujetos a los escritorios. Entonces ¿cómo es eso? ¿Dónde están los campos verdes? ¿Qué hacen éstos aquí?
Pero ¡mirad! Ahí vienen más multitudes, andando derechas al agua, y al parecer dispuestas a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada les satisface sino el límite más extremo de la tierra firme; no les basta vagabundear al umbroso socaire de aquellos tinglados. No. Deben acercarse al agua tanto como les sea posible sin caerse dentro. Y ahí se quedan: millas seguidas de ellos, leguas. De tierra adentro todos, llegan de avenidas y callejas, de calles y paseos; del norte, este, sur y oeste. Pero ahí se unen todos. Decidme, ¿les atrae hacia aquí el poder magnético de las agujas de las brújulas de todos estos barcos?
Una vez más. Digamos que estáis en el campo; en alguna alta tierra con lagos. Tomad casi cualquier sendero que os plazca, y apuesto diez contra uno a que os lleva por un valle abajo, y os deja junto a un remanso de la corriente. Hay magia en ello. Que el más distraído de los hombres esté sumergido en sus más profundos ensueños: poned de pie a ese hombre, haced que mueva las piernas, e infaliblemente os llevará al agua, si hay agua en toda la región. En caso de que alguna vez tengáis sed en el gran desierto americano, probad este experimento, si vuestra caravana está provista por casualidad de un cultivador de la metafísica. Sí, como todos saben, la meditación y el agua están emparejadas para siempre.
Pero aquí hay un artista. Desea pintaros el trozo de paisaje más soñador, más sombrío, más callado, más encantador de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Ahí están sus árboles cada cual con su tronco hueco, como si hubiera dentro un ermitaño y un crucifijo; ahí duerme su pradera, y allí duermen sus ganados; y de aquella casita se eleva un humo soñoliento. Hundiéndose en lejanos bosques, serpentean un revuelto sendero, hasta alcanzar estribaciones sobrepuestas de montañas que se bañan en el azul que las envuelve. Pero aunque la imagen se presente en tal arrobo, y aunque ese pino deje caer sus suspiros como hojas sobre esa cabeza de pastor, todo sería vano, sin embargo, si los ojos del pastor no estuvieran fijos en la mágica corriente que tiene delante. Id a visitar las praderas en junio, cuando, a lo largo de veintenas y veintenas de millas, andáis vadeando hasta la rodilla entre tigridias: ¿cuál es el único encanto que falta? El agua, ¡no hay allí una gota de agua! Si el Niágara no fuera más que una catarata de arena ¿recorreríais vuestras mil millas para verlo? ¿Por qué el pobre poeta de Tennessee, al recibir inesperadamente un par de puñados de plata, deliberó si comprarse un abrigo, que le hacía mucha falta, o invertir el dinero en una excursión a pie hasta la playa de Rockaway? ¿Por qué casi todos los muchachos sanos y robustos, con alma sana y robusta, se vuelven locos un día u otro por ir al mar? ¿Por qué, en vuestra primera travesía como pasajeros, sentisteis también un estremecimiento místico cuando os dijeron que, en unión de vuestro barco, ya no estabais a la vista de tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban sagrado el mar? ¿Por qué los griegos le dieron una divinidad aparte, un hermano del propio Júpiter? Cierto que todo esto no carece de significado. Y aún más profundo es el significado de aquella historia de Narciso, que, por no poder aferrar la dulce imagen atormentadora que veía en la fuente, se sumergió en ella y se ahogó. Pero esa misma imagen la vemos nosotros mismos en todos los ríos y océanos. Es la imagen del inaferrable fantasma de la vida; y ésa es la clave de todo ello.
Ahora, cuando digo que tengo costumbre de hacerme a la mar cada vez que empiezo a tener los ojos nebulosos y que empiezo a darme demasiada cuenta de mis pulmones, no quiero que se infiera que me hago jamás a la mar como pasajero. Pues para ir como pasajero, por fuerza se ha de tener bolsa, y una bolsa no es más que un trapo si no se lleva algo dentro. Además, los pasajeros se marean, se ponen pendencieros, no duermen por las noches, y en general, no lo pasan muy bien: no, nunca voy como pasajero; ni, aunque estoy bastante hecho al agua salada, tampoco me hago jamás a la mar como comodoro, como capitán ni como cocinero. Cedo la gloria y distinción de tales cargos a aquellos a quienes les gusten. Por mi parte, abomino de todas las honorables y respetables fatigas, pruebas y tribulaciones de cualquier especie. Todo lo que sé hacer es cuidarme de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcas, bergantines, goletas, y todo lo demás. Y en cuanto a ir de cocinero —aunque confieso que hay en ello considerable gloria, porque un cocinero es a bordo una especie de oficial—, no sé por qué, sin embargo, nunca se me ha antojado asar pollos, por más que, una vez asados, juiciosamente untados de manteca, y legalmente salados y empimentados, no haya nadie que hable de un pollo asado con más respeto, por no decir con más reverencia, que yo. A causa de las manías idólatras de los antiguos egipcios por el ibis a la parrilla y por el hipopótamo asado, se pueden ver las momias de esas criaturas en sus grandes hornos, que eran las pirámides.
No: cuando me hago a la mar, voy como simple marinero, delante del mástil, al fondo del castillo de proa, o allá arriba en el mastelero de juanete. Cierto es que me dan muchas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como un saltamontes en un prado de mayo. Y al principio, este tipo de cosas es bastante desagradable. Le toca a uno en su sentido del honor, especialmente si uno procede de una familia establecida desde antiguo en el país, los Van Rensselaer, los Randolph o los Hardicanute. Y más aún si antes mismo de meter la mano en el cubo del alquitrán, ha estado uno hecho un señor como maestro rural, dando miedo a los muchachos más grandullones. La transición es dura, os lo aseguro, de maestro de escuela a marinero, y se requiere una recia infusión de Séneca y de los estoicos para hacerle a uno capaz de sonreír y aguantarlo. Pero hasta eso se pasa con el tiempo.
¿Qué ocurre, si algún viejo tacaño de capitán me manda traer la escoba y barrer la cubierta? ¿A cuánto asciende esta indignidad, quiero decir, pesada en las balanzas del Nuevo Testamento? ¿Creéis que el arcángel Gabriel me va a tener en menos porque obedezca con prontitud y respeto a aquel viejo tacaño en ese caso particular? ¿Quién no es esclavo? Decídmelo. Bueno, entonces, por más que el viejo capitán me dé órdenes; por más que me den porrazos y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo está muy bien; que todos los demás, de un modo o de otro, reciben algo parecido, esto es, desde un punto de vista físico o metafísico; y así el porrazo universal pasa de uno a otro, y todos los hombres deberían restregarse la espalda unos a otros, y quedar contentos.
Además, yo siempre me hago a la mar como marinero porque se empeñan en pagarme por la molestia, mientras, que yo sepa, jamás pagan un solo penique a los pasajeros. Al contrario, los propios pasajeros tienen que pagar. Y entre pagar y que le paguen a uno, hay la mayor diferencia de este mundo. El acto de pagar es quizá la aflicción más incómoda que nos legaron aquellos dos ladrones del frutal. Pero que le paguen a uno, ¿qué se puede comprar con esto? Es realmente maravillosa la cortés premura con que un hombre recibe dinero, si se considera que creemos en serio que el dinero es la raíz de todos los males terrenales, y que de ningún modo puede entrar en el Cielo un hombre adinerado. ¡Ah, qué alegremente nos entregamos a la perdición!
Finalmente, siempre me hago a la mar como marinero a causa del sano ejercicio y del aire puro que hay en la cubierta del castillo de proa. Pues como, en este mundo, los vientos de proa son mucho más dominantes que los vientos de popa (es decir, si no se viola jamás la máxima pitagórica), así, casi siempre el comodoro en el alcázar recibe su atmósfera de segunda mano, procedente de los marineros del castillo de proa. Él cree que es el primero que respiraría, pero no es así. De modo muy parecido, la comunidad conduce a sus jefes en muchas otras cosas, mientras que sus jefes lo sospechan muy poco. Pero por qué ocurrió que, después de haber olido la mar muchas veces como marino mercante, ahora se me metiera en la cabeza ir en una expedición ballenera, eso lo puede contestar mejor que nadie el invisible oficial de policía de los Hados que tiene constante vigilancia sobre mí, y me rastrea secretamente, y me influye de algún modo inexplicable. Y no cabe duda de que el marcharme en ese viaje ballenero formaba parte del programa general de la Providencia que estaba trazado hacía mucho tiempo. Llegaba como una especie de breve intermedio de solista entre interpretaciones más amplias. Supongo que esa parte del cartel debía estar hecha de un modo parecido a éste:

Reñidas Elecciones para la Presidencia de Estados Unidos
EXPEDICIÓN BALLENERA, POR UN TAL ISMAEL
SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN



Aunque no sé decir por qué razón precisa esos directores de escena que son los Hados me eligieron para tan mezquino papel en una expedición ballenera, mientras que a. otros les reservaban para esplendorosos papeles en elevadas tragedias, o para breves y fáciles papeles en comedias elegantes, o para papeles divertidos en farsas; aunque no sé decir por qué precisamente fue así, sin embargo, ahora que evoco todas las circunstancias, creo que puedo penetrar un poco en los resortes y motivos que, al presentárseme astutamente bajo diversos disfraces, me indujeron a disponerme a representar el papel que he hecho, además de lisonjearme con la ilusión de que era una elección resultante de mi propio y recto libre albedrío y de mi juicio discriminativo.
El principal de estos motivos fue la abrumadora idea del gran cetáceo en sí mismo. Tan portentoso y misterioso monstruo despertaba toda mi curiosidad. Además, los desiertos y lejanos mares por donde revolvía su masa de isla; los indescriptibles peligros sin nombre de la ballena: todas estas cosas, con las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos, contribuyeron a inclinarme a mí deseo. Quizá, para otros hombres, tales cosas no hubieran sido atractivas, pero en cuanto a mí, estoy atormentado por el perenne prurito de las cosas remotas. Sueño con navegar por mares prohibidos y abordar costas bárbaras. Por no ignorar lo que es bueno, me doy cuenta en seguida de los horrores, pero puedo mantenerme en su compañía, si me dejan, ya que está bien mantenerse en términos amistosos con todos los residentes del lugar en que uno se aloja.
A causa de todo esto, entonces, el viaje ballenero fue muy bien acogido; se abrieron de par en par las grandes compuertas del mundo de las maravillas, y en las locas manías que me arrastraron hacia mi designio, flotaban, de dos en dos, en lo más hondo de mi alma, interminables procesiones de cetáceos, y en medio de todos, un gran fantasma encapuchado, como un monte nevado en el aire.

II. El saco de marinero

Metí una camisa o dos en mi viejo saco de marinero, me lo encajé bajo el brazo, y zarpé hacia el cabo de Hornos y el Pacífico. Abandonando la buena ciudad de los antiguos Manhattos, arribé debidamente a New Bedford. Era una noche de sábado, en diciembre. Muy decepcionado quedé al saber que el pequeño paquebote para Nantucket ya se había hecho a la vela y que hasta el lunes siguiente no se ofrecía medio de alcanzar ese lugar.
Como la mayor parte de los jóvenes candidatos a las penas y castigos de la pesca de la ballena se detienen en el mismo New Bedford, para embarcarse desde allí para su viaje, no está de más contar que, por mi parte, no tenía idea de hacerlo así. Pues mi ánimo estaba resuelto a no navegar sino en un barco de Nantucket, porque había un no sé qué de hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa antigua y famosa isla, que me era sorprendentemente grato. Además, aunque New Bedford, en los últimos tiempos, ha ido monopolizando poco a poco el negocio de la pesca de ballenas, y aunque en este asunto la pobre y vieja Nantucket ya se le ha quedado muy atrás, con todo, Nantucket era su gran modelo, la Tiro de esta Cartago, el sitio donde se varó la primera ballena muerta de América. ¿De dónde, si no de Nantucket, partieron por primera vez aquellos balleneros aborígenes, los pieles rojas, para perseguir con sus canoas al leviatán? ¿Y de dónde también, si no de Nantucket, partió aquella primera pequeña balandra aventurera, parcialmente cargada de guijarros, transportados —así cuenta la historia— para tirárselos a las ballenas y observar si estaban bastante cerca como para arriesgar un arpón desde el bauprés?
Ahora, teniendo por delante una noche, un día y otra noche siguiente en New Bedford antes de poder embarcar para mi puerto de destino, me tuve que preocupar de dónde iba a comer y dormir mientras tanto. Hacía una noche de aspecto muy dudoso, mejor dicho, muy oscura y lúgubre, triste y con un frío que mordía. No conocía a nadie allí. Con ansiosos rezones había sondeado mi bolsillo, y sólo había sacado unas pocas monedas de plata.
«Así, donde quiera que vayas, Ismael —me dije a mí mismo, parado en medio de una desolada calle con el saco al hombro, y comparando la tiniebla al norte con la oscuridad al sur—, donde quiera que, en tu sabiduría, decidas que vas a alojarte esta noche, mi querido Ismael, ten cuidado de preguntar el precio, y no seas demasiado delicado.»
Con pasos vacilantes recorrí las calles, y pasé ante la muestra de Los Arpones Cruzados, pero allí parecía muy caro y espléndido. Más allá, por las luminosas ventanas rojas de la Posada del Pez Espada, salían tan fervientes rayos que parecían haber fundido la nieve y el hielo amontonados ante la casa, pues en todos los demás sitios la helada endurecida formaba un pavimento duro como el asfalto, de diez pulgadas de espesor; bastante fatigoso para mí, al dar con los pies contra sus empedernidos salientes, porque, del duro e implacable servicio, las suelas de mis botas estaban en situación lamentable. «Demasiado caro y espléndido», volví a pensar, parándome un momento a observar el ancho fulgor en la calle, y a escuchar el ruido de los vasos que tintineaban dentro.
«Pero sigue allá, Ismael —me dije por fin—; ¿no oyes? Quítate de delante de la puerta; estás estorbando la entrada con tus botas remendadas.»
Así que continué adelante. Ahora, por instinto, seguía las calles que me llevaban a la orilla, pues así sin duda estarían las posadas más baratas, si no las más gratas.
¡Qué desoladas calles! Bloques de negrura, no casas, a un lado y a otro, y acá y allá, una vela, como una vela ante un sepulcro. A esa hora de la noche, y en sábado, aquel barrio de la ciudad aparecía desierto. Pero por fin llegué ante una luz que, con mucho humo, salía de un edificio bajo y ancho, cuya puerta estaba invitadoramente abierta. Tenía un aspecto descuidado, como si se destinara a uso del público; así que entré y lo primero que hice fue tropezar con una caja de cenizas en el zaguán.
«¡Ah! —pensé, mientras las partículas volantes casi me sofocaban—, ¿son estas cenizas de aquella ciudad destruida, Gomorra? Pero ¿"Los Arpones Cruzados" y "El Pez Espada"? Entonces es preciso que esto se llame "La Nasa".»
Sin embargo, me incorporé, y, oyendo dentro una sonora voz, empujé y abrí una segunda puerta interior.
Parecía el gran Parlamento Negro reunido en Tofet. Cien caras negras se volvieron en sus filas para mirar; y más allá, un negro Ángel del Juicio golpeaba un libro en un púlpito. Era una iglesia de negros, y el texto que comentaba el predicador era sobre la negrura de las tinieblas, y el llanto y el rechinar de dientes que habría allí.
« ¡Ah, Ismael —murmuré, retrocediendo para salir—, mala diversión en la muestra de "La Nasa'!»
Siguiendo adelante, al fin llegué ante una débil especie de luz, no lejos de los muelles, y escuché un desesperado chirrido en el aire; y al levantar los ojos, vi una muestra que se balanceaba sobre la puerta, con una pintura blanca encima, representando débilmente un chorro alto y derecho de rociada nebulosa, con estas palabras debajo: «Posada del Chorro. Peter Coffin».
« ¿El chorro de la ballena? ¿Coffin, el ataúd? Bastante fatídico en esta situación precisa —pensé—. Pero es un apellido corriente en Nantucket, según dicen, y supongo que este Peter será uno que ha venido de allí.» Como la luz estaba tan desmayada, y el lugar, a aquellas horas, resultaba bastante tranquilo, y la propia casita de madera carcomida parecía como si la hubieran traído en carro desde las ruinas de algún distrito incendiado, y puesto que la muestra balanceante tenía un modo de rechinar como herido por la miseria, pensé que allí era el sitio adecuado para obtener alojamiento barato y el mejor café de guisantes.
Era un sitio extraño; una vieja casa, acabada en buhardillas en pico, con un lado hemipléjico, por así decir, e inclinándose lamentablemente. Quedaba en una esquina abrupta y desolada, donde el tempestuoso viento Euroclydón aullaba peor que nunca lo hiciera en torno a la zarandeada embarcación del pobre Pablo. «Juzgando ese tempestuoso viento llamado Euroclydón —dice un antiguo escritor de cuyas obras poseo el único ejemplar conservado—, resulta haber una maravillosa diferencia si lo miras desde una ventana con cristal, donde la helada queda toda en el lado de fuera, o si lo observas por una ventana sin bastidor, donde la helada está en los dos lados, y cuyo único cristalero es la inexorable Muerte.» «Muy cierto —pensé, al venírseme a la cabeza ese pasaje—; muy bien que razonas, viejo mamotreto. Sí, estos ojos son ventanas, y este cuerpo mío es una casa. Pero ¡qué lástima que no hayan calafateado las grietas y agujeros, metiendo acá y allá un poco de hilas!»
Sin embargo, ya es tarde para hacer mejoras ahora. El universo está concluido; la clave está en su sitio, y se han llevado en carro los escombros hace un millón de años. Aquí, el pobre Uzaro, castañeteando los dientes, con el borde de la acera por almohada, y sacudiéndose de encima los harapos al tiritar, podría taparse ambos oídos con trapos, y meterse en la boca una panocha, y sin embargo eso no le pondría al resguardo del tempestuoso Euroclydón. « ¡Euroclydón!», dice el viejo Epulón, en su manto de seda roja —luego tuvo otro cobertor aún más rojo—. « ¡Bah, bah! ¡Qué hermosa noche de helada; cómo centellea Orión; qué luces al norte! Ya pueden hablar de los climas estivales de oriente, como perpetuos invernaderos; a mí que me den el privilegio de hacerme mi propio verano con mis propios carbones.»
Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las azuladas manos levantándolas hacia las grandiosas luces del norte? ¿No preferiría Lázaro estar en Sumatra que aquí? ¿No preferiría con mucho tenderse cuan largo es siguiendo la línea ecuatorial?; ah, sí, ¡oh dioses!, ¿descender al mismísimo abismo terrible, con tal de escapar de esta helada?
Ahora bien, que Lázaro esté tendido, varado en la acera ante la puerta de Epulón, eso es más asombroso que si un iceberg se encallase en una de las Molucas. Sin embargo, el propio Epulón vive también como un zar en un palacio de hielo hecho de suspiros congelados, y, siendo presidente de una sociedad antialcohólica, sólo bebe tibias lágrimas de huérfanos.
Pero basta ya de estos gimoteos; nos vamos a la pesca de la ballena, y todavía habremos de tenerlos de sobra. Rasquémonos el hielo de nuestros congelados pies, y veamos qué clase de sitio puede ser esta Posada del Chorro.

III. La Posada del Chorro

Al entrar en esta Posada del Chorro, coronada de buhardillas, uno se encontraba en un ancho vestíbulo, bajo e irregular, lleno de entablamentos pasados de moda, que recordaban las amuradas de alguna vieja embarcación desechada. A un lado colgaba un enorme cuadro al óleo tan enteramente ahumado y tan borrado por todos los medios, que, con las desiguales luces entrecruzadas con que uno lo miraba, sólo a fuerza de diligente estudio y de una serie de visitas sistemáticas y de averiguaciones cuidadosas entre los vecinos, se podía llegar de algún modo a entender su significado. Había tan inexplicables masas de sombras y claroscuros, que al principio casi se pensaba que algún joven artista ambicioso, en los tiempos de las brujas de New England, había intentado delinear el caos embrujado. Pero a fuerza de mucho contemplar con empeño, y de abrir del todo la ventanita al fondo del vestíbulo, se llegaba por fin a la conclusión de que tal idea, por descabellada que fuera, podría no carecer completamente de fundamento.
Pero lo que más desconcertaba y confundía era una masa negra, larga, blanda, prodigiosa, de algo que flotaba en el centro del cuadro, sobre tres líneas azules, borrosas y verticales, en medio de una fermentación innominada. Ciertamente, un cuadro aguanoso, empapado, pútrido, capaz de sacar de quicio a un hombre nervioso. Pero había en él una suerte de sublimidad indefinida, medio lograda e inimaginable, que le pegaba a uno por completo al cuadro, hasta que involuntariamente se juramentaba uno consigo mismo para descubrir qué quería decir esa maravillosa pintura. De vez en cuando, cruzaba como una flecha alguna idea brillante, pero ¡ay!, engañosa: «Es el mar Negro en noche de galerna», «Es el combate antinatural de los cuatro elementos primitivos», «Es un matorral maldito», «Es una escena invernal hiperbórea», «Es la irrupción de la corriente del Tiempo, rompiendo el hielo». Pero todas esas fantasías cedían ante aquel portentoso no sé qué había en el centro del cuadro. Una vez averiguado aquello, lo demás estaría claro. Pero, alto ahí: ¿no muestra un leve parecido con un gigantesco pez? ¿Incluso, con el propio gran Leviatán?
Efectivamente, la intención del artista parecía ésa: conclusiva opinión mía, basada en parte sobre las opiniones reunidas de diversas personas ancianas con quienes conversé sobre el tema. El cuadro representa un navío del Pacífico, en un gran huracán; el barco, medio sumergido, se revuelve allí en las aguas, con sus tres mástiles desmantelados solamente visibles; y una ballena exasperada, al intentar dar un salto limpiamente sobre la embarcación, se ha empalado en los tres mastelerillos.
La pared de enfrente, en este zaguán, se había decorado toda ella con una pagana ostentación de monstruosos dardos y rompecabezas. Algunos estaban densamente incrustados de dientes brillantes, pareciendo sierras de marfil; otros estaban coronados con mechones de pelo humano; uno tenía forma de guadaña, con un amplio mango que barría en torno como el sector que deja en la hierba recién segada un segador de largos brazos. Uno se estremecía al mirar, preguntándose qué monstruoso caníbal salvaje podría haber ido jamás a cosechar muerte con tan horrible herramienta tajadora. Mezclados con esto, había viejos y enmohecidos arpones balleneros, deformados y rotos. Algunos eran armas con mucha historia. Con aquella vieja lanza, ahora brutalmente torcida, cincuenta años antes, Nathan Swain mató quince ballenas de sol a sol. Y ese arpón —ahora tan parecido a un sacacorchos— se lanzó en mares de Java, y lo arrastró una ballena que años después fue muerta a la altura del cabo del Blanco. El hierro primitivo había entrado junto a la cola, y como una aguja móvil dentro del cuerpo de un hombre, había viajado sus buenos cuarenta pies, hasta que por fin se encontró incrustada en la joroba.
Cruzando este sombrío vestíbulo, y a lo largo de ese pasadizo de arcos bajos abierto a través de lo que en tiempos antiguos debió ser una gran chimenea central con hogares alrededor), se entra en la sala común. Ésta es un lugar aún más sombrío, con tan pesadas vigas por encima, y tan agrietadas tablas viejas por debajo, que uno casi se imaginaría que pisa la enfermería de alguna vieja embarcación, sobre todo en tal noche ululante, cuando esa vieja Arca, anclada en su esquina, se balanceaba tan furiosamente. A un lado había una mesa, larga y baja, a modo de estantería, cubierta de recipientes de cristal resquebrajado, llenos de polvorientas rarezas reunidas desde los más remotos rincones del ancho mundo. Asomando desde el ángulo más apartado de la sala, queda una guarida de aspecto sombrío, el bar; tosco intento de semejanza de una cabeza de ballena. Sea como sea, allí está el vasto hueso en arco de la mandíbula de la ballena, tan amplio que casi podría pasar un coche por debajo. Dentro hay sucios estantes, con filas, alrededor, de viejos frascos, botellas y garrafas; y en esas mandíbulas de fulminante aniquilación, como otro maldito Jonás (nombre por el que, efectivamente, le llaman), se atarea un hombrecillo viejo y marchito, que vende a los marineros, a cambio de sus dineros, delirios y muerte.
Abominables son los vasos en que escancia su ponzoña. Aunque por fuera son cilindros verdes, por dentro esos villanos vidrios verdes, como ojos pasmados, se van ahusando engañosamente hacia abajo, hasta un fondo tramposo. Líneas geográficas de paralelos, groseramente grabadas en el cristal, rodean esos cuencos de salteadores de caminos. Llenando hasta esta señal, no hay que pagar más que un penique; hasta aquí, un penique más; y así sucesivamente, hasta el vaso lleno, la medida total, como pasando el cabo de Hornos, que se puede ingurgitar por un chelín.
Al entrar en aquel sitio, encontré cierto número de marineros jóvenes reunidos alrededor de una mesa, examinando, a una luz mortecina, diversas muestras de skrimshander. Busqué al patrón, y al decirle que deseaba que me hiciera el favor de un cuarto, recibí como respuesta que su casa estaba llena: ni una cama sin ocupar.
—Pero espere —añadió, dándose un golpe en la frente—; ¿no tendrá inconveniente en compartir la manta con un arponero, eh? Supongo que va a ir a las ballenas, de modo que es mejor que se acostumbre a esas cosas.
Le dije que no me había gustado nunca dormir de dos en dos; que si lo hacía alguna vez, dependería de quién pudiera ser el arponero, y que si él (el patrón) no tenía de veras otro sitio para mí, y el arponero no era decididamente objetable, en fin, mejor que seguir vagabundeando por una ciudad desconocida en una noche tan dura, me las arreglaría con la mitad de la manta de cualquier hombre decente.
—Ya lo suponía. Muy bien: siéntese. ¿Va a cenar?, ¿quiere cenar? La cena estará en seguida.
Me senté en un viejo banco de madera, todo tallado como un banco de Battery. En un extremo, un meditativo lobo de mar seguía adornándolo con su navaja de muelles, inclinado y despachando diligentemente el trabajo en el espacio entre las piernas. Estaba probando su habilidad en un barco a toda vela, pero me pareció que no adelantaba gran cosa.
Por lo menos cuatro o cinco de nosotros fuimos convocados a comer en el cuarto adyacente. Estaba tan frío como Islandia; no había fuego en absoluto: el patrón decía que no se lo podía permitir. Nada más que dos lúgubres candelas de sebo, cada cual envuelta en un papel. Nos apresuramos a abotonarnos nuestros chaquetones, y a llevarnos a los labios talas de té abrasador, con nuestros dedos medio helados. Pero la comida fue del género más sustancioso; no sólo carne con patatas, sino albóndigas: ¡Santo Cielo!, ¡albóndigas de cena! Un tipo joven de gabán verde se dirigió a estas albóndigas del modo más amenazador.
—Muchacho —dijo el patrón—, como que me tengo que morir, que vas a tener pesadillas.
—Patrón —susurré yo—, no es éste el arponero, ¿no?
—Oh, no —dijo, con cara diabólicamente divertida—, el arponero es un mozo de color oscuro. Nunca come albóndigas, no; no come más que filetes, y le gustan crudos.
—Demonio de gusto —dije—. ¿Dónde está ese arponero? ¿Está aquí?
—Estará antes de mucho —fue la respuesta.
No pude remediarlo; empezaba a sentir sospechas sobre ese arponero «de color oscuro». En cualquier caso, decidí que si resultaba que teníamos que dormir juntos, él debería desnudarse y meterse en la cama antes que yo.
Terminada la cena, el grupo volvió a la sala del bar, donde, no sabiendo qué hacer de mí mismo, decidí pasar el resto de la velada como observador.
Pero después se oyó fuera un ruido de motín. Levantándose sobresaltado, el patrón exclamó:
—Es la tripulación del Grampus. Lo he visto anunciado a lo largo de esta mañana; un viaje de tres años, con el barco lleno. ¡Hurra, muchachos; ahora tendremos las últimas noticias de las Fidji!
Se oyó en el vestíbulo un pisoteo de botas de mar; se abrid la puerta de par en par, y entró en tropel un grupo salvaje de marineros. Envueltos en sus ásperos capotes de guardia, y con las cabezas abrigadas con pasamontañas de lana, remendados y harapientos, y con la barba rígida de carámbanos, parecían una erupción de osos del Labrador. Acababan de desembarcar, y ésta era la primera casa en que entraban. No es extraño, pues, que se lanzaran derechos a la boca de la ballena, el bar, donde el pequeño, viejo y arrugado Jonás que allí oficiaba, pronto les escanció vasos llenos a todos a la redonda. Uno se quejaba de un fuerte resfriado de cabeza, para el cual Jonás le mezcló una poción de ginebra y melaza que parecía pez, y .juró que era una cura soberana para todos los resfriados y catarros, cualesquiera que fueran, sin importar su antigüedad, ni si se habían contraído a la altura de la costa del Labrador, o al socaire de urja isla de hielo.
La bebida pronto se les subió a la cabeza, como suele ocurrir con los más curtidos bebedores recién desembarcados del mar, y empezaron a hacer cabriolas alrededor, del modo más estrepitoso.
Observé, sin embargo, que uno de ellos se mantenía un tanto apartado, y aunque parecía deseoso de no estropear el buen humor de sus compañeros de tripulación con su cara sobria, no obstante, en conjunto evitaba hacer tanto ruido como el resto. Este hombre me interesó en seguida; y como los dioses marinos habían dispuesto que pronto se convirtiera en compañero mío de tripulación (aunque sólo compañero de dormir, por lo que se refiere a esta narración), me atreveré aquí a una pequeña descripción de él. Tenía sus buenos seis pies de alto, con nobles hombros, y un pecho como una ataguía. Rara vez he visto tanto músculo en un hombre. Tenía la cara muy morena y tostada, haciendo resplandecer por contraste sus blancos dientes, mientras que en las profundas sombras de sus ojos flotaban algunas reminiscencias que no parecían darle mucha alegría. Su voz anunciaba en seguida que era un sueño y, por su buena estatura, pensé que debía ser uno de esos altos montañeses del Alleghenian Ridge, en Virginia. Cuando la disipación de sus compañeros llegó a su cumbre, el hombre se deslizó fuera, inadvertido, y no le volví a ver hasta que fue mi camarada en el mar. Al cabo de pocos minutos, sin embargo, sus compañeros le echaron de menos, y como al parecer no se sabe por qué, era su gran predilecto, empezaron a gritar:
¡Bulkington! ¡Bulkington!, ¿dónde está Bulkington? —y salieron de la casa como flechas en su seguimiento.
Eran entonces alrededor de las nueve, y como la sala parecía casi sobrenaturalmente callada tras de esas orgías, empecé a felicitarme por un pequeño plan que se me había ocurrido antes mismo de que entraran los marineros.
A ningún hombre le gusta dormir con otro en una cama. En realidad, uno preferiría con mucho no dormir ni con su propio hermano. No sé por qué, pero a la gente le gusta el aislamiento para dormir. Y cuando se trata de dormir con un desconocido extraño, en una posada extraña, y ese desconocido es un arponero, entonces las objeciones se multiplican indefinidamente. Y no es que haya razón en este mundo por la cual un marinero tenga que dormir con otro en una cama, más que cualquier otra persona; pues los marineros no duermen de dos en dos en los barcos más que los reyes solteros en tierra firme. Por supuesto, duermen todos juntos en un solo local, pero cada cual tiene su propia hamaca, y se cubre con su propia manta, y duerme en su propia piel.
Cuanto más cavilaba sobre ese arponero, más aborrecía la idea de dormir con él. Era lícito presumir que, siendo arponero, sus lanas o linos, según fuera el caso, no serían de lo más limpio, ni, desde luego, de lo más delicado. Empecé a sentir picores por todas partes. Además, se iba haciendo tarde, y mi decente arponero debería estar en casa y yendo rumbo a la cama. Supongamos ahora que cayera sobre mí a medianoche, ¿cómo podría yo decir de qué vil agujero venía?
—¡Patrón! He cambiado de idea sobre ese arponero. No voy a dormir con él. Probaré este banco.
—Como quiera; siento no poder dejarle un mantel como colchón, y esta tabla de aquí es muy áspera y molesta... —tocando los nudos y bultos—. Pero espere un poco, Skrimshander; tengo un cepillo de carpintero ahí en el bar; espere, digo, y le pondré bastante a gusto.
Diciendo así, buscó el cepillo, y con su viejo pañuelo de seda desempolvó primero el banco, y se puso vigorosamente a alisarme la cama, haciendo muecas mientras tanto como un mono. Las virutas volaban a derecha e izquierda, hasta que, por fin, el filo del cepillo chocó contra un nudo indestructible. El patrón estuvo a punto de dislocarse la muñeca, y yo le dije que lo dejara, por lo más sagrado; la cama ya estaba bastante blanda para mí, y no sabía cómo ningún acepillado del mundo podía convertir en edredón una tabla de pino. Así que, reuniendo las virutas con otra mueca, y echándolas a la gran estufa de en medio de la sala, se marchó a sus asuntos, y me dejó en negras reflexiones.
Tomé entonces medidas al banco, y encontré que le faltaba un pie de largo, aunque eso se podía arreglar con una silla. Pero también le faltaba un pie de ancho, y el otro banco del cuarto era unas cuatro pulgadas más alto que el cepillado, de modo que no se podían emparejar. Entonces puse el primer banco a lo largo del único espacio libre contra la pared, dejando un pequeño intervalo en medio para poder acomodar la espalda. Pero pronto encontré que venía hacia mí tal corriente de aire frío, desde el hueco de la ventana, que ese plan no iba a servir en absoluto, sobre todo, dado que otra corriente, desde la desvencijada puerta, salía al encuentro de la de la ventana, y ambas juntas formaban una serie de pequeños torbellinos en inmediata proximidad al lugar donde había pensado pasar la noche.
«El demonio se lleve a ese arponero —pensé—, pero, un momento, ¿no podría sacarle una ventaja? ¿Cerrar su puerta por dentro, y meterme en su cama sin dejarme despertar por los golpes más violentos?» No parecía mala idea; pero, pensándolo mejor, lo deseché.
Pues ¿quién podría decir que a la mañana siguiente, tan pronto como yo saliera del cuarto corriendo, el, arponero no iba a estar plantado en la entrada, dispuesto a derribarme de un golpe?
Sin embargo, volviendo a mirar a mi alrededor, y no viendo ocasión posible de pasar una noche tolerable a no ser en la cama de otra persona, empecé a pensar que, después de todo, podía estar abrigando prejuicios injustificados contra ese desconocido arponero. Pensé: «Voy a esperar mientras tanto; no tardará en dejarse caer por aquí. Entonces le miraré bien, y quizá lleguemos a ser alegres compañeros de cama; no puede saberse».
Pero aunque los otros huéspedes iban viniendo, sueltos, o en grupos de dos o de tres, para acostarse, no había todavía señales de mi arponero.
—¡Patrón! —dije—: ¿qué clase de muchacho es éste? ¿Siempre vuelve a tan altas horas? —Ya eran casi las doce.
El patrón volvió a risotear con su mezquina risita, y pareció enormemente divertido por algo que escapaba a mi comprensión.
—No —contestó—, generalmente es pájaro madrugador: se acuesta pronto y se levanta pronto; sí, es un pájaro de los que cogen el gusano. Pero esta noche ha ido a vender, ya ve, y no comprendo qué demonios le hace retrasarse tanto, a no ser, quizá, que no pueda vender su cabeza.
—¿Que no puede vender su cabeza? ¿Qué clase de embauco me cuenta? —Y me entró una furia creciente—. ¿Intenta decirme, patrón, que ese arponero se dedica realmente, esta bendita noche de sábado, o mejor dicho, esta mañana de domingo, a vender su cabeza por la ciudad?
—Eso es, exactamente —dijo el patrón—, y ya le dije que no la podría vender aquí; que hay demasiadas existencias en el mercado. —¿De qué? —grité.
—De cabezas, claro; ¿no hay demasiadas cabezas en este mundo? —Escuche lo que le digo, patrón —dije, con toda calma—: sería mejor que dejase de contarme esos cuentos; no estoy tan verde. —Es posible —y sacó un palo y se puso a afilarlo en mondadientes—, pero me imagino que ese arponero le dejaría negro si lo oyera hablar mal de su cabeza.
—Yo se la romperé —dije, volviendo a encolerizarme ante esa inexplicable cháchara del patrón.
—Ya está rota —dijo.
—Rota —dije yo—; ¿quiere decir que está rota?
—Claro, y ésa es la razón por la que no puede venderla, me parece.
—Patrón —dije, levantándome hacia él, tan frío como el monte Hecla en una tormenta de nieve—: patrón, deje de afilar. Tenemos que entendernos usted y yo, y sin perder un momento. Llego a su casa y quiero una cama, y usted me dice que sólo puede darme media, y que la otra media pertenece a cierto arponero. Y sobre ese arponero, a quien todavía no he visto, se empeña en contarme las historias más mixtificadoras y desesperantes, para dar lugar a que yo tenga una sensación incómoda hacia el hombre que me señala como compañero de cama; un tipo de relación, patrón, que es íntima y confidencial hasta el mayor extremo. Ahora le pido que me explique y me diga quién y qué es ese arponero, y si no hay ningún peligro en pasar la noche con él. Y, para empezar, tendrá la bondad de retirar esa historia de que vende su cabeza, que, si es verdad, entiendo que es suficiente evidencia de que el arponero está loco de atar, y no pienso dormir con un loco; y usted, patrón, a usted le digo, usted, señor, tratando de hacerlo así con todo conocimiento, se haría merecedor de ser perseguido por lo criminal.
—Bueno —dijo el patrón, dando un amplio respiro—, es un sermón bastante largo para un compadre que de vez en cuando gasta un poco de broma. Pero esté tranquilo, esté tranquilo, este arponero que le digo acaba de llegar de los mares del Sur, donde ha comprado un lote de cabezas embalsamadas de Nueva Zelanda (estupendas curiosidades, ya sabe) y las ha vendido todas menos una, que es la que trata de vender esta noche, porque mañana es domingo, y no estaría bien vender cabezas humanas por las calles cuando la gente va a las iglesias. Lo quería hacer el domingo pasado, pero yo se lo impedí en el momento en que salía por la puerta con cuatro cabezas en ristra, que parecían completamente una ristra de cebollas.
Esta explicación aclaró el misterio, inexplicable de otro modo, y demostró que el patrón, después de todo, no había tenido intención de burlarse de mí; pero, al mismo tiempo, ¿qué podía pensar yo de un arponero que se quedaba fuera un sábado por la noche, hasta el mismísimo santo día del Señor, ocupado en un asunto tan canibalesco como vender las cabezas de unos idólatras muertos?
—Tenga la seguridad, patrón, de que ese arponero es hombre peligroso.
—Paga con toda puntualidad —fue la réplica—. Pero vamos, se está haciendo terriblemente tarde, y sería mejor que volviera la aleta de cola: es una buena cama. Sally yo dormimos en esa cama la noche que nos juntamos. Hay sitio de sobra para que dos den patadas por esa cama; es una cama grande y todopoderosa. Bueno, antes de que la dejáramos, Sally solía poner a nuestro Sam y al pequeño Johnny a los pies. Pero una noche tuve una pesadilla y di patadas y golpes, y, no sé cómo, Sam cayó al suelo y casi se rompió el brazo. Después de eso, Sally dijo que no estaba bien. Venga por aquí, le daré luz en un periquete. —Y diciendo así encendió una vela y me la alargó, disponiéndose a mostrarme el camino. Pero yo me detuve indeciso, hasta que él exclamó, mirando el reloj del rincón—: Ya veo que es domingo; esta noche no verá al arponero: habrá echado el ancla en cualquier sitio; vamos allá, entonces: vamos, ¿no quiere?
Consideré el asunto un momento, y luego subimos las escaleras, y me hizo entrar en un cuartito, frío como una almeja, y amueblado, desde luego, con una prodigiosa cama, casi lo bastante grande como para que durmieran cuatro arponeros en fila.
—Ahí —dijo el patrón, poniendo la vela en un absurdo cofre de marinero que hacía doble servicio como lavabo y mesa de centro—: ahí tiene; póngase cómodo, y tenga buenas noches.
Aparté los ojos de la cama para mirarle, pero había desaparecido.
Echando atrás la colcha, me incliné sobre la cama. Aunque no de lo más elegante, resistía bastante bien la inspección. Luego miré el cuarto alrededor; y además de la cama y la mesa del centro, no pude ver más mobiliario en aquel sitio si no una basta estantería, las cuatro paredes, y una pantalla de chimenea forrada de papel, representando a un hombre que arponeaba una ballena. De cosas que no pertenecieran propiamente al lugar, había una hamaca amarrada y tirada en un rincón por el suelo; y asimismo un gran saco de marinero, que contenía el guardarropa del arponero, en lugar de baúl de los de tierra adentro. Igualmente, había un paquete de anzuelos exóticos, de hueso de pez, en la estantería sobre la chimenea, y un largo arpón erguido a la cabecera de la cama.
Pero ¿qué es eso que hay sobre el cofre? Lo levanté, lo acerqué a la luz, lo toqué, lo olí, y probé todos los modos posibles de llegar a alguna conclusión satisfactoria referente a ello. No puedo compararlo más que con un amplio felpudo de puerta, adornado en los bordes con pequeños colgajos tintineantes, algo así como las púas teñidas de puerco espín alrededor de un mocasín indio. En medio de esa estera había un agujero o hendidura, como se ve en los ponchos sudamericanos. Pero ¿sería posible que ningún arponero sobrio se metiese en una estera de puerta, y desfilase con esa clase de disfraz por las calles de una ciudad cristiana? Me lo puse para probármelo, y me pesó como un cuévano, por ser extraordinariamente erizado y espeso, y me pareció que también un poco mojado, como si el misterioso arponero lo hubiera llevado puesto un día de lluvia. Me acerqué con él a un pedazo de espejo pegado a la pared, y nunca vi tal espectáculo en mi vida. Me despojé de él con tanta prisa que me disloqué el cuello.
Sentado en el borde de la cama, empecé a pensar en ese arponero vendedor de cabezas y en su estera de puerta. Después de pensar un rato en el borde de la cama, me incorporé, me quité el chaquetón, y me quedé entonces parado en medio del cuarto, pensando. Luego me quité la chaqueta, y volví a pensar un poco más en mangas de camisa. Pero como ya empezaba a sentir mucho frío, medio desnudo como estaba, y recordando lo que había dicho el patrón de que el arponero no volvería a casa en toda la noche por ser tan tarde, no enredé más, sino que me salí de un salto de los pantalones y las botas, y luego, soplando la vela, me eché de un tumbo en la cama, encomendándome al cuidado del cielo.
No es posible saber si ese colchón estaba relleno de panochas de maíz o de vajilla rota, pero di vueltas un buen rato sin poder dormir durante mucho tiempo. Por fin, resbalé a un sopor ligero, y ya había navegado un buen trecho hacia la tierra de Duermes, cuando oí unos pesados pasos en el corredor, y vi un destello de luz que entraba en el cuarto por debajo de la puerta.
«¡Válgame Dios! —pensé—, ése debe ser el arponero, el infernal vendedor de cabezas.» Pero me quedé completamente quieto, decidido a no decir una palabra hasta que me dijeran algo. Con una luz en una mano, y la mismísima cabeza de Nueva Zelanda en la otra, el recién llegado entró en el cuarto y, sin mirar a la cama, puso la vela muy lejos de mí en el suelo de un rincón, y luego empezó a desatar las cuerdas anudadas del gran saco que antes dije que había en el cuarto. Yo estaba ansioso de verle la cara, pero él la mantuvo apartada un rato mientras se ocupaba de desatar la boca del saco. Logrado esto, sin embargo, se volvió y... ¡Santo cielo!, ¡qué visión! ¡Qué cara! Era de color oscuro, purpúreo y amarillo, incrustada acá y allá de amplios cuadrados de aspecto negruzco. Sí; es como pensaba, es un temible compañero de cama; ha tenido una pelea, le han hecho unos cortes horribles, y aquí está, recién salido del médico. Pero en ese momento dio la casualidad de que se volvió hacia la luz, y vi claramente que no podían ser en absoluto parches de heridas esos cuadrados negros de sus mejillas. Eran manchas de alguna otra especie. Al principio, no supe cómo tomarlo, pero pronto se me ocurrió un asomo de la verdad. Recordé un relato sobre un blanco —también ballenero— que, al caer entre caníbales, había sido tatuado por éstos. Deduje que este arponero, en el transcurso de sus largos viajes, debía haber pasado por una aventura semejante. ¡Y qué es eso, pensé, después de todo! Es sólo su exterior; un hombre puede ser honrado en cualquier clase de piel. Pero entonces, ¿cómo entender ese color extraterrenal, esa parte suya, quiero decir, que queda a su alrededor, y que es completamente independiente de los cuadrados del tatuaje? Desde luego, no puede ser sino una buena capa de curtido tropical, pero nunca he oído decir que el curtido de un sol caliente convierta a un hombre blanco en amarillento y purpúreo. Sin embargo, yo nunca había estado en los mares del Sur, y quizá el sol de allá produjera esos extraordinarios efectos en la piel. Ahora, mientras todas esas ideas cruzaban por mí como un relámpago, el arponero no me observó en absoluto. Pero, después de hallar alguna dificultad para abrir el saco, empezó a hurgar a tientas en él, y por fin sacó una especie de hacha india y una bolsa de piel de foca con pelo y todo. Colocándolas en el viejo cofre de en medio del cuarto, tomó la cabeza de Nueva Zelanda —cosa sobradamente horrenda— y la encajó en el fondo del saco. Luego se quitó el sombrero —un sombrero nuevo de castor— y yo estuve a punto de gritar de sorpresa. No había pelo en su cabeza; al menos, no se podía hablar de él; nada sino un pequeño nudo retorcido en la frente. Su purpúrea cabeza calva ahora parecía completamente una calavera mohosa. Si el recién llegado no hubiera estado entre la puerta y yo, me habría lanzado por ella con más prisa que nunca me he lanzado sobre una comida.
Aun así, pensé un momento en escurrirme fuera por la ventana, pero era un segundo piso. No soy cobarde, pero superaba en absoluto mi comprensión cómo entender a aquel granuja purpúreo que vendía cabezas. La ignorancia engendra al miedo, y yo, completamente abrumado y confundido sobre el recién llegado, confieso que le tenía ahora tanto miedo como si fuera el propio diablo que se hubiera metido así en mi cuarto en plena noche. Efectivamente, le tenía tanto miedo que no fui capaz de dirigirle la palabra para pedirle una respuesta satisfactoria respecto a lo que me parecía inexplicable en él.
Mientras tanto, él siguió el asunto de desnudarse, y por fin mostró el pecho y los brazos. Como que me tengo que morir, esas partes cubiertas suyas estaban salpicadas de los mismos cuadrados que su cara; la espalda, también, estaba cubierta de los mismos cuadrados oscuros; parecía haber estado en una Guerra de los Treinta Años, y acabarse de escapar por ella con una camisa de parches de heridas. Aún más, hasta sus piernas estaban marcadas, como si un montón de oscuras ranas verdes subieran corriendo por unos troncos de palmeras jóvenes. Ahora estaba bien claro que debía ser algún abominable salvaje, o algo parecido, embarcado a bordo de un ballenero en los mares del Sur, y desembarcado así en este país cristiano. Me estremecí al pensarlo. ¡Un vendedor de cabezas, además; quizá las cabezas de sus propios hermanos! Se le podría antojar la mía. ¡Cielos!, ¡mira aquella hacha india!
Pero no hubo tiempo de temblar, porque ahora el salvaje se dedicó a algo que fascinó por completo mi atención, y me convenció de que debía de ser, en efecto, un pagano. Acercándose a su pesado chaquetón con capucha, el Sobretodo o dreadnaught, que antes había colgado en una silla, hurgó en los bolsillos, y sacó al cabo de un rato una pequeña imagen, extraña y deformada, con una joroba en la espalda, y exactamente del color de un niño congoleño de tres días. Recordando la cabeza embalsamada, al principio creí que ese maniquí negro fuera un niño de verdad, conservado de algún modo semejante. Pero al ver que no era en absoluto blando, y que brillaba mucho, como ébano pulido, deduje que no debía de ser sino un ídolo de madera, como efectivamente resultó ser. Pues ahora el salvaje se acerca al vacío hogar y, apartando la pantalla empapelada, pone esa pequeña imagen jorobada, de pie como un bolo, entre los moribundos. Las jambas de la chimenea y todos los ladrillos de dentro estaban llenos de hollín, de modo que pensé que ese hogar resultaba un pequeño nicho o capilla muy apropiada para su congoleño ídolo.
Fijé entonces atentamente los ojos en la imagen medio oculta, sintiéndome a la vez muy incómodo, para ver qué pasaba después. Primero saca un par de puñados de virutas del bolsillo del chaquetón, y los coloca cuidadosamente ante el ídolo; luego, poniendo encima un poco de galleta de barco, y aplicándole la llama de la lámpara, enciende las virutas en una llamarada sacrificial. Al fin, después de varias metidas apresuradas entre las llamas, retirando los dedos aún más apresuradamente (con lo que parecía quemárselos de mala manera), consiguió por fin retirar la galleta; y entonces, soplándola para enfriarla y para quitarle las cenizas, se la ofreció cortésmente al negrito. Pero no pareció que al pequeño demonio le apeteciera tan seco alimento: no movió en absoluto los labios. Todas esas extrañas gesticulaciones iban acompañadas de sonidos guturales, aún más extraños, por parte del devoto, que parecía rezar en una cantinela, o cantar alguna salmodia pagana, durante la cual contraía espasmódicamente la cara del modo menos natural. Finalmente, apagando el fuego, recogió el ídolo con muy poca ceremonia, y se lo volvió a embolsar en el bolsillo del chaquetón como si fuera un cazador echando al zurrón una becada muerta.
Todas esas raras actividades aumentaron mi incomodidad, y, al ver que ahora mostraba fuertes síntomas de que acababa las operaciones de su asunto, y que se metería de un salto en la cama conmigo, pensé que era más que hora, ahora o nunca, antes que se apagara la luz, de romper la fascinación en que yo había quedado tanto tiempo sujeto.
Pero el intervalo que empleé en deliberar qué decir fue fatal.
Tomando de la mesa el hacha india, examinó un momento la cabeza, y luego, acercándola a la luz, sopló grandes nubes de humo de tabaco. Un momento después, la luz estaba apagada, y ese salvaje caníbal, con el hacha entre los dientes, saltaba a la cama conmigo. Lancé un grito, sin poderlo remediar; y él, con un súbito gruñido de asombro, empezó a tocarme.
Tartamudeando no sé qué, me escapé de él hacia la pared, y luego le conjuré, quienquiera o cualquier cosa que fuera, a estarse quieto y dejarme levantar y encender la luz otra vez. Pero sus respuestas guturales me convencieron en seguida de que comprendía muy poco lo que yo quería decir.
—¿Quién demonio usté? —dijo por fin—; usté no hablar, maldito, yo matarle.
Y diciendo así, el hacha brillante empezó a gritar a mi alrededor en la sombra.
—¡Patrón, por Dios, Peter Coffin! —grité—. ¡Patrón, despierte! ¡Coffin! ¡Ángeles, salvadme!
—¡Hablar! ¡Decirme quién ser, o, maldito, matarte! —volvió a rezongar el caníbal, mientras que, al blandir horriblemente su hacha india, desparramaba calientes cenizas de tabaco sobre mí, hasta que creí que se me iba a incendiar la ropa. Pero, gracias a Dios, en ese momento entró el patrón en el cuarto, vela en mano, y yo, saliendo de un brinco de la cama, corrí hacia él.
—No tenga miedo ahora —dijo, volviendo a sonreír—. Este Queequeg no le va a tocar un pelo de la cabeza.
—Deje de sonreír —grité—: ¿por qué no me dijo que ese infernal arponero era un caníbal?
—Pensé que lo sabía: ¿no le dije que iba vendiendo cabezas por la ciudad? Pero vuélvale la cola y échese a dormir. Queequeg, ea; tú entender mí, yo entender tú; este hombre dormir tú; ¿entender tú?
—Yo entender mucho —gruñó Queequeg, soplando por la pipa y sentado en la cama—. Usted meterse —añadió, haciéndome un ademán con el hacha india, y abriendo las mantas a un lado. Realmente, lo hizo de un modo no sólo cortés, sino benévolo y caritativo. Me quedé quieto un momento mirándole. Con todos sus tatuajes, en conjunto era un caníbal limpio y de aspecto decente. «¿A qué viene todo este estrépito que he hecho? —pensé para mí mismo—. Este hombre es un ser humano lo mismo que yo: tiene tantos motivos para tener miedo de mí, como yo para tener miedo de él. Más vale dormir con un caníbal despejado que con un cristiano borracho.»
—Patrón —dije—; dígale que deje el hacha india, o la pipa, o como lo llame; en una palabra, dígale que deje de fumar, y yo me pondré con él. Porque no me hace gracia tener conmigo en la cama a un hombre que fuma. Es peligroso. Además, no estoy asegurado.
Al decir esto a Queequeg, inmediatamente se avino, y volvió a hacerme un cortés ademán de que me metiera en la cama, enrollándome hacia una orilla, como si dijera: No le voy a tocar ni una pierna.
—Buenas noches, patrón —dije—: se puede ir.
Me metí en la cama, y nunca en mi vida he dormido mejor.

IV. La colcha

Al despertarme a la mañana siguiente al alborear, encontré que Queequeg me había echado el brazo por encima del modo más cariñoso y afectuoso. Se habría pensado que yo había sido su mujer. La colcha era de retazos, llena de cuadraditos y triangulitos sueltos y abigarrados; y aquel brazo suyo, todo él tatuado con una figura interminable de laberinto cretense, sin dos partes que fueran exactamente del mismo matiz (debido, supongo yo, a que en el mar había expuesto el brazo de modo variable al sol y a la sombra, con las mangas de la camisa irregularmente subidas en variadas ocasiones), aquel brazo suyo, digo, parecía en todo una tira de aquel mismo cobertor de retazos. Efectivamente, como el brazo estaba puesto sobre la colcha cuando me desperté, difícilmente pude distinguirlo de ella, y sólo por la sensación de peso y presión pude comprender que Queequeg me estaba apretando.
Mis sensaciones fueron extrañas. Permítaseme tratar de explicarlas. Cuando yo era niño, recuerdo muy bien una circunstancia un tanto parecida que me ocurrió: jamás pude decidir completamente si era una realidad o un sueño. La circunstancia fue ésta. Había estado yo haciendo no sé qué travesura: creo que tratando de trepar por dentro de la chimenea, como había visto hacer a un pequeño deshollinador unos días antes, y mi madrastra que, por una razón o por otra, todo el tiempo estaba dándome azotes o mandándome a la cama sin cenar, mi madrastra, digo, me arrastró por las piernas sacándome de la chimenea y me mandó derecho a la cama, aunque eran sólo las dos de la tarde del 21 de junio, el día más largo en nuestro hemisferio. Mis sentimientos fueron terribles. Pero no había modo de remediarlo, de modo que subí por las escaleras a mi cuartito en el tercer piso, me desnudé todo lo despacio que pude, para matar el tiempo, y, con un amargo suspiro, me metí entre las sábanas.
Me tendí allí calculando lúgubremente que debían transcurrir dieciséis horas enteras antes que pudiera tener esperanza de resurrección. ¡Dieciséis horas en la cama! Me dolía la rabadilla de pensarlo. Y además, había mucha luz: el sol brillaba en la ventana, y había un gran estrépito de coches por las calles, y el sonido de voces alegres llenaba toda la casa. Me sentía cada vez peor; por fin me levanté, me vestí, y bajando quedamente, con los calcetines en los pies, busqué a mi madrastra y de repente me eché ante ella, rogándole como un favor especial que me diera una buena azotaina por mi mala conducta; cualquier cosa, menos condenarme a estar en la cama durante tan insoportable lapso de tiempo. Pero ella era la mejor y más concienzuda de las madrastras, y tuve que volver a mi cuarto. Durante varias horas estuve allí completamente despierto, sintiéndome mucho peor que nunca me he sentido después, aun con las mayores desventuras posteriores. Por fin, debí caer en un sopor turbado por pesadillas, y al despertar lentamente de él —medio sumergido en sueños— abrí los ojos, y el cuarto antes iluminado por el sol, ahora estaba envuelto en la tiniebla exterior. Al momento sentí un golpe que me recorría todo el cuerpo: no se veía nada, ni se oía nada: pero parecía haber una mano sobrenatural en la mía. Yo tenía el brazo extendido sobre la colcha, y la innominable, inimaginable y silenciosa forma fantasmal a que pertenecía la mano, parecía sentada muy cerca, en el borde de mi cama. Durante lo que pareció siglos amontonados sobre siglos, me quedé así, congelado con los temores más espantosos, sin atreverme a retirar la mano, pero pensando que sólo con que pudiera removerla una pulgada, se rompería el horrendo hechizo. No supe cómo esta impresión se apartó por fin de mí, pero, al despertar por la mañana, lo recordé todo con un estremecimiento, y durante días y semanas después me perdí en enloquecedores intentos de explicar el misterio. Más aún, incluso en esta misma hora, muchas veces extravío en ello.
Bien, pues quitando el terrible miedo, mis sensaciones al sentir mano sobrenatural en la mía fueron muy semejantes, en su extrañeza, a las que experimenté al despertar y ver el pagano brazo de Queecequeg echado a mi alrededor. Pero, por fin, todos los acontecimientos de la noche pasada volvieron uno por uno, sin embriaguez con realidad fijada, y entonces sólo quedé despierto para el lado cómico. Pues aunque traté de moverle el brazo, de desatar su apretón marital, sin embargo él, dormido como estaba, seguía apretándome estrechamente, como si solamente la muerte pudiera separaros. Intenté sacarle del sueño:
—¡Queequeg!
Pero su única respuesta fue un ronquido. Entonces me di la cita, notando en el cuello como una collera de caballo, y de repente sentí un ligero arañazo. Echando a un lado la colcha, allí estaba el hacha india durmiendo al lado del costado del salvaje, como si fuera un niño de cara afilada. «¡Bonito lío, de veras! —pensé—, ¡en la cama, en una casa desconocida, en pleno día, con un caníbal un hacha india!»
—¡Queequeg, por todos los Cielos, Queequeg, despierta!
Al fin, a fuerza de mucho retorcimiento, y de sonoras e insistentes exhortaciones sobre la inconveniencia de que abrazara a otro varón con aquel estilo tan matrimonial, conseguí extraerle un gruñido; y por fin, retiró el brazo, se sacudió de arriba abajo, todo entero, como un perro de Terranova recién salido del agua, y se incorporó en la cama, rígido como una pica, mirándome y restregándose los ojos como si no recordara en absoluto de qué modo había llegado yo a estar allí, aunque una vaga conciencia de saber algo de mí parecía amanecer lentamente en él. Mientras tanto, yo estaba tendido, inmóvil y mirándole, ahora sin tener temores serios, y afanoso de observar de cerca a tan curiosa criatura. Cuando, por fin, su mente pareció en claro respecto al carácter de su compañero de Cama, y, por decirlo así, se reconcilió con el hecho, dio un salto hasta el suelo, y por determinados signos y sonidos me dio a entender que, si me parecía bien, él se vestiría primero y luego me dejaría para que me vistiera yo, cediéndome todo el local para mí. Creo yo que en esas circunstancias, Queequeg, esto es un modo de empezar muy civilizado; pero la verdad es que estos salvajes tienen un sentido innato de delicadeza, dígase lo que se quiera: es asombroso qué esencialmente corteses son. Ofrezco a Queequeg este preciso cumplimiento, porque me trató con mucha etiqueta y consideración, mientras que yo era culpable de notable grosería: observándole fijamente desde la cama, y vigilando todos sus movimientos al arreglarse, al prevalecer temporalmente mi curiosidad sobre mi buena educación. No obstante, no se ve todos los días un hombre como Queequeg, y tanto él como sus modales eran muy merecedores de especial atención.
Empezó a vestirse por arriba, tocándose con su sombrero de castor, que por cierto era muy alto, y luego todavía sin pantalones se lanzó a rastrear sus botas. Para qué demonios lo haría, no sé decir, pero su inmediato movimiento fue aplastarse —botas en mano, y con el sombrero puesto— debajo de la cama, donde, por diversos jadeos y tensiones de gran violencia, deduje que trabajaba duramente en calzarse, aunque no he oído jamás por qué regla de decencia se requiere a nadie que se aísle para ponerse las botas. Pero Queequeg, ya se ve, era una criatura en fase de transición: ni oruga ni mariposa. Era lo estrictamente civilizado como para exhibir su exotismo del modo más extraño posible. Su educación no estaba todavía terminada. Era un estudiante a mitad de carrera. Si no hubiera estado civilizado en un pequeño grado, probablemente no se habría preocupado en absoluto de las botas; pero, por otra parte, si no hubiera sido todavía un salvaje, nunca se le habría ocurrido meterse bajo la cama para ponérselas. Por fin, emergió con el sombrero muy aplastado y abollado, metido hasta los ojos, y empezó a crujir y cojear por el cuarto, como si, no estando muy acostumbrado a las botas, su par de becerro, húmedas y agrietadas —probablemente tampoco hechas a su medida—, más bien le pellizcaran y atormentaran en el primer arranque en una cruda mañana de frío.
Viendo yo, entonces, que no había cortinas en la ventana y que la calle era muy estrecha, y la casa de enfrente dominaba una vista total de nuestro cuarto, y observando cada vez más la indecorosa figura que presentaba Queequeg al dar vueltas por ahí con poco más que el sombrero y las botas, le rogué lo mejor que supe que acelerase su arreglo como fuera, y, sobre todo, que se pusiera los pantalones en cuanto pudiera. Obedeció, y luego empezó a lavarse. A esa hora de la mañana, cualquier cristiano se habría lavado la cara, pero Queequeg, con extrañeza mía, se contentó con limitar sus abluciones al pecho, brazos y manos. Luego se puso el chaleco, y tomando un trozo de jabón duro que había en la mesa de centro que hacía de lavabo, lo sumergió en agua y empezó a enjabonarse la cara. Yo observaba a ver dónde guardaba la navaja de afeitar, cuando he aquí que toma el arpón de la cama, quita el largo mango de madera, desencaja el hierro, lo afila un poco en la bota, y, acercándose al trozo de espejo de la pared, empieza vigorosamente a rasurarse, o mejor arponearse las mejillas. Me parece, Queequeg, que esto es usar como venganza la mejor cuchillería Rogers. Luego llegó a sorprenderme menos esta operación cuando empecé a saber de qué fino acero está hecha la cabeza de un arpón, y qué terriblemente afilados se mantienen sus largos bordes rectos.
El resto de su tocado se acabó pronto, y salió orgullosamente del cuarto, envuelto en su gran chaquetón de piloto, y blandiendo su arpón como un bastón de mariscal.

V. Desayuno

Yo le seguí rápidamente, y, bajando al bar, me acerqué muy contento al sonriente patrón. No le guardaba rencor, aunque él se había burlado de mí no poco en el asunto de mi compañero de cama.
Sin embargo, una buena risa es una cosa excelente, y una cosa buena que anda más bien demasiado escasa: lo cual es una lástima. Así que si cualquiera, en su propia persona, concede materia para una buena broma a cualquiera, que no se eche atrás, sino empléese y déjese emplear de ese modo. Y si un hombre lleva en sí algo abundantemente risible, estad seguros de que hay más en ese hombre de lo que quizá imagináis.
El bar estaba ahora lleno de los huéspedes que se habían dejado caer por allí la noche anterior, y a quienes yo no había mirado todavía bastante. Casi todos eran balleneros: primeros, segundos y terceros oficiales, carpinteros, toneleros y herreros de marina, arponeros y guardianes; una gente tostada y musculosa, de barbas boscosas; un grupo hirsuto y rudo, todos con sus chaquetones a modo de batines mañaneros.
Se podía decir claramente cuánto tiempo había estado a bordo cada uno de ellos. Las saludables mejillas de aquel joven tienen un color como de pera tostada por el sol, y parece que han de tener su mismo olor almizclado; no puede hacer tres días que ha desembarcado de su viaje a la India. Aquél de al lado, parece unos pocos tonos más claro; podríais decir que hay en él un toque de áloe. En el color de un tercero dura todavía un bronceado tropical, pero levemente blanqueado, pese a todo: éste sin duda lleva ya varias semanas en tierra. Pero ¿quién podría mostrar unas mejillas como Queequeg, que, listadas en diversas tintas, parecían la vertiente occidental de los Andes, exhibiendo, en un solo despliegue, climas en contraste, zona tras zona?
—¡A engullir, ea! —gritó entonces el patrón, abriendo del todo una puerta, y entramos a desayunar.
Dicen que los hombres que han visto el mundo adquieren así gran facilidad de maneras, y tienen gran dominio de sí mismos en compañía. No siempre, sin embargo: Ledyard, el gran viajero de New England, y Mungo Park, el escocés, mostraban menor seguridad que nadie en el salón. Pero quizá el cruzar meramente Siberia en un trineo arrastrado por perros, como hizo Ledyard, o el darse un largo paseo solitario con el estómago vacío, por el corazón negro de África, que es la suma de las realizaciones del pobre Mungo, ese tipo de viaje, digo, quizá no sea el mejor modo de alcanzar un alto refinamiento social. No obstante, en la mayor parte de los casos, este tipo de cosas es lo que se suele observar en todo lugar.
Las indicadas reflexiones están ocasionadas por el hecho de que después que todos nos sentamos a la mesa, y cuando me preparaba a escuchar algunos buenos relatos sobre la pesca de la ballena, con no poca sorpresa mía, todos mantuvieron un profundo silencio. Y no sólo eso, sino que tenían un aire cohibido. Sí, allí había un equipo de lobos de mar, muchos de los cuales, sin la menor timidez, habían abordado grandes ballenas en alta mar —absolutamente desconocidas para ellos— y habían entablado duelo con ellas hasta matarlas sin parpadear; y, sin embargo, ahí estaban sentados en la sociedad de una mesa de desayuno —todos del mismo oficio, todos de gustos afines— y volvían los ojos unos a otros tan ovejunamente como si nunca hubieran salido de la vista de algún redil entre las Montañas Verdes. ¡Curioso espectáculo, esos tímidos osos, esos vergonzosos guerreros de las ballenas!
Pero en cuanto a Queequeg...; en fin, Queequeg se sentaba entre ellos, y a la cabecera de la mesa, además, por casualidad, tan fresco como un carámbano. Por supuesto, no puedo decir mucho a favor de su buena educación. Su mayor admirador no podría haber justificado cordialmente que se trajera consigo el arpón al desayuno y lo usara sin ceremonia, alcanzando con él por encima de la mesa, con inminente riesgo para varias cabezas, y acercándose los filetes de vaca. Pero eso es lo que hacía con gran frialdad, y todos saben que, en la estimativa de la mayor parte de la gente, hacer algo con frialdad es hacerlo con elegancia.
No hablaremos aquí de todas las peculiaridades de Queequeg; cómo rehuía el café y los panecillos calientes, y aplicaba su atención fija a los filetes, bien crudos. Basta decir que, cuando se terminó el desayuno, se retiró como los demás a la sala común, encendió la pipa-hacha, y allí estaba sentado, dirigiendo y fumando en paz, con su inseparable sombrero puesto, cuando yo zarpé a dar una vuelta.

VI. La calle

Si al principio me había asombrado a captar un atisbo de un individuo tan exótico como Queequeg circulando entre la refinada sociedad de una ciudad civilizada, ese asombro se disipó en seguida al dar mi primer paseo a la luz del día por las calles de New Bedford.
En vías públicas cercanas a los muelles, cualquier puerto importante ofrecerá a la vista los ejemplares de más extraño aspecto procedentes de tierras extranjeras. Incluso en Broadway y Chestnut Street, a veces hay marineros mediterráneos que dan empellones a las asustadas señoritas. Regent Street no es desconocida para los birmanos y malayos; y en Bombay, en Apollo Green, yanquis de carne y hueso han asustado muchas veces a los indígenas. Pero New Bedford supera a. toda Water Street Wapping. En esos susodichos lugares sólo se ven marineros, pero en New Bedford hay auténticos caníbales charlando en las esquinas de las calles; salvajes de veras, muchos de los cuales llevan aún carne pagana sobre los huesos. A un recién llegado, le deja pasmado.
Pero, además de los fidjianos, tongotaburianos, erromangoanos, pannangianos y brighgianos, y además de los disparatados ejemplares de la ballenería que se bambolean inadvertidos por las calles, se ven otros espectáculos aún más curiosos, y ciertamente más cómicos. Todas las semanas llegan a esta ciudad docenas de hombres de Vermont y New Hampshire, aún muy verdes, y llenos de sed de ganancia y gloria en la pesquería. Suelen ser jóvenes, de tipos macizos; mozos que han talado bosques y ahora pretenden dejar el hacha y empuñar el arpón. Muchos están verdes como las Montañas Verdes de que proceden. En algunas cosas, se creería que acaban de nacer.
¡Mirad ahí, ese muchacho que presume en la esquina! Lleva un sombrero de castor y una levita de cola de golondrina, ceñida con un cinturón de marinero y un machete como vaina. Ahí viene otro con un sueste y un capote de alepín.
Ningún elegante de ciudad se puede comparar con uno de campo, quiero decir, con un elegante auténticamente paleto; un compadre que, en los días de la canícula, siega sus dos hectáreas con guantes de cabritilla por miedo a broncearse las manos. Ahora bien, cuando a un elegante de campo como éste se le mete en la cabeza conseguir reputación de distinguido, y se alista en las grandes pesquerías de ballenas, habríais de ver qué cosas más cómicas hace al llegar al puerto. Al encargar su indumentaria marina, pide botones de campana en los chalecos, y trabillas en sus pantalones de lona. ¡Ah, pobre retoñito, qué amargamente estallarán esas trabillas en la s primera galerna ululante, cuando seas empujado, con trabillas, bo— 'k tones y todo, por la garganta de la tempestad abajo!
Pero no creáis que esta famosa ciudad tiene sólo arponeros, caníbales y paletos para enseñar a los visitantes. Nada de eso. Con todo, New Bedford es un sitio extraño. Si no hubiera sido por nosotros los balleneros, ese trecho de tierra quizá habría seguido hasta hoy en condiciones tan salvajes como la costa de Labrador. Aun tal como está, hay partes del campo de sus alrededores que son capaces de asustarle a uno con su aspecto desolado. La propia ciudad es quizá el sitio más caro para vivir en toda New England. Ciertamente, es tierra de aceite, aunque no como Canaán; tierra, pues, de trigo y vino. Por sus calles no mana la leche, ni en primavera las pavimentan con huevos frescos. Pero, a pesar de todo, en ninguna parte de América se encontrarán más casas de aspecto patricio, y parques y jardines más opulentos que en New Bedford. ¿De dónde proceden? ¿Cómo se han plantado en esta macilenta escoria de comarca?
Id a mirar los emblemáticos arpones de hierro que rodean aquella altiva mansión, y vuestra pregunta quedará respondida. Sí, todas esas valientes casas y floridos jardines proceden de los océanos Atlántico, Pacífico e índico. Todas y cada una, fueron arponeadas y arrastradas hasta aquí desde el fondo del mar. ¿Puede Herr Alexander realizar una hazaña como ésta?
Dicen que en New Bedford los padres dan ballenas a sus hijas como dote, y colocan a sus sobrinas con unas pocas tortugas por cabeza. Hay que ir a New Bedford para ver una boda brillante, pues dicen que tienen depósitos de aceite en todas las casas, y a lo largo de ', todas las noches queman sin cesar velas de esperma de ballena.
En verano, es dulce de ver la ciudad, llena de hermosos arces, en largas avenidas de verde y oro. Y en agosto, elevándose en el aire, los bellos y abundantes castaños de Indias, como candelabros, ofrecen al transeúnte sus puntiagudos conos verticales de floración congregada. Tan omnipotente es el arte, que en muchos distritos de New Bedford ha superpuesto claras terraza de flores sobre los estériles residuos de roca arrojados a un lado en el día final de la Creación.
Y las mujeres de New England florecen como sus propias rosas. Pero las rosas sólo florecen en verano, mientras que la fina encarnadura de sus mejillas es perenne, como la luz del sol en los séptimos cielos. Hallar comparación en otro sitio a esa floración suya, os será imposible, si no es en Salem, donde me dicen que las muchachas exhalan tal almizcle que sus novios marineros las huelen a millas de la costa, como si se acercaran a las aromáticas Molucas y no a las arenas puritanas.

VII. La capilla

En la misma New Bedford se yergue una capilla de los Balleneros, y pocos son los malhumorados pescadores, con rumbo al océano índico o al Pacífico, que dejan de hacer una visita dominical a ese lugar.
Al regresar de mi primer paseo mañanero, volví a salir para ese especial destino. El cielo había cambiado de un frío soleado y claro, a niebla y aguanieve con viento. Envolviéndome en mi áspero chaquetón, del tejido llamado «piel de oso», luché por abrirme paso contra la terca tempestad. Al entrar, encontré una pequeña y desparramada feligresía de marineros y de mujeres y viudas de marineros. Reinaba un silencio ahogado, sólo roto a veces por los aullidos de la tempestad. Cada silencioso adorador parecía haberse sentado a propósito aparte de los demás, como si cada dolor silencioso fuera insular e incomunicable. El capellán no había llegado todavía; y allí, aquellas calladas islas de hombres y mujeres se habían sentado mirando fijamente varias lápidas de mármol, con bordes negros, incrustadas en la pared a ambos lados del púlpito. Tres de ellas rezaban algo así como lo que sigue, aunque no pretendo citar:

CONSAGRADA A LA MEMORIA DE JOHN TALBOT
Que, a la edad de dieciocho años,
Se perdió en el mar,
Cerca de la Isla de la Desolación,
A la altura de Patagonia,
El 1 de noviembre de 1836
SU HERMANA
Dedica a su memoria
ESTA LÁPIDA

EN MEMORIA DE ROBERT LONG, WILLIS ELLERY,
NATHAN COLEMAN, WALTER CANNY,
SETH MACY Y SAMUEL GLEIG,
Que formaban la tripulación de una de las lanchas
DEL BARCO ELIZA
Arrastrados por una ballena hasta perderse de vista
En las pesquerías del Pacífico,
El 31 de diciembre de 1839
Ponen esta lápida
Sus compañeros supervivientes.

EN MEMORIA
del difunto
CAPITÁN EZEKIEL HARDY,
Que, en la proa de su lancha,
Fue muerto por un cachalote
En la costa del Japón,
El 3 de agosto de 1833,


DEDICA ESTA LÁPIDA
a su recuerdo
SU VIUDA



Sacudiéndome el aguanieve de mi sombrero y mi chaquetón helados, me senté junto a la puerta, y al volverme a un lado me sorprendió ver a Queequeg cerca de mí. Afectado por la solemnidad de la escena, en su rostro había una mirada interrogativa de curiosidad incrédula. El salvaje fue la única persona presente que pareció darse cuenta de mi entrada, porque era el único que no sabía leer, y, por lo tanto, no leía esas frígidas inscripciones de la pared. No sabía yo si entre los asistentes había ahora algún pariente de los marineros cuyos nombres aparecían allí; pero son tantos los accidentes de la pesca que no se anotan, y tan claramente llevaban varias mujeres de las presentes el rostro, si no el hábito, de algún dolor incesante, que sentí con seguridad que allí delante de mí estaban reunidos aquellos en cuyos corazones incurables la vista de aquellas desoladas lápidas hacía que sangraran por simpatía las viejas heridas.
¡Ah, vosotros, cuyos muertos yacen sepultados bajo la verde hierba; que, en medio de las flores podéis decir: aquí, aquí yace mi ser amado; vosotros no conocéis la desolación que se cobija en pechos como éstos! ¡Qué amargos vacíos en esos mármoles bordeados de negro que no cubren cenizas! ¡Qué mortales huecos y qué infidelidades forzosas en las líneas que parecen roer toda fe, rehusando resurrecciones a los seres que han perecido sin sitio y sin tumba! Estas lápidas podrían estar lo mismo en la cueva del Elephanta que aquí.
¿En qué censo de criaturas se incluyen los muertos de la humanidad? ¿Por qué dice de ellos un proverbio universal que no contarán historias, aunque contengan más secretos que las Arenas de Goodwin? ¿Cómo es que a ese nombre que ayer partió para el otro mundo le anteponemos una palabra tan significativa y traidora, y sin embargo, no le damos ese título, aunque se embarque para las remotas Indias de esta tierra de los vivos? ¿Por qué las compañías de seguros de vida pagan indemnizaciones de muerte a cuenta de inmortales? ¿En qué eterna e inmóvil parálisis, en qué trance mortal y sin esperanza yace todavía el antiguo Adán que murió hace sesenta siglos, en números redondos? ¿Cómo es que todavía rehusamos consolarnos por aquellos que, sin embargo, afirmamos que residen en inefable bienaventuranza? ¿Por qué los vivos se empeñan tanto en silenciar a los muertos, de tal modo que el rumor de un golpe en una tumba aterroriza a una ciudad entera? Todas estas cosas no carecen de sus significados.
Pero la fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas, e incluso de esas dudas mortales extrae su esperanza más vital.
Apenas hace falta decir con qué sentimientos, en vísperas de mi viaje a Nantucket, consideré esas lápidas de mármol, y, a la lóbrega luz de aquel día oscurecido y lastimero, leí el destino de los balleneros que habían partido por delante de mí. Sí, Ismael, ese mismo des— k tino puede ser el tuyo. Pero, no sé cómo, volví a sentirme alegre. Deliciosos incentivos para embarcar, buenas probabilidades de ascender, al parecer: sí, un bote desfondado me hará inmortal por diploma. Sí, hay muerte en este asunto de las ballenas; el caótico y rápido embalar a un hombre sin palabras hacia la Eternidad. Pero ¿y qué? Me parece que hemos confundido mucho esta cuestión de la Vida y la Muerte. Me parece que lo que llaman mi sombra aquí en la tierra es mi sustancia auténtica. Me parece que, al mirar las cosas espirituales, somos demasiado como ostras que observan el sol a través del agua y piensan que la densa agua es la más fina de las atmósferas. Me parece que mi cuerpo no es más que las heces de mi mejor ser. De hecho, que se lleve mi cuerpo quien quiera, que se lo lleve, digo: no es yo. Y por consiguiente, tres hurras por Nantucket, y que vengan cuando quieran el bote desfondado y el cuerpo desfondado, porque ni el propio Júpiter es capaz de desfondarme el alma.

VIII. El Púlpito

No llevaba mucho tiempo sentado cuando entró un hombre de una peculiar robustez venerable: inmediatamente, en cuanto la puerta golpeada por la tempestad volvió a cerrarse tras su paso, el modo vivo y respetuoso como le miró la feligresía atestiguó suficientemente que aquel noble anciano era el capellán. Sí, era el famoso Padre Mapple, llamado así por los balleneros, entre los cuales era muy popular. Había sido marinero y arponero en su juventud, pero desde hacía ya muchos años dedicaba su vida al ministerio religioso. En la época de que ahora escribo, el Padre Mapple estaba en el duro invierno de una sana vejez; esa clase de vejez que parece fundirse en una segunda juventud florida, pues entre las hendiduras de sus arrugas, lucían ciertos suaves fulgores de una floración de nuevo desarrollada; el verdor de primavera asomando incluso bajo la nieve de febrero. Nadie que con anterioridad hubiera conocido su historia podía observar por primera vez al Padre Mapple sin el mayor interés, porque había en él ciertas peculiaridades injertadas en lo clerical, atribuibles a la vida de aventuras marítimas que había llevado. Cuando entró, observé que no llevaba paraguas, y ciertamente, no había venido en coche, pues su sombrero de lona alquitranada chorreaba aguanieve fundida, y su gran chaquetón de piloto parecía casi arrastrarle al suelo con el peso del agua que había absorbido. Sin embargo, sombrero, chaquetón y chanclos fueron extraídos uno tras otro, y colgados en un pequeño espacio de un rincón adyacente: entonces, revestido de modo decente, se acercó silenciosamente al púlpito.
Como muchos púlpitos a la antigua usanza, era muy alto, y, puesto que unas escaleras normales hasta tal altura menguarían seriamente el terreno ya pequeño de la capilla, por su amplio ángulo en el suelo, parecía que el arquitecto había obrado bajo sugestión del Padre Mapple, terminando el púlpito sin escalera y sustituyéndolas por una escalera vertical a un lado, como las escalas de gato que se usan en el mar para subir de un bote a un barco. La esposa de un capitán ballenero había provisto la capilla de un bonito par de guardamancebos de estambre rojo para la escala de gato, que, teniendo por sí una bonita cabecera, y teñida de color caoba, hacía que todo el dispositivo no pareciera de ningún modo de mal gusto, si se tiene en cuenta la clase de capilla que era. Deteniéndose un instante al pie de la escala de gato y agarrando con ambas manos los nudos ornamentales de los guardamancebos, el Padre Mapple lanzó una mirada a lo alto, y luego, con una destreza verdaderamente marinera, pero reveréncial, sin embargo, subió, mano tras mano los flechastes como si ascendiera a la cofa mayor de su navío.
Las partes perpendiculares de esta escala de gato lateral, como suele ser el caso en las suspendidas, eran de jarcia cubierta de tela, sólo que los flechastes eran de madera, así que en cada peldaño había una articulación.
Al echar mi primera ojeada al púlpito no me había pasado por alto que, por más que fueran convenientes para un barco, esas articulaciones parecían superfluas en el caso presente. Pues no estaba preparado para ver al Padre Mapple, después de ganar la altura, dar media vuelta lentamente, e inclinándose sobre e1 púlpito, retirar hacia arriba cuidadosamente la escalerilla, flechaste tras flechaste, hasta que toda ella estuvo depositada dentro, dejándole inexpugnable en su pequeña Quebec.
Cavilé un rato sin comprender del todo la razón de esto. El Padre Mapple disfrutaba de tan amplia reputación de sinceridad y santidad, que no podía sospechar que persiguiera la notoriedad por ningún simple truco de escenografía. No, pensé; debe haber alguna razón sensata para esto; además, debe simbolizar algo invisible. ¿Podrá ser entonces que por ese acto de aislamiento físico simboliza su retirada espiritual desde el tiempo, desde todas las ataduras y conexiones externas de este mundo? Sí, pues reconfortado con la carne y el vino de la Palabra, para este fiel hombre de Dios, el púlpito, como veo, es una fortaleza de autocontención; una altanera Ehrenbreitstein, con una perenne fuente de agua entre sus muros.
Pero la escala de gato no era en aquel lugar el único rasgo extraño tomado de las anteriores navegaciones del capellán. Entre los cenotafios de mármol a ambos lados del púlpito, la pared que le daba respaldo estaba adornada con una amplia pintura representando un valiente navío en lucha con una terrible tempestad a lo largo de una costa a sotavento, toda rocas negras y níveas rompientes.
Pero arriba, por encima de la turbonada volante y las oscuras nubes fugitivas, flotaba una pequeña isla de luz del sol, desde la cual irradiaba un rostro de ángel; y ese claro rostro lanzaba una visible mancha de radiosidad sobre la desarbolada cubierta del barco, algo así como aquella placa de plata que ahora está inserta entre las tablas del Victory donde cayó Nelson. «Ah, noble navío —parecía decir el ángel—: sigue luchando, sigue luchando, oh, tú, noble navío, y mantén firme el gobernalle; pues, ¡mira!, el sol irrumpe, y las nubes se disipan: está cerca el más sereno azur.»
Tampoco el propio púlpito carecía de huellas de ese mismo gusto marinero que había dado lugar a la escala de gato y la pintura. Su frontal con paneles era a semejanza de un buque de proa muy llena, y la Santa Biblia descansaba en una pieza prominente en voluta, configurada como el pico de una proa, en forma de cabeza de violín.
¿Podía haber algo más lleno de significado? Pues el púlpito es siempre la parte más a proa de la tierra, y todo lo demás queda atrás; el púlpito precede al mundo. Desde allí, se da el primer grito de alarma ante la tormenta de la rápida ira de Dios, y la proa debe aguantar el primer envite. Desde allí se invoca por primera vez al Dios de las brisas buenas o malas para que dé vientos favorables.
Sí, el mundo es un barco en su viaje de ida, y es un viaje sin vuelta, y el púlpito es su proa.

IX. El sermón

El Padre Mapple se irguió, y con suave voz de autoridad sin arrogancia, ordenó a la gente dispersa que se apretara:
—¡Trozo de estribor, allí! ¡Fuera de babor! ¡Trozo de babor, a estribor! ¡A crujía, a crujía!
Hubo un sordo ruido de pesadas botas marinas entre los bancos, y un roce más ligero de zapatos de mujer, y todo volvió a quedar en silencio, y todas las miradas en el predicador.
Él se detuvo un momento; luego, arrodillándose en la proa del púlpito, plegó sus grandes manos morenas sobre el pecho, levantó los ojos cerrados, y ofreció una oración tan hondamente devota que parecía estar arrodillado y rezando en el fondo del mar.
Acabado esto, con prolongados tonos solemnes, como el continuo doblar de una campana en un barco que se hunde en alta mar en la niebla, comenzó a leer así el siguiente himno, pero, hacia las estrofas finales, cambió de acento e interrumpió en una repiqueteante exultación gozosa:

Las costillas de horror de la ballena
alzaban sobre mí su arco funesto;
la ola de Dios, con claro sol, pasaba
y me llevaba a lo hondo, a ser juzgado.
Vi abrirse las quijadas del infierno,
con penas y dolores que no acaban;
sólo puede contarlo quien lo sufre:
oh, en desesperación me sumergía.
Entre el espanto negro, clamé a Dios,
al que apenas podía creer mío;
él inclinó su oído a mis querellas,
Y la enorme ballena me soltó.
En mi auxilio voló deprisa, como
cabalgando en un fúlgido delfín;
claro y terrible igual que los relámpagos
brilló el rostro de Dios mí salvador.
Mi canto para siempre contará
esa hora de miedo y de alegría;
yo doy toda la gloria a mi Señor;
suya es toda la gracia y el poder.

Casi todos se unieron al himno, que creció y subió por encima del aullar de la tormenta. Sucedió una breve pausa; el predicador pasó lentamente las hojas de la Biblia, y por fin, plegando la mano sobre la página buscada, dijo:
—Amados compañeros de tripulación, remachemos el último versículo del capítulo primero de Jonás... «Y Dios había preparado un gran pez para que se tragara a Jonás.»
»Compañeros, este libro, que contiene sólo cuatro capítulos —cuatro filásticas—; es uno de los cordones más pequeños en el poderoso cable de las Escrituras. Y sin embargo ¡qué profundidades del alma sondea el profundo escandallo de Jonás! ¡Qué lección más fecunda es para nosotros este profeta! ¡Qué cosa más noble es ese cántico en el vientre del pez! ¡Qué grandiosidad y qué estruendo de ola! Sentimos el flujo que nos cubre, lo sondeamos hasta el fondo algoso de las aguas; nos rodean las algas y la broza marina. Pero ¿qué es esa lección que enseña el libro de Jonás? Compañeros, esta lección es un cabo de dos cordones; una lección para todos nosotros como hombres pecadores, y una lección para mí como piloto del Dios vivo. Como hombres pecadores, es una lección para todos, porque es un relato del pecado, de la dureza del corazón, de los terrores repentinos, del rápido castigo, el arrepentimiento, las oraciones y finalmente la liberación gozosa de Jonás. Como pasa con todos los pecadores de este mundo, el pecado de este hijo de Amittai estuvo en su deliberada desobediencia al mandato de Dios —no importa ahora cuál fuera ese mandato, ni cómo se lo transmitiera—, que él encontró duro mandato. Pero todas las cosas que Dios quiere que hagamos nos resultan duras de hacer —recordadlo— y, por tanto, más a menudo nos manda que intenta persuadirnos. Y si obedecemos a Dios, debemos desobedecernos a nosotros mismos, y en este desobedecernos a nosotros mismos consiste la dureza de obedecer a Dios.
»Con este pecado de desobediencia en él, Jonás sigue ofendiendo aún a Dios, al tratar de huir de Él. Cree que un barco hecho por hombres le va a llevar a países donde no reine Dios, sino sólo los Capitanes de este mundo. Merodea por los muelles de Joppe, y busca un barco rumbo a Tarsis. Aquí nos acecha, quizás, un significado que hasta ahora no se ha advertido. Según toda explicación, Tarsis no podía ser otra ciudad que la moderna Cádiz. Ésa es la opinión de los doctos. ¿Y dónde está Cádiz, compañeros? Cádiz está en España; a tanta distancia por mar, desde Joppe, como podía haber navegado Jonás en aquellos días antiguos, cuando el Atlántico era un mar casi desconocido. Porque Joppe, la moderna Jaffa, compañeros, está en la costa más oriental del Mediterráneo, en la costa siria; y Tarsis o Cádiz, a más de dos mil millas de allí, en la misma salida del Estrecho de Gibraltar. ¿No veis, pues, compañeros, que Jonás trataba de huir de Dios a todo lo ancho del mundo? ¡Hombre miserable! ¡Oh, el más vergonzoso y digno de todo desprecio; con sombrero gacho y mirada culpable, escapándose de su Dios; rondando entre las embarcaciones como un vil ladrón que tiene prisa de cruzar los mares! Tan desordenado e inquietante es su aspecto, que si en aquellos días hubiera habido policía, Jonás, sólo por la sospecha de algo malo, habría sido detenido antes de tocar cubierta. ¡Qué claramente es un fugitivo! Sin equipaje ni sombrerera ni maleta ni saco de lona; sin amigos que le acompañen hasta el muelle para despedirle. Al fin, después de mucho buscar vacilando, encuentra la nave para Tarsis, que recibe lo último de su cargamento; y al subir a bordo para ver al capitán de la cabina, todos los marineros dejan un momento de izar las mercancías para observar las perversas miradas del desconocido. Jonás lo ve, y en vano trata de tener aspecto de tranquilidad y confianza; en vano ensaya su miserable sonrisa. Fuertes intuiciones sobre ese hombre aseguran a los marineros que no puede ser inocente. A su manera, juguetona, pero seria, uno susurra al otro: "Jack, ha robado a una viuda', o: "Joe, fíjate en ése; es un bígamo", o: "Harry, muchacho, me parece que es el adúltero que se escapó de la cárcel en la vieja Gomorra, o uno de los asesinos desaparecidos de Sodomá'. Otro corre a leer el cartel pegado a la empalizada del muelle en que está amarrado el barco, ofreciendo quinientas monedas de oro por la captura de un parricida, y conteniendo la descripción de su persona. Lo lee, y mira a Jonás después de leer el cartel, mientras que todos sus comprensivos compañeros se agolpan ya en torno a Jonás, preparados a echarle una mano. Jonás, asustado, tiembla, y, reuniendo en la cara toda su valentía, no hace sino tener más aspecto de cobarde. No quiere confesar que se sospecha de él; pero eso mismo ya es muy sospechoso. Así que se las arregla como puede, y, cuando los marineros encuentran que no es el hombre que se anuncia, le dejan pasar, y él baja a la cabina.
»"—¿Quién va? —exclamó el capitán, en su mesa atareada, preparando apresuradamente sus papeles para la Aduana—: ¿Quién va?" ¡Ah, cómo destroza a Jonás esa inofensiva pregunta! Por un momento, casi se vuelve para escapar otra vez. Pero se domina. "Quiero un pasaje para Tarsis en este barco; ¿cuándo zarpa?" Hasta entonces, el afanado capitán no había levantado los ojos hacia Jonás, aunque lo tiene delante; pero en cuanto oye su hueca voz, dispara una mirada de escrutinio. "Zarparemos con la próxima marea", contesta por fin con lentitud, sin dejar de mirarle atentamente. "¿Antes no?" "Ya es bastante pronto para cualquier hombre honrado que vaya como pasajero." ¡Ah, Jonás! Ahí tienes otra punzada. Pero rápidamente hace que el capitán se aparte de esa pista. "Zarparé con usted —dice—. ¿Cuánto cuesta el pasaje? Pagaré ahora." Pues estaba escrito precisamente, compañeros, como si fuera una cosa para no pasarlo por alto en esta historia, "que pagó su pasaje" antes que la nave se hiciera a la vela. Y tomándolo con el contexto, esto está lleno de significado.
»Ahora bien, compañeros, el capitán de Jonás era uno de esos cuyo discernimiento descubre el delito en cualquiera, pero cuya codicia lo denuncia sólo en los pobres. En este mundo, compañeros, el Pecado, si paga el viaje, puede ir libremente, y sin pasaporte, mientras que la Virtud, si es pobre, es detenida en todas las fronteras. Así que el capitán de Jonás se prepara a poner a prueba su bolsa, antes de juzgarle abiertamente. Le cobra tres veces más de lo acostumbrado, y él lo acepta también. Entonces el capitán sabe que Jonás es un fugitivo, pero al mismo tiempo decide ayudar una huida que cubre de oro su retaguardia. Sin embargo, cuando Jonás saca la bolsa tranquilamente, prudentes sospechas molestan todavía al capitán. Hace sonar cada moneda para encontrar si hay alguna falsa. No es un falsificador, en todo caso, murmura; y Jonás queda acomodado para el viaje. "Señáleme mi camarote, capitán —dice entonces Jonás—: Estoy cansado de viajar y necesito dormir." "Tienes cara de ello —dice el capitán—: aquí está el sitio." Jonás entra y querría encerrarse, pero la puerta no tiene llave. Al oírle que palpa aturdido allí, el capitán se ríe en voz baja para sí, y murmura algo de que las puertas de las celdas de los prisioneros no se permite nunca que se cierren por dentro. Vestido y polvoriento como está, Jonás se echa en la cama, y encuentra que el techo del pequeño camarote casi descansa en su frente. El aire está denso, y Jonás jadea. Luego, en ese oprimido agujero, hundido además por debajo de la línea de flotación, Jonás siente como un heraldo el presentimiento de la hora sofocante en que la ballena le encerrará en la más pequeña de las divisiones de sus tripas.
»Atornillada en su eje contra la pared, una lámpara balanceante oscila levemente en el camarote de Jonás, y el barco, escorándose hacia el muelle por el peso de los últimos fardos recibidos, y la lámpara, con su llama y todo, siguen manteniendo una oblicuidad permanente respecto al camarote; aunque, en verdad, infaliblemente derecha, la propia lámpara no hace sino evidenciar los falsos niveles embusteros entre los que se encuentra. La lámpara alarma y asusta a Jonás; tendido en su litera, sus ojos atormentados dan vueltas al sitio, y este fugitivo hasta ahora con éxito, no encuentra refugio para su mirada inquieta. Pero esa contradicción en la lámpara cada vez le espanta más. El suelo, el techo y las paredes están todos ladeados. "¡Ah, así pende en mí mi conciencia! —gruñe—; vertical, ardiendo así; ¡pero los cuartos de mi alma están todos torcidos!"
»Como uno que después de una noche de borrachera se apresura a la cama, pero con la conciencia aún remordiéndole, del mismo modo que los saltos de los caballos de carreras romanos no hacían sino clavarles cada vez más los salientes de acero; como uno que en esa miserable situación da vueltas y vueltas en aturdida angustia, rogando a Dios que le aniquile, hasta que se le pasa el acceso, y por fin, en medio del torbellino de dolor que siente, le envuelve un profundo estupor; como al hombre que muere desangrado, pues la conciencia es la herida y no hay nada que la restañe; así, tras dolorosos retorcimientos en la litera, el prodigioso peso de miseria de Jonás le arrastra a ahogarse en sueño.
»Y ahora llega el momento de la marea; el barco suelta amarras; y desde el abandonado muelle, el barco para Tarsis, sin gritos de despedida, carenado todo él, se desliza hacia el mar. Ese barco, amigos míos, fue el primer barco contrabandista que se registra: el contrabando era Jonás. Pero el mar se rebela: no quiere sostener la carga maldita. Se acerca una terrible tempestad, y el barco está a punto de deshacerse. Pero entonces, cuando el contramaestre llama a toda la tripulación a descargar; cuando cajas, fardos y tinajas salen con estrépito por la borda; cuando el viento aúlla, y los hombres gritan, y todas las tablas truenan de pies que corren por encima de la cabeza de Jonás; entre todo ese enfurecido tumulto, Jonás duerme su horrible sueño. No ve el cielo negro y el mar encolerizado, no nota las tablas agitadas, y bien poco escucha ni atiende al lejano rumor de la poderosa ballena, que ya, con la boca abierta, surca el mar persiguiéndole. Sí, compañeros, Jonás había bajado a lo hondo del barco, a una litera en su cabina, como digo, y estaba completamente dormido. Pero se le acerca el dueño, espantado, y aúlla en sus muertos oídos: "¿Qué haces durmiendo? ¡Despierta!". Saliendo sobresaltado de su letargo con ese fatídico grito, Jonás se pone de pie tambaleándose, y saliendo con tropezones a la cubierta, se agarra a un obenque para ver al mar. Pero en ese momento salta sobre él como una pantera una ola que salva la amurada. Olas tras olas entran así en el barco, y al no encontrar rápido desagüe, rugen de proa a popa, hasta que todos los marineros están a punto de ahogarse todavía a flote. Y siempre, mientras la blanca luna asoma su cara espantada por los abruptos barrancos de la negrura de arriba, Jonás, horrorizado, ve el bauprés alzándose a señalar a lo alto, pero luego volviendo a bajar hacia la atormentada profundidad.
»Terrores y terrores corren gritando por su alma. En todas sus actitudes pavorosas, el fugitivo de Dios queda ahora demasiado en evidencia. Los marineros le señalan; sus sospechas sobre él se hacen cada vez más ciertas, y por fin, para dar plena prueba de la verdad remitiendo todo el asunto a los altos Cielos, se ponen a echar a suertes, para ver de quién es la culpa de que tengan encima la gran tempestad. Le toca a Jonás; descubierto esto, le abruman furiosamente con sus preguntas. "¿Cuál es tu ocupación? ¿De dónde vienes? ¿De qué país? ¿De qué gente?" Pero observad ahora, compañeros, la conducta del pobre Jonás. Los afanosos marineros únicamente le preguntan quién es y de dónde viene, pero no sólo reciben respuesta a esas preguntas, sino asimismo otra respuesta a una pregunta que no han hecho ellos; esa respuesta no pedida se la saca a Jonás por fuerza la dura mano de Dios que está encima de él.
»"Soy hebreo —exclama, y luego—: Temo al Señor, Dios del Cielo que ha hecho el mar y la tierra firme." ¿Temerle, Jonás? Sí, ¡bien podías entonces temer al señor Dios! Derechamente, pasa entonces a hacer una confesión completa, con lo cual los marineros quedan cada vez más horrorizados, aunque todavía tienen compasión. Pues cuando Jonás —no suplicando todavía la misericordia de Dios, porque conocía de sobra la oscuridad de sus desiertos—, cuando el miserable Jonás le grita que se le lleven y le tiren al agua; pues sabe que la gran tempestad estaba encima de ellos por culpa suya, ellos, compasivamente, se apartan de él y tratan de salvar el barco por otros medios. Pero todo en vano; la furiosa galerna aúlla más fuerte; y entonces, con una mano elevada en invocación a Dios, echan la otra mano a Jonás, no sin reluctancia, para apoderarse de él.
»Y ahora ved a Jonás izado como un ancla y dejado caer en el mar; entonces, al momento, una calma de aceite cubre la superficie desde el este, y el mar queda tranquilo, mientras Jonás se lleva consigo la tempestad, dejando atrás aguas plácidas. Desciende al corazón arremolinado de una agitación tan incontenible que apenas se da cuenta del momento en que cae bullendo en las mandíbulas bostezantes que le aguardan; y la ballena dispara todos sus dientes marfileños, como otros tantos cerrojos, sobre su prisión. Entonces Jonás rezó al Señor desde el vientre del pez. Pero observad su oración y aprended una importante lección. Pues, pecador como es, Jonás no llora y gime por la liberación directa. Siente que ese terrible castigo es justo. Deja a Dios toda su liberación, contentándose con esto, con que a pesar de todos sus dolores y penas, todavía seguirá mirando hacia Su Sagrado Templo. Y aquí, compañeros, está el arrepentimiento sincero y verdadero; sin clamar por el perdón, sino agradeciendo el castigo. Y cuánto agradó al Señor esta conducta de Jonás, se muestra en su liberación final, del mar y de la ballena. Compañeros, no pongo a Jonás ante vosotros para que le copiéis en su pecado, sino que le pongo ante vosotros como modelo de arrepentimiento. No pequéis, pero, si lo hacéis cuidad de arrepentiros de ello como Jonás.»
Mientras él decía estas palabras, afuera, el aullido de la tempestad rugiente en quiebros parecía añadir nueva fuerza al predicador, que, al describir la tormenta marina de Jonás, se hubiera dicho agitado él mismo por una tormenta. Su hondo pecho se hinchaba como con mar de fondo; sus brazos agitados parecían los elementos en guerra actuando; y los truenos que salían rodando a la altura de su atezada frente, y la luz que se disparaba de sus ojos, hacían que todos sus sencillos oyentes le miraran con un vivo espanto que les era desconocido.
Apareció entonces una calma en su aspecto, al volverse en silencio una vez más sobre las hojas del Libro; y por fin, irguiéndose inmóvil, con los ojos cerrados, pareció por el momento que comulgaba con Dios y consigo mismo.
Pero de nuevo se inclinó hacia el pueblo, y agachando profundamente la cabeza, con el aspecto de la humildad más profunda, pero más viril, dijo así:
—Compañeros, Dios no ha puesto sobre vosotros más que una mano: a mí me aprieta con las dos. Os he leído, con las pobres luces que puedo tener, qué lección enseña Jonás a todos los pecadores; y por tanto, a vosotros, y aún más a mí, pues soy mayor pecador que vosotros. Y ahora ¡con qué alegría bajaría de esta cofa y me sentaría en las escotillas donde os sentáis, y escucharía como escucháis, mientras alguno de vosotros me leyera esa otra más terrible lección que Jonás me enseña a mí, como piloto del Dios vivo. Cómo, siendo un piloto-profeta ungido, un proclamador de verdades, y mandado por el Señor a que hiciera sonar esas ingratas verdades en los oídos de la corrompida Nínive, Jonás, aterrado ante la hostilidad que iba a provocar, huyó de su misión, ¡y trató de escapar a su deber y a su Dios tomando una nave en Joppe! Pero Dios está en todas partes; jamás alcanzó Tarsis. Como hemos visto, Dios vino sobre é en la ballena, y se le tragó bajándole a abismos vivos de condenación, y con veloces quiebros le llevó «al centro de los mares», donde las profundidades arremolinadas le absorbieron hasta diez mil braza; de hondo, y «las algas estaban enredadas en torno a su cabeza», y todo el mundo acuático de la aflicción rodó sobre él. Pero aun entonces, más allá del alcance de ninguna sonda —«desde el vientre del infierno»—, cuando la ballena se posó en los últimos huesos del océano, aun entonces, Dios oyó al profeta sumergido y arrepentido cuando clamó. Entonces Dios habló al pez; y desde el estremecido frío y la negrura del mar, la ballena subió coleando hacia el sol caliente y grato, y hacia todos los deleites del aire y la tierra; y «vomitó a Jonás en tierra firme»; y entonces la palabra del Señor vino por segunda vez, y Jonás, herido y magullado —con los oídos, como dos caracolas, todavía murmurándole el tumulto del océano—, hizo lo que le mandaba el Todopoderoso. ¿Y qué era ello, compañeros? ¡Predicar la Verdad frente a la Falsedad! ¡Eso era!
»Ésta, compañeros, es la otra lección; y ¡ay de aquel piloto del Dios vivo que la desprecie! ¡Ay de aquel a quien el mundo con sus encantos le aparte del deber evangélico! ¡Ay de aquel que trate de echar aceite en las aguas cuando Dios las ha hecho hervir en una galerna! ¡Ay de aquel que trate más de agradar que de horrorizar! ¡Ay de aquel que, en este mundo, no pretenda deshonor! ¡Ay de aquel que no sea sincero cuando ser falso sea la salvación! ¡Sí, ay de aquel que, como dijo el gran Piloto Pablo, mientras predica a los demás es él mismo un réprobo!
Se desplomó y se hundió en sí mismo por un momento; luego, volviendo a alzar la cara hacia ellos, mostró en sus ojos un gozo profundo, y exclamó con entusiasmo celeste:
— Pero ¡oh, compañeros!, a estribor de toda aflicción, hay un gozo seguro; y la cofa de ese gozo es más alta de lo que es de profundo el fondo de la aflicción. La altura de la perilla, ¿no es mayor que la profundidad de la sobrequilla? El gozo —un gozo muy alto, muy alto y muy entrañable— es para aquel que, frente a los orgullosos dioses y comodoros de esta tierra, siempre mantiene su propia persona inexorable. El gozo es para aquel cuyos recios brazos todavía le sostienen cuando el navío de este vil y traidor mundo se ha hundido bajo sus pies. El gozo es para aquel que no da cuartel en la verdad, y mata, quema y destruye todo pecado, aunque tenga que sacarlo de debajo de las togas de senadores y jueces. El gozo, gozo hasta el tope del mástil, es para aquel que no reconoce ley ni señor sino al Señor su Dios, y que sólo es patriota del Cielo. El gozo es para aquel a quien todas las olas de los mares de la multitud estrepitosa jamás pueden arrancar de su segura Quilla de las Edades. Y tendrá eterno gozo y delicia aquel que cuando repose pueda decir con su, último aliento: « ¡Oh, Padre! a quien reconozco sobre todo, por tu vara; mortal o inmortal, aquí muero. Me he esforzado por ser tuyo, más que por ser de este mundo, o por ser mío. Pero eso no es nada, te dejo a ti la eternidad; pues ¿qué es el hombre para que viva toda la edad de Dios?».
No dijo más, sino que, lanzando lentamente una bendición, se cubrió la cara con las manos, y permaneció así arrodillado, hasta que todos se hubieron marchado y él quedó solo en aquel sitio.

X. Un amigo entrañable

Volviendo de la capilla a la Posada del Chorro, encontré allí a Queequeg completamente solo, pues había dejado la capilla un rato antes de la bendición. Estaba sentado en un banco junto al fuego, con los pies en el hogar de la estufa, y con una mano se había acercado mucho a la cara su idolillo negro, mirándole fijamente la cara, y afilándole la nariz suavemente con una navaja de muelles, mientras canturreaba al mismo tiempo a su manera pagana.
Pero al ser entonces interrumpido, dejó la imagen, y muy pronto, acercándose a la mesa, tomó un gran libro que había allí, y colocándolo en el regazo, empezó a contar las páginas con deliberada regularidad; a cada cincuenta páginas —me pareció— se detenía un momento, mirando con aire vacío a su alrededor y lanzando un silbido de asombro, largamente sostenido y gorjeante. Luego volvía a empezar con las cincuenta siguientes, pareciendo empezar por el número uno cada vez, como si no supiera contar más de cincuenta, y como si el encontrar juntas tal número de cincuentenas le produjese su asombro por la muchedumbre de páginas.
Yo me senté a mirarle con mucho interés. Aun siendo salvaje, y tan horriblemente deformado en la cara —al menos para mi gusto—, su rostro, sin embargo, tenía algo que no era en absoluto desagradable. No se puede ocultar el alma. A través de todos sus fantasmagóricos tatuajes, yo creía ver las huellas de un corazón sencillo y honrado; y en sus grandes ojos profundos, ferozmente negros y valientes, parecía haber muestras de un espíritu que se atrevería contra mil diablos. Y además de todo eso, había en ese pagano cierto aire altanero que no malograba siquiera su torpeza. Tenía aspecto de hombre que nunca se ha rebajado y nunca ha tenido un acreedor. No me atreveré a decidir si también era por el hecho de que, por tener afeitada la cabeza, la frente resaltaba con relieve más libre y claro y parecía más amplia que de otro modo: lo cierto es que su cabeza era excelente desde el punto de vista frenológico. Quizá parecerá ridículo, pero me recordaba la cabeza del general Washington, tal como se ve en esos bustos populares suyos. Tenía el mismo largo declive, retirándose en grados regulares desde encima de las cejas, que eran asimismo muy prominentes, como dos amplios promontorios con espesa vegetación por encima. Queequeg era George Washington desarrollado a lo caníbal.
Mientras yo le examinaba con tal atención, medio fingiendo mientras tanto que miraba la tormenta por la ventana, él jamás hizo caso de mi presencia, y jamás se molestó en lanzarme una sola mirada, sino que pareció totalmente ocupado en contar las páginas del maravilloso libro.
Considerando de qué modo tan sociable habíamos dormido juntos la noche anterior, y, sobre todo, considerando el afectuoso brazo que yo había encontrado echado sobre mí al despertar por la mañana, me pareció muy extraña esa indiferencia. Pero los salvajes son seres extraños: a veces uno no sabe exactamente cómo tomarlos. Al principio, imponen respeto: su tranquilo dominio, concentrado y sencillo, parece una sabiduría socrática. Yo había notado también que Queequeg no se trataba en absoluto, o muy poco, con los otros marineros de la posada. No hacía ningún intento: parecía no tener deseos de ampliar el círculo de sus conocimientos. Todo esto me chocó como muy singular, pero, pensándolo mejor, había algo casi sublime en ello. Allí estaba un hombre, a unas veinte mil millas de su patria, esto es, por la ruta del cabo de Hornos —que era el único modo de poder llegar allí—, lanzado entre gente tan extraña para él como si estuviera en el planeta Júpiter; y sin embargo parecía enteramente a su gusto, conservando la mayor serenidad, contento con su propia compañía, y siempre a la altura de sí mismo. Seguramente esto era un toque de buena filosofía, aunque sin duda él jamás había oído que existiera semejante cosa. Pero quizá para ser verdaderos filósofos, los mortales no habríamos de ser conscientes de vivir y esforzarnos de esta manera. Tan pronto como oigo que este o aquel hombre se presenta como filósofo, concluyo que, como a la vieja dispéptica, se le debe haber «roto alguna tripa».
Al sentarme allí en aquel cuarto entonces solo, con el fuego ardiendo lentamente, en esa fase suave en que, después que su primera intensidad ha calentado el aire, sólo refulge para que se le mire; con las sombras y fantasmas del atardecer congregándose en torno a los huecos de las ventanas y observándonos fijamente a nosotros, la silenciosa pareja solitaria, mientras la tormenta mugía fuera en solemnes crecidas, yo empecé a percibir extrañas sensaciones. Sentía en mí algo que se fundía. Mi corazón astillado y mi mano enloquecida ya no se volvían contra este mundo de lobos. Este salvaje suavizador lo había redimido. Allí estaba sentado, con su misma indiferencia proclamando una. naturaleza en que no acechaban hipocresías civilizadas ni blandos engaños. Sí que era salvaje: un auténtico espectáculo para verle, y sin embargo empecé a sentirme misteriosamente atraído hacia él. Y las mismas cosas que habrían repelido a casi todos los demás, eran los imanes que así me atraían. «Probaré con un amigo pagano —pensé—, puesto que la amabilidad cristiana se ha demostrado sólo hueca cortesía.» Acerqué a él mi banco, e hice algunas señales e indicaciones amistosas, esforzándome lo posible para hablar con él mientras tanto. Al principio, notó muy poco esos intentos, pero al fin, al aludir yo a la hospitalidad de la última noche, se decidió a preguntarme si íbamos a volver a ser compañeros de cama. Le dije que sí, ante lo cual me pareció que ponía cara de contento, quizá sintiéndose un poco cumplimentado.
Luego volvimos juntos al libro, y yo intenté exponerle la utilidad de la letra impresa y el significado de las pocas imágenes que había en él. Así capté pronto su interés; y de ahí pasamos a charlar lo mejor que pudimos sobre otras diversas vistas que se podían observar en esa famosa ciudad. Pronto propuse fumar en compañía; y él, sacando la bolsa y el hacha india, me ofreció silenciosamente una bocanada. Y entonces nos pusimos a intercambiar bocanadas de aquella extraña pipa suya, sin dejar de pasarla regularmente de uno a otro.
Si todavía quedaba algún hielo de indiferencia hacia mí en el pecho del pagano, con grata fumada pronto lo derretimos, y quedamos como compadres.
Pareció aceptarme de modo tan natural y espontáneo como yo a él, y cuando acabamos de fumar, apretó la frente contra la mía, me abrazó por la cintura, y dijo que desde entonces estábamos casados, queriendo decir, con esa frase de su país, que éramos amigos entrañables, y que moriría alegremente por mí si hiciera falta. En un compatriota, esa súbita llamarada de amistad hubiera resultado demasiado prematura, pero esas viejas reglas no se pueden aplicar a tan simple salvaje.
Después de cenar, y de charlar y fumar otra vez en compañía, nos fuimos juntos a nuestro cuarto. Me regaló su cabeza embalsamada; sacó su enorme bolsa de tabaco, y, escarbando debajo de él, extrajo unos treinta dólares en plata; luego, esparciéndolos por la mesa, y dividiéndolos en dos porciones iguales, empujó una parte hacia mí, y dijo que era mía. Yo iba a protestar, pero él me hizo callar vertiéndola en los bolsillos de mis pantalones. Yo lo dejé estar. Luego empezó sus oraciones, sacó el ídolo y quitó la pantalla de papel. Por ciertos signos, creí que parecía empeñado en que yo me uniera a él pero sabiendo muy bien lo que iba a venir luego, deliberé un momento si, en caso de que me invitara, obedecería o no.
Yo era un buen cristiano, nacido y criado en el seno de la infalible Iglesia presbiteriana. ¿Cómo, entonces, me podía unir a este salvaje idólatra en la adoración de este trozo de madera? «Pero ¿qué es adoración? —pensé—. ¿Vas ahora a suponer, Ismael, que el magnánimo Dios del cielo y la tierra —incluidos todos los paganos— puede estar celoso de un insignificante trozo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es adoración? ¿Hacer la voluntad de Dios? Eso es adoración. ¿Y cuál es la voluntad de Dios? Hacer con mi prójimo lo que yo quisiera que mi prójimo hiciera conmigo: ésa es la voluntad de Dios. Ahora, Queequeg es mi prójimo. Y ¿qué deseo yo que Queequeg haga conmigo? Pues unirse a mí en mi particular forma presbiteriana de adoración. En consecuencia, debo unirme a él en la suya: ergo, debo volverme idólatra.» De modo que encendí las virutas, ayudé a enderezar el inocente idolillo, le ofrecí galleta quemada con Queequeg, hice dos o tres zalemas ante él, le besé la nariz, y hecho esto, nos desnudamos y acostamos en paz con nuestras propias conciencias y con todo el mundo. Pero no nos dormimos sin un poco de conversación.
No sé cómo es eso, pero no hay sitio como una cama para las comunicaciones confidenciales entre amigos. Marido y mujer, según dicen, se abren allí mutuamente el fondo de las almas, y algunos matrimonios viejos muchas veces se tienden a charlar sobre los tiempos viejos hasta que casi amanece. Así, pues, en nuestra luna de miel de corazones, yacíamos yo y Queequeg —pareja a gusto y cariñosa.

XI. Camisón de dormir

Así habíamos estado tumbados en la cama, charlando y dormitando a breves intervalos, y Queequeg, de vez en cuando, echándome afectuosamente sus oscuras piernas tatuadas sobre las mías, y retirándolas luego, de tan absolutamente sociables, libres y cómodos como estábamos, cuando, por fin, a causa de nuestros conciliábulos, nos abandonó por completo el escaso sopor que quedaba en nosotros y tuvimos gana de levantarnos otra vez aunque el romper del día todavía estaba a cierto trecho por el futuro adelante.
Sí, nos pusimos muy despejados, tanto que nuestra posición reclinada empezó a hacerse fatigosa, y poco a poco nos encontramos sentados en la cama, con las mantas bien remetidas alrededor, apoyados contra la cabecera, con las cuatro rodillas encogidas y juntas, y las dos narices inclinadas sobre ellas, como si nuestras rótulas fueran unos calentadores. Nos encontrábamos muy cómodos y a gusto, sobre todo porque fuera hacía tanto frío, incluso, fuera de las mantas, dado que no había fuego en el cuarto. Mas por eso, digo, porque para disfrutar verdaderamente del calor corporal, debe haber alguna pequeña parte nuestra que esté fría, pues no hay cualidad en este mundo que no sea lo que es por mero contraste. Nada existe en sí mismo. Si nos lisonjeamos de que estamos a gusto por entero, y llevamos así mucho tiempo, entonces no podemos decir que estemos ya a gusto. Pero si, como Queequeg y yo en la cama, tenemos la punta de la nariz o la coronilla ligeramente aterida, en fin, entonces claro está que en la sensacion general uno se siente caliente del modo más delicioso e inconfundible. Por esta razón, un local para dormir nunca debería estar provisto de fuego, que es una de las incomodidades lujosas de los ricos. Pues la cima de esta suerte de delicia es no tener nada sino las mantas entre uno mismo, con su comodidad, y el frío del aire exterior. Entonces uno yace como la chispa caliente en el corazón de un cristal ártico.
Llevábamos algún tiempo sentados en esa postura acurrucada, cuando de repente pensé que iba a abrir los ojos; pues entre sábanas, sea de día o de noche, dormido o despierto, tengo costumbre de mantener siempre cerrados los ojos, para concentrar más el deleite de estar en la cama. Porque ningún hombre puede sentir bien su propia identidad si no es con los ojos cerrados; como si la tiniebla fuera efectivamente el elemento adecuado de nuestras esencias, aunque la luz sea más afín a nuestra parte arcillosa. Al abrir los ojos entonces, y salir de mi propia tiniebla, grata y adoptada, hacia la obligada y ruda sombra de las doce de la noche sin iluminación, experimenté una desagradable revulsión. No objeté a la sugerencia de Queequeg de que quizá sería mejor encender una luz, en vista de que estábamos tan completamente despiertos; y además, sentía un fuerte deseo de fumar unas cuantas bocanadas en su hacha india. Hay que decir que, aunque había sentido tan fuerte repugnancia a que él fumara en la cama la noche antes, sin embargo, ya se ve qué elásticos se vuelven nuestros rígidos prejuicios una vez que viene a plegarlos el amor, pues ahora nada me gustaba tanto como tener a Queequeg fumando a mi lado, incluso en la cama, porque entonces parecía tan lleno de sereno gozo doméstico. Ya no me sentía indebidamente preocupado por la póliza de seguros del posadero. Sólo vivía para la comodidad condensada y confidencial de compartir una pipa y una manta con un verdadero amigo. Con nuestros ásperos chaquetones echados alrededor de los hombros, nos pasamos entonces el hacha india de uno a otro, hasta que lentamente creció sobre nosotros un dosel azul de humo, iluminado por la llama de la lámpara recién encendida.
Si fue que ese dosel ondulante arrastró al salvaje hasta escenas muy remotas, no lo sé, pero ahora habló de su isla natal; y, ávido de oír su historia, le rogué que siguiera adelante y me la contara. Él lo hizo así de buena gana. Aunque por entonces yo comprendía mal no pocas de sus palabras, sin embargo, posteriores revelaciones, cuando me hice más familiar con su rota fraseología, me permiten ahora presentar la historia entera tal como puede echarse de ver en el simple esqueleto que aquí doy.

XII. Biográfico

Queequeg era nativo de Rokovoko, una isla muy lejana hacia el oeste y el sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca.
Cuando era un salvaje recién salido del cascarón, corriendo locamente por sus bosques natales, con un andrajo de hierba, y seguido por los machos cabríos mordisqueantes como si fuera un retoño verde, ya entonces, en el alma ambiciosa de Queequeg se abrigaba un fuerte deseo de ver algo más de la Cristiandad que un ballenero o dos de muestra. Su padre era un alto jefe, un rey; su tío, un sumo sacerdote; y por parte de madre se gloriaba de tías que eran esposas de invencibles guerreros. Había en sus venas excelente sangre, materia real, aunque me temo que tristemente viciada por la propensidad al canibalismo que había tenido en su juventud sin educador.
Un barco de Sag Harbour visitó la bahía de su padre, y Queequeg buscó un pasaje para países cristianos. Pero el barco, teniendo completas sus necesidades de marineros, despreció su pretensión, y no sirvió toda la influencia del rey su padre. Pero Queequeg hizo un voto. Solo en su canoa, salió remando hasta un lejano estrecho, por donde sabía que debía pasar el barco al abandonar la isla. A un lado había un arrecife de coral; al otro, una baja lengua de tierra, cubierta de espesuras de mangles que se extendían por encima del agua. Ocultando la canoa, todavía a flote, entre esas espesuras, con la proa hacia el mar, se sentó en la popa, con el remo bajo, entre las manos; y cuando el barco pasaba deslizándose se disparó como una centella, alcanzó su costado, con una patada hacia atrás volcó y hundió su canoa, trepó por las cadenas, y echándose todo lo largo que era en cubierta, se agarró a un perno con argolla y juró no soltarlo aunque lo hicieran pedazos.
En vano el capitán amenazó con tirarle por la borda y blandió un machete sobre sus muñecas desnudas: Queequeg era hijo de rey, y Queequeg no se arredró. Impresionado por su desesperada temeridad y su loco deseo de visitar la Cristiandad, el capitán se ablandó por fin, y le dijo que podía acomodarse. Pero este joven salvaje admirable, este Príncipe de Gales de los mares, jamás vio la cabina del capitán. Le pusieron entre los marineros, haciendo de él un ballenero. Pero, como el zar Pedro, contento de trabajar en los astilleros de ciudades del extranjero. Queequeg no desdeñó ninguna aparente ignominia, si con ella conseguía felizmente la capacidad de iluminar a sus incultos paisanos. Pues en el fondo —me dijo— estaba movido por un profundo deseo de aprender entre los cristianos las artes con que pudiera hacer a los suyos más felices de lo que eran; y, más aún, mejores de lo que eran. Pero ¡ay! la conducta de los balleneros le convenció pronto de que hasta los cristianos podían ser tan perversos como miserables; infinitamente más que todos los paganos de su padre. Al llegar por fin al viejo Sag Harbour, y ver lo que hacían allí los marineros, y luego al ir a Nantucket y ver cómo gastaban también sus ganancias en aquel sitio, el pobre Queequeg lo dio por perdido. Pensó: «El mundo es malo en cualquier meridiano: moriré pagano».
Y así, viejo idólatra de corazón, vivía sin embargo entre esos cristianos, vestía sus ropas, y trataba de hablar su jerga. De ahí sus maneras extrañas, aunque ya llevaba algún tiempo lejos de su patria.
Por señas le pregunté si no se proponía volver para ser coronado; ya que ahora podía considerar fallecido a su padre, que estaba muy viejo y débil en sus últimas noticias. Contestó que no, todavía no; y añadió que temía que la Cristiandad, o mejor dicho los cristianos, le hubieran incapacitado para ascender al puro e impoluto trono de treinta reyes paganos anteriores a él. Pero, un día u otro, dijo, volvería: en cuanto se sintiese bautizado de nuevo. Por ahora, sin embargo, se proponía andar navegando y desahogándose por los cuatro océanos. Le habían hecho arponero, y ese hierro afilado ahora le hacía las veces de cetro.
Le pregunté cuál podría ser su propósito inmediato, respecto a sus futuros movimientos. Contestó que hacerse otra vez a la mar, en su antigua profesión. A esto le dije que mi propio designio era la pesca de la ballena, y le informé de mi intención de embarcarme en Nantucket, como el puerto más prometedor en que podía embarcarse un ballenero amigo de aventuras. En seguida decidió acompañarme a esa isla, subir al mismo barco, entrar en la misma guardia, en el mismo bote, en el mismo rancho conmigo: en una palabra, compartir toda mi suerte, y con mis manos en la suya, sondear atrevidamente en la Olla de la Suerte de ambos mundos. A todo eso yo asentí gozosamente, pues, además del afecto que ahora sentía por Queequeg, él era un arponero experto, y como tal, no podía dejar de ser de gran utilidad para quien, como yo, era totalmente ignorante de los misterios de la pesca de la ballena, aunque familiar con el mar, tal como lo conoce un marino mercante.
Terminada su historia con la última bocanada moribunda de su pipa, Queequeg me abrazó, apretó su frente contra la mía, y apagando la luz de un soplo, rodamos uno sobre otro, de acá para allá, y muy pronto nos quedamos dormidos.

XIII. Carretilla

A la mañana siguiente, lunes, después de deshacerme de la cabeza embalsamada dándosela a un barbero como maniquí para pelucas, arreglé mi cuenta y la de mi compañero, si bien usando el dinero de mi compañero. El sonriente posadero, así como los huéspedes, parecían sorprendentemente divertidos por la repentina amistad que había surgido entre Queequeg y yo; sobre todo, dado que las historias exageradas de Peter Coffin sobre él me habían alarmado tanto previamente sobre la misma persona que ahora era mi compañero.
Pedimos prestada una carretilla, y embarcando nuestras cosas, incluido mi pobre saco de viaje, y el saco de lona y la hamaca de Queequeg, bajamos al Musgo, la pequeña goleta de línea amarrada en el muelle. A nuestro paso, la gente se quedaba mirando; no tanto por Queequeg —pues estaban acostumbrados a ver caníbales como él en sus calles—, cuanto por vernos a él y a mí en términos de tanta confianza. Pero no les hicimos caso y seguimos adelante empujando la carretilla por turno, mientras Queequeg se paraba de vez en cuando a ajustar la vaina en la punta del arpón. Le pregunté por qué bajaba a tierra consigo una cosa de tanto estorbo, y si todos los barcos cos balleneros no se buscaban sus propios arpones. A eso contestó, en sustancia, que aunque lo que yo sugería era bastante cierto, sin embargo, él tenía un afecto particular a su propio arpón, porque era de material seguro, bien probado en muchos combates a muerte, y en profunda intimidad con los corazones de las ballenas. En resumen, como muchos segadores y recolectores que entran en los prados del granjero armados con sus propias guadañas, aunque no están en absoluto obligados a proporcionarlas, también Queequeg, por sus motivos particulares, prefería su propio arpón.
Cambiando la carretilla de mis manos a las suyas, me contó una divertida historia sobre la primera carretilla que había visto. Fue en Sag Harbour. Los propietarios de su barco, al parecer, le habían prestado una para llevar su pesado baúl a la posada. Para no parecer ignorante sobre la cosa, aunque en realidad lo era por completo en cuando al modo exacto en que manejar la carretilla, Queequeg puso el baúl encima, lo ató sólidamente, y luego se echó al hombro la carretilla y se fue por el muelle arriba.
—Vaya —dije yo—, Queequeg, podrías haberlo entendido mejor, cualquiera diría. ¿No se rió la gente?
Con esto, me contó otra historia. La gente de su isla de Rokovoko, al parecer, en sus fiestas de boda exprimen la fragante agua de los cocos tiernos en una gran calabaza pintada, como una ponchera; y esta ponchera siempre forma el gran ornamento central en la estera trenzada donde se tiene la fiesta. Ahora bien, cierto grandioso barco mercante tocó una vez en Rokovoko, y su capitán —según todas las noticias, un caballero muy solemne y puntilloso, al menos para ser capitán de marina— fue invitado a la fiesta de boda de la hermana de Queequeg, una bonita y joven princesa que acababa de cumplir los diez años. Bueno, cuando todos los invitados estuvieron reunidos en la cabaña de bambú de la novia, entra el capitán, y al serie asignado el puesto de honor, se coloca frente a la ponchera y entre el Sumo Sacerdote y su majestad el Rey, el padre de Queequeg. Dichas las bendiciones —pues esa gente tiene sus bendiciones, igual que nosotros, si bien Queequeg me dijo que, al contrario que nosotros, que en tales momentos bajamos la vista a los platos, ellos, imitando a los patos, levantan la mirada al Gran Dador de todas las fiestas—, dichas las bendiciones, pues, el Sumo Sacerdote comienza el banquete con la ceremonia inmemorial de la isla; esto es, metiendo sus consagrados y consagradores dedos en la ponchera, antes que circule el bendito brebaje. Al verse colocado junto al Sacerdote, y notando la ceremonia, y considerándose —como capitán de barco— en franca precedencia sobre un mero rey isleño, sobre todo en la propia casa del rey, el capitán empezó fríamente a lavarse las manos en la ponchera, tomándola, supongo, por un gran aguamanil.
—Entonces —dijo Queequeg—, ¿qué pensar ahora? ¿No se rió nuestra gente?
Al fin, pagado el pasaje, y en seguridad el equipaje, estuvimos a bordo de la goleta, que, izando vela, se deslizó por el río Acushnet abajo. Por un lado, New Bedford se elevaba en calles escalonadas, con sus árboles cubiertos de nieve destellando todos en el aire claro y frío. Grandes cerros y montañas de barriles sobre barriles se apilaban en los muelles, y los barcos balleneros, que recorrían el mundo, estaban uno junto a otro silenciosos por fin y amarrados con seguridad, mientras de otros salía un ruido de forjas y carpinteros y toneleros, con mezcla de ruido de forjas y fuegos para fundir la pez, todo ello anunciando que se preparaban nuevos cruceros; terminado un peligrosísimo y largo viaje, sólo empieza otro, y terminado éste, sólo empieza un tercero, y así sucesivamente, para siempre amén. Eso es, en efecto, lo intolerable de todo esfuerzo terrenal.
Alcanzando aguas más abiertas, la reconfortante brisa refrescó; el pequeño Musgo rechazaba la viva espuma de la proa, como un joven potro lanza sus resoplidos. ¡Cómo aspiraba yo aquel aire exótico! ¡Cómo despreciaba la tierra con sus barreras, esa carretera común toda ella mellada con las marcas de botas y pezuñas serviles! Y me volvía a admirar la magnanimidad del mar, que no permite dejar nada inscrito.
En la misma fuente de espuma, Queequeg parecía beber y mecerse conmigo. Sus sombrías narices se ensanchaban; mostraba sus dientes afilados y puntiagudos. Adelante, adelante volábamos; y alcanzando altamar, el Musgo rindió homenaje a las ráfagas, y se agachó y sumergió la frente, como un esclavo ante el Sultán. Inclinándose a un lado, nos disparamos a un lado; con todas las jarcias vibrando como alambres; los dos palos mayores doblándose como cañas de bambú en un ciclón. Tan llenos estábamos de esta escena estremecida, de pie junto al bauprés que se sumergía, que durante algún tiempo no notamos las miradas burlonas de los pasajeros, una reunión de bobos, que se maravillaban de que dos seres humanos estuvieran en tan buena compañía, como si un blanco fuera algo más digno que un negro enjalbegado. Pero había allí algunos imbéciles e idiotas que, por su intenso verdor, debían haber salido del corazón y centro de toda verdura. Queequeg sorprendió a uno de esos tiernos retoños remedándole a sus espaldas. Creí que había llegado la hora del juicio de aquel imbécil. Dejando caer el arpón, el robusto salvaje le apretó entre los brazos, y con fuerza y destreza casi milagrosas, le envió por los aires a gran altura; luego, golpeándole ligeramente la popa a mitad de su cabriola, hizo llegar a aquel tipo al suelo de pie, con los pulmones estallando, mientras Queequeg, volviéndole la espalda, encendió su pipahacha y me la pasó para darle una chupada.
—¡Capitán, capitán! —aulló el imbécil, corriendo hacia ese oficial—: capitán, capitán, aquí está el demonio.
—¡Eh, usted, señor! —exclamó el capitán, enjuta costilla marina, dando zancadas hacia Queequeg—: ¿qué rayos pretende con eso? ¿No sabe que podía haber matado a este tipo?
—¿Qué decir él? —dijo Queequeg, volviéndose suavemente hacia mí.
—Dice que casi mataste a ese hombre —dije yo, señalando al novato que todavía temblaba.
—¡Matar él! —gritó Queequeg, retorciendo su cara tatuada en una sobreterrenal expresión de desprecio—: ¡ah, el banco peces pequeños! Queequeg no matar peces pequeños tanto: ¡Queequeg matar ballena grande!
—¡Mira! —rugió el capitán—: yo matar tú, caníbal, como vuelvas a probar aquí a bordo otro de tus trucos: así que anda con ojo. Pero ocurrió precisamente entonces que era hora de que el capitán anduviera con ojo. La extraordinaria tensión en la cangreja había partido la escota a barlovento, y la tremenda botavara ahora volaba de un lado para otro, barriendo completamente toda la parte de popa de la cubierta. El pobre hombre a quien Queequeg había tratado tan mal fue barrido por encima de la borda; hubo pánico entre todos los marineros, y parecía locura intentar agarrar la botavara para amarrarla. Volaba de derecha a izquierda, y otra vez atrás, casi en lo que tarda un tictac del reloj, y a cada momento parecía a punto de partirse en astillas. Nada se hacía, y nada parecía poderse hacer; los de cubierta se precipitaron hacia la proa, y se quedaron mirando la botavara como si fuera la mandíbula inferior de una ballena exasperada. En medio de esta consternación, Queequeg se dejó caer de rodillas, y gateando bajo el recorrido de la botavara, agarró un cabo que restallaba, amarró un extremo a la amurada, y luego, lanzando el otro como un lazo, lo prendió en torno a la botavara cuando pasaba sobre su cabeza, y a la siguiente sacudida, la verga quedó capturada de ese modo, y todo estuvo seguro. Se puso la goleta al viento, y mientras todos los marineros desamarraban el bote de popa, Queequeg se desnudó hasta la cintura y saltó disparado desde la borda con un brinco en vivo arco largo. Durante tres minutos o más se le vio nadar como un perro, lanzando los largos brazos por delante, y de vez en cuando mostrando sus robustos hombros a través de la espuma heladora. Miré buscando a aquel tipo presumido y grandioso, pero no vi nadie que salvar. El novato se había hundido. Disparándose verticalmente desde el agua, Queequeg lanzó una mirada instantánea a su alrededor, y pareciendo ver cómo estaba el asunto, se zambulló y desapareció.
Pocos minutos después volvió a subir, con un brazo moviéndose, y con el otro arrastrando una forma exánime. El bote los recogió pronto. El pobre imbécil fue reanimado. Todos los marineros declararon que Queequeg era un héroe admirable: el capitán le pidió perdón. Desde aquel momento me pegué a Queequeg como una lapa; sí, hasta que el pobre Queequeg se dio su larga zambullida final.
¿Hubo jamás tal inconsciencia? No parecía pensar que mereciera en absoluto una medalla de las Sociedades Humanitarias y Magnánimas. Sólo pidió agua, agua dulce, algo con que quitarse la sal: hecho esto, se puso ropa seca, encendió la pipa, e inclinándose contra la amurada y mirando benignamente a los que le rodeaban, parecía decirse: «Este mundo es algo mutuo y en comandita, en todos los meridianos. Los caníbales tenemos que ayudar a estos cristianos».

XIV. Nantucket

Nada más ocurrió en la travesía digno de mencionarse, así que después de un hermoso viaje, llegamos sanos y salvos a Nantucket.
¡Nantucket! Sacad el mapa y miradlo. Mirad qué auténtico rincón del mundo ocupa: cómo está ahí, lejos, en altamar, más solitario que el faro de Eddystone. Miradlo: una mera colina y un codo de arena; todo playa, sin respaldo. Hay allí más arena de la que usaríais en veinte años como sustitutivo del papel secante. Algunos bromistas os dirán que allí tienen que plantar hasta los hierbajos, porque no crecen naturalmente: que importan cardos del Canadá; que tienen que enviar al otro lado del mar por un espiche para cegar una vía de agua en un barril de aceite: que en Nantucket se llevan por ahí trozos de madera como en Roma los trozos de la verdadera Cruz; que la gente allí planta setas delante de casa para ponerse a su sombra en verano; que una brizna de hierba hace un oasis, y tres briznas en un día de camino, una pradera; que llevan zapatos para arenas movedizas, algo así como las raquetas para los pies de los lapones; que están tan encerrados, encarcelados, rodeados por todas partes y convertidos en una verdadera isla por el océano, que hasta en sus mismas sillas y mesas se encuentran a veces adheridas pequeñas almejas, como en las conchas de las tortugas marinas. Pero esas extravagancias sólo indican que Nantucket no es ningún Illinois.
Mirad ahora la notable historia tradicional de cómo esta isla fue colonizada por los pieles rojas. Así dice la leyenda: en tiempos antiguos, un águila descendió sobre la costa de New England, llevándose entre las garras un niñito indio. Con ruidosos lamentos, sus padres vieron que su hijo se perdía de vista sobre las anchas aguas. Decidieron seguirle en la misma dirección. Partiendo en sus canoas, tras de una peligrosa travesía, descubrieron la isla, y allí encontraron una vacía cajita de marfil: el esqueleto del pobre niño indio.
¿Cómo sorprenderse, entonces, de que los de Nantucket, nacidos en una playa, se hagan a la mar para ganarse la vida? Primero buscaban cangrejos y quahogs en la arena; volviéndose más atrevidos, se metieron por el agua con redes a pescar caballa; más expertos, partieron en barcos a capturar bacalaos; y por fin, lanzando una armada de grandes barcos por el mar, exploraron este acuático mundo, pusieron un incesante cinturón de circunnavegaciones en torno de él, se asomaron al estrecho de Behring, y en todas las épocas y océanos, declararon guerra perpetua a la más poderosa masa animada que ha sobrevivido el Diluvio, la más monstruosa y la más montañosa; ese himalayano mastodonte de agua salada, revestido de tal portento de poder inconsciente, que sus mismos pánicos han de temerse más que sus más valientes y malignos asaltos.
Y así esos desnudos hombres de Nantucket, esos ermitaños marinos, saliendo de su hormiguero en el mar, han invadido y conquistado el mundo acuático como otros tantos Alejandros, repartiéndose entre ellos los océanos Atlántico, Pacífico e índico, como las tres potencias piratas lo hicieron con Polonia. Ya puede América añadir México a Texas, y apilar Cuba sobre Panamá; ya pueden los ingleses irrumpir por toda la India, y ondear su refulgente bandera desde el sol: dos tercios de este globo terráqueo son de los de Nantucket. Pues el mar es suyo, ellos lo poseen, como los emperadores sus imperios, y los demás navegantes sólo tienen derecho de tránsito por él. Los barcos mercantes no son sino puentes extensibles: los barcos armados, fuertes flotantes; incluso los piratas y corsarios, aunque siguiendo el mar como los salteadores el camino, no hacen más que saquear otros barcos, otros fragmentos de tierra como ellos mismos, sin tratar de ganarse la vida extrayendo algo de la propia profundidad sin fondo. Sólo el hombre de Nantucket reside y se agita en el mar; sólo él, en lenguaje bíblico, sale al mar en barcos, arándolo de un lado para otro como su propia plantación particular. Allí está su hogar: allí están sus asuntos, que un diluvio de Noé no interrumpiría, aunque abrumase a todos los millones de chinos. Vive en el mar como los gallos silvestres en el prado; se esconde entre las olas y trepa por ellas como los cazadores de gamuzas trepan por los Alpes. Durante años no conoce la tierra: de modo que cuando llega a ella por fin, le huele como otro mundo, más extrañamente que la luna a un terráqueo. Con la gaviota sin tierra, que al ponerse el sol pliega las alas y se duerme mecida entre las olas; así, al caer la noche, el hombre de Nantucket, sin tierra a la vista, aferra las velas y se echa a dormir, mientras bajo su misma almohada se agolpan rebaños de morsas y de ballenas.

XV. Caldereta de pescado

La noche estaba muy entrada cuando el pequeño Musgo ancló a su gusto, y Queequeg y yo desembarcamos, de modo que aquel día no pudimos resolver ningún asunto, a no ser la cena y la cama. El posadero de la Posada del Chorro nos había recomendado a su primo Hosca Hussey de «Las Marmitas de Destilación», de quien afirmó que era propietario de uno de los hoteles mejor instalados de todo Nantucket, y además nos aseguró que el primo Hosca, como le llamaba, era famoso por sus calderetas de pescado. En resumen, sugirió claramente que no podríamos hacer cosa mejor que probar la suerte de la olla en las «Marmitas». Pero las instrucciones que nos dio sobre dejar a estribor un almacén amarillo hasta que avistáramos una iglesia blanca a babor, y luego siguiéramos dejándola a babor hasta que pasáramos una esquina tres cuartas a estribor, y, hecho esto, preguntáramos al primero que viéramos dónde estaba el sitio, esas enrevesadas instrucciones suyas nos desconcertaron mucho al principio, especialmente porque, al zarpar, Queequeg se empeñó en que el almacén amarillo —nuestro primer punto de referencia— debía quedar a babor, mientras que yo había entendido que Peter Coffin decía que era a estribor. Sin embargo, a fuerza de dar muchas vueltas en la oscuridad, y de vez en cuando, de llamar y despertar a algún pacífico habitante para preguntar el camino, llegamos por fin a algo que no deja lugar a confusiones.
Dos enormes marmitas de madera, pintadas de negro y colgadas por «orejas de burro», pendían de los canes de un viejo mastelero, plantado frente a una vieja puerta. Las antenas de los canes estaban serradas por el otro lado, de modo que el viejo mastelero parecía bastante una horca. Quizá yo estaba entonces excesivamente sensible a tales impresiones, pero no pude menos de quedarme mirando a la horca con una vaga aprensión. Una especie de tortícolis me entró cuando levanté la vista hacia las dos antenas que quedaban: así, eran dos, una para Queequeg y una para mí. «Es fatídico —pensé—. Un Coffin como posadero al desembarcar en mi primer puerto ballenero; lápidas mirándome en la capilla de los balleneros; ¡y aquí una horca, y un par de marmitas asombrosas, también! Estas últimas, ¿están lanzando oblicuas sugerencias sobre Tofet?»
Me apartó de esas reflexiones ver una mujer pecosa con pelo amarillo y vestido amarillo, plantada en la puerta de la posada, bajo una turbia lámpara roja balanceante, que parecía mucho un ojo golpeado, y manteniendo una vivaz regañina con un hombre de camisa de lana purpúrea.
—¡Anda allá —decía al hombre—, o si no, te doy un repaso! —Vamos, Queequeg —dije—, está muy bien. Ahí está la señora Hussey.
Y así resultó ser; el señor Hosea Hussey estaba fuera de casa, pero dejaba a la señora Hussey con plena competencia para ocuparse de sus asuntos. Al dar a conocer nuestros deseos de cena y cama, la señora Hussey, aplazando por el momento más regañina, nos introdujo a un cuartito, y sentándonos ante una mesa cubierta de los restos de una comida recientemente concluida, se volvió hacia nosotros y nos dijo:
—¿Almejas o bacalao?
—¿Cómo es el bacalao, señora? —dije, con mucha cortesía. —¿Almeja o bacalao? —repitió.
—¿Almeja de cena? ¿Almeja fría, es lo que quiere decir, señora Hussey? —dije—; pero en invierno es un recibimiento mas bien frío, ¿no, señora?
Pero como tenía mucha prisa de continuar su regañina al hombre de la camisa purpúrea, que la esperaba en la entrada, y no parecía oír más que la palabra «almeja», la señora Hussey se apresuró hacia una puerta abierta que daba a la cocina, y aullando «Almeja para dos», desapareció.
—Queequeg —dije—, ¿crees que podemos hacer una cena para los dos con una almeja?
Sin embargo, un cálido y sabroso vapor de la cocina vino a desmentir la perspectiva, aparentemente desoladora, que teníamos por delante. Pero cuando llegó la humeante caldereta, el misterio quedó placenteramente explicado. ¡Oh, dulces amigos, prestadme oídos! Estaba hecho de pequeñas almejas jugosas, apenas mayores que avellanas, mezcladas con galleta de barco machacada y cerdo salado cortado en pequeños copos, todo ello enriquecido con manteca y abundantemente sazonado con pimienta y sal. Aguados nuestros apetitos por el helado viaje, y al ver Queequeg ante él su plato favorito de pescado, y siendo la caldereta notablemente excelente, la despachamos con gran rapidez: entonces, arrellanándome un momento y recordando el anuncio de la señora Hussey sobre almeja y bacalao, decidí probar un pequeño experimento. Me acerqué a la puerta de la cocina y pronuncié la palabra «bacalao» con gran énfasis, volviendo a ocupar mi asiento. En pocos momentos volvió a salir el sabroso vapor, pero con diferente aroma, y oportunamente se puso ante nosotros una hermosa caldereta de bacalao.
Reanudamos nuestra ocupación, y mientras metíamos las cucharas en la cazuela, pensé para mí: «No sé si esto tendrá algún efecto sobre la cabeza: ¿por qué se habla de este guiso en relación con las cabezas estúpidas?».
—Pero mira, Queequeg, ¿no es una anguila viva lo que tienes en el plato? ¿Dónde está el arpón?
El más piscícola de los lugares de pesca era «Las Marmitas», que bien merecía su nombre, pues las marmitas siempre hervían calderetas. Calderetas para desayunar, calderetas para comer, calderetas para cenar, hasta que uno empezaba a mirar si le salían las espinas por la ropa. El terreno delante de la casa estaba pavimentado de conchas de almejas. La señora Hussey llevaba un pulido collar de vértebras de bacalao, y Hosea Hussey tenía encuadernados sus libros de contabilidad en vieja piel de tiburón extrafina. Incluso la leche tenía un olor a pescado que no pude explicarme hasta que una mañana, en que por casualidad me daba un paseo por la playa entre barcas de pescadores, vi a la vaca atigrada de Hosea pastando restos de pescados, y caminando por la arena, con cada pata en una cabeza decapitada de bacalao, con aspecto muy de ir en chancletas, os lo aseguro.
Concluida la cena, recibimos una lámpara e instrucciones de la señora Hussey sobre el camino más corto a la cama, pero, cuando Queequeg iba a precederme por las escaleras, la señora extendió el brazo y le pidió el arpón: no permitía arpones en sus habitaciones.
—¿Por qué no? —dije—: todo auténtico ballenero duerme con su arpón, y ¿por qué no?
—Porque es peligroso —dijo ella—. Desde que el joven Stiggs, al volver de aquel desgraciado viaje, cuando llevaba cuatro años y medio, sólo con tres barriles de aceite, apareció muerto en el primer piso, con el arpón en el costado, desde entonces, no permito a los huéspedes que se lleven de noche a su cuarto armas tan peligrosas. Así que, señor Queequeg —(porque había aprendido su nombre)—, le voy a quitar este hierro, y se lo voy a guardar hasta mañana. Pero ¿y la caldereta, muchachos? ¿Almejas o bacalao para desayunar mañana?
—Las dos cosas —dije—, y tomaremos un par de arenques ahumados para variar.

XVI. El barco

En la cama preparamos nuestros planes para el día siguiente.
Pero, para mi sorpresa y no escasa preocupación, Queequeg me dio a entender entonces que había consultado diligentemente a Yojo —nombre de su diosecillo negro— y Yojo le había dicho dos o tres veces seguidas, insistiendo en ello por todos los medios, que, en vez de ir juntos entre la flota ballenera surta en el puerto y elegir de acuerdo nuestra embarcación, en vez de eso, digo, Yojo había indicado con empeño que la elección del barco debería recaer entera mente en mí, dado que Yojo se proponía sernos propicio, y, para hacerlo así, ya había puesto sus miras en una nave que yo, Ismael, si me dejaban solo, infaliblemente elegiría, igual en todo como si hubiera salido por casualidad; y que debía embarcarme inmediatamente en esa nave, sin ocuparme por el momento de Queequeg.
He olvidado señalar que, en muchas cosas, Queequeg ponía gran confianza en la excelencia del juicio de Yojo y en su sorprendente previsión sobre las cosas, y que apreciaba a Yojo con estima considerable, como un tipo de dios bastante bueno, que quizá tenía intenciones suficientemente propicias en conjunto, pero que no conseguía en todos los casos sus designios benévolos.
Ahora, en cuanto al plan de Queequeg, o mejor dicho de Yojo, respecto a la elección de nuestro barco, ese plan no me gustaba en absoluto. Yo había confiado no poco en la sagacidad de Queequeg para indicar el ballenero más adecuado para transportarnos con seguridad a nosotros y nuestros destinos. Pero como todas mis protestas no produjeron efecto en Queequeg, me vi obligado a asentir, y en consecuencia, me dispuse a ocuparme de este asunto con un vigor y una energía decidida y un tanto precipitada, que rápidamente arreglaría ese insignificante asuntillo. Al día siguiente por la mañana, dejando a Queequeg encerrado con Yojo en nuestra pequeña alcoba (pues parecía que ese día era para Queequeg y Yojo una especie de Cuaresma o Ramadán, o día de ayuno, humillación y oración; de qué modo, jamás lo pude averiguar, pues, aunque me puse a ello varias veces, nunca pude dominar su liturgia y sus Treinta y Nueve Artículos); dejando, pues, a Queequeg en ayuno con su pipa-hacha, y a Yojo al calor de su fuego sacrificial de virutas, salí a dar una vuelta entre los barcos. Tras de mucho y prolongado rondar y muchas preguntas al azar, supe que había tres barcos que salían para viajes de tres años: La Diablesa, El Bocadito y el Pequod. No sé el origen de lo de Diablesa; de Bocadito, es evidente; Pequod sin duda se recordará que era el nombre de una célebre tribu de indios de Massachusetts, ahora tan extinguidos como los antiguos medas. Observé y aceché en torno al Diablesa; desde éste pasé de un salto al Bocadito; y finalmente, entrando a bordo del Pequod, miré un momento alrededor y decidí que éste era el barco que nos hacía falta.
Por mi parte, podréis haber visto muchas embarcaciones extrañas; lugares de pie cuadrados; montañosos juncos japoneses; galeotas como cajas de manteca, y cualquier cosa; pero creedme bajo mi palabra que nunca habréis visto una extraña vieja embarcación como esta misma extraña y vieja Pequod era un barco de antigua escuela, más bien pequeño si acaso, todo él y con un anticuado aire de patas de garra. Curtido y coloreado por los climas, en los ciclones y las calmas de los cuatro océanos, la tez del viejo casco se había oscurecido como un granadero francés que ha combatido tanto en Egipto como en Siberia. Su venerable proa tenía aspecto barbudo. Sus palos —cortados en algún punto de la costa del Japón, donde los palos originarios habían salido por la borda en una galerna—, sus palos se erguían rígidamente como los espinazos de los tres antiguos Reyes en Colonia. Sus antiguas cubiertas estaban desgastadas y arrugadas como la losa, venerada por los peregrinos de la catedral de Canterbury donde se desangró Beckett. Pero a todas esas sus viejas antigüedades, se añadían nuevos rasgos maravillosos, correspondientes a la loca ocupación que había seguido desde hacía más de medio siglo. El viejo capitán Peleg, durante muchos años segundo de a bordo, antes de mandar otro barco suyo, y ahora marino jubilado, y uno de los principales propietarios del Pequod; ese viejo Peleg, durante el tiempo en que fue segundo, había construido sobre su grotesco ser original, y esculpido en él, con rareza de material y de invención sólo comparable a la del escudo esculpido o la cabecera de Thorkill-Hake. El barco estaba engalanado como cualquier bárbaro emperador etiópico con el cuello cargado de colgajos de marfil pulido. Era un ser hecho de trofeos; un barco caníbal, embellecido con los vencidos huesos de sus enemigos. A su alrededor, sus amuradas abiertas y sin paneles estaban guarnecidas como una quijada continua, con largos dientes aguzados de cachalote insertos allí como toletes en que sujetar sus viejos tendones y ligamentos de cáñamo. Esos tendones no corrían a través de vulgares trozos de madera de tierra, sino que cruzaban hábilmente por vainas de marfil de mar. Desdeñando tener una rueda como de barrera de camino para su reverendo timón, ostentaba allí una caña; y esa caña era de una sola pieza, curiosamente esculpida en la larga y estrecha mandíbula inferior de su enemigo hereditario. El timonel que gobernara con esa caña en la tempestad, se sentiría como el tártaro que refrena su feroz corcel apretándole la mandíbula. ¡Noble embarcación, pero muy melancólica! Todas las cosas nobles están tocadas de eso mismo.
Entonces, al mirar a mi alrededor en el alcázar de popa, buscando alguien con autoridad a quien proponerme como candidato para el viaje, al principio no vi a nadie, pero no pude pasar por alto una extraña especie de tienda, o más bien cabaña, erigida un poco detrás del palo mayor. Parecía sólo una construcción temporal usada en el puerto. Era de forma cónica, de unos diez pies de alto, construida con las largas y anchas tiras de blando hueso negro sacado de la parte media y más alta de las mandíbulas de la ballena de Groenlandia, plantadas con los extremos más anchos en cubierta, con un círculo de esas tiras atadas juntas, inclinadas mutuamente una contra otra, y la cima unida en una punta con penacho, donde las sueltas fibras peludas oscilaban de un lado a otro como el copete en la cabeza de un viejo sachem de los Potawatomi. Una abertura triangular miraba hacia la proa del barco, de modo que quien estuviera dentro dominaba una vista completa hacia delante.
Y medio escondido en esta extraña construcción, encontré por fin a uno que por su aspecto parecía tener autoridad; y que, siendo mediodía, y estando suspendido el trabajo del barco, ahora disfrutaba su descanso de la carga del mando. Estaba sentado en una silla de roble a la antigua usanza, enroscada toda ella en curiosas tallas, y cuyo asiento estaba formado por un recio entrelazado de la misma materia elástica de que estaba construida la cabaña.
Quizá no había nada igualmente curioso en el aspecto del viejo que vi: era robusto y tostado, como la mayoría de la gente de mar, y reciamente envuelto en un azul capote de piloto, cortado al estilo cuáquero; solamente tenía una red sutil y casi microscópica de los más menudos, pliegues entrelazados en torno a sus ojos, que debía proceder de sus continuas travesías a través de muchas duras galernas, siempre mirando a barlovento; por tales motivos llegan a apretarse los músculos en torno a los ojos. Tales arrugas de los ojos son de gran efecto para mirar ceñudo.
—¿Es el capitán del Pequod? —dije, avanzando hacia la puerta de la tienda.
—Suponiendo que sea el capitán del Pequod, ¿qué le quiere? —preguntó.
—Pensaba embarcarme.
—Ah, ¿conque pensaba? Ya veo que no es de Nantucket: ¿ha estado alguna vez en un bote desfondado?
—No, señor, nunca. —¿Y no sabe nada en absoluto de la pesca de la ballena, supongo?
—Nada, señor, pero no tengo duda de que pronto aprenderé. He hecho varios viajes en la marina mercante, y creo que...
—El diablo se lleve a la marina mercante. No me hable esa jerga. ¿Ve esta pierna? Se la arranco de la popa si me vuelve a hablar de la marina mercante. ¡Marina mercante, sí, sí! Supongo que ahora se sentirá muy orgulloso de haber servido en esos barcos mercantes. Pero ¡colas de ballena!, hombre; ¿por qué se empeña en ir a pescar ballenas, eh? Parece un poco sospechoso, ¿no? No habrá sido pirata, ¿eh? No ha robado a su último capitán, ¿eh? ¿No piensa asesinar a los oficiales una vez en el mar?
Protesté mi inocencia en esas cosas. Vi que bajo la máscara de esas insinuaciones medio en broma, aquel viejo navegante, como aislado natural de Nantucket y dado a lo cuáquero, estaba lleno de prejuicios insulares, y más bien desconfiado de todos los forasteros, a no ser que salieran de Cabo Cod o del Vineyard.
—Pero ¿por qué se mete a pescar ballenas? Quiero saberlo antes de embarcarle.
—Bueno, señor, quiero ver qué es la pesca de la ballena. Quiero ver el mundo.
—¿Conque quiere ver qué es la pesca de la ballena? ¿Ha echado el ojo alguna vez al capitán Ahab?
—¿Quién es el capitán Ahab?
—Claro, claro, ya me lo suponía. El capitán Ahab es el capitán de este barco.
—Entonces estoy equivocado. Creí que hablaba con el capitán en persona.
—Habla con el capitán Peleg: con ése es con quien habla. A mí y al capitán Bildad nos corresponde cuidar que el Pequod tenga de todo para el viaje, y esté provisto de todo lo necesario, incluyendo la tripulación. Somos copropietarios y agentes. Pero, como iba a decir, si quiere saber qué es la pesca de la ballena, como decía que quería, puedo darle la manera de averiguarlo antes de comprometerse sin poderse volver atrás. Ponga los ojos en el capitán Ahab, y encontrará que no tiene más que una pierna.
—¿Qué quiere decir? ¿Ha perdido la otra con una ballena? —¡Que si la ha perdido con una ballena! Joven, acérquese más: la devoró, la masticó, la aplastó el más monstruoso cachalote que jamás hizo astillas un bote, ¡ah, ah!
Me alarmé un poco ante su energía, y quizá también me conmoví un poco ante el sincero dolor de su exclamación final, pero dije tan tranquilamente como pude:
—Lo que dice sin duda es verdad, capitán; pero ¿cómo iba a saber yo que había alguna ferocidad peculiar en esa determinada ballena? Aunque, desde luego, podría haberlo inferido por el simple hecho del accidente.
—Mire, joven, tiene unos pulmones un poco débiles, ya ve. No habla como un buen tiburón. Pero vamos a entendernos. ¿Seguro que ha estado alguna vez en el mar antes de ahora, seguro?
—Capitán —dije—: creía haberle dicho que he hecho cuatro viajes en la marina mercante...
—¡Fuera con eso! ¡No olvide lo que le he dicho de la marina mercante! No me irrite: no lo voy a consentir. Pero vamos a entendernos. Le he hecho una sugerencia sobre lo que es la pesca de la ballena: ¿sigue sintiéndose inclinado a ella?
—Sí, señor.
—Muy bien. Bueno, ¿es usted hombre como para meter un arpón por la garganta de una ballena viva, y saltar detrás de él? ¡Conteste, deprisa!
—Sí que soy, si es decididamente indispensable hacerlo: quiero decir, si no se puede remediar, que supongo que no ocurrirá.
—Está bien también. Bueno, entonces, ¿no solamente quiere ir a pescar ballenas, para saber por experiencia qué es eso, sino que también quiere ir para ver mundo? ¿No es eso lo que ha dicho? Ya me lo suponía. Bueno, entonces, vaya adelante, y eche una ojeada por la proa a barlovento, y luego vuelva a contarme qué es lo que ve.
Por un momento, me quedé un poco desconcertado por su curiosa petición, sin saber exactamente cómo tomarla, si en broma o en serio. Pero concentrando todas sus patas de gallo en un solo gesto ceñudo, el capitán Peleg me echó a andar con el encargo.
Adelantándome a mirar por la proa a barlovento, me di cuenta de que el barco, balanceándose sobre el ancla con la marea alta, ahora apuntaba oblicuamente hacia el mar abierto. La perspectiva era ilimitada, pero enormemente monótona e impresionante; ni la menor variedad que pudiera yo ver.
—Bueno, ¿cuál es el parte? —dijo Peleg cuando volví—; ¿qué ha visto?
—No mucho —contesté—, nada más que agua; aunque hay un considerable horizonte, y se prepara un chubasco, me parece.
—Bueno, ¿qué piensa entonces de ver el mundo? Quiere doblar el cabo de Hornos para ver algo más de él, ¿eh? ¿No puede ver el mundo donde está ahora?
Me quedé un poco vacilante, pero debía y quería ir a pescar ballenas; y el Pequod era tan buen barco como cualquiera —yo pensaba que el mejor—, y todo eso se lo repetí entonces a Peleg. Al verme tan decidido, expresó que estaba dispuesto a enrolarme.
—Y sería mejor que firmara los papeles ahora mismo —añadió—: le acompaño. —Y así diciendo, me precedió a la cabina, bajo cubierta.
Sentado en el yugo estaba alguien que me pareció una figura muy extraordinaria y sorprendente. Resultó ser el capitán Bildad, que, junto con el capitán Peleg, era uno de los principales propietarios del barco, mientras que las demás partes, como a veces ocurre en esos puestos, las tenían multitudes de viejos rentistas, viudas, niños sin padre y tutores judiciales, cada cual dueño de cerca del valor de una cabeza de cuaderna, un pie de tabla, o un clavo o dos del barco. La gente de Nantucket invierte el dinero en barcos balleneros, del mismo modo que vosotros invertís el vuestro en títulos del Estado que producen buenos intereses.
Ahora, Bildad, como Peleg, y, desde luego, muchos otros de Nantucket, era cuáquero, por haber sido la isla colonizada originariamente por esta secta; y hasta hoy día sus habitantes en general conservan en grado insólito las peculiaridades de los cuáqueros sólo que modificadas de modo variado y anómalo por cosas absolutamente extrañas y heterogéneas. Pues algunos de esos mismos cuáqueros son los más sanguinarios de todos los marineros y cazadores de ballenas. Son cuáqueros belicosos, son cuáqueros con saña.
Así que hay entre ellos ejemplos de hombres que, teniendo nombres bíblicos —costumbre muy común en la isla—, y habiendo absorbido en su infancia el solemne modo de tratamiento del habla cuáquera, sin embargo, por las aventuras audaces, atrevidas y desenfrenadas de sus posteriores vidas, mezclan extrañamente con esas particularidades nunca abandonadas mil rasgos atrevidos de carácter, nada indignos de un rey marino escandinavo, o de un poético romano pagano. Y cuando esas cosas se unen, en un hombre de fuerza natural grandemente superior, de cerebro bien desarrollado y corazón de mucho peso, y que por la calma y soledad de muchas largas guardias nocturnas en las aguas más remotas, y bajo constelaciones nunca vistas en el norte, se ha visto llevado a pensar de modo independiente y poco tradicional, recibiendo todas las impresiones de la naturaleza, dulces o salvajes, recién salidas de su pecho virginal, voluntarioso y confidente, y que, sobre todo con eso, pero también con alguna ayuda de ventajas accidentales, ha aprendido un lenguaje altanero, atrevido y nervioso, ese hombre, que cuenta por uno solo en el censo de una entera nación, es una poderosa criatura de exhibición, formada para nobles tragedias. Y no le disminuye en absoluto, considerado desde el punto de vista dramático, que, por nacimiento o por otras circunstancias, tenga lo que parece una morbosidad predominante y medio arbitraria en el fondo de su naturaleza. Ten la seguridad de esto, oh, joven ambición: toda grandeza mortal no es sino enfermedad. Pero por ahora no tenemos que habérnoslas con uno así, sino con otro muy diferente; y sin embargo, un hombre que, si bien peculiar, resulta a su vez de otra fase del cuáquero, modificado por circunstancias individuales.
Como el capitán Peleg, el capitán Bildad era un ballenero retirado, de buena posición. Pero a diferencia del capitán Peleg, que no se preocupaba un rábano de lo que se llama cosas serias, y, de hecho, consideraba esas mismísimas cosas serias como las mayores trivialidades, el capitán Bildad no sólo hablase educado originariamente conforme a las más estrictas reglas del cuaquerismo de Nantucket, sino que ni toda su posterior vida oceánica, ni la contemplación de muchas deliciosas criaturas isleñas sin vestir, al otro lado del cabo de Hornos, habían movido ni jota su temple cuáquero de nacimiento, ni habían alterado un solo pliegue de su chaleco. No obstante, a pesar de toda esa inmutabilidad, había alguna vulgar falta de coherencia en el digno capitán Bildad. Aunque rehusando, por escrúpulos de conciencia, ponerse en armas contra los invasores terrestres, él mismo, sin embargo, había invadido inconteniblemente el Atlántico y el Pacífico; y aunque enemigo jurado de derramar sangre humana, sin embargo, en su capote ajustado, había vertido toneladas de sangre del leviatán. No sé cómo reconciliaría ahora esas cosas el piadoso Bildad, en el contemplativo atardecer de sus días, pero no parecía importarle mucho, y muy probablemente había llegado hacía mucho tiempo a la sabia y sensata conclusión de que una cosa es la religión de un hombre, y otra cosa este mundo práctico. Este mundo paga dividendos. Ascendiendo desde pequeño mozo de cabina, en pantalones cortos del pardo más pardo, hasta arponero con ancho chaleco en forma de pez: pasando de ahí a jefe de ballenera, primer oficial, capitán, y finalmente propietario de barco, Bildad, como he sugerido antes, había concluido su carrera aventurera retirándose por completo de la vida activa a la excelente edad de sesenta años, y dedicando el resto de sus días a recibir sosegadamente su bien ganada renta.
Ahora, lamento decir que Bildad tenía reputación de ser un incorregible viejo tacaño, y, en sus tiempos de navegación, un patrón duro y agrio. Me dijeron en Nantucket, aunque ciertamente parece una historia curiosa, que cuando mandó el viejo ballenero Categut, la mayor parte de la tripulación, al volver al puerto, desembarcó para ser llevada al hospital, dolorosamente exhausta y agotada. Para ser un hombre piadoso, especialmente para un cuáquero, era desde luego bastante terco, para decirlo de un modo suave. Sin embargo, decían que no solía echar juramentos a sus hombres, pero, de un modo o de otro, les sacaba una desordenada cantidad de trabajo duro, cruel y sin mitigación. Cuando Bildad era primer oficial, tener sus ojos de color grisáceo mirándole atentamente a uno, hacía que uno se sintiera completamente nervioso, hasta poder agarrar algo —martillo o pasador— e irse a trabajar como loco, en cualquier cosa, no importaba qué. La indolencia y la ociosidad perecían ante él. Su propia persona era la encarnación exacta de su carácter utilitario. En su largo cuerpo magro, no llevaba carne de sobra, ni barba superflua, ya que su barbilla ostentaba una blanda y económica pelusa, como la pelusa gastada de su sombrero de ala ancha.
Tal, pues, era la persona que vi sentada en el yugo cuando seguí al capitán Peleg bajando a la cabina. El espacio entre puentes era escaso; y allí, erguido tiesamente, estaba sentado el viejo Bildad, que siempre se sentaba así, sin inclinarse, y ello para ahorrar faldones de la casaca. El sombrero de ala ancha estaba a su lado: tenía las piernas rígidamente cruzadas, el traje grisáceo abotonado hasta la barbilla, y con los lentes en la nariz, parecía absorto en la lectura de un pesado volumen.
—Bildad —gritó el capitán Peleg—, ¿otra vez con eso, eh, Bildad? Llevas ya treinta años estudiando esas Escrituras, que yo sepa con seguridad. ¿Hasta dónde has llegado, Bildad?
Como acostumbrado largamente a tan profanas palabras por parte de su antiguo compañero de navegación, Bildad, sin advertir su actual irreverencia, levantó tranquilamente los ojos, y al verme, volvió a lanzar una ojeada inquisitiva hacia Peleg.
—Dice que es nuestro hombre, Bildad —dijo Peleg—: quiere embarcarse.
—¿Eso quieres tú? —dijo Bildad, con acento hueco y volviéndose a mirarme.
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—Quiero yo —dije sin darme cuenta, de tan intensamente cuáquero como era él.
—¿Qué piensas de él, Bildad? —dijo Peleg.
—Servirá —dijo Bildad, echándome una ojeada, y luego siguió murmurando en su libro en un tono de murmullo muy audible.
Le consideré el más raro cuáquero viejo que había visto jamás, especialmente dado que Peleg, su amigo y antiguo compañero de navegación, parecía tan fanfarrón. Pero no dije nada, sino que sólo miré a mi alrededor con toda atención. Peleg entonces abrió un cofre y, sacando el contrato del barco, le puso pluma y tinta delante, y se sentó ante una mesita. Yo empecé a pensar que era sobradamente hora de decidir conmigo mismo en qué condiciones estaría dispuesto a comprometerme para el viaje. Ya me daba cuenta de que en el negocio de la pesca de la ballena no pagaban remuneración, sino que todos los tripulantes, incluido el capitán, recibían ciertas porciones de los beneficios llamadas «partes», y esas partes estaban en proporción al grado de importancia correspondiente a los deberes respectivos en la tripulación del barco. También me daba cuenta de que, siendo novato en la pesca de la ballena, mi parte no sería muy grande, pero, considerando que estaba acostumbrado al mar, y sabía gobernar un barco, empalmar un cabo, y todo eso, no tuve dudas, por todo lo que había oído, de que me ofrecerían al menos la doscientos setenta y cincoava parte; esto es, la doscientos setenta y cincoava parte del beneficio neto del viaje, ascendiese a lo que ascendiese. Y aunque la doscientos setenta y cincoava parte era más bien lo que llaman una «parte a la larga», sin embargo, era mejor que nada; y si teníamos un viaje con suerte, podría compensar muy bien la ropa que desgastaría en él, para no hablar del sustento y alojamiento de tres años, por los que no tendría que pagar un ardite.
Podría pensarse que ésa era una pobre manera de acumular una fortuna principesca; y así era, una manera muy pobre. Pero soy de los que nunca se ocupan de fortunas principescas, y estoy bien contento si el mundo está dispuesto a alojarme y mantenerme, mientras me hospedo bajo la fea muestra de «A la Nube Tronadora». En conjunto, pensé que la doscientos setenta y cincoava parte vendría a ser lo decente, pero no me habría sorprendido que me ofrecieran la doscientosava, considerando que era tan ancho de hombros.
Pero una cosa, sin embargo, que me hizo sentir un poco desconfiado de recibir tan generosa porción de los beneficios fue ésta: en tierra había oído algo, tanto sobre el capitán Peleg como sobre su inexplicable viejo compadre Bildad, y de cómo, por ser ellos los principales propietarios del Pequoca los demás propietarios, menos considerables y más desparramados, les dejaban a ellos dos casi todo el manejo de los asuntos del barco. Y no podía menos de saber que el viejo avaro de Bildad quizá tendría mucho que decir en cuanto a enrolar tripulantes, sobre todo dado que yo le había encontrado a bordo del Pequoa muy en su casa en la cabina, y leyendo la Biblia como si estuviera junto a su chimenea. Ahora, mientras Peleg intentaba vanamente cortar una pluma con su navaja, el viejo Bildad, con no poca sorpresa mía, visto que era parte tan interesada en estos asuntos, no nos prestaba la menor atención, sino que seguía mascullando para sí mismo en su libro:
—«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla...» —Bueno, capitán Bildad —interrumpió Peleg—, ¿qué dices, qué parte le damos a este joven?
—Tú lo sabes mejor —fue la sepulcral respuesta—: la setecientas setenta y sieteava no sería demasiado, ¿no?..., «donde la polilla y el gusano devoran...».
« ¡Qué parte, sí —pensé yo—, la setecientas setenta y sieteava! Bueno, viejo Bildad, estás decidido a que yo, por mi parte, no tenga mucha parte en esta parte donde la polilla y el gusano devoran.» Era una parte demasiado «a la larga», y aunque por la magnitud de su cifra podría a primera vista engañar a uno de tierra adentro, sin embargo, el más ligero examen mostrará que, aunque setecientos setenta y siete sea un número bastante grande, con todo, cuando se trata de dividir por él, se verá entonces, digo yo, que la parte setecientas setenta y sieteava de un penique es mucho menos que setecientos setenta y siete doblones; y eso pensé entonces.
—¡Vaya, ya puedes reventar! —gritó Peleg—: no querrás estafar a este joven: tiene que recibir más que eso.
—Setecientos setenta y siete —volvió a decir Bildad, sin levantar los ojos, y luego siguió mascullando—: «pues donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».
—Le voy a poner por la trescientosava —dijo Peleg—: ¿me oyes, Bildad? La parte trescientosava, digo.
Bildad dejó el libro, y volviéndose solemnemente hacia él, dijo:
—Capitán Peleg, tienes un corazón generoso; pero debes considerar tus obligaciones respecto a los demás propietarios del barco, viudas y huérfanos muchos de ellos, y que si compensamos en exceso las fatigas de este joven, quizá les quitaremos el pan a esas viudas y a esos huérfanos. La parte setecientas setenta y sieteava, capitán Peleg.
—¡Tú, Bildad! —rugió Peleg, incorporándose de un salto y armando ruido por la cabina—: ¡Maldita sea, capitán Bildad, si hubiera seguido tu consejo en estos asuntos, ahora tendría que halar una conciencia tan pesada como para hundir el mayor barco que jamás navegó doblando el cabo de Hornos!
—Capitán Peleg —dijo Bildad, con firmeza—: tu conciencia quizá hará diez pulgadas de agua, o diez brazas, no sé decir; pero como sigues siendo un hombre impertinente, capitán Peleg, me temo mucho que tu conciencia hace agua, y acabará por sumergirte a ti, hundiéndote en el abismo de los horrores, capitán Peleg.
—¡El abismo de los horrores, el abismo de los horrores! Me insultas, hombre, más de lo que se puede aguantar por naturaleza: me insultas. Es un ultraje infernal decirle a ninguna criatura humana que está destinada al infierno. ¡Colas de ballenas y llamas! Bildad, vuelve a decirlo y me abres los pernos del alma, pero yo... yo... sí, yo me tragaré un macho cabrío vivo, con cuernos y pelo. ¡Fuera de la cabina, hipócrita, grisáceo hijo de un cañón de madera..., sal derecho!
Tronando así, se lanzó contra Bildad, pero Bildad, con maravillosa celeridad oblicua y resbalosa, le eludió por esta vez.
Alarmado ante esa terrible explosión entre los dos principales propietarios responsables del barco, y sintiéndome casi inclinado a abandonar toda idea de navegar en un barco de tan discutible propiedad y tan efímero mando, me aparté a un lado de la puerta para dar salida a Bildad, quien, sin duda, estaba muy dispuesto a desaparecer ante la despertada cólera de Peleg. Pero con asombro mío, volvió a sentarse en el yugo con mucha tranquilidad, por lo visto sin tener la más leve intención de retirarse. Parecía muy acostumbrado al impenitente Peleg y sus maneras. En cuanto a Peleg, después de disparar la cólera como lo había hecho, parecía que no quedaba más en él, y también se sentó como un cordero, aunque convulsionándose un poco, como todavía con agitación nerviosa.
—¡Ufl —silbó por fin—: el chubasco ha pasado a sotavento, me parece. Bildad, tú solías servir para afilar un arpón: córtame esa pluma. Mi navaja necesita piedra de afilar: eso es, gracias, Bildad. Bueno, entonces, joven; tu nombre es Ismael, ¿no decías? Bueno, entonces, aquí te pongo Ismael, con la parte trescientosava.
—Capitán Peleg —dije—, tengo conmigo un amigo que también quiere embarcarse: ¿le traigo mañana?
—Claro —dijo Peleg—. Tráele contigo, y le echaremos una mirada.
—¿Qué parte quiere? —gruñó Bildad, levantando la mirada del libro en que se había vuelto a sepultar.
—¡Ah, no te preocupes de eso, Bildad! —dijo Peleg—. ¿Ha ido alguna vez a la pesca de la ballena? —y se volvió hacia mí.
—Ha matado más ballenas de las que puedo contar, capitán Peleg. —Bueno, tráele entonces.
Y, después de firmar los papeles, me marché, sin dudar de que había aprovechado muy bien la mañana, y de que el Pequod era el mismísimo barco que Yojo había proporcionado para que nos llevara, a Queequeg y a mí, más allá del Cabo.
Pero no había llegado muy lejos, cuando empecé a considerar que el capitán con quien iba a navegar todavía había permanecido invisible para mí, aunque, desde luego, en muchos casos, un ballenero queda completamente acondicionado y recibe a bordo toda su tripulación antes que el capitán se deje ver llegando a tomar el mando: pues a veces esos viajes son tan prolongados, y los intervalos en tierra, en el puerto de origen, son tan desmesuradamente cortos, que si el capitán tiene familia, o algún interés absorbente de esta especie, no se preocupa demasiado por su barco en el puerto, sino que se lo deja a los propietarios hasta que está dispuesto para hacerse a la mar. Sin embargo, siempre está bien echarle una mirada antes de entregarse irremediablemente en sus manos. Volví atrás y me acerqué al capitán Peleg, para preguntarle dónde se encontraría el capitán Ahab.
—¿Y qué quieres con el capitán Ahab? Ya está de sobra bien: ya estás enrolado.
—Sí, pero me gustaría verle.
—Pues no creo que puedas verle por ahora. No sé exactamente qué le pasa, pero está encerrado dentro de casa, como si estuviera enfermo, aunque no tiene cara de ello. En realidad, no está enfermo, pero no, tampoco está bien. De cualquier modo, joven, no siempre me quiere ver, así que supongo que no te querrá ver. Es un hombre raro, el capitán Ahab, eso dicen algunos, pero bueno. Ah, te gustará mucho: no tengas miedo, no tengas miedo. Es un hombre grandioso, blasfemo, pero como un dios, el capitán Ahab; no habla mucho, pero cuando habla, le puedes escuchar muy bien. Fíjate, te lo aviso: Ahab está por encima de lo común; Ahab ha estado en colegios lo mismo que entre los caníbales; está acostumbrado a maravillas más profundas que las olas. ¡Su arpón! ¡Sí, el más agudo y seguro de toda nuestra isla! ¡Ah, no es el capitán Bildad; no, tampoco es el capitán Peleg: es Ahab, muchacho; y el antiguo Ahab, como sabes, era un rey coronado!
—Y muy vil. Cuando mataron a aquel perverso rey, ¿no lamieron su sangre los perros?
—Ven acá: conmigo, acá, acá —dijo Peleg, con un aire significativo en la mirada que casi me sobresaltó—. Mira bien, muchacho: nunca digas eso a bordo del Pequod nunca lo digas en ningún sitio. El capitán Ahab no se ha puesto el nombre a sí mismo. Fue una estúpida e ignorante manía de su madre, loca y viuda, que murió cuando él tenía sólo un año. Y sin embargo, la vieja india Tistig, en Gay-Head, dijo que el nombre resultaría profético de un modo u otro. Y quizá otros locos como ella te dirán lo mismo. Quiero avisarte. Es mentira. Conozco muy bien al capitán Ahab; he navegado de oficial con él hace años; sé lo que es, un buen hombre, no un hombre piadoso y bueno como Bildad, sino un hombre bueno que jura, algo así como yo, sólo que con mucho más. Sí, sí, ya sé que nunca ha estado muy alegre; y sé que, en la travesía de vuelta, estuvo algún tiempo fuera de quicio, pero eran los dolores agudos y disparados de su muñón sangriento lo que le produjo eso, como cualquiera puede ver. Yo sé también que desde que perdió la pierna en el último viaje, por esa maldita ballena, está un poco raro, con humor desesperado, y a veces como loco; pero todo eso se pasará. Y de una vez para todas, permíteme decirte y asegurarte, joven, que vale más navegar con un buen capitán de humor raro que con uno malo y risueño. Así que adiós, y no ofendas al capitán Ahab porque da la casualidad de que tiene un nombre maldito. Además, muchacho, tiene mujer; no hace tres viajes que se ha casado; una muchacha dulce y resignada. Piensa en eso: con esa dulce muchacha, ese viejo ha tenido un hijo: ¿piensas entonces que puede haber en él algún mal decidido y sin esperanza? No, no, muchacho; herido, fulminado o como sea, Ahab tiene su humanidad.
Al marcharme, iba lleno de vacilaciones; lo que incidentalmente se me había revelado sobre el capitán Ahab me llenaba de un cierto loco y vago dolor respecto a él. Y al mismo tiempo, no sé cómo, sentía simpatía y pena por él, pero no sé por qué, a no ser por la cruel pérdida de su pierna. Y sin embargo, también sentía un extraño temor de él, pero esa clase de temor, que no puedo describir en absoluto, no era exactamente temor; no sé lo que era. Pero lo sentía, y no me hacía tener desvío respecto a él, aunque sentía impaciencia ante lo que parecía en él como un misterio, a pesar de lo imperfectamente que entonces le conocía. Sin embargo, mis pensamientos acabaron por ser llevados en otras direcciones, de modo que por el momento Ahab resbaló de mi mente.

XVII. El Ramadán

Como Queequeg iba a continuar todo el día su Ramadán, o Ayuno y Humillación, preferí no interrumpirle hasta cerca de la caída de la noche, pues tengo gran respeto hacia las obligaciones religiosas de cualquiera, sin que importe qué cómicas sean, y no cabe en mi corazón menospreciar siquiera a una feligresía de hormigas adorando una seta, o esas otras criaturas de ciertas regiones de nuestra tierra, que, con un grado de lacayismo sin precedentes en otros planetas, se inclinan ante el torso de un fallecido propietario agrícola meramente a causa de las desmesuradas posesiones que todavía se tienen y se arriendan en su nombre.
Digo yo que los buenos cristianos presbiterianos deberíamos ser caritativos en estas cosas, y no imaginarnos tan altamente superiores a otros mortales, paganos o lo que sean, a causa de sus ideas semidementes en estos aspectos. Allí estaba ahora Queequeg, indudablemente manteniendo las más absurdas nociones sobre Yojo y su Ramadán, pero ¿y qué? Queequeg creía saber lo que hacía, supongo; parecía estar contento, así que dejémosle en paz. De nada serviría todo lo que discutiéramos con él; dejémosle en paz, digo; y el Cielo tenga misericordia de todos nosotros, de un modo o de otro, estamos terriblemente tocados de la cabeza, y necesitamos un buen arreglo.
Hacia el anochecer, cuando me sentí seguro de que debían haber terminado todas sus realizaciones y rituales, subí a su cuarto y llamé a la puerta; pero no hubo respuesta. Traté de abrirla, pero estaba sujeta por dentro.
—Queequeg —dije suavemente por el ojo de la cerradura: todo callado—. Oye, Queequeg, ¿por qué no hablas? Soy yo... Ismael.
Pero todo seguía en silencio como antes. Empecé a sentirme alarmado. Le había dejado tiempo de sobra: pensé que habría tenido un ataque de apoplejía. Miré por el ojo de la cerradura, pero como la puerta daba a un rincón desviado del cuarto, la perspectiva del ojo de la cerradura era torcida y siniestra. Sólo podía ver parte de los pies de la cama y una línea de la pared. Me sorprendió observar, apoyada contra la pared, el asta de madera del arpón de Queequeg, que la patrona le había quitado la noche anterior, antes de que subiéramos al cuarto. «Es extraño —pensé—, pero, de todos modos, puesto que el arpón está ahí, y Queequeg raramente o nunca sale fuera sin él, debe estar dentro, por consiguiente, sin posible error.»
—¡Queequeg, Queequeg!
Todo en silencio.
Algo debía haber ocurrido. ¡Apoplejía! Traté de abrir de un golpe la puerta, pero resistía tercamente. Corriendo escaleras abajo, rápidamente declaré mis temores a la primera persona que encontré: la criada.
—¡Vaya, vaya! —exclamó—. Pensaba que debía pasar algo. Fui a hacer la cama, después del desayuno, y la puerta estaba cerrada y no se oía un ratón; y desde entonces ha seguido igual de silencioso. Pero creí que quizá se habían ido ustedes dos juntos, echando la llave para dejar seguro el equipaje. ¡Vaya, vaya! ¡Señora, ama, han matado a alguien! ¡Señora Hussey, apoplejía! —Y con esos gritos corrió hacia la cocina, seguida por mí.
Pronto apareció la señora Hussey, con un tarro de mostaza en una mano y una botellita de vinagre en la otra, habiendo acabado en ese momento de ocuparse de las vinagreras, y riñendo mientras tanto a su muchachito negro.
—¡La leñera! —grité—: ¿por dónde se va? Corran por Dios, y traigan algo para forzar la puerta: ¡El hacha, el hacha! ¡Tiene un ataque, pueden estar seguros!
Y así diciendo, de modo incoherente volvía yo a subir las escaleras con las manos vacías, cuando la señora Hussey interpuso el tarro de mostaza, la botellita del vinagre y todo el aceite de ricino de su cara.
—¿Qué le pasa a usted, joven?
—¡Traigan el hacha! ¡Por Dios, corran por el médico, alguien, mientras yo fuerzo la puerta!
—Mire aquí —dijo la patrona, dejando en seguida la botellita del vinagre como para tener una mano libre—: mire aquí; ¿habla de forzar ninguna de mis puertas? —Y así diciendo, me agarró el brazo—. ¿Qué le pasa a usted? ¿Qué le pasa, marinero?
De modo tranquilo, pero lo más rápido posible, le di a entender todo el asunto. Apretándose inconscientemente el vinagre contra un lado de la nariz, rumió un momento, y luego exclamó:
—¡No! No lo he visto desde que lo dejé allí.
Corriendo a un pequeño hueco bajo el arranque de las escaleras, echó una mirada, y al volver me dijo que faltaba el arpón de Queequeg.
—Se ha matado —gritó—. Es otra vez el desgraciado Stiggs; otra colcha que se pierde: ¡Dios se compadezca de su pobre madre! Será la ruina de mi casa. ¿Tiene alguna hermana el pobre muchacho? ¿Dónde está esa muchacha? Ea, Betty, ve a ver a Snarles el pintor y dile que pinte un letrero: «Se prohíbe suicidarse aquí y fumar en la sala»; así podríamos matar los dos pájaros de una vez. ¿Matarse? ¡El Señor tenga misericordia de su alma! ¿Qué es ese ruido de ahí? ¡Eh, joven, quieto ahí!
Y corriendo detrás de mí, me sujetó cuando yo volvía a intentar abrir la puerta por la fuerza.
—No lo permitiré: no quiero que me estropeen las habitaciones. Vaya por el cerrajero; hay uno cerca de una milla de aquí. Pero ¡espere! —metiéndose la mano en el bolsillo—: aquí hay una llave que sirve, me parece; vamos a ver.
Y diciendo así, dio vuelta a la llave en la cerradura, pero ¡ay! el cerrojo suplementario de Queequeg seguía echado por dentro.
—Voy a abrirla de un golpe —dije, y ya me echaba atrás por el pasillo para tomar carrerilla, cuando la patrona me volvió a sujetar, jurando de nuevo que yo no tenía que destrozarle sus habitaciones; pero me desprendí de ella, y con un súbito empujón con todo el cuerpo, me lancé de lleno contra el blanco.
Con tremendo ruido, la puerta se abrió de par en par, y el tirador, golpeando con la pared, lanzó el encalado hasta el techo; y allí, ¡Cielo santo!, allí estaba Queequeg, completamente indiferente y absorto en el centro mismo de la habitación, acurrucado en cuclillas, y teniendo a Yojo encima de la cabeza. Ni miró a un lado ni a otro, sino que siguió sentado como una imagen tallada con escasos signos de vida activa.
—Queequeg —dije, acercándome a él—, Queequeg, ¿qué te pasa?
—¿No llevará todo el día sentado ahí, eh? —dijo la patrona.
Pero por mucho que dijimos, no pudimos arrancarle una palabra; casi me dieron ganas de derribarle de un empujón, para cambiarle de postura, pues era casi intolerable y parecía tan penosa y antinaturalmente forzada; sobre todo, dado que, con toda probabilidad, llevaba sentado así unas ocho o diez horas, pasándose además sin las comidas normales.
—Señora Hussey dije—, en todo caso, está vivo; de modo que déjenos, por favor, y yo mismo me ocuparé de este extraño asunto.
Cerrando la puerta tras la patrona, intenté convencer a Queequeg para que tomara un asiento, pero en vano. Allí seguía sentado, y eso era todo lo que podía hacer: con todas mis habilidades y corteses halagos, no quería mover una clavija, ni mirarme, ni advertir más presencia del modo más leve. «No sé —pensé— si es posible que esto forme parte de su Ramadán; ¿ayunarán en cuclillas de este modo en su isla natal? Debe ser así; sí, es parte de su credo, supongo; bueno, entonces, dejémosle en paz; sin duda se levantará, antes o después. No puede durar para siempre, gracias a Dios, y su Ramadán sólo toca una vez al año, y tampoco creo que entonces sea muy puntual.»
Bajé a cenar. Después de pasar un largo rato oyendo los largos relatos de unos marineros que acababan de volver de un viaje «al pastel de ciruelas» como lo llamaban (esto es, una breve travesía a la caza de ballenas en una goleta o bergantín, limitándose al norte del ecuador, y sólo en el océano Atlántico), después de escuchar a esos pasteleros hasta cerca de las once, subí para acostarme, sintiéndome muy seguro de que a esas horas Queequeg debería haber puesto fin a su Ramadán. Pero no: allí estaba donde le había dejado: no se había movido una pulgada. Empecé a sentirme molesto con él; tan absolutamente insensato y loco parecía al estarse allí sentado todo el día y mitad de la noche, en cuclillas, en un cuarto frío, sosteniendo un trozo de madera en la cabeza.
—Por amor de Dios, Queequeg, levántate y sacúdete; levántate y cena. Te vas a morir de hambre, te vas a matar, Queequeg. —Pero él no contestó ni palabra.
Desesperando de él, por consiguiente, decidí acostarme y dormir, sin dudar de que no tardaría mucho tiempo en seguirme. Pero antes de meterme, tomé mi pesado chaquetón de «piel de oso» y se lo eché por encima, porque prometía ser una noche muy fría, y él no llevaba puesta más que su chaqueta corriente. Durante algún tiempo, por más que hiciera, no pude caer en el más ligero sopor. Había apagado la vela de un soplo, y la mera idea de que Queequeg, a menos de cuatro pies de distancia, estaba sentado en esa incómoda posición, completamente solo en el frío y la oscuridad, me hacía sentir realmente desgraciado. Pensadlo: ¡dormir toda la noche en el mismo cuarto con un pagano completamente despierto y en cuclillas, en este temible e inexplicable Ramadán!
Pero, no sé cómo, me dormí por fin, y no supe más hasta que rompió el día, cuando, mirando desde la cama, vi allí acurrucado a Queequeg como si le hubieran atornillado al suelo. Pero tan pronto cómo el primer destello de sol entró por la ventana, se incorporó, con las articulaciones rígidas y crujientes, aunque con aire alegre; se acercó cojeando a donde estaba yo, apretó la frente otra vez contra la mía, y dijo que había terminado su Ramadán.
Ahora bien, como ya he indicado antes, no tengo objeciones contra la religión de nadie, sea cual sea, mientras esa persona no mate ni insulte a ninguna otra persona porque ésta no cree también lo mismo. Pero cuando la religión de un hombre se pone realmente frenética, cuando es un tormento decidido para él, y, dicho francamente, cuando convierte esta tierra nuestra en una incómoda posada en que alojarnos, entonces, creo que es hora de tomar aparte a ese individuo y discutir la cuestión con él.
Eso es lo que hice entonces con Queequeg.
—Queequeg —dije—, métete en la cama, y óyeme bien quieto.
Seguí luego, comenzando con la aparición y progreso de las religiones primitivas, para llegar hasta las diversas religiones de la época presente, esforzándome en ese tiempo por mostrar a Queequeg que todas esas Cuaresmas, Ramadanes y prolongados acurrucamientos en cuartos fríos y tristes eran pura insensatez; algo malo para la salud, inútil para el alma, y, en resumen, opuesto a las leyes evidentes de la higiene y el sentido común. Le dije también que aunque él en otras cosas era un salvaje tan extremadamente sensato y sagaz, ahora me hacía daño, me hacía mucho daño, al verle tan deplorablemente estúpido con ese ridículo Ramadán. Además, argüí, el ayuno debilita el cuerpo; por consiguiente, el espíritu se debilita, y todos los pensamientos nacidos de un ayuno deben por fuerza estar medio muertos de hambre. Ésa es la razón por la que la mayor parte de los beatos dispépticos cultivan tan melancólicas ideas sobre su vida futura.
—En una palabra, Queequeg —dije, más bien en digresión—, el infierno es una idea que nació por primera vez de un flan de manzana sin digerir, y desde entonces se ha perpetuado a través de las dispepsias hereditarias producidas por los Ramadanes.
Luego pregunté a Queequeg si él mismo sufría alguna vez de mala digestión, expresándole la idea con mucha claridad para que pudiera captarla. Dijo que no; sólo en una ocasión memorable. Fue después de una gran fiesta dada por su padre el rey, por haber ganado una gran batalla donde cincuenta de sus enemigos habían quedado muertos alrededor de las dos de la tarde, y aquella misma noche fueron guisados y comidos.
—Basta, Queequeg —dije, estremeciéndome—; ya está bien —pues sabía lo que se deducía de ello sin que él me lo indicara.
Yo había visto a un marinero que visitó esa misma isla, y me dijo que era costumbre, cuando se ganaba una gran batalla, hacer una barbacoa con todos los muertos en el jardín de la casa del vencedor; y luego, uno por uno, los ponían en grandes trincheros de madera y los aderezaban alrededor como un pilar, con frutos del árbol del pan y con cocos; y así, con un poco de perejil en la boca, eran enviados por todas partes con los saludos del vencedor a sus amigos, igual que si esos regalos fueran pavos de Navidad.
Después de todo, no creo que mis observaciones sobre la religión hicieran mucha impresión en Queequeg; en primer lugar, porque parecía un poco duro de oído, no sé por qué, en ese importante tema, a no ser que se considerara desde su propio punto de vista; en segundo lugar, porque no me entendía más de la tercera parte, por muy sencillamente que yo presentara mis ideas; y, finalmente, porque él creía sin duda que sabía mucho más de religión que yo. Me miraba con una especie de interés y compasión condescendientes, como si juzgara una gran lástima que un joven tan sensato estuviera tan desesperanzadoramente perdido en la pagana piedad evangélica.
Por fin nos levantamos y nos vestimos, y Queequeg tomó un prodigioso y cordial desayuno de calderetas de pescado de todas clases, de modo que la patrona no saliera ganando mucho a causa de su Ramadán, tras de lo cual salimos para subir a bordo del Pequod, paseando tranquilamente y mondándonos los dientes con espinas de hipogloso.

XVIII. Su señal

Cuando llegábamos al extremo del muelle hacia el barco, llevando Queequeg su arpón al hombro, el capitán Peleg, con su áspera voz, nos saludó desde su cabaña india, diciendo que no había sospechado que mi amigo fuera un caníbal, y anunciando además que no consentía caníbales a bordo de aquella embarcación, a no ser que mostraran antes sus papeles.
—¿Qué quiere decir con eso, capitán Peleg? —dije, saltando ya a las amuradas y dejando a mi camarada de pie en el muelle.
—Quiero decir —contestó— que debe enseñar sus papeles.
—Sí —dijo el capitán Bildad, con su voz hueca, sacando la cabeza, detrás de la de Peleg, desde la cabaña india—: Debe mostrar que está convertido. Hijo de la tiniebla —añadió, volviéndose hacia Queequeg—: ¿estás actualmente en comunión con alguna iglesia cristiana?
—¡Cómo! —dije yo—: es miembro de la Primera Iglesia Congregacionalista. —Aquí ha de decirse que muchos salvajes tatuados que navegan en barcos de Nantucket acaban por convertirse a alguna de las iglesias.
—La Primera Iglesia Congregacionalista —gritó Bildad—, ¡qué!, ¿la que reza en la casa de reunión del diácono Deuteronomy Coleman? —Y así diciendo, se quitó los lentes, los frotó con un gran pañuelo de seda amarilla con lunares, y, poniéndoselos con mucho cuidado, salió de la cabaña india, y se inclinó rígidamente sobre las amuradas para mirar con toda calma a Queequeg.
—¿Cuánto tiempo hace que es miembro? —dijo luego, volviéndose hacia mí—: no será mucho, supongo, joven.
—No —dijo Peleg—, y tampoco le han bautizado como es debido, o si no, se le habría lavado de la cara un poco de ese azul de diablo.
—Dime, entonces —gritó Bildad—: ¿este filisteo es miembro regular de la reunión del diácono Deuteronomy? Nunca le he visto ir allí, y yo voy todos los días del Señor.
—Yo no sé nada del diácono Deuteronomy ni de su reunión —dije—, todo lo que sé es que este Queequeg es miembro por nacimiento de la Primera Iglesia Congregacionalista. Él también es diácono, el mismo Queequeg.
—Joven —dijo Bildad severamente—, estás bromeando conmigo: explícate, joven hetita. ¿A qué iglesia te refieres? Respóndeme.
Encontrándome tan apremiado, contesté:
—Quiero decir, capitán, la misma antigua Iglesia universal a que pertenecemos usted y yo, y aquí, el capitán Peleg, y ahí Queequeg, y todos nosotros, y todo hijo de madre y todo bicho viviente; la grande y perenne Primera Congregación de este entero mundo en adoración: todos pertenecemos a ella; sólo que algunos de nosotros cultivamos algunas extravagancias que de ningún modo tocan a la gran creencia: en ésa, todos unimos nuestras manos.
—Empalmamos las manos, querrás decir que las empalmamos —gritó Peleg, acercándose—. Joven, mejor sería que te embarcaras como misionero, en vez de ir como marinero ante el mástil: nunca he oído un sermón mejor. El diácono Deuteronomy... bueno, ni el mismo padre Mapple lo podría mejorar, y no es un cualquiera. Ven a bordo, ven a bordo; no te preocupes por los papeles. Oye, dile a ese Quohog; ¿cómo le llamas? Dile a Quohog que venga acá. ¡Por el ancla mayor, qué arpón lleva ahí! Parece cosa buena, y lo maneja muy bien. Oye, Quohog, o como te llames, ¿alguna vez has ido a la proa de una ballenera?, ¿alguna vez has cazado un pez?
Sin decir palabra, Queequeg, con sus maneras extraviadas, saltó sobre las amuradas, y de allí a la proa de una de las lanchas balleneras que colgaban sobre el costado; y entonces, doblando la rodilla izquierda y blandiendo el arpón, gritó algo así como:
—Capitán, ¿ver gota pequeña de brea allí en agua?, ¿ver? Bueno, piense ojo de ballena, y entonces, ¡zas!
Y apuntando bien, disparó el hierro por encima mismo del ancho sombrero de Bildad, y a través de toda la cubierta del barco, hasta dar en la brillante mancha de brea, haciéndola desaparecer de la vista.
—Bueno —dijo Queequeg, recogiendo tranquilamente la lanza—: suponer ojo de ballena; entonces, ballena muerta.
—Deprisa, Bildad —dijo su socio Peleg, que, horrorizado ante la proximidad inmediata del arpón volante, se había retirado hasta la entrada de la cabina— deprisa, digo, Bildad, trae los papeles del barco. Tenemos que tener aquí a ese Hedgehog, quiero decir Quohog, en una de nuestras lanchas. Mira, Quohog, te daremos una parte de noventa, y eso es más de lo que se ha dado nunca a un arponero salido de Nantucket.
Así que entramos en la cabina, y con gran alegría mía, Queequeg quedó pronto enrolado en la tripulación del mismo barco a que pertenecía yo.
Terminamos los preliminares, cuando Peleg tenía todo dispuesto para firmar, se volvió a mí y dijo:
—Supongo que este Quohog no sabe escribir, ¿no? Digo, Quohog, maldito seas, ¿sabes firmar o poner tu señal?
Pero ante esta pregunta, Queequeg, que ya había tomado parte dos o tres veces en ceremonias semejantes, no pareció de ningún modo cohibido, sino que, tomando la pluma que le ofrecían, copió en el papel, en el lugar adecuado, una exacta reproducción de una extraña figura en redondo que llevaba tatuada en el brazo, de modo que, por la obstinada equivocación del capitán Peleg respecto a su nombre, quedó algo así como:

Quohog
su + señal



Mientras tanto, el capitán Bildad seguía observando a Queequeg con gravedad y fijeza, y por fin, levantándose solemnemente y hurgando en los grandes bolsillos de su chaquetón grisáceo de anchos faldones, sacó un manojo de folletos y, eligiendo uno titulado «Se Acerca el Día del juicio; o, No Hay Tiempo que Perder», lo puso en las manos de Queequeg, y luego, agarrándoselas con las suyas, junto con el libro, le miró a los ojos y dijo:
—Hijo de la tiniebla, tengo que cumplir mi deber contigo; soy copropietario de este barco, y me siento responsable de las almas de toda su tripulación; si sigues aferrándote a tus maneras paganas, como me temo tristemente, te exhorto a que no permanezcas para siempre jamás como siervo de Belial. Desdeña al ídolo Bel y al horrendo dragón; apártate de la cólera venidera; anda con ojo, quiero decir; ¡ay, por la gracia divina! ¡Gobierna a lo largo del abismo de la condenación!
Algo de sal marina quedaba todavía en el lenguaje del viejo Bildad, mezclado de modo heterogéneo con frases bíblicas y domésticas.
—Deja, déjate de eso, Bildad, deja de echar a perder a nuestro arponero —gritó Peleg—. Los arponeros piadosos nunca son buenos navegantes: eso les quita la fuerza, y no hay arponero que valga una paja que no sea muy fiero. Ahí estaba el joven Nat Swaine, que en otro tiempo fue el más valiente en la proa de todas las lanchas balleneras de Nantucket y del Vineyard: empezó a ir a la capilla, y no llegó nunca a ser nada bueno. Se puso tan asustado por su alma viciada que se echó atrás y se apartó de las ballenas y por temor a las consecuencias en caso de que le desfondaran y le mandaran con Davy Jones.
—¡Peleg, Peleg! —dijo Bildad, levantando los ojos y las manos—, tú mismo, como yo, has pasado momentos de peligro; tú sabes, Peleg, lo que es tener miedo a la muerte: entonces, ¿cómo puedes charlar de ese modo impío? Mientes contra tu propio corazón, Peleg. Dime, cuando este mismo Pequod perdió los tres palos por la borda en aquel tifón en el Japón, en ese mismo viaje en que fuiste de segundo de Ahab, ¿no pensaste entonces en la Muerte y el juicio?
—¡Oídle ahora, oídle ahora! —exclamó Peleg, dando vueltas por la cabina, y con las manos bien metidas en los bolsillos—, oídle todos. ¡Pensad en eso! ¡Cuando a cada momento pensábamos que se iba a hundir el barco! ¿La Muerte y el juicio entonces? ¡No! No había tiempo entonces de pensar en la Muerte. En la vida, es en lo que pensábamos el capitán Ahab y yo, y en cómo salvar a toda la tripulación, cómo aparejar bandolas, y cómo llegar al puerto más cercano; en eso es en lo que estaba pensando.
Bildad no dijo más, sino que, abotonándose hasta arriba su chaquetón, salió a grandes zancadas hasta cubierta, adonde le seguimos. Allí se quedó, vigilando calladamente a unos veleros que remendaban una gavia en el combés.
De vez en cuando se agachaba a recoger un trozo de lona o a aprovechar un cabo del hilo embreado, que de otro modo se hubieran desperdiciado.

XIX. El profeta

—Marineros, ¿os habéis enrolado en ese barco?
Queequeg y yo acabábamos de dejar el Pequod y nos alejábamos tranquilamente del agua, cada cual ocupado por el momento en sus propios pensamientos, cuando nos dirigió las anteriores palabras un desconocido que, deteniéndose ante nosotros, apuntó con su macizo índice al navío en cuestión. Iba desastradamente vestido con un chaquetón descolorido y pantalones remendados, mientras que un jirón de pañuelo negro revestía su cuello. Una densa viruela había fluido por su cara en todas las direcciones, dejándola como el complicado lecho en escalones de un torrente cuando se han secado las aguas precipitadas.
—¿Os habéis enrolado en él? —repitió.
—Supongo que se refiere al barco Pequod —dije, tratando de ganar un poco más de tiempo para mirarle sin interrupción.
—Eso es, el Pequod ese barco —dijo, echando atrás el brazo entero, y luego lanzándolo rápidamente por delante, derecho, con la bayoneta calada de su dedo disparada de lleno hacia su objetivo. —Sí —dije—, acabamos de firmar el contrato. —¿Y se hacía constar algo en él sobre vuestras almas? —¿Sobre qué?
—Ah, quizá no tengáis almas —dijo rápidamente—. No importa, sin embargo: conozco a más de un muchacho que no tiene alma: buena suerte, con eso está mejor. Un alma es una especie de quita rueda para un carro.
—¿De qué anda cotorreando, compañero? —dije.
—Quizá él sea suficiente, sin embargo, para compensar todas las deficiencias de esta especie en otros muchachos —dijo bruscamente el desconocido, poniendo nerviosos énfasis en la palabra él.
—Queequeg —dije—, vámonos; este tipo se ha escapado de algún sitio; habla de algo y de alguien que no conocemos.
—¡Alto! —gritó el desconocido—. Decís la verdad: no habéis visto todavía al Viejo Trueno, ¿eh?
—¿Quien es el Viejo Trueno? —dije, otra vez aprisionado por la loca gravedad de sus modales.
—El capitán Ahab.
—¿Cómo?, ¿el capitán de nuestro barco, el Pequod?
—Sí, entre algunos de nosotros, los viejos marinos, se le llama así. No le habéis visto todavía, ¿eh?
—No, no le hemos visto. Dicen que está enfermo, pero que se está poniendo mejor, y no tardará en estar bien del todo.
—¡No tardará en estar bien del todo! —se rió el desconocido, con una risa solemne y despreciativa—. Mirad, cuando el capitán Ahab esté bien del todo, entonces su brazo izquierdo vendrá derecho a ser mío, no antes.
—¿Qué sabe de él?
—¿Qué sabéis vosotros de él? ¡Decid eso!
—No nos han dicho mucho de él; sólo he oído que es un buen cazador de ballenas, y un buen capitán para la tripulación.
—Es verdad, es verdad; sí, las dos cosas son bastante verdad. Pero tenéis que saltar cuando él dé una orden. Moverse y gruñir, gruñir y marchar; ésa es la consigna con el capitán Ahab. Pero ¿nada sobre aquello que le pasó a la altura del cabo de Hornos, hace mucho, cuando estuvo como muerto tres días con sus noches; nada de aquella esgrima mortal con el español ante el altar de Santa? ¿No habéis oído nada de eso? ¿Nada sobre la calabaza de plata en que escupió? ¿Y nada de que perdió la pierna en su último viaje, conforme a la profecía? ¿No habéis oído una palabra sobre esas cosas y algo más, eh? No, no creo que lo hayáis oído; ¿cómo podríais? ¿Quién lo sabe? No toda Nantucket, supongo. Pero de todos modos, quizá hayáis oído hablar por casualidad de la pierna, y de cómo la perdió; sí, habéis oído hablar de eso, me atrevo a decir. Ah, sí, eso lo saben casi todos: quiero decir, que ahora no tiene más que una pierna, y que un cachalote se le llevó la otra.
—Amigo mío —dije—: no sé a qué viene toda esa cháchara, ni me importa, porque me parece que debe estar un poco estropeado de la cabeza. Pero si habla del capitán Ahab, de este barco, el Pequoa;, entonces permítame decirle que lo sé todo sobre la pérdida de la pierna.
Todo sobre ella... ¿De veras?, ¿todo? —Por supuesto.
Con el dedo extendido y los ojos apuntando hacia el Pequod el desconocido de aspecto de mendigo se quedó un momento como en un ensueño turbado; luego, sobresaltándose un poco, se volvió y dijo:
—Os habéis enrolado, ¿eh? ¿Los nombres puestos en el papel? Bueno, bueno, lo que está firmado, firmado está; y lo que ha de ser, será; y luego, también, a lo mejor no será, después de todo. De cualquier modo, todo está fijado ya y arreglado; y unos marineros u otros tendrán que ir con él, supongo; lo mismo da éstos que cualquier otros hombres. ¡Dios tenga compasión de ellos! Buenos días, marineros, buenos días; los inefables Cielos os bendigan: lamento haberos detenido.
—Mire acá, amigo —dije—: si tiene algo importante que decirnos, fuera con ello; pero si sólo trata de enredarnos, se equivoca en el juego; eso es todo lo que tengo que decirle.
—¡Y está muy bien dicho, y me gusta oír a un muchacho expresarse de ese modo; eres el hombre que le hace falta a él..., gente como tú! Buenos días, marineros, buenos días. ¡Ah, cuando estéis allí, decidles que he decidido no ser uno de ellos!
—Ah, mi querido amigo, no nos puede engañar de ese modo; no nos puede engañar. La cosa más fácil del mundo es poner cara de que se tiene dentro un gran secreto.
—Buenos días, marineros, tened muy buenos días.
—Sí que son buenos —dije—. Vamos allá, Queequeg, dejemos a este loco. Pero, alto, dígame su nombre, ¿quiere? —¡Elías!
« ¡Elías!», pensé; y nos marchamos comentando, cada cual a su modo, sobre ese viejo marinero andrajoso; y estuvimos de acuerdo en que no era nada sino un impostor que quería hacer el coco. Pero no habíamos recorrido quizá unas cien yardas, cuando, al volverme por casualidad doblando una esquina, ¡a quién vi sino a Elías que nos seguía, aunque a distancia! No sé por qué, el verle me impresionó de tal modo que no dije nada a Queequeg de que venía detrás, sino que seguí andando con mi compañero, afanoso de ver si el desconocido doblaría la misma esquina que nosotros. Así lo hizo, y entonces me pareció que nos espiaba, pero no podía imaginar por qué, ni por nada del mundo. Esta circunstancia, unida a su manera de hablar, ambigua, embozada, medio sugiriendo y medio revelando, produjo entonces en mí toda clase de vagas sospechas y semiaprensiones, todo ello en relación con el Pequoa y el capitán Ahab, y la pierna que había perdido, y el ataque en el cabo de Hornos, y la calabaza de plata, y lo que había dicho de él el capitán Peleg, cuando yo salí del barco, el día anterior, y la predicción de la india Tistig, y el viaje que nos habíamos comprometido a emprender, y otras cien cosas sombrías.
Estaba decidido a cerciorarme de si ese andrajoso Elías realmente nos espiaba o no, y con esa intención crucé la calle con Queequeg, y por ese lado volví sobre nuestros pasos. Pero Elías pasó adelante, sin parecer advertirnos. Esto me alivió, y una vez .más, y a mi parecer de modo definitivo, le sentencié en mi corazón por un impostor.

XX. En plena agitación

Pasaron un día o dos, y hubo gran actividad a bordo del PequocL no sólo se remendaban las velas viejas, sino que se subían a bordo velas nuevas, y piezas de lona y rollos de jarcia; en resumen, todo indicaba que los preparativos del barco se apresuraban a su conclusión. El capitán Peleg rara vez o nunca bajaba a tierra, sino que estaba sentado en su cabaña india manteniendo una estrecha vigilancia sobre los tripulantes. Bildad hacía todas las compras y provisiones en los almacenes; y los hombres empleados en la bodega y en los aparejos trabajaban hasta mucho después de medianoche.
Al día siguiente de firmar Queequeg el contrato, se mandó aviso a todas las posadas donde se alojaba la gente del barco de que sus cofres debían estar a bordo antes de la noche, pues no cabía prever qué pronto podría zarpar el barco. Así que Queequeg y yo llevamos nuestros bártulos, aunque decididos a dormir en tierra hasta el final. Pero parece que en esos casos avisan con mucha anticipación, y el barco no zarpó en varios dias. No es extraño; había mucho quehacer, y no se puede calcular en cuántas cosas había que pensar antes que el Pequod quedara completamente equipado.
Todo el mundo sabe qué multitud de cosas —camas, cacerolas, cuchillos, tenedores, palas y tenazas, servilletas, cascanueces y qué sé yo— son indispensables para el asunto de llevar una casa. Lo mismo ocurre con la pesca de la ballena, que requiere tres años de llevar una casa sobre el ancho océano, lejos de todos los tenderos, fruteros, médicos, panaderos y banqueros. Y aunque esto también es cierto de los barcos mercantes, sin embargo no lo es hasta el mismo punto que en los balleneros. Pues además de la gran duración del viaje de la pesca de la ballena, del gran número de artículos requeridos para llevar a cabo la pesca, y de la imposibilidad de reemplazarlos en los remotos puertos que suelen frecuentarse, se debe recordar que, entre todos los barcos, los balleneros son los más expuestos a accidentes de todas clases, y especialmente, a la destrucción y pérdida de las mismas cosas de que depende más el éxito del viaje. De aquí los botes de repuesto, las vergas de repuesto, las estachas y arpones de repuesto, y los repuestos de todo, casi, salvo un capitán de repuesto y un duplicado del barco.
En la época de nuestra llegada a la isla, el aprovisionamiento más pesado del Pequod estaba casi completo, comprendiendo la carne, galleta, agua, combustible y zunchos y duelas de hierro. Pero, como ya se indicó más arriba, durante algún tiempo hubo un continuo acarreo a bordo de diversas cosas sueltas, tanto grandes como pequeñas.
La más destacada entre las personas que hacían el acarreo era la hermana del capitán Bildad, una flaca anciana de espíritu muy decidido e infatigable, pero no obstante muy benévola, que parecía resuelta a que si ella podía remediarlo, no se echara de menos nada en el Pequod una vez bien metido en el mar. Unas veces llegaba a bordo con un tarro de adobos para la despensa del mayordomo; otras veces, con un manojo de plumas para el escritorio del primer oficial, donde éste llevaba el cuaderno de bitácora; en otra ocasión, con una pieza de franela para la rabadilla reumática de alguno. Nunca hubo mujer que mereciera mejor su nombre, que era Caridad: tía Caridad, como la llamaban todos. Y como una Hermana de la Caridad, esta caritativa Caridad se afanaba de un lado para otro, dispuesta a extender su corazón y sus manos hacia todo lo que prometiera proporcionar seguridad, comodidad y consuelo a cuantos estaban a bordo del barco en que tenía intereses su amado hermano Bildad, y en que ella misma había invertido una veintena o dos de dólares bien ahorrados.
Pero fue desconcertante ver a esta cuáquera de excelente corazón subir a bordo, como lo hizo el último día, con un largo cucharón para aceite en una ¡nano, y un arpón todavía más largo en la otra. Y tampoco se quedaron atrás el propio Bildad ni el capitán Peleg. En cuanto a Bildad, llevaba consigo una larga lista de los artículos necesarios, y, a cada nueva llegada, ponía su señal junto a ese artículo en el papel. De vez en cuando Peleg salía renqueando de su guarida de hueso de ballena, rugía a los hombres en las escotillas, rugía a los aparejadores subidos en los masteleros, y luego terminaba por volver rugiendo a su cabaña india.
Durante esos días de preparativos, Queequeg y yo a menudo visitamos la nave, y también a menudo pregunté por el capitán Ahab, y cómo estaba, y cuándo subiría a bordo de su barco. A esas preguntas me contestaban que se estaba poniendo cada vez mejor y que le esperaban a bordo de un día a otro; mientras tanto, los dos capitanes, Peleg y Bildad, podían ocuparse de todo lo necesario para acondicionar el barco para el viaje. Si yo hubiera sido absolutamente sincero para conmigo mismo, habría visto con toda claridad en mi corazón que no me acababa de gustar comprometerme de ese modo a tan largo viaje sin haber puesto los ojos una sola vez en el hombre que iba a ser su absoluto dictador, tan pronto como el barco saliera a alta mar. Pero cuando un hombre sospecha algo que no está bien, ocurre a veces que, si ya está metido en el asunto, se esfuerza sin sentirlo por esconder sus sospechas incluso ante sí mismo. Y eso es lo que me pasó a mí. No dije nada, y trataba de no pensar nada.
Al fin, se anunció que a cierta hora del día siguiente el barco zarparía con toda seguridad. Así que a la mañana siguiente, Queequeg y yo nos levantamos muy pronto.

XXI. Yendo a bordo

Eran casi las seis, pero sólo con un amanecer a medias, gris y neblinoso, cuando nos acercamos al muelle.
—Hay unos marineros que corren ahí delante, si no veo mal —dije a Queequeg—: no puede ser, una sombra: el barco zarpa al salir el sol, supongo. ¡Vamos allá!
—¡Esperad! —gritó una voz, cuyo propietario, llegando al mismo tiempo junto a nosotros, nos puso una mano a cada uno en el hombro, y luego, introduciéndose entre los dos, se quedó inclinándose un poco hacia delante, en la penumbra incierta, y lanzando extrañas ojeadas desde Queequeg a mí. Era Elías.
—¿Vais a bordo?
—Fuera las manos, ¿quiere? —dije.
—Cuidado —dijo Queequeg, sacudiéndose—: ¡váyase! —¿No vais a bordo, entonces?
—Sí que vamos —dije—, pero, ¿a usted qué le importa? ¿Sabe usted, señor Elías, que le considero un poco impertinente?
—No, no me daba cuenta de eso —dijo Elías lentamente y lanzando miradas interrogativas alternativamente a mí y a Queequeg, con las más inexplicables ojeadas.
—Elías —dije—, mi amigo y yo le estaríamos muy agradecidos si se retirara. Nos vamos al océano Pacífico y al Índico, y preferiría que no nos entretuviera.
—Conque os vais, ¿eh? ¿Volveréis para la hora de desayunar? —Está tocado, Queequeg —dije—, vámonos.
—¡Eh! —gritó Elías, inmóvil, hacia nosotros cuando nos apartamos unos pocos pasos. —No te importe —dije—: Queequeg, vamos.
Pero él volvió a deslizarse hasta nosotros, y echándome de repente la mano por el hombro, dijo:
—¿Has visto algo que parecía unos hombres corriendo hacia el barco, hace un rato?
Sorprendido por esa sencilla pregunta positiva, contesté diciendo: —Sí, me pareció ver a cuatro o cinco hombres, pero estaba demasiado oscuro para tener la seguridad.
—Muy oscuro, muy oscuro —dijo Elías—. Tened muy buenos días.
Una vez más le dejamos, pero otra vez más llegó suavemente por detrás de nosotros, y tocándome de nuevo en el hombro, dijo:
—Mirad si los podéis encontrar ahora, ¿queréis?
—¿Encontrar a quién?
—¡Tened muy buenos días, muy buenos días! —replicó, volviendo a alejarse—. ¡Oh! Era para preveniros contra..., pero no importa, no importa..., es todo igual, todo queda en familia, también...; hay una helada muy fuerte esta mañana, ¿no? Adiós, muchachos. Supongo que no os volveré a ver muy pronto, a no ser ante el Tribunal Supremo.
Y con estas demenciales palabras, se marchó por fin, dejándome por el momento con no poco asombro ante su desatada desvergüenza.
Por fin, subiendo a bordo del Pequoa, lo encontramos todo en profunda calma, sin un alma que se moviera. La entrada de la cabina estaba atrancada por el interior; las escotillas estaban todas cerradas, y obstruidas por rollos de jarcia. Avanzando hasta el castillo de proa, encontramos abierta la corredera del portillo. Al ver una luz, bajamos y encontramos sólo un viejo aparejador, envuelto en un desgarrado chaquetón. Estaba tendido todo lo largo que era sobre dos cofres, con la cara hacia abajo, metida entre los brazos doblados. El sopor más profundo dormía sobre él.
—Aquellos marineros que vimos, Queequeg, ¿dónde pueden haber ido? —dije, mirando dubitativamente al dormido. Pero parecía que, cuando estábamos en el muelle, Queequeg no había adverádo en absoluto aquello a que ahora aludía yo, por lo que habría considerado que sufría una ilusión óptica, de no ser por la pregunta de Elías, inexplicable de otro modo. Pero silencié el asunto, y, volviendo a observar al dormido, sugerí jocosamente a Queequeg que quizá sería mejor que velásemos aquel cuerpo presente, diciéndole que se acomodara del modo adecuado. Él puso la mano en las posaderas del durmiente, como para tocar si eran bastante blandas, y luego, sin más, se sentó encima tranquilamente.
—¡Por Dios, Queequeg, no te sientes ahí! —dije.
—¡Ah, mucho buen sentar! —dijo Queequeg—, como en país mío; no hacer daño su cara.
—¡Su cara! —dije—: ¿le llamas cara a eso? Un rostro muy benévolo, entonces; pero respira muy fuerte: se está incorporando. Quítate, Queequeg, que pesas mucho; eso es aplastar la cara de los pobres. ¡Quítate, Queequeg! Mira, te derribará pronto. Me extraña que no se despierte.
Queequeg se apartó hasta junto a la cabeza del durmiente, y encendió su pipa-hacha. Yo me senté a los pies. Nos pusimos a pasarnos la pipa por encima del durmiente, del uno al otro. Mientras tanto, al preguntarle, Queequeg me dio a entender en su forma entrecortada, que, en su país, debido a la ausencia de sofás y canapés de toda especie, los reyes, jefes y gente importante en general, tenían la costumbre de engordar a algunos de las clases bajas con el, fin de que hicieran de otomanas, y para amueblar cómodamente una casa en ese aspecto, sólo había que comprar ocho o diez tipos perezosos y dejarlos por ahí en los rincones y entrantes. Además, resultaba muy conveniente en una excursión, mucho mejor que esas sillas de jardín que se pliegan en bastones de paseo; pues, llegado el momento, un jefe llamaba a su asistente y le mandaba que se convirtiera en un canapé bajo un árbol umbroso, quizá en algún lugar húmedo y pantanoso.
Mientras narraba esas cosas, cada vez que Queequeg recibía de mí la pipa-hacha, blandía el lado afilado sobre la cabeza del durmiente.
—¿Por qué haces eso, Queequeg?
—Mucho fácil matar él, ¡ah, mucho fácil!
Iba a seguir con algunas locas reminiscencias sobre la pipahacha, que, al parecer, en ambos usos, había roto el cráneo a sus enemigos y había endulzado su propia alma, cuando fuimos totalmente reclamados por el aparejador dormido. El denso vapor que ahora llenaba por completo el angosto agujero, empezaba a hacerse notar en él. Respiraba con una suerte de ahogo; luego pareció molesto en la nariz; luego se revolvió una vez o dos, y por fin se incorporó y se restregó los ojos.
—¡Eh! —exhaló por fin—: ¿quiénes sois, fumadores? —Hombres de la tripulación —contesté—: ¿cuándo se zarpa? —Vaya, vaya, ¿conque vais aquí de marineros? Se zarpa hoy. El capitán llegó a bordo anoche.
—¿Qué capitán? ¿Ahab?
—¿Quién va a ser, si no?
Iba a preguntarle algo más sobre Ahab, cuando oímos un ruido en cubierta.
—¡Vaya! Starbuck ya está en movimiento —dijo el aparejador—. Es un primer oficial muy vivo; hombre bueno y piadoso, pero ahora muy vivo: tengo que ir allá. —Y así diciendo, salió a la cubierta y le seguimos.
Ahora amanecía claramente. Pronto llegó la tripulación a bordo, en grupos de dos o tres; los aparejadores se movieron; los oficiales se ocuparon activamente, y varios hombres de tierra se afanaron en traer varias cosas últimas a bordo. Mientras tanto, el capitán Ahab permanecía invisiblemente reservado en su cabina.

XXII. Feliz Navidad

Al fin, hacia mediodía, después de despedir por último a los aparejadores del barco, y después que el Pequod fue halado del muelle, y después que la siempre preocupada Caridad nos alcanzó en una lancha ballenera con su último regalo —un gorro de dormir para Stubb, el segundo oficial, cuñado suyo, y una Biblia de repuesto para el mayordomo—, después de todo eso, los dos capitanes Peleg y Bildad salieron de la cabina, y Peleg, dirigiéndose al primer oficial, dijo:
—Bueno, señor Starbuck, ¿está usted seguro de que todo está bien? El capitán Ahab está preparado: acabo de hablar con él. No hay más que recibir de tierra, ¿eh? Bueno, llame a todos a cubierta, entonces. Póngalos aquí para pasar revista, ¡malditos sean!
—No hay necesidad de palabras profanas, aunque haya mucha prisa, Peleg —dijo Bildad—, pero ve allá, amigo Starbuck, y cumple nuestro deseo.
¡Cómo era eso! Aquí, a punto mismo de partir para el viaje, el capitán Peleg y el capitán Bildad andaban por la toldilla como unos señores, igual que si fueran a ser conjuntamente los capitanes de la travesía, como para todo lo demás lo eran en el puerto. Y, en cuanto al capitán Ahab, todavía no se veía ni señal de él; solamente decían que estaba en la cabina. Pero, entonces, había que pensar que su presencia no era en absoluto necesaria para que el barco levara el ancla y saliese con facilidad al mar. Ciertamente, todo eso no era en rigor asunto suyo, sino del piloto, y como todavía no estaba completamente recuperado —según decían—, por consiguiente, el capitán Ahab se quedaba abajo. Y todo ello parecía bastante natural, principalmente dado que en la marina mercante muchos capitanes no se muestran jamás en cubierta durante un considerable tiempo después de levar anclas, sino que se quedan en la mesa de la cabina, haciendo un festejo de despedida con sus amigos de tierra, antes que éstos abandonen definitivamente el barco con el piloto.
Pero no hubo mucha ocasión de reflexionar sobre el asunto, pues el capitán Peleg estaba ahora en plena actividad. Parecía que él y no Bildad, hacía la mayor parte de la conversación y las órdenes.
—¡Aquí a popa, hijos de solteros! —gritó, cuando los marineros se demoraban junto al palo mayor—. Señor Starbuck, échelos a popa.
—¡Derribad la tienda! —fue la siguiente orden. Como ya sugerí, esa marquesina de ballena no se izaba sino en el puerto, y a bordo del Pequoch desde hacía treinta años, se sabía que la orden de derribar la tienda venía después de la de levar anclas.
—¡Al cabrestante! ¡Sangre y truenos!, ¡corriendo! —fue la siguiente orden, y la tripulación saltó por los espeques.
Entonces, al levar anclas, la posición habitualmente ocupada por el piloto es la parte delantera del barco. Y allí Bildad, que igual que Peleg, ha de saberse que era uno de los pilotos licenciados del puerto, en adición a sus demás funciones (y se sospechaba que se había hecho piloto para ahorrarse los derechos de práctico de Nantucket en todos los barcos en que tenía intereses, pues nunca pilotaba otras embarcaciones), Bildad, como digo, se mostraba ahora activamente ocupado mirando por la proa el ancla que se acercaba, y de vez en cuando cantando lo que parecía una lúgubre estrofa de salmo para animar a los marineros en el cabrestante, que lanzaban en rugido una especie de coro sobre las muchachas de Booble Alley, y su buena voluntad. No obstante, no hacía tres días que Bildad les P había advertido que no se consentirían canciones profanas a bordo del Pequod, sobre todo al levar anclas, y Caridad, su hermana, había puesto un pequeño ejemplar selecto de Watts en la litera de cada tripulante.
Mientras tanto, inspeccionando la otra parte del barco, el capitán Peleg imprecaba y juraba a popa del modo más espantoso. Casi creí que hundiría el barco antes que pudiera levarse el ancla; involuntariamente me detuve en mi espeque, y dije a Queequeg que hiciera lo mismo, al pensar en los peligros que corríamos empezando el viaje con semejante diablo como piloto. No obstante, me consolaba con la idea de que podría encontrarse alguna salvación en el piadoso Bildad, a pesar de lo de la setecientas sesenta y sieteava parte, cuando sentí un repentino y fuerte golpe en el trasero, y al volverme, me quedé horrorizado ante la aparición del capitán Peleg en el acto de retirar la pierna de mi inmediata cercanía. Era mi primer golpe.
—¿Así es como se leva ancla en la marina mercante? —rugió—. ¡Salta y corre, cabeza de carnero; salta y rómpete el espinazo! ¿Por qué no empujáis, dijo yo, todos vosotros? ¡Saltad! ¡Quohog! Salta tú, el tipo de las patillas rojas; salta, gorro escocés; salta, el de los pantalones verdes. Saltad todos vosotros, os digo, y ¡a ver si os saltáis los ojos!
Y diciendo así, se movía a lo largo del molinete, usando acá y allá la pierna con generosidad, mientras el imperturbable Bildad seguía marcando el compás con su salmodia. Pensé que el capitán Peleg debía haber bebido algo aquel día.
Por fin, se levó el ancla, se largaron las velas y nos deslizamos adelante. Era un día de Navidad, corto y frío, y cuando el breve día nórdico se fundió en noche, nos encontramos casi en alta mar en el invernal océano, cuya congeladora salpicadura nos envolvía en hielo como en una armadura pulida. Las largas filas de dientes en las amuradas destellaban a la luz de la luna, y, como vastos colmillos marfileños de algún enorme elefante, enormes carámbanos curvados colgaban de la proa.
El flaco Bildad, como piloto, mandó el primer cuarto de guardia, y de vez en cuando, mientras la vieja embarcación se zambullía profundamente en los verdes mares, enviando el hielo ateridor por encima de ella, y los vientos aullaban, y las jarcias vibraban, se oían sus firmes notas:

Tras las hinchadas aguas, bellos campos
Revestidos están de verde vivo.
Tal vieron los judíos Canaán,
tras el jordán que ante ellos discurría.



Nunca me sonaron tan dulcemente aquellas dulces palabras como entonces. Estaban llenas de esperanza y alegría. A pesar de la noche invernal en el rugiente Atlántico, a pesar de mis pies mojados y mi chaquetón aún más mojado, todavía me parecía que me estaban reservados muchos puertos placenteros, y prados y claros tan eternamente primaverales, que la hierba brotada en abril permanece intacta y sin hollar hasta el estío.
Al fin alcanzamos alta mar de tal modo que ya no fueron necesarios los dos pilotos. La gruesa barca de vela que nos había acompañado empezó a ponerse al costado.
Fue curioso y nada desagradable cómo se sintieron afectados Peleg y Bildad en aquella ocasión, sobre todo el capitán Bildad. Pues reacio todavía a marchar, muy reacio a dejar definitivamente un barco destinado a un viaje tan largo y peligroso, más allá de ambos cabos tormentosos, un barco en que se habían invertido varios millares de sus dólares duramente ganados, un barco en que navegaba de capitán un antiguo compañero, un hombre casi tan viejo como él, saliendo una vez más al encuentro de todos los terrores de la mandíbula inexorable; reacio a decir adiós a una cosa en todos sentidos tan rebosante de todo interés para él, el pobre Bildad se demoró mucho tiempo, recorrió la cubierta con zancadas ansiosas, bajó corriendo a la cabina a decir otras palabras de despedida, volvió a subir a cubierta y miró a barlovento, miró las anchas e ilimitadas aguas, sólo ceñidas por los remotos e invisibles continentes orientales, miró a la arboladura, miró a derecha e izquierda, miró a todas partes y a ninguna, y por fin, retorciendo maquinalmente un cabo en su tolete, agarró de modo convulsivo al robusto Peleg de la mano, y, levantando una linterna, por un momento se le quedó mirando a la cara con aire heroico, como si dijera: «A pesar de todo, amigo Peleg, lo puedo soportar; sí que puedo».
En cuanto al propio Peleg, lo tomaba con más filosofía, pero, aun con toda su filosofía, se vio una lágrima brillando en sus ojos cuando la linterna se le acercó demasiado. Y, él, también, corrió no poco de cabina a cubierta; unas veces diciendo una palabra abajo, y otras veces una palabra a Starbuck, el primer oficial.
Pero por fin se volvió hacia su compañero, con un aire terminante:
—¡Capitán Bildad! ¡Vamos, viejo compañero, tenemos que marcharnos! ¡Cambia la verga mayor! ¡Ah del bote! ¡Atención, al costado ahora! ¡Cuidado, cuidado! Vamos, Bildad, muchacho; di adiós. Mucha suerte, Starbuck..., mucha suerte, señor Stubb..., mucha suerte, señor Flask... Adiós, y mucha suerte a todos... y de hoy en tres años tendré una cena caliente humeando para vosotros en la vieja Nantucket. ¡Hurra, y vamos!
—Dios os bendiga, y manteneos en Su santa observancia, muchachos —murmuró el viejo Bildad, casi incoherentemente—. Espero que ahora tendréis buen tiempo, de modo que el capitán Ahab pueda pronto andar entre vosotros; un sol agradable es todo lo que necesita, y ya lo tendréis de sobra en el viaje al trópico adonde vais. Tened cuidado en la caza, marineros. No desfondéis los botes sin necesidad, arponeros; las cuadernas de buena madera de cedro blanco han subido el tres por ciento este año. No olvidéis tampoco vuestras oraciones. Señor Starbuck, fíjese que el tonelero no desperdicie las duelas de repuesto. ¡Ah, las agujas para las velas están en la caja verde! No pesquéis mucho en los días del Señor, muchachos; pero tampoco desperdiciéis una buena ocasión, que es rechazar los buenos dones del Cielo. Tenga ojo con la caja de la melaza, señor Stubb; me pareció que se salía un poco. Si tocan en las islas, señor Flask, cuidado con la fornicación. ¡Adiós, adiós! No guarde mucho tiempo ese queso en la bodega, señor Starbuck: se estropeará. Cuidado con la manteca: a veinte centavos estaba la libra, y fijaos, si...
—¡Vamos, vamos, capitán Bildad, basta de cháchara; vamos! —Y diciendo esto, Peleg le empujó apresuradamente por la banda, y los dos se dejaron caer en el bote.
Barco y bote se separaron; la fría y húmeda brisa nocturna sopló entre ellos; una gaviota volvió chillando por encima; las dos embarcaciones se agitaron locamente; lanzamos tres hurras con el corazón oprimido, y nos sumergimos ciegamente, como el hado, en el solitario Atlántico.

XXIII. La costa a sotavento

Varios capítulos atrás se habló de un tal Bulkington, un marinero alto, recién desembarcado, a quien encontré en la posada de New Bedford.
Cuando, en aquella ateridora noche de invierno, el Pequod metía su vengadora proa en las frías olas malignas, ¡a quién vi, de pie en la caña, sino a Bulkington! Con respetuosa simpatía y con temor miré a aquel hombre que, recién desembarcado en pleno invierno de un peligroso viaje de cuatro años, podía volver a lanzarse otra vez, con tal falta de sosiego, para otra temporada de tormentas. La tierra parecía abrasarle los pies. Las cosas más maravillosas son siempre las inexpresables; las memorias profundas no dan lugar a epitafios; así este capítulo de seis pulgadas es la tumba sin lápida de Bulkington. He de decir sólo que su suerte era como la de un barco agitado por las tormentas, que avanza miserablemente a lo largo de la costa a sotavento. El puerto le daría socorro de buena gana: el puerto es compasivo: en el puerto hay seguridad, consuelo, hogar encendido, cena, mantas calientes, amigos, todo lo que es benigno para nuestra condición mortal. Pero en esa galerna, el puerto y la tierra son el más terrible peligro para el barco: debe rehuir toda hospitalidad; un toque de la tierra, aunque sólo arañara la quilla, le haría estremecerse entero. Con toda su energía hace fuerza de velas para alejarse de tierra; al hacerlo, lucha con los mismos vientos que querrían impulsarlo hacia el puerto, y vuelve a buscar todo el desamparo del mar sacudido, precipitándose perdidamente al peligro por ansia de refugio; ¡con su único amigo como su más cruel enemigo!
¿Lo sabes ahora, Bulkington? ¿Te parece ver destellos de esta verdad mortalmente intolerable: que todo profundo y grave pensar no es sino el esfuerzo intrépido del alma para mantener la abierta independencia de su mar, mientras que los demás desatados vientos de cielo y tierra conspiran para lanzarla a la traidora y esclavizadora orilla?
Pero como sólo en estar lejos de tierra reside la más alta verdad, sin orilla y sin fin, como Dios; así, más vale perecer en ese aullar infinito que ser lanzado sin gloria a sotavento, aunque ello sea salvación. Pues entonces ¡oh! ¿Quién se arrastraría cobardemente a tierra como un gusano? ¡Terrores de lo terrible!, ¿es tan vana toda esta agonía? ¡Ten ánimos, ten ánimos, oh, Bulkington! ¡Manténte fieramente, semidiós! ¡Yérguete entre el salpicar de tu hundimiento en el océano; sube derecho, salta a tu apoteosis!

XXIV. El abogado defensor

Como Queequeg y yo estamos ya lindamente embarcados en este asunto de la pesca de la ballena, y como este asunto de la pesca de la ballena, no sé por qué, ha llegado a ser considerado entre la gente de tierra como una dedicación más bien antipoética y deshonrosa, en vista de eso, tengo el mayor afán de convenceros, oh gente de tierra, de la injusticia que nos hacéis así a los cazadores de ballenas.
En primer lugar, quizá ha de considerarse superfluo indicar el hecho de que, entre la gente que anda por ahí la ocupación de la pesca de la ballena no se estima al nivel de lo que se llama las profesiones liberales. Si entra en una sociedad heterogénea de la capital un desconocido, no mejorará demasiado la opinión común sobre sus méritos el hecho de que le presenten a los reunidos como un arponero, digamos; y si, emulando a los oficiales de Marina, añade en su tarjeta de visita las iniciales R C. (Pesquería de Cachalote), tal iniciativa se considerará sumamente presuntuosa y ridícula.
Sin duda, una razón dominante por la que el mundo rehúsa honrarnos a los balleneros es ésta: se piensa que, en el mejor de los casos, nuestra vocación no llega a ser más que una ocupación parecida a la del matarife; y que, cuando estamos activamente dedicados a ella, nos rodea toda suerte de suciedades. Sí que somos matarifes, es verdad. Pero matarifes también, y matarifes de la más sanguinaria categoría, han sido todos los jefes militares a quienes el mundo se complace infaliblemente en honrar. Y en cuanto a la cuestión de la falta de limpieza que se atribuye a nuestra tarea, pronto seréis iniciados en ciertos hechos, hasta ahora casi universalmente desconocidos, que, en conjunto, situarán triunfalmente al barco ballenero entre las cosas más limpias de esta pulcra tierra. Pero aun concediendo que la acusación susodicha fuera cierta, ¿qué cubiertas desordenadas y resbalosas de un ballenero son comparables a la indecible carroña de esos campos de batalla de que tantos soldados regresan para beber entre el aplauso de todas las damas? Y si la idea de peligro realza el concepto popular de la profesión del soldado, permitidme aseguraros que muchos veteranos que han avanzado contra una batería retrocederían rápidamente ante la aparición de la vasta cola del cachalote agitando el aire en remolinos sobre sus cabezas. Pues ¿qué son los comprensibles terrores del hombre comparados con los terrores y prodigios entremezclados de Dios?
Pero aunque el mundo nos desprecie a los cazadores de ballenas, sin embargo, nos rinde inconscientemente el más profundo homenaje, sí, una adoración desbordada Pues casi todos los candelabros, lámparas y velas que arden alrededor del globo, arden a nuestra gloria, como ante nichos sagrados.
Mirad, no obstante, el asunto bajo otras luces; pesadlo en toda clase de balanzas; mirad qué somos y hemos sido los balleneros.
¿Por qué los holandeses, en tiempo de De Witt, tenían almirantes de sus flotas balleneras? ¿Por qué Luis XVI de Francia, a sus propias expensas, armó barcos balleneros en Dunkerque, y cortésmente invitó a esa ciudad a un par de veintenas de familias de nuestra propia isla de Nantucket? ¿Por qué Gran Bretaña, entre los años 1750 y 1788, pagó a sus balleneros subvenciones por más de un millón de libras? Y finalmente, ¿cómo es que los balleneros de América superamos en número al resto de todos los balleneros del mundo reunidos, navegamos en una flota de más de setecientos navíos tripulados por dieciocho mil hombres, consumiendo al año cuatro millones de dólares, mientras que los barcos valen, en el momento de zarpar, veinte millones, y todos los años traen a los puertos una bien segada cosecha de siete millones? ¿Cómo ocurre todo esto, si no hay algo potente en la pesca de la ballena?
Pero esto no es ni la mitad: mirad otra vez.
Afirmo francamente que el filósofo cosmopolita no puede, ni aunque le vaya en ello la vida, señalar una única influencia pacífica que en lo últimos sesenta años haya operado más poderosamente en todo el ancho mundo, tomado en un solo conjunto, que la alta y potente ocupación de la pesca de la ballena. De un modo o de otro, ha dado lugar a acontecimientos tan notables en sí mismos, y tan ininterrumpidamente importantes en sus resultados consiguientes, que la pesca de la ballena puede muy bien considerarse como aquella madre egipcia que producía retoños que a su vez llevaban fruto en el vientre. Catalogar estas cosas sería tarea interminable y desesperanzada. Baste un puñado. Desde hace muchos años el barco ballenero ha sido el pionero que ha enlazado las partes más remotas y menos conocidas de la tierra. Ha explorado mares y archipiélagos que no estaban en el mapa, y por donde no habían navegado ningún Cook ni ningún Vancouver. Si ahora los buques de guerra americanos y europeos anclan pacíficamente en puertos antaño salvajes, han de disparar salvas en honor y gloria del barco ballenero, que fue el primero en enseñarles el camino y el primero en servirles de intérprete con los salvajes. Podrán celebrar como quieran a los héroes de las expediciones de exploración, vuestros Cooks y Krusensterns, pero yo digo que docenas de capitanes anónimos que zarparon de Nantucket eran tan grandes o más que vuestros Cooks y Krusen sterns. Pues desamparados y con las manos vacías, ellos, en las paganas aguas con tiburones, y junto a las playas de islas sin señalar, llenas de jabalinas, batallaron con prodigios y terrores vírgenes que Cook no se hubiera atrevido a afrontar de buena gana ni aun con todos sus mosquetes y su infantería de marina. Todo eso que se ensalza tanto en los antiguos viajes al mar del Sur, eran cosas de rutina de toda la vida para nuestros heroicos hombres de Nantucket. A menudo, las aventuras a que Vancouver dedica tres capítulos, esos hombres las juzgaron indignas de registrarse en el cuaderno de bitácora del barco. ¡Ah, el mundo! ¡Oh, el mundo!
Hasta que la pesca de la ballena dobló el cabo de Hornos, no había más comercio que el colonial, ni apenas más intercambio que el colonial, entre Europa y la larga línea de opulentas provincias españolas de la costa del Pacífico. Fue el ballenero quien primero irrumpió a través de la celosa política de la corona española, tocando en esas colonias y, si lo permitiera el espacio, se podría demostrar detalladamente cómo gracias a esos balleneros tuvo lugar por fin la liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, estableciéndose la eterna democracia en aquellas partes.
Esa gran América del otro lado del globo, Australia, fue dada al mundo ilustrado por el ballenero. Después de su primer descubrimiento, debido a un error, por un holandés, todos los demás barcos rehuyeron durante mucho tiempo esas costas como bárbaras y pestíferas; pero el barco ballenero tocó en ellas. El barco ballenero es la verdadera madre de la que ahora es poderosa colonia. Además, en la infancia de la primera colonización australiana, los emigrantes se salvaren muchas veces de morir de hambre gracias a la benéfica galleta del ballenero que por casualidad feliz echó el ancla en sus aguas. Las incontadas islas de toda Polinesia confiesan la misma verdad, y rinden homenaje comercial al barco ballenero que abrió el camino al misionero y al mercader, y que en muchos casos llevó a los misioneros a su primer destino. Si ese país a doble cerrojo, el Japón, alguna vez se vuelve hospitalario, se deberá el mérito solamente al barco ballenero, pues ya está en su umbral.
Pero si, a la vista de todo esto, seguís declarando que la pesca de la ballena no tiene conexión con recuerdos estéticamente nobles, entonces estoy dispuesto a romper cincuenta lanzas con vosotros, y a descabalgaros a cada vez con el yelmo partido.
La ballena, diréis, no tiene ningún escritor famoso, ni la pesca de la ballena tiene cronista célebre.
¿Ningún escritor famoso la ballena, ni cronista célebre la pesca de la ballena? ¿Quién escribió la primera noticia de nuestro leviatán? ¿Quién, sino el poderoso Job? ¿Y quién compuso la primera narración de un viaje de pesca de la ballena? ¡Nada menos que un príncipe como Alfredo el Grande, que, con su real pluma, apuntó las palabras de Other, el cazador de ballenas noruego de aquellos tiempos! ¿Y quién pronunció nuestro encendido elogio en el Parlamento? ¿Quién sino Edmund Burke?
Es bastante cierto, pero, con todo, los balleneros mismos son unos pobres diablos: no tienen buena sangre en las venas.
¿No tienen buena sangre en las venas? Tienen en ellas algo mejor que sangre real. La abuela de Benjamin Franklin era Mary Morrel, que luego, por matrimonio, fue Mary Folger, una de las antiguas colonizadoras de Nantucket, y antepasada de una larga línea de Folgers y arponeros —todos ellos parientes del noble Benjamín—, que en nuestros días lanzan el afilado acero de un lado a otro del mundo.
Está bien, también; pero todo el mundo reconoce que la pesca de la ballena no es nada respetable.
¿Que la pesca de la ballena no es nada respetable? ¡La pesca de la ballena es imperial! Por una antigua ley estatuida por los ingleses, la ballena se declara «pez real».
¡Ah, eso es sólo nominal! La propia ballena nunca ha figurado de manera grandiosa e imponente.
¿Que la ballena nunca ha figurado de manera grandiosa e imponente? En uno de los magníficos triunfos concedidos a un general romano a su entrada en la capital del mundo, los huesos de una ballena, traídos desde la costa siria, fueron el objeto más sobresaliente en aquella procesión estruendosa de platillos.
Concedido, puesto que lo cita; pero, diga usted lo que quiera, no hay auténtica dignidad en la pesca de la ballena.
¿Que no hay dignidad en la pesca de la ballena? Los mismos cielos atestiguan la dignidad de nuestra profesión. ¡Ceteo es una constelación del hemisferio sur! ¡Basta ya! ¡Encajaos el sombrero en presencia del zar, pero descubríos ante Queequeg! ¡Basta ya! Conozco a un hombre que, en toda su vida, ha cazado trescientas cincuenta ballenas. Yo considero a ese hombre más honorable que a aquel gran capitán de la antigüedad que se jactaba de haber tomado otras tantas ciudades amuralladas.
Y en cuanto a mí, si cupiera alguna probabilidad de que hubiera en mí alguna cosa excelente sin descubrir; si alguna vez merezco cierta reputación auténtica en ese mundo, reducido, pero elevadamente acallado, por entrar en el cual podría sentir ambiciones no del todo irrazonables; si en lo sucesivo hago algo que, en conjunto, un hombre preferiría haber hecho en lugar de haber dejado de hacer; si a mi muerte mis albaceas, o más exactamente, mis acreedores, encuentran en mi escritorio algún precioso manuscrito, entonces, desde este momento atribuyo en previsión todo el honor y la gloria a la pesca de la ballena, pues un barco ballenero fue mi universidad de Yale y mi Harvard.

XXV. Apéndice

En sustento de la dignidad de la pesca de la ballena, no querría aducir más que hechos comprobados. Pero después de hacer entrar en combate sus hechos, ¿no sería digno de censura un abogado defensor que suprimiera por entero una hipótesis nada irrazonable que podría hablar elocuentemente a favor de su casa?
Es bien sabido que en la coronación de los reyes y reinas, incluso de nuestro tiempo, se realiza cierto curioso proceso de sazonarlos para sus funciones. Hay un salero real, así llamado, y es posible que haya unas vinagreras reales. ¿Cómo usan exactamente la sal; quién lo sabe? Pero estoy seguro de que la cabeza de un rey es solemnemente aceitada en su coronación, igual que una lechuga en ensalada. ¿Será posible, sin embargo, que la unjan con vistas a que su interior corra bien, igual que se unge la maquinaria? Mucho se podría rumiar aquí, en cuanto a la dignidad esencial de este proceso real, porque en la vida corriente consideramos bajo y despreciable al tipo que se unge el pelo y huele perceptiblemente a ese ungüento. En realidad, un hombre maduro que use aceite para el pelo, a no ser en forma medicinal, probablemente tiene algún punto débil en algún sitio. Por regla general, no puede valer mucho en su integridad.
Pero la única cosa a considerar aquí es ésta: ¿qué clase de aceite se usa en las coronaciones? Ciertamente que no puede ser aceite de oliva, ni aceite de ricino, ni aceite de oso, ni aceite de pescado, ni aceite de hígado de bacalao. ¿Cuál es posible que sea entonces, sino el aceite de ballena en su estado natural y sin purificar, el más grato de todos los aceites?
¡Pensad en eso, oh, leales británicos! ¡Nosotros, los balleneros, proporcionamos a vuestros reyes y reinas la materia de la coronación!

XXVI. Caballeros y escuderos

El primer oficial del Pequod era Starbuck, natural de Nantucket, y cuáquero por descendencia. Era un hombre largo y serio, y, aunque nacido en una costa gélida, parecía muy apropiado para soportar latitudes cálidas, por ser tan dura su carne como la galleta bizcocha. Transportado a las Indias, su sangre viva no se estropearía como la cerveza embotellada. Debía haber nacido en alguna época de sequía y hambre general, o en uno de esos días de ayuno por los que es tan famoso su Estado. Sólo había visto treinta áridos veranos: esos veranos habían desecado toda su superficie física. Pero eso, su flacura, por así decir, no parecía ya señal de ansiedades y cuidados agostadores, ni tampoco indicación de ningún desgaste corporal. Era simplemente la condensación de aquel hombre. No tenía en absoluto mal aspecto; al contrario. Su pura y tensa piel se le ajustaba de modo excelente, y apretadamente envuelto en ella, y embalsamado en fuerza íntima y en salud, como un egipcio revivido, este Starbuck parecía preparado a soportar largas épocas venideras, y a soportarlas siempre como ahora; pues, con nieve polar o sol tórrido, como un cronómetro patentado, su vitalidad interior estaba garantizada para salir adelante en todos los climas. Mirándole a los ojos, a uno le parecía ver en ellos las imágenes demoradas de aquellos múltiples peligros que había afrontado con calma en toda su vida: hombre firme y sólido, cuya vida, en su mayor parte, había sido una elocuente pantomima de acción, y no un manso capítulo de palabras. Sin embargo, con toda su curtida fortaleza y sobriedad, había en él ciertas cualidades que algunas veces afectaban, y aun en ciertas ocasiones parecían casi contrapesar a todo el resto. Insólitamente concienzudo para ser un marinero, y dotado de honda reverencia natural, la soledad salvaje y acuática de su vida le inclinaba fuertemente, por tanto, a la superstición, pero a esa suerte de superstición que en ciertos caracteres parece proceder más bien de la inteligencia que de la ignorancia. Lo suyo eran portentos exteriores y presentimientos interiores. Y si a veces esas cosas doblaban el hierro soldado de su alma, los lejanos recuerdos domésticos de su joven mujer y su hijo, en el Cabo, tendían mucho más a desviarle de la rudeza originaria de su naturaleza, y abrirle aún más a esas influencias latentes que, en algunos hombres de corazón honrado, refrenan el empuje de la temeridad diabólica tan a menudo evidenciada por otros en las vicisitudes más peligrosas de la pesca de la ballena.
—No quiero en mi bote a ninguno —decía Starbuck— que no tenga miedo de la ballena.
Con eso parecía querer decir no solamente que el valor más útil y digno de confianza es el que surge de la estimación realista del peligro encontrado, sino que un hombre totalmente sin miedo es un compañero mucho más peligroso que un cobarde.
—Sí, sí —decía Stubb, el segundo oficial—: este Starbuck es un hombre tan cuidadoso como pueda encontrarse en cualquier lado en la pesca de la ballena.
Pero no tardaremos en ver lo que significa exactamente esa palabra «cuidadoso» cuando la usa un hombre como Stubb o casi cualquier otro cazador de ballenas.
Starbuck no iba en una cruzada en busca de peligros; en él, el valor no era un sentimiento, sino una cosa simplemente útil para él, y siempre a mano para todas las ocasiones prácticas de la vida. Además pensaba, quizá, que en este asunto de la pesca de la ballena el valor era una de las grandes provisiones necesarias para el barco, como la carne y la galleta, que no se podían derrochar locamente. Por lo tanto, no tenía ganas de arriar las lanchas en busca de ballenas después de la puesta del sol, ni se empeñaba en cazar un pez que se obstinase en luchar contra él. Pues Starbuck pensaba: «Aquí estoy en este crítico océano para ganarme la vida matando ballenas, y no para que ellas me maten ganándose la suya»; y Starbuck sabía muy bien que centenares de hombres habían muerto así. ¿Cuál había sido el destino de su propio padre? ¿Dónde, en qué profundidades insondables, podría encontrar los miembros despedazados de su hermano?
Con recuerdos como éstos en él, y además, dado a cierta superstición, como se ha dicho, el valor de este Starbuck, si a pesar de todo podía mostrarse, debía ser extremado. Pero en un hombre así constituido, y con experiencias y recuerdos tan terribles como él tenía, no entraba en lo natural que esas cosas dejaran de engendrar ocultamente en él un elemento que, en circunstancias adecuadas, irrumpiera saliendo de su encierro y quemara todo su valor. Y por valiente que fuera, era principalmente de esa clase de valentía, visible en ciertos hombres intrépidos, que, aunque suelen mantenerse firmes en el combate con los mares, o los vientos, o las ballenas, o cual quiera de los acostumbrados horrores irracionales de este mundo, no pueden, sin embargo, resistir esos terrores, más espantosos por ser más espirituales, que a veces le amenazan a uno en el ceño fruncido de un hombre colérico y poderoso.
Pero si la narración siguiente hubiera de revelar en algún caso el desplome completo de la fortaleza del pobre Starbuck, apenas habría tenido yo ánimo para escribirla, pues es cosa lamentable, e incluso desagradable, mostrar el hundimiento del valor de un alma. Los hombres pueden parecer detestables en cuanto sociedades anónimas y naciones; podrá haber seres serviles, locos y asesinos; pero el hombre, en su ideal, es tan noble y resplandeciente, tan grandiosa y refulgente criatura, que todos sus semejantes deberían correr a echar sus vestiduras más preciosas sobre cualquier mancha ignominiosa que haya en él. Esa virilidad inmaculada que sentimos dentro de nosotros, tan en lo hondo que permanece intacta aun cuando parezca perdido todo el carácter exterior, sangra con la más penetrante angustia ante el espectáculo desnudo de un hombre hundido en su valor. Ni aun la propia piedad, ante una visión tan vergonzosa, puede ahogar del todo sus reproches hacia las estrellas que lo consienten. Pero la augusta dignidad de que trato no es la dignidad de los reyes y los mantos, sino esa dignidad sobreabundante que no se reviste de ningún ropaje. La veréis resplandecer en el brazo que blande una pica o que clava un clavo; es esa dignidad democrática que, en todas las manos, irradia sin fin desde Dios, desde Él mismo, el gran Dios absoluto, el centro y circunferencia de toda democracia; ¡Su omnipresencia, nuestra divina igualdad!
Entonces, si en lo sucesivo atribuyo cualidades elevadas, aunque oscuras, a los más bajos marineros, renegados y proscritos; si en torno de ellos urdo gracias trágicas; sí aun el más lúgubre, y acaso el más rebajado de ellos, a veces se eleva hasta las montañas sublimes; si pongo un poco de luz etérea en el brazo de ese trabajador; si extiendo un arco iris sobre su desastroso ocaso; entonces, contra todos los críticos mortales, ¡sosténme en eso, oh Tú, justo Espíritu de la Igualdad, que has extendido un único manto real de humanidad sobre toda mi especie! ¡Sosténme, oh Tú, gran Dios democrático, que no rehusaste la pálida perla poética al negro prisionero, Bunyan; Tú que envolviste, con hojas doblemente martilladas del más fino oro, el brazo mutilado y empobrecido del viejo Cervantes; Tú, que elegiste a Andrew Jackson de entre los guijarros, que lo lanzaste sobre un caballo de guerra, y que le hiciste tronar más alto que en un trono! ¡Tú, que en todos tus poderosos recorridos por la tierra siempre escoges a tus campeones más selectos entre la realeza de los sencillos; sosténme en esto, oh Dios!

XXVII. Caballeros y escuderos

El segundo oficial era Stubbs. Era natural de Cabo Cod, y por ello, según el uso local, se le llamaba un «cabocodense». Despreocupado, ni cobarde ni valiente, tomando los peligros según venían, con aire indiferente, y, mientras se ocupaba en las crisis más apremiantes de la persecución, despachando el trabajo, tranquilo y concentrado como un carpintero ambulante contratado para el año. Bienhumorado, tranquilo y descuidado, presidía su barco ballenero como si el encuentro más peligroso no fuera más que una cena, y la tripulación, sus comensales invitados. Era tan meticuloso en cuanto a los arreglos de comodidad de su parte de embarcación como un viejo cochero de diligencia en cuanto a lo confortable de su pescante.
Al acercarse a la ballena, en el mismísimo apretón mortal de la pelea, manejaba su inexorable arpón con frialdad y al desgaire, como un hojalatero que silba mientras martilla. Canturreaba sus viejas melodías de rigodón mientras estaba flanco a flanco del más furioso monstruo. La larga costumbre, para este Stubbs, había convertido las fauces de la muerte en una butaca. No hay modo de saber qué pensaba de la muerte misma. Podría preguntarse si alguna vez pensaba en ella, en absoluto, pero si alguna vez inclinaba su mente hacia ese lado, después de una grata comida, no hay duda de que, como buen marinero, la consideraba como una especie de llamada de guardia para salir a cubierta y ocuparse allí en algo que ya vería qué era cuando obedeciera la orden, pero no antes.
Lo que quizá, con otras cosas, hacía de Stubbs un hombre tan tranquilo y sin miedo, tan alegre al llevar adelante la carga de la vida por un mundo lleno de serios vendedores ambulantes, curvados todos ellos hacia el suelo con sus fardos; lo que ayudaba a producir aquel buen humor suyo, casi impío, debía de ser su pipa. Pues, igual que su nariz, su pequeña pipa, corta y negra, era uno de los rasgos habituales de su cara. Casi habría sido más fácil esperar que saliera de su litera sin nariz antes que sin pipa. Tenía allí, dispuestas y cargadas, toda una fila de pipas, metidas en una espetera, al fácil alcance de la mano; y siempre que se acostaba, las fumaba todas seguidas, encendiendo una con otra hasta el fin de la serie, y luego volviéndolas a cargar para que estuvieran de nuevo dispuestas. Pues cuando se vestía, Stubbs se ponía la pipa en la boca antes de meter las piernas en los pantalones.
Digo que este modo continuo de fumar debía de ser, por lo menos, una causa de su disposición peculiar, pues todos saben que este aire terrenal, en tierra o a flote, está terriblemente infectado de las miserias sin nombre de los innumerables mortales que han muerto respirándolo; y del mismo modo que, en épocas de cólera, algunos andan con un pañuelo alcanforado en la boca, igualmente el tabaco de Stubbs podría actuar como una especie de agente desinfectante contra todas las tribulaciones mortales.
El tercer oficial era Flask, natural de Tisbury, en Martha's Vineyard. Un joven rechoncho, robusto y rubicundo, muy belicoso en cuanto a las ballenas, que parecía pensar, no sé por qué, que los grandes leviatanes le habían afrentado de modo personal y hereditario; y por consiguiente, para él era punto de honor destruirlos siempre que los encontrara. Tan absolutamente perdido estaba para todo sentido de reverencia hacia las muchas maravillas de su majestuosa mole y sus místicas maneras, y tan insensible a nada parecido a la conciencia de ningún peligro posible en su encuentro, que, en su pobre opinión, la prodigiosa ballena era sólo una especie de ratón o, por lo menos, de rata de agua vista con aumento, que requería sólo un pequeño rodeo y alguna ligera aplicación de tiempo y molestia para matarla y cocerla. Esta falta de temor, inconsciente e ignorante, le hacía un poco jocoso en cuestión de ballenas: perseguía a estos peces por divertirse, y un viaje de tres años doblando el cabo de Hornos era sólo una broma divertida que duraba todo ese tiempo. Así como los clavos del carpintero se dividen en forjados y cortados, la humanidad se puede dividir de modo semejante. El pequeño Flask era de los forjados, hecho para apretar bien y durar mucho. Le llamaban «Puntal» a bordo del Pequod, porque en su forma se le podía comparar muy bien a esa pieza de proa, corta y cuadrada, conocida por tal nombre en los balleneros árticos y que, por medio de numerosas tablas laterales que irradian insertas en ella, sirve para reforzar el barco contra los hielos que golpean en aquellos agitados mares.
Así pues, estos tres oficiales, Starbuck, Stubbs y Flask, eran hombres de peso. Eran ellos quienes, por disposición general, mandaban tres de las lanchas del Pequod. En el gran orden de batalla en que probablemente desplegaría sus fuerzas el capitán Ahab para atacar a las ballenas, esos tres jefes de bote eran como capitanes de compañías.
O, estando armados con sus largas y agudas picas balleneras, eran como un selecto trío de lanceros, igual que los arponeros eran los lanzadores de jabalinas.
Y dado que en esa famosa pesca cada oficial o jefe de bote, como los antiguos caballeros godos, siempre va acompañado de su piloto o arponero, que en determinadas ocasiones le provee de una nueva lanza cuando la primera se ha torcido de mala manera, o se ha doblado en el asalto, y, además, dado que generalmente se establece entre ambos una estrecha intimidad amistosa, no está de más que en este punto anotemos quiénes eran los arponeros del Pequod, y a qué jefe de bote correspondía cada cual.
El primero de todos era Queequeg, a quien había elegido de escudero Starbuck, el primer oficial. Queequeg ya es conocido.
Después venía Tashtego, un indio puro de Gay-Head, el promontorio más occidental de Martha's Vineyard, donde todavía queda un pequeño resto de una aldea de pieles rojas que desde hace mucho ha suministrado a la vecina isla de Nantucket sus más atrevidos arponeros. En la pesca de la ballena, se les suele conocer por el nombre genérico de Gay-Headers. El pelo largo, lacio y negro de Tashtego, sus altos pómulos huesudos, y sus ojos negros y redondos —para un indio, orientales en su tamaño, pero antárticos en su expresión chispeante—, todo ello le proclamaba de sobra como heredero de la sangre sin adulterar de aquellos orgullosos y bélicos cazadores que, en busca del gran alce de New England, habían explorado, arco en mano, los bosques aborígenes de la costa. Pero sin olfatear ya el rastro de los animales salvajes del bosque, Tashtego cazaba ahora en la estela de las grandes ballenas del mar; y el certero arpón del hijo sustituía adecuadamente a la infalible flecha de los progenitores. Al mirar la atezada robustez de sus ágiles miembros de serpiente, casi se habría dado crédito a las supersticiones de algunos de los primitivos puritanos, medio creyendo que este salvaje indio sería hijo del Príncipe de las Potestades del Aire. Tashtego era el escudero de Stubb, el segundo oficial.
El tercero de los arponeros era Daggoo, un gigantesco salvaje negro como el carbón, con ademanes de león; un Ahasvero en su aspecto. Suspendidos de las orejas llevaba dos aros de oro, tan grandes que los marineros les llamaban pernos de anillo, y hablaban de amarrar a ellos las drizas de gavia. En su juventud, Daggoo se había embarcado voluntariamente a bordo de un ballenero que estaba anclado en una bahía solitaria de su costa natal. Y como nunca había estado en otra parte del mundo sino en África, en Nantucket y en los puertos paganos más frecuentados por los balleneros, y como durante muchos años había llevado la valiente vida de la pesca de la ballena en barcos de propietarios insólitamente atentos a la clase de gente que embarcaban, Daggoo conservaba todas sus virtudes bárbaras, y, erguido como una jirafa, daba vueltas por la cubierta con toda la pompa de sus seis pies y cinco pulgadas, sin calzado. Había una humillación corporal en levantar la vista hacia él, y un blanco ante él parecía una bandera blanca acudiendo a pedir tregua a una fortaleza. Es curioso decir que este negro imperial, Ahasvero Daggoo, era el escudero del pequeño Flask, que parecía un peón de ajedrez a su lado. En cuanto al resto de la gente del Pequoch hay que decir que, en el día de hoy, ni la mitad de los varios millares de hombres ante el mástil en las pesquerías de ballenas de América son americanos de nacimiento, aunque casi todos los oficiales lo son. En esto, pasa lo mismo en las pesquerías de ballenas de América que en el ejército americano, y en las flotas militar y mercante, y en las fuerzas de ingeniería empleadas en la construcción de los canales y líneas ferroviarias de América. Lo mismo, digo, porque en todos estos casos los americanos de nacimiento proporcionan el cerebro, y el resto del mundo suministra los músculos con igual generosidad. No escaso número de estos marineros balleneros pertenecen a las Azores, donde tocan frecuentemente los barcos de Nantucket en su viaje de ida para aumentar sus tripulaciones con los curtidos campesinos de aquellas rocosas orillas. De manera análoga, los balleneros de Groenlandia, zarpando de Hull o de Londres, tocan en las islas Shetland para recibir el pleno complemento de su tripulación. En el viaje de regreso, los vuelven a dejar allí. No es posible saber por qué, pero los isleños parecen resultar los mejores balleneros. En el Pequoa casi todos eran isleños; «aislados» también llamo yo a los que no reconocen el continente común de los hombres, sino que cada «aislado» vive en un continente propio por separado. Pero ahora, federados a lo largo de una sola quilla, ¡qué grupo eran esos «aislados»! Una representación, a lo Anacarsis Clootz, de todas las islas del mar y todos los confines de la tierra, acompañando al viejo Ahab a presentar las querellas del mundo ante ese tribunal del cual no volverían Jamás muchos de ellos. El pequeño Pip, el negro, ése no volvió jamás; ¡ah, no!, ése se fue por delante. ¡Pobre muchacho de Alabama En el sombrío alcázar de proa del Pequod le veremos dentro de poco golpeando su tamboril, preludio del momento eterno en que le mandaron subir al gran alcázar de las alturas para unirse en su música a los ángeles, tocando su tamboril en la gloria: ¡aquí, llamado cobarde, y allí, saludado como héroe!

XXVIII. Ahab

Durante varios días después de dejar Nantucket, no se vio nada del capitán Ahab a la altura de las escotillas. Los oficiales se relevaban con regularidad uno a otro en las guardias, y en nada que pudiera indicar lo contrario dejaban de parecer los únicos jefes del barco, salvo en que a veces salían de la cabina con órdenes tan súbitas y perentorias, que, después de todo, quedaba claro que sólo mandaban por delegación. Sí, allí estaba su supremo señor y dictador, aunque hasta ahora no había sido visto por ojos que no pudieran penetrar en el retiro ya sagrado de la cabina.
Cada vez que yo subía .a la cubierta desde mis guardias, abajo, al instante lanzaba una mirada a popa para observar si se veía alguna cara desconocida, pues ¡ni primera inquietud vaga respecto al capitán desconocido, ahora, en el encierro del mar, casi se había vuelto una locura. Esto aumentaba extrañamente a veces, cuando las deshilvanadas incoherencias diabólicas de Elías volvían a mí contra mi voluntad, con una sutil energía que antes no habría podido suponer. Pero las podía resistir muy mal; aunque igualmente, con otros humores, casi me sentía dispuesto a sonreír de las solemnes extravagancias de aquel exótico profeta de los muelles. Pero cualquiera que fuese el temor o la incomodidad —por llamarlo así— que sentía, sin embargo, cada vez que miraba a mi alrededor en el barco, parecía que no tenía justificación conservarlos. Pues aunque los arponeros, con la mayor parte de la tripulación, fueran un grupo mucho más bárbaro, pagano y abigarrado que ninguna de las mansas tripulaciones mercantes que yo había conocido en mis experiencias previas, sin embargo, lo atribuía —y lo atribuía con razón— a la feroz singularidad de esa loca profesión escandinava en que me había embarcado con tal abandono. Pero especialmente el aspecto de los tres oficiales del barco era lo más eficazmente calculado para tranquilizar esas sospechas sin forma, e infundir confianza y ánimo en todos los presentimientos sobre el viaje. No sería fácil encontrar otros tres mejores y más apropiados hombres y oficiales de marina, cada cual a su modo diferente, y los tres eran americanos; uno de Nantucket, uno del Vineyard, otro de Cabo Cod. Entonces, siendo Navidad cuando zarpamos del puerto, durante algún tiempo tuvimos un frío polar devorador, aunque todo el tiempo corríamos huyendo hacia el sur; y a cada grado y minuto que navegábamos, poco a poco dejábamos atrás ese invierno implacable y todo su intolerable tiempo. Era una de esas mañanas de transición, menos amenazadoras, pero todavía bastante grises y sombrías, y con buen viento el barco corría por el agua con una especie de vengativa rapidez, brincadora y melancólica, cuando, al subir a cubierta a la llamada de la guardia de la mañana, tan pronto como dirigí la mirada hacia el coronamiento de popa, me invadieron escalofríos de presentimiento. La realidad dejó atrás a la aprensión: el capitán Ahab estaba en su alcázar.
No parecía haber en él señal de una común enfermedad corporal, ni de haberse recuperado de ninguna. Parecía un hombre desatado de la pira cuando el fuego ha asolado e invadido todos los miembros sin consumirlos ni llevarse una sola partícula de su compacta robustez entrada en años. Toda su figura, alta y ancha, parecía de bronce macizo, configurada en forma inalterable, como el Perseo fundido de Cellini. Abriéndose paso desde su pelo gris, y siguiendo derecha por un lado de su atezada y desollada cara, y por el cuello, hasta desaparecer por la ropa, se veía una señal delgada como una vara, lívidamente blanquecina. Parecía esa grieta vertical que a veces se hace en el alto y recto tronco de un gran árbol, cuando el rayo se dispara desde arriba y lo desgarra bajando por él, y deja el árbol aún vivo y verde, pero marcado a fuego. Nadie podía decir con seguridad si esa señal había nacido con él, o si era la cicatriz dejada por alguna herida desesperada. Por acuerdo tácito, a lo largo del viaje se hizo escasa o ninguna alusión a ella, sobre todo por parte de los oficiales. Pero una vez el compañero más antiguo de Tashtego, un viejo indio de Gay-Head, de la tripulación, afirmó supersticiosamente que Ahab no había quedado marcado así hasta después de los cuarenta años, y que no le había venido de la furia de ninguna pelea mortal, sino de una lucha con los elementos del mar. Sin embargo, esa loca sugerencia pareció negada implícitamente por lo que insinuó un canoso viejo de la isla de Man, un anciano sepulcral que, como nunca había embarcado antes en Nantucket, no había puesto los ojos hasta ahora en el extraño Ahab. Con todo, las viejas tradiciones marineras y las credulidades inmemoriales habían atribuido popularmente a ese viejo de Man unos poderes preternaturales de discernimiento, de modo que ningún marinero blanco le contradijo cuando afirmó que cuando el capitán Ahab quedase tendido en tranquilo reposo —lo cual murmuró que difícilmente ocurriría—, entonces quien cumpliera el último deber con el muerto encontraría en él una señal de nacimiento desde la coronilla a la planta de los pies.
Tan poderosamente me afectó el conjunto del sombrío aspecto de Ahab y la lívida marca que le señalaba, que durante unos breves momentos apenas noté que no poco de su abrumador aire sombrío se debía a la bárbara pierna blanca sobre la que parcialmente se apoyaba. Ya me habían dicho que esa pierna marfileña estaba hecha en el mar con el pulido hueso de la mandíbula del cachalote.
—Sí, le desarbolaron a lo largo del Japón —dijo una vez el viejo indio de Gay-Head—, pero, como su barco desarbolado, embarcó otro palo sin volver al puerto por él. Tiene una aljaba de ellos.
Me sorprendió la singular postura que mantenía. A cada lado del alcázar del Pequod, y muy cerca de los obenques de mesana, había un agujero de taladro, barrenado una pulgada o poco más en la tabla. Su pierna de hueso se apoyaba en ese agujero; con un brazo elevado, y agarrándose a un obenque, el capitán Ahab se erguía, mirando derecho, más allá de la proa del barco, siempre cabeceante. Había un sinfín de la más firme fortaleza, una voluntariosidad decidida e inexpugnable, en la entrega fija y sin miedo de esa mirada hacia delante. No decía una palabra, ni sus oficiales le decían nada, aunque en sus más menudos gestos y expresiones mostraban claramente la conciencia incómoda, y aun penosa, de que estaban bajo una turbada mirada de mando. Y no sólo esto, sino que Ahab, presa de sus humores, estaba ante ellos con una crucifixión en la cara, con toda la innombrable dignidad real y abrumadora de algún dolor poderoso.
No tardó, después de su primera salida al aire libre, en retirarse a la cabina. Pero después de esa mañana, todos los días se hizo visible a la tripulación, bien plantado en el pivote de su agujero, o sentado en un taburete de marfil que tenía, o paseando pesadamente por la cubierta. Conforme el cielo se puso menos sombrío, y, más aún, empezó a ponerse un tanto grato, él fue siendo cada vez menos un recluso, como si, cuando zarpó el barco del puerto, sólo la muerta negrura invernal del mar le hubiera retenido entonces tan encerrado Y poco a poco llegó a ocurrir que estuvo casi continuamente al aire, pero, sin embargo, aun con todo lo que decía o hacía perceptiblemente, en la cubierta por fin soleada, parecía allí tan innecesario como otro mástil. Pero el Pequod ahora sólo hacía una travesía, y no un crucero regular: casi todos los preparativos para las ballenas que necesitaban supervisión estaban bajo la plena competencia de los oficiales, de modo que había poco o nada, salvo él mismo, en que se ocupara o excitara ahora Ahab y que ahuyentara, por aquel único rato, las nubes que, capa tras capa, se amontonaban en su entrecejo, del mismo modo que todas las nubes eligen los picos más elevados para amontonarse sobre ellos.
Con todo, antes de mucho tiempo, la cálida y gorjeante persuasión del buen tiempo a que llegábamos, pareció poco a poco arrancarle con su encanto de sus humores. Pues igual que cuando esas danzarinas muchachas de mejillas rojas, abril y mayo, regresan a los bosques invernales y misantrópicos, incluso el viejo roble más desnudo, más áspero y más herido por el rayo, echa por fin unos pocos brotes verdes para dar la bienvenida a visitantes de corazón tan alegre, así Ahab, por fin, respondió un poco a las juguetonas incitaciones de la brisa doncellil. Más de una vez lanzó el débil germen de una mirada que, en cualquier otro hombre, pronto habría florecido en una sonrisa.

XXIX. Entra Ahab; después, Stubb

Transcurrieron varios días, y dejados por completo a popa el hielo y los icebergs, el Pequod iba ahora meciéndose por la clara primavera de Quito, que, en el mar, reina casi perpetuamente en el umbral del eterno agosto del trópico. Los días tibiamente frescos, claros, vibrantes, perfumados, rebosantes, exuberantes, eran como búcaros de cristal de sorbete persa, con colmo espolvoreado de nieve de agua de rosa. Las noches, estrelladas y solemnes, parecían altivas damas en terciopelos, enjoyadas, rumiando en su casa, en orgullosa soledad, el recuerdo de sus ausentes condes, los soles de casco de oro. Para dormir, a uno le era difícil elegir entre tan incitantes días y tan seductoras noches. Pero todas las brujerías de ese tiempo sin menguante no se limitaban a prestar nuevos encantos y potencias al mundo exterior. En el interior, afectaban al alma, especialmente cuando llegaban las horas calladas y suaves del ocaso; entonces, la memoria formaba sus cristales igual que el claro hielo suele formarse de crepúsculos sin ruido.
Y todos esos sutiles agentes actuaban cada vez más sobre la contextura de Ahab.
La ancianidad siempre está desvelada, como si el hombre, cuanto más tiempo vinculado a la vida, menos quisiera tener que ver con nada que se parezca a la muerte. Entre los capitanes de marina, los viejos de barba encanecida dejan con mucha frecuencia sus literas para visitar la cubierta embozada en noche. Así le ocurría a Ahab, sólo que ahora, recientemente, parecía vivir tanto al aire libre que, para decir verdad, sus visitas eran más bien a la cabina que de la cabina a las tablas de cubierta. «Se siente como si se entrara en la propia tumba —mascullaba para sí—, cuando un viejo capitán como yo desciende por este estrecho portillo para bajar a la litera excavada como una fosa.»
Así, casi cada veinticuatro horas, cuando se montaban las guardias de la noche, y el grupo de cubierta hacía de centinela del sueño del grupo de abajo, y cuando, si había que halar un cabo por el castillo de proa, los marineros no lo tiraban violentamente, como de día, sino que lo dejaban caer en su sitio con cierta precaución, por temor de molestar a sus amodorrados compañeros; entonces, cuando empezaba a prevalecer esta especie de firme silencio, habitualmente, el callado timonel observaba el portillo de la cabina, y poco después salía el viejo, agarrándose al pasamano de hierro para ayudarse en su caminar de mutilado. Había en él cierto toque considerado de humanidad, pues en momentos como éstos solía abstenerse de rondar por el castillo de proa, porque para sus fatigados oficiales, que buscaban descanso a seis pulgadas de su talón de marfil, el golpe y chasquido reverberante de esa pisada de hueso hubiera sido tal, que habrían soñado con los crujientes dientes de los tiburones. Pero una vez, su humor era demasiado radical para consideraciones comunes, y cuando con pesado paso sordo medía el barco desde el coronamiento de popa hasta el palo mayor, Stubb, el viejo segundo oficial, subió desde abajo y con cierta vacilante e implorante jocosidad sugirió que si al capitán Ahab le placía pasear por la cubierta, entonces nadie podía decir que no, pero que podría haber algún modo de sofocar el ruido, aludiendo a algo vago e indistinto sobre una bola de estopa y su inserción en el talón de marfil. ¡Ah, Stubb, no conocías entonces a Ahab!
—¿Soy una bala de cañón, Stubb —dijo Ahab—, para que me quieras poner taco de ese modo? Pero vete por tu lado; se me había olvidado. Baja a tu sepulcro nocturno, donde tus semejantes duermen entre sudarios para acostumbrarse a ocupar uno definitivamente. ¡Baja, perro, a la perrera!
Sobresaltándose ante la imprevista exclamación final del anciano, tan súbitamente despectivo, Stubb se quedó sin habla un momento, y luego dijo excitado:
—No estoy acostumbrado a que me hablen de ese modo, capitán: no me gusta en absoluto.
¡Basta! —rechinó Ahab entre los dientes apretados, apartándose violentamente, como para evitar alguna tentación apasionada.
—No, capitán, todavía no —dijo Stubb, envalentonado—: no voy a dejar mansamente que me llamen perro.
—¡Entonces te llamaré diez veces burro, y mulo, y asno; y fuera de aquí, o limpiaré el mundo de ti!
Al decir esto, Ahab avanzó contra él con aspecto tan imponente y terrible, que Stubb se retiró involuntariamente.
—Nunca me han tratado así sin que yo diera a cambio un buen golpe —masculló Stubb, al encontrarse bajando por el portillo de la cabina—. Es muy raro. Alto, Stubb; no sé por qué, ahora, no sé muy bien si volver y golpearle, o... ¿qué es eso?, ¿arrodillarme y rezar por él? Sí, ésa fue la idea que me asaltó; pero sería la primera vez que rezara. Es raro, muy raro, y él también es raro; sí, tómeselo por la proa o por la popa, es el hombre más raro con que jamás ha navegado el viejo Stubb. ¡Cómo se me disparó con los ojos como polvorines!, ¿está loco? De todos modos, tiene algo en la cabeza, como es seguro que debe haber algo en una cubierta cuando cruje. No pasa tampoco en la cama más de tres horas de cada veinticuatro, y entonces no duerme. ¿No me contó ese Dough-Boy, el mayordomo, que por la mañana siempre encuentra las mantas del viejo todas arrugadas y revueltas, y las sábanas caídas a los pies, y la colcha casi atada en nudos, y la almohada terriblemente caliente, como si hubiera tenido encima un ladrillo cocido? ¡Viejo caliente! Supongo que tiene lo que la gente de tierra llama conciencia; es una especie de tic doloroso, como le llaman, peor que un dolor de muelas. Bueno, bueno; no sé lo que es, pero que el Señor me libre de tenerlo. Está lleno de enigmas; no entiendo para qué baja a la bodega todas las noches, como dice DoughBoy que sospecha: ¿para qué es eso, me gustaría saber? ¿Quién tiene citas con él en la bodega? ¿No es también raro? Pero no hay modo de saber; es el viejo juego. Vamos allá, a echar un sueñecito. Condenado de mí, vale la pena de que un hombre venga a este mundo, sólo para quedarse bien dormido. Y ahora que lo pienso, es casi lo primero que hacen los niños, y también eso es raro. Condenado de mí, pero todas las cosas son raras, si se van a pensar. Pero eso va contra mis principios. No pensar, es mi undécimo mandamiento; y duerme cuanto puedas, es el duodécimo. Así vamos ahí otra vez. Pero ¿cómo es eso?, ¿no me ha llamado perro? ¡Rayos!, ¡me ha llamado diez veces burro, y encima ha echado un montón de asnos! Igual me podría haber dado patadas, y lo habría hecho. Quizá me ha dado patadas, y yo no me he fijado; de tan asustado que estaba de su ceño, no sé cómo. Centelleaba como un hueso blanqueado. ¿Qué demonios me pasa? No me tengo derecho en las piernas. El ponerme a mal con ese viejo me ha dejado como vuelto del revés. Por Dios que debo haber soñado, sin embargo... ¿Cómo, cómo, cómo? Pero el único modo es dejarlo; vamos otra vez a la hamaca, y por la mañana ya veré cómo piensa a la luz del día ese condenado titiritero.

XXX. La pipa

Cuando se marchó Stubb, Ahab se quedó algún tiempo inclinado sobre la amurada, y luego, como era su costumbre desde hacía algún tiempo, llamó a un marinero de guardia, y le mandó abajo, por su taburete de marfil y su pipa. Entonces, encendiendo la pipa en la lámpara de bitácora y plantando el taburete en el lado de barlovento de la cubierta, se sentó a fumar.
En los viejos tiempos de los vikingos, los tronos de los reyes daneses, tan amigos del mar, estaban construidos, según dice la tradición, de los colmillos de narval. ¿Cómo podía uno entonces mirar a Ahab, sentado en ese trípode de huesos, sin acordarse de la realeza que simbolizaba? Pues Ahab era un Khan de la cubierta, un rey del mar y un gran señor de los leviatanes.
Pasaron unos momentos, durante los cuales el denso vapor le salió de la boca en bocanadas rápidas y constantes, que le volvían a la cara con el viento. « ¡Cómo! Ahora —soliloquizó por fin, retirando el tubo— el fumar ya no me calma. ¡Ah, mi pipa!, ¡mal me debe ir, si tu encanto se ha acabado! Andaba aquí afanado inconscientemente, sin disfrutar, sí,fumando a barlovento todo el rato sin darme cuenta, y con chupadas tan nerviosas como en el caso de la ballena moribunda, cuyos chorros finales son los más fuertes y peligrosos. ¿De qué me sirve esta pipa, imaginada para tranquilizar, para enviar suaves vapores blancos entre blancos y suaves cabellos, no entre mechones de un gris acerado como los míos? Ya no volveré a fumar...”Y arrojó al mar la pipa encendida aún. El fuego chisporroteó sobre las olas, y acto seguido el buque sumergió la burbuja que hizo la pipa al hundirse. Con el sombrero calado, Ahab reanudó sus paseos por la cubierta.

XXXI. La Reina Mab

A la mañana siguiente, Stubb se acercó a Flask.
—Un sueño tan raro, «Puntal», no lo había tenido nunca. Ya conoces la pata de marfil del viejo: bueno, soñé que me daba una patada con ella y que, al tratar de devolvérsela, ¡por mi vida, muchachito, que se me desprendió la pierna del golpe! ¡Y luego, de repente, Ahab parecía una pirámide y yo, como un loco furioso, seguía dándole patadas! Pero lo más curioso, Flask (ya sabes qué curiosos son todos los sueños), es que a través de toda la cólera en que estaba, no sé cómo, parecía pensar para mí que, después de todo, no era mucha ofensa esa patada de Ahab. «En fin —pensaba yo—, ¿por qué es la riña? No es una pierna de verdad, sino solamente falsa.» Y hay mucha diferencia entre un golpe vivo y un golpe muerto. Eso es lo que hace, Flask, que el golpe de una mano sea cincuenta veces más doloroso de soportar que el golpe de un bastón. Y yo, fíjate, pensaba para mí todo el tiempo, mientras golpeaba mis estúpidos dedos de los pies contra esa maldita pirámide: aun tan condenadamente contradictorio como era todo, mientras tanto, como digo, yo pensaba para mí: « ¿Ahora, qué es su pierna, sino un bastón, un bastón de hueso de ballena? Sí —pensaba yo—, ha sido sólo una tunda en broma; en realidad, sólo me ha abalienado, no me ha dado un golpe vil. Además —pensaba yo—, míralo un momento; bueno: el extremo, la parte del pie, qué clase de extremo más pequeño tiene; mientras que si me diera una patada un campesino de pies anchos, eso sí que sería una endemoniada ofensa ancha. Pero esta ofensa está afilada hasta no acabar más que en una punta». Pero ahora viene la mayor broma del sueño, Flask. Mientras yo seguía dando contra la pirámide, una especie de viejo tritón, con pelos de tejón y con una joroba en la espalda, me agarra por los hombros y me hace dar la vuelta. « ¿Qué andas haciendo?», me dice. ¡Demonios, hombre! ¡Cómo me asusté! ¡Qué jeta! Pero, no sé cómo, un momento después había dominado el susto. « ¿Qué ando haciendo? —digo por fin— ; ¿Y a ti qué te importa? Me gustaría saberlo, señor Chepa. ¿Quieres una patada?» Por lo más santo, Flask, apenas había dicho esto cuando él me volvió la popa, se agachó, y levantándose un matojo de algas que llevaba como un harapo, ¿qué crees que vi?; bueno, pues, rayos y truenos, hombre, tenía la popa llena de pasadores, con las puntas para fuera. Digo yo, pensándolo mejor: «Me parece que no te voy a dar una patada, compadre». «Sensato Stubb —dice—, sensato Stubb»; y lo siguió mascullando todo el tiempo, igual que si se comiera sus propias encías, como una bruja de chimenea. Viendo que no iba a acabar de repetir su «sensato Stubb, sensato Stubb», pensé que igual podría volver a emprenderla con la pirámide. Pero apenas había levantado el pie para ello cuando él rugió: « ¡Deja esas patadas!». «Eh —digo yo—, ¿qué ocurre ahora, compadre?» «Ven acá —dice—, vamos a discutir la ofensa. El capitán Ahab te ha dado una patada, ¿no?» «Sí que me ha dado —digo—, y fue aquí mismo...» «Muy bien —dice—: usó la pierna de marfil, ¿no?» «Sí, eso es», digo yo. «Bueno, entonces —dice—, sensato Stubb, ¿de qué tienes que quejarte? ¿No te dio la patada con la mejor voluntad? No fue una vulgar pata de palo, de pino de tea, con la que te dio el puntapié, ¿verdad? No, te dio la patada un gran hombre, y con una hermosa pierna de marfil, Stubb. Es un honor; yo lo considero un honor. Escucha, sensato Stubb. En la antigua Inglaterra, los mayores señores consideraban que era una gran gloria ser abofeteados por una reina y ser nombrados caballeros de sus ligas, pero tú por tu parte, Stubb, presumes de que te ha dado una patada el viejo Ahab, haciéndote hombre sensato. Recuerda lo que digo: déjate dar patadas por él; considera como un honor sus patadas, y por ningún motivo se las devuelvas, porque no puedes servirte a tu gusto, sensato Stubb. ¿No ves esa pirámide?» Y con esto, de repente, pareció, no sé cómo, salir nadando por el aire. ¡Yo di un ronquido, me revolví, y allí estaba en la hamaca! Ahora, ¿qué te parece ese sueño, Flask?
—No sé, pero me parece una especie de tontería.
—Quizá, quizá. Pero me ha hecho hombre sensato, Flask. ¿Viste a Ahab ahí plantado, mirando de medio lado por la popa? Bueno, lo mejor que puedes hacer, Flask, es dejar solo a ese viejo; no hablar jamás con él, diga lo que quiera. ¡Eh! ¿Qué es lo que grita? ¡Atención!
—¡A ver, el vigía! ¡Mirad bien, todos! ¡Hay ballenas por ahí! Si veis una blanca, ¡a partirse el pecho gritando!
—¿Qué piensas ahora de él, Flask? ¿No hay un toque de algo raro en esto, eh? Una ballena blanca; ¿te has fijado, hombre? Mira; hay algo especial en el aire. Puedes estar seguro de eso, Flask. Ahab tiene en la cabeza algo sangriento. Pero, a callar: viene por aquí.

XXXII. Cetología

Ya estamos atrevidamente lanzados sobre la profundidad, pero pronto nos perderemos en sus inmensidades sin orillas ni puertos. Antes de que esto ocurra; antes que el casco lleno de algas del Pequod se balancee flanco a flanco de los cascos llenos de lapas del leviatán; desde el arranque, no estará de más atender a una cuestión casi indispensable para una completa comprensión apreciativa de las variadas revelaciones y alusiones más especialmente leviatánicas que han de sucederse.
Lo que ahora querría poner ante vosotros es una exhibición sistematizada de la ballena en sus amplios géneros. Pero no es tarea fácil. Lo que aqui se intenta es nada menos que la clasificación de los constitutivos de un caos.
Escuchad lo que han establecido las mejores y más recientes autoridades.
«No hay rama de la zoología tan enredada como la que se titula cetología», dice el capitán Scoresby, 1820.
«No es mi intencion, aunque estuviera a mi alcance, entrar en la investigación del auténtico método de dividir los cetáceos en grupos y familias... Entre los historiadores de este animal (el cachalote) existe completa confusión», dice el cirujano Beale, 1839.
«Incapacidad para proseguir nuestra investigación en las aguas insondables.» «Un velo impenetrable cubre nuestro conocimiento de los cetáceos.» «Un campo sembrado de espinas.» «Todas estas indicaciones incompletas sólo sirven para torturarnos a los naturalistas.»
Así hablan de la ballena el gran Cuvier, John Hunter y Lesson, esas lumbreras de la zoología y la anatomía. No obstante, aunque hay poco conocimiento real, hay abundancia de libros; y así ocurre en pequeña escala con la cetología o ciencia de las ballenas. Muchos son los hombres, pequeños o glandes, viejos o nuevos de tierra o de mar, que han escrito sobre la ballena, por extenso o en breve. Recorred unos pocos: los autores de la Biblia, Aristóteles, Plinio, Aldrovandi, sir Thomas Browne, Gesner, Ray, Linneo, Rondeletius, Willoughby Green., Artedi, Sibbald, Brisson, Marten, Lacépède, Bonneterre, Desmarest, el Barón Cuvier, Frederick Cuvier, John Hunter, Owen, Scoresby, Beale, Bennett, J. Ross Browne, el autor de Miriam Coffin, Olmstead y el reverendo T Cheever.
Pero las citas antes mencionadas habrán mostrado con qué propósito definitivo de generalización han escrito todos ellos.
De los nombres que hay en esta lista de autores balleneros, sólo los que suceden a Owen han visto alguna vez ballenas vivas, y, salvo uno, ninguno fue un auténtico arponero ni ballenero profesional. Me refiero al capitán Scoresby. En el tema especial de la ballena de Groenlandia, o ballena propiamente dicha, él es la mejor autoridad existente. Pero Scoresby no sabía nada ni dijo nada del gran cachalote, al lado del cual la ballena de Groenlandia casi no es digna de mención. Y aquí ha de decirse que la ballena de Groenlandia es una usurpadora en el trono de los mares. Ni siquiera es la mayor de las ballenas. Pero, debido a la larga prioridad de sus pretensiones y a la profunda ignorancia que, hasta hace unos setenta años, rodeaba al fabuloso o totalmente desconocido cachalote, ignorancia que sigue reinando hasta hoy en todas partes salvo en unos pocos retiros científicos y puertos balleneros, esa usurpación ha sido completa. La observación de casi todas las alusiones leviatánicas en los grandes poetas de tiempos pasados os convencerá de que la ballena de Groenlandia, sin un solo rival, era entonces la reina de los mares. Pero ha llegado la hora de una nueva proclamación. Aquí es Charing Cross; ¡escuchad todos, hombres de bien; la ballena de Groenlandia queda depuesta; ahora reina el gran cachalote!
Hay sólo dos libros existentes que pretendan de un modo o de otro presentaros al cachalote, y que, al mismo tiempo, tengan el más remoto éxito en su intento. Esos libros son los de Beale y Bennett, ambos, en su tiempo, médicos en los balleneros ingleses del mar del Sur, y ambos hombres exactos y de fiar. La materia original referente al cachalote que se encuentra en sus volúmenes es por fuerza pequeña, pero hasta donde alcanza, es de excelente calidad, aunque en su mayor parte limitada a la descripción científica. Sin embargo, hasta ahora el cachalote, científico o poético, no vive completo en ninguna literatura. Muy por encima de todas las demás ballenas que se cazan, su vida está por escribir.
Ahora bien, las diversas especies de ballenas necesitaban alguna integral clasificación popular, aunque sólo sea un fácil bosquejo por el momento, que después se rellene en todos sus departamentos con los sucesivos esfuerzos de otros estudiosos. En vista de que no hay nadie mejor que se adelante a tomar en sus manos este asunto, ofrezco por tanto mis propios humildes esfuerzos. No prometo nada completo, porque cualquier cosa humana que se suponga completa, debe ser infaliblemente deficiente por esa misma razón. No pretenderé una menuda descripción anatómica de las diversas especies, ni —al menos en este lugar— muchas descripciones.
Mi objetivo aquí es sencillamente proyectar el borrador de una sistematización de la cetología. Yo soy el arquitecto, no el constructor.
Pero es una tarea pesada: no hay ningún normal clasificador de cartas en la oficina de correos que esté a su altura. Bajar a tientas al fondo del mar detrás de ellas; meter la mano entre los inefables fundamentos, las costillas y la mismísima pelvis del mundo, es cosa terrible. ¿Quién soy yo para que intente echar un gancho a la nariz de este leviatán? Los temibles sarcasmos en el libro de Job me podrían horrorizar muy bien. «¿Hará contigo (el leviatán) un pacto? ¡Mira, vana es la esperanza de alcanzarlo!» Pero he nadado a través de bibliotecas y he navegado a través de océanos; he tenido que habérmelas con ballenas, con estas manos visibles; actúo en serio, y lo voy a probar. Hay algunos preliminares que arreglar.
Primero: el carácter incierto e inestable de esta ciencia de la cetología queda atestiguado en su mismo vestíbulo por el hecho de que en diversos círculos todavía sigue siendo cuestión pendiente si la ballena es un pez. En su Sistema de la Naturaleza, 1776, Linneo declara: «De este modo, separo a las ballenas de los peces». Pero, que yo sepa, me consta que hasta el año 1850, los tiburones y los sábalos, las sabogas y los arenques, contra el expreso edicto de Linneo, se han hallado compartiendo la posesión de los mismos mares con el leviatán.
Los motivos por los cuales Linneo desearía desterrar de las aguas a las ballenas se declaran como sigue: «A causa de su corazón caliente y bilobular, sus pulmones, sus párpados móviles, sus oídos huecos, penem intrantem feminam mammis lactantem —y, finalmente—, ex lege naturae jure meritoque».
Expuse todo esto a mis amigos Simeon Macey y Charley Coffin, de Nantucket, ambos compañeros míos de rancho en cierto viaje, y estuvieron concordes en la opinión de que las razones presentadas eran completamente insuficientes. Charley, desvergonzadamente, sugirió que eran tonterías.
Sépase que, eludiendo toda discusión, adopto el punto de vista, pasado de moda, de que la ballena es un pez, e invoco a mi favor al santo Jonás. Decidido este aspecto fundamental, el siguiente punto es en qué sentido interno difiere la ballena de los demás peces. Más arriba, Linneo os ha presentado esos artículos. Pero, en resumen, son éstos: pulmones y sangre caliente, mientras que todos los demás peces carecen de pulmones y tienen sangre fría.
A continuación: ¿cómo definiremos a la ballena por sus signos externos evidentes, de modo que la etiquetemos de modo conspicuo para todo lo sucesivo? Para ser breves, entonces, una ballena es un pez que lanza chorros y tiene cola horizontal. Ya la tenéis. Aun tan sucinta, esa definición es resultado de una extensa meditación. Una morsa lanza chorros de modo muy parecido a una ballena, pero la morsa no es un pez, porque es un anfibio. Pero el segundo término de la definición es aún más eficaz al acoplarse con el primero. Casi todo el mundo debe haber advertido que los peces conocidos de la gente de tierra no tienen la cola plana, sino vertical, o de arriba abajo. En cambio, entre los peces que lanzan chorros, la cola, aunque puede tener una forma semejante, invariablemente asume posición horizontal.
Con la susodicha definición de lo que es una ballena, no excluyo en modo alguno de la fraternidad leviatánica a ninguna criatura marina hasta ahora identificada con la ballena por los más informados de Nantucket; ni, por otra parte, la vinculo con ningún pez hasta ahora considerado por las autoridades como ajeno a ella'. Por tanto, todos los peces menores que echan chorro y tienen la cola horizontal, deben ser incluidos en esta planta básica de la cetología. Y entonces, ahora vienen las grandiosas divisiones de la entera hueste ballenaria.
Primero: según el tamaño, divido a las ballenas en tres LIBROS básicos (subdivisibles en CAPÍTULOS), y éstos comprenderán, a todas, grandes o pequeñas.
I. LA BALLENA INFOLIO; II. LA BALLENA EN OCTAVO; III. LA BALLENA EN DOZAVO.
En cuanto al tipo del INFOLIO, I, presento el Cachalote,— del EN OCTAVO, el Orco; del EN DOZAVO, la Marsopa.
INFOLIOS. Entre éstas, incluyo los siguientes capítulos: I. El Cachalote; II. La Ballena franca, o de Groenlandia; III. El Ballenóptero; IV. El Rorcual; V La Ballena de panza de Azufre.
LIBRO I (Infolio). CAPITULO I (Cachalote). Esta ballena, conocida vagamente desde antiguo entre los ingleses como la Ballena rumpa, o Ballena Physeter, o Ballena de Cabeza de Yunque, es el actual cachalote de los franceses, Pottfich de los alemanes y Macrocephalus de los Palabras-Largas. Es, sin duda, el mayor habitante del globo, el ballenáto más temible de encontrar; el más majestuoso en aspecto, y finalmente, con mucho, el más valioso para el comercio, siendo él la única criatura de que se obtiene esa valiosa sustancia que es el espermaceti. Sobre sus peculiaridades nos extenderemos en otros muchos lugares. Ahora me ocupo principalmente de su nombre inglés, sperm-whale: filológicamente considerado, es absurdo. Hace unos siglos, cuando la sperm-whale era casi desconocida en su auténtica personalidad, y cuando su aceite se obtenía sólo accidentalmente de los ejemplares embarrancados, en esos días parece que el espermaceti se creería vulgarmente derivado de un animal coincidente con el entonces conocido en Inglaterra como Ballena de Groenlandia, o Ballena propiamente dicha. Se tenía también la idea de que ese espermaceti era el esperma fecundante de la Ballena de Groenlandia, según indican las primeras sílabas de la palabra. En estos tiempos, además, el espermaceti era enormemente escaso, no usándose para el alumbrado, sino sólo como unción y como medicamento. Sólo se obtenía de los farmacéuticos, como hoy día se compra una onza de ruibarbo. Cuando, con el transcurso del tiempo, según supongo, llegó a conocerse la verdadera naturaleza del espermaceti, los vendedores conservaron su nombre original, sin duda para realzar su valor con un término tan llamativamente expresivo de su escasez.
Y así finalmente debió llegarse a dar esa apelación de sperm-whale a la ballena de que se obtenía realmente el espermaceti.
LIBRO I (Infolio). CAPITULO II (Ballena de Groenlandia o Ballena franca). En un aspecto es el más venerable de los leviatanes: en ser el primero que los hombres persiguieron sistemáticamente. Produce el artículo comúnmente conocido como «ballenas», y el aceite conocido especialmente por «aceite de ballena», un artículo inferior en el comercio. Entre los pescadores, se le designa indistintamente con los siguientes títulos: la Ballena; la Ballena de Groenlandia; la Ballena Negra; la Ballena Grande; la Verdadera Ballena; la Ballena franca. Hay mucha oscuridad en cuanto a la identidad de esta especie tan múltiplemente bautizada. ¿Cuál es entonces la ballena que incluyo en la segunda especie de mis infolios? Es el gran Mysticetus de los naturalistas ingleses; la ballena de Groenlandia de los balleneros ingleses; la baleine ordinairede los balleneros franceses; la Growlandswalde los suecos. Es la ballena que desde hace más de dos siglos ha sido cazada por los holandeses e ingleses en los mares árticos; es la ballena que los pescadores han perseguido tanto en el océano índico, en los bancos del Brasil, en la costa del Noroeste, y en otras diversas partes del mundo que reciben por ella el nombre de Pesquerías de la Ballena.
Algunos han querido ver una diferencia entre la Ballena de Groenlandia de los ingleses y la «ballena» de los americanos. Pero concuerdan exactamente en todos sus rasgos principales, y hasta ahora no se ha señalado un solo hecho determinado en que basar tan radical distinción. Las subdivisiones interminables basadas en diferencias sin significado es lo que hace tan repelentemente intrincados ciertos departamentos de la historia natural. La ballena franca será tratada en otro lugar con cierta extensión, con intención de distinguirla del cachalote.
LIBRO I (Infolio). CAPíTUL0 III (El Ballenóptero). Dentro de este apartado sitúo a un monstruo que, bajo los variados nombres de Ballenóptero, Chorro Alto, o «Juanito el Largo», se ha visto en casi todos los mares, y es comúnmente esa ballena cuyo distante chorro describen tan a menudo los pasajeros que cruzan el Atlántico en las rutas regulares de Nueva York. En la longitud que alcanza, y en las «ballenas» que produce, el ballenóptero se parece a la ballena propiamente dicha, pero es de circunferencia menos imponente y de color más claro, cercano al aceitunado. Sus grandes labios presentan un aspecto como de cables formados por los pliegues entrelazados y oblicuos de amplias arrugas. Su gran rasgo distintivo, la aleta, de que deriva su nombre inglés de fin-back, es a menudo un objeto muy sobresaliente. Esta aleta tiene tres o cuatro pies de longitud, y crece verticalmente desde la parte de atrás del lomo, en forma angular y con un extremo de punta muy aguda. Cuando el mar está medianamente tranquilo, y levemente marcado por arrugas circulares, y esa aleta se eleva como una varilla y lanza sombras sobre la arrugada superficie, podría muy bien suponerse que el círculo de agua que la rodea parece un reloj de sol, con su índice y sus onduladas líneas horarias grabadas en él. En ese reloj de Ahaz la sombra a menudo marcha hacia atrás. El Ballenóptero no es gregario. Parece detestar a las ballenas, como ciertos hombres detestan a los hombres. Muy huidizo, siempre andando solitario, elevándose inesperadamente a la superficie en las aguas más remotas y sombrías, con su derecho y solitario chorro elevado como una alta lanza misantrópica en una llanura yerma; dotado de tan prodigiosa fuerza y velocidad de natación que desafia todas las actuales persecuciones del hombre, este leviatán parece el desterrado e inconquistable Caín de su raza, llevando como señal esa vara en el lomo. Por tener en la boca las «barbas» de ballena o «ballenas», el ballenóptero a veces se incluye con la ballena propiamente dicha, formando una especie teórica llamada Whalebone whales, o sea, ballenas que producen «barbas» de ballena. De las así llamadas, parecería haber diversas variedades, la mayor parte de las cuales, sin embargo, son poco conocidas: ballenas de nariz ancha y ballenas con pico, ballenas de cabeza de pica; ballenas apiladas; ballenas de mandíbula, y ballenas con hocico, son los nombres de los pescadores para unas pocas variedades.
En conexión con ese apelativo para las que producen «barbas» de «ballena», es muy importante señalar que, aunque tal nomenclatura sea conveniente para facilitar alusiones a cierto tipo de ballenas, es vano, sin embargo, intentar una clara clasificación de los leviatanes fundada en que produzcan «barbas», o en que tengan joroba, o aleta, o dientes, a pesar de que esas partes destacadas parecen más adecuadas para proporcionar la base de un sistema regular de cetología que cualesquiera otras distinciones corporales que presente la ballena en sus variedades. ¿Y entonces qué? Las «barbas de ballena», la joroba, la aleta en el lomo y los dientes son cosas cuyas peculiaridades están dispersas sin discriminación entre toda clase de ballenas, sin consideración a lo que pueda ser la naturaleza de su estructura en otros particulares más esenciales. Así, tanto el cachalote como el rorcual, o ballena jorobada, tienen joroba, pero ahí termina la semejanza. Y lo mismo ocurre con las demás partes antes mencionadas. En diversas clases de ballenas, forman tan irregulares combinaciones, y tan irregular aislamiento, al separarse en el caso de alguna de ellas, que se resisten completamente a todo método general formado sobre tal base. En esta roca han venido a estrellarse todos los naturalistas de la ballena.
Pero puede concebirse como posible que, en las partes internas de la ballena, en su anatomía, al menos, podamos dar con la adecuada clasificación. No: ¿qué cosa, por ejemplo, hay en la ballena de Groenlandia que sea más llamativa que las «barbas» o «ballenas»? Sin embargo, hemos visto que por esas «ballenas» es imposible clasificar correctamente a la ballena de Groenlandia. Y si descendemos a las entrañas de los diversos leviatanes, bien, entonces no encontraremos distinciones que sean ni la quincuagésima parte de útiles al sistematizador que las características externas ya enumeradas. ¿Qué queda entonces? Nada sino tomar a las ballenas corporalmente, en su entero y generoso volumen, y clasificarlas atrevidamente de ese modo. Y ése es el sistema bibliográfico aquí adoptado, y el único que puede tener éxito, pues es el único practicable. Continuemos.
LIBRO I (Infolio). CAPÍTULO IV (Rorcual). Esta ballena se ve frecuentemente en la costa norte de América. Frecuentemente se la ha capturado allí, remolcándola al puerto. Lleva encima un gran bulto, como un vendedor ambulante; se la podría llamar la ballena «Elefante-y-Castillo». En cualquier caso, su nombre corriente inglés, Hump-back, o ballena jorobada, no la distingue bastante, ya que el cachalote tiene también una joroba, aunque más pequeña. Su aceite no es muy valioso. Produce «barbas» o varillas de «ballenas». Es la más juguetona y frívola de todas las ballenas, haciendo por lo general más alegre espuma y más agua blanqueada que ninguna otra.
LIBRO I (Infolio). CAPITULO V (De Dorso de Navaja). De esta ballena se conoce muy poco más que el nombre. Yo la he visto a distancia a lo largo del cabo de Hornos. De temperamento retirado, elude tanto a los cazadores como a los filósofos. Aunque no es cobarde, no ha mostrado más parte que el lomo, que se eleva en un largo filo agudo. Dejémosla pasar. Sé poco más de ella, y nadie sabe más.
LIBRO I (Infolio). CAPITULO VI (De Panza de Azufre). Otra personalidad retirada, con barriga sulfúrea, indudablemente de ese color a fuerza de rascarse por los tejados del Tártaro en algunas de sus zambullidas más profundas. Se ve raramente; al menos, yo no la he visto sino en los remotos mares del Sur, y entonces a distancia demasiado grande como para estudiar su fisonomía. Nunca se la persigue: se escaparía llevándose cordelerías enteras de estacha. Se cuentan prodigios de ella. ¡Adiós, Panza de Azufre! No puedo decir de ti nada más que sea cierto, ni lo puede decir el más viejo de Nantucket.
Así termina el LIBRO I (Infolio) y empieza el LIBRO II (en Octavo).
EN OCTAVO.' Incluyen las ballenas de magnitud media, entre las cuales se pueden enumerar actualmente: I. El orco; II. El Pez Negro; III. El Narval; IV. El Azotador; V: El Matador.
LIBRO II (en Octavo). CAPITULO I (Orco). Aunque este pez, cuyo sonoro y ruidoso respiro, o más bien soplo, ha llegado a ser proverbial para la gente de tierra, es un conocido habitante de lo profundo, no suele clasificarse vulgarmente entre las ballenas. Pero poseyendo todas las principales características distintivas del leviatán, muchos naturalistas lo reconocen por ballena. Es de un moderado tamaño en octavo, variando desde quince a veinticinco pies de longitud, y de dimensiones de cintura en proporción. Nada en rebafios; nunca es cazado de modo sistemático, aunque su aceite es considerable en cantidad y bastante bueno para el alumbrado. Algunos pescadores consideran su acercamiento como preludio al avance del gran cachalote.
LIBRO II (en Octavo). CAPITULO II (Pez Negro). A todos estos peces les doy sus nombres corrientes entre los pescadores, pues suelen ser los mejores. Cuando algún nombre, por casualidad, sea vago o inexpresivo, lo diré, y sugeriré otro. Ahora lo haré así, en cuanto al llamado Pez Negro, pues la negrura es la regla entre casi todas las ballenas. De modo que, por favor, llámenle la Ballena Hiena. Su voracidad es bien conocida, y por la circunstancia de que las comisuras de sus labios están torcidas hacia arriba, ostenta en su cara una perpetua mueca mefistofélica. Esta ballena alcanza por término medio dieciseis o dieciocho pies de longitud. Se encuentra en casi todas las latitudes. Tiene un modo peculiar de mostrar su ganchuda aleta dorsal al nadar, que parece algo así como una nariz romana. Cuando no tienen ocupación más provechosa, los cazadores de cachalotes a veces capturan la Ballena Hiena, para mantener el repuesto de aceite barato para uso doméstico, igual que ciertos frugales dueños de casa, en ausencia de visitas, y muy a solas, queman desagradable sebo en vez de olorosa cera. Aunque su capa de aceite es muy delgada, algunas de estas ballenas llegan a dar más de treinta galones de aceite.
LIBRO II (en Octavo). CAPITULO III (Narval). Esto es Nostrilwhale, ballena de nariz; otro ejemplo de ballena de nombre curioso, llamada así, supongo, por su peculiar cuerno, que al principio se confundió con una nariz en pico. Esta criatura tiene unos dieciséis pies de largo, mientras que el cuerno alcanza unos cinco, por término medio, aunque a veces excede de diez, y aun llega a quince pies. Hablando estrictamente, este cuerno no es sino un colmillo alargado, que surge de la mandíbula en línea un poco descendente desde la horizontal. Pero se encuentra sólo en el lado izquierdo, lo que produce un desagradable efecto, dando a su poseedor un aspecto análogo al de un zurdo inhábil. Sería difícil responder a qué propósito exacto responde este cuerno o lanza de marfil. No parece usarse como la de hoja de pez-espada o pez-aguja, aunque algunos marineros me dicen que el narval lo emplea como una badila revolviendo el fondo del mar en busca de alimento. Charley Coffin decía que se usaba como rompehielos, pues el narval, al subir a la superficie del mar polar y encontrarlo cubierto de hielo, mete el cuerno para arriba y se abre paso. Pero no se puede demostrar que sea correcta ninguna de esas hipótesis. Mi propia opinión es que, de cualquier modo que este cuerno unilateral sea usado por el narval, de cualquier modo que `sea, le resultaría muy conveniente como plegadera para leer folletos. He oído llamar al narval la ballena con colmillo, ballena con cuerno y ballena unicornio. Ciertamente, es curioso ejemplo del unicornismo que se encuentra en casi todos los reinos de la naturaleza animada. Por ciertos antiguos escritores claustrales he sabido que este mismo cuerno de unicornio marino se consideraba en épocas pasadas como el gran antídoto contra el veneno, y que, en cuanto tal, los preparados hechos de él alcanzaban precios inmensos. También se destilaba en sales volátiles para damas que se desmayaban, del mismo modo que los cuernos del ciervo se elaboran como amoníaco. Originariamente se consideraba en sí mismo como objeto de gran curiosidad. Letra Negra me dice que sir Martín Frobisher, al volver de aquel viaje en que la reina Isabel le saludó galantemente con su mano enjoyada desde una ventana del palacio de Greenwich, al descender su atrevido barco por el Támesis: «Cuando sir Martín volvió de ese viaje —dice Letra Negra—, arrodillado, presentó a Su Majestad un cuerno prodigiosamente largo de narval, que durante un largo período después colgó en el castillo de Windsor». Un autor irlandés asegura que el conde de Leicester, de rodillas, presentó igualmente a Su Majestad otro cuerno que había pertenecido a un animal terrestre de naturaleza unicórnea.
El narval tiene un aspecto muy pintoresco de leopardo, por ser de un color de fondo blanco como la leche, salpicado de manchas negras redondas y alargadas. Su aceite es muy superior, claro y fino; pero tiene poco, y rara vez se le persigue. Se le encuentra sobre todo en los mares circumpolares.
LIBRO II (en Octavo). CAPÍTULO IV (Matador). De esta ballena, los de Nantucket saben poco con exactitud, y nada en absoluto los naturalistas de profesión. Por lo que yo he visto de él a distancia, diría que tenía cerca del tamaño de un orco. Es muy salvaje; una especie de pez de Fidji. A veces agarra por el labio a la gran ballena infolio, y se cuelga ahí como una sanguijuela, hasta que el poderoso bruto muere de dolor. Nunca se caza al Matador. Nunca he oído qué clase de aceite tiene., Se podría objetar al nombre otorgado a esta ballena, por causa de que es poco claro. Pues todos nosotros somos matadores, en tierra y en mar, Bonapartes y tiburones incluidos.
LIBRO II (en Octavo). CAPITULO V (Azotador). Este caballero es famoso por su cola, que usa como fusta para azotar a sus enemigos. Se sube al lomo de la ballena infolio, y mientras ésta nada, él se hace transportar dándole azotes, igual que ciertos maestros de escuela se abren paso en el mundo por un procedimiento semejante. Se sabe aún menos del Azotador que del Matador. Ambos son proscritos, incluso en los mares sin ley.
Así concluye el LIBRO II (en Octavo) y empieza el LIBRO III (en Dozavo).
EN DOZAVO. Éstos incluyen las ballenas menores: I. La Marsopa «Hurra»; II. La Marsopa Argelina; III. La Marsopa Hipócrita.
A los que no hayan tenido ocasión de estudiar el tema, quizá les parezca extraño que unos peces que no suelen exceder de cuatro o cinco pies sean puestos en formación junto a las BALLENAS, palabra que, en su sentido corriente, siempre da una idea de grandeza. Pero las criaturas indicadas antes como en dozavo son infaliblemente ballenas, según los términos de mi definición de lo que es una ballena: esto es, un pez que echa chorro, con cola horizontal.
LIBRO III (en Dozavo). CAPITULO I (Marsopa «Hurra»). Es la marsopa corriente, que se encuentra por todo el globo. El nombre es de mi propia concesión, pues hay más de una clase de marsopas y había que hacer algo para distinguirlas. Las llamo así porque siempre nadan en manadas de gran hilaridad, que van por el ancho mar lanzándose al cielo como gorras de marinero en una multitud del Cuatro de Julio. Su aparición suele ser saludada con regocijo por los marineros. Llenas de buen humor, invariablemente vienen de las olas con brisa a barlovento. Son esos tipos que siempre viven viento en popa. Se consideran como señal de buena suerte. Si podéis conteneros y no lanzar tres hurras al observar esos vivaces peces, entonces, el Cielo os ayude; no hay en vosotros espíritu juguetón ninguno. Una Marsopa «Hurra» bien cebada y gorda da un buen galón de buen aceite. Pero el fino y delicado fluido que se extrae de sus mandíbulas es enormemente valioso. Está muy solicitado entre los joyeros y relojeros. Los marineros lo ponen en sus casas. La carne de marsopa es buena para comer, ya saben. Quizá no hayan caído ustedes nunca en la cuenta de que las marsopas echan chorro. Desde luego, el chorro es tan pequeño que no se advierte fácilmente. Pero la próxima vez que tengan ocasión, obsérvenlas, y verán entonces al propio gran cachalote en miniatura.
LIBRO III (en Dozavo). CAPITULO II (Marsopa Argelina). Pirata. Muy salvaje. Creo que sólo se encuentra en el Pacífico. Es algo mayor que la Marsopa «Hurra», pero de forma muy parecida. Si se la provoca, se echará contra un tiburón. He arriado lanchas muchas veces para cazarla, pero nunca la he visto capturada.
LIBRO III (en Dozavo). CAPÍTULO III (Marsopa Hipócrita). El tipo más grande de la marsopa, y sólo se encuentra en el Pacífico, que se sepa. El único nombre con que hasta ahora se ha designado es el de los pescadores: Marsopa de la Ballena de Groenlandia, por la circunstancia de que se encuentra principalmente en cercanía de ese infolio. En forma, difiere hasta cierto punto de la Marsopa «Hurra», siendo de cintura menos rotunda y jovial; en efecto, es de figura muy esbelta y caballeresca. No tiene aletas en el lomo (la mayoría de las demás marsopas las tienen); tiene una bonita cola y unos sentimentales ojos indios de color de avellana. Pero su boca hipócrita la echa a perder. Aunque todo su lomo, hasta sus aletas laterales, es de un negro profundo, sin embargo una línea divisoria, tan clara como la línea de flotación en el casco de un barco, y llamada la «cintura clara», la marca de popa a proa con dos colores separados, negro por arriba y blanco por abajo. El blanco comprende parte de la cabeza y el total de la boca, lo que le da un aspecto vil e hipócrita. Su aceite se parece mucho al de la marsopa corriente.
Más allá del en dozavo, no continúa el sistema, ya que la marsopa es la más pequeña de las ballenas. Por encima, tenemos a los famosos leviatanes. Pero hay una chusma de ballenas inciertas, fugitivas y medio fabulosas, que yo, como ballenero americano, conozco por reputación, pero no personalmente. Las enumeraré tal como se las llama en el castillo de proa, pues es posible que tal lista sea valiosa para futuros investigadores, que podrán completar lo que yo aquí no he hecho sino empezar. Si en lo sucesivo se capturan y señalan algunas de las siguientes ballenas, podrán incorporarse fácilmente a este sistema, según su formato, infolio, en octavo o en dozavo: la Ballena de Nariz de Botella, la Ballena Junco, la Ballena de Cabeza de Flan, la Ballena del Cabo, la Ballena Conductora, la Ballena Cañón, la Ballena Flaca, la Ballena de Cobre, la Ballena Elefante, la Ballena Iceberg, la Ballena Quog, la Ballena Azul, etc. Según antiguas autoridades islandesas, holandesas e inglesas podrían citarse otras listas de ballenas inciertas, obsequiada con toda clase de nombres grotescos. Pero las omito como completamente extinguidas, y no puedo menos de sospechar que son meros sonidos, llenos de leviatanismo, pero que no significan nada.
Finalmente: se dijo al comienzo que este sistema no sería llevado a término aquí y en seguida. No se dejará de ver claramente que he cumplido mi palabra. Pero ahora haré que mi sistema cetológico quede así inacabado, igual que quedó la gran catedral de Colonia, con la grúa aún erguida en lo alto de la torre incompleta. Pues las pequeñas construcciones pueden terminarlas sus propios arquitectos; las grandes y auténticas dejan siempre la piedra de clave a la posteridad. Dios me libre de completar nada. Este libro entero no es más que un borrador; mejor dicho, el borrador de un borrador. ¡Ah, Tiempo, Energía, Dinero y Paciencia!

XXXIII. El «Troceador»

Respecto a los oficiales de un barco ballenero, este momento me parece tan bueno como cualquier otro para anotar una pequeña particularidad doméstica de a bordo, debida a la existencia de la clase arponera de oficiales, una clase, por supuesto, desconocida en cualquier otra marina que no sea la flota ballenera.
La amplia importancia atribuida a la profesión de arponero se evidencia por el hecho de que, al principio, en la antigua pesquería holandesa, hace más de dos siglos, el mando de un barco ballenero no residía totalmente en la persona hoy llamada capitán, sino que se dividía entre él y un oficial llamado el Specksynder, el «Troceador». Literalmente, esta palabra significa «cortador de grasa», pero el uso la hizo con el tiempo equivalente a arponero en jefe. En aquellos días, la autoridad del capitán se restringía a la navegación y manejo general del navío, mientras que el Specksynderoarponero en jefe reinaba de modo supremo sobre el departamento de la cala de la ballena y todos sus intereses. En la Pesquería Británica de Groenlandia se conserva todavía esta antigua dignidad holandesa, bajo el corrompido título de Specksioneer, pero su antigua dignidad ha quedado completamente menguada. Actualmente, tiene el simple rango de primer arponero, y, en cuanto tal, no es más que uno de los más inferiores subalternos del capitán. Sin embargo, como el éxito de un viaje ballenero depende en gran medida de la buena actuación de los arponeros, y como en la pesquería americana no sólo es un oficial importante del barco, sino que en ciertas circunstancias (guardias nocturnas en aguas balleneras) también tiene a su mando la cubierta, por tanto la gran máxima política del mar exige que viva nominalmente aparte de los marineros del castillo de proa, y se distinga en cierto modo como su superior profesional, aunque siempre es considerado por ellos como su igual en compañía.
Ahora, la gran distinción establecida en el mar entre oficial y marinero es ésta: aquél vive a popa, éste, a proa. Por tanto, lo mismo en barcos balleneros que en mercantes, los oficiales tienen su residencia con el capitán, y así también, en la mayor parte de los balleneros americanos, los arponeros se alojan en la parte de popa del barco. Es decir, comen en la cabina del capitán y duermen en un lugar que comunica indirectamente con ella.
Aunque la larga duración de un viaje ballenero al sur (con mucho, el más largo de todos los viajes que se han hecho, ahora y siempre, por el hombre), sus peculiares peligros y la comunidad de intereses que domina en un grupo en que todos, altos o bajos, dependen de sus beneficios y no de paga fija, sino de su suerte en común, así como de su vigilancia, intrepidez y esfuerzo en común, aunque todas esas cosas en muchos casos tienden a producir una disciplina menos rigurosa que la habitual en los barcos mercantes, sin embargo, por más que estos cazadores de ballenas, en casos primitivos, convivan de modo muy parecido a una antigua tribu mesopotámica, con todo, es raro, por lo menos, que se relajen las exterioridades puntillosas del alcázar, y en ningún caso se abandonan. En efecto, son muchos los barcos de Nantucket en que se ve al capitán pasando revista a la cubierta con una solemne grandeza no sobrepasada en ningún navío militar; más aún, exigiendo casi tanto homenaje exterior como si llevara la púrpura imperial y no el más ajado de los chaquetones de piloto.
Y aunque el maniático capitán del Pequod era el hombre menos dado a esta clase de presunción superficial, aunque el único homenaje que requería era la obediencia silenciosa e instantánea, aunque no requería que nadie se quitase el calzado de los pies antes de subir al alcázar, y aunque había momentos en que, debido a circunstancias peculiares en relación con acontecimientos que se detallarán luego, les dirigía la palabra en términos insólitos, fuera por condescendencia, o in terrorem, o de otro modo, sin embargo, el capitán Ahab no dejaba en absoluto de observar las principales formas y usos del mar.
Y no se dejará quizá de percibir en definitiva que a veces se enmascaraba tras esas formas y costumbres, haciendo uso de ellas, incidentalmente, para otras finalidades más personales que aquellas para las que en principio se suponía que servían. Ese cierto sultanismo de su cerebro, que de otra manera habría quedado en buena medida sin expresar, a través de esas formas se encarnaba en una irresistible dictadura. Pues, sea cual sea la superioridad intelectual de un hombre, nunca puede asumir la supremacía práctica y utilizable sobre otros hombres, sin ayuda de alguna especie de artes y parapetos, siempre más o menos mezquinos y bajos en sí mismos. Ello es lo que aparta para siempre a los auténticos príncipes imperiales por la gracia de Dios, a distancia de las asambleas de este mundo, y lo que reserva los más altos honores que puede dar ese aire a aquellos hombres que se hacen famosos más bien por su infinita inferioridad al elegido y oculto puñado de los Divinos Inertes, que por su indiscutible superioridad sobre el muerto nivel de la masa. Tan gran virtud se oculta en esas cosas pequeñas cuando las afectan las extremadas supersticiones de la política, que en algunos ejemplos egregios han infundido potencia en el caso del zar Nicolás, la redonda corona de un imperio geográfico rodea un cerebro imperial, entonces, los rebaños de la plebe se aplastan humillados ante la tremenda centralización. Y el dramaturgo trágico que quiera pintar la indomabilidad humana en su más pleno alcance y su más directo empuje, jamás deberá olvidar una sugerencia tan importante, de paso, para su arte como la que ahora se ha aludido. Pero Ahab, mi capitán, todavía sigue moviéndose ante mí en toda su tenebrosidad hirsuta de hombre de Nantucket, y en este episodio que se refiere a emperadores y reyes no debo ocultar que sólo tengo que habérmelas con un pobre y viejo cazador de ballenas como él, y, por tanto, me están negados todos los ornamentos exteriores y decorados de la majestad. ¡Oh, Ahab!, ¡lo que en ti sea grandioso habrá de ser por fuerza arrancado a los cielos, y sacado de la profundidad en zambullida, y configurado en el aire sin cuerpo!

XXXIV. La mesa de la cabina

Es mediodía, y Dough-Boy, el mayordomo, sacando su pálida cara de hogaza por el portillo de la cabina, anuncia la comida a su dueño y señor, quien, sentado bajo el bote de pescantes de sotavento, acaba de hacer una observación del sol, y ahora está calculando silenciosamente la latitud en la lisa tableta, en forma de medallón, reservada para esta finalidad cotidiana en la parte superior de su pierna de marfil. Por su completa falta de atención al aviso, pensaríais que el maniático Ahab no ha oído a su sirviente. Pero de repente, agarrándose a los obenques de mesana, se lanza a cubierta y, diciendo con voz igual y sin animación: «La comida, señor Starbuck», desaparece en la cabina.
Cuando se ha extinguido el último eco del paso de su sultán, y Starbuck, el primer emir, tiene todos los motivos para suponer que está sentado, se levanta de su quietud, da unas cuantas vueltas por la cubierta y, tras una grave ojeada a la bitácora, dice, con cierto acento placentero: «La comida, señor Stubb», y baja por el portillo. El segundo emir se demora un rato por los aparejos, y luego, sacudiendo ligeramente la braza mayor, para ver si no le pasa nada a tan importante jarcia, asume igualmente la vieja carga, y con un rápido «La comida, señor Flask», sigue a sus predecesores.
Pero el tercer emir, viéndose ahora por completo a solas en el alcázar, parece sentirse aliviado de alguna singular sujeción, pues, lanzando a todas las direcciones toda clase de guiños entendidos, y quitándose de un golpe los zapatos, se arranca en una brusca, pero silenciosa racha de danza marinera encima mismo de la cabeza del Gran Turco, y luego, lanzando con un diestro golpe su gorra hasta la cofa de mesana, como a una estantería, baja haciendo el loco, al menos mientras queda visible desde cubierta, y cierra la marcha con música, al revés que en todas las demás procesiones. Pero antes de entrar por la puerta de la cabina de abajo, se detiene, embarca una cara totalmente nueva, y luego el independiente y risueño pequeño Flask entra a la presencia del rey Ahab en el papel de Abyectus, el esclavo.
De todas las cosas raras producidas por la intensa artificialidad de las costumbres marinas, no es la menor que muchos oficiales, mientras están al aire libre, en cubierta, se comporten a la menor provocación de modo atrevido y desafiante respecto a su jefe, pero que, en diez casos contra uno, esos oficiales bajen un momento después a su acostumbrada comida en la cabina del mismo capitán, e inmediatamente tomen un aire inofensivo, por no decir suplicante y humilde, hacia aquél, sentado a la cabecera de la mesa: es algo maravilloso, y a veces muy cómico: ¿Por qué tal diferencia? ¿Un problema? Quizá no. En haber sido Baltasar rey de Babilonia, y haberlo sido de modo no altivo, sino cortés, en esto sin duda debió de haber algún toque de grandeza humana. Pero aquel que con espíritu auténticamente real e inteligente preside su propia mesa particular de comensales invitados, ese hombre tiene por el momento un poder sin rival y el dominio de la influencia individual; la realeza de rango de ese hombre supera a Baltasar, pues Baltasar no era el más grande. Quien por una sola vez haya invitado a comer a sus amigos, ha probado a qué sabe ser césar. Es una brujería de zarismo social a que no se puede resistir. Ahora, si a esa consideración se sobreañade la supremacía oficial del capitán de un barco, por deducción se obtendrá la causa de esa peculiaridad de la vida marítima recién mencionada.
Sobre su mesa taraceada de marfil, Ahab presidía como un león marino, mudo y melenudo, en la blanca playa de coral, rodeado por sus cachorros, bélicos pero deferentes. Cada oficial aguardaba a ser servido en su propio turno. Estaban ante Ahab como niñitos; y sin embargo Ahab no parecía abrigar la menor arrogancia social. Con una sola mente, todos clavaban sus ojos atentos en el cuchillo del viejo, mientras trinchaba el plato principal ante él. Por nada del mundo supongo que habrían profanado ese momento con la más leve observación, aunque fuera sobre un tema tan neutral como el tiempo. ¡No! Y cuando, extendiendo el cuchillo y el tenedor entre los cuales se encerraba la tajada de carne, Ahab hacía señal a Starbuck de que le acercara el plato, el primer oficial recibía su alimento como si recibiera limosna, y lo cortaba tiernamente, un poco sobresaltado si por casualidad el cuchillo rechinaba contra el plato, y lo masticaba sin ruido, y se lo tragaba no sin circunspección. Pues, como el banquete de la Coronación en Francfort, donde el Emperador germánico come gravemente con los siete Electores Imperiales, así esas comidas en la cabina eran comidas solemnes, no se sabe cómo, tomadas en temeroso silencio; y, sin embargo, el viejo Ahab no prohibía la conversación en la mesa, sino que solamente permanecía mudo él mismo. ¡Qué alivio era para el atragantado Stubb que una rata hiciera un repentino estrépito en la bodega de abajo! Y el pobre pequeño Flask era el menor y el niñito de esa fatigada reunión familiar. A él le tocaban los huesos de canilla del salobre buey; a él le tocaban las patas de los pollos, pues para Flask, haberse atrevido a servirse, le habría parecido algo equivalente a hurto de primer grado. Sin duda, si se hubiera servido él mismo en la mesa, jamás se habría atrevido a ir con la frente alta por este honrado mundo; y no obstante, por raro que sea decirlo, Ahab nunca se lo prohibía. Y si Flask se hubiera servido, lo probable es que Ahab ni siquiera se habría dado cuenta. Menos que nada se atrevía Flask a servirse manteca. Si era porque pensaba que los propietarios del barco se lo negaban a causa de que le haría tener pecas en su tez clara y soleada, o si juzgaba que, en un viaje tan largo en tales aguas sin mercados, la manteca debía de estar muy cara, y por tanto no era para un subalterno como él, por cualquier cosa que fuera, Flask, ¡ay!, era hombre sin manteca.
Otra cosa. Flask era el último en bajar a comer, y Flask era el primero en subir. ¡Consideradlo! Pues de este modo la comida de Flash quedaba apretada de mala manera en cuanto al tiempo. Starbuck y Stubb le llevaban ventaja en la salida, y además tenían el privilegio de entretenerse después. Si sucede además que Stubb, que apenas está a una clavija por encima de Flask, tiene por casualidad poco apetito y pronto muestra síntomas de que va a terminar su comida, entonces Flask tiene que moverse, y ese día no sacará más de tres bocados, pues va contra la sagrada costumbre que Stubb salga antes que Flask a cubierta. Por consiguiente, Flask reconoció una vez en privado que, desde que había ascendido a la dignidad de oficial, no había sabido, ya a partir de ese momento, lo que era no estar más o menos hambriento. Pues lo que comía, más que aliviarle el hambre, se la mantenía inmortal en él. «La paz y la satisfacción —pensaba Flask— han abandonado para siempre mi estómago. Soy oficial, pero ¡cómo me gustaría poder echar mano a un trozo de buey al viejo estilo en el castillo de proa, como solía hacer cuando era marinero! Ahí están ahora los frutos del ascenso; ahí está la vanidad de la gloria; ahí está la locura de la vida.» Además, si ocurría que algún simple marinero del Pequod tenía algún agravio contra Flask en su dignidad de oficial, a ese marinero le bastaba, para obtener amplia venganza, ir a popa a la hora de comer y atisbar a Flask por la lumbrera de la cabina, sentado como un tonto en silencio ante el horrible Ahab.
Ahora, Ahab y sus tres oficiales formaban lo que podría llamarse la primera mesa en la cabina del Pequod. Después de su marcha, que tenía lugar en orden inverso al de su llegada, el pálido mayordomo limpiaba el mantel de lona, o más bien lo volvía a poner en cualquier orden apresurado. Y entonces se invitaba al festín a los tres arponeros, siendo sus legatarios residuales. Éstos convertían en una especie de temporal cuarto de servidumbre la alta y poderosa cabina.
Extraño contraste con la sujeción apenas tolerable y las invisibles tiranías innombrables de la mesa del capitán formaban la licenciosidad y la tranquilidad absolutamente despreocupadas de aquellos compañeros inferiores, los arponeros, en democracia casi frenética. Mientras que sus señores, los oficiales, parecían temerosos del ruido de los goznes de sus propias mandíbulas, los arponeros masticaban su alimento con tal complacencia que se oía el estrépito. Comían como señores; se llenaban la barriga como barcos de la India que se cargan todo el día de especias. Queequeg y Tashtego tenían tan prodigiosos apetitos, que para llenar los huecos dejados por la comida anterior, a menudo el pálido Dough-Boy se resignaba a traer un gran cuarto de buey en salazón, al parecer desgajado del animal entero. Y si no andaba vivo en ello, si no iba con un ágil salto y brinco, entonces Tashtego tenía un modo nada caballeroso de acelerarle disparándole un tenedor a la espalda, como un arpón. Y una vez Daggoo, invadido por un humor repentino, le ayudó la memoria a Dough-Boy agarrándole en peso y metiéndole la cabeza en un gran trinchero vacío de madera, mientras Tashtego, cuchillo en mano, empezaba a trazar el círculo preliminar para arrancarle la cabellera. Este mayordomo de cara de pan era por naturaleza un tipo pequeño, muy nervioso y estremecido, progenie de un panadero en quiebra y una enfermera de hospital. Y con el espectáculo continuo del negro y terrorífico Ahab, y con los periódicos ataques tumultuosos de aquellos tres salvajes, la vida entera de Dough-Boy era un continuo castañeteo de dientes. Normalmente, en cuanto veía a los arponeros provistos de todas las cosas que pedían, se escapaba de sus garras, a la pequeña despensa adyacente, y les atisbaba temerosamente por los postigos de la puerta, hasta que todo había pasado.
Era un espectáculo ver a Queequeg sentado frente a Tashtego, que enfrentaba sus dientes afilados a los del indio: de medio lado, Daggoo, sentado en el suelo —pues en un banco el catafalco de plumas de su cabeza habría llegado a tocar los bajos entremiches—, hacía temblar la estructura de la baja cabina a cada movimiento de sus colosales miembros, como cuando un elefante africano va de pasajero en un barco. Pero, a pesar de todo eso, el gran negro era admirablemente abstemio, por no decir melindroso. Parecía apenas posible que con unos bocados tan pequeños relativamente pudiera mantener la vitalidad difundida por una persona tan amplia, varonil y soberbia. Pero indudablemente este noble salvaje comía de firme y bebía a fondo el abundante elemento del aire, y a través de sus aletas ensanchadas inhalaba la sublime vida de los mundos. Ni de carne ni de pan se hacen y se nutren los gigantes. Pero Queequeg hacía al comer tan mortal y bárbaro chasquido de labios —un sonido realmente feo—, que el tembloroso Dough-Boy casi se miraba a ver si encontraba señales de dientes en sus propios brazos flacos. Y cuando oía a Tashtego gritarle que se asomara para que le recogiera los huesos, el mentecato mayordomo casi destrozaba toda la vajilla que pendía a su alrededor en la despensa, con sus súbitos ataques de perlesía. Y la piedra de afilar que los arponeros llevaban en el bolsillo, para sus lanzas y otras armas, y con las cuales en la comida afilaban ostentosamente los cuchillos, no tendían en absoluto a tranquilizar con sus rechinamientos al pobre Dough-Boy. ¡Cómo podía él olvidar que en sus tiempos en la isla, Queequeg, por su parte, seguramente había sido culpable de ciertas indiscreciones asesinas y banqueteadoras! ¡Ay, Dough-Boy, mal le va al camarero blanco que sirve a caníbales! No debería llevar una servilleta al brazo, sino un escudo. Pero en definitiva, para su gran felicidad, los tres guerreros de agua salada se levantaban y se marchaban: ante los crédulos y mitificadores oídos de Dough-Boy, todos sus huesos marciales tintineaban a cada paso, como alfanjes moros en sus vainas.
Pero aunque esos bárbaros comían en la cabina y nominalmente vivían en ella, sin embargo, no siendo nada sedentarios en sus costumbres, escasamente estaban allí sino a las horas de comer, y justo antes de dormir, cuando pasaban por ella hacia sus alojamientos propios.
En este único aspecto Ahab no parecía ser excepción entre la mayoría de los capitanes balleneros de América, que, en corporación, se inclinan más bien a la opinión de que la cabina del barco les pertenece por derecho, y que sólo por cortesía se permite estar allí a cualquier otro. De modo que, en auténtica verdad, de los oficiales y arponeros del Pequod se podía decir con más propiedad que vivían fuera de la cabina que en ella. Pues cuando entraban era igual que como entra en casa una puerta de la calle, metiéndose dentro por un momento, sólo para ser rechazada un instante después, y, de modo permanente, residiendo al aire libre. Y no perdían gran cosa con ello; en la cabina no había compañerismo; socialmente, Ahab era inaccesible. Aunque nominalmente incluido en el censo de la cristiandad, seguía siendo extraño a ella. Vivía en el mundo como, el último de los osos pardos vivía en el colonizado Missouri. Y lo mismo que, al pasar la primavera y el verano, aquel viejo Logan de los —bosques, sepultándose en el hueco de un árbol, invernaba allí chupándose las zarpas, así, en su vejez inclemente y aullante, el alma de Ahab, encerrada en el tronco ahuecado de su cuerpo, se alimentaba de las tristes zarpas de su melancolía.

XXXV. La cofa

Con el tiempo más agradable fue cuando, en debida rotación con los demás marineros, me tocó mi primer turno en la cofa.
En la mayoría de los balleneros americanos se pone gente en las cofas casi a la vez que el barco sale del puerto, aunque le queden quizá quince mil millas o más que navegar antes de llegar a las aguas propiamente de pesca. Y si tras de un viaje de tres, cuatro o cinco años se acerca al puerto llevando algo vacío —digamos, incluso, una ampolla vacía—, entonces las cofas siguen con gente hasta el final, sin abandonar por completo la esperanza de una ballena más hasta que sus espigas de mastelerillo de sosobre avanzan navegando entre los chapiteles del puerto.
Ahora, como el asunto de situarse en lo alto de cofas, en tierra o en mar, es muy antiguo e interesante, extendámonos aquí en cierta medida. Entiendo que los más antiguos habitantes de cofas fueron los antiguos egipcios, porque, en todas mis investigaciones, no encuentro ninguno anterior. Pues aunque sus progenitores, los constructores de Babel, sin duda intentaron con su torre elevar la más alta cofa de toda Asia, y también de África, sin embargo, dado que (antes de que se le pusiera la última galleta de tope) ese gran mástil suyo de piedra se puede decir que salió por la borda, en la terrible galerna de la ira de Dios, no podemos por tanto dar prioridad a esos constructores de Babel sobre los egipcios. Y que los egipcios fueron una nación de gente subida a cofas es una aserción basada en la creencia general de los arqueólogos de que las primeras pirámides se fundaron con propósitos astronómicos, teoría singularmente apoyada por la peculiar estructura escalonada de los cuatro lados de esas edificaciones, por la cual, con elevaciones prodigiosamente largas de sus piernas, esos antiguos astrónomos solían ascender a la cima y gritar sus descubrimientos de nuevas estrellas, del mismo modo que los vigías de un barco actual gritan señalando una vela o una ballena recién salida a la vista. En cuanto al Santo Estilita, el famoso ermitaño cristiano de tiempos antiguos, que se construyó una elevada columna de piedra en el desierto y pasó en su cima toda la parte final de su vida, izando la comida del suelo con un aparejo, en él tenemos un notable ejemplo de un intrépido vigía de cofa, que no fue expulsado de su sitio por nieblas ni heladas, granizo o nevisca, sino que, haciendo frente a todo con valentía hasta el final, murió literalmente en su puesto. De los modernos residentes en cofas no tenemos más que un grupo inanimado: hombres de mera piedra, hierro y bronce que, aunque muy capaces de afrontar una recia galerna, son por completo incompetentes en el asunto de gritar al descubrir alguna visión extraña. Ahí está Napoleón, quien, en lo alto de la columna de Vendôme, se yergue con los brazos cruzados, a unos ciento cincuenta pies en el aire, despreocupado, ahora, de quién gobierna las cubiertas de abajo, sea Luis Felipe, Louis Blanc o Luis el Diablo. FI gran Washington, también, se eleva a gran altura en su descollante cofa de Baltimore, y, como una de las columnas de Hércules, su columna marca el punto de grandeza humana más allá del cual irán pocos mortales. El almirante Nelson, igualmente, en un cabrestante de metal de cañón, se eleva en su cofa de Trafalgar Square, y aun cuando está muy oscurecido por el humo de Londres, se nota que allí hay un héroe escondido, pues por el humo se sabe dónde está el fuego. Pero ni el gran Washington, ni Napoleón, ni Nelson contestarán a una sola llamada desde abajo, por más locamente que se les invoque para que sean propicios con sus consejos a las consternadas cubiertas que ellos contemplan; si bien se puede suponer que sus espíritus penetran a través de la densa niebla del futuro, distinguiendo qué bajos y qué escollos han de eludirse.
Puede parecer poco justificado unir en ningún aspecto a los vigías de las cofas de tierra con los del mar, pero que no es así en realidad, queda evidenciado claramente por un punto de que se hace responsable Obed Macy, el único historiador de Nantucket. El digno Obed nos dice que, en los primeros tiempos de la pesca de la ballena, antes de que se lanzaran regularmente barcos en persecución de la presa, la gente de la isla erigía elevadas astas a lo largo de la costa, a las que los vigías ascendían por medio de abrazaderas con clavos, algo así como cuando las gallinas suben las escaleras a su gallinero. Hace pocos años ese mismo plan fue adoptado por los balleneros de la bahía de Nueva Zelanda, quienes, al señalar la presa, daban aviso a botes ya tripulados que estaban preparados junto a la playa. Pero esa costumbre ahora se ha quedado anticuada; volvamos entonces a la única cofa propiamente dicha, la de un barco ballenero en el mar.
Se tienen vigías en las tres cofas, de sol a sol, alternándose los marineros por turnos regulares (como en la caña), y' relevándose cada dos horas. En el tiempo sereno de los trópicos, la cofa es enormemente agradable; incluso deliciosa para un hombre soñador y meditativo. Ahí está uno, a cien pies por encima de las silenciosas cubiertas, avanzando a grandes pasos por lo profundo, como si los palos fueran gigantescos zancos, mientras que por debajo de uno, y como quien dice entre las piernas, nadan los más enormes monstruos del mar, igual que antaño los barcos navegaban entre las botas del famoso Coloso de la antigua Rodas. Ahí está uno, en la secuencia infinita del mar, sin nada movido, salvo las ondas. El barco en éxtasis avanza indolentemente; soplan los perezosos vientos alisios; todo le inclina a uno a la languidez. Casi siempre, en esta vida ballenera en el trópico, a uno le envuelve una sublime ausencia de acontecimientos: no se oyen noticias, no se leen periódicos, no hay números especiales con informes sobresaltadores sobre vulgaridades que le engañen a uno excitándole sin necesidad; no se oye hablar de aflicciones domésticas, fianzas de quiebra, caídas de valores; nunca preocupa la idea de qué habrá de comer, pues todas las comidas, para tres años y más, están confortablemente estibadas en barriles, y la minuta es inmutable.
En uno de esos balleneros del sur, en un largo viaje de tres o cuatro años, como a menudo ocurre, la suma de las diversas horas que uno pasa en la cofa equivaldría a varios meses enteros. Y es muy deplorable que el lugar a que uno dedica tan considerable porción del término total de su vida natural, esté tan tristemente carente de cualquier cosa aproximada a una cómoda habitabilidad, o capaz de engendrar una confortable localización de nuestro sentir, tal como corresponde a una cama, una hamaca, un coche fúnebre, una garita, un púlpito, una carroza, o cualquier otra de esas pequeñas y gratas invenciones en que los hombres se aíslan temporalmente. El lugar más habitual de posarse es la cabeza del mastelero de juanete, donde uno se pone sobre dos finas traviesas paralelas (casi exclusivas de los barcos balleneros) llamadas baos de juanete. Allí, zarandeado por el mar, el principiante se siente casi tan a gusto como si estuviera sobre los cuernos de un toro. Desde luego, en tiempo frío uno puede llevar consigo a lo alto su casa, en forma de un capote de guardia; pero, hablando en propiedad, el capote más espeso no es más casa que el cuerpo desvestido; pues del mismo modo que el alma está pegada por dentro a su tabernáculo carnal, y no se puede mover libremente por él, ni tampoco moverse saliendo de él, sin correr gran riesgo de perecer (como un peregrino ignorante que cruza los Alpes nevados en invierno), así un capote no es tanto una casa cuanto un mero envoltorio, o una piel adicional que nos enfunda. No se puede meter uno en el cuerpo una estantería ni un cajón, y tampoco se puede convertir el capote en un armario conveniente.
En referencia a todo esto, ha de lamentarse vivamente que las cofas de un ballenero del mar del Sur no estén provistas de esos envidiables pabelloncitos o púlpitos, llamados «cofa de vigía de tope» o «nido de cuervo», en que los vigías de los balleneros de Groenlandia quedan protegidos del inclemente tiempo de los mares helados. En la hogareña narración del capitán Sleet titulada Un Viaje entre los Icebergs, en busca de la ballena de Groenlandia, e incidentalmente para el redescubrimiento de las Perdidas Colonias Islandesas de la Vieja Groenlandia, en ese admirable volumen, digo, todos los vigías de las cofas están dotados de una explicación deliciosamente detallada del entonces recién inventado «nido de cuervo» del Glacier, que era el nombre de la excelente nave del capitán Sleet. Él lo llamó «nido de cuervo de Sleet» en honor a sí mismo, por ser él su inventor original y patentador, y estar libre de toda ridícula delicadeza falsa, considerando que si llamamos a nuestros propios hijos con nuestros propios nombres (puesto que los padres somos sus inventores originales y patentadores), igualmente deberíamos denominar con nuestro nombre cualquier otro artefacto que engendremos. En forma, el «nido de cuervo de Sleet» es algo así como un gran barril o tubo, pero abierto por arriba, donde está provisto de una pantalla móvil lateral para poner a barlovento de la cabeza en una dura galerna. Estando sujeto al extremo del palo, se sube a él por una pequeña escotilla en trampa puesta en el fondo. En la parte trasera, o sea, la más próxima a popa del barco, hay un cómodo asiento, con un cajón debajo para paraguas, bufandas y capotes. Delante hay una bolsa de cuero, donde se guarda el altavoz, la pipa, el telescopio y demás utensilios náuticos. Cuando el capitán Sleet en persona se situaba en la cofa, en aquel nido de cuervo suyo, nos dice que siempre llevaba consigo un rifle (sujeto también a la bolsa) junto con un frasco de pólvora y munición, con el fin de disparar a los narvales errantes, los vagabundos unicornios marinos que infestaban aquellas aguas; pues no se les puede disparar con buenos resultados desde la cubierta, debido a la resistencia del agua, pero dispararles desde arriba es cosa muy diferente. Ahora es evidentemente resultado del amor que el capitán Sleet describa, como lo hace, todas las comodidades detalladas de su nido de cuervo, pero aunque se extienda tanto en algunas de ellas, y aunque nos obsequie con una explicación muy científica de sus experimentos en el nido de cuervo, con una pequeña brújula que guardaba allí con el fin de contrarrestar los errores de lo que llamaba la «atracción local» de todos los imanes de bitácora (error atribuible a la vecindad horizontal del hierro en las tablas del barco, y, en el caso del Glacier, quizá, a que hubiera entre la tripulación tantos herreros en bancarrota), digo que aunque el capitán es aquí muy discreto y científico, con todo, a pesar de sus doctas «desviaciones de bitácora», «observaciones azimutales de la brújula» y «errores de aproximación», sabe de sobra el capitán Sleet que no estaba tan sumergido en esas profundas meditaciones magnéticas como para dejar de ser atraído de vez en cuando hacia la bien provista cantimplora tan lindamente encajada en un lado de su nido de cuervo, a fácil alcance de la mano. Por más que, en conjunto, admire grandemente, e incluso quiera, al valiente, honrado y docto capitán, no obstante, le tomo muy a mal que no haga caso en absoluto a la cantimplora sabiendo qué fiel amiga y consoladora debía haber sido mientras él estudiaba matemáticas, con dedos enmitonados y cabeza encapuchada, en lo alto de aquel nido a tres o cuatro varas del Polo.
Pero si nosotros, los pescadores de ballenas del sur, no estamos tan cómodamente alojados en lo alto como el capitán Sleet y sus hombres de Groenlandia, esa desventaja queda grandemente contrapesada por la serenidad, en gran contraste, de los seductores mares en que solemos flotar los pescadores del sur. Yo, por mi parte, solía subir con gran sosiego y ocio por las jarcias, descansando en lo alto para charlar con Queequeg, o con cualquier otro franco de servicio a quien encontrara allí; luego, ascendiendo un poco más allá, y echando perezosamente una pierna sobre la verga de gavia, lanzaba una ojeada preliminar a las dehesas acuáticas, y así por fin me elevaba a mi destino definitivo.
Quiero descargar aquí mi conciencia y admitir con franqueza que hacía muy mal la guardia. Con el problema del universo dando vueltas en mí, ¡cómo podía yo —quedando tan completamente solo en una altura que tantos pensamientos engendraba—, cómo podía yo observar sino de modo muy ligero mis obligaciones de cumplir las órdenes permanentes de todos los barcos balleneros: «Abre el ojo a barlovento y grita a cada vez».
Y en este punto, dejadme amonestaros de modo conmovedor, ¡oh armadores de Nantucket! ¡Cuidado con alistar en vuestras vigilantes pesquerías a ningún muchacho de frente descarnada y mirada profunda, dado a tan inoportuna meditatividad, y que se ofrece para embarcarse llevando en la cabeza el «Fedón» en vez del Bowditch! Cuidado con semejante persona, digo: vuestras ballenas han de ser vistas para poder ser muertas; y este joven platónico de ojos hundidos os remolcará diez vueltas alrededor del globo sin enriqueceros en una sola pinta de grasa. Y no son del todo superfluas estas admoniciones. Pues hoy día la pesca de la ballena proporciona un asilo para muchos jóvenes románticos, melancólicos y distraídos, disgustados del acerbo cuidado de la tierra, y buscando sentimiento en el alquitrán y el aceite de la ballena. No pocas veces Childe Harold se encarama en la cofa de algún barco ballenero decepcionado y sin suerte, y exclama en melancólico fraseo:

¡Sigue moviéndote, hondo, sombrío mar azul!
Vanamente diez mil balleneros te cruzan.



Muy a menudo los capitanes de semejantes barcos riñen a esos distraídos jóvenes filósofos, acusándoles de no tomarse suficiente «interés» por el viaje; medio sugiriendo que están tan desesperadamente perdidos para toda ambición honrosa, que en lo secreto de sus almas preferirían no ver ballenas en vez de verlas. Pero todo en vano: esos jóvenes platónicos tienen la idea de que su visión es imperfecta: son miopes: ¿de qué sirve, entonces, esforzar el nervio óptico? Se han dejado en casa los gemelos de teatro.
—Vamos, tú, mono —decía un arponero a uno de esos muchachos—: llevamos ya sus buenos años de travesía, y todavía no has señalado una ballena. Mientras tú estás ahí arriba, las balirnas son tan escasas como los dientes de gallina.
Quizá era así o quizá podían haber estado en mana as en el remoto horizonte; pero este distraído joven está adormecido en tal desatención drogada de ensueño vacío e inconsciente, por la cadencia mezclada de las olas y los pensamientos, que finalmente pierde su identidad; toma el místico océano a sus pies por la imagen visible de esa profunda alma azul y sin fondo que penetra la humanidad y la naturaleza; y cualquier cosa extraña, medio vista, elusiva, y hermosa, que se le escapa, cualquier aleta que asoma, confusamente percibida, de alguna forma indiscernible, le parece la encarnación de esos elusivos pensamientos que sólo pueblan el alma volando continuamente a través de ella. En este encantado estado de ánimo, tu espíritu refluye al lugar de donde vino, se difunde a través del tiempo y el espacio, como las dispersas cenizas panteístas de Cranmer, formando al menos una parte de todas las orillas en torno al globo.
No hay vida en ti, ahora, salvo esa vida mecida que te comunica un barco que se balancea suavemente, y que él toma prestado del mar, y el mar, de las inescrutables mareas de Dios. Pero mientras está en ti este sueño, este ensueño, mueve una pulgada el pie o la mano, dejan de resbalar un poco, y tu identidad regresa horrorizada. Te ciernes sobre vórtices cartesianos. Y quizá a mediodía, en el más claro tiempo, con un grito medio estrangulado, caerás por ese aire transparente al mar estival, para no volver a subir jamás. ¡Tened mucho cuidado, oh panteístas!

XXXVI. La toldilla

En escena, AHAB; después, todos



Pasado no mucho tiempo desde el asunto de la pipa, una mañana poco después del desayuno, Ahab, como de costumbre, subió a cubierta por el tambucho de la cabina. La mayor parte de los capitanes de marina suelen pasear por allí a esa hora, igual que los hidalgos rurales, después de desayunar, dan unas vueltas por el jardín.
Pronto se oyó su firme paso de marfil, yendo y viniendo en sus acostumbradas rondas, por tablas tan familiares para su pisada que estaban todas ellas marcadas, como piedras geológicas, por la señal peculiar de sus andares. Y también, si se miraba atentamente aquella surcada y marcada frente, se veían, igualmente huellas extrañas, las huellas de su único pensamiento, sin dormir y siempre caminando.
Pero en la ocasión de que hablamos, esas marcas parecían más profundas, del mismo modo que su nervioso paso dejaba aquella mañana una huella más profunda. Y tan lleno de su pensamiento estaba Ahab, que a cada monótona vuelta que daba, una vez en el palo mayor y otra vez en la bitácora, casi se podía ver aquel pensamiento dando la vuelta en él según andaba, y tan completamente poseyéndole, desde luego, que parecía todo él la forma interior de su movimiento externo.
—¿Te has fijado en él, Flask? —susurró Sub.—: el pollo que lleva dentro golpea el cascarón. Pronto va a salir.
Iban pasando las horas: Ahab se encerró entonces en la cabina, y pronto, volvió a pasear por la cubierta, con el mismo intenso fanatismo de designio en su aspecto.
Se acercaba al caer del día. De repente, él se detuvo junto a las amuradas, e insertando su pierna de hueso en el agujero taladrado allí, y agarrando con una mano un obenque, ordenó a Starbuck que mandase a todos a popa.
—¡Capitán! —dijo el oficial, asombrado ante una orden que a bordo de un barco se da muy raramente o nunca, salvo en algún caso de excepción.
—Manda a todos a popa —repitió Ahab—: ¡vigías, aquí, abajo!
Cuando estuvo reunida la entera tripulación del barco, mirándole con caras curiosas y no libres de temor, pues su aspecto recordaba el horizonte a barlovento cuando se forma una tempestad, Ahab, después de lanzar una rápida ojeada por las amuradas, y luego disparar los ojos entre la tripulación, arrancó de su punto de apoyo, y, como si no hubiera junto a él ni un alma, continuó sus pesadas vueltas por la cubierta. Con la cabeza inclinada y el sombrero medio gacho siguió caminando, sin tener en cuenta el susurro de asombro entre la gente, hasta que Stubb cuchicheó prudentemente a Flask que Ahab les debía haber llamado allí con el propósito de que presenciaran una hazaña pedestre. Pero eso no duró mucho. Deteniéndose con vehemencia, gritó:
—¿Qué hacéis cuando veis una ballena?
—¡Gritar señalándola! —fue la impulsiva respuesta de una veintena de voces juntas.
—¡Muy bien! —grito Ahab, con acento de salvaje aprobación, al observar a qué cordial animación les había lanzado magnéticamente su inesperada pregunta.
—¿Y qué hacéis luego, marineros?
—¡Arriar los botes, y perseguirla!
—¿Y qué cantáis para remar, marineros? —¡Una ballena muerta, o un bote desfondado!
A cada grito, el rostro del viejo se ponía más extrañamente alegre y con feroz aprobación; mientras que los marineros: empezaban a mirarse con curiosidad, como asombrados de que fueran ellos mismos quienes se excitaran tanto ante preguntas al parecer tan sin ocasión.
Pero volvieron a estar del todo atentos cuando Ahab, esta vez girando en su agujero de pivote, elevando una mano hasta alcanzar un obenque, y agarrándolo de modo apretado y casi convulsivo, les dirigió así la palabra:
—Todos los vigías me habéis oído ya dar órdenes sobre una ballena blanca. ¡Mirad! ¿veis esta onza de oro española? —elevando al sol una ancha y brillante moneda—, es una pieza de dieciséis dólares, hombres. ¿La veis? Señor Starbuck, alcánceme esa mandarria.Mientras el oficial le daba el martillo, Ahab, sin hablar, restregaba lentamente la moneda de oro contra los faldones de la levita, como para aumentar su brillo, y, sin usar palabras, mientras tanto murmuraba por lo bajo para sí mismo, produciendo un sonido tan extrañamente ahogado e inarticulado que parecía el zumbido mecánico de las ruedas de su vitalidad dentro de él.
Al recibir de Starbuck la mandarria, avanzó hacia el palo mayor con el martillo alzado en una mano, exhibiendo el oro en la otra, y exclamando con voz aguda:
—¡Quienquiera de vosotros que me señale una ballena de cabeza blanca de frente arrugada y mandíbula torcida; quienquiera de vosotros que me señale esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor; mirad, quienquiera de vosotros que me señale esa misma ballena blanca, obtendrá esta onza de oro, muchachos!
¡Hurra, hurra! —gritaron los marineros, mientras, agitando los gorros encerados, saludaban el acto de clavar el oro al mástil.
—Es una ballena blanca, digo —continuó Ahab, dejando caer la mandarria—: una ballena blanca. Despellejaos los ojos buscándola, hombres; mirad bien si hay algo blanco en el agua: en cuanto veáis una burbuja, gritad.
Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg se habían quedado mirando con interés y sorpresa más atentos que los demás, y al oír mencionar la frente arrugada y la mandíbula torcida, se sobresaltaron como si cada uno de ellos, por separado, hubiera sido tocado por algún recuerdo concreto.
—Capitán Ahab —dijo Tashtego—, esa ballena blanca debe ser la misma que algunos llaman Moby Dick.
—¿Moby Dick? —gritó Ahab—. Entonces, ¿conoces a la ballena blanca, Tash?
—¿Abanica con la cola de un modo curioso, capitán, antes de zambullirse, capitán? —dijo reflexivamente el indio Gay-Head.
—¿Y tiene también un curioso chorro —dijo Daggoo—, con mucha copa, hasta para un cachalote, y muy vivo, capitán Ahab?
—¿Y tiene uno, dos, tres..., ¡ah!, muchos hierros en la piel, capitán —gritó Queequeg, entrecortadamente—, todos retorcidos, como eso... —y vacilando en busca de una palabra, retorcía la mano dando vueltas como si descorchara una botella—, como eso...?
—¡Sacacorchos! —gritó Ahab—, sí, Queequeg, tiene encima los arpones torcidos y arrancados; sí, Daggoo, tiene un chorro muy grande, como toda una gavilla de trigo, y blanco como un montón de nuestra lana de Nantucket después del gran esquileo anual; sí, Tashtego, y abanica con la cola como un foque roto en una galerna.
¡Demonios y muerte!, hombres, es Moby Dick la que habéis visto; ¡Moby Dick, Moby Dick!
—Capitán Ahab —dijo Starbuck, que, con Stubb y Flask, había mirado hasta entonces a su superior con sorpresa creciente, pero al que por fin pareció que se le ocurría una idea que de algún modo explicaba todo el prodigio—. Capitán Ahab, he oído hablar de Moby Dick, pero ¿no fue Moby Dick la que le arrancó la pierna?
—¿Quién te lo ha dicho? —gritó Ahab, y luego, tras una pausa—: Sí, Starbuck; sí, queridos míos que me rodeáis; fue Moby Dick quien me desarboló; fue Moby Dick quien me puso en este muñón muerto en que ahora estoy. Sí, sí —gritó con un terrible sollozo, ruidoso y animal, como el de un alce herido en el corazón—: ¡Sí, sí!, ¡fue esa maldita ballena blanca la que me arrasó, la que me dejó hecho un pobre inútil amarrado para siempre jamás! —Luego, agitando los brazos, gritó con desmedidas imprecaciones—: ¡Sí, sí, y yo la perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos, y del Maelstrom noruego, y de las llamas de la condenación, antes de dejarla escapar! Y para esto os habéis embarcado, hombres, para perseguir a esa ballena blanca por los dos lados de la costa, y por todos los lados de la tierra, hasta que eche un chorro de sangre negra y estire la aleta. ¿Qué decís, hombres: juntaréis las manos en esto? Creo que parecéis valientes.
—¡Sí, sí! —gritaron los arponeros y marineros, acercándose a la carrera al excitado anciano—: ¡Ojo atento a la ballena blanca; un arpón afilado para Moby Dick!
—Dios os bendiga —pareció medio sollozar y medio gritar—: Dios os bendiga, marineros. ¡Mayordomo!, ve a sacar la medida grande de grog. Pero ¿a qué viene esa cara larga, Starbuck; no quieres perseguir a la ballena blanca; no tienes humor de cazar a Moby Dick?
—Tengo humor para su mandíbula torcida, y para las mandíbulas de la Muerte también, capitán Ahab, si viene por el, camino del negocio que seguimos; pero he venido aquí a cazar ballenas, y no para la venganza de mi jefe. ¿Cuántos barriles le dará la venganza, aunque la consiga, capitán Ahab? No le producirá gran cosa en nuestro mercado de Nantucket.
—¡El mercado de Nantucket! ¡Bah! Pero ven más acá, Starbuck: necesitas una capa un poco más profunda. Aunque el dinero haya de ser la medida, hombre, y los contables hayan calculado el globo terráqueo como su gran oficina de contabilidad, rodeándolo de guineas, una por cada tercio de pulgada, entonces, ¡déjame decirte que mi venganza obtendrá un gran premio aquí!
—Se golpea el pecho —susurró Stubb—, ¿a qué viene eso? Me parece que suena como a muy grande, pero a hueco.
—¡Venganza contra un animal estúpido —gritó Starbuck—, que le golpeó simplemente por su instinto más ciego! ¡Locura! Irritarse contra una cosa estúpida, capitán Ahab, parece algo blasfemo.
—Pero vuelve a oír otra vez, ¿y esa capa más profunda? Todos los objetos visibles, hombre, son solamente máscaras de cartón piedra. Pero en cada acontecimiento (en el acto vivo, en lo que se hace sin dudar) alguna cosa desconocida, pero que sigue razonando, hace salir las formas de sus rasgos por detrás de la máscara que no razona. Si el hombre ha de golpear, ¡que golpee a través de la máscara! ¿Cómo puede el prisionero llegar fuera sino perforando a través de la pared? Para mí, la ballena blanca es esa pared, que se me ha puesto delante. A veces pienso que no hay nada detrás. Pero basta. Me ocupa, me abruma, la veo con fuerza insultante, fortalecida por una malicia insondable. Esa cosa inescrutable es lo que odio más que nada, y tanto si la ballena blanca es agente, como si es principal, quiero desahogar en ella este odio. No me hables de blasfemia, hombre; golpearía al sol si me insultara. Pues si el sol podía hacerlo, yo podría hacer lo otro, puesto que siempre hay ahí una especie de juego limpio que preside celosamente todas las criaturas. Pero ni siquiera ese juego limpio es mi dueño, hombre. ¿Quién está por encima de mí? La verdad no tiene confines. ¡Aparta tu mirada!, ¡una mirada pasmada es más intolerable que las ojeadas fulminantes del enemigo! Eso, eso; enrojeces y palideces; mi calor te ha hecho fundirte en llamarada de ira. Pero fíjate, Starbuck, lo que se dice acalorado, se desdice a sí mismo. Hay hombres cuyas palabras acaloradas son pequeñas indignidades. No quería irritarte. Déjalo estar. ¡Mira! ¡Observa esas mejillas salvajes de bronceado con manchas; pinturas vivas y con aliento, pintadas por el sol, esos leopardos paganos, esos seres vivos sin pensamiento ni piedad, y no busques ni des razones para la vida tórrida que llevan! ¡La tripulación, hombre, la tripulación! ¿No están, como un solo hombre, de acuerdo con Ahab, en este asunto de la ballena? ¡Mira a Stubb, cómo se ríe! ¡Mira a aquel chileno! Resopla de pensarlo. ¡Tu único retoño zarandeado no puede seguir en pie en medio del huracán general, Starbuck! ¿Y qué es? Calcúlalo. No es sino ayudar a herir, una aleta; no es una hazaña prodigiosa para Starbuck. ¿Qué más es? Sólo en esta pobre caza, entonces, la mejor lanza de todo Nantucket no se va a quedar seguramente atrás, cuando todos los marineros han agarrado una piedra de afilar. ¡Ah! Ya te invade un impulso, ya lo veo: ¡la ola te levanta! ¡Habla, habla nada más! ¡Sí, sí, tu silencio, entonces, es lo que te manifiesta! (Aparte.) Algo, disparado de mis narices dilatadas, lo ha aspirado en sus pulmones. Starbuck ya es mío; ya no se me puede oponer sin rebelión.
—¡Dios me guarde, y nos guarde a todos! —murmuró en voz baja Starbuck.
Pero, en su alegría por la hechizada aquiescencia tácita de su oficial, Ahab no escuchó su fatídica invocación, ni la sorda risa que subía de la bodega, ni el presagio de las vibraciones de los vientos en las jarcias, ni la hueca sacudida de las velas contra los palos, cuando por un momento se desplomaron, como sin ánimo. Pues de nuevo los ojos bajos de Starbuck se iluminaron con la terquedad de la vida; se extinguió la risa subterránea, los vientos siguieron soplando, las velas se hincharon y el barco cabeceó y avanzó como antes. ¡Ah, admoniciones y avisos! ¿Por qué no os quedáis cuando venís? Pero ¡oh sombras! Sois más bien predicciones que avisos; y no tanto predicciones desde fuera, cuanto verificaciones de lo que acontece en el interior. Pues habiendo pocas cosas exteriores capaces de sujetarnos, las necesidades interiores de nuestro ser nos siguen empujando.
—¡La medida, la medida de grog! —gritó Ahab.
Recibido el rebosante recipiente, y volviéndose a los arponeros, les ordenó que sacasen las armas. Luego, alineándoles ante él, junto al cabrestante, con los arpones en la mano, mientras los tres oficiales se situaban a su lado con las lanzas, y el resto de la tripulación del barco formaba un círculo en torno al grupo, se quedó un rato escudriñando atento a todos los hombres de la tripulación. Pero aquellos ojos salvajes hacían frente a su mirada como los ojos sanguinolentos de los lobos de la pradera a los ojos de su guía, antes que éste, a la cabeza de todos, se precipite por el rastro del bisonte, aunque, ¡ay!, sólo para caer en el escondido acecho de los indios.
—¡Bebed y pasad! —gritó, entregando el pesado recipiente cargado al marinero más cercano—. Que ahora beba solamente la tripulación. ¡Dadle la vuelta, dadle la vuelta! Sorbos cortos, tragos largos; está caliente como la pezuña de Satanás. Eso, eso; da la vuelta muy bien. Se hace una espiral en vosotros; se bifurca; se bifurca en los ojos, que se disparan como las serpientes. Bien hecho, casi vacío. Por allá vino, por acá vuelve. Dádmelo: ¡vaya hueco! Hombres, sois igual que los años; así se traga y desaparece la vida rebosante. ¡Mayordomo, vuelve a llenar!
»Atendedme ahora, mis valientes. Os he pasado revista a todos alrededor del cabrestante; vosotros, oficiales, flanqueadme con vuestras lanzas; vosotros, arponeros, poneos ahí con vuestros hierros, y vosotros, robustos marineros, hacedme un cerco, para que pueda de algún modo resucitar una noble costumbre de mis antepasados pescadores. Marineros, ya veréis que... ¡Ah, muchacho!, ¿ya has vuelto? Las monedas falsas no vuelven tan pronto. Dádmelo. Vaya, ahora este cachorro estaría otra vez rebosante, si no fueras el duende de san Vito... ¡Vete allá, peste!
» ¡Avanzad, oficiales! Cruzad vuestras lanzas extendidas ante mí. ¡Bien hecho! Dejadme tocar el eje.
Así diciendo, con el brazo extendido, agarró por su centro cruzado las tres lanzas, formando una estrella al mismo nivel, y al hacerlo, les dio un súbito tirón nervioso, mientras que lanzaba atentas ojeadas, pasando de Starbuck a Stubb, de Stubb a Flask. Parecía que, por alguna inexpresable volición interior, hubiera querido darles un calambre con la misma feroz emoción acumulada en la botella de Leyden de su propia vida magnética. Los tres oficiales cedieron ante su aspecto recio, firme y místico. Stubb y Flask apartaron la mirada a un lado; los honrados ojos de Starbuck cayeron hacia abajo.
—¡En vano! —gritó Ahab—, pero quizá está bien. Pues si los tres hubierais recibido por una sola vez el calambre con toda su fuerza, entonces mi propia cosa eléctrica quizá habría expirado saliendo de mí. Acaso, también, os habrá hecho desplomaros muertos. Acaso no lo necesitáis. ¡Abajo las lanzas! Y ahora, oficiales, os nombro, a los tres, coperos de mis tres parientes paganos, esos tres honorables caballeros y nobles, mis valientes arponeros. ¿Desdeñáis la tarea? ¿Y qué, entonces, cuando el gran Papa lava los pies a los mendigos, usando la tiara como jofaina? Ah, mis dulces cardenales, vuestra misma condescendencia os plegará a esto. No os doy órdenes; vosotros lo queréis. ¡Cortad vuestras ligaduras y sacad las astas, oh, arponeros!
Obedeciendo en silencio la orden, los tres arponeros quedaron sosteniendo ante él el hierro separado de los arpones, con las barbas para arriba.
—¡No me apuñaléis con ese agudo acero! ¡Dadles la vuelta, dadles la vuelta! ¿No conocéis el lado del mango? ¡Poned para arriba el hueco! Así, así; ahora, coperos, avanzad. ¡Tomad los hierros; sostenedlos mientras yo escancio!
Y entonces, pasando lentamente de un oficial a otro, llenó hasta el borde el hueco de los hierros de arpón con las ardientes linfas del recipiente de peltre.
Ahora estáis ahí tres frente a tres. ¡Alabad estos cálices asesinos! Entregadlos, ahora que ya sois partes de una alianza indisoluble. ¡Ah, Starbuck, ya está todo hecho! El sol aguarda para ratificarlo posándose sobre ello. ¡Bebed, arponeros! Bebed y jurad, hombres que tripuláis la mortal proa de la lancha ballenera: ¡Muerte a Moby Dick! ¡Dios nos dé caza a todos si no damos caza a Moby Dick hasta matarla!
Los largos y afilados vasos de acero se elevaron; y con gritos y maldiciones contra la ballena blanca, la bebida fue simultáneamente engullida con un chirrido. Starbuck palideció, se volvió y se estremeció. Una vez más, la última vez, el recipiente de nuevo lleno dio la vuelta entre la frenética tripulación, y luego él les hizo una señal con la mano libre, y todos se dispersaron, mientras Ahab se retiraba a su cabina.

XXXVII. Atardecer

La cabina, por las ventanas de popa; AHAB, sentado solo y mirando hacia fuera



«Por donde navego, dejo una estela turbia y blanca; aguas pálidas y mejillas aún más pálidas. Las ondas envidiosas, a los lados, se hinchan para ahogar mi rastro; que lo hagan, pero antes paso yo.
»Allá, en el borde de la copa siempre rebosante, las tibias olas enrojecen como vino. El rostro de oro sondea el azul. El sol en zambullida —sumergiéndose lentamente desde mediodía— desciende, mientras mi alma sube y se fatiga con su interminable cuesta. ¿Es, entonces, la corona demasiado pesada, esta Corona de Hierro de Lombardía, lo que llevo? Pero resplandece con muchas gemas; yo, que la llevo, no veo sus centelleos que llegan a lo lejos, sino que noto sobriamente que llevo algo que deslumbra y confunde. Es hierro, ya lo sé, no es oro. Está partido, además: lo noto; así me atormenta el borde mellado, y mi cerebro parece latir contra el metal macizo; sí, cráneo de acero, el mío; tipo de cráneo que no necesita casco en la lucha más destrozadora de sesos.
»¿Calor seco en mi frente? ¡Oh! Hubo tiempos en que el atardecer me aliviaba tanto como el amanecer me espoleaba noblemente. Ya no. Esta deliciosa luz no me alumbra a mí; toda delicia es angustia para mí, pues jamás puedo disfrutar. Dotado de la percepción sublime, me falta el bajo poder de disfrutar; ¡condenado, sutilísima y malignamente condenado en medio del Paraíso! ¡Buenas noches, buenas noches! (Agitando la mano, se aparta de la ventana.) »No fue tarea tan difícil. Creí encontrar por lo menos uno terco, pero mi único círculo dentado se ajusta a todas sus diversas ruedas, y giran. O, si queréis, están todos ante mí como montones de pólvora, y yo soy su fósforo. ¡Ah, qué duro!, ¡que, para pegar fuego a otros, el fósforo mismo tenga por fuerza que gastarse! ¡Lo que he osado, lo he querido, y lo que he querido, lo haré! Me creen loco: Starbuck lo cree; pero soy demoníaco, ¡soy la locura enloquecida! La profecía era que yo fuera desmembrado, y... ¡sí! he perdido esta pierna. Ahora yo profetizo que desmembraré a mi desmembradora. Ahora, entonces, sean uno mismo el profeta y el realizador. Eso es más de lo que jamás fuisteis vosotros, oh grandes dioses. Me río de vosotros y os abucheo, ¡jugadores de cricket, pugilistas, sordos Burkes y ciegos Bendigos! No diré como los niños de escuela a los chulos: "Búscate uno de tu tamaño; no me pegues a mí". No, me habéis derribado de un golpe, y de nuevo estoy de pie; pero vosotros habéis corrido a esconderos. ¡Salid de detrás de vuestros sacos de algodón! Vamos, Ahab os presenta sus respetos; venid a ver si me podéis apartar. ¿Desviarme? No me podéis desviar, a no ser que os desviéis vosotros: ahí os tiene el hombre. ¿Desviarme? El camino hacia mi propósito fijo tiene raíles de hierro, por cuyo surco mi espíritu está preparado para correr. ¡Sobre garganta sin sondear, a través de las entrañas saqueadas de las montañas, bajo los cauces de los torrentes, me precipito sin desvío! ¡Nada es obstáculo, nada es viraje para el camino de hierro!»

XXXVIII. Oscurecer

Junto al palo mayor; STARBUCK se apoya en él



«¡Mi alma está más que alcanzada, está superada, y por un loco! ¡Insufrible punzada, que la cordura rinda armas en tal campo! ¡Pero él ha barrenado hasta muy hondo, y ha hecho saltar toda mi razón! Veo su fin impío, pero noto que debo ayudarle hasta él. Quiera o no quiera, esa cosa inefable me ha atado a él; me remolca con un cable que no tengo cuchillo con que cortar. ¡Horrible viejo! ¿Quién está por encima de él? Grita; sí, sería un demócrata con todos los de lo alto; ¡mira, cómo señorea a todos los de abajo! ¡Ah, ya veo claramente mi tarea miserable: obedecer rebelándome, y peor aún, odiar con un toque de compasión! Pues en sus ojos leo algún espeluznante dolor que me estremecería si lo tuviera. Pero aún hay esperanza. El tiempo y la marea fluyen despacio. La odiada ballena tiene todo el cerco del mundo acuático para nadar, igual que el pequeño pez dorado tiene su globo cristalino. Ojalá Dios desvíe a un lado su propósito injurioso para los Cielos. Elevaría mi corazón, si no fuera como de plomo. Pero se me acaba toda la cuerda, y no tengo llave con que volver a elevar mi corazón, la pesa que todo lo mueve. (Un estrépito de orgía, desde el castillo de proa.)
» ¡Oh, Dios!, ¡navegar con una tripulación tan pagana que tiene escasa huella de madres humanas en ellos; paridos no sé dónde por el mar, como por una hembra de tiburón! La ballena blanca es su semidiós diabólico. ¡Atención! ¡Las orgías infernales! ¡El estrépito es a proa ¡Nótese el silencio sin interrupción en la popa! Me parece que es imagen de la vida. Adelante, a través de los centelleantes mares, avanza disparada la alegre proa, combatida y burlona, pero sólo para arrastrar detrás de sí al sombrío Ahab, que cavila dentro de su cabina a popa, construida sobre las muertas aguas de la estela, cada vez más adelante, acosado por sus gorgoteos lobunos. ¡Ese largo aullido me hace temblar de arriba abajo! ¡Silencio, los de la orgía, y montad la guardia! ¡Oh, vida! En una hora como ésta, con el alma abatida y agarrada al conocimiento —como están obligadas a nutrirse las cosas salvajes y sin educación—, ¡oh, vida!, ahora es cuando siento el horror latente en ti, pero yo no soy eso; ese horror está fuera de mí, y con el dulce sentimiento de lo humano que hay en mí, trataré sin embargo de combatiros, ¡oh, futuros sombríos y fantasmales! ¡Poneos a mi lado, sostenedme, atadme, oh, influjos bienaventurados!»

XXXIX. Primera guardia nocturna

Cofa de trinquete. STUBB, solo, arreglando una braza



«¡Ja, ja, ja!; ¡ejem!, ¡me aclararé la garganta! Lo he estado pensando desde entonces, y este «ja, ja" es la consecuencia final. ¿Por qué eso? Porque una risotada es la respuesta más sensata y fácil a todo lo extraño; y pase lo que pase, siempre queda un consuelo: ese consuelo infalible es que todo está predestinado. No oí toda su conversación con Starbuck, pero, a mi pobre modo de ver, Starbuck entonces parecía algo así como yo me sentí la otra tarde. Pero seguro que ese viejo mongol ya le ha arreglado a él también. Yo lo comprendí, lo supe; había tenido el don, y podría fácilmente haberlo profetizado, pues lo vi cuando eché el ojo a su cráneo. Bueno, Stubb, sensato Stubb; éste es mi título; bueno, Stubb, ¿qué hay con eso? Aquí hay una carcasa.!Yo no sé todo lo que podrá pasar, pero, sea lo que quiera, iré a ello riendo. ¡Qué mueca sarcástica acecha en todos vuestros horrores! Me siento cómico. ¡Tralaralará! ¿Qué estará haciendo ahora en casa mi, perita de agua? ¿Gastándose los ojos a fuerza de llorar? Me atrevo a decir que dando una fiesta a los arponeros recién llegados, alegre como un gallardete de fragata, y así estoy yo también...

¡Tralaralará!. Oh...

Al amor brindaremos esta noche
con la felicidad de las burbujas
que nadan por el jarro hasta los bordes
y estallan en los labios al romperse.



»Valiente estrofa esa... ¿Quién llama? ¿Señor Starbuck? Sí, sí, señor. (Aparte.) Es mi superior; también él tiene superior, si no estoy equivocado. Sí, sí, señor, ahora mismo acabo este trabajo; ya voy.»

XL. Medianoche. Castillo de proa

ARPONEROS Y MARINEROS.—Se levanta la vela de trinquete y se ve a la guardia de pie, o dando vueltas, o recostada o tendida, en diversas actitudes, todos cantando a coro.

¡Adiós para siempre, damas españolas!
Oh damas de España, para siempre adiós,
manda el capitán!..



PRIMERO DE NANTUCKET.— ¡Eh, muchachos, no seáis sentimentales es malo para la digestión! ¡Tomad un tónico, seguidme! (Canta y todos le siguen.)

El capitán estaba en la cubierta,
el catalejo en mano;
mirando las ballenas valerosas que a lo lejos soplaban.
Eh muchachos, los cubos a las lanchas,
cada cual su aparejo,
y una hermosa ballena cazaremos
si a los remos dais bien.
¡Ánimo, pues, muchachos, sin desmayo,
que el arponero hiere a la ballena!



VOZ DEI. OFICIAL DESDE EL ALCÁZAR.— ¡Eh, en la proa, dad las ocho!
SEGUNDO MARINERO DE NANTUCKET.— ¡Basta de coro! ¡Eh, ocho toques!, ¿oyes, campanero? ¡Pica ocho veces a la campana, tú, Pip!; ¡tú, negro! Y yo voy a llamar a la guardia. Tengo la boca especial para eso... boca de tonel. Así, así (mete la cabeza por el portillo abajo). ¡Guardia de estri-i-i-ibo-o-o-or, a cubierta-a-a-a! ¡Ocho campanadas, ahí abajo! ¡A moverse para arriba!
MARINERO HOLANDÉS.—Mucho dormitar esta noche, compañero; noche sustanciosa para eso. Noto en el vino de nuestro viejo mongol, que a unos les mata tanto como les anima a otros. Nosotros cantamos, y éstos duermen; sí, están ahí tumbados, como barriles de fondo de bodega. ¡A ellos otra vez, vamos, toma esta bomba de cobre, y llámales por ella! Diles que basta de soñar con sus chicas. Diles que es la resurrección, que deben dar el beso de despedida, y acudir al juicio. Por aquí, así se hace: no tienes la garganta estropeada de comer manteca de Ámsterdam.
MARINERO FRANCÉS.— ¡Oíd, muchachos! Vamos a bailar un poco antes de echar el ancla en la Bahía de las Mantas. ¿Qué decís? Ahí viene la otra guardia. ¡Preparadas las piernas! ¡Pip, pequeño Pip!, ¡hurra por tu pandereta!
Pip (de mal humor y soñoliento). No sé dónde está.
MARINERO FRANCÉS.— ¡Date en la barriga, entonces, y aguza las orejas! Bailad una jiga, muchachos, os digo; alegres como hace falta, ¡hurra! Maldita sea, ¿no queréis bailar? A formar, entonces, en fila india, y galopar en una doble jiga. ¡Echad adelante! ¡Piernas, las piernas!
MARINERO ISLANDÉS.—No me gusta este escenario, compañero; rebota demasiado para mi gusto. Estoy acostumbrado a suelos de hielo. Lamento echar agua fría sobre el asunto, pero me excusarás.
MARINERO MALTÉS.—Lo mismo digo: ¿Dónde están vuestras chicas? ¿Quién, sino un loco, se va a agarrar la mano izquierda con la derecha, y decirse a sí mismo: «Qué tal estás»? ¡Parejas! ¡Tengo que tener parejas!
MARINERO SICILIANO.—Eso, chicas y un prado verde, y entonces brincaré con vosotros; ¡sí, me volveré saltamontes!
MARINERO DE LONG-ISLAND.—Bueno, bueno, gruñones; nosotros somos muchos más. Recoge el grano cuando puedas, digo yo. Todas las piernas tendrán pronto su cosecha. ¡Ah, ahí viene la música; vamos a ello!
MARINERO DE LAS AZORES (subiendo y tirando la pandereta por el escotillón arriba).— ¡Ya estás, Pip; y ahí tienes las bitas del molinete; ve arriba! ¡Vamos, muchachos!
La mitad de ellos baila con la pandereta; unos bajan; otros duermen o se tumban entre las adujas de cabo. Juramentos en abundancia.
MARINERO DE LAS ATORES (bailando).— ¡Vamos, allá, Pip! ¡Dale, campanero! ¡Repica, redobla, resuena, remacha, campanero! ¡Saca chispas, rompe los badajos!
PIP.—¿Badajos dices? Ahí va otro, que se cae; le he pegado fuerte. MARINERO CHINO.—Castañetea los dientes, entonces, y sigue soñando: hazte una pagoda.
MARINERO FRANCÉS.—¡Loco de contento! ¡Sosténme el aro, Pip, hasta que salte por él! ¡Partid los foques, rompeos vosotros mismos!
TASHTEGO (fumando tranquilamente). Eso es un blanco: a eso llama divertirse: ¡bah! Yo me ahorro el sudor.
VIEJO MARINERO DE LA ISLA DE MAN.—No sé si esos alegres muchachos se dan cuenta de sobre qué están bailando. «Bailaré sobre tu tumba, ya verás»: ésa es la más cruel amenaza de vuestras mujeres de por la noche, que afrontan vientos contrarios por las esquinas. ¡Ah, Cristo!, ¡pensar en las armadas verdes y las tripulaciones de calavera verde! Bueno, bueno, probablemente el mundo entero es una pelota, como dicen ustedes los sabios; y así está bien convertido en un solo salón de baile. Seguid bailando, muchachos, sois jóvenes; yo lo fui antaño.
TERCER MARINERO DE NANTUCKET.— ¡Alto, eh!, ¡uf!, esto es peor que remar persiguiendo ballenas en una calma; danos una chupada, Tash.
Dejan de bailar y se reúnen en grupos. Mientras tanto, el cielo se oscurece y refresca el viento.
MARINEROS LASCAR.— ¡Por Brahma, muchachos! Pronto habrá que zambullir las velas. ¡El Ganges, nacido de los cielos, en marea alta, se ha vuelto viento! ¡Muestras tu frente negra, Shiva!
MARINERO MALTÉS (recostándose y sacudiendo el gorro).—Son las olas, esos gorritos de nieve, que ahora bailan la jiga. Pronto agitarán las bolas. ¡Ahora me gustaría que todas las olas fueran mujeres, y entonces me ahogaría y correría con ellas para siempre! No hay nada tan dulce en la tierra, el cielo no puede igualarlo, como esas ojeadas rápidas a pechos salvajes y calientes en el baile, cuando los brazos levantados esconden maduros racimos que estallan.
MARINERO SICILIANO (recostándose).— ¡No me hables de eso! Escucha, muchacho; rápidos entrelazamientos de los miembros; flexibles ladeos; rubores; palpitaciones; ¡labios!, ¡corazón!, ¡cadera! Rozarlo todo; incesante tocar y dejar, pero sin probar, fíjate, porque si no, viene la saciedad. ¿Eh, pagano? (Dándole un codazo.)
MARINERO TAHITIANO (recostándose en una estera).—¡Salve, sagrada desnudez de nuestras muchachas bailando! ¡La Hiva-Hiva! ¡Ah, Tahití, con velos bajos y altas palmeras! Todavía descanso en tu estera, pero el suave suelo se ha escapado. Te vi entrelazada en el bosque, ¡oh, mi estera!, verde el primer día que te traje de allí, y ahora gastada y marchita. ¡Ay de mí!, ¡ni tú ni yo podemos soportar el cambio! ¿Cómo entonces, que así sea trasplantado a ese cielo? ¿Oigo los rugientes torrentes desde Pirohaiti, la cima de dardos, cuando brincan bajando por las rocas y sumergiendo las aldeas? ¡El huracán, el huracán! ¡Arriba, firmeza, y a su encuentro! (Se pone en pie de un brinco.)
MARINERO PORTUGUÉS.—¡Cómo se mece el mar chocando con el costado! ¡Preparados a tomar rizos, queridos míos! ¡Los vientos empiezan a cruzar las espadas; pronto se tirarán a fondo entremezclados!
MARINERO DANÉS.—¡Cruje, cruje, viejo barco!; ¡mientras crujes, aguantas! ¡Bien hecho! Aquel oficial te mantiene firmemente en ello. No tiene más miedo que el fuerte de la isla en el Cattegat, puesto allí para luchar contra el Báltico con cañones azotados por la tormenta y en que se cuaja la sal marina.
CUARTO MARINERO DE NANTUCKET.—E1 tiene sus órdenes, acuérdate de eso. He oído al viejo Ahab decirle que siempre debe romper los chubascos, algo así como se rompe un chorro de agua con una pistola: ¡disparando el barco derecho contra ellos!
MARINERO INGLÉS. Sangre! ¡Pero ese viejo es un tío estupendo! ¡Nosotros somos hombres como para cazarle la ballena!
TODOS.— ¡Eso, eso!
VIEJO MARINERO DE LA ISLA DE MAN.— ¡Cómo se sacuden los tres pinos! Los pinos son la especie más dura de árbol para vivir cuando los trasplantan a otro suelo, y aquí no hay más que la maldita arcilla de la tripulación. ¡Vía, timoneles, vía! En esta clase de tiempo es cuando los corazones valientes se parten en tierra, y los cascos con quilla se parten en el mar. Nuestro capitán tiene su señal de nacimiento: mirad allá, muchachos, en el cielo hay otra, de color lívido, ya lo veis, y todo lo demás, negro como la pez.
DAGGOO.— ¿Qué es eso? ¡Quien tiene miedo al negro me tiene miedo a mí! ¡Yo estoy cortado de ello!
MARINERO ESPAÑOL.— (Aparte.) Quiere chulearse, ¡ah!..., ese viejo gruñón me pone nervioso. (Avanzando.) Sí, arponero, tu raza está en el indudable lado de sombra de la humanidad: diabólicamente sombrío, en esto. Sin ofensa.
DAGGOO (torvamente). No hay de qué.
MARINERO DE SANTIAGO.—Este español está loco o borracho. Pero no puede ser, o si no, en su caso únicamente, las aguas de fuego de nuestro viejo mongol son bastante largas de efecto.
QUINTO MARINERO DE NANTUCKET— ¿Qué es lo que he visto? ¿Un relámpago? Sí.
MARINERO ESPAÑOL.—No; es Daggoo que enseña los dientes. DAGGOO (levantándose de un salto).—¡Enseña los tuyos, pelele! ¡Piel blanca, hígado blanco!
MARINERO ESPAÑOL (haciéndole frente).— ¡Te acuchillo de buena gana! ¡Mucho cuerpo y poco ánimo!
TODOS.— ¡Una pelea, una pelea, una pelea!
TASHTEGO (lanzando una bocanada).—¡Una pelea abajo, y una pelea en lo alto! ¡Dioses y hombres, todos peleadores! ¡Ufl MARINERO DE BELFAST.—¡Una pelea!, ¡viva la pelea! ¡Bendita sea la Virgen, una pelea! ¡Adelante con vosotros!
MARINERO INGLÉS.—Juego limpio! ¡Quitadle el cuchillo al español! ¡Un corro, un corro!
VIEJO MARINERO DE LA ISLA DE MAN.—En seguida está hecho. ¡Ea! El horizonte en corro. En ese corro Caín hirió a Abel. ¡Dulce trabajo, buen trabajo! ¿No? ¿Por qué entonces, oh, Dios, hiciste tú el corro?
VOZ DEL OFICIAL DESDE EL ALCÁZAR.— ¡Hombres a las drizas! ¡A las velas de juanete! ¡Preparados a rizar las gavias!
TODOS.— ¡El huracán, el huracán! ¡Saltad, alegres muchachos! (Se dispersan.)
PIP (encogiéndose bajo el molinete).— ¿Alegres? ¡Dios valga a esos alegres! ¡Cric, cras!, ¡allá va el nervio de foque! ¡Pam, pam! ¡Dios mío! Agáchate más. ¡Pip, allá va la verga de sobrejuanete! Es peor que estar en los bosques azotados el último día del año. ¿Quién iría ahora a trepar en busca de castañas? Pero allá van, todos maldiciendo, y yo me estoy aquí. Bonitas perspectivas para ellos; están en camino para el cielo. ¡Agarra fuerte! ¡Demonios, qué huracán! Pero esos muchachos están peor todavía; ésos son los chubascos blancos. ¿Chubascos blancos?, ¡ballena blanca!, ¡brrr, brrr! Aquí acabo de oírles toda su cháchara ahora mismo, y la ballena blanca... ¡Brrr, brrr! Pero han hablado de ella una vez, y sólo esta tarde, y me hace tintinear todo entero como mi pandereta: esa anaconda de viejo les hizo jurar que la cazarían. ¡Ah, tú, gran Dios blanco, que estás allá en lo alto, no sé dónde, en esa tiniebla, ten piedad de este muchachito negro de aquí abajo; sálvale de todos los hombres que no tienen entrañas para sentir miedo!

XLI. Moby Dick

Yo, Ismael, era uno de esa tripulación; mis gritos se habían elevado con los de los demás, mi juramento se había fundido con los suyos, y gritaba más fuerte y remachacaba y martilleaba mi juramento aún más fuerte a causa del terror que había en mi alma. Había en mí un loco sentimiento místico de compenetración: el inextinguible agravio de Ahab parecía mío. Con ávidos oídos supe la historia de aquel monstruo asesino contra el cual habíamos prestado, yo y todos los demás, nuestros juramentos de violencia y venganza.
Desde hacía algún tiempo, aunque sólo a intervalos, aquella ballena blanca, solitaria y sin compañía, había sembrado el terror por esos mares sin civilizar, frecuentados sobre todo por los cazadores de cachalotes. Pero no todos aquellos sabían de su existencia; sólo unos pocos de ellos, en comparación, la habían visto conscientemente, mientras que era muy pequeño el número de los que hasta ahora le habían dado batalla realmente y a sabiendas. Pues, debido al gran número de buques balleneros, y al modo irregular como estaban dispersos por el entero círculo de las aguas, algunos de ellos extendiendo valientemente su búsqueda por latitudes solitarias, de tal manera que en un año entero o más no encontraban apenas un barco de cualquier clase que les contara noticias; debido a la desmesurada duración de cada viaje, por su parte, y debido a la irregularidad de las líneas que procedían del puerto de salida; debido a todas estas circunstancias, y otras más, directas o indirectas, se había retardado durante mucho tiempo la difusión, a través de la flota ballenera dispersa por el mundo entero, de las noticias especiales e individuales respecto a Moby Dick. Difícilmente cabía dudar de que varios barcos informaban haber encontrado, en tal o cual momento, o en tal o cual meridiano, un cachalote de extraordinaria magnitud y malignidad, el cual cetáceo, tras de causar gran daño a sus atacantes, se les había escapado por completo; y para algunas mentes no era presunción ilícita, digo, que el cetáceo en cuestión no debía ser otro que Moby Dick. Con todo, dado que recientemente la pesquería de cachalotes se había señalado por diversos ejemplos nada infrecuentes de gran ferocidad, astucia y malicia en el monstruo atacado, ocurría así que los cazadores que por casualidad daban batalla ignorantemente a Moby Dick, quizá se contentaban en su mayor parte con atribuir el peculiar terror que producía, más bien, por decirlo así, a los peligros generales de la pesca del cachalote que a esa causa individual. De tal modo, en la mayor parte de los casos, se había considerado entre la gente el desastroso encuentro de Ahab con la ballena.
Y para aquellos que, antes de oír hablar de la ballena blanca, por casualidad la habían avistado, al comienzo de estos asuntos habían arriado las lanchas, sin excepción, con tanto valor y ánimo como antes cualquier otra clase de ballena. Pero a la larga, ocurrieron tales calamidades en esos asaltos —no limitadas a tobillos y muñecas dislocadas, a miembros rotos ni a mutilaciones voraces, sino fatales hasta el último grado de fatalidad—, y se repitieron tanto esos rechazos desastrosos, acumulando y amontonando sus terrores sobre Moby Dick, que esas cosas llegaron a hacer vacilar la fortaleza de muchos valientes cazadores a quienes había llegado por fin la historia de la ballena blanca.
Y tampoco faltaron desorbitados rumores de todas clases que exageraran e hicieran aún más horribles las historias auténticas de esos encuentros mortales. Pues no sólo crecen por naturaleza rumores fabulosos del cuerpo mismo de todos los acontecimientos terribles y sorprendentes —igual que del árbol herido nacen hongos—, sino que en la vida marítima abundasen los rumores desatados mucho más que en tierra firme, dondequiera que haya cualquier realidad apropiada para adherirse. Y lo mismo que el mar sobrepasa a la tierra en este asunto, así la pesca de ballenas sobrepasa a cualquier otra clase de vida marítima en lo prodigioso y terrible de los rumores que a veces circulan por ella. Pues no sólo están sometidos también los balleneros, en su conjunto, a esa ignorancia, superstición hereditaria de todos los marineros, sino que, entre todos los marineros, ellos son en cualquier sentido los que más directamente entran en contacto con todo lo que haya de asombro y horrible en el mar: no sólo observan cara a cara sus mayores maravillas, sino que, mano contra mandíbula, les dan batalla. Solo, en aguas tan remotas que aunque se naveguen mil millas y se pase ante mil costas, no se llega a ver una piedra de hogar tallada, ni nada hospitalario bajo esa parte del sol; en tales longitudes y latitudes, dedicado a una profesión como la suya, el ballenero está envuelto en influjos que tienden a preñar su fantasía de muchos poderosos engendros.
No es extraño, pues, que tomando cada vez más volumen, solamente a fuerza de pasar por los más desiertos espacios de agua, los hinchados rumores sobre la ballena blanca acabaran por llevar consigo toda clase de alusiones morbosas y de semiformadas sugestiones fetales de poderes sobrenaturales, que al fin revistieron a Moby Dick de nuevos terrores que no procedían de nada que tuviera aspecto visible; de tal modo que, en muchos casos, acabó por producir tal pánico, que, de los cazadores que con esos rumores habían oído hablar de la ballena blanca, pocos estaban dispuestos a salir al encuentro de los peligros de su mandíbula.
Pero también actuaban otros influjos, aún más vitalmente prácticos. Ni hasta los días presentes se ha extinguido, en las mentes de los balleneros en corporación, el prestigio original del cachalote, como temerosamente distinto de las demás especies de leviatanes. En nuestros días, hay algunos entre ellos, aunque de sobra inteligentes y valerosos para ofrecer batalla a la ballena de Groenlandia, o ballena franca, que quizá rehusarían —por inexperiencia profesional, o por incompetencia, o por timidez— un combate con el cachalote; en todo caso, hay muchos balleneros, especialmente entre las naciones pesqueras que no navegasen bajo pabellón americano, que nunca se han encontrado en hostilidades con el cachalote, y cuyo único conocimiento del leviatán se limita al innoble monstruo originalmente perseguido en el norte: sentados en las escotillas, esos hombres escuchan con interés y terror pueril, como junto al fuego, los salvajes y extraños relatos de la pesca de la ballena en el sur. Y la preeminente enormidad del gran cachalote no es comprendida con más sentimientos en ningún otro sitio sino a bordo de esas proas que navegan contra él.
Y como si la realidad, ahora puesta a prueba, de su energía hubiera proyectado en tiempos anteriores su sombra sobre él, encontramos a algunos naturalistas librescos —Olassen y Povelson— que declaran que el cachalote no sólo es el horror de todas las demás criaturas del mar, sino que también es tan increíblemente feroz que siempre tiene sed de sangre humana. Impresiones como éstas, o semejantes, no se habían borrado ni aun en un tiempo tan reciente como el de Cuvier. Pues en su Historia Natural, el propio Barón afirma que, a la vista del cachalote, todos los peces (incluidos los tiburones) quedan abrumados por «los más vivos terrores», y «a menudo, en la precipitación de su fuga, se lanzan contra las rocas con tal violencia que se produce la muerte instantánea». Y de cualquier modo como la experiencia general de la pesca de la ballena pueda enmendar, informes como éste, sin embargo, en algunas vicisitudes de su ofició: los cazadores reviven en su mente esa creencia supersticiosa en todo su pleno terror, incluso en el punto de la sed de sangre de que habla Povelson.
Así que, abrumados por los rumores y portentos que la envolvían, no pocos de los pescadores, recordaban, en referencia a Moby Dick, los días primitivos de la pesca' de cachalotes, cuando a menudo era difícil convencer a expertos cazadores de ballenas de Groenlandia para que se embarcaran en los peligros de esta nueva y osada campaña; protestando dichos hombres que, aunque se podía perseguir con esperanzas a otros leviatanes, acosar y dirigir lanzas a una aparición como el cachalote no era cosa para hombres mortales, y que intentarlo sería inevitablemente ser despedazado en rápida eternidad. En este punto, hay algunos notables documentos que pueden ser consultados.
Con todo, —había algunos que, aun frente a tales cosas, estaban dispuestos a perseguir a Moby Dick, y un número aún mayor de quienes, habiendo tenido ocasión solamente de oír hablar de Moby Dick de modo distante y vago, sin los detalles específicos de una calamidad segura, y sin acompañamientos supersticiosos, eran lo bastante valientes como; para no escapar de la batalla si se les presentaba.
Una de las desorbitadas sugerencias a que se ha aludido entre las que acabaron por unirse a la ballena blanca en las mentes propensas a la superstición, era la convicción sobrenatural de que Moby Dick era ubicuo, y que se le había encontrado de hecho en latitudes opuestas en, un mismo instante de tiempo. Y, por más crédulas que debían ser tales mentes, esa convicción no carecía por completo de alguna leve vislumbre de probabilidad supersticiosa. Pues, así como no se han dado a conocer todavía los secretos de las corrientes de los mares, ni aun con las más eruditas investigaciones, igualmente, los ocultos caminos del cachalote bajo la superficie siguen siendo, en gran parte, inexplicables para sus perseguidores, y de vez en cuando han dado origen a las especulaciones más curiosas y contradictorias, sobre todo en cuanto a los misteriosos modos como, tras de sondear a gran profundidad, se desplaza con tan enorme rapidez a los puntos más distantes.
Es cosa bien sabida, tanto de los barcos balleneros americanos como de los ingleses, y bien fundamentada en informes autorizados, hace años, por Scoresby, que se han capturado muy al norte del Pacífico algunas ballenas en cuyos cuerpos se han hallado puntas de arpones disparados en los mares de Groenlandia. Ni se puede contradecir que en algunos de esos ejemplos se ha declarado que el intervalo de tiempo entre los dos ataques no podía haber sido de muchos días. De aquí, por inducción, han creído algunos balleneros que el Paso del Noroeste, problema tan antiguo para el hombre, nunca ha sido problema para la ballena. De modo que aquí, en la real experiencia vivida de hombres vivos, narraciones fabulosas como los prodigios relatados antiguamente sobre la sierra de la Estrella en Portugal, tierra adentro (junto a cuya cima se decía que había un lago en que salían flotando a la superficie restos de naves), y la aún más prodigiosa historia de la fuente de Aretusa (junto a Siracusa cuyas aguas se creía que llegaban de Tierra Santa por un conducto subterráneo), quedaban plenamente alcanzadas por las realidades del ballenero.
Obligados a familiarizarse, pues, con prodigios tales como éstos, y sabiendo que, después de repetidos asaltos intrépidos, la ballena blanca había escapado con vida, no puede sorprender mucho que algunos balleneros fueran aún más allá en sus supersticiones, declarando a Moby Dick no sólo ubicuo, sino inmortal (pues la inmortalidad no es sino la ubicuidad en el tiempo), y que aunque se clavaran en sus costados selvas de lanzas, seguiría nadando sin recibir daño, o que si alguna vez se la llegaba a hacer verter densa sangre, el verla sería sólo un espectral engaño, pues, una vez más, en olas sin enrojecer, a cientos de leguas, se volvería a observar su chorro impoluto.
Pero, aun despojándolo de estas hipótesis sobrenaturales, había bastante en la figura terrenal y el carácter indiscutible del monstruo como para herir la imaginación con energía insólita. Pues no era tanto su extraordinario tamaño lo que le distinguía de los demás cachalotes, sino, como se manifestó en otro lugar, una peculiar frente blanca y con arrugas, y una alta joroba blanca en pirámide. Esos eran sus rasgos descollantes, los signos por los cuales, aun en los mares sin límites y sin mapas, revelaba su identidad a larga distancia a aquellos que la conocían.
El resto de su cuerpo estaba tan surcado, manchado y jaspeado, en el mismo color de sudario, que, al fin, había ganado su denominación distintiva de «ballena blanca», un nombre, desde luego, justificado a la letra por su aspecto vívido, al verla deslizarse a mediodía por un oscuro mar azul, dejando una estela en vía láctea, de espuma creemos salpicada de centelleos dorados.
Y no era tanto su insólito tamaño, ni su sorprendente color, ni tampoco su deformada mandíbula inferior lo que revestía a la ballena de terror natural, cuanto esa inteligente malignidad sin ejemplo, que, según los informes detallados, había evidenciado una vez y otra en sus ataques. Más que nada, sus traidoras retiradas producían mayor consternación, quizá, que cualquier otra cosa. Pues después de nadar ante sus jubilosos perseguidores, al parecer con todos los síntomas de la alarma, se había sabido que varias veces había dado media vuelta de repente y, lanzándose sobre ellos, les había desfondado la lancha en astillas, o les había rechazado consternados hacia el barco.
Su persecución ya había ido acompañada varias veces por desgracias. Pero aunque semejantes desastres, por poco que se hablase de ellos en tierra, no eran desacostumbrados en la pesca de ballenas, con todo, parecía tal la infernal premeditación de ferocidad de la ballena blanca, que cualquier mutilación o muerte que causara no se consideraba del todo como producida por un elemento sin inteligencia.
Júzguese, entonces, a qué niveles de furia inflamada y consternada se verían impulsadas las mentes de sus más desesperados perseguidores, cuando, entre las astillas de las lanchas masticadas y los miembros, hundiéndose, de sus compañeros destrozados, salían a nado entre los blancos coágulos de la terrible cólera de la ballena, para hallarse bajo la exasperante serenidad de la luz del sol, que seguía sonriendo, como ante un nacimiento o una boda.
Con sus tres lanchas desfondadas en torno a él, y los remos y los marineros absorbidos por los remolinos, un capitán, agarrando de su proa rota el cuchillo de la estacha, se había lanzado contra la ballena, como un duelista de Arkansas contra su enemigo, tratando ciegamente de alcanzar con su hoja de seis pulgadas la vida de la ballena, que quedaba a la profundidad de una braza. Ese capitán era Ahab. Y entonces fue cuando, pasándole de repente por debajo su mandíbula inferior, en forma de hoz, Moby Dick había segado la pierna de Ahab, como corta un segador una brizna de hierba en el campo. Ningún turco de turbante, ningún veneciano o malayo a sueldo le habría herido con más aspecto de malicia. Pocas razones había para dudar, pues, que desde aquel encuentro casi fatal Ahab había abrigado un loco deseo de venganza contra la ballena, cayendo aún más en su frenesí morboso porque acabó por identificar con la ballena no sólo todos sus males corporales, sino todas sus exasperaciones intelectuales y espirituales. La ballena blanca nadaba ante él como encarnación monomaníaca de todos esos elementos maliciosos que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior, hasta que quedan con medio corazón y medio pulmón para seguir viviendo. Esa intangible malignidad que ha existido desde el comienzo, a cuyo dominio los cristianos modernos atribuyen la mitad de los mundos, y que los ancianos ofitas de Oriente reverenciaban en su diabólica estatua, Ahab no se prosternó para adorarla, como ellos, sino que, trasladando en delirio su idea a la ballena blanca, se lanzó contra ella, aunque tan mutilado. Todo lo que mas enloquece y atormenta; todo lo que remueve la hez de las cosas, toda verdad que contiene malicia, todo lo que resquebraja los nervios y endurece el cerebro, todos los sutiles demonismos de vida y pensamiento, todos los males, para el demente Ahab, estaban personificados visiblemente, y se podían alcanzar prácticamente en Moby Dick. Sobre la blanca joroba de la ballena amontonaba la suma universal del odio y la cólera que había sentado toda su raza desde Adán para acá, y luego, como si su pecho fuera un mortero, le disparaba encima la ardiente granada de su corazón.
No es probable que esta monotonía suya surgiera instantáneamente en el momento preciso de su desmembración corporal. Entonces, al dispararse hacia el monstruo, cuchillo en mano, no había hecho más que dar rienda, suelta a una repentina y apasionada animosidad corporal; y cuando recibió el golpe que le desgarró, probablemente sólo sintió la angustiosa laceración física, pero nada más. Sin embargo, obligado por ese choque a volver a puerto, y, durante largos meses, de muchos días y semanas, tendido Ahab con su angustia en la misma hamaca, y doblando en pleno invierno aquel temible y ululante cabo patagónico, fue entonces cuando su cuerpo roto y su alma herida sangraron uno en otro, y al entremezclarse le volvieron loco. Que fue sólo entonces, en el viaje de vuelta, tras el encuentro, cuando le invadió su monomanía definitiva, parece comprobado por el hecho de que, en algunos períodos de la travesía, estuvo loco furioso y aunque desprovisto de una pierna, quedaba aún tanta fuerza vital en su pecho egipcio, intensificada además por su delirio, que sus oficiales se vieron obligados a atarle fuerte allí mismo, mientras navegaba, furioso, en su hamaca. En su camisa de fuerza, se mecía al loco balanceo de las galernas. Y cuando, al llegar a latitudes más soportables, el barco, extendiendo levemente las «alas», atravesó los trópicos tranquilos, y, según todas las apariencias, el delirio del viejo parecía haber quedado atrás, con las marejadas del cabo de Hornos, y salió de su oscura madriguera a tomar la luz bendita y el aire; aún entonces, al presentar ese rostro firme y concentrado, aunque pálido, y dar otra vez sus órdenes tranquilas, mientras sus oficiales daban gracias a Dios de que ya había pasado la terrible locura, aún entonces, Ahab, en su intimidad escondida, seguía siendo un loco furioso. La locura humana es a menudo una cosa astuta y felina. Cuando se piensa que ha huido, quizá no ha hecho sino transfigurarse en alguna forma silenciosa y más sutil. La demencia total de Ahab no menguó, sino que se contrajo profundizándose; como el indómito río Hudson, cuando, noble nórdico, fluye angosto, pero insondable, a través de la garganta de la Highland. Pero en esa monomanía de corriente angosta, no había quedado atrás una jota de la ancha locura de Ahab; y de igual modo, en esa ancha locura, no había perecido una jota de su gran intelecto natural. Éste, antes ente vivo, se convirtió ahora en instrumento vivo. Si puede mantenerse en pie una figura retórica tan demente, su particular locura tomó al asalto su cordura general, y pudo con ella, y dirigió toda su artillería concentrándola en su propio blanco loco; de modo que, lejos de haber perdido su fuerza, Ahab, para ese único objetivo, poseía ahora mil veces mayor potencia que la que en su cordura había dirigido jamás hacia ningún objetivo razonable.
Esto ya es mucho, y sin embargo, la parte mayor, más oscura y más profunda de Ahab, permanece sin aludir. Pero vano es popularizar profundidades, y toda verdad es profunda. Bajando en espiral desde dentro del mismo corazón de este erizado Hotel de Cluny donde estamos —abandonémoslo ahora, por grandioso y maravilloso que sea—; tomad vuestro camino, almas nobles y tristes, a esas vastas salas de termas romanas, donde, allá lejos, bajo las fantásticas torres de la parte superior de la tierra del hombre, se sienta en barbado esplendor la raíz de su grandeza, su entera y abrumadora esencia; ¡resto antiguo sepultado entre antigüedades, y entronizado sobre torsos! Así, con un trono roto, los grandes dioses se burlan de ese rey cautivo; y él está sentado, paciente como una cariátide, sosteniendo en su helada frente los acumulados entablamentos de las edades. ¡Bajad hasta aquí, almas orgullosas y tristes! ¡Qué parecido de familia! Sí, él os engendró, jóvenes realezas exiliadas, y sólo de vuestro tétrico progenitor saldrá el antiguo secreto de Estado.
Ahora, en su corazón, Ahab entreveía algo de esto, a saber: «Todos mis medios son cuerdos; mi motivo y mi objetivo es demente». Pero sin tener poder para matar, o cambiar, o esquivar el hecho; sabía igualmente que para la humanidad había fingido largo tiempo, y en cierto modo, seguía haciéndolo. Pero eso de que fingiera estaba sujeto sólo a su percepción, no a su voluntad determinada. No obstante, tanto éxito tuvo en su fingimiento, que, cuando por fin saltó a tierra con su pierna de marfil, ninguno de Nantucket le consideró más que naturalmente herido hasta lo vivo con la terrible desgracia que le había caído.
La noticia de su innegable delirio en el mar se atribuyó también popularmente a una causa análoga. Y lo mismo, también, toda la melancolía añadida que en lo sucesivo, y hasta el mismo día de embarcar en el Pequod para el presente viaje, había estado anidando en su frente. Y no es poco probable que, lejos de desconfiar en su capacidad para otro viaje de pesca de ballenas, a causa de esos sombríos síntomas, la calculadora gente de aquella prudente isla se inclinara a abrigar la idea de que por esas mismas razones estaba más calificado y preparado para una persecución tan llena de cólera y rabia como la sangrienta caza de las ballenas. Roído por dentro y abrasado por fuera por las inexorables garras clavadas de alguna idea incurable, un hombre así, si se podía encontrar, parecería el hombre más adecuado para disparar el arpón y levantar la lanza contra el más aterrador de los brutos. O, si por alguna razón se le consideraba físicamente incapacitado para ello, sin embargo, tal hombre parecería superlativamente competente para animar y jalear a sus subordinados en el ataque. Pero, sea como sea, lo cierto es que, con el loco secreto de su cólera sin tregua bien encerrado en él bajo llave y cerrojo, Ahab se había embarcado adrede en este viaje con el único y absorbente objetivo de cazar a la ballena blanca. Si algunos de sus antiguos conocidos en tierra hubieran sólo medio imaginado lo que entonces se escondía en él, ¡qué pronto sus justas almas horrorizadas habrían arrebatado el barco a un hombre tan diabólico! Les interesaba travesías beneficiosas, con un provecho que se contara en dólares bien acuñados. Él estaba absorto en una venganza audaz, inexorable y sobrenatural.
Ahí, entonces, estaba ese impío anciano de cabeza cana, persiguiendo con maldiciones a una ballena como para Job, alrededor del mundo, a la cabeza de una tripulación, también compuesta principalmente de renegados mestizos, de proscritos y de caníbales; también debilitada moralmente por la incompetencia de la mera virtud y la rectitud sin otra ayuda, en Starbuck, de la invulnerable jovialidad de la indiferencia y el descuido, en Stubb, y de la mediocridad invasora, en Flask. Tal tripulación, con tales oficiales, parecía especialmente emergida y embarcada por alguna fatalidad infernal para ayudarle en su venganza monomaníaca. ¿Cómo era que respondían tan sobradamente a la ira del viejo?; ¿de qué magia perversa estaban poseídas sus almas que a veces el odio de él parecía ser de ellos, y la ballena blanca un enemigo tan insufrible para ellos como para él?; ¿cómo ocurría todo esto?; ¿qué era para ellos la ballena blanca?; ¿o cómo, para su comprensión subconsciente, también, de algún modo en penumbra y sin sospecharlo, podía haber parecido el gran demonio fugaz de los mares de la vida? Explicar todo esto, sería bucear más hondo de lo que puede llegar Ismael. De ese minero subterráneo que trabaja en todos nosotros, ¿cómo puede uno decir adónde lleva su pozo, por el sonido desplazado y ensordecido de su piqueta? ¿Quién no siente que le arrastra el brazo invisible? ¿Qué bote remolcado por un setenta-y-cuatro cañones puede quedarse quieto? Por mi parte, yo me rendí al abandono del momento y el lugar; pero, al mismo tiempo que me lanzaba apresurado al encuentro de la ballena, no podía ver en aquel bruto nada que no fuera el más mortal de los males.

XLII. La blancura de la ballena

Lo que era la ballena blanca para Ahab, ya se ha sugerido; lo que a veces era para mí, todavía está por decir.
Aparte de esas consideraciones más obvias respecto a Moby Dick que no podían dejar de despertar ocasionalmente cierta alarma en el ánimo de cualquiera, había otro pensamiento, o más bien otro vago horror sin nombre, que a veces, por su intensidad, dominaba completamente a los demás; y, sin embargo, era tan místico y poco menos que inefable, que casi desespero de presentarlo en una forma comprensible. Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas. Pero ¿cómo puedo tener esperanzas de explicarme aquí? Y, sin embargo, de algún modo azaroso y crepuscular, tengo que explicarme, o si no, todos estos capítulos no serán nada.
Aunque en muchos objetos naturales la blancura realza la belleza con refinamiento, como infundiéndole alguna virtud especial propia, según ocurre en mármoles, camelias y perlas; y aunque diversas naciones han reconocido de un modo o de otro cierta preeminencia real en este color —hasta los bárbaros y grandiosos reyes antiguos del Perú, que ponían el título de «Señor de los Elefantes Blancos» por encima de sus demás grandilocuentes atribuciones de dominio; y los modernos reyes de Siam, que despliegan el mismo níveo cuadrúpedo en el estandarte real; y la bandera de Hannover, que ostenta la figura de un corcel níveo; y el gran Imperio Cesáreo Austríaco, heredero de la supremacía de Roma, con el mismo color imperial como color del Imperio—, y aunque esa preeminencia que hay en él se aplica a la misma raza humana, dando al hombre blanco un señorío ideal sobre todas las tribus oscuras; y aunque, además de todo esto, la blancura siempre se ha considerado significativa de la alegría, pues entre los romanos una piedra blanca marcaba un día gozoso; y aunque, en otras simpatías y simbolismos mortales, este mismo color se hace emblema de muchas cosas nobles y conmovedoras —la inocencia de las novias, la benevolencia de la ancianidad—; y aunque entre los pieles rojas de América la entrega del cinturón blanco de conchas era la más profunda prenda de honor; y aunque, en muchos climas, la blancura representa la majestad de la justicia en el armiño del juez, y contribuye a la cotidiana solemnidad de los reyes y reinas transportados por corceles .blancos como la leche; y aunque incluso en los más altos misterios de las más augustas religiones se ha hecho símbolo de la fuerza y la pureza divinas —por los adoradores del fuego persas, al considerar la bifurcada llama blanca como lo más sagrado del altar; y en las mitologías griegas, al; encarnarse el propio gran Júpiter en un toro níveo—; y aunque para el noble iroqués el sacrificio, en mitad del invierno, del sagrado Perro Blanco era con mucho la festividad más santa de su teología, por considerarse a esa fiel criatura sin mancha como el más puro enviado que podían mandar al Gran Espíritu con las noticias anuales de su propia fidelidad; y aunque todos los sacerdotes cristianos derivan directamente de la palabra latina por «blanco» el nombre de una parte de sus vestiduras sagradas, el alba, la túnica que llevan bajo la casulla; y aunque entre las pompas sacadas de la fe romana el blanco se emplea especialmente en la celebración de la Pasión de Nuestro Señor; y aunque en la Visión de san Juan se dan mantos blancos a los redimidos, y los veinticuatro ancianos se presentan vestidos de blanco ante el gran trono blanco, y el santo que se sienta en él, blanco como la lana; sin embargo, a pesar de todo este cúmulo de asociaciones con todo lo que es dulce, honroso y sublime, se esconde algo todavía en la más íntima idea de este color, que infunde más pánico al alma que la rojez aterradora de la sangre.
Es esta alusiva cualidad lo que causa que la idea de blancura, si se separa de asociaciones más benignas y se une con cualquier objeto que en sí mismo sea terrible, eleve ese terror hasta los últimos límites. Testigo, el oso blanco de los Polos, y el tiburón blanco de los trópicos: ¿qué, sino su blancura suave y en copos, les hace ser esos horrores trascendentales que son? Esa blancura fantasmal es lo que comunica tal suavidad horrenda, aún más' repugnante que aterradora, al mudo goce maligno de su aspecto. Así que ni el tigre de fieras garras, con su manto heráldico, puede estremecer el valor tanto como el oso o el tiburón de blanco sudario.
Acuérdate del albatros: ¿de dónde vienen esas nubes de asombro espiritual y terror pálido en que ese blanco fantasma navega por toda imaginación? No fue Coleridge el primero en lanzar ese hechizo; sino el gran poeta laureado de Dios, la Naturaleza sin lisonja.
En nuestros anales del Oeste y entre las tradiciones indias, es famosísima la del Corcel Blanco de las Praderas: un magnífico caballo de blanco lácteo, de grandes ojos, cabeza pequeña y ancho pecho, y con la dignidad de mil monarcas en su altanero y super despectivo andar. Él fue el Jerjes elegido de vastas manadas de caballos salvajes, cuyos pastos, en aquellos días, estaban sólo cercados por las Montañas Rocosas y los Alleghanies. A la cabeza dé ellos, llameante, llevó al oeste su tropel como esa estrella elegida que todas las tardes hace entrar las huestes de la luz. La centelleante cascada de su melena, la cometa curva de su cola, le revestían de gualdrapas más resplandecientes que las que podían haberle proporcionado orfebres y plateros; una imperial y arcangélica aparición de ese mundo del oeste, como anterior a la caída, que ante los ojos de los viejos tramperos y cazadores revivía las glorias de aquellos tiempos prístinos en que Adán caminaba majestuoso como un dios, con ancha frente y sin temor, igual que este poderoso corcel. Bien fuera marchando entre sus ayudantes y mariscales en la vanguardia de innumerables cohortes que se desbordaban sin fin por las llanuras, como un Ohio; o bien mientras sus súbditos circundantes ramoneaban a todo su alrededor hasta el horizonte, el Corcel Blanco les pasaba revista al galope con las cálidas aletas de la nariz enrojeciendo a través de su frío color lácteo; en cualquier aspecto que se presentara, siempre era objeto de reverencia temblorosa y de temor para los indios más valientes. Y no se puede poner en duda, por lo que se halla en el relato legendario de este noble caballo, que era sobre todo su blancura espiritual lo que así le revestía de divinidad; y que esa divinidad llevaba en sí que, aunque imponiendo adoración, al mismo tiempo producía cierto terror sin nombre.
Pero hay otros ejemplos en que la blancura pierde toda esa gloria accesoria y extraña que le reviste en el Corcel Blanco y el Albatros.
¿Qué es lo que en el hombre albino repele tan peculiarmente y a menudo hiere la mirada, hasta el punto de que a veces repugna a su propia parentela? Es la blancura que le reviste, algo expresado por el nombre que lleva. El albino está tan bien hecho como otros hombres, no tiene deformidad sustancial, y, sin embargo, el mero aspecto de blancura que todo lo invade lo hace más extrañamente horrible que el más feo aborto. ¿Por qué ha de ser así?
Ni, en otros aspectos, deja la naturaleza de alistar entre sus fuerzas, con agentes menos palpables, pero no menos maliciosos, este atributo coronador de lo terrible. Por su aspecto níveo, el desafiador fantasma de los mares del Sur se ha denominado Chubasco Blanco. Y en algunos ejemplos históricos, el arte de la malicia humana no ha omitido a tan poderoso auxiliar. ¡Qué desatadamente realza el efecto de aquel pasaje de Froissart en que, enmascarados con el níveo símbolo de su fracción, los Encapuchados Blancos de Gante asesinan a su bailío en la plaza mayor!
Y, en ciertas cosas, la experiencia común y hereditaria de toda la humanidad no deja de rendir testimonio de la condición sobrenatural de este color. No se puede dudar de que la cualidad visible del aspecto de los muertos que más horroriza al observador, es la palidez marmórea que queda en ellos; como si, en efecto, esa palidez fuera la divisa de la consternación en el otro mundo, igual que aquí lo es de la trepidación mortal. Y de esa palidez de los muertos tomamos el expresivo color del sudario en que los envolvemos. Ni siquiera en nuestras supersticiones dejamos de poner el mismo manto níveo en torno a nuestros fantasmas: todos los espectros se elevan en una niebla de blancura láctea... Sí, mientras nos invaden esos terrores, añadamos que hasta el rey de los terrores, al ser personificado por el Evangelista, cabalga en un caballo pálido.
Por tanto, aunque, en otros humores, el hombre pueda simbolizar con la blancura cualquier cosa que se le antoje, grandiosa o graciosa, no le es posible negar que en su más profundo significado idealizado evoca una peculiar aparición del alma.
Pero aunque se establezca este punto sin disensión, ¿cómo puede dar razón de ello el hombre mortal? Analizarlo parecería imposible. ¿Acaso, a fuerza de citar algunos de esos ejemplos en que esa cosa que es la blancura —aunque por el momento despojada por completo o en gran parte de toda asociación directa capaz de comunicarle nada terrible— se encuentra, sin embargo, que ejerce en nosotros el mismo hechizo, aunque modificado de algún modo; acaso, digo, podemos así tener esperanza de iluminar alguna clave azarosa que nos lleve a la causa oculta que buscamos?
Vamos a probarlo. Pero en una cuestión como ésta, la sutileza llama a la sutileza, y sin imaginación nadie puede seguir a otro por estas salas. Y aunque, sin duda, algunas por lo menos de las impresiones imaginativas que se van a presentar, quizá hayan sido compartidas por la mayor parte de los hombres, puede ser, sin embargo, que pocos se dieran cuenta por completo de ellas en aquel momento, y por consiguiente no sean capaces de evocarlas ahora.
¿Por qué, para el hombre de idealización sin trabas, que no tiene acaso más que un vago conocimiento del carácter peculiar de esta fiesta, la mera mención del Domingo in albis introduce en la fantasía tan largas, silenciosas e impresionantes procesiones de peregrinos a paso lento, con los ojos bajos y encapuchados de nieve recién caída? O, para el protestante sin lecturas ni sofisticación de los estados centrales de Norteamérica, ¿por qué la mención pasajera de un fraile blanco o una monja blanca evoca en el alma tal estatua sin ojos?
O ¿qué es lo que, aparte de las tradiciones de guerreros y reyes en mazmorras (lo que no sería una explicación total), hace que la Torre Blanca de Londres hable con fuerza mucho mayor a la imaginación del americano que no ha viajado, que esas otras estructuras historiadas que están al lado: la Torre Byward, y aun la Torre Sangrienta? Y en cuanto a esas más sublimes torres, las Montañas Blancas de New Hampshire, ¿de dónde, en estados de ánimo peculiares, procede esa gigantesca espectralidad que invade el alma a la simple mención de su nombre, mientras que el recuerdo de la Cadena Azul de Virginia está lleno de una lejanía soñadora, suave y con rocío? O ¿por qué, prescindiendo de toda latitud y longitud, el nombre del mar Blanco ejerce tal espectralidad sobre la fantasía, mientras que el del mar Amarillo nos arrulla con mortales pensamientos de largas tardes, suaves y latadas, sobre las olas, seguidas por los ocasos más gozosos y a la vez más soñolientos? O, para elegir un ejemplo totalmente inmaterial, puramente dirigido a la fantasía, al leer, en los viejos cuentos de hadas de Europa central, sobre el «hombre alto y pálido» de los bosques del Hartz, cuya palidez inalterada se desliza sin roce por el verde de la espesura, ¿por qué este fantasma es más terrible que todos los ululantes duendes del Blocksberg?
Ni es, en conjunto, el recuerdo de sus terremotos derribando catedrales, ni las estampidas de los mares frenéticos, ni la ausencia de lágrimas en áridos cielos que jamás llueven; ni la visión del ancho campo de agujas inclinadas, bóvedas desencajadas, y cruces desplomadas (como penoles inclinados de flotas ancladas), ni sus avenidas suburbanas de paredes de casas caídas unas sobre otras, como un castillo de naipes hundido; no son sólo estas cosas las que hacen de Lima, la sin lágrimas, la ciudad más extraña y triste que puede verse. Pues Lima ha tomado el velo blanco; y hay un horror aún más alto en esa blancura de su pena. Antigua como Pizarro, esa blancura conserva sus ruinas para siempre nuevas; no deja aparecer el alegre verdor de la decadencia completa; extiende sobre sus rotos bastiones la rígida palidez de una apoplejía que inmoviliza sus propias contorsiones.
Sé que la comprensión corriente no confiesa que este fenómeno de la blancura sea el principal factor para exagerar el terror de los objetos que ya son terribles de otro modo; y para la mente sin imaginación no hay nada de terror en esas visiones cuyo carácter terrorífico para otra mente consiste casi solamente en ese único fenómeno, sobre todo cuando se muestran bajo alguna forma que en cierto modo se aproxime a la mudez o a la universalidad. Lo que quiero decir con estas dos afirmaciones quizá sea aclarará con los siguientes ejemplos.
Primero: el marinero, cuando se acerca a las costas de países extranjeros, si oye de noche rugido de rompientes, se precipita a la vigilancia, y siente sólo la agitación suficiente para aguzarle todas sus facultades; pero en circunstancias exactamente semejantes, hacedle llamar de su hamaca para que observe su barco navegando a medianoche a través de un mar de blancura láctea, como si desde los promontorios cercanos vinieran manadas de peinados osos blancos a nadar a su alrededor: entonces sentirá un terror silencioso y supersticioso: el fantasma con sudario de las aguas blanqueadas es para él tan horrible como un espectro auténtico; en vano el plomo le asegurará que todavía está lejos de los bajos; se le caerán a la vez el corazón y la caña del timón, y no descansará hasta que debajo de él vuelva a ver agua azul. Pero ¿dónde está el marinero que te diga: «Capitán, lo que me agitó de ese modo no era tanto el miedo de chocar con escollos escondidos, cuanto el temor de esa horrible blancura»?
Segundo: al indio nativo del Perú, la continua visión de los Andes, con la nieve encima como el baldaquino sobre un elefante, no le infunde nada de temor, excepto, quizá, en el mero fantasear sobre la eterna desolación helada que reina en tan vastas alturas, y la natural consideración de qué terror sería perderse en tan inhumana soledad. Mucho de lo mismo le ocurre al colonizador de los bosques del Oeste, que con relativa indiferencia observa una pradera ilimitada revestida de nieve extendida, sin sombra de árbol o rama que rompa el inmóvil trance de blancura. No así el marinero, al observar el escenario de los mares antárticos, donde a veces, por algún infernal juego de prestidigitación en los poderes del hielo y del aire, él, tiritando y medio naufragado, en vez de arco iris proclamando esperanza y consuelo para su miseria, observa lo que parece un ilimitado cementerio haciéndole muecas con sus descarnados monumentos de hielo y sus cruces astilladas.
Pero dices: «Me parece que este capítulo al albayalde sobre la blancura no es más que una bandera blanca que asoma desde un alma cobarde; te rindes a una hipocondría, Ismael».
Dime, este joven potrillo, parido en algún pacífico valle de Vermont, bien apartado de todo animal de presa, ¿por qué será que en el día más soleado, apenas agites detrás de él una piel fresca de búfalo, de tal modo que no la pueda ver, sino que sólo huela su salvaje olor animalesco a almizcle, por qué echa a correr, bufa, y, con ojos que estallan, patea el suelo con frenesíes de espanto? No hay en él recuerdos de acorneamiento de criaturas salvajes en su verde patria norteña, de modo que el extraño olor almizclado que percibe no puede evocar en él nada asociado a la experiencia de peligros anteriores; pues, ¿qué sabe él, este potro de New England, de los bisontes negros del lejano Oregon?
No, pero aquí observas, aun en un animal mudo, el instinto del conocimiento del demonismo que hay en el mundo. Aunque a miles de millas de Oregon, sin embargo, cuando huele ese salvaje almizcle, los acorneadores y laceradores rebaños de bisontes están tan presentes para él como para el abandonado potro salvaje de las praderas que quizá en ese momento estarán ellos pisoteando en el polvo.
Así pues, los sofocados balanceos de un mar lácteo; los desolados crujidos de los festoneados hielos de las montañas; los tristes desplazamientos de los niveles de las praderas, llevadas por el viento, todas estas cosas, para Ismael, son como el agitar esa piel de búfalo para el potro asustadizo.
Aunque ni uno ni otro sabemos dónde se extienden las cosas sin nombre de que la mística señal ofrece tales sugestiones, sin embargo, para mí, como para el potro, esas cosas tienen que existir en algún sitio. Aunque en muchos de sus aspectos este mundo visible parece formado en amor, las esferas invisibles se formaron en terror.
Pero todavía no hemos explicado el encantamiento de esta blancura, ni hemos descubierto por qué apela con tal poder al alma: más extraño y mucho más portentoso..., por qué, como hemos visto, es a la vez el más significativo símbolo de las cosas espirituales, e incluso el mismísimo velo de la Deidad cristiana, y, sin embargo, que tenga que ser, como es, el factor intensificador en las cosas que más horrorizan a la humanidad.
¿Es que por su naturaleza indefinida refleja los vacíos e inmensidades sin corazón del universo, y así nos apuñala por la espalda con la idea de la aniquilación, cuando observamos las blancas honduras de la Vía Láctea? ¿O es que, dado que, por su esencia, la blancura no es tanto un color cuanto la ausencia visible de color, y al mismo tiempo la síntesis de todos los colores, por esa razón es por lo que hay semejante vacío mudo, lleno de significado, en un ancho paisaje de nieve; un incoloro ateísmo de todos los colores, ante el que nos echamos atrás? Y si consideramos esa otra teoría de los filósofos de la naturaleza, de que todos los demás colores terrenales —toda decoración solemne o deliciosa, los dulces tintes de los cielos y bosques del poniente; sí, y los dorados terciopelos de las mariposas, y las mejillas de mariposa de las muchachas—, todos ellos, no son sino engaños sutiles, que no pertenecen efectivamente a las sustancias, sino que sólo se les adhieren desde fuera, de tal modo que toda la naturaleza deificada se pinta como la prostituta cuyos incentivos no recubren sino el sepulcro interior; y si seguimos más allá y consideramos que el místico cosmético que produce todos sus colores, el gran principio de la luz, sigue siendo para siempre blanco o incoloro en sí mismo, y que si actuase sin un medio sobre la materia, tocaría todos los objetos, aun los tulipanes y las rosas, con su propio tinte vacío; al pensar todo esto, el universo paralizado queda tendido ante nosotros como un leproso; y, como los tercos viajeros por Laponia que rehúsan llevar en los ojos gafas coloreadas y coloreadoras, así el desdichado incrédulo mira hasta cegarse el blanco sudario monumental que envuelve toda perspectiva ante él. Y de todas estas cosas, la ballena albina era el símbolo. ¿Os asombra entonces la ferocidad de la caza?

XLIII. ¡ESCUCHA!

—¡Chist! ¿Oyes ese ruido, Cabaco?
Era en la guardia de media, con hermosa luna; los marineros estaban formando cadena desde uno de los toneles de agua dulce en el combés hasta el tonel de junto al coronamiento de popa. De este modo se pasaban los cubos para llenar el tonel de popa. Como en su mayor parte estaban junto a los sagrados recintos del alcázar, tenían cuidado de no hablar ni hacer ruido con los pies. De mano en mano, los cubos pasaban en el silencio más profundo, roto sólo por el gualdrapazo ocasional de una vela y el zumbido continuo de la quilla en su incesante avance.
En medio de este reposo fue cuando Archy, uno de los de la cadena, cuyo puesto estaba cerca de las escotillas de popa, susurró a su vecino, un cholo, las palabras antes mencionadas.
—¡Chist! ¿Oyes ese ruido, Cabaco?
—Vuelve a coger el cubo, ¿quieres, Archy? ¿Qué ruido dices? —Ahí está otra vez: debajo de las escotillas: ¿no lo oyes? Una tos..., sonaba como una tos.
—¡Qué condenada tos ni nada! Pásame ese cubo de vuelta.
—Otra vez está ahí... ¡Ahí está! ¡Suena como dos o tres hombres dormidos que se dieran la vuelta, ahora!
—¡Caramba! ¿Has terminado, compañero? Son las tres galletas mojadas que has cenado, y que te dan vueltas dentro..., nada más. ¡Mira el cubo!
—Di lo que quieras, compañero, pero tengo buen oído.
—Sí, sí, tú eres aquel tipo, ¿verdad?, el que oyó el ruido de las agujas de hacer media de la vieja cuáquera a cincuenta millas a la altura de Nantucket: ése eres tú.
—Échalo a risa; ya veremos qué resulta. Escucha, Cabaco, hay alguien en la bodega de popa que todavía no se ha visto en cubierta; y sospecho que nuestro viejo mongol también sabe algo de eso. Oí que Stubb le decía a Flask, en una guardia de alba, que había algo de eso en el aire.
—¡Calla!, ¡el cubo!

XLIV. La carta

Si hubierais bajado a la cabina detrás del capitán Ahab después del huracán que tuvo lugar en la noche sucesiva a aquella desatada ratificación de su propósito con su tripulación, le habríais visto ir a un cofre en el yugo, y, sacando un gran rollo arrugado de amarillentas cartas de marear, extenderlas ante él en su mesa atornillada al suelo. Luego, sentándose ante ella, le habríais visto estudiar atenta mente las diversas líneas y sombreados que se presentaban a su vista, y, con lápiz lento pero firme, trazar líneas adicionales en espacios que antes estaban vacíos. De vez en cuando, consultaba montones de viejos cuadernos de bitácora que tenía al lado, donde estaban anotados las épocas y lugares en que, en diversos viajes anteriores de varios barcos, se habían visto o capturado cachalotes.
Mientras así estaba ocupado, la pesada lámpara de peltre colgada de cadenas sobre su cabeza se mecía continuamente con el movimiento del barco y lanzaba destellos y sombras de líneas continuamente desplazados sobre su frente arrugada, hasta que casi pareció que, mientras él estaba trazando líneas y recorridos en las arrugadas cartas, algún lápiz invisible trazaba también líneas y recorridos en la carta, profundamente marcada, de su rostro.
Pero no fue esa noche en particular cuando Ahab caviló así en la soledad de su cabina sobre sus mapas. Casi todas las noches se sacaban; casi todas las noches de borraban algunas señales de lápiz, y se sustituían otras. Pues, con las cartas marinas de los cuatro océanos ante él, Ahab devanaba un ovillo de corrientes y remolinos, con vistas al más seguro cumplimiento de aquella idea monomaníaca de su alma.
Ahora, para cualquiera que no estuviera plenamente familiarizado con las costumbres de los leviatanes, podría parecer una tarea absurdamente desesperanzada buscar así una sola criatura solitaria en los ilimitados océanos de este planeta. Pero no se lo parecía a Ahab, que conocía los sentidos de todas las mareas y corrientes, y calculaba con eso las derivaciones del alimento de los cachalotes, y así, teniendo en cuenta también las temporadas normales y comprobadas para cazarlos en diversas latitudes, podía llegar a hipótesis razonables, casi próximas a ser seguridades, en cuanto al día más oportuno para estar en tal o cual lugar en busca de su presa.
Tan comprobado, en efecto, es el hecho de la periodicidad de la presencia del cachalote en unas aguas determinadas, que muchos cazadores creen que, si se pudiera estudiar y observar de cerca por todo el mundo, y se compararan cuidadosamente los cuadernos de bitácora de una sola campaña de toda la flota ballenera, se encontraría que las emigraciones del cachalote se parecen en lo invariable a las de los bancos de arenques o a los vuelos de las golondrinas. Con esta sugerencia, se han hecho intentos de construir complicados mapas de emigración del cachalote.'
Además, cuando van en travesía de un lugar de pasto a otro, los cachalotes, guiados por algún instinto infalible —digamos, más bien, por alguna secreta noticia de la Divinidad—, suelen nadar en venas, como las llaman, continuando su, camino por una determinada línea del océano, con exactitud tan infalible que ningún barco ha navegado en su travesía ni con la décima parte de tan maravillosa precisión. Aunque en esos casos la dirección emprendida por un determinado cetáceo sea tan recta como la línea de un agrimensor, y aunque la línea de avance se atenga estrictamente a su propia e inevitable estela derecha, sin embargo, la arbitraria vena en que se dice que nada en esas ocasiones, generalmente abarca varias millas de anchura (más o menos, puesto que se supone que la vena se ensancha o se contrae), pero nunca excede el campo visual de los vigías del barco ballenero al deslizarse de modo circunspecto por esa zona mágica. El resultado es que, en determinadas épocas, dentro de esa anchura y a lo largo de ese camino, se pueden buscar cetáceos emigrantes con mucha confianza.
Y por tanto, Ahab podía esperar encontrar su presa no sólo en momentos averiguados y en bien conocidos parajes de pasto, por separado, sino que, al cruzar las más amplias extensiones de agua entre esos parajes, podía, con sus artificios, colocarse en lugar y hora tales que no le faltaran perspectivas de encuentro.
Había una circunstancia que a primera vista parecía enredar su proyecto, delirante pero metódico; por más que quizá no era así en la realidad. Aunque los gregarios cachalotes tienen sus épocas regulares para determinados parajes, en general no se puede deducir que las manadas que se hicieron visibles, digamos, en tal o cual latitud o longitud este año, resultarán ser exactamente las mismas que se encontraron la época precedente, por más que haya ejemplos peculiares e indiscutibles en que ha resultado cierto lo contrario de esto. En general, esta misma observación se aplica, sólo que en límites menos amplios, a los ejemplares solitarios y eremíticos que hay entre los cachalotes maduros y envejecidos. De modo que, aunque se había visto a Moby Dick en un antro anterior, por ejemplo, en lo que se llama el paraje de las Seychelles, en el océano índico, o en Volcano Bay, por las costas de Japón, no se infería, sin embargo, que si el Pequod visitaba uno de esos lugares en alguna época posterior correspondiente, le encontraría allí sin falta. Y lo mismo ocurría con otros parajes de pasto donde se había revelado a veces. Pero todos ésos parecían sólo sus lugares de detención casual, sus posadas marinas, por decirlo así, no sus lugares de residencia prolongada. Y al hablar hasta ahora de las probabilidades de Ahab de alcanzar su objetivo, se ha hecho alusión a qué otras perspectivas secundarias, antecedentes o extraordinarias, podía tener, antes de alcanzar un determinado momento o lugar, en que todas las posibilidades se convertirían en probabilidades, y, según pensaba Ahab con delicia, toda probabilidad se haría lo más cercano posible a una certidumbre. Ese tiempo y ese lugar determinados se conjugaban en una sola expresión técnica: la temporada del ecuador. Pues allí y entonces, durante varios años seguidos, se había señalado periódicamente a Moby Dick, permaneciendo durante algún tiempo en esas aguas, mientras el sol, en su giro anual, se demora durante un intervalo predeterminado en un signo del zodíaco. Allí era también donde habían tenido lugar la mayor parte de los encuentros mortales con la ballena blanca; allí las olas estaban ilustradas con la historia de sus gestas; allí también estaba aquel trágico lugar donde el monomaniático viejo había encontrado el horrendo motivo de su venganza. Pero con la cauta amplitud e incesante vigilancia con que Ahab había lanzado su alma meditativa a esa persecución incansable, no se permitía descansar todas sus esperanzas en ese único hecho cimero antes mencionado, por más lisonjero que pudiera ser para esas esperanzas, ni, en la vigilia continua de su voto, podía tranquilizar su corazón inquieto aplazando toda búsqueda por el momento.
Ahora, el Pequod había zarpado de Nantucket, en el comienzo mismo de la temporada en el ecuador. Ningún esfuerzo posible, entonces, permitiría a su capitán recorrer la gran travesía al sur, doblar el cabo de Hornos, y luego desandar sesenta grados de latitud para llegar al Pacífico ecuatorial a tiempo de realizar allí su campaña. Por tanto, debía aguardar a la temporada siguiente. Pero el prematuro momento de zarpar el Pequod quizá estaba correctamente elegido por Ahab con vistas a su consecución del asunto. Porque tenía por delante un intervalo de trescientos sesenta y cinco días y noches, intervalo que, en vez de soportar con impaciencia en tierra, ocuparía en persecución variada, si por casualidad la ballena blanca, pasando sus vacaciones en mares muy remotos de sus periódicos parajes de pastos, sacaba su arrugada frente en el golfo Pérsico, en la bahía de Bengala, en los mares de la China, o en cualquier otro mar frecuentado por su raza. Así que monzones, vientos pamperos, noroeste, harmattans, o alisios; todos los vientos, menos el levante y el simún, podían impulsar a Moby Dick al tortuoso círculo en zigzag, alrededor del mundo, de la estela circunnavegadora del Pequod.
Pero, admitido todo esto, sin embargo, y considerándolo de modo discreto y en frío, ¿no parecía una idea loca ésta: que en el amplio océano sin límites una ballena solitaria, aun encontrada, se considerase susceptible de reconocimiento individual por su cazador, lo mismo que si fuera un muftí de barba blanca por las atestadas encrucijadas de Constantinopla? Sí. Pues la peculiar frente nívea de Moby Dick, y su joroba nívea, no podían menos de ser inconfundibles. « ¿Y no he, marcado a la ballena —murmuraba para sí Ahab, cuando, tras de escudriñar sus cartas hasta mucho después de medianoche, se dejaba caer en ensueños—, no la he marcado? ¿Acaso se me va a escapar? ¡Sus anchas aletas están perforadas y festoneadas como la oreja de una oveja perdida!» Y aquí su mente loca se lanzaba a una carrera sin aliento, hasta que le invadía una fatiga y un desmayo de cavilar, y trataba de recobrar sus fuerzas al aire libre, en cubierta. ¡Ah, Dios!, ¡qué trances de tormento soporta el hombre que se consume con un único deseo incumplido de venganza! Duerme con las manos apretadas, y despierta con sus propias uñas ensangrentadas en las palmas.
A menudo, cuando le sacaban a la fuerza de su hamaca sueños nocturnos agotadores e intolerablemente vívidos, que, volviendo a tomar sus más intensos pensamientos de a lo largo del día, los llevaban adelante entre un entrechocarse de frenesíes, dándoles vueltas como un torbellino en su cerebro llameante, hasta que el mismo latir de su centro vital se le convertía en angustia insufrible; y cuando, como ocurría a veces, estos sobresaltos espirituales le elevaban en todo su ser desde su base, y parecía abrirse en él un abismo desde el que subían disparadas llamas bifurcadas y relámpagos, y demonios malditos le incitaban a dejarse caer entre ellos; cuando ese infierno de su interior se abría como un bostezo debajo de él, se oía un grito salvaje por el barco, y Ahab salía con ojos centelleantes de su cabina, como escapándose de una cama en llamas. Pero estas cosas, quizá en vez de ser los síntomas incontenibles de alguna debilidad latente, o de miedo ante su propia resolución, no eran sino los síntomas más evidentes de su intensidad. Pues, en tales momentos, el loco Ahab, el planeador, el perseguidor inexorablemente constante de la ballena blanca, este Ahab que se había acostado en la hamaca, no era el mismo agente que le hacía volver así a salir de ella con horror. Éste era el eterno principio vivo, el alma que había en él; y en el sueño, al quedar por algún tiempo disociado de la mente caracterizadora, que en otras ocasiones lo empleaba como su vehículo o agente exterior, buscaba escape espontáneamente de la abrasadora contigüidad de aquella cosa frenética de que, por el momento, ya no era parte integrante. Pero dado que la mente no existe a no ser ligada al alma, por tanto, en el caso de Ahab debía de ser que, al entregar todos sus pensamientos y fantasías a su único propósito supremo, ese propósito, por su misma y estricta obstinación de volumen, se obligaba a sí mismo a ponerse contra dioses y demonios, en una especie de entidad propia, independiente y asumida por él mismo. Más aún, podía vivir y arder sobriamente, mientras la vitalidad común, con que estaba conjugada, huía aterrorizada de aquel nacimiento espontáneo y sin paternidad. Por tanto, el atormentado espíritu, que salía centelleando de sus ojos corporales, cuando lo que parecía Ahab se precipitaba fuera de su cuarto, no era por el momento sino una cosa vacía, una entidad sonámbula y sin forma, un rayo de luz, viviente, ciertamente, pero sin objeto que colorear, y por consiguiente, un vacío en sí mismo. Dios te ayude, viejo; tus pensamientos han creado en ti una criatura; y cuando alguien se hace un Prometeo con su intenso pensar, un buitre se alimenta de su corazón para siempre, y ese buitre es la propia criatura que él crea.

XLV. El testimonio

Para lo que pueda tener de novela este libro, y, desde luego, en cuanto se refiere indirectamente a una o dos curiosas e interesantes particularidades de las costumbres de los cachalotes, el capítulo precedente, en su parte inicial, es tan importante como cualquier otro que se encuentre en este volumen, pero su materia básica requiere todavía que nos extendamos y nos familiaricemos más con ella, para que se entienda adecuadamente, y además para eliminar cualquier incredulidad que la profunda ignorancia de todo el asunto pueda producir en algunas mentes, en cuanto a la verdad natural de los principales puntos de esta cuestión.
No me importa ser meticuloso en la realización de esta parte de mi tarea, pero me contentaré con producir la impresión deseada mediante citas separadas de partidas que, como balleneros, sé que son reales y fidedignas; y de esas citas, entiendo que se seguirá naturalmente y por sí misma la conclusión a que apunto con mi intención.
Primero: he conocido personalmente tres casos en que una ballena, después de recibir un arpón, ha realizado un escape completo; y, tras un intervalo (en un caso, de tres años), ha vuelto a ser herida por la misma mano, y muerta, y entonces se sacaron del cuerpo los dos hierros, ambos marcados con la misma marca personal. En el caso en que transcurrieron tres años entre el lanzamiento de los dos arpones —y creo que quizá fuera algo más que eso—, el hombre que los disparó en ese intervalo tuvo ocasión de ir a África en un barco mercante, bajando allí a tierra, uniéndose a una expedición de descubrimiento y penetrando mucho por el interior, donde viajó durante casi dos años, a menudo puesto en peligro por serpientes, salvajes, tigres, miasmas venenosos, y todos los demás peligros corrientes que acompañan a un recorrido por el corazón de regiones desconocidas. Mientras tanto, la ballena que él había herido debía haber estado también viajando; sin duda, habría dado tres vueltas al globo, rozando con sus flancos todas las costas de África, pero sin consecuencias. Ese hombre y esa ballena volvieron a reunirse, y el uno venció a la otra. Digo que yo mismo he conocido tres casos semejantes a éste: esto es, en dos de ellos he visto herir a la ballena, y en el segundo ataque, vi los dos hierros, con las respectivas señales grabadas en ellos, que se sacaron del pez muerto. En el caso de los tres años, ocurrió que yo estaba en la lancha ambas veces, la primera y la última, y la última vez reconocí claramente una peculiar especie de enorme lunar bajo el ojo de la ballena, que había observado tres años antes. Digo tres años, pero estoy casi seguro de que fue más que eso. Aquí hay tres casos, pues, cuya verdad conozco personalmente, pero he oído otros muchos casos de personas cuya veracidad en el asunto no hay buenas razones para poner en tela de juicio.
En segundo lugar: es bien sabido en la pesca de cachalotes, por muy ignorante de ello que pueda estar el mundo de tierra firme, que ha habido varios memorables casos históricos en que una determinada ballena del océano se ha hecho popularmente reconocible en lugares y momentos distantes. La razón de que una ballena fuese así señalada no era debido de modo total y absoluto a sus peculiaridades corporales, en cuanto diferentes de otras ballenas; pues por muy peculiar que pueda ser en ese aspecto una ballena cualquiera, pronto se pone fin a esas peculiaridades matándola, y concretándola en un aceite peculiarmente valioso. No; la razón era ésta: que, por las experiencias mortales de la pesca, pendía tan terrible prestigio de peligrosidad sobre esa ballena como sobre Rinaldo Rinaldini, hasta el punto de que la mayor parte de los pescadores se contentaban con reconocerla sólo llevándose la mano al sombrero cuando la descubrían vagando por el mar junto a ellos, sin tratar de cultivar una amistad más íntima; como algunos pobres diablos de tierra firme que conocen por casualidad a un gran hombre irascible, y le hacen lejanos saludos en la calle sin estorbarle, no sea que, si llevan más allá su conocimiento, reciban un golpe sumario por su presunción.
Pero no sólo gozaba cada una de esas famosas ballenas de gran celebridad individual, que, mejor dicho, se podría llamar renombre oceánico; no sólo era cada una de ellas famosa en vida, y ahora es inmortal tras de su muerte, en los relatos del castillo de proa, sino que se la admitía a todos los derechos, privilegios y distinciones de un nombre, y tenía en efecto tanto nombre como Cambises o César. ¿No fue así, oh, Tom de Timor, tú, el famoso leviatán, mellado como un iceberg, que durante tanto tiempo acechaste en los estrechos orientales de ese nombre, y cuyo chorro se vio a menudo desde la playa de palmeras de Ombay? ¿No fue así, Jack de Nueva Zelanda, tú, el terror de todos los navíos que trazaban sus estelas en la vecindad de la Tierra Tatuada? ¿No fue así, oh, Morquan, rey del Japón, cuyo poderoso chorro dicen que a veces tomaba semejanza de una cruz nívea contra el cielo? ¿No fue así, oh, Don Miguel, el cetáceo chileno, marcado como una tortuga vieja con jeroglíficos místicos en el lomo? En sencilla prosa, aquí hay cuatro ballenas conocidas para los estudiosos de la Historia de los Cetáceos como Mario o Sila para el erudito clásico.
Pero eso no es todo. Tom de Nueva Zelanda y don Miguel, después de producir en diversas ocasiones gran agitación entre las lanchas de diversos barcos, fueron al fin buscados, perseguidos sistemáticamente, cazados y muertos por valientes capitanes balleneros, que levaron anclas con ese objeto determinado tan a la vista como, al ponerse en marcha a través de los bosques de Narragansett, el antiguo capitán Butler llevaba la intención de capturar al famoso asesino salvaje Annawon, el principal guerrero del rey indio Felipe.
No sé dónde encontrar un sitio mejor que aquí mismo para hacer mención de una o dos cosas que me parecen importantes, en cuanto que establecen en forma impresa, en todos los aspectos, lo razonable de' toda la historia de la ballena blanca, y más especialmente su catástrofe. Pues éste es uno de esos descorazonadores ejemplos en que la verdad requiere tanto apoyo como el error. Tan ignorantes están la mayor parte de los terrícolas sobre algunas de las más claras y palpables maravillas del mundo, que, sin algunas sugerencias en cuanto a los puros hechos, históricos o de otra especie, sobre la pesca, podrían desdeñar a Moby Dick como una fábula monstruosa, o aún algo peor y más detestable, como una alegoría horrible e intolerable.
Primero: aunque muchos hombres tienen algunas vagas ideas vacilantes sobre los peligros generales de esa grandiosa pesca, no tienen, sin embargo, nada como un concepto fijo y vívido de esos peligros y la frecuencia con que se repiten. Una razón, quizá, es que ni uno de cada cincuenta de los desastres efectivos y las muertes por accidente en la pesca encuentra jamás noticia pública en la patria, ni aun de modo transitorio e inmediatamente olvidado. Este pobre muchacho que aquí, tal vez arrastrado en este momento por la estacha del arpón, a lo largo de la costa de Nueva Guinea, es arrastrado al fondo del mar por el leviatán zambullido, ¿suponéis que su nombre aparecerá en los fallecimientos del periódico que leeréis mañana en el desayuno? No, porque los correos son muy irregulares, entre aquí y Nueva Guinea. En realidad, ¿habéis oído jamás algo que pudiera llamarse noticias regulares, directas o indirectas, de Nueva Guinea? Sin embargo, os diré que en un determinado viaje que hice al Pacífico, hablamos, entre otros muchos, con treinta barcos, cada uno de los cuales había sufrido una muerte por una ballena, algunos más de una, y tres habían perdido la tripulación de una lancha. ¡Por Dios, sed ahorrativos con las lámparas y candelas! No queméis un galón sin que al menos se haya vertido por él una gota de sangre humana.
En segundo lugar: la gente en tierra firme tiene, en efecto, alguna idea indefinida de que una ballena es una enorme criatura de enorme fuerza, pero he encontrado siempre que cuando les contaba algún ejemplo concreto de esa doble enormidad, me felicitaban significativamente por mi buen humor, siendo así que, lo declaro por mi alma, no tenía más intención de gastar bromas que Moisés cuando escribió la historia de las plagas de Egipto.
Pero, afortunadamente, el punto determinado que busco aquí puede apoyarse en un testimonio completamente independiente del mío. Ese punto es el siguiente: el cachalote, en algunos casos, es lo bastante poderoso, experto y juiciosamente maligno, como para desfondar un gran barco con directa premeditación, destruyéndolo totalmente y hundiéndolo; y lo que es más, el cachalote lo ha hecho así.
Primero: el año 1820, el barco Essex, al mando del capitán Pollard, de Nantucket, atravesaba el océano Pacífico. Un día vio chorros, arrió las lanchas y persiguió una manada de cachalotes. Antes de mucho, varios de los cetáceos quedaron heridos, cuando, de repente, un cachalote enorme que huía de las lanchas, se apartó de la manada y se lanzó directamente contra el barco. Disparando la frente contra el casco, lo desfondó de tal modo, que en menos de «diez minutos» se inclinó y desapareció. No se ha vuelto a ver desde entonces ni una tabla superviviente. Después de las mayores penalidades, parte de la tripulación llegó a tierra en las lanchas. Después de regresar otra vez a la patria, el capitán Pollard volvió a zarpar hacia el Pacífico al mando de otro barco, pero los dioses le hicieron naufragar otra vez contra rocas y rompientes desconocidas; por segunda vez se perdió totalmente su barco, y abjurando con ello del mar, no ha vuelto a intentarlo más. Actualmente, el capitán Pollard reside en Nantucket. He visto a Owen Chace, que era primer oficial del Essex en el momento de la tragedia: he leído su clara y fidedigna narración; he conversado con su hijo, y todo ello a pocas millas de la escena de la catástrofe.
Segundo: el barco Unión, también de Nantucket, se perdió totalmente en 1807, a lo largo de las Azores, en un episodio semejante, pero nunca he tenido ocasión de encontrar los detalles auténticos de esta catástrofe, aunque he oído a los cazadores de ballenas aludir de vez en cuando casualmente a ella.
Tercero: hace unos dieciocho o veinte años, el comodoro J..., que entonces mandaba una corbeta americana de guerra, de primera clase, comía por casualidad con un grupo de capitanes balleneros a bordo de un buque de Nantucket, en el puerto de Oahu, islas Sandwich. Al recaer la conversación en las ballenas, al comodoro se le antojó mostrarse escéptico en cuanto a la sorprendente fuerza que les atribuían los profesionales allí presentes. Por ejemplo, negó perentoriamente que ninguna ballena pudiera dañar su robusta corbeta de guerra como para hacerla embarcar un dedal de agua. Muy bien, pero aún viene más. Unas semanas después, el comodoro se hizo a la vela en su inexpugnable embarcación hacia Valparaíso. Pero le detuvo por el camino un obeso cachalote que le rogó unos pocos momentos para un asunto confidencial. Este asunto consistió en dar al barco del comodoro tal golpe que, con todas las bombas en acción, se dirigió en seguida al puerto más cercano para dar la quilla y repararse. No soy supersticioso, pero considero la entrevista del comodoro con esa ballena como providencial. ¿No se convirtió Saulo de Tarso de su incredulidad por un espanto semejante? Os digo que el cachalote no aguanta tonterías.
Ahora os remitiré a los Viajes de Langsdorff para una pequeña circunstancia a propósito, de interés peculiar para el que esto escribe. Langsdorff, por cierto, debéis saber que estaba agregado a la famosa expedición exploratoria del almirante ruso Krusenstern, a comienzos de este siglo. El capitán Langsdorff empieza así su capítulo decimoséptimo:
«Para el 13 de mayo nuestro barco estaba dispuesto, y al día siguiente salíamos a alta mar, en ruta hacia Ojotsk. El tiempo era bueno y claro, paro tan intolerablemente frío que estábamos obligados a conservar nuestra vestimenta de piel. Durante unos días tuvimos muy poco viento; sólo el día diecinueve empezó a soplar un viento vivo del noroeste. Una ballena extraordinariamente grande, cuyo cuerpo era mayor que el propio barco, estaba casi en la superficie del agua, pero no la percibió nadie a bordo hasta el momento en que el barco, que iba a toda vela, estuvo casi encima, así que fue imposible evitar chocar contra ella. Nos encontrábamos así en el peligro más inminente, cuando esta gigantesca criatura, levantando el lomo, elevó el barco por lo menos tres pies fuera del agua. Los palos oscilaron, las velas se sacudieron, mientras que los que estábamos abajo saltamos al instante a cubierta, suponiendo que habíamos chocado con alguna roca, pero, en vez de eso, vinos al monstruo que se alejaba navegando con la mayor gravedad y solemnidad. El capitán D'Wolf se aplicó inmediatamente a las bombas para examinar si el barco había recibido o no algún daño en el choque, pero encontramos que, por gran suerte, había escapado sin ningún daño en absoluto.»
Ahora, el capitán D'Wolf aquí aludido como al mando del buque en cuestión, es uno de New England que, tras una larga vida de insólitas aventuras como capitán de marina, hoy día reside en la aldea de Dorchester, junto a Boston. Tengo el honor de ser sobrino suyo. Le he preguntado detalladamente en cuanto a este pasaje de Langsdorff. Él confirma todas las palabras. El barco, sin embargo, no era en absoluto grande: una embarcación rusa construida en la costa siberiana, y adquirida por mi tío después de quitarse de encima la embarcación en que llegó de su patria.
En ese libro, tan viril de arriba abajo, de aventuras a la antigua, y tan lleno, también, de honradas maravillas, que es el viaje de Lionel Wafer, uno de los viejos compadres del antiguo Dampier, he encontrado una pequeña cuestión anotada de modo tan semejante a la recién citada de Langsdorff, que no puedo menos de insertarla aquí como ejemplo corroborativo, si es que se necesita.
Lionel, según parece, iba rumbo a «John Ferdinando», como llama a la isla hoy llamada Juan Fernández. «En nuestra travesía allá —dice—, hacia las cuatro de la mañana, cuando estábamos a unas cientos cincuenta leguas del continente americano, nuestro barco sintió un terrible choque, que puso a nuestros hombres en tal agitación que apenas podían decir dónde estaban o qué pensar; pero todos empezaron a prepararse para morir. Y, desde luego, el choque fue tan súbito y violento, que dimos por seguro que el barco había chocado contra una roca; pero cuando pasó un poco la sorpresa, echamos la sonda y no encontramos fondo... Lo repentino del choque hizo que los cañones saltasen de sus cureñas, algunos de los hombres salieron lanzados de sus hamacas. El capitán Davis, que estaba tendido con la cabeza en un cañón, fue lanzado fuera de su cabina.» Luego Lionel pasa a atribuir el choque a un terremoto, y parece enfriar la atribución afirmando que hacia ese momento un gran terremoto hizo, efectivamente, mucho daño por la tierra española. Pero no me extrañaría mucho que, en la oscuridad de aquella temprana hora de la madrugada, el choque hubiera sido causado, pese a todo, por una ballena que no vieron y que hizo saltar verticalmente el casco desde abajo.
Podría continuar con varios ejemplos más, que he conocido de un modo o de otro, de la gran fuerza y malicia que a veces tiene el cachalote. En más de un caso, se ha sabido que no sólo persiguió las lanchas atacantes haciéndolas volver a los barcos, sino que persiguió al propio barco, resistiendo durante mucho tiempo todas las lanzas que le disparaban desde la cubierta. El barco inglés Pusil Hall puede contar una historia en este apartado, y, en cuanto a su fuerza, permítaseme decir que ha habido ejemplos en que las estachas sujetas a un cachalote fugitivo se han llevado, en tiempo de calma, hasta el barco, amarrándose allí, y el cachalote ha remolcado su gran casco por el agua, como un caballo que echa a andar con un carro. También, se observa muy a menudo que si al cachalote, una vez herido, se le deja tiempo para reponerse, no actúa entonces tanto con cólera ciega cuanto con tercos y deliberados designios de destrucción de sus perseguidores; y no deja de dar alguna indicación elocuente de su carácter el que, al ser atacado, frecuentemente abre la boca y la mantiene con esa terrible apertura durante varios minutos seguidos. Pero debo contentarme con otra ilustración conclusiva, muy notable y , significativa, por la que no dejaréis de ver que el acontecimiento más maravilloso de este libro no sólo queda corroborado por hechos evidentes en los días actuales, sino que esas maravillas (como todas las maravillas) son meras repeticiones a través de las épocas; de modo que por millonésima vez decimos Amén a Salomón: verdaderamente no hay nada nuevo bajo el sol.
En el siglo vi después de Cristo vivió Procopio, un magistrado cristiano de Constantinopla, en los días en que Justiniano era emperador y Belisario general. Como muchos saben, escribió la historia de sus tiempos, obra en todos los sentidos de valor extraordinario. Las mejores autoridades le han considerado siempre historiador fidedigno y sin exageración, salvo en dos o tres detalles, que no afectan en absoluto al asunto que se va a mencionar ahora.
Entonces, en esa historia suya, Procopio menciona que durante el término de su prefectura en Constantinopla, se capturó un gran monstruo marino en el cercano Propontis, o mar de Mármara, después de haber destruido barcos, de vez en cuando, en esas aguas, durante un período de más de cincuenta años. Un hecho anotado así en una historia positiva no puede ser puesto fácilmente en cuestión. Ni hay ninguna razón para que lo sea. No se menciona de qué especie determinada era ese monstruo marino. Pero puesto que destruyó barcos, así como por otras razones, debió de ser una ballena, y me inclino mucho a creer que un cachalote. Y os diré por qué. Durante mucho tiempo, se me antojaba que el cachalote había sido desconocido en el Mediterráneo y en las aguas profundas que comunican con él. Incluso ahora, estoy seguro de que esos mares no son, ni quizá pueden ser nunca, en la actual disposición de las cosas, un lugar donde habitualmente acudan en manada. Pero posteriores investigaciones me han demostrado recientemente que en tiempos modernos ha habido ejemplos aislados de la presencia del cachalote en el Mediterráneo. Me han dicho, con buena autoridad, que en la costa de Berbería cierto comodoro Davis, de la Armada británica, encontró el esqueleto de un cachalote. Ahora, dado que un barco de guerra pasa muy bien por los Dardanelos, según eso, un cachalote, por la misma ruta, podría pasar desde el Mediterráneo al Propontis.
En el Propontis, que yo sepa, no se encuentra nada de esa peculiar sustancia llamada brit, que es el alimento de la ballena propiamente dicha. Pero tengo todas las razones para creer que el alimento del cachalote —el calamar o sepia— se oculta en el fondo de ese mar, porque en su superficie se han encontrado grandes ejemplares, aunque no los más grandes de su especie. Entonces, si reunís adecuadamente estas afirmaciones, y meditáis un poco sobre ellas, percibiréis claramente que, conforme a todo razonamiento humano, el monstruo marino de Procopio, que durante medio. siglo desfondó los barcos del emperador romano, debía de ser con toda probabilidad un cachalote.

XLVI. Hipótesis

Aunque, consumido por el cálido fuego de su propósito, Ahab tenía siempre a su vista la captura definitiva de Moby Dick, en todos sus pensamientos y acciones; aunque parecía dispuesto a sacrificar todos los intereses mortales a esa pasión única; sin embargo, quizá ocurría que, por naturaleza y largo hábito, estaba demasiado consustanciado con el feroz modo de ser del ballenero para abandonar del todo el interés colateral del viaje. O al menos, si' era de diverso modo, no faltaban otros motivos con influjo mucho mayor en él. Sería afinar demasiado, quizá aun considerando su monomanía, sugerir que su vengatividad hacia la ballena blanca podía haberse extendido en algún prado a todos los cachalotes, y que cuantos más monstruos mataba, tanto más multiplicaba las probabilidades de que la ballena encontrada a continuación resultase ser, la odiada ballena que perseguía. Pero si tal hipótesis es realmente objetable, había aún consideraciones adicionales que, aunque no estrictamente de acuerdo con la locura de su pasión dominante, no eran de ningún modo incapaces de desviarle.
Para cumplir su objetivo, Ahab debía usar instrumentos; y de todos los instrumentos usados en todo el mundo sublunar, los hombres son los más capaces de estropearse. Él sabía, por ejemplo, que por magnético que fuera su ascendiente en muchos aspectos sobre Starbuck, ese ascendiente no cubría toda su humanidad espiritual, por lo mismo que la mera superioridad corporal no implica el dominio intelectual; pues respecto a lo puramente espiritual, lo intelectual está en una suerte de relación corporal. El cuerpo de Starbuck y la coaccionada voluntad de Starbuck eran de Ahab mientras que Ahab mantuviera su magnetismo sobre el cerebro de Starbuck; pero él sabía, con todo eso, que su primer oficial aborrecía la búsqueda del capitán, y, si pudiera, de buena gana se separaría de ella, o incluso la frustraría. Podría ocurrir que transcurriese un largo intervalo antes que se viera la ballena blanca. Durante ese largo intervalo, Starbuck siempre estaría dispuesto a entrar en abiertas recaídas de rebelión contra el dominio de su capitán, a no ser que se hicieran actuar sobre él ciertas influencias ordinarias, prudentes y circunstanciadas. No solamente eso, sino que la sutil demencia de Ahab respecto a Moby Dick no se manifestaba de modo más significativo que en su superlativa sensatez y astucia al prever que, por el momento, la caza debía despojarse de alguna manera de esa extraña impiedad imaginativa que la revestía por naturaleza: que todo el terror del viaje debía quedar retirado al fondo oscuro (pues pocos hombres tienen un valor a prueba de una prolongada meditación no aliviada por la acción); que, mientras hacían sus largas guardias nocturnas, sus oficiales y marineros debían tener algunas cosas más inmediatas en que pensar que en Moby Dick. Pues por mucho ímpetu y empeño con que la salvaje tripulación hubiera saludado el anuncio de su persecución, sin embargo, todos los marineros de cualquier especie son más o menos caprichosos y poco de fiar —viven en el cambiante tiempo exterior, y aspiran su volubilidad—, y cuando se les retiene para algún objeto remoto y vacío en su persecución, por más que prometa vida y pasión al final, se requiere, más que nada, que intervengan intereses y ocupaciones temporales que les mantengan saludablemente en suspenso para el ataque final.
Y tampoco se olvidaba Ahab de otra cosa. En tiempos de fuerte emoción, la humanidad desdeña todas las consideraciones bajas, pero esos tiempos se desvanecen. «La condición constitucional y permanente del hombre, tal como está fabricado —pensaba Ahab—, es la sordidez. Aun concediendo que la ballena blanca incite plenamente los corazones de esta mi salvaje tripulación, y que, dando vueltas a su salvajismo, llegue incluso a producir en ellos cierta generosidad de caballeros andantes, sin embargo, mientras que por su amor persiguen a Moby Dick, deben también tener alimento para sus apetitos más comunes y cotidianos. Pues aun los elevados y caballerescos cruzados de tiempos antiguos no se contentaban con atravesar dos mil millas de tierra para luchar por su Santo Sepulcro, sin cometer robos, hurtar bolsas, y obtener otras piadosas preparaciones por el camino. Si se hubieran atenido estrictamente a su único y romántico objetivo final, demasiados habrían vuelto la espalda a ese romántico objetivo final. «No despojaré a estos hombres —pensaba Ahab de todas su esperanzas de dinero; sí, dinero. Ahora quizá desprecien el dinero, pero que pasen varios meses sin que tengan en perspectiva una promesa de dinero, y entonces este mismo dinero ahora silencioso se amotinará de repente en ellos, y ese mismo dinero pronto liquidará a Ahab.»
Tampoco faltaba otro motivo de precaución más relacionado personalmente con Ahab. Habiendo revelado, probablemente de modo impulsivo y quizá algo prematuro, el principal, pero personal objetivo del viaje del Pequod Ahab ahora tenía plena conciencia de que, al hacerlo así, se había expuesto indirectamente a la acusación sin respuesta de ser un usurpador; y su tripulación, si así se le antojaba y era capaz de ello, y con perfecta impunidad, moral y legal, podía rehusarle toda sucesiva obediencia, y aun arrancarle violentamente del mando. Desde luego, Ahab debía tener gran afán de protegerse de ser acusado, aun por mera sugestión, de usurpación, y de las posibles consecuencias de que ganara terreno semejante impresión reprimida. Para protegerse no tenía sino su propio cerebro dominante, su corazón y sus manos, respaldados por una atención, vigilante y estrechamente calculadora, hacia toda menuda influencia atmosférica a que fuera posible que se sujetara su tripulación.
Por todas esas razones, pues, y otras quizá demasiado analíticas para desarrollarse aquí verbalmente, Ahab veía claramente que aún debía continuar en buena medida siendo fiel al propósito natural y nominal del viaje del Pequod; observar todos los usos acostumbrados, y, no sólo eso, sino obligarse a evidenciar su conocido interés apasionado en la tarea general de su profesión.
Sea como sea todo esto, su voz se oía ahora a menudo llamando a los tres vigías y exhortándoles a mantener una aguda vigilancia, sin dejar de señalar ni una marsopa. Esa vigilancia no tardó en tener recompensa.

XLVII. El esterero

Era una tarde nublada y bochornosa; los marineros vagaban perezosamente por las cubiertas, o miraban con aire ausente a las aguas plomizas. Queequeg y yo estábamos pacíficamente ocupados en tejer lo que se llama una «estera de sable», como amortiguador adicional para nuestra lancha. Tan tranquila y silenciosa era toda la escena, y sin embargo, no sé cómo, tan cargada de presagios, y en el aire flotaba tal hechizo de fiesta, que cada silencioso marinero parecía disuelto en su propio yo invisible.
Yo era el asistente o criado de Queequeg, ocupado en la estera. Mientras pasaba y repasaba el relleno o trama de merlín entre los largos hilos de la urdimbre, usando mi propia mano como lanzadera, y mientras Queequeg puesto de medio lado, de vez en cuando deslizaba su pesado sable de encina entre los hilos, y apartando la mirada ociosamente hacia el agua, descuidado y sin pensar, llevaba a su sitio cada hilo: digo que tan extraño aire de sueño reinaba entonces sobre el barco y sobre todo el mar, sólo roto por el sonido sordo e intermitente del sable, que parecía que aquello fuera el Telar del Tiempo, y yo mismo fuera una lanzadera tejiendo y tejiendo los Hados. Allí estaban los hilos fijos de la urdimbre, sujetos a una única vibración insistente e inalterable, y esa vibración era meramente suficiente para dejar pasar la mezcla entrecruzada de otros hilos con el suyo propio. Esta urdimbre parecía la Necesidad; y aquí, pensaba yo, con mi propia mano paso mi lanzadera y tejo mi destino entre estos hilos inalterables. Mientras tanto, el indiferente e impulsivo sable de Queequeg, a veces golpeando la trama de medio lado, o torcido, o fuerte, o débil, según fuera el caso, y produciendo, con esa indiferencia en el golpe conclusivo, un contraste correspondiente en el aspecto final del tejido terminado; el sable de este salvaje, pensaba yo, que así da forma final y contextura tanto a la urdimbre como a la trama; ese tranquilo e indiferente sable debe ser el Azar: sí, el alar, el libre albedrío, y la necesidad; de ningún modo incompatibles, sino trabajando juntos y entretejidos. La recta trama de la necesidad, que no se ha de desviar de su curso definitivo; pues cada una de sus vibraciones alternantes, en efecto, sólo tiende a esto: el libre albedrío, todavía libre para pasar la lanzadera entre los hilos; y el azar, aunque sujeto en su juego a las líneas rectas de la necesidad, y dirigido lateralmente en sus movimientos por la libre voluntad, aun así prescrito por ambos, los va dirigiendo alternativamente, y da a los acontecimientos el último golpe configurador.
Así tejíamos y tejíamos cuando me sobresalté ante un sonido tan extraño, prolongado y musicalmente salvaje y sobreterrenal, que cayó de mi mano el ovillo de libre albedrío, y me quedé mirando a las nubes de donde bajaba esa voz como un ala. En lo alto de los canes del palo estaba aquel loco Gay-Head, Tashtego. Su cuerpo se echaba ansiosamente hacia delante, y a intervalos breves y súbitos, continuaba sus gritos. Por supuesto, el mismo sonido se oyó quizá en ese mismo momento por los mares, lanzado por centenares de vigías balleneros elevados en el aire, a la misma altura, pero de pocos de esos pulmones podía el viejo grito acostumbrado haber sacado tan maravillosa cadencia como de los de Tashtego el indio.
Al verle cerniéndose por encima, medio suspendido en el aire, escudriñando el horizonte de modo tan loco y ansioso, se le habría creído un profeta o vidente observando las sombras del Hado, y anunciando su llegada con esos locos gritos.
—¡Allí sopla ¡Allí, allí, allí!, ¡sopla, sopla!
—¿Por dónde?
—¡De través a sotavento, a unas dos millas! ¡Una manada de ellas! Al momento, todo fue conmoción.
El cachalote sopla como el tictac de un reloj, con la misma uniformidad infalible y segura. Y por eso distinguen los balleneros este pez entre las diferentes tribus de su género.
—¡Allí van colas! —fue ahora el grito de Tashtego, y las ballenas desaparecieron.
—¡Deprisa, mayordomo! —gritó Ahab—. ¡La hora, la hora!
Dough-Boy bajó deprisa, lanzó una mirada al reloj e informó a Ahab del minuto exacto.
El barco abatió, y continuó balanceándose suavemente por delante del viento. Como Tashtego informó de que las ballenas se habían sumergido avanzando a sotavento, mirábamos confiados para verlas otra vez delante mismo de nuestra proa. Pues esa singular astucia a veces mostrada por el cachalote cuando, zambulléndose con la cabeza hacia una dirección, sin embargo, mientras está oculto bajo la superficie, da media vuelta y nada rápidamente en sentido opuesto, ese carácter engañoso, ahora no podía estar en acción, pues no había motivo para suponer que los peces vistos por Tashtego estuvieran de ningún modo alarmados, ni en absoluto supieran de nuestra cercanía. Uno de los hombres elegidos para guardar los barcos —es decir, de los que no están designados para las lanchas— relevó entonces al indio en la cofa del palo mayor. Los marineros del trinquete y del palo de mesana habían bajado; se pusieron en su sitio las tinas de estacha; se sacaron las grúas, se dio atrás a la verga mayor, y las tres lanchas se balancearon sobre el mar como tres cestos de hinojo sobre altos acantilados. Fuera de las amuras, sus ansiosas tripulaciones se agarraron con una mano al pasamano, mientras apoyaban expectantemente un pie en la borda. Tal aspecto tiene la larga línea de marineros de un barco de guerra a punto de lanzarse al abordaje de un barco enemigo.
Pero en ese momento crítico se oyó una exclamación repentina que apartó todas las miradas de la ballena. Con un sobresalto, todos fijaron la mirada en el sombrío Ahab, quien estaba rodeado por cinco fantasmas oscuros que parecían recién formados del aire.

XLVIII. El primer ataque

Los fantasmas, pues eso parecían entonces, daban vueltas por el otro lado de la cubierta, y, con celeridad sin ruido, soltaban las jarcias y amarras de la lancha que allí se balanceaba. Esa lancha siempre se había considerado una de las lanchas de reserva, aunque técnicamente se la llamaba «la del capitán», a causa de que colgaba al lado de estribor. La figura que ahora estaba junto a su proa era alta y sombría, con un solo diente blanco sobresaliendo malignamente de sus labios acerados. Una arrugada chaqueta china de algodón negro le revestía funeralmente, con anchos pantalones negros del mismo material oscuro. Pero coronando extrañamente todo su color de ébano, había un resplandeciente turbante blanco entrelazado, con el pelo vivo, trenzado y retorcido, dando vueltas a la cabeza. Menos sombríos de aspecto, los compañeros de esta figura eran de ese color vívido, de amarillo de tigre, peculiar de algunos de los aborígenes de Manila; una raza famosa por cierto diabolismo de sutileza, y que algunos marineros honrados suponen que son espías pagados y agentes confidenciales y secretos en las aguas, enviados por el demonio, su señor, cuyo despacho suponen que está en otro sitio.
Mientras la interrogativa tripulación del barco miraba a aquellos desconocidos, Ahab gritó al viejo de turbante blanco que iba a la cabeza de ellos:
—¿Todos dispuestos, Fedallah?
—Dispuestos —fue la respuesta medio siseada.
—Botes al agua, entonces, ¿oís? —gritando a través de la cubierta—. Botes al agua ahí, digo.
Tal fue el trueno de su voz, que a pesar de su asombro, los hombres saltaron sobre el pasamanos, las roldanas dieron vueltas como torbellinos en los motones, y con un chapuzón, las tres lanchas cayeron al mar, mientras, con diestra y tranquila osadía, desconocida en cualquier otra profesión, los marineros, como machos cabríos, se dejaban caer de un brinco desde el costado balanceante del barco a las agitadas lanchas de abajo.
Apenas habían remado hasta salir de sotavento de la nave, cuando una cuarta quilla, viniendo del lado de barlovento, bogó dando la vuelta bajo la popa y mostró a los cinco desconocidos remando con Ahab, quien, de pie en la popa, gritaba ruidosamente a Starbuck, Stubb y Flask que se dispersaran mucho para cubrir una gran extensión de mar. Pero con todos sus ojos clavados en el sombrío Fedallah y su tripulación, los marineros de las otras lanchas no obedecieron la orden.
—¿Capitán Ahab...? —dijo Starbuck.
—Dispérsense —gritó Ahab—: dejen sitio, las cuatro lanchas. ¡Tú, Flask, echa más a sotavento!
—Sí, sí, capitán —gritó animosamente el pequeño «Puntal» haciendo girar su gran remo de gobernalle—. ¡Atrás! —dirigiéndose a su tripulación—. ¡Ahí, ahí!, ¡ahí otra vez! ¡Ahí delante mismo está soplando, muchachos! ¡Atrás!
—No te preocupes de esos tipos amarillos, Archy.
—¡Ah, no me importan, señor! —dijo Archy—: ya lo sabía todo antes de ahora. ¿No los había oído en la bodega? ¿Y no se lo dije, aquí, a Cabaco? ¿Qué dices tú, Cabaco? Son polizones, señor Flask.
—¡Remad, remad, mis queridos valientes; remad, hijos míos; remad, pequeños! —gruñó y suspiró mimoso Stubb a los de su tripulación, algunos de los cuales todavía mostraban señales de intranquilidad—. ¿Por qué no os rompéis los espinazos, muchachos? ¿Qué os quemáis mirando? ¿Aquellos muchachos de ese bote? ¡Chist! Solamente son cinco hombres más que han venido a ayudarnos; no importa de dónde; cuanto más, más contentos. Remad, entonces, remad; no os preocupéis del azufre; los demonios son bastante buenos chicos. Ea, ea, ea, ya estamos; ése es el golpe, por mil libras; ¡ése es el golpe para llevarse la partida! ¡Hurra por la copa de oro de aceite de ballena, mis héroes! Tres hurras, muchachos; ¡ánimo todos!
Tranquilos, tranquilos, no tengáis prisa. ¿Por qué no partís los remos, bribones? ¡Morded algo, perros! Ea, ea, ea, ahora; suave, suave. ¡Eso es, eso es! Largo y fuerte. ¡Dejad sitio ahí, dejad sitio! ¡El diablo os lleve, bribones andrajosos; estáis dormidos todos! Dejad de roncar, dormilones, y remad. Remad, ¿queréis? Remad, ¿no sabéis? Remad, remad ¿vamos allá? En el nombre de los gobios y los pasteles de jengibre, ¿no remáis? Remad y romped algo; remad, sacaos los ojos. ¡Vamos! —sacando del cinto el afilado cuchillo—: que cada hijo de su madre saque el cuchillo, y reme con la hoja entre los dientes. Eso es..., eso es. Ahora, haced algo; esto ya tiene buen aspecto, mis pedacitos de acero. ¡Dadle fuerte, dadle fuerte, mis cucharitas de plata! ¡Dadle fuerte, pedazos de pasadores!
Se da aquí por extenso el exordio de Stubb a su tripulación por que tenía en general un modo bastante peculiar de hablarles, y en especial al inculcarles la religión del remo. Pero no se ha de suponer por esta muestra de sus sermones que alguna vez se lanzara a furores completos con su feligresía. De ningún modo; y en eso consistía su principal peculiaridad. Decía a su tripulación las cosas más terroríficas en un tono tan extrañamente compuesto de broma y furia, y la furia parecía tan meramente calculada como condimento para la broma, que ningún remero podía oír tan extrañas invocaciones sin remar como cosa de vida o muerte, y sin embargo remando por el simple chiste del asunto. Además, todo el tiempo tenía él mismo un aire tan tranquilo e indolente, y manejaba con tal ocio su remo de gobernalle, y bostezaba tan largo —a veces quedándose con la boca abierta—, que la mera visión de semejante jefe bostezante, por pura fuerza de contraste, actuaba como un encantamiento sobre la tripulación. Además, Stubb era de esa extraña clase de humoristas cuya jovialidad a veces es cruelmente ambigua, como para poner en guardia a todos los inferiores en el asunto de obedecerle.
Obedeciendo a una señal de Ahab, Starbuck ahora bogaba oblicuamente por delante de la proa de Stubb, y cuando, durante cerca de un minuto, las dos lanchas estuvieron bastante próximas una de otra, Stubb gritó al oficial:
—¡Señor Starbuck, lancha a babor, eh!; ¡una palabra con usted, por favor!
—¡Hola! —replicó Starbuck, sin volverse una sola pulgada al hablar, y todavía apremiando a su tripulación con empeño, pero en un susurro, y la cara apartada de la de Stubb, fija como un pedernal.
—¿Qué piensa de esos muchachos amarillos, señor Starbuck?
—Entraron a bordo de contrabando, no sé cómo, antes que zarpara el barco. (¡Fuerte, fuerte, muchachos!) —en un susurro a la tripulación, y luego volviendo a hablar alto—: ¡Un triste asunto, señor Stubb! (¡Dadle, dadle, chicos!), pero no se preocupe, señor Stubb, todo será para bien. Que toda su tripulación reme fuerte, pase lo que pase. (¡Pegad, hombres, pegad!) Hay bocoyes de aceite por delante, señor Stubb, y a eso es a lo que vinimos. (¡Remad, muchachos!) ¡Aceite, aceite es el juego! Esto por lo menos es obligación: obligación y ganancia de la mano.
—Sí, sí, eso pensé yo —soliloquizó Stubb, al separarse los botes—; en cuanto les eché el ojo, lo pensé. Sí, y a eso es a lo que él bajaba tanto a la bodega, como sospechaba hace mucho Dough-Boy. Estaban escondidos allá abajo. La ballena blanca está en el fondo de esto. ¡Bueno, bueno, sea así! ¡No se puede remediar! ¡Dejad sitio!
Ahora, la aparición de esos exóticos desconocidos en tan crítico instante como el de arriar los botes de cubierta, había despertado no sin razón una especie de desconcierto supersticioso en algunos de la tripulación del barco, pero como el imaginado descubrimiento de Archy se había difundido entre ellos hacía algún tiempo, aunque desde luego sin que le dieran crédito, eso les había preparado para el acontecimiento en cierta pequeña medida. Les había embotado el filo del asombro, y así, con todo esto y con el modo confiado de Stubb de explicar su aparición, quedaron por el momento libres de hipótesis supersticiosas, aunque el asunto aún dejaba lugar abundante para toda clase de desatadas conjeturas en cuanto a la exacta intervención de Ahab en el asunto desde el principio. En cuanto a mí, recordaba silenciosamente las misteriosas sombras que vi deslizarse a bordo del Pequod durante el opaco amanecer en Nantucket, así como las enigmáticas sugerencias del inexplicable Elías.
Mientras tanto, Ahab, fuera del alcance del oído de sus oficiales, por haberse desviado lo más posible a barlovento, todavía llevaba la delantera a las otras lanchas, circunstancias que proclamaba qué poderosa tripulación le impulsaba. Aquellas criaturas de amarillo atigrado parecían todas de acero y ballena; como cinco martinetes, se levantaban y bajaban con golpes regulares de energía, que intermitentemente sacudían la lancha a lo largo del agua, como la caldera de transmisión horizontal en un vapor del Mississippi. En cuanto a Fedallah, a quien se veía tirando del remo de arponero, había echado a un lado su chaqueta negra, exhibiendo desnudo el pecho con toda la parte entera de su cuerpo que quedaba por encima de la borda, claramente recortada sobre las depresiones alternativas del horizonte acuático, mientras al otro extremo de la lancha, Ahab, con un solo brazo, igual que un esgrimidor, medio echado para atrás en el aire, como para contrapesar cualquier tendencia a volcarse, aparecía manejando; con firmeza su remo de gobernalle igual que en otras mil bajadas al mar antes que la ballena blanca le hubiera destrozado. De repente su brazo extendido hizo un movimiento peculiar y luego quedó fijo, mientras se veía que los cinco remos de la lancha se erguían simultáneamente. La lancha y la tripulación quedaron inmóviles en el mar. Al momento, las tres lanchas dispersas a retaguardia se detuvieron en su camino. Las ballenas se habían sumergido irregularmente en el azul, sin dar así señal de su movimiento que fuera discernible a lo lejos, aunque Ahab lo había notado por su mayor cercanía.
—¡Cada cual mire siguiendo sus remos! —gritó Starbuck—. Tú, Queequeg, ponte de pie.
Poniéndose ágilmente de un salto en la caja triangular elevada en la proa, el salvaje se quedó allí erguido, y con ojos intensamente serios lanzó su mirada hacia el lugar donde se habían señalado por última vez sus presas. Igualmente, en el extremo de la popa, donde había también una plataforma triangular al nivel de la borda, se vio al propio Starbuck, con frialdad y destreza, equilibrándose entre las convulsivas oscilaciones de su cáscara de nuez, y observando cara a cara en silencio la vasta mirada azul del mar.
No muy lejos, también la lancha de Flask estaba en reposo y como sin aliento, con su jefe descuidadamente de pie en el bolardo, una especie de poste recio, con base en la quilla, que se eleva un par de pies por encima del nivel de la plataforma de popa. Se usa para dar vuelta en torno a él en la estacha de la ballena. Su extremo no es más ancho que la palma de la mano de un hombre, y, al ponerse de pie en una base como ésa, Flask parecía encaramado sobre el mastelerillo de un barco que se hubiera hundido entero menos las perillas de los palos. Pero el pequeño «Puntal» era pequeño y bajo, y al mismo tiempo, el pequeño «Puntal» estaba lleno de grande y alta ambición, de modo que aquel punto de apoyo en el bolardo no satisfacía en absoluto a «Puntal».
—No puedo ver más allá de tres olas: vamos a poner de pie un remo aquí, y yo me subiré.
Ante esto, Daggoo, con las manos en la borda para apoyarse en el camino, se deslizó rápidamente a popa, y entonces, irguiéndose, ofreció sus elevados hombros como pedestal.
—Una cofa tan buena como otra cualquiera, señor Flask. ¿Quiere subir?
—Ya lo creo, y muchas gracias, mi buen amigo; sólo que me gustaría que fueras cincuenta pies más alto.
Entonces, plantado firmemente con los pies contra dos tablas opuestas de la lancha, el gigantesco negro se agachó un poco, presentó la palma de la mano extendida al pie de Flask, y luego, poniendo la mano de Flask en su cabeza con penacho de plumas y pidiéndole que saltara cuando él le empujara, de un solo golpe diestro hizo al hombrecito posarse sano y salvo en sus hombros. Y allí estaba ahora Flask, mientras Daggoo, con un brazo elevado, le proporcionaba un parapeto en que apoyarse y afirmarse.
En cualquier momento, es para un novicio un extraño espectáculo ver con qué sorprendente costumbre de habilidad inconsciente mantiene el cazador de ballenas una postura vertical en la lancha, aun sacudido por los mares más amotinadamente perversos y entrecruzados. Aún más extraño es el verle aturdidamente encaramado en el propio bolardo en tales circunstancias. Pero el espectáculo del pequeño Flask subido en el gigantesco Daggoo era aún más curioso, pues, sosteniéndose con una majestad fría, indiferente, cómoda y sin preocupaciones, el noble negro mecía armoniosamente su hermosa figura a cada balanceo del mar. En su ancha espalda, Flask, con su pelo rubio, parecía un copo de nieve. La montura parecía más noble que el jinete. Aunque el pequeño Flask, verdaderamente vivaz, tumultuoso y ostentoso, de vez en cuando pataleaba de impaciencia, no daba con eso ningún empujón adicional al señorial pecho del negro. Igual he visto a la Pasión y la Vanidad pataleando sobre la magnánima tierra viva, sin que la tierra alterase por ello sus mareas ni sus estaciones.
Mientras tanto Stubb, el tercer oficial, no manifestaba tales afanes de mirar a larga distancia. Quizá las ballenas habrían dado una de sus zambullidas normales, no sumergiéndose temporalmente por simple susto, y por si ése era el caso, Stubb, como parece que tenía por costumbre en tales ocasiones, había decidido entretener el enervante intervalo con su pipa. La sacó de la cinta del sombrero, donde la llevaba siempre al sesgo como una pluma. La cargó, y atacó la carga con el pulgar, pero apenas había encendido el fósforo pasándolo por el áspero papel de lija de su mano, cuando Tashtego, su arponero, cuyos ojos estaban fijos a barlovento como dos estrellas fijas, se dejó caer, con la velocidad de la luz, abandonando su actitud erguida para sentarse, y exclamó en vivo frenesí de apresuramiento:
—¡Abajo, abajo todos, y adelante! ¡Ahí están!
Para un hombre de tierra adentro, en ese momento no habrían sido visibles ni ballenas ni señales de arenques; nada sino una mancha turbia de agua verdiblanca y sutiles vahos dispersos de vapor cerniéndose sobre ella y deshaciéndose con el viento hacia sotavento, como el confuso celaje de las agitadas olas blancas. El aire, de repente, vibró alrededor y retiñó, por decirlo así, como aire sobre planchas de hierro muy caliente. Bajo esas ondas y rizos de la atmósfera, y en parte también bajo una delgada capa de agua, nadaban las ballenas. Vistos por delante de toda otra indicación, los vahos de vapor que lanzaban parecían sus heraldos precursores, sus batidores destacados a galope.
Las cuatro lanchas estaban ya en afanosa persecución de aquel único punto de agua y aire turbios. Pero éste se empeñaba en dejarlas atrás; volaba y volaba, como una masa de burbujas entremezclada al ser arrastrada por un rápido torrente de los montes.
—Remad, remad, mis buenos chicos —decía Starbuck a sus hombres, en el susurro más bajo posible, pero más intensamente concentrado, mientras la mirada, aguda y fija, de sus ojos se disparaba derecha por delante de la proa, casi semejante a un par de agujas visibles en dos infalibles brújulas de bitácora. No dijo mucho a su tripulación, sin embargo, ni tampoco su tripulación le decía nada. Sólo el silencio de la lancha era roto, a intervalos, de modo sobresaltador, por uno de sus peculiares susurros, unas veces ásperos, al dar órdenes, otras veces suaves, al rogar.
¡Qué diferente el ruidoso y pequeño «Puntal»!
—¡Gritad y decid algo, queridos míos! ¡Rugid y remad, relámpagos míos! Encalladme, encalladme en sus lomos negros, muchachos; hacedlo por mí, y yo os dejaré en testamento la plantación en Marth's Vineyard, chicos; incluyendo mujer e hijos. ¡Atracadme allí, atracadme! ¡Oh, Señor, Señor, pero me voy a poner loco de remate, de atar! ¡Mirad, mirad esta agua blanca!
Y gritando así, se quitó el sombrero de la cabeza, y lo pisoteó; luego, recogiéndolo, lo tiró al mar, bien lejos; y finalmente, se puso a dar saltos y corvetas en la popa de la lancha como un potro enloquecido en la pradera.
—Mirad ahora a ese muchacho —gruñó filosóficamente Stubb, que, con su corta pipa sin encender sujeta maquinalmente entre los dientes, le seguía a poca distancia—: Le entran ataques a ese Flask. ¿Ataques? Sí, dadle ataques, ésa es la palabra: echadle ataques encima. Alegres, alegres, con ánimo. Hay pastel de cena, ya sabéis; alegres, eso es. Remad, muchachos; remad, cachorritos; remad todos. Pero ¿para qué demonios os dais tanta prisa? Suavecito, suavecito y firme, hombre. Sólo remad y seguid remando; nada más. Partíos todos los espinazos, y romped en dos los cuchillos de un mordisco, eso es todo. Tomadlo con calma: ¡por qué no lo tomáis con calma, digo, y echáis fuera todos los hígados y los pulmones!
Pero en cuanto a lo que decía el inescrutable Ahab a su tripulación de amarillo de tigre... esas palabras es mejor que se omitan aquí, pues vivís bajo la luz bendita de la tierra evangélica. Sólo los tiburones infieles de los mares audaces pueden prestar oído a palabras como aquellas con que, con frente de ciclón y ojos de crimen rojo, y labios pegados por la espuma, Ahab saltaba tras su presa.
Mientras tanto, todas las lanchas se abrían paso. Las repetidas alusiones específicas de Flask a «esa ballena», como llamaba el ficticio monstruo que declaraba que le atraía la proa del barco con la cola; esas alusiones suyas, a veces, eran tan vívidas y semejantes a la realidad, que hacían que uno o dos de sus hombres lanzaran una mirada temerosa por encima del hombro. Pero eso iba contra todas las reglas; pues los remeros deben sacarse los ojos y meterse un asador por el cuello, por decretar la costumbre que, en esos momentos cruciales, no deben tener más órganos que los oídos, ni más miembros que los brazos.
¡Era un espectáculo lleno de prodigio vivo y de temor! Las vastas hinchazones del mar omnipotente; el rugido hueco y explosivo que hacían, al pasar a lo largo de las ocho bordas, como gigantescas bolas en una ilimitada bolera de césped; la breve angustia suspensa de la lancha, como si por un momento se fuera a volcar en el filo de cuchillo de las olas más agudas, que casi parecían amenazar cortarla en dos; la súbita zambullida repentina en los valles y oquedades del agua; las apremiantes incitaciones y estímulos a ganar la cima de la colina de enfrente; el deslizarse boca abajo, como en trineo, por el otro lado; todas estas cosas, con los gritos de los jefes y los arponeros, y los estremecidos jadeos de los remeros, y la prodigiosa visión del marfileño Pequod siguiendo a sus lanchas con las velas tendidas, como una gallina sobresaltada tras la pollada gritadora; todo eso era emocionante. Ni el recluta bisoño, saliendo del abrazo de su mujer hacia el calor febril de su primera batalla; ni el espíritu de un muerto al encontrar al primer fantasma desconocido en el otro mundo, ninguno de éstos puede sentir más fuertes y más extrañas emociones que el hombre que por primera vez se encuentra remando en el hirviente círculo mágico del cachalote perseguido.
El agua blanca en danza que se formaba en la persecución, ahora se iba haciendo más visible, debido a la creciente tenebrosidad de las negruzcas sombras que las nubes proyectaban sobre el mar. Los chorros de vapor ya no se mezclaban, sino que doblaban por todas partes a derecha e izquierda; las ballenas parecían separar sus estelas. Los botes se separaron remando, y Starbuck persiguió a tres ballenas que corrían derechas a sotavento. Izamos ahora la vela, y, con viento siempre en aumento nos precipitamos adelante; la lancha avanzaba tan locamente por el agua, que casi no se podían manejar los remos de sotavento tan deprisa como para evitar que fueran arrancados de las chumaceras.
Pronto corrimos por un difuso y ancho velo de niebla; no se veían ni lancha ni barco.
—Adelante, muchachos —susurró Starbuck, echando más a popa la escota de su vela—: todavía hay tiempo de cazar un pez antes que llegue el chubasco. ¡Allí hay otra vez agua blanca!, ¡acercaos! ¡Saltad!
Poco después, dos gritos en rápida sucesión, a cada lado de nosotros, denotaron que las otras lanchas habían hecho presa, pero apenas las habíamos oído, cuando con un susurro disparado como un relámpago, Starbuck dijo: «¡De pie!», y Queequeg, arpón en mano, se puso en pie de un salto.
Aunque ninguno de los remeros entonces daba la cara al peligro de vida o muerte que tenían tan cerca, sin embargo, con los ojos en la tensa expresión del oficial en la popa de la lancha, supieron que había llegado el momento decisivo, y oyeron también un enorme ruido de revolverse, como si cincuenta elefantes se removiesen en la paja de dormir. Mientras tanto, la lancha seguía disparada a través de la neblina, con las olas rizándose y siseando a nuestro alrededor como crestas erguidas de serpientes coléricas.
—Ésa es la joroba. ¡Ahí, ahí, dale! —susurró Starbuck.
Un breve ruido zumbante salió disparado de la lancha: era el hierro lanzado de Queequeg. Entonces, en una sola conmoción mezclada, vino por la popa un empujón invisible, mientras la lancha, a proa, parecía chocar con un arrecife: la vela se hundió y estalló; un borbotón de vapor abrasador brotó muy cerca disparado; algo rodó y se agitó como un terremoto debajo de nosotros. La tripulación entera quedó medio sofocada al ser lanzada en confusión entre la blanca espuma cuajada de aquel huracán. El chubasco, la ballena y el arpón se habían fundido, y la ballena meramente arañada por el hierro, se había escapado.
Aunque completamente inundada, la lancha estaba casi intacta. Nadando alrededor de ella recogimos los remos que flotaban, y, echándolos adentro por la borda, volvimos a desplomarnos en nuestros puestos. Teníamos mar hasta las rodillas, con el agua cubriendo toda tabla y toda cuaderna, de modo que, para nuestros ojos, mirando hacia abajo, la embarcación en suspenso parecía una lancha de coral que creciera hasta nosotros desde el fondo del océano.
El viento aumentó hasta ser un aullido; las olas entrechocaron sus escudos: el chubasco entero rugió, se dividió y crepitó en torno a nosotros como un fuego blanco por la pradera, en que ardíamos sin consumirnos; ¡inmortales en esas mandíbulas de muerte! En vano gritamos a las otras lanchas; gritar a esos botes en la tormenta era igual que rugir a los carbones encendidos desde lo alto de la chimenea de una fundición llameante. Mientras tanto, los crecientes celajes, nubes y neblinas, se oscurecían cada vez más con las sombras de la noche: no se podía ver señal del barco. El mar, cada vez más fuerte, impedía todos los intentos de achicar la lancha. Los remos eran inútiles para impulsar, realizando ahora funciones de salvavidas. Así, cortando las ataduras del barrilillo impermeable de fósforos, después de varios fracasos, Starbuck se las arregló para encender la lámpara de la linterna, y luego, elevándola en un palo desprendido, se la entregó a Queequeg como abanderado de esta esperanza desesperada. Allí, pues, se sentó éste, elevando aquella imbécil candela en el corazón de aquella todopoderosa desolación. Allí, pues, se sentó, signo y símbolo de un hombre sin fe, elevando desesperadamente la esperanza en medio de la desesperación.
Mojados, calados y tiritando de frío, desesperando de barco o de lancha, elevamos nuestras miradas cuando llegó el alba. Con la niebla todavía extendida por el mar, la linterna vacía quedaba aplastada en el fondo de la lancha. De repente, Queequeg se puso en pie de un salto, ahuecando la mano junto al oído. Todos oímos un leve crujido, como de jarcias y vergas, hasta entonces sofocado por la tormenta. El sonido se acercó cada vez más: las densas nieblas quedaron vagamente divididas por una enorme forma imprecisa. Asustados, nos echamos todos al agua, mientras por fin el barco aparecía, dirigiéndose derecho hacia nosotros a una distancia no mucho mayor que su longitud.
Flotando en las olas, vimos la lancha abandonada que por un momento era zarandeada y abierta bajo la proa del barco como una astilla al pie de una catarata; y luego el enorme casco pasó sobre ella, y no se la vio hasta que subió revolcada a popa. Otra vez nadamos a ella, y fuimos lanzados contra ella por las olas, y por fin fuimos recogidos y llevados a bordo sanos y salvos. Antes que llegase el chubasco, las otras lanchas se habían separado de sus ballenas, volviendo a tiempo al barco. El barco nos había dado por perdidos, pero seguía todavía navegando por allí a ver si por casualidad tropezaba con algún rastro de nuestra perdición, un remo o un palo de lanza.

XLIX. La hiena

Hay ciertas extrañas ocasiones y coyunturas en este raro asunto entremezclado que llamamos vida, en que uno toma el entero universo por una enorme broma pesada, aunque no llega a discernirle su gracia sino vagamente, y tiene algo más que sospechas de que la broma no es a expensas sino de él mismo. Con todo, no hay nada que desanime, y nada parece valer la pena de discutirse. Uno se traga todos los acontecimientos, todos los credos y convicciones, todos los objetos duros, visibles e invisibles, por nudosos que sean, igual que un avestruz de potente digestión engulle las balas y los pedernales de escopeta. En cuanto a las pequeñas dificultades y preocupaciones, perspectivas de desastre súbito, pérdida de vida o de algún miembro, todas estas cosas, y la muerte misma, sólo le parecen a uno golpes bromistas y de buen carácter, y joviales puñetazos en el costado propinados por el viejo bromista invisible e inexplicable. Esta extraña especie de humor caprichoso de que hablo, le sobreviene a uno solamente en algún momento de tribulación extrema; le llega en el mismísimo centro de su seriedad, de modo que lo que un poco antes podía haber parecido una cosa de más peso, ahora no parece más que parte de una broma general. No hay cosa como los peligros de la pesca de la ballena para engendrar esta especie, libre y tranquila, de filosofía genial del desesperado; y con ella yo consideraba ahora todo este viaje del Pequod y la gran ballena blanca que era su objetivo.
—Queequeg —dije, después que me arrastraron a mí, en último lugar, a la, cubierta, y cuando todavía me sacudía con el chaquetón para quitarme el agua—: Queequeg, mi buen amigo, ¿ocurren muy a menudo este tipo de cosas?
Sin mucha emoción, aunque calado igual que yo, me dio a entender que tales cosas ocurrían muy a menudo.
—Señor Stubb —dije, volviéndome a ese ilustre personaje, que, abotonado hasta el cuello en su capote aceitado fumaba tranquilamente su pipa bajo la lluvia—, señor Stubb, creo haberle oído decir que, de todos los cazadores de ballenas que ha conocido usted, nuestro primer oficial, el señor Starbuck, es con mucho el más cuidadoso y prudente. ¿He de suponer, entonces, que echarse de golpe contra una ballena que huye, con la vela desplegada, entre un chubasco con niebla, es la cima de la discreción de un cazador de ballenas?
—Por supuesto. Yo he arriado la lancha para perseguir ballenas en un buque que hacía agua, en medio de una galerna a lo largo del cabo de Hornos.
—Señor Flask —dije, volviéndome al pequeño «Puntal», que estaba allí cerca—, usted es experto en estas cosas, y yo no. ¿Me quiere decir si es ley inalterable en estas pesquerías, señor Flask, que un remero se parta el espinazo remando de espaldas para meterse en la boca de la muerte?
—¿No lo puede decir más sencillo? —dijo Flask—. Sí, ésta es la ley. Me gustaría ver a la tripulación de un bote dando marcha atrás por el agua hacia una ballena, con la cara para delante. Ja, ja!, la ballena les devolvería el bizqueo, ¡fíjese bien!
Allí entonces, de tres testigos imparciales, tenía una circunstanciada declaración sobre todo el asunto. Considerando, pues, que los huracanes y vuelcos en el agua y consiguientes vivaqueos en las profundidades eran asuntos que ocurrían comúnmente en esta clase de vida; considerando que el instante superlativamente crítico de lanzarnos del que gobernaba la lancha —a menudo un tipo que, en ese mismo momento, está a punto, a fuerza de ímpetu, de hacer un escotillón en la lancha con sus frenéticos pataleos—; considerando que el desastre ocurrido precisamente a nuestra precisa lancha se había de atribuir principalmente a que Starbuck se lanzó contra su ballena casi en las fauces de un chubasco, y considerando que, a pesar de eso, Starbuck era famoso por su gran cuidado en la pesca; considerando que yo pertenecía a la lancha de ese Starbuck tan insólitamente prudente; y, por último, considerando en qué persecución diabólica me había metido, respecto a la ballena blanca; tomando todas estas cosas juntas, digo, pensé que bien podría bajar a hacer un borrador de mi testamento.
—Queequeg —dije—, ven conmigo y serás mi notario, albacea y heredero.
Puede parecer extraño que los marineros, más que nadie, anden enredando con sus últimas voluntades y testamentos, pero no hay en el mundo gente más aficionada a esta diversión. Era la cuarta vez en mi vida náutica que había hecho esto mismo. En la actual ocasión, una vez que estuvo concluida la ceremonia, me sentí mucho mejor; se me había quitado una piedra de encima del pecho. Además, todos los días que ahora viviera serían tan buenos como los días que vivió Lázaro después de su resurrección; una ganancia en limpio suplementaria de tantos meses o semanas como hubiera de ser. Me sobrevivía a mí mismo; mi muerte y mi entierro estaban encerrados en mi pecho. Miré a mi alrededor con tranquilidad y satisfacción, como un espíritu tranquilo, con la conciencia limpia, sentado entre las rejas de un confortable panteón de familia.
«Ahora, pues —pensaba yo, remangándome distraídamente el blusón—, vamos allá en frío y atentamente, a una zambullida en la muerte y la destrucción, y al último que se lo lleve el diablo.»

L. La lancha y la tripulación de Ahab. Fedallah

—¡Quién lo habría pensado, Flask! —gritó Stubb—: si yo no tuviera más que una pierna, no me sorprenderían en una lancha, a no ser, quizá, para tapar el agujero del tapón con mi dedo gordo de palo. ¡Ah, es un viejo admirable!
—Yo no lo creo tan extraño, después de todo, en ese aspecto —dijo Flask—. Si la pierna estuviera montada hasta la cadera, entonces sería cosa diferente. Eso le incapacitaría; pero le queda una rodilla, y buena parte de la otra, ya sabe.
—No lo sé, amiguito; nunca le he visto arrodillarse.
Entre los que entienden de ballenas, se ha discutido a menudo si, considerando la suprema importancia de su vida para el éxito del viaje, el capitán de un barco ballenero hace bien en poner en riesgo esa vida en los peligros activos de la persecución. Así, los soldados de Tamerlán muchas veces discutían, con lágrimas en los ojos, si esa inapreciable vida suya debía ser llevada a lo más espeso de la pelea.
Pero con Ahab la cuestión tomaba un aspecto modificado. Considerando que, aun con dos piernas, el hombre no es más que un ser renqueante en todos los tiempos de peligro; considerando que la persecución de las ballenas siempre tiene grandes y extraordinarias dificultades, y que cada momento concreto, en efecto, comprende un peligro, en tales circunstancias, ¿es sensato que un hombre mutilado entre en una lancha ballenera para la persecución? En general, los copropietarios del Pequod debían haber pensado francamente que no.
Ahab sabía muy bien que, aunque a sus amigos de la patria no les importaría mucho que entrase en una lancha en ciertas vicisitudes relativamente inocuas de la persecución, con el fin de estar cerca de la escena y dar en persona las órdenes, sin embargo, en cuanto a que el capitán Ahab tuviera una lancha efectivamente reservada para él, como uno de los jefes normales en la persecución —y sobre todo, en cuanto a que el capitán Ahab estuviera provisto de cinco hombres extra, como tripulación de dicha lancha—, él sabía muy bien que tan generosos conceptos jamás habían entrado en las cabezas de los propietarios del Pequod. Por consiguiente, no les había pedido una tripulación de lancha, ni había sugerido de ningún modo sus deseos en ese aspecto. No obstante, había tomado sus propias medidas particulares respecto a todo ese asunto. Hasta que se divulgó el descubrimiento de Cabaco, los marineros lo habían previsto muy poco, aunque, desde luego, al estar un tanto fuera del puerto, y al concluir todos los hombres la acostumbrada ocupación de preparar las lanchas balleneras para el servicio, cuando algún tiempo después se encontró de vez en cuando a Ahab afanándose en la cuestión de hacer toletes con sus propias manos para lo que se creía que era una de las lanchas de repuesto, e incluso cortando solícitamente las pequeñas puntas de madera que, cuando corre la estacha, se clavan en la ranura de proa; cuando se observó todo eso en él, y especialmente su solicitud por que se pusiera una capa más de revestimiento en el fondo de la lancha, como para hacer que resistiera mejor la presión puntiaguda de su pierna de marfil, y asimismo la ansiedad que evidenciaba al dar forma exacta a la tabla para el muslo, o castañuela, o galápago, como se llama a veces a esa pieza horizontal en la proa de la lancha para apoyar la rodilla al disparar el arpón o dar tajos a la ballena; cuando se observó que a menudo estaba en ese bote con su rodilla única fija en la depresión semicircular de la castañuela, o arrancando, con el formón del carpintero, un poco de allí y alisando un poco de aquí; todas esas cosas, digo, habían despertado entonces mucho interés y curiosidad. Pero casi todo el mundo supuso que esa particular atención de Ahab en los preparativos debía ser sólo con vistas a la persecución definitiva de Moby Dick, pues ya había revelado su intención de dar caza en persona a ese monstruo mortal. Pero tal suposición no implicaba en absoluto la más remota sospecha de que hubiera ninguna tripulación asignada a aquella lancha.
Ahora, con sus fantasmas subordinados, lo que quedaba de asombro se disipó pronto, pues en un barco ballenero los asombros se desvanecen pronto. Además, de vez en cuando se presentan tan inexplicables restos y sobras de naciones raras, saliendo de desconocidos rincones y agujeros de ceniza de la tierra, para tripular a esos proscritos flotantes que son los barcos balleneros; y los barcos mismos a menudo recogen tan extrañas criaturas de desecho, que se encuentran flotando en alta mar sobre tablas, restos de remos rotos, lanchas balleneras, canoas, juncos japoneses asolados por el huracán, y cualquier otra cosa, que el propio Belcebú podría trepar por el costado y bajar a la cabina a charlar con el capitán sin crear en el castillo de proa ninguna excitación irreprimible.
Pero, sea como sea todo esto, lo cierto es que mientras los fantasmas subordinados pronto encontraron su lugar entre la tripulación, por más que como si fueran algo, no se sabe cómo, distinto de ellos, sin embargo, aquel Fedallah del pelo en turbante siguió siendo hasta el fin un misterio. Nadie sabía de dónde venía a un mundo bien educado como el nuestro, ni por qué clase de vínculo inexplicable pronto evidenció estar unido a la suerte personal de Ahab; más aún, hasta el punto de tener una suerte de influencia medio sugerida, o, el cielo lo sabe, quizá hasta con autoridad sobre él; pero nadie podía asumir aire de indiferencia respecto a Fedallah. Era una criatura tal como la gente civilizada y doméstica de la zona templada sólo ve en sus sueños, y aun eso vagamente; pero cuyos semejantes se deslizan de vez en cuando entre las inmutables comunidades asiáticas, especialmente en las islas orientales, al este del continente esos países aislados, inmemoriales, inalterables, que, aun en los días actuales, conservan mucho de la espectral condición aborigen de las generaciones prístinas de la tierra, cuando la memoria del primer hombre era un recuerdo claro, y todos los hombres, descendientes suyos, no sabiendo de dónde había venido él, se miraban unos a otros como auténticos fantasmas, y preguntaban al sol y a la luna por qué habían sido creados y para qué fin: cuando, además de que, según el Génesis, los ángeles mismos se casaron con las hijas de los hombres, también los demonios, según añaden los rabinos no canónicos, se permitieron amoríos mundanales.

LI. El chorro fantasma

Pasaron días y semanas, y marchando a poca vela, el ebúrneo Pequod había cruzado lentamente a través de cuatro diversos parajes de pesquería: el situado a lo largo de las Azores; el de a lo largo de Cabo Verde; el de la Plata, así llamado por estar a la altura de la desembocadura del río de la Plata; y el Carrol Ground, un abierto coto marino al sur de Santa Elena.
Al deslizarse por estas últimas aguas, una noche serena y con mucha luna, en que todas las olas pasaban como rodillos de plata, y con sus suaves hervores difundidos formaban algo que parecía un silencio plateado, y no una soledad; en tal noche callada, se vio un chorro plateado muy por delante de las burbujas blancas de la proa. Iluminado por la luna, parecía celestial; parecía un dios emplumado y centelleante que se alzara del mar. Fedallah fue el primero en señalar ese chorro. Pues, en esas noches de luna, tenía costumbre de subir a la cofa del palo mayor y hacer allí de vigía, con la misma precisión que si hubiera sido de día. Y sin embargo, aunque se habían visto de noche manadas de ballenas, ni un cazador de cada cien se habría arriesgado a arriar a los botes por ellas. Podéis imaginar, entonces, con qué emociones observaban los marineros a ese viejo oriental encaramado en lo alto a tan insólitas horas, con su turbante y la luna hechos compañeros en un mismo cielo. Pero cuando, tras de pasar allí su período uniforme durante varias noches sucesivas sin lanzar un solo sonido; cuando, después de todo ese silencio, se oyó su voz de otro mundo anunciando aquel chorro plateado, alumbrado por la luna, todos los marineros acostados se pusieron de pie de un salto, como si algún espíritu alado se hubiera posado en las jarcias y saludara a la tripulación mortal.
—¡Allí sopla!
Si hubiera soplado la trompeta del Juicio, no se habrían estremecido más, y sin embargo no sentían terror, sino más bien placer. Pues aunque era una hora muy insólita, fue tan impresionante el grito y tan delirantemente excitante, que casi todas las almas de a bordo desearon instintivamente que se bajaran los botes.
Recorriendo la cubierta con rápidas zancadas que acometían de medio lado, Ahab mandó que se largaran las velas de juanete y sobrejuanete, y todas las alas. El mejor marinero del barco debía tomar el timón. Entonces, con hombres en todas las cofas, la recargada nave empezó a avanzar meciéndose ante el viento. La extraña tendencia a levantar y alzar que tenía la brisa llegada del coronamiento de popa, al llenar los vacíos de tantas velas, hacía que la suspensa y ondeante cubierta pareciese aire bajo los pies, mientras echaba a correr como si lucharan en el barco dos tendencias antagónicas; una, para subir directamente al cielo; la otra, para avanzar dando guiñadas hacia algún objetivo horizontal. Y si hubierais observado aquella noche la cara de Ahab, habríais pensado que también en él guerreaban dos cosas diferentes. Mientras su única pierna viva despertaba vivaces ecos por la cubierta, cada golpe de su miembro muerto sonaba como un golpe en un ataúd. Ese hombre andaba sobre la vida y la muerte. Pero aunque el barco avanzaba con tanta rapidez, y aunque todos los ojos disparaban miradas ansiosas como flechas, sin embargo, el chorro plateado no volvió a verse esa noche. Todos los marineros juraron haberlo visto una vez, pero no por segunda vez.
Ese chorro de medianoche casi se había convertido en cosa olvidada cuando, varios días después, he aquí que, a la misma hora silenciosa, volvió a ser anunciado: otra vez fue gritado por todos; pero al extender velas para alcanzarlo, desapareció una vez más como si jamás hubiera existido. Y así se nos presentó noche tras noche hasta que nadie le prestó atención sino para sorprenderse él. Disparándose misteriosamente a la clara luz de la luna, o de las estrellas, según fuera el caso; desapareciendo otra vez por un día entero, o dos, o tres; y, no se sabe cómo, a cada repetición clara, pareciendo avanzar más y más en nuestra delantera, ese solitario chorro parecía hechizarnos siempre para seguir avanzando.
Con la inmemorial superstición de su especie, y de acuerdo con el carácter preternatural que parecía revestir en muchas cosas al Pequoa no faltaron algunos de los marineros que juraban que siempre y dondequiera que se señalaba, por remotos que fueran los momentos, o por separadas que estuvieran las latitudes y longitudes, aquel insoportable chorro era lanzado por una mismísima ballena, y esa ballena era Moby Dick. Durante algún tiempo también reinó una sensación de terror peculiar ante esa fugitiva aparición, como si nos hiciera traidoramente señal de avanzar más y más, para que el monstruo pudiera volverse contra nosotros, y despedazarnos por fin en los mares más remotos y salvajes.
Esos temores temporales, tan vagos, pero tan espantosos, cobraban prodigiosa potencia con el contraste de la serenidad del tiempo, en que, por debajo de su azul suavidad, algunos pensaban que se escondía un hechizo diabólico, mientras seguíamos viajando días y días a través de mares tan fatigosa y solitariamente benignos, que todo el espacio, por repugnancia a nuestra expedición vengativa, parecía vaciarse de vida ante nuestra proa de urna funeraria.
Pero al fin, al volvernos al este, los vientos del Cabo empezaron a aullar alrededor de nosotros, y subimos y bajamos por las largas y agitadas olas que hay allí; entonces el Pequod de colmillos de marfil se inclinó fuertemente ante las ráfagas, y acorneó las sombrías ondas en su locura, hasta que, como chaparrones de astillas de plata, los copos de espuma volaron sobre sus amuras; desde ahí desapareció toda esa desolada vaciedad de vida, pero para dejar lugar a espectáculos más lúgubres que nunca.
Cerca de nuestra proa, extrañas formas se disparaban por el agua, acá y allá, por delante de nosotros, mientras que, pegados a nuestra retaguardia, volaban los inescrutables cuervos del mar. Y todas las mañanas se veían filas de esos pájaros posados en nuestros estais; y a pesar de nuestros aullidos, se aferraban obstinadamente durante largo tiempo al cáñamo, como si consideraran nuestro barco una nave deshabitada y a la deriva; una cosa destinada a la desolación, y por tanto, apropiado criadero para esas criaturas sin hogar. Y se hinchaba, se hinchaba, seguía hinchándose inexorablemente el negro mar, como si sus vastas mareas fueran una conciencia, y la gran alma del mundo tuviera angustia y remordimiento por el largo pecado y el sufrimiento que había engendrado.
¿Y te llaman cabo de Buena Esperanza? Más bien cabo de las Tormentas, como te llamaban antaño; pues, largamente incitados por los pérfidos silencios que antes nos habían acompañado, nos hallamos lanzados a ese mar atormentado, donde seres culpables, transformados en esos pájaros y esos peces, parecían condenados a seguir nadando eternamente sin puerto en perspectiva, o a seguir agitando el negro aire sin horizonte alguno. Pero de vez en cuando, tranquilo, níveo e invariable, dirigiendo siempre su fuente de plumas hacia el cielo, siempre incitándonos desde delante, se avistaba el chorro solitario.
Durante toda esta negrura de los elementos, Ahab, aunque asumiendo entonces casi sin interrupción el mando de la cubierta, empapada y peligrosa, manifestaba la reserva más sombría, y se dirigía a sus oficiales más raramente que nunca. En períodos tempestuosos como ésos, después que se ha amarrado todo, en cubierta y en la arboladura, no se puede hacer más que esperar pasivamente la conclusión de la galerna. Entonces el capitán y la tripulación se vuelven fatalistas prácticos. Así, con su pierna de marfil inserta en su acostumbrado agujero, y agarrando firmemente un obenque con una mano, Ahab se quedaba durante horas y horas mirando fijo a barlovento; mientras que alguna descarga ocasional de nieve o aguanieve casi le pegaba los párpados congelándoselos. Mientras tanto, la tripulación, arrojada de la parte de proa del barco por los mares peligrosos que irrumpían explosivamente, por delante, se alineaba en el combés a lo largo de las amuradas; y para defenderse mejor contra las olas que saltaban, cada hombre se había metido en una especie de bolina atada a la borda, en que se movía como en un cinturón aflojado. Pocas palabras, o ninguna, se decían; y el silencioso barco, como tripulado por marineros de cera pintada, seguía avanzando día tras día a través de la rápida locura alegre de las olas demoníacas. De noche continuaba la misma mudez humana ante los gritos del océano; los hombres seguían en silencio moviéndose en sus bolinas; Ahab, siempre sin palabras, hacía frente al huracán. Aun cuando la fatigada naturaleza parecía pedir reposo, él no buscaba ese reposo en su hamaca. Nunca pudo olvidar Starbuck el aspecto del viejo, cuando una noche, al bajar a la cabina para observar cómo estaba el barómetro, le vio sentado y con los ojos cerrados, muy derecho en su sillón atornillado al suelo, mientras todavía goteaban del sombrero y chaquetón, sin quitárselos, la lluvia y la nevisca medio fundidas de la tempestad de que había salido algún tiempo antes. En la mesa, a su lado, estaba desenrollado uno de esos mapas de mareas y corrientes de que se ha hablado antes. La linterna se balanceaba en su mano, apretada firmemente. Aunque el cuerpo estaba erguido, la cabeza estaba echada atrás, de modo que los ojos cerrados quedaban dirigidos hacia la aguja del «soplón», que colgaba de una viga del techo.'
«¡Terrible viejo! —pensó Starbuck con un estremecimiento—; dormido en esta galerna, todavía sigues mirando firmemente tu propósito.»

LII. El Albatros

Al sudeste del cabo, a lo largo de las lejanas Crozett, en una buena zona de pesca de ballenas, apareció por la proa una vela; un barco llamado el Goney («Albatros»). Al acercarse despacio, desde mi alto observatorio en la cofa del palo trinquete, obtuve una buena vista de aquel espectáculo tan notable para un novato en las lejanas pesquerías oceánicas: un barco ballenero en el mar, ausente del puerto desde hacía mucho.
Como si las olas hubieran sido de lejía, la embarcación estaba blanqueada como el esqueleto de una morsa encallada. Bajando por los costados, esta aparición espectral estaba marcada con largos canales de óxido enrojecido, mientras que todas las vergas y jarcias eran igual que espesas ramas de árboles revestidas de escarcha como de pieles. Sólo llevaba puestas las velas mayores. Era un espectáculo extraño ver sus barbudos vigías en esas tres cofas. Parecían vestidos de pieles de animales; tan desgarradas y remendadas estaban las ropas que sobrevivían a casi cuatro años de crucero. De pie, en aros de hierro clavados al mástil, se ladeaban y balanceaban sobre un mar insondable; y aunque, cuando el barco se deslizó lentamente cerca de nuestra popa, los seis que estábamos en el aire nos acercamos tanto que casi podríamos haber saltado de los masteleros de un barco a los del otro; sin embargo, esos balleneros de aspecto desolado, mirándonos mansamente al pasar, no dijeron una palabra a nuestros vigías, mientras se oía desde abajo la llamada del alcázar:
—¡Ah del barco! ¿Habéis visto a la ballena blanca?
Pero cuando el extraño capitán, inclinándose sobre las pálidas amuradas, se disponía a llevarse el altavoz a la boca, no se sabe cómo, se le cayó de la mano al mar, y, con el viento levantándose ahora en banda, fue en vano que se esforzara por hacerse oír sin él. Entretanto, su barco aumentaba aún la distancia. Mientras que, de diversos modos silenciosos, los marineros del Pequod evidenciaban que habían observado este fatídico incidente apenas mencionado por primera vez el nombre de la ballena blanca a otro barco, Ahab se detuvo por un momento; casi pareció que habría arriado una lancha para ir a bordo del desconocido, si no lo hubiera impedido el viento amena7ador. Pero, aprovechando su posición a barlovento, agarró a su vez su altavoz y, conociendo por el aspecto del barco recién llegado que era de Nantucket y que iba derecho rumbo a la patria, gritó ruidosamente:
—¡Eh, ahí! ¡Éste es el Pequod, que va a dar la vuelta al mundo!¡Decidles que dirijan todas las cartas sucesivas al océano Pacífico! Y si dentro de tres años no estoy en casa, decidles que las dirijan a...En ese momento las dos estelas se cruzaron del todo, y al instante, siguiendo sus singulares costumbres, bandadas de pececillos inofensivos, que desde hacía varios días nadaban plácidamente a nuestro lado, se alejaron disparados con aletas que parecían estremecerse, y se dispusieron, de proa a popa, a los lados del barco desconocido. Aunque en el transcurso de sus continuos viajes Ahab debía haber observado a menudo un espectáculo semejante, sin embargo, para cualquier hombre monomaniático, las más pequeñas trivialidades llevan significados caprichosos.
—Os alejáis de mí nadando, ¿eh? —murmuró Ahab, observando el agua. No parecían decir mucho esas palabras, pero su tono mostraba una tristeza más profunda y sin remedio que cuanta había mostrado jamás el demente anciano. Pero volviéndose al timonel, que hasta entonces había mantenido la nave contra el viento para disminuir su arrancada, gritó con su voz de viejo león:
—¡Caña a barlovento! ¡A dar la vuelta al mundo!
¡La vuelta al mundo! Hay mucho en ese sonido que inspira sentimientos de orgullo: pero ¿adónde lleva toda esa circunnavegación? Sólo a través de peligros innumerables, al mismo punto de donde partimos, donde los que dejamos atrás a salvo, han estado todo el tiempo antes que nosotros.
Si este mundo fuera una llanura infinita y navegando hacia el este pudiéramos alcanzar siempre nuevas distancias y descubrir visiones más dulces y extrañas que ninguna Cícladas o islas del Rey Salomón, entonces habría promesa en el viaje. Pero en la persecución de esos misterios de que soñamos, o en el acoso atormentado de ese fantasma demoníaco que, una vez u otra, nada ante todo corazón humano, lo uno o lo otro, en tal seguimiento por este globo redondo, o nos lleva a laberintos yermos o nos deja sumergidos a medio camino.

LIII. El Gam

La razón ostensible por la cual Ahab no pasó a bordo del ballenero con que habíamos hablado era ésta: el viento y el mar anunciaban tormenta. Pero aunque no hubiera sido así, quizá tampoco habría ido a bordo de é1, después de todo —a juzgar por su conducta posterior en ocasiones semejantes—, si, después de gritar, hubiera obtenido respuesta negativa a la pregunta que hacía. Pues, según se echó de ver en definitiva, no tenía ganas de reunirse ni cinco minutos con ningún capitán desconocido, a no ser que le pudiera ofrecer algo de la información que tan absorbentemente deseaba. Pero todo esto podría no ser adecuadamente valorado, si no se dijera aquí algo de las peculiares costumbres de los barcos balleneros al encontrarse en mares remotos, y especialmente en una zona común de pesquería.
Si dos desconocidos, al cruzar los Desiertos de los Pinos, en el estado de Nueva York, o la igualmente desolada llanura de Salisbury, en Inglaterra, y al encontrarse por casualidad en esas inhospitalarias soledades, no pueden evitar los dos un saludo mutuo, aunque les vaya en ello la vida, deteniéndose un momento a intercambiar noticias y quizá sentándose un rato a descansar de acuerdo, entonces, ¡cuánto más natural que, en los ilimitados Desiertos de los Pinos y llanuras de Salisbury del mar, dos barcos balleneros que se avistan mutuamente en el extremo de la tierra —a lo largo de la solitaria isla Fanning, o en los remotos King's Mills—, cuánto más natural, digo, que en estas circunstancias los barcos no sólo intercambien saludos, sino que entren en el contacto más cercano, más amistoso y sociable! Y especialmente, esto parecería ser algo obvio en el caso de barcos matriculados en el mismo puerto, y cuyos capitanes, oficiales y no pocos de los marineros se conocen personalmente, y en consecuencia tienen toda clase de cosas familiares y queridas de que hablar.
Para el barco que lleva mucho tiempo ausente, el que va en viaje de ida quizá lleva cartas a bordo; en cualquier caso, es seguro que tendrá algunos periódicos de fecha posterior en un año o dos a la del último que haya en su borroso y desgastado archivo. Y en correspondencia a tal cortesía, el barco en viaje de ida recibirá las últimas noticias balleneras de la zona de pesca a donde quizá va destinado, cosa de la mayor importancia para él. Y en proporción, todo esto seguirá siendo cierto respecto a los barcos balleneros que entrecruzan su camino en la propia zona de pesca, aunque estén igual tiempo ausentes del puerto. Pues uno de ellos puede haber recibido una transferencia de cartas de un tercer barco ahora remoto, y algunas de esas cartas pueden ser para la gente del barco con que ahora se encuentra. Además, intercambiarán noticias sobre las ballenas, y tendrán una charla agradable. Pues no sólo encontrarán todas las simpatías mutuas de los marineros, sino, igualmente, todas las peculiaridades congeniales procedentes de una búsqueda común y de privaciones y peligros compartidos juntos.
Y la diferencia de país tampoco representa una diferencia muy especial; es decir, con tal que ambas partes hablen un mismo idioma, como ocurre con americanos e ingleses. Aunque, por supuesto, dado el pequeño número de balleneros ingleses, tales encuentros no ocurren con mucha frecuencia, y cuando ocurren es demasiado probable que haya entre ellos una especie de cohibición, pues vuestros ingleses son más bien reservados, y a vuestros yanquis no les gusta cierta clase de cosas sino en ellos mismos. Además, los balleneros ingleses a veces afectan_ una especie de superioridad metropolitana sobre los balleneros americanos, considerando que el largo y flaco hombre de Nantucket, con su provincialismo informe, es una especie de labriego del mar. Pero sería difícil decir en qué consiste esta superioridad del ballenero inglés, visto que los yanquis, en conjunto, matan en un solo día más ballenas que todos los ingleses, en conjunto, en diez años. Pero ésta es una pequeña debilidad inocua de los balleneros ingleses, que los de Nantucket no toman muy a pecho, probablemente porque saben que ellos también tienen unas pocas debilidades.
Así entonces, vemos que, entre todos los diversos barcos que navegan por el mar, los balleneros tienen las mayores razones para ser sociales, y lo son. Mientras algunos barcos mercantes, al cruzar sus estelas en pleno Atlántico, muchas veces pasan adelante sin una palabra, siquiera, de reconocimiento, fingiendo no verse mutuamente en alta mar, igual que un par de elegantes en Broadway, y quizá durante todo este tiempo permitiéndose críticas remilgadas sobre el aparejo del otro. En cuanto a los barcos de guerra, cuando por casualidad se encuentran en el mar, primero pasan por tal ristra de estúpidas reverencias y zalemas, y tal sacar y zambullir banderas, que no parece haber en absoluto mucha buena voluntad sincera y cariño fraternal en todo ello. En lo que toca al encuentro de barcos negreros, bueno, tienen tan extraordinaria prisa, que huyen uno de otro en cuanto pueden. En cuanto a los piratas, cuando por casualidad se entrecruzan sus huesos entrecruzados, el primer grito de saludo es « ¿Cuántos cráneos?», del mismo modo que los balleneros gritan: «¿Cuántos barriles?». Y una vez contestada esta pregunta, los piratas se desvían inmediatamente, pues son unos infernales villanos por los dos lados, y, les gusta ver demasiado los villanos rostros de los otros.
Pero ¡mirad al pío, al honrado, al modesto, al hospitalario, al sociable, al tranquilo barco ballenero! ¿Qué hace el barco ballenero cuando encuentra a otro barco ballenero en cualquier clase de tiempo decente? Establece un Gam, una cosa tan absolutamente desconocida para todos los demás barcos, que ni siquiera han oído su nombre, y si por casualidad lo oyeran, no harían más que sonreírse de él y repetir chistes sobre «los del chorro» y los «hervidores de aceite», y semejantes hermosos epítetos. Es cuestión que sería difícil de contestar por qué todos los marinos mercantes, y también todos los piratas y marineros de guerra, y marineros de barcos negreros, abrigan sentimientos tan despectivos hacia los barcos balleneros. Porque, en el caso de los piratas, digamos, me gustaría saber si esa profesión suya tiene alguna gloria peculiar. A veces acaba en una elevación extraordinaria, desde luego, pero sólo en la horca. Y además, cuando un hombre está elevado en esa extraña forma, no tiene fundamento adecuado para su sublime altura. De aquí deduzco que, al jactarse de estar por encima de un ballenero, el pirata no tiene base sólida en que apoyarse.
Pero ¿qué es un Gam? Podríais gastaros el índice subiendo y bajando por las columnas de los diccionarios sin encontrar jamás la palabra. El doctor Johnson no alcanzó jamás tal erudición; el arca de Noah Webster no la contiene. No obstante, esta misma palabra expresiva lleva ya muchos años en uso constante entre unos quince mil yanquis auténticamente nativos. Ciertamente, necesita definición, y debería incorporarse al léxico. Con esa intención, permítaseme definirla doctamente:
«GAM, S. Reunión sociable de dos (o más) barcos balleneros, generalmente en zona de pesquería; en la que, tras intercambiar gritos de saludo, intercambian visitas, por tripulaciones de lanchas, quedándose durante ese tiempo los dos capitanes a bordo de un mismo barco, y los dos primeros oficiales a bordo del otro.»
Hay otro pequeño punto sobre el Gam que no se debe olvidar aquí. Todas las profesiones tienen sus pequeñas peculiaridades de detalle; igualmente la pesca de la ballena. En un barco pirata, de guerra o negrero, cuando llevan al capitán en la lancha, remando, siempre va sentado en las planchas de popa, sobre un cómodo asiento, a veces almohadillado, y a menudo gobierna con una linda cañita como de modista, decorada con alegres cordones y cintas. Pero la lancha ballenera no tiene asiento a popa, ni sofá ninguno de esa especie, ni cañita en absoluto. Sería cosa inaudita, desde luego, que a los capitanes balleneros les llevaran por el agua sobre pieles, como viejos concejales gotosos en sillones de ruedas. En cuanto a la cañita,' el barco ballenero jamás admite tal afeminamiento; y por consiguiente, en el Gam, como la tripulación completa de una lancha debe abandonar el barco, y como, por tanto, en ella va incluido el jefe o el arponero de la lancha, ese subordinado es el que gobierna en dicha ocasión, y al capitán, por no tener lugar en que sentarse, le llevan remando a su visita de pie todo el tiempo, como un pino. Y a menudo se advertirá que al tener conciencia de que los ojos de todo el mundo visible se posan en él desde los costados de los dos barcos, ese capitán erguido es muy sensible a la importancia de sustentar su dignidad a fuerza de sostener sus piernas. Y no es cosa nada fácil, pues a su retaguardia el inmenso remo de gobernalle se proyecta y le golpea de vez en cuando en la base de la espalda, a lo que corresponde el remo de popa machacándole las rodillas por delante. Así va completamente calzado por delante y por detrás, y sólo se puede expansionar a los lados apoyándose en las piernas extendidas, pero una sacudida súbita y violenta de la lancha a menudo es capaz de volcarle, porque la longitud de unos fundamentos no es nada sin una anchura en proporción. Haced simplemente un ángulo extendido con dos palos, y no los podréis poner de pie. Entonces, por su parte, no estaría nunca bien, a plena vista de los ojos del mundo bien clavados, no estaría nunca bien, digo, que se viera a ese despatarrado capitán apoyándose en la más mínima partícula al agarrarse a algo con las manos; más aún, como signo de su completo y ágil dominio de sí mismo, generalmente lleva las manos metidas en los bolsillos de los pantalones; aunque quizá, siendo por lo regular unas manos muy grandes y pesadas, las lleva allí como lastre. No obstante, se han dado casos, también muy bien certificados, en que se ha sabido que un capitán, en algún que otro momento extraordinariamente crítico, digamos en un huracán repentino..., ha echado mano al pelo del remero más cercano, y se ha agarrado a él como la muerte oscura.

LIV. La historia del Town-Ho

(según se contó en la Posada de Oro)

El cabo de Buena Esperanza, y toda la región acuática a su alrededor, se parece mucho a ciertas famosas encrucijadas de un gran camino real, donde se encuentran más viajeros que en cualquier otra parte.
No mucho después de hablar con el Goney, encontramos otro barco ballenero en viaje de vuelta, el Town-Ho,' Iba tripulado casi totalmente por polinesios. En el breve gam que tuvo lugar, nos dio sólidas noticias sobre Moby Dick. Para algunos, el interés genérico por la ballena blanca quedó ahora desmedidamente aumentado por una circunstancia del relato del Town-Ho, que parecía oscuramente vincular a la ballena cierto prodigio sobrenatural, a la inversa, en uno de esos llamados juicios de Dios, que se dice que a veces caen sobre ciertos hombres. Esta circunstancia, con sus propios acompañamientos peculiares, formando lo que podría llamarse la parte secreta de la tragedia que se va a narrar, jamás alcanzó los oídos del capitán Ahab ni de sus oficiales. Pues esa parte secreta de la historia era desconocida por el propio capitán del Town-Ho. Era propiedad reservada de tres marineros blancos de aquella nave, unidos entre sí, uno de los cuales, al parecer, se lo comunicó a Tashtego con requerimientos de secreto a lo católico romano, pero, a la noche siguiente, Tashtego charló en sueños, y de ese modo reveló tanto, que al despertar no pudo reservar el resto. No obstante, tan poderosa influencia tuvo esta cosa en aquellos marineros del Pequod que llegaron a su pleno conocimiento, y tan extraña delicadeza, por llamarla así, les gobernó en este asunto, que guardaron el secreto entre ellos de tal modo que nunca llegó a difundirse a popa del palo mayor del Pequod. Entretejiendo en su debido lugar ese hilo más oscuro con el relato según se contaba públicamente en el barco, paso ahora a poner en noticia perenne la totalidad de este extraño asunto.
Siguiendo mi humor, conservaré el estilo en que lo conté una vez en Lima, a un ocioso círculo de mis amigos españoles, la víspera de cierto santo, fumando en el patio de baldosas espesamente doradas de la Posada de Oro. De aquellos admirables caballeros, los jóvenes don Pedro y don Sebastián tenían más intimidad conmigo; de aquí las preguntas intercaladas que de vez en cuando me hicieron, y que fueron debidamente respondidas en su momento.
«—Caballeros, unos años antes de que yo conociera los acontecimientos que voy a referiros, el Town-Ho, barco de Nantucket a la pesca de cachalotes, navegaba por aquí, por vuestra parte del Pacífico, a no muchos días de vela al oeste de los aleros de esta Posada de Oro. Estaba un poco al norte del ecuador. Una mañana, al dar a las bombas, según la costumbre diaria, se observó que hacía más agua de la acostumbrada en la bodega. Supusieron, caballeros, que un pez espada habría perforado el barco. Pero como el capitán tenía alguna razón insólita para creer que le aguardaba una buena suerte extraordinaria en aquellas latitudes, y, por tanto, era muy contrario a abandonarlas, y como la vía de agua no se consideró en absoluto peligrosa —aunque, desde luego, no pudieron encontrarla después de buscar por toda la bodega hasta la mayor profundidad posible con una mar bastante gruesa—, el barco siguió su crucero, con los marineros trabajando en las bombas a intervalos espaciados y cómodos, pero sin que llegara ninguna buena suerte: pasaron más días, y no sólo seguía sin descubrirse la vía de agua, sino que aumentaba sensiblemente. Tanto fue así, que, alarmándose algo ahora, el capitán se desvió a toda vela al puerto más cercano entre las islas para tumbar el casco y repararlo.
»Aunque no tenía por delante una breve travesía, sin embargo, con tal que le favoreciera la suerte más corriente, no tenía miedo en absoluto de que su barco se hundiera por el camino, porque sus bombas eran de las mejores, y, relevándose periódicamente en ellas, aquellos treinta y seis hombres suyos podían mantener fácilmente libre el barco, sin importar que la vía de agua se hiciera el doble. En realidad, casi toda la travesía fue acompañada por brisas muy favorables, y el Town-Ho hubiera llegado a su puerto con toda seguridad sin sufrir la menor desgracia, de no ser por los brutales abusos de Radney, el primer oficial, uno del Vineyard, y por la venganza ásperamente provocada, de Steelkilt, un hombre de los lagos, un desesperado de Buffalo.
»—¡De los lagos! ¡De Buffalo! Por favor, ¿qué es un hombre de los lagos, y dónde está Buffalo? —dijo don Sebastián, incorporándose en su balanceante hamaca de hierba.
»—En la orilla oriental de nuestro lago Erie, don Sebastián, pero... hacedme la merced..., quizá pronto sabréis más de todo eso. Bien, caballeros, en bergantines con velas de respeto y en barcos de tres palos, casi tan largos y fuertes como los que jamás puedan haber zarpado de vuestro viejo Callao para la remota Manila, este hombre de los lagos, en el corazón de nuestra América, encerrado entre tierra, se había nutrido de todas esas salvajes impresiones filibusteras relacionadas popularmente con el mar abierto. Pues, en su conjunto interfluyente, esos grandes mares de agua dulce que tenemos —Erie, Ontario, Hurón, Superior y Michigan— poseen una extensión oceánica, con muchos de los más nobles rasgos del océano, y con muchas de sus variedades costeras de razas y climas. Contienen redondos archipiélagos de islas románticas, igual que los mares polinesios; en buena parte, tienen por orillas dos grandes naciones rivales, como el Atlántico; proporcionan largas comunicaciones marítimas desde el este a nuestras numerosas colonias territoriales, dispersas por todo su litoral; acá y allá, se asoman a ellos el ceño de las fortalezas, y los cañones, como cabras en lo escarpado del alto Mackinaw; han oído los truenos lejanos de victorias navales; de vez en cuando, ceden sus playas a bárbaros salvajes cuyas caras pintadas de rojo salen como relámpagos de sus cabañas de pieles; durante leguas y leguas están flanqueados de bosques antiguos y sin hollar, donde los delgados pinos se yerguen como apretadas líneas de reyes en las genealogías góticas —bosques que albergan salvajes animales africanos de rapiña, y sedeñas criaturas cuyas pieles exportadas dan mantos a los emperadores tártaros—; reflejan las pavimentadas capitales de Buffalo y Cleveland, así como las aldeas de Winnebago; hacen flotar igualmente al barco mercante de tres palos, al crucero armado del Estado, al vapor y a la canoa de abedul; son agitados por hiperbóreos huracanes desarboladores, tan terribles como los que azotan las olas saladas; saben lo que son naufragios, pues, sin tener tierra a la vista, aunque dentro de tierra, en ellos se han ahogado muchos barcos a medianoche, con toda su tripulación clamorosa. Así, caballeros, aunque hombre de tierra adentro, Steelkilt era nativo del océano salvaje, y nutrido en el océano salvaje; un marinero tan audaz como cualquiera. Y en cuanto a Radney, aunque en su niñez se hubiera tendido en su solitaria playa de Nantucket para alimentarse de la mar maternal; y aunque en su vida posterior hubiera recorrido durante mucho tiempo nuestro austero Atlántico y vuestro contemplativo Pacífico, sin embargo, era tan vengativo y tan peleón en cualquier compañía como el marinero de los bosques vírgenes, recién llegado de las regiones de los cuchillos de monte con mango de cuerno. Con todo, el de Nantucket era hombre con algunos rasgos de buen corazón; y el de los lagos era un marinero que, aunque ciertamente una especie de diablo, podía ser tratado con firmeza inflexible, templada sólo por la decencia común del reconocimiento humano que es derecho del más bajo esclavo; y así tratado, Steelkilt se había contenido durante mucho tiempo como inofensivo y dócil. En todo caso, hasta ahora se había mostrado así; pero Radney estaba predestinado y enloquecido, y Steelkilt..., pero ya oiréis, caballeros.
»Había pasado un día o dos todo lo más, después de dirigir su proa hacia el puerto de la isla, cuando la vía de agua del Town-Ho pareció volver a aumentar, aunque sólo haciendo necesaria una hora o más cada día en las bombas. Habéis de saber que en un océano colonizado y civilizado como nuestro Atlántico, por ejemplo, a algunos capitanes les importa muy poco bombear a lo largo de toda su travesía, aunque si, en una noche tranquila y soñolienta, al oficial de guardia se le olvidase por casualidad su obligación en este aspecto, lo probable es que ni él ni sus compañeros volverían a acordarse jamás, porque toda la tripulación descendería suavemente al fondo. Y tampoco en los solitarios y salvajes mares que quedan lejos al oeste de Vuestras Mercedes es totalmente desacostumbrado que los barcos no dejen de darle a coro a los mangos de las bombas durante un viaje, incluso, de considerable longitud; es decir, con tal que se encuentren a lo largo de una costa tolerablemente accesible, que se les ofrezca algún otro refugio razonable. Sólo cuando un barco que hace agua queda muy apartado en esas aguas, en alguna latitud realmente sin tierra, entonces su capitán empieza a sentirse un tanto preocupado.
»Mucho de esto le había ocurrido al Town-Ho, de modo que cuando se encontró una vez que aumentaba la vía de agua, en verdad hubo varios de la tripulación que manifestaron cierta preocupación, sobre todo Radney, el primer oficial. Mandó izar bien las velas altas, cazándolas a besar de nuevo, y extendiéndolas por todas partes a la brisa. Ahora, este Radney supongo que tenía poco de cobarde y se inclinaba tan escasamente a cualquier suerte de aprensión nerviosa, en cuanto a su propia persona, como cualquier criatura despreocupada y sin miedo, del mar o de la tierra, como podáis imaginar a vuestro gusto, caballeros. Por tanto, cuando manifestó esa solicitud por la seguridad del barco, algunos de los marineros afirmaron que era sólo a causa de que era copropietario de él. Así, cuando ese anochecer estaban trabajando en las bombas, hubo no pocas bromas sobre este apartado, maliciosamente intercambiadas entre ellos, mientras sus pies quedaban continuamente inundados por la ondulante agua clara; clara como de cualquier manantial de la montaña, caballeros; que salía burbujeante de la bombas, corría por cubierta, y se vertía en chorros continuos por los imbornales de sotavento.
»Ahora, como sabéis muy bien, no es raro el caso, en este nuestro mundo de convenciones —en el agua o donde sea—, en que, cuando una persona puesta al mando de sus semejantes encuentra que uno de ellos es notablemente superior a él en su orgullo general de virilidad, inmediatamente conciba contra ese hombre un invencible odio y antipatía, y, si tiene ocasión, derribe y pulverice esa torre de su subalterno, reduciéndola a un montoncito de polvo. Sea lo que sea esta idea mía, caballeros, en todo caso Steelkilt era un elevado y noble animal, con una cabeza como un romano y una fluyente barba dorada como las gualdrapas emborladas del resoplante corcel de vuestro último virrey; y un cerebro, y un corazón, y un alma dentro de él, caballeros, que hubieran hecho de Steelkilt un Carlomagno si hubiera nacido hijo del padre de Carlomagno. Pero Radney, el primer oficial, era feo como un mulo, y lo mismo de terco, duro y malicioso. No quería a Steelkilt, y Steelkilt lo sabía.
»Al observar que el primer oficial se acercaba mientras él trabajaba en la bomba con los demás, el de los lagos fingió no darse cuenta, sino que, sin dejarse impresionar, siguió con sus alegres bromas.
»—Eso, eso, muchachos; esta vía de agua es un encanto; tomad un vasito, uno de vosotros, y vamos a probarla. ¡Por Dios que es digna de embotellarse! Os digo de veras, hombres, que con esto se pierde la inversión del viejo Rad. Más le valdría cortar su parte de casco y remolcarla a casa. La verdad es, muchachos, que el pez espada no hizo más que empezar el trabajo; luego ha vuelto con una cuadrilla de peces carpinteros, peces sierra, peces lima, y todo lo demás; y toda su pandilla está ahora trabajando de firme en el fondo, cortando y tajando; para hacer mejoras, supongo. Si el viejo Rad estuviera ahora aquí, le diría que saltara por la borda y los dispersara. Están jugando al demonio con sus bienes, le puedo decir. Pero es un simple y un buenazo, ese Rad, y también una belleza. Muchachos, dicen que el resto de sus bienes está invertido en espejos. No sé si a un pobre diablo como yo le querría dar el modelo de su nariz.
»—¡Malditas sean vuestras almas! ¿Por qué se para la bomba? —rugió Radney, fingiendo no haber oído la conversación de los marineros—. ¡Seguid con ella como truenos!
»—Eso, eso —dijo Steelkilt, alegre como un grillo—. ¡Vivo, muchachos, vivo, ya!
»Y entonces la bomba sonó como cincuenta máquinas para incendios; los hombres tiraron los sombreros, y no tardó en oírse ese peculiar jadeo de los pulmones que indica la plena tensión de las energías extremas de la vida.
»Abandonando por fin la bomba, con el resto de su grupo, el de los lagos se fue a proa todo jadeante, y se sentó en el molinete, con su feroz cara enrojecida, los ojos inyectados de sangre, y secándose el abundante sudor de la frente. Ahora, caballeros, no sé qué diablo seductor fue el que poseyó a Radney para que se enredara con un hombre en semejante estado corporal de exasperación; pero así ocurrió. Dando zancadas insolentes por la cubierta, el oficial le ordenó que se buscase una escoba y barriese las tablas, y asimismo una pala, para quitar ciertos molestos materiales resultantes de haber dejado escapar un cerdo.
»Ahora bien, caballeros, barrer la cubierta de un barco en el mar es una cuestión de trabajo doméstico que se cumple con regularidad todas las tardes, en cualquier tiempo, salvo con galerna furiosa, y se sabe que se ha cumplido en el caso de barcos que en ese momento estaban de hecho hundiéndose. Tal es, caballeros, la inflexibidad de las costumbres marítimas y el instintivo amor a la limpieza que hay en los marineros, algunos de los cuales no se ahogarían de buena gana sin lavarse antes la cara. Pero, en todos los barcos, ese asunto de la escoba es la jurisdicción prescrita a los grumetes, si hay grumetes a bordo. Además, los hombres más fuertes del Town-Ho se habían dividido en cuadrillas, turnándose en las bombas; y, siendo el marinero más atlético de todos, Steelkilt había sido debidamente nombrado capitán de una de las cuadrillas, por lo que, en consecuencia, debía haber quedado liberado de cualquier asunto trivial sin relación con los verdaderos deberes náuticos, si así ocurría con sus compañeros. Menciono todos esos detalles para que podáis comprender exactamente cómo estaba la cuestión entre los dos hombres.
»Pero había más que esto: la orden respecto a la pala estaba casi tan claramente pensada para insultar a Steelkilt como si Radney le hubiera escupido a la cara. Cualquiera que haya ido de marinero en un barco ballenero lo entenderá; y todo eso, y sin duda mucho más, entendió del todo el hombre de los lagos cuando el oficial pronunció su orden. Pero se quedó un momento quieto y sentado, y al mirar con firmeza los malignos ojos del oficial y percibir las pilas de barriles de pólvora amontonados en él y la mecha lenta que ardía hacia ellos, al verlo todo esto instintivamente, caballeros, se apoderó de Steelkilt, como sentimiento fantasmal y sin nombre, esa extraña indulgencia y desgana por remover el más profundo apasionamiento en ningún ser ya iracundo, esa repugnancia que sienten sobre todo, cuando la sienten, los hombres realmente valientes, aunque sean agraviados.
»Por tanto, en su tono ordinario, sólo que un poco roto por el agotamiento corporal en que se encontraba momentáneamente, le contestó diciendo que barrer la cubierta no era asunto suyo, y no lo haría. Y luego, sin aludir en absoluto a la pala, señaló como los habituales barrenderos a los tres grumetes, los cuales, no estando destinados a las bombas, tenían muy poco o nada que hacer en todo el día. A eso Radney replicó con un juramento, y en el tono más dominante y ultrajante repitió incondicionalmente su mandato, y avanzó hacia el hombre de los lagos, aún sentado, levantando un mazo de tonelero que había tomado de un barril cercano.
»Acalorado e irritado como estaba por su espasmódico esfuerzo en las bombas, a pesar de todo su innombrable sentimiento de indulgencia, el sudoroso Steelkilt no pudo aguantar esta actitud en el oficial; sin embargo, sofocando sin saber cómo la conflagración en su interior, permaneció sin hablar y tercamente arraigado en su asiento, hasta que por fin el excitado Radney tiró el mazo a pocas pulgadas de su cara, mandándole furiosamente que cumpliera su orden.
»Steelkilt se levantó y se retiró lentamente, dando la vuelta al molinete, seguido por el oficial con su mazo amenazador, y repitiendo deliberadamente su intención de no obedecer. Al ver, sin embargo, que esa paciencia no tenía el menor efecto, amenazó a aquel hombre loco e Infatuado con una temible e inexpresable intimación de la mano cerrada; pero no sirvió para nada. Y de ese modo los dos dieron una vuelta lentamente al molinete, hasta que, decidido por fin a no seguir retirándose, por pensar que ya había soportado todo lo que era compatible con su humor, el hombre de los lagos se detuvo en las escotillas y habló así al oficial:
»—Señor Radrìey no le voy a obedecer. Deje ese mazo, o ande con cuidado.
»Pero el predestinado oficial siguió acercándose a donde estaba inmóvil el hombre de los lagos, y dejó caer el pesado mazo a una pulgada de sus dientes, repitiendo mientras tanto una sarta de maldiciones insufribles. Sin retirarse ni la milésima parte de una pulgada, y clavándole en los ojos el inflexible puñal de su mirada, Steelkilt apretó el puño derecho a su espalda y echándolo atrás insensiblemente, dijo a su Perseguidor que si el mazo le rozaba la mejilla, él, Steelkilt, le mataría. Pero, caballeros, el loco está marcado por los dioses para la matanza. Inmediatamente, el mazo tocó la mejilla; un momento después, la mandíbula inferior del oficial estaba desfondada en su cabeza, y caía en la escotilla chorreando sangre como una ballena.
»Antes que el clamor pudiera llegar a popa, Steelkilt se agarró a una de las burdas que llevaban a lo alto, donde dos de sus compañeros estaban de vigías en sus cofas. Ambos eran canaleros.
»—¡Canaleros! —gritó don Pedro—. Hemos visto en nuestros puertos mochos de vuestros barcos balleneros, pero nunca hemos oído hablar de vuestros canaleros. Perdón, ¿qué son ésos?
»—Canaleros, don Pedro, son los bateleros de nuestro gran canal del Erie. Debéis haber oído hablar de eso.
»—No señor; Por aquí, en este país aburrido, caliente, perezoso y hereditario, conocemos muy poco de vuestro vigoroso norte.
»—¿Ah, sí? Bueno, entonces, don Pedro, volved a llenarme el vaso. La chicha es muy buena, y antes de seguir adelante os diré qué son nuestros canaleros, pues esa información puede proporcionar luz adicional a mi historia.
»A través de trescientas sesenta millas, caballeros, a través de toda la anchura del Estado de Nueva York; a través de numerosas ciudades populosas y muchas aldeas prósperas; a través de largas, tristes y deshabitadas marismas, y fecundos campos cultivados, sin rival en fertilidad; por billares y tabernas; por el sancta sanctorum de los grandes bosques, por arcos romanos sobre ríos indios; a través del sol y la sombra; por corazones felices o desolados; a través de todo el ancho escenario de contrastes de esos nobles condados mohawks; y especialmente a lo largo de filas de capillas níveas cuyas agujas se yerguen casi como piedras miliares, fluye un continuo torrente de vida de corrupción veneciana, a menudo al margen de la ley. Allí están vuestros verdaderos ashantis, caballeros; allí aúllan vuestros paganos; allí los podéis encontrar siempre en la casa de al lado; bajo la sombra, largamente proyectada, de las iglesias, al socaire de su cómodo patrocinio. Pues, por alguna curiosa fatalidad, así como se nota a menudo de los filibusteros de ciudad que siempre acampan en torno a los palacios de justicia, igualmente, caballeros, los pecadores suelen abundar en las cercanías más sagradas.
»—¿Es un fraile aquel que pasa? —dijo don Pedro, mirando abajo, a la plaza atestada, con humorística preocupación.
»—Por fortuna para nuestro nórdico amigo, la Inquisición de doña Isabel se desvanece en Lima —rió don Sebastián—: Adelante, señor.
»—Un momento, ¡perdón! —dijo otro del grupo—. En nombre de todos nosotros los limeños, deseo expresaros, señor marinero, que no hemos pasado por alto de ningún modo vuestra delicadeza al no haber puesto la presente Lima en lugar de la lejana Venecia en vuestra corrupta comparación. ¡Ah! No os inclinéis ni parezcáis sorprendido: ya conocéis el proverbio que hay por toda esta costa: "corrompidos como Lima". No hace sino confirmar lo que decís, también: la iglesias son más abundantes que las mesas de billar, y siempre abiertas... y "corrompido como Lima". Así también Venecia; yo he estado allí; ¡la sagrada ciudad del santo Evangelio, San Marcos!... ¡Santo Domingo, púrgala! ¡Vuestro vaso! Gracias; lo vuelvo a llenar; ahora, volved a escanciarnos.
»—Libremente representado en su propia vocación, caballeros, el hombre del canal haría un hermoso héroe dramático; tan abundante y pintoresca es su perversidad. Como Marco Antonio, durante días y días, a lo largo de su Nilo florido y de verde césped, flota indolentemente jugando a la vista de todos con su Cleopatra de rojas mejillas, y haciendo madurar su muslo de albaricoque en la cubierta soleada. Pero en tierra se borra todo este afeminamiento. El aire de bandido que tan orgullosamente luce el hombre del canal, y su sombrero gancho y de alegres cintas, son señales de sus grandiosas cualidades. Terror de la inocencia sonriente de las aldeas a través de las cuales boga, su rostro moreno y su atrevida fanfarronería son esquivadas en las ciudades. Yo, vagabundo una vez en su canal, he recibido buenas pasadas de uno de esos canaleros; se lo agradezco cordialmente: no querría ser ingrato, pero a menudo una de las principales cualidades redentoras de ese hombre de violencia es que a veces tiene un brazo tan duro para defender a un pobre desconocido en una dificultad como para despojar a otro desconocido rico. En resumen, caballeros, el salvajismo de esa vida del canal se evidencia enfáticamente en esto: que nuestra salvaje pesca ballenera contiene a muchos de sus más completos licenciados, y que no hay apenas otra raza de la humanidad, excepto los de Sydney, de que tanto desconfíen nuestros capitanes balleneros. Y no disminuye en absoluto lo curioso de ese asunto que para tantos millares de muchachos rurales y jóvenes nacidos a lo largo de su línea, la vida probatoria del Gran Canal proporcione la única transición entre cosechar tranquilamente en un campo cristiano de trigo y surcar inexorablemente las aguas de los mares más bárbaros.
»—¡Ya veo, ya veo! —exclamó impetuosamente don Pedro, vertiéndose la chica por sus volantes plateados—: ¡No hay necesidad de viajar! El mundo es una misma Lima. Yo había creído, entonces, que en vuestro templado norte las generaciones serían tan frías y santas como las montañas... Pero, la historia.
»—Me había quedado, caballeros, en que el de los lagos se agarró a la burda. Apenas lo había hecho, cuando fue rodeado por el segundo y tercer oficiales y los cuatro arponeros, que le derribaron en masa sobre la cubierta. Pero, deslizándose por las jarcias abajo como cometas fatídicos, los dos canaleros se precipitaron en el tumulto y trataron de sacar a su hombre a rastras hacia el castillo de proa. Otros marineros se unieron a ellos en el intento, y tuvo lugar un torbellino confuso, mientras que, a una distancia segura, el valiente capitán danzaba de arriba abajo con una lanza ballenera, requiriendo a sus oficiales para que sujetaran a aquel bribón, y lo llevaran a golpes al alcázar. De vez en cuando, corría a acercarse al agitado borde de la confusión y, hurgando en su interior con la lanza, trataba de pinchar al objeto de su resentimiento Pero Steelkilt y sus desesperados eran demasiado para todos ellos, y lograron alcanzar el castillo de proa, donde, haciendo rodar deprisa tres o cuatro grandes barriles en línea con el molinete, esos parisienses del mar se atrincheraron detrás de la barricada.
»—¡Salid de ahí, piratas! —rugió el capitán, amenazándoles ahora con una pistola en cada mano, que le acababa de traer el mayordomo—. ¡Salid de ahí, asesinos!
»Steelkilt salió de un brinco de la barricada, y dando zancadas de un lado para otro, desafió lo peor que podían hacer las pistolas, pero dio a entender claramente al capitán que su muerte, la de Steelkilt, sería la señal para un motín criminal por parte de todos los hombres. Con miedo en su corazón de que esto resultase demasiado cierto, el capitán desistió un poco, pero siguió ordenando apremiantemente a los insurgentes que volvieran a su obligación.
—¿Nos promete no tocarnos, si lo hacemos así? —preguntó su cabecilla.
»—¡Volved, volved! Yo no hago promesas... ¡A la obligación! ¿Queréis hundir el barco, dejando de trabajar en un momento como éste? —y volvió a apuntar con una pistola.
»—¿Hundir el barco? —gritó Steelkilt—. Eso, que se hunda. Ninguno de nosotros volverá al trabajo, a no ser que nos jure que no levantará contra nosotros ni un hilo de jarcia. ¿Qué decís, hombres? —volviéndose a sus compañeros. Una feroz aclamación fue la respuesta.
»El de los lagos entonces se puso de guardia en la barricada, sin dejar de mirar al capitán, y lanzando, a sacudidas, frases como éstas:
»—No es culpa nuestra; no queríamos; ya le dije que apartase el mazo; ha sido una chiquillada; ya me podía haber conocido antes; ya le dije que no pinchara al bisonte; creo que me he roto un dedo contra su maldita quijada: ¿no están aquellos chinchantes en el castillo de proa, muchachos? Capitán, por Dios, tenga cuidado; diga la palabra; no sea loco; olvídelo todo; estamos dispuestos a volver al trabajo; trátenos decentemente y somos sus hombres, pero no dejaremos que nos azoten.
»—¡Volved a trabajar! ¡No hago ninguna promesa, volved, os digo!
»—Mire, entonces —gritó el de los lagos, extendiendo el brazo hacia él—: hay aquí tinos pocos de nosotros (y yo soy uno de ellos) que nos hemos embarcado para el viaje, ya ve; ahora, como sabe muy bien, podemos pedir la licencia en cuanto echemos el ancla; así que no queremos riñas; no nos interesa: queremos estar en paz; estamos dispuestos a trabajar, pero no a que nos den latigazos.
»—¡Volved! —rugió el capitán.
»Steelkilt miró a su alrededor un momento, y luego dijo:
»—Le diré la verdad, capitán, antes que matarle, y que nos ahorquen por tan asqueroso granuja, no levantaremos una mano contra usted a no ser que nos ataque, pero mientras no dé su palabra de que no va a darnos latigazos, no trabajaremos.
»Abajo, al castillo de proa, entonces, abajo con vosotros; os tendré allí hasta que os hartéis. Abajo.
»—¿Vamos? —gritó el cabecilla a sus hombres. Muchos de ellos estaban en contra, pero al fin, por obediencia a Steelkilt, le precedieron bajando a su oscura cueva, y desaparecieron gruñendo, como osos en una cueva.
»Cuando la cabeza descubierta del hombre de los lagos bajó al nivel de las tablas, el capitán y su gente saltaron la barricada, y echando rápidamente la corredera de la escotilla, plantaron todas las manos encima y gritaron ruidosamente al mayordomo que trajera el pesado candado de bronce que pertenecía al tambucho. Luego, abriendo la corredera un poco, el capitán susurró algo por la abertura, la cerró y les echó la llave a todos ellos —diez en número— dejando en la cubierta unos veinte o más, que hasta entonces habían permanecido neutrales.
»Aquella noche entera estuvieron todos los oficiales en guardia atenta, a proa y a popa, sobre todo alrededor de la escotilla y el portillo del castillo de proa, por donde se temía que pudieran salir los insurgentes, después de abrirse paso por el mamparo de abajo. Pero las horas de tinieblas pasaron en paz; los hombres que seguían en el trabajo se esforzaban duramente en las bombas, cuyos golpes y retiñidos intermitentes, a través de la sombría noche, resonaban lúgubremente por el barco.
»Al salir el sol, el capitán fue a proa y, golpeando en la cubierta, requirió a los prisioneros a trabajar, pero ellos con un aullido, rehusaron. Entonces les bajaron agua y echaron detrás un par de puñados de galleta; después, volviendo a hacer girar la llave, y embolsándosela, el capitán regresó al alcázar. Dos veces diarias, durante tres días, se repitió esto, pero en la cuarta mañana se oyó una confusa agitación, y luego una pelea, cuando se pronunció la acostumbrada exhortación; y de repente cuatro hombres irrumpieron del castillo de proa, diciendo que estaban dispuestos a trabajar. La fétida angostura del aire, y la alimentación de hambre, unidas quizá a ciertos temores de castigo definitivo, les había obligado a rendirse a discreción. Envalentonado con esto, el capitán repitió su demanda a los demás, pero Steelkilt le grito una aterradora indicación de que se dejara de chácharas y se retirara a su sitio. La quinta mañana, tres más de los amotinados se precipitaron al aire escapando a los desesperados brazos que trataban de sujetarles. Sólo quedaban tres.
»—Sería mejor volver al trabajo, ¿eh? —dijo el capitán con burla inexorable.
»—¡Vuelva a encerrarnos!, ¿quiere? —gritó Steelkilt.
»—¡Ah, claro! —dijo el capitán, y chasqueó la llave.
»En este punto fue, caballeros, cuando, encolerizado por la deserción de siete de sus anteriores compañeros, picado por la voz burlona que acababa de saludarle, y enloquecido por su larga sepultura en un sitio tan negro como las tripas de la desesperación, Steelkilt propuso a los dos canaleros, hasta entonces al parecer de acuerdo con él, echarse fuera del agujero a la próxima exhortación de la guarnición, y, armados de agudos trinchantes (largos y pesados instrumentos en forma de luna creciente, con un mango en cada extremo), correr tumultuosamente desde el bauprés al coronamiento de popa, y, si era posible en la desesperación infernal, apoderarse del barco. Por su parte, él lo haría así, le siguieran ellos o no. Ésa era la última noche que iba a pasar en aquella cueva. El proyecto no encontró ninguna oposición por parte de los otros dos; juraron que estaban dispuestos a ello, o a cualquier otra locura; en resumen, a todo menos a rendirse. Y, lo que era más, cada uno de ellos se empeñó en ser el primero en cubierta, cuando llegara el momento de dar el asalto. Pero a eso objetó fieramente su jefe, reservándose tal prioridad; sobre todo, dado que sus dos compañeros no cedían uno a otro en este asunto, y los dos no podían ser los primeros, porque la escalerilla sólo admitía un hombre a cada vez. Y aquí, caballeros, tiene que salir el juego sucio de aquellos descreídos.
»Al oír el frenético proyecto de su jefe, a cada uno de ellos, por separado en su alma, se le había ocurrido de repente la misma forma de traición, a saber, ser el primero en salir fuera, para ser el primero de los tres, aunque el último de los diez, en rendirse, obteniendo así cualquier pequeña probabilidad de perdón que pudiera merecer tal conducta. Pero cuando Steelkilt les hizo saber su decisión de precederles hasta el fin, ellos, de algún modo, por alguna sutil química de villanía, mezclaron juntas sus traiciones antes ocultas, y cuando su jefe cayó en un sopor, se abrieron mutuamente con palabras sus ánimos, en tres frases; y ataron y amordazaron al dormido con cuerdas, y gritaron llamando al capitán a medianoche.
»Pensando que había algún asesinato y olfateando sangre en lo oscuro, el capitán y sus oficiales y arponeros, armados, se precipitaron al castillo de proa. Pocos momentos después estuvo abierta la escotilla y, atado de pies y manos, el cabecilla, aún peleando, fue empujado al aire por sus pérfidos aliados, que inmediatamente reclamaron el honor de haber sujetado a un hombre que estaba completamente a punto de cometer un asesinato. Pero todos ellos fueron agarrados por el cuello y arrastrados por la cubierta como ganado muerto; y, costado con costado, fueron elevados a las jarcias de mesana como sendos cuartos de buey, quedando allí colgados hasta la mañana.
»—¡Malditos vosotros! —gritaba el capitán, dando vueltas de un lado para otro delante de ellos—: ¡ni los buitres os tocarían, villanos!
»Al salir el sol, convocó a todos los hombres, y separando a los que se habían rebelado de los que no habían tomado parte en el motín, dijo a aquéllos que tenía ganas de darles latigazos a todos, y pensaba, en conjunto, que lo haría así, que debía hacerlo así, y la justicia lo exigía; pero que por el momento, considerando su oportuna rendición, les dejaría ir con una reprimenda, que, en consecuencia, les administró en lengua vernácula.
»—Pero en cuanto a vosotros, bribones de carroña —volviéndose a los tres hombres en las jarcias—, a vosotros, pienso haceros pedazos para las marmitas de destilación.
»Y, agarrando un cabo, lo aplicó con toda su fuerza a las espaldas de los dos traidores, hasta que dejaron de aullar y quedaron exánimes con las cabezas colgando de medio lado, como se dibuja a los dos ladrones crucificados.
»—¡Me he dislocado la muñeca con vosotros! —gritó por fin—, pero todavía queda bastante cabo para ti, mi guapo gatillo, que no querías ceder. Quitadle esa mordaza de la boca, y oigamos lo que puede decir a su favor.
»Por un momento, el exhausto amotinado hizo un trémulo movimiento de sus mandíbulas en espasmo, y luego, retorciendo dolorosamente la cabeza para volverla, dijo en una especie de siseo:
»—Lo que digo es esto... y fíjese bien..., como me dé latigazos, ¡le asesino!
»—¿Eso dices? Entonces vas a ver cómo me asustas... —y el capitán echó atrás el cabo para golpear. »—Más le vale que no —siseó el de los lagos.
»—Pero debo hacerlo —y el cabo se echó atrás una vez más para el golpe.
»Steelkilt entonces siseó algo, inaudible para todos menos para el capitán, quien, con sorpresa de todos los hombres, se echó atrás sobresaltado, dio vueltas rápidamente por la cubierta dos o tres veces, y luego, dejando caer de repente el cabo, dijo:
»—No lo haré... Dejadle ir..., cortadle las cuerdas: ¿oís?
»Pero cuando el segundo y tercer oficial se apresuraban a ejecutar la orden, les detuvo un hombre pálido, con la cabeza vendada: Radney, el primer oficial. Desde el golpe, había estado tendido en su litera, pero aquella mañana, al oír el tumulto en la cubierta, se había deslizado fuera, y había observado así toda la escena. Era tal el estado de su boca que apenas podía hablar, pero murmurando algo de que él sí estaba dispuesto y era capaz de hacer lo que el capitán no se atrevía a intentar, tomó el cabo y avanzó hacia su atado enemigo.
»—¡Eres un cobarde! —siseó el de los lagos. »—Lo seré, pero toma esto.
»El oficial estaba a punto de golpear, cuando otro siseo le detuvo el brazo levantado. Se detuvo: y luego, sin pararse más, cumplió su palabra, a pesar de la amenaza de Steelkilt, cualquiera que hubiera sido. A los tres hombres luego les cortaron las cuerdas; todos los marineros se pusieron al trabajo, y malhumoradamente manejadas por los melancólicos tripulantes, las bombas metálicas volvieron a resonar como antes.
»Acababa de oscurecer aquel día, y una guardia se había retirado franca de servicio, cuando se oyó un clamor en el castillo de proa, y los dos temblorosos traidores acudieron corriendo a acosar la puerta de la cabina, diciendo que no se atrevían a estar juntos con la tripulación. Amenazas, golpes y patadas no pudieron echarles atrás, de modo que, a petición propia, se les puso en los raseles de popa para su salvación. Sin embargo, no volvió a notarse señal de motín entre los demás. Al contrario, parecía que, sobre todo por instigación de Steelkilt, habían decidido mantener la paz más estricta, obedecer las órdenes hasta el fin, y, cuando el barco llegara a puerto, desertar todos juntos. Pero, para lograr el más rápido final del viaje, acordaron todos otra cosa, a saber, no señalar ballenas, en caso de que se descubrieran. Pues, a pesar de su vía de agua, y a pesar de todos los demás peligros, el Town-Ho seguía manteniendo sus vigías, y el capitán estaba tan dispuesto a arriar los botes en ese momento para pescar como en el mismo día en que el barco entró en la zona de pesca; y Radney, el primer oficial, estaba dispuesto a cambiar la litera por un bote, y, con la boca vendada, a intentar amordazar la mandíbula vital de la ballena.
»Pero aunque el hombre de los lagos había inducido a los marineros a adoptar esta suerte de pasividad en su conducta, él seguía su propio designio (al menos hasta que pasara todo) en cuanto a su propia venganza particular contra el hombre que le había herido en los ventrículos del corazón. Pertenecía a la guardia de Radney el primer oficial; y como si este infatúo hombre tratara de correr más que a mitad de camino al encuentro de su destino, después de la escena del latigazo se empeñó, contra el consejo expreso del capitán, en volver a tomar el mando de su guardia nocturna. Sobre esto, y una o dos circunstancias más, Steelkilt construyó sistemáticamente el plan de su venganza. »Durante la noche, Radney tenía un modo nada marinero de sentarse en las amuradas del alcázar y apoyar el brazo en la borda de la lancha que estaba allí izada, un poco por encima del costado del barco. En esa postura se sabía que a veces se quedaba adormecido. Había un hueco considerable entre la lancha y el barco, y debajo quedaba el mar. Steelkilt calculó su hora, y encontró que su próximo turno en el timón tocaría hacia las dos, en la madrugada del tercer día después de aquel en que fue traicionado. Con tranquilidad, empleó el intervalo en trenzar algo muy cuidadosamente, en sus guardias francas.
»—¿Qué haces ahí? —dijo un compañero.
»—¿Qué crees?, ¿qué parece?
»—Como un rebenque para tu saco, pero es muy raro, me parece. »—Sí, bastante raro —dijo el de los lagos, sosteniéndolo ante él con el brazo extendido—: pero creo que servirá. Compañero, no tengo bastante hilo: ¿tienes algo?
»Pero no lo había en el castillo de proa.
»—Entonces tendré que pedirle algo al viejo Rad —y se levantó para ir a popa.
»—¡No querías decir que le vas a pedir algo a él! —dijo un marinero.
»—¿Por qué no? ¿Crees que no me va a hacer un favor, si es para servirle a él al final, compañero?
»Y acercándose al oficial, le miró tranquilamente y le pidió un poco de hilo de vela para arreglar la hamaca. Se lo dio; no se volvieron a ver ni hilo ni rebenque, pero a la noche siguiente, una bola de hierro, apretadamente envuelta, casi se salió del bolsillo del chaquetón del hombre de los lagos, cuando mullía la chaqueta en la hamaca para que le sirviera de almohada. Veinticuatro horas después, había de llegar su turno en el timón, cerca del hombre capaz de dormirse sobre la tumba siempre abierta y dispuesta para el marinero; había de llegar la hora fatal, y, en el alma preordenadora de Steelkilt, el oficial ya estaba rígido y extendido como un cadáver, con la frente aplastada.
»Pero, caballeros, un tonto salvó al aspirante a asesino del sangriento hecho que había planeado. Y sin embargo, tuvo completa venganza, pero sin ser él el vengador. Pues, por una misteriosa fatalidad, el mismo cielo pareció intervenir para quitarle de sus manos, con las suyas, esa cosa de condenación que iba a hacer.
»Era precisamente entre el alba y la salida del sol del segundo día, mientras baldeaban las cubiertas, cuando un estúpido marinero de Tenerife, sacando agua en la mesa de guarnición mayor, gritó de repente:
»—¡Ahí va, ahí va nadando!
»Jesús, qué ballena! Era Moby Dick.
»—¡Moby Dick! —gritó don Sebastián—: ¡Por Santo Domingo! Señor marinero, pero ¿las ballenas tienen nombre de pila? ¿A quién llamáis Moby Dick?
»—A un monstruo muy blanco, y famoso, y mortalmente inmortal, don Sebastián...; pero eso sería una historia muy larga.
»—¿Cómo, cómo? —gritaron todos los jóvenes españoles, agolpándose.
»—No, señores, señores... ¡No, no! No puedo repetirlo ahora. Déjenme un poco más de aire, señores.
»—¡La chicha, la chicha! —gritó don Pedro—: nuestro vigoroso amigo parece que se va a desmayar: ¡llenadle el vaso vacío!
»—No hace falta, señores; un momento, y sigo. Entonces, señores, al percibir tan de repente la ballena nívea a cincuenta yardas del barco —olvidándose de lo conjurado entre la tripulación—, en la excitación del momento, el marinero de Tenerife había elevado su voz, de modo instintivo e involuntario, por el monstruo, aunque hacía ya algún tiempo que lo habían observado claramente los tres huraños vigías. Todo entró entonces en frenesí. "¡La ballena blanca, la ballena blanca!", era el grito de capitanes, oficiales y arponeros, que, sin asustarse por los temibles rumores, estaban afanosos de capturar un pez tan famoso y precioso, mientras la terca tripulación miraba de medio lado y con maldiciones la horrible belleza de la vasta masa lechosa que, iluminada por un sol en bandas horizontales, centelleaba y oscilaba como un ópalo vivo en el azul mar de la mañana. Caballeros, una extraña fatalidad domina el entero transcurso de estos acontecimientos, como si estuvieran trazados completamente antes que el mismo mundo se dibujara en un mapa. El cabecilla del motín era el que iba en la proa de la lancha del primer oficial, y cuando acosaban a una ballena, su deber era sentarse a su lado, mientras Radney se erguía con su lanza en la proa, y halar o soltar la estacha, a la voz de mando. Además, cuando se arriaron las cuatro lanchas, el primer oficial fue por delante, y nadie aulló con más feroz deleite que Steelkilt al poner en tensión el remo. Tras de remar violentamente, su arponero hizo presa, y, lanza en mano, Radney saltó a proa. Siempre era, al parecer, un hombre furioso en la lancha. Y ahora su grito, entre las vendas, fue que le hicieran abordar lo alto del lomo del cachalote. Sin hacerse rogar, su marinero de proa le izó cada vez más, a través de una cegadora espuma que fundía juntas dos blancuras: hasta que, de repente, la lancha chocó como contra un escollo hundido y, escorándose, dejó caer fuera al oficial, que iba de pie. En ese momento, cuando él cayó en el resbaladizo lomo del cetáceo, la lancha se enderezó, y fue echada a un lado por la oleada, mientras Radney era lanzado al mar al otro lado del cachalote. Salió disparado por las salpicaduras y, por un momento, se le vio vagamente a través de ese velo, tratando locamente de apartarse del ojo de Moby Dick. Pero el cachalote se dio la vuelta en repentino torbellino: agarró al nadador entre las mandíbulas y, encabritándose con él1, volvió a sumergirse de cabeza y desapareció.
»Mientras tanto, al primer golpe del fondo de la lancha, el hombre de los lagos había aflojado la estacha, para echarse a popa alejándose del torbellino: sin dejar de mirar tranquilamente, pensaba sus propios pensamientos. Pero una súbita y terrorífica sacudida de la lancha hacia abajo llevó rápidamente su cuchillo a la estacha. La cortó, y el cachalote quedó libre. Pero, a cierta distancia, Moby Dick volvió a subir, llevando unos jirones de la camisa de lana roja de Radney, entre los dientes que le habían destrozado. Los cuatro botes volvieron a emprender la persecución, pero el cetáceo los eludió, y al fin desapareció por completo.
»En su momento, el Town-Ho alcanzó el puerto, un lugar salvaje y solitario donde no residía ninguna criatura civilizada. Allí, con el hombre de los lagos a la cabeza, todos los marineros rasos, menos cinco o seis, desertaron deliberadamente entre las palmeras; y al fin, según resultó, se apoderaron de una gran canoa doble de guerra, de los salvajes, y se hicieron a la vela para algún otro puerto.
»Como la tripulación del barco quedó reducida a un puñado, el capitán apeló a los isleños para que le ayudaran en el laborioso asunto de poner la quilla del barco al aire para tapar la vía de agua. Pero esta pequeña banda de blancos se vio obligada a tan incesante vigilancia contra sus peligrosos aliados, de día y de noche, y tan extremado fue el duro trabajo a que se sometieron, que cuando el barco volvió a estar dispuesto para navegar, estaban de tal modo debilitados que el capitán no se atrevió a zarpar con ellos en un barco tan pesado. Después de celebrar el consejo con sus oficiales, ancló el barco todo lo lejos de la orilla que pudo; cargó y trasladó los dos cañones desde la proa; amontonó los fusiles a popa, y, avisando a los isleños que no se acercaran al barco porque era peligroso, tomó consigo un solo marinero e, izando la vela de su mejor lancha ballenera, se dirigió viento en popa a Tahití, a quinientas millas, en busca de refuerzos para su tripulación.
»Al cuarto día de navegación, se observó una gran canoa, que parecía haber tocado en una baja isla de coral. Él viró para evitarla, pero la embarcación salvaje se dirigió hacia él, y pronto la voz de Steelkilt le llamó gritándole que se pusiera al pairo, o le echaría a pique. El capitán sacó una pistola. Con un pie en cada proa de las enyugadas canoas de guerra, el hombre de los lagos se rió de él despectivamente, asegurándole que sólo con que chascara la llave, él le sepultaría en burbujas y espuma.
»—¿Qué me quiere? —gritó el capitán.
»—¿Adónde va, y para qué va? —preguntó Steelkilt—. Sin mentiras.
»—Voy a Tahití en busca de más hombres.
»—Muy bien. Déjeme que suba a bordo un momento: voy en paz.
»Y entonces saltó de la canoa, nadó hacia el bote, y, trepando por la borda, se enfrentó con el capitán.
»—Cruce los brazos, capitán: eche atrás la cabeza. Ahora, repita conmigo: "Tan pronto como Steelkilt me deje, juro varar la lancha en esa isla, y quedarme ahí seis días: ¡Y si no, que me parta un rayo!". ¡Buen estudiante! —rió el de los lagos—. ¡Adiós, Señor! —y, saltando al mar, volvió a nado con sus compañeros.
»Observando hasta que la lancha quedó bien varada y sacada a tierra junto a las raíces de los cocoteros, Steelkilt se hizo a la vela a su vez, y llegó en su momento a Tahití, su destino. Allí la suerte le fue propicia; dos barcos estaban a punto de zarpar para Francia, y providencialmente, necesitaban tantos marineros como encabezaba Steelkilt. Se embarcaron, y así le sacaron ventaja definitiva a su antiguo capitán, por si había tenido en algún momento intención de procurarles algún castigo legal.
»Unos diez días después de que zarparon los barcos franceses, llegó la lancha ballenera, y el capitán se vio obligado a alistar algunos de los tahitianos más civilizados, que estaban algo acostumbrados al mar. Contratando una pequeña goleta indígena, regresó con ellos a su barco, y encontrándolo allí todo en orden, volvió a continuar sus travesías.
»Dónde estará ahora Steelkilt, caballeros, nadie lo sabe, pero en la isla de Nantucket, la vida de Radney sigue dirigiéndose al mar que rehúsa entregar sus muertos y sigue viendo en sueños la terrible ballena blanca que le destrozó.
»—¿Habéis terminado? —dijo don Sebastián, sosegadamente.
»—He terminado, don Sebastián.
»—Entonces os ruego que me digáis, según vuestras convicciones más sinceras: ¿esa historia es auténticamente verdadera en sustancia? ¡Es tan prodigiosa! ¿La habéis recibido de fuente indiscutible? Perdonadme si parece que insisto mucho.
»—Perdonadnos entonces a todos nosotros, pues acompañamos a don Sebastián en su ruego —exclamaron los reunidos, con enorme interés.
»—¿Hay en la Posada de Oro unos Santos Evangelios, caballeros?
»—No —dijo don Sebastián—, pero conozco un digno sacerdote de aquí cerca que rápidamente me procurará unos. Iré a buscarlos, pero ¿lo habéis pensado bien? Esto puede ponerse demasiado serio.
»—¿Tendréis la bondad de traer también al sacerdote, don Sebastián?
Aunque ahora no hay en Lima autos de fe —dijo uno del grupo a otro—, me temo que nuestro amigo marinero corre peligro con el arzobispado. Vamos a apartarnos más de la luz de la luna. No veo la necesidad de esto.
»—Perdonadme que corra en vuestra busca, don Sebastián, pero querría rogar también que insistáis en procuraros los Evangelios de mayor tamaño que podáis.


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»—Éste es el sacerdote que os trae los Evangelios —dijo gravemente don Sebastián, volviendo con una figura alta y solemne.
»—Me quitaré el sombrero. Ahora, venerable sacerdote, venid más a la luz, y presentadme el Libro Sagrado para que pueda tocarlo. Y así me salve Dios, y por mi honor, que la historia que os he contado, caballeros, es verdadera en sustancia y en sus principales puntos. Sé que es verdadera: ha ocurrido en esta esfera; yo estuve en el barco; conocí a la tripulación, y he visto y he hablado con Steelkilt después de la muerte de Radney.»

LV. De las imágenes monstruosas de las ballenas

No tardaré en pintaros, lo mejor que es posible sin lienzo, algo así como la verdadera forma de la ballena según aparece efectivamente a los ojos del cazador de ballenas, cuando, en carne y hueso, el cetáceo queda amarrado a lo largo del barco, de modo que se puede andar limpiamente por encima de él. Por tanto, puede valer la pena aludir previamente a esos curiosos retratos imaginarios suyos que aun hasta en nuestros días excitan confiadamente la credulidad de la gente de tierra adentro. Ya es hora de corregir al mundo en este asunto, demostrando que tales imágenes de la ballena son todas erróneas.
Es posible que la fuente prístina de todos esos engaños plásticos se encuentre entre las más antiguas esculturas hindúes, egipcias y griegas. Pues desde aquellas épocas, inventivas, pero poco escrupulosas, en que, en los paneles marmóreos de los templos, en los pedestales de las estatuas, y en escudos, medallones, copas y monedas, se representaba el delfín en escamas de cota de malla como Saladino, y con casco en la cabeza, igual que san Jorge, ha prevalecido siempre desde entonces algo de la misma suerte de licenciosidad, no sólo en las imágenes más populares de la ballena, sino en muchas de sus representaciones científicas.
Ahora, según toda probabilidad, el más antiguo retrato que de algún modo se proponga ser de la ballena, se encuentra en la famosa pagoda-caverna de Elephanta, en la India. Los brahmanes sostienen que en las casi inacabables esculturas de esa pagoda inmemorial, se representaron todas las actividades y profesiones, toda clase de dedicaciones concebibles en el hombre, siglos antes de que ninguna de ellas llegara de hecho a existir. No es extraño, entonces, que nuestra noble profesión ballenera estuviera prefigurada allí de alguna manera. La ballena hindú a que aludimos se encuentra en un departamento aislado en la pared, que representa la encarnación de Visnú en forma de leviatán, conocida entre los doctos como Matse Avatar. Pero aunque esa escultura es mitad hombre y mitad ballena, de modo que sólo ofrece la cola de ésta, sin embargo, esta pequeña sección de ella está equivocada. Parece la cola puntiaguda de una anaconda, más bien que las anchas palmetas de la majestuosa cola de la ballena auténtica.
Pero id a lo viejos museos, y mirad entonces el retrato de este pez por un gran pintor cristiano: no tiene más éxito que el antediluviano hindú. Es el cuadro de Guido que representa a Perseo salvando a Atidrómeda de un monstruo marino o ballena. ¿De dónde sacó Guido el modelo para tan extraña criatura como ésta? Tampoco Hogarth, al trazar la misma escena en su Descenso de Perseo, lo hace ni una jota mejor. La enorme corpulencia de ese monstruo hogarthiano ondula en la superficie, desplazando escasamente una pulgada de agua. Tiene una especie de howdah en el lomo, y su boca distendida y colmilluda, en que entran las olas, podría tomarse por la Puerta de los Traidores, que lleva, por agua, desde el Támesis a la Torre. Luego están los pródromos balleneros del viejo escocés Sibbald, y la ballena de Jonás, según se representa en las estampas de las viejas Biblias y los grabados de los viejos devocionarios. ¿Qué se ha de decir de éstos? En cuanto a la ballena del encuadernador, retorcida corno una vida en torno al cepo de un ancla que desciende —según está grabada y dorada en los lomos y portadas de tantos libros, antiguos y nuevos—, es una criatura muy pintoresca, pero puramente fabulosa, imitada, según entiendo, de análogas figuras en ánforas de la Antigüedad. Aunque universalmente se le llama delfín, sin embargo, a este pez del encuadernador yo le llamo un intento de ballena, porque eso se intentó que fuera cuando se introdujo tal divisa. La introdujo un antiguo editor italiano, de alrededor del siglo XV, durante el Renacimiento de la Erudición, y en aquellos días, e incluso hasta un período relativamente reciente, se suponía que los delfines eran una especie del leviatán.
En viñetas y otros ornamentos de ciertos libros antiguos encontraréis a veces rasgos muy curiosos de la ballena, donde toda clase de chorros, jets d'eau, fuentes termales y frías, Saratogas y Baden-Baden, se elevan burbujeando de su inagotable cerebro. En la portada de la edición original del Adelanto del Saber encontraréis algunas curiosas ballenas.
Pero dejando todos estos intentos extra-profesionales, lancemos una ojeada a las imágenes del leviatán, que se proponen ser transcripciones sobrias y científicas, por aquellos que entienden. En la vieja colección de viajes de Harris hay algunos grabados de ballenas, tomados de un libro holandés de viajes, del año 1671, titulado Un Viaje Ballenero a Spitzberg en el barco Jonás en la Ballena, propiedad de Peter Peterson de Friesland. En uno de esos grabados se representan las ballenas como grandes balsas de troncos, entre islas de hielo, con osos blancos corriendo por sus lomos vivos. En otro grabado, se comete el prodigioso error de representar a la ballena con cola vertical.
Luego, también, hay un imponente en cuarto, escrito por un tal capitán Colnett, oficial retirado de la Armada inglesa, titulado Un viaje doblando el cabo de Hornos, a los mares del Sur, con el propósito de extender las pesquerías de cachalotes. En ese libro hay un bosquejo que pretende ser una «Imagen de un Physeter o Cachalote, dibujada a escala según uno muerto en la costa de México, en agosto de 1793, e izado a cubierta». No dudo que el capitán tomaría esta veraz imagen para utilidad de sus marineros. Para mencionar una sola cosa en ella, permítaseme decir que tiene un ojo que, aplicado, según la escala adjunta, a un cachalote adulto, convertiría el ojo de ese cetáceo en una ventana de arco de unos cinco pies de larga. ¡Ah, mi valiente capitán, por qué no nos pusiste a Jonás asomado a ese ojo!
Tampoco las más concienzudas compilaciones de Historia Natural, para uso de los jóvenes e ingenuos, están libres de la misma atrocidad de error. Mirad esa obra tan famosa que es La Naturaleza Animada, de Goldsmith. En la edición abreviada de 1807, de Londres hay grabados sobre una presunta «ballena» y un «narval». No quiero parecer poco elegante, pero esta fea ballena parece una cerda mutilada, y en cuanto al narval, una ojeada basta para sorprenderle a uno de que en este siglo decimonono se pueda hacer pasar por genuino un hipogrifo, a cualquier inteligente público de escolares.
Luego, a su vez, en 1825, Bernard Germain, conde de Lacépède, gran naturalista, publicó un libro sobre las ballenas, científico y sistemático, en que hay varias imágenes de las diversas especies del leviatán. Todas ellas no sólo son incorrectas, sino que la imagen del Mysticetus o ballena de Groenlandia (es decir, la ballena franca), el mismo Scoresby, hombre de larga experiencia respecto a esa especie, declara que no tiene equivalencia en la naturaleza.
Pero estaba reservado poner el remate a todo este asunto de errores al científico Frederick Cuvier, hermano del famoso Barón. En 1836 publicó una Historia Natural de las Ballenas, en que da lo que llama una imagen del cachalote. Antes de mostrar esa imagen a cualquiera de Nantucket, haríais mejor en prepararos la rápida retirada de Nantucket. En una palabra, el cachalote de Frederick Cuvier no es un cachalote, sino una calabaza. Desde luego, él nunca tuvo la ventaja de un viaje ballenero (tales hombres rara vez lo tienen), pero ¿quién puede decir de dónde sacó esa imagen? Quizá la sacó de donde su predecesor científico en el mismo campo, Desmarest, sacó uno de sus auténticos abortos, esto es, de un dibujo chino. Y muchas extrañas tazas y platillos nos informan de qué clase de gente traviesa con el pincel son esos chinos.
En cuanto a las ballenas de los pintores de esas muestras que se ven colgando sobre las tiendas de los vendedores de aceite, ¿qué diremos de ellas? Son generalmente ballenas a lo Ricardo III, con jorobas de dromedario, y muy salvajes; que desayunan con tres o cuatro empanadas de marinero, es decir, lanchas balleneras llenas de tripulantes, y que sumergen sus deformidades en mares de pintura sangrienta y azul.
Pero, después de todo, esas múltiples equivocaciones al representar la ballena no son muy sorprendentes. ¡Consideradlo! La mayor parte de esos dibujos científicos se han tomado de las ballenas encalladas, y son tan correctas como el dibujo de un barco naufragado, con el lomo deshecho, podría serlo para representar al noble animal mismo en todo su orgullo intacto de casco y arboladura. Aunque ha habido elefantes que han posado para retratos de cuerpo entero, el leviatán viviente jamás se ha puesto al pairo decentemente para que lo retrataran. La ballena viva, en plena majestad y significación, sólo se puede ver en el mar, en aguas insondables, y, al nivel del agua, su vasta mole queda fuera del alcance de la vista, como un barco de guerra en la botadura; y sacada de ese elemento, es para el hombre una cosa eternamente imposible de izar en peso por el aire, con el fin de eternizar sus poderosas flexiones y curvas. Y, para no hablar de la diferencia de contorno, presumiblemente muy grande, entre una joven ballena lactante y un adulto leviatán platónico, con todo, aun en el caso en que se icen a la cubierta de un barco esas jóvenes ballenas lactantes, es tal, entonces, su exótica forma, blanda, variante y como de anguila, que ni el mismo diablo podría captar su precisa expresión. Pero cabría suponer que del esqueleto desnudo de la ballena encallada se podrían derivar sugerencias exactas en cuanto a su verdadera forma. De ningún modo. Pues una de las cosas más curiosas sobre este leviatán es que su esqueleto da muy poca idea de su forma general. Aunque el esqueleto de Jeremy Bentham, que cuelga como candelabro en la biblioteca de uno de sus albaceas, ofrece correctamente la idea de un anciano caballero utilitario de frente abultada, con todas las demás características personales dominantes de Jeremy, nada de este orden podría inferirse de los huesos articulados de ningún leviatán. En realidad, como dice el gran Hunter, el mero esqueleto de una ballena tiene la misma relación con el animal totalmente revestido y almohadillado, que el insecto con la crisálida que tan redondamente le envuelve. Esa peculiaridad se evidencia de modo sorprendente en la cabeza, como se mostrará incidentalmente en cierta parte de este libro. También se echa de ver eso en forma muy curiosa en la aleta lateral, cuyos huesos corresponden casi exactamente a los huesos de la mano humana, sólo que sin el pulgar. La aleta tiene cuatro normales dedos de hueso, el índice, medio, anular y meñique. Pero todos están permanentemente alojados en su recubrimiento carnoso, igual que los dedos humanos en un enguantado artificial. «Por más inexorablemente que nos maltrate a veces la ballena —decía un día Stubb humorísticamente—, no se podrá decir de veras que no nos trata con guantes.»
Por todas esas razones, pues, de cualquier modo que se mire, es necesario concluir que el gran leviatán es la única criatura del mundo que habrá de seguir hasta el final sin que se la pinte. Cierto es que un retrato podrá dar mucho más cerca del blanco que otro, pero ninguno puede dar en él con un grado muy considerable de exactitud. Así que no hay en este mundo un modo de averiguar exactamente qué aspecto tiene la ballena. Y el único modo como se puede obtener una idea aceptable de su silueta viva, es yendo en persona a cazarla, pero al hacerlo así, se corre no poco riesgo de ser desfondado y hundido para siempre por ella. Por lo tanto, me parece que haríais mejor en no ser demasiado meticulosos en vuestra curiosidad respecto a este leviatán.

De las imágenes menos erróneas de las ballenas, y de las imágenes verdaderas de escenas de la caza de la ballena

En conexión con las imágenes monstruosas de ballenas, siento ahora grandes tentaciones de entrar en esos relatos aún más monstruosos sobre ellas que se encuentran en ciertos libros, tanto antiguos como modernos, especialmente en Plinio, Purchas, Hackluyt, Harris, Cuvier, etcétera. Pero dejaré a un lado todo eso.
Sólo conozco cuatro dibujos publicados del gran cachalote: los de Colnett, Huggins, Frederick Cuvier y Beale. En el capítulo anterior se ha aludido a Colnett y a Cuvier. El de Huggins es mucho mejor que los suyos; pero, con gran probabilidad, el de Beale es el mejor. Todos los dibujos de este cetáceo por Beale son buenos, salvo la figura central en el grabado de tres cetáceos en diversas actitudes, que encabeza el capítulo segundo. Su frontispicio, unas lanchas atacando a unos cachalotes, aunque sin duda calculado para excitar el cortés escepticismo de ciertos hombres de salón, resulta admirablemente correcto y a lo vivo en su efecto general. Algunos de los dibujos de cachalotes por J. Ross Browne son bastante correctos de silueta, pero están miserablemente grabados. Sin embargo, no es culpa suya.
De la ballena propiamente dicha, los mejores dibujos de contorno se encuentran en Scoresby; pero están trazados en una escala demasiado pequeña para producir una impresión deseable. No hay allí más que un grabado de escenas de pesca de ballenas, y esto es una triste deficiencia, porque sólo con tales grabados, sí están realmente bien hechos, se puede obtener algo así como una idea auténtica de la ballena viva según la ven sus cazadores vivos.
Pero, tomándolo todo en conjunto, las representaciones mejores, con mucho, aunque no del todo correctas en algunos detalles, que cabe encontrar en cualquier sitio, son dos grandes grabados franceses, bien ejecutados y tomados de pinturas de un tal Garnery. Representan ataques, respectivamente, contra el cachalote y la ballena. En el primer grabado se representa un noble cachalote en plena majestad de poderío, recién surgido de debajo de la lancha, desde las profundidades del océano, y lanzando con el lomo a lo alto, por el aire, la terrible ruina de las tablas desfondadas. La proa de la lancha está parcialmente entera, y aparece en equilibrio sobre el espinazo del monstruo; y de pie en esa proa, en un inapreciable chispazo de tiempo, se observa un remero, medio envuelto por el irritado chorro hirviente del cetáceo, y en ademán de saltar, como desde un precipicio. La acción del conjunto es admirablemente buena y verdadera. La tina de la estacha, medio vacía, flota en el mar blanquecino; las astas de madera de los arpones dispersos asoman oblicuamente en el agua; las cabezas de la tripulación, a nado, están esparcidas en torno a la ballena en contrastadas expresiones de espanto; mientras que, en la negra lontananza tormentosa, el barco se acerca a la escena. Podrían encontrarse serios defectos en los detalles anatómicos de esta ballena, pero dejémoslo pasar, porque yo no sabría dibujar otra tan buena ni por toda mi vida.
En el segundo grabado, la lancha está pasando a lo largo del costado, lleno de lapas, de una gran ballena de Groenlandia, a la carrera, que mece su negra mole algosa en el mar, como una roca Musgosa desprendida de los acantilados patagónicos. Sus chorros están erguidos, llenos y negros como el hollín, de modo que, por tan abundante humo en la chimenea, se pensaría que debe haber una buena cena guisándose en las grandes tripas de abajo. Hay aves marinas que picotean los cangrejitos, mariscos y otros confites y macarrones marinos que la ballena de Groenlandia lleva a veces en su pestilente lomo. Y durante todo el tiempo, ese leviatán de labios apretados se precipita a través de las profundidades, dejando en su estela toneladas de tumultuosos coágulos blancos, y haciendo a la ligera lancha mecerse en las oleadas como una yola sorprendida junto a las ruedas de palas de un vapor transatlántico. Así, el primer término es todo él una conmoción colérica, pero atrás, en admirable contraste artístico, queda la superficie cristalina de un mar tranquilo, las velas caídas e inmaculadas del barco sin fuerza, y la masa inerte de una ballena muerta, una fortaleza conquistada, con la bandera de la captura colgando perezosamente del asta inserta en su agujero del chorro.
No sé quién es o era el pintor Garnery. Pero apuesto la cabeza a que, o tenía experiencia práctica del tema, o estaba maravillosamente aleccionado por algún experto cazador de ballenas. Los franceses son la gente más adecuada para la pintura de acción. Id a mirar todas las pinturas de Europa, y ¿dónde encontraréis tal galería de conmoción viva y respirando en el lienzo como en el triunfal ámbito de Versalles, donde el observador lucha abriéndose paso, en confusión, a través de todas las grandes batallas de Francia, tina tras otra, en que cada espada parece un relámpago de las auroras boreales, y la sucesión de reyes armados y emperadores pasa como una carga de centauros coronados? No del todo indignas de figurar en esa galería son las piezas marítimas de Garnery.
La aptitud natural de los franceses para captar lo pintoresco de las cosas parece peculiarmente evidenciada en los cuadros y grabados que han hecho de sus escenas de pesca de la ballena. Con la décima parte de la experiencia de los ingleses en tal pesca, y ni siquiera la milésima parte de los americanos, sin embargo, ellos han proporcionado a ambas naciones las únicas representaciones acabadas capaces en absoluto de transmitir el auténtico espíritu de la caza de la ballena. En su mayor parte, los dibujantes balleneros ingleses y americanos parecen totalmente contentos con presentar el contorno mecánico de las cosas, tales como el perfil vacío de la ballena, que, en cuanto a lo que se refiere a lo pintoresco del efecto, viene a ser equivalente a esbozar el perfil de una pirámide. Incluso Scoresby, el justamente famoso cazador de ballenas de Groenlandia, tras darnos un rígido retrato de cuerpo entero de la ballena, y tres o cuatro delicadas miniaturas de narvales y marsopas, nos obsequia con una serie de grabados clásicos de bicheros, trinchantes y rezones; y, con la microscópica laboriosidad de un Leuwenhoeck somete a la inspección de un mundo aterido noventa y seis facsímiles de cristales de nieve ártica vistos con aumento. No lo digo en desdoro de ese excelente viajero (le honro como veterano), pero en un asunto tan importante ha sido realmente un descuido no haberse procurado para cada cristal una declaración jurada prestada ante un juez de paz groenlandés.
En adición a esos hermosos grabados de Garnery, hay otros dos grabados franceses dignos de nota, por alguien que se firma «H. Durand». Uno de ellos, aunque no encaja exactamente con nuestro propósito actual, merece sin embargo mencionarse por otros motivos. Es una tranquila escena de mediodía, entre las islas del Pacífico; hay un barco ballenero francés anclado junto a la costa, en bonanza, y llevando agua a bordo perezosamente, con las aflojadas velas del barco y las largas hojas de las palmeras del fondo cayendo juntamente en el aire sin brisa. El efecto es muy hermoso, si se considera en referencia a que presenta los curtidos pescadores en uno de sus pocos aspectos de reposo oriental. El otro grabado es' un asunto muy diferente; el barco se pone al pairo en alta mar y en el mismo corazón de la vida leviatánica, con una ballena de Groenlandia al lado; la nave (que está en el descuartizamiento) atraca junto al monstruo como si fuera un muelle, y una lancha, alejándose apresuradamente de esta escena de actividad, se dispone a perseguir a unas ballenas en lontananza. Los arpones y las lanzas están apuntándose para actuar; tres remeros acaban de meter el mástil en su fogonadura, mientras, por una súbita oleada del mar, la pequeña embarcación se empina medio erguida en el agua como un caballo encabritado. Desde ese barco, el humo de los tormentos de la ballena hirviente sube como el humo de una aldea de herrerías; y a barlovento, una nube negra, elevándose con promesa de chubascos y lluvias, parece avivar la actividad de los excitados marineros.

LVII. Sobre las ballenas en pintura, en dientes, en madera, en plancha de hierro, en piedra, en montañas, en estrellas

Desde la colina de la Torre, bajando a los muelles de Londres, quizá habréis visto un mendigo tullido (un anclote, como dicen los marineros) que enseña una tabla pintada donde se representa la trágica escena en que perdió la pierna. Hay tres ballenas y tres lanchas, y una de las lanchas (que se supone que contiene la pierna ausente en toda su integridad original) está siendo mascada por las mandíbulas de la ballena delantera. Durante todo el tiempo, desde hace diez años, según me han dicho, ese horrible ha mostrado la pintura y ha exhibido el muñón ante un mundo incrédulo. Pero ahora ha llegado el momento de su justificación. Sus tres ballenas son tan buenas ballenas como jamás se hayan publicado en Wapping, en cualquier caso; y su muñón es un muñón tan indiscutible como pueda encontrarse en las talas del Oeste. Pero, aunque subido para siempre en su muñón, el pobre ballenero no hace jamás discursos, sino que, con los ojos bajos, permanece contritamente contemplando su propia amputación.
A través del Pacífico, y también en Nantucket, New Bedford y Sag Harbour, encontraréis vivaces esbozos de ballenas y escenas balleneras, tallados por los propios pescadores en dientes de cachalote, o varillas de corsé sacadas de las ballenas, u otros artículos de skrimshander, como llaman los balleneros a los numerosos pequeños artilugios que tallan meticulosamente en esa materia prima, en sus horas de ocio oceánico. Algunos de ellos tienen cajitas de instrumentos de aspecto odontológico, especialmente destinados a este asunto del skrimshander. Pero en general, trabajan sólo con su navaja, y con esa herramienta casi omnipotente del marinero, os sacan lo que queráis en cuestión de fantasía naval.
El largo exilio respecto a la cristiandad y la civilización inevitablemente devuelve al hombre a la condición en que Dios le puso, esto es, a lo que se llama salvajismo. El verdadero cazador de ballenas es casi tan salvaje como un iroqués. Yo mismo soy un salvaje que no debe sumisión sino al rey de los caníbales, dispuesto en todo momento a rebelarme contra él.
Ahora, una de las características peculiares del salvaje en sus horas domésticas, es su admirable paciencia y su maña. Un antiguo rompecabezas o una pagaya de las islas Hawai, en su plena multiplicidad y complicación de talla, es un trofeo de la perseverancia humana tan grande como un diccionario de latín. Pues, con un trozo de concha rota o un diente de tiburón, se ha logrado un milagroso intrincamiento de entrelazado de madera, que ha costado años de constante aplicación.
Con el salvaje marinero blanco pasa lo mismo que con el salvaje hawaiano. Con la misma paciencia maravillosa, y con ese mismo único diente de tiburón que es su pobre única navaja, os tallará un poco de escultura en hueso, no con tanta habilidad, pero tan cerradamente apretado en su enredo de diseño como el salvaje griego talló el escudo de Aquiles; y tan lleno de espíritu barbárico y de sugestión como los grabados de aquel admirable salvaje holandés, Alberto Durero.
Ballenas de madera, o ballenas cortadas en silueta en las tablillas oscuras de la noble madera de guerra del mar del Sur, se encuentran frecuentemente en los castillos de proa de los balleneros americanos. Algunas de ellas están hechas con mucha exactitud.
En ciertas casas de campo de tejado abuhardillado veréis ballenas de bronce colgando de la cola a modo de aldabones en la puerta que da al camino. Cuando el portero está soñoliento, sería mejor la ballena de cabeza de yunque. Pero estas ballenas golpeadoras, raramente son notables como ensayos fieles. En las agujas de algunas iglesias a la antigua usanza veréis ballenas de plancha de hierro puestas allí a modo de veleta, pero están tan elevadas, y además, para todos los efectos y propósitos, están tan rotuladas con «No tocar», que no se las puede examinar lo bastante de cerca como para decidir sobre su mérito.
En regiones huesudas y costilludas de la tierra, donde en la base de altos acantilados rotos hay dispersas por la llanura masas de roca en fantásticos grupos, a menudo descubriréis imágenes como formas petrificadas del leviatán parcialmente sumergidas en la hierba que en días de viento rompe contra ellas en resaca de verdes oleadas.
Luego, también, en regiones montañosas donde el viajero está continuamente rodeado por alturas en anfiteatro, desde algún feliz punto de vista, acá y allá, captareis atisbos pasajeros de perfiles de ballenas recortados a lo largo de las onduladas crestas. Pero habéis de ser perfectos cazadores de ballenas para ver esas imágenes, y no sólo eso, sino que si deseáis volver de nuevo a ver tal imagen, debéis aseguraron y tomar la exacta intersección de latitud y longitud de vuestro primer punto de vista, pues, de otro modo, tales observaciones en los montes son tan azarosas, que vuestro exacto punto de vista anterior requerirla un laborioso redescubrimiento; como las islas Soloma [Salomón], que todavía siguen siendo terra incógnita, aunque antaño las hollara el engolillado Mendaña y el viejo Figueroa las pusiera en crónica.
Y si vuestro tema os eleva en expansión, no podréis dejar de notar grandes ballenas en los cielos estrellados, y lanchas en persecución de ellas, como cuando, llenas durante mucho tiempo de pensamientos de guerra, las naciones orientales veían ejércitos trabando batalla entre las nubes. Así, en el norte, yo he perseguido al leviatán dando vueltas al Polo con las revoluciones de los puntos luminosos que primero me lo señalaron. Y bajo los refulgentes cielos antárticos, he embarcado en la nave Argos y me he unido a la persecución del Cetáceo de estrellas, más allá del último trecho del Hydrus y del Pez Volante.
Con unas anclas de fragata como mis bitas de brida y con haces de arpones como espuelas, ¡ojalá monte yo esa ballena, y salte sobre los cielos más altos, a ver si los legendarios cielos, con todas sus incontables tiendas, están realmente acampados mucho más allá de mi vista mortal!

LVIII. Brit

Navegando al nordeste de las Crozetts, entramos en vastas praderas de brit, la menuda sustancia amarilla de que se alimenta ampliamente la ballena propiamente dicha. Durante leguas y leguas ondeó a nuestro alrededor, de modo que parecía que navegábamos a través de ilimitados campos de trigo maduro y dorado.
Al segundo día, se vieron cierto número de ballenas que, a salvo de todo ataque de un barco cazador de cachalotes como el Pequod, nadaron perezosamente con las mandíbulas abiertas por entre el brit, que adhiriéndose a las fibras franjeadas de esa admirable persiana veneciana que tienen en la boca, quedaba de ese modo separado del agua, que se escapaba por el labio.
Como segadores mañaneros que, uno junto a otro, hacen avanzar lenta y asoladoramente sus guadañas por la larga hierba mojada de los prados empantanados, así nadaban esos monstruos haciendo un extraño ruido cortador de hierba, y dejando atrás interminables guadañas de azul en el mar amarillo.'
Pero no era en absoluto solamente el ruido que hacían al partir el brit lo que le recordaba a uno a los segadores. Vistas desde los masteleros, especialmente cuando se detenían y quedaban un rato inmóviles, sus enormes formas negras parecían, más que otra cosa, masas de roca sin vida. Y lo mismo que en las grandes comarcas de cacerías de la India, el extranjero a veces ve a distancia, a su paso por las llanuras, elefantes tumbados sin saber que lo son, tomándolos por desnudas y ennegrecidas elevaciones del suelo, así le pasa a menudo a quien por primera vez observa esta especie de los leviatanes del mar. Y aun cuando los reconoce por fin, su inmensa magnitud hace muy difícil creer realmente que tan enormes masas de excrecencia puedan estar animadas, en todas sus partes, por la misma clase de vida que vive en un perro o un caballo.
Desde luego, en otros aspectos, es difícil considerar a cualquier criatura de las profundidades con los mismos sentimientos que a los de tierra firme. Pues aunque ciertos antiguos naturalistas han sostenido que todas las criaturas de la tierra tienen su parentela en el mar, y aunque, tomando este asunto en una amplia perspectiva general, esto podría ser verdad, sin embargo, viniendo a las especialidades, ¿dónde, por ejemplo, ofrece el océano ningún pez que corresponda en su disposición a la bondadosa sagacidad del perro? Sólo el maldito tiburón, en algún aspecto genérico, puede decirse que presenta una analogía comparable con él.
Pero aunque, para la gente de tierra en general, los habitantes nativos del mar siempre se consideran con emociones inexpresablemente repelentes y poco sociables; y aunque sabemos que el mar es una perenne terra incógnita, de modo que Colón navegó sobre innumerables mundos desconocidos para descubrir su mundo superficial de occidente; y aunque, sin comparación, los desastres más terribles y mortíferos han afectado de modo inmemorial e indiscriminado a decenas y centenas de millares de los que han atravesado las aguas; y aunque un solo momento de reflexión enseñará que por mucho que ese niñito que es el hombre presuma de su ciencia y habilidad, y por mucho que, en un futuro lisonjero, puedan aumentar esa ciencia y habilidad, sin embargo, por los siglos de los siglos, hasta el hundimiento del juicio, el mar seguirá insultándole y asesinándole, y pulverizando la fragata más solemne y rígida que pueda él hacer: a pesar de todo eso, con la continua repetición de las mismas impresiones, el hombre ha perdido la sensación de ese pleno carácter temeroso del mar, que le corresponde originariamente.
La primera embarcación de que leemos, flotó en un océano que, con venganza portuguesa, se había tragado un mundo entero sin dejar ni una viuda. Ese mismo océano se agita ahora; ese mismo océano destruyó los barcos que naufragaron el año pasado. Sí, locos mortales, el diluvio de Noé no se ha terminado todavía; aún cubre dos tercios de este hermoso mundo.
¿En qué difieren el mar y la tierra, que lo que en uno es milagro no es milagro en el otro? Terrores preternaturales cayeron sobre los hebreos cuando, a los pies de Korah y los suyos, se abrió la tierra viva y se los tragó para siempre; sin embargo, no se pone una vez el sol moderno sin que, exactamente del mismo modo, el mar vivo se trague barcos y tripulaciones.
Pero el mar no sólo es tal enemigo del hombre, ajeno a él, sino que también es enemigo de su propia progenie, y, peor que el anfitrión persa que asesinaba a sus propios invitados, no perdona a las criaturas que él mismo ha engendrado. Como una tigresa salvaje que, saltando por la jungla, aplasta a sus cachorros, el mar estrella aun a las más poderosas ballenas contra las rocas, y las deja allí, al lado de los astillados restos de los barcos. No lo gobierna ninguna misericordia ni poder sino los suyos Jadeando y bufando como un loco corcel de batalla que ha perdido el jinete, el océano sin amo se desborda por el mundo.
Considerad la sutileza del mar; cómo sus más temidas criaturas se deslizan bajo el agua, sin aparecer en su mayor parte, traidoramente ocultas bajo los más amables matices del azur. Considerad también la diabólica brillantez y belleza de muchas de sus tribus más encarnizadas; así, la forma elegantemente embellecida de muchas especies de tiburones. Considerad, una vez más, el canibalismo universal del mar, cuyas criaturas se devoran unas a otras, manteniendo eterna guerra desde que empezó el mundo.
Considerad todo esto, y luego volveos a esta verde, amable y docilísima tierra; consideradlos ambos, mar y tierra; y ¿no encontráis una extraña analogía con algo en vosotros mismos? Pues igual que este aterrador océano rodea la tierra verdeante, así en el alma del hombre hay una Tahití insular, llena de paz y de alegría, pero rodeada por todos los horrores de la vida medio conocida. ¡Dios te guarde! ¡No te alejes de esa isla; no puedes volver jamás!

LIX. El pulpo

Vadeando lentamente a través de las praderas de brit, el Pequod mantenía su rumbo nordeste hacia la isla de Java, con un suave viento empujando su quilla, de modo que en la serenidad circundante sus tres altos mástiles puntiagudos se mecían dulcemente en aquella lánguida brisa como tres dulces palmeras en una llanura. Y todavía, con amplios intervalos, en la noche plateada, se veía el solitario chorro incitante.
Pero una transparente mañana azul, cuando una quietud casi preternatural se extendía sobre el mar, aunque sin ir acompañada por ninguna calma chicha; cuando la larga y bruñida franja de sol en las aguas parecía un dedo de oro extendido a través de ellas para imponer algún secreto; cuando las resbalosas olas susurraban juntas al pasar corriendo; en ese profundo acallamiento de la esfera visible, Daggoo vio un extraño espectro desde la cofa del palo mayor.
En la lejanía, se elevó perezosamente una gran masa blanca y, alzándose cada vez más alta y desprendiéndose de lo azul, por fin centelleó ante nuestra proa como un alud recién desprendido de las montañas. Brillando así por un momento, se desvaneció con la misma lentitud, y se sumergió. Luego volvió a subir una vez más, y brilló en silencio. No parecía una ballena, y sin embargo, « ¿es éste Moby Dick?», pensó Daggoo. Volvió a bajar el fantasma, pero cuando reapareció una vez más, el negro aulló con un grito como de estilete que sobresaltó a todos los hombres en su sopor:
—¡Ahí, ahí otra vez! ¡Ahí salta! ¡Ahí delante! ¡La ballena blanca, la ballena blanca!
Al oírlo, los marineros se precipitaron a los penoles, como en tiempo de enjambre las abejas se precipitan a las ramas. Con la cabeza descubierta bajo el sol abrasador, Ahab estaba en el bauprés y con una mano echada atrás, en preparación para señalar sus órdenes al timonel, lanzaba su ansiosa mirada en la dirección indicada desde lo alto por el extendido brazo inmóvil de Daggoo.
Fuera porque la presencia irregular de aquel chorro único y solitario hubiera hecho efecto gradualmente en Ahab, de modo que ahora estuviera preparado a relacionar las ideas de dulzura y reposo con la primera visión de esa determinada ballena que perseguía; por eso, o por que le traicionara su ansiedad, por lo que quiera que fuera, en cuanto percibió claramente la masa blanca, con rápida tensión dio orden al momento de arriar las lanchas.
Las cuatro lanchas estuvieron pronto en el agua; la de Ahab por delante, y todas, ellas remando rápidamente hacia su presa. Pronto se hundió y mientras, con los remos en suspenso, esperábamos su reaparición, he ahí que volvió a surgir lentamente una vez más en el mismo lugar donde se había sumergido. Casi olvidando por el momento todos los pensamientos sobre Moby Dick, mirábamos ahora el más prodigioso fenómeno que los mares secretos han revelado hasta ahora a la humanidad. Una vasta masa pulposa, de estadios enteros de anchura y longitud, de un resplandeciente color crema, flotaba en el agua, con innumerables brazos largos irradiando desde su centro y retorciéndose y rizándose igual que un nido de anacondas, como para captar a ciegas cualquier desdichado objeto a su alcance. No tenía cara ni frente perceptible; no tenía signo concebible de sensación o instinto, sino que ondulaba allí en las olas una manifestación de vida sin forma, extraterrenal, azarosa.
Al desaparecer lentamente otra vez con un sordo ruido de succión, Starbuck exclamó con voz loca, sin dejar de mirar a las agitadas aguas donde se había hundido:
—¡Casi habría preferido ver a Moby Dick y luchar con él que haberte visto a ti, fantasma blanco!
—¿Qué era eso, señor Starbuck? —dijo Flask.
—El gran pulpo viviente, que, según dicen, pocos barcos balleneros han visto y han regresado al puerto para contarlo.
Pero Ahab no dijo nada; haciendo virar la lancha, volvió al barco, y los demás le siguieron igualmente callados.
Cualesquiera que sean las supersticiones que los cazadores de cachalotes en general tengan en relación con la visión de este objeto, lo cierto es que, como el poderlo entrever es tan insólito, esa circunstancia ha llegado a revestirlo de carácter portentoso. Tan raramente se observa que, aunque todos a una voz declaren que es la mayor cosa animada del océano, muy pocos de ellos tienen sino vaguísimas ideas respecto a su verdadera naturaleza y forma, a pesar de lo cual creen que proporciona al cachalote su único alimento. Pues aunque otras especies de ballenas encuentran su alimento sobre el agua, y pueden ser vistas por el hombre en el acto de alimentarse, el cachalote obtiene todo su alimento en zonas desconocidas bajo la superficie y sólo por inferencia puede alguien decir en qué consiste exactamente ese alimento. A veces, cuando se le persigue de cerca, vomita lo que se supone que son los brazos desprendidos del pulpo, y algunos de ellos, que así se muestran, exceden los veinte y treinta pies de longitud. Se les antoja que el monstruo a que originalmente pertenecieron suele agarrarse con ellos al fondo del océano, y que el cachalote, a diferencia de otras especies, está provisto de dientes para atacarlo y destrozarlo.
Parece haber algún fundamento para imaginar que el gran Kraken del obispo Pontoppodan puede acabar por identificarse con el Pulpo. El modo como lo describe el obispo, alternativamente subiendo y bajando, con algunos otros detalles que cuenta, hacen que se correspondan los dos en todo esto. Pero mucha rebaja es necesaria respecto al increíble tamaño que le asigna.
Algunos naturalistas que han oído vagos rumores sobre esta misteriosa criatura de que hablamos aquí, la incluyen entre la clase de las jibias, a la que en ciertos aspectos externos parecería que pertenece, aunque sólo como el Anak de la tribu.

LX. La estacha

En referencia a la escena de caza de la ballena que dentro de poco se va a describir, así como para mejor comprensión de todas las escenas semejantes que se presenten en otro momento, debo hablar aquí de la mágica, y a veces horrible, estacha de la ballena.
La estacha usada originalmente en estas pesquerías era del mejor cáñamo, levemente ahumada de brea, pero sin impregnarse de ella, como en el caso de los cabos corrientes; pues mientras la brea, tal como ordinariamente se usa, hace el cáñamo más flexible para el cordelero, y también hace al propio cabo más conveniente para el marinero en el uso normal en el barco, sin embargo, la cantidad ordinaria de brea no sólo haría la estacha demasiado rígida para el apretado adujamiento a que debe someterse, sino que, como muchos navegantes empiezan a reconocer, la brea en general no aumenta en absoluto la duración y fuerza de un cabo, por más que lo haga compacto y reluciente.
En los últimos años, el cabo de abacá ha sustituido casi enteramente en los pesqueros americanos al cáñamo como material para estacha de ballena; pues, aunque no tan duradero como el cáñamo, es más fuerte, y mucho más suave y elástico; y yo añadiré (puesto que hay una estética en todas las cosas) que es mucho más bonito y decente para la lancha que el cáñamo. El cáñamo es un tipo oscuro e hirsuto, una especie de indio, pero el cabo de abacá, para la vista, es una circasiana de pelo dorado.
La estacha de ballena sólo tiene dos tercios de pulgada de grosor. A primera vista, uno no la creería tan fuerte como realmente es. En experimento, cada una de sus cincuenta y una filásticas resiste un peso de ciento veinte libras, de modo que el conjunto del cabo aguanta una tensión casi igual a tres toneladas. En longitud, la estacha de cachalote usual mide algo más de doscientas brazas. Hacia la popa de la lancha, se aduja en espiral en su tina, pero no como el serpentín de un alambique, sino formando una masa redonda, en forma de queso, de «roldanas», o capas de espirales concéntricas, sin más hueco que el «corazón», el menudo tubo vertical formado en el eje del queso. Como el menor enredo o retorcimiento en la aduja, al desenrollarse, se le llevaría infaliblemente por delante a alguien el brazo, o la pierna, o el cuerpo entero, se tiene la mayor precaución al guardar la estacha en su tina. Algunos arponeros pasan casi una mañana entera en este asunto, subiendo la estacha a lo alto y luego laboreándola hacia abajo a través de un motón hasta la tina, para que, en el momento de adujarla, quede libre de todo posible pliegue y retorcimiento.
En las lanchas inglesas se usan dos tinas en vez de una, adujando la misma estacha de modo continuado en ambas tinas. Esto tiene cierta ventaja, porque estas tinas gemelas, al ser tan pequeñas, se adaptan más fácilmente a la lancha y no la fuerzan demasiado, mientras que la tina americana, casi de tres pies de diámetro y de profundidad proporcionada, resulta una carga bastante voluminosa para una embarcación cuyas tablas sólo tienen media pulgada de grosor; pues el fondo de la lancha ballenera es como el hielo en punto crítico, que soporta un peso considerable bien distribuido, pero no mucho peso concentrado. Cuando a la tina americana de la estacha se le echa encima la cubierta de lona pintada, parece que la lancha se aleja remando con un pastel de boda prodigiosamente grande, para obsequiar a las ballenas.
Los dos extremos de la estacha están al descubierto: el extremo inferior termina en una costura de ojo o anilla que sale del fondo junto al costado de la tina, y pende sobre su borde, completamente desembarazada de todo. Esta disposición del extremo inferior es necesaria por dos motivos. Primero: para facilitar el sujetarle otra estacha adicional de una lancha cercana, en el caso de que la ballena herida se sumergiera tan hondo que amenazara llevarse toda la estacha originalmente sujeta al arpón. En esos casos, a la ballena, desde luego, se la pasan de una lancha a otra como un jarro de cerveza, por decirlo así, aunque la primera lancha siempre permanece a mano para ayudar a su compañera. Segundo: esta disposición es indispensable en atención a la seguridad común, pues si el extremo inferior de la estacha estuviera sujeto a la lancha de algún modo, y si la ballena corriera la estacha hasta el final, como hace a veces, casi en un solo minuto humeante, no se detendría allí, sino que la malhadada lancha sería arrastrada infaliblemente tras ella a la profundidad del mar, y en ese caso no habría pregonero que la volviera a encontrar jamás.
Antes de arriar la lancha para la persecución, el extremo superior de la estacha se pasa a popa desde la tina, y, dándole la vuelta en torno al bolardo que hay allí, vuelve a llevarse adelante, a lo largo de toda la lancha, apoyándose, cruzada, en el guión o mango del remo de cada marinero, de modo que le toca en la muñeca cuando rema; y asimismo pasa entre los hombres, sentados en las bordas opuestas, hasta los tacos emplomados, con surcos, que hay en el extremo de la puntiaguda proa de la lancha, donde una clavija o punzón de madera, del tamaño de una pluma normal de escribir, impide qué se resbale y se salga. Desde esos tacos, pende en leve festón sobre la proa, y luego pasa otra vez dentro de la lancha, y después de adujarse unas diez o veinte brazas sobre la caja de proa (lo que se llama estacha de la caja), sigue su camino a la borda todavía un poco más a popa, y luego se amarra a la pernada, que es el cabo inmediatamente atado al arpón, pero antes de tal conexión, la pernada pasa por diversos enredos demasiado tediosos de detallar.
Así, la estacha de la ballena envuelve a la lancha entera en sus complicados anillos, torciendo y retorciéndose alrededor de ella en casi todas las direcciones. Todos los remeros están envueltos en sus peligrosas contorsiones, de modo que, ante los tímidos ojos de la gente de tierra, parecen prestidigitadores indios, con las más mortíferas serpientes contorneándoles juguetonamente los miembros. Y ningún hijo de mujer mortal puede sentarse por primera vez entre esos enredos de cáñamo, y a la vez que tira todo lo posible del remo, pensar que en cualquier instante desconocido puede dispararse el arpón, y todos esos horribles retorcimientos pueden entrar en juego como relámpagos anillados; no puede, digo, encontrarse en tal circunstancia sin un estremecimiento que le haga temblar la misma médula de los huesos como una gelatina agitada. Sin embargo, la costumbre —¡extraña cosa!—, ¿qué no puede lograr la costumbre...? Jamás habréis oído sobre la caoba de vuestra mesa más alegres salidas, más jubiloso regocijo, mejores bromas y más brillantes réplicas que las que oiréis sobre esa media pulgada de cedro blanco de la lancha ballenera, al estar así suspendida en el nudo corredizo del verdugo; y, como los seis burgueses de Calais ante el rey Eduardo, los seis hombres que componen la tripulación avanzan hacia las fauces de la muerte con la soga al cuello, podríamos decir.
Quizá ahora os bastará pensarlo muy poco para explicaros esos frecuentes desastres de la pesca de la ballena —unos pocos de los cuales se anotan casualmente en las crónicas—, en que este o aquel hombre fue sacado de la lancha por la estacha y se perdió. Pues, cuando la estacha va disparada, estar sentado entonces en la lancha es como estar sentado en medio de los múltiples silbidos de una máquina de vapor a toda marcha, cuando os roza toda biela volante, todo eje y toda rueda. Es peor, pues no podéis estar sentados inmóviles en medio de estos peligros, porque la lancha se mece como una cuna, lanzándoos de un lado a otro, sin el menor aviso; y sólo por cierto equilibrio y simultaneidad de volición y acción podéis escapar de convertiros en un Mazeppa, y que os lleven corriendo a donde el sol que todo lo ve jamás podría sacaros de la hondura.
Además: así como la profunda calma que sólo aparentemente precede y profetiza la tempestad, quizá es más terrible que la propia tempestad —pues, en efecto, la calma no es sino la cubierta y el envoltorio de la tempestad y la contiene en sí misma, igual que el rifle al parecer inofensivo contiene la pólvora fatal, y la bala, y la explosión—, de ese modo el gracioso reposo de la estacha, serpenteando silenciosamente por los remeros antes de ponerse en juego efectivo, es una cosa que lleva consigo más terror que ningún otro aspecto de este peligroso asunto. Pero ¿por qué decir más? Todos los hombres viven envueltos en estachas de ballena. Todos nacen con la cuerda al cuello, pero sólo al ser arrebatados en el rápido y súbito remolino de la muerte, es cuando los mortales se dan cuenta de los peligros de la vida, callados, sutiles y omnipresentes. Y si uno es un filósofo, aunque esté sentado en una lancha ballenera no sentirá un ápice más de terror que sentado ante el fuego del anochecer, con un atizador y no un arpón al lado.

LXI. Stubb mata un cachalote

Si para Starbuck la aparición del pulpo fue cosa de portento, para Queequeg fue un objeto bien diverso.
—Cuando ver al pulpo —dijo el salvaje, afilando el arpón en la proa de su lancha colgada—, luego ver pronto al cachalote.
El siguiente día fue enormemente tranquilo y bochornoso, y, sin nada especial en qué ocuparse, la tripulación del Pequod difícilmente pudo resistir la incitación al sueño producida por un mar tan vacío. Pues esa parte del océano índico por donde viajábamos entonces no es lo que los balleneros llaman una zona viva; esto es, ofrece menos atisbos de marsopas, delfines, peces voladores y otros vivaces moradores de aguas movidas, que las zonas a lo largo del Río de la Plata o el litoral del Perú.
Me tocaba mi turno de vigía en la cofa del trinquete, y, con los hombros apoyados contra los aflojados obenques de sobrejuanete, me mecía de un lado para otro en lo que parecía un aire encantado. No había decisión que pudiera resistirlo; en ese soñador estado de ánimo, perdiendo toda conciencia, por fin mi alma salió de mi cuerpo, aunque mi cuerpo aún seguía meciéndose, como un péndulo mucho después que se retira la fuerza que empezó a moverlo. Antes de que me invadiera el olvido, me había dado cuenta de que los marineros en las cofas de mayor y mesana ya estaban adormilados. Así que, al fin, los tres pendimos sin vida de las vergas, y por cada oscilación que dábamos, había una cabezada, desde abajo, por parte del amodorrado timonel. Las olas también daban cabezadas con sus crestas indolentes; y a través del ancho éxtasis del mar, el este inclinaba la cabeza hacia el oeste, y el sol por encima de todo.
De repente, parecieron reventar burbujas bajo mis ojos cerrados; mis manos, como tornillos de carpintero, se agarraron a los obenques; algún poder invisible y misericordioso me salvó; volví a la vida con una sacudida. Y he ahí que muy cerca de nosotros, a sotavento, a menos de cuarenta brazas, un gigantesco cachalote se mecía en el agua como el casco volcado de una fragata, con su ancho lomo reluciente, de tinte etiópico, brillando a los rayos del sol como un espejo. Pero ondulado perezosamente en la artesa del mar, y lanzando de vez en cuando tranquilamente su chorro vaporoso, el cetáceo parecía un obeso burgués que fuma su pipa una tarde de calor. Pero esa pipa, mi pobre cachalote, era su última pipa. Como golpeado por la varita de algún encantador, el soñoliento buque, con todos sus durmientes, de repente se sobresaltó en vigilia, y más de una veintena de voces, desde todas partes del barco, a la vez que las tres notas desde la altura, lanzaron el acostumbrado grito, mientras el gran pez, con lenta regularidad, chorreaba la centelleante agua del mar por el aire.
—¡Soltad los botes! ¡Orza! —grito Ahab.
Y obedeciendo su propia orden, dio al timón a sotavento antes que el timonel pudiera mover las cabillas.
La repentina exclamación de los tripulantes debía haber alarmado al cetáceo, y, antes que las lanchas estuvieran abajo, se dio la vuelta majestuosamente, y se alejó nadando a sotavento, pero con tan sólida tranquilidad, y haciendo tan pocas ondulaciones al nadar, que, pensando que, después de todo, quizá no estaría aún alarmado, Ahab dio órdenes de que no se usara ni un remo, y nadie hablara sino en susurros. Así, sentados como indios de Ontario en las bordas de las lanchas, usamos los canaletes con rapidez, pero calladamente, porque la calma no permitía que se izaran las silenciosas velas. Al fin, al deslizarnos así en su persecución, el monstruo agitó la cola verticalmente en el aire a unos cuarenta pies y luego se sumergió, perdiéndose de vista.
—¡Ahí va una cola! —fue el grito; anuncio a que inmediatamente siguió que Stubb sacó el fósforo y encendió la pipa, pues ahora se concedía un intervalo. Después que transcurrió todo el intervalo de la zambullida, el cetáceo volvió a subir, y como ahora estaba delante de la lancha del fumador, Stubb se hizo cargo del honor de la captura. Ahora era obvio que el cetáceo, por fin, se había dado cuenta de sus perseguidores. Por consiguiente, era inútil ya todo silencio de precaución. Se dejaron los canaletes y se pusieron ruidosamente en acción los remos. Y sin dejar de dar chupadas a la pipa, Stubb gritó a su tripulación para lanzarse al asalto.
Sí, en el pez había ahora un enorme cambio. Sintiendo todo el riesgo, marchaba «cabeza fuera», sobresaliendo esa parte oblicuamente entre la loca fermentación que agitaba.'
—¡Adelante, adelante, muchachos! No os deis prisa; tomadlo con tiempo; pero ¡adelante, adelante como truenos, eso es todo! —gritaba Stubb, lanzando bocanadas de humo al hablar—. ¡Adelante, vamos; da la palada larga y fuerte, Tashtego! Dale bien, Tashtego, muchacho; adelante todos, pero sin acalorarse, fresquitos... como pepinos, eso es... tranquilos, tranquilos..., pero adelante como la condenada muerte, como diablos haciendo muecas, y sacando derechos de sus tumbas a los muertos enterrados, muchachos... eso es todo. ¡Adelante!
—¡Uuu...jú! ¡Ua...jí! —chilló en respuesta el Gay-Head, elevando hasta los cielos un viejo grito de guerra, y todos los remeros en la tensa lancha saltaron involuntariamente adelante con el único y tremendo golpe de guía que dio el ansioso indio.
Pero sus salvajes chillidos fueron contestados por otros de modo igualmente salvaje.
—¡Ki...jí! ¡Kú...lú! —gritó Daggoo, tendiéndose adelante y atrás en su asiento, como un tigre que da vueltas en su jaula.
—¡Ka...lá! ¡Ku...lú! —aulló Queequeg, como relamiéndose los labios con un bocado de chuleta de granadero. Y así, con remos y aullidos, las quillas cortaban el mar. Mientras tanto, Stubb, conservando su lugar de mando, seguía estimulando a sus hombres al ataque, sin dejar de soplar el humo por la boca. Como desesperados se tendían y esforzaban, hasta que se oyó el grito bienvenido:
—¡De pie, Tashtego!, ¡dale con ello!
Se lanzó el arpón.
—¡Atrás!
Los remeros ciaron; en ese mismo momento, algo caliente y zumbador pasó por las muñecas de cada cual. Era la mágica estacha. Un instante antes, Stubb había dado dos vueltas adicionales con ella al bolardo, donde, a causa de su giro con rapidez aumentada, se elevaba ahora un humo azul de cáñamo, mezclándose con la constante humareda de su pipa. Al pasar dando vueltas al bolardo, antes mismo de llegar a ese punto, atravesaba, levantando ampollas, las manos de Stubb, de las que habían caído accidentalmente los «guantes», esos cuadrados de lona acolchada que a veces se llevan en esas ocasiones. Era como sujetar por el fijo la tajante espada de doble filo de un enemigo, mientras éste se esforzara todo el tiempo por arrancarla de vuestra sujeción.
—¡Moja la estacha, moja la estacha! —gritó Stubb al remero de tina (el sentado junto a la tina), quien, quitándose el gorro, empezó a echar agua en ella.' Se dieron más vueltas, con lo que la estacha empezó a mantenerse en su sitio. La lancha ahora volaba por el agua hirviente como un tiburón todo aletas. Stubb y Tashtego cambiaron entonces de sitio, de popa a proa; un asunto verdaderamente tambaleante en aquella conmoción tan agitada.
Por las vibraciones de la estacha que se extendía a todo lo largo de la parte superior de la lancha, y por estar ahora tan tensa como una cuerda de arpa, se habría pensado que la embarcación tenía dos quillas, una surcando el mar, y la otra el aire, mientras la lancha seguía avanzando a golpes a través de ambos elementos a la vez. Una cascada continua se abría en la proa; un incesante torbellino arremolinado en su estela; y, al más leve movimiento desde dentro, aunque fuera de un meñique, la vibrante y crujiente embarcación se escoraba espasmódicamente por la borda hacia el mar. Así se precipitaban, cada cual aferrándose con todas sus fuerzas a su bancada, para evitar ser lanzado a la espuma, mientras la alta figura de Tashtego, en el remo de gobernalle, se agachaba casi hasta doblarse para bajar su centro de gravedad. Enteros Atlánticos y Pacíficos parecían pasar mientras ellos avanzaban disparados, hasta que por fin el cetáceo aflojó algo su huida.
¡Templa, templa! —gritó Stubb al de proa, y, dando cara al cetáceo, todos los hombres empezaron a acercar la lancha a él, todavía a remolque. Pronto, al llegar a la altura de su costado, Stubb plantó firmemente la rodilla en la castañuela, y disparó lanza tras lanza, alternativamente; retrocedía fuera del alcance de la horrible contorsión del monstruo, y luego se ponía a tiro para otro golpe.
La inundación roja brotaba de todos los costados del monstruo como los arroyuelos por una montaña. Su cuerpo atormentado no flotaba en agua, sino en sangre, que burbujeaba y hervía a estadios enteros por detrás de su estela. El sol oblicuo, al jugar sobre ese estanque carmesí en el mar, devolvía su reflejo a todas las caras, de modo que todos refulgían unos ante otros como pieles rojas. Y mientras tanto, chorro tras chorro de humo blanco se disparaba en agonía por el respiradero del cetáceo, y bocanada tras bocanada, con vehemencia, de la boca del excitado jefe de lancha, mientras a cada lanzada, tirando su arma torcida (mediante la estacha unida a ella), Stubb la volvía a enderezar una vez y otra con unos cuantos golpes rápidos contra la borda, para lanzarla luego una vez y otra al cetáceo.
—¡Hala, hala! —gritó luego al de proa, cuando el cachalote, desmayando, disminuyó su cólera—. ¡Hala, más cerca! —y la lancha llegó al lado del costado del pez.
Entonces, asomándose mucho sobre la proa, Stubb metió lentamente su larga y aguda lanza en el pez y la sujetó allí, removiéndola cuidadosamente como si buscara a tientas con precaución algún reloj de oro que el cachalote se hubiera tragado, y que él tuviera miedo de romper antes de poderlo sacar enganchado. Pero ese reloj de oro que buscara era la más entrañable vida del pez. Y ahora quedó alcanzada; pues, sobresaltándose de su trance, con esa cosa inexpresable que llaman su «convulsión», el monstruo se agitó horriblemente en su sangre, se envolvió en impenetrable espuma, loca e hirviente, de modo que la amenazada embarcación, cayendo repentinamente a popa, tuvo que luchar casi a ciegas para salir desde ese frenético crepúsculo al aire claro del día.
Y disminuyendo entonces su convulsión, el cetáceo volvió a salir a la luz, agitándose de lado a lado, y dilatando y contrayendo espasmódicamente su agujero del chorro, con inspiraciones bruscas, quebradas y agonizantes. Por fin, se dispararon al aire asustado borbotones tras borbotones de rojos sangrujos cuajados, como si fueran las purpúreas heces del vino tinto; y volviendo a caer, corrieron por sus inmóviles flancos hasta bajar al mar. ¡Había reventado su corazón!
—Está muerto, señor Stubb —dijo Daggoo. —Sí; las dos pipas han dejado de echar humo.
Y, retirando la suya de la boca, Stubb esparció por el agua las cenizas muertas, y, por un momento, se quedó contemplando pensativo el enorme cadáver que había hecho.

LXII. El Arponeo

Una palabra en relación con un episodio del último capítulo.
Conforme a la costumbre invariable de la pesca de la ballena, la lancha se aparta del barco con el jefe, el que mata la ballena, como timonel interino, mientras el arponero, el que hace presa en la ballena, va en el remo de proa, el llamado remo del arponero. Ahora, se necesita un brazo fuerte y nervudo para disparar el primer hierro clavándoselo al pez, pues a menudo, en lo que se llama un disparo largo, el pesado instrumento ha de ser lanzado a la distancia de veinte o treinta pies. Pero, por prolongada y agotadora que sea la persecución, el arponero tiene que tirar mientras tanto del remo con todas sus fuerzas; más aún, se espera que dé a los demás un ejemplo de actividad sobrehumana, no sólo remando de modo increíble, sino con repetidas exclamaciones, sonoras e intrépidas; y lo que es eso de seguir gritando hasta el tope de la capacidad propia, mientras los demás músculos están tensos y medio sacudidos, lo que es eso, no lo saben sino los que lo han probado. Por mi parte, yo no puedo gritar con toda mi alma y al mismo tiempo trabajar de modo inexorable. Así, en esa situación tensa y aullante, de espaldas al pez, de repente el exhausto arponero oye el grito excitante: « ¡De pie, y dale!».
Entonces tiene que dejar y asegurar el remo, dar media vuelta sobre su base, sacar el arpón de su horquilla, y con la escasa fuerza que le quede, tratar de clavarlo de algún modo en la ballena. No es extraño entonces que, tomando en su totalidad la flota entera de balleneros, de cada cincuenta ocasiones de arponeo no tengan éxito cinco; no es extraño que tantos malhadados arponeros sean locamente maldecidos y degradados; no es extraño que algunos de ellos se rompan efectivamente las venas en la lancha; no es extraño que algunos cazadores de cachalotes estén ausentes cuatro años para cuatro barriles; no es extraño que, para muchos armadores, la pesca de la ballena sea un negocio en pérdida, pues es del arponero de quien depende el resultado de la expedición, y si le quitáis el aliento del cuerpo, ¿cómo podéis esperar encontrarlo en él cuando más falta hace?
Además, si el arponeo tiene éxito, luego, en el segundo momento crítico, esto es, cuando la ballena echa a correr, el jefe de lancha y el arponero empiezan también a correr a la vez a proa y a popa con inminente riesgo propio y de todos los demás. Entonces es cuando cambian de sitio; y el jefe de bote, principal oficial de la pequeña embarcación, toma su puesto adecuado en la proa de la lancha.
Ahora, no me importa quien mantenga lo contrario, pero todo esto es tan loco como innecesario. El jefe debía quedarse en la proa desde el principio al final; él debería disparar tanto el arpón como la lanza, sin que se esperara de él que remara en absoluto, salvo en circunstancias obvias para cualquier pescador. Sé que esto a veces implicaría una ligera pérdida de velocidad en la persecución, pero una larga experiencia en diversos barcos balleneros de más de una nación me ha convencido de que, en la gran mayoría de fracasos en la pesca, lo que los ha causado no ha sido tanto la velocidad de la ballena cuanto el agotamiento antes descrito del arponero.
Para asegurar la mayor eficacia en el arponeo, todos los arponeros del mundo deberían ponerse de pie saliendo del ocio, y no de la fatiga.

LXIII. La horquilla

Del tronco crecen las ramas; de éstas, las ramitas. Así, en temas productivos, crecen los capítulos.
La horquilla aludida en una página anterior merece mención por separado. Es un palo bifurcado de una forma peculiar, de unos dos pies de largo, insertado verticalmente en la borda de estribor junto a la proa, con el fin de proporcionar un apoyo al extremo de madera del arpón, cuyo otro extremo, desnudo y afilado, se proyecta oblicuamente desde la proa. Así el arma está al momento a mano de su lanzador, quien la agarra de su apoyo tan prontamente como un habitante de los bosques descuelga su rifle de la pared. Es costumbre tener dos arpones descansando en la horquilla, llamados respectivamente primero y segundo hierros.
Pero esos dos arpones, cada cual con su pernada, están ambos unidos a la estacha con este objeto: dispararlos ambos, si es posible, en un momento, uno tras otro, contra la misma ballena, de modo que si en el tirón sucesivo se saliera uno, el otro pudiera conservar su presa. Es doblar las probabilidades. Pero muy a menudo ocurre que, debido a la carrera instantánea, violenta y convulsiva de la ballena, al recibir el primer hierro, se le hace imposible al arponero, aunque tenga movimientos de relámpago, lanzarle el segundo hierro. Sin embargo, como el segundo hierro ya está unido a la estacha, y la estacha corre, de aquí que el arma debe ser a toda costa lanzada cuanto antes fuera de la lancha, como sea y a donde sea, pues de otro modo el más terrible peligro amenazaría a todos lo hombres. En consecuencia, se tira al agua en esos casos, lo que, en muchos casos, es prudentemente practicable gracias a las adujas de reserva de la estacha de la caja (mencionada en un capítulo precedente). Pero este crítico acto no siempre deja de ir acompañado de las más tristes y fatales desgracias.
Además: debéis saber que cuando se tira por la borda el segundo hierro, se convierte desde entonces en un terror errante y afilado, dando caprichosas corvetas en torno a la lancha y la ballena, enredándose en las estachas, o cortándolas, y formando una prodigiosa sensación en todas direcciones. Y, en general, tampoco es posible volver a sujetarlo hasta que la ballena está completamente capturada y es cadáver.
Considerad, entonces, cómo debe ocurrir en el caso de cuatro lanchas atacando todas ellas a una ballena insólitamente fuerte, activa y astuta; cuando, debido a esas cualidades suyas, así como a los mil accidentes adicionales de tan audaz empresa, pueden colgar de ella a la vez ocho o diez segundos hierros. Pues, desde luego, cada lancha está provista de varios arpones que atar a la estacha, si el primero se dispara ineficazmente sin recuperarse. Todos esos detalles se narran fielmente aquí porque no dejarán de explicar varios pasajes muy importantes, aunque intrincados, en escenas que se describirán más adelante.

LXIV. La cena de Stubb

El cachalote de Stubb había sido muerto a cierta distancia del barco. Había calma, de modo que, poniendo tres lanchas en tándem, empezamos la lenta tarea de remolcar el trofeo hasta el Pequod. Y entonces, al trabajar lentamente, hora tras hora, los dieciocho hombres, con nuestros treinta y seis brazos y ciento ochenta dedos, ante aquel inerte y perezoso cadáver en el mar, que apenas parecía moverse en absoluto, tuvimos de ese modo buena evidencia de la enormidad de la masa que movíamos. Pues en el gran canal del Hang-Ho, o como lo llamen, en China, cuatro o cinco trabajadores por el camino de sirga arrastran un junco con mucha carga a la velocidad de una milla por hora, pero ese gran galeón que remolcábamos avanzaba tan pesadamente como si tuviera una carga de lingotes de plomo.
Sobrevino la oscuridad, pero tres luces, acá y allá, en los obenques del palo mayor del Pequod, nos guiaron débilmente en nuestro camino, hasta que, al acercarnos más, vimos a Ahab bajar por la amurada una linterna, entre otras varias. Lanzando una mirada ausente al cetáceo flotante, por un momento, dio las órdenes de costumbre para amarrarlo durante la noche, y luego, cediendo su linterna a un marinero, se metió en la cabina y no volvió a salir hasta por la mañana.
Aunque al dirigir la persecución de este cachalote, el capitán Ahab había evidenciado su acostumbrada actividad, por llamarla así, sin embargo, ahora que el animal estaba muerto, parecía actuar en él alguna vaga insatisfacción, o impaciencia, o desesperación, como si el ver aquel cuerpo muerto le recordara que todavía faltaba matar a Moby Dick, y que, aunque se trajeran a su barco otras mil ballenas, todo ello no adelantaría una jota su grandioso objetivo monomaniático. Muy pronto, a juzgar por el ruido en las cubiertas del Pequod, habríais pensado que todos los hombres se preparaban a echar el ancla en la profundidad, pues se arrastraban pesadas cadenas por la cubierta, y las echaban ruidosamente por las portas. Pero con esos eslabones tintineantes, lo que se amarraba no era el barco, sino el propio cadáver. Atado por la cabeza a la popa y por la cola a la proa, el cetáceo yacía ahora con su casco negro junto al del barco, y visto a través de la oscuridad de la noche, que oscurecía en lo alto las vergas y jarcias, los dos, barco y ballena, parecían enyugados juntos como colosales bueyes, uno de los cuales se recuesta mientras el otro sigue en pie.
Si el malhumorado Ahab ahora era todo quietud, al menos en lo que se pudiera saber en cubierta, Stubb, su segundo oficial, excitado por la victoria, revelaba una excitación insólita aunque de buena naturaleza. En tan desacostumbrada agitación estaba, que el rígido Starbuck, su superior por cargo, le entregó silenciosamente, por el momento, la dirección exclusiva de los asuntos. Pronto se hizo extrañamente manifiesta una pequeña causa que contribuía a toda esa vivacidad en Stubb. Stubb era un refinado: le gustaba un tanto desordenadamente la ballena como cosa sabrosa para su paladar.
—¡Un filete, un filete, antes de acostarme! ¡Tú, Daggoo!, ¡salta por la borda y córtame uno de solomillo!
Aquí ha de saberse que, aunque esos salvajes pescadores, en general, conforme a la gran máxima militar, no hagan al enemigo pagar los gastos inmediatos de la guerra (al menos, antes de liquidar las ganancias del viaje), sin embargo, de vez en cuando, encontraréis algunos de esos hombres de Nantucket que tienen auténtica afición a esa determinada parte del cachalote aludida por Stubb, que comprende la extremidad puntiaguda del cuerpo.
Hacia medianoche, el filete estaba cortado y guisado, y, a la luz de dos linternas de aceite de esperma, Stubb se enfrentó vigorosamente con su cena de cachalote en el cabrestante, como si el sombrero del cabrestante fuera un aparador. Y no fue Stubb el único que esa noche se banqueteó con carne de cachalote. Mezclando sus gruñidos con las masticaciones de Stubb, miles y miles de tiburones, en enjambre en torno del leviatán muerto, hicieron un ávido festín con su grasa. Los pocos hombres que dormían abajo fueron sobresaltados a menudo en sus literas por el brusco palmetazo de las colas contra el casco, a pocas pulgadas del corazón de los dormidos. Mirando sobre el costado, se les podía ver apenas (como antes se les oía) agitándose en las tétricas aguas negras y revolviéndose sobre el lomo al arrancar grandes trozos redondeados del cachalote, del tamaño de una cabeza humana.
Este logro particular del tiburón parece poco menos que milagroso. Cómo, en una superficie al parecer inatacable, se las arreglan para arrancar bocados tan simétricos, resulta ser un aparte del problema universal de todas las cosas. La señal que dejan así en los cetáceos podría compararse al hueco hecho por un carpintero al perforar para meter un tornillo.
Aunque en medio de todo el horror humeante y diabólico de un combate nocturno se ve a los tiburones observando ansiosamente las cubiertas de un barco, como perros hambrientos en torno a una mesa donde se trincha carne bien roja, dispuestos a engullir a todo hombre muerto que les echen, y aunque, mientras los valientes carniceros de la mesa de la cubierta se están así trinchando canibalescamente unos a otros la carne viva con trinchantes dorados y emborlados, los tiburones, también, con sus bocas de empuñadura enjoyada, se están llevando entre luchas la carne muerta por debajo de la mesa; y aunque, si se volviera de arriba abajo todo el asunto, seguiría siendo poco más o menos lo mismo, es decir, un desagradable asunto bastante tiburonesco para ambas partes; y aunque los tiburones son también los invariables batidores de los barcos negreros que cruzan el Atlántico, trotando sistemáticamente a sus lados para estar preparados en caso de que haya que llevar a alguna parte un bulto, o enterrar decentemente a un esclavo muerto; y aunque se puedan anotar uno o dos ejemplos más, en cuanto a los términos prefijados, lugares y ocasiones en que los tiburones se congregan del modo más sociable, para hacer un festín del modo más animado; sin embargo, no cabe imaginar un momento ni una ocasión en que se les encuentre en tan incontables números, y con ánimo más alegre y jovial, que en torno a un cachalote muerto, amarrado de noche a un barco ballenero en el mar. Si no habéis visto nunca ese espectáculo, suspended vuestra decisión en cuanto a la decencia de la adoración de los demonios y la conveniencia de conciliar al diablo.
Pero, por ahora, Stubb no había prestado más atención al banquete desarrollado tan cerca de él, de lo que los tiburones se habían fijado en cómo se relamían sus propios labios epicúreos.
—¡Cocinero, cocinero!, ¿dónde está ese viejo Nevado? —gritó por fin, abriendo aún más las piernas, como para formar una base más segura para su cena, y, al mismo tiempo, disparando el tenedor contra el plato como si le diera estocadas con su lanza—: ¡Cocinero, tú, cocinero; rumbo acá, cocinero!
El viejo negro, no muy jubiloso por haber sido antes levantado de su caliente hamaca a una hora tan inoportuna, se acercó bamboleándose desde su fogón, pues como a muchos negros viejos, le ocurría algo en sus choquezuelas, que no tenía tan bien fregadas como sus cazuelas; este viejo Nevado, como le llamaban, se acercó renqueando y arrastrándose, y apoyándose en sus pasos con las tenazas de la cocina, que, de forma tosca, estaban hechas de aros de hierro enderezados; este viejo «ébano» llegó tropezando, y en obediencia a la voz de mando, se detuvo al otro lado del aparador de Stubb, donde, con las manos cruzadas por delante, y apoyado en su bastón de dos patas, agachó aún más su doblada espalda, inclinando al mismo tiempo la cabeza a un lado, como para poner en actuación su oído más sano.
—Cocinero —dijo Stubb, elevando rápidamente a la boca un bocado bastante rojizo—, ¿no crees que este filete está demasiado hecho? Has golpeado demasiado este filete, cocinero; está demasiado tierno. ¿No te digo siempre que, para ser bueno, un filete de ballena debe ser duro? Ahí están esos tiburones al otro lado de la borda: ¿no ves que lo prefieren duro y poco hecho? ¡Qué estrépito están armando! Cocinero, ve a hablar con ellos: diles que son bienvenidos, y que se sirvan ellos mismos y con moderación, pero que no deben hacer ruido. Que me maten si puedo oír mi propia voz. Vete, cocinero, a dar mi recado. Ea, toma este farol —tomando uno de su aparador—: ¡ahora ve a predicarles!
Tomando de mal humor el farol que se le ofrecía, el viejo Nevado atravesó la cubierta renqueando hasta las amuradas; y allí, lanzando la luz con una mano, hacia abajo, por encima del mar, como para obtener una buena vista de su feligresía, con la otra mano blandió solemnemente las tenazas, y asomándose mucho por el costado, empezó a dirigirse a los tiburones con un murmullo de voz, mientras Stubb, que se acercó por detrás agachado, escuchaba todo lo que se decía.
—Hermanos animales: me han mandado decir que debéis terminar ese maldito ruido de ahí. ¿Oís? ¡Dejar ese maldito relameros los labios! Amo Stubb dice que podéis llenar las malditas barrigas hasta los topes, pero ¡por Dios! que no hagáis más ese maldito ruido.
—Cocinero —interrumpió aquí Stubb, acompañando sus palabras con una repentina palmada en el hombro—, ¡cocinero! Vaya, maldita sea tu alma, no debes maldecir de ese modo cuando predicas. ¡No es manera de convertir pecadores, cocinero!
—¿Y qué? Entonces predique usté —y se volvió de mal humor para irse.
—No, cocinero; sigue, sigue.
—Bueno, entonces, amadísimos hermanos animales...
—¡Muy bien! —exclamo Stubb, con aprobación—: tienes que halagarles; haz la prueba —y el Nevado continuó.
—Tós vosotros sois tiburones, y muy voraces de nacimiento, pero os digo, hermanos animales, que esa voracidá... ¡pero dejar de dar con la maldita cola! ¿Cómo creéis que podéis oír, si seguís dando ahí esos malditos golpes y mordiscos?
—Cocinero —gritó Stubb, agarrándole por el cuello—: no aguanto esas malas palabras. Háblales como un caballero.
Una vez más, continuó el sermón.
—De vuestra voracidá, hermanos animales, no os digo que tengáis mucha culpa: es de nacimiento y no se pué remediar; pero la cosa es gobernar esa naturaleza perversa. Sois tiburones, es verdá, pero si gobernáis el tiburón que hay en vosotros, bueno, entonces seréis ángeles; porque todo ángel no es más que un tiburón bien gobernao. Ea, mirá, hermanos, por una vez, a ver si sois bien educaos al serviros de ese cachalote. No arranquéis el bocao de la boca del vecino, digo. ¿No tiene tanto derecho un tiburón como el otro a ese cachalote? Y, por Dios, ninguno de vosotros tiene derecho a ese cachalote; ese cachalote es de otro. Ya sé que algunos de vosotros tienen una boca mu' grande, más grande que otros; pero las bocas grandes a veces tienen barrigas pequeñas; de manera que la grandeza de la boca no es pa' tragar con ella, sino pa' arrancar el bocao pa' los más pequeños de los tiburones, que no puén meterse en el jaleo pa' servirse ellos mismos.
—¡Bien dicho, viejo Nevado! —gritó Stubb—: eso es cristianismo; adelante.
—No sirve pa' na'; esos malditos villanos siguen haciendo ruido y dándose golpes, amo Stubb; no oyen ni palabra; no sirve predicar a esos malditos glotones, como dice usté, hasta que tengan la barriga llena, y esas barrigas no tienen fondo; y cuando las tengan llenas, no querrán oír; porque se hundirán en el mar, y se irán en seguida a dormir al coral, y no podrán oír ná, para siempre jamás.
—Por mi vida que soy de la misma opinión; así que dales la bendición, Nevado, y me marcho a mi cena.
Entonces Nevado, levantando las dos manos sobre la multitud piscaria, elevó su aguda voz, y gritó:
—¡Malditos hermanos animales! ¡Hacer el ruido más condenao que podáis; llenaros las barrigas hasta que estallen... y luego, a morir!
—Bueno, cocinero —dijo Stubb, continuando su cena en el cabrestante—, ponte donde estabas antes, ahí, frente a mí, y préstame especial atención.
—Toa atención —dijo el Nevado, volviendo a encorvarse sobre sus tenazas en el punto deseado.
—Bueno —dijo Stubb, sirviéndose con abundancia mientras tanto ahora vuelvo al asunto de este filete. Ante todo ¿cuántos años tienes, cocinero?
—¿Qué tiene que ver con el filete? —dijo el viejo negro, de mal humor.
—¡Silencio! ¿Cuántos años tienes, cocinero?
—Unos noventa, dicen —murmuró sobriamente.
—¿Y has vivido en este mundo casi cien años, cocinero, y no sabes guisar un filete de ballena? —y engulló rápidamente otro bocado con la última palabra, de modo que el bocado pareció continuar la pregunta—. ¿Dónde has nacido, cocinero?
—Detrás de la escotilla, en el trasbordador, cruzando el Roanoke.
¡Nacido en un trasbordador! Eso también es raro. Pero quiero saber: ¿en qué país has nacido, cocinero?
—¿No he dicho que en el país de Roanoke? —gritó bruscamente.
—No, no lo has dicho, cocinero; pero te voy a decir adónde voy, cocinero. Debes volver a tu tierra y nacer otra vez; no sabes todavía cómo se hace un filete de ballena.
—Que me maten si vuelvo a hacer otro —gruñó irritado, volviéndose para marcharse.
—Vuelve, cocinero; ea, dame esas tenazas; ahora toma este pedazo de filete, y dime si crees que está hecho como es debido. Tómalo, digo —alargándole las tenazas—, tómalo, y pruébalo.
Relamiéndose débilmente los labios con él por un momento, el viejo negro masculló:
—El filete mejor hecho que he probao nunca; bien jugosito.
—Cocinero —dijo Stubb, volviendo a servirse—, ¿perteneces a la iglesia?
—Una vez pasé por delante de una, en la Ciudá del Cabo —dijo el viejo, de mal humor.
—¿Y has pasado una vez en tu vida delante de una santa iglesia en la Ciudad del Cabo, donde sin duda oíste que un santo párroco hablaba a sus oyentes llamándoles amadísimos hermanos, de veras, cocinero; y sin embargo vienes acá a decirme una mentira tan terrible como me acabas de decir, eh? —dijo Stubb—. ¿Adónde esperas ir, cocinero?
—A la cama muy pronto —murmuró, medio volviéndose mientras hablaba.
—¡Espera! ¡Ponte al pairo! Quiero decir, cuando te mueras, cocinero. Es una pregunta terrible. Ahora, ¿qué contestas?
—Cuando se muera este viejo negro —dijo lentamente el negro, cambiando todo su aire y actitud—, él mismo no irá a ningún lao, pero un ángel bendito vendrá y se le llevará.
—¿Se le llevará? ¿Cómo? ¿Con un coche de cuatro caballos, como se llevaron a Elías? ¿Y adónde se le llevará?
—Allá arriba —dijo el Nevado, levantando las tenazas sobre la cabeza y sosteniéndolas así con mucha solemnidad.
—¿Así que esperas subir a nuestra cofa, cocinero, cuando estés muerto? Pero ¿no sabes que cuanto más alto subas, más frío tienes? A la cofa, ¿eh?
—No he dicho na' de eso —dijo el Nevado, otra vez de mal humor.
—Dijiste que allá arriba, ¿no? Y ahora mira adónde señalan tus tenazas. Pero quizá esperas llegar al cielo gateando por la boca del lobo, cocinero; pero no, no, cocinero, no llegarás allí si no vas por donde se debe, dando la vuelta por las jarcias. Es un asunto difícil, pero hay que hacerlo, o si no, no se va. Y ninguno de nosotros está todavía en el cielo. Deja las tenazas, cocinero, y escucha mis órdenes. ¿Escuchas? Ten el gorro en una mano, y ponte la otra sobre el corazón, cuando doy mis órdenes, cocinero. ¡Qué! ¿Tienes ahí el corazón? ¡Ésa es la tripa! ¡Arriba, arriba! Ahora estás. Sostenla ahí, y préstame atención.
—Toa atención —dijo el viejo negro, con las manos colocadas donde le decían, y retorciendo inútilmente su cabeza cana como para poner las dos orejas de frente al mismo tiempo.
—Bueno, entonces, ¿ves que este filete de ballena tuyo era tan malo que he tenido que quitarlo de delante tan pronto como he podido? lo ves, ¿no? Bueno, en lo sucesivo, cuando me hagas otro filete de ballena para mi mesa particular, aquí en el cabrestante, te diré qué hay que hacer para no estropearlo dejándolo pasar. Sostén el filete en una mano y enséñale con la otra un carbón encendido; hecho esto, sírvelo; ¿me oyes? Y mañana, cocinero, cuando cortemos el pez, ten cuidado de estar allí para llevarte las puntas de las aletas, y ponlas en vinagreta. Y en cuanto a los extremos de la cola, ponlos en escabeche. Ahora ya te puedes ir.
Pero apenas el Nevado había dado tres pasos, cuando fue llamado otra vez.
—Cocinero, dame chuletas de cena mañana por la noche en la guardia de media. ¿Me oyes? Zarpa entonces. ¡Eh, espera! Haz una reverencia antes de marcharte. ¡Ahora vira otra vez! ¡Albóndigas de ballena para desayunar mañana! ¡No te olvides!
—¡Por Dios, que me gustaría que la ballena se le comiera a él, en vez de él a la ballena! Que me maten si no es más tiburón que el mismo compadre Tiburón —murmuró el viejo, al alejarse renqueando; y, con estas sabias exclamaciones, se fue a su hamaca.

LXV. La ballena como plato

Que el hombre mortal se alimente de la criatura que alimenta su lámpara y, como Stubb, se la coma a su propia luz, como podría decirse, esto parece cosa tan extraña que por fuerza uno debe meterse un poco en su historia y su filosofía.
Está documentado que hace tres siglos la lengua de la ballena propiamente dicha se estimaba plato exquisito en Francia, alcanzando allí altos precios. Y asimismo, que en tiempos de Enrique VIII, cierto cocinero de la corte obtuvo una hermosa recompensa por inventar una admirable salsa que se había de comer con las marsopas asadas en barbacoa —y las marsopas ya recordáis que son una especie de ballena—. Las marsopas, en efecto, son consideradas hoy día como un delicado manjar. Su carne se convierte en albóndigas de tamaño como de bolas de billar, que, estando bien sazonadas y con especias, podrían tomarse por albóndigas de tortuga o de ternera. A los antiguos monjes de Dunfermline les gustaban mucho. Tenían una gran concesión de la corona sobre las marsopas.
El hecho es que, al menos entre sus cazadores, la ballena sería considerada por todos como un noble plato, si no hubiera tanta, pero al sentarse a comer ante una empanada de casi cien pies de largo, a uno se le quita el apetito. Sólo los hombres más libres de prejuicios, como Stubb, participan hoy de las ballenas guisadas, pero los esquimales no son tan melindrosos. Todos sabemos cómo viven de ballenas, y tienen raras soleras viejísimas de excelente aceite añejo de ballena. Zogranda, uno de sus médicos más famosos, recomienda tajadas de grasa de ballena para los niños, por ser enormemente jugosas y nutritivas. Y eso me recuerda que ciertos ingleses que hace tiempo fueron dejados accidentalmente en Groenlandia por un barco ballenero, vivieron de hecho varios meses con los enmohecidos restos de ballenas que habían quedado en la orilla después de destilar la grasa. Entre los balleneros holandeses esos restos se llaman «frituras», y a ellas, en efecto, se parecen mucho, por ser crujientes y de color tostado, y oler, cuando están frescos, algo así como los buñuelos o pastelillos de aceite de las amas de casa del viejo Amsterdam. Tienen un aspecto tan apetitoso que el más abnegado recién llegado difícilmente puede dejar de echarles mano.
Pero lo que además deprecia la ballena como plato civilizador es su enorme sustancia grasienta. Es el gran buey premiado del mar demasiado gordo para ser delicadamente bueno. Mirad su joroba, que sería tan fino manjar como la del búfalo (que se considera plato exquisito) si no fuera tal pirámide maciza de grasa. Pero en cuanto al propio aceite de esperma, ¡qué suave y cremoso es!: es como la pulpa blanca, transparente, medio gelatinosa, de un coco en el tercer mes de su crecimiento, pero demasiado grasiento para ofrecer un sustitutivo a la mantequilla... No obstante, muchos balleneros tienen un método para empaparlo en alguna otra sustancia y luego tomárselo. En las largas guardias nocturnas, mientras se destila, es cosa corriente que los marineros mojen su galleta de barco en las grandes marmitas de aceite y la dejen freírse un rato. Muchas buenas cenas he hecho yo así.
En el caso de un cachalote pequeño, los sesos se consideran un plato excelente. La tapa del cráneo se parte con un hacha, y al retirar los dos gruesos lóbulos blancuzcos (que parecen exactamente dos grandes flanes) se mezclan entonces con harina, y se cocinan formando un delicioso plato, de sabor algo parecido a la cabeza de ternera, que es un gran manjar entre algunos epicúreos; y todo el mundo sabe que ciertos jóvenes ejemplares de epicúreos, a fuerza de comer continuamente sesos de ternera, llegan a tener poco a poco algo de sesos propios, hasta poder distinguir una cabeza de ternera de la suya propia, lo cual, desde luego, requiere extraordinaria discriminación. Y ése es el motivo por el que uno de esos jóvenes, teniendo delante una cabeza de ternera de aspecto inteligente, resulta, no sé por qué, uno de los espectáculos más tristes que se pueden ver. La cabeza parece estarle reprochando, con una expresión de Et tu Brute!
Quizá no es sobre todo porque la ballena sea tan excesivamente untuosa por lo que la gente de tierra mira con aborrecimiento el comerla; eso parece resultar, en cierto modo, de la consideración antes mencionada: esto es, que un hombre se coma una cosa del mar recién asesinada, y que se la coma, encima, a su propia luz. Pero no hay duda de que el primer hombre que asesinó un buey fue considerado como asesino, y quizá fue ahorcado; y lo habría sido cierta mente si le hubieran sometido a ser juzgado por bueyes; y verdad es que se lo mereció, si lo merece jamás un asesino. Id un sábado por la noche y ved las multitudes de bípedos vivos que miran pasmados las largas filas de cuadrúpedos muertos. Este espectáculo ¿no es capaz de hacerle perder los dientes al caníbal? ¿Caníbales?, ¿quién no es caníbal? Os digo que se tendrá más tolerancia con el indígena de las Fidji que saló a un flaco misionero en su bodega, contra el hambre inminente; se tendrá más tolerancia, digo, con ese previsor hombre de Fidji, en el día del juicio, que contigo, goloso civilizado e ilustrado, que clavas a los patos en el suelo y haces festín de sus hígados hinchados con tu paté de foie gran.
Pero Stubb se come a la ballena a su propia luz, ¿no? Y eso es añadir el insulto a la injuria, ¿no? Mira el mango de tu cuchillo, mi civilizado e ilustrado goloso que comes ese buey asado: ¿de qué está hecho el mango?, ¿de qué, sino de los huesos del hermano del mismo buey que te comes? ¿Y con qué te mondas los dientes, después de devorar a ese grueso pato? Con una pluma de la misma ave. ¿Y con qué pluma redacta ceremoniosamente sus circulares el secretario de la Sociedad para la Supresión de la Crueldad contra las Ocas? Hace sólo un mes o dos que esta sociedad aprobó una decisión de no usar más que plumas de acero.

LXVI. la matanza de los tiburones

Cuando en las pesquerías de los mares del Sur se atraca junto al barco un cachalote capturado a altas horas de la noche, tras un largo y fatigoso trabajo, no es costumbre, al menos en general, pasar inmediatamente a la tarea de descuartizarlo. Pues esta tarea es enormemente laboriosa, no se termina muy pronto, y requiere que todos los hombres se pongan a ella. Por tanto, la costumbre corriente es arriar todas las velas; asegurar el timón a sotavento, y luego mandar bajar a dos a sus hamacas hasta que amanezca, con la reserva de que, hasta entonces, hay que poner guardia de anclas, esto es, que de dos en dos, una hora cada pareja, la tripulación por turno irá subiendo a cubierta para ver si todo va bien.
Pero a veces, sobre todo junto al Ecuador, en el Pacífico, este plan no responde en absoluto, porque se acumulan tan incalculables huestes de tiburones junto al cadáver amarrado, que si se le dejara, digamos, seis horas seguidas, por la mañana quedaría visible poco más que el esqueleto. Sin embargo, en muchas otras partes del océano, donde no abundan tanto estos peces, puede disminuirse a veces considerablemente su voracidad atacándoles vigorosamente con afiladas azadas balleneras, procedimiento, no obstante, que en algunos casos sólo parece cosquillearles incitándoles aún a mayor actividad. Pero no fue así, en el caso presente de los tiburones del Pequod, aunque, desde luego, cualquiera poco acostumbrado a tales espectáculos que hubiera mirado por encima de la borda aquella noche, casi habría pensado que todo el mar alrededor era un enorme queso, y los tiburones eran sus gusanos.
Con todo, cuando Stubb montó la guardia de ancla después de terminar su cena, y, cuando, en consecuencia, Queequeg y un marinero del castillo de proa subieron a cubierta, se produjo no poca agitación entre los tiburones, pues colgando inmediatamente los andamios de descuartizar por encima de la borda, y bajando tres faroles, de modo que lanzaran largos fulgores de luz sobre el turbio mar, esos dos marineros, disparando sus largas azadas balleneras, comenzaron un ininterrumpido asesinato de los tiburones,' metiéndoles el agudo acero bien hondo en el cráneo, que al parecer era su única parte vital. Pero en la espumosa confusión de sus mezcladas huestes combativas, no siempre daban en el blanco, y ello daba lugar a nuevas revelaciones de la increíble ferocidad de su enemigo. Cruelmente se daban mordiscos no sólo unos a otros, a las tripas que se les salían, sino que, como arcos flexibles, se doblaban para morderse sus propias tripas, hasta que esas entrañas parecían tragadas una vez y otra por la misma boca, para ser evacuadas a su vez por la herida abierta. Y no era eso todo. Era peligroso mezclarse con los cadáveres y espíritus de esas criaturas. Una especie de vitalidad genérica o panteísta parecía conservarse en sus mismas coyunturas y huesos, después de haberse ausentado lo que podría llamarse la vida individual. Matado e izado a cubierta para conservar su pie, uno de esos tiburones casi le arrancó la mano al pobre Queequeg cuando trataba de cerrar la tapa muerta de su mandíbula asesina.
—Queequeg no querer —dios que hizo tiburón —dijo el salvaje, agitando de arriba abajo la mano dolorida—: igual dios Fidji o dios de Nantucket; pero el dios que hizo tiburón debe ser indio maldito.

LXVII. Descuartizando

Era noche de sábado, y ¡qué día del Señor le siguió! Todos los balleneros son, ex officio, profesionales del quebrantamiento del día festivo. El ebúrneo Pequod se convirtió en lo que parecía un matadero, y cada marinero en un matarife. Habríais creído que ofrendábamos diez mil bueyes rojos a los dioses marinos.
En primer lugar, los enormes aparejos de descuartizar, que, entre otras cosas pesadas, comprende un haz de motones generalmente pintados de verde, y que ningún hombre puede levantar por sí solo —ese enorme racimo de uvas—, fue guindado a la cofa del palo mayor y amarrado firmemente al tamborete del palo macho, el punto más sólido que hay por encima de la cubierta de un barco. La extremidad del cabo, que, como una guindaleza, serpenteaba a través de estos enredos, fue llevado luego al torno, y la enorme polea inferior de los aparejos quedó pendiendo sobre el cachalote; a esta polea se ató el gran gancho de la grasa, que pesa unas cien libras. Y entonces, suspendidos en pisos sobre los costados, Starbuck y Stubb, los oficiales, armados de sus largas azadas, empezaron a excavar un agujero en el cuerpo para insertar el gancho, encima mismo de la más próxima de las dos aletas laterales. Hecho esto, se corta una ancha línea semicircular en torno al agujero; se inserta el gancho, y la mayor parte de los tripulantes, entonando un salvaje coro, empiezan a izar, densamente agolpados en el cabrestante. Al momento, entonces, el barco entero se escora de costado, con todos sus pernos estremecidos como las cabezas de los clavos de una casa vieja en tiempo de escarcha: tiembla, vacila, y sus asustados mástiles hacen saludos al cielo. Cada vez más se inclina hacia el cetáceo, mientras que a cada jadeante tirón del cabrestante responde un tirón auxiliar de las olas; hasta que por fin se oye un rápido chasquido sobresaltador: con un gran golpe de agua, el barco se mece acercándose y alejándose del cetáceo, y el triunfante aparejo sube a la vista arrastrando tras sí el desprendido extremo semicircular de la primera tira de grasa. Ahora, dado que la grasa envuelve a la ballena exactamente igual que la cáscara a una naranja, se arranca del cuerpo exactamente igual que a veces se pelan las naranjas, mondándolas en espiral. Pues la tensión mantenida continuamente por el torno hace que el cetáceo siga dando vueltas y vueltas en el agua, y como la grasa, en una sola tira, se va pelando uniformemente a lo largo de la línea llamada «la bufanda», excavada a la vez por las azadas de Starbuck y Stubb, los oficiales; tan deprisa como se va pelando así, y precisamente por ese mismo acto, va siendo izada todo el tiempo cada vez más alto hasta que su extremo superior roza la cofa del palo mayor; entonces, los hombres del torno cesan de tirar, y por unos momentos, la prodigiosa masa, goteando sangre, se mece de un lado para otro como si colgara del cielo, y cada cual de los presentes debe tener buen cuidado de esquivarla en su balanceo, pues de otro modo le puede dar una bofetada y tirarle de cabeza por la borda.
Uno de los arponeros presentes avanza entonces con una larga y aguda arma llamada sable de abordaje, y acechando una buena oportunidad, rebana diestramente un considerable agujero en la parte inferior de la masa balanceante. En ese agujero se inserta entonces el extremo del segundo gran aparejo, en uso alternativo, para hacer presa en la grasa y prepararla para la continuación. Tras de ello, ese hábil esgrimidor, avisando a todos los hombres que se aparten, da una vez más un tajo científico a la masa, y, con unos pocos tajos laterales, desesperados y a fondo, la corta completamente en dos, de modo que, mientras la breve porción inferior todavía está sujeta, la larga tira superior, llamada «el cobertor», se balancea desprendida, y queda dispuesta para ser arriada. Los que izan a proa vuelven a reanudar su canto, y mientras un aparejo pela e iza una segunda tira de la ballena, el otro se afloja lentamente, y la primera tira baja derecha por la escotilla mayor, a un local sin mobiliario llamado el cuarto de la grasa. En ese recinto en penumbra, varios hombres ágiles van enrollando el largo cobertor como si fuera una gran masa viva de serpientes trenzadas. Y así se desarrolla la tarea; los dos aparejos izan y bajan a la vez; la ballena y el torno dan tirones; los del cabrestante cantan; los caballeros del cuarto de la grasa van enrollando; los oficiales trazan el surco de «la bufanda»; el barco hace fuerza y todos los hombres juran de vez en cuando, como manera de aliviar el rozamiento general.

LXVIII. El cobertor

He prestado no poca atención a ese tema tan traído y llevado que es la piel de la ballena. He tenido controversias sobre él con expertos balleneros en el mar y con doctos naturalistas en tierra. Mi opinión primitiva permanece inalterada, pero es sólo una opinión. La cuestión es: ¿qué es y dónde está la piel de la ballena? Ya sabéis lo que es su grasa. Esa grasa es algo de consistencia de carne de buey, firme y de fibra apretada, pero más dura, más elástica, más compacta, alcanzando en espesor desde ocho o diez a doce o quince pulgadas.
Ahora, por absurdo que parezca a primera vista hablar de la piel de un animal como de algo que tenga tal suerte de consistencia y espesor, sin embargo, de hecho no hay argumentos contra tal suposición, porque no se puede arrancar ninguna otra capa densa que envuelva el cuerpo de la ballena sino esa misma grasa; y la capa externa que envuelve a un animal, si es razonablemente consistente, ¿qué puede ser sino la piel? Verdad es que del cuerpo muerto e intacto de la ballena se puede rascar con la mano una sustancia infinitamente sutil y transparente, algo parecido a las más sutiles escamas de la colapez, sólo que casi tan flexible y blanda como el raso; esto es, antes que se seque, pues entonces no sólo se contrae y espesa, sino que se vuelve dura y quebradiza. Tengo varios trozos secos así, que uso como señales en mis libros balleneros. Es transparente, como antes dije; y al ponerla sobre la página impresa, a veces me he complacido imaginando que hacía efecto de lente de aumento. En cualquier caso, es grato leer sobre las ballenas a través de sus propias gafas, como quien dice. Pero adonde quiero ir es a esto: esa misma sustancia infinitamente sutil y como colapez que, según reconozco, reviste todo el cuerpo de la ballena, no se considera tanto como la piel del animal, cuanto, por decirlo así, como la piel de la piel, pues sería sencillamente ridículo decir que la verdadera piel de la enorme ballena es más sutil y tierna que la piel de un niño recién nacido. Pero basta de esto.
Suponiendo que la grasa sea la piel de la ballena, entonces, si esa piel, como ocurre en el caso de un cachalote muy grande, produce la cantidad de cien barriles de aceite, y si se considera que en cantidad, o mejor dicho, en peso, este aceite, en su estado exprimido, es sólo tres cuartas partes y no la entera sustancia de su revestimiento, se puede sacar por aquí alguna idea de lo enorme de esta masa animada, si una mera parte de su mero tegumento proporciona un lago de líquido como ése. Calculando diez barriles por tonelada, se obtienen diez toneladas como peso neto de solamente tres cuartas partes de la materia de la piel de la ballena. En vida, la superficie visible del cachalote no es la menor entre las maravillas que presenta. Casi sin falta, está toda ella cruzada y recruzada oblicuamente por innumerables marcas rectas en denso orden, algo así como los de los más finos grabados italianos de línea. Pero esas señales no parecen estar grabadas en la sustancia de colapez antes mencionada, sino que parecen verse a través de ella, como si estuvieran grabadas en el cuerpo mismo. Y no es eso todo. En algunos casos, para una mirada viva y observadora, esas marcas lineales, como en un auténtico grabado, no constituyen más que el fondo para otras delineaciones. Estas son jeroglíficas, esto es, si llamáis jeroglíficos a esas misteriosas cifras en las paredes de las pirámides, entonces ésta es la palabra adecuada para situar en el presente contexto. Por mi memoria retentiva de los jeroglíficos de un determinado cachalote, quedé muy impresionado con una placa que reproducía los antiguos caracteres indios cincelados en las famosas murallas con jeroglíficos que hay en las orillas del Alto Mississippi. Como esas místicas rocas, también, la ballena místicamente marcada sigue siendo indescifrable. Esa alusión a las rocas indias me recuerda otra cosa. Además de todos los demás fenómenos que presenta el exterior del cachalote, no es raro que muestre el lomo, y sobre todo los flancos, con su aspecto lineal regular, borrado en gran parte debido a numerosos arañazos violentos, de aspecto por completo irregular y azaroso. Yo diría que esas rocas de la costa de New England, que Agassiz imagina que ostentan las señales de violento contacto y rozamiento con grandes icebergs a la deriva; a mi juicio, esas rocas deben parecerse no poco al cachalote en ese aspecto. También me parece que tales arañazos del cachalote probablemente están hechos por el contacto hostil con otras ballenas, pues los he notado sobre todo en los grandes toros adultos de esta especie.
Una palabra o dos sobre este asunto de la piel o grasa de la ballena. Ya se ha dicho que se le arranca en largas piezas, llamadas «piezas de cobertor». Como muchos términos marítimos, éste es muy afortunado y significativo. Pues la ballena, en efecto, está arropada en su grasa como en una auténtica manta o colcha; o, mejor aún, como en un poncho indio echado por la cabeza y que le rodea como una falda su extremidad. Por causa de este caliente arropamiento de su cuerpo, la ballena es capaz de mantenerse a gusto en todos los climas, en todos los mares, tiempos y mareas. ¿Qué sería de una ballena de Groenlandia, digamos, en esos mares helados y estremecedores del norte, si no estuviera provista de su caliente sobretodo? Verdad es que se encuentran otros peces muy vivaces en esas aguas hiperbóreas, pero ésos, ha de observarse, son los otros peces, de sangre fría y sin pulmones, cuyas mismísimas barrigas son refrigeradores; criaturas que se calientan al socaire de un iceberg, como un viajero invernal que se calentara ante el fuego de una posada; mientras que la ballena, como el hombre, tiene pulmones y sangre caliente. Heladle la sangre, y se muere. Qué maravilloso es entonces —salvo después de la explicación— que ese gran monstruo, para quien el calor corporal es tan indispensable como para el hombre; qué maravilloso es, digo, que se encuentre en su casa sumergido hasta los labios en esas aguas árticas, donde, cuando los marineros caen por la borda se les encuentra a veces, meses después, congelados verticalmente en el corazón de campos de hielo, igual que se encuentra una mosca presa en el ámbar. Pero más sorprendente es saber, como se ha probado por experiencia, que la sangre de una ballena polar es más caliente que la de un negro de Borneo en verano.
A mí me parece que aquí vemos la rara virtud de una fuerte vitalidad individual, y la rara virtud de unas paredes gruesas, y la rara virtud de la espaciosidad interior. ¡Oh, hombre, admira a la ballena y tómala por modelo! Permanece también tú caliente entre el hielo. Tú también vives en este mundo sin ser de él. Quédate frío en el ecuador; mantén fluida tu sangre en el Polo. Como la gran cúpula de San Pedro, y como la gran ballena, conserva, ¡oh, hombre!, en todas las estaciones una temperatura propia.
Pero ¡qué fácil y qué desesperanzado enseñar estas cosas tan hermosas! De las construcciones, ¡qué pocas tienen cúpulas como la de San Pedro! De las criaturas, ¡qué pocas son tan vastas como la ballena!

LXIX. El funeral

¡Halad las cadenas! ¡Soltad la carcasa a popa! Los enormes aparejos han cumplido ya su deber. El desollado cuerpo blanco del cachalote decapitado resplandece como una sepultura de mármol; aunque cambiado de color, no ha perdido nada perceptible en tamaño. Sigue siendo colosal. Lentamente se aleja flotando, mientras el agua a su alrededor es quebrada y salpicada por los insaciados tiburones, y el aire, por encima, es violado por rapaces vuelos de aves chillonas, cuyos picos son como puñales que atacan al cetáceo. El vasto fantasma blanco y decapitado sigue alejándose del barco, y a cada vara que deriva así flotando, se aumenta el criminal estrépito con lo que parece varas cuadradas de tiburones y varas cúbicas de aves. Durante horas y horas, se ve ese horrible espectáculo desde el barco casi inmóvil. Bajo el cielo sin nubes, de suave azur, sobre el hermoso rostro del grato mar, ventilado por las jubilosas brisas, la gran masa de muerte sigue derivando, hasta que se pierde en perspectivas infinitas.
¡Son unos funerales tristísimos y burlones! Los buitres de mar, todos ellos de piadoso luto; los tiburones del aire, todos ceremoniosamente de negro o de lunares. Imagino que bien pocos de ellos habrían ayudado al cetáceo en vida, si por casualidad les hubiera necesitado; pero se precipitan muy piadosamente al banquete de sus funerales. ¡Ah, horrible buitrismo de la tierra, del que no está libre ni aun la más poderosa ballena!
Y no es ése el fin. Profanado el cuerpo como está, un vengativo espectro sobrevive y se cierne sobre él para asustar. Descubierto desde lejos por algún tímido barco de guerra, o por alguna equivocada nave de exploración, cuando la distancia que oscurece el enjambre de aves sigue mostrando sin embargo la blanca masa que flota al sol, y la blanca espuma que rompe bien alto contra ella, inmediatamente se anota el inofensivo cadáver del cetáceo, con dedos temblorosos, en el cuaderno de bitácora: Bajío, rocas y rompientes por aquí:¡cuidado! Y durante años después, quizá, los barcos esquivan ese sitio, dando un salto sobre él como las ovejas tontas saltan sobre un vacío porque su guía, al principio, saltó allí, cuando alguien sostenía un palo. ¡Ahí está vuestra ley de los precedentes; ahí está vuestra utilidad de las tradiciones; ahí está la historia de vuestra supervivencia obstinada de viejas creencias jamás cimentadas en la tierra, y que ahora ni siquiera se ciernen en el aire! ¡Ahí está la ortodoxia!
Así, mientras en vida el gran cuerpo de la ballena puede haber sido un auténtico terror para sus enemigos, en su muerte, su espectro se convierte en un impotente pánico para el mundo.
¿Crees en espectros, amigo mío? Hay otros espectros que no son el de Cock-Lane, y hay hombres, más profundos que el doctor Johnson, que creen en ellos.

LXX. La esfinge

No habría debido omitir que, antes de desollar por completo el cuerpo del leviatán, había sido decapitado. Ahora, decapitar al cachalote es una hazaña anatómica de que se enorgullecen muchos expertos cirujanos balleneros, y no sin razón.
Considerad que el cachalote no tiene nada que pueda ser llamado cuello; al contrario, en el mismísimo lugar donde parecen unirse su cabeza y su cuerpo es donde se encuentra su parte más gruesa. Recordad, asimismo, que el cirujano debe operar desde arriba, a unos ocho o diez pies de su paciente, y que ese paciente está casi oculto en un mar opaco, agitado, y a menudo tumultuoso y explosivo. Tened en cuenta, también, que en esas circunstancias poco propicias tiene que cortar en la carne hasta varios pies de profundidad; y en esa forma subterránea, sin poder siquiera obtener un atisbo de la incisión siempre contraída que ha hecho así, debe evitar hábilmente el contacto con todas las prohibidas partes adyacentes, y cortar exactamente el espinazo en un punto crítico a su inserción en el cráneo. ¿No os maravilla, entonces, la jactancia de Stubb, que sólo pedía diez minutos para decapitar a un cachalote?
Apenas cortada, se larga la cabeza a popa, sujetándola allí con un cable hasta que el cuerpo está desollado. Hecho esto, si pertenece a una ballena pequeña, es izada a cubierta para disponer de ella con tranquilidad. Pero con un leviatán adulto eso es imposible; pues la cabeza de un cachalote alcanza casi un tercio de su masa total, y sería tan vano intentar suspender del todo tal carga, aun con los inmensos aparejos del ballenero, sería cosa tan vana como intentar pesar un granero holandés con la balanza de un joyero.
Una vez decapitado el cetáceo del Pequod y desollado el cuerpo, se izó la cabeza contra el costado del barco, medio salida del mar, para que todavía la mantuviera en gran parte a flote su elemento nativo. Y allí, con la tensa embarcación inclinándose abruptamente sobre ella, a causa del enorme tirón hacia abajo desde el tamborete del palo macho, y con todos los penoles de ese lado asomando como grúas sobre las olas; allí, esa cabeza goteando sangre colgaba de la cintura del Pequod como el gigante Holofernes del cinturón de Judit.
Cuando se acabó esta última tarea era mediodía, y los marineros bajaron a comer. Reinó el silencio sobre la cubierta, antes tumultuosa pero ahora abandonada. Una intensa calma de cobre, como un loto amarillo universal, desplegaba cada vez más sus callados pétalos sobre el mar.
Transcurrió un corto intervalo, y Ahab subió desde su cabina a esta quietud. Dando unas pocas vueltas por el alcázar, se detuvo a mirar por encima de la borda, y luego, acercándose lentamente a los cadenotes, tomó la larga azada de Stubb —que seguía todavía allí después de la decapitación de la ballena— y, clavándola en la parte inferior de la masa medio suspendida, se colocó el otro extremo bajo el brazo, como una muleta, y se quedó así asomado, con los ojos atentamente fijos en esa cabeza.
Era una cabeza negra y encapuchada, y colgada allí, en medio de una calma tan intensa, parecía la Esfinge en el desierto.
—Habla, enorme y venerable cabeza —murmuró Ahab—, que, aunque privada de barba, te muestras acá y allá encanecida de moho; habla, poderosa cabeza, y dinos el secreto que hay en ti. De todos los buceadores, tú eres quien más hondo se ha sumergido. Esta cabeza sobre la que brilla ahora el sol, se ha movido entre los cimientos del mundo. Donde se oxidan nombres y armadas sin anotar, y se pudren esperanzas y áncoras nunca dichas; donde en su criminal sentina, esta fragata que es la tierra, está lastrada de huesos de millones de ahogados; allí, en esa terrible tierra de agua, allí estaba tu hogar más familiar. Tú has estado donde jamás llegó campana o buzo; has dormido al lado de muchos marineros, donde insomnes madres darían sus vidas por acostarles. Tú viste a los amantes abrazados saltar del barco en llamas; pecho contra pecho se hundieron bajo la ola jubilosa; fieles uno a otro, cuando el cielo parecía serles falso. Tú viste al oficial asesinado cuando los piratas le tiraron de la cubierta a medianoche; para todas las horas ha caído en la más profunda medianoche de este estómago insaciable; y sus asesinos siguieron navegando incólumes, mientras que raudos rayos estremecían al barco vecino que iba a llevar a un honrado marido a los brazos extendidos que le ansiaban. ¡Oh cabeza! ¡Tú has visto bastante para desgajar los planetas y hacer infiel a Abraham, y no dices una sílaba!
—¡Vela a proa! —gritó una voz triunfante desde la cofa del palo mayor.
—¿Ah, sí? Bueno, eso da gusto —gritó Ahab, incorporándose de repente, mientras enteras nubes de tormenta se apartaban de su frente—. Ese grito vivaz sobre esta calma mortal casi podría convertir a un hombre mejor. ¿Por dónde?
—Tres cuartas a proa a estribor, capitán, ¡y nos trae la brisa!
—Mejor que mejor, muchacho. ¡Ojalá viniera por ahí san Pablo y trajera su brisa a mi calma chicha! ¡Ah, naturaleza, y, oh alma del hombre!, cuánto más allá de toda expresión están tus emparejadas analogías; no se mueve ni vive el más pequeño átomo de materia sin que tenga en la mente su hábil duplicado.

LXXI. La historia del Jeroboam

La nave y la brisa avanzaban corriendo mano a mano, pero la brisa llegó antes que el barco, y pronto el Pequod empezó a balancearse.
Poco a poco, a través del catalejo, las lanchas del barco desconocido y sus cofas con vigías mostraron que era un ballenero. Pero como estaba lejos a barlovento y pasaba de largo, al parecer dirigiéndose a alguna otra zona de pesca, el Pequod no podía esperar alcanzarla. Así que se izó la señal, para ver qué respuesta se daría.
Aquí ha de decirse que, igual que los navíos de la marina de guerra, los barcos de la flota ballenera americana tienen cada cual una señal propia; y todas esas señales están reunidas, llevando al lado los nombres de las respectivas naves, en un libro del que están provistos todos los capitanes. Por consiguiente, los capitanes de balleneros pueden reconocerse unos a otros en el océano, aun a distancias considerables, y con poca facilidad.
Al fin, a la señal del Pequod respondió el recién llegado izando la suya, que mostró que era el, jeroboam, de Nantucket. Braceando en cruz, recaló sobre el Pequod, se alineó a través a sotavento de nuestro barco, y arrió un bote, que pronto estuvo cerca, pero cuando se preparaba la escalerilla, por orden de Starbuck, para uso del capitán visitante, el forastero en cuestión agitó la mano desde la proa del bote en señal de que era enteramente inútil esa medida. Resultó que el Jeroboam tenía una epidemia maligna a bordo, y que su capitán, Mayhew, tenía miedo de contagiar a la tripulación del Pequod. Pues, aunque él mismo y la tripulación del bote permanecían sanos y aunque su barco estaba a medio tiro de rifle, con un mar y un aire incorruptibles meciéndose y soplando por entre medias, sin embargo, en concienzudo cumplimiento de la tímida cuarentena de los puertos, rehusó de modo perentorio entrar en contacto directo con el Pequod.
Pero esto no impidió en modo alguno toda comunicación. Con un intervalo de unas pocas yardas entre él mismo y el barco, el bote del Jeroboam, usando de vez en cuando los remos, se las arregló para mantenerse paralelo al Pequod, que se movía pesadamente por el mar (pues para entonces soplaba viento fresco), con la gavia en facha; aunque, desde luego, a veces la lancha era empujada a cierta distancia por el empuje súbito de una gran ola, pero pronto la llevaban hábilmente otra vez a su sitio propio. Sujeta a esto, y a otras interrupciones semejantes de vez en cuando, se sostenía entre ambas partes una conversación, pero, de vez en cuando, con alguna otra interrupción de especie muy diversa.
Entre los remeros de la lancha del Jeroboam había un hombre de aspecto singular, aun para esa salvaje vida ballenera donde las peculiaridades individuales componen todas las totalidades. Era un hombre bajo, rechoncho, de aspecto juvenil, con toda la cara salpicada de pecas y con abundante pelo amarillo. Le envolvía una levita de largos faldones y de corte cabalístico, de desteñido color castaño, con las rebosantes mangas remangadas en las muñecas. En sus ojos había un profundo y fanático delirio fijo.
Tan pronto como se señaló por primera vez esta figura, Stubb exclamó: —¡Es él, es él! ¡Aquel bufón de ropas holgadas de que nos habló la tripulación del Town-Ho!
Stubb aludía aquí a una extraña historia contada sobre el Jeroboam y sobre cierto marinero de su tripulación algún tiempo antes, cuando el Pequod habló con el Town-Ho. Según este relato y lo que se supo posteriormente, parecía que el bufón en cuestión había alcanzado un ascendiente asombroso sobre casi todos los del Jeroboam. Su historia era ésta:
Se había criado entre la loca compañía de los Shakers de Neskyeuna donde había sido un gran profeta; en sus dementes reuniones secretas había descendido varias veces del cielo por una trampilla, anunciando la pronta apertura del séptimo cáliz, un frasco que llevaba en el bolsillo del chaleco, pero que, en vez de contener pólvora, se suponía que estaba cargado de láudano. Al apoderarse de él un extraño antojo apostólico, dejó Neskyeuna por Nantucket, donde, con la astucia propia de la locura, asumió un aspecto tranquilo y sensato, y se ofreció como bisoño para el viaje ballenero del Jeroboam. Le enrolaron, pero en cuanto el barco dejó de estar a la vista de tierra, brotó su demencia en inundación. Se proclamó como el arcángel Gabriel, y ordenó al capitán que saltara por la borda. Publicó su manifiesto, en que se presentaba como el liberador de las islas del mar y vicario general de toda la Oceánida. La inflexible seriedad con que declaraba estas cosas, el oscuro y atrevido juego de su excitada imaginación insomne, y todos los terrores preternaturales del delirio auténtico se unieron para revestir a Gabriel de una atmósfera de sacralidad en las mentes de la mayoría de la ignorante tripulación. Además, le tenían miedo. Sin embargo, como un hombre así no era de gran utilidad en el barco, sobre todo porque rehusaba trabajar cuando se le antojaba, el incrédulo capitán deseaba deshacerse de él; pero al darse cuenta de que la intención de ese individuo era desembarcarle en el primer puerto conveniente, el arcángel abrió inmediatamente todos sus sellos y cálices, entregando al barco y a todos los marineros a la perdición incondicional en el caso de que se llevara a cabo ese designio. Tan fuertemente influyó en sus discípulos de la marinería, que por fin se presentaron en corporación al capitán y le dijeron que si se echaba a Gabriel del barco, no se quedaría ni uno de ellos. Por consiguiente, el capitán se vio obligado a abandonar su plan. Y tampoco habían de permitir que Gabriel fuese maltratado, dijera o hiciera lo que quisiera, de modo que acabó por ocurrir que Gabriel tuvo completa libertad en la nave. La consecuencia de todo ello fue que al arcángel no le importaban ni poco ni mucho el capitán y los oficiales; y desde que se declaró la epidemia, tenía mayor dominio que nunca, declarando que la plaga, como él la llamaba, estaba a su mando solamente, y no se evitaría sin su beneplácito. Los marineros, en su mayor parte pobres diablos, se rebajaron y algunos de ellos le adulaban, rindiéndole a veces homenaje personal como a un dios, en obediencia a sus instrucciones. Tales cosas pueden parecer increíbles, pero son verdaderas por más que sorprendan. Y la historia de esos fanáticos, si se tiene en cuenta el desmedido autoengaño del propio fanático, no es ni la mitad de sorprendente que su desmedido poder de engañar y endemoniar a tantos otros. Pero es hora de volver al Pequod.
—No tengo miedo de tu epidemia, hombre —dijo Ahab desde las ameradas al capitán Mayhew, que estaba en la popa de la lancha—; sube a bordo.
Pero entonces Gabriel se puso de pie, de repente.
—¡Piensa, piensa en las fiebres, amarillas y biliosas! ¡Ten cuidado con la horrible plaga!
—Gabriel, Gabriel —gritó el capitán Mayhew—: debes, o...
Pero en ese momento una ola de cabeza disparó la lancha bien lejos, y sus salpicaduras cubrieron todo lenguaje.
—¿Has visto a la ballena blanca? —preguntó Ahab, cuando la lancha volvió derivando.
—¡Piensa, piensa en tu ballenera, desfondada y hundida! ¡Cuidado con su horrible cola!
—Te vuelvo a decir, Gabriel, que...
Pero otra vez la lancha saltó adelante como arrastrada por demonios. Nada se dijo durante unos momentos, mientras pasaban una serie de olas amotinadas que, por uno de esos caprichos ocasionales de los mares, rompían sin hincharse. Mientras tanto, la cabeza de cachalote izada daba violentas sacudidas, y Gabriel la miraba con bastante más temor de lo que parecía permitir su naturaleza arcangélica.
Acabado este intermedio, el capitán Mayhew empezó una larga historia sobre Moby Dick, pero, sin embargo, no sin frecuentes interrupciones por parte de Gabriel, siempre que se mencionaba su nombre, y por parte del loco mar, que parecía aliado con él.
Parecía que el Jeroboam no había dejado el puerto hacía mucho tiempo cuando, al hablar con un barco ballenero, su tripulación fue informada de modo fidedigno sobre la existencia de Moby Dick y de los trastornos que había causado. Absorbiendo ávidamente esta noticia, Gabriel amonestó con solemnidad al capitán para que no atacara a la ballena blanca, en caso de que se viera al monstruo, y declaró, en su demencia ininteligible, que la ballena blanca era nada menos que el Dios Shaker encarnado, ya que los Shakers aceptan la Biblia. Pero cuando un año o dos después se avistó claramente a Moby Dick desde las cofas, Macey, el primer oficial, se consumía de ardor por salir a su encuentro, y como el propio capitán no se opuso a darle esa oportunidad, a pesar de todas las denuncias y avisos del arcángel, Macey logró convencer a cinco hombres para que montaran en su lancha. Con ellos empezó a remar, y después de muchos trabajos, y muchos ataques peligrosos y sin éxito, logró por fin hacer presa con un hierro. Mientras tanto, Gabriel, subiendo al calcés de sobrejuanete mayor, agitaba un brazo en gestos frenéticos, y lanzaba profecías de inminente condenación contra los sacrílegos atacantes de su condición divina. Ahora, mientras Macey, el oficial, se erguía en la proa de su lancha, y, con toda la indómita energía de su tribu, desfogaba sus salvajes exclamaciones contra la ballena, tratando de obtener una buena ocasión para su lanza ya en alto, he aquí que una ancha sombra blanca se elevó del mar, y dejó temporalmente sin aliento los cuerpos de los remeros con su rápido movimiento de abanico.
Un momento después, el desdichado oficial, tan lleno de vida furiosa, era lanzado entero por el aire, y trazando un largo arco en su descenso, caía al mar a la distancia de unas cincuenta yardas. Ni una astilla del bote quedó dañada, ni un pelo de la cabeza de ningún remero, pero el primer oficial se hundió para siempre.
Está bien poner aquí entre paréntesis que de los accidentes de la pesca de ballenas, esta clase es casi tan frecuente como cualquier otra. A veces, no se daña nada sino el hombre así aniquilado; más a menudo, se arranca con el golpe la proa de la lancha, o la castañuela en que el jefe de lancha apoya el muslo es arrancada de su sitio y acompaña al cuerpo. Pero lo más extraño de todo es la circunstancia de que, en más de un caso, cuando se recupera el cuerpo, no se distingue una sola señal de violencia, estando el hombre completamente muerto.
Toda esa calamidad, con la caída de la figura de Macey, se observó claramente desde el barco. Lanzando un grito penetrante —«¡El cáliz, el cáliz!»—, Gabriel disuadió con sus llamadas a la tripulación, abrumada de terror, de que siguieran persiguiendo a la ballena. Ese terrible acontecimiento revistió al arcángel de nuevo influjo, porque sus crédulos discípulos creyeron que lo había anunciado específicamente, en vez de hacer sólo una profecía general, que podría haber hecho cualquiera, dando así por casualidad en uno de los muchos blancos en el ancho margen que quedaba. Se convirtió en un terror sin nombre para el barco.
Al concluir Mayhew este relato, Ahab le hizo tales preguntas, que el capitán visitante no pudo menos de inquirir si se proponía perseguir a la ballena blanca. A lo cual Ahab contestó:
—Sí.
Inmediatamente, Gabriel se puso en pie sobresaltado, miró furiosamente hacia el viejo y exclamó, mientras apuntaba con el dedo hacia abajo:
—¡Pensad, pensad en el blasfemo; muerto y allá abajo! ¡Cuidado con el fin del blasfemo!
Ahab se volvió a un lado con sosiego, y luego dijo a Mayhew:
—Capitán, acabo de acordarme de mi bolsa de correo, hay una carta para uno de sus oficiales, si no me equivoco. Starbuck, busque la bolsa.
Todo barco ballenero lleva un buen número de cartas para diversos barcos, cuya entrega a las personas a quienes puedan estar dirigidas depende de la simple probabilidad de encontrarlos en los cuatro océanos. Así, la mayor parte de las cartas nunca llegan a su objetivo; y muchas se reciben sólo después de dos o tres años o más.
Pronto volvió Starbuck con una carta en la mano. Estaba lamentablemente arrugada, húmeda y cubierta de un opaco moho verde con manchas; como consecuencia de semejante carta, la misma Muerte bien podría haber sido el cartero.
—¿No sabe leerla? —gritó Ahab—. Démela, hombre. Sí, sí, no es más que un garrapateo borroso... ¿Esto qué es?
Mientras él la descifraba, Starbuck tomó un largo palo de azada ballenera, y con su navaja partió ligeramente el extremo para insertar allí la carta, y, de ese modo, entregarla a la lancha, sin que se acercara más al barco.
Mientras tanto Ahab, sosteniendo la carta, murmuraba:
—«Al señor Har...», sí, «señor Harry»... (una letra puntiaguda de mujer; su mujer, apuesto). Sí... «Al señor Harry Macey, a bordo del Jeroboam»; ¡cómo, es Macey, y ha muerto!
—¡Pobre muchacho, pobre muchacho! Y de su mujer —suspiró Mayhew—, pero démela.
—No, quédatela tú mismo —gritó Gabriel a Ahab—: tú irás pronto por ese camino.
—¡Que los demonios te estrangulen! —aulló Ahab—. Capitán Mayhew, prepárese ya a recibirla.
Y tomando la misiva fatal de manos de Starbuck, la metió en la hendidura del palo y se la alcanzó hasta la lancha. Pero al hacerlo así, los remeros dejaron de remar, con la expectación; la lancha derivó un poco hacia la popa del barco, de modo que, como por magia, la carta quedó de repente a la altura de la ávida mano de Gabriel. Éste la agarró en un momento, empuñó el cuchillo de la lancha, y, atravesando con él la carta, lo lanzó, así cargado, al barco. Cayó a los pies de Ahab. Entonces Gabriel aulló a sus compañeros que tiraran adelante con los remos, y de ese modo la revoltosa lancha se alejó disparada del Pequod.
Cuando, tras este intermedio, los marineros continuaron su trabajo con la envoltura de la ballena, se insinuaron muchas cosas extrañas en referencia a este sorprendente asunto.

LXXII. El andarivel

En el tumultuoso asunto de descuartizar una ballena y ocuparse de ella, hay mucho que correr de un lado a otro, para la tripulación. Unas veces hacen falta hombres aquí, y otras veces hacen falta allá. No hay modo de quedarse en un solo sitio, pues al mismo tiempo hay que hacerlo todo en todas partes. Mucho de eso le ocurre al que intenta describir la escena. Ahora tenemos que desandar nuestro camino un poco. Se mencionó que al romper por primera vez la superficie en el lomo de la ballena, el gancho de la grasa se insertó en el agujero cortado previamente allí por las azadas de los oficiales. Pero ¿cómo quedó fijada en ese agujero una masa tan torpe y pesada como ese gancho? La insertó allí mi particular amigo Queequeg, quien, como arponero, tenía la obligación de bajar al lomo del monstruo con el propósito especial a que se ha aludido. Pero en muchos casos, las circunstancias requieren que el arponero se quede en la ballena hasta que concluya toda la operación del desollamiento o despojo. La ballena, ha de observarse, se encuentra casi enteramente sumergida, excepto las partes inmediatas sobre las que se opera. Así que allá abajo el pobre arponero da vueltas y vacila, mitad en la ballena y mitad en el agua, mientras la vasta mole gira debajo de él como un molino de rueda de escalones. En la ocasión a que aludimos, Queequeg lucía el traje escocés, o sea, una camisa y calcetines, en que, al menos a mis ojos, aparecía extraordinariamente favorecido; y nadie tuvo mejor ocasión de observarle, como se va a ver.
Por ser yo el hombre de proa de este salvaje, esto es, la persona sentada en el remo de proa de su lancha (el segundo de delante), me correspondía el grato deber de ayudarle mientras él hacía aquel pataleante gateo sobre el lomo de la ballena muerta. Habréis visto a los organilleros italianos sosteniendo a un mono bailarín con una larga cuerda. Precisamente así, desde el abrupto costado del barco, sujetaba yo a Queequeg allá abajo en el mar, mediante lo que se llama técnicamente en la pesquería un andarivel o «cable de mono», amarrado a una recia tira de lona prendida en torno a su cintura.
Para ambos de nosotros, era un asunto humorísticamente peligroso. Pues, antes de continuar, debe decirse que el andarivel estaba sujeto por los dos extremos; sujeto al ancho cinturón de lona de Queequeg y sujeto a mi estrecho cinturón de cuero. De modo que, para bien o para mal, los dos estábamos casados por el momento, y si el pobre Queequeg se hundía para no volver a subir más, entonces, tanto la costumbre como el honor exigían que, en vez de cortar la cuerda, el andarivel me arrastrase hundiéndome en su estela. Así pues, nos unía una prolongada ligadura de siameses. Queequeg era mi inseparable hermano gemelo, y yo no podía eludir de ningún modo las peligrosas responsabilidades que implicaba aquel vínculo de cáñamo.
Tan enérgica y metafísicamente entendía yo entonces mi situación, que, mientras observaba sus movimientos con ansia, me pareció percibir con claridad que mi propia individualidad estaba ahora fundida en una sociedad comanditaria de dos; que mi libre albedrío había recibido una herida mortal, y que, en mi inocencia, el error o la desgracia de otro podía hundirme en desastre y muerte no merecidos. Por tanto, vi que allí había una especie de interregno en la Providencia, pues su equidad igualitaria jamás podría haber sancionado tan garrafal injusticia. Y sin embargo, cavilando más —a la vez que con sacudidas le sacaba de vez en cuando de entre la ballena y el barco, que amenazaban aplastarle—, cavilando más, digo, vi que esa situación mía era la situación exacta de todo mortal que alienta, sólo que, en la mayoría de los casos, de un modo o de otro, uno tiene esa conexión siamesa con una pluralidad de otros mortales. Si vuestro banquero quiebra, os hundís; si vuestro boticario, por error, os manda veneno en las píldoras, os morís. Verdad es que quizá diréis que, a fuerza de precaución, podéis escapar acaso de esas y las demás numerosas ocasiones de males en la vida. Pero, por muy atentamente que yo manejaba el andarivel de Queequeg, a veces él le daba tales sacudidas que yo estaba muy a punto de resbalar por la borda. Y tampoco me era posible olvidar que, hiciera lo que hiciera, yo no tenía más que el uso de un solo extremo.
He sugerido que muchas veces saqué con una sacudida a Queequeg de entre la ballena y el barco, donde caía de vez en cuando, con el incesante balanceo y desvío de ambos. Pero no era ése el único riesgo de hacerse trizas a que estaba expuesto. Sin horrorizarse por la matanza hecha con ellos durante la noche, los tiburones, ahora incitados otra vez con más apremio por la sangre, antes contenida, que empezaba a manar del cadáver, lo rodeaban en enjambres de criaturas rabiosas como abejas en una colmena.
Y en medio mismo de esos tiburones estaba Queequeg, que a veces les hacía apartarse con los pies vacilantes; una cosa en absoluto increíble si no fuera porque, atraído por una presa tal como una ballena muerta, el tiburón, por lo demás carnívoro sin distinción, raramente toca a un hombre.
No obstante, puede creerse muy bien que una vez que mete en la masa unas manos tan rapaces, se considera prudente no perderle de vista. En consecuencia, además del andarivel, con que de vez en cuando sacaba de una sacudida al pobre muchacho de la excesiva cercanía a la mandíbula de lo que parecía un tiburón peculiarmente feroz, él disponía de otra protección. Suspendidos sobre el costado, en uno de los andamios, Tashtego y Dalo blandían continuamente sobre su cabeza un par de tajantes azadas balleneras, con las que mataban tantos tiburones como alcanzaban. Esa actividad por su parte, desde luego, era muy benévola y desinteresada. Deseaban la mayor felicidad de Queequeg, lo admito; pero en su apresurado celo por ayudarle y por el hecho de que tanto él como los tiburones estaban a veces medio escondidos por el agua enlodada de sangre, esas indiscretas azadas estaban más a punto de amputar una pierna que una cola. Pero el pobre Queequeg, fatigándose y jadeando allí con ese gran, gancho de hierro, supongo que no hacía más que rezar a su Yojo, y encomendaba su vida en manos de sus dioses.
«Bueno, bueno, mi querido camarada y hermano gemelo —pensaba yo, tirando y luego aflojando el cabo a cada hinchazón del mar—: ¿qué importa, después de todo? ¿No eres la preciosa imagen de cada uno y todos nosotros los hombres en este mundo de ballenas?
Ese insondado océano en que jadeas es la Vida; esos tiburones, tus enemigos; esas azadas, tus amigos, y entre tiburones y espadas, estás en un triste peligro y un mal guisado, pobre muchacho.»
Pero ¡ánimo! Te está reservada una buena alegría, Queequeg. Pues ahora, cuando con los labios azules y los ojos inyectados de sangre, el exhausto salvaje trepa al fin por los cadenotes, y se detiene en cubierta, todo goteante e involuntariamente tembloroso, avanza el mayordomo, y con una benévola mirada de consuelo le ofrece... ¿qué? ¿Coñac caliente? ¡No! ¡Le ofrece, OH dioses, le ofrece una taza de jengibre con agua tibia!
—¿Jengibre? ¿Huele a jengibre? —preguntó Stubb con suspicacia, acercándose—. Sí, esto debe ser jengibre —escudriñando la taza aún sin probar. Luego, quedándose un rato como sin creerlo, marchó sosegadamente hacia el asombrado mayordomo y le dijo despacio—: ¿Jengibre? ¿Jengibre? ¿Tendrá la bondad de decirme, señor Dough-Boy, dónde está la virtud del jengibre? ¡Jengibre! ¿Es jengibre la clase de combustible que usa, Dough-Boy, para encender fuego en este caníbal que tirita? ¡Jengibre!, ¿qué demonios es el jengibre? ¿Carbón de mar?, ¿leña de arder?, ¿fósforos?, ¿yesca?, ¿pólvora? ¿Qué demonio es el jengibre, digo, para que ofrezca una taza a nuestro pobre Queequeg?
—En este asunto hay algún solapado movimiento de Sociedad de Templanza —añadió de repente, acercándose ahora a Starbuck, que acababa de llegar de proa—. ¿Quiere mirar este cacharro? Huélalo, por favor. El mayordomo, señor Starbuck, ha tenido la cara de ofrecer ese calomelano y jalapa a Queequeg, que en este momento vuelve de la ballena. ¿Es un boticario este mayordomo, señor Starbuck? Y ¿puedo preguntar si es éste el género de estimulantes con que vuelve a dar soplo de vida a un hombre medio ahogado?
—Confío que no —dijo Starbuck—, es una cosa bastante mala.
—Eso, eso, mayordomo —gritó Stubb—; te enseñaremos a medicar a un arponero, sin nada de esas medicinas de boticario; ¿quieres envenenarnos? ¿Tienes seguros sobre nuestras vidas y nos quieres asesinar a todos y embolsarte el producto, eh?
—No he sido yo —gritó Dough-Boy—: fue tía Caridad quien trajo a bordo el jengibre, y me pidió que nunca diera licores a los arponeros, sino sólo su tisana de jengibre, como la llamaba.
—¡Tisana de jengibre! ¡Bribón jengibrado!, ¡toma eso! Y corre allá a los armarios y trae algo mejor. Espero no hacer mal, señor Starbuck. Son las órdenes del capitán: grog para el arponero que ha estado en la ballena.
—Basta —contestó Starbuck—: pero no le vuelvas a pegar, sino que...
—Ah, nunca hago daño cuando pego, sino cuando pego a una ballena o algo así, y este tipo es una comadreja. ¿Qué iba a decir, señor Starbuck?
—Sólo esto; baja con él, y trae tú mismo lo que quieras.
Cuando reapareció Stubb, venía con un frasco oscuro en una mano y una especie de bote de té en la otra. El primero contenía un licor fuerte, y fue entregado a Queequeg; el segundo era el regalo de tía Caridad, y fue dado liberalmente a las olas.

LXXIII. Stubb y Flask matan una ballena, y luego tienen una conversación sobre ella

No debe olvidarse que durante todo este tiempo tenemos una monstruosa cabeza de cachalote colgando en el costado del Pequod. pero hemos de dejarla colgando algún tiempo, hasta que podamos obtener una ocasión de hacerle caso. Por el momento, otros asuntos apremian, y lo mejor que podemos hacer ahora por la cabeza es rogar al Cielo que los aparejos aguanten.
Ahora, durante la pasada noche y tarde, el Pequod había derivado poco a poco a un mar que, por sus intermitentes zonas de brit, daba insólitas señales de la cercanía de ballenas francas, una especie del leviatán que pocos suponían que en ese determinado momento anduviese por ningún lugar cercano. Y aunque todos los marineros solían desdeñar la captura de esas criaturas inferiores, y aunque el Pequod no estaba enviado para perseguirlas en absoluto, y aunque había pasado junto a muchas de ellas junto a las islas Crozetts sin arriar una lancha, sin embargo, ahora que habían acercado al costado y decapitado un cachalote, se anunció que se capturaría ese día una ballena franca, si se ofrecía oportunidad.
Y no faltó mucho tiempo. Se vieron altos chorros a sotavento, y se destacaron en su persecución dos lanchas, las de Stubb y Flask. Remaron alejándose cada vez más, hasta que por fin fueron casi invisibles para los vigías en el mastelero. Pero de repente, a lo lejos, vieron un gran montón de agua blanca en tumulto, y poco después llegaron noticias desde lo alto de que una lancha, o las dos, debían haber hecho presa.
Al cabo de un intervalo, las lanchas quedaron claramente a la vista, arrastradas derechas hacia el barco, a remolque de la ballena. Tanto se acercó el monstruo al casco, que al principio pareció que traía malas intenciones, pero de repente se sumergió en un torbellino, a tres varas de las tablas, y desapareció por entero de la vista, como si se zambullera por debajo de la quilla.
¡Cortad, cortad! —fue el grito desde el barco a las lanchas, que, por un momento, parecieron a punto de ser llevadas a un choque mortal contra el costado del navío. Pero como tenían todavía mucha estacha en los barriles, y la ballena no se sumergía muy deprisa, soltaron abundante cable, y al mismo tiempo remaron con todas sus fuerzas para pasar por delante del barco. Durante unos minutos, la batalla fue intensamente crítica, pues mientras ellos aflojaban en un sentido la estacha atirantada, y a la vez remaban en otro sentido, la tensión contrastada amenazaba hundirles. Pero ellos sólo trataban de obtener unos pocos pies de ventaja. Y se pusieron a ello hasta que lo consiguieron, y en ese mismo instante se sintió un rápido rumor a lo largo de la quilla, cuando la tensa estacha, rascando el barco por debajo, surgió de pronto a la vista bajo la proa, con chasquido y temblor, sacudiendo el agua en gotas que cayeron al mar como trozos de cristal roto, mientras la ballena, más allá, surgía también a la vista, y otra vez las lanchas quedaban libres para volar. Pero el animal, agotado, disminuyó su velocidad, y, alterando ciegamente su rumbo, dio vuelta a la popa del barco remolcando detrás de sí a las dos lanchas, de modo que realizaron un circuito completo.
Mientras tanto, ellos halaban cada vez los cabos, hasta que, flanqueando de cerca a la ballena por los dos lados, Stubb respondió a Flask con lanza por lanza; y así continuó la batalla en torno al Pequod, mientras que las multitudes de tiburones que antes habían nadado en torno al cuerpo del cachalote muerto, se precipitaron a la sangre fresca que se vertía, bebiendo con sed a cada nueva herida, igual que los ávidos israelitas en las nuevas fuentes desbordadas que manaron de la roca golpeada.
Por fin, el chorro se puso espeso, y con una sacudida y un vómito espantosos, la ballena se volvió de espalda, cadáver. Mientras los dos jefes se ocupaban en sujetar cables a la cola y preparar por otras medias aquellas moles en disposición para remolcar, tuvo lugar entre ellos alguna conversación.
—No sé qué quiere el viejo con este montón de tocino rancio —dijo Stubb, no sin cierto disgusto al pensar en tener que ver con un leviatán tan innoble.
—¿Qué es lo que quiere? —dijo Flask, enrollando cable sobrante a la proa de la lancha—. ¿Nunca ha oído decir que el barco que lleva por una sola vez izada una cabeza de cachalote a estribor, y al mismo tiempo una cabeza de ballena fresca a babor, no ha oído decir, Stubb, que ese barco jamás podrá zozobrar después?
—¿Por qué no podrá?
—No sé, pero he oído decir que ese espectro de gutapercha de Fedallah lo dice así, y parece saberlo todo sobre encantamiento de barcos. Pero a veces pienso que acabará por encantar el barco para mal. No me gusta ni pizca este tipo, Stubb. ¿Se ha dado cuenta alguna vez de que tiene un colmillo tallado en cabeza de serpiente, Stubb?
—¡Que se hunda! Nunca le miro en absoluto, pero si alguna vez encuentro una ocasión en una noche oscura, en que él esté cerca de las batayolas, y nadie por allí; mire, Flask•.. —y señaló al mar con un movimiento peculiar de ambas manos—: ¡Sí que lo haré! Flask, estoy seguro de que ese Fedallah es el diablo disfrazado. ¿Cree esa historia absurda de que había estado escondido a bordo del barco? Es el demonio, digo yo. La razón por la que no se le ve la cola, es porque la enrolla para esconderla; supongo que la lleva adujada en el bolsillo. ¡Maldito sea! Ahora que lo pienso; siempre le hace falta estopa para rellenar las punteras de las botas.
—Duerme con las botas puestas, ¿no? No tiene hamaca, pero le he visto tumbado por la noche en una aduja de cabo.
—Sin duda, y es por su condenado rabo; lo mete enrollado, ¿comprende?, en el agujero de en medio de la aduja.
—¿Por qué el viejo tiene tanto que ver con él?
—Supongo que estará haciendo un trato o una transacción.
—¿Un trato? ¿Sobre qué?
—Bueno, verá, el viejo está empeñado en perseguir a esa ballena blanca, y este diablo trata de enredarle y hacer que le dé a cambio su reloj de plata, o su alma, o algo parecido, y entonces él le entregará a Moby Dick.
—¡Bah! Stubb, está bromeando; ¿cómo puede Fedallah hacer eso?
—No sé, Flask, pero el demonio es un tipo curioso, y muy malo, se lo aseguro. En fin, dicen que una vez entró de paseo por el viejo buque insignia, moviendo el rabo, endemoniadamente tranquilo y hecho un señor, y preguntó al demonio qué quería. El diablo, removiendo las pezuñas, va y dice: «Quiero a John». « ¿Para qué?», dice el viejo jefe. « ¿A usted qué le importa? —dice el diablo, poniéndose como loco—: Quiero usarlo.» «Llévatelo», dice el jefe. Y por los Cielos, Flask, si el diablo no le dio a John el cólera asiático antes de acabar con él, me como esta ballena de un bocado. Pero fíjese bien... ¿no estáis listos ahí todos vosotros? Bien, entonces, remad, y vamos a poner la ballena a lo largo del barco.
—Creo recordar una historia parecida a la que me ha contado —dijo Flask, cuando por fin las dos lanchas avanzaron lentamente sobre su carga hacia el barco—: pero no puedo recordar dónde.
—¿En lo de los tres españoles? ¿En las aventuras de aquellos tres soldados sanguinarios? ¿Lo leyó allí, Flask? Supongo que así sería.
—No, nunca he visto semejante libro; pero he oído de él. Ahora, sin embargo, dígame, Stubb, ¿supone que ese diablo de que hablaba era el mismo que dice que ahora está a bordo del Pequod?
—¿Soy yo el mismo hombre que ha ayudado a matar esta ballena? ¿No vive el diablo para siempre? ¿Quién ha oído decir que el diablo hubiera muerto? ¿Ha visto jamás un párroco que llevase luto por el diablo? Y si el diablo tiene una llave para entrar en la cabina del almirante, ¿no supone que podrá gatear por un portillo? ¿Dígame, señor Flask?
—¿Cuántos años supone que tiene Fedallah, Stubb?
—¿Ve ahí ese palo mayor? —señalando al barco—: bueno, ése es el número uno; ahora tome todos los aros de barril que haya en la bodega del Pequod, y póngalos en fila, como ceros, con ese palo, ya entiende: bueno, con eso no se empezaría la edad de Fedallah. Ni todos los toneleros del mundo podrían enseñar aros bastantes para hacer ceros.
—Pero vea, Stubb, me pareció que ahora mismo presumía un poco de que pensaba dar a Fedallah una zambullida en el mar, si tenía buena ocasión. Sin embargo, si es tan viejo como resulta con todos esos aros suyos, y si va a vivir para siempre, dígame ¿de qué puede servir tirarle por la borda?
—De todos modos, para darle una buena zambullida.
—Pero volvería nadando.
—Pues otra vez al agua, sin dejar de zambullirle otra vez.
—Pero suponiendo que a él se le metiera en la cabeza zambullirle a usted; sí, y ahogarle, ¿entonces qué?
—Me gustaría ver cómo lo probaba; le pondría los ojos tan negros que no se atrevería a enseñar otra vez la cara en la cabina del almirante durante mucho tiempo, y mucho menos ahí abajo en el sollado, donde vive, y allá arriba, en cubierta por donde merodea tanto. Maldito sea el demonio, Flask; ¿así que supone que yo tengo miedo del diablo? ¿Quién tiene miedo de él, sino el viejo jefe que no se atreve a agarrarle y ponerle grilletes dobles, como se merece, sino que le deja andar por ahí secuestrando gente; sí, y que ha firmado un pacto de que todos los que secuestre el diablo, él se los asará al fuego? ¡Eso sí que es un jefe!
—¿Supone que Fedallah quiere secuestrar al capitán Ahab?
—¿Que si lo supongo? Ya lo sabrá dentro de poco, Flask. Pero ahora le voy a vigilar estrechamente, y si veo que pasa algo sospechoso, le agarraré por el cogote y le diré: «Mire acá, Belcebú; no haga eso», y si arma algún estrépito, por Dios que le meto la mano en el bolsillo, le saco el rabo, lo amarro al cabestrante y le doy tal retorcimiento y tal tirón, que se lo arranco de las posaderas..., ya verá; y entonces, me parece más bien que cuando se encuentre rabón de ese modo raro, se escapará sin la mísera satisfacción de notar el rabo entre las piernas.
—¿Y qué hará con el rabo, Stubb?
—¿Qué haré con él? Lo venderé como látigo para bueyes cuando lleguemos a casa; ¿qué más?
—Pero ¿habla en serio en todo lo que dice, y en todo lo que lleva dicho, Stubb?
—En serio o no, ya estamos en el barco.
Gritaron entonces a las lanchas que remolcaran la ballena al lado de babor, donde ya estaban preparadas cadenas para la cola y otros instrumentos para sujetarla.
—¿No se lo dije? —dijo Flask—; sí, pronto verá esta cabeza de ballena franca izada al otro lado de la del cachalote.
En su momento, se cumplió el dicho de Flask. Y lo mismo que el Pequod se escoraba abruptamente hacia la cabeza del cachalote, ahora, con el contrapeso de ambas cabezas, volvió a equilibrarse en la quilla, aunque gravemente cargada, pueden creerlo muy bien. Así, cuando izáis en un lado la cabeza de Locke, os inclináis a ese lado; pero entonces izáis en el otro lado la cabeza de Kant y volvéis, a enderezaros, aunque en muy malas condiciones. De ese modo hay ciertos espíritus que no dejan nunca de equilibrar su embarcación. ¡Ah, locos!, tirad por la borda a todos esos cabezudos, y flotaréis ligeros y derechos.
Al despachar el cuerpo de una ballena franca, una vez puesto a lo largo del barco, suelen tener lugar las mismas actividades preliminares que en el caso del cachalote, sólo que en este último caso, la cabeza se corta entera, mientras que en aquél, los labios y la lengua se quitan por separado y se izan a cubierta, con todos esos famosos huesos negros sujetos a lo que se llama la corona. Pero en el caso presente no se había hecho nada de eso. Los cadáveres de ambos cetáceos quedaron a popa, y el barco, con su carga de cabezas, pareció no poco una mula con un par de cuévanos abrumadores.
Mientras tanto, Fedallah observaba tranquilamente la cabeza de la ballena franca, alternando de vez en cuando ojeadas a sus profundas arrugas y ojeadas a los surcos de su propia mano. Y Ahab, por casualidad, quedó situado de modo que el Parsi ocupaba su sombra, mientras que la sombra del Parsi, si es que existía, parecía fundirse con la de Ahab, prolongándola. Mientras los tripulantes seguían sus tareas, rebotaban entre ellos especulaciones laponas en torno a las cosas que pasaban.

LXXIV. La cabeza del cachalote: vista contrastada

Aquí están, pues, dos grandes cetáceos, juntando las cabezas: unámonos a ellos y juntemos la nuestra.
De la gran orden de los leviatanes infolio, el cachalote y la ballena franca son, con mucho, los más notables. Son las únicas ballenas perseguidas sistemáticamente por el hombre. Para los de Nantucket, representan los dos extremos de todas las variedades conocidas de la ballena. Dado que la diferencia externa entre ellas se observa sobre todo en sus cabezas, y dado que en este momento cuelga una cabeza de cada cual en el costado del Pequod, y dado que podemos pasar libremente de la una a la otra, simplemente con cruzar la cubierta, ¿dónde, me gustaría saber, vais a encontrar mejor ocasión que aquí para estudiar cetología práctica?
En primer lugar, os impresiona el contraste general entre estas cabezas. Ambas son bastante voluminosas con toda certidumbre; pero la del cachalote tiene cierta simetría matemática que falta lamentablemente a la de la ballena franca. La cabeza del cachalote tiene más carácter. Al observarla, se le otorga involuntariamente una inmensa superioridad en punto de dignidad impresionante. En el presente caso, además, esa dignidad queda realzada por el color sal y pimienta de lo alto de la cabeza, como señal de una edad avanzada y una amplia experiencia. En resumen, es lo que los pescadores llaman técnicamente un «cachalote con canas».
Observemos lo que es menos diferente en esas cabezas: a saber, los órganos más importantes, los ojos y los oídos. En la parte posterior y más baja del lado de la cabeza, junto al ángulo de las mandíbulas de ambos cetáceos, si se observa atentamente, se acabará por ver un ojo sin pestañas, que uno diría que es el ojo de un potro joven, de tan desproporcionado como está respecto al tamaño de la cabeza.
Ahora, debido a esta peculiar posición lateral de los ojos de estos cetáceos, es evidente que jamás pueden ver un objeto que esté exactamente delante, así como tampoco uno que esté exactamente detrás. En resumen, la posición de los ojos de ambos cetáceos corresponde a la de los oídos del hombre; y podéis imaginar, por vosotros mismos, a través de los oídos. Encontraríais que sólo podíais dominar unos treinta grados de visión por delante de la perpendicular a la vista, y unos treinta más por detrás. Aunque vuestro peor enemigo avanzara derecho hacia vosotros, en pleno día, con el puñal en alto, no podríais verle, así como tampoco si se acercara deslizándose por detrás. En resumen, tendríais dos espaldas, por decirlo así, pero, al mismo tiempo, dos frentes (frentes laterales); pues ¿qué es lo que hace la frente de un hombre, qué, en efecto, sino sus ojos?
Además, mientras que en la mayor parte de los demás animales que ahora soy capaz de recordar, los ojos están asentados de modo que funden imperceptiblemente su capacidad visual, produciendo una sola imagen, y no dos, en el cerebro, en cambio, la posición peculiar de los ojos de estos cetáceos, separados como están de hecho por tantos pies cúbicos de cabeza maciza, que se yergue entre ellos como una gran montaña que separa dos lagos en valles, es cosa, desde luego, que debe separar por completo las impresiones que transmite cada órgano independiente. Los cetáceos, por consiguiente, deben ver una imagen clara en un lado, y otra imagen clara en el otro lado, mientras que por en medio todo debe ser para ellos profunda oscuridad y nada. En efecto, se puede decir que el hombre mira hacia el mundo desde una garita de centinela que tiene por ventana dos bastidores acoplados. Pero en el cetáceo, los dos bastidores están insertados separadamente, formando dos ventanas distintas, pero estropeando lamentablemente la visión. Esta peculiaridad de los ojos de los cetáceos es cosa que siempre debe tenerse en cuenta en la pesca, y que habrá de recordar el lector en algunas escenas posteriores.
Podría abordarse una cuestión curiosa y muy desconcertante respecto a este asunto visual en cuanto se relaciona con el leviatán. Pero debo contentarme con una sugerencia. Mientras los ojos del hombre están abiertos a la luz, el acto de ver es involuntario: esto es, él_ no puede evitar entonces ver maquinalmente cualquier objeto que tenga delante. No obstante, cualquiera aprende por experiencia que, aunque de una sola ojeada puede abarcar todo un barrido indiscriminado de cosas, le resulta imposible examinar de modo atento y completo dos cosas —por grandes o pequeñas que sean— en un mismo instante de tiempo, por más que estén juntas y.. Y entonces, si vais y separáis esos dos objetos, rodeando a cada uno de un círculo de profunda tiniebla, al mirar uno de ellos de tal modo que apliquéis a él vuestra mente, el otro quedará completamente excluido de vuestra conciencia durante ese tiempo. ¿Qué pasa, entonces, con el cetáceo? Cierto es que ambos ojos, en sí mismo deben actuar simultáneamente, pero ¿acaso su cerebro es mucho más comprensivo, combinador y sutil que el del hombre, para que en un mismo momento pueda examinar atentamente dos perspectivas, una a uno de sus lados, y la otra en la dirección exactamente opuesta? Si puede, entonces es una cosa tan maravillosa para un cetáceo como si un hombre fuera capaz de recorrer simultáneamente las demostraciones de dos diversos problemas de Euclides. Y, examinándolo de modo estricto, no hay ninguna incongruencia en esta comparación.
Será un antojo caprichoso, pero siempre me ha parecido que las extraordinarias vacilaciones de movimiento mostradas por ciertos cetáceos al ser atacados por tres o cuatro lanchas, y la timidez y la propensión a extraños espantos, tan comunes en tales animales, todo ello, a mi juicio, procede de la inevitable perplejidad de volición en que deben situarles sus potencias separadas y diametralmente opuestas.
Pero el oído del cetáceo es por completo tan curioso como el ojo. Si no tenéis el menor trato con su raza, podríais seguir rastros en esas cabezas durante horas y horas sin descubrir jamás tal órgano. El oído no tiene pabellón externo en absoluto, y en el propio agujero apenas podríais meter una pluma de ave, de tan sorprendentemente menudo como es. Está asentado un poco detrás del ojo. Respecto a sus oídos, se ha de observar esta importante diferencia entre el cachalote y la ballena franca: mientras el oído de aquél tiene una abertura externa, el de ésta queda recubierto por completo y de modo parejo por una membrana, de modo que desde fuera es del todo inobservable.
¿No es curioso que un ser tan enorme como un cetáceo vea el mundo por un ojo tan pequeño y oiga el trueno por un oído que es más pequeño que el de una liebre? Pero si sus ojos fueran tan anchos como las lentes del gran telescopio de Herschel, y sus oídos fueran tan capaces como los atrios de las catedrales ¿tendría por ello más capacidad de visión o sería más agudo de oído? De ningún modo. Entonces ¿por qué tratáis de «ensanchar» vuestra mente? ¡Sutilizadla!
Ahora, con todas las palancas y máquinas de vapor que tengamos a mano, volquemos la cabeza del cachalote, de modo que quede del revés: luego, subiendo con una escalerilla a la cima, echemos una ojeada por la boca abajo; si no fuera porque el cuerpo ya está separado por completo de ella, podríamos descender con una linterna a esa gran Caverna del Mamut de Kentucky que es su estómago. Pero agarrémonos aquí a este diente, y miremos a nuestro alrededor dónde estamos. ¡Qué boca más auténticamente hermosa y pura! Desde el suelo al techo, está forrada, o mejor dicho empapelada, con una reluciente membrana blanca, brillante como el raso nupcial.
Pero salgamos ya, y miremos esta portentosa mandíbula inferior, que parece la larga tapa derecha de una inmensa tabaquera, con la charnela en un extremo, en vez de en un lado. Si la abrís de par en par, de modo que quede por encima de vosotros, y ponéis al aire sus filas de dientes, parece un terrible rastrillo de fortaleza; y así, ¡ay!, resulta ser para muchos pobres diablos de la pesca, sobre los cuales caen estos espigones atravesándolos con su fuerza. Pero mucho más terrible es observar, a varias brazas de profundidad en el mar, algún arisco cachalote que se cierne allí suspenso, con su prodigiosa mandíbula, de unos quince pies de largo, colgando derecha en ángulo recto con el cuerpo, semejante en todo al botalón de foque de un barco. Ese cachalote no está muerto; sólo está desanimado, quizá de mal humor, hipocondríaco, y tan decaído que los goznes de su mandíbula se le han aflojado, dejándole en esa lamentable situación, como un reproche para toda su tribu, que, sin duda, le maldice deseándole el tétanos.
En la mayor parte de los casos, esa mandíbula inferior –sacada fácilmente de sus goznes por algún artista experto— se separa y se iza a cubierta con el fin de extraer sus dientes de marfil, haciendo provisión de esos duros huesos blancos con que los pescadores hacen toda clase de objetos curiosos, incluyendo bastones, mangos de paraguas y mangos de fusta.
Izándola, larga y fatigosamente, la mandíbula es elevada a bordo, como si fuese un ancla, y, llegado el momento adecuado —unos pocos días después de los otros trabajos—, Queequeg, Daggoo y Tashtego, todos ellos excelentes dentistas, se ponen a arrancar dientes. Con una aguda azada de descuartizar, Queequeg hace trabajo de bisturí en las encías; luego afianzan la mandíbula a unos cáncamos, y, enganchando un aparejo desde arriba, arrancan esos dientes igual que los bueyes de Michigan arrancan tocones de viejos robles en bosques silvestres. Suele haber cuarenta y dos dientes en total; en los cachalotes viejos, muy desgastados, pero nada enfermos, ni empastados conforme a nuestra moda artificial. Después, se sierra la mandíbula en rebanadas, que se guardan en montones como viguetas para construir casas.

LXXV. La cabeza de la ballena franca: vista comparad

Cruzando la cubierta, vamos ahora a observar bien despacio la cabeza de la ballena franca.
Así como, en su forma general, la noble cabeza del cachalote podría compararse a un carro de guerra romano (sobre todo en la frente, donde tiene tan ancha redondez), del mismo modo, vista en conjunto, la cabeza de la ballena franca ostenta una semejanza bastante poco elegante con un gigantesco zapato de puntera en forma de galeota. Hace doscientos años un antiguo viajero holandés comparó su forma a la de una horma de zapatero. Y en esa misma horma o zapato podría alojarse cómodamente la vieja del cuento infantil, con su progenie en enjambre, todos juntos.
Pero al acercaros más a esta gran cabeza, empieza a asumir diferentes aspectos, conforme a vuestro punto de vista. Si os ponéis en la cima y miráis esos agujeros para los chorros, en forma de f, tomaríais toda la cabeza por un enorme contrabajo, y esas rendijas serían las aberturas en la caja de resonancia. Luego, en cambio, si fijáis la mirada en esa extraña incrustación, crestada como un peine, en lo alto de la masa de la ballena franca —en esa cosa verde, llena de lapas, que los de Groenlandia llaman «la corona», y los pescadores de los mares del Sur «el gorro»—, al poner los ojos solamente en esto, tomaríais la cabeza por el tronco de algún enorme roble, con un nido de pájaros en la horquilla. En cualquier caso si observáis los cangrejos vivos que anidan allí, en ese gorro, es casi seguro que se os ocurrirá semejante idea, a no ser, desde luego, que vuestra fantasía haya sido captada por el término técnico «corona» que también se le concede, en cuyo caso sentiréis gran interés al pensar cómo este poderoso monstruo es, efectivamente, un rey marino con diadema, con una corona verde montada para él de este modo maravilloso. Pero si este cetáceo es rey es un sujeto de aspecto muy arisco para honrar una diadema. ¡Mirad ese labio inferior colgante! ¡Qué enorme mal humor y enfurruñamiento hay ahí! Un mal humor y enfurruñamiento, según medidas de carpintero, de unos veinte pies de largo y cinco pies de profundo; un mal humor y enfurruñamiento que os dará unos quinientos galones de aceite, o más.
Una gran lástima, pues, que esta desgraciada ballena tenga «labio de conejo». La hendidura tiene cerca de un pie de anchura. Probablemente su madre, durante cierta época interesante, navegaba por la costa del Perú abajo, cuando los terremotos hicieron que la playa se desgajara. Sobre este labio, como sobre un umbral resbaladizo, nos deslizamos ahora dentro de la boca. Palabra que si estuviera en Mackinaw, tomaría esto por el interior de una cabaña india. ¡Dios mío!, ¿es éste el camino por donde entró Jonás? El techo tiene unos doce pies de alto, y se recoge en un ángulo bastante agudo, como si hubiera un auténtico mástil de sostén, mientras que estos lados acostillados, arqueados, peludos, nos ofrecen esas sorprendentes lonjas de «ballena», casi verticales y en forma de cimitarra, digamos, unas trescientas por cada lado, que, colgando de la parte superior del hueso de cabeza o «corona», forman las persianas venecianas que en otro lado se han mencionado de paso. Los bordes de esos huesos están orlados de fibras pelosas, a través de las cuales la ballena franca filtra el agua, y en cuyos enredos retiene los pececillos, al avanzar con la boca abierta por los mares de brít a la hora de comer. En las persianas de hueso centrales, según están puestas en su orden t natural hay ciertas marcas curiosas, curvas, huecos y bordes, por los que algunos balleneros calculan la edad del animal, igual que se calcula la edad de un roble por sus anillos circulares. Aunque la certidumbre de este criterio está lejos de demostrarse, tiene sin embargo el cariz de una probabilidad analógica. En todo caso, si nos inclinamos a él, hemos de conceder mucha más edad a la ballena franca que la que parece razonable a primera vista.
En tiempos antiguos, parece que dominaron las más curiosas fantasías respecto a esas persianas. Un viajero en Purchas las llama los prodigiosos «bigotes» dentro de la boca de la ballena;' otro, «cerdas»; un tercer caballero antiguo en Halduyt usa el siguiente lenguaje elegante: «Hay unas doscientas cincuenta aletas que crecen a cada lado de su quijada superior, que se arquea sobre la lengua a ambos lados de la boca».
Como todo el mundo sabe, esas mismas «cerdas», «aletas», «bigotes», «persianas», o como os guste, proporcionan a las damas sus «ballenas» de corsé y otros artilugios envaradores. Pero en este punto, hace tiempo que la demanda está en descenso. En tiempo de la reina Ana fue cuando la varilla de ballena estuvo en auge, coincidiendo con la moda del miriñaque. Y así como esas damas de antaño andaban por ahí alegremente, aunque entre las fauces de la ha','llena, como podría decirse, del mismo modo, en un chaparrón, hoy, día volamos bajo esas mismas mandíbulas en busca de refugio con la misma despreocupación, ya que el paraguas es un pabellón extendido sobre ese mismo hueso.
Pero ahora, por un momento, olvidémoslo todo sobre las persianas y bigotes, y, colocándonos en la boca de la ballena franca, miremos otra vez alrededor. Al ver estas columnatas de huesos tan metódicamente ordenadas en torno, ¿no pensaríais que estáis dentro del gran órgano de Haarlem, contemplando sus mil tubos? Como alfombra ante el órgano tenemos la más suave alfombra turca: la lengua, que está pegada, por decirlo así, al suelo de la boca. Es muy gorda y tierna, y propensa a romperse en trozos al izarla a cubierta. Esta determinada lengua que tenemos ahora delante, yo diría, con una ojeada de paso, que es de seis barriles, esto es, que dará alrededor de esa cantidad de aceite.
Al llegar a este punto ya debéis haber visto claramente la verdad de que partí: que el cachalote y la ballena franca tienen cabezas casi completamente diferentes. Para resumir, entonces: en la cabeza de la ballena franca no hay un gran manantial de esperma, no hay dientes de marfil en absoluto, ni un largo y flexible hueso maxilar como quijada inferior, igual que en el cachalote. Y en el cachalote no hay esas persianas de hueso, ni tan grueso labio inferior, y apenas nada de lengua. Además, la ballena franca tiene dos agujeros exteriores para chorros, y el cachalote uno sólo.
Lanzad ahora vuestra última mirada a esas venerables cabezas encapuchadas, mientras todavía están juntas, pues una se hundirá pronto, olvidada, en el mar, y la otra no tardará mucho en seguirla.
¿Podéis captar la expresión de ese cachalote, allí? Es la misma con que murió, sólo que algunas de las más largas arrugas de la frente ahora se diría que se han borrado. Me parece que esta ancha frente está llena de una placidez de dehesa, nacida de una indiferencia filosófica hacia la muerte. Pero fijaos en la expresión de la otra cabeza. Mirad ese sorprendente labio inferior, aplastado por casualidad contra el costado del barco, como para abrazar firmemente la mandíbula. Toda esta cabeza ¿no parece hablar de una enorme decisión práctica al afrontar la muerte? Entiendo que esta ballena franca ha sido una estoica, y el cachalote, un platónico, que en sus años más avanzados podría haberse consagrado a Spinoza.

LXXVI. El ariete

Antes de abandonar, por ahora, la cabeza del cachalote, querría que, simplemente como fisiólogos sensatos, observaseis con detalle su aspecto frontal, en toda su compacta concentración. Querría que lo investigarais ahora con la única intención de formaros un concepto inteligente y sin exageración de cualquier poder de ariete que pueda residir allí. Este es un punto vital; pues, o bien debéis arreglar satisfactoriamente este punto con vosotros mismos, o permanecer para siempre incrédulos ante uno de los acontecimientos más horribles, pero no menos verdaderos, que se pueda encontrar en cualquier, punto de toda la historia anotada.
Observais que, en la ordinaria posición natatoria del cachalote, la frente de su cabeza presenta un plano casi totalmente vertical al agua; observáis que la parte inferior de esa frente tiene considerable inclinación hacia atrás, como para dejar más entrante al alvéolo a la mandíbula inferior, parecida a un botalón; observáis que la boca queda enteramente bajo la cabeza, de modo muy parecido, en efecto, a como si vuestra boca quedara enteramente bajo vuestra barbilla. Además, observáis que el cachalote no tiene nariz externa; y lo que tiene de nariz —su agujero del chorro— está en lo alto de la cabeza: observáis que sus ojos y oídos están a los lados de la cabeza, casi a un tercio de su longitud total desde delante. Por consiguiente, ya os debéis haber dado cuenta de que la frente del cachalote es una pared cerrada y ciega, sin un solo órgano ni prominencia tierna de ninguna especie. Además, habéis de considerar ahora que sólo en la, parte extrema, inferior, echada hacia atrás, de la delantera de la cabeza hay un leve vestigio de hueso, y hasta que no se entra a veinte pies desde la frente no se llega a la plena estructura craneana. Así, que toda esta enorme masa sin hueso es como una sola huata. Finalmente, aunque, como pronto se revelará, su contenido comprende en parte el más delicado aceite, sin embargo, ahora debéis informaros sobre la naturaleza de la sustancia que tan inexpugnablemente reviste todo ese aparente refinamiento. En algún lugar anterior os he descrito cómo la grasa envuelve el cuerpo de la ballena igual que la cáscara a la naranja. Lo mismo pasa con la cabeza, pero con esta diferencia: en torno a la cabeza, este forro, aunque no tan grueso, es de una dureza sin hueso que no puede imaginar quien no haya tenido que habérselas con él. El arpón de punta más aguda, la lanza más afilada arrojada por el más fuerte brazo humano, rebota impotente en él. Es como si la frente del cachalote estuviera pavimentada con cascos de caballo. No creo que en ella se esconda ninguna sensibilidad.
Considerad también otra cosa. Cuando dos grandes barcos cargados, de los que van a la India, se agolpan por casualidad y se entrechocan uno contra otro en los muelles, ¿qué hacen los marineros? No cuelgan entre ellos, en el punto de inminente contacto, ninguna sustancia meramente dura, como hierro o madera. No; cuelgan una gran huata redonda de estopa y corcho, envuelta en el más grueso y duro cuero. Ésta recibe, con valentía y sin daño, el apretón que habría partido todos los espeques de roble y las palancas de hierro. Esto, por sí solo, ilustra suficientemente el hecho obvio a que apunto. Pero, como suplemento a ello, se me ha ocurrido por vía de hipótesis que, dado que los peces ordinarios poseen lo que se llama vejiga natatoria, capaz de distenderse o contraerse a voluntad, y dado que el cachalote no tiene en él, que yo sepa, semejante recurso; y, por otra parte, considerando la manera por lo demás inexplicable como unas veces sumerge por completo la cabeza bajo la superficie, y otras veces nada llevándola elevada por encima del agua, considerando la elasticidad sin obstáculos de su envoltorio, digo, por vía de hipótesis, que esos misteriosos panales de celdillas pulmonares que hay en su cabeza puedan quizá tener alguna conexión hasta ahora desconocida e insospechada con el aire exterior, de tal modo que sean capaces de distensión y contracción atmosférica. Si es así, imaginaos lo irresistible de esa fuerza, a que contribuye el más impalpable y destructor de todos los elementos.
Ahora fijaos: impulsando infaliblemente ese muro cerrado, inexpugnable, invulnerable, y esa cosa tan flotante que hay dentro de él, detrás de todo ello, nada una masa de tremenda vida, que sólo se puede estimar adecuadamente igual que la madera apilada: por su volumen; y toda ella obedeciendo a una sola voluntad, como el más pequeño insecto. Así que cuando en lo sucesivo os detalle todas las especialidades y concentraciones de potencia que residen en cualquier punto de este monstruo expansivo, y cuando os muestre algunas de sus menos importantes hazañas carniceras, confío en que habréis abandonado toda incredulidad ignorante y estaréis dispuestos a aceptarlo todo; de modo que, aunque el cachalote abriera un paso a través del istmo de Darién, mezclando el Atlántico con el Pacífico, no elevaríais ni un pelo de vuestras cejas. Pues si no confesáis a los cetáceos, no sois más que provincianos y sentimentales en la Verdad. Pero la Verdad clara es cosa que sólo afrontan los gigantes-salamandras: ¿qué pequeñas serán entonces las probabilidades para los provinciales? ¿Qué le ocurrió al débil muchacho que levantó el velo de la temible diosa, en Lais?

LXXVII. El Gran Tonel de Heidelberg

Ahora viene el vaciado de la caja. Pero para comprenderlo del todo debéis saber algo de la curiosa estructura interna del órgano sobre la que se trabaja. Considerando la cabeza del cachalote como un cuerpo sólido oblongo, se puede, siguiendo un plano inclinado, dividirla a lo largo en dos cuñas,' la inferior de las cuales es la estructura ósea que forma el cráneo y las mandíbulas, y la superior es una masa untuosa completamente libre de huesos, cuyo ancho extremo delantero forma la frente visible, expandida verticalmente, del cetáceo. Si, en mitad de la frente, subdividís horizontalmente esta cuña superior, entonces tendréis dos partes casi iguales, que antes ya estaban divididas naturalmente por una pared interna de una densa sustancia tendinosa.
La parte inferior de la subdivisión, llamada «la jarcia trozada», es un solo panal inmenso de aceite, formado por el cruzamiento y recruzamiento, en diez mil celdillas imbricadas, de densas fibras blancas cas y elásticas, en toda su extensión. La parte superior, conocida por la caja, puede considerarse como el Gran Tonel de Heidelberg del cachalote. Y del mismo modo que ese célebre gran barril está misteriosamenteriosamente esculpido en su delantera, así la vasta frente arrugada del cetáceo forma innumerables trazados extraños como adorno emblemático de su prodigioso tonel. Asimismo, igual que el de Heidelberg siempre se ha llenado con los vinos más excelentes de los valles del Rin, el tonel del cachalote contiene la más preciosa de todas las soleras oleosas: a saber, el preciadísimo aceite de esperma, en estado absolutamente puro, límpido y fragante. Y no se encuentra esta preciosa sustancia libre de mezcla en ninguna otra parte del animal. Aunque mientras está vivo permanece perfectamente fluido, sin embargo, al exponerse al aire después de la muerte, empieza muy pronto a condensarse, produciendo hermosos vástagos cristalinos, como cuando empieza a formarse en el agua el primer hielo, delicado y sutil. La caja de un cachalote grande suele producir unos quinientos galones de aceite de esperma, aunque, por circunstancias inevitables, una parte considerable de él se derrama, se escapa y se vierte, o se pierde irrevocablemente de alguna otra manera, en el delicado asunto de poner a salvo todo lo que se puede.
No sé con qué refinado y costoso material se revestiría por dentro el tonel de Heidelberg, pero ese revestimiento no podría compararse en riqueza superlativa con la sedeña membrana color perla, que, como el forro de una rica piel, forma la superficie interior de la caja del cachalote.
Se habrá visto que el tonel de Heidelberg del cachalote abarca toda la longitud de toda la parte superior de la cabeza, y dado que —según se ha expuesto en otro lugar— la cabeza abarca un tercio de la entera longitud del animal, entonces, calculando esa longitud de ochenta pies para un cachalote de buen tamaño, tendréis más de veintiséis pies para el aforo del tonel, al izarse verticalmente a lo largo, junto al costado del barco.
Como, al decapitar el cachalote, el instrumento del operador queda muy cerca del lugar donde posteriormente se abre un acceso al depósito del aceite de esperma, ese operador debe tener extraordinario cuidado, no sea que un golpe descuidado e inoportuno alcance el santuario y deje escapar, despilfarrado, su inestimable contenido. Es también ese extremo decapitado de la cabeza el que por fin se eleva, sacándolo del agua y reteniéndolo en tal posición con los enormes aparejos de descuartizamiento, cuyos enredos de cáñamo, en un costado, forman una verdadera selva de cables en esa zona.
Una vez dicho todo esto, os ruego que ahora os fijéis en la operación maravillosa y —en este caso concreto— casi fatal con que se detenta el Gran Tonel de Heidelberg del cachalote.

LXXVIII. Cisterna y cubos

Ágil como un gato, Tashtego va hacia arriba, y, sin alterar su postura erguida, corre derecho por el saliente extremo de la verga mayor, hasta el punto donde se proyecta exactamente sobre el tonel izado. Ha llevado consigo un aparejo ligero llamado «látigo», que consiste sólo en dos partes pasadas por un motón con una sola roldana. Asegurando el motón de modo que cuelgue de la verga mayor, tira una punta del cabo para que lo agarre y lo sujete bien firme un marinero en cubierta. Luego, una mano tras otra, el indio baja con la otra punta, pendiendo por el aire, hasta que se posa diestramente en lo alto de la cabeza. Allí —todavía muy elevado sobre el resto de la gente, a la que grita con vivacidad— parece algún muecín turco llamando a la buena gente a la oración desde lo alto de un minarete. Le hacen subir una aguda azada de mango corto, y él busca diligentemente el lugar adecuado para empezar a irrumpir en el tonel. En ese asunto actúa con mucho cuidado, como un buscador de tesoros en una casa vieja, golpeando las paredes para ver dónde está emparedado el oro. En el momento en que concluye esa cauta búsqueda, un recio cubo con aros de hierro, exactamente como un cubo de pozo, ha sido amarrado a un extremo del «látigo», mientras el otro extremo, extendido a través de la cubierta, queda sujeto por dos o tres marineros atentos. Éstos izan entonces el cubo al alcance del indio, a quien otra persona le ha hecho llegar un palo muy largo. Insertado en ese palo el cubo, Tashtego guía el cubo haciéndolo bajar al tonel, hasta que desaparece por entero; luego, avisando a los marineros del «látigo», sube otra vez el cubo, todo él burbujeante, como el cubo de leche recién ordeñada por la lechera. Cuidadosamente bajado desde su altura, el recipiente hasta los topes es aferrado por un marinero designado para ello, que lo vacía rápidamente en un gran barril. Luego, volviendo a subir, vuelve a pasar por el mismo recorrido hasta que la honda cisterna no produce más. Hacia el final, Tashtego tiene que meter el largo palo cada vez con más fuerza y más hondo en el tonel hasta que baja unos veinte pies del palo.
Entonces, los hombres del Pequod habían estado trasvasando algún tiempo de este modo, y se habían llenado varios barriles con el fragante aceite de esperma, cuando de repente ocurrió un extraño accidente. Si fue que Tashtego, ese indio salvaje, se descuidó y se distrajo soltando por un momento la mano con que se agarraba a los aparejos de grandes cables que suspendían la cabeza, o si fue que el lugar donde estaba era muy traidor y resbaladizo, o si el mismo demonio se empeñó en que fuese así, sin precisar sus razones exactas, no se puede decir ahora por qué fue, pero, de repente, cuando subía rebañando el cubo octogésimo o nonagésimo, ¡Dios mío!, el ,pobre Tashtego, como el cubo que alterna con su gemelo en un pozo de verdad, se cayó de cabeza a ese gran tonel de Heidelberg, y, con un horrible gorgoteo aceitoso, se perdió de vista por completo.
—¡Hombre al agua! —gritó Daggoo, que, en medio de la consternación general, fue el primero en recobrar el dominio—. ¡Echad el cubo para acá!
Y, metiendo un pie dentro, como para reforzar más el resbaladizo agarre de las manos en la propia cuerda del «látigo», fue elevado por los izadores hasta lo alto de la cabeza, casi antes de que Tashtego pudiera haber alcanzado su fondo interior. Mientras tanto, hubo un terrible tumulto. Mirando sobre la borda, todos vieron la cabeza, antes sin vida, latiendo y agitándose por debajo mismo de la superficie del mar, como si en ese momento se le hubiera ocurrido una idea importante, mientras que era sólo el pobre indio que, sin darse cuenta, revelaba en esas luchas la peligrosa profundidad en que se había hundido.
En ese momento, mientras Daggoo, en lo alto de la cabeza, liberaba el «látigo» —que se había enredado, no se sabe cómo, en los grandes aparejos de descuartizamiento—, se oyó un brusco ruido crujiente, y, con inexpresable horror de todos, uno de los dos enormes ganchos que suspendían la cabeza se desprendió, y con vasta oscilación la enorme masa se inclinó a un lado, hasta que el barco ebrio se escoró y se agitó como golpeado por un iceberg. El único gancho que quedaba, y del que ahora pendía toda la tensión, parecía a cada momento a punto de ceder, cosa aún más probable por los violentos movimientos de la cabeza.
—¡Baja, baja! —aullaron los marineros a Daggoo, pero sujetando con una mano los pesados aparejos, para que, si se caía la cabeza, él quedase todavía colgado; mientras, el negro, desenredado el cable, sumergía el cubo en el pozo ahora desplomado, con la intención de que el arponero sepultado lo agarrase y fuese izado.
—¡En nombre del cielo, marinero! —gritó Stubb—, ¿estás metiendo ahí un cartucho? ¡Espera! ¿Cómo le va a servir que le des en la cabeza con ese cubo de aros de hierro? ¡Espera, eh!
—¡Cuidado con el aparejo! —gritó una voz como el estallido de un cohete.
Casi en el mismo instante, con un trueno, la enorme masa cayó al mar, como la Table Rock del Niagara en el remolino; el casco, repentinamente aligerado, se alejó de ella, meciéndose hasta mostrar el cobre reluciente, y todos contuvieron el aliento, mientras que Daggoo —oscilando unas veces sobre las cabezas de los marineros, otras veces sobre el agua— aparecía vagamente entre una densa niebla de salpicaduras, agarrado a los aparejos balanceantes, en tanto el pobre Tashtego, sepultado vivo, se hundía cada vez más en el fondo del mar. Pero apenas se disipó el vapor cegador, se vio por un fugaz momento cernerse sobre las amuradas una figura desnuda con un sable de abordaje en la mano. En seguida, una ruidosa zambullida anunció que mi valiente Queequeg se había sumergido para el salvamento. Todos se agolparon en masa a ese lado, y todos los ojos contaron las ondas del agua, mientras un momento sucedía a otro sin que se viera señal del que se hundía ni del zambullido. Entonces algunos marineros saltaron a una lancha junto al barco y se separaron un poco.
—¡Ah, ah! —gritó Daggoo, de repente, desde su altura oscilante, ahora quieta, allá arriba; y, mirando lejos del barco, vimos un brazo que salía verticalmente de las olas azules: espectáculo tan extraño de ver como un brazo que saliera de la hierba sobre una tumba.
—¡Los dos, los dos! ¡Son los dos! —volvió a gritar Daggoo con un clamor gozoso, y poco después se vio a Queequeg braceando valientemente con una sola mano, mientras con la otra agarraba el largo pelo del indio. Izados a la lancha que aguardaba, fueron rápidamente llevados a la cubierta, pero Tashtego tardó en recuperarse, y Queequeg no parecía muy vivo.
Ahora, ¿cómo se había realizado este noble salvamento? Pues así: Queequeg, zambullido en pos de la cabeza que descendía lentamente, había dado tajos laterales con su afilada espada cerca de su fondo, de modo que abrió un gran agujero; entonces, dejando caer la espalda, metió el largo brazo muy dentro y hacia arriba, sacando así por la cabeza al pobre Tashtego. Aseguró que, a la primera metida que dio en su busca, se le ofreció una pierna, pero sabiendo muy bien que eso no era lo que debía ser, y que podría dar lugar a gran inconveniencia, había echado atrás esa pierna, y, con un diestro empujón y sacudida, había hecho dar una voltereta al indio, de modo que, al siguiente intento, lo sacó del buen modo tradicional: con la cabeza por delante. En cuanto a la gran cabeza, se encontraba en perfecto estado de salud.
Y así, mediante el valor y la gran habilidad obstétrica de Queequeg, se realizó con éxito la liberación, o mejor dicho, el parto de Tashtego, a pesar, además, de los impedimentos más inoportunos y aparentemente desesperanzadores, lo cual es una lección que no debe olvidarse en absoluto. El arte de la comadrona debería enseñarse en el mismo curso de la esgrima, el boxeo, la equitación y el remo.
Ya sé que esta extraña aventura del indio Gay-Head parecerá seguramente increíble a algunos de tierra adentro, aunque ellos mismos habrán visto u oído decir que alguien se ha caído en una cisterna, en tierra; accidente que ocurre no raras veces, y con motivo mucho menor que el del indio, si se considera la enorme resbalosidad del borde del pozo del cachalote.
Pero tal vez se me apremiará sagazmente: ¿cómo es eso? Creíamos que la cabeza del cachalote, con su tejido imbricado, era la parte más ligera y flotante que hay en él, y sin embargo, tú lo haces hundirse en un elemento de mayor peso específico que ella. Aquí te tenemos. De ningún modo, sino que aquí os tengo yo: pues en el momento en que se cayó el pobre Tash, la caja casi estaba vacía de su contenido más ligero, dejando poco más que la densa pared tendinosa del pozo; una sustancia doblemente soldada y martillada, como he dicho antes, mucho más pesada que el agua de mar, en la cual se hunde un trozo suyo casi como plomo. Pero la tendencia a hundirse rápidamente que tiene esta sustancia, en el caso presente, quedó contrarrestada materialmente por las demás partes de la cabeza que quedaban sin desprender de ella, de modo que se hundió, en efecto, con mucha lentitud y deliberación, proporcionando a Queequeg una decente ocasión para que realizara su ágil obstetricia a la carrera, como podríais decirlo. Sí, fue un parto a la carrera; eso fue.
Ahora, si Tashtego hubiera perecido en esa cabeza, habría sido un modo precioso de perecer: ahogado en el más blanco y refinado de los fragantes aceites de esperma, y teniendo por ataúd, carroza y tumba, la secreta cámara interior, el sanctasantórum del cetáceo. Sólo se puede recordar fácilmente un fin más dulce: la deliciosa muerte de un buscador de colmenas de Ohio, el cual, buscando miel en la horquilla de un árbol hueco, encontró tan enorme reserva de ella que, al inclinarse demasiado, fue absorbido por la miel y murió embalsamado. ¿Cuántos creéis que hayan caído igualmente en la cabeza de miel de Platón, muriendo dulcemente en ella?

LXXIX. La dehesa

Escudriñar las líneas de la cara, o palpar los bultos de la cabeza de este leviatán es cosa que ningún fisiognomista o frenólogo ha hecho jamás. Tal empresa parecería casi tan poco prometedora como lo habría sido para Lavater escudriñar las arrugas del Peñón de Gibraltar, o para Gall subir en una escalerilla a manosear la cúpula del Panteón. Sin embargo, en sus famosas obras, Lavater no sólo trata sobre las diversas caras de los hombres, sino que también estudia atentamente las caras de los caballos, pájaros, serpientes y peces, y se demora en detalles sobre las variedades de expresión discernibles en ellas. Por tanto, aunque yo estoy poco cualificado para hacer de pionero en la aplicación de esas dos semiciencias al cachalote, haré lo que pueda. Lo intento todo: logro lo que puedo.
Desde el punto de vista fisiognómico, el cachalote es una criatura anómala. No tiene nariz propiamente dicha. Y dado que la nariz es el más central y conspicuo de los rasgos, y dado que quizá es el que más modifica y en definitiva domina su expresión combinada, parecería por ello que su entera ausencia como apéndice externo debe afectar mucho a la cara del cetáceo. Pues del mismo modo que en la jardinería paisajística se considera casi indispensable para el completamiento de la escena un chapitel, una cúpula o un monumento, así no hay cara que pueda estar fisiognómicamente en orden sin el alto campanario calado de la nariz. Quitadle la nariz al Júpiter marmóreo de Fidias, y ¡qué triste resto! No obstante, el leviatán es de tan poderosa magnitud, y sus proporciones son tan solemnes, que la misma deficiencia que sería horrible en el Júpiter esculpido, en él no es defecto en absoluto. Más aún, es una grandeza adicional. Para el cachalote, una nariz hubiera sido impertinente. Al navegar en vuestro chinchorro alrededor de su vasta cabeza en vuestro viaje fisiognómico, vuestro noble concepto de él jamás queda ofendido por la reflexión de que tenga una nariz de que tirar: una idea pestilente, que tan a menudo se empeña en invadirnos aun cuando observamos al más poderoso macero real en su trono.
En algunos detalles, quizá la visión fisiognómica más impotente que quepa tener del cachalote es la plena visión frontal de la cabeza. Ese aspecto es sublime.
Una hermosa frente humana, cuando piensa, es como el oriente cuando se turba con el amanecer. Paciendo en reposo, la rizada frente del toro tiene un toque de grandiosidad. Al arrastrar pesados cañones por desfiladeros de montañas, la frente del elefante es majestuosa. Humana o animal, la misteriosa frente es como ese gran sello de oro adherido por los emperadores germánicos a sus decretos. Significa: «Dios: hecho en el día de hoy por mi mano». Pero en la mayor parte de las criaturas, e incluso en el hombre mismo, muy a menudo la frente es una mera franja de tierra alpina extendida a lo largo de la línea de nieve. Pocas son las frentes que, como la de Shakespeare o la de Melanchthon, se elevan tan alto y descienden tan bajo que los propios ojos semejan claros lagos eternos y sin oscilación; y sobre ellas, en sus arrugas, os parece seguir el rastro de los astados pensamientos que bajan a beber, igual que los cazadores de las tierras altas siguen el rastro de los ciervos por sus huellas en la nieve. Pero en el gran cachalote esta alta y poderosa dignidad divina, inherente a la frente, está tan inmensamente amplificada que, al contemplarla, en esa plena vista frontal, sentís a la Divinidad y las potencias temibles con más energía que al observar cualquier otro objeto de la naturaleza viva. Pues no veis un solo punto con precisión, no se revela un solo rasgo visible; no hay nariz, ojos, oídos o boca; no hay cara; no la tiene, en rigor; nada sino un solo ancho firmamento de frente, alforzado de enigmas, amenazando mudamente con la condenación de lanchas, barcos y hombres. Y tampoco disminuye de perfil esa prodigiosa frente; aunque, al observarla así, su grandeza no os abrume tanto. De perfil, observáis claramente esa depresión horizontal, como una media luna, en el centro de la frente, que en el hombre es la señal del genio, según Lavater.
Pero ¿cómo? ¿Genio en el cachalote? ¿Alguna vez el cachalote ha escrito un libro o pronunciado un discurso? No, su gran genio se declara en que no haga nada especial para demostrarlo. Se declara además en su silencio piramidal. Y eso me recuerda que, si el joven mundo oriental hubiera conocido al gran cachalote, lo habría divinizado en sus pensamientos de mágico infantilismo. Divinizaron al cocodrilo, porque el cocodrilo no tiene lengua; y el cachalote tampoco tiene lengua, o al menos es tan pequeña que resulta incapaz de sacarse. Si en lo sucesivo algún pueblo poético y de alta cultura logra con sus incitaciones que regresen a sus derechos de nacimiento los alegres dioses de los mayas de antaño y los vuelve a entronizar con vida en el cielo hoy egolátrico, en el monte hoy sin hechizos, entonces, estad seguros, exaltado al alto asiento de Júpiter, el gran cachalote será el dominador.
Champollion descifró los arrugados jeroglíficos del granito. Pero no hay Champollion que descifre el Egipto de la cara de cada hombre y de cada ser. La fisiognomía, como todas las demás ciencias humanas, es sólo una fábula pasajera. Entonces, si sir William Jones, que leía treinta idiomas, no sabía leer la más sencilla cara de aldeano en sus más profundos y sutiles significados, ¿cómo puede el analfabeto Ismael tener esperanzas de leer el terrible caldeo de la frente del cachalote? No hago más que poner ante vosotros esta frente. Leedla si podéis.

LXXX. El Núcleo

Si el cachalote es una esfinge, desde el punto de vista fisiognómico, para el frenólogo su cerebro parece aquel círculo de la geometría que es imposible cuadrar.
En el animal maduro, el cráneo mide por lo menos veinte pies de largo. Si desengoznáis la mandíbula inferior, la vista lateral de este cráneo es como la vista lateral de un plano moderadamente inclinado apoyado totalmente en una base horizontal. Pero en vida —como hemos visto en otro lugar— el plano inclinado queda rellenado en su ángulo y casi cuadrado por la enorme masa superpuesta del «trozado» y la esperma. En su extremo más alto, el cráneo forma un cráter para acomodar esa parte de la masa, mientras que bajo el largo suelo de ese cráter —en otra cavidad que rara vez excede diez pulgadas de largo y otras tantas de profundo— reposa el escaso puñado de cerebro de este monstruo. El cerebro está por lo menos a veinte pies de su frente visible, en el animal vivo; está escondido detrás de sus enormes obras defensivas, como la ciudadela interna tras las amplias fortificaciones de Quebec. Está escondido en él de modo tan semejante a un cofrecillo precioso, que he conocido a muchos pescadores de ballenas que niegan perentoriamente que el cachalote tenga otro cerebro que esa palpable semejanza de cerebro formada por las yardas cúbicas de la reserva de aceite de esperma. Como ésta se encuentra en extraños repliegues, conductos y circunvoluciones, para su modo de ver parece más de acuerdo con la idea de su potencia de conjunto considerar esta misteriosa parte suya como la morada de su inteligencia.
Está claro, entonces, que, desde el punto de vista frenológico, la cabeza de este leviatán, en el estado vivo e intacto del animal, es un completo engaño. En cuanto a su verdadero cerebro, no podéis ver indicaciones suyas, ni sentirlas. El cachalote, como todas las cosas potentes, ostenta una frente falsa para el mundo común.
Si liberáis su cráneo de su cargamento de aceite de esperma, y lanzáis una vista por detrás a su parte trasera, que es el extremo elevado, os sorprenderá su semejanza con el cráneo humano observado en la misma situación y desde el mismo punto de vista. En efecto, colocad este cráneo vuelto del revés (reducido a la escala de la magnitud humana) entre una bandeja de cráneos humanos, e involuntariamente lo confundiréis con ellos; y al observar las depresiones en una parte de su cima, diríais, en lenguaje frenológico: «Este hombre no tenía estimación de sí mismo, ni veneración». Y con esas negaciones, consideradas juntamente con el hecho afirmativo de su portentosa mole y energía, os podéis formar del mejor modo el concepto más auténtico, aunque no el más regocijante, de lo que es la potencia más exaltada.
Pero, si por las dimensiones relativas del cerebro propiamente dicho del cachalote, lo juzgáis incapaz de ser adecuadamente localizado, entonces tengo otra idea que ofreceros. Si consideráis atentamente el espinazo de casi todos los cuadrúpedos, os llamará la atención la semejanza de sus vértebras con un collar engarzado de cráneos enanos, todos ellos ostentando una semejanza rudimentaria con el cráneo propiamente dicho. Es un concepto alemán que las vértebras son cráneos absolutamente sin desarrollar. Pero entiendo que no fueron los alemanes los primeros en percibir esa curiosa semejanza externa. Un amigo extranjero una vez me la hizo notar en el esqueleto de un enemigo que había matado, con cuyas vértebras estaba haciendo una especie de incrustación en bajorrelieve en la proa en pico de su canoa. Ahora, considerad que los frenólogos han omitido una cosa importante al no prolongar sus investigaciones desde el cerebelo hasta el canal medular. Pues creo que mucho del carácter de un hombre se hallará representado en su espinazo. Prefería tocar vuestro espinazo que vuestro cráneo, quienquiera que seáis. Una débil viga de espinazo jamás ha sostenido un alma íntegra y noble. Yo me complazco en mi espinazo, como en el firme y audaz mástil de la bandera que despliego ante el mundo. Aplicad esta rama espinal de la frenología al cachalote. Su cavidad craneana se continúa con la primera vértebra del cuello, y, en esta vértebra, el cauce del canal medular mide unas diez pulgadas de ancho, con ocho de altura, y con una forma triangular con la base para abajo. Al pasar por las restantes vértebras, el canal disminuye de tamaño, pero durante una considerable distancia sigue siendo de gran capacidad. Ahora, desde luego, este canal está lleno de la misma sustancia extrañamente fibrosa —la médula espinal— que el cerebro, y comunica directamente con el cerebro. Y, lo que es más, durante muchos pies después de emerger de la cavidad cerebral, la médula espinal sigue teniendo la misma circunferencia sin mengua, casi igual a la del cerebro. En todas esas circunstancias, ¿no sería razonable inspeccionar y sacar planos de la médula del cachalote desde el punto de vista frenológico? Pues, mirada en este sentido, la notable pequeñez relativa de su cerebro propiamente dicho está más que compensada por la prodigiosa magnitud relativa de su médula espinal.
Pero dejando que esta sugestión influya como pueda en los frenólogos, simplemente querría asumir por un momento la teoría espinal en referencia a la joroba del cachalote. Esta augusta joroba, si no me equivoco, se eleva sobre una de las vértebras mayores, y por tanto es, en cierto modo, su molde convexo exterior. Por su situación relativa, entonces, yo llamaría a esta alta joroba el órgano de la firmeza y la indomabilidad en el cachalote. Y que el gran monstruo es indomable, todavía tendréis razones para saberlo.

LXXXI. El Pequod encuentra al Virgen

Llegó el día predestinado y, como era debido, encontramos al barco Jungfrau, capitán Derick De Deer, de Bremen.
Antaño los principales pescadores de ballenas del mundo, ahora los holandeses y los alemanes están entre los menos importantes, pero, acá y allá, a intervalos muy amplios de latitud y longitud, todavía se encuentra de vez en cuando su bandera en el Pacífico.
Por alguna razón, el Jungfrau parecía muy deseoso de presentar sus respetos. Todavía a cierta distancia del Pequod, orzó, y arriando un bote, su capitán fue impulsado hacia nosotros, situándose impacientemente a proa, en vez de ir a popa.
—¿Qué lleva ahí en la mano? —gritó Starbuck, señalando algo que el alemán llevaba balanceando—. ¡Imposible! ¡Una alcuza!
—No es eso —dijo Stubb—: no, no, es una cafetera, señor Starbuck; viene acá a hacernos el café, ese alemán; ¿no ve la gran lata que tiene al lado? Es agua hirviendo. ¡Ah, está muy bien, ese alemán!
—¡Quite allá! —exclamó Flask—, es una alcuza y una lata de aceite. Se le ha acabado el aceite y viene a pedir.
Por curioso que parezca que un barco aceitero pida prestado aceite en zona de pesca, y por mucho que contradiga al revés al viejo proverbio de llevar carbón a Newcastle, a veces ocurre realmente semejante cosa; y en el caso presente, el capitán Derick De Deer llevaba sin duda una alcuza, como había dicho Flask.
Cuando subió a cubierta, Ahab se le acercó repentinamente, sin fijarse en absoluto en lo que llevaba en la mano, pero el alemán, en su jerga rota, pronto evidenció su completa ignorancia sobre la ballena blanca dirigiendo inmediatamente la conversación hacia su alcuza y su lata de aceite, con algunas observaciones sobre que, por la noche, tenía que meterse en su hamaca en profunda oscuridad, porque se había acabado su última gota de aceite de Bremen, y todavía no habían capturado un solo pez volador para suplir la deficiencia; y para terminar sugirió que su barco estaba lo que en la pesca de ballenas se llama técnicamente limpio (esto es, vacío), muy merecedor del nombre de Jungfrau, «Virgen».
Remediadas sus necesidades, Derick se marchó, pero no había alcanzado el costado de su barco cuando se anunciaron ballenas desde los masteleros de ambos barcos, y tan ansioso estaba Derick de persecución, que, sin detenerse a dejar a bordo la lata de aceite y la alcuza, hizo virar la lancha y se puso a seguir a las alcuzas leviatánicas.
Ahora, como la caza se había levantado a sotavento, él y las otras tres lanchas alemanas que de pronto le siguieron llevaban considerable ventaja a las quillas del Pequod. Había ocho ballenas, una manada mediana. Conscientes de su peligro, marchaban todas en fondo con gran velocidad, derechas por delante del viento, rozando sus costados tan estrechamente como tiros de caballos enjaezados. Dejaban una estela grande y ancha, como si desenrollaran de modo continuo un ancho pergamino sobre el mar.
Dentro de esa rápida estela, y a muchas brazas detrás, nadaba un viejo macho, grande y jorobado, que, por su avance relativamente lento, así como por las insólitas incrustaciones amarillentas que crecían sobre él, parecía sufrir ictericia o alguna otra enfermedad. Parecía dudoso que esta ballena perteneciera a la manada de delante, pues no es corriente en tan venerables leviatanes ser sociables. No obstante, se mantenía en su estela, aunque indudablemente su reflujo debía retardarle, porque el «hueso blanco» o marejada ante su ancho morro se rompía como la onda que se forma cuando se encuentran dos corrientes hostiles. Su chorro era corto, lento y laborioso, saliendo con una especie de estertor estrangulado, y disipándose en jirones desgarrados, seguidos de extrañas conmociones subterráneas en él, que parecían encontrar salida por su otro extremo hundido, haciendo que las aguas se elevaran burbujeantes detrás de él.
,. ¿Quién tiene algún calmante? —dijo Stubb—; tiene dolor de estómago, me temo. Dios mío, ¡figuraos lo que es tener media hectárea de dolor de estómago! Vientos contrarios están haciendo en él una pascua loca, muchachos. Es el primer mal viento que he visto jamás soplar por la popa; pero mirad, ¿ha habido nunca una ballena que diera tales guiñadas? Debe de ser que ha perdido la caña.
Como un gran barco cargado en exceso, al acercarse a la costa del Indostán con la cubierta llena de caballos espantados, se escora, se mece, se sumerge y avanza vacilante, así esta vieja ballena balanceaba su envejecida mole, y de vez en cuando, revolviéndose sobre sus molestas costillas, mostraba la causa de su estela incierta en el muñón innatural de su aleta de estribor. Sería difícil decir si había perdido esa aleta en batalla, o si había nacido sin ella.
—Espera un poco, viejo, y te pondré en cabestrillo ese brazo herido —gritó el cruel Flask, señalando la estacha que tenía a su lado.
—Fíjate que no te ponga a ti en cabestrillo —gritó Starbuck—: Adelante, o el alemán se lo llevará.
Con una sola intención, todas las lanchas rivales se dirigían a ese mismo animal no sólo porque era el mayor, y por tanto el más valioso, sino porque estaba más cerca, y los otros se movían a tal velocidad, además, que casi desafiaban toda persecución por el momento. En esta coyuntura, las embarcaciones del Pequod habían adelantado a las tres lanchas alemanas arriadas en último lugar, pero la de Derick, por la gran ventaja que había tenido, todavía iba en cabeza de la persecución, aunque a cada momento se acercaran a ella sus rivales extranjeros. Lo único que temían éstos era que él, por estar ya tan cerca de su blanco, pudiera disparar su arpón antes que terminaran de alcanzarle y pasarle. En cuanto a Derick, parecía muy confiado en que ocurriría así, y de vez en cuando, con un gesto de burla, agitaba la alcuza hacia las otras lanchas.
¡Perro grosero e ingrato! —gritó Starbuck—: ¿se burla y me desafía con la misma lata de limosnas que le he llenado hace cinco minutos? —Y luego, con su viejo susurro intenso—: ¡Adelante, lebreles! ¡Hala con ello!
—Os digo la verdad, muchachos —gritaba Stubb a su tripulación—, va contra mi religión ponerse como loco, pero ¡me gustaría comerme a ese granuja de alemán! ¡Remad!, ¿queréis? ¿Vais a dejar que ese bribón os gane? ¿Os gusta el coñac? Un pellejo de coñac, entonces, al mejor remero. Vamos, ¿por qué no os rompéis alguno una vena? ¿Quién es el que ha echado un ancla por la borda? No nos movemos una pulgada; estamos en calma chicha. Ea, que crece la hierba en el fondo de la lancha; y por Dios, que este mástil está echando yemas. Eso no me gusta, muchachos. ¡Mirad a ese alemán! Bueno, ¿en qué quedamos, vais a escupir fuego o no?
—¡Ah, mirad qué espuma hace! —gritaba Flask, danzando de un lado para otro—: ¡Qué joroba! ¡Venga, echaos contra el buey; está quieto como un tronco! ¡Ah, muchachos, tirad allá: torta y quohogs de cena, ya sabéis, muchachos..., almejas y bollos..., ea, tirad adelante... Tiene cien barriles..., no la perdáis ahora...! ¡No, no...! Mirad a ese alemán... ¡Ah, no remáis por lo que coméis, muchachos! ¡Qué asco, qué porquería! ¿No os gusta el aceite de esperma? ¡Ahí van tres mil dólares, hombres! ¡Un Banco, todo un Banco! ¡El Banco de Inglaterra! ¡Ea, vamos, vamos, vamos! ¿Qué hace ahora el alemán?
En ese momento Derick lanzaba su alcuza contra las lanchas que avanzaban, y también la lata de aceite, quizá con la doble intención de retardar el avance de sus rivales, y a la vez de acelerar económicamente el suyo, con el ímpetu momentáneo del lanzamiento hacia atrás.
—¡Ese grosero perro teutón! —gritó Stubb—. ¡Remad, hombres, como cincuenta mil cargamentos de barcos de guerra llenos de diablos de pelo rojo! ¿Qué dices, Tashtego: eres hombre para partirte el espinazo en veintidós trozos por el honor del viejo Gay-Head?
¿Qué dices?
—Digo que ya remo como un condenado —gritó el indio.
Ferozmente, pero incitadas por igual por las burlas del alemán, las tres lanchas del Pequod empezaban ahora a darle alcance casi juntas, y así dispuestas se le acercaban por momentos. En la hermosa, desprendida y caballeresca actitud del jefe de la lancha al acercarse a la presa, los tres oficiales se levantaron orgullosamente, animando de vez en cuando al remero de popa con un grito estimulante de:
—¡A11á se escurre, ahora! ¡Hurra por la brisa de fresno! ¡Adelantadle!
Pero Derick había tenido tan resuelta ventaja inicial que, a pesar de toda la valentía de ellos, habría resultado vencedor en la carrera si no hubiera caído sobre él un justo juicio en forma de un fallo que detuvo la pala de su remero de en medio. Mientras este torpe marinero de agua dulce se esforzaba por desenredar su fresno, y mientras, en consecuencia, la lancha de Derick estaba a punto de zozobrar, en tanto que él se deshacía en truenos contra sus hombres en terrible cólera, fue el buen momento para Starbuck, Stubb y Flask. Con un grito, dieron un salto mortal hacia delante, y llegaron oblicuamente a disponerse a la altura del alemán. Un instante después, las cuatro lanchas estaban en diagonal en la estela inmediata del cetáceo, mientras que a ambos lados de ellos se extendía la oleada espumosa que hacía.
Fue un espectáculo terrible, lamentable y enloquecedor. El cachalote iba ahora con la cabeza fuera, proyectando su chorro por delante en manantial continuamente atormentado, mientras que su único aletazo golpeaba su costado en agonía de espanto. Unas veces a un lado, otras veces a otro, daba guiñadas en su vacilante huida, y sin embargo, a cada ola que superaba, se hundía espasmódicamente en el mar, o agitaba de lado hacia el cielo su única aleta móvil. Así he visto un pájaro con un ala herida trazando espantado círculos rotos en el aire e intentando en vano escapar de los piratescos halcones. Pero el pájaro tiene voz, y con gritos plañideros da a conocer su miedo, mientras que el miedo de este enorme bruto mudo del mar estaba encadenado y encantado dentro de él: no tenía voz, salvo la respiración en estertor por su rendija, y eso hacía que el verle fuera inexpresablemente lamentable, mientras que a la vez, en su impresionante mole, en su mandíbula en rastrillo y en su cola omnipotente, había bastante para horrorizar al hombre más robusto que así se compadeciera.
Al ver ahora que unos pocos momentos más darían la ventaja a las lanchas del Pequod, y con tal de no quedar así burlado de su presa, Derick eligió al azar lo que debió parecerle un disparo insólitamente largo, antes de que se le escapara para siempre la última probabilidad.
Pero apenas se levantó su arponero para el lanzamiento, los tres tigres —Queequeg, Tashtego, Daggoo— se pusieron en pie de un salto instintivo, y situados en fila diagonal, apuntaron a la vez sus hierros, dispararon sobre la cabeza del arponero alemán, y sus tres arpones de Nantucket penetraron en el animal. ¡Qué cegadores vapores de espuma y fuego blanco! Las tres lanchas, en la primera furia del arranque escapado del cachalote, golpearon de lado la del alemán, con tal fuerza que tanto Derick como su desconcertado arponero fueron vertidos fuera, y les pasaron por encima las tres quillas fugitivas.
—No tengáis miedo, mis botes de manteca —gritó Stubb, lanzándoles una ojeada pasajera al adelantarles—: ya se os recogerá... ¡Muy bien! He visto unos tiburones a popa..., ya sabéis, perros de San Bernardo..., alivian a los viajeros en apuros. ¡Hurra!, éste es ahora el camino para navegar. ¡Cada quilla es un rayo de sol! ¡Hurra! ¡Allá vamos, como tres latas en la cola de un puma enloquecido! Esto me hace pensar en cuando se ata un elefante a una calesa, en una llanura... Hace volar los radios de las ruedas, muchachos, cuando se le ata así; y hay también peligro de que le tire a uno fuera, cuando se ataca una cuesta. ¡Hurra! Así es como se siente uno cuando se va con Pedro Botero... ¡corriendo cuesta abajo por un plano inclinado sin fin! ¡Hurra!, ¡esa ballena lleva el correo de la eternidad!
Pero la carrera del monstruo fue breve. Dando un súbito jadeo, se zambulló tumultuosamente. Rascando velozmente, las tres estachas volaron en torno a los bolardos con tal fuerza, que abrieron profundos surcos en ellos mientras que los arponeros, temerosos de que esta rápida zambullida agotara pronto las estachas, usando todo su poder y destreza dieron repetidas vueltas al cabo humeante para sujetarlo, hasta que por fin —debido a la tensión vertical en los tacos, forrados de plomo, de los botes, desde donde bajaban derechos los tres cabos al azul— las regalas de las proas casi estuvieron al nivel del agua, mientras las tres proas se elevaban hacia el cielo. Y al cesar pronto el cetáceo en su sumersión, se quedaron algún tiempo en esa actitud, temerosos de soltar más cabo, aunque la posición era un poco difícil. Pero aunque de ese modo se han hundido y perdido muchas lanchas, sin embargo, el aguantar así, con las agudas puntas enganchadas en la carne viva del lomo, es lo que a menudo atormenta tanto al leviatán que pronto le hace subir otra vez al encuentro de la afilada lanza de sus enemigos. Pero, para no hablar del peligro del asunto, es dudoso si ese procedimiento es siempre el mejor, pues es razonable suponer que cuanto más tiempo permanezca bajo el agua el animal herido, más agotado quedará. Porque, debido a su enorme superficie —en un cachalote adulto, algo menos de 2.000 pies cuadrados—, la presión del agua es inmensa. Todos sabemos qué asombroso peso atmosférico resistimos nosotros mismos, aun aquí, sobre la tierra, en el aire ¡qué enorme, entonces, la carga de una ballena, colocando en su espalda una columna de doscientas brazas de océano! Debe ser igual, por lo menos, al peso de cincuenta atmósferas. Un cazador de ballenas lo ha calculado como el peso de veinte barcos de guerra, con todos sus cañones y reservas y hombres a bordo.
Con las tres lanchas detenidas allí en aquel mar que se mecía suavemente, mirando allá abajo su eterno mediodía azul, y sin que subiera de sus profundidades un solo gemido ni grito de ninguna clase, más aún, ni una onda ni una burbuja, ¿qué hombre de tierra adentro habría pensado que por debajo de todo ese silencio y placidez se retorcía y agitaba en agonía el mayor monstruo de los mares? Ni ocho pulgadas de cabo vertical se veían en las proas. ¿Parece creíble que con tres hilos tan finos quedara suspendido el gran leviatán, como la gran pesa de un reloj de ocho días? ¿Suspendido?, y ¿de qué? De tres trocitos de tabla. ¿Es ésa la criatura de que se dijo una vez tan triunfalmente: «¿Puedes llenar su piel de arpones afilados, o su cabeza de bicheros? La espada de quien le golpea no hace presa, ni la lanza, ni el dardo, ni la cota de malla; el hierro es para él como la paja; la flecha no puede hacerle huir; los dardos son para él como rastrojo; se ríe de quien blande una lanza?». ¿Es éste el animal, es éste? ¡Ah, que haya tales incumplimientos para los profetas! Pues, con la fuerza de mil muslos en la cola, Leviatán ha metido la cabeza bajo las montañas del mar para esconderla de los arpones del Pequod!
En esa luz oblicua de la primera hora de la tarde, las sombras que las tres lanchas proyectaban bajo la superficie debían ser suficientemente largas y anchas como para dar sombra a medio ejército de Jerjes. ¡Quién puede decir qué horrendos debieron ser para el cachalote herido tan enormes fantasmas cerniéndose sobre su cabeza!
¡Cuidado, muchachos, se mueve! —gritó Starbuck, cuando los tres cabos vibraron de repente en el agua, transmitiéndoles claramente hasta ellos, como por cables magnéticos, los latidos de vida y muerte de la ballena, de tal modo que cada remero los notaba en su asiento. Un momento después, aliviadas en buena medida de la tensión hacia abajo en las proas, las lanchas dieron un salto repentino hacia arriba, como un pequeño campo de hielo cuando un denso rebaño de osos blancos lo abandona, asustado, .echándose al mar.
—¡Halad, halad! —volvió a gritar Starbuck—: está subiendo.
Las estachas, en que, un momento antes, no se podría haber ganado un palmo, ahora fueron lanzadas, otra vez, todas goteantes, adentro de las lanchas, en largas adujas vivas, y pronto la ballena salió a la superficie a dos largos de barco de sus perseguidores.
Sus movimientos denotaban claramente su extremo agotamiento. En la mayor parte de los animales de tierra hay ciertas válvulas o compuertas, en muchas de sus venas, mediante las cuales, al ser heridos, la sangre se desvía en ciertas direcciones, al menos parcialmente. No es así en el cachalote, una de cuyas peculiaridades es tener una estructura de venas enteramente sin válvulas, de modo que, al ser pinchada aun por una punta tan pequeña como la de un arpón, comienza al momento un mortal desangramiento en todo su sistema arterial, y cuando éste aumenta con la extraordinaria presión de agua, a gran distancia bajo la superficie, se puede decir que se le va la vida a chorros, en torrente incesante. Sin embargo, es tan enorme la cantidad de sangre que hay en él, y tan lejanas y numerosas sus fuentes interiores, que sigue así sangrando y sangrando durante un período considerable, igual que un río sigue manando en una sequía cuando tiene su venero en las fuentes de unas montañas lejanas e indiscernibles. Aun entonces, cuando las lanchas se acercaron remando a la ballena, y, pasando arriesgadamente sobre su cola agitada, le dispararon lanzas, fueron perseguidas por chorros continuos de la herida recién hecha, que siguió manando continuamente, mientras el agujero natural para el chorro, en la cabeza, sólo a intervalos, aunque rápidos, lanzaba al aire su lluvia asustada. Por esta abertura no salía todavía sangre, porque no se había tocado hasta ahora ninguna parte vital suya. Su «vida», como la llaman significativamente, todavía estaba intacta.
Ahora que las lanchas le rodeaban más de cerca, quedó visible claramente toda la parte superior de su forma, con mucho de ella que suele estar sumergido. Sus ojos o mejor dicho los sitios donde habían estado sus ojos, quedaron a la vista. Igual que cuando caen los ancestrales robles, en los agujeros de sus nudos se reúnen extrañas masas mal crecidas, así, de los puntos que habían ocupado antes los ojos de la ballena, ahora salían bulbos ciegos, horriblemente lamentables de ver. Pero no hubo compasión. A pesar de su vejez, y de su brazo único y de sus ojos ciegos, debía morir de muerte y ser asesinado, para iluminar las alegres bodas y los demás festivales del hombre, y asimismo para alumbrar las solemnes iglesias que predican que todos han de ser incondicionalmente inofensivos para con todos. Aún meciéndose en su sangre, por fin mostró parcialmente un extraño racimo o protuberancia, del tamaño de un bushel, muy abajo del flanco.
—Bonito sitio —gritó Flask—: déjeme pincharle ahí una vez. —¡Alto! —gritó Starbuck—: ¡no hay necesidad de eso!'
Pero había tardado demasiado el humanitario Starbuck. En el momento del disparo, un chorro ulceroso se disparó de esa herida cruel, y la ballena, sufriendo con ella insoportable angustia, lanzó chorros de densa sangre y con rápida furia atacó ciegamente a las embarcaciones, salpicándolas, a ellas y a sus jubilosos tripulantes, con chaparrones de sangrujo, y haciendo zozobrar la lancha de Flask, con la proa destrozada. Fue su golpe de muerte. Pues, desde ese momento, quedó tan agotada por la pérdida de sangre, que se alejó, meciéndose inerme, de la ruina que había causado; se tendió jadeando de costado, agitó impotente su aleta mutilada, y luego dio vueltas lentamente como un mundo que se desvanece: volvió a lo alto los blancos secretos de su panza, quedó flotando como un leño y murió. Fue lamentable ese último chorro expirante. Como cuando unas manos invisibles retiran el agua de alguna poderosa fuente, y con gorgoteos melancólicos y medio ahogados la columna espumosa desciende hasta abajo, así fue el último largo chorro moribundo moribundo de la ballena.
Pronto, mientras las tripulaciones aguardaban la llegada del barco, el cuerpo mostró síntomas de irse a hundir con todos sus tesoros sin saquear. Inmediatamente, por orden de Starbuck, se le amarraron cabos de diferentes puntos, de modo que cada lancha poco después era una boya, quedando la ballena hundida suspensa a pocas pulgadas por debajo de ella con las cuerdas. Con manejo muy atento, cuando se acercó el barco, se trasladó la ballena a su costado y allí se aseguró reciamente con las más rígidas cadenas para la cola, pues estaba claro que si no se sostenía artificialmente, el cuerpo se hundiría en seguida al fondo.
Ocurrió por casualidad que, casi al empezar a darle tajos con la azada, se encontró incrustado en la carne un arpón, corroído en `toda su longitud, en la parte inferior de la prominencia antes descrita. Pero como frecuentemente se encuentran trozos de arpones en los cuerpos muertos de ballenas capturadas, con la carne perfectamente curada a su alrededor y sin prominencia de ninguna clase que denote su lugar, por tanto, necesariamente debía haber alguna otra razón desconocida, en el presente caso, que explicara por completo la ulceración aludida. Pero aún más curioso era el hecho de que se encontrara en ella una punta de lanza de piedra, no lejos del fierro sepultado, con la carne perfectamente firme a su alrededor. Quién había disparado aquella lanza de piedra? ¿Y cuándo? Podría haberla disparado algún indio del noroeste antes de que se descubriera América.
No cabe decir qué otras maravillas podrían haberse hurgado en ese monstruoso armario. Pero todo ulterior descubrimiento fue suspendido de repente, al quedar el barco escorado de modo sin precedentes hacia el mar, debido a la tendencia a hundirse, inmensamente creciente, del cuerpo. Sin embargo, Starbuck, que tenía el mando de los asuntos, aguantó hasta el fin, y se aferró a ello tan decididamente, en efecto, que cuando por fin el barco iba a zozobrar si insistía en mantener aferrado el cuerpo, entonces, al darse la orden de romper y separarse de él, era tal la tensión inamovible sobre las ligazones de revés a que se habían amarrado las cadenas y cables de la cola, que fue imposible soltarlos. Mientras tanto, el Pequod se había escorado. Cruzar al otro lado de la cubierta era como subir por el abrupto techo picudo de una casa. El barco gemía y jadeaba. Muchas de las incrustaciones de marfil de sus amuradas y cabinas saltaron de su sitio, por la tensión extraordinaria. En vano se trajeron espeques y palancas para aplicarlos a las inamovibles cadenas que sujetaban la cola, liberándolas de las ligazones: tan hondo había bajado ya la ballena que no cabía acercarse a los extremos sumergidos, mientras a cada momento parecían añadirse toneladas enteras de pesadumbre a la mole que se hundía, y el barco parecía a punto de perderse.
—¡Aguanta, aguanta!, ¿quieres? —Gritó Stubb al cuerpo—: ¡no tengas tan endemoniada prisa de hundirte! Por todos los demonios, hombres, tenemos que hacer algo o lanzarnos a ello. No sirve hurgar ahí; ¡alto, digo, con los espeques, y corred uno de vosotros a buscar un libro de oraciones y un cortaplumas para cortar las cadenas grandes!
—¿Cortar? Sí, sí —gritó Queequeg, y agarrando la pesada hacha del carpintero, se asomó por una porta, y, con el acero contra el hierro, empezó a dar tajos a las mayores cadenas de la cola. Pocos golpes se dieron, con muchas chispas, y la enorme tensión hizo el resto. Con un terrible chasquido, todas las amarras saltaron por el aire; el barco se enderezó y el cadáver se hundió.
Ahora, esta inevitable sumersión que ocurre a veces en un cachalote recién muerto es una cosa muy curiosa, y ningún pescador la ha explicado adecuadamente. Por lo general, el cachalote muerto flota con mucha ligereza, con el costado o la panza considerablemente elevado sobre la superficie. Si los únicos cetáceos que se hundieran así fueran criaturas viejas, flacas y de ánimo abatido, con sus almohadillas de grasa disminuidas y todos sus huesos pesados y reumáticos, entonces podríais afirmar con mucha razón que ese hundimiento está causado por un insólito peso específico en el pez que así se hunde, como consecuencia de que le falta dentro materia flotante. Pero no es así. Pues incluso jóvenes cetáceos, en su mejor salud y rebosando nobles aspiraciones, truncados prematuramente en la tibia floración y el mayo de su vida, con toda su grasa palpitando encima, incluso esos héroes valientes y flotantes, se hunden alguna vez.
Hay que decir, sin embargo, que el cachalote es mucho menos propenso a ese accidente que cualquier otra especie. Por cada uno de esa especie que se hunde, se hunden veinte ballenas francas. Esta diferencia entre las especies es sin duda atribuible en no escaso grado a la mayor cantidad de hueso que hay en la ballena franca, ya que sólo sus persianas venecianas pesan a veces más de una tonelada, estorbo de que el cachalote está totalmente libre. Pero hay ejemplos en que, después de un lapso de varias horas o varios días, el cetáceo hundido vuelve a subir, más flotante que en vida. Pero la razón de esto es obvia. En él se producen gases: se hincha con prodigiosa magnitud, convirtiéndose en una especie de globo animal. Entonces, apenas un barco de guerra podría impedirle subir. En las pesquerías costeras de la ballena, en bajos fondos entre las bahías de Nueva Zelanda, cuando una ballena franca da señales de hundirse, le amarran boyas, con mucho cable, de modo que, cuando el cuerpo ha bajado, saben dónde buscarlo cuando suba otra vez.. No mucho después del hundimiento del cadáver, se oyó un grito desde las cofas del Pequod, anunciando que el Jungfrau volvía a arriar sus lanchas, aunque el único chorro a la vista era de una ballena de aleta dorsal, de las especies de ballenas incapturables, a causa de su increíble poder natatorio. No obstante, el chorro de esa ballena es tan semejante al del cachalote, que los pescadores inexpertos a veces la confunden con él. Y en consecuencia, Derick y toda su ueste se pusieron en valiente persecución de ese bruto inalcanzable. La Virgen, desplegando todas sus velas, se puso a seguir sus cuatro quillas jóvenes, y así desaparecieron todos a sotavento, todavía en atrevida y esperanzada persecución.
¡Ah, muchas son las ballenas de aleta dorsal, y muchos son los Dericks, amigo mío!

LXXXII. El honor y la gloria de la caza de la ballena

Hay algunas empresas en que el método adecuado es un desorden cuidadoso.
Cuanto más me sumerjo en este asunto de la caza de la ballena y hago avanzar mis investigaciones hasta su misma fuente, mucho más me impresionan su gran honorabilidad y su antigüedad; y, sobre todo, cuando encuentro tantos grandes semidioses y héroes, y profetas de todas clases, que de un modo o de otro le han conferido distinción, me siento transportado al reflexionar que yo mismo pertenezco, aunque sólo de modo subordinado, a una hermandad de tales blasones.
El valiente Perseo, un hijo de Júpiter, fue el primer ballenero, y ha de decirse, para eterno honor de nuestra profesión, que la primera ballena atacada por nuestra cofradía no fue muerta con ninguna intención sórdida. Aquéllos eran los días caballerescos de nuestra profesión, cuando sólo tomábamos las armas para socorrer a los que estaban en apuros, y no para llenar las alcuzas de los hombres. Todos saben la hermosa historia de Perseo y Andrómeda: como la deliciosa Andrómeda, hija de un rey, fue atada a una roca en la costa, y cuando el leviatán se disponía a llevársela, Perseo, el príncipe de los balleneros, avanzando intrépidamente, arponeó al monstruo, libró a la doncella y se casó con ella. Fue una admirable gesta artística, raramente lograda por los mejores arponeros de nuestros días, ya que este leviatán quedó muerto al primer arponazo. Y que nadie dude de esta historia arcaica, pues en la antigua Joppa, hoy Jaffa, en la costa Siria, en un templo pagano, estuvo durante muchos siglos el vasto esqueleto de una ballena, que las leyendas de la ciudad y todos sus habitantes afirmaban que era la mismísima osamenta del monstruo que mató Perseo. Cuando los romanos tomaron Joppa, ese esqueleto fue llevado a Italia en triunfo. Lo que parece más singular y sugestivamente importante de esta historia es que fue desde Joppa desde donde zarpó Jonás.
Afín a la aventura de Perseo y Andrómeda —incluso, algunos suponen que deriva indirectamente de ella —es la famosa historia de san Jorge y el dragón, el cual dragón yo sostengo que fue una ballena, pues en muchas antiguas crónicas las ballenas y los dragones se entremezclaban extrañamente, y a menudo se sustituían unos a otros. «Eres como un león de las aguas, y como un dragón del mar», dice Ezequiel, en lo cual alude claramente a una ballena; en realidad, algunas versiones de la Biblia usan esa misma palabra. Además, menguaría mucho la gloria de la gesta que san Jorge sólo hubiera afrontado a un reptil de los que se arrastran por la tierra, en vez de entablar batalla con el gran monstruo de las profundidades. Cualquier hombre puede matar una serpiente, pero sólo un Perseo, un san Jorge o un Coffin tienen bastantes agallas como para avanzar valientemente contra una ballena.
Que no nos desorienten las modernas pinturas de esa escena; pues aunque el animal afrontado por ese valiente ballenero de antaño está representado vagamente en forma semejante a un grifo, y aunque la batalla se pinta en tierra, con el santo a caballo, sin embargo, considerando la gran ignorancia de aquellos tiempos, cuando los artistas desconocían la verdadera forma de la ballena, y considerando que, en el caso de Perseo, la ballena de san Jorge podía haber subido reptando desde el mar a la playa, y considerando que el animal cabalgado por san Jorge podía ser sólo una gran foca o caballo marino, entonces, el tener en cuenta todo esto, no parecerá in compatible con la sagrada leyenda y con los más antiguos esbozos, de la escena, afirmar que ese llamado dragón no fue otro que el propio gran leviatán. En realidad, al ponerse ante la estricta y penetrante te verdad, toda esta historia se comportará como aquel ídolo pescado-carne-y-ave de los filisteos llamado Dagón, al cual, al ser colocado ante el Arca de Israel, se le cayeron la cabeza de caballo y las palmas de las manos, quedando sólo su muñón o parte pisciforme. Así pues, uno de nuestra noble estirpe, precisamente un ballenero, es el guardián tutelar de Inglaterra, y, con buen derecho, nosotros los arponeros de Nantucket deberíamos estar alistados en la nobilísima Orden de San Jorge. Y por consiguiente, que los caballeros de esa honorable cofradía (ninguno de los cuales, me atrevo a decir, habrá tenido que ver jamás con una ballena, como su gran patrón) no miren nunca con desprecio a los de Nantucket, ya que, aun con nuestros blusones de lana y nuestros pantalones alquitranados, tenemos mejores títulos para la condecoración de San Jorge que ellos.
Mucho tiempo he estado dudando si admitir o no a Hércules entre nosotros, pues aunque, según las mitologías griegas, aquel Crockett y Kit Carson de la antigüedad, aquel robusto realizador de excelentes gestas entusiasmadoras, fue tragado y vomitado por una ballena, con todo, podría discutirse si eso, estrictamente, le hace ser ballenero. Por ninguna parte consta que jamás arponeara a tal pez, a no ser, claro está, desde dentro. Con todo, puede considerársele como una suerte de ballenero involuntario; en cualquier caso, la ballena le cazó a él, si no a él la ballena. Le reclamo para nuestro clan.
Pero, según las mejores autoridades contradictorias, esa historia griega de Hércules y la ballena ha de considerarse derivada de la aún más antigua historia hebrea de Jonás y la ballena, o viceversa: ciertamente, son muy semejantes. Entonces, si reclamo al semidiós, ¿por qué no al profeta?
Y tampoco los héroes, santos, semidioses y profetas son los únicos en componer toda la lista de nuestra orden. Nuestro gran maestro todavía no ha sido nombrado, pues nosotros, como los solemnes reyes de antaño, encontramos nuestro manantial nada menos que en los mismísimos grandes dioses. Ahora ha de repetirse aquí aquella maravillosa historia oriental del Shastra, que nos presenta al temible Visnú, una de las tres personas que hay en la divinidad de los hindúes, y nos da al propio divino Visnú como señor nuestro; a Visnú, que, con la primera de sus diez encarnaciones terrenales, ha dejado aparte y santificado para siempre a la ballena. Cuando Brahma, o el dios de los dioses, dice el Shastra, decidió volver a crear el mundo después de una de sus disoluciones periódicas, dio nacimiento a Visnú, para presidir el trabajo; pero los Vedas, o libros místicos, cuya lectura parecería haber sido indispensable a Visnú antes de empezar la creación, y que, por tanto, debían contener algo en forma de sugerencias prácticas para jóvenes arquitectos, esos Vedas, digo, yacían en el fondo de las aguas, de modo que Visnú, encarnándose en una ballena, se zambulló a las últimas profundidades y salvó los sagrados volúmenes. ¿No fue entonces un ballenero este Visnú, del mismo modo que un hombre que va a caballo se llama caballero?
¡Perseo, san Jorge, Hércules, Jonás y Visnú!, ¡Vaya lista que tenemos! ¿Qué club, sino el de los balleneros, puede encabezarse de modo semejante?

LXXXIII. Jonás, considerado históricamente

En el capítulo precedente se hizo referencia al relato histórico de Jonás y la ballena. Ahora bien, algunos de Nantucket desconfían de ese relato histórico de Jonás y la ballena. Pero, asimismo, había algunos griegos y romanos escépticos, que, separándose de los paganos ortodoxos de su época, dudaban igualmente del relato de Hércules y la ballena, y Arión y el delfín; y sin embargo, el hecho de que dudaran de esas tradiciones no las hizo menos reales ni en un apice.
La principal razón que un viejo ballenero de Sag-Harbour tenía para poner en duda el relato hebreo era ésta: él tenía una de esas extrañas Biblias a la antigua usanza, embellecida con grabados curiosos y nada científicos, uno de los cuales representaba la ballena de Jonás con dos chorros en la cabeza, peculiaridad sólo verdadera respecto a una especie del leviatán (la ballena franca y las variedades de esta orden), sobre la cual los balleneros tienen este proverbio: «Se ahogaría con un panecillo de a penique», ya que sus tragaderas son muy pequeñas. Pero para eso está dispuesta la respuesta anticipada del obispo Jebb. No es necesario, sugiere el obispo, que consideremos a Jonás emparedado en la panza de la ballena, sino temporalmente alojado en alguna parte de la boca. Y eso parece suficientemente razonable al buen obispo. Pues, realmente, en la boca de la ballena franca podrían instalarse un par de mesas de juego, sentando cómodamente a todos los jugadores. Es posible, también, que Jonás se hubiera escondido en un diente hueco; pero, pensándolo mejor, la ballena franca no tiene dientes.
Otra razón por la que el Sag-Harbour (así le llamaban) insistía en su falta de fe en ese asunto del profeta, era algo oscuramente referente al cuerpo encarcelado del profeta y a los jugos gástricos de la ballena. Pero esa objeción cae igualmente por tierra, porque un exegeta alemán supone que Jonás debió refugiarse en el cuerpo flotante de una ballena muerta, del mismo modo que los soldados franceses, en la campaña en Rusia, convirtieron en tiendas a sus caballos muertos y se metieron a gatas en ellas. Además, otros comentadores continentales han supuesto que, cuando Jonás fue lanzado por la borda del barco de Joppa, él se escapó derecho a otra embarcación cercana, alguna embarcación con una ballena por mascarón de proa y, yo añadiría, posiblemente llamada La Ballena, igual que ciertos navíos se bautizan hoy día como El Tiburón, La Gaviota, El Águila. Y tampoco han faltado doctores exegetas que han opinado que la ballena mencionada en el libro de Jonás quería indicar meramente un salvavidas —un pellejo inflado de viento— al que se acercó nadando el profeta en peligro, salvándose así de la condena acuática. Por consiguiente, el pobre de Sag-Harbour parece derrotado por todas partes. Pero todavía tenía otra razón para su falta de fe. Era ésta, si no recuerdo mal: Jonás fue tragado por la ballena en el mar Mediterráneo, y al cabo de tres días fue vomitado en algún lugar a unos tres días de viaje de Nínive, una ciudad junto al Tigris, a mucho más de tres días de viaje del punto más cercano de la costa mediterránea. ¿Cómo es eso?
Pero ¿no había otro modo de que la ballena dejara en tierra al profeta a tan corta distancia de Nínive? Sí. Podía haberle llevado dando la vuelta al cabo de Buena Esperanza. Pero, para no hablar de la travesía a todo lo largo del Mediterráneo, y otra travesía por el golfo Pérsico y el mar Rojo, tal suposición implicaría la completa circunnavegación de África, en tres días, para no hablar de que las aguas del Tigris, junto a Nínive, son demasiado superficiales para que nade en ellas una ballena. Además, la idea de que Jonás doblara el cabo de Buena Esperanza en tiempos tan antiguos le quitaría el honor del descubrimiento de ese gran promontorio a Bartolomé Díaz, y daría así un mentís a la historia moderna.
Pero todos esos necios argumentos del viejo de Sag-Harbour evidenciaban sólo el necio orgullo de su razón: cosa más reprensible en él, visto que tenía pocos conocimientos, salvo lo que había ido sacando del sol y del mar. Digo que sólo muestra su necio e impío orgullo, y su abominable y diabólica rebelión contra la reverenda clerecía. Pues un sacerdote católico portugués presentó esa misma idea, de que Jonás hubiera ido a Nínive vía cabo de Buena Esperanza, como manifestación y presagio del milagro general. Y así fue. Además, en nuestros días, los ilustradísimos turcos creen en el relato histórico de Jonás. Y hace unos tres siglos, un viajero inglés, en los antiguos Viajes de Harris, hablaba de una mezquita turca construida en honor de Jonás, en la que había una lámpara milagrosa que ardía sin aceite.

LXXXIV. El marcado

Para hacerlos correr con facilidad y rapidez, se untan los ejes de los carros; y con propósito muy semejante, algunos cazadores de ballenas realizan análoga operación en su lancha: engrasan el fondo. Y no hay que dudar que tal medida, así como no puede causar perjuicio, es posible que produzca una ventaja nada despreciable, si se piensa que el aceite y el agua son hostiles, que el aceite es una sustancia resbaladiza, y que el objetivo que se pretende es hacer que la lancha resbale bravamente. Queequeg tenía gran fe en untar la lancha, y una mañana, no mucho después de que desapareciera el barco alemán Jungfrau, se tomó mayores molestias que de costumbre en esa ocupación, gateando bajo el fondo, donde colgaba sobre el costado del barco, y frotándolo con el unto como si tratara diligentemente de lograr que le saliera una mata de pelo a la calva quilla de la embarcación. Parecía trabajar obedeciendo a algún presentimiento particular, que no dejó de ser confirmado por los acontecimientos.
A mediodía, se señalaron ballenas; pero tan pronto como el barco se dirigió hacia ellas, se volvieron y huyeron con rápida precipitación; una huida desordenada, como los lanchones de Cleopatra huyendo de Actium.
No obstante, las lanchas prosiguieron, y la de Stubb tomó la delantera. Con gran esfuerzo, Tashtego logró por fin clavar un hierro, pero la ballena herida, sin zambullirse en absoluto, continuó su huida horizontal, con mayor velocidad. Tan ininterrumpida tensión en el arpón clavado debía, antes o después, arrancarlo inevitablemente.
Se hizo imperativo alancear a la ballena fugitiva, o contentarse con perderla. Pero halar el bote hasta su flanco era imposible, de tan rápida y furiosa como nadaba. ¿Qué quedaba entonces?
De todos los admirables recursos y destrezas, juegos de mano e incontables sutilezas a que se ve obligado a menudo el ballenero veterano, nada supera a la hermosa maniobra con la lanza llamada «el marcado». Ni el florete ni el sable, con todos sus ejercicios, pueden presumir de nada así. Sólo es indispensable con una ballena que no se canse de correr; su principal característica y hecho es la notable distancia a que se dispara con exactitud la larga lanza desde una lancha que se mece y agita violentamente, bajo una fuerte arrancada. Incluyendo hierro y madera, toda la jabalina tiene unos diez o doce pies de longitud: la vara es mucho más ligera que la del arpón, y también de un material más ligero: pino. Está provista de un delgado do cabo, llamado pernada, de considerable longitud, el cual puede recuperarse una vez lanzado.
Pero antes de seguir adelante, es importante señalar aquí que, aunque el arpón puede ser lanzado a gran distancia, igual que la lanza, esto se hace rara vez; y cuando se hace, tiene éxito con menos frecuencia, a causa de su gran peso e inferior longitud, en comparación con la lanza, que se convierten en serios inconvenientes. En general, por tanto, hay que aferrar primero una ballena con el arpón antes que entre en «juego el marcado».
Mirad ahora a Stubb, un hombre que, por su frialdad y ecuanimidad, bienhumoradas y deliberadas, en las peores emergencias, estaba especialmente cualificado para sobresalir en el marcado. Miradle; está erguido en la agitada proa de la lancha voladora, envuelto en espuma vellonosa, mientras la ballena que les remolca va a cuarenta pies por delante. Tomando ligeramente la larga lanza, echando dos o tres ojeadas a lo largo, para ver si es exactamente recta, Stubb, mientras silba, recoge en una mano el rollo de cabo, para asegurar el extremo libre, dejando lo demás sin obstáculos. Luego, levanta la lanza todo por delante de la cintura y apunta a la ballena; entonces, sin dejar de apuntarla, aprieta firmemente el extremo del mango en la mano, elevando así la punta hasta que el arma queda en equilibrio sobre la palma, a quince pies en el aire. Hace pensar algo en un titiritero que lleva una larga vara en equilibrio en la barbilla. Un momento después, con un impulso rápido y sin nombre, en soberbio arco elevado, el acero brillante cruza la distancia espumosa y vibra en el punto vital de la ballena. En vez de agua centelleante, ahora chorrea sangre roja.
—¡Eso le ha hecho saltar el tapón! —grita Stubb—. ¡Es el inmortal Cuatro de Julio; todas las fuentes deben manar hoy vino! ¡Me gustaría que fuera whisky añejo de Nueva Orleáns, o del viejo Ohio, o del inefable viejo Monongahela! ¡Entonces, Tashtego, muchacho, haría que acercaras 'el vaso al chorro, y beberíamos una ronda! Sí, de veras, mis valientes; haríamos un ponche selecto en la abertura del agujero del chorro, y de esa ponchera viva engulliríamos la bebida viva.
Una vez y otra, con tales palabras de broma, se repite el diestro disparo, y la jabalina vuelve a su amo como un lebrel sujeto en hábil correa. La ballena agonizante se entrega a su furor; se afloja el cabo de remolque, y el lanzador, pasando a popa, cruza las manos y observa en silencio cómo muere el monstruo.

LXXXV. La fuente

Que durante seis mil años —y nadie sabe cuántos millones de siglos antes— las grandes ballenas hayan ido lanzando sus chorros por todo el mar, y salpicando y nebulizando los jardines de las profundidades como regaderas y vaporizadores; y que durante varios siglos pasados miles de cazadores se hayan acercado a la fuente de la ballena, observando esos chorreos y salpicaduras; que todo eso haya ocurrido así, y, sin embargo, hasta este mismo bendito minuto (quince minutos y cuarto después de la una de la tarde del 16 de diciembre del año del Señor 1851), siga siendo un problema si esos chorreos son, después de todo, agua de veras, o nada más que vapor; esto, sin duda, es cosa notable.
Miremos, pues, este asunto, junto con algunos interesantes anejos correspondientes. Todos saben que, con el peculiar artificio de las branquias, las tribus escamosas en general respiran el aire que en todo momento está combinado con el elemento en que nadan; por tanto, un arenque o un bacalao podrían vivir un siglo, sin sacar una sola vez la cabeza fuera de la superficie. Pero, debido a su diversa estructura interna, que le da unos pulmones normales, como los de un ser humano, la ballena sólo puede vivir inhalando el aire desprendido que hay en la atmósfera abierta. De ahí la necesidad de sus visitas periódicas al mundo de arriba. Pero no puede en absoluto respirar por la boca, pues, en su posición ordinaria, en el caso del cachalote, la boca está sepultada al menos a ocho pies por debajo de la superficie; y lo que es más, su tráquea no tiene conexión con la boca. No, respira sólo por su orificio, que está en lo alto de la cabeza.
Si digo que en cualquier criatura el respirar es sólo una función indispensable para la vitalidad en cuanto que retira del aire cierto elemento que, al ser puesto luego en contacto con la sangre, da a la sangre su principio vivificador, me parece que no me equivoco, aunque quizá use algunas palabras científicas superfluas. Supuesto así, se deduce que si toda la sangre de un hombre pudiera airearse con una sola inspiración, podría entonces taparse las narices y no volver a inhalar en un tiempo considerable. Es decir, viviría entonces sin respirar. Por anómalo que parezca, éste es el caso exactamente de la ballena, que vive sistemáticamente con intervalos de una hora entera y más (cuando está sumergida) sin inhalar un solo respiro, ni absorber de ningún modo una partícula de aire, pues recordemos que no tiene branquias. ¿Cómo es eso? Entre las costillas y a cada lado del espinazo, está provista de un laberinto cretense, notablemente enredado, de conductos como macarrones, los cuales, cuando abandona la superficie, están completamente hinchados de sangre oxigenada. Así que, durante una hora o más, a mil brazas, en el mar, transportas una reserva sobrada de vitalidad, igual que el camello que cruza el seco desierto lleva una reserva sobrada de bebida para su uso futuro, en cuatro estómagos suplementarios. Es indiscutible el hecho anatómico de ese laberinto; y que la suposición fundada en él sea razonable y verdadera me parece más probable si se considera la obstinación, de otro modo inexplicable, de ese leviatán por echar fuera los chorros, como dicen los pescadores. Esto es lo que quiero decir: el cachalote, si no se le molesta al subir a la superficie, continúa allí por un período de tiempo exactamente igual al de sus demás subidas sin molestias. Digamos que permanece once minutos, y echa el chorro setenta veces, esto es, hace setenta inspiraciones; entonces, cuando vuelve a subir, es seguro que volverá a inspirar sus setenta veces, hasta el final. Pues bien, si después que da unos cuantos respiros le asustáis de modo que se zambulla, volverá a empeñarse siempre en subir para completar su dosis normal de aire. Y mientras no se cuenten esos setenta respiros, no descenderá finalmente para pasar abajo todo su período. Observad, sin embargo, que en diversos individuos esas proporciones son diversas; pero en cada uno son semejantes. Ahora ¿para qué iba la ballena a empeñarse tanto en echar fuera los chorros, si no es para volver a llenar su reserva de aire antes de bajar definitivamente? ¡Qué evidente es, también, que esa necesidad de subir expone a la ballena a todos los fatales azares de la persecución! Pues ni con anzuelo ni con red podría atraparse a este enorme leviatán, navegando a mil brazas bajo la luz del sol. ¡No es tanto, pues, oh cazador, tu habilidad, sino las grandes necesidades lo que te otorga la victoria!
En el hombre, la respiración se mantiene incesantemente, y cada respiro sirve sólo para dos o tres pulsaciones, de modo que, aun con cualquier otro asunto de que tenga que ocuparse, dormido o despierto, debe respirar, o se muere. Pero el cachalote sólo respira cerca de la séptima parte, el domingo de su tiempo.
Ya se ha dicho que la ballena sólo respira por su orificio del chorro; si se pudiera añadir con verdad que sus chorros están mezclados con agua, entonces opino que tendríamos la razón por la cual su sentido del olfato parece borrado, pues la única cosa que en ella responda a la nariz es ese mismo agujero del chorro, que, estando tan atrancado con dos elementos, no se podría esperar que tuviera la capacidad de oler. Pero debido al misterio del chorro —si es agua o si es vapor—, no se puede llegar a ninguna certidumbre absoluta en este apartado. Es seguro, sin embargo, que el cachalote no tiene olfatividad propiamente dicha. Pero ¿para qué le hace falta? En el mar no hay rosas, no hay violetas, no hay agua de colonia.
Además, como su tráquea se abre sólo al tubo de su canal del chorro, y como este largo canal —igual que el gran Canal del Eire— está provisto de una especie de llaves (que se abren y se cierran) para retener abajo el aire o impedir el paso por arriba al agua, en consecuencia, la ballena no tiene voz, a no ser que la ofendáis diciendo que cuando hace sus rumores extraños está hablando por la nariz. Pero también ¿qué tiene que decir la ballena? Rara vez he conocido ningún ser profundo que tuviera algo que decir a este mundo, a no ser que se viera obligado a tartamudear algo como manera de ganarse la vida. ¡Ah, suerte que el mundo es tan excelente oyente!
Ahora bien, el canal del chorro del cachalote, estando destinado principalmente a la transmisión del aire, y situado horizontalmente a lo largo de varios pies debajo mismo de la superficie superior de la cabeza, y un poco a un lado; ese curioso canal se parece mucho a una tubería de gas de una ciudad, puesta a un lado de la calle. Pero vuelve a plantearse la cuestión de si esa tubería de gas es también una tubería de agua; dicho de otro modo, si el chorro del cachalote es el mero vapor del aliento exhalado, o si ese aliento exhalado se mezcla con agua tomada por la boca y descargada por ese orificio. Es cierto que la boca comunica indirectamente con el canal del chorro; pero no se puede demostrar que sea con el propósito de descargar agua por ese orificio. Porque la mayor necesidad de hacerlo así sería cuando al alimentarse le entrara agua accidentalmente. Pero el alimento del cachalote está muy por debajo de la superficie, y allí no puede echar chorros aunque quiera. Además, si se le observa de cerca, contando el tiempo con el reloj, se encontrará que, mientras no le molesten, hay un ritmo fijo entre los períodos de sus chorros y los períodos ordinarios de su respiración.
Pero ¿para qué fastidiarle a uno con todos estos razonamientos sobre el tema? ¡Desembuche usted! La ha visto echar el chorro; entonces diga lo que es el chorro; ¿no es usted capaz de distinguir el agua del aire? Mi distinguido señor, en este mundo no es tan fácil poner en claro estas cosas evidentes. Siempre he encontrado que estas cosas evidentes son las más enredadas de todas. Y en cuanto a este chorro de ballena, podríais casi poneros de pie sobre él y sin embargo seguir sin decidiros sobre lo que es exactamente.
Su parte central está oculta en la niebla nívea y resplandeciente que la envuelve, y ¿cómo podéis decir con seguridad si cae de ella alguna agua, cuando, siempre que estáis lo bastante cerca de una ballena como para observar de cerca el chorro, la ballena está en tremenda conmoción y a su alrededor caen cascadas de agua? Y si en esos momentos creéis percibir realmente gotas de lluvia en el chorro, ¿cómo sabéis que no son simples condensaciones de su vapor, o cómo sabéis que no son las gotas que se alojan superficialmente en la rendija del agujero, que está remetido en la cabeza de la ballena? Pues aun cuando nada tranquilamente por el mar en calma, en pleno día, con su elevada joroba secada por el sol como la de un dromedario en el desierto, aun entonces, la ballena lleva siempre un pequeño estanque de agua en la cabeza, igual que, bajo un sol abrasador, a veces veis una cavidad de la roca que se ha llenado de lluvia.
Y no es muy prudente para el cazador ser demasiado curioso en cuanto a la naturaleza exacta del chorro de la ballena. No está bien que se ponga a escudriñarlo, ni que meta la cara dentro. No se puede ir con el cántaro a esta fuente, y llenarlo y marcharse. Pues aun al entrar en ligero contacto con la zona exterior y vaporosa del chorro, como ocurre a menudo, la piel arde febrilmente por la acidez de la sustancia que la toca. Y sé de uno al que, al ponerse en contacto más cercano con el chorro, no puedo decir si con algún objetivo científico o no, se le peló la piel de las mejillas y el brazo. Por tanto, entre los balleneros, el chorro se considera venenoso; ellos tratan de eludirlo. Otra cosa; he oído decir, y no lo dudo mucho, que si el chorro da de frente en los ojos, uno se queda ciego. Entonces, lo más prudente que puede hacer el investigador es dejar en paz ese mortal chorro.
Sin embargo, podemos hacer hipótesis, aunque no las podamos demostrar y afianzar. Mi hipótesis es ésta: que el chorro no es más que niebla. Entre otras razones, me veo llevado a esta conclusión por consideraciones referentes a la gran dignidad y sublimidad del cachalote; no le considero ningún ser corriente y superficial, en cuanto que es un hecho indiscutido que jamás se le encuentra en fondos bajos ni cerca de las orillas, mientras que las demás ballenas se encuentran ahí a veces. Y estoy convencido que de las cabezas de todos los seres graves y profundos, tales como Platón, Pirrón, el Demonio, Júpiter, Dante, etc., siempre sube un cierto vapor semivisible, mientras piensan profundos pensamientos. Yo, mientras componía un pequeño tratado sobre la eternidad, tuve la curiosidad de poner un espejo delante de mí, y no tardé en ver reflejada una ondulación curiosamente enroscada y enredada en la atmósfera sobre mi cabeza. La inevitable humedad de mi cabeza, cuando me sumerjo en profundos pensamientos, después de tomar seis tazas de té caliente en mi buhardilla de sutil tejado en una tarde de agosto parece un argumento adicional a favor de la mencionada suposición.
¡Y qué noblemente eleva nuestra idea del poderoso monstruo nebuloso observarle navegando solemnemente por un tranquilo mar tropical, con su enorme cabeza benévola por sus incomunicables contemplaciones, y con ese vapor —según se le ve algunas veces— glorificado por un arco iris, como si el mismo cielo hubiera puesto su sello sobre sus pensamientos! Pues, ya veis, los arcos iris no se presentan en cielo claro; sólo irradian vapores. Y así, a través de todas las densas nieblas de las penumbrosas dudas de mi mente, de vez en cuando surgen divinas intuiciones, encendiendo mi niebla con un rayo celeste. Y doy gracias a Dios por ello, pues todos tienen dudas; muchos lo niegan; pero, con dudas o negaciones, pocos tienen también intuiciones con ellas. Dudas de todas las cosas terrenales e intuiciones de algunas cosas celestiales: esta combinación no produce ni un creyente ni un incrédulo, sino que produce un hombre que las considera a ambas con iguales ojos.

LXXXVI. La cola

Otros poetas han gorjeado las alabanzas de los suaves ojos del antílope, y del delicioso plumaje del pájaro que nunca se posa: yo, menos celestial, celebro una cola.
Calculando que la cola del mayor cachalote empiece en ese punto del tronco donde se reduce hasta cerca de la circunferencia de un hombre, sólo en la superficie de encima comprende un área por lo menos de cincuenta pies cuadrados. El compacto cuerpo redondo de su raíz se expansiona en dos anchas palmas o aletas, anchas, firmes y planas, que se adelgazan poco a poco hasta tener menos de una pulgada de espesor. En la horquilla o juntura, esas aletas se superponen ligeramente, luego se apartan lateralmente una de otra como alas, dejando entre ambas un ancho vacío. No hay cosa viviente en que se definan más exquisitamente las líneas de la belleza que en los bordes en media luna de esas aletas. En su máxima expansión, en un cetáceo adulto, la cola excede mucho los veinte pies de anchura.
Ese miembro entero parece un denso cauce tejido de tendones soldados; pero si dais un corte en él, encontraréis que se compone de tres estratos diferentes: superior, medio e inferior. Las fibras de las capas superior e inferior son largas y horizontales; las de la capa media son muy cortas y corren transversalmente entre las capas exteriores. Esta estructura una y trina es, más que nada, lo que confiere potencia a la cola. Para el estudioso de los antiguos muros romanos, la capa central ofrece un paralelo curioso con la delgada fila de losetas que siempre alternan con la piedra en esos notables restos de la antigüedad y que sin duda contribuyen tanto a la gran robustez de la construcción.
Pero como si no fuera bastante esa enorme potencia local en la cola, la entera mole del leviatán está tejida con una urdimbre y una trama de fibras musculares y filamentos, que, pasando a ambos lados del lomo y corriendo abajo hasta la cola, se mezclan insensiblemente con la cola, y contribuyen en buena medida a su poderío, de modo que la ilimitada fuerza confluyente del cetáceo entero parece concentrarse en un solo punto en la cola. Si pudiese haber aniquilación para la materia, éste sería el medio de producirla.
Por eso, su sorprendente fuerza, no contribuye en absoluto a dañar la graciosa flexibilidad de sus movimientos, en que una gracia infantil ondula a través de una fuerza titánica. Al contrario, esos movimientos son los que le dan su más horrenda belleza. La auténtica fuerza jamás daña a la belleza ni a la armonía, sino que a menudo la produce; y en todo lo que tiene una hermosura imponente, la fuerza tiene mucho que ver con su magia. Quitad los tendones ligados que parecen saltar por todas partes del mármol en el Hércules esculpido, y desaparecerá su encanto. Cuando el devoto Eckermann levantó el sudario de lino del cadáver desnudo de Goethe, quedó abrumado por el macizo pecho de aquel hombre, que parecía un arco romano de triunfo. Cuando Miguel Ángel pinta a Dios Padre en forma humana, observad qué robustez hay ahí. Y por más que puedan revelar algo del amor divino en el Hijo las imágenes italianas, blandas, rizadas y hermafrodíticas, en que su idea se haya incorporado con más éxito, esas imágenes, privadas como están de toda robustez, no sugieren nada de ninguna fuerza, sino la mera fuerza, negativa y femenina, de la sumisión y la paciencia que quepa hallar por todas partes entre las virtudes prácticas peculiares de su enseñanza.
Tal es la sutil elasticidad del órgano de que trato que, bien sea que se mueva en juego, o en serio, o con ira, cualquiera que sea su humor, sus flexiones están siempre caracterizadas por su mucha gracia En eso ningún brazo de hada le aventaja.
Cinco grandes movimientos le son propios: primero, al usarse como aleta para el avance; segundo, al usarse como maza en el combate; tercero, al barrer; cuarto, al azotar; quinto, al levantarse.
Primero: al tener posición horizontal, la cola del leviatán actúa de modo diferente que las colas de todos los demás animales matutinos. No se retuerce nunca. En el hombre o el pez, retorcerse es signo de inferioridad. Para la ballena, la cola es el único medio de propulsión. Encogiéndose hacia delante como un rollo bajo el cuerpo, y luego disparándose rápidamente hacia atrás, es lo que da al monstruo ese singular movimiento de disparo y brinco, al nadar furiosamente. Sus aletas laterales sólo le sirven para gobernarse.
Segundo: tiene cierta importancia que el cachalote, mientras que contra otro cachalote sólo lucha con la cabeza y la mandíbula, en cambio, en sus choques con el hombre usa, de modo principal y despectivo, la cola. Al golpear a una lancha, retira vivamente de ella su cola en una curva, y el golpe sólo es infligido al extenderse. Si se ''hace en el aire y sin obstáculos, y sobre todo, cuando cae sobre el blanco, el golpe es entonces sencillamente irresistible. No hay costillas de hombre ni de lancha que puedan aguantarlo. La única salvación reside en eludirlo; pero si llega de lado a través del agua, entonces, en parte por la ligera flotabilidad de la lancha ballenera y por la elasticidad de sus materiales, lo más serio que suele ocurrir es una cuaderna rota, y una tabla partida, o dos, o alguna herida en el costado. Esos golpes sumergidos se reciben tan a menudo en la pesca de ballenas, que se consideran como mero juego de niños. Alguien se quita una blusa, y el agujero queda tapado.
Tercero: no puedo demostrarlo, pero me parece que en el cetáceo el sentido del tacto está concentrado en la cola, pues, en ese aspecto, hay allí una delicadeza sólo igualada por la exquisitez de la trompa del elefante. Esa delicadeza se evidencia principalmente en la acción de barrer, cuando, con virginal amabilidad, la ballena, con, blanda lentitud, mueve su inmensa cola de lado a lado por la superficie del mar, y si nota solamente la patilla de un marinero ¡ay de aquel marinero, con patillas y todo! ¡Qué ternura hay en ese toque preliminar! Si su cola tuviera alguna capacidad prensil, me recordaría completamente al elefante de Darmonodes que frecuentaba el mercado de flores, y con profundas reverencias ofrecía ramilletes a las damiselas, acariciándoles luego la cintura. En más de un aspecto, es una lástima que la ballena no tenga en la cola esa capacidad prensil, pues he oído hablar de otro elefante que, al ser herido en el combate, echó atrás la trompa y se sacó el dardo.
Cuarto: al acercarse inadvertidos a la ballena, en la imaginada seguridad en medio de los mares solitarios, la encontraréis descargada del vasto peso de su dignidad, y, como un gatito, jugando por el océano como si fuera el rincón de la chimenea. Pero seguís viendo su fuerza en ese juego. Las anchas palmas de su cola se agitan, altas, en el aire, y luego, golpeando la superficie, resuena en millas y millas el poderoso estampido. Casi creeríais que se ha descargado un gran cañón, y si observarais la leve guirnalda de vapor que surge de su agujero en el otro extremo, pensaríais que era el humo del oído.
Quinto: como en la habitual postura de flotación del leviatán la cola queda considerablemente por debajo del nivel del lomo, se pierde por completo de vista bajo la superficie, pero cuando se va a zambullir en las profundidades, la cola entera, así como por lo menos treinta pies de su cuerpo, se levantan irguiéndose en el aire, y quedan así vibrando un momento, hasta que se hunden rápidamente, perdiéndose de vista. Salvo el sublime salto —que se describirá en otro lugar—, esta elevación de la cola de la ballena es quizá el espectáculo más grandioso que se puede ver en toda la naturaleza animada. Desde las profundidades insondables, la gigantesca cola parece querer agarrarse espasmódicamente al más alto cielo. Así, en sueños, he visto al majestuoso Satán alzando su atormentada garra colosal desde el llameante Báltico del Infierno. Pero al observar tales escenas, todo es cuestión del humor que tengáis: si es el dantesco, pensaréis en los demonios; si es el de Isaías, en los arcángeles. Estando en el mastelero de mi barco durante un amanecer que ponía carmesíes al cielo y el mar, vi una vez a oriente una gran manada de ballenas, que se dirigían todas hacia el sol, y vibraban por un momento en concierto con las colas erguidas. Según me pareció entonces, jamás se ha visto tan grandiosa forma de adoración a los dioses, ni aun en Persia, patria de los adoradores del fuego. Como lo atestiguó Ptolomeo Philopater sobre el elefante africano, yo lo atestigüé entonces sobre la ballena, declarándola el más devoto de los seres. Pues, según el rey Juba, los elefantes militares de la antigüedad a menudo saludaban a la mañana con las trompas levantadas en el más profundo silencio.
La ocasional comparación, en este capítulo, entre la ballena y el elefante, en la medida en que se trata de la cola de la una y de la trompa del otro, no debería tender a poner esos dos órganos opuestos en plano de igualdad, y mucho menos a los animales a que respectivamente pertenecen. Pues así como el más poderoso elefante es sólo un perrillo terrier al lado del leviatán, igualmente comparada con la cola del leviatán, su trompa es sólo el tallo de un lirio. El más horrible golpe de la trompa del elefante sería como el golpecito juguetón de un abanico, comparado con el inconmensurable aplastamiento y la opresión de la pesada cola del cachalote, que en frecuentes casos ha lanzado al aire, una tras otra, enteras lanchas con todos sus remos y tripulaciones, igual que un prestidigitador indio lanza sus bolas.
Cuanto más considero esta poderosa cola, más deploro mi incapacidad para expresarla. A veces hay en ella gestos que, aunque agraciarían muy bien la mano del hombre, siguen siendo por completo inexplicables. A veces, en una manada entera, son tan notables esos gestos misteriosos que he oído que algunos cazadores los declaraban afines a los signos y símbolos de la francmasonería; incluso, que la ballena, por ese método, conversaba inteligentemente con el mundo. Y no faltan otros movimientos de la ballena en el conjunto de su cuerpo, llenos de extrañeza, e inexplicables para su más experto asaltante. Por mucho que la diseccione, pues, no paso de la profundidad de la piel; no la conozco, y jamás la conoceré. Pero si no conozco siquiera la cola de esta ballena, ¿cómo comprender su cabeza? Y mucho más: ¿cómo comprender su cara, si no tiene cara? Verás mis partes traseras, mi cola, parece decir, pero mi cara no se verá. Pero no puedo distinguir bien sus partes traseras, y por mucho que ella sugiera sobre su cara, vuelvo a decir que no tiene cara.

LXXXVII. La gran armada

La larga y estrecha península de Malaca, extendiéndose al sudeste de los territorios de Birmania, forma el extremo más meridional de toda Asia. En línea continua, desde esta península, se extienden las largas islas de Sumatra, Java, Bali y Timor, las cuales, con otras muchas, forman una vasta mole o bastión que conecta a lo largo de Asia con Australia, y separa el océano índico, ininterrumpido en tanta extensión, de los archipiélagos orientales, densamente tachonados. Ese bastión está traspasado por varias surtidas, para uso de barcos y ballenas, entre las cuales destacan los estrechos de la Sonda y de Malaca. Principalmente, el estrecho de la Sonda es por donde los barcos que se dirigen a China desde el oeste emergen hacia los mares de la China.
El angosto estrecho de la Sonda separa a Sumatra de Java, y, situado a medio camino en este vasto bastión de islas, con el contrafuerte del atrevido promontorio verde que los navegantes llaman cabo de Java, se parece no poco a la puerta central abierta a un imperio con grandes murallas. Y si se considera la inagotable riqueza de especias, de sedas, joyas, oro y marfil con que se enriquecen esas mil islas del mar oriental, parce una previsión significativa de la naturaleza que tales tesoros, por la misma disposición de la tierra, tengan al menos el aspecto, aunque sin eficacia, de estar guardados del rapaz mundo occidental. Las orillas del estrecho de la Sonda carecen de esas fortalezas dominadoras que guardan las entradas del Mediterráneo, del Báltico y de la Propóntide. A diferencia de los daneses, esos orientales no exigen el obsequioso homenaje de que arríen las gavias la interminable procesión de barcos que, viento en popa, a lo largo de siglos, de noche o de día, pasan entre las islas de Sumatra y Java, cargados con los más costosos cargamentos del oriente. Pero aunque renuncian libremente a semejante ceremonial, no renuncian en absoluto a su exigencia de un tributo más sólido.
Desde tiempos inmemorables, las proas piratescas de los malayos, acechando entre las bajas sombras de las calas e islotes de Sumatra, han zarpado contra las embarcaciones que navegaban por el estrecho, y han exigido tributo a punta de espada. Aunque los repetidos castigos sangrientos que han recibido de manos de navegantes europeos recientemente han reprimido algo la audacia de estos corsarios, sin embargo, aun en los días presentes, oímos hablar de vez en cuando de barcos ingleses y americanos que en esas aguas han sido abordados y saqueados sin remordimientos.
Con un buen viento fresco, el Pequod se acercaba ahora a ese estrecho: Ahab tenía el propósito de pasar por él al mar de Java, y desde allí, en travesía hacia el norte, por aguas que se sabe que de vez en cuando frecuentan los cachalotes, pasar a lo largo de las islas Filipinas y ganar la lejana costa del Japón, a tiempo de la gran temporada de ballenería que allí habría. Por esos medios, el Pequod, en su circunnavegación, recorrería casi todas las zonas de pesquería ballenera conocidas en el mundo, antes de acercarse al ecuador en el Pacífico, donde Ahab, aunque se le escapara a su persecución en todos los demás sitios, contaba firmemente con dar batalla a Moby Dick en el mar que se sabía que frecuentaba más, y en una época en que podía suponerse del modo más razonable que andaría por allí.
Pero ¿ahora qué? En esta búsqueda en círculo, ¿Ahab no toca tierra? ¿Su tripulación bebe aire? Seguramente se detendrá por agua. No. Hace mucho tiempo ya que el sol, corriendo en su circo, va en carrera por su feroz anillo, y no necesita más sustento sino lo que hay en sí mismo. Así hace Ahab. Observad esto, también, en el ballenero. Mientras otros cascos van sobrecargados de materia ajena, para ser trasladada a muelles extranjeros, el barco ballenero, errando por el mundo, no lleva más carga que él mismo y la tripulación, sus armas y sus cosas necesarias. Tiene todo el contenido de un lago embotellado en su amplia sentina. Va lastrado de cosas útiles, y no, en absoluto, de inutilizable plomo en lingotes y enjunque. Lleva en sí años de agua; vieja y clara agua selecta de Nantucket, que, al cabo de tres años a flote, el hombre de Nantucket, en el Pacífico, prefiere beber, mejor que el salobre fluido, sacado el día antes en barriles, de los ríos peruanos o chilenos. De aquí que, mientras otros barcos quizá hayan ido de China a Nueva York, y vuelta, tocando en una veintena de puertos, el barco ballenero, en ese intervalo, tal vez no ha avistado un solo grano de tierra, y su tripulación no ha visto más hombres que otros navegantes a flote como ellos mismos. Así que si les dierais la noticia de que había llegado otro diluvio, ellos sólo contestarían:
¡Bueno, muchachos, aquí está el arca!
Ahora, como se habían capturado muchos cachalotes a lo largo de la costa occidental de Java, en cercana vecindad al estrecho de la Sonda; y, más aún, como la mayor parte de la zona de alrededor estaba generalmente reconocida por los pescadores como excelente lugar para crucero, en consecuencia, al avanzar el Pequod cada vez más hacia el cabo de Java, se gritaba repetidamente a los vigías, amonestándoles a mantenerse bien alerta. Pero aunque pronto aparecieron a estribor de la proa las escolleras de la tierra, con verdes palmeras, y se olió, con complacida nariz, la fresca canela en el aire, no se señaló, sin embargo, ni un solo chorro. Renunciando casi a toda idea de encontrar caza por allí, el barco estaba a punto de meterse por el estrecho, cuando se oyó desde arriba el acostumbrado grito reconfortante, y no tardó en saludarnos un espectáculo de singular magnificencia.
Pero aquí hay que advertir antes que, debido a la infatigable actividad con que últimamente han sido perseguidos por los cuatro océanos, los cachalotes, en vez de navegar sin falta en pequeños grupos separados, como en tiempos anteriores, se encuentran ahora frecuentemente en manadas extensas, que a veces abarcan tan gran multitud, que casi parecería que una numerosa nación de ellos hubiera jurado solemne alianza y pacto de mutua asistencia y protección. A esa congregación del cachalote en tan inmensas caravanas podría imputarse la circunstancia de que, en las mejores zonas de crucero, se puede, a veces, navegar durante semanas y meses seguidos sin ser saludado por un solo chorro, y luego, de repente, ser saludado por lo que a veces parece millares y millares.
Desplegándose a ambos lados de la proa, a la distancia de unas dos o tres millas, y formando un gran semicírculo que abrazaba la mitad del liso horizonte, una cadena continua de chorros de cachalote se elevaba y centelleaba en el aire de mediodía. A diferencia de los chorros gemelos, derechos y verticales, de la ballena franca, que, separándose en lo alto, caen en dos ramas, como la abertura de las ramas caídas de un sauce, el chorro único del cachalote, lanzado hacia delante, presenta un denso matorral rizado de niebla blanca, que se eleva continuamente y cae a sotavento.
Vistos, pues, desde la cubierta del Pequod, al levantarse éste en una alta colina del mar, esa hueste de chorros vaporosos, elevándose y rizándose por separado en el aire, y observados a través de una atmósfera fundida de neblina azulada, parecían las mil alegres chimeneas de alguna densa metrópoli, observada en una aromada mañana otoñal por un jinete desde una altura.
Como unos ejércitos en marcha, al acercarse a un hostil desfiladero en la montaña, aceleran la marcha, ansiosos todos de dejar atrás ese peligroso paso, y después vuelven a extenderse por la llanura con relativa seguridad, así, igualmente, esa vasta flota de cetáceos parecía ahora apresurarse a pasar al estrecho, reduciendo poco a poco las alas de su semicírculo, y nadando en un bloque macizo, aunque aún en forma de media luna.
Desplegadas todas las velas, el Pequod se apresuró a perseguirles: los arponeros blandían sus armas, y daban alegres gritos desde las proas de las lanchas aún suspendidas. Sólo con que se mantuviera el viento, tenían escasas dudas de que la enorme hueste, perseguida a través de ese estrecho de la Sonda, no haría más que desplegarse en los mares orientales para presenciar la captura de no pocos de su número. Y ¿quién podría decir si, en esa caravana reunida, no estaría nadando temporalmente el propio Moby Dick, como el adorado elefante blanco en la procesión de coronación de los siameses? Así, desplegando ala sobre ala, seguimos navegando, con esos leviatanes empujados por delante de nosotros, cuando, de repente, se oyó la voz de Tashtego, que llamaba ruidosamente la atención a algo en nuestra estela.
En correspondencia a la media luna a proa, observamos otra a popa. Parecía formada de vapores blancos separados, elevándose y cayendo, algo así como los chorros de los cetáceos, pero no llegaban a subir y bajar por completo, pues se cernían constantemente sin desaparecer por fin. Apuntando su catalejo a ese espectáculo, Ahab giró rápidamente en su agujero de pivote, gritando:
—¡Eh, arriba, a guarnir amantes, y cubos para mojar las velas! ¡Son malayos, que nos persiguen!
Como si hubieran acechado mucho tiempo detrás de los promontorios, hasta que el Pequod hubiese entrado del todo por el estrecho, esos bribones de asiáticos ahora venían en ardiente persecución, para compensar su tardanza cautelosa. Pero cuando el rápido Pequod, con fresco viento en popa, estaba a su vez en plena persecución ¡qué amable por la parte de esos atezados filántropos ayudarle a tomar velocidad en su propia persecución elegida, como simples fustas y espuelas que eran para él! Una idea semejante a ésa parecía tener Ahab con el catalejo bajo el brazo, mientras recorría la cubierta; en la ida a proa, observando a los monstruos a los que pretendía dar caza, y en la vuelta a los piratas, ávidos de sangre, que le perseguían a él. Y al mirar las verdes paredes del desfiladero acuático en que navegaba entonces el barco, y al pensar que a través de esa puerta se abría la ruta hacia su venganza, y al ver cómo por esa misma puerta iba ahora persiguiendo y perseguido hacia su fin mortal, y no sólo eso, sino al ver cómo una manada de piratas salvajes y sin remordimientos y de diablos ateos e inhumanos le iban aclamando en su marcha con maldiciones; al pasar por su cerebro todas esas ideas, la frente de Ahab quedó mustia y arrugada, como la playa de arena negra después que una marea tempestuosa la ha roído sin poder arrancar lo sólido de su sitio.
Pero pensamientos como éstos turbaban a muy pocos de la temeraria tripulación, y cuando, tras dejar cada vez más atrás a los piratas, el Pequod pasó al fin junto a la Punta de la Cacatúa, de vívido verde, en el lado de Sumatra, y salió al fin a las anchas aguas de más allá, entonces, los arponeros parecieron más afligidos porque las rápidas ballenas hubieran aventajado tan victoriosamente a los malayos. Sin embargo, al continuar en la estela de los cetáceos, por éstos parecieron disminuir su velocidad: poco a poco el barco se les acercó, y, como el viento caía ahora, se dio orden de arriar las lanchas. Pero en cuanto la manada, por algún supuesto instinto admirable del cachalote, se dio cuenta de las tres quillas que les perseguían —aunque todavía a una milla por detrás—, todos volvieron a reunirse, y formaron en estrechas filas y batallones, de modo que sus chorros parecían completamente líneas centelleantes de bayonetas caladas, al avanzar con redoblada velocidad.
Quedándonos en camisa y calzoncillos, saltamos a tomar el fresno, y al cabo de varias horas de remo, casi estábamos dispuestos a renunciar a la persecución, cuando una general conmoción de parada entre los cetáceos dio señales estimulantes de que ahora estaban por fin bajo el influjo de esa extraña perplejidad de irresolución inerte, que, cuando los pescadores lo perciben en la ballena, dicen que está aterrada, gallied. Las compactas columnas marciales en que hasta entonces habían nadado los cachalotes con rapidez y firmeza, ahora se rompían en una desbandada sin medida, y, como los elefantes del rey Poro en la batalla con Alejandro en la India, parecían enloquecer de consternación. Extendiéndose por todas direcciones en vastos círculos irregulares, y nadando sin objetivo de acá para allá, mostraban claramente su agitación de pánico. Eso lo evidenciaban aún más extrañamente aquéllos, que como completamente paralizados, flotaban inermes como barcos desarbolados y anegados. Si esos leviatanes no hubieran sido más que un rebaño de sencillas ovejas, perseguidas en el prado por tres lobos feroces, no podrían haber mostrado posiblemente tan enorme consternación. Pero esta timidez ocasional es característica de casi todos los animales gregarios. Aunque reunidos en decenas de millares, los bisontes del oeste, con sus melenas de león, han huido ante un jinete solitario. Testigos, también, todos los seres humanos, cuando, reunidos en rebaño en el redil de la platea de un teatro, a la menor alarma de fuego se precipitan en tumulto a las salidas, agolpándose, pisoteándose, aplastándose y dándose golpes sin piedad uno a otro hasta la muerte. Mejor, pues, contener todo asombro ante los cetáceos extrañamente aterrados que tengamos delante, pues no hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres.
Aunque muchos de los cachalotes, como se ha dicho, estaban en violenta agitación, ha de observarse sin embargo que, en conjunto, la manada ni avanzaba ni retrocedía, sino que permanecía toda ella en el mismo sitio. Como es costumbre en tales casos, las lanchas se separaron en seguida, cada cual persiguiendo a un solo cetáceo en los bordes del rebaño. Al cabo de unos tres minutos, Queequeg disparó el arpón; el pez herido nos lanzó cegadora espuma a la cara, y luego, escapándose de nosotros como la luz, se fue derecho al centro de la manada. Aunque tal movimiento, por parte del cachalote, sorprendía en tales circunstancias, no dejaba de ningún modo de tener precedentes; incluso, casi siempre se cuenta más o menos con él, pero constituye una de las vicisitudes más peligrosas de la pesca. Pues cuando el rápido monstruo os arrastra cada vez más profundamente dentro de la frenética manada, decís adiós a la vida circunspecta y sólo existís en un latir delirante.
Mientras, ciego y sordo, el cachalote se lanzaba adelante, como para librarse, a pura fuerza de velocidad, de la sanguijuela de hierro que se le había pegado; mientras desgarrábamos así una blanca abertura en el mar, amenazados por todas partes en nuestro vuelo por los enloquecidos animales que se precipitaban de un lado a otro alrededor de nosotros, nuestra sitiada lancha era como un barco asaltado por islas de hielo en una tempestad, que trata de abrirse paso por sus complicados canales y estrechos, sin saber en qué momento podrá quedar encerrado y aplastado.
Pero sin asustarse en absoluto, Queequeg nos gobernó valientemente, mente, unas veces desviándose de un monstruo que se nos cruzaba por delante en nuestra ruta, otras veces apartándose de otro cuya colosal cola se suspendía sobre nuestras cabezas, mientras, durante todo el tiempo, Starbuck se erguía en la proa, lanza en mano, apartando del camino con sus lanzadas a todos los cachalotes a los que podía alcanzar con disparos cortos, pues no había tiempo para hacerlos largos. Y no estaban nada ociosos los remeros, aunque su obligación habitual ahora no era necesaria en absoluto: se ocupaban principalmente de la parte de gritos del asunto.
—¡Quita de en medio, Comodoro! —gritó uno a un gran dromedario que de repente surgió entero a la superficie y por un momento amenazó con inundarnos.
—Baja la cola, ¡eh! —gritó otro a otro, que, cerca de nuestra regala, parecía refrescarse tranquilamente con su extremidad en forma de abanico.
Todas las lanchas balleneras transportan ciertos adminículos curiosos, inventados por los indios de Nantucket, que se llaman druggs. Do gruesos cuadrados de madera de igual tamaño están sujetos sólidamente, de modo que sus fibras se cruzan en ángulo recto; luego se amarra un cable de considerable longitud al centro de ese bloque mientras que el otro extremo, en un lazo, puede atarse en un momento a un arpón. Este drugg se usa principalmente con las ballenas aterradas. Pues entonces hay cerca y alrededor más cetáceos de los que es posible perseguir al mismo tiempo. Pero no todos los días se encuentran cachalotes: así que, mientras se puede, hay que matar todos los que quepa. Y si no se les puede matar a todos a la vez, es preciso meterles el plomo en el ala, de modo que luego puedan ser muertos con tranquilidad. De aquí que en momentos como éstos resulte útil el drugg. Nuestra lancha estaba provista de tres. El primero y el segundo se lanzaron con éxito, y vimos a los cachalotes escapar vacilantes, entorpecidos por la enorme resistencia lateral del drugg a remolque. Estaban impedidos como malhechores con la cadena y la bola. Pero, al lanzar el tercero, se pilló bajo una de las bancadas de la lancha, y en un momento la arrancó y se la llevó, tirando al remero en el fondo de la lancha, al escapársele el asiento de debajo. El agua entró por ambos lados, por las tablas heridas, pero metimos dos o tres camisas y calzoncillos, tapando así las vías de agua por el momento.
Hubiera sido casi imposible disparar esos arpones con druggs de no ser porque, al avanzar por la manada, disminuía mucho la marcha de nuestro cachalote; además, al alejarnos cada vez más de la agitada periferia, los terribles desórdenes parecían extinguirse. Así que, cuando por fin el arpón se salió con las sacudidas, y el cachalote que nos remolcaba se desvaneció a un lado, entonces, con la fuerza decreciente del impulso de la separación, nos deslizamos entre dos cetáceos hasta la parte más central de la manada, como si, desde un torrente montañoso, nos hubiéramos deslizado a un sereno lago en el valle. Allí se oían, pero no se sentían, las tormentas entre los rugientes barracones de las ballenas de los bordes. En esa extensión central el mar presentaba la suave superficie, como de raso, que llaman una mancha de calma, producida por la suave lluvia que lanza el cetáceo en su estado de ánimo más tranquilo. Sí, ahora estábamos en esa calma encantada que se dice que se esconde en el corazón de toda agitación. Y sin embargo, en la agitada lejanía, observábamos los tumultos de los concéntricos círculos exteriores, y veíamos sucesivos grupos de cetáceos, con ocho o diez en cada uno que daban vueltas rápidamente, como multiplicados tiros de caballos en una pista, y tan apretados hombro con hombro que un titánico jinete de circo hubiera podido haberse puesto encima de los de en medio, girando así sobre sus lomos. Debido a la densidad de la multitud de ballenas en reposo que rodeaban más de cerca el eje cerrado de la manada, no se nos ofrecía por el momento una ocasión posible de escape. Debíamos acechar una grieta en la muralla viva que nos cercaba: la muralla sólo nos había dejado paso para encerrarnos. Manteniéndose en el centro de ese lago, de vez en cuando nos visitaban vacas y terneras, pequeñas y mansas: las mujeres y los niños de esa hueste en tumulto.
Ahora, incluyendo los anchos intervalos ocasionales entre los círculos culos exteriores giratorios, e incluyendo los espacios entre las diversas manadas en cualquiera de esos círculos, el área total en esa coyuntura, que abarcaba la entera multitud, debía contener por lo menos dos o tres millas cuadradas. En cualquier caso —aunque, desde luego, semejante prueba en semejante momento tal vez sería ilusoria—, se podían observar, desde nuestra baja lancha, chorros que parecían elevarse casi desde el borde del horizonte. Menciono esta circunstancia porque, como si las vacas y terneros hubieran quedado encerrados adrede en este redil interior, y como si la ancha extensión de la manada les hubiera impedido hasta entonces saber la causa exacta de su detención, o, posiblemente, por ser tan jóvenes, tan ingenuos, y en todos sentidos tan inocentes e inexpertos, por lo que quiera que fuese, esos cetáceos menores —que de vez en cuando venían desde el borde del lago a visitar a nuestra lancha en calma— evidenciaban una notable confianza y falta de miedo, o, si no, un pánico inmóvil y hechizado ante el cual era imposible no maravillarse. Como perros domésticos, venían a olfatear a nuestro alrededor, hasta nuestras mismas regalas, tocándolas; de modo que casi parecía que algún encanto les había domesticado de repente. Queequeg les daba golpecitos en la frente; Starbuck les rascaba el lomo con la lanza, pero, temeroso de las consecuencias, por el momento se contenía de dispararla.
Pero muy por debajo de ese maravilloso mundo de la superficie, nuestros ojos encontraron otro aún más extraño, al mirar sobre la borda. Pues, suspendidas en esas bóvedas acuosas, flotaban las figuras de las madres nutricias de los cetáceos, y de aquellas que, por su enorme circunferencia, parecían próximas a ser madres. El lago, como he sugerido, era muy transparente hasta una considerable profundidad; y, así como los lactantes humanos, mientras maman, miran de modo tranquilo y fijo lejos del pecho, igual que si llevaran dos vidas diferentes a un tiempo, y, a la vez que toman alimento mortal, disfrutaran en espíritu el festín de alguna reminiscencia supraterrenal, del mismo modo los pequeños de esos cetáceos parecían levantar su mirada hacia nosotros, pero no hacia nosotros, como si sólo fuéramos una brizna de alga ante su mirada recién nacida. Flotando a su lado, también las madres parecían observarnos tranquilamente. Uno de esos pequeños lactantes, que por ciertos curiosos signos parecía tener apenas un día de vida, podría haber medido unos catorce pies de longitud y unos seis pies de cintura. Era bastante travieso, aunque todavía su cuerpo parecía haberse recuperado escasamente de esa irritante posición que había ocupado hasta hacía poco en el retículo maternal, donde, cabeza con cola, y dispuesto para el salto final, el cetáceo nonato yace doblado como un arco de tártaro. Las delicadas aletas laterales y las palmetas de la cola aún conservaban fresco el aspecto arrugado y alforzado de las orejas de un niño recién llegado de extrañas regiones.
—¡Soltad, soltad cable! —gritó Queequeg, mirando sobre la regala—: ¡está sujeto, está sujeto! ¿Quién tirar él, quién dar él? ¡Dos cachalotes; uno grande, uno pequeño!
—¿Qué te pasa, hombre? —gritó Starbuck.
—Mire ahí —dijo Queequeg, señalando hacia abajo.
Como cuando la ballena herida, después de haber desenrollado del barril cientos de brazas de cable, y después de zambullirse profundamente, vuelve a subir a flote, y muestra el cable aflojado subiendo ligero y en espirales hacia el aire, así vio ahora Starbuck largos rollos del cordón umbilical de Madame Leviatán, que parecían sujetar todavía al joven cachorro a su mamá. No es raro que, en las rápidas vicisitudes de la persecución, ese cable natural, con su extremo maternal suelto, se enrede con el de cáñamo, de tal modo que el cachorro quede preso. Algunos de los más sutiles secretos de los mares parecían revelársenos en ese estanque encantado. Vimos en la profundidad juveniles amores leviatánicos.
Y así, aunque rodeados por círculos y círculos de consternaciones y horrores, esos inescrutables animales se entregaban en el centro, con libertad y sin miedo, a todos los entretenimientos pacíficos: sí, se gozaban serenamente en abrazos y deleites. Pero precisamente así, en el ciclónico Atlántico de mi ser, yo también me complazco en mi centro en muda calma, y mientras giran a mi alrededor pesados planetas de dolor inextinguible, allá en lo hondo y tierra adentro, sigo bañándome en eterna suavidad de gozo.
Mientras que nosotros quedábamos en tal éxtasis, los repentinos y ocasionales espectáculos frenéticos a distancia evidenciaban la actividad de las otras lanchas, aún ocupadas en lanzar druggs a los cachalotes del borde de la hueste, o posiblemente, en continuar su guerra dentro del primer círculo, donde se le ofrecía abundancia de espacio y algunos retiros convenientes. Pero la visión de los rabiosos cachalotes con los druggs, disparándose de vez en cuando ciegamente a través de los círculos no era nada al lado de lo que por fin se ofreció a nuestros ojos. A veces es costumbre cuando se ha hecho presa en un cetáceo más poderoso y alerta de lo común tratar de desjarretarle por decirlo así cortando o hiriendo su gigantesco tendón de cola. Esto se hace disparando una azada de descuartizamiento de mango corto sujeta con una cuerda para recuperarla otra vez. Un cetáceo herido en esa parte (según supimos después) pero al parecer sin eficacia se había desprendido de la lancha llevándose consigo la mitad del cable del arpón; y en la terrible agonía de la herida daba golpes ahora entre los círculos giratorios como el solitario jinete desesperado Arnold en la batalla de Saratoga llevando el terror a donde quiera que iba.
Pero, aun con todo lo angustiosa que era la herida de este cachalote y lo terrible que era ese espectáculo, en todos los sentidos, sin embargo, el peculiar horror que parecía inspirar al resto de la manada era debido a una causa que al principio no nos dejó ver clara la distancia interpuesta. Pero al fin percibimos que, por uno de los imprevisibles accidentes de la pesca, ese cachalote se había enredado con el cable arponero que remolcaba y además se había escapado con la azada de descuartizamiento dentro, y que, mientras el extremo libre del cable unido a esa arma se había quedado atrapado de modo fijo en las vueltas del cable arponero en torno a la cola, la propia azada de descuartizamiento se había desprendido de la carne. Así que, atormentado hasta la locura, agitando violentamente su flexible cola y lanzando la afilada azada a su alrededor, hería y asesinaba a sus propios compañeros.
Este terrible objeto pareció hacer salir a toda la manada de su espanto estático. Primero, los cachalotes del borde de nuestro lago empezaron a agruparse un poco y a entrechocarse unos contra otros, como elevados por olas medio extinguidas desde lejos; luego, el propio lago empezó levemente a hincharse y mecerse; se desvanecieron las alcobas nupciales y los cuartos de niño bajo el mar; en órbitas cada vez más estrechas, los cachalotes de los círculos centrales empezaron a nadar en grupos cada vez más densos. Sí, se acababa la larga calma. Pronto se oyó un sordo zumbido que avanzaba, y luego, como las masas tumultuosas de hielo cuando el gran río Hudson se rompe en primavera, la entera hueste de ballenas llegó entrechocándose hasta su centro interior, como para amontonarse en una montaña común. Al momento, Starbuck y Queequeg cambiaron sus sitios, y Starbuck se puso a popa.
—¡Remos, remos! —susurró con intensidad, agarrando la caña—, empuñad los remos, y apretaos el alma, ¡venga! ¡Atención, muchachos, por Dios! ¡Quita de ahí a ese cachalote, Queequeg! ¡Pínchale, dale! ¡Levanta, levanta y quédate así! ¡Adelante, hombres; remad, muchachos; no os preocupéis de vuestra espalda... rascadla! ¡Despellejaos las espaldas!
La lancha quedaba ahora casi atrancada entre dos vastas masas negras, que dejaban unos estrechos Dardanelos entre sus largas extensiones. Pero, con desesperado esfuerzo, por fin salimos disparados a una abertura momentánea, retirándonos entonces rápidamente, y a la vez buscando con ansia otra salida. Tras de varias semejantes escapatorias por un pelo, nos deslizamos al fin con rapidez a lo que acababa de ser uno de los círculos exteriores, pero que ahora cruzaban cetáceos dispersos, todos ellos dirigiéndose violentamente al mismo centro. Esta feliz salvación se adquirió muy barato al precio de la pérdida del sombrero de Queequeg, a quien, de pie en la proa para pinchar a los cachalotes fugitivos, se le había llevado limpiamente el sombrero de la cabeza el torbellino de aire producido por el súbito lanzamiento de una ancha cola cerca de él.
Aun tan agitada y desordenada como era ahora la conmoción general, pronto se resolvió en lo que parecía un movimiento sistemático, pues, congregados todos por fin en un solo cuerpo macizo, renovaron su fuga hacia delante con aumentada ligereza. Era inútil seguir persiguiéndoles, pero las lanchas todavía se mantuvieron en su estela para recoger a los cachalotes con druggs que pudieran quedarse atrás, y asimismo para asegurar a uno que Flask había matado y marcado. La marca es un palo con gallardete del cual se llevan dos o tres en cada lancha, y cuando hay a mano caza de sobra, se insertan verticalmente en el cuerpo flotante de una ballena muerta, tanto para marcar su posición en el mar cuanto para señalar la posesión anterior si se acercan las lanchas de algún otro barco.
El resultado de esa arriada de las lanchas ilustró bastante el sagaz proverbio de la pesca: a más ballenas, menos pesca. De todos los cetáceos con druggs, sólo se capturó uno. Los demás se las arreglaron para escaparse por el momento, aunque sólo para ser capturados, como se verá después, por una nave diversa del Pequod.

LXXXVIII. Escuelas y maestros

El capítulo anterior dio cuenta de un inmenso grupo o manada de cachalotes, y también se indicó entonces la causa probable de esas vastas reuniones.
Ahora, aunque se encuentren a veces tan grandes agrupaciones, sin embargo, como hemos visto, aun en los días presentes, de vez en cuando se observan pequeñas bandas separadas que abarcan de veinte a cincuenta individuos cada una. Esas bandas se llaman escuelas. Suelen ser de dos especies: las compuestas casi enteramente de hembras, y las que no presentan sino vigorosos machos, o «toros», como se designan vulgarmente.
En caballeresco acompañamiento a la «escuela» de hembras, se ve sin falta un macho de adulta magnitud, pero no viejo, que, ante cualquier alarma, evidencia su valentía poniéndose a retaguardia para cubrir la retirada de sus damas. En verdad, ese caballero es un lujurioso otomano que nada por el mundo acuático rodeado de la compañía de todos los solaces y deleites del harén. Es llamativo el contraste entre este otomano y sus concubinas, porque, mientras él es siempre de las mayores proporciones leviatánicas, las damas, aun plenamente crecidas, no tienen más de un tercio de un macho de tamaño natural. En efecto, son relativamente delicadas: me atrevo a decir que no tienen más de media docena de yardas de cintura. Con todo, no se puede negar que en conjunto son propensas por herencia al en bon point.
Es muy curioso observar a este harén y a su señor en sus vagabundeos indolentes. Como gente elegante, siempre están en marcha en búsqueda ociosa de variedad. Se les encuentra en el ecuador a tiempo para la plena floración de la temporada de nutrición ecuatorial, quizá recién regresados de pasar el verano en los mares del Norte, donde han evitado toda la desagradable fatiga y calurosidad del estío. Una vez que han dado vueltas ociosamente por el paseo del ecuador, se ponen en marcha hacia las aguas orientales, en previsión de la época fresca de allí, para evitar otra temporada de temperatura excesiva en el año.
Cuando avanzan serenamente en uno de esos viajes, si se ve alguna visión extraña y sospechosa, mi señor cachalote no quita su atenta mirada de su interesante familia. Si algún joven leviatán, imprevisiblemente atrevido, al pasar por ese camino, pretende acercarse en proximidad confidencial a alguna de las damas, ¡con qué prodigiosa furia le asalta el Pachá y le hace alejarse! Estaría bueno, desde luego, que a jóvenes libertinos sin principios, como él, se les permitiera invadir el santuario de la felicidad doméstica, aunque, haga lo que quiera el Pachá, no puede evitar que el más conocido Lothario entre en su lecho, pues, ¡ay!, el lecho de todos los peces es común. Así como en tierra las damas causan a menudo los más terribles duelos entre sus admiradores rivales, igual ocurre con los cachalotes, que a veces entran en mortal batalla, y todo por amor. Esgrimen con sus largas mandíbulas inferiores, a veces prendiéndolas una en otra, y luchando así por la supremacía como alces que entretejen los cuernos en su lucha. Se capturan no pocos que llevan las profundas cicatrices de esos encuentros: cabezas surcadas, dientes rotos, aletas cortadas, y, en algunos casos, bocas retorcidas y dislocadas.
Pero suponiendo que el invasor de la felicidad doméstica se marche al primer ataque del señor del harén, es entonces muy divertido observar a dicho señor. Gentilmente vuelve a introducir entonces su vasta mole entre ellas y se complace allí, atormentando al modo de Tántalo al joven Lothario, como el piadoso Salomón adorado devotamente entre sus mil concubinas. Mientras haya otros cetáceos a la vista, los pescadores raramente darán caza a Uno de esos «grandes turcos», pues tales «grandes turcos» son muy pródigos de su energía, y por tanto, su grasa es muy escasa. En cuanto a los hijos e hijas que engendran, tales hijos e hijas deben ocuparse de ellos mismos; al menos, sólo con la ayuda maternal. Pues como ciertos otros amadores omnívoros y vagabundos que podrían nombrarse, mi Señor cachalote no tiene gran afición al cuarto de los niños, por más que la tenga a la alcoba; y así, siendo gran viajero, deja sus niños anónimos por todo el mundo, todos ellos exóticos. En su debido momento, sin embargo, al declinar el ardor de la juventud, al crecer los años y las melancolías, al imponer la reflexión sus solemnes pausas, en resumen, al invadir una laxitud general al saciado turco, entonces el amor a la comodidad y a la virtud sustituye al amor a las doncellas; nuestro otomano entra en la fase impotente, arrepentida y admonitoria de la vida, abjura y se desprende del harén, y convertido en una buena alma ejemplar y malhumorada, marcha en soledad por todos los océanos, rezando sus oraciones y amonestando a todo joven leviatán contra sus amorosos errores.
Ahora, dado que el harén de cetáceos es llamado «escuela» por los pescadores, el señor y amo de esa escuela ha de conocerse técnicamente por el «maestro». Por tanto, no es cosa de carácter estricto, por más que sea admirablemente satírico, que después de haber ido él mismo a la escuela, vaya luego por ahí inculcando, no lo que aprendió allí, sino la locura que es eso. Su título de maestro parecería muy naturalmente derivado del nombre concedido al propio harén, pero algunos han supuesto que el hombre que por primera vez tituló así a esa suerte de cetáceo turco debía haber leído las memorias de Vidocq, informándose de qué clase de maestro rural fue en su juventud ese famoso francés, y cuál fue la naturaleza de las ocultas lecciones que dio a algunos de sus alumnos.
La misma soledad y aislamiento en que se encierra el cachalote maestro en sus años avanzados, es propia de todos los cachalotes ancianos.. Casi universalmente, un cachalote solo —como se llama al leviatán solitario— resulta ser anciano. Como el venerable Daniel Boone de la barba Musgosa, no tiene nadie a su lado sino la propia naturaleza, y a ésta toma por esposa en la soledad de las aguas; y ella es la mejor de las esposas, aunque guarde tantos secretos malhumorados.
Las «escuelas» compuestas sólo de machos jóvenes y vigorosos, antes mencionadas, ofrecen un fuerte contraste con las «escuelas» harenes.
Pues mientras los cachalotes hembras son característicamente tímidos, los jóvenes machos, o «toros de cuarenta barriles», como se les llama, son, con mucho, los más peleones de los leviatanes, y proverbialmente, los más peligrosos de afrontar, excepto esos sorprendentes cetáceos encanecidos y de mezclilla, que a veces se encuentran, y que luchan contra uno como feroces demonios exasperados por una gota dolorosa.
Las «escuelas» de toros de cuarenta barriles son mayores que las «escuelas» harenes. Como masas de jóvenes colegiales, están llenas de peleas, bromas y maldad, dando tumbos por el mundo a una velocidad tan desenfrenada y agitada, que ningún asegurador prudente les aseguraría más que a un travieso muchacho de Yale o Harvard. Pero pronto abandonan esa turbulencia, y cuando crecen hasta los tres cuartos, se dispersan y van cada cual por su lado en busca de acomodos, es decir, de harenes.
Otro punto de diferencia entre las «escuelas» de machos y hembras es aún más típica de los sexos. Digamos que herís a un toro de cuarenta barriles: ¡pobre diablo!, todos sus compañeros le abandonan. Pero herid a una de las que forman la «escuela» harén, y sus compañeras nadarán a su alrededor con todas las señales del interés, a veces deteniéndose tan cerca de ella y por tanto tiempo que acaban por ser víctimas ellas mismas.

LXXXIX. Pez sujeto y pez libre

La alusión a los marcados y palos de marca en el penúltimo capítulo obliga a alguna explicación sobre las leyes y reglas de la pesquería de ballenas, cuyo gran emblema y símbolo puede considerarse el arpón de marcado.
Ocurre con frecuencia que cuando varios barcos pescan a la vez, una ballena puede ser herida por un barco, escapar luego, y finalmente ser muerta y capturada por otro barco; en lo cual se implican indirectamente varias contingencias menores, todas ellas formando parte de ese gran caso general. Por ejemplo: después de la fatigosa y peligrosa persecución y captura de una ballena, el cuerpo puede soltarse del barco a causa de una violenta tempestad, y derivando mucho a sotavento, ser capturada de nuevo por un segundo barco ballenero, que, en la calma, la remolca tranquilamente a su costado, sin arriesgar vidas ni cables. Así, muchas veces surgirían entre los pescadores las más ofensivas y violentas disputas, si no hubiera alguna ley indiscutida y universal, escrita o no, para aplicar en todos los casos.
Quizás el único código formalizado de la ballenería que se ha puesto en vigor por un decreto legislativo fue el de Holanda. Lo promulgaron los Estados Generales del año 1695. Pero aunque ninguna otra nación ha tenido jamás ninguna ley ballenera por escrito, los pescadores americanos de ballenas han sido sus propios legisladores y abogados en este asunto. Han proporcionado un sistema que, en su sucinta comprensividad sobrepasa a Las Pandectas de Justiniano y a los Reglamentos de la Sociedad China para la Supresión del Entrometimiento en los Asuntos Ajenos. Sí: estas leyes podrían grabarse en un cuarto de penique de la reina Ana, o en el filo de un arpón, y colgárselas al cuello, de tan breves como son.
I. Un «pez sujeto» pertenece a la persona que lo sujeta.
II. Un «pez libre» es buena presa para quienquiera que lo atrape antes.
Pero lo que estropea este magistral código es su admirable breve dad, que requiere un vasto volumen de comentarios para explicarlo. Primero: ¿Qué es un «pez sujeto»? Vivo o muerto, un pez está técnicamente sujeto cuando se conecta con un barco o lancha ocupados por algún medio que pueda dominar de algún modo el ocupante u ocupantes: un mástil, un remo, un cable de nueve pulgadas de mena, un hilo de telégrafo, o una hebra de telaraña, es todo igual. Igualmente, un pez está técnicamente sujeto cuando lleva un arpón de marcado, o algún otro símbolo de posesión reconocido; en tanto que quien ha puesto la marca muestre claramente su capacidad, en algún momento, de llevarlo a su costado, así como su intención de hacerlo.
Estos son comentarios científicos, pero los comentarios propios balleneros a veces consisten en palabras duras y golpes aún más duros: el Coke-upon-Littleton del puño. Verdad es que entre los más rectos y honrados balleneros siempre se hacen concesiones para los casos peculiares, en que sería una ultrajante injusticia moral para una parte pretender la posesión de una ballena previamente perseguida o muerta por otra parte. Pero hay otros que no son en absoluto tan escrupulosos.
Hace unos cincuenta años se solventó en Inglaterra un curioso pleito sobre repetición de caza de ballena, en que los demandantes declararon que, tras de una dura persecución de una ballena en los mares del Norte, y cuando ya habían logrado en efecto (los demandantes) arponear al pez, se vieron obligados al fin, por el riesgo de sus vidas, a abandonar no sólo el arpón, sino la misma lancha. Más adelante los demandados (los tripulantes de otro barco) tropezaron con la ballena, y la hirieron, mataron, capturaron y finalmente se la apropiaron ante los mismos ojos de los demandantes. Y cuando se presentaron quejas a estos demandados, su capitán chascó los dedos en las narices de los demandantes, y les aseguró, por vía de doxología de la gesta realizada, que se quedaría ahora con su estacha, arpón y lancha, que habían quedado unidos a la ballena en el momento de la captura. Por lo cual los demandantes entablaron pleito entonces, para recobrar el valor de la ballena, estacha, arpones y lancha.
El señor Erskine era el abogado de los demandados; lord Ellenborough fue el juez. En el curso de su defensa, el ingenioso Erskine pasó a ilustrar su posición aludiendo a un reciente caso por adulterio en que un caballero, tras de intentar en vano refrenar las viciosas tendencias de su esposa, la había abandonado por fin en los mares de la vida, pero, con el transcurso de los años, arrepentido de ese paso, entabló una acción para recobrar su posesión.
Erskine estaba con la otra parte, y entonces se defendió diciendo que, aunque el caballero hubiera sido el primero en arponear a la señora, y la hubiera tenido sujeta antaño, y sólo la hubiera abandonado al fin a causa de la gran tirantez de su viciosidad sumergida, con todo, la había abandonado, de modo que ella se había convertido en un pez libre, y por consiguiente, cuando un posterior caballero la volvió a arponear, la señora se convirtió en propiedad de ese posterior caballero, junto con los arpones que se hubieran encontrado clavados en ella.
Ahora, en el caso presente, Erskine sostenía que los ejemplos de la ballena y la señora se ilustraban recíprocamente.
Una vez debidamente escuchados estos alegatos y los alegatos contrarios, el doctísimo juez sentenció en términos exactos lo siguiente: que, en cuanto a la lancha, se la concedía a los demandantes, porque la habían abandonado solamente para salvar sus vidas, pero que respecto a la ballena controvertida, los arpones y la estacha, pertenecían a los demandados; la ballena, porque era un «pez-libre» en el momento de su captura final; y los arpones y la estacha, porque cuando el pez se escapó con ellos, adquirió (el pez) un derecho de propiedad sobre esos objetos, y por tanto, quienquiera que luego capturara al pez tenía derecho a ellos. Ahora bien, los demandados habían capturado luego al pez; ergo, los susodichos objetos eran suyos.
Un hombre corriente que observa estas decisiones del doctísimo juez quizá les pondrá objeciones. Pero excavando hasta la roca original del asunto, los dos grandes principios establecidos en las mellizas leyes balleneras previamente citadas, y aplicadas y elucidadas por lord Ellenborough en el caso precitado; esas dos leyes, digo, concernientes al «pez sujeto» y «pez libre», se encontrará que son los fundamentos de toda la jurisprudencia humana, pues, a pesar de su complicada tracería de escultura, el templo de la Ley, como el templo de los Filisteos, no tiene más que dos puntales en que apoyarse.
¿No es un proverbio en boca de todos que la posesión es la mitad del derecho: esto es, sin tener en cuenta cómo se ha llegado a la posesión de la cosa? ¿Qué son los músculos y las almas de los siervos rusos y de los esclavos republicanos sino peces libres, cuya posesión es la totalidad del derecho? ¿Qué es para el rapaz propietario el último céntimo de la viuda sino un pez sujeto? ¿Qué es la mansión marmórea de aquel granuja no descubierto, con placa en la puerta a modo de contraseña; qué es sino un pez sujeto? ¿Qué es el ruinoso interés que Mordecai, el agente, obtiene del pobre malaventurado en quiebra, en un préstamo para evitar que se muera de hambre la familia del malaventurado; qué es ese ruinoso interés sino un pez sujeto? ¿Qué es la renta de cien mil libras del arzobispo de Salvaelalma, sacada del escaso pan con queso de cientos de millares de trabajadores de espaldas rotas (todos ellos seguros de ir al cielo sin ninguna ayuda de Salvaelalma), qué son esas redondas cien mil, sino un pez sujeto? ¿Qué son las ciudades y aldeas hereditarias del duque de Dunder, sino un pez sujeto? Para el temido arponero John Bull, ¿qué es la pobre Irlanda, sino un pez sujeto? Para ese alanceador apostólico, el hermano Jonathan, ¿qué es Tejas sino un pez sujeto? Y en referencia a todos éstos, ¿no es la posesión la integridad del derecho?
Pero si la doctrina del pez sujeto es aplicable de modo bastante general, la doctrina afín del pez sujeto lo es con mayor amplitud. Se aplica de modo internacional y universal.
¿Qué era América en 1492 sino un pez libre, en que Colón clavó el estandarte español poniéndole el arpón de marcado para sus reales señor y señora? ¿Qué fue Polonia para el Zar? ¿Qué, Grecia para los turcos? ¿Qué, India para Inglaterra? ¿Qué será al fin México para los Estados Unidos? Todos, peces libres.
¿Qué son los derechos del hombre y las libertades del mundo sino peces libres? ¿Qué son todas las ideas y opiniones de los hombres sino peces libres? ¿Qué es en ellos el principio de la creencia religiosa sino un pez libre? Para los ostentosos contrabandistas palabreros, ¿qué son los pensamientos de los pensadores sino peces sueltos? ¿Qué es la gran esfera misma sino un pez libre? ¿Y qué eres tú, lector, sino un pez libre y también un pez sujeto?

XC. Cabezas o colas

De balena vero sufficit, si rex habeas
caput, et regina caudam.
(Bracton, 1, 3, c. 3)


Este latín, de los libros dé las Leyes de Inglaterra, quiere decir, tomado junto con el contexto, que de todas las ballenas capturadas por cualquiera en la costa de este país, el rey como Gran Arponero Honorario, debe recibir la cabeza, y a la reina se le debe ofrecer respetuosamente la cola: una división que, en la ballena, se parece mucho a partir por la mitad una manzana: no hay residuo intermedio. Ahora, dado que esta ley, en forma modificada, sigue hasta ahora en vigor en Inglaterra, y dado que ofrece en varios aspectos una extraña anomalía respecto a la ley general del pez sujeto y libre, se trata aquí en capítulo aparte, conforme al mismo principio de cortesía que sugiere a los ferrocarriles ingleses que paguen un vagón aparte especialmente reservado para el acomodo de la realeza. En primer lugar, como curiosa demostración de que la supradicha ley sigue en vigor, paso a presentar ante vosotros una circunstancia que ocurrió no hará dos años.
Parece ser que unos honrados marineros de Dover, o Sandwich, o de alguno de los Cinco Puertos, tras una dura persecución, habían logrado matar y sacar a tierra una hermosa ballena que antes habían observado bastante lejos de la orilla. Ahora, los Cinco Puertos están, en parte o no sé cómo, bajo la jurisdicción de una especie de policía o bedel llamado lord Guardián. Por recibir el cargo directamente de la Corona, creo, todos los emolumentos reales correspondientes a los Cinco Puertos se convierten en suyos por atribución. Algunos autores llaman a esto una sinecura. Pero no es así. Porque el lord Guardián a veces está laboriosamente ocupado en embolsarse sus regalías, que son suyas principalmente por virtud de ese mismo hecho de embolsárselas.
Ahora, cuando esos pobres marineros, tostados por el sol, descalzos y con los pantalones arremangados bien alto en sus piernas de anguila, halaron fatigosamente su grueso pez hasta ponerlo en seco, prometiéndose unas buenas ciento cincuenta libras de sus preciosos huesos y aceite, y en su imaginación sorbiendo exquisito té con sus mujeres, y buena cerveza con sus compadres, a base de sus respectivas porciones, he aquí que se presenta un caballero muy docto y cristiano y caritativo, con un ejemplar del Blackstone bajo el brazo, y, poniéndolo en la cabeza de la ballena, dice:
—¡Fuera las manos! Este pez, señores míos, es un pez sujeto. Tomo posesión de él por ser del lord Guardián.
Ante esto, los pobres marineros, en su respetuosa consternación —tan auténticamente inglesa—, sin saber qué decir, se pusieron a rascarse vigorosamente la cabeza al unísono, alternando mientras tanto contritas miradas a la ballena y al recién llegado. Pero eso no arregló de ningún modo la cuestión, ni ablandó en absoluto el duro corazón del docto caballero con el ejemplar del Blackstone. Al fin, uno de ellos, tras de mucho rascarse en busca de sus ideas, se atrevió a hablar:
—Por favor, señor, ¿quién es el lord Guardián?
—El duque.
—Pero el duque ¿tiene algo que ver con la captura de este pez?
—Es suyo.
—Nos ha costado mucho trabajo y peligro, y algún gasto, y ¿todo eso tiene que ir en beneficio del duque, sin que nosotros saquemos de nuestra molestia nada más que las ampollas?
—Es suyo.
—¿Es tan pobre el duque como para verse obligado a este modo desesperado de ganarse la vida?
—Es suyo.
—Yo pensaba aliviar a mi madre, enferma en cama, con parte de mi porción de la ballena. —Es suyo.
—¿Y el duque no se contentará con la cuarta parte
o la mitad?
—Es suyo. En una palabra, la ballena fue incautada y vendida, y Su Gracia el duque de Wellington recibió el dinero. Pensando que la cosa podía juzgarse un tanto dura, vista bajo una determinada luz, en una mera posibilidad y en algún escaso grado, dadas las circunstancias, un honrado clérigo de la ciudad dirigió respetuosamente una nota a Su Gracia, rogándole que tomara en plena consideración el caso de esos infortunados marineros. A lo cual mi señor el duque respondió (ambas cartas se publicaron) que ya lo había hecho así, y había recibido el dinero, y le estaría muy agradecido al reverendo caballero si en lo sucesivo evitaba (el reverendo) meterse en los asuntos de los demás. ¿Es éste el anciano aún combativo, plantado en las esquinas de los tres reinos, sacándoles en todas partes limosnas a los mendigos?
Se verá fácilmente que en este caso el derecho a la ballena alegado por el duque era un derecho delegado del soberano. Por fuerza hay que inquirir entonces según qué principio está el soberano revestido originalmente de ese derecho. La propia ley ya se ha expuesto. Pero Plowdon nos da las razones. Dice Plowdon que la ballena capturada pertenece al rey y a la reina «a causa de su excelencia superior». Y los más autorizados comentaristas han considerado esto siempre como argumento convincente en tales materias.
Pero ¿por qué va a recibir el rey la cabeza y la reina la cola? Una razón para esto, ¡oh, ahogados!
En su tratado sobre «el oro de la reina» o «dinero para alfileres de la reina», un viejo autor del King's Bench, un tal William Prynne, raçona ansi: «La cabeza es de la Rreyna, para que el ropero de la Rreyna sea proveydo de ballenas». Ahora, esto se escribió en un tiempo en que el flexible y negro hueso de la ballena se usaba mucho en corpiño de señora. Pero dicho hueso no está en la cola; está en la cabeza, lo cual es una triste equivocación para un sagaz abogado como Prynne. Pero ¿acaso es una sirena la reina, para obsequiarla con una cola? Aquí debe de ocultarse un significado alegórico.
Hay dos peces reales, así llamados por los juristas ingleses: la ballena y el esturión, ambos propiedad real bajo ciertos límites, y nominalmente proporcionando la décima rama de las rentas ordinarias de la Corona. No sé qué otro autor habrá hecho sugerencias sobre el asunto, pero por indiferencia, me parece que el esturión debe dividirse del mismo modo que la ballena, recibiendo el Rey la cabeza, densa y altamente elástica, propia de ese pez, lo cual, considerado como símbolo, es posible que esté humorísticamente basado en alguna supuesta congenialidad. Y así, parece haber alguna razón en todo, incluso en el derecho.

XCI. El Pequod se encuentra con el Capullo de Rosa

En vano fue remover, en busca de ámbar gris, la panza de este leviatán, pues el insufrible hedor no consentía búsquedas.

(Sir T. Browne, Errores vulgares)



Una semana o dos después de la última escena ballenera relatada, y cuando navegábamos lentamente por un mar de siesta, soñoliento y vaporoso, las muchas narices en cubierta del Pequod resultaron más vigilantes descubridoras que los tres pares de ojos en los masteleros. En el mar se olió un olor peculiar y no muy grato.
—Apuesto algo ahora —dijo Stubb— a que andan por aquí cerca algunos de esos cachalotes con druggs que cosquilleamos el otro día. Ya suponía que no tardarían en asomar.
Al fin, se apartaron los vapores que teníamos por delante, y se mostró un barco en lontananza, cuyas velas aferradas daban señales de que debía tener a su costado alguna clase de cetáceo. Al deslizarnos más cerca, el barco recién llegado mostró los colores franceses en el pico, y, por la arremolinada nube de rapaces aves marinas que giraba y se cernía y bajaba a su alrededor, estaba claro que la ballena que tenía a su costado debía ser lo que los pescadores llaman una ballena estallada, es decir, una ballena que ha muerto en el mar sin ser atacada, y ha quedado así a flote como cadáver sin dueño. Ya se puede imaginar qué desagradable olor debe exhalar semejante masa, peor que una ciudad asiría en la epidemia, cuando los vivos no son capaces de enterrar a los fallecidos. Tan intolerable, en efecto, resulta para muchos, que no hay codicia que les persuada a amarrarla a su lado. Pero hay quienes lo hacen, sin embargo, a pesar del hecho de que el aceite obtenido de tales individuos es de calidad inferior, y en absoluto semejante a la esencia de rosas.
Acercándonos más con la brisa que expiraba, vimos que el barco francés tenía otra ballena a su costado, y esta segunda parecía más aromática aún que la primera.
En realidad, resultó ser una de esas ballenas problemáticas que parecen resecarse y morir con una especie de prodigiosa dispepsia o indigestión, gestión, dejando sus cuerpos difuntos casi en bancarrota de cualquier cosa semejante al aceite. No obstante, en el lugar adecuado veremos que ningún pescador experto aparta la nariz de una ballena como ésa, por más que en general pueda eludir las ballenas reventadas.
El Pequod, para entonces, había llegado tan cerca del otro, que Stubb juró que reconocía el mango de su azada de descuartizamiento enredado en los cables que se anudaban en torno a la cola de una de esas ballenas.
—¡Bonita gente ésa! —se rió burlonamente, en la proa del barco—: ¡eso sí que es un chacal! Sé muy bien que esos crappos de franceses son unos pobres diablos en la pesca, y a veces arrían las lanchas en busca de unas rompientes, confundiéndolas con chorros de ballenas; sí, y a veces zarpan del puerto con la sentina llena de cajas de velas de esperma y cajas de despabiladeras, previendo que todo el aceite que saquen no será bastante como para mojar en él la torcida del capitán; sí, ya sabemos todos esas cosas; pero, mirad acá, ahí hay un crappo que se contenta con lo que dejamos, quiero decir, con ese cachalote con druggs; sí, y se contenta también con raspar los huesos rotos de ese otro precioso pez que tiene ahí. ¡Pobre diablo! Ea, que alguno pase el sombrero, y vamos a regalarle un poco de aceite, por caridad. Porque el aceite que saque de ese cachalote con drugg no serviría para arder en una cárcel, no, ni en una celda de condenado. Y en cuanto a la otra ballena, en fin, estoy seguro de sacar más aceite cortando en rodajas y destilando nuestros tres palos, que cuanto sacará él de ese manojo de huesos; aunque, ahora que lo pienso, quizá contenga algo que vale mucho más que el aceite; sí, ámbar gris. Ahora, no sé si nuestro viejo habrá pensado en eso. Vale la pena probarlo. Sí, allá voy yo.
Y diciendo así, se puso en marcha hacia el alcázar.
Para entonces, el sutil aire se había convertido en una calma completa, de modo que, quisiera o no, el Pequod ahora había caído por completo en la trampa de mal olor, sin esperanzas de escapar, salvo que se levantara otra vez la brisa. Saliendo de la cabina, Stubb llamó entonces a la tripulación de su lancha, y marchó remando hacia el otro barco. Al cruzar ante su proa, percibió que, de acuerdo con el fantasioso gusto francés, la parte superior del tajamar estaba esculpida a semejanza de un gran tallo inclinado, pintado de verde y, a modo de espinas, con puntas de cobre saliendo de él acá y allá; todo ello terminando en un capullo, plegado simétricamente de color rojo claro. Sobre la empavesada del beque, en grandes letras doradas, leyó Bouton de Rose («Botón de Rosa» o «Capullo de Rosa»); tal era el aromático nombre de ese aromático barco.
Aunque Stubb no comprendió la parte Bouton de la inscripción, sin embargo, la palabra Rose y el mascarón de proa en forma de capullo bastaron juntos a explicarle el conjunto.
—Un capullo de rosa, ¿eh? —exclamó, con la mano en la nariz—: está muy bien: pero ¡cómo demonios huele!
Ahora, para entrar en comunicación directa con la gente de cubierta, tuvo que remar en torno a la proa hasta el costado de estribor, acercándose así a la ballena reventada, y hablando por encima de ella.
Llegado a ese punto, todavía con una mano en la nariz, aulló: —¡Eh, Bouton de Rose! ¿No hay ninguno de vosotros los Bouton de-Roses que hable inglés?
—Sí —contestó desde las batayolas uno de Guernsey, que resultó ser el primer oficial.
—Bueno, entonces, mi capullito de Bouton-de-Rose, ¿habéis visto a la ballena blanca? —¿Qué ballena?
—La ballena blanca..., un cachalote... Moby Dick, ¿le habéis visto?
—Nunca he oído hablar de tal ballena. Cachalot Blanche! ¡Ballena blanca!... No.
—Muy bien, entonces; adiós por ahora, y volveré a veros dentro de un momento.
Entonces hizo remar rápidamente de vuelta al Pequod, y, al ver a Ahab apoyado en el pasamanos del alcázar en espera de su informe, juntó las manos en trompeta y gritó:
—¡No, señor! ¡No!
Ante lo cual, Ahab se retiró, y Stubb volvió al barco francés.
Entonces percibió que el de Guernsey, que acababa de bajar a los cadenotes, y manejaba una azada de descuartizamiento, se había envuelto la nariz en una especie de bolsa.
—¿Qué le pasa con su nariz, eh? —dijo Stubb—. ¿Se le ha roto?
—¡Ojalá me la hubiera roto, o no tuviera nariz en absoluto! —contestó el de Guernsey, que no parecía disfrutar mucho con su trabajo—. Pero usted ¿por qué se la tapa?
—¡Ah, por nada! Es una nariz postiza; me la tengo que sujetar. Estupendo día, ¿no es verdad? El aire, diría yo, está bastante perfumado; échenos acá un ramillete, ¿quiere, Bouton-de-Rose?
—¿Qué quiere aquí, en nombre del demonio? —rugió el de Guernsey, encolerizándose de repente.
—¡Vamos, no se acalore; eso es, no se acalore! ¿Por qué no envuelve en hielo esas ballenas mientras trabaja en ellas? Pero, bromas aparte; ¿sabe usted, Capullo de Rosa, que es tontería querer sacar ningún aceite de tales ballenas? Y en cuanto a la reseca, no tiene una onza en toda la carcasa.
—Lo sé de sobra, pero, mire, el capitán no se lo quiere creer; es su primer viaje: antes era fabricante de agua de colonia. Pero suba a bordo, y a lo mejor le cree a usted, si no me cree a mí, y así saldré de este sucio enredo.
—Cualquier cosa por complacerle, mi dulce y grato compañero —contestó Stubb, y subió pronto a cubierta.
Allí se le ofreció una extraña escena. Los marineros, con gorros emborlados de lana roja, preparaban los pesados aparejos para las ballenas. Pero trabajaban más bien despacio y hablaban más bien deprisa, y parecían de escaso buen humor. Todas las narices se proyectaban de sus caras hacia arriba como otros tantos botalones de foque. De vez en cuando, una pareja de ellos abandonaba el trabajo y corría a lo alto del mastelero en busca de aire fresco. Algunos, pensando que se iban a contagiar de peste, mojaban estopa en alquitrán de hulla, y de vez en cuando se la aplicaban a la nariz. Otros, después pués de romper los tubos de sus pipas casi junto a la cazoleta, daban vigorosas chupadas de humo de tabaco, de modo que constantemente les llenara la nariz.
Stubb quedó impresionado por un chaparrón de gritos y maldiciones que salía de la cabina del capitán, a popa, y mirando en esa dirección vio una cara feroz asomada desde detrás de la puerta, que se mantenía entreabierta desde dentro. Era el atormentado médico quien, después de protestar en vano contra las actividades del día, se había retirado a la cabina del capitán (al cabinet, como lo llamaba él) para evitar la peste, pero no podía menos de aullar de vez en cuando sus súplicas y sus indignaciones.
Notando todo esto, Stubb hizo sus deducciones para su plan y, volviéndose al de Guernsey, tuvo con él una pequeña charla, en la cual el oficial le expresó que detestaba a su capitán como ignorante presuntuoso, que les había metido en un enredo tan desagradable y sin ganancia. Al sondearle cuidadosamente, Stubb percibió también que el de Guernsey no tenía la más leve sospecha en cuanto al ámbar gris. Por tanto, refrenó la boca en ese capítulo, pero en lo demás estuvo muy sincero y confidencial con él, de modo que los dos rápidamente tramaron un pequeño plan para burlar y engañar ambos al capitán, sin que él lo soñara en absoluto ni desconfiara de su sinceridad. Conforme a ese pequeño plan, el de Guernsey, bajo apariencia de su cargo de intérprete, había de decir al capitán lo que le pareciera, pero como si procediera de Stubb, y en cuanto a Stubb, diría cualquier insensatez que se le viniera a la boca durante la entrevista.
Para entonces, su predestinada víctima salió de la cabina. Era un hombre pequeño y oscuro, pero de aspecto bastante delicado para ser un capitán de barco, aunque con grandes patillas y bigote; y llevaba un chaleco rojo de pana de algodón con dijes de reloj a un lado. A este caballero fue cortésmente presentado Stubb por el de Guernsey, quien inmediatamente adoptó de modo ostentoso las funciones de intérprete entre ellos.
—¿Qué le digo para empezar? —dijo.
—Bueno —dijo Stubb, observando el chaleco de pana y los dijes de reloj—, podría empezar por decirle que me parece una especie de niñito, aunque no pretendo ser buen juez.
—Dice, monsieur —dijo en francés el de Guernsey, dirigiéndose a su capitán—, que ayer mismo su barco habló con otro barco cuyo capitán, así como el primer oficial y seis marineros, se habían muerto todos de una fiebre que les dio una ballena estallada que habían amarrado al costado.
Ante esto, el capitán se sobresaltó, y deseó ansiosamente saber más.
—¿Y ahora qué? —dijo el de Guernsey a Stubb.
—Bueno, puesto que lo toma con tanta tranquilidad, dígale que, ahora que le he observado cuidadosamente, estoy completamente seguro de que sirve menos para mandar un barco ballenero que un mono de Santiago. Mejor dicho, dígale que es un chimpancé.
—Jura y asegura, monsieur, que la otra ballena, la reseca, es mucho más mortal que la estallada; en resumen, monsieur, nos conjura, si estimamos en algo nuestras vidas, a cortar amarras de esos peces.
Al momento el capitán corrió adelante, y con voz sonora mandó a su tripulación que dejara de izar los aparejos de descuartizar y al momento soltara los cables y cadenas que sujetaban las ballenas al barco.
—¿Ahora qué? —dijo el de Guernsey, cuando volvió con ellos el capitán.
—Bueno, vamos a ver; sí, podría decirle ahora que..., que..., en realidad, que le he engañado, y (aparte para sí mismo) quizá también a alguien más.
—Dice, monsieur, que está muy contento de habernos sido útil.
Al oír esto, el capitán aseguró que ellos eran los que me estaban muy agradecidos (refiriéndose a él mismo y al oficial) y concluyo invitando a Stubb a que bajara a tomar una botella de Burdeos.
—Quiere que tome usted un vaso de vino con él dijo el intérprete.
—Agradézcaselo cordialmente, pero dígale que va contra mis principios beber con el hombre a quien he engañado. En realidad, dígale que tengo que marcharme.
—Dice, monsieur, que sus principios no le consienten beber, pero que si monsieur quiere vivir un día más para beber, hará mejor en arriar las cuatro lanchas y apartar al barco de estas ballenas a fuerza de remo, porque en esta calma no se irán a la deriva.
Para entonces, Stubb ya saltaba por la borda, y metiéndose en —su lancha, saludaba al de Guernsey diciendo que, como tenía en su, lancha un largo cable de remolque, haría lo que pudiera por ayu1darles, tirando de la ballena más ligera y separándola del barco fuerza de remos. Entonces, mientras las lanchas de los franceses estaban ocupadas en remolcar su buque por un lado, Stubb, bondadosamente, se llevaba a remolque su ballena por el otro lado, soltando de modo ostentoso un cable de remolque insólitamente argo.
Por fin se levantó una brisa; Stubb fingió largarse de la ballena; y el barco francés, izando las lanchas, pronto aumentó la distancia, mientras el Pequod se metía entre él y la ballena de Stubb. Entonces Stubb remó rápidamente hasta el cuerpo flotante, y, gritando al Pequod para informarles de sus intenciones, procedió inmediatamente a cosechar el fruto de su malvada astucia. Con su afilada azada de la lancha, empezó una excavación en el cuerpo, un poco detrás de la aleta lateral. Casi se habría pensado que estaba excavando una bodega en el mar; y cuando por fin la azada chocó con las flacas costillas, fue como sacar antigua cerámica y tejas romanas enterradas en pingüe humus inglés. Los tripulantes de su lancha estaban todos muy excitados, ayudando afanosamente a su jefe, y con aire tan ansioso como buscadores de oro.
Y todo el tiempo, innumerables aves bajaban y se lanzaban a pico y chillaban y aullaban y luchaban en torno de ellos. Stubb empezaba a parecer decepcionado, sobre todo, dado que aumentaba el horrible aroma, cuando de repente, del mismo corazón de la peste, surgió una leve corriente de perfume que fluyó a través de la inundación de malos olores sin ser absorbido por ellos, igual que un río, algunas veces, afluye a otro y luego corre a lo largo de éste sin mezclarse en absoluto con él durante algún tiempo.
—Ya lo tengo, ya lo tengo —gritó Stubb con deleite, golpeando algo en las regiones subterráneas—: ¡una bolsa, una bolsa!
Dejando caer la azada, metió las dos manos dentro y sacó puñados de algo que parecía jabón blanco de Windsor, o un sustancioso queso viejo y moteado, muy untuoso y grato sin embargo. Fácilmente se puede mellar con el pulgar; y es de un color entre amarillo y ceniza. Y esto, buenos amigos, es el ámbar gris, que para cualquier droguero vale una guinea de oro la onza. Se obtuvieron unos seis puñados, pero se perdió más en el mar, inevitablemente, y más quizá se habría obtenido de no ser por las impacientes y ruidosas órdenes de Ahab a Stubb para que lo dejara y volviera a bordo, o si no, el barco se despediría de ellos.

XCII. Ámbar gris

Ahora, este ámbar gris es una sustancia muy curiosa, y un artículo de comercio tan importante, que en 1791 un tal capitán Coffin, de Nantucket, prestó declaración sobre este tema en la tribuna de la Cámara de los Comunes inglesa. Pues en ese momento, y en realidad hasta tiempos relativamente recientes, el origen exacto del ámbar gris seguía siendo, como el propio ámbar gris, un problema por dilucidar. Aunque la palabra inglesa ambergris no es más que un compuesto de las palabras francesas correspondientes a «ámbar gris», el ámbar y esa sustancia son cosas muy diversas. Pues el ámbar, aunque algunas veces se encuentra en la costa del mar, también se excava en algunos terrenos muy tierra adentro, mientras que el «ámbar gris» jamás se encuentra si no es en el mar. Además, el ámbar es una sustancia dura, transparente, friable e inodora, usada para boquillas de pipas, cuentas y ornamentos, mientras que el ámbar gris es blando, céreo, y tan altamente fragante y especioso, que se usa mucho en perfumería, en velas preciosas, polvos para el pelo y pomadas. Los turcos lo usan en la cocina, y lo llevan también a La Meca, con el mismo objetivo con que se lleva el incienso a San Pedro de Roma. Algunos comerciantes de vino echan unos pocos granos nos en el clarete para darle aroma.
¡Quién creería, entonces, que tan refinados caballeros y damas se regalaran con una esencia encontrada en las ignominiosas tripas de una ballena enferma! Pero así es. Algunos suponen que el ámbar gris es la causa, y otros el efecto, de la dispepsia de la ballena. Sería difícil decir cómo se cura tal dispepsia, a no ser administrando tres o cuatro barcadas de píldoras de Brandreth, y corriendo luego a ponerse a salvo, como los trabajadores cuando ponen barrenos en las rocas.
He olvidado decir que en este ámbar gris se encontraron ciertos discos duros, redondos y óseos, que al principio Stubb pensó que pudieran ser botones de pantalones de marineros; pero luego resultó que no eran más que trozos de huesecillos de pulpo, embalsamados de ese modo.
Ahora, ¿no es nada que en el corazón de tal podredumbre se encuentre la incorrupción de este fragantísimo ámbar gris? Acuérdate de aquel dicho de san Pablo a los corintios, sobre corrupción e incorrupción: «Cómo se siembran en deshonor, para surgir en gloria». E igualmente, haz memoria del dicho de Paracelso sobre qué es lo que hace el mejor almizcle. Y no olvides el hecho extraño de que, de todas las cosas malolientes, la peor es el agua de colonia en las fases preparatorias de su manufactura.
Me gustaría concluir este capítulo con la exhortación precedente, pero no puedo, debido a mi afán por rechazar una acusación hecha a menudo contra los balleneros y que, en la estimativa de algunos ánimos mal predispuestos, podría considerarse indirectamente demostrada por lo que se ha dicho de las dos ballenas del barco francés. En otros momentos de este libro se ha refutado la calumniosa acusación de que el oficio ballenero es un asunto absolutamente sucio y desagradable. Pero hay otra cosa que rechazar. Se insinúa que todas las ballenas huelen mal siempre. Ahora: ¿cómo se ha originado ese odioso estigma?
Opino que su rastro se remonta claramente a la primera llegada a Londres de los barcos balleneros de Groenlandia, hace más de dos siglos. Porque esos balleneros no destilaban entonces, ni destilan ahora, el aceite en el mar, como lo han hecho siempre los barcos del mar del Sur, sino que, cortando en trozos pequeños la grasa fresca, la meten por los agujeros de grandes barriles, y se la llevan al puerto de ese modo, ya que la brevedad de la temporada en esos mares helados y las súbitas y violentas tempestades a que están expuestos les prohíben cualquier otro modo de obrar. La consecuencia es que al abrir la sentina y descargar uno de esos cementerios de ballenas, en el muelle de Groenlandia, se exhala un olor semejante al que surge cuando se excava un viejo cementerio urbano para poner los cimientos de un hospital de maternidad.
Supongo también, en parte, que esa perversa acusación contra los balleneros puede imputarse igualmente a que en tiempos antiguos existía en la costa de Groenlandia una aldea de holandeses llamada Schmerenburgh o Smeerenberg, siendo usado este último nombre por el docto Fogo von Slack, en su gran obra sobre los olores, libro de texto sobre el tema. Como implica su nombre (smeer, grasa; berg, preparar), esa aldea se fundó para proporcionar un lugar de destilación a la grasa de la flota ballenera holandesa, sin llevarla a la patria con ese objeto. Era una colección de hornos, marmitas y depósitos de aceite, y cuando el trabajo estaba en plena actividad, ciertamente, no exhalaba ningún aroma agradable. Pero todo eso es muy diferente en un ballenero del mar del Sur, que en un viaje, quizá, de cuatro años, después de llenar completamente de aceite la sentina, tal vez no dedica ni cincuenta días a la tarea de hervirlo; y, al meterlo en barriles en ese estado, el aceite es casi inodoro. La verdad es que, viva o muerta, con tal que se la trate decentemente, la ballena, como especie, no es en absoluto un ser maloliente; ni se puede reconocer con la nariz a un ballenero, tal como la gente de la Edad Media se jactaba de descubrir a un judío a su alrededor. Y, desde luego, la ballena no puede ser sino fragante, dado que, en general, disfruta de tan buena salud, y hace tan abundante ejercicio, siempre fuera de casa, aunque ciertamente rara vez al aire libre. Yo digo que el movimiento de la cola de un cachalote por encima de la superficie produce un perfume como cuando una dama almizclada agita su vestido en un tibio salón.
¿A qué compararé, pues, el cachalote, en fragancia, considerando su magnitud? ¿No habrá de ser a aquel famoso elefante, de colmillos enjoyados y aromado de mirra, que sacaron de una ciudad "' india para rendir honores a Alejandro Magno?

XCIII. Ámbar gris

Sólo pocos días después de encontrar al barco francés, ocurrió un hecho muy significativo al más insignificante de los tripulantes del Pequod; un suceso muy lamentable y que terminó por ofrecer a esa nave predestinada, a veces locamente alegre, una profecía viva y siempre presente de cualquier porvenir de desastres que pudiera estarle reservado.
Bien: en un barco ballenero no todos bajan a las lanchas. Se reservan algunos marineros, llamados guardianes, cuya jurisdicción es manejar el barco mientras las lanchas persiguen a la ballena. Por lo regular, esos guardianes son gente tan dispuesta como los hombres que forman las tripulaciones de las lanchas. Pero si por casualidad hay en el barco un tipo indebidamente enclenque, torpe o temeroso, es seguro que se le hará guardián. Eso ocurría en el Pequod con el negrito apodado Pippin; Pip por abreviatura. ¡Pobre Pip! Ya habéis oído antes hablar de él; debéis recordar su pandereta en aquella noche dramática, tan sombríamente loca.
En aspecto exterior, Pip y Dough-Boy hacían pareja, como un potro negro y uno blanco, de igual tamaño, pero de color diverso, uncidos en un excéntrico tiro. Pero mientras el desgraciado Dough-Boy era por naturaleza oscuro y lento de inteligencia, Pip, aunque demasiado tierno de corazón, era en el fondo muy listo, con esa listeza grata, jovial y alegre, peculiar de su raza; raza que siempre disfruta todas las vacaciones y festividades con más hermoso y libre deleite que cualquier otra raza. Para los negros, el calendario del año debería mostrar nada más que trescientos sesenta y cinco Cuatro de julio y días de Año Nuevo. Y no sonriáis así cuando digo que ese negrito era brillante, pues incluso la negrura tiene su brillante: observad ese ébano lustroso, puesto en paneles en los gabinetes de los reyes. Pero Pip amaba la vida, y todas las pacíficas seguridades de la vida, de modo que aquella tarea infundidora de pánico en que, sin saber por qué, se había enredado inexplicablemente, había empañado su brillantez del modo más lamentable; aunque, como no tardará en verse, lo que así había quedado temporalmente apagado en él, al final estaba destinado a ser lúgubremente iluminado por extraños fuegos locos, que de modo ficticio, le harían relucir con un brillo diez veces superior al brillo natural con que en su nativo Tolland County; en Connecticut, había animado más de una fiesta de violines en el prado, y, en el crepúsculo melodioso, con su alegre ¡ah, ah! había transformado el redondo horizonte en una pandereta con sonajas de estrellas. . Así, en el claro aire del día, suspendida sobre un cuello de venas azules, brilla saludable la gota de diamante de puras aguas; pero cuando el astuto joyero quiere mostraros el diamante en su fulgor más impresionante, lo pone sobre un fondo oscuro, y luego lo ilumina no con el sol, sino con algún gas poco natural. Entonces surgen esas fieras refulgencias, infernalmente soberbias; entonces el diamante de perverso brillo parece alguna gema de la corona robada al rey del infierno. Pero volvamos al relato.
Ocurrió por casualidad que, en el asunto del ámbar gris, el remero de popa de Stubb se dislocó una mano de tal modo que quedó inútil durante algún tiempo, y, temporalmente, pusieron a Pip en su lugar.
La primera vez que Stubb bajó a la lancha con él, Pip mostró mucho nerviosismo, pero, por fortuna, escapó por esa vez de entrar en contacto cercano con la ballena, y por consiguiente no salió desacreditado, aunque Stubb, observándole, se cuidó después de exhortarle a que estimulase su valentía hasta el máximo, pues podría resultarle necesario a menudo.
Ahora, la segunda vez que bajaron, la lancha llegó remando hasta la ballena, y al recibir el pez el férreo dardo, dio su acostumbrado golpe, que en ese caso, por casualidad, fue precisamente bajo la bancada del pobre Pip. La involuntaria consternación del momento le hizo dar un brinco, remo en mano, fuera de la lancha, y de tal modo que, por tener ante el pecho parte de la estacha aflojada, se la llevó consigo por la borda, quedando enredado en ella al zambullirse por fin en el agua. En ese instante, la ballena herida emprendió feroz carrera y la estacha se tensó en seguida: inmediatamente el pobre Pip subió todo espumeante hasta los «choques» de la lancha, arrastrado inexorablemente por la estacha, que le había dado varias vueltas al pecho y al cuello.
Tashtego estaba de pie en la proa. El fuego de la persecución le llenaba. Odiaba a Pip por poltrón. Sacando de su vaina el cuchillo de la lancha, acercó su borde afilado a la estacha, y volviéndose a Stubb, exclamó interrogativamente:
—¿Corto?
Mientras tanto, la cara azul y sofocada de Pip parecía decir claramente: « ¡Sí, por Dios!». Todo pasó en un instante. En menos de medio minuto ocurrió el asunto entero.
—¡Maldito sea; corta! —rugió Stubb, y así se perdió la ballena y se salvó Pip.
Tan pronto como se recobró, el negrito fue asaltado por aullidos e insultos de la tripulación. Dejando tranquilamente que se desahogaran esas injurias desbordadas, Stubb, en tono sencillo, como de negocios, pero medio humorísticamente, maldijo a Pip en forma oficial; y hecho esto, en forma extraoficial le dio consejos muy saludables. Su sustancia era: «Nunca saltes de una lancha, Pip, a no ser...». Pero todo lo demás era algo indefinido, como lo es siempre el más sano consejo. Ahora, en general, pegarse a la lancha es el lema auténtico de la pesca de la ballena, pero a veces se dan casos en que es aún mejor saltar de la lancha. Además, como si advirtiera al fin que si le daba a Pip un consejo concienzudo y sin diluir le dejaría un margen demasiado amplio para saltar en el futuro, Stubb abandonó de repente todos los consejos y concluyó con una orden perentoria:
—¡Pégate a la lancha, Pip, o por Dios que no te voy a recoger si saltas; acuérdate de eso! No podemos permitirnos perder ballenas por gente como tú; una ballena se vendería por treinta veces más que tú, Pip, en Alabama. Acuérdate de eso, y no vuelvas a saltar.
Quizá con ello Stubb sugería indirectamente que, aunque el hombre ame a su semejante, el hombre, sin embargo, es un animal que hace dinero, propensión que a menudo interfiere con su benevolencia.
Pero todos estamos en manos de los dioses, y Pip volvió a saltar. Fue en circunstancias muy semejantes a su primera actuación, pero esta vez no se llevó la estacha con el pecho, de modo que, cuando la ballena empezó a correr, Pip quedó atrás en el mar, como el baúl de un viajero apresurado. ¡Ay!, Stubb fue demasiado fiel a su palabra. Era un día hermoso, generoso y azul; el mar chispeante estaba tranquilo y fresco y se extendía, plano, alrededor, hasta el horizonte, como el pan de oro del batihoja martillado hasta lo más extremo. Subiendo y bajando en ese mar, la cabeza de ébano de Pip aparecía como una cabeza de ajos. No hubo un cuchillo de lancha que se levantara cuando él cayó tan rápidamente a popa. Stubb le volvió la espalda inexorablemente, y la ballena fue alcanzada. En tres minutos, toda una milla de océano sin orillas se interpuso entre Pip y Stubb. Desde el centro del mar, el pobre Pip volvía su cabeza negra, encrespada y rizada, hacia el sol, otro náufrago solitario, aunque el más alto y brillante.
Ahora, en tiempo de calma, nadar en el mar abierto es tan fácil para el nadador experto como lo es en tierra montar en un coche con buenos muelles. Pero la terrible soledad es intolerable. ¡Dios mío! ¿Quién puede decir la intensa concentración del yo en tan despiadada inmensidad? Observad cuando los marineros en calma chicha se bañan en alta mar; observad cómo se aprietan de cerca a su barco y sólo se mueven junto a sus flancos.
Pero ¿realmente Stubb había abandonado al pobre negrito a su destino? No; al menos, no tenía esa intención. Porque había dos lanchas detrás de él, y suponía, sin duda, que acudirían por supuesto a Pip, muy deprisa, y le recogerían; aunque, desde luego, no siempre los cazadores de ballenas muestran estas consideraciones hacia los remeros en peligro, en tales casos, y tales casos ocurren con cierta frecuencia: casi siempre, en la pesca, el llamado cobarde queda marcado por ese odio inexorable peculiar de la marina militar y los ejércitos.
Pero ocurrió por casualidad que esas lanchas, sin ver a Pip, al observar de repente unas ballenas cercanas por un lado, viraron y emprendieron la persecución, y la lancha de Stubb ya estaba tan lejos, y él y sus tripulantes tan atentos a su pez, que el anillo del horizonte de Pip empezó a ensancharse a su alrededor de modo lamentable. Por puro azar, el propio barco le salvó por fin; pero desde aquella hora el negrito anduvo por la cubierta como un idiota; o al menos así dijeron que estaba. El mar, burlonamente, había conservado su cuerpo finito, pero había ahogado el infinito de su alma. No la había dejado ahogada del todo, sin embargo. Más bien se la había llevado viva allá abajo, a maravillosas profundidades, donde extrañas formas del intacto mundo prístino se deslizaban de un lado para otro ante sus ojos pasivos; y donde la avara sirena Sabiduría revelaba sus tesoros amontonados; y entre las eternidades alegres, sin corazón y siempre juveniles, Pip veía esos animalillos, como los del coral, multitudinarios y divinamente omnipresentes, que elevaban las colosales esferas desde el firmamento de las aguas. Veía el pie de Dios en la cárcola del telar, y lo decía; y por eso sus compañeros le llamaban loco. Así, la locura del hombre es la cordura del cielo; y, alejándose de toda razón mortal, el hombre llega al fin a ese pensamiento celeste que para la razón es absurdo y frenético; y, para bien o para mal, se siente entonces libre de compromiso e indiferente como su Dios.
Por lo demás, no juzguéis a Stubb con demasiada dureza. Este asunto es corriente en tal clase de pesca; y, en la continuación del relato, ya se verá qué parecido abandono me tocó a mí mismo.

XCIV. Un apretón de manos

Esa ballena de Stubb, adquirida tan cara, se trasladó debidamente al costado del Pequod, donde se llevaron a cabo de modo normal todas esas operaciones de izado y descuartizamiento antes descritas, hasta el vaciado del Tonel de Heidelberg, o caja.
Mientras algunos estaban ocupados en esta última tarea, otros estaban empleados en arrastrar los toneles mayores, tan pronto como se llenaban de esperma, y, llegado el momento adecuado, esa misma esperma se manipulaba con cuidado antes de ir a las destilerías de que trataré en seguida.
Se había enfriado y cristalizado en tal medida que cuando, con otros varios, me senté ante una amplia bañera constantiniana de esperma, la encontré extremadamente condensada en bultos que flotaban acá y allá por la parte líquida. Nuestra tarea era volver a hacer fluidos esos bultos a fuerza de apretarlos. ¡Dulce y untuoso deber! No es extraño que en tiempos antiguos el aceite de esperma fuera un cosmético tan estimado. ¡Qué clarificador! ¡Qué endulzador! ¡Qué suavizador! ¡Qué delicioso reblandecedor! Después de tener las manos en él unos pocos minutos, notaba los dedos como anguilas y empezando, por decirlo así, a volverse serpentinos y espirales.
Yo, sentado allí bien cómodo, con las piernas cruzadas, en cubierta; tras el duro ejercicio del cabrestante; bajo un tranquilo cielo azul; con el barco navegando indolentemente y deslizándose con serenidad; yo, mientras me bañaba las manos en esos suaves y amables glóbulos de tejidos infiltrados, tejidos casi en esa misma hora, para romperse sustanciosamente entre mis dedos y descargar toda su opulencia, como las uvas plenamente maduras sueltan su vino, y mientras aspiraba ese aroma incontaminado, literal y verdaderamente como aroma de violetas en primavera, os aseguro que viví aquel rato como en un prado almizclado, y me olvidé totalmente de nuestro terrible juramento, lavándome de él las manos y el corazón en ese inefable aceite de esperma, y casi empecé a dar crédito a la vieja superstición de Paracelso de que el aceite de esperma es de rara eficacia para mitigar el calor de la ira, al mismo tiempo que, bañándome en ese baño, me sentía divinamente libre de toda mala voluntad, o petulancia, o malicia de ninguna clase.
¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana! Apreté aquel aceite de esperma hasta que casi me fundí en él: apreté ese aceite de esperma hasta que me invadió una extraña suerte de locura, y me encontré, sin darme cuenta, apretando en él las manos de los que trabajaban conmigo, confundiéndolas con suaves glóbulos. Tal sentimiento desbordante, afectuoso, amistoso, cariñoso producía esta labor, que por fin acabé por apretarles continuamente las manos, y por mirarles a los ojos sentimentalmente, como para decir: «¡Oh, mis queridos semejantes!, ¿por qué vamos a seguir abrigando resentimientos sociales, o conocer el más leve malhumor o envidia? Vamos; apretémonos todos las manos; mejor dicho, apretémonos universalmente en la mismísima leche y esperma de la benevolencia».
¡Ojalá pudiera seguir apretando ese aceite de esperma para siempre! Pues ahora, una vez que, por muchas experiencias prolongadas y repetidas, he percibido que en todos los casos el hombre debe acabar por rebajar, o al menos desplazar, su concepto de la felicidad inalcanzable, sin ponerlo en parte ninguna del intelecto ni de la fantasía, sino en la esposa, el corazón, la cama, la mesa, la silla de montar, el rincón del fuego, el campo, ahora que he percibido todo esto, estoy dispuesto a apretar la tina eternamente. En pensamientos de las visiones nocturnas, he visto largas filas de ángeles en el paraíso, cada cual con las manos en una orza de aceite de esperma.
Bien, mientras se habla de aceite de esperma, es oportuno hablar de otras cosas afines a él, en la tarea de preparar al cachalote para las refinerías.
Primero viene el llamado caballo-blanco, que se obtiene de la parte menguante del pez, y también de las porciones más gruesas de la cola. Está duro de tendones solidificados —una almohada de músculo—, pero todavía contiene aceite. Después de separarse de la ballena, el caballo-blanco se corta ante todo en trozos alargados transportables, para pasar luego al trinchador. Parecen bloques de mármol de Berkshire.
Pastel de ciruelas es el término dado a ciertas partes fragmentarias de la carne de la ballena, que se adhieren acá y allá a la manta de grasa, y a menudo participan en considerable medida de su untuosidad. Es un objeto muy reconfortable, apetitoso y hermoso de mirar. Como implica su nombre, es de un color enormemente rico y moteado, con un fondo de vetas níveas y doradas, punteado de manchas del más oscuro carmesí o púrpura. Son ciruelas de rubíes en figura de limón. Pese a la sensatez, es difícil contenerse para no comerlo. Confieso que una vez me escondí detrás del trinquete para probarlo. Sabía algo así como supongo que podría haber sabido una real chuleta del muslo de Louis le Gros, imaginando que le hubieran matado el primer día después de la temporada de caza mayor, y que esa determinada época de caza mayor hubiera coincidido con una vendimia extraordinariamente buena de las viñas de Champagne.
Hay otra sustancia, y muy singular, que aparece en el desarrollo de este asunto, pero que entiendo que es muy difícil describir adecuadamente. Se llama slobgollion, nombre original de los balleneros, como también lo es la naturaleza de la sustancia. Es un asunto inefablemente legamoso y fibroso, que suele encontrarse en los barriles de esperma después de mucho apretar y decantar a continuación. Entiendo que son las membranas de la caja, notablemente sutiles, que se han roto y se adhieren.
El llamado gurry es un término que pertenece en propiedad a los cazadores de ballenas francas, pero que a veces usan ocasionalmente los pescadores de cachalotes. Designa la oscura sustancia glutinosa que se rasca del lomo de la ballena franca o de Groenlandia, y que cubre en abundancia las cubiertas de esos seres inferiores que persiguen a tan innoble leviatán.
Las pinzas: estrictamente, esta palabra no es autóctona del vocabulario ballenero, pero llega a pertenecer a él, por usarlo los balleneros. Las pinzas del ballenero son una corta y firme tira de materia tendinosa cortada de la parte decreciente de la cola del leviatán: tiene, por término medio, una pulgada de espesor, y en cuanto al resto, cerca del tamaño de la parte de hierro de una azada. Moviéndola como un filo por la cubierta aceitosa, actúa como un raspador de cuero y, con inexpresables incitaciones, como por magia, atrae consigo todas las impurezas.
Pero para saberlo todo sobre esos asuntos recónditos, el mejor modo que tenéis es bajar en seguida al cuarto de la grasa, y tener una larga charla con sus residentes. Ese lugar se ha descrito antes como el receptáculo para los trozos de la «manta», una vez arrancada ésta de la ballena, e izada a cubierta. Cuando llega el momento adecuado de descuartizar su contenido, ese local es una escena de terror para todos los novicios, especialmente de noche. A un lado, alumbrado por una linterna pálida, se ha dejado un espacio libre para los trabajadores. Éstos suelen ir en parejas: uno con pica y garfio, y otro con azada. La pica ballenera es semejante al arma de abordaje de la fragata que tiene ese mismo nombre. El garfio es algo así como un bichero de bote. Con su garfio, el hombre del garfio engancha una lámina de grasa y trata de impedir que resbale, mientras el barco se mece y cabecea.
Mientras tanto, el hombre de la azada se pone de pie en esa lámina, cortándolo verticalmente en rebanadas que entran en los caballetes portátiles. Esta azada está tan tajante como puede dejarla la piedra de afilar: los pies del hombre de la azada están descalzos, la cosa en que se yergue se le resbala irresistiblemente como un trineo. Si se corta uno de los dedos de sus propios pies, o de su ayudante, ¿os extrañaría mucho? Los dedos de los pies andan escasos entre los veteranos del cuarto de la grasa.

XCV. La sótana

Si hubierais subido a bordo del Pequod en una determinada coyuntura de esta autopsia de la ballena, y os hubieseis dado un paseo hacia la proa, junto al molinete, estoy casi seguro de que habríais escudriñado con no poca curiosidad un objeto muy extraño y enigmático que habríais visto allí, tendido a lo largo de los imbornales de sotavento. No la prodigiosa cisterna en la enorme cabeza del cetáceo, ni el prodigio de su mandíbula inferior desquijarada, ni el milagro de su cola simétrica, nada de eso os habría sorprendido tanto como una leve mirada a ese inexplicable cono, más largo que la altura de un hombre de Kentucky, de cerca de un pie de diámetro en la base, y de un negro de azabache, como Yojo, el ídolo de ébano de Queequeg. Y en efecto, es un ídolo; o más bien, en tiempos antiguos, era su imagen. Un ídolo como el que se encontró en los secretos bosquecillos de la reina Maachah en Judea, y por adorar al cual, el rey Asa, su hijo, la depuso, y destruyó el ídolo, y lo quemó como abominación en el torrente Cedrón, según se expone sobriamente en el capítulo decimoquinto del Primer Libro de los Reyes.
Mirad al marinero, llamado trinchador, que viene ahora, y, ayudado por dos compañeros, se echa pesadamente a la espalda el gran dissimus, como lo llaman los marineros, y, con los hombros encorvados, sale vacilante como si fuera un granadero que se lleva del campo de combate a un camarada muerto. Extendiéndolo en la cubierta del castillo de proa, como un cazador africano con la piel de una boa. Hecho esto, vuelve la piel del revés, como una pernera de pantalón: le da un buen tirón, hasta doblar casi su diámetro, y por fin la cuelga, bien extendida, en las jarcias, a secar. No tarda mucho en descolgarla; entonces, cortando unos tres pies de ella, hacia la extremidad en punta, y cortando luego dos hendiduras para sacar los brazos, se mete a lo largo, entero, dentro de ella. El trinchador ahora está ante vosotros revestido de todos los ornamentos de su oficio. Inmemorial para toda su orden, este revestimiento es lo único que le protege adecuadamente mientras se ocupa de las peculiares funciones de su cargo.
Ese cargo consiste en trinchar los trozos «de caballete» de la grasa para las marmitas; operación que se realiza en un curioso caballete, apoyado por un extremo contra las amuradas, y con un amplio barril debajo, en que caen los trozos en rebanada, tan deprisa como caen las hojas de la mesa de un orador en arrebato. Revestido de decoroso negro; ocupando un conspicuo púlpito; atento a hojas de Biblia,' ¡qué candidato para un arzobispado, qué tipo para Papa sería este trinchador!

XCVI. La destilería

Un barco ballenero americano se distingue no sólo por sus lanchas suspendidas, sino también por sus instalaciones de destilería. Presenta la curiosa rareza de la más sólida albañilería unida con el roble y el cáñamo para formar el barco entero. Es como si un horno de ladrillos se transportara desde el campo abierto hasta sus tablas.
Las destilerías están situadas entre el palo trinquete y el mayor, la parte más espaciosa de la cubierta. Las tablas de debajo son de especial resistencia, apropiadas para sostener el peso de una masa casi maciza de ladrillo y mortero, de una planta de unos diez pies por ocho, y cinco de altura. El cimiento no penetra en cubierta, pero la obra de albañilería está firmemente asegurada a la superficie mediante poderosos codos de hierro que la abrazan por todas partes, atornillándola a las tablas. Por los lados, está revestida de madera, y por arriba está cubierta por una amplia escotilla, en pendiente y con refuerzos. Levantando esa escotilla, se hacen visibles las grandes marmitas de destilería, dos en número, y cada una de ellas de varios barrels de cabida. Cuando no se usan, se conservan notablemente limpias. A veces se pulimentan con esteatita y arena, hasta que brillan por dentro como poncheras de plata. Durante las guardias nocturnas, algunos cínicos marineros viejos se deslizan dentro de ellas y se enrollan para echar un sueñecito. Mientras se ocupan en pulimentarlas —uno en cada marmita, a cada lado— se transmiten muchas comunicaciones confidenciales por encima de los labios de hierro. También es lugar para profundas meditaciones matemáticas. Fue en la marmita izquierda del Pequod, con la esteatita dando vueltas diligentemente a mi alrededor, donde por primera vez me impresionó indirectamente el notable hecho de que, en geometría, todos los cuerpos que se deslizan a lo largo de la cicloide, por ejemplo mi esteatita, descienden en cualquier punto empleando exactamente el mismo tiempo.
Quitando el parafuegos de delante de la destilería, queda a la vista la desnuda albañilería de ese lado, perforado por las dos bocas de hierro de los hornos, que quedan debajo mismo de las marmitas. Esas bocas están provistas de pesadas puertas de hierro. Para impedir que el intenso calor del fuego se comunique a la cubierta, hay un depósito somero que se extiende bajo toda la superficie cerrada de la refinería. Este depósito se conserva lleno de agua, por un concurso inserto detrás, al mismo tiempo que se evapora. No hay chimeneas exteriores; se abren directamente a la pared posterior. Y aquí volvamos atrás un momento.
Fue cerca de las nueve de la noche cuando, por primera vez en este viaje, se pusieron en funcionamiento las destilerías del Pequod. Correspondía a Stubb dirigir el asunto.
—¿Todos preparados ahí? Fuera la escotilla, entonces, y adelante. Tú, cocinero, fuego a los hornos.
Esto fue cosa fácil, pues el carpintero había ido metiendo sus virutas en el horno durante todo el viaje. Aquí ha de decirse que, en un viaje ballenero, el primer fuego de la destilería ha de alimentarse algún tiempo con leña. Después de eso, no se usa leña sino como medio de poner en rápida ignición el combustible habitual. En resumen, después de destilarse, el material grasiento, crujiente y encogido, que entonces se llama restos o fritters, sigue conservando buena parte de sus propiedades oleaginosas. Estos fritters alimentan las llamas. Como un pletórico mártir ardiente, o un misántropo que se consume a sí mismo, la ballena, una vez entrada en combustión, proporciona su propio combustible y quema su propio cuerpo. ¡Ojalá consumiera su propio humo! Pues su humo es horrible de inhalar, y no hay más remedio que inhalarlo, y no sólo eso, sino que durante todo ese tiempo hay que vivir en él. Tiene un inexpresable aroma salvaje e hindú como puede hallarse en la proximidad de las piras funerarias. Huele como el ala izquierda del día del juicio, es un argumento a favor del abismo infernal.
A medianoche, la destilería estaba en plena actividad. Nos habíamos desembarazado de la carcasa; se habían izado las velas; el viento refrescaba; la salvaje oscuridad del océano era intensa. Pero esa oscuridad quedaba disuelta por las feroces llamas que de vez en cuando salían bifurcándose de los fuliginosos tubos, e iluminaban todas las jarcias en la altura como con el famoso «fuego griego». El ardiente barco seguía avanzando como si se le hubiera encargado inexorablemente alguna acción vengativa. Así los bergantines, cargados de pez y azufre, del osado hidriota Canaris, con anchas hojas de llamas por velas, caían sobre las fragatas turcas, y las envolvían en conflagraciones.
La escotilla, quitada de encima de la destilería, ahora ofrecía un amplio hogar ante ella. Allí se erguían las tartáreas figuras de los arponeros paganos, siempre los fogoneros del barco ballenero. Con largos palos dentados, lanzaban siseantes masas de grasa a las abrasadoras marmitas, o removían debajo de éstas los fuegos, hasta que se disparaban las llamas serpentinas, escapando, rizadas, por las puertecillas para alcanzarles por los pies. El humo salía en espirales que se amontonaban lúgubremente. A cada balanceo del barco correspondía un balanceo del aceite hirviente, que parecía todo ansioso de saltarles a la cara. Enfrente de la boca de la destilería, al otro lado del amplio hogar de madera, estaba el molinete. Éste servía de sofá de mar. Allí estaba ociosa la guardia, cuando no tenía nada que hacer, mirando el rojo ardor del fuego, hasta que notaban abrasados los ojos en la cara. Sus bronceados rasgos, ahora todos sucios de humo y sudor, sus barbas enredadas y el contrastado brillo bárbaro de sus dientes, todo ello se revelaba extrañamente en las caprichosas decoraciones de la destilería. Mientras se narraban sus aventuras impías, con sus relatos de terror contados con palabras de regocijo; mientras se elevaba bifurcada su risa incivilizada, como las llamas saliendo del horno; mientras gesticulaban salvajemente ante ellas los arponeros, de un lado para otro, con sus grandes horcas puntiagudas y sus cazos; mientras seguía aullando el viento, y saltaban las olas, y gruñía y cabeceaba el barco, aunque lanzando firmemente su rojo infierno cada vez más allá, a la negrura del mar y de la noche, a la vez que trituraba despectivamente los huesos blancos en su boca, y escupía malignamente a todos lados; mientras tanto, el Pequod, cargado de salvajes y de fuego, y quemando un cadáver, y sumergiéndose en esa negrura de tiniebla, parecía el equivalente material del alma de su monomaníaco comandante.
Así me parecía a mí, situado en la caña, mientras guiaba en silencio, durante largas horas, el camino de ese barco de fuego por el mar. Envuelto también yo en tiniebla durante aquel tiempo, veía mejor así la rojez, la locura, la espectralidad de los demás. La continua visión de las formas demoníacas ante mí, haciendo cabriolas, medio en fuego, medio en humo, empezó por fin a engendrar visiones afines en mi alma, tan pronto como empecé a sucumbir al inexplicable sopor que siempre me invadía en el timón a medianoche.
Pero esa noche en particular me ocurrió una cosa extraña, y para siempre inexplicable. Sobresaltándome de un breve sueño de pie, tuve horrible conciencia de que algo estaba fatalmente mal. La caña del timón, hecha de mandíbula de ballena, me golpeaba el costado con que me apoyaba en ella; en mis oídos sentía el sordo zumbido de las velas, que empezaban a sacudirse con el viento; creí que tenía abiertos los ojos; tuve a medias conciencia de que me llevaba los dedos a los párpados y los abría maquinalmente hasta separarlos. Pero, a pesar de todo esto, no podía ver ante mí ninguna brújula con que orientarme, por más que parecía que sólo un momento antes había mirado el mapa a la firme luz de la bitácora que la iluminaba. No parecía haber ante mí nada sino un vacío de pez, de vez en cuando más fantasmal por destellos de rojez. La impresión dominante era que esa cosa rápida y precipitada sobre la que estaba yo, fuera lo que fuera, no iba rumbo a ningún puerto por delante, sino que se precipitaba huyendo de todos los puertos a popa. Me invadió un sentimiento intenso y loco, como de muerte. Mis manos agarraron la caña convulsivamente, pero con la idea demente de que la caña estaba invertida, no se sabe por qué, de algún modo encantado. « ¡Dios mío! ¿Qué me pasa?», pensé. ¡Mirad! En mi breve sueño me había dado la vuelta, y estaba mirando a la popa del barco, de espalda a la proa y a la brújula. En un momento, me volví, con el tiempo justo de evitar que el barco volara contra el viento, y probablemente zozobrara. ¡Qué alegre y grato liberarme de esa innatural alucinación de la noche, y de la fatal contingencia de caer a sotavento!
¡Oh, hombre, no mires demasiado tiempo a la cara del fuego! ¡Nunca sueñes con la mano en la barra! No vuelvas la espalda a la brújula, acepta la primera indicación del timón que tironea; no creas al fuego artifici