Introducción







Bram Stoker

Drácula

Drácula, publicada en 1897, sigue siendo hoy día una de las más aclamadas y conocidas novelas de terror. Su autor, el irlandés Bram Stoker, se inspiró en antiguas leyendas para crear el inolvidable personaje del conde Drácula, un despiadado vampiro con gran poder de seducción sobre sus víctimas, en muchas ocasiones mujeres jóvenes y hermosas. El conde y su historia seducen también de forma irremediable a los lectores: el miedo, la sangre, la inmortalidad, la noche, la sensualidad o lo prohibido son ingredientes que no dejan indiferente a nadie.

Prólogo

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS


«¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!», tales son las frases con las que el conde Drácula recibe en su castillo a Jonathan Harker, el procurador que le visita para cerrar la compra de una casa en Londres. Jonathan Harker nos describe, en las primeras páginas de su diario de viaje, la abrupta belleza de los parajes que recorre, los montes Cárpatos, y las costumbres de los campesinos: sus comidas bien condimentadas, su carácter adusto, su desconfianza ante los extranjeros. Una de esas noches, Harker pernocta en un hotel llamado irónicamente Corona de oro. Allí recibe una nota del conde en la que le indica qué tiene que hacer para llegar a su castillo. Una anciana le pide que no lo haga. «¿Sabe adonde va y a lo que va?», le pregunta. Al ver que no puede retenerle, le entrega un rosario, y le pide que se lo ponga al cuello. Jonathan sigue su camino preso de una angustia indefinible. «No sé si se debe al temor de la anciana», escribe, «a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida».
Mina es su prometida, y será la verdadera protagonista de esta novela de la que Oscar Wilde dijo que era la más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. Una noche pasa algo de gran significado en la historia. Jonathan está en su habitación, afeitándose frente al espejo, y se hace un pequeño corte en la mejilla. Al momento descubre la mano del conde sobre su hombro. No le ha sentido entrar y ve con horror que este no se refleja en el espejo. La visión de la sangre enloquece un momento al conde que, tras romper el espejo en mil pedazos, se va excitado de la habitación. Jonathan Harker merodea esa mañana por el castillo, buscando una salida, hasta comprender que es prisionero de aquel extraño ser. Está oscureciendo cuando se asoma a la ventana de su habitación y ve al conde desplazarse por la pared vertical del castillo como un enorme lagarto. «¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre?», anota en su diario. Y dominado por el temor concluye: «Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar».
Pronto nos damos cuenta de que el diario, para Jonathan Harker, es algo más que una larga carta de amor dirigida a su prometida: es una forma de supervivencia. Por eso, y momentos después de contemplar la terrorífica escena del conde deslizándose como una alimaña por los muros del castillo, se pone compulsivamente a escribir. Y lo primero que recuerda es una frase de Hamlet: «Mis tablillas, rápido, mis tablillas. / Hora es ya de que lo escriba». Hamlet escribe para no ser arrebatado por la locura, Jonathan Harker como una forma de afirmación de su humanidad frente a las fuerzas destructoras del mal. Rudyard Kipling dice que el narrador es el más solo de los hombres, debe vigilar el sueño de los demás: es el que apaga la luz. El diario de Jonathan Harker es esa lámpara encendida en la oscuridad del castillo de Drácula. La llama que trata de preservar la luz de la conciencia en un mundo presidido por Tánatos, el genio alado de la muerte.
Este diario de apenas setenta páginas contiene toda la novela. Una novela admirable que, cien años después de ser publicada, sigue manteniendo intacta su capacidad de seducción, y que ha hecho del conde Drácula una de las criaturas más deseadas y temidas de la literatura universal, morador por igual de nuestras pesadillas y de nuestras ensoñaciones eróticas. La novela de Bram Stoker habla de nuestra parte maldita. Tres son sus temas centrales: la oscuridad del deseo, el vampiro como doble sin rostro del hombre, y la escritura como forma de conocimiento y espacio de humanidad.

Detengámonos, ahora, en cada uno de ellos.

LA PREGUNTA POR EL DESEO


En uno de los pasajes más escalofriantes del diario de Jonathan Harker, este nos narra su encuentro con los otros habitantes del castillo. Son tres lujuriosas mujeres que irrumpen inesperadamente en su habitación, aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Poseen una perturbadora belleza y se acercan excitadas a Jonathan. Son tres vampiras y, aunque este se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. «Mi corazón», escribe, «se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos». Y añade: «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil».
Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: «A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adonde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir». Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no solo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos solo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker: «Entre libremente». Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina las que llamen al conde a su lado para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y cabe imaginar lo que debió suponer en su tiempo leer unos pasajes como estos.
El poder del vampiro, su increíble poder de fascinación, proviene de que nadie como él conoce los deseos de sus víctimas. Si Mina y Lucy, las dos encantadoras protagonistas de esta novela, sucumben a él, es porque les ofrece lo que ellas mismas desean sin darse cuenta. Como si la Lilith bíblica alentara en sus corazones juveniles, y solo esperara el momento oportuno para despertar de su sueño y regresar al mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o a aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez lo llaman a su lado, pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira, Mina logra sustraerse de su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón del libro. Son estremecedoras las escenas en que una Lucy vampira se vuelve cazadora de niños. Y es curioso que esos niños se vayan sin dudarlo con ella. Los niños en los cuentos suelen irse detrás de las damas ensangrentadas, como si intuyeran que solo ellas pueden decirles quiénes son de verdad. El flautista de Hamelín, que se lleva a los niños detrás, es la representación de ese deseo sin ataduras, del mundo libre y oscuro del goce. Mina logra sustraerse a esa influencia fatal. El conde la hace beber su propia sangre para contaminarla, pero ella, con la ayuda de su prometido y de sus amigos, se refugia en el reino frágil y prudente del amor. Ese reino capaz de darnos el rostro que nos niega el deseo.

EL HOMBRE SIN ROSTRO


Los vampiros son monstruos que viven en el umbral de lo humano. Un monstruo es una criatura sin rostro, y la falta de rostro es una de las metáforas más puras sobre la imposibilidad de amar. La literatura fantástica ha tratado una y otra vez este tema. El hombre invisible esconde esa ausencia vendándose la cabeza, y el fantasma de la ópera la oculta detrás de una máscara. No tener rostro es también la tragedia del hombre lobo, y naturalmente del conde Drácula, que no se refleja en los espejos. La pérdida del rostro supone la caída en la animalidad o en el vacío de significación. En El hombre invisible, la novela de H. G. Wells, un investigador logra una fórmula con la que consigue la invisibilidad. Muy pronto, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla: la pérdida del rostro implica la caída en ese mundo anómalo en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de su libertad. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura del viejo humanismo es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro.
El conde Drácula vive en una noche eterna, privada de sentido, y anhela acercarse el mundo de los hombres. Es un anhelo trágico, que conduce a la muerte a quienes visita. Drácula se inclina sobre el lecho de sus víctimas y, al tomar su sangre, las destruye. Es curioso que elija sus cuellos para hacerlo, como si lo que quisiera es borrarles el rostro. «Ahora sois como yo», les dice, «y estaréis eternamente condenados a vagar sin rostro por el mundo». Arrancar al otro su rostro es cuestionar su condición humana. Drácula es enemigo de los hombres, pero no puede vivir sin su proximidad. Les necesita para aplacar su sed. Drácula no busca solo alimentarse, busca ese algo indefinible que hombres y mujeres llaman alma. Quiere arrebatarles su alma, porque él no la puede tener. Un deseo sin miedo ni sufrimiento, eso es el alma. ¿Existe algo así? No, no existe. Por eso nos atrae el conde Drácula. Su desvelo eterno habla de esa desdicha que es en el fondo toda vida humana, de la existencia como una herida que nada puede cerrar.

EL LIBRO EN MARCHA


Drácula, entre muchas otras cosas, es una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Un libro colectivo, pues será la suma de lo que escriben sus distintos protagonistas. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él. Y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que esta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es solo sus propias vidas, sino la misma humanidad.
Hay un momento de la novela en que Mina, consciente de la existencia del ingente material escrito que ha generado la irrupción de Drácula en sus vidas, decide ordenarlo para componer un único texto, un libro que permita seguir las andanzas de conde y anticipar sus acciones futuras. Mina construye así el libro que el lector tiene en sus manos, al tiempo que este lo va leyendo. Y de todo lo que hay escrito en ese libro lo único que verdad nos interesan son los pasajes que hablan del conde. Drácula representa lo que Nietzsche llamó la «gran razón del cuerpo», que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismos de la época, los hiciera intercambiables entre sí y los volviera insignificantes. Solo el conde Drácula habla de lo que somos, solo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
En la escena de la vampirización de Mina, todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: «Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle». A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
Pero no solo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: «A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto».
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no le deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.
No puedo terminar mi prólogo sin referirme a las perturbadoras ilustraciones que acompañan esta edición. El mundo de Beatriz Martín Vidal está poblado de niñas solitarias. Niñas que ven cosas que los demás no ven y que, como las criaturas que pueblan los relatos de Franz Kafka, siempre andan metidas en «asuntos peligrosos». Beatriz Martín Vidal, fiel a su mundo, ha elegido a los personajes femeninos y a los niños como protagonistas de sus ilustraciones: Mina y Lucy, los niños que vampiriza la dama ensangrentada, las novias de Drácula… Todos sus dibujos tienen por protagonista a la sangre. La sangre dadora de vida, pero también mensajera de la muerte. La sangre como un río que ilumina la oscuridad y que lleva hacia ella. Sus ilustraciones hablan del sufrimiento, pero también del deseo; del cuerpo herido por el deseo: el deseo físico y el deseo de saber. Los personajes de las ilustraciones de Beatriz Martín Vidal siempre se las arreglan para ir más allá de lo que aconseja la prudencia. Quieren saber, como la esposa-niña de Barba Azul, lo que se esconde en el cuarto cerrado, metáfora del corazón humano. Se preguntan, como lo hace Bram Stoker en esta novela, por el misterio del deseo y de la muerte.

GUSTAVO MARTÍN GARZO


Dedicatoria

A mi querido amigo Hommy-Beg[1]

La lectura de este manuscrito pondrá de manifiesto cómo se ha colocado en orden de sucesión. Se han eliminado todos los materiales innecesarios, de modo que pueda presentarse objetivamente una historia que está casi reñida con las creencias de nuestros días. No existe en él ninguna afirmación respecto a las cosas del pasado en que pueda fallar la memoria, pues todos los documentos que se han elegido son rigurosamente contemporáneos, tomados según el punto de vista de los que los redactaron, y siempre dentro del campo de sus conocimientos.

Capítulo I

DIARIO DE JONATHAN HARKER
(Notas taquigráficas)



3 de mayo. Bistrita.—El uno de mayo a las 8,30 de la tarde salí de Munich y llegué a Viena a primeras horas de la mañana siguiente; tendría que haber llegado a las 6,46, pero el tren sufrió una hora de retraso. Budapest parece una ciudad maravillosa a juzgar por lo que pude vislumbrar desde el tren y por el corto paseo que di por sus calles. No me atreví a alejarme de la estación, ya que habíamos llegado tarde y partiríamos a la hora más aproximada a la señalada. La impresión que recibí fue que estábamos saliendo de occidente e internándonos en oriente. El más occidental de los espléndidos puentes que cruzan el Danubio, que aquí alcanza una profundidad y anchura de proporciones verdaderamente nobles, nos sumergió en las tradiciones de la dominación turca.
Salimos con bastante puntualidad, y llegamos a Klausenburg después del anochecer. Me alojé en el Hotel Royal. De comida, o más bien de cena, tomé un pollo un poco fuerte, aderezado con pimentón; era muy bueno, pero me dio mucha sed. (Tengo que pedir la receta para Mina.) Pregunté al camarero, y me dijo que se llamaba páprika kendl y que, como era un plato nacional, podría tomarlo en cualquier punto de los Cárpatos. En esta ocasión me resultaron muy útiles mis escasos conocimientos de alemán; en realidad, no sé cómo podría seguir sin ellos.
Durante mi estancia en Londres me quedó tiempo libre para visitar el Museo Británico, en cuya biblioteca consulté libros y mapas relacionados con Transilvania. Pensaba que no me vendrían mal ciertos conocimientos previos sobre el país a la hora de tratar con un aristócrata del lugar. He descubierto que la comarca que él menciona se encuentra en el extremo oriental del país, en la frontera de tres Estados: Transilvania, Moldavia y Bucovina, en medio de los montes Cárpatos, una de las zonas más agrestes y menos conocidas de Europa. No di con obra ni mapa alguno que señalase la localización exacta del castillo de Drácula, pues no existen mapas de este país equiparables a nuestros mapas militares, pero averigüé que Bistrita, la ciudad de posta mencionada por el conde Drácula, es un lugar bastante conocido. Aquí tomaré algunas notas, ya que puede que me refresquen la memoria cuando comente el viaje con Mina.
En la población de Transilvania existen cuatro nacionalidades diferentes: los sajones al Sur y, mezclados con ellos, los valacos, que descienden de los dacios; al Oeste, los magiares, y al Este y al Norte los székelys. Yo voy a vivir entre estos últimos, quienes aseguran ser descendientes de Atila y los hunos. Es probable que así sea, puesto que, cuando los magiares conquistaron el país en el siglo XI, encontraron a los hunos allí asentados. He leído que todas las supersticiones del mundo se hallan reunidas en la herradura que forman los Cárpatos, como si estos fueran el centro de una especie de torbellino imaginativo; de ser así, mi estancia puede resultar muy interesante. (Debo recordar preguntarle al conde sobre este tema).
No he dormido bien, a pesar de que mi cama era cómoda, porque he tenido sueños extraños. Un perro estuvo aullando durante toda la noche bajo mi ventana, lo que puede haber contribuido a este hecho, o puede que la causa haya sido el pimentón, ya que tuve que beber toda el agua de la jarra, y aun así seguía teniendo sed. Al acercarse la mañana me quedé dormido, y me despertó un continuo golpear en mi puerta; supongo que debía de encontrarme profundamente dormido. El desayuno también iba condimentado con pimentón y una especie de papilla de harina de maíz que, según me dijeron, se llamaba mamaliga, y unas berenjenas con carne picada, plato excelente al que llaman impletata. (También voy a pedir esta receta). Tuve que desayunar a toda prisa, porque el tren partía un poco antes de las ocho, o más bien eso es lo que habría debido ocurrir, pues, tras dirigirme apresuradamente a la estación a las siete y media, tuve que esperar sentado en el vagón durante más de una hora hasta que iniciamos el viaje. Tengo la impresión de que, cuanto más nos adentramos en oriente, más impuntuales son los trenes. ¿Cómo serán los de China?
Durante todo el día recorrimos a paso de tortuga una región repleta de bellezas de todas clases. A veces veíamos pequeños pueblos o castillos en las cumbres de escarpadas colinas, como los que se ven en los misales antiguos; otras veces seguíamos el curso de ríos y arroyos que, a juzgar por los anchos parapetos de piedra que protegían ambas orillas, sufrían grandes crecidas. Se necesita mucha agua y una corriente fuerte para barrer por completo la margen exterior de un río. En todas las estaciones había grupos de personas, a veces multitudes, ataviadas de las formas más variadas. Algunos eran como los campesinos de mi país, o como los que vi al atravesar Francia y Alemania, con chaquetas cortas y sombreros redondos y pantalones caseros; pero otros eran muy pintorescos. Las mujeres parecían guapas, hasta que te acercabas a ellas, pero de cintura desgarbada. Todas llevaban mangas blancas y largas de uno u otro tipo, y la mayoría, grandes cinturones, de los que pendían múltiples cintas, como los vestidos de ballet, aunque, por supuesto, llevaban enaguas debajo. Las figuras más extrañas que vimos fueron los eslovacos, más bárbaros que el resto, con sus grandes sombreros de vaquero, amplios pantalones de un blanco ceniciento, camisa blanca de hilo y cinturones de cuero enormes y pesados de casi un pie de ancho, guarnecidos con clavos de latón. Calzaban botas altas, con los pantalones metidos por dentro, y tenían el pelo largo y negro y espesos bigotes negros. Son muy pintorescos, pero no resultan atractivos. En un teatro les adjudicarían inmediatamente el papel de una antigua cuadrilla de bandoleros orientales. No obstante, me han dicho que son inofensivos y que carecen de agresividad.
El día tocaba a su fin cuando llegamos a Bistrita, que es una ciudad muy antigua e interesante. Por estar situada prácticamente en la frontera —el desfiladero del Borgo lleva de allí a Bucovina—, ha tenido una existencia tormentosa, cuyas huellas son palpables. Hace cincuenta años tuvo lugar una serie de grandes incendios que causaron terribles estragos en cinco ocasiones. A principios del siglo XVII sufrió un asedio de tres semanas, en el que perecieron trece mil personas, siendo incrementadas las bajas de guerra por el hambre y las enfermedades.
El conde Drácula me había indicado que fuese al Hotel Corona de oro que, para mi gran alegría, resultó ser completamente anticuado: naturalmente, yo quería conocer lo mejor posible las costumbres del país. Era evidente que me esperaban porque, al aproximarme a la puerta, me topé con una anciana de talante jovial, que llevaba el vestido habitual de las campesinas: ropa interior blanca y delantal largo y doble, a la espalda y al pecho, de tela de colores, casi demasiado ceñido para la modestia. Al acercarme a ella, hizo una inclinación de cabeza y dijo:
—¿El Herr inglés?
—Sí —respondí—; Jonathan Harker.
Sonrió y le dio un recado a un anciano que llevaba una camisa blanca y que la había seguido hasta la puerta. Este se marchó y regresó inmediatamente con una carta:

«Amigo mío:

Bienvenido a los Cárpatos. Le espero con impaciencia. Duerma bien esta noche. La diligencia partirá mañana a las tres hacia Bucovina. En ella hay un asiento reservado para usted. En el desfiladero del Borgo le esperará un carruaje que lo traerá hasta aquí. Confío en que haya tenido un feliz viaje desde Londres, y que disfrute de su estancia en mi hermosa tierra.
Su amigo,

DRÁCULA»



4 de mayo.—He descubierto que el posadero había recibido una carta del conde, en la que le rogaba que me reservase el mejor asiento de la diligencia; pero, al intentar averiguar más detalles, se mostró un tanto reservado, y fingió no comprender el alemán. No puede ser cierto, puesto que hasta ese momento lo había entendido perfectamente; al menos contestaba a mis preguntas como si así fuese. Él y su mujer, la anciana que me había recibido, se miraron como atemorizados. Balbuceó que le habían enviado dinero en una carta, y que eso era todo lo que sabía. Al preguntarle si conocía al conde Drácula y si podía decirme algo sobre su castillo, tanto él como su mujer se santiguaron y, tras asegurar que no sabían nada, sencillamente se negaron a seguir hablando. Estaba tan próxima la hora de la partida, que no me quedó tiempo para preguntar a nadie más. Todo era muy misterioso y no precisamente tranquilizador.
Justo antes de marcharme, la anciana subió a mi habitación y me dijo histéricamente:
—¿Tiene que irse? Oh, joven Herr, ¿tiene que irse?
Se encontraba en tal estado de agitación, que me pareció que había perdido el escaso dominio del alemán que poseía y que lo mezclaba con algún otro idioma que desconozco por completo. Solo comprendí sus palabras tras formularle muchas preguntas. Al decirle que debía marcharme de inmediato y que tenía que resolver asuntos de gran importancia, volvió a preguntarme:
—¿Sabe qué día es hoy?
Le contesté que era el 4 de mayo. Ella negó con la cabeza y dijo:
—¡Sí, claro! Pero ¿sabe qué día es?
Al contestarle que no la entendía, prosiguió:
—Es la víspera de San Jorge. ¿No sabe que esta noche, cuando el reloj marque las doce, los espíritus malignos alcanzarán todo su poder? ¿Sabe adónde va y a lo que va?
Se hallaba embargada por una angustia tan evidente que traté de consolarla, sin conseguirlo. Finalmente se arrodilló y me imploró que no me marchase; al menos, que esperase uno o dos días para partir. Era todo muy ridículo, pero no me sentía tranquilo. Tenía cosas que hacer y no podía consentir que nada interfiriese en mi camino. Sin embargo, traté de hacerla levantar y le dije con toda la gravedad de que fui capaz que se lo agradecía, pero que mis deberes eran urgentes y que tenía que marcharme. Entonces se puso de pie y se secó los ojos, se quitó un crucifijo que llevaba en torno al cuello y me lo ofreció. No supe qué hacer, ya que, como anglicano, me han enseñado a considerar tales cosas como idólatras en cierta medida, y sin embargo, me parecía poco elegante rechazárselo a una anciana con tan buenas intenciones y en semejante estado de ánimo. Supongo que vio la duda reflejada en mi rostro, porque me colocó el rosario alrededor del cuello y dijo:
—Hágalo por su madre —y salió de la habitación.
Escribo esta parte del diario mientras espero el coche que, por supuesto, lleva retraso; y el crucifijo aún pende de mi cuello. No sé si se debe al temor de la anciana, a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida. ¡Ahí llega el coche!
5 de mayo. El castillo.—Se ha desvanecido la bruma de la mañana, y el sol está muy alto en el horizonte distante, que parece quebrado, no sé si por árboles o colinas. Está tan lejos que las cosas pequeñas y las grandes se confunden. No tengo sueño, y como no van a llamarme hasta que me despierte, escribiré hasta que me quede dormido. Hay muchas cosas extrañas que anotar, y para que quien las lea no piense que he cenado demasiado fuerte antes de salir de Bistrita, describiré en qué ha consistido mi cena exactamente. Tomé lo que aquí llaman «filete de ladrón»: trozos de panceta, cebolla y carne de vaca, condimentados con pimentón y ensartados en varillas y asados al fuego, ¡al estilo en que se prepara la carne de caballo en Londres! El vino era Rediasch dorado, que produce un extraño picor en la lengua, aunque no es desagradable. Solo bebí dos vasos, y nada más.
Al subir al coche, el cochero aún no había ocupado el pescante, y lo vi hablar con la mesonera. Evidentemente, hablaban de mí, porque de cuando en cuando me miraban, y algunas de las personas que estaban sentadas junto a la puerta en un banco —cuyo nombre significa ‘portador de palabras’— se acercaron a escuchar y me miraron, la mayoría con expresión de lástima. Oí repetir muchas palabras, palabras extrañas, puesto que en la multitud estaban representadas muchas nacionalidades. De modo que saqué discretamente mi diccionario políglota de la maleta y las busqué. Debo decir que su lectura no me animó, porque entre ellas se encontraban Ordog, que quiere decir ‘Satán’; pokol, ‘infierno’; stregoica, ‘bruja’; vrolok y vlkoslak, que significan lo mismo; la una es el término eslovaco y la otra el término servio para denominar algo que tiene el significado de ‘hombre-lobo o vampiro’. (Debo recordar preguntarle al conde sobre estas supersticiones).
Cuando partimos, la multitud reunida a la puerta de la posada, que había aumentado hasta adquirir proporciones considerables, se santiguó y me señaló con dos dedos. Logré con cierta dificultad que un compañero de viaje me explicase lo que querían decir. Al principio se negó a contestarme, pero al enterarse de que yo era inglés, me explicó que era un hechizo o protección contra el mal de ojo. No me resultó muy agradable, en un momento en el que partía hacia un lugar desconocido para reunirme con un hombre también desconocido, pero todos parecían tan bondadosos, tan apenados y tan comprensivos, que no pude evitar emocionarme. Nunca olvidaré la última visión del patio de la posada y su multitud de figuras pintorescas, todas ellas santiguándose, en torno a la amplia arcada, con un fondo de brillante follaje de adelfas y naranjos plantados en cubas verdes, agrupadas en el centro del patio. Entonces nuestro conductor, cuyos amplios calzones de lino cubrían la parte delantera de la cabina —ellos la llaman gotza—, hizo restallar su gran látigo sobre los cuatro caballos enanos, que marchaban uno junto a otro, e iniciamos el viaje.
Pronto desaparecieron de mi vista y de mi recuerdo los temores fantasmales, ante la belleza del escenario que contemplaba, aunque, de haber conocido el idioma o, mejor dicho, los idiomas que hablaban mis compañeros, quizá no habría podido desecharlos con facilidad. Ante nosotros se extendía una tierra verde y empinada, cubierta de bosques y selvas, con colinas escarpadas coronadas por grupos de árboles o por granjas, con el extremo romo del aguilón apuntando hacia la carretera. Por todas partes había masas desconcertantes de frutales en flor: manzanos, ciruelos, perales, cerezos; y a medida que avanzábamos veía sembrada de pétalos caídos la hierba verde bajo los árboles. Por los recovecos de estas colinas verdes de lo que aquí llaman tierra de Mittel, discurría la carretera, que se perdía al doblar una curva herbosa o desaparecía entre las copas de los pinos que se desperdigaban aquí y allá por las laderas de las colinas, como lenguas de fuego. La carretera era accidentada; sin embargo, parecía que volábamos sobre ella a velocidad febril. Yo no entendía entonces el objeto de tanta velocidad, pero evidentemente el conductor estaba empeñado en llegar cuanto antes al desfiladero del Borgo. Me dijeron que esta carretera es excelente en verano, pero que aún no la habían puesto en condiciones tras las nieves del invierno. En este sentido, es diferente de la mayoría de las carreteras de los Cárpatos, porque, por tradición, no las mantienen en muy buen estado. Ya en la antigüedad los hospadares[2] no las reparaban, para evitar que los turcos pensaran que se preparaban para traer tropas extranjeras y acelerar la guerra, que siempre estaba a punto de estallar.
Detrás de las abultadas colinas verdes de la tierra de Mittel se alzaban inmensas pendientes boscosas que llegaban hasta las elevadas laderas de los Cárpatos propiamente dichos. Se erguían a derecha e izquierda, con el sol de la tarde que caía de plano sobre ellas y subrayaba los magníficos colores de una gama maravillosa: azul oscuro y púrpura en las sombras de las cumbres, verde y marrón allí donde se mezclaban hierba y roca, y una infinita perspectiva de rocas dentadas y riscos afilados hasta perderse en la lejanía, donde se alzaban, grandiosos, los picos nevados. De trecho en trecho aparecían enormes hendiduras en las montañas, por las que, al ponerse el sol, veíamos de cuando en cuando el destello blanco de una cascada. Uno de mis compañeros me tocó en el hombro cuando rodeábamos velozmente la base de una colina y empezábamos a remontar el pico escarpado y nevado de una montaña, que al proseguir nuestro camino zigzagueante parecía encontrarse justo frente a nosotros:
—¡Mire! ¡Isten szek! ¡El asiento de Dios! —y se santiguó reverentemente.
Mientras serpenteábamos por la interminable carretera y el sol se hundía cada vez más a nuestra espalda, empezaron a envolvernos las sombras de la noche, acentuadas por el hecho de que en la cumbre nevada de las montañas se demoraba el crepúsculo, que parecía difundir un brillo de un rosa delicado y frío. Veíamos de cuando en cuando a checos y eslovacos, todos ellos con atuendos pintorescos, pero observé que el bocio abundaba lastimosamente. Al borde de la carretera había muchas cruces, ante las que todos mis compañeros se santiguaban. Aquí y allí se veía un campesino o campesina arrodillados ante un santuario, y ni siquiera se daban la vuelta al aproximarnos nosotros: sumidos en el autoabandono de la devoción, al parecer no tenían ojos ni oídos para el mundo exterior. Había muchas cosas que me resultaban nuevas: por ejemplo, almiares en los árboles, y hermosos bosques de sauces llorones desperdigados, sus troncos blancos y brillantes como la plata, entre el delicado verde de las hojas. De cuando en cuando adelantábamos a una carreta, el transporte corriente de los campesinos, con su larga vértebra como de serpiente, calculada para adaptarse a las irregularidades de la carretera. En ellas siempre iba sentado un nutrido grupo de campesinos que regresaba a casa; los checos, con sus pieles de cordero blanco, y los eslovacos, de colores. Estos últimos llevaban largos bastones a modo de lanza con un hacha en el extremo. Al caer la noche, empezó a hacer mucho frío y el crepúsculo creciente parecía sumergir en una única neblina oscura la tenebrosidad de los árboles —robles, hayas y pinos—, aunque en los valles, que se extendían profundos entre los espolones de las colinas a medida que ascendíamos por el desfiladero, se destacaban los oscuros abetos contra el fondo de nieve reciente. A veces, como la carretera se abría entre bosques de pinos, que en la oscuridad parecían cerrarse sobre nosotros, las grandes masas de color gris que se derramaban sobre los árboles producían un efecto particularmente misterioso y solemne, que fomentaba los pensamientos y macabras fantasías engendrados a primeras horas de la tarde, cuando el sol poniente proporcionaba un extraño relieve a las nubes fantasmales, que entre los Cárpatos parecen culebrear incesantemente por entre los valles. Otras veces, las colinas eran tan escarpadas que, a pesar de la prisa del conductor, los caballos solo podían remontarlas despacio. Yo quise apearme y subirlas a pie, como hacemos en mi país, pero el conductor no quiso ni oír hablar de ello.
—No, no —dijo—; no debe caminar por aquí. Los perros son demasiado feroces —y a continuación añadió, con lo que a todas luces él consideraba humor negro, ya que miró a su alrededor en busca de la sonrisa de aprobación de los demás—: Y puede que se harte de esto antes de dormirse.
La única parada que consintió hacer fue una pausa momentánea para encender las lámparas.
Al oscurecer pareció apoderarse de los pasajeros una cierta excitación, y todos ellos, uno tras otro, se pusieron a hablar con el cochero como para incitarlo a aumentar la velocidad. Este azotaba despiadadamente a los caballos con el látigo, y con furiosos gritos de aliento los apremiaba a hacer mayores esfuerzos. Entonces vi delante de nosotros, entre la oscuridad, una especie de mancha de luz gris, como si hubiese una grieta en las montañas. Aumentó la excitación de los pasajeros; el carruaje, enloquecido, se bamboleaba sobre sus grandes ballestas de cuero y se balanceaba como un bote zarandeado por un mar borrascoso. Tuve que agarrarme. La carretera se hacía más llana, y nos daba la impresión de ir volando. De pronto las montañas parecieron acercarse a nosotros por ambos lados y mirarnos ceñudas. Estábamos entrando en el desfiladero del Borgo. Uno tras otro, varios pasajeros me ofrecieron obsequios con tal insistencia y seriedad que me fue imposible rechazarlos; eran, sin lugar a dudas, extraños y variados, pero todos ellos me los dieron con sencilla buena fe, con una palabra amable y una bendición, y con aquella peculiar mezcla de movimientos que expresaban temor y que ya había visto a la puerta del hotel de Bistrita: la señal de la cruz y la protección contra el mal de ojo. Después, mientras avanzábamos a toda velocidad, el conductor se inclinó hacia adelante y los pasajeros se asomaron a ambos lados del coche, estirando el cuello por encima del borde para escrutar impacientes la oscuridad. Era evidente que ocurría algo emocionante o que se esperaba que ocurriese, pero aunque pregunté a todos los pasajeros, ninguno me dio la menor explicación. Este estado de excitación continuó durante cierto tiempo; y finalmente vimos ante nosotros el desfiladero, que se abría en el extremo oriental. En el cielo se balanceaban nubes oscuras, y en el aire flotaba la sensación pesada y opresiva de la tormenta. Era como si la cadena montañosa hubiese dividido dos atmósferas y nos hubiésemos internado en la tormentosa. Yo buscaba con la mirada el medio de transporte que habría de llevarme a la casa del conde. A cada momento esperaba ver el destello de unos faros entre la negrura; pero todo estaba oscuro. La única luz la proporcionaban los rayos parpadeantes de nuestras lámparas, sobre la que se elevaba, formando una nube blanca, el vaho de los caballos agotados.
Ya se veía la carretera arenosa que se extendía ante nosotros en toda su blancura, pero no había en ella señales de vehículo alguno. Los pasajeros retrocedieron con un suspiro de alegría, que se me antojó una burla de mi decepción.
Estaba pensando qué podría hacer, cuando el conductor miró su reloj y dijo a los demás algo que apenas alcancé a oír, tan bajo fue el tono en que habló. Creo que dijo:
—Una hora antes de lo previsto.
Después se volvió hacia mí y dijo en un alemán peor que el mío:
—Aquí no hay ningún carruaje. Después de todo, no esperan al Herr. Que vaya ahora hasta Bucovina y regrese mañana o pasado mañana; mejor pasado mañana.
Mientras hablaba, los caballos se pusieron a relinchar, a piafar y corcovear furiosamente, de modo que el conductor tuvo que sujetarlos. Entonces, entre un coro de chillidos de los campesinos y un santiguarse generalizado, apareció detrás de nosotros una calesa tirada por cuatro caballos; nos adelantó y se acercó al coche. Al destello de nuestros faros, cuyos rayos cayeron sobre los caballos, vi que eran negros como el carbón, unos animales espléndidos. Los guiaba un hombre alto, de barba larga y castaña y gran sombrero negro, que parecía ocultar su cara a nuestras miradas. Solo podía ver el refulgir de unos ojos muy brillantes, que al volverse hacia nosotros parecieron rojos a la luz del faro. Dijo al cochero:
—Esta noche ha llegado pronto, amigo mío.
—El Herr inglés tenía prisa —respondió el cochero tartamudeando.
A lo que replicó el recién llegado:
—Supongo que esa es la razón por la que usted quería que siguiera hasta Bucovina. No puede engañarme, amigo mío; se muchas cosas, y mis caballos son veloces.
Sonreía al hablar, y la luz de la lámpara cayó sobre una boca de expresión dura, de labios rojos y dientes afilados, blancos como el marfil.
Uno de mis compañeros susurró a otro un verso de Leonora, de Bürger[3]:
«Denn die Todten reiten schnell.» (Porque los muertos viajan deprisa.)
Evidentemente, el singular cochero oyó las palabras, porque alzó la vista con una sonrisa resplandeciente. El pasajero volvió la cara, al tiempo que se santiguaba y señalaba con dos dedos:
—Deme el equipaje del Herr —dijo al conductor.
Le tendieron mis maletas con extraordinaria presteza y las colocaron en la calesa. A continuación bajé por un lado del coche, pues la calesa se encontraba pegada a su costado, ayudado por el conductor, que me sujetó con mano de acero; su fuerza debía de ser prodigiosa. Sacudió las riendas sin decir palabra, los caballos dieron la vuelta y nos precipitamos en la oscuridad del desfiladero. Al mirar atrás vi el vaho que despedían los caballos del coche a la luz de los faros, y recortadas contra ella las figuras de mis últimos compañeros, que se santiguaban. El conductor hizo restallar el látigo y dio voces a los caballos, que se internaron en el camino que llevaba a Bucovina.
Al sumirnos en la oscuridad experimenté un extraño escalofrío, y me invadió una sensación de soledad; pero el cochero me colocó una capa sobre los hombros y una manta en las rodillas, y dijo en excelente alemán:
—La noche es fría, mein Herr, y mi amo el conde me ha ordenado cuidarle. Bajo el asiento hay una petaca de slivovitz (coñac de ciruela del país), por si lo necesita.
No bebí, pero a pesar de ello me animó saber que estaba allí. Me sentía un poco raro, y no poco asustado. Creo que, de haber existido otra alternativa, me habría decidido por ella, en lugar de proseguir aquel desconocido trayecto nocturno. El carruaje marchaba a buen paso en línea recta; giramos y nos internamos en otra carretera igualmente recta. Se me antojó que pasábamos una y otra vez por el mismo lugar; así que me fijé en un punto sobresaliente, y descubrí que efectivamente era así. Me habría gustado preguntarle al conductor qué significaba todo aquello, pero la verdad es que me daba miedo hacerlo, porque me parecía que, en la posición en que me encontraba, cualquier protesta habría sido inútil si deliberadamente quería retrasarnos. Más adelante, y como sentía curiosidad por saber cuánto tiempo había transcurrido, encendí una cerilla y miré mi reloj a la luz de la llama; faltaban unos minutos para la medianoche. Esto me produjo una especie de conmoción. Supongo que la superstición general sobre la medianoche había aumentado con mis experiencias recientes. Me quedé a la expectativa, con una malsana sensación de ansiedad.
En ese momento empezó a aullar un perro en una alquería carretera abajo. Era un lamento largo, angustioso, como de temor. Otro perro reanudó el sonido, y después otro y otro, hasta que, llevado por el viento que suspiraba suavemente por el desfiladero, se inició un aullar salvaje que parecía provenir de todo el país y llegar hasta donde alcanzaba la imaginación, atravesando las tinieblas de la noche. Al primer aullido los caballos se pusieron nerviosos y se encabritaron, pero el cochero les habló dulcemente y se tranquilizaron, aunque temblaban y sudaban como tras haber huido de un peligro repentino. Entonces, en la lejanía de las montañas que se elevaban a ambos lados, se inició un aullar aún más fuerte y más agudo —un aullido de lobos— que nos afectó por igual a los caballos y a mí, ya que estuve a punto de saltar de la calesa y echar a correr, mientras que ellos volvieron a encabritarse y a corcovear con tal furia, que el conductor tuvo que utilizar toda su enorme fuerza para impedir que se desbocaran. Pero al cabo de unos momentos mis oídos se acostumbraron a aquel sonido, y los caballos se sosegaron tanto que el conductor pudo descender y colocarse delante de ellos. Los acarició y los tranquilizó y les susurró algo en las orejas, como he oído decir que hacen los domadores de caballos, con resultados extraordinarios: con las caricias se apaciguaron, aunque siguieron temblando. El conductor volvió a tomar asiento, sacudió las riendas, y partimos a gran velocidad. En esta ocasión, tras llegar al lado izquierdo del desfiladero, giramos repentinamente por una estrecha calzada que torcía en curva hacia la derecha.
Pronto nos vimos rodeados de árboles, que en algunos puntos se abovedaban de tal modo que era como atravesar un túnel; y una vez más nos escoltaron audazmente grandes rocas que se erguían ceñudas a ambos lados del camino. Aunque estábamos a cubierto, oíamos el viento creciente que gemía y silbaba por entre las rocas, y las ramas de los árboles se desgajaban a nuestro paso. Aumentó el frío, y siguió aumentando, y empezó a nevar en pequeños copos escamosos, de modo que al poco tiempo nosotros y todo lo que nos rodeaba quedamos cubiertos por una capa blanca. El fuerte viento aún llevaba los ladridos de los perros, aunque se debilitaban a medida que avanzábamos. El gañir de los lobos parecía cada vez más cercano, como si nos estuvieran cercando por todas partes. Empecé a sentir un miedo espantoso, y los caballos compartían mi temor; pero el conductor no estaba preocupado lo más mínimo. Giraba incesantemente la cabeza a derecha e izquierda, pero yo no veía nada en la oscuridad.
De repente, a cierta distancia a nuestra izquierda, vi una débil llama parpadeante. El conductor la vio al mismo tiempo; detuvo de inmediato los caballos, saltó al suelo y desapareció en la oscuridad. Yo no sabía qué hacer, y menos aún cuando los aullidos de los lobos se hicieron más próximos. Mientras me hallaba sumido en un mar de dudas, el conductor volvió a aparecer repentinamente. Sin decir palabra tomó asiento, y proseguimos el viaje. Creo que debí de quedarme dormido y soñar con aquel incidente, porque, al parecer, se repitió infinitamente, y ahora lo recuerdo como una especie de pesadilla terrible. En una ocasión, la llama destelló tan cerca de la carretera, que a pesar de la oscuridad reinante pude observar los movimientos del cochero. Se dirigió rápidamente al lugar del que surgía la llama —debía de ser muy débil, porque no iluminaba el espacio a su alrededor—, recogió unas cuantas piedras y las amontonó. En otra ocasión se produjo un extraño efecto óptico: al interponerse aquel hombre entre la llama y yo, no la tapó, y seguí viendo su fantasmal resplandor. Aquello me sobresaltó, pero como el fenómeno fue momentáneo, pensé que mis ojos me habían engañado al esforzarme por penetrar la oscuridad. Después dejaron de verse las llamas azules durante un rato, y seguimos nuestro camino velozmente en medio de las tinieblas, con el aullar de los lobos a nuestro alrededor, como si nos siguieran formando un círculo móvil.
Finalmente llegó un momento en que el cochero avanzó más lejos que hasta entonces, y durante su ausencia los caballos se echaron a temblar más que nunca y a bufar y a piafar de miedo. Yo no comprendía la razón, porque había cesado el aullar de los lobos, pero entonces apareció la luna deslizándose entre las nubes negras, tras la cresta dentada de una roca cubierta de pinos, y a su luz vi que nos rodeaba un anillo de lobos, de dientes blancos y lenguas rojas y colgantes, de miembros nervudos y cuerpos peludos. En el lóbrego silencio que se cernía sobre ellos, eran casi cien veces más terroríficos que cuando aullaban. Por mi parte, experimenté una sensación paralizadora de miedo. Solo cuando un hombre se enfrenta cara a cara con tales horrores puede comprender su verdadero significado.
Los lobos empezaron a aullar todos a una, como si la luz de la luna ejerciera un efecto especial sobre ellos. Los caballos pateaban y se encabritaban y miraban desesperados a su alrededor con ojos que giraban de una forma que daba lástima verlos; pero el anillo viviente de terror los cercaba por todas partes y tuvieron que quedarse forzosamente en su interior. Grité al cochero que viniese, porque pensaba que nuestra única oportunidad consistía en tratar de romper el círculo y ayudarlo a regresar. Chillé y golpeé el costado de la calesa, con la esperanza de que el ruido asustara a los lobos y los alejara de ese lado, lo que le daría la oportunidad de llegar hasta el coche. No sé cómo se acercó allí, pero oí su voz hablando en tono imperioso, y al mirar en la dirección de la que provenía el sonido, lo distinguí parado en la calzada. Agitó sus largos brazos, como para apartar un obstáculo invisible, y los lobos retrocedieron más y más. En ese momento, una densa nube ocultó la luna, de modo que quedamos sumidos de nuevo en la oscuridad.
Cuando volví a ver, el cochero estaba saltando al coche y los lobos habían desaparecido. Era todo tan extraño, que me invadió un miedo pavoroso y no me atreví a hablar ni a moverme. Mientras avanzábamos veloces, el tiempo parecía interminable; las tinieblas eran casi absolutas, ya que las nubes oscurecían la luna al desplazarse. Seguimos ascendiendo, con tramos ocasionales de rápido descenso, pero por lo general siempre ascendíamos. De repente caí en la cuenta de que el cochero detenía los caballos en el patio de un amplio castillo en ruinas, de cuyas altas y negras ventanas no salía ni un rayo de luz y cuyas almenas semiderruidas mostraban una línea mellada que se recortaba contra el cielo iluminado por la luna.

Capítulo II

DIARIO DE JONATHAN HARKER (Continuación)



5 de mayo.—Debí de quedarme dormido porque, sin duda, de haber estado despierto, habría notado que nos acercábamos a un lugar tan singular. En las tinieblas, el patio parecía de tamaño considerable, aunque, como de él salían varios caminos oscuros que pasaban bajo grandes arcos, quizá pareciese mayor de lo que en realidad era. Aún no he podido verlo a la luz del día.
Cuando se detuvo la calesa, el cochero bajó y me tendió la mano para ayudarme a descender. Una vez más no dejé de constatar su fuerza prodigiosa. Su mano parecía realmente un torno de acero que habría podido machacar la mía de haberlo deseado. Sacó mis cosas y las colocó en el suelo, a mi lado, mientras yo me quedaba junto a una enorme puerta, vieja y remachada con grandes clavos de hierro, situada en un portal saliente de piedra maciza. Incluso con aquella lóbrega luz pude ver que la piedra estaba tallada, en su totalidad, aunque los relieves estaban muy desgastados por la acción del tiempo y de los elementos atmosféricos. Mientras estaba allí, el conductor volvió a subir a su asiento y sacudió las riendas; los caballos se pusieron en marcha, y con coche y todo desaparecieron por una de las oscuras aberturas.
Me quedé en silencio donde estaba, sin saber qué hacer. No había señales de timbre o llamador; no parecía probable que mi voz atravesara aquellos enormes muros y oscuras ventanas. El tiempo que estuve esperando se me antojó interminable, y sentí que en mi interior se agolpaban dudas y temores. ¿A qué clase de lugar había venido y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué horrible aventura me había embarcado? ¿Era este un incidente corriente en la vida de un pasante de procurador a quien habían enviado a explicar a un extranjero la forma de adquirir una propiedad en Londres? ¡Pasante de procurador! A Mina no le gustaría esto. ¡Procurador, puesto que antes de abandonar Londres me había llegado la noticia de que había tenido éxito en los exámenes, y ahora soy un procurador hecho y derecho! Me froté los ojos y me pellizqué para comprobar que estaba despierto. Todo se me antojaba una terrible pesadilla, y esperaba despertar de repente y encontrarme en casa, con la aurora forzando su entrada por la ventana, como me ha ocurrido tantas veces por la mañana tras un día de trabajo excesivo. Pero mi cuerpo respondió a la prueba de los pellizcos, y mis ojos no me engañaban. Estaba realmente despierto, en medio de los Cárpatos. Todo lo que podía hacer era tener paciencia y esperar la llegada de la mañana.
En el momento en que llegué a esta conclusión oí aproximarse unos pasos enérgicos al otro lado de la inmensa puerta, y vi por un resquicio el resplandor de una luz. A continuación oí un crujir de cadenas y el rechinar de unos pesados cerrojos al ser descorridos. Giró una llave y la puerta quedó abierta de par en par.
Dentro había un hombre alto y viejo, pulcramente afeitado, salvo por un bigote blanco y largo, y vestido de negro de la cabeza a los pies, sin una sola nota de color en parte alguna. En la mano portaba una lámpara antigua de plata, en la que ardía la llama sin tubo ni globo de ninguna clase, proyectando sombras temblorosas y largas al parpadear movida por la corriente de aire que entraba por la puerta abierta. El anciano me indicó con la mano derecha que entrase, en un gesto cortés, al tiempo que decía en un inglés excelente, aunque con una extraña entonación:
—¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!
No hizo ningún ademán de adelantarse a recibirme, mas permaneció allí como una estatua, como si su gesto de bienvenida lo hubiera convertido en piedra. No obstante, en el momento en que traspasé el umbral, avanzó impulsivamente; extendí la mano y tomó la mía con una fuerza que me hizo estremecer, sensación que no alivió el hecho de que su contacto fuese frío como el hielo: parecía más la mano de un hombre muerto que vivo. Dijo una vez más:
—Bienvenido a mi casa. Entre libremente. ¡Váyase sin novedad, y deje un poco de la felicidad que trae!
La fuerza de su mano era tan semejante a la que había notado en el cochero, cuya cara no había visto, que por un momento dudé si no estaba hablando con la misma persona. Para asegurarme, dije en tono interrogativo:
—¿El conde Drácula?
Hizo una reverencia cortés, al tiempo que respondía:
—Soy Drácula; y le doy la bienvenida a mi casa, señor Harker. Entre, el aire de la noche es frío, y necesitará comer y descansar.
Mientras pronunciaba estas palabras colocó la lámpara en un soporte de la pared, salió y cogió mi equipaje. Lo llevó al interior antes de que pudiese anticiparme a él. Protesté, pero él insistió.
—No, señor; es usted mi invitado. Es tarde, y mis criados no están disponibles. Permítame que me ocupe yo mismo de su comodidad.
Insistió en llevar mis cosas por el pasillo, después por una gran escalera sinuosa, y a continuación por otro largo pasillo, en cuyo piso de piedra resonaron ruidosamente nuestras pisadas. Al llegar al final, abrió de golpe una pesada puerta, y me alegró ver una habitación bien iluminada, en la que había una mesa preparada para la cena, y en cuya amplia chimenea ardía un gran fuego chisporroteante de leña.
El conde se detuvo y dejó mis maletas en el suelo, cerró la puerta y, tras atravesar la habitación, abrió otra puerta que comunicaba con una pequeña estancia octogonal iluminada por una única lámpara y que al parecer carecía de ventanas. Cruzó también aquella estancia, abrió otra puerta y me indicó por señas que entrase. Era un panorama acogedor, porque se trataba de un amplio dormitorio bien iluminado y caldeado por otro fuego de leña, que enviaba por el ancho tiro de la chimenea un fragor hueco. El conde dejó mi equipaje y se retiró; mientras cerraba la puerta me dijo:
—Necesitará reponerse y asearse un poco tras el viaje. Confío en que encuentre todo lo que desee. Cuando esté listo, entre en la otra habitación; su cena ya está servida.
La luz y el calor, la cortés acogida del conde, parecían haber disipado todos mis temores y dudas. Al recobrar mi estado de ánimo normal, descubrí que estaba muerto de hambre; así que, después de asearme apresuradamente, me dirigí a la otra habitación.
Encontré la cena servida. Mi anfitrión, que estaba de pie a un lado de la amplia chimenea, apoyado sobre el borde, hizo un gracioso ademán con la mano, señalando la mesa, y dijo:
—Le ruego que se siente y cene a su gusto. Espero que me disculpe por no acompañarlo, pero ya he comido y nunca ceno.
Le entregué la carta lacrada que me había confiado el señor Hawkins. La abrió y la leyó con grave expresión; a continuación, y con una sonrisa encantadora, me la tendió para que la leyese yo. Al menos uno de los párrafos me produjo un estremecimiento de placer:
«Lamento mucho que un ataque de gota, enfermedad que padezco constantemente, me impida viajar durante algún tiempo; pero me alegra comunicarle que puedo enviar a un sustituto competente, una persona en la que he depositado toda mi confianza. Es un joven lleno de entusiasmo y talento, a su manera, y de disposición leal. Es discreto y silencioso, y se ha hecho hombre trabajando a mi servicio. Estará dispuesto a asistirle cuando usted lo desee durante su estancia ahí, y seguirá sus instrucciones en todos los asuntos».
El conde se adelantó y quitó la tapa de una fuente y me abalancé sobre un excelente pollo asado. En esto consistió mi cena, además de queso, ensalada y una botella de viejo tokay, del que tomé dos vasos. Mientras comía, el conde me formuló muchas preguntas referentes al viaje, y yo le conté poco a poco todas mis experiencias.
Cuando hube terminado de cenar, y por deseo de mi anfitrión, acerqué una silla junto al fuego y me puse a fumar un cigarro puro que me había ofrecido, excusándose al mismo tiempo porque él no fumaba. Entonces tuve oportunidad de observarlo, y descubrí en él una fisonomía muy marcada. Su rostro era fuerte, muy fuerte, aguileño, con el tabique de la delgada nariz muy pronunciado, y los orificios nasales, arqueados de una forma muy peculiar; la frente, amplia y abombada; y el pelo, escaso en torno a las sienes, aunque abundante en el resto de la cabeza. Las cejas eran pobladas; casi se encontraban sobre la nariz, con un pelo espeso que parecía rizarse por su propia abundancia. La boca, a juzgar por lo que podía verse bajo el bigote, tenía una expresión fija y bastante cruel, con dientes blancos sumamente afilados; estos sobresalían por encima de los labios, de un rojo notable, que demostraba una vitalidad asombrosa para un hombre de su edad. Por lo que respecta al resto, sus orejas eran pálidas y extraordinariamente puntiagudas en el extremo superior; tenía la barbilla amplia y recia, y las mejillas eran firmes, aunque delgadas. En conjunto daba una impresión de palidez excepcional.
Hasta entonces había observado la parte superior de sus manos, apoyadas en las rodillas, junto al fuego, y me habían parecido blancas y finas; pero al verlas de cerca, no pude evitar observar que eran toscas: anchas, con dedos cuadrados. Aunque parezca extraño, tenía pelos en el centro de las palmas. Las uñas eran largas y cuidadas, cortadas en pico. Al inclinarse el conde hacia mí, me rozó con una mano, y no pude reprimir un estremecimiento. Quizá fuese debido a la fetidez de su aliento, pero me invadieron unas terribles náuseas que, a pesar de todos mis esfuerzos, no pude disimular. El conde, que a todas luces se había dado cuenta, se retiró hacia atrás; y con una especie de sonrisa macabra, que dejó sus dientes protuberantes más al descubierto que nunca hasta entonces, volvió a sentarse en el lugar que antes ocupaba junto a la chimenea. Ambos quedamos en silencio durante un rato; y al mirar hacia la ventana vi las primeras luces del alba. Todo parecía inundado por una extraña quietud; pero presté oídos y escuché algo, como si abajo, en el valle, aullasen muchos lobos. Los ojos del conde refulgieron, y dijo:
—Escúchelos: los hijos de la noche. ¡Qué música hacen!
Supongo que, al ver una expresión de extrañeza en mi rostro, añadió:
—Ah, señor; ustedes, los habitantes de las ciudades, no pueden comprender los sentimientos del cazador.
A continuación se levantó y dijo:
—Pero debe de estar usted cansado. Su habitación está lista; y mañana podrá dormir hasta la hora que desee. Yo estaré fuera hasta la tarde. ¡De modo que duerma bien y tenga felices sueños!
Y con una cortés inclinación de cabeza, él mismo me abrió la puerta de la habitación octogonal y entré en mi dormitorio.
Estoy sumido en un mar de dudas. Dudo; tengo temores; pienso cosas extrañas que no me atrevo a confesar ni a mi propia alma. ¡Que Dios me proteja, aunque solo sea por mis seres queridos!
7 de mayo.—Otra vez son las primeras horas de la mañana, pero he descansado y he disfrutado de las últimas veinticuatro horas. He dormido hasta muy avanzado el día, y me he despertado por mi propia voluntad. Tras vestirme, he ido a la habitación en la que habíamos cenado, y me he encontrado con un desayuno frío ya servido y una cafetera de café caliente junto al hogar. Había una tarjeta del conde sobre la mesa, en la que había escrito:

«Debo ausentarme durante un rato. No me espere.—D»



Así que me senté y disfruté de una comida abundante. Cuando hube terminado, busqué una campana para hacer saber a los criados que había acabado; pero no la encontré. En la casa hay ciertas deficiencias extrañas, si se tienen en cuenta las evidencias de extraordinaria riqueza que me rodean. La cubertería es de oro, y tan bellamente labrada, que debe de tener un valor incalculable. Las cortinas, la tapicería de las sillas y los sofás, y las colgaduras de mi cama están hechas de los materiales más caros y hermosos, y debieron de poseer un valor fabuloso cuando las fabricaron, ya que son de una antigüedad de siglos, aunque se encuentran en excelentes condiciones. He visto algo parecido en Hampton Court, pero estaba gastado y raído y comido de polilla. No hay espejos en ninguna de las habitaciones. Ni siquiera un espejo de aseo en mi cómoda, por lo que he tenido que sacar el espejito de afeitar de mi maleta para poder afeitarme y peinarme. Todavía no he visto criados por ninguna parte, ni he oído ruido alguno en las inmediaciones del castillo, salvo los aullidos de los lobos. Cuando hube terminado de comer —no sé si llamarlo desayuno o cena, ya que comí entre las cinco y las seis—, busqué algo para leer, porque no quería merodear por el castillo sin permiso del conde. No había absolutamente nada en la habitación: ni libros, ni periódicos, ni siquiera recado de escribir. Así que abrí otra puerta que había allí y me encontré en una especie de biblioteca. Traté de abrir la puerta que había frente a la mía, pero estaba cerrada con llave.
Con gran placer encontré en la biblioteca un elevado número de libros en inglés, estanterías enteras, y numerosos tomos de revistas y periódicos. En el centro había una mesa atestada de periódicos y revistas ingleses, aunque ninguno de fecha muy reciente. Los libros eran de la índole más diversa: historia, geografía, política, economía política, botánica, geología, derecho; todos ellos relativos a Inglaterra y a la vida y costumbres inglesas. Había incluso libros de referencia, tales como la guía telefónica de Londres, los libros «Rojo» y «Azul»[4], el almanaque de Whitaker, las listas del ejército y la marina y —por alguna razón me dio alegría verlo— el código penal.
Mientras miraba los libros se abrió la puerta y entró el conde. Me saludó cordialmente y expresó la esperanza de que hubiese descansado bien aquella noche. Después prosiguió: —Me alegro de que haya podido entrar aquí, porque estoy seguro de que hay muchas cosas que le interesarán. Estos compañeros —y colocó la mano sobre unos libros— han sido buenos amigos míos, y durante algunos años, desde que concebí la idea de ir a Londres, me han proporcionado muchas, muchas horas de placer. Por ellos he llegado a conocer su gran Inglaterra; y conocerla es amarla. Ardo en deseos de pasear por las calles concurridas de su inmenso Londres, de estar en medio del torbellino y las prisas de la humanidad, de compartir su vida, sus cambios, su muerte y todo lo que la hace ser lo que es. Pero ¡ay!, aún conozco su lengua solo por los libros. En usted confío, amigo mío, para aprender a hablarla.
—¡Pero, conde —dije—, conoce el inglés y lo habla perfectamente!
Inclinó gravemente la cabeza.
—Le agradezco, amigo mío, su valoración excesivamente halagadora; pero me temo que solo he iniciado el camino que habré de recorrer. Cierto; conozco la gramática y las palabras, pero no sé hablar.
—De verdad —dije—; lo habla muy bien.
—No es así —replicó—. Bien sé que, si me moviera y hablara en su ciudad de Londres, nadie dejaría de reconocerme como extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy noble. Soy boyardo; las gentes sencillas me conocen, y soy el amo. Pero un extranjero en tierra extraña no es nadie. Los hombres no lo conocen, y no conocer es no estimar. Me siento satisfecho cuando soy como los demás, de modo que ningún hombre se pare al verme, o haga una pausa al escuchar mis palabras para decir: «¡Ah!, ¡ah!, un extranjero». He sido amo tanto tiempo, que continuaré siéndolo, o por lo menos nadie será mi amo. Usted viene a mí, no solo como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exeter, para contarme todo lo referente a mi nueva propiedad en Londres. Confío en que se quede algún tiempo conmigo, para que, con nuestra conversación, yo pueda aprender la entonación inglesa; y deseo que, cuando cometa un error, incluso el más pequeño, me lo diga. Siento haber tenido que pasar hoy tanto tiempo fuera; pero sé que usted disculpará a quien tiene tantos asuntos importantes entre manos.
Naturalmente, dije todo lo que se me ocurrió acerca de mi buena voluntad y le pregunté si podía entrar en aquella habitación siempre que quisiera. El conde contestó:
—Sí, por supuesto —y añadió—: Puede ir a cualquier parte del castillo que desee, salvo donde las puertas están cerradas con llave, lugares en los que, naturalmente, no deseará entrar. Existe una razón para que todas las cosas estén como están, y si usted viese con mis ojos y conociese con mi conocimiento, quizá lo entendería mejor.
Dije que estaba seguro de ello, y él prosiguió:
—Estamos en Transilvania; y Transilvania no es Inglaterra. Nuestras costumbres no son sus costumbres, y para usted habrá muchas cosas extrañas. No; a juzgar por lo que me ha contado de sus experiencias, ya sabe algo sobre las cosas extrañas que aquí puede haber.
Esto dio pie a una larga conversación; y como era evidente que el conde quería hablar, aunque no fuese más que por el placer de la charla en sí misma, le formulé muchas preguntas referentes a cosas que me habían ocurrido o en las que había reparado. A veces se desviaba del tema, o daba un giro a la conversación, fingiendo que no me entendía; pero en general contestó a todo lo que le pregunté con la mayor franqueza. Con el transcurso del tiempo, cuando ya me había hecho un poco más osado, le pregunté por algunas de las extrañas cosas de la noche anterior, como, por ejemplo, por qué había ido el cochero al lugar en que había visto las llamas azules. ¿Era cierto que indicaban que había oro oculto? Me explicó que era creencia popular que en cierta noche del año —de hecho, la noche pasada, en la que supuestamente todos los malos espíritus ejercen su influencia incontrolada— se ve una llama azul sobre cualquier lugar donde se halle escondido un tesoro.
—Pocas dudas caben acerca de la existencia de un tesoro oculto —continuó— en la región por la que vino anoche, porque durante siglos ha sido campo de batalla de valacos, sajones y turcos. Apenas hay un solo pie de suelo en esa zona que no se haya visto enriquecido con sangre de hombres, patriotas o invasores. En los viejos tiempos hubo épocas de agitación, cuando llegaron en hordas austríacos y húngaros, y los patriotas salieron a recibirlos, hombres y mujeres, ancianos y hasta niños, y esperaron su llegada en las rocas de los desfiladeros, para sembrar la destrucción entre ellos con avalanchas artificiales. Cuando triunfó el invasor, poco fue lo que encontró, porque lo que había estaba a salvo, en suelo amigo.
—¿Pero cómo puede haber estado tanto tiempo sin descubrirse? —dije—. Sin duda existirán indicios, con tal de que alguien se tome el trabajo de buscarlos.
El conde sonrió, y al retroceder los labios sobre las encías, quedaron al descubierto de una forma extraña los dientes caninos, largos y afilados.
—Porque los campesinos son, en el fondo, cobardes y estúpidos. Esas llamas solo aparecen una noche; y en esa noche ningún hombre de esta tierra se moverá de su casa si puede evitarlo. Y, querido señor, si saliera, no sabría qué hacer. Porque incluso el campesino de que me habla, el que señaló el lugar en que ardía la llama, no sabría dónde mirar a la luz del día ni para hacer su trabajo. Me atrevería a jurar que usted no sería capaz de encontrar el lugar.
—Tiene razón —repliqué—. Un muerto sabría dónde buscarlo tanto como yo.
Después cambiamos de tema de conversación.
—Vamos —dijo finalmente el conde—, hábleme de Londres y de la casa que ha comprado en mi nombre.
Tras disculparme por mi falta de delicadeza, entré en mi habitación a coger los papeles que estaban en la maleta. Mientras los ordenaba oí un tintineo de loza y plata en la estancia contigua, y al pasar por ella observé que habían despejado la mesa y encendido la lámpara, porque la oscuridad ya era intensa. También estaban encendidas las lámparas en la biblioteca o estudio, y encontré al conde tumbado en el sofá, leyendo, de entre todas las cosas del mundo, nada menos que la guía Bradshaw inglesa[5]. Cuando entré, retiró los libros y los papeles de la mesa, y en su compañía me puse a hacer proyectos y escrituras y cálculos de todas clases. Todo le interesaba, y me formuló una miríada de preguntas acerca de la casa y sus alrededores. A todas luces había estudiado de antemano cuanta información había podido recoger sobre el tema del vecindario, ya que al final resultó que sabía muchas más cosas que yo. Cuando puse de relieve este hecho, replicó:
—Pero, amigo mío, ¿no era necesario que lo hiciera? Cuando vaya allí estaré solo, y mi amigo Harker Jonathan (no, perdóneme; he caído en la costumbre de mi país de anteponer el patronímico), mi amigo Jonathan Harker no estará a mi lado para corregirme y ayudarme. Estará en Exeter, a millas de distancia, probablemente trabajando en papeles legales con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¡Así que…!
Nos enfrascamos en el asunto de la compra de la finca de Purfleet. Tras contarle los hechos y estampar el conde su firma en los documentos necesarios, y escribir una carta al señor Hawkins, para enviársela junto con otros documentos, empezó a formularme preguntas acerca de cómo había encontrado un lugar tan conveniente. Le leí las notas que había tomado en su momento y que reproduzco a continuación:
«En Purfleet, en una calle lateral, encontré una casa que parecía ajustarse perfectamente a los requisitos, y en la que se exhibía un cartel desvencijado que indicaba que estaba en venta. Está rodeada por un muro alto, de estructura antigua, construido con grandes piedras, y no parece que lo hayan reparado desde hace muchos años. Las puertas, que estaban cerradas, son de hierro y roble, pesadas y viejas, corroídas por el orín.
La finca se llama Carfax, sin duda una corrupción de la antigua Quatre Faces, puesto que la casa tiene cuatro fachadas, siguiendo los puntos cardinales de la brújula. En total tiene una extensión de unos veinte acres, rodeados por el sólido muro de piedra anteriormente mencionado. Hay muchos árboles, por lo que en algunos puntos es sombría, y también hay un estanque o lago pequeño, profundo y oscuro, evidentemente alimentado por unos manantiales, ya que el agua es clara y discurre formando una corriente de considerables proporciones. La casa es grande, y yo diría que de época medieval; una parte es de piedra enormemente gruesa, con solo unas cuantas ventanas altas provistas de pesados barrotes de hierro. Parece formar parte de una fortaleza, y está junto a una antigua capilla o iglesia. No pude entrar por no tener la llave de la puerta que comunica la casa con ella, pero he tomado apuntes desde diversos ángulos. La casa fue edificada posteriormente, pero de forma desordenada, y solo puedo conjeturar la extensión de terreno que ocupa, que debe de ser grande. En los alrededores solo hay unas cuantas casas, una de ellas muy amplia, de construcción reciente, convertida en manicomio privado. No obstante, no es visible desde la finca».
Cuando hube terminado, dijo el conde:
—Me alegro de que sea antigua y grande. Yo pertenezco a una familia vieja, y vivir en una casa nueva me mataría. Una casa no puede hacerse habitable en un día; y, al fin y al cabo, cuán pocos son los días que forman un siglo. También me regocija que haya una capilla de época antigua. A nosotros, los nobles de Transilvania, no nos gusta pensar que nuestros huesos reposarán entre los de los muertos vulgares. No busco ni la alegría ni la brillante voluptuosidad del sol abundante y las aguas resplandecientes que agradan a los jóvenes. Yo ya no soy joven; y mi corazón, tras fatigosos años de duelo por los muertos, no está en armonía con el regocijo. Además, los muros de mi castillo se han desmoronado; las sombras son múltiples, y el viento frío sopla por entre las almenas y los marcos de las ventanas rotas. Amo la umbría y la sombra, y quiero estar a solas con mis pensamientos siempre que pueda.
No sé por qué sus palabras no concordaban con su mirada, o quizá es que sus facciones convertían su sonrisa en algo maligno y saturnino.
En ese momento me dejó, dándome una excusa, y me pidió que ordenase todos los documentos. Estuvo un rato fuera, y yo me puse a mirar unos libros. Uno de ellos era un atlas, que encontré abierto, naturalmente, por las páginas de Inglaterra, como si ese mapa hubiese sido muy utilizado. Al observarlo, descubrí pequeños círculos dibujados en ciertos lugares y, al examinarlos de cerca, me percaté de que uno de ellos estaba cerca de Londres, en el extremo oriental, donde estaba situada su nueva finca; los otros dos eran Exeter y Whitby, en la costa de Yorkshire.
Cuando regresó el conde había pasado casi una hora.
—¡Vaya! —exclamó—. ¿Aún enfrascado en los libros? ¡Muy bien! Pero no debe estar siempre trabajando. Venga; me han comunicado que su cena está lista.
Me tomó del brazo y entramos en la habitación contigua, en cuya mesa encontré servida una cena excelente. El conde volvió a disculparse, puesto que ya había comido mientras estaba fuera. Pero se sentó, como la noche anterior, y charlamos mientras yo comía. Después de la cena fumé un cigarro, también como la noche anterior, y el conde se quedó conmigo, hablando y formulándome preguntas sobre todos los temas concebibles, hora tras hora.
Caí en la cuenta de que estaba haciéndose tarde, pero no dije nada, pues me sentía obligado a satisfacer los deseos de mi anfitrión en todos los sentidos. No tenía sueño, porque el haber dormido tantas horas el día anterior me había fortalecido, pero no pude evitar experimentar ese escalofrío que le embarga a uno al despuntar el alba, que es, a su modo, como el cambio de marea. Dicen que los que están a punto de morir lo hacen generalmente al despuntar el alba o con el cambio de marea; cualquiera que, estando cansado, y por así decirlo atado a su puesto, haya experimentado ese cambio en la atmósfera, me creerá. De repente llegó hasta nosotros el canto de un gallo con sobrenatural estridencia, en medio del claro aire de la mañana. El conde Drácula se puso de pie y dijo:
—¡Vaya, otra vez ha amanecido! Qué descuidado soy por tenerle en vela hasta tan tarde. Tendrá que hacer menos interesante su conversación sobre Inglaterra, mi querido y nuevo país, para que no olvide cómo vuela el tiempo.
Dicho lo cual, y con una cortés reverencia, se retiró.
Entré en mi habitación y descorrí las cortinas, pero había poco que ver; mi ventana da al patio, y todo lo que pude distinguir fue el gris cálido del cielo, que se iluminaba. Así que he corrido las cortinas y me he puesto a escribir lo que ha ocurrido en este día.
8 de mayo.—Al empezar este diario temía ser demasiado difuso; pero ahora me alegro de haber entrado en detalles desde el principio, porque hay algo tan extraño en esta casa y en todo lo que la rodea, que no dejo de sentirme desasosegado. Ojalá estuviera a salvo, fuera de aquí; ojalá no hubiera venido. Quizá sea que está empezando a afectarme esta extraña existencia nocturna. ¡Pero si eso fuera todo! Si hubiera alguien con quien hablar, lo soportaría, pero no hay nadie. ¡Solo tengo al conde, y él…! Me temo que soy el único ser viviente en este lugar. Voy a ser prosaico, en la medida en que también los hechos lo son; eso me ayudará a animarme. No debo dejar que se me dispare la imaginación; en otro caso, estaría perdido. Diré de inmediato cómo están las cosas, o como están según las apariencias.
Cuando me acosté, sólo dormí unas horas, y al comprender que ya no iba a poder conciliar el sueño, me levanté. Había colgado el espejo de aseo junto a la ventana, y acababa de empezar a afeitarme. De repente, sentí una mano en mi hombro, y oí la voz del conde que me decía: «Buenos días». Me sobresalté, porque me asombró no haberlo visto, pues el reflejo del espejo cubría todo el espacio que quedaba a mi espalda. Con el sobresalto me corté ligeramente, pero no lo noté en el momento. Tras devolver el saludo al conde, di la vuelta al espejo para comprobar mi error. Esta vez no podía equivocarme: aquel hombre estaba a mi lado y lo veía por encima de mi hombro. ¡Pero no se reflejaba en el espejo! Ante mí se presentaba toda la habitación que había a mi espalda, pero no había señales de hombre alguno, excepto yo mismo. Me asusté, y como colofón de tantas cosas extrañas, este incidente contribuyó a aumentar esa vaga sensación de desasosiego que siempre experimento cuando el conde está cerca; mas en ese momento vi que la cortadura había sangrado un poco y que la sangre se deslizaba por mi barbilla. Dejé la cuchilla, al tiempo que me daba media vuelta para buscar esparadrapo. Al ver mi cara, los ojos del conde refulgieron con una especie de furor demoníaco, y me agarró bruscamente por el cuello. Yo me aparté, y su mano tropezó con el rosario del que cuelga el crucifijo. Aquello provocó un cambio instantáneo en él, porque el furor desapareció con tanta rapidez, que apenas pude creer que se hubiera producido.
—Tenga cuidado —dijo—; tenga cuidado con las cortaduras. En este país son más peligrosas de lo que se cree —cogió el espejo y añadió—: Y este es el desdichado objeto causante del daño. Es una asquerosa chuchería de la vanidad humana. ¡Afuera con él!
Abrió de un tirón la pesada ventana con su mano terrible y arrojó el espejo, que se destrozó en mil pedazos contra las piedras del patio, que está muy abajo. Después se retiró sin pronunciar palabra. Es un fastidio, porque no sé cómo voy a afeitarme ahora, a menos que me mire en el estuche del reloj o en la tapa del tazón del jabón, que por suerte es metálico.
Cuando entré en el comedor, el desayuno estaba servido; pero no encontré al conde por ninguna parte, de modo que desayuné solo. Es extraño que hasta la fecha no lo haya visto comer ni beber. Debe de ser un hombre muy especial.
Después del desayuno realicé una pequeña exploración por el castillo. Salí a la escalera y encontré una habitación orientada hacia el Sur. El panorama era magnífico, y desde donde yo estaba tenía todas las oportunidades de contemplarlo.
El castillo se halla en el mismo borde de un precipicio espantoso. ¡Una piedra que cayese desde la ventana recorrería mil pies sin tocar nada! Hasta donde alcanza la vista se divisa un mar de copas de árboles verdes, y, de cuando en cuando, una profunda hendidura allí donde hay un abismo. Aquí y allá se ven los hilos plateados de los ríos que serpentean en profundas gargantas por los bosques.
Pero no estoy de humor para describir bellezas, porque después de contemplar el panorama proseguí la expedición: puertas, puertas y más puertas por doquier, y todas cerradas a cal y canto. Excepto las ventanas, no existe ninguna salida en las paredes del castillo.
¡El castillo es una verdadera prisión, y yo estoy prisionero!

Capítulo III

DIARIO DE JONATHAN HARKER (Continuación)



Al descubrir que estaba prisionero me invadió una especie de locura. Subí y bajé la escalera precipitadamente, intenté abrir todas las puertas y me asomé a todas las ventanas que encontré; pero al cabo de un rato la convicción de que era impotente dominó al resto de mis sentimientos. Al recordarlo después de unas horas, pienso que efectivamente debí de enloquecer, porque me comporté en gran medida como una rata atrapada. No obstante, ante la certidumbre de mi impotencia, me senté tranquilamente —con más tranquilidad que en toda mi vida—, y me puse a reflexionar sobre lo que debía hacer. Aún lo estoy pensando, pero no he llegado a ninguna conclusión definitiva. Solo estoy seguro de una cosa: que no serviría de nada poner en conocimiento del conde mis pensamientos. Él sabe perfectamente que estoy preso; y como es obra suya, y tiene sin duda sus motivos para ello, solo me engañaría si le confiara totalmente los hechos. A mi juicio, el único plan posible consiste en mantener en secreto mi descubrimiento y mis temores, y los ojos bien abiertos. Sé que, o me están engañando mis propios temores como a un niño, o me encuentro en una situación desesperada y voy a necesitar todas mis facultades mentales para salir de esta.
Apenas había llegado a esta conclusión cuando oí que la gran puerta de abajo se cerraba, y supe que el conde había regresado. Como no subió de inmediato a la biblioteca, entré con cautela en mi habitación y lo encontré haciendo la cama. Me resultó extraño, pero únicamente contribuyó a confirmar lo que venía pensando todo el tiempo: que no hay criados en la casa. Cuando más tarde lo vi por entre las grietas de los goznes de la puerta preparando la mesa del comedor, mis sospechas quedaron totalmente confirmadas, porque, si él realiza todas las tareas domésticas, esto prueba sin lugar a dudas que no hay nadie para hacerlas. Este hecho me asustó, porque si no hay nadie más en el castillo, tuvo que ser el propio conde el conductor del coche que me trajo aquí. Es una idea terrible; porque, de ser así, ¿qué significado tiene que pudiese controlar los lobos como lo hizo, tan solo con levantar la mano en silencio? ¿Por qué toda la gente de Bistrita y del coche temía tanto por mí? ¿Qué significa la ofrenda del crucifijo, el ajo, las rosas silvestres y el fresno? ¡Bendita sea aquella buena mujer que me colgó el crucifijo al cuello! Porque cada vez que lo toco, me proporciona consuelo y fortaleza. Es extraño que un objeto que me han enseñado a considerar como algo reprobable e idólatra[6] me ayude en momentos de soledad e inquietud. ¿Será que hay algo en la esencia de este objeto, o es que es un medio, una ayuda tangible para transmitir recuerdos de comprensión y consuelo? Debo examinar este asunto algún día y tratar de llegar a alguna conclusión. Entre tanto, tengo que averiguar todo lo que pueda acerca del conde Drácula; quizá me ayude a comprender todo esto. Es posible que esta noche hable sobre sí mismo si yo dirijo la conversación hacia ese punto. Pero debo tener mucho cuidado para no despertar sus sospechas.
Medianoche.—He mantenido una larga conversación con el conde. Le formulé varias preguntas sobre la historia de Transilvania, tema que acogió calurosamente. Al hablar de cosas y personas, y especialmente de batallas, parecía que hubiese estado presente en todas ellas. Explicó este hecho posteriormente diciendo que, para un boyardo, el orgullo de su linaje y de su nombre es su propio orgullo, que su gloria es su propia gloria, que su destino es su propio destino. Siempre que hablaba de su linaje decía «nosotros», y utilizaba el plural como un rey. Ojalá pudiera recordar con exactitud todo lo que dijo, porque me resultó verdaderamente fascinante. Parecía contener la historia completa del país. Mientras hablaba, su excitación fue en aumento, y paseaba por la habitación tirándose del gran bigote blanco y cogiendo cualquier cosa al alcance de su mano, como si fuera a machacarla por la fuerza bruta. Dijo una cosa que transcribiré con la mayor exactitud posible; porque, a su modo, resume la historia de su raza:
—Nosotros los székelys tenemos derecho a ser orgullosos, porque por nuestras venas corre la sangre de muchas razas valientes que lucharon, como lucha el león, por la soberanía. Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu de los ugros trajo desde Islandia el espíritu guerrero que le habían concedido Thor y Odín y que sus berserkers[7] desplegaron con tan feroz intensidad en las costas de Europa, ay, y también de Asia y África, que los pueblos creyeron que habían llegado los mismísimos hombres-lobo. Cuando irrumpieron aquí también se encontraron con los hunos, cuya ferocidad bélica había devastado la tierra como un fuego viviente, hasta el punto de que los pueblos moribundos llegaron a creer que por sus venas corría la sangre de aquellas antiguas brujas que, expulsadas de Escitia, se habían unido en matrimonio con los demonios del desierto. ¡Qué estúpidos! ¿Qué demonio o qué bruja ha sido tan grande como Atila, cuya sangre corre por estas venas? —Elevó los brazos—. ¿Es acaso sorprendente que fuéramos una raza de conquistadores, que fuéramos orgullosos, que cuando los magiares, los lombardos, los ávaros, los búlgaros o los turcos se desparramaron por nuestras fronteras los obligáramos a retroceder? ¿Es extraño que cuando Arpad[8] y sus legiones asolaron la patria húngara nos encontrasen aquí al llegar a la frontera; que la Honfoglalas[9] concluyese aquí? Y cuando el aluvión húngaro se extendió hacia el Oeste, los székelys fuimos reclamados como parientes por los magiares victoriosos, y a nosotros nos fue confiada durante siglos la protección de la frontera del país con los turcos; ay, y más que ese inacabable deber de la protección de la frontera, porque, como dicen los turcos, «el agua duerme, pero el enemigo no». ¿Quién de entre las Cuatro Naciones recibió con más alegría que nosotros «la espada sangrienta»[10] o acudió con mayor presteza junto al estandarte del rey a su llamada guerrera? ¿Cuándo fue redimida esa gran deshonra de mi nación, la deshonra de Casseva, en el momento en que las banderas de los valacos y los magiares cayeron bajo la media luna? ¿Quién fue, sino un miembro de mi raza, quien cruzó el Danubio como voivoda[11] y venció al turco en su propio terreno? ¡En verdad fue un Drácula! ¡Ay de aquel, su propio hermano indigno, que al caer vendió su pueblo al turco y atrajo sobre él la deshonra de la esclavitud! ¿No fue este Drácula quien inspiró a aquel otro miembro de su raza que, en época posterior, llevó una y otra vez sus tropas por el Gran Río hasta Turquía; aquel que, derrotado, volvió una y otra y otra vez, aunque tuvo que regresar solo del sangriento campo de batalla en que sus tropas eran sacrificadas, ya que sabía que solo él podía triunfar? Dijeron que pensaba únicamente en sí mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin jefe? ¿En qué acaba la guerra sin un cerebro y un corazón que la dirija? Una vez más cuando, tras la batalla de Mohács, nos liberamos del yugo húngaro, nosotros, el linaje de los Drácula, nos contamos entre sus caudillos, porque nuestro espíritu no podía permitir no ser libres. ¡Ah, joven señor, los székelys (y los Drácula con su corazón, su sangre, su cerebro y su espada) pueden vanagloriarse de haberse multiplicado como hongos, de ser tantos como nunca llegarán a ser los Habsburgo o los Románov! Los días de guerra han pasado. La sangre es algo demasiado precioso en estos tiempos de paz deshonrosa; y las glorias de las grandes razas no son más que un cuento.
Ya se acercaba el amanecer, y nos fuimos a acostar. (Nota: Este diario guarda una terrible semejanza con el comienzo de Las mil y una noches, porque todo tiene que suspenderse con el canto del gallo, o como el fantasma del padre de Hamlet).
12 de mayo.—Empezaré por los hechos, los hechos simples y desnudos, verificados por libros y números, y sobre los que no pueden caber dudas. No debo confundirlos con las experiencias, que se basan en mis observaciones o en el recuerdo que guardo de ellas. Anoche, cuando el conde vino de su habitación, inició la conversación con preguntas referentes a asuntos legales y a la realización de cierta clase de negocios.
Yo había pasado el día fatigosamente, entre libros, y, solo por mantener la mente ocupada, había repasado algunos temas de los que me había examinado en el Lincoln’s Inn[12]. En las indagaciones del conde subyacía un cierto método, así que trataré de escribirlas por orden de sucesión; su conocimiento puede serme útil de algún modo o en alguna ocasión.
En primer lugar, me preguntó si en Inglaterra se podían tener dos procuradores o más. Le contesté que era libre de tener una docena si así lo deseaba, pero que no era aconsejable tener más de uno al cargo de una misma transacción, ya que solo puede actuar uno a la vez, y que cambiar significaría con toda seguridad ir contra sus propios intereses. Al parecer lo comprendió perfectamente, y pasó a preguntarme si existiría alguna dificultad práctica en emplear a un hombre para atender, por ejemplo, los asuntos bancarios y otro para ocuparse de los transportes, en caso de que se necesitase ayuda local en un lugar alejado del domicilio del procurador de los asuntos bancarios. Al pedirle que me lo explicase mejor, para no llevarle a conclusiones erróneas, dijo:
—Lo ilustraré con un ejemplo. Nuestro común amigo, el señor Hawkins, a la sombra de la hermosa catedral de Exeter, que está lejos de Londres, compra en mi nombre y por mediación de usted mi casa de Londres. ¡Bien! Permítame decirle con franqueza, para que no le resulte extraño que haya buscado los servicios de alguien que vive tan lejos de Londres en lugar de alguien que resida allí, que mi intención fue que no se atendiese a ningún interés local, sino solo a mis deseos; y como quizá una persona que vive en Londres puede tener algún amigo a quien favorecer o algún interés concreto, por eso fui tan lejos para buscar a mi agente, cuyo trabajo solo redundará en mi propio beneficio. Ahora bien, supongamos que tengo muchos negocios, que deseo enviar mercancías, digamos que a Newcastle, o a Durham, o Harwich o Dover. ¿No podría suceder que fuese más fácil enviarlas a alguien que estuviera en esos puertos?
Repliqué que, sin duda, sería sumamente fácil, pero que los procuradores tenemos un sistema de agencias que trabajan una para otra, de modo que las tareas locales pueden realizarse localmente siguiendo las instrucciones de cualquier procurador, por lo que el cliente, al ponerse en manos de un solo hombre, puede ver realizados sus deseos sin mayores problemas.
—Pero —añadió el conde— yo podría dirigir mis propios negocios, ¿no es así?
—Naturalmente —repliqué—, y a menudo así lo hacen los hombres de negocios que no quieren que nadie se entere de sus asuntos.
—¡Bien! —exclamó el conde.
Y a continuación siguió preguntándome por los métodos para hacer envíos y las formalidades que había que cubrir, y todas las clases de dificultades que pueden presentarse, pero que es posible prevenir. Le expliqué todo lo mejor que pude, y me dio la impresión de que el conde habría sido un procurador estupendo, porque no había nada que no pensara o anticipara. Para ser un hombre que nunca había estado en el país y que evidentemente no estaba muy metido en los negocios, sus conocimientos y perspicacia eran prodigiosos. Cuando quedó satisfecho con los temas que me presentó y yo los verifiqué con los libros de que disponía, se puso de pie repentinamente y dijo:
—¿Ha escrito alguna carta, aparte de la primera, a nuestro amigo el señor Peter Hawkins, o a alguien más?
Con cierta amargura le contesté que no, que todavía no había tenido oportunidad de enviar cartas a nadie.
—Entonces, escríbalas ahora, mi joven amigo —dijo, al tiempo que posaba su pesada mano en mi hombro—; escriba a nuestro amigo y a quien desee. Y dígale, si es tan amable, que se quedará conmigo durante un mes a partir de ahora.
—¿Quiere que me quede tanto tiempo? —pregunté, porque ante aquella idea se me encogió el corazón.
—Lo deseo vivamente, y no aceptaré negativas. Cuando su amo, patrón o como quiera llamarlo, se comprometió a enviar a alguien en su nombre, se sobreentendía que solo se tendrían en consideración mis necesidades. Yo no he escatimado nada, ¿no es así?
¿Qué podía hacer yo sino inclinar la cabeza en señal de asentimiento? Se trataba de los intereses del señor Hawkins, no de los míos, y tenía que pensar en él, no en mí; además, mientras pronunciaba estas palabras, el conde Drácula mostraba en sus ojos y en su actitud algo que me hizo recordar que estaba prisionero y que, aunque yo lo deseara, no tendría elección. El conde vio su victoria en mi inclinación de cabeza, y su dominio, en la preocupación de mi rostro, porque al momento empezó a utilizarlos, aunque a su manera suave, irresistible:
—Le ruego, mi buen y joven amigo, que en sus cartas no trate otros temas que los negocios. Sin duda, a sus amigos les agradará saber que se encuentra bien y que arde en deseos de volver a casa con ellos. ¿No es así?
Mientras esto decía, me dio tres hojas de papel y tres sobres. Eran de un papel de correo extranjero sumamente fino, y al mirarlos y mirar también al conde y advertir su tranquila sonrisa, con los dientes caninos y afilados sobre el rojo labio inferior, comprendí tan bien como si hubiera hablado que debía tener cuidado con lo que decía, porque era muy capaz de leerlo. De modo que decidí escribir solamente cartas de compromiso, y escribir por extenso al señor Hawkins secretamente, y también a Mina, porque con ella podría utilizar la taquigrafía, hecho que, en caso de que el conde viese la carta, le dejaría perplejo.
Cuando hube escrito las dos cartas, me senté tranquilamente a leer un libro, mientras el conde redactaba varias notas y consultaba unos libros que había en su mesa. A continuación recogió las mías, las puso con las suyas y las dejó junto al recado de escribir, hecho lo cual y en el mismo instante en que la puerta se cerraba tras él, me incliné y miré las cartas, que estaban boca abajo sobre la mesa. No sentí ningún escrúpulo, porque en aquellas circunstancias pensé que debía protegerme por todos los medios posibles.
Una de las cartas iba dirigida a Samuel F. Billington, The Crescent, n.° 7, Whitby; otra a Herr Leutner, Varna; la tercera a Coutts & Co., Londres, y la cuarta a Herren Klopstock & Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y la cuarta no estaban lacradas. Iba a examinarlas cuando vi que giraba el pomo de la puerta. Me dejé caer en mi asiento, con el tiempo justo para colocar las cartas en su lugar y recoger mi libro antes de que el conde entrara en la habitación con otra carta en la mano. Cogió las cartas de la mesa y las franqueó cuidadosamente. A continuación se volvió hacia mí y me dijo:
—Espero que me perdone, pero tengo mucho trabajo que hacer en privado esta noche. Confío en que lo encuentre todo a la medida de sus deseos.
Al llegar a la puerta se dio la vuelta y, tras un momento de pausa, añadió:
—Permítame aconsejarle, mi querido y joven amigo…; no, permítame avisarle con toda seriedad que, si abandona estas habitaciones, no debe dormir en ninguna otra parte del castillo. Es antiguo y contiene muchos recuerdos, y aquellos que duermen imprudentemente tienen malos sueños. Queda avisado. Si le sobreviene el sueño ahora, o en cualquier otra ocasión, diríjase a toda prisa a su cámara, o a estas habitaciones, porque aquí descansará a salvo. Pero, si no tiene cuidado, entonces…
Pronunció las últimas palabras de una forma horrible, porque hizo un gesto con las manos, como si se las lavara. Lo comprendí perfectamente; mi única duda consistía en si podía existir un sueño más horrible que la red de tinieblas, antinatural y espantosa, que parecía cerrarse en torno a mí.
Más tarde.—Confirmo las últimas palabras que he escrito, y en esta ocasión no cabe la menor duda. No tendré miedo de dormir en cualquier sitio en que no esté el conde. He colocado el crucifijo a la cabecera de la cama. Supongo que de este modo mi descanso estará más libre de sueños; y allí ha de quedarse.
Cuando el conde me dejó, entré en mi habitación. Al cabo de un rato, y al no oír ningún ruido, salí y subí la escalera de piedra, desde donde podía mirar hacia el Sur. Comparado con la estrecha oscuridad del patio, aquel vasto panorama, aunque inaccesible, me proporcionó una cierta sensación de libertad. Cuando miré afuera me sentí realmente prisionero y necesitado de aire fresco, aunque fuera el aire de la noche. Empiezo a sufrir los efectos de esta existencia nocturna. Me está destrozando los nervios. Me asusto de mi propia sombra, y me asaltan horribles imaginaciones de todas clases. Dios sabe que tengo razones para temer cualquier cosa en este lugar maldito. Contemplé aquel hermoso panorama, bañado de tal modo por la suave luz amarilla de la luna, que casi parecía de día. Bajo la suave luz, las lejanas montañas se disolvían y las sombras de los valles y los barrancos adquirían una negrura aterciopelada. La mera belleza pareció animarme; cada bocanada de aire me traía paz y consuelo. Al apoyarme en la ventana me llamó la atención algo que se movía en el piso debajo del que yo me encontraba, y un poco a la izquierda de donde, según suponía por la distribución de la casa, debían quedar las ventanas del conde. La ventana a la que estaba asomado era alta y ancha, con parteluces de piedra, y aunque desgastada por las inclemencias del tiempo, aún estaba entera; pero hacía mucho tiempo que había desaparecido el marco. Retrocedí hacia la protección de la sillería y me asomé con cautela.
Lo que vi fue la cabeza del conde asomada a la ventana. No le vi la cara, pero lo reconocí por el cuello y los movimientos de la espalda y los brazos. Además, no podía confundir aquellas manos que tantas veces había tenido oportunidad de estudiar. Al principio despertó mi interés y, en cierto modo, me sirvió de distracción, porque es asombroso lo poco que se necesita para interesar y distraer a un hombre que está preso. Pero mis sentimientos se convirtieron en terror y repulsión al ver que el cuerpo salía por la ventana y empezaba a descender a gatas por la pared del castillo, que se erguía sobre aquel espantoso abismo, cabeza abajo, con la capa desplegada a su alrededor, como unas alas enormes.
Al principio no pude dar crédito a mis ojos. Pensé que se trataba de un engaño producido por la luz de la luna, algún misterioso efecto de las sombras; pero seguí mirando, y no podía ser una ilusión. Vi los dedos de los pies y las manos aferrándose a las esquinas de las piedras desprovistas de mortero por la acción de los años, y lo vi utilizar todos los salientes e irregularidades para descender a velocidad considerable, como un lagarto que se deslizara por una pared.
¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre? Siento que se apodera de mí el pavor de este lugar; tengo miedo, un miedo espantoso, y no tengo escapatoria. Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar…
15 de mayo.—Una vez más he visto salir al conde con sus movimientos de lagarto. Se deslizaba de lado, hacia la izquierda. Se escondió en un agujero o una ventana. Cuando desapareció la cabeza, me asomé para tratar de ver más, pero sin resultado: la distancia era demasiado grande para proporcionar un ángulo de mira adecuado. Sabía que había salido del castillo, y se me ocurrió aprovechar la oportunidad para explorar más de lo que había osado hasta entonces. Volví a la habitación, y tras coger una lámpara, intenté abrir todas las puertas. Tal y como esperaba, estaban cerradas con llave, y las cerraduras eran relativamente nuevas; pero bajé la escalera de piedra hasta el vestíbulo por el que había entrado el primer día. Descubrí que podían descorrerse los cerrojos con facilidad y desengancharse las cadenas; ¡pero la puerta estaba cerrada con llave, y esta había desaparecido! Debía de estar en la habitación del conde. Tenía que comprobar si su puerta también estaba cerrada con llave, para cogerla y escapar. Seguí examinando minuciosamente los diversos pasillos y escaleras, y traté de abrir las puertas que daban a ellos. Estaban abiertas una o dos habitaciones pequeñas cerca del vestíbulo, pero no había nada que ver en ellas, salvo muebles antiguos, cubiertos por el polvo de los años y carcomidos. Pero finalmente encontré una puerta en la parte superior de la escalera que, aunque parecía cerrada con llave, cedió un poco al empujarla. La forcé y descubrí que no estaba realmente atrancada, sino que la resistencia se debía al hecho de que los goznes se habían desprendido y la puerta descansaba sobre el suelo. Era una oportunidad que quizá no volviera a presentárseme, así que puse manos a la obra, y tras muchos esfuerzos la hice retroceder, de forma que pude entrar. Me encontraba en un ala del castillo situada más a la derecha que las habitaciones que conocía, y un piso más abajo. Desde la ventana vi que la serie de habitaciones se extendía por el extremo meridional del castillo, y que las ventanas de la última estancia estaban orientadas hacia el Oeste y el Sur. A este lado, así como en el anterior, se abría un gran precipicio. El castillo estaba construido en el ángulo de una roca enorme, de modo que resultaba prácticamente inexpugnable por tres lados, y había tres amplias ventanas allí donde no podían llegar ni honda ni ballesta ni culebrina y, como consecuencia, quedaban aseguradas la luz y la comodidad imposibles en un lugar que tenía que ser custodiado. Al Oeste se abría un gran valle, y a lo lejos un enorme macizo de gigantescas montañas desiguales, que se elevaban pico tras pico, la roca desnuda sembrada de fresnos y espinos, cuyas raíces colgaban por las rendijas, resquebrajaduras y ranuras de la piedra. Evidentemente, esa era la parte del castillo que había sido habitada en tiempos pasados, ya que los muebles tenían aspecto de mayor comodidad que los que había visto hasta entonces. Las ventanas carecían de cortinas y la luz amarilla de la luna que entraba a raudales por los cristales diamantinos permitía ver incluso los colores, al tiempo que ocultaba el polvo abundante que lo cubría todo y que, en cierta medida, disimulaba los estragos del tiempo y de la polilla. Mi lámpara no iluminaba mucho más que la brillante luz de la luna, pero me alegré de llevarla, porque en aquel lugar reinaba una espantosa soledad que atenazaba el corazón y hacía temblar mis nervios. De todos modos, aquello era mejor que quedarme solo en las habitaciones, que había llegado a odiar por la presencia del conde, y después de intentar dominar mis nervios descubrí que me invadía una dulce quietud. Aquí estoy, sentado a una mesita de roble, donde quizá en otros tiempos se sentara una hermosa dama a escribir, tras mucho pensar y sonrojarse, una carta de amor plagada de faltas de ortografía, taquigrafiando en mi diario todo lo ocurrido desde que lo cerré por última vez. Ya está avanzado el siglo XIX, pero a menos que mis sentidos me estén engañando, los siglos pasados poseían y poseen unos poderes propios que la simple «modernidad» no puede destruir.
Más tarde: mañana del 16 de mayo.—Que Dios me conserve en mi sano juicio, porque a esto me encuentro reducido. La seguridad y la garantía de la seguridad pertenecen al pasado. Mientras viva aquí, solo puedo esperar una cosa: no volverme loco, si es que no lo estoy ya. Si estoy en mi sano juicio, es sin duda enloquecedor pensar que, de entre todas las cosas espantosas que me acechan en este odioso lugar, es el conde lo que menos me horroriza, que únicamente a él puedo acudir en busca de seguridad, aunque solo mientras sirva para sus propósitos. ¡Dios mío! ¡Dios misericordioso! Haz que conserve la calma, porque fuera de sus límites se halla la locura. Empiezo a ver una nueva luz en ciertas cosas que me habían confundido. Hasta ahora no había comprendido bien lo que quiso decir Shakespeare al poner en boca de Hamlet estas palabras:
«Mis tablillas, rápido, mis tablillas. Hora es ya de que lo escriba», etc.
Porque ahora que me siento como si mi mente estuviese desquiciada o como si me hubiesen dado el golpe que habrá de destrozarla, me refugio en mi diario en busca de tranquilidad. La costumbre de anotarlo todo con exactitud contribuirá a aliviarme.
La misteriosa advertencia del conde me asustó en su momento; ahora me asusta más, porque en el futuro el conde poseerá un terrible ascendiente sobre mí. ¡Me dará miedo incluso dudar de sus palabras!
Después de haber escrito en el diario y, por suerte, de haber guardado el cuaderno y la pluma en un bolsillo, sentí sueño. Me volvió a la memoria la advertencia del conde, pero me producía placer desobedecerla. Me embargó la sensación de sueño y la obstinación que la acompaña. La suave luz de la luna era consoladora, y el amplio panorama del exterior me proporcionaba una refrescante sensación de libertad. Decidí no volver esa noche a las tenebrosas habitaciones, sino dormir allí, donde de antiguo habían cantado y vivido sus dulces vidas las damas, mientras sus amables pechos se entristecían por sus hombres, enzarzados en guerras lejanas y despiadadas. Acerqué el diván a un rincón, de modo que mientras estaba tumbado disfrutaba de una hermosa vista al Este y al Sur y, sin pensar en el polvo ni preocuparme por él, me dispuse a dormir.
Supongo que me quedé dormido; eso espero, pero me temo que no, ya que lo que siguió fue sorprendentemente real, tan real, que ahora, sentado a plena luz del sol, no puedo creer en absoluto que todo fuese un sueño.
No estaba solo. La habitación era la misma, nada había cambiado desde que yo entré en ella. A la brillante luz de la luna veía mis propias huellas en el suelo, allí donde mis pisadas habían perturbado la larga acumulación de polvo. Frente a mí, a la luz de la luna, había tres mujeres jóvenes, que por su porte y por la ropa que llevaban parecían damas. Al verlas pensé que estaba soñando, porque aunque la luz de la luna se hallaba tras ellas, no proyectaban sombras en el suelo. Se acercaron a mí y me miraron durante un rato, y después se pusieron a cuchichear. Dos de ellas eran morenas, de nariz larga y aguileña, como el conde, ojos oscuros y penetrantes que parecían casi rojos por contraste con la pálida luna amarilla. La otra era bella, muy bella, con una espesa cabellera ondulada de pelo dorado y ojos como zafiros pálidos. Su cara me resultaba familiar, de haberla conocido asociada con un temor de pesadilla, pero no pude recordar en ese momento ni cómo ni dónde la había conocido. Las tres tenían dientes blancos y relucientes, que brillaban como perlas sobre los rubíes de sus labios voluptuosos. Había algo en ellas que me inquietó, un deseo vehemente y al mismo tiempo un miedo mortal. Mi corazón se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos. No está bien que escriba esto, pues un día Mina puede leerlo y sentirse herida, pero es la verdad. Siguieron cuchicheando y después se echaron a reír las tres: una risa argentina, musical, tan dura que no parecía posible que saliera de unos suaves labios humanos. Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil. La muchacha rubia sacudió la cabeza, coqueta, y las otras dos la incitaron. Una de ellas dijo:
—¡Adelante! Ve tú primero, y nosotras te seguiremos. Tú tienes derecho a ser la primera.
La otra añadió:
—Es fuerte y joven. Hay besos para todas.
Me quedé inmóvil, mirando con los ojos entrecerrados, en un tormento de deliciosa anticipación. La muchacha rubia avanzó y se inclinó sobre mí, hasta que sentí su aliento. En un sentido era dulce, dulce como la miel, y recorría los nervios con el mismo estremecimiento que su voz, pero con un fondo amargo en su dulzura, una amargura desazonadora como la que se huele en la sangre.
Tenía miedo de abrir los párpados, pero podía ver perfectamente por entre las pestañas. La muchacha rubia se puso de rodillas y se inclinó sobre mí, relamiéndose. Había en ella una voluptuosidad deliberada que resultaba excitante y repulsiva a la vez, y al arquear el cuello se chupó los labios como un animal, de modo que vi a la luz de la luna la saliva que brillaba en la boca escarlata, y la roja lengua que lamía los dientes blancos y afilados. Su cabeza descendió hasta que sus labios quedaron por debajo de mi boca y barbilla y parecieron a punto de cerrarse sobre mi garganta. Entonces se detuvo, y oí el ruido agitado que producía su lengua al lamerse los dientes y los labios, y sentí su aliento cálido en mi cuello. La piel de mi garganta empezó a hormiguear, como ocurre cuando se aproxima más y más a nuestro cuerpo la mano que va a hacernos cosquillas. Sentí la caricia suave y trémula de los labios en la piel hipersensible de mi cuello, y el contacto duro de dos dientes afilados, que me rozaron y se detuvieron allí. Cerré los ojos en lánguido éxtasis y esperé; esperé con el corazón palpitante.
Pero en ese mismo instante me embargó otra sensación con la rapidez del rayo. Tomé conciencia de la presencia del conde y del furor que lo dominaba. Al abrir involuntariamente los ojos vi que su mano poderosa agarraba el delicado cuello de la mujer rubia, y con su fuerza de gigante la hacía retroceder, los ojos azules de la mujer transformados por la ira, los dientes blancos rechinando de rabia, las hermosas mejillas enrojecidas de pasión. ¡Pero el conde! Nunca había imaginado tal cólera y furor, ni siquiera en los demonios de los abismos. Sus ojos refulgían literalmente. La luz roja que despedían era espeluznante, como si ardieran tras ellos las llamas del fuego del infierno. Su rostro estaba mortalmente pálido, y los rasgos duros como alambres tirantes; las espesas cejas que se unían en el puente de la nariz parecían en esos momentos un barrote ondulante de metal al rojo blanco. Apartó a la mujer de su lado con un salvaje manotazo; y después hizo señas a las otras, como para instarlas a retroceder; era el mismo gesto imperioso que le había visto utilizar con los lobos. Dijo en un tono que, aunque bajo y casi susurrante, pareció cortar el aire y rodear la habitación:
—¿Cómo os atrevéis a tocarlo, ninguna de vosotras? ¿Cómo os atrevéis a poner los ojos en él, habiéndooslo prohibido? ¡Atrás os digo! Este hombre me pertenece. ¡No os acerquéis a él, o tendréis que véroslas conmigo!
La muchacha rubia se volvió y replicó con una carcajada de obscena coquetería:
—¡Tú nunca has amado! ¡Tú nunca amas!
Al llegar a este punto, se le unieron las otras mujeres, y en la habitación resonó una risa tan dura, tan desprovista de alegría y alma que al oírla casi me desmayé. Parecía una diversión de demonios. El conde se dio la vuelta y, tras contemplar mi rostro con atención, dijo en un suave susurro:
—Sí, yo también sé amar. Vosotras mismas lo sabéis por el pasado. ¿No es así? Os prometo que cuando haya acabado con él podréis besarlo cuanto queráis. ¡Y ahora, marchaos! ¡Marchaos! Tengo que despertarlo, porque hay muchas cosas que hacer.
—¿No nos vas a dar nada esta noche? —preguntó una de las mujeres con una ligera carcajada, mientras señalaba la bolsa que el conde había tirado al suelo y que se movía como si hubiese algo vivo en su interior.
El conde asintió por toda respuesta. Una de las mujeres se abalanzó sobre la bolsa y la abrió. A menos que me engañasen mis oídos, percibí un grito sofocado y un gemido como de niño medio ahogado. Las mujeres rodearon la bolsa mientras yo quedaba pasmado de terror. Cuando volví a mirar habían desaparecido, y con ellas la espantosa bolsa. No se encontraban cerca de ninguna puerta, y no podían haber pasado a mi lado sin que me hubiese dado cuenta. Al parecer, sencillamente se habían desvanecido en los rayos de la luna y habían salido por la ventana, porque vi las siluetas sombrías y difusas durante un momento, antes de que desaparecieran por completo.
El terror se apoderó de mí y quedé inconsciente.

Capítulo IV

DIARIO DE JONATHAN HARKE (Continuación)



He despertado en mi cama. Si es que no he soñado, el conde debe de haberme traído hasta aquí. He tratado de satisfacer mi curiosidad a este respecto, pero no he llegado a ninguna conclusión definitiva. Sin duda, existen pequeños indicios, tales como que mis ropas estaban dobladas y colocadas de una forma que no es la habitual en mí. Mi reloj no tenía cuerda, y yo tengo la costumbre de darle cuerda invariablemente antes de acostarme. Además, existen otros muchos pequeños detalles. Pero estas cosas no prueban nada, porque pueden ser evidencias de que mi mente no funcionaba como siempre y de que, por una u otra causa, he estado perturbado. Tengo que buscar pruebas. De una cosa me alegro: si fue el conde quien me trajo aquí y quien me desvistió, debió de darse mucha prisa en su tarea, porque mis bolsillos están intactos. Estoy seguro de que este diario habría sido un misterio que no hubiera consentido. Se lo habría llevado o lo habría destruido. Al contemplar ahora esta habitación, aunque plagada de temores, se me antoja una especie de santuario, porque nada puede ser más espantoso que esas horribles mujeres que estaban —que están— a la espera de chuparme la sangre.
18 de mayo.—He bajado a ver esa habitación a la luz del día, porque tengo que saber la verdad. Al llegar a la puerta del descansillo de la escalera la encontré cerrada. La han encajado tan violentamente en la jamba, que una parte de la madera se ha astillado. Observé que el cerrojo no estaba corrido, pero que la puerta estaba asegurada por dentro. Me temo que no fue un sueño, y que debo actuar de acuerdo con mis conjeturas.
19 de mayo.—Sin duda me encuentro en una trampa. El conde me pidió anoche, en un tono sumamente dulce, que escribiera tres cartas: una, para decir que mi trabajo está casi acabado y que saldré hacia mi país en el plazo de unos días; otra, para decir que salía a la mañana siguiente de la fecha de la carta; y una tercera, para decir que he abandonado el castillo y llegado a Bistrita. Hubiera querido rebelarme, pero pensé que en el estado actual de cosas sería una locura enfrentarme abiertamente con el conde mientras me encuentre tan completamente a su merced; y negarme habría servido tan solo para despertar sus sospechas y provocar su ira. Él sabe que yo sé demasiado, y que no debo seguir viviendo, porque quizá le resulte peligroso. Mi única posibilidad consiste en prolongar las oportunidades. Tal vez ocurra algo que me proporcione la ocasión de escapar.
En sus ojos vi esa acumulación de cólera que se puso de manifiesto al arrojar de su lado a la mujer rubia. Me explicó que la recogida del correo es escasa e incierta, y que escribiendo ahora tranquilizaría a mis amigos, y me aseguró con tal vehemencia que cancelaría las últimas cartas, que quedarían retenidas en Bistrita hasta su debido tiempo en caso de que el azar ordenase la prolongación de mi estancia, que oponerse a él habría significado crear nuevas sospechas. Por tanto, fingí aceptar sus puntos de vista y le pregunté qué fechas debía poner en las cartas. Calculó durante unos momentos y después dijo:
—En la primera, el 12 de junio; en la segunda, el 19 de junio, y en la tercera, el 29 de junio.
Ahora ya sé cuánto va a durar mi vida. ¡Que Dios me ayude!
28 de mayo.—Existe una posibilidad de escapar, o al menos de enviar noticias a mi país. Ha llegado una cuadrilla de cíngaros que han acampado en el patio. Estos cíngaros son gitanos; he tomado notas sobre ellos en mi cuaderno. Son característicos de esta región, aunque están emparentados con los gitanos corrientes de todo el mundo. Se encuentran a millares en Hungría y Transilvania, y carecen casi por completo de toda ley. Como norma general, se acogen a la tutela de un gran noble o boyardo, y adoptan su nombre. Son temerarios y no tienen religión, salvo las supersticiones, y solo hablan las variantes de la lengua rumana que les son peculiares.
Voy a escribir algunas cartas a mi país, e intentaré que alguien las envíe al correo. Ya he hablado con ellos por la ventana para entablar relaciones. Se quitaron los sombreros y me rindieron homenaje haciendo muchos gestos que no entendí mejor que su lenguaje hablado…
He escrito las cartas. La de Mina está en taquigrafía, y al señor Hawkins simplemente le pido que se ponga en contacto con ella. A Mina le explico mi situación, pero sin los horrores que solo puedo conjeturar. Si dejara mi corazón al descubierto, la sorprendería y asustaría. Si las cartas no llegan a su destino, el conde aún no se enterará de mi secreto ni del alcance de mis conocimientos…
He entregado las cartas; las lancé por entre los barrotes de mi ventana, junto con una moneda de oro, e hice todas las señas que se me ocurrieron para indicar que quería que las echasen al correo. El hombre que las recogió las apretó contra su corazón e inclinó la cabeza, y a continuación las metió en su gorra. No pude hacer nada más. Regresé furtivamente al despacho y me puse a leer. Como el conde no ha entrado, he estado escribiendo aquí…
Ha llegado el conde. Se sentó a mi lado y dijo con el tono de voz más zalamero que pudo adoptar, al tiempo que abría las dos cartas:
—Los cíngaros me han dado esto, y aunque no sé de dónde provienen, voy a prestarles atención. ¡Vea! —debía de haberlas mirado—: Una es suya, y está dirigida a mi amigo Peter Hawkins; la otra… —y al llegar aquí su mirada se posó en los extraños signos al abrir el sobre, y volvió a su cara una expresión sombría, y sus ojos refulgieron malévolos—. ¡La otra es una vileza, un atropello a la amistad y la hospitalidad! No está firmada, así que no nos interesa.
Sostuvo con mucha calma la carta y el sobre encima de la llama de la lámpara hasta que se consumieron. Después prosiguió:
—La carta dirigida a Hawkins… la enviaré, naturalmente, ya que la ha escrito usted. Sus cartas son sagradas para mí. Le pido disculpas, amigo mío, por haber roto inadvertidamente el lacre. ¿No quiere ponerlo de nuevo?
Me tendió la carta, y junto a ella, y con una cortés inclinación de cabeza, un sobre en blanco. Lo único que pude hacer fue volver a escribir las señas y dársela al conde en silencio. Al salir de la habitación oí girar lentamente la llave. Unos minutos más tarde fui hasta la puerta y traté de abrirla, pero estaba cerrada.
Cuando, al cabo de una o dos horas, el conde entró calladamente en la habitación, su llegada me despertó, pues me había quedado dormido en el sofá. Su ademán era cortés y animoso, y al ver que había estado durmiendo dijo:
—¿De modo que está cansado, amigo mío? Métase en la cama. Allí es donde mejor se descansa. Quizá no pueda disfrutar del placer de hablar con usted esta noche, pues me aguardan muchos quehaceres; pero confío en que duerma.
Pasé a mi habitación y me acosté, y, aunque parezca extraño, no soñé. La desesperación posee sus propios sosiegos.
31 de mayo.—Al despertar esta mañana se me ocurrió pertrecharme de papel y sobres, que tenía guardados en la maleta, y ocultarlos en el bolsillo, con el fin de poder escribir si se me presentara la oportunidad; pero me aguardaba una nueva sorpresa, un nuevo golpe.
Había desaparecido hasta la última hoja de papel y, junto con ellas, todas mis notas, la agenda de ferrocarriles y viajes, mi tarjeta de crédito…; en suma, todo lo que podría resultarme útil una vez fuera del castillo. Me senté a reflexionar durante un rato, y se me ocurrió una idea. Busqué en mi baúl de viaje y en el armario en el que había colocado mis cosas.
Había desaparecido el traje con el que había venido hasta aquí, y también el abrigo y la manta de viaje; no encontré ni rastro de ellos por ninguna parte. Aquello tenía todos los visos de una nueva villanía…
17 de junio.—Esta mañana, mientras me estrujaba los sesos sentado en el borde de la cama, oí en el exterior un restallar de látigos y un golpear y arañar de cascos de caballo en el sendero de piedra que hay detrás del patio. Me precipité hacia la ventana con alegría y vi entrar en el patio dos grandes carretas, cada una de ellas arrastrada por ocho robustos caballos, y a la cabeza de cada pareja un eslovaco, con su ancho sombrero, su gran cinturón claveteado, una sucia piel de cordero y botas altas. También llevaban en la mano los largos bastones. Corrí a la puerta con la intención de bajar y tratar de reunirme con ellos por el vestíbulo principal, pues pensaba que quizá habrían dejado aquella puerta abierta para ellos. Un nuevo golpe: la puerta de mi habitación estaba cerrada por fuera.
Entonces corrí a la ventana y les grité. Me miraron estúpidamente y señalaron hacia mí, pero en ese momento salió el hetmán[13] de los cíngaros y al verlos señalar hacia mi ventana dijo algo que les hizo reír. A partir de ese momento, ningún esfuerzo por mi parte ni ninguna súplica angustiosa ni ningún grito lastimero consiguieron que tan siquiera me mirasen. Se dieron la vuelta con resolución. Las carretas contenían grandes cajones cuadrados, con asas de soga gruesa, y evidentemente estaban vacíos, a juzgar por la facilidad con que los eslovacos los transportaban y por la resonancia que producían al moverlos bruscamente. Una vez descargados y amontonados en un rincón del patio, los cíngaros dieron dinero a los eslovacos, y estos, tras escupir sobre las monedas en señal de buena suerte, se dirigieron a sus caballos respectivos. Poco después oí desvanecerse en la lejanía el restallar de sus látigos.
24 de junio, antes del amanecer.—Anoche el conde me dejó temprano y se encerró en su habitación. En cuanto cobré ánimos, subí corriendo la tortuosa escalera y me asomé a la ventana que está orientada hacia el Sur. Pensé que debía vigilar al conde, porque está ocurriendo algo. Los cíngaros están en alguna parte del castillo realizando un trabajo. Lo sé porque de cuando en cuando oigo un ruido lejano y sofocado como de azadones y palas, y sea lo que fuere, debe de estar al servicio de alguna villanía implacable.
Llevaba en la ventana casi media hora cuando vi algo que salía por la ventana del conde. Retrocedí y me puse a observar con cautela, y vi aparecer todo el cuerpo. Fue un nuevo golpe para mí comprobar que iba vestido con el traje que yo había llevado en el viaje hasta aquí, y que cargaba sobre sus hombros la terrible bolsa que había visto llevarse a las mujeres. No cabe duda sobre el objeto de su expedición, ni sobre el hecho de que llevara mi traje. ¡Entonces, este es su nuevo y malvado plan: hacer creer a otros que me han visto, de modo que pueda, a la vez, dejar pruebas de que he estado en los pueblos y aldeas echando mis cartas al correo, y que cualquier tropelía que él cometa me la atribuyan a mí las gentes del lugar!
Me enfurece pensar que esto vaya a continuar así mientras yo estoy encerrado aquí, como un auténtico prisionero, pero sin la protección de la ley, que es consuelo y derecho del delincuente.
Se me ocurrió la idea de vigilar el regreso del conde, y me quedé sentado tenazmente en la ventana durante un rato. Después empecé a observar que en los rayos de la luz de la luna flotaban unas curiosas partículas. Eran como minúsculas motas de polvo, que se arremolinaban y se agrupaban como en una nebulosa. Las contemplé con una sensación de alivio, y me embargó una suerte de quietud. Me recliné en el alféizar, en una postura más cómoda, de modo que pudiera disfrutar más plenamente de aquel jugueteo aéreo.
Algo me sobresaltó, un aullar de perros grave y lastimero que provenía de las profundidades del valle, que quedaba oculto a mi vista. Pareció sonar más fuerte en mis oídos, y las motas de polvo adquirieron nuevas formas con el sonido, mientras seguían bailando a la luz de la luna. Sentí que luchaba por entregarme a la llamada de mis instintos; más que eso: era mi propia alma la que luchaba, y mis sentimientos apenas despiertos se afanaban por responder a aquella llamada. ¡Me estaban hipnotizando! El polvo bailaba más y más deprisa, y los rayos de la luna parecían temblar al pasar junto a mí y penetrar las tinieblas.
Siguieron agrupándose hasta formar sombrías siluetas fantasmales. Entonces me levanté de un salto, completamente despierto y en plena posesión de mis facultades, y huí corriendo y gritando de aquel lugar. Las siluetas fantasmales que se iban separando gradualmente de los rayos de la luna eran las de las tres mujeres espectrales a las que estaba destinado. Escapé y me sentí un poco más seguro en mi habitación, donde no llegaba la luz de la luna y en la que ardía una brillante lámpara.
Cuando hubieron pasado un par de horas oí agitarse algo en la habitación del conde, algo como un agudo gemido rápidamente sofocado; y a continuación se hizo el silencio, un silencio profundo y espantoso que me heló la sangre. Con el corazón palpitante traté de abrir la puerta; pero estaba encerrado en mi prisión y no podía hacer nada. Me senté y me puse a llorar.
Así me encontraba cuando oí un ruido en el patio: el grito angustiado de una mujer. Me precipité hacia la ventana, la abrí rápidamente y miré por entre los barrotes. Efectivamente, había una mujer con el pelo en desorden, las manos apretadas sobre el corazón como si estuviese agotada tras una carrera. Se apoyaba en una esquina de la verja. Al ver mi rostro por la ventana se abalanzó y gritó con voz cargada de amenazas:
—¡Devuélveme a mi hijo, monstruo!
Cayó de rodillas y, elevando las manos, gritó las mismas palabras en unos tonos que me encogieron el corazón. Se mesó los cabellos y se golpeó el pecho, y se abandonó a todas las violencias de la emoción más desenfrenada. Finalmente, se echó hacia adelante y, aunque no podía verla, oí el golpear de las manos desnudas en la puerta.
Muy arriba, probablemente en la torre, oí la voz del conde con su susurro metálico y áspero. A su voz pareció contestar desde todas partes el aullido de los lobos. A los pocos minutos, una manada de estos animales traspasó la puerta en tropel y entró en el patio, como al abrir una compuerta.
No se oyó gritar a la mujer, y el aullar de los lobos no se prolongó. Al poco tiempo salieron uno a uno, relamiéndose las fauces.
No me dio lástima aquella mujer, porque sabía lo que le había ocurrido a su hijo, y estaba mejor muerta.
¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo escapar de esta espantosa esclavitud de noche, tinieblas y terrores?
25 de junio, por la mañana.—Ningún hombre sabe, hasta que ha sufrido la noche, cuán dulce y cuán tierna puede ser la mañana para su corazón y sus ojos. Esta mañana, cuando el sol se elevó tanto en el cielo, que alcanzó la parte superior de la puerta que hay frente a mi ventana, se me antojó que aquel punto que acariciaba la luz era la paloma del arca que se había posado allí. El miedo se desprendió de mí como si se tratara de una prenda vaporosa que se disolviera con el calor. Debo hacer algo mientras el día me infunda valor. Anoche enviaron al correo una de mis cartas fechadas, la primera de la serie fatal que habrá de borrar de la Tierra toda huella de mi existencia.
No voy a pensar en ello. ¡Acción!
Siempre ha sido por la noche cuando me han importunado o amenazado, o cuando me he encontrado aterrorizado o en peligro. Todavía no he visto al conde de día. ¿Será que duerme mientras los demás velan, será que vela mientras los demás duermen? ¡Si pudiera entrar en su habitación! Pero no existe ningún medio de hacerlo. La puerta siempre está cerrada con llave; no hay forma de entrar.
Sí la hay si uno se atreve a hacerlo. Si su cuerpo sale así, ¿por qué no otro cuerpo? Yo mismo lo he visto reptar desde su ventana; ¿por qué no imitarlo y entrar por la ventana de su habitación? Es una posibilidad desesperada, pero mi necesidad es aún más desesperada. Correré el riesgo. Lo peor que puede ocurrir es la muerte; y la muerte de un hombre no es la de un cordero, y quizá aún esté abierto para mí el temido Más Allá. ¡Que Dios me ayude en mi tarea! Adiós, Mina, si no lo logro; adiós, mi fiel amigo y segundo padre; adiós a todos y, por último, adiós, Mina.
El mismo día, más tarde.—He llevado a cabo la tentativa, y con la ayuda de Dios, he regresado sano y salvo a esta habitación. Debo anotar ordenadamente todos los detalles. Animado por el valor que acababa de cobrar, fui hasta la ventana orientada al Sur y llegué inmediatamente al estrecho saliente de piedra que rodea el edificio por este lado. Las piedras eran grandes y estaban toscamente talladas y el mortero se había desgastado por la acción del tiempo. Me quité los zapatos y me aventuré a salir por aquel camino desesperado. Miré hacia abajo una vez, para asegurarme de que la visión repentina del espantoso abismo no iba a vencerme, pero después mantuve los ojos apartados de él. Conocía muy bien la dirección en que se encontraba la habitación del conde y la distancia que de allí me separaba, y me dirigí hacia ella como mejor pude, teniendo en cuenta los medios de que disponía. No me mareé, supongo que porque estaba demasiado nervioso, y el tiempo se me hizo ridículamente corto hasta el momento en que me encontré con los pies en el alféizar de la ventana tratando de levantar el marco. Estaba sumamente agitado cuando me incliné y deslicé los pies dentro. Miré a mi alrededor en busca del conde, pero, con sorpresa y alegría, descubrí una cosa. ¡La habitación estaba vacía! Apenas estaba decorada con unos cuantos objetos que parecían no haber sido usados nunca; los muebles eran más o menos del mismo estilo que los de las habitaciones orientadas hacia el Sur, y también estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave, mas no estaba en la cerradura, ni la encontré por ninguna parte. Lo único que encontré fue un gran montón de oro en un rincón, oro de todas clases: monedas romanas, británicas, austriacas, húngaras, griegas y turcas, cubiertas de polvo, como si llevasen mucho tiempo en el suelo. A juzgar por lo que observé, ninguna de las monedas tenía menos de trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos con piedras preciosas, pero todos ellos viejos y sucios.
En un rincón de la habitación había una enorme puerta. Traté de abrirla, porque al no haber encontrado la llave de la habitación ni la llave de la puerta de fuera, que constituían el objeto principal de mi expedición, tenía que seguir inspeccionando, o todos mis esfuerzos resultarían vanos. Estaba abierta y daba a un estrecho pasillo de piedra que llevaba a una escalera circular que descendía en peldaños empinados. La bajé fijándome en dónde ponía los pies, ya que estaba oscura, únicamente iluminada por unas claraboyas abiertas en la gruesa mampostería. Al fondo había un pasadizo oscuro, como un túnel, por el que salía un hedor mortífero, nauseabundo, el hedor de la tierra vieja recién removida. Al atravesar el pasadizo el olor se hizo más cercano y pesado. Finalmente empujé una puerta que estaba entreabierta y me encontré en una vieja capilla en ruinas que, evidentemente, había sido utilizada como cementerio. El tejado se había desmoronado, y en dos puntos había unos escalones que llevaban hasta unas criptas, pero habían excavado el suelo recientemente y habían colocado la tierra en grandes cajones de madera, sin duda ninguna los que habían traído los eslovacos. No había nadie y continué buscando otra salida, pero no existía. Después examiné el terreno palmo a palmo, para no desaprovechar ninguna posibilidad. Incluso bajé a las criptas, donde se debatía una débil luz, aunque hacerlo me llenó el alma de pavor. Entré en dos de ellas, pero no vi nada, salvo trozos de ataúdes viejos y montones de polvo; en la tercera, sin embargo, descubrí algo.
¡Allí, en uno de los cajones, de los cincuenta que había en total, sobre un montón de tierra recién removida, yacía el conde! Estaba muerto o dormido; no pude saber cuál de las dos cosas, ya que los ojos estaban abiertos y pétreos, pero sin la vidriosidad de la muerte, y las mejillas guardaban el color de la vida, sobreponiéndose a la palidez, y los labios estaban tan rojos como siempre. Pero no se veía el menor movimiento, ni pulso ni respiración, ni le latía el corazón. Me incliné sobre él y traté de identificar alguna señal de vida, mas en vano. No podía llevar allí mucho tiempo, porque el olor a tierra se habría desvanecido al cabo de unas horas. Al lado del cajón estaba la tapa, con agujeros diseminados aquí y allá. Pensé que quizá tuviese las llaves, pero al ponerme a registrarlo vi los ojos muertos, y en ellos, a pesar de estar muertos, una mirada tal de odio, aunque inconscientes de mí o de mi presencia, que huí de aquel lugar y, tras abandonar la habitación del conde, volví a subir a gatas el muro del castillo. Al ganar mi aposento, me arrojé jadeante sobre la cama y traté de pensar…
29 de junio.—Mi última carta lleva fecha de hoy, y el conde ha tomado medidas para demostrar su autenticidad, porque lo he visto salir de nuevo del castillo por la misma ventana vestido con mis ropas. Cuando bajaba por el muro, reptando como un lagarto, deseé tener una pistola o algún arma mortífera para destruirlo; pero me temo que ningún arma forjada por la mano del hombre tendría ningún efecto sobre él. No me atreví a esperar su regreso, porque temía ver a aquellas misteriosas hermanas. Volví a la biblioteca y estuve leyendo hasta que me quedé dormido.
Me despertó el conde, que me miró con la expresión más severa que puede adoptar un hombre, al tiempo que me decía:
—Mañana hemos de separarnos, amigo mío. Usted vuelve a su hermosa Inglaterra; yo, a una tarea que puede tener un final tal que quizá no volvamos a encontrarnos. Su carta ha sido enviada; mañana yo no estaré aquí, pero todo estará listo para su viaje. Por la mañana vienen los cíngaros, que tienen que hacer algunas cosas aquí, y también unos eslovacos. Cuando se marchen, vendrá mi carruaje a buscarlo y lo llevará al desfiladero del Borgo, donde tomará la diligencia de Bucovina a Bistrita. Pero tengo esperanzas de volver a verlo en el castillo de Drácula.
Como dudaba de su sinceridad decidí ponerla a prueba. ¡Sinceridad! Parece una profanación de esta palabra utilizarla asociada con semejante monstruo. Le pregunté súbitamente:
—¿Por qué no puedo marcharme esta noche?
—Porque, querido señor, mi cochero y mis caballos están fuera cumpliendo una misión.
—Pero yo haría el camino a pie con sumo gusto. Quiero irme en seguida.
Sonrió, con una sonrisa tan afable, suave y diabólica, que supe que tras su afabilidad se escondía alguna trampa. Dijo:
—¿Y su equipaje?
—No me preocupa. Puedo mandar a buscarlo en cualquier otra ocasión.
El conde se puso de pie y dijo con una cortesía tan dulce que, de tan real que parecía, tuve que frotarme los ojos:
—Ustedes los ingleses tienen un refrán que aprecio mucho, porque su espíritu es el mismo que reina entre los boyardos: «Dad la bienvenida al que llega; despedid rápidamente al invitado que parte». Venga conmigo, mi querido y joven amigo. No esperará ni una hora en mi casa contra su voluntad, aunque me entristece su partida y su deseo de que sea tan rápida. ¡Venga!
Me precedió con majestuosa gravedad portando la lámpara al bajar las escaleras y atravesar el vestíbulo. De repente se detuvo.
—¡Escuche!
Oí el aullar de muchos lobos en un lugar cercano. Fue casi como si el sonido estallara cuando el conde alzó la mano, como la música de una gran orquesta respondiendo a la batuta del director. Tras una pausa de unos momentos, se dirigió a la puerta con su porte majestuoso, descorrió los enormes cerrojos, desenganchó las gruesas cadenas y empezó a abrirla.
Vi con profundo asombro que no estaba cerrada con llave. Miré a mi alrededor con suspicacia, pero no descubrí ninguna llave.
Al empezar a abrirse la puerta, el aullar de los lobos se hizo más intenso y más encolerizado; sus rojas mandíbulas, con los dientes desnudos, se introdujeron por la puerta entreabierta, y saltaron con sus pezuñas de garras romas. En ese momento comprendí que luchar contra el conde sería inútil. Con semejantes aliados bajo su mando, yo no podía hacer nada. Pero la puerta siguió abriéndose lentamente, y solo el cuerpo del conde tapaba la abertura. Se me ocurrió que quizá fuese aquel el momento y aquellos los medios de ejecutarse mi sentencia: iba a entregarme a los lobos, y a instancias mías. En aquella idea había una maldad diabólica digna del conde, y como última posibilidad grité:
—¡Cierre la puerta! ¡Esperaré a mañana! —y me cubrí la cara con las manos para ocultar las lágrimas de mi amarga decepción.
El conde cerró la puerta con un movimiento de su poderoso brazo, y los grandes cerrojos resonaron con estruendo en el vestíbulo al volver a su sitio.
Regresamos en silencio a la biblioteca, y al cabo de unos minutos me fui a mi habitación. Vi al conde Drácula por última vez enviándome un beso con la mano, con una luz roja de triunfo en sus ojos y con una sonrisa de la que podría enorgullecerse Judas en el mismísimo infierno.
Ya en mi habitación, y cuando me disponía a acostarme, creí oír un susurro junto a mi puerta. Me dirigí hacia allí con pisadas suaves y me puse a escuchar. A menos que me engañasen mis oídos, oí la voz del conde, que decía:
—¡Atrás, atrás! ¡Volved a vuestro sitio! Aún no ha llegado vuestro momento. Esperad. Tened paciencia. Mañana por la noche, mañana por la noche será vuestro.
Se oyó un dulce murmullo de risas y, dominado por la rabia, abrí la puerta de golpe. Afuera vi a las tres terribles mujeres, que se lamían los labios. Ante mi aparición lanzaron una espantosa carcajada al unísono y huyeron.
Volví a mi habitación y caí de rodillas. ¿Está entonces tan cercano el fin? ¡Mañana! ¡Mañana! ¡Señor, ayúdanos a mí y a los que me quieren!
30 de junio, por la mañana.—Quizá sean estas las últimas palabras que escriba en mi diario. He dormido hasta poco antes del amanecer y, al despertarme, me he postrado de rodillas, porque he decidido que, si llega la muerte, me encontrará preparado.
Finalmente percibí ese sutil cambio en el aire y supe que había llegado la mañana. A continuación oí el esperado canto del gallo y pensé que estaba a salvo. Abrí la ventana con el corazón alegre y bajé corriendo al vestíbulo. Había observado que la puerta no estaba cerrada con llave, y ante mí se presentaba la oportunidad de escapar. Con manos temblorosas de ansiedad descolgué las cadenas y descorrí los enormes cerrojos.
Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Empujé y empujé la puerta y la sacudí hasta que, a pesar de su solidez, tableteó en el marco. Vi que estaba echada la llave. Alguien había cerrado la puerta después de separarme del conde.
Me invadió un violento deseo de obtener la llave a cualquier precio, y decidí en ese mismo instante escalar de nuevo el muro y llegar hasta la habitación del conde. Quizá me matase, pero la muerte se me antojaba la posibilidad más afortunada entre tantos males. Sin concederme pausa me precipité hacia la ventana oriental y bajé dificultosamente el muro, como la vez anterior, hasta llegar a la habitación del conde. Estaba vacía, pero ya lo esperaba. No vi llave alguna, pero el montón de oro seguía allí. Crucé la puerta de la esquina, bajé la tortuosa escalera y recorrí el pasadizo oscuro que llevaba a la vieja capilla. Ya sabía perfectamente dónde encontrar al monstruo que buscaba.
El enorme cajón estaba en el mismo sitio, muy cerca de la pared, pero la tapa estaba puesta, no asegurada, sino con los clavos en su sitio, listos para ser clavados. Sabía que tendría que registrar el cuerpo si quería encontrar la llave, así que levanté la tapa y la dejé apoyada contra la pared. Después vi algo que me llenó el alma de horror. Allí estaba el conde, pero con un aspecto de juventud renovada, ya que el pelo y el bigote blancos se habían tornado de un gris acero oscuro; las mejillas estaban más carnosas y la piel blanca parecía rojo rubí. La boca estaba más roja que nunca, y en los labios había gotas de sangre fresca que se deslizaban por las comisuras y caían por la barbilla y el cuello. Incluso los ojos profundos y ardientes parecían incrustados en la carne abultada, pues los párpados y las bolsas estaban hinchados. Era como si aquel espantoso ser se hubiera hartado de sangre; yacía como una sanguijuela inmunda agotada por el atracón. Me estremecí al inclinarme para tocarlo; todos mis sentidos se rebelaron con el contacto. Pero tenía que buscar o, en otro, caso estaría perdido. La llegada de la noche podría ofrecer mi cuerpo en un banquete semejante a aquel horrendo trío. Palpé todo el cuerpo, mas no encontré ni rastro de la llave. Me detuve y miré al conde. Había una sonrisa burlona en el rostro hinchado, que casi me hizo enloquecer. Aquel era el ser al que yo iba a ayudar a trasladarse a Londres, donde quizá saciaría durante siglos su deseo de sangre entre sus muchos millones de habitantes, creando un círculo nuevo y siempre creciente de semidemonios que se cebarían en los desamparados. La sola idea me enloquecía. Me embargó un deseo terrible de librar al mundo de semejante monstruo. No tenía ningún arma mortífera a mano, mas cogí una pala que habían utilizado los obreros para llenar los cajones, la levanté y la descargué con el borde hacia abajo sobre aquella cara repugnante. Pero en ese momento el conde giró la cabeza y sus ojos se clavaron en mí con el resplandor pavoroso de un basilisco. Ante aquella visión me quedé paralizado, y la pala se volvió en mi mano y rebotó en la cara del conde, dejando simplemente un corte en la frente. La pala cayó de mis manos y quedó atravesada en el cajón y, cuando intenté cogerla, se enganchó el filo de la hoja en el borde de la tapa, que volvió a caer y borró de mi vista a aquel ser espantoso. Lo último que vi fue la cara hinchada, manchada de sangre y distendida en una sonrisa maliciosa que habría asustado a los mismísimos infiernos.
Pensé una y otra vez cuál debería ser mi siguiente movimiento, pero mi cerebro parecía arder, y me quedé a la expectativa con una sensación creciente de desamparo. Mientras estaba así, oí a lo lejos una canción gitana entonada por voces alegres que se acercaban, y, entre las notas de la canción, el rodar de pesadas ruedas y el restallar de látigos: eran los cíngaros y eslovacos que había mencionado el conde. Con una última mirada a lo que me rodeaba y al cajón que contenía aquella infamia, huí de la estancia y llegué a la habitación del conde, decidido a salir en el momento en que abriesen la puerta. Me puse a escuchar, en tensión, y oí abajo el rechinar de la llave en la cerradura y el arrastrarse de la pesada puerta. Debía de haber otros accesos de entrada, o alguien tenía una llave que abría una de las puertas que estaban cerradas. Entonces se oyeron las bruscas pisadas de muchos pies, que se desvanecieron en algún pasadizo y produjeron un eco estruendoso. Di media vuelta y bajé corriendo hacia la cripta, donde podría hallar la nueva entrada; pero en ese momento, quizá debido a un violento soplo de viento, la puerta que comunicaba con la tortuosa escalera se cerró con un golpe que levantó el polvo de los dinteles. Al precipitarme a empujarla descubrí que estaba irremediablemente cerrada. Me encontraba de nuevo prisionero, y la red de mi destino se estrechaba en torno a mí cada vez más.
Mientras escribo, oigo en el pasillo de abajo el ruido de muchas pisadas y el arrastrar de objetos pesados, sin duda los cajones con su cargamento de tierra. También oigo un martilleo; están clavando el cajón. Ahora vuelvo a oír las enérgicas pisadas que recorren el vestíbulo, junto a otras pisadas lentas que siguen a aquellas.
La puerta está cerrada, y las cadenas rechinan; la llave chirría en la cerradura; oigo que retiran la llave. Se abre otra puerta y a continuación se cierra; oigo el crujir de la cerradura y el cerrojo.
¡Atención! En el patio y por el sendero de piedra se oye el pesado rodar de carros, el restallar de látigos y el coro de cíngaros, que se aleja. Estoy solo en el castillo con esas espantosas mujeres. ¡Bah! Mina es una mujer y no tiene nada en común con ellas. ¡Son demonios del infierno!
No voy a quedarme a solas con ellas. Trataré de escalar el muro del castillo más lejos de lo que lo he intentado hasta ahora. Me llevaré un poco de oro, por si lo necesitara más adelante. Quizá encuentre un medio de salir de este lugar de espantos.
¡Y después, el viaje de regreso a casa! ¡Al tren más cercano y veloz! Escapar de este lugar maldito y de esta tierra maldita, donde el demonio y sus hijos aún caminan con pies terrenales.
Al menos, la misericordia de Dios es mejor que la de esos monstruos, y el precipicio es alto y escarpado. En su fondo puede dormir un hombre… como hombre. ¡Adiós a todos! ¡Mina!

Capítulo V

CARTA DE MINA MURRAY A LA SEÑORITA LUCY WESTENRA



9 de mayo
Queridísima Lucy:
Perdona que haya tardado tanto en escribirte, pero es que sencillamente he estado agobiada de trabajo. La vida de una profesora auxiliar es a veces muy cansada. Suspiro por estar contigo y junto al mar, donde podamos hablar libremente y construir castillos en el aire. He trabajado mucho últimamente, porque quiero mantenerme al ritmo de los estudios de Jonathan, y he estado practicando taquigrafía con asiduidad. Cuando nos casemos, podré serle útil a Jonathan, y si taquigrafío bien, anotaré lo que me dicte y lo escribiré a máquina, actividad que también estoy practicando. Él y yo a veces nos escribimos cartas en taquigrafía, y él lleva un diario taquigrafiado de sus viajes por el extranjero. Cuando esté contigo, llevaré un diario igual. No me refiero a uno de esos diarios de dos páginas a la semana con los domingos apretujados en una esquina, sino a un tipo de diario en el que pueda escribir siempre que me apetezca. No creo que tenga mucho interés para otras personas; pero no irá dirigido a ellas. Quizá se lo enseñe algún día a Jonathan, si hay algo en él que merezca la pena compartirse, pero en realidad será un cuaderno de ejercicios. Trataré de hacer lo que ves hacer a las damas periodistas: escribir entrevistas y descripciones e intentar recordar conversaciones. Me han dicho que, con un poco de práctica, se puede recordar todo lo que ocurre o lo que se oye durante el día. Pero ya veremos. Te contaré todos mis pequeños proyectos cuando estemos juntas. Acabo de recibir unas apresuradas líneas de Jonathan desde Transilvania. Se encuentra bien y va a regresar aproximadamente dentro de una semana. Estoy deseando enterarme de las novedades. Tiene que ser muy bonito ver países extranjeros. Me pregunto si los veremos juntos alguna vez, quiero decir, Jonathan y yo. Está sonando la campana de las diez. Adiós.
Te quiere,

MINA



P. S.: Cuéntame todas las novedades en tu carta. No me has contado nada desde hace tiempo. He oído rumores, especialmente acerca de un hombre alto, apuesto y de pelo rizado (¿?).

CARTA DE LUCY WESTENRA A MINA MURRAY



17, Chatham Street
Miércoles
Queridísima Mina:
Tengo que decirte que tu acusación de que te escribo poco es muy injusta. Te he escrito dos veces desde que nos separamos, y tu última carta solo es la segunda. Además, no tengo nada que contarte. Realmente, no hay nada que pueda interesarte. En este momento la ciudad está muy agradable, y vamos con mucha frecuencia a galerías de arte y a pasear y a montar a caballo por el parque. Con respecto al hombre alto y de cabello rizado, supongo que se trata del que me acompañó en el último concierto. Evidentemente, alguien ha ido contando chismes por ahí. Es el señor Holmwood. Viene a vernos con frecuencia, y mamá y él se llevan muy bien; tienen muchas cosas en común de que hablar. Hace algún tiempo conocimos a un hombre que sería el ideal para ti si no estuvieras ya prometida a Jonathan. Es un excelente partido: apuesto, acaudalado y de buena cuna. Es médico, y realmente inteligente. ¡Imagínate! Tiene veintinueve años y dirige un enorme manicomio él solo. Me lo presentó el señor Holmwood. Nos ha visitado, y sigue viniendo a menudo. Pienso que es uno de los hombres más enérgicos que conozco y, sin embargo, es muy tranquilo. Parece absolutamente imperturbable. Me imagino la maravillosa influencia que debe de ejercer sobre sus pacientes. Tiene la curiosa costumbre de mirar fijamente a la cara, como si tratase de leer los pensamientos de una. Esto lo hace mucho conmigo, pero me enorgullezco de que en mí haya encontrado un hueso duro de roer. Mi espejo me lo dice. ¿Has intentado alguna vez leer en tu propia cara? Yo sí, y te aseguro que no resulta un mal ejercicio y que te proporciona mayores problemas de lo que podrías suponer si nunca lo has intentado. Dice que le ofrezco un curioso estudio psicológico, y humildemente pienso que tiene razón. Como sabes, no me interesa lo suficiente la ropa como para poder describir las nuevas modas. La ropa es una lata. He vuelto a utilizar una palabra de argot, pero qué importa. Eso dice Arthur todos los días. Bueno, ahí va. Mina, nos hemos contado todos nuestros secretos desde que éramos niñas; hemos dormido juntas y comido juntas, y reído y llorado juntas; y ahora, aunque te he contado algunas cosas, quisiera contarte más. ¡Ay, Mina!, ¿no te lo imaginas? Le quiero. Al escribirlo me sonrojo, porque, aunque creo que él también me quiere, no me lo ha dicho con palabras. ¡Pero, ay, Mina, le quiero, le quiero y le quiero! Vaya, esto me hace bien. Ojalá estuviéramos juntas, querida, sentadas al lado del fuego mientras nos desnudamos, como hacíamos antes. Entonces intentaría explicarte lo que siento. No sé cómo escribo esto, ni siquiera a ti. Tengo miedo de parar, porque entonces rompería la carta, y no quiero hacerlo, porque deseo tanto contártelo todo… Envíame noticias tuyas inmediatamente, y cuéntame lo que piensas sobre esto. Mina, tengo que dejar de escribir. Buenas noches. Recuérdame en tus oraciones y reza por mi felicidad, Mina.

LUCY

P.S.: No hace falta que te diga que esto es un secreto. Buenas noches otra vez.



CARTA DE LUCY WESTENRA A MINA MURRAY



24 de mayo
Queridísima Mina:
¡Gracias, gracias y gracias una vez más por tu tierna carta! Ha sido muy bonito poder contártelo todo y que me hayas comprendido. Querida, llueve sobre mojado. Cuán ciertos son los viejos refranes. Aquí estoy, a punto de cumplir veinte años en septiembre, y sin embargo nunca había recibido una declaración de amor hasta hoy, o al menos una verdadera declaración, y hoy he recibido tres. ¡Imagínate! ¡TRES declaraciones en un día! ¿No es tremendo? Hay dos pobres tipos que me dan pena, verdadera pena. Ay, Mina, soy tan feliz, que no sé qué hacer conmigo misma. ¡Y tres declaraciones! Pero, por lo que más quieras, no se lo digas a ninguna chica, porque se les ocurrirían toda clase de ideas extravagantes y se sentirían ofendidas y desairadas si al primer día de ir a su casa no se les declarasen al menos seis hombres. Hay algunas chicas tan vanidosas… Tú y yo, Mina, que estamos prometidas y vamos a convertirnos pronto en sobrias mujeres casadas, podemos despreciar la vanidad. Bueno, voy a hablarte de los tres, pero, querida, tienes que mantenerlo en secreto, menos para Jonathan, naturalmente. Se lo contarás a él, porque yo también se lo contaría a Arthur si me encontrase en tu lugar. Una mujer debe contárselo todo a su marido, ¿no crees?, y yo voy a ser leal. A los hombres les gusta que las mujeres, y sin duda sus esposas, sean tan leales como ellos; pero me temo que las mujeres no siempre son tan leales como debieran.
Pues bien, el número Uno vino poco antes del almuerzo. Ya te he hablado de él, el doctor John Seward, el hombre del manicomio, con la mandíbula fuerte y la frente despejada. Por fuera parecía muy tranquilo, pero estaba muy nervioso. Evidentemente, se había preparado el discurso, y lo recordaba; pero estuvo a punto de sentarse sobre su sombrero de seda, cosa que no hacen normalmente los hombres cuando se encuentran tranquilos, y después, tratando de aparentar serenidad, no dejó de juguetear con una lanceta de un modo que casi me hizo gritar. Me habló en términos muy directos, Mina. Me confesó el mucho cariño que me tenía, a pesar de conocerme desde hace tan poco tiempo, y me habló de lo que sería su vida si me tenía a mí para ayudarlo y animarlo. Iba a decirme lo desgraciado que se sentiría si yo no tenía interés por él, pero cuando me vio llorar dijo que era un bruto y que no quería aumentar mis preocupaciones actuales. Entonces se detuvo y me preguntó si podría amarlo con el tiempo; y, al denegar yo con la cabeza, sus manos temblaron. Después me preguntó, vacilante, si me interesaba por otra persona. Lo preguntó con mucha delicadeza, y dijo que no quería aprovecharse de mi confianza, sino sencillamente saberlo, porque si el corazón de una mujer está libre, un hombre puede albergar esperanzas. Entonces, Mina, pensé que tenía una especie de obligación de decirle que había otra persona. Solo le dije eso, y él se levantó y me pareció fuerte y muy serio al tomar mis manos entre las suyas y añadir que esperaba que fuese feliz, y que si alguna vez necesitaba un amigo debía considerarlo como uno de los mejores. ¡Oh, Mina, querida, no puedo evitar llorar; y perdona que esta carta esté toda emborronada! Que se te declaren es muy bonito y todo eso, pero no es en absoluto agradable tener que ver a un pobre hombre, que sabes que te quiere de verdad, marcharse con el corazón destrozado y saber que, a pesar de lo que diga en ese momento, vas a desaparecer de su vida. Querida, ahora tengo que terminar; me siento muy triste, aunque soy muy feliz.

Por la tarde

Arthur acaba de marcharse, y me siento más animada que cuando dejé de escribirte, por lo que puedo seguir contándote lo que ha ocurrido en el día de hoy. Pues bien, el número Dos llegó después del almuerzo. Es un tipo muy simpático, un americano de Texas, y tiene un aspecto tan joven y fresco, que parece imposible que haya estado en tantos sitios y que haya vivido tantas aventuras. Comprendo a la pobre Desdémona cuando le susurraron al oído tan peligrosos torrentes de palabras, aunque fuese un negro. Supongo que las mujeres somos tan cobardes que creemos que un hombre nos va a salvar de todos los problemas, y nos casamos con él. Ahora sé lo que haría si fuese hombre y quisiera que me amase una chica. Pero en realidad no lo sé, porque el señor Morris siempre nos contaba sus aventuras, y Arthur nunca contaba ninguna, y sin embargo… Querida, estoy anticipándome. El señor Quincey P. Morris me encontró sola. Al parecer, un hombre siempre encuentra sola a una chica. No, no es cierto, porque Arthur intentó encontrar una oportunidad en dos ocasiones, y yo lo ayudé todo lo que pude; ahora no me da vergüenza confesarlo. Tengo que decirte de antemano que el señor Morris no siempre habla en argot —es decir, no lo hace ante extraños, ya que tiene muy buena educación y unos modales exquisitos—, pero ha averiguado que me divierte oírle hablar en argot americano, y siempre que yo estoy presente y que no hay nadie a quien pueda chocarle dice unas cosas muy divertidas. Me temo que se lo inventa, porque todo lo que dice encaja perfectamente. Pero esto es algo característico del argot. No sé si yo hablaré en argot alguna vez; no sé si a Arthur le gusta, pues nunca lo he oído utilizarlo. Pues bien, el señor Morris se sentó a mi lado y parecía de lo más feliz y alegre, pero de todas formas observé que estaba muy nervioso. Tomó mi mano entre las suyas y dijo con mucha dulzura:
—Señorita Lucy, sé que no soy digno ni de atarle los cordones de sus zapatitos, pero tengo la impresión de que, si espera a encontrar a un hombre que lo sea, irá a hacer compañía a las siete jóvenes de las lámparas cuando desista[14]. ¿No quiere engancharse a mí para que bajemos juntos la larga carretera, unidos por arreos dobles?
Parecía de tan buen humor y tan contento, que rechazarlo no me resultó ni la mitad de difícil que al pobre doctor Seward, así que le dije en el tono más ligero de que fui capaz que no sabía nada de arreos y que hasta la fecha no me moría de ganas de engancharme a nada. Entonces dijo que había hablado de una forma frívola y que confiaba en que sabría perdonarle si había cometido un error al hacerlo así en una ocasión tan importante y de tanta trascendencia para él.
Verdaderamente parecía muy serio, y yo no dejé de ponerme también un poco seria —ya lo sé, Mina; vas a pensar que soy una coqueta terrible—, aunque no pude evitar experimentar una especie de júbilo al pensar que era el número dos en un solo día. Y entonces, querida, antes de que me diera tiempo a decir nada, empezó a derramar un auténtico torrente de palabras galantes, que depositaron su alma y su corazón a mis pies. Parecía tan serio, que no volveré a pensar que un hombre tiene que ser siempre alegre y nunca serio porque a veces esté alegre. Supongo que vio algo en mi rostro que lo contuvo, porque se detuvo repentinamente y dijo con una especie de pasión viril que podría haberme hecho amarlo si hubiera sido libre:
—Lucy, es usted una muchacha honrada, lo sé. No estaría aquí hablando como lo hago si no creyera que es de buena pasta hasta lo más profundo de su alma. Dígame, como entre buenos compañeros, ¿hay alguna otra persona por la que esté interesada? Si es así, no volveré a molestarla ni un pelo, sino que, si me lo permite, seré un amigo leal.
Mi querida Mina, ¿por qué son los hombres tan nobles, y nosotras, las mujeres, tan poco dignas de ellos? Allí estaba yo, casi burlándome de aquel auténtico caballero de gran corazón. Me eché a llorar —me temo que vas a pensar que esta carta es muy sensiblera en más de un sentido—, y me sentí fatal. ¿Por qué no permiten a una chica que se case con tres hombres, o con cuantos la amen, y así evitar todos estos problemas? Pero es una herejía que no debo ni mencionar. Me alegra decir que, aunque estaba llorando, fui capaz de mirar a los valientes ojos del señor Morris y decirle a bocajarro:
—Sí, amo a alguien, aunque él aún no me ha dicho que me ama.
Hice bien en hablarle con tanta franqueza, pues se le iluminó el rostro; extendió sus manos y tomó las mías —creo que fui yo quien las puso entre las suyas— y dijo en tono sincero:
—Chica valiente. Más vale llegar tarde a la oportunidad de ganarla a usted que llegar a tiempo con cualquier otra chica del mundo. No llore, querida. Si es por mí, soy hueso duro de roer, y acepto las cosas como son. Si ese otro tipo no sabe dónde está su felicidad, bueno, será mejor que la busque pronto o tendrá que vérselas conmigo. Chiquilla, su honradez y sus agallas me han convertido en un amigo, y eso es más raro que un amante; desde luego, menos egoísta. Querida, mi camino hasta el día del juicio va a ser muy solitario. ¿No quiere darme un beso? Me servirá para ahuyentar la oscuridad de cuando en cuando. Sabe que puede hacerlo, ya que ese buen tipo (debe de ser un buen tipo, y guapo, porque, si no, usted no lo querría) aún no se ha declarado.
Aquello pudo conmigo, Mina; porque fue muy tierno y valiente por su parte y también noble decir eso de un rival —¿acaso no lo es?— estando tan triste; así que me incliné y lo besé. Él se quedó con mis manos entre las suyas, y mirándome a la cara —me temo que estaba muy sonrojada— dijo:
—Chiquilla, tengo cogida su mano y me ha besado, y, si esto no nos hace amigos, nada podrá hacerlo. Gracias por haber sido tan tierna y sincera conmigo, y adiós
. Me apretó la mano, cogió su sombrero y salió de la habitación sin mirar atrás, sin una lágrima ni un estremecimiento ni una pausa. Y yo estoy llorando como una niña. ¡Oh!, ¿por qué tiene que ser desdichado un hombre así, cuando montones de chicas adorarían el suelo que él pisara? Yo lo haría si fuera libre…, pero es que no quiero serlo. Querida, me he entristecido mucho, y creo que no voy a poder escribir sobre la felicidad que siento en estos momentos, después de habértelo contado. No quiero hablar del número Tres hasta que todo vuelva a ser alegre.
Te quiere,

LUCY

P. S.: Con respecto al número Tres…, no hace falta que te hable del número Tres, ¿verdad? Además, es todo muy confuso; parecía que solo habían pasado unos momentos desde que entró en la habitación, cuando sus brazos ya me rodeaban y me besaba. Soy feliz, muy feliz; no sé qué he hecho para merecerlo. En el futuro intentaré demostrar que no soy ingrata por toda Su bondad al haberme enviado tal amante, tal marido y tal amigo.
Adiós.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD
(Grabado en fonógrafo)



25 de mayo.—Hoy, disminución del apetito. No puedo comer, no puedo descansar, así que, en su lugar, el diario. Desde el rechazo de ayer tengo una sensación como de vacío; nada del mundo parece tener suficiente importancia para que merezca la pena hacerlo…
Como sé que la única cura para esto es el trabajo, he ido a mezclarme con mis pacientes. Elegí uno que me ha proporcionado un estudio de gran interés. Tiene unas ideas tan singulares, y es tan diferente del loco corriente, que he decidido llegar a comprenderlo lo mejor posible. Al parecer, hoy me he acercado más que nunca al centro de su misterio.
Le formulé preguntas más concretas que hasta ahora, con vistas a conocer los hechos de su alucinación. Ahora comprendo que hubo cierta crueldad en mi método. Era como si deseara mantenerlo en su locura, cosa que evito con los pacientes como evitaría las puertas del infierno. (Nota. ¿En qué circunstancias no evitaría los abismos del infierno?) Omnia Romae venalia sunt[15]. ¡El infierno tiene su precio!, verb. sap[16]. Si existiese algo detrás de estos instintos, sería interesante averiguar posteriormente y con exactitud de qué se trata, de modo que será mejor que comience a hacerlo, y por tanto…
R. M. Renfield, aetat[17] 59.—Temperamento sanguíneo; gran fuerza física; enfermizamente excitable; períodos de melancolía que finalizan en una idea fija que no puedo comprender. Supongo que el propio temperamento sanguíneo y la influencia perturbadora conducen a un final mentalmente consumado. Hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si está desprovisto de egoísmo. En los hombres egoístas, la precaución es una armadura tan segura para sus enemigos como para ellos mismos. Lo que pienso a este respecto es que, cuando el yo es el punto fijo, la fuerza centrípeta está equilibrada con la centrífuga; cuando el punto fijo es el deber, una causa, etcétera, esta última fuerza es la primordial, y solo un accidente o una serie de accidentes pueden equilibrarla.

CARTA DE QUINCEY P. MORRIS AL HONORABLE ARTHUR HOLMWOOD

25 de mayo
Mi querido Art:
Nos hemos contado historias junto al fuego en las praderas; y nos hemos vendado las heridas el uno al otro tras el intento de desembarco en las Marquesas; y hemos brindado a orillas del lago Titicaca. Hay más historias que contar, y otras heridas que curar, y otros brindis que hacer. ¿Quieres que ocurra esto junto a mi hoguera mañana por la noche? No dudo en pedírtelo, pues sé que cierta dama tiene un compromiso para cenar y que tú estás libre. Solo habrá una persona, nuestro antiguo compañero del Corea, Jack Seward. También él va a venir, y ambos queremos mezclar nuestras lágrimas sobre la copa y beber de todo corazón a la salud del hombre más feliz del ancho mundo, que ha ganado el corazón más noble que Dios haya creado y el más digno de ser ganado. Te prometemos un recibimiento acogedor, una felicitación cariñosa y un brindis tan sincero como tu mano derecha. Ambos juramos dejarte en casa si bebes demasiado a la salud de ciertos ojos. ¡Ven!
Tuyo sinceramente, como siempre,

QUINCEY P. MORRIS



TELEGRAMA DE ARTHUR HOLMWOOD A QUINCEY P. MORRIS



26 de mayo
Contad siempre conmigo. Soy portador de noticias que os van a dejar con la boca abierta.


ART


Capítulo VI

DIARIO DE MINA MURRAY



24 de julio. Whitby.—Lucy fue a buscarme a la estación, más encantadora y simpática que nunca, y me llevó en coche a la casa de la calle en forma de semicírculo en que se hospedan. Es un lugar precioso. Un riachuelo, el Esk, fluye por un valle profundo que se ensancha a medida que se acerca al puerto. Lo cruza un gran viaducto de altos estribos, por entre los que el panorama parece más amplio de lo que en realidad es. El valle es de un verde muy hermoso, y tan escarpado, que al mirar desde las alturas solo se ve de una cumbre a otra, a menos que se esté lo suficientemente cerca como para ver lo de abajo. Las casas de la ciudad antigua —la parte contraria a la que nosotras ocupamos— son todas de tejados rojos, y además parecen amontonadas unas encima de otras, como los dibujos de Nuremberg. Justo encima de la ciudad se encuentran las ruinas de la abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses, y que es el escenario de una parte de Marmion[18], cuando emparedan a la chica. Son unas ruinas nobles, de enormes dimensiones, llenas de detalles bellos y románticos; hay una leyenda que dice que en una de las ventanas aparece una dama de blanco. Entre la abadía y la ciudad hay otra iglesia, la parroquial, rodeada por un cementerio lleno de tumbas. En mi opinión, este es el lugar más bonito de Whitby, porque se encuentra justo encima de la ciudad, y desde él se disfruta del panorama completo del puerto y de la bahía, hasta el punto en que un promontorio llamado Kettleness se adentra en el mar. Desciende tan abruptamente sobre el puerto, que una parte de la orilla se ha desmoronado y han quedado destruidas algunas tumbas. En este punto, una parte de la mampostería de las sepulturas ha alcanzado el sendero arenoso que discurre mucho más abajo. El cementerio está cruzado por paseos con bancos en las orillas, y la gente se sienta allí todo el día a contemplar el hermoso panorama y a disfrutar de la brisa. Iré a sentarme allí con frecuencia, a trabajar. Ahora mismo estoy escribiendo con el cuaderno en las rodillas, mientras escucho la conversación de tres ancianos que están sentados junto a mí. Al parecer, en todo el día no hacen más que subir aquí y sentarse a hablar.
El puerto se abre a mis pies, en el lado opuesto; un largo muro de granito se interna en el mar, con una curva en el extremo, en cuyo centro hay un faro. Por la parte exterior corre un dique marítimo. Por el lado más cercano el dique forma un recodo curvado a la inversa, y en el extremo hay otro faro. Entre los dos muelles se abre una estrecha entrada que da al puerto, que en ese punto se ensancha súbitamente.
Es bonito con marea alta; pero con marea baja disminuye hasta reducirse a nada y solo queda la corriente del Esk, que discurre entre orillas de arena con rocas desperdigadas aquí y allá. Al otro lado del puerto se alza un gran acantilado, de una media milla, cuyo borde afilado se extiende desde detrás del faro meridional. En el extremo hay una boya de campana, que se balancea con el mal tiempo y lanza al viento un sonido lúgubre. Según una leyenda local, cuando se pierde un barco se oyen campanas en alta mar… Tengo que preguntárselo al anciano que en este momento viene hacia aquí…
Es un anciano curioso. Debe de ser terriblemente viejo, pues su cara es nudosa y retorcida como la corteza de un árbol. Me dice que tiene casi cien años y que era marinero de la flota pesquera de Groenlandia cuando tuvo lugar la batalla de Waterloo. Me temo que es una persona muy escéptica, porque cuando le pregunté lo de las campanas en el mar y la dama blanca de la abadía replicó con brusquedad:
—Yo no me preocuparía por esas cosas, señorita. Eso está ya todo olvidao. Cuidao, que no digo que nunca existieran, pero sí que no existían en mis tiempos. To eso está muy bien pa forasteros, viajeros y demás, pero no pa una chica joven como usté. Solo los excursionistas de York y de Leeds, que no saben más que comer arenques secos y beber té y ir detrás del azabache barato, se puen creer una cosa así. Yo me digo pa mí que quién se ha tomao la molestia de contarles esas trolas; ni siquiera los periódicos, que están llenos de bobás y tontás.
Pensé que aquel anciano sería una persona adecuada para informarme de cosas interesantes, así que le pregunté que si no le importaría contarme algo sobre la pesca de ballenas en los viejos tiempos. Estaba a punto de empezar cuando el reloj dio las seis; se levantó trabajosamente y dijo:
—Tengo que marchar pa casa, señorita. A mi nieta no le gusta esperar cuando está preparao el té, porque tardo mucho tiempo en bajar los escalones a la pata coja, y hay muchos. Y sigún el reloj, señorita, tengo que llenar la andorga.
Se alejó cojeando y lo vi bajar los escalones lo más rápidamente que pudo. Los escalones son un rasgo importante de este lugar. Van desde la ciudad hasta la iglesia; los hay a cientos —no sé cuántos— y ascienden en delicada curva. La pendiente es tan suave, que un caballo podría subirla y bajarla con facilidad. Creo que en un principio estuvieron conectados con la abadía. Yo también me voy a casa. Lucy ha ido de visita con su madre, pero, como solo se trataba de un compromiso, yo no he ido con ellas. Ya habrán vuelto.
1 de agosto.—He subido aquí hace una hora con Lucy, y hemos mantenido una conversación muy interesante con mi viejo amigo y con los otros dos que siempre se reúnen con él. Evidentemente, él es el señor oráculo, y yo diría que en sus buenos tiempos debió de ser una persona muy despótica. Nunca admite nada y contradice a todos. Cuando no puede vencerlos, los amenaza, y toma su silencio como conformidad con sus opiniones.
Lucy estaba encantadora con su vestido de lino blanco; ha adquirido un color precioso desde que está aquí. He observado que los ancianos no perdieron tiempo en subir a tomar asiento junto a ella en cuanto nos sentamos nosotras. Es tan amable con las personas mayores… Creo que todos se enamoraron de ella al instante. Incluso mi viejo amigo sucumbió y no la contradijo, pero a cambio me dio doble ración a mí. Lo hice hablar sobre el tema de las leyendas, e inmediatamente se lanzó a echarnos una especie de sermón. Intentaré recordarlo para escribirlo.
To eso son tonterías, paparruchas y pamplinas. Eso es, y na más. Esas bobás sobre maldiciones y fantasmas y apariciones y espíritus y duendes y demás, no sirven más que pa hacer llorar a los niños y a las mujeres mareadas. ¡No son más que burbujas de aire! Eso, y tos los fantasmas y señales y avisos, son inventos de curas y pedantes de mala intención y charlatanes, pa asustar y molestar a los chavales y obligar a la gente a hacer cosas que no quien hacer. Me pone negro pensar en ellos. Porque son ellos los que, no contentos con decir mentiras y predicarlas desde el púlpito, las graban en las sepulturas. Mire a su alrededor, por donde le parezca. Todas esas piedras con la cabeza en alto, orgullosas, inclinadas hacia un lao, sencillamente cediendo al peso de las trolas que hay escritas en ellas: «Aquí yace el cuerpo» o «Consagrado a la memoria de» escrito en todas ellas, y casi en la mitá no hay ningún cuerpo; y los recuerdos que hay en ellas no importan a nadie más que un pellizco de tabaco, y mucho menos que se las considere consagradas. ¡To mentiras y na más que mentiras de una clase o otra! Dios mío, vaya lío que se armará el día del Juicio, cuando suban aquí tropezando con las mortajas, salpicando y intentando arrastrar con ellos sus tumbas pa probar lo buenos que eran, algunos temblando to nerviosos, con las manos tan marchitas y resbaladizas de haber estao en el mar, que ni siquiera podrán sujetarlas.
Por el aire de satisfacción del viejo y por la forma de mirar a su alrededor en busca de la aprobación de sus compinches, comprendí que se estaba «luciendo», así que intervine para obligarle a seguir:
—Pero, señor Swales, no lo dirá en serio. No es posible que todas esas tumbas estén equivocadas…
—¡Paparruchas! A lo mejor hay alguna que no lo está, menos las que presentan a la gente mejor de lo que eran. Porque los hay que piensan que un tarro de bálsamo es como el mar si es suyo. To mentira. Mire esto: usté es aquí forastera y ve este cementerio.
Asentí, porque pensé que era lo mejor, a pesar de que no comprendía bien su acento. Prosiguió:
—¿Se imagina usté que todas esas tumbas cubren a personas enterrás como Dios manda?
Volví a asentir.
Pos ahí es donde empiezan las trolas. Hay docenas de sepolturas tan vacías como el ojo’un tuerto.
Dio un codazo a uno de sus compañeros, y todos se echaron a reír.
—¡Demonios! ¿Cómo podía ser si no? Mire esa, la que está al otro lao de la loma. ¡Lea la inscrición!
Me acerqué y leí:
«Edward Spencelagh, patrón de barco, asesinado por unos piratas cerca de la costa de Andres, abril de 1854, aet. 30».
Cuando volví, el señor Swales prosiguió:
—Y digo yo, ¿quién lo trajo a casa pa enterrarlo aquí? ¡Asesinao junto a la costa de Andres! ¡Y usté creía que su cuerpo estaba bajo esa losa! Pos yo podría nombrarle una docena que han dejao sus huesos en los mares de Groenlandia allá arriba —y señaló hacia el Norte—, o donde los haya llevao la corriente. Mire esas piedras que hay a su alrededor. Usté, con sus ojos jóvenes, pue leer las letras pequeñas de las mentiras desde aquí. El tal Braithwaite Lowrey: yo conocía a su padre, que se perdió cerca de Groenlandia en el Lively en 1820; o Andrew Woodhouse, que se ahogó en los mismos mares en 1777; o John Paxton, que se ahogó junto al cabo de Buena Esperanza un año más tarde; o el viejo John Rowlings, cuyo abuelo navegó conmigo, ahogao en el golfo de Finlandia en el año cincuenta. ¿Usté se cree que todos esos hombres tendrán que venir a Whitby a toda prisa cuando suene la trompeta? ¡Yo tengo mis dudas! Le digo a usté que cuando lleguen aquí se darán tantos empujones y empellones, que será como las luchas sobre el hielo de los viejos tiempos, cuando duraban de la mañana a la noche y intentábamos vendar nuestras heridas a la luz de la aurora boreal.
Evidentemente, esto era un chiste de la localidad, porque el viejo se desternilló de risa, y sus compañeros lo imitaron de buena gana.
—Pero —dije— no puede tener razón, porque usted parte de la suposición de que todas las personas pobres, o sus espíritus, tendrán que llevar con ellas sus sepolturas el día del Juicio final. ¿Cree que será realmente necesario?
—¿Pos pa qué son si no las sepolturas? ¡Contésteme eso, señorita!
—Para satisfacción de sus familiares, supongo.
—¡Así que supone que pa satisfación de sus familiares! —pronunció estas palabras con profundo sarcasmo—. ¿Cómo pue satisfacer a sus familiares saber que hay mentiras escritas en las tumbas, y que tol mundo en este pueblo sabe que son mentiras? —señaló una piedra a nuestros pies, que había sido colocada a modo de losa, sobre la que descansaba un banco, cerca del borde del acantilado—. Lea la inscrición de esa lápida —dijo.
Desde donde yo estaba las letras se leían al revés, pero Lucy se encontraba frente a ella, de modo que se inclinó hacia adelante y leyó:

—«Consagrado a la memoria de George Canon, que murió con la esperanza de la gloriosa resurrección el 29 de julio de 1873 al caer desde el acantilado de Kettleness. Esta tumba fue erigida por su afligida madre a su amado hijo. Era hijo único de madre viuda».

¡Francamente, señor Swales, no encuentro nada divertido en todo esto!
Pronunció estas palabras con mucha seriedad y cierta severidad.
—¡Que no encuentra na divertido! ¡Ja, ja! Pero es porque no sabe que la afligida madre era una bruja que lo odiaba porque era lisiao (era completamente cojo), y él odiaba tanto a la madre que se suicidó pa que no pudiese cobrar el seguro de vida que ella le había hecho. Se voló la tapa de los sesos con un viejo mosquete que usaban pa espantar a los grajos. No sirvió entonces pa espantar a los grajos, sino pa atraer cuervos y moscas. Así es cómo se cayó ese por el acantilao. Y lo de la esperanza en la gloriosa resurreción, muchas veces le oí decir que esperaba ir al infierno, porque su madre era tan beata que estaba convencido de que iba a ir al cielo, y él no quería estar en el mismo sitio que ella. Entonces, ¿no es esa tumba —y remachó sus palabras golpeando el suelo con el bastón— un montón de trolas? ¿No se morirá de risa Grabiel cuando Geordie llegue sin resuello y con la sepoltura balanceándosele sobre la chepa y le pida que tome eso como prueba?
No supe qué replicar, pero Lucy dio un giro diferente a la conversación al decir mientras se ponía de pie:
—¿Por qué nos ha contado esto? Es mi asiento favorito, y no puedo dejarlo. Ahora resulta que tengo que seguir sentándome sobre la tumba de un suicida.
—Eso no la hará daño, bonita, y a lo mejor al pobre Geordie le alegra tener a una muchacha tan elegante sentada en su regazo. Eso no la hará mal. Yo me siento aquí desde hace veinte años y no me ha hecho ningún daño. ¡No se preocupe por lo que hay o deja de haber debajo de usté! Ya tendrá tiempo de asustarse cuando vea a los muertos corriendo con sus sepolturas, y el cementerio tan vacío como una rastrojera! Ha sonao el reloj; tengo que marcharme. ¡Mis respetos, señoras!
Y se alejó cojeando.
Lucy y yo nos quedamos sentadas durante un rato, y el panorama que se extendía ante nosotros era tan bello, que nos tomamos de la mano; y Lucy volvió a contarme lo de Arthur y su próxima boda. Sus palabras me pusieron un poco melancólica, porque no tengo noticias de Jonathan desde hace un mes.
El mismo día.—He subido aquí yo sola, porque estoy muy triste. No he recibido carta. Espero que no le ocurra nada a Jonathan. El reloj acaba de dar las nueve. Veo las luces desperdigadas de la ciudad, a veces en hilera allí por donde discurren las calles, y a veces aisladas; recorren la orilla del Esk y se desvanecen en la curva del valle. A mi izquierda, el panorama queda interrumpido por la línea negra del tejado de una casa antigua cercana a la abadía. Los corderos y las ovejas balan en los prados que se extienden detrás de mí, y se oye la trápala de los cascos de un burro en la carretera pavimentada de abajo. En el puente, la banda toca un vals áspero a buen ritmo, y más allá, en el muelle, hay una reunión del Ejército de Salvación, en una calle lateral. Ninguna de las bandas oye a la otra, pero desde aquí veo y oigo ambas. Me pregunto dónde estará Jonathan, y si estará pensando en mí. Ojalá estuviera aquí.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



5 de junio.—Cuanto mejor comprendo a este hombre, más interesante me resulta el caso de Renfield. Posee ciertas características desarrolladas en alto grado: egoísmo, reserva y resolución. Ojalá pudiera averiguar la finalidad de esta última. Al parecer, tiene un proyecto firme, pero aún no sé de qué se trata. La característica que le redime es su amor por los animales, aunque lo demuestra de una forma tan extraña, que a veces creo que tan solo es anormalmente cruel. Colecciona animales de diversas clases. En estos momentos su afición favorita es coger moscas. Tiene tal cantidad que he tenido que reconvenirle. Para mi asombro, no se enfureció, como yo esperaba, sino que se tomó el asunto con mucha seriedad. Meditó durante unos momentos y dijo:
—¿Me concede tres días? Me desharé de ellas.
Naturalmente, respondí que sí. Tengo que vigilarlo.
18 de junio.—Ahora ha tornado sus preferencias hacia las arañas, y tiene guardados en una caja varios ejemplares de buen tamaño. Las alimenta con las moscas, por lo que el número de estas últimas está disminuyendo sensiblemente, aunque ha utilizado la mitad de su comida para atraer más moscas a su habitación.
1 de julio.—Las arañas se están convirtiendo en una molestia tan grande como las moscas, y hoy le he dicho que tiene que deshacerse de ellas. Al decírselo pareció ponerse muy triste, así que añadí que, en todo caso, debía desprenderse de algunas. Asintió de buena gana, y le concedí el mismo tiempo que antes para reducir el número. Me dio mucho asco estar con él, porque mientras hablábamos entró zumbando en la habitación una moscarda horrenda, hinchada de carroña; la cogió, la sujetó triunfante durante unos momentos entre el pulgar y el índice, y antes de que me diera cuenta de lo que iba a hacer, se la metió en la boca y se la comió. Le reñí, pero me respondió con mucha calma que era una comida muy sana y nutritiva; que era vida, vida sana, y que a él le daba vida. Esto me dio una idea, o los rudimentos de una idea. Tengo que vigilar cómo se deshace de las arañas. Evidentemente, tiene un problema muy grave, porque lleva un cuadernito en el que siempre está apuntando cosas. Hay páginas enteras cubiertas con montones de números, por lo general guarismos aislados y sumados en grupos, y a continuación los totales sumados de nuevo en grupos, como si «centrase» una cuenta, como dicen los interventores.
8 de julio.—En su locura hay un método, y se está gestando en mi mente la idea rudimentaria. Pronto se convertirá en una idea propiamente dicha, y entonces, ¡ah, cerebración inconsciente!, tendrás que ceder el paso a tu hermana consciente. Estuve alejado de mi amigo durante unos días, para poder observar si se producía algún cambio. Las cosas siguen como estaban, excepto que se ha desprendido de algunos animales y ha adquirido uno nuevo. Se las ha ingeniado para coger un gorrión, y ya lo ha domesticado parcialmente. Su método de domesticación es sencillo, porque ya han disminuido las arañas. Las que quedan, no obstante, están bien alimentadas por las moscas que atrae tentándolas con su propia comida.
19 de julio.—Vamos progresando. Mi amigo tiene ya toda una colonia de gorriones, y casi han desaparecido las moscas y arañas.
Cuando entré en la habitación se precipitó hacia mí y me dijo que quería pedirme un favor, un favor muy, muy grande. Mientras hablaba me adulaba como un perro. Le pregunté de qué se trataba y contestó con una especie de arrebato en la voz y la expresión:
—¡Un gatito, un gatito pequeño, lustroso y juguetón, para divertirme con él y enseñarle cosas y darle de comer, darle de comer, darle de comer!
No me sorprendió esta petición, pues había observado que sus animales seguían aumentando de tamaño y eran cada día más vivaces, pero no me importaba que su hermosa familia de gorriones domesticados desapareciese de la misma forma que las moscas y las arañas; de modo que le dije que lo pensaría y le pregunté si no preferiría tener un gato grande. La ansiedad de su respuesta lo delató:
—¡Oh, sí, me gustaría tener un gato! He pedido un gatito por si me negaba un gato grande, pero nadie me negaría un gatito, ¿verdad?
Denegué con la cabeza y le dije que de momento me temía que no iba a ser posible, pero que lo tendría en cuenta. Su expresión se entristeció, y en ella vi una señal de peligro, porque apareció una mirada aviesa y fiera que significaba ‘matar’. Este hombre es un maníaco homicida aún no desarrollado. Le haré pruebas con sus tendencias actuales para ver cómo funciona. Entonces contaré con más datos.
10 de la noche.—He vuelto a visitarlo, y lo he encontrado sentado en un rincón, meditabundo. Al entrar yo, cayó de rodillas y me imploró que le dejara tener un gato; que su salvación dependía de ello. Pero me mantuve firme y le dije que no podía dárselo, tras lo cual volvió a sentarse sin decir palabra en la esquina en que lo había encontrado mordiéndose los dedos. Mañana iré a verlo.
20 de julio.—He visto a Renfield muy temprano, antes de que el celador hiciese su ronda. Lo encontré levantado, tarareando una canción. Estaba extendiendo el azúcar que había guardado en la ventana, evidentemente para reanudar la caza de moscas, y lo hacía con ánimo y de buen talante. Miré por la habitación, en busca de los pájaros y, al no verlos, le pregunté que dónde estaban. Contestó sin volverse que se habían escapado todos. Había unas cuantas plumas por la habitación y, en la almohada, una gota de sangre. No dije nada, pero fui a pedir al celador que me informase si descubría algo extraño en él durante el día.
11 de la mañana.—Acaba de venir el celador a decirme que Renfield ha estado muy enfermo y ha vomitado un montón de plumas.
—En mi opinión, doctor —me ha dicho—, lo que ha ocurrido es que se ha comido los pájaros, y se los ha comido crudos.
11 de la noche.—Esta noche he administrado a Renfield un opiáceo fuerte, suficiente para hacerlo dormir incluso a él, y me he llevado su agenda para examinarla. La idea que me rondaba últimamente la cabeza se ha completado y ha quedado demostrada mi teoría. Mi maníaco homicida pertenece a una clase especial. Voy a tener que inventar una nueva clasificación para él, y llamarlo maníaco zoófago (‘comedor de vida’). Lo que él desea es absorber cuantas vidas pueda, y se dispone a hacerlo de un modo acumulativo. Dio de comer muchas moscas a una araña, a continuación muchas arañas a un pájaro, y después quería un gato para que este comiese muchos pájaros. ¿Cuáles habrían sido sus próximos pasos? Casi merecería la pena completar su experimento. Podría hacerse con tal que hubiese una causa suficiente. ¡Los hombres despreciaban la vivisección, pero observen los resultados hoy! ¿Por qué no hacer avanzar la ciencia en su aspecto más difícil y vital, el conocimiento del cerebro? Si llegase a entrar en el secreto de una mente semejante, si poseyese la clave de las fantasías tan siquiera de un solo loco, podría hacer avanzar mi rama de la ciencia hasta un punto en el que quedarían reducidos prácticamente a la nada la fisiología de Burdon-Sanderson o los conocimientos sobre el cerebro de Ferrier[19]. ¡Con tal que existiera una causa suficiente! No debo pensar demasiado en eso, porque puedo sucumbir a la tentación; una buena causa podría inclinar la balanza a mi favor. ¿Acaso no es posible que yo también posea un cerebro excepcional congénito?
Qué bien razona este hombre. Los locos siempre razonan bien, dentro de su propia esfera. Me pregunto en cuántas vidas valorará a un hombre, si es que le concede algún valor. Ha cerrado la cuenta con exactitud, y hoy ha empezado un nuevo registro. ¿Cuántos de nosotros empezamos un nuevo registro cada día de nuestra vida?
Me parece que fue ayer cuando acabó toda mi vida, al tiempo que mi nueva esperanza, y que en verdad he empezado un nuevo registro. Así será hasta que el Gran Registrador me llame y cierre el libro mayor de mi cuenta con un balance en contra o a favor. Ah, Lucy, no puedo estar enfadado contigo, ni tampoco puedo enfadarme con mi amigo, cuya felicidad es la tuya; solamente debo seguir aguardando, sin esperanzas, y trabajar. ¡Trabajar! ¡Trabajar! Si tuviese una causa tan fuerte como la de mi pobre amigo loco, una causa no egoísta que me hiciese trabajar, sería realmente la felicidad.

DIARIO DE MINA MURRAY



26 de julio.—Me siento angustiada, y me alivia expresarme en este diario. Es como susurrarse algo a uno mismo y escuchar al mismo tiempo. Y, además, los signos de taquigrafía tienen algo que los hace diferentes de la escritura corriente. Estoy triste por Jonathan y por Lucy. No había tenido noticias de Jonathan desde hacía tiempo, y estaba muy preocupada; pero ayer, el querido señor Hawkins, que es siempre tan amable me envió una carta suya. Yo le había escrito para preguntarle si había tenido noticias, y respondió que acababa de recibir la carta que me adjuntaba. No son más que unas líneas, fechadas en el castillo de Drácula, en las que dice que está a punto de regresar. No es el estilo de Jonathan; no lo entiendo, y me inquieta. Además, Lucy, a pesar de encontrarse tan bien, ha vuelto últimamente a su antigua costumbre del sonambulismo. Su madre me ha hablado del asunto, y hemos decidido que yo cierre con llave la puerta de nuestra habitación todas las noches. La señora Westenra tiene la idea de que los sonámbulos andan siempre por los tejados y los bordes de los acantilados, y que cuando se despiertan súbitamente se caen con un grito de desesperación que resuena por todas partes. Pobrecilla. Naturalmente, está angustiada por Lucy, y me ha dicho que su marido, el padre de Lucy, tenía la misma costumbre: se levantaba por la noche, se vestía y salía si nadie se lo impedía. Lucy va a casarse en otoño, y ya está haciendo proyectos sobre los vestidos y sobre la decoración de la casa. La comprendo, porque a mí me ocurre lo mismo, solo que Jonathan y yo vamos a empezar nuestra vida en común de una forma muy sencilla, y tendremos que arreglárnoslas como podamos. El señor Holmwood —es el honorable Arthur Holmwood, hijo único de lord Godalming— va a venir dentro de muy poco tiempo, en cuanto pueda abandonar la ciudad, ya que su padre no se encuentra bien, y creo que la pobre Lucy cuenta los minutos que faltan para su llegada. Quiere llevarlo al banco del acantilado del cementerio para enseñarle las bellezas de Whitby. Yo diría que es esta espera lo que la perturba; en cuanto él llegue, se recuperará.
27 de julio.—No hay noticias de Jonathan. Empiezo a preocuparme por él, aunque no sé por qué habría de hacerlo. Pero deseo de verdad que me escriba, aunque no sean más que unas líneas. Lucy sufre de sonambulismo más que nunca, y me despierta todas las noches cuando se pone a deambular por la habitación. Por suerte, hace tanto calor que no es posible que se enfríe; pero la angustia y el continuo despertar empiezan a afectarme, y estoy nerviosa y en constante vigilia. Gracias a Dios, Lucy sigue con buena salud. Han llamado repentinamente al señor Holmwood a Ring para que vaya a ver a su padre, que ha caído gravemente enfermo. Lucy se consume ante el aplazamiento de su visita; pero esto no afecta a su aspecto. Está un poquito más regordeta, y sus mejillas han adquirido un precioso color rosado. Ha perdido el aire anémico que tenía. Hago votos porque todo continúe así.
3 de agosto.—Ha transcurrido otra semana, y sigo sin saber nada de Jonathan. Ni siquiera ha enviado unas líneas al señor Hawkins, de quien he recibido noticias. Espero que no esté enfermo. Habría escrito, sin duda. Leo su última carta, pero por alguna razón no me satisface. No es su estilo, aunque sí su caligrafía. No cabe error posible. Durante la última semana, Lucy no ha sufrido mucho de sonambulismo, pero tiene una expresión de extraña concentración que no comprendo; incluso mientras duerme parece vigilarme. Intenta abrir la puerta y, al encontrarla cerrada, recorre la habitación en busca de la llave.
6 de agosto.—Han pasado otros tres días, y sigo sin noticias. Esta ansiedad se está convirtiendo en algo espantoso. Si al menos supiera dónde escribir o dónde dirigirme, me sentiría más tranquila; pero nadie ha sabido ni palabra de Jonathan desde su última carta. Solo me queda rogar a Dios que me dé paciencia. Lucy está más excitable que nunca, pero por lo demás se encuentra bien. La noche pasada fue terrible, y los pescadores dicen que se avecina una tormenta. Intentaré observar y aprender las señales de los cambios atmosféricos. Hoy es un día gris y, mientras escribo, el sol está oculto entre nubes espesas que se elevan sobre Kettleness. Todo es gris, excepto la hierba verde, que parece de color esmeralda al recortarse contra el cielo; piedras terrosas y grises; sobre el mar gris, en el que se internan brazos de arena como dedos grises, flotan unas nubes grises teñidas por el resplandor del sol en los bordes superiores. El mar se agita sobre los bajíos y las extensiones de arena con un rugido envuelto en la bruma marítima que se arrastra tierra adentro. El horizonte se pierde en una niebla gris. Todo es inmensidad; las nubes están amontonadas como rocas gigantes, y hay un «murmullo» en el mar que suena como un presagio de muerte. En la playa, desperdigadas aquí y allá, se yerguen figuras oscuras, algunas casi veladas por la bruma y parecen «hombres como árboles que andan»[20]. Los barcos de pesca regresan apresuradamente a la orilla, y se elevan y se hunden en el oleaje al acercarse al puerto, inclinándose hasta los imbornales. Aquí llega el viejo señor Swales. Se dirige hacia mí, y, a juzgar por la forma de quitarse el sombrero, veo que quiere hablar…
Me emociona el cambio que ha experimentado este pobre anciano. Al sentarse a mi lado, dijo con voz muy dulce:
—Quiero decirle algo, señorita.
Observé que no estaba tranquilo, así que tomé su pobre mano arrugada en la mía, y le pedí que hablase cuanto quisiera. Y dijo, dejando su mano en la mía:
—Me temo, querida niña, que la he molestao con to las maldades que la he contao sobre los muertos y demás durante las últimas semanas; pero no lo decía en serio, y quiero que recuerde esto cuando yo me haya ido. A nosotros, los viejos que nos hemos atontao y que estamos con un pie en la tumba, tampoco nos gusta pensar en ello, y no queremos tener miedo. Por eso me ha dao por tomarlo a choteo, pa animarme un poco. Pero Dios la bendiga, señorita; yo no temo a la muerte; ni pizca, pero, si puedo evitarlo, no quiero morir. Mi hora está a punto de sonar, porque soy viejo, y cien años son demasiaos pa esperar vivir más. Estoy tan cerca de la tumba, que la Vieja ya debe de estar afilando su guadaña. Verá, no puedo quitarme la costumbre de quejarme siempre de ella; las mandíbulas se mueven por costumbre. Cualquier día, muy pronto, el Ángel de la Muerte hará sonar su trompeta pa mí. ¡Pero no se preocupe ni se lamente, querida niña! —porque vio que yo estaba llorando—. Si viniese esta misma noche, yo no desoiría su llamada. Porque, al fin y al cabo, la vida no es más que una espera de algo distinto de lo que estamos haciendo; y solo de la muerte podemos depender. Pero estoy contento, porque va a llegarme a mí, querida niña, y va a llegarme rápidamente. Quizá llegue mientras estamos aquí mirando y haciéndonos preguntas. Quizá esté en ese viento de alta mar que va a traer con él pérdidas y desgracias y penas amargas, y corazones tristes. ¡Mire, mire! —gritó de repente—. Hay algo en ese viento que suena y sabe y huele como la muerte. Está en el aire; siento que se aproxima. ¡Señor, haz que responda con ánimo a mi llamada!
Levantó los brazos con devoción y se quitó el sombrero. Su boca se movió, como si estuviera rezando. Tras unos minutos de silencio se levantó, me estrechó la mano, me bendijo, se despidió y se alejó cojeando.
Todo esto me conmovió y me entristeció mucho.
Me alegré de que se acercase el guardacostas con los prismáticos bajo el brazo. Se detuvo a hablar conmigo, como hace siempre, y no dejó de mirar un extraño barco.
—No lo distingo —dijo—; por su aspecto, parece ruso; pero se balancea de una forma muy rara. No saben lo que hacen; seguramente han visto que se acerca la tormenta, pero no han decidido si deben dirigirse abiertamente hacia el Norte o poner rumbo hacia aquí. ¡Mire! Lo gobiernan de una forma extraña, porque no obedece al timón. Cambia de rumbo con cada soplo de viento. Sabremos algo más de él antes de mañana a estas horas.

Capítulo VII

RECORTE DE «THE DAILYGRAPH» DEL 8 DE AGOSTO
(Pegado en el diario de Mina Murray)



De nuestro corresponsal
Whitby.—Acabamos de sufrir una de las tormentas más fuertes e imprevistas de que se tenga noticia en este lugar, con resultados extraños y singulares. El tiempo era algo bochornoso, aunque no en grado poco corriente para el mes de agosto. La noche del sábado fue de lo mejor, y la multitud de visitantes se extendió ayer por Mulgrave Woods, la bahía de Robin Hood, Rig Mill, Runswick, Staithes y por diversos enclaves de los alrededores de Whitby. Los vapores Emma y Scarborough recorrieron la costa en diversos viajes, y se hicieron un número poco corriente de excursiones a Whitby, y también desde esta ciudad. Hizo un tiempo excepcionalmente bueno hasta la caída de la tarde, momento en que algunos de la vecinas que frecuentan el cementerio del acantilado del Este y que desde ese promontorio vigilan la amplia extensión marítima que se domina al Norte y al Este observaron una manga, muy alta en el cielo, al Noroeste. Entonces el viento soplaba desde el Sudoeste, en el grado leve que en lenguaje barométrico se denomina «n.° 2: brisa ligera». El guardacostas de turno hizo un informe inmediatamente, y un viejo pescador, que lleva observando las señales de los cambios atmosféricos desde hace más de medio siglo, predijo decididamente la llegada inminente de una tormenta. La puesta de sol fue tan bella, tan grandiosa, con sus masas de nubes de colores espléndidos, que se congregó casi una multitud en el paseo que bordea el precipicio del viejo cementerio para contemplar tanta belleza. Antes de que el sol se hundiera tras la oscuridad del Kettleness, que se yergue audazmente en medio del cielo occidental, una miríada de nubes de todos los colores del crepúsculo marcó su camino descendente: fuego, púrpura, rosa, verde, violeta, y todos los tonos de dorado; aquí y allá, cúmulos no demasiado grandes, pero de una negrura aparentemente absoluta, con formas de todo tipo, tan bien dibujadas como colosales siluetas. La experiencia no fue desaprovechada por los pintores, y, sin duda, las paredes de la R. A. y del R. I.[21] se embellecerán el próximo mayo con bocetos del Preludio a la gran tempestad. Más de un patrón de barco decidió en ese momento que su cobble o su mule, como denominan a las diferentes clases de barcos, se quedarían en el puerto hasta que hubiese pasado la tormenta. Por la noche, el viento amainó por completo, y a medianoche descendió una calma chicha, acompañada de un calor sofocante y del nerviosismo generalizado que afecta a las personas de naturaleza sensible ante la inminencia de la tormenta. Pocas luces se veían en el mar, e incluso los vapores costeros, que por lo general nunca se alejan de la costa, mantenían el rumbo mar adentro, y se veían pocos barcos pesqueros. La única embarcación visible era una goleta extranjera con todas las velas desplegadas, que al parecer se dirigía al Oeste. La estupidez o ignorancia de sus oficiales fue tema prolífico de comentarios mientras estuvo a la vista, y se hicieron tentativas de enviarle señales al objeto de que arriase las velas, pues corría grave peligro. Antes de que cerrase la noche, se la vio con las velas revoloteando inútilmente mientras se balanceaba con suavidad en el ondulante oleaje, «tan inútil como un barco pintado en un océano pintado»[22].
Poco antes de las diez, la calma de la atmósfera se hizo opresiva, y el silencio era tan acentuado, que se oía claramente el balido de una oveja en el campo o el ladrido de un perro en la ciudad, y la banda del malecón, con su aire vivaz y francés, era como una disonancia en medio de la imponente armonía del silencio de la Naturaleza. Poco después de medianoche se oyó un extraño ruido procedente del mar, y en las alturas del aire empezó a resonar un estruendo extraño, débil y hueco.
Entonces, sin previo aviso, se desató la tempestad. Con una rapidez que en su momento pareció increíble, y que incluso después resultó imposible comprender, se crispó el aspecto todo de la Naturaleza. Las olas se elevaron con furia creciente, cada una sobrepasando a la otra, hasta que al cabo de unos pocos minutos el mar, que hasta entonces había estado cristalino, se convirtió en un monstruo rugiente y voraz. Olas de cresta blanca golpeaban enloquecidas la arena y se precipitaban por la pendiente de los acantilados; otras rompían contra el malecón, y con su espuma barrían las linternas de los faros que se alzan a ambos extremos del muelle de Whitby. El viento rugía como el trueno, y soplaba con tal fuerza, que incluso los hombres fuertes solo con dificultad podían mantener los pies en el suelo o asirse porfiadamente a los puntales de hierro. Fue necesario despejar el muelle de la multitud de observadores, ya que de otro modo se habrían multiplicado las desgracias de esa noche. Para colmo, a las dificultades y peligros del momento se añadieron unas masas de bruma marítima que venían arrastradas hacia tierra, nubes blancas, cargadas de humedad, que pasaban rápidamente de forma fantasmal, tan húmedas, malsanas y frías, que se necesitaba poco esfuerzo de imaginación para pensar que los espíritus de los que se han perdido en el mar tocaban a sus hermanos vivos con la mano fría de la muerte, y más de uno se estremeció con el paso de las espirales de bruma marítima. La niebla aclaraba por momentos, y se veía el mar hasta cierta distancia al resplandor de los relámpagos, que estallaban profusos y rápidos, seguidos por truenos tan repentinos, que todo el cielo parecía temblar bajo la conmoción de las pisadas de la tormenta. Algunas escenas así reveladas fueron de una grandeza inconmensurable y de un interés absorbente: el mar, alto como las montañas, lanzaba hacia el cielo con cada ola enormes masas de espuma blanca, que la tempestad parecía coger al vuelo y hacerlas girar en el espacio; aquí y allá, un barco pesquero con un jirón por vela corría enloquecido en busca de refugio delante del oleaje; de cuando en cuando, las alas blancas de una gaviota sacudida por la tormenta. En la cima del acantilado oriental, el nuevo proyector estaba listo para ponerse a prueba, pero aún no habían experimentado con él. Los oficiales encargados lo pusieron en funcionamiento, y en las pausas de la bruma que se extendía hacia el interior barrieron con su luz la superficie del mar. Su servicio resultó muy eficaz en una o dos ocasiones, por ejemplo cuando un bote pesquero, con el casco bajo el agua, se precipitó en el muelle, y gracias a la guía de la luz, pudo evitar el peligro de estrellarse contra los diques. Cada vez que un bote llegaba al abrigo del puerto, la multitud reunida en la orilla dejaba escapar un grito de alegría, un grito que por un momento parecía adherirse al vendaval y después alejarse con su misma precipitación. Al poco tiempo, el proyector descubrió una goleta que se encontraba a cierta distancia, con todas las velas desplegadas; era, al parecer, el mismo navío que se había avistado por la tarde. Para entonces, el viento había retrocedido hacia el Este, y a los observadores que se encontraban en el acantilado les recorrió un escalofrío al comprender el terrible peligro en que se encontraba el barco. Entre la nave y el puerto se extendían los escollos planos contra los que se han estrellado tan buenos barcos y, con el viento soplando de ese lado, parecía prácticamente imposible que llegase a la entrada del muelle. Ya era casi la hora de la marea alta, pero las olas eran tan elevadas que se veían los bajíos de la orilla entre ellas, y la goleta, con todas las velas desplegadas, se precipitaba a tal velocidad que, en palabras de un viejo lobo de mar, «tiene que llegar a alguna parte, aunque sea al infierno». En ese momento sobrevino otra ráfaga de bruma marina, mayor que ninguna hasta entonces, una masa de niebla húmeda que parecía caer sobre todas las cosas como un palio gris, y que solo dejó a los hombres el sentido del oído, porque el bramido de la tempestad y el estrépito de los truenos y el restallar de las poderosas olas se oían en medio de la indiferencia húmeda con más fuerza que antes. Los rayos del proyector se mantenían fijos en la boca del muelle, por encima del malecón oriental, donde estaba previsto que se produjese el choque, y los hombres esperaban con la respiración contenida. De repente, el viento cambió al Nordeste, y los restos de la bruma se disolvieron con la ráfaga; y entonces, mirabile dictu[23], saltando de ola en ola a velocidad vertiginosa entre los diques, la extraña goleta se precipitó delante del temporal, con todas las velas desplegadas, y ganó el abrigo del muelle. El proyector la siguió, y un escalofrío recorrió a todos los que la observaban, porque había un cadáver atado al timón, con la cabeza colgando, que se balanceaba de una forma horrible a cada movimiento del barco. En el puente no se veía ninguna otra silueta. ¡Un gran temor embargó a todos al comprender que el barco había encontrado el muelle como por milagro, sin gobierno, salvo por la mano de un hombre muerto! No obstante, todo ocurrió en menos tiempo del que se tarda en escribir estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que, atravesando precipitadamente el muelle, arremetió contra la acumulación de arena y grava lavada por múltiples mareas y tormentas en el extremo sudoriental del malecón, que sobresale por debajo del acantilado oriental, conocido localmente como malecón de Tate Hill.
Naturalmente, al encallar el navío en el montón de arena, se produjo una considerable conmoción. Se tensaron todas las vergas y estayes y cordajes, y se desmoronó una parte del palo mayor. Pero lo más extraño de todo es que, en el mismo instante en que el navío tocó la orilla, un enorme perro brincó a cubierta desde abajo, como impulsado por el choque, echó a correr y saltó a la arena desde proa. Se dirigió hacia el escarpado acantilado, donde el cementerio sobresale por encima del camino del malecón meridional con tan gran inclinación que algunas de las tumbas planas —«piedras atravesadas», como las llaman en el lenguaje local de Whitby— se proyectan sobre el lugar en que se ha desmoronado el apoyo del acantilado, y desapareció en la oscuridad, que parecía más intensa detrás de la parte iluminada por el proyector.
Dio la casualidad de que no había nadie en el malecón de Tate Hill en ese momento, ya que todos aquellos cuyas casas se encuentran en las proximidades estaban en la cama o afuera, en la montaña. Así que el primero en subir a bordo fue el guardacostas de servicio en el extremo oriental del muelle, quien inmediatamente corrió hacia el muelle pequeño. Los hombres que hacían funcionar el reflector, tras registrar la entrada del muelle sin hallar nada, enfocaron la luz hacia el barco abandonado y allí la dejaron. El guardacostas corrió a popa y, al llegar junto al timón, se inclinó para examinarlo y retrocedió de inmediato, como embargado por una emoción súbita. Al parecer, aquello despertó la curiosidad general, y cierto número de personas echaron a correr. Hay un largo trecho por el puente levadizo entre el acantilado occidental y el malecón de Tate Hill, pero este corresponsal es un buen corredor y llegó a la cabeza de la multitud. No obstante, cuando llegué me encontré con que ya se había congregado una muchedumbre en el muelle, a la que el guardacostas y la policía no permitían subir a bordo. Por cortesía del barquero jefe se me autorizó a subir al barco como corresponsal, y formar parte del pequeño grupo que vio al marinero muerto mientras estaba atado al timón.
No es de extrañar que el guardacostas se sorprendiera, ni que le diese miedo, porque no se tiene la oportunidad de presenciar semejante escena con demasiada frecuencia. El hombre estaba sujeto a un radio del timón, con las manos atadas, una encima de la otra. Entre la mano que estaba debajo y la madera había un crucifijo; el rosario del que pendía rodeaba las muñecas del hombre y el timón, todo ello unido por cuerdas. Es posible que el pobre tipo hubiese estado sentado anteriormente, pero la agitación y los golpes de las velas habían afectado al gobernalle, y habían arrastrado al hombre de un lado a otro, de modo que las cuerdas con que estaba atado le habían cortado la carne hasta el hueso. Se tomó nota exacta del estado de cosas, y el cirujano J. M. Caffyn, con domicilio en el n.° 33 de East Elliot Place declaró, tras examinar al hombre, que debía de haber muerto al menos dos días antes. Llevaba una botella en el bolsillo, tapada cuidadosamente con un corcho, y que no contenía nada salvo un pequeño rollo de papel, que resultó ser el suplemento del diario de navegación. El guardacostas dijo que aquel hombre debía de haberse atado él mismo las manos y asegurado los nudos con los dientes. El hecho de que fuese el guardacostas el primero en subir a bordo puede evitar ciertas complicaciones en el Almirantazgo, ya que los guardacostas no pueden reclamar el salvamento, que constituye un derecho del primer civil que pone el pie en un barco abandonado. No obstante, ya se han soltado las lenguas jurídicas, y un joven estudiante de leyes asegura que los derechos del propietario ya están perdidos por completo, pues su propiedad contraviene los estatutos de «manos muertas»[24], puesto que el timón como emblema no es prueba de posesión delegada al ser gobernado por una mano muerta. No hace falta decir que quitaron reverentemente al piloto muerto del lugar que con tanto honor había ocupado como vigía y custodio —con una resolución tan firme como la del joven Casabianca[25]— y que lo trasladaron al depósito de cadáveres a la espera de la investigación judicial.
Ya está amainando la tormenta, y su furia, menguando; la muchedumbre se dispersa hacia sus casas, y el cielo empieza a enrojecerse sobre las ondulaciones de Yorkshire. Enviaré, a tiempo para que sean publicados en el próximo número, más detalles sobre el barco abandonado que tocó puerto de forma tan milagrosa en medio de la tempestad.

Whitby, 9 de agosto.—Los resultados de la extraña llegada del barco abandonado en mitad de la tempestad la noche pasada son casi más sorprendentes que el hecho en sí. Se trata de una goleta rusa, de Varna, que se llama Demeter. Se encuentra casi por completo lastrada de arena argentífera, y solo transporta una pequeña carga: cierta cantidad de cajones de madera llenos de mantillo. Esta carga fue enviada a nombre de un procurador de Whitby, el señor S. F. Billington, con domicilio en The Crescent, número 7, quien subió esta mañana a bordo a tomar posesión formal de las mercancías que le habían enviado. Asimismo, el cónsul ruso, actuando en nombre del fletador, tomó posesión formal del barco, pagó todos los derechos de estancia en el muelle, etc. Aquí no se habla hoy de otra cosa que de la extraña coincidencia; los funcionarios del Ministerio de Comercio se han mostrado muy severos a la hora de asegurarse de que se realicen todas las comprobaciones según las reglamentaciones vigentes. Como el asunto va a ser «el enigma de los nueve días», es evidente que están decididos a que no haya motivo de quejas posteriores. Se ha despertado gran interés en torno al perro que saltó a la orilla al encallar el barco, y varios miembros de la sociedad Protectora de Animales, que es muy influyente en Whitby, han intentado recoger al animal. Pero, para decepción de todos, no se le encuentra por ninguna parte; al parecer, ha desaparecido de la ciudad. Es posible que se asustara y que se dirigiera a los brezales, donde seguirá escondido, presa de pánico. Hay quien considera con temor dicha posibilidad, en caso de que se convirtiese más adelante en un peligro, puesto que evidentemente se trata de una bestia feroz. A primeras horas de esta mañana se ha encontrado un perro muerto, un mastín mestizo, en la carretera que hay frente al patio de su dueño. Pertenecía a un comerciante de carbón que vive cerca del malecón de Tate Hill. Se había peleado, con un rival a todas luces salvaje, porque tenía la garganta destrozada y el vientre abierto, como desgarrado por unas garra poderosas.
Más tarde.—Por gentileza del inspector del Ministerio de Comercio me ha sido permitido examinar el diario de navegación del Demeter, que estaba en orden hasta hace tres días, pero que no contiene nada de interés especial, excepto los hechos referentes a hombres desaparecidos. No obstante, lo más interesante se refiere al papel encontrado en la botella, que presentaron hoy durante la investigación judicial. Yo jamás me había topado con un relato tan extraño como el que contiene este rollo de papel. Como no existe ningún motivo para ocultarlo, tengo permiso para utilizarlo, y, por tanto, les envío una reproducción del escrito, en la que simplemente se han omitido los detalles técnicos concernientes a náutica y cargamento. Parece como si se hubiese apoderado del capitán una especie de manía antes de adentrarse en el mar, y que esta manía se hubiese desarrollado persistentemente durante la travesía. Por supuesto, esta afirmación debe ser entendida cum grano[26], ya que escribo al dictado de un funcionario del consulado ruso, que se ha prestado amablemente a traducírmelo, pues dispongo de poco tiempo.

DIARIO DE NAVEGACIÓN DEL «DEMETER»



Varna-Whitby
Escrito el 18 de julio; pasan cosas tan extrañas, que, a partir de ahora y hasta que toquemos tierra, voy a anotar todo cuidadosamente.

El 6 de julio terminamos de subir a bordo la carga, arena argentífera y cajones llenos de tierra. Nos hicimos a la mar a mediodía. Viento fresco del Este. Tripulación: cinco marineros…, dos oficiales, cocinero y yo (capitán).
El 11 de julio, al amanecer, entramos en el Bósforo. Abordados por funcionarios de las Aduanas turcas. Soborno. Todo bien. En marcha a las 16 horas.
Atravesamos los Dardanelos el 12 de julio. Más funcionarios de Aduanas y barco insignia del escuadrón de guardia. Otro soborno. Registro completo, pero rápido, por parte de los funcionarios. Quieren que nos vayamos pronto. Al oscurecer nos adentramos en el Archipiélago.
El 13 de julio sobrepasamos el cabo Matapán. Tripulación insatisfecha por algo. Parecían asustados, pero no quisieron hablar.
El 14 de julio me sentí un tanto angustiado por la tripulación. Todos los hombres son tipos sensatos que ya han navegado conmigo. El oficial no ha podido averiguar qué es lo que no va bien; solo le dijeron que había algo en el barco y se santiguaron. Hoy, el oficial ha perdido la paciencia con uno de ellos y le ha dado un puñetazo. Se esperaba una pelea fuerte, pero todo está en calma.
El 16 de julio, el oficial me informó por la mañana de que había desaparecido un miembro de la tripulación, Petrofsky. Nadie supo dar razón de él. Montó guardia anoche a babor, una guardia de cuatro horas; relevado por Abramoff, pero no fue a acostarse. Los hombres, más abatidos que nunca. Todos dijeron que esperaban algo semejante, pero lo único que quisieron decir fue que había algo a bordo. El oficial se impacienta con ellos; temo que vaya a haber problemas.
El 17 de julio, ayer, Olgaren, uno de los marineros, vino a mi camarote y me confió con aire de temor que pensaba que había un hombre extraño a bordo del barco. Me dijo que durante su turno de vigilancia se había cobijado detrás de la camareta alta porque había tormenta, y desde allí había visto a un hombre alto y delgado, que no se parecía a nadie de la tripulación, que subió por la escalera de la cámara, atravesó la cubierta y desapareció. Lo siguió con cautela, pero al llegar a proa no vio a nadie, y descubrió que todas las escotillas estaban cerradas. Estaba aterrorizado por las supersticiones, y me temo que pueda cundir el pánico. Para tranquilizarlo, hoy registraré cuidadosamente el barco de proa a popa.
Más tarde reuní a toda la tripulación y les dije que, como estaban convencidos de que había alguien en el barco, íbamos a realizar un registro. El primer oficial se enfadó; dijo que era una tontería, y que someterse a unas ideas tan estúpidas desmoralizaría a los hombres. Dijo que se comprometía a que no armasen jaleo con un espeque en la mano. Le dejé tomar el timón, mientras los demás iniciaban el registro, todos juntos, con linternas. No dejamos ni un solo rincón sin registrar. Como solo estaban los grandes cajones de madera, no había ningún lugar en que pudiese esconderse un hombre. Gran alivio de la tripulación cuando acabó el registro; regresaron al trabajo con ánimos. El primero frunció el ceño, pero no dijo nada.
22 de julio.—Mal tiempo durante los últimos tres días. Todos los brazos ocupados con las velas. No ha quedado tiempo para temores. Al parecer, los hombres han olvidado su miedo. El oficial ha recuperado el buen humor, y todos están en buenas relaciones. Elogios a los hombres por el trabajo con mal tiempo. Pasamos Gibraltar y atravesamos el Estrecho. Todo bien.
24 de julio.—Parece haber caído una maldición sobre este barco. Ya hemos sufrido una baja, y entramos en el Golfo de Vizcaya con tiempo borrascoso; anoche perdimos a otro hombre: ha desaparecido. Al igual que el primero, no se lo ha vuelto a ver tras acabar su turno de guardia. Todos los hombres están aterrorizados; han enviado una petición firmada para que se doble la guardia, pues tienen miedo de estar solos. El oficial se ha enfurecido. Temo que haya problemas, y que él o los hombres cometan algún acto de violencia.
28 de julio.—Cuatro días infernales, balanceándonos en una especie de remolino con viento tempestuoso. Nadie ha podido dormir. Todos los hombres agotados. No sé cómo fijar los turnos de guardia en vista de que nadie se encuentra en condiciones. El segundo oficial se ofreció voluntario para llevar el timón y vigilar, y así dejar a los hombres disfrutar de unas horas de sueño. El viento amaina; el oleaje es aún espantoso, pero se nota menos, porque el barco está más firme.
29 de julio.—Otra tragedia. Esta noche hubo guardia de un solo hombre, ya que la tripulación estaba demasiado cansada para hacerla doble. Cuando llegó a cubierta el vigía de la mañana, solo encontró al timonel. Se armó una buena y todos subieron a cubierta. Registro completo, pero no se encontró a nadie. Ahora nos hemos quedado sin segundo oficial, y la tripulación está aterrorizada. El primero de a bordo y yo hemos acordado ir armados a partir de ahora y esperar cualquier señal de alarma.
30 de julio.—Última noche. Alegría por estar aproximándonos a Inglaterra. Buen tiempo; todas las velas desplegadas. Me retiré agotado y dormí profundamente. Me despertó el primero para decirme que faltaban los dos centinelas y el timonel. Solo quedamos él y yo y dos hombres más para gobernar el barco.
1 de agosto.—Dos días de niebla, y ni una vela a la vista. En el canal de la Mancha esperaba haber podido hacer señales de socorro, o llegar a algún sitio. Sin fuerza para maniobrar con las velas, tuvimos que seguir impulsados por el viento. No me atrevo a arriarlas; no podría izarlas de nuevo. Al parecer, nos arrastramos hacia un destino terrible. El primero está más desmoralizado que ninguno de los hombres. Su naturaleza, más fuerte, parece haberse vuelto interiormente contra él. Los hombres han perdido el miedo; trabajan impasibles y pacientes, con la conciencia de que va a ocurrir lo peor. Son rusos; el primero, rumano.
2 de agosto, a medianoche.—Me desperté tras dormir unos minutos al oír un grito que parecía provenir de mi portilla. No vi nada con la niebla. Me precipité a cubierta y choqué con el primero. Me dijo que había oído el grito y echado a correr, pero que no vio ni rastro del vigía. Una pérdida más. ¡Señor, ayúdanos! El primero dice que debemos de haber pasado el estrecho de Dover, pues en un momento en que aclaró la niebla vio el cabo del Norte, al tiempo que oía gritar a un hombre. Si así fuese, nos habríamos adentrado en el mar del Norte, y solo Dios puede servirnos de guía en la niebla, que parece moverse con nosotros. Pero, al parecer, Dios nos ha abandonado.
3 de agosto.—A medianoche fui a relevar al timonel, pero al llegar allí descubrí que no había nadie. El viento era uniforme, y mientras avanzábamos impulsados por él, el barco no daba ni una guiñada. No me atreví a soltar el timón, de modo que llamé a gritos al primero. Al cabo de unos segundos subió precipitadamente a cubierta en ropa interior. Tenía los ojos desorbitados y con bolsas, y mucho me temo que haya perdido el juicio. Se acercó a mí y me susurró con voz ronca, con los labios pegados a mi oído, como si temiera que pudiera oírle el mismísimo aire: «Eso está aquí; ahora estoy seguro. Lo vi en la guardia de anoche; tenía la forma de un hombre alto y delgado, y espantosamente pálido. Estaba a proa, mirando por la borda. Llegué hasta él de puntillas, y le clavé un cuchillo; pero el cuchillo lo atravesó como si estuviera vacío como el aire, —y mientras hablaba sacó un cuchillo y golpeó furiosamente el aire con él. Después prosiguió—: Pero está aquí y lo encontraré. Quizá esté en la bodega, en uno de esos cajones. Voy a desatornillarlos uno por uno para buscarlo. Usted ocúpese del timón» .Y con una mirada de advertencia y un dedo en los labios, se dirigió abajo. Se levantaba un viento picado, y no pude abandonar el timón. Lo vi subir de nuevo a cubierta con una caja de herramientas y una linterna, y bajar por la escotilla de proa. Está completamente loco, loco de atar, y de nada serviría tratar de detenerlo. No logrará nada de esos cajones; están facturados como «arcilla», y no conseguirá nada. Así que me he quedado aquí, a vigilar el timón, y a escribir estas notas. Solo me resta confiar en Dios y esperar a que aclare la niebla. Entonces, si no puedo poner rumbo a ningún puerto con el viento que hay, arriaré velas, me quedaré inmóvil y enviaré señales de auxilio…
Ya casi ha acabado todo. Cuando empezaba a esperar que el oficial llegase más tranquilo —porque le había oído golpear algo en la bodega, y el trabajo le sienta bien— se oyó por la escotilla un alarido súbito, sobrecogedor, que me heló la sangre en las venas, y el oficial subió a cubierta como una bala: loco de atar, con los ojos en blanco y la cara convulsionada por el miedo: «¡Sálveme, sálveme! —gritó, y miró a su alrededor, hacia el manto de niebla. El horror se convirtió en desesperación, y dijo con voz firme—: Será mejor que usted también venga, capitán, antes de que sea demasiado tarde. Él está allí. Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de Él, y eso es todo lo que queda!». Sin darme tiempo a decir palabra, o a aproximarme a él para sujetarle, saltó sobre la amurada y se arrojó deliberadamente al mar. Supongo que yo ahora también conozco el secreto. Fue este loco quien se deshizo de todos los hombres, uno a uno, y ahora él mismo los ha seguido. ¡Que Dios me ayude! ¿Cómo voy a dar cuenta de todos estos horrores cuando llegue a puerto? ¡Cuando llegue a puerto! ¿Acaso ocurrirá alguna vez?
4 de agosto.—Aún hay niebla, que el sol naciente no puede rasgar. Sé que está saliendo el sol porque soy marinero, no por otra cosa. No me he atrevido a bajar; no me he atrevido a abandonar el timón, así que me he quedado arriba toda la noche ¡y en las tinieblas de la noche Lo he visto. Lo he visto! Que Dios me perdone, pero el primero hizo bien arrojándose por la borda. Es mejor morir como un hombre; nadie puede poner objeciones a morir como un marinero, en el agua azul. Pero yo soy el capitán, y no puedo abandonar mi barco. Voy a confundir a este demonio o monstruo, porque me ataré las manos cuando empiecen a fallarme las fuerzas, y junto a ellas ataré lo que Él. —¡Eso!— no se atreverá a tocar; y así, con buen o mal viento, salvaré mi alma y mi honor de capitán. Me estoy debilitando y se aproxima la noche. Si Él vuelve a mirarme a la cara, quizá no me dé tiempo a actuar… Si naufragamos, es bastante probable que encuentren esta botella, y que los que la encuentren comprendan; si no… Todos los hombres sabrán que he sido fiel a mi fe. Que Dios y la Virgen bendita y todos los santos ayuden a una pobre alma ignorante que trata de cumplir con su deber…
Por supuesto, el veredicto ha quedado abierto. No puede aducirse ninguna prueba; y ya no hay nadie que pueda decir si aquel hombre cometió o no los asesinatos. Aquí, la gente mantiene casi de forma general la opinión de que el capitán fue sencillamente un héroe, y que debe honrársele con un funeral público. Ya se ha decidido que su cuerpo será escoltado por una caravana de barcos durante un trecho del río Esk, para volver a traerlo al malecón de Tate Hill y subirlo por la escalinata de la abadía; porque será enterrado en el cementerio del acantilado. Ya han firmado en la lista de los que desean acompañarlo hasta su tumba los propietarios de más de cien botes.
No se ha encontrado rastro del enorme perro, hecho que ha producido gran pesar, porque, en el estado actual de la opinión pública, creo que sería adoptado por la ciudad. Mañana se celebrará el funeral; y así acabará este nuevo «misterio del mar».

DIARIO DE MINA MURRAY



8 de agosto.—Lucy ha estado muy inquieta toda la noche, y yo tampoco he podido dormir. La tormenta fue terrible, y, al hacer retumbar los cacharros de la chimenea, me recorrió un escalofrío. Un fuerte golpe de viento sonó como un disparo lejano. Por extraño que parezca, Lucy no se despertó; sin embargo, se levantó dos veces y se vistió. Por suerte, me desperté a tiempo en ambas ocasiones, logré desvestirla sin despertarla y volví a acostarla. Es algo muy extraño este asunto del sonambulismo; en cuanto se contradicen sus deseos de una forma física, sus intenciones, si es que existen, desaparecen, y se acomoda casi con exactitud a la rutina de su vida.
Ambas nos levantamos a primera hora de la mañana, y bajamos al muelle a ver si había ocurrido algo durante la noche. Había muy poca gente, y aunque brillaba el sol y el aire estaba claro y fresco, unas olas tenebrosas y grandes, que parecían oscurecerse debido a que la espuma que las coronaba era como nieve, se abrían paso por la estrecha boca del muelle, como un matón caminando entre una multitud. En cierto modo, me alegré de que Jonathan no estuviese anoche en el mar, sino en tierra. Pero, ah, ¿está en tierra o en el mar? ¿Dónde está y cómo? Empiezo a sentir una angustia espantosa por él. ¡Si supiera qué hacer y pudiera hacer algo!
10 de agosto.—El funeral del pobre capitán ha sido muy conmovedor. Al parecer, se encontraban allí todos los barcos del puerto, y el féretro fue llevado a hombros por los capitanes desde el malecón de Tate Hill hasta el cementerio. Lucy vino conmigo, y llegamos pronto a nuestro antiguo asiento, mientras que el cortejo de barcos subía por el río hacia el viaducto y volvía a bajar. Disfrutamos de una panorámica preciosa, y vimos la procesión durante casi todo el trayecto. Enterraron a aquel pobre hombre muy cerca de nuestro asiento, de modo que nos pusimos de pie encima de la piedra al llegar el momento y lo vimos todo. La pobre Lucy parecía muy preocupada. Estuvo inquieta y desasosegada todo el tiempo, y solo se me ocurre pensar que sus sueños nocturnos están empezando a afectarla. Muestra una actitud extraña ante una cosa: no quiere admitir delante de mí que exista ningún motivo de inquietud; o si existe, ella misma no lo comprende. Hay que añadir otra razón, y es que esta mañana han encontrado al pobre señor Swales muerto en nuestro asiento, con el cuello roto. Evidentemente, y como dijo el médico, se había caído de espaldas al darse un susto, porque había tal mirada de temor y terror en su rostro, que los hombres que lo encontraron dijeron que les había producido escalofríos. ¡Pobre y querido anciano! ¡Quizá haya visto la Muerte con sus ojos moribundos! Lucy es tan cariñosa y sensible que sufre las influencias exteriores con mayor intensidad que otras personas. Ahora mismo estaba preocupada por un asunto sin importancia, al que yo no había prestado mucha atención, aunque a mí también me gustan los animales. Acudió uno de los hombres que suben aquí frecuentemente para mirar los botes, seguido por su perro. El perro siempre va con él. Ambos son seres tranquilos, y nunca he visto enfadarse al hombre ni ladrar al perro. Durante el acto religioso, el perro no quiso atender a las llamadas de su amo, que estaba en el asiento con nosotras; por el contrario, se mantuvo a varias yardas de distancia, ladrando y aullando. Su amo le habló con dulzura, y a continuación con dureza, y después con ira; pero el perro ni le obedecía ni dejaba de hacer ruido. Estaba poseído por una especie de furia, con los ojos fieros, y todos los pelos de punta, como la cola de un gato en son de guerra. Finalmente, también el hombre se enfadó; saltó del asiento y le dio una patada al perro, y después lo cogió por el pescuezo y lo arrastró y casi lo tiró sobre la lápida en que se apoya el asiento. En el momento en que tocó la piedra, el pobre animal se calló y se echó a temblar. No intentó escapar; se hizo un ovillo, tiritando y encogido, en tal estado de lastimoso terror que intenté consolarlo, sin resultado. Lucy también estaba muy apenada, pero no hizo ademán de acariciar al perro, sino que se quedó contemplándolo con angustia. Mucho me temo que su naturaleza es demasiado sensible para ir por el mundo sin problemas. Estoy segura de que esta noche soñará con esto. Tanta acumulación de cosas: el barco gobernado hasta el puerto por un hombre muerto; su postura, atado al timón con un crucifijo y un rosario; el conmovedor funeral; el perro, tan pronto furioso como aterrorizado, constituirán material para sus sueños.
Creo que lo mejor para ella será irse a la cama físicamente agotada, de modo que voy a llevarla a dar un largo paseo por los acantilados, hasta la bahía de Robin Hood, y a continuación el paseo de regreso. Después de eso, no le quedarán muchos deseos de caminar en sueños.

Capítulo VIII

DIARIO DE MINA MURRAY



El mismo día, a las 11 de la noche.—¡Pero qué cansada estoy! Si no fuera porque me he impuesto el diario como obligación, esta noche no lo abriría. Hemos dado un paseo precioso. Al cabo de un rato, Lucy se puso de buen humor, debido, según creo, a unas vaquitas que se nos acercaron husmeando en un prado cercano al faro y que nos dieron un susto de muerte. Estoy convencida de que nos olvidamos de todo, excepto, como es natural, del miedo personal, y fue como hacer borrón y cuenta nueva y empezar desde cero. Tomamos un excelente «té a la antigua usanza» en una tabernita de la bahía de Robin Hood que tiene un mirador justo sobre las rocas de la playa, que están cubiertas de algas. Creo que la «nueva mujer» se habría quedado atónita ante nuestro apetito. ¡Benditos sean los hombres, más tolerantes! Después regresamos a casa, haciendo unas cuantas paradas, o más bien muchas, para descansar, con el corazón encogido por un miedo creciente a los toros salvajes. Lucy estaba realmente cansada, y teníamos la intención de acostarnos lo antes posible. Pero llegó el cura joven, y la señora de Westenra le pidió que se quedara a cenar. Tanto Lucy como yo tuvimos que hacer auténticos esfuerzos para aguantar a ese pesado; reconozco que los míos fueron verdaderamente heroicos. Pienso que los obispos deberían reunirse un día de estos para tomar la decisión de preparar una nueva clase de curas que no se queden a cenar por mucho que se les insista y que sepan cuándo están cansadas las chicas. Lucy duerme, y su respiración es normal. Tiene más color en las mejillas que de costumbre, y un aspecto encantador. Si el señor Holmwood se enamoró de ella solo con verla en el salón, me gustaría saber qué diría si la viera ahora. A algunas escritoras de las «nuevas mujeres» algún día se les ocurrirá la idea de que se permita a los hombres y a las mujeres verse mientras duermen antes de declararse o de aceptar. Pero supongo que la nueva mujer del futuro no condescenderá a aceptar; será ella quien se declare. ¡Bonito papel! En cierto modo es un consuelo. Estoy muy contenta esta noche, porque mi querida Lucy parece encontrarse mejor. Creo realmente que ha superado el momento crítico y que ya ha vencido los problemas de sus sueños. Sería muy feliz si supiera que Jonathan… Que Dios lo bendiga y lo proteja.
11 de agosto, a las 3 de la madrugada.—De nuevo el diario. Como no puedo dormir, voy a escribir. Me encuentro demasiado agitada para dormir. Hemos pasado por tal aventura, por una experiencia tan angustiosa… Me quedé dormida en cuanto cerré el diario. De repente me desperté por completo, y me incorporé, embargada por una horrible sensación de miedo y un sentimiento de vacío. Como la habitación estaba a oscuras, no podía ver la cama de Lucy. Avancé a tientas hacia ella. La cama estaba vacía. Encendí una cerilla y comprobé que Lucy no estaba en la habitación. La puerta estaba cerrada, aunque no con llave, que era como yo la había dejado. Temía despertar a su madre, que últimamente se encuentra más enferma que de costumbre, así que me puse algo de ropa y me dispuse a ir en su busca. Al salir de la habitación se me ocurrió que la ropa que se hubiese puesto podría servirme de pista para reconocer sus intenciones de sonámbula. Si era una bata, significaría que estaba en casa, si un vestido, en la calle. «Gracias a Dios —me dije— que solo lleva el camisón». Corrí escaleras abajo y miré en el salón. ¡No estaba allí! Después busqué por todas las habitaciones de la casa que estaban abiertas, con el corazón encogido por un temor creciente. Finalmente llegué a la puerta del recibidor y la encontré abierta. No estaba abierta de par en par, pero el pestillo no estaba echado. Todos los habitantes de la casa tienen cuidado de cerrar la puerta con llave por la noche, así que temí que Lucy hubiese salido tal y como estaba. No quedaba tiempo para pensar en lo que podría ocurrir; un temor vago, pero abrumador, oscurecía todos los detalles. Cogí un mantón grande y salí a toda prisa. El reloj dio la una mientras recorría nuestra calle, en la que no se veía ni un alma. Corrí por la North Terrace, pero no vi ni rastro de la figura blanca que esperaba encontrar. Al llegar al borde del acantilado del Oeste, encima del malecón, miré al otro lado del muelle, hacia el acantilado del Este, con la esperanza o el temor —no sé cuál de las dos cosas— de ver a Lucy en nuestro asiento favorito. Había una brillante luna llena, con nubes negras, espesas y móviles que, al deslizarse, convertían la escena en un efímero diorama de luz y sombra. No pude distinguir nada durante unos momentos, pues la sombra de una nube oscureció la iglesia de St. Mary y sus alrededores. Después, al pasar la nube, vi aparecer las ruinas de la abadía; y a medida que avanzaba el borde de una estrecha banda de luz, afilado como la hoja de una espada, la iglesia y el cementerio se hicieron visibles gradualmente. Fueran cuales fuesen mis esperanzas, no quedé decepcionada, porque allí, en nuestro asiento favorito, la luz plateada de la luna puso de relieve una figura casi recostada, blanca como la nieve. El paso de la siguiente nube fue tan rápido, que no tuve tiempo de ver mucho, pues la sombra ahogó la luz casi de inmediato, pero me pareció que había algo oscuro detrás del asiento, allí donde brillaba la blanca figura, y que se inclinaba sobre esta. No puedo decir qué era, si hombre o bestia; sin esperar a verlo otra vez bajé en un vuelo los empinados escalones que llevan al malecón y pasé junto a la lonja, hacia el puente, que era el único camino para llegar al acantilado del Este. La ciudad parecía muerta, porque no se veía ni un alma, y me alegré de que así fuera. No deseaba que el estado de la pobre Lucy tuviese testigos. El tiempo y la distancia se me antojaron interminables, y me temblaban las rodillas y respiraba fatigosamente al ascender los inacabables escalones que llevan a la abadía. Debí de caminar deprisa y, sin embargo, tenía la sensación de que mis pies estaban cargados de plomo y todas las articulaciones de mi cuerpo oxidadas. Al llegar casi al final descubrí el asiento y la figura blanca, porque me encontraba lo suficientemente cerca para distinguirla, a pesar de las sombras intermitentes. Sin duda había algo alargado y oscuro inclinado sobre la figura recostada. Grité asustada: «¡Lucy! ¡Lucy!», y aquel ser levantó la cabeza, y desde donde yo estaba divisé una cara blanca y unos ojos rojos y refulgentes. Lucy no contestó, y yo corrí a la entrada del cementerio. Al entrar, la iglesia se interpuso entre el asiento y yo, y durante unos momentos la perdí de vista. Cuando pude verla de nuevo había pasado la nube, y la luz de la luna se proyectaba con tal brillantez, que vi a Lucy recostada, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. Estaba sola, y no había ni rastro de ningún ser vivo.
Al inclinarme sobre ella observé que aún estaba dormida. Tenía los labios entreabiertos, y respiraba; no con regularidad, como es habitual en ella, sino con bocanadas pesadas y largas, como si tratara de llenar los pulmones en cada aspiración. Al acercarme, levantó la mano, aún dormida, se subió el cuello del camisón hasta la garganta, y se estremeció ligeramente, como si tuviera frío. La cubrí con el mantón y apreté los bordes en torno al cuello, porque temía que cogiese un terrible resfriado con el aire de la noche, desnuda como estaba. Me daba miedo despertarla bruscamente, de modo que, para tener las manos libres y poder ayudarla, le abroché el mantón con un imperdible a la altura del cuello; pero con la preocupación cometí la torpeza de pellizcarla o pincharla con él. Poco a poco, a medida que su respiración se hacía más sosegada, se llevó la mano al cuello y gimió. Tras arroparla cuidadosamente, le puse mis zapatos y empecé a despertarla con mucha dulzura. Al principio no respondió; pero su sueño se hizo gradualmente más inquieto, gimiendo y suspirando de cuando en cuando. Estaba deseando llevarla a casa inmediatamente, porque el tiempo pasaba deprisa, entre otras muchas razones, de modo que la sacudí con mayor energía hasta que al fin abrió los ojos y se despertó. No pareció sorprenderse de verme; como es natural, no se dio cuenta inmediatamente de dónde se hallaba. Lucy siempre tiene buen despertar, e incluso en esta ocasión, en que su cuerpo debía de estar helado y su mente aterrada al aparecer en un cementerio, desnuda y de noche, no perdió el buen talante. Temblaba un poco, y se agarró a mí. Cuando le dije que viniese a casa conmigo, se levantó sin decir palabra, obediente como una niña. La grava me hacía daño en los pies, y Lucy observó mis muecas de dolor. Se detuvo e insistió en que volviera a ponerme los zapatos, pero no quise hacerlo. Al llegar al sendero que sale del cementerio, donde había un charco que había dejado la tormenta, me cubrí los pies de barro, frotándome un pie contra otro, para que, en caso de que nos encontrásemos con alguien, no notase que iba descalza.
La suerte nos favoreció, y llegamos a casa sin encontrar un alma. Una vez vimos pasar a un hombre, que no parecía muy sobrio, por una calle enfrente de nosotras; pero nos escondimos en una puerta hasta que hubo desaparecido en una abertura de las que hay aquí, pequeños callejones empinados o wynds, como los llaman en Escocia. Mi corazón latía con tal violencia todo el tiempo, que llegué a pensar que me iba a desmayar. Estaba muy angustiada por Lucy, no solo por su salud, que podía sufrir los efectos de haber estado a la intemperie, sino también por su reputación, en caso de que la historia llegase a oídos de alguien. Al entrar en casa, y tras lavarnos los pies y rezar juntas una oración de acción de gracias, la metí en la cama. Antes de dormirse me pidió —me imploró— que no dijese ni una palabra a nadie sobre su aventura de sonámbula, ni siquiera a su madre. Al principio vacilé en darle mi palabra; pero al pensar en el estado de salud de su madre, y en cómo la inquietaría el conocimiento de una cosa semejante, y al pensar también en que una historia así podría ser deformada —mejor dicho, sería deformada inmediatamente—, si trascendía, decidí que lo más prudente era prometerle que guardaría silencio. Espero haber obrado bien. He cerrado la puerta con llave y me la he atado a la muñeca, así que es posible que no vuelvan a molestarme. Lucy duerme profundamente; la aurora se refleja en el mar…
El mismo día, por la tarde.—Todo va bien. Lucy ha dormido sin cambiar de postura hasta que la desperté. Al parecer, la aventura de la noche pasada no la ha perjudicado; por el contrario, la ha beneficiado, pues esta mañana tiene mejor aspecto que desde hace semanas. Observé con pesar que, en mi torpeza, le había hecho una herida con el imperdible. Podía haber sido grave, ya que tiene la piel del cuello desgarrada. Seguramente pellizqué un trozo de piel y la traspasé, porque tiene dos puntitos rojos, como pinchazos, y en el cuello del camisón había una gota de sangre. Al pedirle perdón y mostrar mi preocupación por ella, se echó a reír y me acarició, y dijo que ni siquiera lo había notado. Por suerte, la herida es tan minúscula que no va a quedar cicatriz.
El mismo día, por la noche.—Hemos pasado un día feliz. El aire era claro, el sol brillaba y soplaba una brisa fresca. Fuimos a almorzar al bosque de Mulgrave; la señora de Westenra fue en coche, por la carretera, y Lucy y yo caminamos por el sendero junto al acantilado y nos reunimos con ella en la verja. Yo me sentía un poco triste, no dejaba de pensar en lo absolutamente feliz que habría sido de haber estado Jonathan conmigo. ¡Pero, en fin! Lo único que puedo hacer es tener paciencia. Por la tarde dimos un paseo hasta Casino Terrace, y escuchamos buena música de Spohr y Mackenzie[27], y nos acostamos temprano. Lucy parece más tranquila de lo que ha estado desde hace tiempo, y se quedó dormida de inmediato. Voy a cerrar la puerta y a poner la llave a buen recaudo, como antes, aunque espero que esta noche no haya problemas.
12 de agosto.—Mis deseos no se cumplieron, pues me desperté dos veces durante la noche cuando Lucy intentó salir de la habitación. A pesar de estar dormida, se mostró un poco impaciente al encontrar la puerta cerrada, y se volvió a la cama entre protestas. Me desperté al amanecer, y oí el piar de los pájaros en la ventana. Lucy también se despertó, y me alegré de ver que tenía incluso mejor aspecto que la mañana anterior. Parecía haber recuperado su antigua jovialidad, se arrimó a mí y me contó todo lo referente a Arthur. Yo le conté lo preocupada que estaba por Jonathan, y ella trató de consolarme. En cierto modo lo logró, ya que, aunque la comprensión no puede alterar los hechos, sí puede ayudar a hacerlos más llevaderos.
13 de agosto.—Otro día tranquilo. Me acosté con la llave atada a la muñeca, como antes. Volví a despertarme en mitad de la noche, y encontré a Lucy incorporada en la cama, dormida y señalando hacia la ventana. Me levanté en silencio, abrí la contraventana y miré afuera. Había un brillante claro de luna, y el suave efecto de la luz sobre el cielo y el mar —fundidos en un misterio silencioso y grandioso— era de una belleza indescriptible. Entre la luna y yo aleteaba un gran murciélago que iba y venía describiendo grandes círculos concéntricos. Se acercó mucho en un par de ocasiones, pero supongo que se asustó al verme y se alejó volando hacia la abadía, atravesando el muelle. Cuando me aparté de la ventana, Lucy se había acostado de nuevo y dormía plácidamente. No volvió a moverse en toda la noche.
14 de agosto.—En el acantilado del Este, leyendo y escribiendo todo el día. Lucy parece haberse enamorado de este lugar tanto como yo, y resulta difícil arrancarla de aquí al llegar la hora de ir a casa a comer o a tomar el té o a cenar. Esta tarde hizo un comentario curioso. Volvíamos a casa a cenar; habíamos llegado a los últimos escalones que ascienden desde el malecón del Oeste, y nos habíamos parado a contemplar el panorama, como de costumbre. El sol poniente, muy bajo, se ocultaba tras el Kettleness; la luz roja se derramaba sobre el acantilado del Este y la antigua abadía, y parecía bañar todo en un bello resplandor rosado. Quedamos en silencio durante un rato, y de repente Lucy murmuró como para sus adentros:
—¡Otra vez sus ojos rojos! Son exactamente iguales.
Fue una expresión tan rara, que no venía a cuento, que me sobresalté. Me volví ligeramente para ver bien a Lucy sin dar la impresión de estarla mirando, y observé que se encontraba en un estado de ensueño, con una extraña expresión en el rostro que no supe interpretar. Sin decir nada seguí la dirección de su mirada. Al parecer, Lucy tenía los ojos clavados en nuestro asiento, en el que había una figura oscura sentada a solas. Yo también me asusté un poco, porque durante unos momentos tuve la impresión de que aquel desconocido tenía grandes ojos como llamas ardientes; pero una segunda mirada deshizo la ilusión. El sol rojo brillaba en las ventanas de la iglesia de St. Mary, detrás de nuestro asiento, y al ocultarse, se produjo un cambio tal en la refracción y la reflexión, que podía inducir a creer que la luz se movía. Hice observar a Lucy aquel curioso efecto, y volvió en sí sobresaltada, pero de todas formas parecía triste. Quizá fuese debido a que estaba pensando en aquella terrible noche que había pasado allá arriba. Nunca hablamos sobre este tema, así que yo no dije nada, y fuimos a casa a cenar. Lucy tenía dolor de cabeza y se acostó temprano. Como la vi dormida, salí a dar un paseíto. Caminé hacia el Oeste, por los acantilados, inundada por una dulce tristeza, porque pensaba en Jonathan. Al regresar a casa —había un brillante claro de luna, tan brillante que, aunque la calzada de nuestra calle, que describe un semicírculo, estaba envuelta en sombras, se veían bien todas las cosas—, miré hacia nuestra ventana y vi la cabeza de Lucy asomada a ella. Pensé que quizá estuviera buscándome, así que abrí mi pañuelo y lo agité. No se dio cuenta ni hizo ningún movimiento. Justo en ese momento la luna se deslizó tras una esquina del edificio y la luz cayó sobre la ventana. Allí estaba Lucy, con la cabeza apoyada en un costado del alféizar, con los ojos cerrados. Estaba profundamente dormida, y junto a ella, sentado también en el alféizar, había algo que parecía un pájaro de gran tamaño. Como me daba miedo que se enfriase, corrí escaleras arriba, pero al entrar en la habitación Lucy volvía a la cama, aún profundamente dormida y con respiración pesada. Tenía la mano en el cuello, como para protegerse del frío.
En lugar de despertarla, la arropé. Me he cuidado de que la puerta esté cerrada y la ventana bien asegurada.
Tiene un aspecto encantador cuando duerme, pero está más pálida que de costumbre, y hay en su rostro una expresión cansada y ojerosa que no me gusta nada. Me temo que esté inquieta por algo. Ojalá pudiese descubrir de qué se trata.
15 de agosto.—Me he levantado más tarde de lo habitual. Lucy estaba lánguida y cansada, y siguió durmiendo después de que nos llamaran. A la hora del desayuno recibimos una agradable sorpresa. El padre de Arthur se encuentra mejor, y quiere que se celebre pronto la boda. Lucy está desbordante de felicidad y sosiego, y su madre, contenta y apenada a la vez. Más tarde, esta me contó el motivo. Le entristece perder a Lucy, pero se alegra de que pronto vaya a tener a alguien que la proteja. ¡Pobre señora! Me confió que había hecho testamento. No se lo ha dicho a Lucy, y me hizo prometer que guardaría el secreto. Su médico le ha dicho que va a morir en el plazo de unos meses, a lo sumo, ya que su corazón se está debilitando. En cualquier momento, incluso ahora, una impresión repentina la mataría. Ah, fuimos prudentes al ocultarle aquella noche espantosa de sonambulismo de Lucy.
17 de agosto.—No he abierto el diario durante dos días. No he tenido ánimos para escribir. Sobre nuestra felicidad parece cernerse una especie de palio ensombrecedor. No hay noticias de Jonathan, y Lucy tiene un aspecto cada vez más débil, en tanto que las horas de su madre se acercan al final. No comprendo por qué se marchita Lucy de esta forma. Come bien y duerme bien, y disfruta del aire fresco, pero el color de sus mejillas se desvanece, y se debilita y languidece día a día. Por la noche la oigo boquear, como en busca de aire. Siempre llevo atada a la muñeca la llave de nuestra puerta, pero se levanta y pasea por la habitación y se sienta junto a la ventana abierta. Cuando me desperté anoche la encontré asomada a ella. A pesar de mis esfuerzos no pude despertarla; se había desmayado. Cuando logré hacerla volver en sí estaba blanda como el agua, y lloraba en silencio entre luchas largas y dolorosas por respirar. Al preguntarle cómo había llegado hasta la ventana, movió la cabeza y se dio media vuelta. Confío en que su enfermedad no se deba al desdichado pinchazo con el imperdible. Le he mirado el cuello mientras duerme, y, al parecer, las minúsculas heridas no se han curado. Aún están abiertas, e incluso son más grandes que antes; los bordes están ligeramente blancos. Son como pequeños puntos blancos con el centro rojo. A menos que se curen en uno o dos días, insistiré en que las examine un médico.

CARTA DE SAMUEL F. BILLINGTON E HIJO,PROCURADORES, WHITBY, A LOS SEÑORES CARTER, PATERSON Y CÍA., LONDRES



17 de agosto
Muy señores nuestros:
Les rogamos acusen recibo de la factura adjunta de las mercancías expedidas por los Ferrocarriles Great Northern. Serán enviadas a Carfax, junto a Purfleet, en cuanto lleguen a la estación de mercancías de King’s Cross. La casa está vacía de momento, pero encontrarán las llaves junto a las mercancías, todas ellas con sus correspondientes etiquetas.
Tengan la amabilidad de depositar las cajas que, en número de cincuenta, componen el envío, en un edificio parcialmente derruido que forma parte de la casa y que está marcado con una «A» en el plano aproximado que adjuntamos. Su agente reconocerá fácilmente el lugar, por tratarse de la antigua capilla de la mansión. Las mercancías partirán en tren a las 9,30 de esta noche, y llegarán a King’s Cross mañana, a las 4,30 de la tarde. Como nuestro cliente desea que se realice la entrega lo antes posible, les agradeceríamos que las recogieran en King’s Cross a la hora convenida para transportarlas a su destino. Con el fin de evitar cualquier retraso en el pago, debido a formalidades de rutina, adjuntamos cheque por valor de diez libras (£10), del cual agradeceríamos que enviasen recibo. En caso de que los gastos fuesen inferiores a esta cantidad, pueden enviarnos el resto; si los rebasaran, les enviaríamos inmediatamente un cheque con la diferencia en cuanto recibamos su notificación. Al salir, deben dejar las llaves en el vestíbulo de la casa, para que, al entrar en el edificio, pueda recogerlas el propietario con su duplicado.
Confiamos en que no consideren excesivas las exigencias referentes a este asunto, y les rogamos la mayor diligencia.
Suyos afectísimos,

SAMUEL F. BILLINGTON E HIJO



CARTA DE LOS SEÑORES CARTER, PATERSON Y CÍA., LONDRES, A LOS SEÑORES BILLINGTON E HIJO, WHITBY



21 de agosto
Muy señores nuestros:
Tenemos el gusto de informarles que hemos recibido la cantidad de diez libras, y les enviamos un cheque por valor de una libra, diecisiete chelines y nueve peniques, que han sido abonados de más, como queda patente en la cuenta recibida. Las mercancías han sido enviadas según sus instrucciones, y las llaves se han dejado en el vestíbulo, tal y como nos indicaron.
Les saludan respetuosamente,

CARTER, PATERSON Y CÍA



DIARIO DE MINA MURRAY



18 de agosto.—Hoy soy feliz, y escribo estas líneas sentada en el banco del cementerio. Lucy se encuentra muchísimo mejor. Anoche durmió bien durante toda la noche, y no me molestó ni una sola vez. Parece que el color vuelve a sus mejillas, aunque aún está lamentablemente pálida y macilenta. Lo entendería si estuviera anémica, pero no es así. Se encuentra con ánimos y llena de vida y alegría. Al parecer ha desaparecido esa reserva morbosa, y acaba de recordarme, como si yo necesitara que me lo recordasen, aquella noche, y que fue aquí, en este mismo asiento, donde la encontré dormida. Mientras me hablaba, golpeaba juguetonamente la losa de piedra con el tacón de la bota, y me dijo:
—¡Mis pies no hicieron mucho ruido entonces! Seguramente, el pobre señor Swales me habría dicho que era porque no quería despertar a Geordie.
Como estaba tan comunicativa, le pregunté si había soñado aquella noche. Antes de contestar, en su frente apareció esa expresión preocupada y dulce que Arthur —le llamo Arthur, como hace Lucy— dice que adora; y no me extraña que así sea. Después continuó, casi soñadora, como si tratara de evocarlo:
—No soñé; todo parecía real. Solo quería estar en este lugar (no sé por qué, pues estaba asustada por algo, no sé qué). Recuerdo, aunque supongo que estaba dormida, que recorrí las calles y atravesé el puente. Un pez saltó al pasar yo, y me incliné para mirarlo, y al subir la escalera, oí el aullar de muchos perros: la ciudad parecía llena de perros que aullaban todos a una. Después conservo un vago recuerdo de un ser alto y oscuro con ojos rojos, igual al que vimos en la puesta de sol, y de que me rodeó algo muy dulce y muy amargo a la vez. Entonces fue como si me sumergiese en unas aguas profundas y verdes, y en mis oídos sonó un cántico, como he oído decir que ocurre a los ahogados. Después me embargó la sensación de que algo se escapaba de mí: el alma salía de mi cuerpo y flotaba en el aire. Creo recordar que, en un momento determinado, el faro oeste se encontraba justo a mis pies, y después experimenté una sensación angustiosa como si estuviese atrapada en medio de un terremoto, y al volver en mí me encontré contigo, que me zarandeabas. Te vi hacerlo antes de sentirlo.
Se echó a reír. Todo me resultaba un poco extraño, y la escuché con la respiración contenida. No me gustaba aquello, y pensé que lo mejor sería no mantener sus pensamientos fijos en aquel tema, así que cambiamos de conversación, y Lucy volvió a ser como antes. Al llegar a casa, la fresca brisa le había fortalecido el ánimo, y sus pálidas mejillas estaban más sonrosadas. Su madre se alegró al verla, y pasamos una tarde muy feliz las tres juntas.
19 de agosto.—¡Alegría, alegría, alegría! Aunque no todo es alegría. Al final, noticias de Jonathan. El pobre ha estado enfermo, por esa razón no ha escrito. El señor Hawkins me remitió la carta, y él también me escribió, con mucha amabilidad. Tengo que marcharme por la mañana para ir a ver a Jonathan y ayudar a cuidarlo si fuese necesario y traerlo a casa. El señor Hawkins dice que no sería mala idea que nos casáramos en el extranjero. He llorado tanto al leer la carta de la buena monja, que siento su humedad en mi pecho, donde la he guardado. Es de Jonathan y debe estar junto a mi corazón, porque él está en mi corazón. El viaje ya está organizado y el equipaje listo. Solo voy a llevarme un vestido de repuesto. Lucy llevará mi baúl a Londres y lo guardará allí hasta que yo le pida que me lo envíe, porque es posible que… No debo escribir más; voy a dejarlo en reserva para contárselo a Jonathan, mi marido. La carta que él ha visto y tocado me consolará hasta que estemos juntos.

CARTA DE SOR AGATHA, HOSPITAL DE SAN JOSÉ Y SANTA MARÍA, BUDAPEST, A LA SEÑORITA WILHELMINA MURRAY



12 de agosto
Estimada señorita:
Le escribo por deseo del señor Harker, que no posee fuerzas suficientes para hacerlo personalmente, aunque mejora, gracias a Dios y a san José y santa María. Está a nuestro cuidado desde hace casi seis semanas, aquejado de una violenta fiebre cerebral. Me ruega que le envíe recuerdos y que le diga que escribo, por este mismo correo y en su nombre, al señor Peter Hawkins, de Exeter, para comunicarle, con los debidos respetos, que lamenta su retraso y que ha finalizado su trabajo. Necesitará unas semanas de reposo en nuestro sanatorio de las montañas, pero después podrá regresar. Me ruega que le diga que no tiene suficiente dinero y que le gustaría pagar su estancia aquí, para que otros que lo necesiten no se vean privados de ayuda.
Le saluda con toda simpatía y mil bendiciones,

SOR AGATHA



P. S.: Como mi paciente se ha quedado dormido, vuelvo a abrir la carta para poner en su conocimiento algo más. Me ha confiado todo acerca de usted, y que en breve será su esposa. ¡Mis bendiciones para ambos! Ha sufrido una impresión terrible —eso dice el médico— y, en su delirio, sus desvaríos han sido espantosos: de lobos y corrupción y sangre, de fantasmas y demonios. No me atrevo a decir acerca de qué más cosas. Tenga mucho cuidado con él para que nada lo excite durante un largo período de tiempo. Las huellas de una enfermedad como la suya no se borran con facilidad. Hubiéramos debido escribir hace tiempo, pero no sabíamos nada de sus amigos, y él no llevaba nada encima que pudiera servir de ayuda. Llegó en el tren de Klausenburg, y, según dijo el jefe de estación al guardia, se precipitó en el andén pidiendo a gritos un billete para volver a casa. Al ver por su porte que se trataba de un inglés, le dieron un billete para la estación más lejana que tocaba el tren.
Tenga la seguridad de que se halla en buenas manos. Se ha ganado a todos con su dulzura y bondad. Está mejorando, y no me cabe duda de que dentro de unas semanas se habrá recuperado del todo. Pero tenga cuidado con él, en bien de su seguridad. Ruego a Dios y a san José y santa María que vivan muchos años felices los dos juntos.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



19 de agosto.—Cambio extraño y repentino en Renfield la noche pasada. Alrededor de las ocho empezó a excitarse y a husmear el aire como un perro cuando se está adaptando. Al celador le chocó su actitud, y, como sabe lo mucho que me intereso por él, le animó a hablar. Por lo general, es respetuoso con el celador, a veces servil; pero esa noche, según me contó este hombre, se comportó de una forma arrogante. No consintió hablar con él. Todo lo que dijo fue:
—No quiero hablar con usted. Usted no cuenta ahora. El maestro está cerca.
El celador piensa que se trata de algún tipo de manía religiosa que se ha apoderado de él repentinamente. Si así fuera, debemos vigilar la aparición de posibles ataques, porque un hombre fuerte con manía religiosa y homicida al tiempo puede ser peligroso. La combinación es espantosa. Fui a verlo a las nueve. Su actitud hacia mí era la misma que hacia el celador; en su sublime autoabsorción, la diferencia entre el celador y yo se le antoja inexistente. Padece una manía religiosa, y pronto llegará a creer que es Dios. Estas distinciones infinitesimales entre hombre y hombre son demasiado insignificantes para un ser omnipotente. ¡Cómo se traicionan estos locos! El Dios real vela porque ni un gorrión sufra daño, pero el dios creado por la vanidad humana no ve la diferencia entre un águila y un gorrión. ¡Ah, si los hombres supieran!
La excitación de Renfield fue en aumento aproximadamente durante media hora. Aunque no tenía intención de observarlo, lo mantuve bajo estrecha vigilancia. De repente apareció en sus ojos esa mirada furtiva que siempre se descubre en los locos cuando se aferran a una idea, y con ella los movimientos taimados de la cabeza y la espalda que los celadores de los manicomios conocen tan bien. Se quedó en silencio y fue a sentarse en el borde de la cama con resignación, y miró al vacío con ojos apagados. Pensé en averiguar si su apatía era real o fingida, y traté de hacerle hablar de sus animales, tema que hasta entonces había despertado su interés. Al principio no contestó, pero finalmente dijo, malhumorado:
—¡Que se vayan al infierno! Me importan un pito todos ellos.
—¿Cómo? —dije—. No querrá decirme que no le importan las arañas…
(En este momento, su pasatiempo son las arañas, y el cuaderno se va llenando con columnas de pequeñas cifras.)
Contestó enigmáticamente:
—Las damas de honor alegran los ojos de los que esperan la llegada de la novia; pero, en cuanto esta llega, las damas dejan de brillar para los ojos que están satisfechos.
Se negó a explicar sus palabras y se quedó sentado obstinadamente en la cama durante todo el tiempo que seguí con él.
Esta noche estoy preocupado y desanimado. No puedo evitar pensar en Lucy y en lo diferentes que podrían haber sido las cosas. Si no me duermo inmediatamente, ¡cloral, el Morfeo moderno: C2H Cl3O H2O! Tengo que andar con cuidado para que no me cree hábito. ¡No; esta noche no voy a tomarlo! ¡He pensado en Lucy, y no voy a deshonrarla mezclando las dos cosas! Si es necesario, esta noche velaré…
Más tarde.—Me alegro de haber tomado esta decisión, y más me alegro de haberla mantenido. Estaba tumbado, dando vueltas, y solo había oído dar las dos en el reloj, cuando vino el vigilante nocturno, a quien habían enviado de la sala, a decirme que Renfield se había escapado. Me puse unas ropas por encima y bajé inmediatamente; mi paciente es una persona demasiado peligrosa para andar por ahí suelto. Sus ideas pueden resultar arriesgadas con los extraños. El celador me esperaba. Me dijo que al mirar por la mirilla de la puerta, hacía apenas diez minutos, lo había visto en su cama, aparentemente dormido. Le llamó la atención el ruido de la ventana al abrirse. Volvió corriendo y vio desaparecer los pies de Renfield por la ventana, y mandó a buscarme de inmediato. Solo llevaba puesto el camisón, y no podía andar muy lejos. El celador pensó que sería más útil ver adónde se dirigía que seguirlo, ya que habría podido perderlo de vista mientras salía del edificio por la puerta. Es un hombre grueso, por lo que no pudo salir por la ventana. Yo soy delgado, de modo que salí con su ayuda, con los pies delante, y como estábamos a unos pies por encima del suelo, aterricé ileso. El celador me dijo que el paciente había torcido a la izquierda y después había tomado un camino en línea recta. Me puse a correr con todas mis fuerzas, y al atravesar el cinturón de árboles vi una figura blanca que escalaba el elevado muro que separaba nuestros jardines de los de la casa abandonada.
Regresé a la carrera, y le dije al vigilante que enviara allí a tres o cuatro hombres inmediatamente, y que me siguiese a la finca de Carfax porque nuestro amigo podía ser peligroso. Cogí una escalera, salté el muro y me dejé caer al otro lado. Al ver la figura de Renfield que desaparecía tras una esquina de la casa, corrí tras él. Lo encontré al otro lado, agazapado junto a la vieja puerta de roble remachada de hierro de la capilla. Estaba hablando, al parecer con alguien, pero yo tenía miedo de acercarme lo suficiente para oír lo que decía, por si le asustaba y echaba a correr. ¡Perseguir a un enjambre de abejas no es nada comparado con perseguir a un loco desnudo cuando se ha apoderado de él el deseo de escapar! Pero al cabo de unos minutos, al observar que no se fijaba en nada de lo que había a su alrededor, me arriesgué a acercarme a él, animado por el hecho de que mis hombres habían traspasado el muro y le estaban rodeando. Le oí decir:
—Aquí estoy para cumplir tu mandato, maestro. Soy tu esclavo, y tú me recompensarás, porque seré fiel. Te adoro desde hace tiempo y desde lejos. Ahora que estás cerca, espero tus órdenes, y no me dejarás de lado en el reparto de las cosas buenas, ¿verdad, amado maestro?
Es un pobre diablo egoísta. Piensa en los panes y los peces incluso cuando cree encontrarse ante una Presencia Real. Sus manías forman una combinación sorprendente. Cuando lo cercamos se debatió como un tigre. Es enormemente fuerte, y más parecía una bestia salvaje que un hombre. Nunca he visto a un loco en tal paroxismo de rabia, y espero no volver a verlo. Gracias a Dios, hemos descubierto a tiempo su fuerza. Con un vigor y una decisión tales, hubiera podido hacer cualquier estropicio antes de que lo encerrásemos. Ahora está a buen recaudo. El mismísimo Jack Sheppard[28] no habría podido librarse de la camisa de fuerza que le mantiene a raya, y está encadenado a la pared de una habitación acolchada. A veces, sus gritos son espantosos, pero los silencios subsiguientes son aún más terribles, porque cada movimiento y acción suyos están cargados con el deseo de matar.
Ahora mismo acaba de decir las primeras palabras coherentes:
—Tendré paciencia, maestro. ¡Va a venir, va a venir, va a venir!
Aprovechando la sugerencia, yo también me vine. Estaba demasiado nervioso para dormir, pero este diario me ha tranquilizado, y creo que esta noche podré dormir.

Capítulo XIX

CARTA DE MINA HARKER A LUCY WESTENRA



Budapest, 24 de agosto
Queridísima Lucy:
Sé que estarás deseando enterarte de todo lo que ha ocurrido desde que nos separamos en la estación de Whitby. Pues bien, querida, llegué bien a Hull, y tomé el barco de Hamburgo, y después el tren hasta aquí. Me temo que apenas pueda recordar nada del viaje, excepto que sabía que iba a reunirme con Jonathan, y que, como iba a tener que cuidarlo, lo mejor que podía hacer era dormir lo más posible… Encontré a mi amor muy delgado y pálido… De sus amados ojos ha desaparecido toda la decisión y se ha esfumado esa sosegada dignidad que te decía que había en su cara. Está destrozado, y no recuerda nada de lo que le ha ocurrido desde hace tiempo. Al menos, eso quiere hacerme creer, y yo nunca le preguntaré. Ha sufrido una impresión terrible, y temo que, si tratase de recordarla, sometería su pobre cerebro a un esfuerzo excesivo. Sor Agatha, que es una excelente persona y una enfermera nata, me ha dicho que deliraba cosas espantosas mientras tuvo la razón extraviada. Quise que me dijera de qué se trataba, pero se limitó a santiguarse y a decir que nunca lo contaría; que los delirios de los enfermos son secretos de Dios, y que, si una enfermera llega a oírlos en el transcurso de su labor, debe respetar la confianza depositada en ella. Es un ser bueno y dulce, y al día siguiente, al verme preocupada, volvió a sacar a colación el tema y, tras decirme que no podía mencionar los delirios de mi pobre amado, añadió:
—Solo puedo decirle lo siguiente, querida muchacha: que no se referían a algo malo que hubiese hecho, y usted, como su futura esposa, no tiene motivo de preocupación. No la ha olvidado, ni tampoco lo que le debe. Temía cosas grandes y terribles que ningún mortal puede discutir.
Lo que creo es que esta alma de Dios pensaba que yo podía estar celosa de que mi pobre amado se hubiese enamorado de otra chica. ¡Ni se me ocurre que yo pueda estar celosa de Jonathan! Y, sin embargo, querida, permíteme que lo confiese en voz baja, me estremecí de alegría al saber que ninguna otra mujer era motivo de preocupación. Ahora estoy sentada a la cabecera de su cama, desde donde veo su cara mientras duerme. ¡Se está despertando!…
Al despertar me pidió su chaqueta, porque quería sacar algo del bolsillo. Se lo dije a sor Agatha, y ella me trajo todas sus cosas. Vi que entre ellas se encontraba su cuaderno, e iba a pedirle que me dejase leerlo —porque sabía que podía encontrar alguna pista para comprender su tribulación—, pero supongo que vio ese deseo en mis ojos, pues me dijo que fuera a la ventana, que quería estar solo unos momentos. Después me llamó y, cuando llegué a su lado, tenía la mano sobre el cuaderno. Me dijo con toda solemnidad:
—Wilhelmina —entonces supe que me hablaba con la mayor seriedad, porque no me había llamado así desde que me pidió que me casara con él—, querida, tú conoces mis ideas acerca de la confianza entre marido y mujer; no debe existir ningún secreto, ningún disimulo. He sufrido una gran impresión, pero, cuando intento pensar qué es, siento que la cabeza me da vueltas, y no sé si ha sido real o un sueño de loco. Sabes que he tenido fiebre cerebral, y eso es estar loco. El secreto está aquí, y no quiero saberlo. Quiero empezar mi vida en este momento, con nuestra boda.
Porque, querida Lucy, hemos decidido casarnos en cuanto se hayan satisfecho todas las formalidades.
—¿Estás dispuesta a compartir mi ignorancia, Wilhelmina? Aquí tienes el cuaderno. Llévatelo y guárdalo; léelo si lo deseas, pero no me lo cuentes, a menos que una obligación grave me empuje a volver a las horas amargas, en el sueño o en la vigilia, cuerdo o loco, que aquí se describen.
Se desplomó agotado; coloqué el cuaderno bajo la almohada y le besé. He pedido a sor Agatha que ruegue al superior que celebre nuestra boda esta tarde, y estoy esperando la contestación.
Ha venido a decirme que han mandado llamar al capellán de la misión inglesa. Vamos a casarnos dentro de una hora, o en cuanto despierte Jonathan…
Lucy, llegó el momento, y ya ha pasado. Estoy muy seria, pero me siento feliz, muy feliz. Jonathan despertó al cabo de poco más de una hora, y ya estaba todo dispuesto. Se incorporó en la cama, apoyado en las almohadas. Dio el «sí» con firmeza y decisión. Yo apenas podía hablar. Tenía el corazón tan oprimido, que incluso esa palabra parecía ahogarme. Las monjas fueron muy amables. Quiera Dios que nunca las olvide, ni las graves y dulces responsabilidades que he contraído. Tengo que contarte lo de mi regalo de boda. Cuando el capellán y las hermanas me dejaron a solas con mi marido —ay, Lucy, es la primera vez que escribo las palabras «mi marido»—, saqué el cuaderno de debajo de la almohada y lo envolví en papel blanco, lo até con un trozo de cinta azul pálido que llevaba al cuello, y sellé el nudo con lacre. Como sello utilicé mi anillo de boda. Después lo besé y se lo enseñé a mi marido, y le dije que lo guardaría así, como señal externa y visible, para toda la vida, de nuestra mutua confianza; que jamás lo abriría, a menos que fuese por su bien o por alguna obligación grave. Tomó mi mano entre las suyas y, ah, Lucy, era la primera vez que cogía la mano de su mujer, y me dijo que para él era lo más querido del mundo y que, en caso de necesidad, pasaría por todas las experiencias del pasado para ganarla. El pobrecillo se refería a una parte del pasado; pero aún no puede pensar en el tiempo, y no me extrañaría que a veces confundiese no solo el mes, sino el año.
Y bien, querida mía, ¿qué podía decir yo? Solo fui capaz de contestarle que era la mujer más feliz del mundo, y que no tenía otra cosa que ofrecerle más que mi persona, mi vida y mi confianza, y, junto a estas, mi amor y el cumplimiento de mi deber durante todos los días de mi vida. Y cuando me besó, y me atrajo hacia sí con sus débiles manos, fue como una promesa solemne entre los dos…

Querida Lucy, ¿sabes por qué te cuento todo esto? No solo porque para mí es muy bonito, sino porque has sido y eres muy importante para mí. Yo tuve el privilegio de ser tu amiga y guía cuando saliste del colegio para prepararte para la vida de sociedad. Quiero que veas ahora, con los ojos de una esposa muy feliz, adónde me ha llevado mi obligación, de modo que en tu vida de casada también tú puedas ser feliz, como yo lo soy. Quiera Dios Todopoderoso que tu vida sea todo lo que promete ser: un largo día de sol, sin vientos borrascosos, sin olvido de la obligación, sin desconfianza. No puedo desearte que no sufras nunca, porque eso es imposible; pero espero que seas siempre tan feliz como lo soy yo ahora. Adiós, querida. Voy a echar esta carta al correo inmediatamente, y quizá vuelva a escribirte muy pronto. Tengo que parar, porque Jonathan se está despertando. ¡Tengo que atender a mi marido!
Siempre tuya,

MINA HARKER



CARTA DE LUCY WESTENRA A MINA HARKER



Whitby, 30 de agosto
Queridísima Mina:
Mares de cariño y millones de besos, y que vuelvas pronto a tu casa con tu marido. Ojalá pudierais regresar pronto y quedaros aquí con nosotros. Este aire tan saludable restablecería a Jonathan; a mí me ha restablecido. Tengo un apetito voraz, estoy llena de vitalidad y duermo bien. Te alegrará saber que prácticamente he abandonado el sonambulismo. Creo que no me he levantado de la cama durante una semana, es decir, una vez acostada por la noche. Arthur dice que estoy engordando. A propósito, olvidaba decirte que Arthur está aquí. Paseamos, vamos en coche, montamos a caballo, remamos, jugamos al tenis y pescamos juntos, y le quiero más que nunca. Él me dice que me quiere más, pero yo lo pongo en duda, porque al principio me decía que no podía quererme más de lo que me quería entonces. Pero qué tonterías. Me está llamando, así que, de momento, nada más.
Te quiere,

LUCY



P. S.: Recuerdos de mi madre. Parece que está mejor, la pobre. P. P. S.: Nos casamos el 28 de septiembre.



DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



20 de agosto.—Aumenta el interés del caso de Renfield. Se ha calmado tanto, que a ratos cesa su pasión. Durante la primera semana posterior al ataque tenía continuos accesos de cólera. Después, una noche, en el momento en que salía la luna, se calmó, sin dejar de murmurar para sus adentros: «Ahora puedo esperar, ahora puedo esperar». El celador vino a contármelo, y bajé inmediatamente a echarle un vistazo. Aún llevaba la camisa de fuerza, y seguía recluido en la habitación acolchada, pero había desaparecido de su rostro la expresión vaga, y sus ojos volvían a presentar su antigua dulzura suplicante —casi podría decirse «rastrera»—. Como me satisfizo su estado, ordené que lo liberasen. Los celadores vacilaron, pero finalmente cumplieron mis deseos sin protestar. Resultó extraño que el paciente tuviera suficiente humor para darse cuenta de su desconfianza, pues se acercó a mí y me dijo en un susurro, mientras los miraba furtivamente:
—¡Creen que voy a hacerle daño! ¡Imagínese, hacerle yo daño a usted! ¡Son tontos!
En cierto modo, me sirvió de consuelo descubrir que en la mente de este pobre loco me encuentro disociado de los demás, pero, a pesar de ello, no comprendo sus pensamientos. ¿Debo entender que tengo algo en común con él, que somos compañeros de camino, por así decirlo, o que va a obtener de mí un beneficio tan asombroso que mi bienestar le es necesario? Lo averiguaré más adelante. Esta noche no quiere hablar. Ni siquiera le ha tentado la oferta de un gatito o de un gato grande. Solamente dijo:
—No me interesan los gatos. Ahora tengo más cosas en que pensar y puedo esperar; puedo esperar.
Le dejé al cabo de un rato. El celador me ha dicho que estuvo tranquilo hasta antes del amanecer, momento en que empezó a inquietarse hasta que finalmente se puso violento y se sumió en un paroxismo que le agotó de tal forma que cayó en una especie de coma.
… Ha ocurrido lo mismo tres noches seguidas: violento durante el día, tranquilo desde que asoma la luna hasta que sale el sol. Ojalá pudiera obtener alguna pista que indicase la causa. Casi parece que existe una influencia que viene y se va. ¡Idea feliz! Esta noche jugaremos a los cuerdos entre los locos. Escapó sin nuestra ayuda; esta noche escapará con ella. Le daremos una oportunidad, y los hombres estarán listos para seguirlo en caso de que fuera necesario.
23 de agosto.—«Siempre ocurre lo inesperado». Qué bien conocía la vida Disraeli[29]. Al encontrar la jaula abierta, nuestro pájaro no voló; de modo que todos los preparativos resultaron inútiles. De todas formas hemos comprobado una cosa: que los períodos de calma tienen una duración razonable. En el futuro, podremos librarlo de las ataduras durante unas horas todos los días. He ordenado al celador nocturno que se limite a encerrarlo en la habitación acolchada, una vez que esté calmado, hasta una hora antes del amanecer. El cuerpo de esta pobre alma disfrutará de la libertad, aunque su mente no pueda agradecerlo. ¡Atención! ¡Otra vez lo inesperado! Me llaman; el paciente ha vuelto a escapar.
Más tarde.—Otra aventura nocturna. Renfield esperó astutamente a que el celador entrase en la habitación a inspeccionar. Entonces se precipitó hacia la puerta y huyó por el pasillo. Di órdenes de que lo siguiesen los celadores. Una vez más se dirigió a los jardines de la casa abandonada, y lo encontramos en el mismo lugar, agazapado junto a la puerta de la antigua capilla. Al verme se puso furioso, y, de no haberlo agarrado los celadores, habría intentado matarme. Mientras lo sujetábamos ocurrió algo extraño. De repente redobló sus esfuerzos, y a continuación se calmó con igual brusquedad. Miré instintivamente a mi alrededor, pero no vi nada. Seguí la mirada del paciente, pero a pesar de tener los ojos clavados en el cielo iluminado por la luna, no distinguí nada, excepto un gran murciélago que se dirigía hacia el Oeste silencioso y fantasmal. Por lo general, los murciélagos revolotean y dan vueltas, pero al parecer, este seguía un camino, como si supiera adónde iba o tuviese algún propósito concreto. El paciente se fue calmando poco a poco, y en un momento determinado dijo:
—¡No es necesario que me aten; me iré tranquilamente!
Regresamos a la casa sin problemas. Tengo la sensación de que en su calma existe algo ominoso. Nunca olvidaré esta noche…

DIARIO DE LUCY WESTENRA



Hillingham, 24 de agosto.—Voy a imitar a Mina anotando cosas. Cuando nos veamos podremos mantener largas conversaciones. Me pregunto cuándo ocurrirá. Ojalá estuviera conmigo otra vez, porque me siento muy desgraciada. Creo que anoche soñé, como cuando estaba en Whitby. Quizá fuera debido al cambio de aire, o a haber vuelto a casa. Todo es oscuridad y horror, porque no puedo recordar nada; pero un temor vago me embarga, y me siento débil y agotada. Cuando Arthur vino a comer, pareció muy preocupado al verme, y yo no tenía ánimos para aparentar alegría. Quizá duerma esta noche en la habitación de mi madre. Lo intentaré con cualquier pretexto.
25 de agosto.—Otra mala noche. Mi madre no se mostró muy dispuesta a aceptar mi proposición. No se encuentra muy bien, y sin duda teme preocuparme. Intenté quedarme despierta, y lo logré durante un rato; pero cuando el reloj dio las doce, me desperté de un sueño ligero, lo cual quiere decir que debí de haberme quedado dormida. Oí un aleteo, o como si rascaran en la ventana, pero no hice caso; no recuerdo nada más, así que supongo que me quedé dormida. Más pesadillas. Ojalá pudiera recordarlas. Esta mañana me siento terriblemente débil. Mi rostro tiene una palidez espantosa, y me duele la garganta. Debo de tener algo en los pulmones, porque es como si no pudiera tomar suficiente aire. Intentaré animar a Arthur cuando venga, porque en otro caso se pondrá triste al verme así.

CARTA DE ARTHUR HOLMWOOD AL DOCTOR SEWARD



Albemarle Hotel, 31 de agosto
Querido Jack:
Quiero pedirte un favor. Lucy está enferma, es decir, no padece ninguna enfermedad concreta, pero tiene muy mal aspecto, y se pone cada día peor. Le he preguntado si existe algún motivo; no me atrevo a preguntarle a su madre, porque hacer que esa pobre señora se preocupe por su hija en su actual estado de salud sería fatal. La señora de Westenra me ha confiado que su destino está decidido: sufre una enfermedad del corazón, pero la pobre Lucy aún no lo sabe.
Tengo la seguridad de que algo obsesiona a mi amada. Yo casi me vuelvo loco al pensar en ella, mirarla me provoca una punzada de dolor. Le dije que debería pedirte que la vieses, y aunque al principio se negó —y yo sé por qué, muchacho—, finalmente ha accedido. Sé que para ti va a ser una tarea dolorosa, viejo amigo, pero es por su bien, y no debo dudar en pedirte que lo hagas, ni tú en obrar. Ven a comer a Hillingham mañana, a las dos, para no despertar sospechas en la señora de Westenra, y después del almuerzo, Lucy aprovechará cualquier ocasión para quedarse a solas contigo. Yo iré a tomar el té, y me gustaría consultar contigo a solas en cuanto pueda, después de que la hayas examinado. ¡No dejes de venir!

ARTHUR



TELEGRAMA DE ARTHUR HOLMWOOD A SEWARD



1 de septiembre
Me llaman para ir a ver a mi padre, que está peor. Escribiré. Escríbeme a Ring con todos los detalles en el correo de esta noche. Si es necesario, telegrafíame.



CARTA DEL DOCTOR SEWARD A ARTHUR HOLMWOOD



2 de septiembre
Mi querido amigo:
En lo referente a la salud de la señorita Westenra, me apresuro a poner en tu conocimiento que, en mi opinión, no existe ninguna perturbación funcional ni ninguna enfermedad. Al mismo tiempo, no me satisface en absoluto su aspecto; ha cambiado lamentablemente desde la última vez que la vi. Naturalmente, no hay que olvidar que no he tenido la oportunidad de examinarla tal y como yo habría deseado; nuestra amistad crea una pequeña barrera que ni siquiera la ciencia médica o la costumbre pueden traspasar. Lo mejor será que te cuente exactamente lo que ocurrió, para que, en la medida de lo posible, saques tus propias conclusiones. A continuación te explicaré lo que he hecho y lo que me propongo hacer.
Hallé a la señorita Westenra aparentemente alegre. Su madre estaba presente, y a los pocos segundos comprendí que Lucy estaba haciendo todos los esfuerzos posibles para engañar a su madre y evitar que se preocupase. No me cabe duda de que adivina, si es que no lo sabe, que hay que tener cuidado con ella. Almorzamos solos y, como pusimos todo nuestro empeño en estar animosos, logramos, como recompensa a nuestros esfuerzos, que reinase cierta alegría entre nosotros. Después, la señora de Westenra se fue a descansar, y Lucy se quedó conmigo. Fuimos a su tocador, y hasta que llegamos allí siguió mostrándose alegre, ya que los criados iban y venían constantemente. Pero en cuanto se cerró la puerta, la máscara se desprendió de su rostro, se dejó caer en una silla con un gran suspiro, y se tapó los ojos con las manos. Al ver que su buen humor había desaparecido, aproveché inmediatamente su reacción para diagnosticar. Me dijo con mucha dulzura:
—No puedo explicarle lo mucho que detesto hablar de mí misma.
Le recordé que la confianza depositada en un médico es sagrada, pero que tú estabas verdaderamente preocupado por ella. Comprendió inmediatamente lo que quería decir, y resumió el asunto en pocas palabras:
—Dígale a Arthur lo que quiera. ¡No me preocupo por mí, sino por él!
Así que soy libre.
Observé sin dificultad que le faltaba sangre, pero no descubrí los indicios corrientes de anemia. Por azar pude analizar la naturaleza de su sangre, ya que al abrir una ventana que estaba encajada, cedió un cordón y se cortó ligeramente una mano con un cristal roto. En sí mismo fue un detalle sin importancia, pero me proporcionó una oportunidad evidente, ya que pude recoger unas gotas de sangre, que he analizado. El análisis cualitativo presenta una situación normal, y yo infiero que, en sí mismo, muestra un estado de buena salud. En otros aspectos físicos, me satisfizo comprobar que no existe motivo de preocupación, pero, como tiene que existir una causa por alguna parte, he llegado a la conclusión de que debe de tratarse de algo mental. Se queja de que a veces tiene dificultades para respirar satisfactoriamente, y de dormir pesada y letárgicamente, con sueños que la asustan, pero de los que no puede recordar nada. Me dijo que de niña era sonámbula, y que durante su estancia en Whitby recayó en aquel hábito y llegó hasta el acantilado oriental, donde la encontró la señorita Murray; pero asegura que no ha vuelto a hacerlo. Estoy lleno de dudas, y por tanto, he hecho lo mejor que se me ha ocurrido: he escrito a mi viejo amigo y maestro, el profesor Van Helsing, de Amsterdam, que sabe más que nadie en el mundo sobre enfermedades oscuras. Le he pedido que venga, y como me dijiste que tú correrías con todos los gastos, le he hablado de quién eres tú y de tus relaciones con la señorita Westenra. Lo he hecho solo por obedecer a tus deseos, porque me siento orgulloso y contento de hacer cualquier cosa que pueda por ella. Sé que Van Helsing haría lo que fuera por mí por razones personales. De modo que, independientemente del motivo por el que venga, debemos aceptar sus deseos. En apariencia, es un hombre arbitrario, pero eso es debido a que sabe lo que se trae entre manos mejor que nadie. Es filósofo y metafísico, y uno de los científicos más avanzados de su época; a mi entender, tiene una mente totalmente abierta. Esto, junto a unos nervios de acero, un temperamento de hielo, una voluntad indomable, autocontrol y tolerancia, elevadas de simples virtudes a la categoría de bendiciones, y el corazón más leal y bueno que late —elementos que constituyen su equipo para llevar a cabo la noble tarea que realiza en bien de la humanidad— funcionan tanto en la teoría como en la práctica, ya que sus opiniones son tan amplias como su comprensión, que todo lo abarca. Te cuento estas cosas para que sepas por qué tengo tanta confianza en él. Le he pedido que venga inmediatamente. Mañana volveré a ver a la señorita Westenra. Nos hemos citado en unos grandes almacenes, para no alarmar a su madre con visitas demasiado frecuentes.
Siempre tuyo,

JOHN SEWARD



CARTA DE ABRAHAM VAN HELSING, M. D., D. PH., D. LIT.[30], ETC., AL DOCTOR SEWARD



2 de septiembre
Mi buen amigo:
He recibido su carta y ya me dirijo hacia usted. Por buena suerte puedo partir inmediatamente, sin perjuicio para ninguno de los que en mí han confiado. Si la fortuna lo quisiera de otra manera, sería malo para los que han confiado, porque acudo a mi amigo cuando me llama para ayudar a los que quiere. Dígale a su amigo que, cuando aquella vez usted chupó con tanta rapidez el veneno de la herida gangrenada por el cuchillo que nuestro otro amigo, demasiado nervioso, dejó caer, usted hace más por él cuando necesita mi ayuda y me la pide, que todas las cosas que podría conseguir su gran fortuna. Pero es un placer que se añade a lo que pueda hacer por su amigo; es por usted por quien voy. Alquile habitaciones para mí en el Great Eastern Hotel, para estar cercano, y por favor, haga los preparativos necesarios para que podamos ver a la joven dama no muy tarde, mañana, porque es probable que tenga que volver aquí por la noche. Pero, si es necesario, volveré dentro de tres días, y me quedaré más tiempo. Hasta entonces, adiós, amigo John.

VAN HELSING



CARTA DEL DOCTOR SEWARD AL HONORABLE ARTHUR HOLMWOOD



3 de septiembre
Mi querido Art:
Ha venido Van Helsing, y ya se ha marchado. Me acompañó a Hillingham, y nos encontramos con que, por discreción de Lucy, su madre estaba almorzando fuera, de modo que estuvimos a solas con ella. Van Helsing realizó un examen minucioso de la paciente. Cuando él me informe, te daré los consejos pertinentes, ya que naturalmente yo no estuve presente todo el tiempo. Me temo que está muy preocupado, pero dice que tiene que pensar. Al hablarle sobre nuestra amistad y sobre lo mucho que confías en mí en este asunto, me dijo:
—Debe contarle todo lo que piensa. Dígale lo que yo pienso, si puede adivinarlo, si lo desea. No, no estoy bromeando. Esto no es broma, sino vida o muerte; quizá más.
Le pregunté qué quería decir, ya que estaba muy serio. Esto ocurrió al regresar a la ciudad, mientras tomaba una taza de té antes de emprender el regreso a Amsterdam. No quiso darme ninguna pista más. No debes enfadarte con él, Art, porque su reticencia significa que tiene en funcionamiento toda su inteligencia en bien de Lucy. Cuando llegue el momento hablará con claridad; tenlo por seguro. Así que le dije que me limitaría a informarte de nuestra visita, como si hiciese un artículo descriptivo especial para The Daily Telegraph. No pareció darse por enterado; por el contrario, comentó que la niebla de Londres no era tan mala como cuando él estudiaba aquí. Si puede redactar el informe, lo recibiré mañana. En cualquier caso, me escribirá una carta.
Y con respecto a la visita, debo decir que Lucy se encontraba más animada que el primer día que la vi, y verdaderamente, tenía mejor aspecto. Había perdido, en parte, ese aspecto cadavérico que tanto le preocupaba, y respiraba con normalidad. Fue muy amable con el profesor (como lo es siempre), y trató de hacerle sentirse cómodo; aunque observé que la pobre muchacha tenía que realizar auténticos esfuerzos. Creo que también Van Helsing se dio cuenta, porque vi bajo sus cejas esa mirada penetrante que conozco de antiguo. Entonces se puso a hablar de todos los temas imaginables, excepto de nosotros y las enfermedades, y con tan infinita simpatía, que observé que la animación fingida de la pobre Lucy se convertía en realidad. Sin ningún cambio aparente, hizo girar el tema de la conversación hacia el motivo de su visita, y dijo con dulzura:
—Mi querida y joven señorita, tengo este tan gran placer, porque es usted muy amada. Eso es mucho, querida muchacha, incluso si estuviera aquel a quien yo no veo. Me dijeron que estaba baja de ánimo, y que tenía una palidez cadavérica. A ellos les digo: ¡Bah! —chasqueó los dedos hacia mí, y prosiguió—: Pero usted y yo les demostraremos cuán equivocados están. ¿Cómo puede saber él —y me señaló con la misma mirada y el mismo gesto que me señalara una vez en su clase, o más adelante, en una ocasión especial que nunca deja de recordarme— nada sobre una joven dama? Él tiene a sus locos para jugar, y para devolverles la felicidad, a ellos y a aquellos que los aman. Es mucho trabajo, sí, pero el que nosotros podamos restituir la felicidad tiene compensaciones. ¡Pero las damas jóvenes! No tiene mujer ni hija, y los jóvenes no se confían a los jóvenes, sino a los viejos como yo, que tantas penas y sus causas han conocido. Así que, querida muchacha, le enviaremos fuera, a que fume el cigarrillo en el jardín, mientras usted y yo hablamos.
Entendí la insinuación y fui a dar un paseo; al poco tiempo el profesor se asomó a la ventana y me dijo que entrase. Parecía serio, pero dijo:
—He realizado examen cuidadoso, pero no existe causa funcional. Estoy de acuerdo con usted en que se ha perdido mucha sangre; ha habido pérdida, pero ya no la hay. Su estado no es en absoluto anémico. Le he pedido que me envíe a su doncella para hacerle unas preguntas, y que así no exista posibilidad de que pase por alto nada. Sé bien lo que dirá. Pero causa hay; siempre existe una causa para todo. Debe enviarme el telegrama todos los días; y, si hay causa, volveré a venir. La enfermedad (porque no estar bien del todo es una enfermedad) me interesa, y la dulce muchacha, ella también me interesa. Ella me encanta, y por ella vengo, si no por usted o la enfermedad.
Como te he contado, se negó a decir una palabra más, incluso cuando nos quedamos a solas. Y ahora, Arthur, sabes tanto como yo. La vigilaré estrechamente. Confío en que tu pobre padre se esté recuperando. Debe de ser terrible para ti, mi querido y viejo amigo, encontrarte en semejante situación, entre dos personas que te son tan queridas. Conozco tu concepto del deber hacia tu padre, y haces bien en cumplirlo; pero, si fuese necesario, te avisaría inmediatamente para que vinieras a ver a Lucy. De modo que no te preocupes demasiado hasta que recibas noticias mías.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



4 de septiembre.—El paciente zoófago sigue despertando nuestro interés. Solo ha sufrido un ataque, que tuvo lugar ayer a una hora inusual. Justo antes del mediodía empezó a mostrarse inquieto. El celador conoce los síntomas, y pidió ayuda inmediatamente. Por fortuna, los hombres acudieron de inmediato, y llegaron justo a tiempo, pues al dar las doce se puso tan violento, que necesitaron todas sus fuerzas para reducirlo. Al cabo de unos cinco minutos empezó a calmarse más y más, hasta que finalmente se sumió en una especie de melancolía, estado en el que ha permanecido hasta ahora. El celador me ha dicho que sus gritos durante el paroxismo fueron realmente espantosos. Al entrar me encontré con mucho trabajo, ya que tuve que atender a otros pacientes a los que Renfield había asustado. Entiendo bien el efecto, porque los ruidos me perturbaron incluso a mí, a pesar de encontrarme a cierta distancia. Ya ha pasado la hora de la cena del manicomio, y mi paciente aún está sentado en una esquina, meditabundo, con expresión sombría, hosca, angustiada, que más parece indicar que demostrar algo directamente. No lo entiendo bien.
Más tarde.—Otro cambio en mi paciente. A las cinco entré a verlo, y lo encontré aparentemente tan feliz y contento como acostumbraba a estar. Estaba cazando moscas, que a continuación comía, y anotaba las capturas haciendo marcas con las uñas en el canto de la puerta, entre los huecos del acolchado. Al verme, se acercó a mí y me pidió disculpas por su mala conducta, y me rogó de una forma humilde y servil que le llevase de nuevo a su habitación y le devolviese su cuaderno. Pensé que sería buena idea complacerlo, así que ahora está en su habitación, con la ventana abierta. Ha esparcido el azúcar del té en el alféizar de la ventana, está recogiendo una buena cosecha de moscas. Ahora, en lugar de comerlas, las guarda en una caja, como antes, y examina los rincones de la habitación en busca de arañas. Intenté hacerle hablar sobre los días pasados, porque para mí supondría una enorme ayuda encontrar cualquier pista para comprender sus pensamientos, pero no me hizo caso. Durante unos momentos pareció muy triste, y dijo con una voz lejana, como si hablase más para sí mismo que para mí:
—¡Todo está acabado! ¡Todo está acabado! Me ha abandonado. ¡No tengo esperanza, a menos que lo haga yo mismo! —y se volvió bruscamente hacia mí con resolución, y dijo—: Doctor, ¿por qué no es amable conmigo y permite que me den más azúcar? Creo que me haría bien.
—¿Y a las moscas?
—Sí, a las moscas también les gusta, y a mí me gustan las moscas; por tanto, me gusta.
Y luego hay gente tan ignorante que piensa que los locos no razonan. Le di doble ración, y lo dejé, supongo, más contento que unas pascuas. Ojalá pudiera penetrar en su mente.
Medianoche.—Otro cambio. Había ido a ver a la señorita Westenra, a quien encontré mucho mejor. Acababa de volver y estaba junto a la puerta del jardín, contemplando el crepúsculo, cuando lo oí chillar una vez más. Como su habitación está situada en este lado del edificio, lo oí mejor que por la mañana. Para mí fue un choque brutal pasar de la belleza neblinosa de un crepúsculo sobre Londres, con sus luces misteriosas y sus sombras de tinta y todos los tonos maravillosos que se extienden, lisos, sobre las nubes sucias, como en el agua sucia, a la inexorable seriedad de mi frío edificio de piedra, con su carga de sufrimiento viviente, y mi corazón desolado para soportarlo todo. Llegué junto a él en el momento en que se ponía el sol, y desde su ventana vi ocultarse el disco rojo. A medida que se hundía iba desapareciendo el frenesí de Renfield; y en cuanto anocheció, el paciente se escurrió de las manos que lo sujetaban y cayó como una masa inerte al suelo. No obstante, es asombrosa la capacidad de recuperación intelectual que poseen los locos: al cabo de unos minutos se puso de pie tranquilamente y miró a su alrededor. Hice señas a los celadores para que no lo sujetasen, porque deseaba ver qué iba a hacer. Se dirigió hacia la ventana y quitó el azúcar de un manotazo; después cogió la caja de las moscas, la vació fuera y la tiró; a continuación cerró la ventana, atravesó la habitación y se sentó en la cama. Me resultó todo tan sorprendente que le pregunté:
—¿Ya no va a coleccionar moscas?
—No —dijo—. ¡Me dan asco esas porquerías!
Sin lugar a dudas, este hombre ofrece un estudio verdaderamente interesante. Ojalá pudiera vislumbrar su mente o la causa de su repentina pasión. Pero alto; después de todo, quizá encontremos una pista si descubrimos por qué hoy ha sufrido el paroxismo a mediodía y al atardecer. ¿Será que el sol ejerce una influencia maligna, durante ciertos períodos, que afecta a algunas naturalezas, como ocurre con la luna en otros casos? Veremos.

TELEGRAMA DE SEWARD, LONDRES, VAN HELSING, AMSTERDAM


4 de septiembre
Hoy, paciente mejor.

TELEGRAMA DE SEWARD, LONDRES, A VAN HELSING, AMSTERDAM


5 de septiembre
Paciente muy mejorada. Buen apetito. Duerme con normalidad. Buen humor. Recupera el color.

TELEGRAMA DE SEWARD, LONDRES, A VAN HELSING, AMSTERDAM


6 de septiembre
Terrible cambio desfavorable. Venga de inmediato; no pierda ni una hora. Aplazo telegrama a Holmwood hasta haberle visto a usted.


Capítulo X

CARTA DEL DOCTOR SEWARD AL HONORABLE ARTHUR HOLMWOOD



6 de septiembre
Mi querido Art:
Hoy mis noticias no son tan buenas. Esta mañana, Lucy ha retrocedido un poco. No obstante, de esto ha surgido algo positivo: como es natural, la señora de Westenra está preocupada por Lucy, y me ha consultado profesionalmente. He aprovechado la ocasión para decirle que Van Helsing, mi viejo maestro y gran especialista, va a venir a pasar unos días conmigo, y que él y yo nos ocuparemos conjuntamente de su hija. Ahora podemos entrar y salir sin alarmarla excesivamente, porque recibir una impresión significaría su muerte inmediata, y esto, en el estado de debilidad de Lucy, podría resultar desastroso para ella. Todos estamos rodeados de dificultades, mi pobre amigo, pero, si Dios quiere, las superaremos. Te escribiré si es necesario; por tanto, si no sabes nada de mí, ten por seguro que estoy a la espera de noticias.
Siempre tuyo,

JOHN SEWARD



DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



7 de septiembre.—Lo primero que me dijo Van Helsing al encontrarnos en Liverpool Street fue:
—¿Le ha dicho algo a nuestro joven amigo, el novio de ella?
—No —contesté—. He esperado a verlo a usted, como le decía en el telegrama. Le escribí una carta en la que simplemente le contaba que iba a venir usted, ya que la señorita Westenra no se encontraba bien del todo, y que, en caso de necesidad, me pondría en comunicación con él.
—¡Bien, amigo mío —dijo—, muy bien! Mejor que él no sepa todavía; quizá nunca sabrá. Ruego que así sea, pero, si es necesario, entonces sabrá todo. Y, mi buen amigo John, permítame advertirle. Usted trata con locos. Todos los hombres están locos de una u otra forma, y, en la medida en que trata discretamente a sus locos, así trata a los locos de Dios: el resto del mundo. Usted no dice a sus locos lo que hace ni por qué lo hace; no les dice lo que piensa. Guarda el conocimiento en su lugar, donde puede descansar, donde puede reunirse con su clase y reproducirse. Usted y yo guardaremos todavía lo que sabemos, aquí y aquí —me tocó el corazón y la frente y él hizo lo mismo—. Tengo pensamientos propios de momento. Más adelante quizá los revelaré.
—¿Por qué no ahora? —pregunté—. Quizá sirva de algo; quizá lleguemos a alguna conclusión.
Hizo una pausa, me miró y me dijo:
—Mi amigo John, cuando el maíz está crecido, incluso antes de haber madurado, mientras la leche de la madre tierra está en él, y el sol no ha empezado aún a pintarlo con su oro, el agricultor coge la espiga y la frota entre sus manos toscas, y arranca los desperdicios verdes y te dice: «¡Mira! Es buen maíz, será buen grano cuando llegue la hora».
Yo no veía la relación, y así se lo dije. En respuesta tendió el brazo, me cogió la oreja y tiró de ella juguetonamente, como hacía tiempo atrás en sus clases, y dijo:
—El buen labrador te dice eso entonces porque lo sabe, pero no hasta entonces. Pero no encuentras al buen labrador cavando el maíz plantado para ver si crece; eso queda para los niños que juegan a la agricultura, pero no para los que la toman como la labor de su vida. ¿Lo ve ahora, amigo John? He plantado mi maíz, y la Naturaleza tiene su trabajo en hacerlo brotar; si brota, hay una promesa, y yo espero hasta que la espiga empieza a hincharse.
Hizo una pausa al ver que lo comprendía. A continuación prosiguió con mucha seriedad:
—Usted siempre fue un buen estudiante, y su cartera siempre estaba más llena de libros que la de los demás. Entonces era solo un estudiante; ahora ya es un maestro, y confío en que no haya perdido esa buena costumbre. Recuerde, amigo mío, que el conocimiento es más fuerte que la memoria, y no debemos confiar en el más débil. Incluso si no ha conservado esa buena costumbre, permítame decirle que este caso de nuestra querida señorita puede ser (cuidado, digo puede ser) de tal interés para nosotros y para otros, que valdría más, como dice su gente, que todos los demás casos juntos puestos en la balanza. Así que tome buena nota. Nada es demasiado pequeño. Mi consejo: anote incluso sus dudas y conjeturas. De aquí en adelante, quizá le resulte de interés ver qué hay de cierto en sus conjeturas Aprendemos del fracaso, no del éxito.
Al describirle los síntomas de Lucy —los mismos de antes, pero infinitamente más acentuados— se puso muy serio, aunque no dijo nada. Cogió un maletín que contenía muchos instrumentos y drogas, «la espeluznante parafernalia de nuestro benéfico gremio», como llamó una vez, en una de sus clases, al equipo de un profesor del oficio terapéutico. Tras ser anunciados, salió a recibirnos la señora de Westenra. Estaba alarmada, pero no tanto como yo esperaba encontrarla. La Naturaleza, por uno de sus caprichos provechosos, ha ordenado que incluso la muerte desarrolle un antídoto para sus propios terrores. En este caso, en que cualquier impresión puede resultar fatal, las cosas están ordenadas de tal forma que, por una u otra causa, los asuntos no personales —incluso el terrible cambio experimentado por su hija, a la que tanto cariño tiene— no la afectan. Es algo parecido a la forma que tiene la Madre Naturaleza de rodear un cuerpo extraño con una capa de tejido insensible para proteger del mal aquello que, en otro caso, podría perjudicar por contacto. Si esto fuese egoísmo inevitable, deberíamos detenernos a pensar antes de condenar a una persona por este defecto, porque quizá sus causas tengan unas raíces más profundas de lo que sabemos.
Utilicé mi conocimiento de esta fase de la patología espiritual para imponer a la señora de Westenra la norma de que no debería estar presente cuando viésemos a Lucy, ni pensar en la enfermedad de esta más de lo absolutamente imprescindible. Asintió de buena gana, de tan buena gana que volví a ver la mano de la Naturaleza en lucha por sobrevivir. Nos llevaron a Van Helsing y a mí a la habitación de Lucy. Si ayer me sorprendió verla, hoy me he quedado horrorizado. Tenía una palidez cadavérica, de un blanco de tiza; diríase que el color rojo había desaparecido, incluso de labios y encías, y los huesos de la cara sobresalían prominentes. Daba lástima verla y oírla respirar. El rostro de Van Helsing se endureció como el mármol, y sus cejas se juntaron hasta casi tocarse sobre el puente de la nariz. Lucy yacía inmóvil, y al parecer no tenía fuerzas para hablar; de modo que todos permanecimos en silencio durante un rato. Van Helsing me llamó por señas y salimos quedamente de la habitación. En el momento en que cerramos la puerta, atravesó rápidamente el pasillo, hasta llegar a la siguiente puerta, que estaba abierta. Me hizo entrar y cerró la puerta.
—¡Dios mío! —dijo—. Esto es terrible. No hay tiempo que perder. Morirá por falta de sangre para mantener en condiciones la actividad del corazón. Hay que hacer una transfusión de sangre inmediatamente. ¿Usted o yo?
—Yo soy más fuerte y más joven, profesor. Debo hacerlo yo.
—Entonces, prepárese en seguida. Voy a traer el maletín. Yo estoy listo.
Al bajar la escalera con él oímos llamar a la puerta del vestíbulo. Cuando llegamos allí, la doncella acababa de abrir a Arthur, que entraba apresuradamente. Se precipitó hacia mí, y dijo impaciente, en un susurro:
—Jack, estaba angustiado. He leído entre líneas en tu carta, y ha sido un tormento. Papá está mejor, así que he corrido hasta aquí para verla con mis propios ojos. ¿No es ese caballero el doctor Van Helsing? Le estoy muy agradecido por haber venido, señor.
Cuando el profesor posó la mirada en él por primera vez, le molestó que le interrumpieran en una ocasión como aquella; pero después, al contemplar sus robustas proporciones y reconocer la virilidad joven y fuerte que parecía emanar de Arthur, sus ojos emitieron un destello. Sin mediar pausa le dijo gravemente, al tiempo que extendía la mano:
—Señor, ha llegado a tiempo. Usted es el novio de nuestra querida señorita. Está mal, muy, muy mal. No, hijo mío, no se ponga así —y es que Arthur había palidecido repentinamente y se había desplomado en una silla, a punto de desmayarse—. Usted va a ayudarla. Usted puede hacer más que cualquier otra persona, y su coraje es la mejor ayuda.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Arthur con voz ronca—. Dígamelo y lo haré. Mi vida es suya, y por ella daría hasta la última gota de sangre de mis venas.
El profesor posee un gran sentido del humor; en su respuesta detecté cierto matiz de ese sentido del humor que tan bien conozco.
—¡Mi joven señor, no pido tanto como eso; no la última gota!
—¿Qué tengo que hacer?
Había fuego en sus ojos, y las aletas de la nariz, distendidas, temblaban de resolución. Van Helsing le dio unas palmaditas en el hombro.
—¡Vamos! —dijo—. Usted es un hombre, y un hombre necesitamos. Usted es mejor que yo, mejor que mi amigo John.
Como Arthur parecía perplejo, el profesor siguió explicando amablemente:
—La joven señorita está mal, muy mal. Necesita sangre, y sangre debe tener o, si no, morirá. Mi amigo John y yo hemos consultado y estamos a punto de llevar a cabo lo que nosotros llamamos una transfusión de sangre: transferir sangre de las venas llenas de una persona a las venas vacías del que suspira por ese fluido. John iba a dar su sangre, porque es más joven y fuerte que yo —y al llegar aquí, Arthur me cogió la mano y la apretó con fuerza—, pero ahora está usted aquí, usted es mejor que nosotros, jóvenes o viejos, que trajinamos mucho en el mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan calmados y nuestra sangre no es tan brillante como la de usted!
Arthur se volvió hacia él y dijo:
—¡Si supiera con cuánta alegría moriría por ella, comprendería…!
Se detuvo, con la voz entrecortada.
—¡Así me gusta! —dijo Van Helsing—. En un futuro no muy lejano se sentirá feliz de haberlo hecho todo por aquella a la que ama. Ahora venga, y guarde silencio. La besará una vez antes de la transfusión, pero después debe marcharse; y debe marcharse cuando yo lo indique. No diga ni una palabra a la señora. ¡Ya sabe lo que le ocurre! No conviene que sufra ningún sobresalto. Cualquier sospecha de esto sería fatal. ¡Venga!
Subimos todos a la habitación de Lucy. Arthur, cumpliendo órdenes, se quedó fuera. Lucy volvió la cabeza y nos miró, pero no dijo nada. No estaba dormida, pero se encontraba demasiado débil para realizar cualquier esfuerzo. Sus ojos nos hablaron; eso fue todo. Van Helsing sacó unas cosas de su maletín y las colocó en una mesita que quedaba fuera del alcance de la vista. Después preparó un narcótico, se acercó a la cama y dijo jovialmente:
—Aquí tiene su medicina, pequeña señorita. Bébala toda, como una buena niña. ¿Ve? La incorporo para que tragarlo sea fácil. Así.
El esfuerzo de Lucy dio resultado.
Me dejó atónito el tiempo que tardó en actuar la droga. En realidad, este hecho da una idea de su debilidad. Pareció transcurrir un rato interminable hasta que el sueño comenzó a vibrar en sus párpados. Pero, finalmente, el narcótico empezó a manifestar su potencia, y la sumió en un profundo sueño. Cuando el profesor quedó satisfecho, llamó a Arthur para que entrase en la habitación y le pidió que se quitase la chaqueta. Después añadió:
—Puede darle el beso mientras traigo la mesa. ¡Amigo John, ayúdeme!
Así que ninguno de los dos miró mientras Arthur se inclinaba sobre ella. Van Helsing se volvió hacia mí y dijo:
—Es tan joven y fuerte, y de sangre tan pura, que no necesitamos desfibrinarla[31].
A continuación, Van Helsing llevó a cabo la operación con presteza, pero metódicamente. A medida que avanzaba la transfusión, algo semejante a la vida volvía a las mejillas de la pobre Lucy; la cara de Arthur literalmente brillaba a través de su palidez creciente. Al cabo de un rato empecé a inquietarme, porque la pérdida de sangre estaba afectando a Arthur, a pesar de ser un hombre fuerte. Me dio una idea del terrible daño que había sufrido el organismo de Lucy el hecho de que, lo que debilitaba a Arthur, a ella solo la mejoraba parcialmente. Pero el rostro del profesor seguía impasible, y continuaba de pie, reloj en mano, con los ojos fijos, ora en la paciente, ora en Arthur. Oía los latidos de mi corazón. El profesor dijo en voz baja:
—No se mueva ni un momento. Es suficiente. Usted ocúpese de él; yo, de ella.
Cuando acabó todo, vi lo débil que estaba Arthur. Vendé la herida y lo cogí del brazo para llevármelo fuera, y en ese instante Van Helsing habló sin darse la vuelta, como si ese hombre tuviese ojos en la nuca:
—El novio valiente creo que merece otro beso, que recibirá.
Y, como había finalizado la operación, colocó la almohada bajo la cabeza de la paciente. Al hacerlo, se alzó un poco la estrecha cinta de terciopelo negro que siempre lleva al cuello, con un broche de diamantes que le ha regalado su prometido, y dejó al descubierto una señal roja en la garganta. Arthur no se dio cuenta, pero yo oí el profundo silbido de Van Helsing al aspirar, que es una de las formas que tiene de manifestar sus emociones. No dijo nada en ese momento; se volvió hacia mí y me dijo:
—Ahora, llévese a nuestro valiente y joven novio, dele vino de oporto, y permítale acostarse un rato. Después debe ir a casa a descansar, dormir mucho y comer mucho, que recuperarse pueda de lo que ha dado a su amor. No debe quedarse aquí. ¡Un momento! Imagino, señor, que está preocupado por los resultados. Tenga por seguro que la operación es un éxito en todos los sentidos. Le ha salvado la vida esta vez, y puede irse a casa a descansar con la conciencia tranquila de que se hace todo lo que hacerse puede. A ella se lo contaré todo cuando esté bien; no le amará menos por lo que ha hecho. Adiós.
Cuando se hubo marchado Arthur, regresé a la habitación. Lucy dormía plácidamente, pero su respiración era más fuerte. Vi cómo se movía la colcha al elevarse el pecho. Van Helsing estaba sentado a la cabecera, y la miraba atentamente. La cinta de terciopelo volvía a cubrir la señal roja. Le pregunté al profesor en un susurro:
—¿Qué piensa de esa señal roja en el cuello?
—¿Qué piensa usted?
—Todavía no la he visto —contesté, y en ese mismo instante me puse a desatar la cinta.
Justo por encima de la yugular había dos perforaciones, no muy grandes, pero de un aspecto nada saludable. No había señales de enfermedad, pero los bordes estaban blancos y gastados, como si hubieran sido machacados. Inmediatamente se me ocurrió que aquella herida, o lo que fuese, podía ser la causa de la pérdida manifiesta de sangre; pero deseché la idea en cuanto se formó en mi mente porque una cosa así no es posible. La cama tendría que haber estado empapada de rojo con la sangre que tendría que haber perdido la muchacha para haber adquirido la palidez que tenía antes de la transfusión.
—¿Y bien? —dijo Van Helsing.
—Pues —dije— no sé qué pensar.
El profesor se puso de pie.
—Tengo que volver a Amsterdam esta noche —dijo—. Hay allí libros y cosas que necesito. Debe quedarse aquí toda la noche y no perderla de vista.
—¿Será necesaria una enfermera? —pregunté.
—Nosotros somos los mejores enfermeros, usted y yo. Vigile toda la noche; compruebe que come bien y que nada la perturba. Usted no debe dormir en toda la noche. Más adelante podremos dormir, usted y yo. Volveré lo antes posible. Y después podremos empezar.
—¿Qué podremos empezar? —dije—. ¿A qué diablos se refiere?
—Ya lo veremos —contestó, y salió apresuradamente.
Volvió al cabo de unos momentos, asomó la cabeza por la puerta, y dijo con un dedo levantado, en señal de aviso:
—Recuerde: usted es responsable de ella. ¡Si la deja y el daño acontece, usted no dormirá fácilmente de aquí en adelante!

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



8 de septiembre.—Me quedé en vela toda la noche con Lucy. El efecto del opiáceo duró hasta el anochecer, y la muchacha se despertó de forma natural. Parecía un ser diferente al de antes de la operación. Incluso estaba alegre y llena de vivacidad, pero observé muestras evidentes de la completa postración que había sufrido. Cuando le dije a la señora de Westenra que el doctor Van Helsing había ordenado que la velara toda la noche, casi se burló de la idea, basándose en el vigor renovado de su hija y en su excelente humor. Pero yo me mantuve firme, e hice preparativos para mi larga vigilia. Cuando su doncella la hubo preparado para la noche, mientras yo cenaba, entré en la habitación y me senté a la cabecera de la cama. No puso ninguna objeción; por el contrario, siempre que mis ojos se encontraban con los suyos me miraba agradecida. Al cabo de un largo rato me pareció que se abandonaba al sueño, pero se recobró con esfuerzo y se despejó. Esto se repitió varias veces, en cada ocasión con mayores esfuerzos y pausas más breves. Era evidente que no quería quedarse dormida, así que ataqué el tema inmediatamente.
—¿No quiere dormir?
—No. Tengo miedo.
—¡Miedo de dormir! ¿Por qué? Es el don que todos deseamos.
—¡Ah, no si estuviera usted en mi lugar, si el sueño fuese para usted un presagio de terror!
—¡Un presagio de terror! ¿Qué diablos quiere decir?
—No lo sé, ay, no lo sé. Y eso es lo más horrible. La debilidad se apodera de mí mientras duermo; tanto es así, que la sola idea me aterroriza.
—Pero, mi querida muchacha, esta noche puede dormir. Yo estoy aquí, vigilándola, y le prometo que no ocurrirá nada.
—¡Ah, puedo confiar en usted!
Aproveché la oportunidad para decirle:
—Le prometo que, si observo algún indicio de pesadillas, la despertaré inmediatamente.
—¿Lo hará? ¿Lo hará de verdad? Qué bueno es usted conmigo. ¡Entonces, dormiré!
Y, casi en el mismo instante en que pronunciaba la última palabra, emitió un profundo suspiro y se echó hacia atrás, dormida.
Me quedé a su lado durante toda la noche. No se movió; durmió y durmió, sumida en un sueño profundo, tranquilo, vivificante y reparador. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, y su pecho ascendía y descendía con la regularidad de un péndulo. Sonreía, y era evidente que ninguna pesadilla turbaba la paz de su espíritu.
La doncella entró por la mañana temprano. Dejé a Lucy a su cuidado y regresé a casa, porque estaba preocupado por muchas cosas. Envié un corto telegrama a Van Helsing y a Arthur, para contarles los excelentes resultados de la operación. Me llevó todo el día solucionar los múltiples atrasos de mi trabajo. Ya había oscurecido cuando pude preguntar por mi paciente zoófago. El informe era bueno: había estado tranquilo durante la noche y el día anteriores. Me llegó un telegrama de Van Helsing en que me sugería que fuese esa noche a Hillingham, ya que podía ser conveniente estar cerca, y decía que saldría en el correo de la noche para reunirse conmigo a primeras horas de la mañana.
9 de septiembre.—Estaba exhausto cuando llegué a Hillingham. Apenas había pegado ojo durante dos noches, y mi cerebro empezaba a sentir el entumecimiento que es señal del agotamiento cerebral. Lucy estaba levantada y de buen humor. Al estrecharnos las manos me miró abiertamente a la cara y dijo:
—Esta noche no se quedará en vela. Está usted agotado. Yo me siento bastante bien otra vez; y si alguien tiene que velar, seré yo quien le vele a usted.
No quise discutir, y en vez de ello, fui a cenar. Lucy vino conmigo y, animado por su encantadora presencia, tomé una excelente comida y dos vasos de un oporto no menos excelente. A continuación, Lucy me llevó arriba y me mostró una habitación contigua a la suya, en la que ardía un fuego acogedor.
—Bueno —dijo—, se va a quedar aquí. Dejaré esta puerta abierta, y también la mía. Puede acostarse en el sofá, porque sé que nada induciría a un médico a meterse en una cama mientras haya un paciente a la vista. Si necesito algo, lo llamaré, y usted podrá venir inmediatamente.
No podía hacer otra cosa más que asentir, porque estaba rendido, y, aunque lo hubiera intentado, no habría podido quedarme en vela. Así que, después de que Lucy hubiese renovado la promesa de llamarme si necesitaba algo, me acosté en el sofá y me olvidé de todo.

DIARIO DE LUCY WESTENRA



9 de septiembre.—Esta noche soy muy feliz. He estado tan terriblemente débil, que poder pensar y moverme es como sentir el sol tras un largo período de viento del Este con un cielo de color acero. Por alguna razón siento a Arthur muy, muy cerca de mí. Es como si me rodeara su presencia cálida. Supongo que se debe a que la enfermedad y la debilidad son egoístas y hacen que nuestros ojos internos y nuestra comprensión se vuelvan hacia nosotros mismos, en tanto que la salud y la fuerza dan rienda suelta al Amor, y este puede vagabundear según su voluntad entre pensamientos y sentimientos. Sé dónde están mis pensamientos. ¡Si Arthur lo supiera! Querido mío, querido mío, deben de zumbarte los oídos mientras duermes, como me ocurre a mí despierta. ¡Ah, bendito descanso el de anoche! Cómo dormí, con el bueno del doctor Seward vigilándome. Y esta noche no tendré miedo de dormir, pues él está cerca y puede acudir en cuanto lo llame. ¡Gracias a todos por ser tan buenos conmigo! ¡Gracias a Dios! Buenas noches, Arthur.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



10 de septiembre.—Sentí la mano del profesor posada en mi cabeza, y me desperté bruscamente, en cuestión de segundos. Esa es una de las cosas que se aprenden en un manicomio.
—¿Cómo está nuestra paciente?
—Cuando la dejé, o mejor dicho, cuando ella me dejó, estaba bien —contesté.
—Vamos a verla —dijo.
Entramos juntos a la habitación.
La persiana estaba echada, y fui a levantarla pisando con cuidado, en tanto que Van Helsing se acercaba a la cama con sus pisadas suaves, felinas. Al levantar la persiana y quedar inundada la habitación con la luz de la mañana, oí el silbido del profesor al aspirar aire y, conociendo su rareza, un miedo mortal me atravesó el corazón. Al acercarme a él retrocedió; su exclamación de horror: Gott in Himmel![32], no necesitaba el apoyo de su rostro angustiado. Levantó la mano y señaló hacia la cama; su cara de hierro estaba ojerosa y de un blanco ceniciento. Sentí temblar mis rodillas.
Allí, en la cama, al parecer desmayada, yacía la pobre Lucy, más espantosamente blanca y pálida que nunca. Incluso los labios estaban blancos, y las encías parecían haber retrocedido, dejando al descubierto los dientes, como a veces se observa en los cadáveres de personas que han padecido una larga enfermedad. Van Helsing levantó el pie para dar una patada, movido por la ira, pero el instinto de toda una vida y los largos años de hábito le hicieron contenerse, y lo bajó suavemente.
—¡Rápido! —dijo—. Traiga coñac.
Fui corriendo al comedor y volví con la botella. Humedeció aquellos pobres labios blancos, y los dos juntos frotamos las palmas de las manos, las muñecas y el corazón. Le palpó el corazón y, tras unos momentos de angustiosa incertidumbre, dijo:
—No es demasiado tarde. Late, aunque muy débilmente. Todo nuestro trabajo deshecho: tenemos que empezar otra vez. Ahora no está el joven Arthur aquí. Esta vez tengo que acudir a usted, amigo John.
Mientras hablaba, rebuscaba en su maletín e iba sacando los instrumentos necesarios para la transfusión. Yo me había quitado la chaqueta y me había subido una manga de la camisa. No era posible suministrar un opiáceo en ese momento, ni había necesidad de ello; así que comenzamos la operación sin perder ni un momento. Al cabo de cierto tiempo, que transcurrió con bastante lentitud, porque el drenaje de la propia sangre, independientemente de que se ceda por propia voluntad, es una sensación terrible, Van Helsing levantó un dedo en señal de aviso.
—No se mueva —dijo—. Temo que se despierte al aumentar su vigor, y sería peligro, sí, un gran peligro. Pero tomaré precauciones. Le pondré una inyección hipodérmica de morfina.
Lo hizo con rapidez y habilidad. El efecto que produjo en Lucy no fue malo, porque el desmayo se transformó sutilmente en un sueño narcótico. Comprobé, con un sentimiento de orgullo personal, que un ligero tinte de color retornaba a las mejillas y los labios pálidos. Ningún hombre sabe lo que es sentir que le arrancan su propia sangre para llevarla a las venas de la mujer que ama hasta que lo experimenta.
El profesor me observaba con mirada crítica.
—Es suficiente —dijo.
—¿Ya? —protesté—. Le sacó mucha más a Art.
Al oír mis palabras sonrió con tristeza y replicó:
—Él es su novio, su prometido. Usted tiene trabajo que hacer, mucho trabajo, para ella y para otros; y esto será suficiente.
Cuando acabamos la operación, el profesor atendió a Lucy, mientras yo oprimía con el dedo la incisión de mi brazo. Me acosté mientras esperaba a que Van Helsing quedara libre para ocuparse de mí, ya que me sentía débil y un poco mareado. Después me vendó la herida y me mandó que fuera abajo a beber un vaso de vino. Al abandonar la habitación, vino detrás de mí y me susurró:
—Cuidado, no hay que decir nada de esto. Si nuestro joven novio se presenta de improviso, como antes, ni una palabra. Se asustaría y se pondría celoso todo el tiempo. No debe saberlo nadie. ¡Así que…!
Cuando regresé, me examinó cuidadosamente y a continuación dijo:
—Usted no está mucho peor. Entre en la habitación, túmbese en el sofá y descanse un rato; después desayune mucho, y vuelva aquí.
Obedecí sus órdenes, porque sabía cuán prudentes eran. Yo había cumplido mi misión, y la siguiente tarea consistía en mantener mis fuerzas. Me sentía muy débil, y con la debilidad disminuyó el asombro por lo que había ocurrido. No obstante, me quedé dormido en el sofá, preguntándome una y otra vez cómo había empeorado Lucy tan súbitamente, y cómo podía haber perdido tanta sangre sin haber dejado ninguna señal que lo demostrara. Seguramente continué mis cavilaciones en sueños, porque, dormido y despierto, mis pensamientos siempre volvían a los pequeños pinchazos del cuello de Lucy, y al aspecto mellado y desgastado de los bordes, a pesar de lo minúsculos que eran.
Lucy durmió hasta bien entrado el día, y al despertar se encontraba fuerte, aunque ni aproximadamente como el día anterior. Tras examinarla, Van Helsing salió a dar un paseo y dejó a Lucy a mi cuidado, con órdenes estrictas de no abandonarla ni un momento. Oí su voz en el vestíbulo cuando preguntaba la dirección de la oficina de telégrafos más cercana.
Lucy habló conmigo con despreocupación, al parecer inconsciente de lo que había ocurrido. Yo intenté entretenerla. Cuando su madre subió a verla, no dio muestras de observar ningún cambio, porque me dijo, agradecida:
—Doctor Seward, le debemos mucho por todo lo que ha hecho, pero debe tener cuidado de no trabajar en exceso. Está usted muy pálido. Necesita una esposa que lo mime y lo cuide un poco; eso es lo que necesita.
Mientras la madre pronunciaba estas palabras, Lucy se puso roja como la grana, pero fue algo momentáneo, ya que sus pobres venas agotadas no pudieron resistir demasiado tiempo aquella corriente inusitada hacia la cabeza. La reacción se manifestó en una palidez excesiva al volver hacia mí sus ojos implorantes. Sonreí y asentí, y me llevé un dedo a los labios. Se desplomó sobre las almohadas con un suspiro.
Van Helsing regresó al cabo de dos horas y me dijo:
—Ahora debe irse a casa y comer mucho y beber suficiente. Póngase fuerte. Yo me quedaré aquí esta noche y cuidaré a la pequeña señorita. Usted y yo tenemos que observar el caso, y ningún otro debe saber nada. Tengo razones importantes. No, no pregunte; piense lo que le plazca. No tema pensar incluso lo menos probable. Buenas noches.
En el vestíbulo se me acercaron dos sirvientas a preguntarme si una de ellas o las dos podían cuidar a la señorita Lucy. Me rogaron que se lo permitiera; y al contestarles que era deseo del doctor Van Helsing que él o yo fuésemos los encargados de vigilarla, me pidieron en tono lastimero que intercediese por ellas ante el «caballero extranjero». Me conmovió su bondad. Quizá manifestaran su cariño porque en estos momentos estoy débil; quizá por la propia Lucy. En repetidas ocasiones he visto ejemplos similares de la bondad de una mujer. Regresé aquí a tiempo para cenar, e hice mi ronda: todo bien. Escribo mientras espero a que llegue el sueño. Ya llega.
11 de septiembre.—Esta tarde he ido a Hillingham. Encontré a Van Helsing de excelente humor, y a Lucy mucho mejor. Poco después de mi llegada se recibió un gran paquete procedente del extranjero para el profesor. Lo abrió con mucha solemnidad —fingida, naturalmente— y sacó un gran ramo de flores blancas.
—Son para usted, señorita Lucy —dijo.
—¿Para mí? ¡Oh, doctor Van Helsing!
—Sí, querida muchacha, pero no para jugar. Son medicina —al oír aquello, Lucy torció el gesto—. No, pero no es para tomarlas en infusión ni de una forma nauseabunda, así que no debe arrugar esa encantadora nariz, o le contaré a mi amigo Arthur las penas que habrá de soportar al ver la belleza que tanto ama tan deformada. Ajá, mi guapa señorita; así se pone la nariz tan bonita en su sitio. Esto es medicinal, pero usted no sabe cómo actúa. Lo pongo en su ventana, hago una bonita guirnalda y la coloco en su cuello para que duerma bien. ¡Oh, sí! Estas flores, como las del loto, hacen las penas olvidar. Huelen muy semejante a las aguas del Leteo[33] y a las de la fuente de la juventud que buscaron los conquistadores en la Florida, y que encontraron demasiado tarde.
Mientras el profesor hablaba, Lucy había estado examinando las flores y oliéndolas. Las tiró al suelo y dijo, entre enfadada y divertida:
—Oh, profesor, está usted gastándome una broma. Estas flores no son más que vulgar ajo. Para mi sorpresa, Van Helsing se levantó y dijo con toda gravedad, con su mandíbula de hierro apretada y las pobladas cejas casi juntas:
—¡Nada de melindres conmigo! ¡Yo nunca bromeo! Hay un motivo serio para todo lo que hago. Y la aviso: no debe estorbarme. Tenga cuidado, en bien de otros, ya que no en el suyo propio.
Al ver que la pobre Lucy se había asustado, como es lógico, prosiguió con mayor dulzura:
—Oh, pequeña señorita, querida mía, no tenga miedo de mí. Por su bien lo hago. Pero en esas flores tan vulgares hay mucha virtud para usted. ¿Lo ve? Yo mismo las coloco en su habitación. Yo mismo hago la guirnalda que usted va a llevar. Pero ¡silencio!, nada de contárselo a otros, que tan indiscretas preguntas hacen. Debemos obedecer, y el silencio es una parte de la obediencia; y la obediencia va a llevarla fuerte y sana a los brazos amantes que la esperan. Ahora quédese quieta un momento. Venga conmigo, amigo John, y me ayudará a engalanar la habitación con mi ajo, que viene de Haarlem, donde mi amigo Vanderpool cultiva hierbas todo el año en sus invernaderos. Tuve que telegrafiarle ayer; en otro caso, no habrían estado aquí hoy.
Entramos en la habitación con las flores. Sin duda, las operaciones del profesor eran extrañas, y no se habrían encontrado en ninguna farmacopea que yo conozca. En primer lugar, cerró las ventanas y corrió el pestillo; después tomó un puñado de flores y frotó con ellas el marco corredizo de las ventanas, como para asegurarse de que todo soplo de aire que entrase se cargara con el olor del ajo. A continuación frotó el marco de la puerta con el resto, por arriba, por abajo y por los lados, y también la chimenea. A mí me parecía grotesco, y le dije:
—Profesor, sé que usted siempre tiene una razón para todo lo que hace, pero, sinceramente, esto me confunde. Más vale que no haya ningún escéptico entre nosotros, porque, si así fuera, diría que está preparando un hechizo para alejar un mal espíritu.
—¡Quizá sea así! —replicó con calma, mientras empezaba a componer la guirnalda que Lucy había de llevar en el cuello.
Esperamos a que Lucy se arreglase para la noche, y, cuando se acostó, el profesor se acercó a ella y le colocó la guirnalda de ajo en el cuello. Las últimas palabras que le dijo fueron las siguientes:
—Tenga cuidado de no moverlo, e incluso si siente que la habitación huele mal, esta noche no abra la ventana, ni la puerta.
—Se lo prometo —dijo Lucy—, y mil gracias a ambos por su bondad para conmigo. Oh, ¿qué he hecho yo para merecer tales amigos?
Mientras nos alejábamos de la casa en mi coche, que nos estaba esperando, Van Helsing dijo:
—Esta noche puedo dormir en paz, y dormir necesito; dos noches de viaje, mucha lectura durante el día, y mucha preocupación al día siguiente, y una noche en vela, sin pegar ojo. Mañana a primera hora viene usted a buscarme y vamos juntos a ver a nuestra guapa señorita, mucho más fuerte por el «hechizo» que he realizado. ¡Ja, ja!
Parecía tan confiado, que yo, al recordar mi propia confianza de dos noches atrás y sus funestos resultados, sentí temor y un vago terror. Debió de ser la debilidad lo que me hizo dudar en decírselo a mi amigo, pero la sensación fue muy fuerte, como lágrimas no derramadas.

Capítulo XI

DIARIO DE LUCY WESTENRA



12 de septiembre.—Qué buenos son todos conmigo. Quiero mucho al encantador doctor Van Helsing. Me pregunto por qué le preocuparán tanto estas flores. Me asusté de verdad cuando se puso tan furioso. Sin embargo, debe de tener razón, porque ya siento el alivio que me proporcionan. Por alguna razón no tengo miedo a quedarme sola esta noche, y podré dormir sin temor. No prestaré atención al aleteo en la ventana. ¡Ah, qué terrible lucha he mantenido contra el sueño últimamente; el dolor del insomnio, o el dolor del miedo a dormir, que tantos horrores desconocidos me depara! ¡Qué afortunadas son algunas personas, en cuyas vidas no existe el temor ni el miedo; para quienes dormir es una bendición que llega cada noche, y que solo les proporciona dulces sueños! Bueno, aquí estoy esta noche, en espera del sueño, yacente como Ofelia en la obra de teatro, con «galas de virgen y adornos de doncella». ¡Nunca me ha gustado el ajo, pero esta noche me resulta delicioso! Su olor me trae paz; siento que ya me invade el sueño. Buenas noches a todos.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



13 de septiembre.—Fui al Berkeley, y Van Helsing, como de costumbre, fue puntual. Nos esperaba el carruaje que habían llamado desde el hotel. El profesor cogió su maletín, que siempre lleva con él últimamente.
Voy a anotar todo con exactitud. Van Helsing y yo llegamos a Hillingham a las ocho. Era una mañana preciosa; el sol brillante y la sensación fresca de principios de otoño parecían la realización de la obra anual de la Naturaleza. Las hojas están adquiriendo bellos colores, de todas las gamas, pero aún no han empezado a desprenderse de los árboles. Al entrar nos encontramos con la señora de Westenra, que salía del baño. Es madrugadora. Nos recibió cálidamente y dijo:
—Les alegrará saber que Lucy está mejor. La pobre niña duerme aún. Me asomé a su habitación y la vi, pero no entré para no molestarla.
El profesor sonrió con expresión de júbilo. Se frotó las manos y dijo:
—¡Ajá! Pensaba que había diagnosticado bien el caso. Mi tratamiento está funcionando.
A lo que contestó la señora de Westenra:
—No debe usted atribuirse todo el mérito, doctor. El estado de Lucy esta mañana se debe en parte a mí.
—¿Qué quiere decir, señora? —preguntó el profesor.
—Verá, como anoche estaba preocupada por mi hija, entré en su habitación. Dormía profundamente, tan profundamente que mi llegada no la despertó. Pero la habitación estaba terriblemente cargada. Por todas partes había montones de esas horribles flores, que desprenden un olor muy fuerte, y ella tenía una guirnalda alrededor del cuello. Temí que el olor pesado fuese excesivo para la pobre niña, en su estado de debilidad, de modo que las saqué todas y abrí un poco la ventana para que entrase aire fresco. Estoy segura de que la encontrará estupendamente.
Entró a su tocador, donde normalmente desayuna temprano. Mientras hablaba, yo observaba la cara del profesor, y vi que se tornaba de un gris ceniciento. Fue capaz de autocontrolarse mientras estuvo en presencia de la pobre señora, porque conocía su estado y lo perjudicial que podría ser recibir una impresión fuerte; incluso le sonrió mientras le abría la puerta para que entrase a su habitación. Pero en el instante en que hubo desaparecido, me hizo entrar brusca y enérgicamente en el comedor y cerró la puerta.
Entonces, y por primera vez en mi vida, vi derrumbarse a Van Helsing. Elevó las manos por encima de la cabeza, en una especie de gesto de desesperación muda, se golpeó las palmas, abatido, y finalmente, se sentó en una silla; ocultó el rostro entre las manos y empezó a sollozar, unos sollozos secos y prolongados que parecían provenir de lo más profundo de su corazón dolorido. Volvió a elevar los brazos, como si se dirigiese a todo el universo.
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —dijo—. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué ha hecho esta pobre criatura, para que tan duramente nos acosen? ¿Acaso existe aún el hado entre nosotros, enviado del mundo pagano de la antigüedad, para que tales cosas ocurran y de forma tal? Esta pobre madre, sin saberlo, y por hacer el bien, eso cree ella, hace algo que pierde el cuerpo y el alma de su hija; y no debemos decírselo, no debemos ni siquiera avisarla, o muere, y entonces, ambas mueren. ¡Oh, cómo nos acosan! ¡Cómo están todos los poderes de los demonios contra nosotros! —se puso de pie bruscamente—. Vamos —dijo—, vamos; hemos de actuar. Demonios o no demonios, o todos los demonios a una, no importa. Lucharemos contra ellos.
Se dirigió a la puerta del vestíbulo a coger su maletín; y subimos juntos a la habitación de Lucy.
Una vez más levanté la persiana, en tanto que Van Helsing se acercaba a la cama. En esta ocasión no se sobresaltó al ver aquella pobre cara, con la misma palidez espantosa y cerúlea de antes. Su mirada expresaba profunda tristeza e infinita piedad.
—Lo que esperaba —murmuró con su característica aspiración silbante tan significativa. Sin decir palabra se puso a colocar los instrumentos sobre la mesita, para llevar a cabo otra operación de transfusión de sangre. Hacía tiempo que yo había previsto la necesidad de la misma, y empezaba a quitarme la chaqueta, cuando me detuvo con una señal de la mano.
—¡No! —dijo—. Hoy usted debe operar. Yo donaré. Usted ya está debilitado.
Mientras así hablaba se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa.
De nuevo la operación, de nuevo el narcótico, de nuevo cierta recuperación de color en las mejillas cenicientas, y la respiración regular del sueño saludable. En esta ocasión yo vigilé mientras Van Helsing se reponía y descansaba.
Encontró la oportunidad de decirle a la señora de Westenra que no debía quitar nada de la habitación de Lucy sin consultarle, que las flores poseían un valor medicinal, y que el respirar su aroma formaba parte del tratamiento. A continuación él se hizo cargo de todo y dijo que vigilaría esa noche y la siguiente, y que me haría saber cuándo debía volver. Al cabo de otra hora despertó Lucy, fresca y animada y, al parecer, muy desmejorada tras haber sufrido aquella terrible prueba.
¿Qué significa todo esto? Empiezo a preguntarme si la larga costumbre de vivir entre locos estará afectando a mi propio cerebro.

DIARIO DE LUCY WESTENRA



17 de septiembre.—Cuatro días y noches de paz. Me estoy fortaleciendo tanto que apenas me reconozco. Es como si hubiera atravesado una larga pesadilla y acabara de despertar para ver el hermoso sol y sentir el aire fresco de la mañana. Guardo un sombrío recuerdo de horas largas y angustiosas de espera y temor; oscuridad en la que ni siquiera existía el dolor de la esperanza para agudizar la angustia presente, y después largos períodos de olvido, y la vuelta a la vida, como un buzo que sube a la superficie atravesando una gran presa de agua. Pero, desde que está conmigo el doctor Van Helsing, todas estas pesadillas han desaparecido; los ruidos que me asustaban hasta enloquecer —el aletear en las ventanas, las voces lejanas que sonaban tan cerca, los sonidos ásperos procedentes de no sé dónde que me ordenaban hacer no sé qué—, todo ello ha cesado. Ahora me acuesto sin temor a dormir. Ni siquiera intento mantenerme despierta. Me he aficionado al ajo, y todos los días me envían una caja de Haarlem. Esta noche se marcha el doctor Van Helsing, ya que tiene que pasar un día en Amsterdam. Pero no necesito que me vigilen, estoy lo bastante bien para que me dejen sola. ¡Gracias a Dios por mi madre, y por mi querido Arthur, y por todos nuestros amigos, que han sido tan bondadosos! Ni siquiera notaré el cambio, porque la última noche el doctor Van Helsing durmió en la silla mucho tiempo. Lo encontré dormido en dos ocasiones en que me desperté; pero no tuve miedo a dormirme otra vez, a pesar de que las ramas o los murciélagos o lo que fuese golpeaban casi con furia los cristales de la ventana.

«THE PALL MALL GAZETTE», 18 DE SEPTIEMBRE EL LOBO QUE ESCAPÓ Peligrosa aventura de nuestro reportero (Entrevista con el guarda del Parque Zoológico)



Tras muchas indagaciones y casi el mismo número de negativas, y utilizando constantemente las palabras Pall Mall Gazette a modo de talismán, logré encontrar al guarda de la sección del Parque Zoológico en que está incluido el departamento de los lobos. Thomas Bilder vive en una de las casas del recinto que hay detrás del edificio de los elefantes, y acababa de sentarse a tomar el té cuando di con él. Thomas y su mujer son gente hospitalaria, ya mayores y sin hijos, y si el ejemplo de hospitalidad que yo gocé es lo corriente, sus vidas deben de ser bastante agradables. El guarda no consintió entrar en lo que él llamaba «negocios» hasta que hubo merendado y todos estuvimos satisfechos. A continuación, cuando la mesa quedó despejada y el guarda encendió su pipa, dijo:
—Ahora, señor, puede preguntarme lo que quiera. Perdone que me niegue a hablar de cosas profesionales antes de las comidas. Yo doy la merienda a los lobos, y a los chacales y a las hienas de nuestra sección antes de empezar a hacerles preguntas.
—¿Qué quiere decir con que les hace preguntas? —pregunté, deseoso de ponerle de humor para la conversación.
—Una forma es zurrarles con una estaca en la cabeza; otra, rascarles las orejas, como cuando los caballeros con posibles quieren lucirse delante de sus chicas. A mí no me importa el lío que hay que armar zurrándoles con la estaca antes de echarles la pitanza, pero espero a que hayan tomao café y coñá, a ver si usté me entiende, antes de intentar rascarles las orejas. Claro que —añadió filosóficamente— nosotros nos parecemos mucho a los animales. Aquí viene usté a hacerme preguntas sobre mi negocio, y yo, que no soy tonto de baba, antes lo veo a usted colgao que contestarle por su cochina media libra. Ni siquiera cuando me preguntó con sorna que si quería que usté le preguntase al superintendente si podía hacerme preguntas. No es por ofender, pero ¿lo mandé a freír espárragos?
—Sí.
—Y cuando dijo que iba a quejarse de mí por usar palabras sucias, fue como atizarme en la cabeza con una estaca; pero lo arregló con la media libra. Yo no pensaba pelearme, así que esperé a haber comido y aullé, como hacen los lobos, y los leones y los tigres. Pero, mire usté, ahora que la parienta me ha metido un trozo de pastel entre pecho y espalda y me ha vaciao entera la condenada tetera, y he encendido la pipa, puede rascarme las orejas todo lo que quiera, que no pienso soltar ni un gruñido. Vengan las preguntas. Sé que ha venido por lo del lobo que se ha escapao.
—Exactamente. Quisiera que me diese su opinión. Cuénteme cómo ocurrió; y, cuando conozca los hechos, quiero que me diga cuál ha sido, a su juicio, la causa, y cómo cree que acabará este asunto.
—Vale, jefe. La cosa es más o menos así. El lobo llamao Bersicker era uno de los tres lobos grises que enviaron de Noruega a Jamrach[34], a quien se lo compramos hace cuatro años. Era un lobo que se portaba bien, que nunca daba guerra. Me sorprende de él que quisiera escapar más que de cualquier otro animal. Pero, claro, no se puede uno fiar de los lobos más que de las mujeres.
—¡Ni caso, señor! —interrumpió la señora de Thomas, con una alegre carcajada—. Lleva tanto tiempo cuidando a los animales que, maldita sea, también él se ha convertido en un viejo lobo. Pero no es malo.
—Pues bien, señor, ayer, hacía unas dos horas que les había echao la pitanza cuando empecé a oír ruidos. Estaba yo preparando un lecho de paja para un puma joven que está malo; pero cuando oí los chillidos y aullidos vine de seguida. Era Bersicker, que arremetía contra los barrotes como un loco, como si quisiera salir. No había mucha gente aquel día, y allí cerca solo se veía a un hombre, un tipo alto y delgao, con napias de gancho y barba puntiaguda, con unos cuantos pelos blancos. Tenía una mirada dura y fría, y los ojos rojos. Me cayó mal, porque parecía que era él lo que había enfadao a los animales. Llevaba guantes blancos, y me señala a los animales y va y dice: «Guarda, estos lobos parecen enfadados por algo». «A lo mejor es por usté», voy y le digo yo, porque no me gustaban los humos que tenía. No se enfadó, como yo pensaba que haría, sino que me sonrió con insolencia, con una boca llena de dientes blancos y afilaos. Dice, dice: «Oh, no, yo no les gusto». «Oh, sí, claro que sí —voy y digo yo, imitándolo—. Les gusta un buen par de huesos para limpiarse los dientes después de la merienda, y usté los tiene a manta». Fue todo muy raro, porque cuando los animales nos vieron hablando cogieron y se tumbaron, y cuando me acerqué a Bersicker me dejó acariciarle las orejas como de costumbre. ¡Entonces vino aquel hombre, y maldita sea si no metió la mano y también acarició las orejas del viejo lobo! «Cuidadito —voy y digo—. Bersicker es rápido». «No se preocupe —dice él—. ¡Estoy acostumbrado!». «¿Usté también está en el negocio?», dije, quitándome el sombrero, porque un hombre que comercia con lobos y demás es buen amigo de los guardas. «No —dijo—, no exactamente en el negocio, pero he domesticado algunos». Y con eso, coge y se levanta el sombrero, fino como un marqués, y se marcha. El viejo Bersicker seguía tumbao en un rincón, y no se movió en toda la tarde. Pues bueno, anoche, en cuanto salió la luna, todos los lobos empezaron a aullar. No había nadie por allí cerca, excepto alguien que estaba llamando a un perro detrás de los jardines, en la carretera del parque. Salí una o dos veces, para ver si todo iba bien, y así era, y se pararon los aullidos. Justo antes de las doce eché un vistazo antes de entrar a casa, y maldita sea, cuando llegué junto a la jaula de Bersicker vi que los barrotes estaban rotos y retorcidos y la jaula vacía. Y eso es to lo que sé.
—¿Alguien más vio alguna cosa?
—Uno de los jardineros llegaba a esa hora de la taberna cuando va y ve un perro grande y gris que salía por las vallas del jardín. Por lo menos, eso dice, pero yo no acabo de creérmelo, porque no dijo una palabra a su señora al llegar a casa, y solo cuando se supo que había escapao el lobo y después de que estuvimos to la noche buscando a Bersicker se acordó de que había visto algo. Pa mí que la taberna se le había subido a la cabeza.
—Señor Bilder, ¿tiene usted alguna explicación para la escapada del lobo?
—Bueno, señor —dijo con una especie de modestia suspicaz—, creo que sí; pero no sé si usté se quedará satisfecho con mi teoría.
—Seguro que sí. Si no se arriesga a hacer conjeturas un hombre como usted, que conoce a los animales por experiencia, ¿quién lo hará?
—Bueno, señor, pues mi explicación es la siguiente: me parece a mí que el lobo se escapó sencillamente porque quería salir.
A juzgar por la sinceridad de la risa con que Thomas y su mujer acogieron el chiste, comprendí que ya había sido utilizado anteriormente, y que la explicación no era más que una consumada estafa. No podía competir en chanzas con el singular Thomas, pero pensé que conocía un método más seguro para ablandarle el corazón, así que le dije:
—Bueno, señor Bilder, vamos a suponer que el primer medio soberano ya ha cumplido su misión, y que su hermano espera ser reclamado cuando me haya dicho lo que cree que va a ocurrir.
—Tiene razón, señor —dijo con presteza—. Usté perdone por haberle tomao el pelo; pero es que aquí la parienta me guiñó el ojo, que es lo mismo que decir que siguiera adelante. —¿Yo? ¡De eso nada! —replicó la anciana.
—Mi opinión es la siguiente: ese lobo está escondido por alguna parte. El jardinero dijo que lo vio galopando hacia el Norte más rápido que un caballo, pero yo no lo creo, porque, verá, señor, los lobos no galopan más que los perros, ya que no están hechos pa eso. Los lobos están bien pa los libros de cuentos, y yo diría que, cuando van en jaurías y persiguen algo más temido que ellos, pueden hacer un ruido de todos los demonios y dejarlo hecho pedazos, sea lo que sea. Pero, válgame Dios, que en la vida real un lobo no es más que una criatura baja, ni la mitá de listo o echao p’alante que un buen perro, y ni un cuarto de mitá tan peleón. Este no está acostumbrao a pelear ni a buscarse la vida, y lo más probable es que esté escondido en el parque temblando y, si es que piensa, dándole vueltas a la cabeza pa ver de dónde va a sacar el desayuno. O a lo mejor ha ido a otro sitio y está en una carbonera. ¡Imagínese el susto que se llevará la cocinera al ver sus ojos verdes brillando en la oscuridá! Si no pilla comida, tendrá que buscársela, y a lo mejor se topa con una carnicería a tiempo. Pero si no, como se tope con una niñera que va de paseo con un soldao y que ha dejao al niño en el cochecito…, bueno, entonces no me extrañaría nada que hubiese un niño menos en el censo. Eso es todo.
Le estaba dando el medio soberano cuando algo empezó a agitarse junto a la ventana, y el rostro del señor Bilder aumentó al doble su longitud debido a la sorpresa.
—¡Dios me asista! —dijo—. ¿Pues no es ese el viejo Bersicker que ha vuelto solo?
Se dirigió a la puerta y la abrió, medida que a mí se me antojó harto innecesaria. Siempre he pensado que un animal salvaje nunca está tan simpático como cuando entre nosotros y él se interpone un obstáculo de acusada resistencia. La experiencia personal ha intensificado más que disminuido esta opinión.
Pero, después de todo, no hay nada como la costumbre, porque ni Bilder ni su mujer prestaron mayor atención al lobo de la que yo habría prestado a un perro. El animal era tan pacífico y manso como el padre de todos los lobos de las ilustraciones, el antiguo amigo de Caperucita Roja, ganándose su confianza disfrazado.
La escena era una mezcla indecible de comedia y tragedia. Allí estaba el malvado lobo que ha paralizado Londres durante medio día y que ha hecho temblar de miedo a todos los niños de la ciudad, en actitud arrepentida, y fue recibido y acariciado como una especie de hijo pródigo lupino. El viejo Bilder lo examinó por todas partes con la más tierna solicitud y, una vez que hubo acabado con su penitente, dijo:
—Vaya, ya sabía yo que el pobre chaval se metería en algún lío, ¿no lo he estao diciendo to el rato? Fíjese, tiene la cabeza llena de cortaduras y de cristales rotos. Debe de haber saltao alguna condenada pared o algo así. Es una vergüenza que a la gente se le permita poner cristales rotos en lo alto de los muros. Esto es lo que se consigue. Ven aquí, Bersicker.
Se llevó al lobo y lo encerró en una jaula, con un trozo de carne que satisfizo, al menos en cantidad, las elementales necesidades del cebado lobo con piel de cordero, y se fue a dar parte de su regreso.
Yo también me marché, para escribir la única información exclusiva que se ofrece hoy sobre la extraña aventura del zoo.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



17 de septiembre.—Estaba en mi despacho después de cenar ocupado en arreglar mis libros de cuentas, que, debido a la presión de otras tareas y de las múltiples visitas a Lucy, habían caído en el mayor de los olvidos. De repente se abrió la puerta, y mi paciente entró precipitadamente, con la cara deformada por la cólera. Me quedé estupefacto, porque es poco menos que insólito que un paciente entre por voluntad propia en el despacho del superintendente. Se dirigió hacia mí sin mediar pausa. Llevaba un cuchillo de mesa en la mano y yo, al darme cuenta del peligro, traté de interponer la mesa entre los dos. Pero era demasiado rápido y demasiado fuerte para mí, ya que, sin darme tiempo para recuperar el equilibrio, se precipitó sobre mí y me hizo una herida bastante grave en la muñeca. Antes de que pudiera volver a herirme le di un derechazo y cayó al suelo de espaldas cuan largo era. La muñeca me sangraba abundantemente, y en la alfombra se formó un charco con la sangre que goteaba. Como vi que mi amigo no tenía intención de hacer más tentativas, me puse a vendarme la herida, mientras vigilaba con recelo a la figura postrada. Cuando entraron los celadores y nos fijamos en el paciente, la actividad que realizaba me puso enfermo. Estaba tumbado en el suelo, sobre la tripa, lamiendo como un perro la sangre que había caído de mi muñeca herida. Lo apresamos con facilidad y, con gran sorpresa por mi parte, se fue con los celadores de buena gana, repitiendo una y otra vez:
—¡La sangre es vida! ¡La sangre es vida!
No puedo permitirme el lujo de perder sangre en estos momentos: he perdido demasiada últimamente para mi bienestar físico; además, la prolongada tensión de la enfermedad de Lucy, con sus horribles fases, empieza a afectarme. Estoy sobreexcitado y preocupado, y necesito descansar, descansar, descansar. Por suerte, Van Helsing no me ha llamado, así que no tendré que aplazar el sueño; esta noche no podría resistir sin él.

TELEGRAMA DE VAN HELSING, AMBERES, A SEWARD, CARFAX



(Enviado a Carfax, Sussex, ya que no se mencionaba el condado; entregado con un retraso de veintidós horas)
17 de septiembre
No deje de estar en Hillingham esta noche. Si no la vigila todo el tiempo, haga frecuentes visitas para comprobar que las flores están bien situadas; muy importante, no deje de hacerlo. Estaré con usted en cuanto me sea posible después de mi llegada.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



18 de septiembre.—Voy a tomar el tren para Londres. La llegada del telegrama de Van Helsing me ha dejado consternado. Toda una noche perdida, y sé por amarga experiencia lo que puede ocurrir en una noche. Es posible que todo vaya bien, pero ¿qué puede haber ocurrido? Sin duda, sobre nosotros se cierne el destino terrible de que todos los accidentes posibles frustren cualquier cosa que intentemos hacer. Voy a llevarme este cilindro y terminaré el registro en el fonógrafo de Lucy.



NOTAS DEJADAS POR LUCY WESTENRA



17 de septiembre: Por la noche.—Escribo esto porque quiero que lo vean, de modo que nadie tenga dificultades por mi culpa. Es una relación exacta de lo que ha ocurrido esta noche. Siento que me muero de debilidad, y apenas tengo fuerzas para escribir, pero debo hacerlo, aunque muera en el intento.
Me acosté como de costumbre, tras asegurarme de que las flores estaban colocadas como había ordenado el doctor Van Helsing, y pronto me quedé dormida.
Me despertó el aletear en la ventana, que había empezado tras la noche de sonambulismo por el acantilado de Whitby —ocasión en la que me salvó Mina—, y que ahora conozco tan bien. No me dio miedo, pero deseé que el doctor Seward estuviera en la habitación de al lado —como había dicho el doctor Van Helsing— para haberle llamado. Traté de volver a dormirme, pero no pude. Entonces me invadió el antiguo miedo a dormir, y decidí mantenerme despierta. El sueño intentaba dominarme perversamente cuando yo no lo deseaba, de modo que, como tenía miedo de estar sola, abrí la puerta y grité: «¿Hay alguien ahí?». No hubo respuesta. Temía despertar a mi madre, así que volví a cerrar la puerta. Entonces oí entre los arbustos del exterior una especie de aullido como el de un perro, pero más fiero y más profundo. Fui a la ventana y miré fuera, pero no vi nada, excepto un gran murciélago, que evidentemente había estado golpeando la ventana con sus alas. Me metí de nuevo en la cama, aunque decidida a no volver a dormirme. En ese momento se abrió la puerta, y se asomó mi madre; al ver por mis movimientos que no estaba dormida, entró y se sentó a mi lado. Con mayor dulzura y suavidad que de costumbre me dijo:
—Cariño, estaba intranquila por ti, y he venido a comprobar que te encuentras bien.
Tenía miedo de que se enfriase allí sentada, por lo que le pedí que entrase y se acostase conmigo. Se metió en la cama y se tendió junto a mí, sin quitarse la bata, pues dijo que solo se quedaría un rato y después se volvería a su cama. Mientras estábamos ambas abrazadas, volvió a oírse en la ventana el golpear y aletear. Se sobresaltó y se asustó un poco, y gritó: «¿Qué es eso?». Traté de calmarla, cosa que finalmente logré, y se quedó en silencio; pero yo oía su pobre corazón que aún latía terriblemente. Al cabo de un rato volvió a oírse el aullido apagado en los arbustos, y poco después se oyó un golpe en la ventana, y un montón de cristales rotos cayó al suelo. La contraventana giró hacia dentro con el viento, que entró como una exhalación, y por la abertura del vidrio roto apareció la cabeza de un gran lobo, gris y flaco. Mi madre gritó, asustada, y se incorporó trabajosamente hasta sentarse, mientras se agarraba furiosamente a cualquier cosa que pudiera ayudarla. Entre otras cosas, se agarró a la guirnalda de flores que el doctor Van Helsing insiste en que lleve en torno al cuello, y me la arrancó. Estuvo incorporada durante unos segundos, señalando al lobo, mientras en su garganta se oía un gorgoteo extraño y terrible; después se desplomó, como herida por un rayo, y me golpeó la frente con su cabeza, lo que me dejó mareada durante unos momentos. Toda la habitación parecía girar a mi alrededor. Mantuve los ojos fijos en la ventana, pero el lobo retiró la cabeza, y por la ventana rota pareció entrar una miríada de pequeñas chispas, formando espirales y círculos como la columna de polvo que describen los viajeros cuando hay simún en el desierto. Traté de moverme, pero me encontraba bajo un hechizo, y el pobre cuerpo de mamá, que ya parecía haberse enfriado —su corazón había dejado de latir—, me impedía levantarme. Durante un rato no recuerdo nada más.
No creo que pasara mucho tiempo, pero fue realmente espantoso, hasta que volví a recobrar la conciencia. En algún lugar cercano tañía una campana; todos los perros del vecindario aullaban; y en los arbustos, al parecer justo al lado de la ventana, cantaba un ruiseñor. Me quedé aturdida y atontada por el dolor y el terror y la debilidad, pero el canto del ruiseñor se me antojó la voz de mi madre muerta que hubiera vuelto para consolarme. Los ruidos debieron de despertar a las sirvientas, porque oí sus pies desnudos que andaban con pasos ligeros junto a la puerta de mi habitación. Las llamé; entraron, y al ver lo que había ocurrido y lo que yacía sobre mí, se pusieron a chillar. Por la ventana rota, se precipitaban ráfagas de viento, y la puerta se cerró de golpe. Retiraron el cuerpo de mi querida madre, y después que yo me hube levantado, lo colocaron en la cama, cubierto con una sábana. Estaban todas tan asustadas y nerviosas que las insté a que fueran al comedor a tomar un vaso de vino. La puerta se abrió un momento y volvió a cerrarse. Las sirvientas gritaron y se dirigieron en grupo al comedor. Yo coloqué las flores que tenía en el pecho de mi querida madre. Al verlas allí recordé lo que me había dicho el doctor Van Helsing, pero no quería quitarlas, y además, algunas de las sirvientas iban a velar conmigo. Me sorprendía que no hubiesen regresado. Las llamé, pero no obtuve respuesta, así que fui al comedor a buscarlas.
Se me encogió el corazón al ver lo que había ocurrido. Estaban todas tendidas en el suelo, inmóviles, y respiraban pesadamente. La jarra de jerez estaba en la mesa, mediada, y había un olor raro, acre. Como se despertaron mis sospechas, examiné la jarra. Olía a láudano, y al mirar en el aparador, descubrí que la botella que le receta el médico a mi madre —oh, que le recetaba— estaba vacía. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? He vuelto a la habitación, con mi madre. No puedo dejarla, y estoy sola, excepto por las sirvientas dormidas, a quienes alguien ha drogado. ¡Sola con un cadáver! No me atrevo a salir, porque por la ventana abierta oigo el aullido del lobo.
El aire parece lleno de chispas que flotan y forman círculos en la corriente de la ventana, y las luces brillan azules y sombrías. ¿Qué puedo hacer? ¡Que Dios me proteja del mal esta noche! Esconderé este papel en mi pecho, para que lo encuentren cuando vengan a rescatarme. ¡Mi querida madre muerta! Ya es hora de que yo muera también. Adiós, querido Arthur, si no sobrevivo a esta noche. ¡Que Dios te guarde, cariño, y que Dios me ayude!

Capítulo XII

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



18 de septiembre.—Salí inmediatamente hacia Hillingham en coche y llegué temprano. Dejé el carruaje a la puerta del jardín y subí por la avenida. Llamé a la puerta suavemente y toqué el timbre con la mayor discreción posible, pues temía molestar a Lucy o a su madre, en la esperanza de que acudiese algún sirviente. Al cabo de un rato, y al no obtener respuesta, volví a llamar y a tocar el timbre, pero tampoco contestó nadie. Maldije la pereza de los sirvientes por estar en la cama a semejante hora —porque eran las diez—, y volví a llamar y a tocar el timbre, pero esta vez con más impaciencia, aunque tampoco obtuve respuesta. Hasta entonces había echado la culpa a los sirvientes, pero empezó a embargarme un terrible temor. ¿Era aquella desolación otro eslabón de la cadena del destino que se cerraba en torno a nosotros? ¿Era la casa a la que había llegado demasiado tarde una casa de muerte? Sabía que unos minutos, incluso unos segundos de retraso, podían significar horas de peligro para Lucy si había sufrido una de aquellas terribles recaídas, y rodeé la casa para ver si, por casualidad, daba con un acceso de entrada.
No hallé ningún medio de entrar. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas y aseguradas, por lo que regresé confuso al porche. Mientras me dirigía hacia allí, oí las pisadas rápidas de un caballo que cabalgaba a buen paso. Se detuvieron ante la puerta del jardín, y unos segundos después me encontré con Van Helsing, que subía corriendo por la avenida. Al verme, me dijo casi sin aliento:
—Así que era usted, y recién llegado. ¿Cómo está ella? ¿Es demasiado tarde? ¿Recibió mi telegrama?
Contesté, con toda la rapidez y coherencia de que fui capaz, que había recibido su telegrama a primeras horas de la mañana, y que no había perdido ni un minuto en venir aquí, y que no lograba hacerme oír por ningún habitante de la casa. Se detuvo y se quitó el sombrero, mientras decía solemnemente:
—Entonces me temo que hemos llegado demasiado tarde. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!
Con su capacidad de recuperación acostumbrada prosiguió:
—Vamos. Si no hay ningún camino abierto para entrar, lo abriremos nosotros. El tiempo lo es todo para nosotros en este momento.
Fuimos a la parte trasera de la casa; en la cocina encontramos una ventana. El profesor sacó de su maletín una pequeña sierra de cirujano, me la dio y señaló los barrotes de hierro que protegían la ventana. Los ataqué de inmediato y al poco tiempo ya había aserrado tres. Después empujamos el seguro del marco corredizo con un cuchillo largo y delgado y abrimos la ventana. Ayudé a entrar al profesor, y lo seguí. No había nadie en la cocina ni en las habitaciones de los criados, que estaban cerca. Miramos en todas las habitaciones, y en el comedor, débilmente iluminado por los rayos de sol que se colaban por entre las persianas, descubrimos a cuatro sirvientas tendidas en el suelo. No había motivo para pensar que estuvieran muertas, ya que su respiración estertorosa y el acre olor a láudano que inundaba la habitación no dejaban duda acerca de su estado. Van Helsing y yo nos miramos, y mientras nos alejábamos, dijo:
—Nos ocuparemos de ellas más tarde.
Después subimos a la habitación de Lucy. Nos detuvimos unos segundos ante la puerta para escuchar, pero no oímos ningún ruido. Abrimos la puerta con suavidad, con rostros blancos y manos temblorosas, y entramos en la habitación.
¿Cómo podré describir lo que vimos? En la cama yacían dos mujeres, Lucy y su madre. Esta última estaba situada hacia el centro, cubierta con una sábana, cuyo borde se había levantado debido a la corriente de aire que entraba por la ventana rota, y mostraba un rostro blanco, ojeroso, con una mirada de terror. A su lado se encontraba Lucy, con el rostro igualmente blanco y aún más ojeroso. Encontramos las flores que había llevado alrededor del cuello en el pecho de su madre, y la garganta, al descubierto, mostraba las dos pequeñas heridas que habíamos observado con anterioridad, pero terriblemente blancas y magulladas. El profesor se inclinó sobre la cama sin decir palabra, con la cabeza casi rozando el pecho de la pobre Lucy; después giró rápidamente la cabeza, como si estuviera escuchando, y dando un salto me gritó:
—¡Aún no es demasiado tarde! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Traiga el coñac!
Bajé las escaleras en un vuelo y volví con el coñac, tras haberlo olido y probado, por si acaso estaba drogado, como la jarra de jerez que encontré sobre la mesa. Las sirvientas aún respiraban, pero más inquietas, por lo que conjeturé que el efecto del narcótico se estaba pasando. No me quedé para asegurarme, sino que volví con Van Helsing.
Como en la anterior ocasión, frotó las encías, los labios, las muñecas y las palmas de las manos con el coñac. Me dijo:
—Yo puedo hacer esto, lo único posible de momento. Usted vaya a despertar a esas sirvientas. Restriégueles la cara con una toalla húmeda, y restriegue fuerte. Haga que dispongan el fuego y preparen un baño caliente. Esta pobre alma está casi tan fría como la que yace a su lado. Necesitará que la calentemos antes de hacer cualquier otra cosa.
Salí de inmediato, y encontré pocas dificultades para despertar a tres de las mujeres. La cuarta era una chica muy joven, y evidentemente, la droga la había afectado más, así que la tendí en el sofá y la dejé dormir. Las otras estaban aturdidas al principio, pero en cuanto empezaron a recordar, se pusieron a gritar y a sollozar histéricamente. Pero yo me mostré severo con ellas, y no las dejé hablar. Les dije que ya era suficiente con que se hubiese perdido una vida, y que, si se entretenían, sacrificarían a la señorita Lucy. Se fueron a preparar lumbre y agua, entre sollozos y gritos, casi desnudas. Como, por fortuna, la cocina y el calentador de agua estaban aún encendidos, no faltó agua caliente. Cogimos una bañera y llevamos a Lucy tal y como estaba, y allí la metimos. Mientras frotábamos sus miembros, se oyó un golpe en la puerta del vestíbulo. Una de las sirvientas se apresuró a abrir, tras ponerse precipitadamente alguna ropa más. Después regresó y nos dijo en un susurro que había un caballero con un mensaje del señor Holmwood. Le ordené que le dijera que esperase, porque de momento no podíamos ver a nadie. Se marchó a dar el recado, y, absortos en nuestro trabajo, pronto me olvidé por completo de él.
En toda mi experiencia, nunca he visto al profesor trabajar con tanta gravedad y seriedad. Sabía —como lo sabía él— que era una lucha implacable contra la muerte, y en una pausa que hicimos así se lo dije. Me respondió de una forma que no comprendí, pero con la expresión más severa que puede adoptar su rostro:
—Si eso fuera todo, me detendría aquí, donde estamos ahora, y dejaría que desapareciese en paz, porque no veo ninguna luz de vida en su horizonte.
Prosiguió su tarea con vigor renovado y, si cabe, con mayor frenesí.
En ese momento ambos observamos que el calor empezaba a producir su efecto. Al examinarlo con el estetoscopio, el corazón de Lucy empezó a latir de forma ligeramente más audible, en tanto que sus pulmones se movían perceptiblemente. La cara de Van Helsing casi resplandecía, y, mientras la sacábamos del baño y la envolvíamos en una sábana caliente para secarla, me dijo:
—¡El primer triunfo es nuestro! ¡Jaque al rey!
Llevamos a Lucy a otra habitación, que ya habían preparado, la tendimos en la cama y hicimos que tragase unas gotas de coñac. Observé que Van Helsing ataba un delicado pañuelo de seda en torno al cuello de la muchacha. Esta seguía inconsciente, y parecía encontrarse tan mal como antes, si no peor.
Van Helsing llamó a una de las mujeres, y le dijo que se quedara con ella y que no apartara los ojos de Lucy hasta que hubiéramos regresado, y a continuación me hizo señas para que saliera de la habitación.
—Tenemos que consultar sobre lo que hay que hacer —dijo mientras descendíamos la escalera.
Al llegar al vestíbulo abrió la puerta del comedor y entramos; cerró la puerta cuidadosamente. Habían subido las persianas, pero las contraventanas aún estaban cerradas, con esa obediencia a la etiqueta de la muerte que tan rígidamente observan las mujeres británicas de las clases bajas. Por tanto, la habitación estaba a oscuras. Pero había suficiente luz para nuestros propósitos. La seriedad de Van Helsing estaba en cierto modo aliviada por una mirada de perplejidad. Era evidente que se torturaba el cerebro con algo, así que esperé unos instantes, y finalmente dijo:
—¿Qué podemos hacer ahora? ¿Adónde acudiremos en busca de ayuda? Debemos hacer otra transfusión de sangre, y pronto, o la vida de esa pobre muchacha no tendrá ni una hora de valor. Usted ya está agotado; yo también lo estoy. Temo confiar en esas mujeres, incluso si tuvieran coraje para obedecer. ¿Qué hemos de hacer para que alguien abra sus venas para ella?
—Bueno, ¿es que yo no pinto nada?
La voz provenía del sofá que había al otro lado de la habitación, y su tono llenó mi corazón de alivio y alegría, porque era la voz de Quincey Morris. Van Helsing se sobresaltó, enfadado, al oír el primer sonido, pero su rostro se suavizó, y en sus ojos apareció una mirada de contento cuando yo grité:
—¡Quincey Morris! —y me precipité hacia él con las manos extendidas—. ¿Cómo has venido aquí? —pregunté mientras nos estrechábamos las manos—. Supongo que el motivo es Art.

Me tendió un telegrama.
«No he tenido noticias de Seward desde hace tres días, y estoy terriblemente preocupado. No puedo marcharme. Padre en el mismo estado. Escríbeme para decirme cómo está Lucy. No te retrases.

HOLMWOOD»

—Creo que he llegado justo a tiempo. Sabes que no tienes más que decirme lo que debo hacer.
Van Helsing avanzó unos pasos, le estrechó la mano, mientras le miraba a los ojos, y dijo:
—La sangre de un hombre valiente es lo mejor de esta tierra cuando una mujer está en apuros. Usted es un hombre; no hay duda. Bueno, el diablo puede ponerse en contra de nosotros todo cuanto quiera, pero Dios nos envía hombres cuando los necesitamos.
Una vez más llevamos a cabo aquella espantosa operación. No tengo ánimos para explicar los detalles. Lucy había sufrido un choque terrible, y la había afectado más que antes, porque, aunque en sus venas entraba suficiente sangre, su cuerpo no respondía al tratamiento tan bien como en las anteriores ocasiones. Era espantoso ver y oír su lucha por volver a la vida. No obstante, mejoró el funcionamiento del corazón y de los pulmones, y Van Helsing le puso una inyección subcutánea de morfina, como en la ocasión anterior, con buenos resultados. Su desmayo se convirtió en un sueño profundo. El profesor se quedó vigilando mientras yo bajaba con Quincey Morris, y envié a una de las criadas a pagar al cochero, que esperaba fuera. Dejé a Quincey acostado tras darle un vaso de vino, y dije a la cocinera que preparase un buen desayuno. Entonces se me ocurrió una idea, y regresé a la habitación en que se encontraba Lucy. Al entrar silenciosamente, vi a Van Helsing con unas hojas de papel en la mano. Evidentemente, había leído el contenido, y estaba pensando en ello, sentado y con la mano apoyada en la frente. Había una expresión de sombría satisfacción en su rostro, como si hubiera resuelto una duda. Al darme el papel solamente dijo:
—Cayó del pecho de Lucy cuando la llevamos al baño.
Cuando lo hube leído me quedé mirando al profesor y, tras una pausa, le pregunté:
—En el nombre de Dios, ¿qué significa todo esto? ¿Estaba, o está loca? ¿O con qué terrible peligro nos enfrentamos?
Estaba tan aturdido que no sabía qué más decir. Van Helsing extendió la mano y cogió el papel, diciendo:
—No se preocupe por ello ahora. Olvídelo de momento. Lo sabrá y lo comprenderá a su debido tiempo; pero será más adelante. Y ahora, ¿qué es lo que ha venido a decirme?
Esto me devolvió a la realidad, y volví en mí.
—He venido a hablarle sobre el certificado de defunción. Si no obramos adecuadamente y con prudencia, se abrirá una investigación, y habrá que enseñar ese papel. Confío en que no sea necesaria una investigación, porque, en otro caso, sería mortal para la pobre Lucy, si no la mata antes otra cosa. Yo sé, y usted sabe, y el otro médico que la atendió también lo sabe, que la señora de Westenra padecía una enfermedad del corazón, por lo que podemos certificar que esa ha sido la causa de su muerte. Rellenemos el certificado inmediatamente y yo mismo lo llevaré al registro e iré a la funeraria.
—¡Bien, amigo John! ¡Bien pensado! En verdad, la señorita Lucy, si está triste por las penas que la afligen, al menos está feliz por los amigos que la quieren. Uno, dos, tres, todos abren sus venas por ella, y, además, uno de ellos es un anciano. ¡Ah, si, lo sé, amigo John; no estoy ciego! ¡Le quiero aún más por eso! Ahora váyase.
En el vestíbulo me encontré con Quincey Morris, que llevaba un telegrama para Arthur en el que le comunicaba que la señora de Westenra había fallecido; que Lucy había estado enferma, aunque iba mejorando; y que Van Helsing y yo estábamos con ella. Le dije dónde iba, y me instó a que me apresurase, pero al salir me dijo:
—Jack, cuando vuelvas, ¿puedo hablar contigo a solas?
Asentí por toda respuesta y salí. No encontré ninguna dificultad en el registro, y acordé con el director de pompas fúnebres de la localidad que fuese por la tarde a tomar las medidas para el ataúd y a hacer los preparativos necesarios.
Cuando volví, Quincey estaba esperándome. Le dije que hablaría con él en cuanto me enterase de cómo se encontraba Lucy, y subí a su habitación. Aún dormía, y al parecer el profesor no se había movido de la silla que ocupaba junto a ella. Al verle llevarse un dedo a los labios, deduje que esperaba que se despertase pronto y temía anticiparse a la naturaleza. De modo que bajé a reunirme con Quincey y le llevé a la habitación del desayuno, donde no estaban cerradas las contraventanas, por lo que era un poco más alegre, o más bien menos triste que las otras habitaciones. Una vez a solas, me dijo:
—Jack Seward, no quiero meterme donde no me llaman; pero este no es un caso corriente. Sabes que amaba a esa chica y quería casarme con ella, pero, aunque eso ya ha pasado, no puedo evitar estar preocupado por ella. ¿Qué le ocurre? El holandés, que es un buen tipo, por cierto, cuando entrasteis los dos a la habitación, dijo que teníais que realizar otra transfusión de sangre, y que ambos estabais agotados. Sé perfectamente que los médicos habláis in camera[35], y que nadie puede esperar enterarse de lo que habláis en privado. Pero este no es un asunto corriente, y sea lo que fuere, yo he desempeñado mi papel. ¿No es así?
—Así es —respondí, y él continuó:
—Entiendo que tú y Van Helsing ya habéis hecho lo que yo he hecho hoy. ¿No es así?
—Así es.
—Y supongo que también Art estuvo metido en esto. Cuando lo vi hace cuatro días en su casa tenía un aspecto raro. Nunca he visto nada desmoronarse con tanta rapidez desde que estuve en la Pampa, cuando tenía una yegua a la que quería mucho y que murió una noche. Por la noche la había atacado uno de esos grandes murciélagos que llaman vampiros, y entre lo que le chupó y la vena que quedó abierta, no tenía suficiente sangre en el cuerpo para mantenerse en pie, y tuve que meterle una bala mientras estaba tumbada en el suelo. Jack, si es que puedes decírmelo sin traicionar la confianza que han depositado en ti, Arthur fue el primero, ¿no es así?
Mientras pronunciaba estas palabras, el pobre hombre tenía una expresión de terrible preocupación. Le atormentaba la incertidumbre que rodeaba a la mujer que amaba, y su completa ignorancia del espantoso misterio en que estaba envuelta intensificaba su dolor. Su corazón sangraba, y necesitó toda su virilidad —y era mucha la que tenía— para no derrumbarse. Hice una pausa antes de responderle, porque no debo revelar nada que el profesor desee mantener en secreto; pero ya sabía tanto, y adivinaba tanto, que no había razón para no contestar, de modo que le respondí con la misma frase:
—Así es.
—¿Y desde cuándo ocurre esto?
—Desde hace unos diez días.
—¡Diez días! Entonces he de suponer, Jack Seward, que esa pobre y bonita criatura que todos amamos ha llevado a sus venas la sangre de cuatro hombres fuertes. Es una cantidad excesiva.
Después, acercándose a mí, me dijo furioso, casi en un susurro:
—¿Qué es lo que ha hecho desaparecer esa sangre?
Bajé la cabeza.
—Ahí reside el punto clave. Van Helsing está sencillamente frenético por eso, y yo estoy a punto de perder el juicio. Ni siquiera puedo aventurar una conjetura. Se han dado una serie de pequeñas circunstancias que han echado por tierra todos nuestros cálculos sobre el tratamiento adecuado de Lucy. Pero no volverá a ocurrir. Aquí nos quedaremos hasta que todo vaya bien… o hasta que acabe.
Quincey me tendió su mano.
—Contad conmigo —dijo—. Tú y el holandés me diréis qué he de hacer, y lo haré.
Cuando Lucy despertó a últimas horas de la tarde, su primer movimiento fue palparse el pecho, y, con gran sorpresa por mi parte, sacar el papel que Van Helsing me había dado a leer. El profesor, precavido, había vuelto a colocarlo en su lugar, para que Lucy no se alarmase al despertar. Sus ojos se posaron en Van Helsing, y también en mí, y se llenaron de alegría. Miró la habitación, y al darse cuenta de dónde se encontraba, se estremeció; emitió un grito agudo, y se cubrió el pálido rostro con sus delgadas manos. Ambos comprendimos lo que significaba aquel gesto: que había tomado plena conciencia de la muerte de su madre, así que hicimos todo lo posible por consolarla. Sin duda, nuestro afecto la alivió un poco, pero estaba muy desanimada y lloró silenciosa y débilmente durante largo rato. Le dijimos que a partir de entonces siempre estaríamos con ella uno de los dos, o ambos, y esto pareció reconfortarla. Al anochecer se quedó adormecida. Entonces ocurrió algo muy extraño. Aún dormida, sacó el papel del pecho y lo rompió en dos. Van Helsing avanzó unos pasos y cogió los trozos. Pero ella prosiguió la acción de romper, como si aún tuviera el objeto entre sus manos; finalmente, levantó las manos y las abrió, como para desperdigar los fragmentos. Van Helsing pareció sorprendido, y sus cejas se unieron, como si estuviera sumido en profunda meditación, pero no dijo nada.
19 de septiembre.—Durante toda la noche durmió a rachas, siempre con miedo al sueño, y al despertar se encontraba un poco más débil. El profesor y yo nos turnamos para vigilarla, y no la abandonamos ni un momento. Quincey Morris no dijo nada sobre sus intenciones, pero sé que estuvo rondando la casa durante toda la noche.
Al llegar el día, su luz penetrante mostró los estragos que habían sufrido las fuerzas de la pobre Lucy. Apenas podía volver la cabeza, y el poco alimento que podía tomar no parecía hacerle ningún bien. Dormía a ratos, y tanto Van Helsing como yo observamos la diferencia que se producía entre el sueño y la vigilia. Mientras dormía parecía más fuerte, aunque también más ojerosa, y su respiración más tranquila; la boca abierta dejaba al descubierto las pálidas encías, retiradas de los dientes, que por ello parecían más largos y afilados de lo normal; al despertar, la dulzura de sus ojos cambiaba la expresión, porque recobraba su aspecto de siempre, aunque moribunda. Por la tarde preguntó por Arthur, a quien telegrafiamos para que viniese. Quincey fue a buscarlo a la estación.
Cuando llegó eran casi las seis. El sol se ocultaba en todo su esplendor, y la luz roja entraba a raudales por la ventana y proporcionaba más color a las pálidas mejillas de Lucy. Al verla, Arthur se ahogó de emoción, y ninguno de nosotros pudo hablar. En las últimas horas se habían hecho más frecuentes las rachas de sueño, o el estado comatoso, que por tal podía tomarse, de modo que se habían acortado las pausas en que era posible la conversación. No obstante, la presencia de Arthur actuó como estimulante; Lucy se recuperó un poco, y habló con él con mayor vivacidad de la que había mostrado desde nuestra llegada. También Arthur se sobrepuso y habló con todo el optimismo de que pudo hacer acopio.
Ahora es casi la una, y Arthur y Van Helsing están con ella. Yo tengo que relevarlos dentro de un cuarto de hora. Estoy grabando en el fonógrafo de Lucy. Intentarán descansar hasta las seis. Me temo que mañana se acabará nuestra vigilancia, porque el choque ha sido demasiado grande. La pobre niña no puede recuperarse. Que Dios nos ayude a todos.

CARTA DE MINA HARKER A LUCY WESTENRA (Sin abrir por la destinataria)



17 de septiembre
Queridísima Lucy:
Parece que hace siglos que no sé nada de ti, o desde que te escribí. Sé que perdonarás todos mis fallos cuando hayas leído el inventario de noticias. Pues bien, volví con mi marido perfectamente; al llegar a Exeter nos esperaba un carruaje, y en su interior, a pesar de que padecía un ataque de gota, iba el señor Hawkins. Nos llevó a su casa, donde nos tenían preparadas habitaciones cómodas y agradables, y cenamos juntos. Después de la cena, el señor Hawkins dijo:
—Queridos amigos, quiero brindar por vuestra salud y prosperidad; y porque sobre nosotros recaigan todas las bendiciones. Os conozco a ambos desde niños, y os he visto crecer con cariño y orgullo. Quiero que construyáis vuestro hogar aquí, conmigo. No tengo hijos; no tengo a nadie, y en mi testamento os lego todo a vosotros.
Lucy, me puse a llorar cuando Jonathan y el anciano se estrecharon las manos. Fue una velada muy feliz.
Así que aquí estamos, instalados en esta hermosa casa antigua, y, tanto desde mi dormitorio como desde el cuarto de estar, veo los grandes olmos de la cercana catedral, con sus troncos grandes y negros destacando sobre la vieja piedra amarilla de la catedral; y puedo oír a los grajos en lo alto, grajeando y grajeando y charlando y criticando todo el día, como hacen los grajos y los humanos. No hará falta decirte que estoy muy ocupada preparando cosas y arreglando la casa. Jonathan y el señor Hawkins también trabajan todo el día; ahora que Jonathan se ha convertido en socio, el señor Hawkins desea enseñarle todo lo relacionado con los clientes.
¿Qué tal se encuentra tu querida madre? Ojalá pudiera hacer una escapada a la ciudad para verte un par de días, pero aún no me atrevo con semejante carga sobre mis espaldas; además, Jonathan necesita todavía mis cuidados. Empieza a tener otra vez algo más que piel sobre los huesos, pero tras la terrible enfermedad se ha quedado muy debilitado; todavía hay veces en que se despierta repentinamente, sobresaltado y temblando, hasta que consigo que recupere su calma habitual a fuerza de mimos. Pero, gracias a Dios, estas ocasiones son cada vez menos frecuentes, y confío en que desaparezcan finalmente. Y ahora que te he contado mis novedades, permíteme que te pregunte por las tuyas. ¿Cuándo te vas a casar, y dónde, y quién va a celebrar la ceremonia, y qué vas a llevar, y va a ser pública o íntima? Cuéntamelo todo sobre la boda, querida, cuéntamelo todo, porque no hay nada que te interese a ti que no tenga importancia para mí. Jonathan me pide que te envíe sus «respetuosos saludos», pero no creo que sea suficiente para el socio joven de la importante firma Hawkins y Harker; así que como tú me quieres, y él me quiere, y yo te quiero en todos los modos y tiempos del verbo, sencillamente te envío su «afecto». Adiós, queridísima Lucy, con mis fervientes votos por tu felicidad.
Tuya,

MINA HARKER



INFORME DE PATRICK HENNESSEY, M. D., M. R. C. S., L. K. Q. C. P. I.[36], ETC., A JOHN SEWARD, M. D.



20 de septiembre
Estimado señor:
Tal como me pidió, paso a informarle sobre la situación de todo lo que dejó a mi cargo… Con respecto al paciente Renfield, hay muchas novedades. Ha sufrido otra crisis que podría haber tenido un final espantoso, pero que, por fortuna, terminó sin consecuencias que lamentar. Esta tarde llegó un carro conducido por dos hombres a la casa vacía, cuyos jardines lindan con los nuestros —la casa a la que, según recordará, escapó dos veces el paciente—. Los carreteros se detuvieron a la puerta de nuestro jardín para pedir orientación al portero, ya que eran forasteros. Yo estaba asomado a la ventana del despacho, fumando un cigarrillo después de cenar, cuando vi acercarse a la casa a uno de ellos. Al pasar junto a la ventana de la habitación de Renfield, el paciente se puso a reñirle desde el interior y a soltarle todos los insultos que se le pasaron por la cabeza. El hombre, que parecía buena persona, se contentó con decirle que «se callara la sucia bocaza», a lo que nuestro paciente le replicó con acusaciones de haberle robado y de querer asesinarlo, y dijo que se lo impediría si se atrevía a intentarlo. Abrí la ventana e hice señas al hombre para que no le prestase atención, de modo que, tras examinar el edificio y formarse una idea del tipo de lugar al que había llegado, se limitó a decir:
—Cielo santo, señor, no me importa lo que me digan en una maldita casa de locos. Le compadezco a usted y al director por tener que vivir en la misma casa que una mala bestia como esa.
Después me preguntó cortésmente cómo podía entrar, y yo le expliqué dónde estaba la puerta del jardín de la casa vacía. Se marchó, perseguido por las amenazas, maldiciones e injurias de nuestro hombre. Bajé para tratar de averiguar la causa de su ira, pues normalmente se porta muy bien, y, excepto por sus accesos de violencia, nunca había ocurrido nada semejante. Me quedé estupefacto al encontrarlo sosegado y afable. Intenté hacerle hablar sobre el incidente, pero con suma suavidad me preguntó que a qué me refería, y me hizo creer que había olvidado el asunto por completo. Lamento decir que no fue más que otro ejemplo de su astucia, ya que al cabo de media hora volví a tener noticias suyas. En esta ocasión había escapado por la ventana de su habitación y corría avenida abajo. Ordené a los celadores que me siguieran, y corrí tras él, ya que temía que cometiese cualquier desaguisado. Mis temores quedaron confirmados al ver bajar por la carretera el mismo carro que había pasado antes, cargado de grandes cajas de madera. Los hombres se enjugaban la frente, con el rostro enrojecido, como tras un violento ejercicio. Antes de que pudiera darle alcance, el paciente se precipitó sobre ellos, tiró a uno del carro y se puso a golpearle la cabeza contra el suelo. Si no lo hubiese sujetado en ese momento, creo que habría matado al carretero allí mismo. El otro tipo bajó de un salto y le dio un golpe en la cabeza con el mango de su látigo. Fue un golpe tremendo; pero, al parecer, no le afectó, ya que agarró al hombre y luchó contra nosotros tres, vapuleándonos como si fuésemos gatitos. Usted sabe que no soy precisamente un peso pluma y los otros dos hombres eran fornidos. Al principio peleaba en silencio, pero, cuando empezamos a dominar la situación, y mientras los celadores le ponían una camisa de fuerza, empezó a gritar: «¡No lo consentiré! ¡No van a robarme! ¡No van a matarme poco a poco! ¡Lucharé por mi maestro y señor!», y toda clase de incoherencias y delirios similares. Tras muchas dificultades, lo llevaron a la casa y lo encerraron en la habitación acolchada. A Hardy, uno de los celadores, se le rompió un dedo. Pero volví a colocárselo en su sitio, y ya se encuentra bien.
Al principio, los carreteros nos amenazaron seriamente con exigirnos daños y perjuicios, y prometieron hacer caer sobre nosotros todo el rigor de la ley. Pero sus amenazas iban entremezcladas con ciertas excusas indirectas por la derrota que habían sufrido a manos de un pobre loco. Dijeron que, de no haber sido porque habían gastado muchas energías en transportar al carro y cargar las pesadas cajas, no habrían tenido ni para empezar con él. Otra de las razones que dieron para justificar su derrota fue la extraordinaria sed a que les había reducido la naturaleza polvorienta de su tarea y la censurable distancia que separaba el escenario de su trabajo de cualquier lugar de esparcimiento público. Comprendí lo que querían dar a entender, y tras un buen vaso de grog, o más bien unos cuantos, y con un soberano en la mano, restaron importancia a la agresión y juraron que les gustaría toparse con un loco peor por el placer de conocer a un «tipo tan estupendo» como el que suscribe. Anoté sus nombres y domicilios, por si llegáramos a necesitarlos. Son los siguientes: Jack Smollet, de Dudding’s Rents, King George’s Road, Great Walworth, y Thomas Snelling, que vive en Peter Parley’s Row, Guide Court, Bethnal Green. Ambos trabajan a las órdenes de Harris e Hijos, compañía de mudanzas y transportes marítimos, de Orange Master’s Yard, Soho.
Pondré en su conocimiento cualquier hecho de interés que ocurra aquí, y, si hay algo de importancia, le telegrafiaré de inmediato.
Suyo, afectísimo,

PATRICK HENNESSEY



CARTA DE MINA HARKER A LUCY WESTENRA (Sin abrir por la destinataria)



18 de septiembre
Queridísima Lucy:
Ha acontecido una terrible desgracia. El señor Hawkins ha muerto repentinamente. Tal vez piensen algunos que para nosotros no es tan terrible, pero ambos habíamos llegado a quererlo tanto, que es como haber perdido a un padre. Yo nunca he conocido padre ni madre, de modo que la muerte de este querido anciano supone para mí una verdadera desgracia. Jonathan está muy afligido. No es solo que sienta pena, una profunda pena, por este hombre tan bueno y querido que le ha protegido toda su vida, y que al final le ha tratado como a su propio hijo y le ha dejado una fortuna que, para las personas de nuestra modesta procedencia, supone una riqueza más allá del sueño de la avaricia; a Jonathan le afecta por otros motivos. Dice que le pone nervioso la enorme responsabilidad que ha caído sobre sus hombros. Empieza a dudar de sí mismo. Yo trato de animarlo, y el que yo crea en él le ayuda a creer en sí mismo. Pero es en esto donde más le afecta la gran impresión que experimentó. Ah, es una lástima que un carácter dulce, sencillo, noble y fuerte como el suyo —carácter que le permitió, con la ayuda de nuestro querido y buen amigo, ascender de empleado a jefe en unos cuantos años—, haya sufrido un daño que ha hecho desaparecer la esencia misma de su fuerza. Querida, perdóname por causarte preocupaciones con mis problemas en medio de tu felicidad; pero es que, Lucy, amiga mía, tengo que contárselo a alguien, porque la tensión de presentarme ante Jonathan animosa y valiente resulta agotadora, y aquí no hay nadie en quien pueda confiar. Me horroriza ir a Londres, pero tenemos que ir pasado mañana, ya que el pobre señor Hawkins expresó en su testamento el deseo de ser enterrado en el panteón de su padre. Como no tiene ningún familiar, Jonathan tendrá que presidir el duelo. Intentaré hacer una escapada para verte, aunque solo sean unos minutos. Perdóname por haberte afligido. Con mis mejores deseos, siempre tuya,

MINA HARKER



DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



20 de septiembre.—Esta noche abro el diario solo por la fuerza de la voluntad y la costumbre. Me siento tan triste, tan desanimado, tan cansado del mundo y de todo lo que en él hay, incluida la vida misma, que ni siquiera me importaría oír el aleteo del ángel de la muerte. Y últimamente ha agitado sus sombrías alas con un objetivo concreto: la madre de Lucy y el padre de Arthur, y ahora… Pero continuaré mi tarea.
A su debido tiempo relevé a Van Helsing de la vigilancia de Lucy. Quisimos que también Arthur descansara, pero al principio se negó. Solo consintió en marcharse cuando le dije que íbamos a necesitar su ayuda durante el día, y que no podíamos agotarnos todos por falta de descanso, puesto que esto podría perjudicar a Lucy. Van Helsing fue muy amable con él.
—Venga, hijo mío —le dijo—; venga conmigo. Está usted enfermo y débil, y ha sufrido muchas penas y mucho dolor mental, además del esfuerzo que ya conocemos. No debe estar solo; porque estar solo es estar lleno de miedos y temores. Venga al salón, donde hay un gran fuego y hay dos sofás. Usted se acostará en uno, y yo en el otro, y nuestro afecto servirá de consuelo para los dos, incluso si no hablamos e incluso si dormimos.
Arthur se marchó con él, tras dirigir una mirada melancólica al rostro de Lucy, que reposaba sobre la almohada, casi más blanco que la tela. Como parecía tranquila, recorrí la habitación con la mirada, para comprobar que todo estaba en su lugar. Observé que el profesor seguía firme en su propósito de utilizar ajo tanto en esta habitación como en la otra. Todos los marcos corredizos de las ventanas apestaban, y en torno al cuello de Lucy, sobre el pañuelo de seda que Van Helsing le hacía llevar, había una corona de las mismas olorosas flores. Lucy tenía una respiración un tanto estertorosa, y su rostro presentaba peor aspecto que nunca, pues la boca abierta mostraba las pálidas encías. A la luz incierta y sombría, los dientes parecían más largos y afilados que por la mañana. Debido a algún efecto de la luz, los colmillos parecían más largos y afilados que el resto. Me senté a su lado, y en ese momento se movió, inquieta. En el mismo instante se oyó un sordo aletear o golpear en la ventana. Me acerqué a ella con cuidado, y me asomé por una esquina de la persiana. Al claro de luna, vi que el ruido lo producía un gran murciélago, que volaba en círculo —sin duda atraído por la luz, a pesar de ser esta tan débil— y que de cuando en cuando golpeaba la ventana con sus alas. Cuando regresé a mi asiento observé que Lucy se había movido ligeramente y se había arrancado las flores de ajo del cuello. Volví a colocarlas lo mejor posible, y me senté a vigilarla.
Al poco se despertó, y le di de comer, como había prescrito Van Helsing. Comió muy poco, y además lánguidamente. Ya no parecía mantener aquella lucha inconsciente por la vida y la fuerza que hasta entonces había caracterizado su enfermedad. Me resultó curioso que en el momento en que recobró la conciencia apretara las flores de ajo contra su pecho. Era sin duda extraño que siempre que se sumía en aquel estado letárgico, con respiración estertorosa, se quitara las flores, en tanto que cuando se despertaba, las estrechara contra su pecho. No cabía ninguna posibilidad de equivocarse sobre este hecho, ya que en las largas horas subsiguientes pasó por muchos períodos de sueño y vigilia, y repitió ambas acciones muchas veces.
Van Helsing vino a relevarme a las seis. Arthur se había quedado adormilado, y el profesor se apiadó de él y lo dejó dormir. Al ver el rostro de Lucy oí el silbido de la respiración contenida, y me dijo en un susurro, con voz aguda:
—¡Suba la persiana; quiero luz!
A continuación se inclinó, y con la cara casi rozando la de Lucy la examinó cuidadosamente. Quitó las flores y levantó el pañuelo. Al hacerlo retrocedió, y oí su exclamación, «Mein Gott!»[37], sofocada en el mismo momento de pronunciarla. Yo también me incliné y, al observar lo que allí había, me recorrió un escalofrío.
Las heridas de la garganta habían desaparecido por completo.
Van Helsing se quedó mirándola durante cinco minutos, con una expresión de suma gravedad en el rostro. Después se volvió hacia mí y me dijo con calma:
—Está muriendo. Ya no tardará mucho. Pero mucha será la diferencia entre morir consciente o dormida. Despierte a ese pobre muchacho, y déjele que venga a verla por última vez; él confía en nosotros, y se lo hemos prometido.
Fui al comedor a despertarlo. Durante unos momentos estuvo aturdido, pero, al ver la luz que entraba a raudales por los postigos, expresó el temor de que fuese tarde. Le aseguré que Lucy aún dormía, pero le dije con la mayor dulzura que tanto Van Helsing como yo pensábamos que el final estaba cerca. Se cubrió el rostro con las manos, y cayó de rodillas junto al sofá, donde permaneció tal vez un minuto, con la cara oculta y los hombros agitados por el dolor. Le tomé la mano y le hice ponerse de pie.
—Vamos —dije—, querido amigo; haz acopio de toda tu fortaleza; será más fácil y mejor para ella.
Al entrar en la habitación de Lucy observé que Van Helsing, con su previsión habitual, había ordenado todo de forma que pareciese lo más agradable posible. Incluso había peinado a Lucy, de tal manera que su pelo estaba esparcido por la almohada, con los luminosos rizos de siempre. Cuando entramos, abrió los ojos, y al ver a Arthur susurró con dulzura:
—¡Arthur! ¡Oh, amor mío, me alegro de que hayas venido!
Arthur iba a inclinarse para besarla, pero Van Helsing le hizo retroceder.
—¡No —susurró—, aún no! Dele la mano; la consolará más.
Arthur le cogió la mano y se arrodilló a su lado, y Lucy adquirió una expresión radiante, con sus suaves rasgos que enmarcaban la belleza angelical de sus ojos. Sus párpados se cerraron poco a poco y se sumió en el sueño. Durante unos momentos, su pecho se elevó suavemente, y la respiración se hizo más regular, como la de una niña fatigada.
Entonces, de una forma insensible, se produjo el extraño cambio que yo había observado durante la noche. Su respiración se hizo estertorosa, se le abrió la boca, y las pálidas encías, al descubierto, mostraron unos dientes más largos y afilados que nunca. Abrió los ojos de una forma vaga, inconsciente, como en duermevela, con una expresión dura y apagada al tiempo, y dijo con una voz dulce y voluptuosa que yo nunca había oído en sus labios:
—¡Arthur! ¡Oh, amor mío, me alegro tanto de que hayas venido! ¡Bésame!
Arthur se apresuró a inclinarse para besarla; pero en ese momento Van Helsing, que, como yo, se había sobresaltado al oír su voz, se precipitó sobre él y, cogiéndolo por el cuello con ambas manos, lo hizo retroceder con una energía como yo nunca había imaginado que poseyera, tanta que, de hecho, lo lanzó al otro extremo de la habitación.
—¡No, por su vida! —dijo—. ¡No, por su alma viva y por la de ella! —y se interpuso entre Lucy y él como un león acorralado.
Arthur se quedó tan desconcertado, que durante unos momentos no supo qué hacer ni qué decir; y antes de dejarse dominar por un impulso de violencia, cayó en la cuenta del lugar y la ocasión en que se encontraba y guardó silencio, a la expectativa.
Yo tenía los ojos clavados en Lucy, al igual que Van Helsing, y observamos que en su rostro revoloteaba un espasmo de ira, como una sombra; los afilados dientes rechinaron. A continuación se le cerraron los párpados y su respiración se hizo pesada.
Al poco rato abrió los ojos con suma dulzura y, extendiendo su pobre mano delgada y pálida, tomó la de Van Helsing, grande y morena, la atrajo hacia si y la besó.
—¡Es usted mi verdadero amigo! —dijo con voz débil, pero con un patetismo indecible—. ¡Mi verdadero amigo, y también suyo! ¡Oh, protéjalo, y deme a mí la paz!
—¡Lo juro! —dijo solemnemente el profesor, al tiempo que se arrodillaba junto a ella y levantaba la mano, como si prestase juramento—. Vamos, hijo mío, tome su mano entre las suyas y bésela en la frente, y solo una vez.
Se encontraron sus ojos, en lugar de sus labios; y así se separaron.
Los ojos de Lucy se cerraron; y Van Helsing, que había estado observando fijamente, tomó a Arthur del brazo y lo obligó a retirarse.
Y entonces la respiración de Lucy volvió a hacerse estertorosa y cesó repentinamente.
—Ya ha acabado todo —dijo Van Helsing—. ¡Ha muerto!
Cogí a Arthur del brazo y lo llevé al salón, donde se sentó y se cubrió el rostro con las manos, sollozando de tal forma que, al verlo, casi me derrumbé.
Cuando regresé a la habitación, encontré a Van Helsing contemplando a la pobre Lucy, con una expresión más seria que nunca. El cuerpo de la muchacha había experimentado un cambio. La muerte le había devuelto parte de su belleza, ya que su frente y sus mejillas habían recuperado cierta suavidad; incluso los labios habían perdido la palidez mortal. Era como si la sangre, ya innecesaria para el funcionamiento del corazón, hubiese acudido a dulcificar el rigor de la muerte.
«La creíamos muerta cuando dormía, y dormida cuando murió».[38]
Me acerqué a Van Helsing y dije:
—Ah, pobre muchacha, por fin descansa en paz. ¡Es el fin!
El profesor se volvió hacia mí y dijo con grave solemnidad:
—¡Ay, no es así, no es así! ¡Solo es el comienzo!
Al preguntarle a qué se refería, se limitó a mover la cabeza y a contestar:
—Todavía no podemos hacer nada. Espere y verá.

Capítulo XIII

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



Se decidió que el funeral se celebrase al día siguiente, para que Lucy y su madre fuesen enterradas juntas. Yo me ocupé de las siniestras formalidades, y el director de pompas fúnebres, muy cortés, demostró que sus empleados padecían —o disfrutaban— de la misma afabilidad obsequiosa que él. Incluso la mujer que se encargó de vestir a las difuntas me comentó de una forma confidencial, entre profesional y fraterna, al salir de la cámara mortuoria:
—Es un cadáver muy bonito, señor. Es todo un privilegio ocuparme de ella. ¡No es una exageración decir que hará honor a nuestra empresa!
Observé que Van Helsing nunca andaba lejos. Esto era posible gracias al desorden de la casa. No había ningún familiar presente, y como Arthur tuvo que regresar al día siguiente a su casa para asistir al funeral de su padre, no pudimos avisar a ningún deudo. Dadas las circunstancias, Van Helsing y yo nos encargamos de examinar los documentos. El profesor insistió en investigar los papeles de Lucy. Le pregunté el motivo, pues temía que, siendo extranjero como era, no estuviera al corriente de los requisitos legales ingleses, y que, en su ignorancia, crease alguna complicación innecesaria. Me contestó:
—Lo sé, lo sé. Usted olvida que soy abogado además de médico. Pero esto no es por la ley. Usted sabía eso al eludir al juez. Hay que eludir a alguien más que a él. Puede haber otros papeles… como este.
Al tiempo que pronunciaba estas palabras sacó de su cartera la nota que Lucy había ocultado en su pecho, y que había roto mientras dormía.
—Cuando encuentre algo sobre el notario que atendió a la difunta señora de Westenra, lacre todos los papeles y escríbale esta noche. En cuanto a mí, yo vigilo esta noche en la habitación y en la antigua habitación de la señorita Lucy, y yo mismo busco lo que pueda haber. No está bien que sus pensamientos caigan en manos de extraños.
Me encargué de la parte de trabajo que me correspondía, y al cabo de media hora ya había encontrado el nombre y dirección del notario de la señora de Westenra y le había escrito. Todos los papeles de aquella pobre señora estaban en orden; contenían órdenes explícitas acerca del lugar del entierro. Apenas había acabado de franquear la carta, cuando para mi sorpresa, Van Helsing entró en la habitación, diciendo:
—¿Puedo ayudarle, amigo John? Estoy libre, y si puedo, me pongo a su servicio.
—¿Ha encontrado lo que buscaba? —le pregunté.
A lo que respondió:
—No buscaba nada concreto. Solo esperaba encontrar, y encontrándolo he, todo lo que había: solo algunas cartas y unas cuantas notas, y un diario recién empezado. Pero los tengo aquí, y no diremos de momento nada de ellos. Veré a ese pobre chico mañana por la tarde y, con su consentimiento, utilizaré alguno de ellos.
Una vez acabado el trabajo que teníamos entre manos, me dijo:
—Y ahora, amigo John, creo que podemos ir a la cama. Necesitamos dormir, usted y yo, y descansar para restablecernos. Mañana tendremos mucho que hacer, ya que esta noche no somos necesarios. ¡Ay!
Antes de marcharnos fuimos a ver a la pobre Lucy. Sin duda, el director de pompas fúnebres había hecho un buen trabajo, ya que la habitación se había convertido en una pequeña chapelle ardente[39]. Había gran profusión de hermosas flores blancas, y se había hecho la muerte lo menos repulsiva posible. La cara estaba cubierta con un extremo de la mortaja; cuando el profesor se inclinó para retirarla dulcemente, ambos nos quedamos sorprendidos ante la belleza que teníamos ante nuestros ojos, ya que los altos cirios daban suficiente luz para apreciarla. Lucy había recuperado su hermosura con la muerte, y las horas que habían transcurrido, en lugar de dejar huellas de «los dedos inadvertidos de la decadencia»[40], habían contribuido a devolverle la belleza de la vida, de tal modo que no podía dar crédito a mis ojos, que me decían que estaba viendo un cadáver.
El profesor tenía una expresión grave. Él no la había amado como yo, y no tenía por qué haber lágrimas en sus ojos. Me dijo:
—Quédese hasta que yo regrese —y salió de la habitación.
Volvió con un manojo de ajo silvestre, que había cogido de la caja del vestíbulo, que aún no había sido abierta, y colocó las flores entre las otras, sobre la cama y alrededor de esta. A continuación se quitó un pequeño crucifijo de oro que llevaba al cuello, y lo puso sobre la boca de la difunta. Devolvió la mortaja a su sitio, y abandonamos la habitación. Me estaba desnudando en mi habitación cuando, tras un golpecito premonitor, el profesor entró y empezó a hablar de inmediato.
—Mañana quiero que me traiga, antes de la noche, un juego de bisturíes post mortem[41].
—¿Es que tenemos que hacer la autopsia? —pregunté.
—Sí y no. Quiero operar, pero no como usted cree. Déjeme contárselo ahora, pero ni una palabra a nadie. Quiero cortarle la cabeza y sacar el corazón. ¡Vaya, es usted cirujano y se sorprende! Usted, a quien he visto, sin temblor en las manos ni en el corazón, realizar operaciones a vida o muerte, que hacen estremecerse a los demás. Ah, pero no debo olvidar, mi querido amigo John, que usted la amaba; y no lo he olvidado, porque soy yo quien operará, y usted solo debe ayudar. Me gustaría hacerlo esta noche, pero por Arthur no debo hacerlo; estará libre mañana, tras el funeral de su padre, y querrá verla, querrá verlo. Entonces, cuando se encuentre en el ataúd, lista para el entierro del día siguiente, usted y yo vendremos cuando todos duerman. Quitaremos la tapa del ataúd y haremos nuestra operación; y después colocaremos todo en su sitio, para que nadie lo sepa, excepto nosotros dos.
—¿Pero por qué hay que hacerlo? La muchacha está muerta. ¿Por qué mutilar su cuerpo sin necesidad? Y, si no es necesaria la autopsia y nada se va a ganar con ello, ningún bien para ella, ni para nosotros, ni para la ciencia, ni para el conocimiento humano, ¿por qué hemos de hacerlo? Es monstruoso si no hay necesidad de ello.
En respuesta, posó su mano en mi hombro y dijo, con ternura infinita:
—Amigo John, me compadezco de su pobre corazón sangrante; y le quiero más porque su corazón sangra. Si pudiera, tomaría sobre mi espalda la carga que usted lleva. Pero hay cosas que usted no sabe, aunque sabrá, y me bendecirá por saberlo, aunque no son cosas agradables. John, hijo mío, es mi amigo desde hace muchos años, y ¿ha sabido algo que yo haya hecho sin un buen motivo? Puedo equivocarme; no soy más que un hombre; pero creo en todo lo que hago. ¿No fue por estos motivos que me llamó cuando surgió la gran dificultad? ¡Sí! ¿No se quedó atónito, no, horrorizado, cuando no dejé a Arthur que besara a su amor, a pesar de que ella estaba muriendo, y lo aparté con todas mis fuerzas? ¡Sí! Y, sin embargo, ¿no vio cómo me dio las gracias ella, con sus bellos ojos moribundos, también con su voz, tan débil, y me besa mi mano áspera y vieja y me bendice? ¡Si! ¿Y no oyó la promesa que le hice, para que cerrase los ojos agradecida? ¡Sí! Pues bien, ahora tengo buenos motivos para hacer todo lo que quiero hacer. Durante muchos años usted ha confiado en mí; usted ha creído en mí durante las semanas pasadas, cuando ocurrían cosas tan extrañas que bien habría podido dudar. Créame todavía un poco, amigo John. Si no confía en mí, entonces debo decirle lo que pienso; y eso quizá no esté bien. ¡Y si trabajo (y trabajaré, con confianza o sin confianza) sin que mi amigo confíe en mí, trabajo con tristeza y me siento muy solo cuando necesito toda la ayuda y ánimos que pueda haber! —se detuvo unos momentos y prosiguió solemnemente—: Amigo John, ante nosotros se presentan días extraños y terribles. No seamos dos, sino uno, para que así lleguemos a buen fin. ¿No va a tener fe en mí?
Le tomé la mano, y le prometí que así lo haría. Mientras se alejaba sujeté la puerta abierta y lo vi entrar en su habitación y cerrar la puerta. Mientras estaba allí inmóvil vi pasar a una de las sirvientas, que cruzaba en silencio el pasillo —se encontraba de espaldas a mi, así que no me vio— y entraba en la habitación en que yacía Lucy. Aquella visión me emocionó. La lealtad es poco frecuente, y se lo agradecemos a quienes la muestran gratuitamente a los que amamos. Allí estaba aquella muchacha, dejando a un lado los terrores que lógicamente experimentaba ante la muerte, para velar ella sola ante el féretro de la señora a la que amaba, para que aquel pobre barro no se quedara solo hasta el momento en que le dieran el descanso eterno…
Debí de dormir profundamente, porque era pleno día cuando me despertó Van Helsing al entrar en mi habitación. Se acercó a la cama y dijo:
—No tiene que preocuparse por los bisturíes; no vamos a hacerlo.
—¿Por qué no? —pregunté, ya que el tono solemne de la noche anterior me había impresionado profundamente.
—Porque —dijo con seriedad— es demasiado tarde… o demasiado pronto. ¡Mire! —alzó el pequeño crucifijo de oro—. Lo han robado durante la noche.
—¡Que lo han robado! —exclamé estupefacto—. ¡Pero si lo tiene usted!
—Me lo ha devuelto la infeliz que lo sustrajo, la mujer que robó a los muertos y a los vivos. Sin duda tendrá su castigo, pero no por mi mano; no sabía lo que hacía, y al no saberlo, solo robó. Ahora tenemos que esperar.
Salió sin añadir una palabra más y me dejó con un nuevo misterio en que pensar, un nuevo rompecabezas que resolver.
La mañana pasó tristemente, y al mediodía llegó el notario, el señor Marquand, de la firma Wholeman e Hijos, Marquand y Lidderdale. Mostró su simpatía y agradecimiento por lo que habíamos hecho, y nos liberó de todo cuidado respecto a los detalles. Durante el almuerzo nos dijo que la señora de Westenra esperaba desde hacia tiempo morir de un ataque al corazón, y que había puesto todos sus asuntos en orden. Nos comunicó que, con la excepción de cierta propiedad del padre de Lucy, que ahora, en ausencia de descendencia directa, volvía a una rama lejana de la familia, todas las posesiones personales e inmuebles pasaban a Arthur Holmwood. Tras contarnos todo esto prosiguió:
—Francamente, nosotros hicimos todo lo posible para evitar esta disposición testamentaria, y señalamos ciertas contingencias que podrían dejar a su hija en la calle o sin la suficiente libertad para actuar en lo referente a una alianza matrimonial. En realidad presionamos tanto que casi tuvimos un conflicto, ya que nos preguntó que si estábamos o no dispuestos a llevar a cabo sus deseos. Naturalmente, nuestra única alternativa fue aceptar. En principio, teníamos razón, y habríamos probado la certeza de nuestro juicio, por la lógica de los hechos, en el noventa y nueve por ciento de los casos. Pero, francamente, he de admitir que en este caso cualquier otra forma de disposición habría imposibilitado la ejecución de sus deseos, puesto que al morir antes que su hija, esta habría entrado en posesión de los bienes, e incluso si hubiese sobrevivido a su madre cinco minutos, en caso de que no existiera testamento (y un testamento era prácticamente imposible en semejante caso), sus bienes habrían sido tratados a su muerte como si no hubiese testado. En cuyo caso, lord Godalming, a pesar de ser un amigo tan querido, no habría podido reclamar nada; y los herederos, al ser parientes lejanos, no habrían abandonado con facilidad sus justos derechos en manos de un extraño por razones sentimentales. Les aseguro, estimados señores, que me alegro del resultado, verdaderamente me alegro.
Era buena persona, pero su regocijo ante una parte tan pequeña —en la que él estaba oficialmente interesado— de tan gran tragedia constituyó toda una lección sobre las limitaciones de la comprensión humana.
No se quedó mucho tiempo, pero dijo que volvería más tarde a ver a lord Godalming. No obstante, su visita nos sirvió de consuelo, puesto que nos dio la seguridad de que no íbamos a sufrir críticas hostiles por ninguno de nuestros actos. Como se esperaba la llegada de Arthur a las cinco, entramos en la cámara mortuoria un poco antes de esa hora. Era tal en verdad, porque en ella yacían ahora madre e hija. El director de la funeraria, fiel a su oficio, había preparado una verdadera exhibición de sus mercancías, y en aquel lugar había un aire lúgubre que nos desanimó inmediatamente. Van Helsing ordenó que volvieran a arreglar la estancia como antes, explicando que, puesto que lord Godalming iba a llegar muy pronto, se sentiría menos angustiado al ver los restos mortales de su prometida a solas. El director de la funeraria se quedó perplejo ante su propia estupidez, y se afanó por restituir todo al estado en que nosotros lo habíamos dejado la noche anterior, de modo que al llegar Arthur se evitara, en la medida de lo posible, herir sus sentimientos.
¡Pobre Arthur! Parecía desesperadamente triste y hundido; incluso su virilidad a toda prueba había disminuido en cierta forma bajo la tensión de sus emociones, que por tan dura experiencia habían pasado. Yo sé que tenía verdadero y auténtico cariño a su padre; y haberlo perdido, y en semejante situación, era un amargo golpe para él. Conmigo se mostró cálido, como siempre, y con Van Helsing, dulce y afable; pero no pude evitar observar cierta frialdad en su actitud. El profesor también se dio cuenta, y me hizo señas para que lo llevara al piso de arriba. Así lo hice, y lo dejé ante la puerta de la habitación, ya que pensé que le gustaría estar a solas con ella; pero me tomó del brazo y me hizo entrar, al tiempo que decía con voz ronca:
—Tú también la querías, viejo amigo; ella me lo contó todo, y ningún amigo ocupaba en su corazón mejor lugar que tú. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por ella. Aún no puedo creer…
Al llegar aquí se derrumbó repentinamente; me rodeó los hombros con los brazos y apoyó su cabeza en mi pecho, gritando:
—¡Oh, Jack, Jack! ¿Qué voy a hacer? Es como si la vida se me hubiese escapado de repente, como si no quedase nada en el mundo por lo que vivir.
Lo consolé lo mejor que supe. En tales ocasiones, los hombres no necesitan palabras. Un apretón de manos, el estrecharse de un brazo sobre el hombro, un sollozo al unísono son expresiones de simpatía que aprecia el corazón de un hombre. Me quedé inmóvil y en silencio hasta que cesaron sus sollozos y después le dije con dulzura:
—Ven a verla.
Nos acercamos juntos a la cama, y levanté el lienzo que le cubría el rostro. ¡Dios mío! ¡Qué bella estaba! Cada hora que pasaba parecía aumentar su belleza. En cierto modo, me asustó y me sorprendió; en cuanto a Arthur, se puso a temblar, y finalmente se apoderó de él una duda febril. Tras una larga pausa me dijo en un débil susurro:
—Jack, ¿está realmente muerta?
Le aseguré con tristeza que así era y le expliqué —ya que pensé que no debía albergar una duda tan terrible ni un minuto más, si podía evitarlo— que es frecuente que tras la muerte los rostros se dulcifiquen e incluso recuperen su belleza juvenil; que esto ocurre especialmente cuando la muerte ha sido precedida por un sufrimiento agudo o prolongado. Al parecer, mis palabras disiparon sus dudas y, tras arrodillarse junto al diván y contemplarla largo rato con cariño, se retiró. Le dije que ese debía ser su último adiós, ya que había que preparar el ataúd; de modo que regresó y tomó la mano muerta de la muchacha entre las suyas y la besó; se inclinó y la besó en la frente. Se alejó mirando con afecto hacia atrás por encima del hombro.
Lo dejé en el salón, y le dije a Van Helsing que Arthur ya se había despedido; entonces el profesor se dirigió a la cocina a decir a los empleados de la funeraria que iniciasen los preparativos y que cerrasen el ataúd. Al salir de la habitación le conté la pregunta que me había formulado Arthur, y replicó:
—No me sorprende. ¡Ahora mismo lo estaba dudando yo!
Cenamos los tres juntos, y observé que el pobre Art trataba por todos los medios de animarse. Van Helsing había guardado silencio durante toda la cena, pero, tras encender los puros, dijo:
—Lord… —pero Arthur lo interrumpió:
—¡No, no, eso no, por el amor de Dios! Al menos todavía no. Perdóneme, señor; no quería ofenderle. Es que mi pérdida es demasiado reciente.
El profesor replicó con suma dulzura:
—Utilicé ese nombre porque dudaba. No debo llamarle «señor», y le he tomado cariño; sí, mi querido muchacho, le he tomado cariño a Arthur.
Arthur extendió la mano y tomó cálidamente la del anciano.
—Llámeme como quiera —dijo—. Espero que me conceda siempre el título de amigo. Y permítame decirle que me faltan palabras para expresarle mi agradecimiento por su bondad para con mi querida Lucy —hizo una pausa y prosiguió—: Sé que ella comprendió su bondad incluso mejor que yo; y si fui grosero o le falté en algún sentido en aquella ocasión en que usted actuó tan…, usted lo recordará —el profesor asintió—, debe perdonarme.
Van Helsing replicó con grave amabilidad:
—Sé que fue duro para usted confiar en mí entonces; porque para creer en tal violencia es necesario comprender. Pienso que no confía en mí, que no puede confiar en mí ahora, porque aún no comprende. Y habrá más ocasiones en que necesitaré que confíe, aunque no pueda comprender; porque aún no debe comprender. Pero llegará el momento en que su confianza en mí sea completa y total, y en que comprenda como si el mismo sol iluminase todas las cosas. Entonces me bendecirá de principio a fin por su propio bien, y por el bien de otros, y por el bien de aquella a la que juré proteger.
—Claro, señor —dijo Arthur con calor—, confiaré en usted en todos los sentidos. Sé y creo que tiene usted un corazón noble, y que es amigo de Jack, y fue amigo de Lucy. Haga lo que quiera.
El profesor se aclaró la garganta un par de veces, como para hablar, y finalmente dijo:
—¿Puedo hacerle una pregunta ahora?
—Por supuesto.
—¿Sabe usted que la señora de Westenra le ha dejado todos sus bienes?
—No, pobrecilla. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Y como todo le pertenece a usted, tiene derecho a hacer lo que le plazca con ello. Quiero que me dé permiso para leer todos los papeles y cartas de la señorita Lucy. Créame, no es simple curiosidad. Tengo una razón que ella habría aprobado; puede estar seguro. Están todos aquí. Los cogí antes de saber que le pertenecían a usted para que no los tocara ninguna mano extraña, para que ningún ojo extraño pudiera ver su alma a través de las palabras. Los guardaré; ni siquiera usted debe verlos todavía, pero los tendré a buen recaudo. No se perderá ni una palabra; y cuando sea el tiempo debido, se los devolveré. Es difícil lo que pido, pero lo concederá por la memoria de Lucy, ¿no es así?
Arthur pronunció las siguientes palabras con toda sinceridad, como era su costumbre:
—Doctor Van Helsing puede hacer lo que quiera. Creo que al decirle esto hago algo que mi querida Lucy habría aprobado. No le molestaré con preguntas hasta que llegue el momento.
El viejo profesor se puso de pie, al tiempo que decía solemnemente:
—Y hace bien. Habrá dolor para todos nosotros; pero no todo será dolor, ni será este dolor el último. Nosotros y también usted (usted más que nadie, mi querido muchacho) tendremos que cruzar aguas amargas antes de llegar a las dulces. ¡Pero debemos ser valientes y generosos y cumplir nuestro deber, y todo irá bien!
Esta noche dormí en un sofá en la habitación de Arthur; Van Helsing no se acostó. Paseó de un lado a otro, como patrullando la casa, y no perdió de vista la habitación en que Lucy yacía en su ataúd, cubierta de flores de ajo silvestre, que llenaban el aire de la noche de un pesado y abrumador olor, en medio del aroma de las rosas y los lirios.

DIARIO DE MINA HARKER



22 de septiembre.—En el tren de Exeter. Jonathan duerme. Me parece que fue ayer cuando escribí por última vez en este diario, y, sin embargo, cuántas cosas han pasado desde que estaba en Whitby, con todo el mundo ante mí y Jonathan lejos y sin noticias suyas; y ahora, casada con Jonathan, Jonathan notario, socio, dueño de su negocio, el señor Hawkins muerto y enterrado, y Jonathan con otro ataque que puede perjudicarle. Tal vez algún día mi marido me pregunte por lo que ha ocurrido recientemente. Lo anotaré todo. He perdido práctica con la taquigrafía —hay que ver cómo nos afecta la prosperidad inesperada—, así que no me vendrá mal refrescarla con un ejercicio…
La ceremonia fue muy sencilla y muy solemne. Solo estuvimos presentes nosotros y los criados, uno o dos viejos amigos del señor Hawkins que viven en Exeter, su agente de Londres y un caballero que asistió en representación de sir John Paxton, presidente del Colegio de Abogados. Jonathan y yo nos cogimos de la mano, pensando que nuestro amigo mejor y más querido se había ido para siempre de nuestro lado…
Regresamos a la ciudad en silencio, en un autobús que nos llevó a Hyde Park Corner; Jonathan pensó que me gustaría entrar en el Row[42] un rato, así que nos sentamos; pero había muy poca gente, y resultaba triste y desolador ver tantas sillas vacías. Nos hizo pensar en la silla vacía que hay en casa; nos levantamos y caminamos por Piccadilly. Jonathan me llevaba del brazo, como en los viejos tiempos, antes de que yo empezara a trabajar en el colegio. Me pareció que no era muy correcto, pues no se puede enseñar etiqueta y decoro a las chicas durante algunos años sin que finalmente te afecte la pedantería de estas enseñanzas; pero era Jonathan, y es mi marido, y no conocíamos a nadie que pudiera vernos —y no nos importaba que nos vieran—, de modo que seguimos paseando. Yo estaba mirando a una chica muy hermosa, que llevaba un gran sombrero en forma de rueda de carro, y que esperaba en una victoria a la puerta de Giuliano’s, cuando sentí que Jonathan me apretaba el brazo con tal firmeza que me hizo daño, y dijo como para sus adentros: «¡Dios mío!». Siempre estoy preocupada por Jonathan, ya que temo que pueda sufrir un nuevo ataque de nervios. Por eso me volví hacia él rápidamente y le pregunté qué era lo que le había perturbado.
Estaba muy pálido y miraba, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, entre aterrorizado y estupefacto, a un hombre alto y delgado, de nariz corva, bigote negro y barba puntiaguda, que también observaba a la chica guapa. La miraba con tal intensidad que no nos vio a ninguno de los dos, por lo que pude contemplarlo a mi sabor. Su cara no era hermosa; era dura, cruel y sensual, y sus dientes, blancos y grandes, que parecían más blancos debido a que sus labios eran muy rojos, eran afilados como los de un animal. Jonathan siguió mirándolo fijamente, tanto que temí que aquel hombre se diera cuenta. Tuve miedo de que se lo tomara a mal, pues parecía violento y peligroso. Le pregunté a Jonathan por qué estaba tan perturbado, y me respondió, creyendo sin duda que yo sabía tanto como él sobre el asunto:
—¿No ves quién es?
—No, cariño —dije—, no lo conozco, ¿quién es?
Su respuesta me intrigó y me sorprendió en cierto modo, porque pronunció estas palabras como si no supiera que era conmigo, Mina, con quien estaba hablando:
—¡Ese es el mismísimo hombre!
Evidentemente, el pobrecillo estaba aterrorizado por algo, verdaderamente aterrorizado; creo sinceramente que, si no me hubiese tenido a mí para apoyarlo y ayudarlo, se habría desplomado. Siguió mirándolo fijamente; de la tienda salió un hombre con un paquete pequeño y se lo dio a la muchacha, quien a continuación se alejó en el carruaje. El hombre moreno seguía con los ojos clavados en ella y, cuando el coche subió por Piccadilly, él lo siguió, y llamó otro coche. Jonathan, sin apartar la vista de él, dijo como para sus adentros:
«Estoy convencido de que es el conde, pero cómo ha rejuvenecido. ¡Dios mío, si así fuera! ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Si lo supiera! ¡Si lo supiera!».
Era tal su angustia, que me dio miedo mantener su mente fija en el tema preguntándole algo al respecto, de modo que permanecí en silencio. Le hice alejarse de allí con dulzura, y él, asido a mi brazo, se dejó llevar dócilmente. Anduvimos un trecho más y a continuación entramos en Green Park y nos sentamos. Hacía calor para ser un día de otoño, y encontramos un asiento cómodo en un lugar sombreado. Tras unos minutos contemplando el vacío, Jonathan cerró los ojos y se durmió dulcemente, con la cabeza apoyada en mi hombro. Como pensé que era lo mejor para él, no lo desperté. Al cabo de unos veinte minutos se despertó, y me dijo en tono alegre:
—Oye, Mina, ¿me he quedado dormido? Perdóname por haber sido tan grosero. Vamos a tomar una taza de té a alguna parte.
Evidentemente, se había olvidado por completo de aquel desconocido moreno, como había olvidado durante su enfermedad todo lo que este episodio le había recordado. No me gustan nada estas recaídas en el olvido, ya que pueden producir o prolongar alguna lesión cerebral. No debo preguntarle nada, por temor a causar más perjuicio que beneficio; pero tengo que enterarme de algún modo de los hechos de su viaje por el extranjero. Mucho me temo que haya llegado la hora de abrir ese paquete para leer lo que en el cuaderno está escrito. Oh, Jonathan, sé que me perdonarás si me equivoco, pero es por tu bien.
Más tarde.—Un triste regreso en todos los sentidos: la casa sin ese pobre amigo que fue tan bueno con nosotros; Jonathan, aún pálido y aturdido, sufriendo una ligera recaída de su enfermedad; y ahora, un telegrama de un tal Van Helsing, que no sé quién es:
«Le apenará saber que la señora de Westenra murió hace cinco días, y que Lucy murió anteayer. Ambas fueron enterradas hoy».
¡Oh, qué profusión de tristezas en unas pocas palabras! ¡Pobre señora de Westenra! ¡Pobre Lucy! ¡Se han ido, se han ido para no volver jamás! ¡Y pobrecillo Arthur, de cuya vida ha desaparecido tanta dulzura! ¡Que Dios nos ayude a todos a soportar nuestras aflicciones!

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



22 de septiembre.—Todo ha acabado. Arthur ha regresado a Ring, y se ha llevado a Quincey Morris. ¡Qué buena persona es Quincey! Estoy convencido en lo más profundo de mi corazón de que ha sufrido tanto con la muerte de Lucy como cualquiera de nosotros; pero se ha portado todo el tiempo como si poseyera la moral de un vikingo. Si América sigue engendrando hombres así, llegará a ser una verdadera potencia mundial. Van Helsing está acostado, descansando como preparación para su viaje. Se marcha a Amsterdam esta noche; pero dice que regresará mañana por la noche; que quiere tomar ciertas disposiciones que solo puede hacer personalmente. Después se quedará conmigo, si puede; dice que tiene trabajo que hacer en Londres y que quizá le lleve algún tiempo. ¡Pobre hombre! Me temo que la tensión de la pasada semana ha destrozado incluso sus energías de hierro. Durante el entierro observé que se autocontrolaba de una forma terrible. Una vez acabada la ceremonia, estábamos los dos junto a Arthur: el pobre hablaba de la parte que le había tocado desempeñar en la operación en que se transfirió su sangre a las venas de Lucy; en esos momentos vi que la cara de Van Helsing se ponía blanca y roja alternativamente. Arthur decía que desde entonces se sentía como si en realidad se hubiesen casado, y que ante los ojos de Dios Lucy era su mujer. Ninguno de nosotros dijo una palabra de las otras operaciones, ni nunca lo haremos. Arthur y Quincey se marcharon a la estación, y Van Helsing y yo vinimos aquí. En el momento en que nos quedamos a solas en el carruaje, el profesor dio rienda suelta a un ataque de histeria. Desde entonces siempre me ha negado que fuese histeria, e insiste en que se trataba únicamente de su sentido del humor, que se imponía a unas circunstancias terribles. Rió hasta el llanto, y tuve que correr las cortinas por temor a que nos viese alguien y nos juzgara equivocadamente; a continuación se puso a llorar hasta que estalló en carcajadas, y después rió y lloró al mismo tiempo, como una mujer. Traté de ser severo con él, como se hace con una mujer en las mismas circunstancias; pero no surtió efecto. ¡Los hombres y las mujeres son tan diferentes en sus manifestaciones de fuerza o debilidad nerviosa! Cuando su rostro volvió a adquirir una expresión grave y seria, le pregunté el motivo de su risa, y más en semejante ocasión. Su respuesta fue, en cierto modo, muy característica de él, por lo lógica, enérgica y misteriosa. Dijo:
—Ah, usted no comprende, amigo John. No piense que no estoy triste, aunque ría. Vea que he llorado incluso cuando me ahogaba la risa. Pero tampoco piense que estoy apenado cuando lloro, porque de todas formas me ataca la risa. Tenga siempre en cuenta que la risa que llama a la puerta y dice: «¿Puedo entrar?» no es la risa verdadera. ¡No! Es una reina que llega cuando y como quiere. No pide nada a ninguna persona; no elige el momento adecuado. Dice: «Aquí estoy». Fíjese; como ejemplo tenemos la pena de mi corazón por esa dulce joven; yo doy mi sangre por ella, a pesar de que soy viejo y estoy agotado; doy mi tiempo, mi habilidad, mi sueño; dejo a todos mis otros pacientes para que ella lo tenga todo. Y, sin embargo, puedo reír ante su propia tumba, reír cuando sobre su ataúd cae la paletada de tierra del sepulturero, que le dice a mi corazón: «¡Pum, pum!», hasta que la sangre se retira de mis mejillas y vuelve a él. Mi corazón sangró por aquel pobre muchacho, ese querido muchacho que de la misma edad que mi hijo sería de haber recibido la bendición de que viviera, y tiene sus mismos ojos y su mismo pelo. Bueno, ahora sabe por qué le quiero tanto. Y, sin embargo, cuando él dice cosas que hacen latir mi corazón de marido con rapidez y hacen que mi corazón de padre lo añore como a ningún otro hombre (ni siquiera como a usted, amigo John, porque nosotros somos más semejantes en experiencias que padre e hijo), incluso en tales momentos, la Reina Risa, ella viene a mí, y me grita y me ruge al oído: «¡Aquí estoy yo, aquí estoy yo!», hasta que la sangre vuelve danzando y cubre mis mejillas con un poco del sol que con ella trae. Ah, amigo John, es este un mundo extraño, un mundo triste, un mundo lleno de miserias, y de penas y de problemas; y, sin embargo, cuando aparece la Reina Risa, nos hace bailar a todos al son de su música. Corazones sangrantes, y huesos secos del cementerio, y lágrimas que queman al ser derramadas: todos bailamos al son de la música que toca con su boca carente de sonrisa. Y créame, amigo John, que es buena y amable. Ah, nosotros, los hombres y las mujeres, somos como cuerdas tirantes que nos empujan con esfuerzo hacia diferentes caminos. Entonces aparecen las lágrimas; y, como la lluvia en las cuerdas, tiran de nosotros hacia arriba, hasta que quizá la tensión es demasiado grande, y nos rompemos. Pero la Reina Risa, ella llega como el sol, y vuelve a anular el esfuerzo; y nosotros continuamos con nuestra tarea, sea la que sea.
No quería herirle simulando no entender sus ideas; pero, como aún no comprendía el motivo de su risa, se lo pregunté. Al contestarme, su rostro adquirió una expresión grave, y dijo en un tono diferente:
—Oh, ahí está la tétrica ironía de todo ello; esta dama tan hermosa, adornada con flores, que parecía tan bella como en vida, tanto que uno a uno nos preguntamos si estaba realmente muerta, yace en esa bonita casa de mármol, en el cementerio solitario, donde descansan tantas personas de su linaje, yace allí con la madre que la amó y a quien ella amó; y esa sagrada campana, ¡tan, tan, tan!, tan triste y tan lenta; y esos santos varones con los ropajes blancos de los ángeles, que simulan leer libros, pero sus ojos nunca descansan en las páginas, y todos nosotros con la cabeza inclinada. ¿Y todo para qué? Ella está muerta. ¿No es así?
—Muy bien, profesor; a fe mía que no encuentro nada que mueva a risa en todo eso —dije—. Su explicación lo hace más confuso que antes. Pero, incluso si la ceremonia del entierro fue cómica, ¿qué me dice del pobre Arthur y su aflicción? Tiene el corazón sencillamente destrozado.
—Así es. ¿No dijo que la transfusión de su sangre a las venas de ella la había convertido en su verdadera esposa?
—Sí, y esa idea le resulta tierna y consoladora.
—Efectivamente. Pero existe una dificultad, amigo John. Si así es, ¿qué ocurre con los otros? ¡Ja, ja! Entonces esa muchacha tan encantadora es poliandra, y yo, con mi pobre esposa muerta para mí, pero viva por la ley de la iglesia, aunque no tenga sentido…, incluso yo, que soy un marido fiel a la que ahora es mi no-esposa, soy bígamo.
—¡Tampoco le veo la gracia a eso! —exclamé. No me gustaba nada que dijera aquellas cosas. Posó su mano sobre mi brazo y dijo:
—Amigo John, perdóneme si le causo dolor. No mostré mis sentimientos a otros cuando podían herir, sino solo a usted, mi viejo amigo en quien puedo confiar. Si hubiese podido ver en mi corazón entonces, cuando quería reír; si hubiese podido hacerlo cuando llegó la risa; si pudiera hacerlo ahora, cuando la Reina Risa ha empaquetado su corona y todo lo que le es propio (porque ella se va lejos, muy lejos de mí, y por mucho tiempo), quizá me compadecería más que a nadie.
Me emocionó la ternura de su tono de voz, y le pregunté por qué.
—¡Porque yo sé!
Y ahora todos nos hemos desperdigado; y durante muchos días la soledad extenderá sus alas sobre nuestros hogares. Lucy yace en el panteón de sus antepasados, una casa mortuoria señorial en un cementerio solitario, alejado del populoso Londres, donde el aire es fresco, y el sol sale por Hampstead Hill, y donde nacen las flores silvestres.
Ahora puedo dar por acabado este diario; y solo Dios sabe si empezaré otro alguna vez. Si lo hago, o si vuelvo a abrir este, en él se reflejarán personas diferentes y diferentes temas; porque al llegar al final, y una vez contada la novela de mi vida, antes de recoger el hilo de la obra de mi vida, digo con tristeza y sin esperanza:

Finis
«THE WESTMINSTER GAZETTE», 25 DE SEPTIEMBRE MISTERIO EN HAMPSTEAD

El vecindario de Hampstead se encuentra preocupado actualmente por una serie de acontecimientos que parece seguir un desarrollo paralelo a los que los periodistas sensacionalistas titularon «El horror de Kensington», «La apuñaladora» o «La dama de negro». Durante los últimos dos o tres días se han dado varios casos de niños desaparecidos de su casa o que han tardado en regresar a la misma después de haber estado jugando en el parque. En todos estos casos, los niños eran demasiado pequeños para dar explicaciones satisfactorias, pero la excusa general era que habían estado con una «señora ensangrentada». Siempre se les ha echado en falta a últimas horas de la tarde, y en dos ocasiones no se encontró a los niños hasta primeras horas de la mañana siguiente. La conjetura general en el vecindario es que, como la razón que dio el primer niño desaparecido para no haber vuelto a casa era que «una señora ensangrentada» le había pedido que fuera con ella a dar un paseo, los otros han hecho suya esta frase y la han utilizado cuando lo pedía la ocasión. Esto parece lo más lógico, ya que actualmente el juego favorito de los pequeños es asustarse unos a otros con todo tipo de tretas. Un corresponsal nos informa de lo divertido que resulta ver a la gente menuda imitando a la «señora ensangrentada». Dice que algunos caricaturistas podrían recibir lecciones sobre la ironía de lo grotesco comparando la realidad con el dibujo. Es solo una cuestión de principios generales de la naturaleza humana el que la «señora ensangrentada» sea el papel popular en estas representaciones al fresco[43]. Terry[44] sería tan encantadora y atractiva como intentan serlo —e incluso imaginan ser— algunos de estos pequeños de cara mugrienta.
Pero existe la posibilidad de que haya un aspecto grave en este asunto, ya que algunos niños —de hecho, todos los desaparecidos por la noche— presentan ligeras heridas o desgarramientos en el cuello. Las heridas parecen haber sido producidas por una rata o un perro pequeño, y, aunque individualmente no revisten mucha importancia, parecen demostrar que, sea cual sea el animal que las inflige, posee un método o sistema propio. Se han dado órdenes a la policía local para que estén alertas ante la desaparición de niños, especialmente de los más pequeños, dentro y en los alrededores de Hampstead Heath, y ante cualquier perro extraviado que haya por los alrededores.

«THE WESTMINSTER GAZETTE», 25 DE SEPTIEMBRE
(Edición especial)
EL HORROR DE HAMPSTEAD
Otro niño herido
La «señora ensangrentada»



Acabamos de recibir noticias de que otro niño que se extravió la noche pasada ha sido descubierto a últimas horas de esta mañana bajo un tojo, en la parte de Shooter’s Hill de Hampstead Heath, que es quizá una zona menos frecuentada que las demás. Presentaba en el cuello las mismas heridas minúsculas que en el resto de los casos. Se encontraba terriblemente débil y estaba muy demacrado. Una vez recobrado parcialmente, también este niño contó la consabida historia de haber sido engañado por la «señora ensangrentada».

Capítulo XIV

DIARIO DE MINA HARKER



23 de septiembre.—Tras una mala noche, Jonathan se encuentra mejor. Me alegro mucho de que tenga tanto trabajo, porque eso mantiene su mente alejada de pensamientos horribles; y me regocija que ahora no se sienta abrumado por la responsabilidad de su nueva situación. Yo sabía que sería fiel a sí mismo, y ahora me siento muy orgullosa de ver a mi Jonathan elevándose a la altura de su rango y haciéndose cargo de los deberes que han recaído sobre él. Hoy va a estar todo el día fuera, hasta muy tarde, y me dijo que no podría almorzar conmigo. Ya he hecho las tareas de la casa, así que voy a coger el diario que escribió en el extranjero; me encerraré en mi habitación y lo leeré…
24 de septiembre.—Anoche no tuve ánimos para escribir; tal fue la preocupación que me produjo el terrible relato de Jonathan. ¡Pobrecito! Cómo debió de sufrir, tanto si es cierto como si son solo imaginaciones. Me pregunto si encierra algo de verdad. ¿Le acometería la fiebre cerebral y después escribió todas estas cosas espantosas? ¿O tendría algún motivo para hacerlo? Supongo que nunca llegaré a saberlo, porque no me atrevo a plantearle el tema… ¡Pero aquel hombre que vimos ayer…! ¡Jonathan parecía estar muy seguro de haberlo reconocido! ¡Pobre! Supongo que el funeral le afectó y devolvió a su mente ciertos pensamientos… Él está convencido de todo. Recuerdo que el día de nuestra boda dijo: «A menos que una obligación grave me empuje a volver a las horas amargas, en el sueño o en la vigilia, loco o cuerdo». Parece existir cierta continuidad en todo esto… Ese temible conde iba a venir a Londres… Si así fuera y viniese a Londres, con sus muchos millones de habitantes… Es posible que haya una obligación grave que cumplir; y, si la hay, no debemos arredrarnos. Yo estaré preparada.
Voy a coger la máquina de escribir en este mismo momento y voy a empezar la transcripción. Entonces, si es necesario, estaremos dispuestos a mostrarnos ante otras miradas. Y si es preciso y yo estoy preparada, tal vez el pobre Jonathan no se preocupará, porque yo podré hablar por él y no permitiré que nada le moleste ni le apene. Si Jonathan llega a superar el nerviosismo, quizá desee contármelo todo, y yo podré formularle preguntas y descubrir cosas, para encontrar el medio de consolarle.



CARTA DE VAN HELSING A LA SEÑORA DE HARKER



24 de septiembre
(Confidencial)
Estimada señora:
Le ruego me perdone por escribirla, porque al ser amigo, le envié tristes noticias de la muerte de la señorita Lucy Westenra. Por amabilidad de lord Godalming, he recibido permiso para leer sus cartas y papeles, ya que estoy profundamente interesado en ciertos asuntos de vital importancia. Entre sus papeles encuentro algunas cartas de usted que muestran la gran amistad que las unía y cuánto la quiere usted. Oh, señora Mina, por ese amor, le imploro: ayúdeme. Es por el bien de otros por lo que se lo pido, para reparar un gran daño y aliviar múltiples y terribles aflicciones; puede ser más importante de lo que usted cree. ¿Es posible que la vea a usted? Puede confiar en mí. Soy amigo del doctor John Seward y de lord Godalming (el Arthur de la señorita Lucy). De momento debo mantenerlo en secreto para todos. Iría a Exeter a verla de inmediato si me dice que tengo el privilegio de ir, y cuándo y dónde. Imploro su perdón, señora. He leído sus cartas dirigidas a la pobre Lucy, y sé cuán buena es y cómo sufre su marido; por eso le ruego que no le informe de esto, porque quizá le perjudique. Una vez más pido su perdón, y excúseme.

VAN HELSING



TELEGRAMA DE LA SEÑORA DE HARKER A VAN HELSING



25 de septiembre
Venga hoy en el tren de las diez y cuarto, si puede cogerlo. Le recibiré a la hora que llegue.

WILHELMINA HARKER



DIARIO DE MINA HARKER



25 de septiembre.—No puedo evitar sentirme terriblemente nerviosa a medida que se acerca la hora de la visita del doctor Van Helsing, pues, por alguna razón, tengo la esperanza de que arroje cierta luz sobre la triste experiencia de Jonathan; y como asistió a la pobre Lucy en su última enfermedad, podrá contármelo todo. Ese es el motivo de su visita; me hablará de Lucy y su sonambulismo, no de Jonathan. ¡Entonces nunca sabré la verdad! Qué tonta soy. Ese espantoso diario se apodera de mi imaginación y todo lo tiñe con su color. Por supuesto que viene por Lucy. La pobrecilla volvió a padecer sonambulismo, y aquella horrible noche en el acantilado debió de hacerla enfermar. Ocupada en mis propios asuntos, ya casi había olvidado lo enferma que estuvo después. Sin duda, habló con el doctor Van Helsing sobre su aventura del acantilado, y le dijo que yo lo sabía; y ahora él querrá que se lo cuente para entenderlo. Espero haber obrado bien no diciéndole nada a la señora de Westenra; nunca me perdonaría que cualquier acto mío, incluso si hubiera sido por omisión, hubiese perjudicado a la pobre Lucy. También espero que el doctor Van Helsing no me culpe a mí; he estado tan afligida y preocupada últimamente, que no creo que pudiera soportar más penas.
Supongo que llorar nos hace bien a todos de cuando en cuando: purifica el aire, como la lluvia. Tal vez fuese la lectura del diario lo que me angustió ayer, y además esta mañana se ha ido Jonathan para pasar todo un día y una noche lejos de mí; es la primera vez que nos separamos desde nuestra boda. Espero que el pobre se cuide, y que no ocurra nada que pueda afligirlo. Son las dos, y el doctor llegará pronto. Me alegro mucho de haber mecanografiado mi diario, pues, en caso de que me pregunte por Lucy, se lo entregaré; así se evitarán muchas preguntas.
Más tarde.—Ha venido y ya se ha marchado. ¡Oh, qué entrevista tan extraña y cómo me da vueltas la cabeza con todo esto! Me siento como en un sueño. ¿Será todo posible, o al menos una parte? Si no hubiese leído primero el diario de Jonathan, nunca lo habría aceptado, ni siquiera como posibilidad. ¡Pobre, pobre y querido Jonathan! Cuánto debe de haber sufrido. Quiera el buen Dios que no vuelva a afligirle nada de esto. Trataré de evitárselo; pero quizá suponga un consuelo y una ayuda para él —a pesar de lo terrible que es y de sus espantosas consecuencias— tener la certeza de que no lo engañaron ni sus ojos ni sus oídos ni su cerebro, y que todo es verdad. Quizá sea la duda lo que lo obsesiona; y cuando desaparezca la duda —no importa si en el sueño o en la vigilia— y se demuestre la verdad, quedará más satisfecho y tendrá mayor capacidad para enfrentarse con el choque. El doctor Van Helsing debe de ser una buena persona, además de inteligente, para ser amigo de Arthur y del doctor Seward, y para que le llamaran a Amsterdam al objeto de que cuidase a Lucy. Después de haberlo visto, pienso que es bueno y amable y de carácter noble. Cuando venga mañana, le preguntaré cosas sobre Jonathan; y, después, quiera Dios que todas estas penas y angustias lleguen a buen fin. Antes pensaba que me gustaría hacer entrevistas, el amigo de Jonathan que trabaja para The Exeter News le ha dicho que en este trabajo la memoria lo es todo, que hay que anotar con exactitud casi todas las palabras que se han dicho, aunque haya que depurarlas más adelante. Esta ha sido una entrevista poco corriente, trataré de llevarla al papel verbatim[45].
Eran las dos y media cuando oí llamar a la puerta. Hice acopio de valor à deux mains[46] y esperé. Mary abrió la puerta al cabo de unos instantes y anunció al doctor Van Helsing.
Me levanté y lo saludé con una inclinación de cabeza, y él se dirigió hacia mí. Es un hombre de mediana estatura, de constitución fuerte, con los hombros bien erguidos sobre un pecho ancho y un cuello equilibrado con el tronco. La actitud de la cabeza indica inmediatamente reflexión y fuerza; es noble, de buen tamaño, ancha y de amplia nuca. La cara, perfectamente afeitada, muestra una barbilla cuadrada y dura, una boca móvil, grande y resuelta, y una nariz de buenas proporciones, bastante recta, aunque de aletas vivas y sensibles que parecen ensancharse cuando se bajan las cejas y se endurece la boca. La frente es amplia y hermosa; al principio se eleva casi recta y después se inclina hacia atrás por encima de dos protuberancias o crestas muy separadas; en semejante frente no es posible que el cabello rojizo le caiga encima. Por el contrario, se extiende de forma natural hacia atrás y a los lados. Los ojos, grandes y de color azul oscuro, están muy separados, y son rápidos y tiernos o graves, según el estado de ánimo. Me dijo:
—La señora de Harker, ¿no es así?
Asentí.
—¿Antes era la señorita Mina Murray?
Volví a asentir.
—Es a Mina Murray a quien vengo a ver, a la que fue amiga de esa pobre y querida niña, Lucy Westenra. Señora Mina, es por la difunta que vengo.
—Señor —dije—, no puede ostentar mejor título para dirigirse a mí que el de haber ofrecido su amistad y su ayuda a Lucy Westenra.
Le tendí mi mano, y él la estrechó y dijo con ternura:
—Ah, señora, sabía que la amiga de aquella pobre muchacha tenía que ser buena, pero quería comprobarlo…
Al pronunciar estas palabras inclinó cortésmente la cabeza. Le pregunté el motivo por el que quería verme, a lo que contestó de inmediato:
—He leído las cartas que escribió a la señorita Lucy. Perdóneme, pero tenía que empezar a investigar por alguna parte, y no había nadie a quién preguntar. Sé que usted estuvo con ella en Whitby. A veces, Lucy escribía un diario. No tiene por qué sorprenderse, señora Mina; lo empezó después de que usted se marchase, y lo hizo imitándola a usted. En ese diario deja huella, por inferencia, de ciertas cosas referentes al sonambulismo, y escribe que usted la salvó. Yo acudo a usted perplejo, y le pido que tenga la gran amabilidad de contarme todo lo que recuerde.
—Creo que puedo contárselo todo, doctor Van Helsing.
—Ah, tiene buena memoria para los hechos, para los detalles. No siempre es así con las damas jóvenes.
—No, doctor. Lo que ocurre es que lo escribí todo en su momento. Si quiere, puedo enseñárselo.
—Oh, señora Mina, se lo agradecería. Me haría gran favor.
No pude resistir la tentación de desconcertarle un poco —supongo que son los restos del sabor de la manzana original, que aún perdura en nuestra boca—, y le di el diario taquigrafiado. Lo cogió con una inclinación de agradecimiento, y dijo:
—¿Puedo leerlo?
—Sí, si así lo desea —contesté con toda la solemnidad de que pude hacer acopio.
Lo abrió y su expresión se tornó sombría. Después se levantó e hizo una inclinación de cabeza.
—¡Ah, qué inteligente mujer! —dijo—. Sabía desde hace tiempo que el señor Jonathan era un hombre muy afortunado; pero su mujer tiene todas las cosas buenas. ¿Y no me honrará ayudándome a leerlo? ¡Ay! No entiendo la taquigrafía.
Ya se había acabado mi pequeña broma, y estaba casi avergonzada; así que saqué la copia mecanografiada del costurero y se la di.
—Perdóneme —dije—; no he podido evitarlo; pero como pensaba que quería preguntarme por mi querida Lucy, para que no tuviera usted que esperar (no por mí, sino porque sé que su tiempo debe de ser precioso), se lo he mecanografiado.
Lo cogió y sus ojos refulgieron.
—Es usted muy buena —dijo—. ¿Puedo leerlo ahora? Quizá necesite preguntarle algunas cosas cuando lo haya leído.
—Naturalmente que sí —dije—; léalo mientras doy órdenes para que nos sirvan el almuerzo. Después podrá hacerme cuantas preguntas quiera, mientras comemos.
Asintió y se instaló en una silla, de espaldas a la luz, y se enfrascó en la lectura, en tanto que yo iba a ocuparme del almuerzo, principalmente para no molestarle. Cuando regresé lo encontré paseando agitado de un lado a otro de la habitación, con el rostro ardiente por la excitación. Se precipitó hacia mí y me tomó ambas manos.
—Oh, señora Mina —dijo—, ¿cómo puedo expresarle lo que le debo? Este diario es la luz del sol. Me abre la puerta. Estoy aturdido, estoy mareado con tanta luz; y, sin embargo, hay nubes que rodean la luz. Pero eso usted no lo comprende, no puede comprenderlo. Ah, pero le estoy agradecido, inteligente señora. Señora —dijo estas palabras con la mayor solemnidad—, si Abraham Van Helsing puede hacer algo por usted o por los suyos, confío en que me lo comunique. Será un placer y un deleite si puedo servirla como amigo; como amigo, pues todo lo que he aprendido y puedo aprender será para usted y aquellos a los que usted ama. Hay oscuridades en la vida, y también hay luces; usted es una de las luces. Usted tendrá una vida feliz y una vida buena, y su marido encontrará una bendición en usted.
—Pero, doctor, me alaba usted en exceso…, sin conocerme.
—¡Que no la conozco, yo, que soy viejo, y que he estudiado durante toda mi vida a hombres y mujeres; yo, que he convertido en mi especialidad el cerebro y todo lo que le pertenece y todo lo que de él procede! Y he leído el diario que con tanta bondad ha escrito para mí y que respira verdad en cada línea. ¡Que no la conozco, yo, que he leído su cariñosa carta a Lucy sobre su boda y su confianza en ella! Oh, señora, las mujeres buenas cuentan su vida, tales cosas que pueden leer los ángeles, día a día, hora a hora y minuto a minuto; y nosotros, los hombres que deseamos saber, tenemos algo en nosotros que es como los ojos de los ángeles. Su marido es de naturaleza noble, y usted también, porque usted confía, y no puede existir la confianza allí donde hay una naturaleza mezquina. Y su marido…, hábleme de él. ¿Se encuentra bien? ¿Ha desaparecido toda esa fiebre, y está fuerte y animoso?
Viendo la oportunidad de formularle preguntas acerca de Jonathan, le dije:
—Ya está casi recuperado, pero le ha afectado mucho la muerte del señor Hawkins.
Me interrumpió con las siguientes palabras:
—Ah, sí, lo sé, lo sé. He leído sus dos últimas cartas.
Proseguí:
—Supongo que es esto lo que le ha afectado, porque el jueves pasado, que estuvimos en la ciudad, sufrió una fuerte impresión.
—¡Una impresión, tan pronto después de la fiebre cerebral! Eso no es bueno. ¿Qué tipo de impresión?
—Creyó reconocer a alguien que le recordaba algo terrible, algo que le produjo la fiebre cerebral.
Al llegar a este punto me sentí abrumada. Sobre mí se precipitaron en tumulto la piedad por Jonathan, los horrores que había experimentado, el temible misterio de su diario y el miedo que desde que lo leí se cierne sobre mí. Supongo que me puse histérica, pues me arrojé al suelo de rodillas y alcé las manos, implorante, hacia el profesor, y le rogué que curase a mi marido. Me cogió las manos y me levantó, me hizo sentar en el sofá, y él se sentó junto a mí. Tomó mis manos entre las suyas y me dijo con una dulzura infinita:
—Mi vida es una vida árida y solitaria, y tan llena de trabajos, que no he tenido mucho tiempo para amistades, pero desde que fui llamado aquí por mi amigo John Seward he conocido a tantas personas buenas y he visto tanta nobleza, que siento más que nunca la soledad de mi vida que ha ido aumentando con los años. Créame, por tanto, que vengo aquí lleno de respeto hacia usted, y usted me ha dado esperanza, esperanza no en lo que estoy buscando, sino en que aún quedan mujeres buenas que hacen la vida feliz, mujeres buenas, cuyas vidas y cuyas verdades pueden ser una buena lección para los niños que han de venir. Me alegro mucho, mucho, de poder serle útil a usted porque, si su marido sufre, su sufrimiento está dentro del ámbito de mis estudios y de mis experiencias. Le prometo a usted que con mucho gusto haré todo lo que pueda por él, haré todo lo que pueda para convertir la vida de su marido en una vida fuerte y viril, y para que la suya sea una vida feliz. Ahora debe usted comer. Está usted sobreexcitada y quizá excesivamente angustiada. Al marido Jonathan no le gustaría verla tan pálida; y lo que no le gusta en aquella que ama no le hace bien. Por tanto, por él debe comer y sonreír. Me ha contado todo lo referente a Lucy, y ahora no hablaremos sobre ello, para que no se preocupe más. Me quedaré en Exeter esta noche, porque quiero pensar mucho sobre lo que me ha contado y, cuando lo haya pensado, le formularé preguntas. Y entonces también me contará los problemas del marido Jonathan en la medida que sea capaz, pero no todavía. Ahora debe comer; después me lo contará todo.
Tras el almuerzo regresamos al salón, y me dijo:
—Y ahora cuéntemelo todo.
En presencia de aquel gran hombre, tan sabio, me asaltó el temor de que me considerase débil y estúpida, y a Jonathan un loco —su diario es tan extraño— y vacilé en seguir. Pero era tierno y bondadoso, y me había prometido su ayuda, y yo confiaba en él, de modo que le dije:
—Doctor Van Helsing, lo que tengo que decirle es tan extraño que no debe reírse de mí o de mi marido. Desde ayer me encuentro sumida en una especie de duda febril; sea bondadoso conmigo, y no piense que soy estúpida por haber creído siquiera a medias unas cosas tan extraordinarias.
Su actitud y sus palabras me tranquilizaron:
—Oh, mi querida señora, si supiera lo extraño que es el asunto que me ha traído aquí, es usted quien reiría. He aprendido a no menospreciar las creencias de nadie, por muy raras que sean. He tratado de mantener una mente abierta; y no son las cosas corrientes de la vida las que podrían cerrarla, sino las cosas extrañas, las cosas extraordinarias, las cosas que le hacen dudar a uno de si está loco o cuerdo.
—¡Gracias, mil gracias! Me ha quitado un peso de encima. Si me lo permite, voy a darle a leer un escrito. Es largo, pero lo he mecanografiado. En él encontrará explicados mis problemas y los de Jonathan. Es la copia del diario que Jonathan escribió en el extranjero, y en él está todo lo que ocurrió. No me atrevo a opinar; léalo y júzguelo usted mismo. Y cuando vuelva a verlo, quizá tenga la amabilidad de decirme lo que piensa.
—Lo prometo —dijo al darle yo el escrito—; por la mañana vendré a verla a usted y a su marido, en cuanto pueda.
—Jonathan estará aquí a las once y media, y usted podría venir a comer con nosotros y hablar con él después; podría tomar el tren rápido de las 3,34, que lo dejaría en Paddington antes de las ocho.
Le sorprendió mi conocimiento de los horarios de los trenes, pero es que no sabe que me he enterado de todos los trenes que salen de Exeter y los que parten de aquí para ayudar a Jonathan cuando tenga prisa.
Guardó el escrito y se marchó, y yo estoy ahora pensando, pensando no sé qué.

CARTA (ESCRITA A MANO) DE VAN HELSING A LA SEÑORA DE HARKER



25 de septiembre, a las seis
Querida señora:
He leído el extraordinario diario de su marido. Puede usted dormir sin dudas. ¡A pesar de ser tan extraño y terrible, es cierto! Apostaría mi vida por él. Puede que sea peor para otros; pero para él y para usted no existe ninguna amenaza. Es una persona noble; y permítame decirle por mi experiencia de los hombres, que quien como él descendió por aquel muro y llegó a aquella habitación —y volvió, ay, una segunda vez—, no puede sufrir daños permanentes por una impresión. Su cerebro y su corazón están bien; lo juro, incluso antes de haberlo visto; de modo que puede quedar tranquila. Tendré mucho que preguntarle acerca de otras cosas. Me cabe la dicha de ir a verla hoy, ya que he aprendido tanto de repente, que estoy de nuevo aturdido, más aturdido que nunca, y debo pensar.
Suyo, muy afectísimo,

ABRAHAM VAN HELSING



CARTA DE LA SEÑORA DE HARKER A VAN HELSING



25 de septiembre, a las 18,30
Mi querido doctor Van Helsing:
Mil gracias por su amable carta, que me ha quitado un gran peso de encima. Y, sin embargo, sí son ciertas, ¡qué terribles cosas hay en el mundo, y qué espantoso sería que ese hombre, ese monstruo, estuviese realmente en Londres! Me da miedo pensarlo. En este mismo momento, mientras escribo, he recibido un telegrama de Jonathan en el que me dice que saldrá de Launceston esta noche a las 6,25 y que llegará aquí a las 10,18, de modo que esta noche no tendré motivo de temor. ¿Le importaría, pues, en lugar de almorzar con nosotros, venir a desayunar a las ocho, si no es demasiado pronto para usted? Si tiene prisa, podrá marcharse en el tren de las 10,30, que le dejará en Paddington a las 14,35. No conteste esta carta, ya que entenderé que, a menos que reciba noticias suyas, vendrá a desayunar.
Su fiel y agradecida amiga,

MINA HARKER



DIARIO DE JONATHAN HARKER



26 de septiembre.—Pensaba que nunca volvería a escribir en este diario, pero ha llegado el momento de hacerlo. Anoche, al regresar a casa, Mina tenía la cena preparada, y una vez que hubimos cenado me contó la visita de Van Helsing, a quien había dado los dos diarios mecanografiados, y me confesó que estaba muy preocupada por mí. Me demostró con la carta del doctor que todo lo que yo había escrito es cierto. Es como si me hubiera convertido en un hombre nuevo. Lo que me había hecho derrumbarme era la duda sobre la realidad de este asunto. Me sentía impotente, sumido en la oscuridad, y desconfiaba. Pero ahora que lo sé, no tengo miedo, ni siquiera al conde. Después de todo, ha logrado su propósito de venir a Londres, y fue a él a quien vi. Ha rejuvenecido, pero ¿cómo? Van Helsing es el hombre adecuado para desenmascararlo y darle alcance, si es como cuenta Mina. Nos quedamos despiertos hasta tarde, y lo discutimos. Mina está vistiéndose, y yo voy a acercarme al hotel dentro de unos momentos para traer al doctor aquí…
Creo que le sorprendió verme. Al entrar en la habitación que él ocupaba, y después de presentarme, me cogió por los hombros y me hizo volver la cara hacia la luz. Tras un cuidadoso examen dijo:
—Pero la señora Mina me dijo que estaba usted enfermo, que había sufrido una gran impresión.
Resultó muy curioso oír a este hombre amable y de rostro fuerte llamar «señora Mina» a mi mujer. Sonreí y dije:
Estaba enfermo y he recibido una impresión; pero ya me ha curado usted.
—¿Y cómo?
—Con la carta que le escribió a Mina anoche. Tenía dudas, y todo había adquirido un tinte de irrealidad, por lo que yo no sabía en qué confiar, ni siquiera en lo que me decían mis propios sentidos. Al no saber en qué creer, no sabía qué hacer; y por tanto, lo único que me quedaba era seguir arando el surco de mi vida. Este surco dejó de serme útil, y perdí la confianza en mí mismo. Doctor, no sabe usted lo que es dudar de todo, incluso de uno mismo. No, no lo sabe; a usted no le ocurriría, con unas cejas como las suyas.
Parecía complacido y se rió al tiempo que decía:
—¡Vaya! Es usted fisonomista. Aquí aprendo más con cada hora que pasa. Voy con mucho gusto a desayunar con ustedes; y, ah, señor, perdonará el halago de un anciano, pero su esposa es una bendición para usted.
Como me hubiera quedado escuchándolo alabar a Mina un día entero, me limité a asentir y guardé silencio.
—Ella es una de las mujeres de Dios, modelada por Su propia mano para mostrarnos a nosotros, los hombres, y a otras mujeres, que existe un cielo en el que podemos entrar, y que su luz puede llegar aquí, a la Tierra. Tan sincera, tan dulce, tan noble, tan generosa, y permítame decirle que no hay mucha generosidad en esta época tan escéptica y egoísta. Y usted, señor (he leído todas las cartas dirigidas a la pobre señorita Lucy, y algunas hablan de usted, de modo que le conozco desde hace unos días a través de otros); pero he visto su verdadera personalidad desde anoche. Me dará usted su mano, ¿verdad? Y seamos amigos durante toda la vida.
Nos estrechamos la mano, y su actitud era tan grave y tan amable que se me hizo un nudo en la garganta.
—Y ahora —dijo—, ¿puedo pedirle más ayuda? Tengo una gran labor que hacer, y al principio está el conocer. En esto puede ayudarme usted. ¿Puede decirme qué ocurrió antes de que se marchase a Transilvania? Más adelante quizá pida más ayuda, y de un tipo diferente; pero al principio eso servirá.
—Escuche, señor —dije—, ¿su trabajo está relacionado con el conde?
—Así es —contestó con solemnidad.
—Entonces le ayudaré en cuerpo y alma. Como se marcha en el tren de las 10,30 no tendrá tiempo de leerlos, pero voy a darle un montón de papeles. Puede llevárselos y leerlos en el tren.
Le acompañé a la estación después de desayunar. Cuando nos íbamos a despedir dijo:
—Quizá venga usted a la ciudad si le aviso, y llevará también a la señora Mina.
—Ambos iremos cuando usted lo desee —respondí.
Yo le había comprado los periódicos de la mañana y los de Londres de la noche anterior, y los hojeaba mientras hablábamos en la ventanilla del vagón esperando a que arrancase el tren. De repente, sus ojos parecieron fijarse en algo que contenía uno de ellos, The Westminster Gazette —lo reconocí por el color—, y se puso blanco. Lo leyó atentamente, mientras gemía para sus adentros: «Mein Gott! Mein Gott! ¡Tan pronto! ¡Tan pronto!». No creo que se acordase de mi presencia en ese momento. Entonces sonó el silbato, y el tren se puso en marcha. Esto lo devolvió a la realidad, y se asomó a la ventanilla para agitar la mano, al tiempo que gritaba:
—Recuerdos a la señora Mina; escribiré en cuanto pueda.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



26 de septiembre.—En verdad, no existen las decisiones como tales. No hace una semana que escribí la palabra «Finis», y ya estoy empezando desde el principio, o más bien, continuando el mismo relato. Hasta esta tarde no tenía ninguna razón para pensar en lo que ya es cosa del pasado. Renfield está más cuerdo que nunca. Ha hecho grandes progresos con las moscas; y acaba de empezar la historia de las arañas, por lo que no me ha creado ninguna complicación. He tenido carta de Arthur, escrita el domingo, y por ella deduzco que se encuentra estupendamente bien. Quincey Morris está con él, y eso supone una gran ayuda, ya que es un pozo burbujeante de buen humor. También Quincey me escribía unas líneas, y por él sé que Arthur empieza a recuperar parte de su antiguo optimismo. Por eso estoy tranquilo respecto a ambos. Con respecto a mí mismo, estaba aplicándome al trabajo con el entusiasmo que antes sentía por él, de modo que bien habría podido decir que empezaba a cicatrizar la herida que me había infligido la pobre Lucy. Pero ahora han vuelto a abrirse todas las heridas; y solo Dios sabe cómo acabará este asunto. Tengo la idea de que Van Helsing piensa que también lo sabe, pero solo deja escapar los indicios suficientes para estimular la curiosidad. Ayer fue a Exeter y se quedó allí toda la noche. Ha regresado hoy, y casi se precipitó en mi habitación alrededor de las cinco y media. Me plantó la Westminster Gazette de anoche en la mano.
—¿Qué opina de esto? —me preguntó, echándose hacia atrás y cruzando los brazos.
Miré el periódico, porque en realidad no sabía a qué se refería; pero me lo quitó y señaló un párrafo que hablaba sobre unos niños que habían desaparecido en Hampstead. No le encontraba mucho sentido hasta que llegué a una frase que describía las pequeñas heridas, como pinchazos, que presentaban en el cuello. Se me ocurrió una idea, y levanté la vista.
—¿Y bien? —dijo el profesor.
—Es como las heridas de la pobre Lucy.
—¿Y qué piensa?
—Sencillamente, que tienen una causa común. Sea lo que sea lo que le produjo la herida a ella, se la ha producido a los niños.
No llegué a comprender su respuesta.
—Eso es cierto de una forma indirecta, pero no directa.
—¿Qué quiere decir, profesor? —pregunté.
Tuve la tentación de tomarme a la ligera su seriedad, ya que, al fin y al cabo, cuatro días de descanso y libertad de una angustia abrasadora y horrorosa ayudan a recuperar el optimismo; pero al ver su cara me contuve. Jamás, ni siquiera en medio de nuestra desesperación por la pobre Lucy, lo había visto con una expresión tan grave.
—¡Explíquemelo! —dije—. Yo no puedo aventurar ninguna conjetura. No sé qué pensar, y no poseo ningún dato en qué basar una hipótesis.
—¿Pretende decirme, amigo John, que no alberga ninguna sospecha sobre la causa de la muerte de la pobre Lucy; ni siquiera después de todas las pistas dadas, no solo por los hechos, sino por mí?
—De postración nerviosa seguida por una gran pérdida: desperdicio de sangre.
—¿Y cómo se perdió o desperdició la sangre?
Negué con la cabeza. Él dio unos pasos, se sentó junto a mí, y prosiguió:
—Es usted un hombre inteligente, amigo John; razona bien, y su ingenio es atrevido; pero tiene demasiados prejuicios. No permite ver a sus ojos ni oír a sus oídos, y aquello que está fuera de su vida diaria carece de importancia para usted. ¿No piensa que hay cosas que usted no puede comprender, pero que existen, que algunas personas ven cosas que otras no pueden ver? Pero hay cosas viejas y nuevas que no deben ser contempladas por ojos de hombres, porque ellos saben, o creen saber, algunas cosas que otros hombres les han contado. Ah, es culpa de nuestra ciencia, que todo lo quiere explicar; y si no lo explica, entonces dice que no hay nada que explicar. Pero todos los días vemos a nuestro alrededor el crecimiento de nuevas creencias que se consideran nuevas, y que son las viejas que pretenden ser las jóvenes, como las señoras en la ópera. Supongo que usted no cree en la transferencia corporal, ¿no? Ni en la materialización, ¿no? Ni en los cuerpos astrales, ¿no? Ni en la lectura del pensamiento, ¿no? Ni en el hipnotismo…
—Sí —dije—. Charcot[47] lo ha demostrado sobradamente.
Prosiguió con una sonrisa.
—Entonces está satisfecho respecto a eso. ¿Sí? Y naturalmente comprende cómo actúa y es capaz de seguir los pensamientos del gran Charcot (¡ay, lástima que ya no exista!), cuando entra en el alma del paciente al que influye, ¿no? Entonces, amigo John, he de entender que usted solo acepta hechos y que está satisfecho con que entre la premisa y la conclusión haya un vacío, ¿no? Entonces dígame, ya que soy un estudioso del cerebro, por qué acepta el hipnotismo y rechaza la lectura de pensamiento. Permítame decirle, amigo mío, que hoy se hacen cosas en la ciencia eléctrica que habrían considerado impías los propios hombres que descubrieron la electricidad, quienes no hace mucho habrían sido quemados por hechiceros. Siempre existen misterios en la vida. ¿Por qué vivió Matusalén novecientos años, el «Viejo Parr»[48] ciento sesenta y nueve, y sin embargo la pobre Lucy, con la sangre de cuatro hombres en sus venas, no pudo vivir ni siquiera un día? Porque, de haber vivido un día más, la habríamos podido salvar. ¿Conoce todos los misterios de la vida y la muerte? ¿Conoce el conjunto de la anatomía comparativa, y puede hablar, por tanto, de las cualidades de la bestia que hay en algunos hombres y no en otros? ¿Puede decirme por qué, cuando otras arañas mueren jóvenes y pronto, esa gran araña vivió siglos en la torre de la vieja iglesia española y creció y creció hasta beberse el aceite de todas las lámparas de la iglesia? ¿Puede decirme por qué en la Pampa, y, ¡ay!, en otros lugares, hay murciélagos que abren las venas del ganado y de los caballos por la noche y les chupan las venas hasta secárselas? ¿Por qué en algunas islas de los mares occidentales hay murciélagos que se cuelgan de los árboles durante todo el día, y aquellos que los han visto los describen como nueces gigantes o vainas? ¿Y por qué, cuando los marineros duermen en cubierta, porque hace calor, revolotean a su alrededor y entonces…, entonces, por la mañana, se encuentran hombres muertos, tan blancos como estuvo la señorita Lucy?
—¡Cielo Santo, profesor! —exclamé, al tiempo que me levantaba bruscamente—. ¿Pretende decirme que a Lucy la mordió un murciélago de ese tipo, y que existe tal cosa en Londres, en el siglo diecinueve?
Agitó la mano para invitarme al silencio, y prosiguió:
—¿Puede decirme por qué la tortuga vive más que generaciones enteras de hombres? ¿Por qué el elefante vive y vive hasta que ha visto pasar dinastías? ¿Y por qué el loro nunca muere, a no ser por mordisco de perro o gato u otro semejante? ¿Puede decirme por qué en todos los lugares y épocas los hombres creen que hay unos cuantos hombres que vivirían siempre si se lo permitieran? ¿Por qué existen hombres y mujeres que no pueden morir? Todos nosotros sabemos, porque la ciencia ha confirmado el hecho, que ha habido sapos encerrados en rocas durante miles de años, encerrados en un agujero tan pequeño que están allí desde la infancia del mundo. ¿Puede decirme por qué el faquir indio muere y es enterrado, y su tumba sellada y maíz sembrado encima y el maíz segado y cortado y vuelto a sembrar y segado y cortado una vez más, y entonces, cuando los hombres quitan el sello de la tumba, intacto, allí está el fakir, no muerto, sino que se levanta y camina entre ellos como antes?
Al llegar aquí lo interrumpí. Estaba empezando a aturdirme; había conseguido aglomerar de tal forma en mi cabeza su lista de excentricidades de la Naturaleza y de imposibilidades posibles, que mi imaginación se había disparado. Tenía la oscura idea de que me estaba dando una lección, como acostumbraba a hacer años atrás en su estudio de Amsterdam, pero entonces me explicaba de qué se trataba el asunto, para que no perdiera de vista el objeto de la discusión. Ahora carecía de esta ayuda, pero quería seguir su conversación, de modo que dije:
—Profesor, déjeme ser su alumno favorito una vez más. Dígame cuál es la tesis, para que pueda aplicar sus enseñanzas mientras usted prosigue la argumentación. De momento, mi mente va de un sitio a otro como los locos, y no los cuerdos, desarrollan una idea. Me siento como un principiante que camina a tientas por una ciénaga, en medio de la niebla, saltando de un matojo a otro en un ciego esfuerzo por avanzar, sin saber adónde me dirijo.
—Es buena imagen —dijo—. Bueno, se lo explicaré. Mi tesis es esta: quiero que usted crea.
—¿Que crea qué?
—Que crea cosas en las que no puede creer. Permítame ilustrarlo. En una ocasión oí hablar de un americano que definía la fe así: aquello que nos hace creer cosas que sabemos que son falsas. Yo sigo a ese hombre. Él se refería a que debemos tener una mente abierta, y no permitir que un pedacito de verdad detenga la irrupción de una verdad grande, como una roca pequeña detiene el paso de un vagón de ferrocarril. Tenemos la verdad pequeña primero. ¡Muy bien! La guardamos y la valoramos; pero al mismo tiempo no debemos consentir que esa verdad pequeña se crea la totalidad de la verdad del universo.
—Entonces, lo que quiere es que no permita que una convicción previa perjudique la receptividad de mi mente hacia temas extraños. ¿He entendido bien su lección?
—Ah, todavía es usted mi alumno favorito. Merece la pena enseñarle. Ahora que está dispuesto a comprender, ha dado el primer paso para comprender. Entonces, ¿piensa que esos pequeños agujeros en el cuello de los niños fueron hechos por lo mismo que hizo el agujero en el cuello de la señorita Lucy?
—Supongo que sí.
Se levantó y dijo en tono solemne:
—Pues se equivoca. ¡Ah, si fuera así! ¡Pero no! Es peor, mucho peor.
—En el nombre de Dios, profesor Van Helsing, ¿qué quiere decir? —grité.
Se desplomó en una silla con un gesto de desesperación y apoyó los codos sobre la mesa, cubriéndose la cara con las manos, al tiempo que decía:
—¡Fueron hechos por la señorita Lucy!

Capítulo XV

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



La indignación se apoderó de mí durante unos instantes; era como si el profesor hubiese abofeteado a Lucy en vida. Di un fuerte puñetazo en la mesa, me levanté y dije:
—Doctor Van Helsing, ¿es que se ha vuelto loco?
Alzó la cara y me miró, y por alguna razón, la ternura de su expresión me calmó de inmediato.
—¡Ojalá! —dijo—. La locura sería fácil de soportar en comparación con una verdad como esta. Oh, amigo mío, piense, ¿por qué dar tantos rodeos, por qué tardar tanto en decirle una cosa tan sencilla? ¿Es porque le odio y le he odiado toda mi vida? ¿Es porque deseaba afligirle? ¿Es porque deseaba, ya tan tarde, vengarme de aquella vez en que me salvó la vida y de una muerte espantosa? ¡Ah, no!
—Perdóneme —dije.
Él prosiguió:
—Amigo mío, es porque deseaba ser dulce al destrozarle, porque sé que ha amado a aquella joven tan encantadora. Pero tampoco ahora espero que me crea. Es tan duro aceptar de inmediato cualquier verdad abstracta, que podemos dudar de que tal cosa sea posible cuando siempre hemos creído en el «no» de esa verdad; aún es más duro aceptar una verdad concreta tan triste, y de alguien como la señorita Lucy. Esta noche voy a demostrarla. ¿Se atreve a venir conmigo?
Sus palabras me hicieron titubear. A nadie le gusta demostrar semejante verdad; Byron excluía los celos de esta categoría:
«Y demostrar la misma verdad que más detestaba».
Al comprender que vacilaba, el profesor dijo:
—La lógica es simple; en esta ocasión no es la lógica de un loco que salta de un matojo a otro en una ciénaga neblinosa. Si no es cierto, entonces la prueba será un alivio; en el peor de los casos, no perjudicará. ¡Y si es cierto…! Ah, ese es el temor; sin embargo, ese mismo temor ayudará a mi causa, porque existe una necesidad de creer en ella. Vamos, le diré lo que me propongo hacer: primero, que nos vayamos ahora a ver a ese niño al hospital. El doctor Vincent del North Hospital, donde según los periódicos se encuentra el niño, es amigo mío, y pienso que también de usted, ya que estuvo en su clase en Amsterdam. Dejará ver su caso a dos científicos si es que no deja a dos amigos. No le diremos nada, solo que queremos aprender. Y después…
—¿Y después?
Sacó una llave del bolsillo y la levantó.
—Y después pasaremos la noche, usted y yo, en el cementerio en que está enterrada Lucy. Esta es la llave del panteón. Se la cogí al hombre del ataúd para dársela a Arthur.
Se me heló la sangre en las venas, porque presentí que nos esperaba una experiencia espantosa. Pero no quedaba más remedio, de modo que hice de tripas corazón y dije que debíamos apresurarnos, ya que se acercaba el anochecer…
Encontramos al niño despierto. Había dormido y comido un poco, y empezaba a recuperarse. El doctor Vincent le quitó la venda del cuello, y nos mostró los pinchazos. No cabía ninguna duda sobre la semejanza con los del cuello de Lucy. Eran más pequeños, y los bordes parecían más frescos, en eso consistía toda la diferencia. Le preguntamos a Vincent a qué lo atribuía él, y contestó que debía de ser un mordisco de algún animal, quizá una rata; pero que, en su opinión, se trataba de un murciélago, de esos que tanto abundan en las colinas del norte de Londres.
—Entre tantos ejemplares inofensivos —dijo—, es posible que existan algunos salvajes de una especie más dañina. Quizá lo haya traído un marinero, y el animal ha logrado huir; o incluso puede haberse escapado un ejemplar joven del parque Zoológico, o uno perteneciente a la especie de los vampiros. Ya saben que estas cosas pueden ocurrir. Hace solo diez días se escapó un lobo, al que encontraron, según creo, por esa zona. A la semana siguiente, los niños no jugaban a otra cosa que a Caperucita Roja en el parque de Hampstead y en todos los callejones del lugar, hasta que apareció el cuento de la «señora ensangrentada», y desde entonces lo pasan en grande. Incluso esta pobre criatura le preguntó a la enfermera al despertarse que si podía marcharse. Al preguntarle la enfermera por qué quería irse, le contestó que porque quería jugar con la «señora ensangrentada».
—Espero —dijo Van Helsing— que cuando vaya a enviar al niño a casa avisará a sus padres de que lo vigilen estrechamente. Estos caprichos de escaparse son sumamente peligrosos; y si el niño pasara otra noche fuera de su casa, probablemente sería fatal. Pero supongo que no lo dejará ir en unos cuantos días…
—Claro que no; al menos se quedará una semana más, e incluso más tiempo si no sana la herida.
Nuestra visita al hospital nos llevó más tiempo de lo que habíamos previsto, y ya se había puesto el sol cuando salimos de allí. Van Helsing, al ver lo oscuro que estaba dijo:
—No hay prisa. Es más tarde de lo que pensaba. Vamos, busquemos algún sitio en el que podamos comer, y después seguiremos nuestro camino.
Cenamos en el Jack Straw’s Castle, junto a una pandilla de ciclistas y otras personas extraordinariamente ruidosas. Abandonamos la taberna alrededor de las diez. Ya estaba muy oscuro, y las luces desperdigadas aumentaban la oscuridad en cuanto nos alejábamos del radio de iluminación de cada una de ellas. Evidentemente, el profesor había tomado buena nota de la calle a la que nos dirigíamos, ya que avanzaba sin ninguna vacilación; yo, sin embargo, me encontraba completamente confundido en cuanto a nuestra situación. Cuanto más nos alejábamos, íbamos viendo cada vez menos personas, hasta que finalmente nos dejó un tanto sorprendidos toparnos con la patrulla de policía ecuestre que hacía su acostumbrada ronda por las afueras de la ciudad. Por fin llegamos al muro del cementerio, el cual escalamos. Encontramos el panteón de la familia Westenra con ciertas dificultades, puesto que era noche cerrada y desconocíamos el lugar. El profesor sacó la llave, abrió la puerta rechinante y retrocedió, al tiempo que me indicaba que le precediera, de una forma cortés aunque inconsciente. Aquella oferta estaba teñida de una ironía deliciosa: darme preferencia en ocasión tan espantosa. Mi compañero me siguió rápidamente, y cerró la puerta con cautela, tras asegurarse de que la cerradura era de pestillo y no de muelle. En este último caso nos habríamos encontrado en una situación un tanto comprometida. A continuación se puso a rebuscar en su maletín; sacó una caja de cerillas y un cabo de vela y lo encendió. A la luz del día, y adornado con flores frescas, el panteón ya era suficientemente lúgubre y horripilante; pero ahora, al cabo de unos cuantos días, con las flores marchitas y mustias, que tornaban en color orín el blanco, y en pardo, el verde; con la araña y el escarabajo, que habían recuperado su acostumbrado dominio; con la piedra descolorida por el tiempo, el mortero cubierto de polvo, el hierro herrumbroso y húmedo, el latón deslustrado, y las chapas de plata empañadas reflejando el débil destello de una vela, el efecto era más triste y sórdido de todo lo que se pueda imaginar. Expresaba de modo irrefutable la idea de que la vida —la vida animal— no es lo único que puede desaparecer.
Van Helsing realizaba su tarea sistemáticamente. Sujetando la vela de modo que le permitiera leer las placas de los ataúdes, de forma tal que la cera, al caer, se congelaba al tocar el metal, se aseguró de cuál era el ataúd de Lucy. Tras buscar de nuevo en su maletín sacó un destornillador.
—¿Qué va a hacer? —pregunté.
—Abrir el ataúd. Entonces se convencerá.
Se puso sin mayor dilación a quitar los tornillos, y finalmente levantó la tapa, lo que dejó al descubierto el revestimiento de plomo. Aquella visión casi hizo que me desmayara. Parecía una afrenta tan grande para la difunta, como lo hubiera sido haberla despojado de sus ropas durante el sueño mientras vivía; tanto es así, que le sujeté la mano para detenerle. Se limitó a decir: «Ya lo verá». Volvió a rebuscar en su maletín y sacó una minúscula sierra. Clavó el destornillador entre la abertura de la tapa con un movimiento rápido que me hizo estremecer, y practicó un pequeño orificio, de tamaño suficiente, no obstante, para dejar paso a la punta de la sierra. Yo esperaba que saliera gas del cadáver, que ya llevaba allí una semana. Los médicos, que hemos tenido que estudiar los riesgos, hemos de acostumbrarnos a semejantes cosas, así que retrocedí hacia la puerta. Pero el profesor no se detuvo ni un momento; aserró un trozo de unos dos pies de longitud en un costado de la cubierta de plomo del ataúd, después en sentido transversal, y después por el otro lado. Dobló el reborde desprendido hacia la base del ataúd, y, acercando la vela al orificio, me indicó que mirase.
Avancé y miré. El ataúd estaba vacío.
Me quedé francamente sorprendido e impresionado, pero Van Helsing no pestañeó. Ahora estaba más seguro que nunca del terreno que pisaba, y por tanto, envalentonado para proseguir su tarea.
—¿Está convencido, amigo John?
—Estoy convencido de que el cuerpo de Lucy no está en ese ataúd; pero eso solo demuestra una cosa.
—¿Y qué es, amigo John?
—Que no está ahí.
—Esa es buena lógica —dijo—. ¿Pero cómo explica, cómo puede explicar que no esté ahí?
—Quizá haya sido un ladrón de cadáveres —sugerí—. Quizá lo haya robado alguien de la funeraria.
Tuve la sensación de estar diciendo una estupidez, pero era la única causa real que se me ocurría.
El profesor suspiró.
—¡Ah, bien! —dijo—. Tenemos que encontrar más pruebas. Venga conmigo.
Volvió a colocar la tapa del ataúd, recogió sus cosas y las metió en el maletín; apagó la vela y también la metió en el maletín. Abrimos la puerta y salimos. Cerró la puerta y dio vuelta a la llave. Me la entregó, al tiempo que decía:
—¿Quiere guardarla? Será mejor que se asegure.
Me eché a reír —debo reconocer que no fue una risa alegre—, indicándole que la guardase él.
—Una llave no significa nada —dije—; puede haber copias. Y además, no es difícil quitar una cerradura de ese tipo.
No dijo nada; se limitó a meterse la llave en el bolsillo. Después me dijo que vigilase un extremo del cementerio, mientras él vigilaba el otro. Me aposté detrás de un tejo, y vi moverse su oscura figura hasta que las lápidas y los árboles la ocultaron de mi vista.
Fue una vigilia solitaria. Poco después de haber ocupado mi puesto oí un reloj lejano que daba las doce, y después la una y las dos. Estaba helado y asustado, y enfadado con el profesor por haberme metido en semejante aventura, y conmigo mismo por haber ido. Tenía demasiado frío y demasiado sueño para observar con atención, pero no tenía suficiente sueño para abandonar lo que se me había confiado; así que pasé un rato espantoso y penoso.
De repente, al darme la vuelta, creí ver algo parecido a una línea blanca que se movía entre dos oscuros tejos en el extremo del cementerio más alejado del panteón; al mismo tiempo avanzó una sombra procedente del lado en que se encontraba el profesor y se dirigió apresuradamente hacia él. También yo empecé a andar, pero tuve que rodear lápidas y tumbas protegidas por barandillas, y tropecé con los sepulcros. El cielo estaba cubierto, y en algún lugar lejano cantó un gallo. A cierta distancia, detrás de una hilera de enebros desperdigados que bordeaban el sendero que llevaba a la iglesia, pasó rápidamente una figura blanca y confusa que se dirigió hacia el sepulcro. Este se hallaba oculto entre árboles, y no pude distinguir el lugar en que desapareció la figura. Oí un crujido procedente del sitio en que había visto la figura por primera vez; me acerqué allí y encontré al profesor, que sujetaba en sus brazos a un niñito. Al verme extendió sus brazos hacia mí para enseñármelo y dijo:
—¿Está convencido ahora?
—No —respondí en un tono que se me antojó agresivo.
—¿No ve al niño?
—Sí, es un niño, ¿pero quién lo ha traído aquí? Además, ¿está herido? —pregunté.
—Vamos a verlo —dijo el profesor, y sin pararnos a reflexionar más, nos dirigimos a la salida del cementerio, el profesor con el niño dormido en brazos.
Cuando nos hubimos alejado un trecho, nos internamos en un bosquecillo. Encendimos una cerilla y examinamos el cuello del niño. No presentaba ningún tipo de arañazo ni herida.
—¿Ve cómo yo tenía razón? —pregunté triunfante.
—Llegamos a tiempo —dijo el profesor con gratitud.
Teníamos que decidir lo que íbamos a hacer con el niño, y nos pusimos a discutirlo. Si lo llevábamos a una comisaría, tendríamos que dar explicaciones sobre nuestras andanzas de aquella noche; al menos, tendríamos que declarar cómo habíamos encontrado al niño. Finalmente decidimos llevarlo al parque, y cuando oyésemos acercarse a un policía, dejarlo en un lugar en que fuera imposible que no lo descubriesen, y a continuación regresar a casa lo más rápidamente posible. Todo salió bien. Oímos los enérgicos pasos de un policía al llegar a la salida de Hampstead Heath; tendimos al niño en el sendero y esperamos, expectantes, hasta que el policía lo vio y movió su linterna de un lado a otro. Oímos su exclamación de sorpresa y nos marchamos en silencio. Tuvimos la buena suerte de encontrar un coche cerca del Spaniards[49], que nos llevó a la ciudad.
Como no puedo dormir, escribo en el diario. Pero debo intentar dormir unas horas, ya que Van Helsing vendrá a buscarme por la tarde. Ha insistido en que le acompañe en otra expedición.
27 de septiembre.—Eran las dos cuando encontramos una ocasión favorable para llevar a cabo nuestros planes. Ya había acabado el funeral celebrado a mediodía, y se habían retirado perezosamente los últimos asistentes rezagados, cuando, escondidos precavidamente tras un bosquecillo de alisos, vimos al sacristán cerrar la puerta del cementerio. Entonces supimos que estaríamos seguros hasta la mañana siguiente; pero el profesor dijo que no necesitaríamos más de una hora, como máximo. De nuevo volví a experimentar esa horrible sensación de la realidad de las cosas, en la que cualquier esfuerzo de la imaginación parece fuera de lugar; y comprendí con toda claridad los riesgos que corríamos con nuestra tarea sacrílega, que la ley podía castigar. Además, tenía la sensación de que todo era inútil. Era una atrocidad haber abierto el ataúd para comprobar si una mujer que llevaba una semana muerta lo estaba realmente; ahora se me antojaba el colmo de la locura volver a abrir el sepulcro, sabiendo, por la evidencia que nos habían brindado nuestros propios ojos, que el ataúd estaba vacío. Pero me encogí de hombros y guardé silencio, ya que Van Helsing tiene una forma muy peculiar de hacer las cosas e ignora las protestas. Cogió la llave, abrió la tumba, y una vez más me indicó cortésmente que le precediera. El lugar no presentaba un aspecto tan horripilante como la noche anterior, pero a la luz del sol que se derramaba a torrentes, oh, ¡qué inexpresablemente desolador! Van Helsing se dirigió al ataúd de Lucy, y yo lo seguí. Se inclinó y dobló el reborde de plomo; en ese momento, me embargaron la sorpresa y la consternación.
Allí estaba Lucy, con el mismo aspecto que la noche anterior al funeral. Estaba, si acaso es posible, más radiante y bella que nunca; no podía creer que estuviera muerta. Sus labios estaban más rojos que nunca; el color de las mejillas había florecido delicadamente.
—¿Qué es esto? ¿Un juego de manos? —le dije al profesor.
—¡Se convence ahora! —contestó él, y mientras pronunciaba estas palabras extendió la mano, y separó los labios muertos y dejó al descubierto los blancos dientes.
—Mírelos —prosiguió—, mírelos; están más afilados que antes. Con este y con este —dijo, al tiempo que tocaba uno de los colmillos y el diente de abajo— se puede morder a los niños pequeños. ¿Cree ahora, amigo John?
Una vez más se despertó en mí un deseo hostil de discutir. No podía aceptar aquella idea tan abrumadora que el profesor sugería; por eso, intentando convencerlo de un modo que me avergonzó en el mismo momento de pronunciar las palabras, dije:
—Tal vez la hayan colocado aquí después de la noche pasada.
—¿Sí? ¿Y quién lo ha hecho?
—No lo sé, pero alguien lo ha hecho.
—Pero lleva muerta ya una semana. La mayoría de las personas no tendrían ese aspecto después de tanto tiempo.
No supe qué contestarle y me callé. Van Helsing no pareció advertir mi silencio; no mostró ni disgusto ni triunfo. Miraba intensamente el rostro de la difunta; le alzaba los párpados y examinaba los ojos, y una vez más abrió los labios y contempló los dientes. Se volvió hacia mí y dijo:
—Aquí hay una cosa que es diferente de todo lo que se tiene noticia; aquí hay una doble vida que no es como la corriente. Fue mordida por el vampiro mientras se encontraba en trance, sonámbula… Oh, se sorprende. Usted no lo sabe, amigo John, pero lo sabrá todo más adelante; y en trance era como mejor podía sacarle más sangre. En trance murió, y también en trance está No-Muerta. En esto difiere de todos los demás. Por lo general, cuando el No-Muerto duerme en casa —hizo un amplio movimiento con el brazo para indicar lo que significa la palabra «casa» para un vampiro—, su rostro muestra lo que es, pero este, tan dulce cuando no era No-Muerta, volverá a la nada de los muertos corrientes. No hay nada maligno ahí, véalo, y por eso es duro tener que matarla mientras duerme.
Sus palabras me helaron la sangre, y empecé a comprender que aceptaba las teorías de Van Helsing. Pero si Lucy estaba realmente muerta, ¿qué horror podía encerrar la idea de matarla? El profesor me miró, y sin duda vio el cambio que había experimentado mi expresión, porque dijo casi con alegría:
—Ah, ¿cree ahora?
Contesté:
—No me acose tanto. Estoy dispuesto a aceptarlo. ¿Qué piensa hacer con este maldito asunto?
—Le cortaré la cabeza y le llenaré la boca de ajo, y le clavaré una estaca en el cuerpo.
Me estremecí al pensar en mutilar de esa forma el cuerpo de la mujer a la que había amado. Sin embargo, la emoción no fue tan fuerte como yo esperaba. De hecho, empezaba a estremecerme ante la presencia de aquel ser, de aquella No-Muerta, como la llamaba Van Helsing, y a detestarlo. ¿Es posible que el amor sea completamente subjetivo, o completamente objetivo?
Esperé un buen rato a que Van Helsing empezase, pero parecía sumido en profunda reflexión. Finalmente cerró la tapa de su maletín de un golpe y dijo:
—He estado pensando, y he decidido lo que es mejor. De seguir simplemente mi inclinación, haría ahora, en este momento, lo que hay que hacer; pero habrán de seguir otras cosas, cosas que son mil veces más difíciles y que no conocemos. Esto es sencillo. Ella aún no ha quitado ninguna vida, aunque es cuestión de tiempo; y actuar ahora sería alejar el peligro de ella para siempre. Pero quizá necesitemos a Arthur, ¿y cómo le hablaremos de esto? Si usted, que vio las heridas en el cuello de Lucy, y vio las heridas tan semejantes del niño en el hospital; si usted, que vio el ataúd vacío anoche y ocupado esta noche por una mujer que no ha cambiado más que para estar más bella y resplandeciente tras una semana de haber muerto, si usted sabe esto y vio la figura blanca que anoche trajo al niño al cementerio, y a pesar de eso no creyó a sus propios sentidos, ¿cómo puedo esperar que Arthur, que nada sabe de estas cosas, lo crea? Dudó de mí cuando le aparté de los brazos de Lucy cuando estaba moribunda. Sé que me ha perdonado, aunque piensa que, por una idea equivocada, he hecho cosas que le han impedido despedirse como debía; y quizá piensa que, por otra idea equivocada, esta mujer fue enterrada viva; y que, por la más equivocada de todas las ideas, la hemos matado entre todos. Entonces él argumentará que somos nosotros quienes estamos equivocados, quienes la hemos matado con nuestras ideas; y será siempre muy desgraciado. Pero nunca podrá estar seguro; y eso es lo peor de todo. Y a veces pensará que ella, a la que amaba, fue enterrada viva, y eso teñirá sus sueños con los horrores de lo que debe haber sufrido; y volverá a pensar que quizá estemos en lo cierto, y que aquella a la que tanto amaba era, después de todo, una No-Muerta. ¡No! Se lo dije en una ocasión, y desde entonces mucho he aprendido. Ahora, como sé que todo es cierto, sé cien mil veces mejor que debe atravesar las aguas amargas para llegar a las dulces. El pobre hombre pasará unos momentos que oscurecerán el mismo rostro del cielo; después podemos actuar para bien de todos y darle a él la paz. Estoy decidido. Vámonos. Regrese a su manicomio esta noche a comprobar que todo marcha bien. Por mi parte, pasaré la noche aquí, en este cementerio. Mañana por la noche se reunirá conmigo en el hotel Berkeley a las diez. También mandaré llamar a Arthur, y al joven tan agradable de América que dio su sangre. Más tarde todos tendremos mucho trabajo. Voy con usted hasta Piccadilly para cenar allí, ya que debo regresar aquí antes de que se ponga el sol.
Y, sin más, cerramos el panteón y nos marchamos; saltamos el muro del cementerio, tarea que no nos resultó muy difícil, y fuimos en coche a Piccadilly.

NOTA DEJADA POR VAN HELSING EN SU MALETA, EN EL HOTEL BERKELEY, DIRIGIDA A JOHN SEWARD, M. D. (No fue entregada)



27 de septiembre
Amigo John:
Escribo esta nota por si ocurriese algo. Voy solo a vigilar en ese cementerio. Es mi deseo que la No-Muerta, la señorita Lucy, no salga esta noche, y que así mañana por la noche esté más impaciente. Por tanto colocaré unas cosas que a ella no le gustan —ajo y un crucifijo— y sellaré la puerta del sepulcro. Es una No-Muerta joven, y obedecerá. Esto es para evitar que salga; pero quizá no pueda impedir que quiera entrar, pues entonces la No-Muerta estará desesperada y tendrá que encontrar la línea de menor resistencia, sea cual sea. Estaré allí toda la noche, desde la puesta del sol hasta después de la salida del sol, y si hay algo que aprender, yo lo aprenderé. Por la señorita Lucy, o de ella, no siento ningún temor; pero aquel otro por quien ella es No-Muerta ahora posee la capacidad de buscar su tumba y encontrar cobijo. Es astuto, pues lo sé por el señor Jonathan y por el modo en que nos ha engañado a todos cuando jugaba con nosotros por la vida de la señorita Lucy, y perdimos; y en muchos sentidos los No-Muertos son fuertes. Tienen siempre en su mano la fuerza de veinte hombres; podría vencernos a nosotros cuatro, que dimos nuestro vigor a la señorita Lucy. Además, puede llamar a su lobo y a no sé qué más. De manera que, si viene aquí esta noche, me encontrará; pero ningún otro lo hará —hasta que sea demasiado tarde—. Pero quizá no intente venir. No hay razón para que así sea; su coto de caza está más lleno de víctimas que el cementerio en que duerme la No-Muerta y un anciano vigila.
Por tanto escribo esto en caso de que… Coja los papeles que están junto a esta nota, los diarios de Harker y todo lo demás; léalos, y después busque al gran No-Muerto y córtele la cabeza y queme su corazón o clávele una estaca, para que el mundo pueda descansar.
Sí así fuera, adiós.

VAN HELSING



DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



28 de septiembre.—Es sorprendente lo bien que sienta una buena noche de sueño. Ayer casi estaba dispuesto a aceptar las monstruosas ideas de Van Helsing; pero ahora se me antojan un verdadero ultraje al sentido común. No me cabe duda de que él está convencido. Me pregunto si su mente se habrá desquiciado. Debe existir sin duda una explicación racional para estos hechos misteriosos. ¿Acaso lo habrá hecho el propio profesor? Es tan anormalmente inteligente que, si se volviera loco, llevaría a cabo una idea fija de una forma extraordinaria. No quiero pensarlo, y en verdad sería una maravilla casi tan grande como la otra descubrir que Van Helsing se ha vuelto loco; pero de todas formas lo vigilaré estrechamente. Tal vez arroje alguna luz sobre el misterio.
29 de septiembre, por la mañana.—Anoche, un poco antes de las diez, Arthur y Quincey entraron en la habitación de Van Helsing; este nos dijo todo lo que quería que hiciésemos, aunque se dirigió especialmente a Arthur, como si la voluntad de todos estuviese sometida a la suya. Empezó por decir que esperaba que todos nosotros fuésemos con él, «ya que —dijo— nos aguarda un grave deber allí. Sin duda les sorprendió mi carta, ¿no es así?». Formuló esta pregunta a lord Godalming.
—Así es. Me dejó muy preocupado durante un rato. He tenido tantos problemas últimamente que ya no podía con más. Además, no sabía a qué se refería, y se despertó mi curiosidad. Quincey y yo hablamos sobre ello, pero cuanto más hablábamos, mayor era nuestra confusión, tanto que bien puedo decir que no comprendo el significado de nada en absoluto.
—Ni yo tampoco —dijo Quincey Morris, lacónico.
—Ah —dijo el profesor—, entonces se encuentran ustedes más cerca del comienzo, ustedes dos, que el amigo John, que tiene que retroceder mucho para llegar al principio.
Sin duda, el profesor se había dado cuenta de que yo había vuelto a mis antiguas dudas a pesar de no haber dicho una palabra. Se volvió hacia los otros y dijo con solemne gravedad:
—Necesito su permiso para hacer lo que considero bueno esta noche. Es, lo sé, mucho pedir; y cuando sepan qué es lo que me propongo hacer, entonces, y solo entonces, sabrán cuánto. Por todo, les pediré que me lo prometan en la oscuridad, de modo que después, aunque estén enfadados conmigo durante algún tiempo (no puedo ocultar la posibilidad de que tal cosa ocurra), no se sientan culpables por nada.
—Eso es sinceridad —interrumpió Quincey—. Yo respondo del profesor. No entiendo del todo sus intenciones, pero juro que son honradas; y con eso me basta.
—Se lo agradezco, señor —dijo Van Helsing con orgullo—. Me he hecho a mí mismo el honor de contarle a usted entre los amigos de confianza, y tal aprobación por su parte me es muy querida.
Extendió una mano, que Quincey estrechó.
Entonces fue Arthur quien habló.
—Doctor Van Helsing, no me gusta «hacer las cosas a tontas y a locas», como dicen en Escocia, y si se trata de algo que compromete mi honor de caballero o mis creencias cristianas, no puedo prometer nada. Si usted me asegura que lo que quiere llevar a cabo no viola ninguno de los dos principios, le daré mi consentimiento de inmediato; aunque a fe mía que no entiendo cuáles son sus intenciones.
—Acepto sus limitaciones —dijo Van Helsing—, y todo lo que le pido es que, si cree necesario condenar algún acto mío, lo considerará primero y quedará satisfecho con que no viole sus reservas.
—¡De acuerdo! —dijo Arthur—. Me parece justo. Y ahora que han acabado los preámbulos, ¿puedo saber qué vamos a hacer?
—Quiero que vengan conmigo, y que vengan en secreto, al cementerio de Kingstead.
La expresión de Arthur se tornó sombría, al tiempo que decía, atónito:
—¿Donde está enterrada la pobre Lucy?
El profesor asintió.
Arthur prosiguió:
—¿Para qué?
—Para entrar al sepulcro.
Arthur se puso de pie.
—Profesor, ¿lo dice en serio, o se trata de una broma monstruosa? Perdóneme; ya veo que lo dice en serio.
Volvió a sentarse, pero pude observar que mantenía una postura firme y orgullosa, como si tratara de defender su dignidad. Se hizo el silencio, hasta que preguntó de nuevo:
—¿Y cuando entremos en el sepulcro?
—Abriremos el ataúd.
—¡Esto es excesivo! —exclamó Arthur, al tiempo que se levantaba furioso—. Estoy dispuesto a ser paciente en todo lo que sea razonable, pero profanar la tumba de alguien que…
La indignación le impidió seguir hablando. El profesor lo miró con lástima.
—Si pudiera evitarle una desdicha, mi pobre amigo —dijo—, Dios sabe que lo haría. Pero esta noche nuestros pies deben caminar por senderos de espinas; ¡o más adelante, y para siempre, los pies que usted ama caminarán por senderos de fuego!
Arthur elevó la mirada con la cara contraída y blanca, y dijo:
—¡Tenga cuidado, caballero, tenga cuidado!
—¿No estaría bien oír lo que tengo que decir? —dijo Van Helsing—. Entonces sabrán al menos los límites de mis intenciones. ¿Quieren que prosiga?
—Me parece justo —interrumpió Morris.
Tras una pausa Van Helsing siguió hablando, a todas luces con gran esfuerzo.
—La señorita Lucy está muerta, ¿no es así? ¡Sí! Por tanto, no puede causársele ningún daño. Pero si no está muerta…
Arthur se levantó de un salto.
—¡Cielo Santo! —gritó—. ¿Qué quiere decir? ¿Acaso ha habido un error? ¿Es que la han enterrado viva?
Se puso a gemir con una angustia que ni siquiera la esperanza podía suavizar.
—No he dicho que esté viva, hijo mío; no pensaba eso. No voy más lejos de decir que tal vez esté No-Muerta.
—¡No-Muerta! ¡No viva! ¿Qué quiere decir? ¿Es una pesadilla, o de qué se trata?
—Hay misterios que los hombres solo pueden conjeturar, que siglo tras siglo solo han podido resolverse en parte. Créame; ahora estamos a punto de resolver uno. Pero aún no lo hemos hecho. ¿Puedo cortar la cabeza de la difunta señorita Lucy?
—¡Por todos los santos del Cielo, no! —gritó Arthur, en un arrebato de cólera—. Por nada del mundo consentiré ningún tipo de mutilación en su cuerpo. Doctor Van Helsing, me somete a una prueba demasiado dura. ¿Qué le he hecho a usted para que me torture de esta forma? ¿Qué le hizo esa pobre muchacha para que desee manchar con tal deshonra su tumba? ¿Está usted loco para decir esas cosas, o soy yo quien está loco por escucharlas? No se atreva a pensar más en semejante profanación; no daré mi consentimiento. Mi deber es proteger su tumba de los atropellos. ¡Y juro por Dios que la protegeré!
Van Helsing se levantó del lugar en que había estado sentado todo el tiempo y dijo con suma seriedad y gravedad:
—Milord Godalming, yo también tengo un deber que cumplir, un deber para con otros, un deber para con usted, un deber para con la difunta. ¡Y juro por Dios que lo cumpliré! Todo lo que le pido ahora es que venga conmigo, que mire y escuche; y si después vuelvo a hacer la misma petición y usted no está dispuesto a cumplirla, entonces…, entonces cumpliré con mi deber. Y después, para seguir los deseos de su Señoría, me pondré a su disposición para rendirle cuentas, cuándo y dónde usted lo desee —se le entrecortó la voz, y siguió en tono de conmiseración—: Pero le ruego que no siga enfadado conmigo. En una larga vida llena de actos que con frecuencia no me resultaron gratos de llevar a cabo, y que a veces me dolieron en lo más hondo del corazón, nunca se me había presentado una tarea tan dura como ahora. Créame que, si llega el momento en que usted cambia de opinión con respecto a mí, una sola mirada de sus ojos borrará esta tan triste hora, porque haré lo que un hombre puede hacer para evitarle sufrimientos. Piense. ¿Por qué habría yo de imponerme tales trabajos y tales aflicciones? He venido aquí desde mi propia tierra para hacer todo el bien que puedo; en el principio por complacer a mi amigo John, y después para ayudar a una dulce joven, a quien también yo llegué a amar. Por ella (me avergüenza decir tanto, pero lo digo con bondad) di lo que usted dio: la sangre de mis venas; la di yo, que no era, como usted, su novio, sino solo su médico y su amigo. Le di mis noches y mis días, antes de la muerte y después de la muerte; y si mi muerte le hace bien incluso ahora, cuando es una muerta No-Muerta, la tendrá a su disposición.
Pronunció estas palabras con un orgullo dulce y grave que emocionó a Arthur. Este tomó la mano del anciano entre las suyas y dijo con voz entrecortada:
—Ah, es muy difícil pensar en ello, y no lo comprendo; pero al menos iré con usted, y esperaré.

Capítulo XVI

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



Acababan de dar las doce menos cuarto cuando entramos en el cementerio, tras saltar el muro, de escasa altura. La noche era oscura, con ocasionales destellos de luz de luna entre los jirones de las gruesas nubes que se deslizaban rápidas por el cielo. Por alguna razón, caminábamos todos juntos, con Van Helsing ligeramente adelantado, a la cabeza del grupo. Al acercarnos a la tumba, miré con atención a Arthur, pues temía que la proximidad de un lugar cargado de tan dolorosos recuerdos lo afligiese; pero conservaba la sangre fría. Pensé que el mismo misterio de nuestros actos servía para contrarrestar en cierta medida su pesar. El profesor abrió la puerta, y al observar en nosotros la lógica vacilación, debida a diversas causas, resolvió la dificultad entrando él primero. Los demás lo seguimos, y cerró la puerta. A continuación encendió una linterna y señaló el ataúd. Arthur avanzó, vacilante. Van Helsing me dijo:
—Ayer estuvo usted aquí conmigo. ¿Estaba el cuerpo de la señorita Lucy en el ataúd?
—Así es.
El profesor, dirigiéndose a los otros, dijo:
—Ustedes lo oyen, y, sin embargo, hay alguien que no me cree.
Cogió el destornillador y quitó una vez más la tapa del ataúd. Arthur le miraba fijamente, muy pálido, pero en silencio; cuando la tapa estuvo quitada, se adelantó unos pasos. Evidentemente, no sabía de la existencia de una cubierta de plomo, o al menos, no había pensado en ella. Al observar la hendidura en el plomo, la sangre le subió a las mejillas unos instantes, pero descendió con la misma rapidez, de modo que su palidez siguió siendo cadavérica. Siguió en silencio. Van Helsing tiró del reborde de plomo; miramos en el interior y retrocedimos.
¡El ataúd estaba vacío!
Nadie articuló palabra durante varios minutos. Quincey Morris rompió el silencio:
—Profesor, yo respondí por usted. Todo lo que quiero es su palabra. No pediría semejante cosa en una situación corriente; no le deshonraría con mis dudas, pero esto constituye un misterio más allá del honor o el deshonor. ¿Es esto obra suya?
—Les juro a ustedes por lo más sagrado que no la he quitado de aquí ni la he movido. Lo que ocurrió es lo siguiente: hace dos noches vinimos aquí mi amigo John y yo, con buenas intenciones, créanme. Abrí ese ataúd, que estaba sellado, y lo encontramos, como ahora, vacío. Entonces esperamos, y vimos algo blanco que se acercaba por entre los árboles. Al día siguiente vinimos aquí a la luz del día, y Lucy yacía ahí. ¿No es así, amigo John?
—Sí.
—Aquella noche llegamos a tiempo. Había desaparecido otro niño pequeño, al que encontramos, gracias a Dios, ileso entre las tumbas. Ayer vine aquí antes del crepúsculo, porque después los No-Muertos pueden moverse. Esperé toda la noche hasta la salida del sol, pero no vi nada. Lo más probable es que se debiera a que en los goznes de estas puertas yo había colocado ajo, que los No-Muertos no pueden soportar, y otras cosas que rehúyen. Anoche no se produjo ningún éxodo, por lo que esta noche, antes del crepúsculo, quité el ajo y las otras cosas. Y ahora encontramos el ataúd vacío. Pero escúchenme. Hasta ahora ocurren muchas cosas extrañas. Esperen ustedes conmigo afuera, sin que nos vean ni nos oigan, y ocurrirán cosas aún más extrañas. Venga —apagó la linterna—, vamos afuera.
Abrió la puerta, y salimos de uno en uno; él salió el último y cerró la puerta.
¡Qué puro y fresco parecía el aire de la noche tras el horror de aquella tumba! Qué delicia ver la carrera de las nubes y los destellos pasajeros de la luz de la luna entre las nubes que se deslizaban, que pasaban y cruzaban el cielo, como el júbilo y la pena de la vida de un hombre; qué delicia respirar el aire fresco, sin el olor de la muerte y la decadencia; qué humano ver el destello rojo del cielo detrás de las colinas, y oír en la lejanía el sordo rumor que indica la vida de una gran ciudad. Todos quedamos sobrecogidos, cada uno a su modo. Observé que Arthur luchaba en silencio por comprender el íntimo significado del misterio. Yo, por mi parte, aguardaba paciente, casi dispuesto una vez más a dejar a un lado la duda y a aceptar las conclusiones de Van Helsing. Quincey Morris parecía flemático, como el hombre que acepta todo, y que lo acepta con fría valentía, con todo el riesgo que habrá de correr. Como no se podía fumar, cortó un buen trozo de tabaco y se puso a mascarlo. Van Helsing estaba ocupado en algo muy concreto. En primer lugar, sacó de su maletín una sustancia que parecía una galleta fina, que se encontraba cuidadosamente envuelta en una servilleta blanca; a continuación sacó dos puñados de una cosa blancuzca, como masilla o pasta. Estrujó la galleta y la mezcló con la masilla entre sus manos. Después formó con ella unas delgadas tiras y las colocó en las grietas que había entre la puerta y el marco del panteón. Sus acciones me dejaron un tanto confuso, y, como estaba cerca de él, le pregunté qué hacía. También Arthur y Quincey se aproximaron, pues en ellos se había despertado la misma curiosidad. El profesor contestó:
—Estoy cerrando la tumba, para que no pueda entrar la No-Muerta.
—¿Y esta masa que ha colocado en la puerta va a impedirlo? —preguntó Quincey—. ¡Cielo Santo! ¿Acaso se trata de un juego?
—Así es.
—¿Qué es esa sustancia?
En esta ocasión fue Arthur quien formuló la pregunta. Van Helsing se quitó el sombrero reverentemente al tiempo que contestaba:
—La Hostia. La he traído de Amsterdam. Tengo bula.
Su respuesta dejó aterrorizado incluso al más escéptico; y todos nosotros sentimos que ante un designio tan serio como el del profesor, designio que podía utilizar para su realización la más sagrada de todas las cosas, era imposible desconfiar. Ocupamos los puestos que nos habían sido asignados en torno al panteón, en medio de un silencio respetuoso, ocultos a la mirada de cualquiera que se aproximara. Me compadecí de mis compañeros, especialmente de Arthur. Mis anteriores expediciones ya me habían acostumbrado a aquel lugar de vigilancia y espanto; pero yo, que hasta unas horas antes había repudiado las pruebas, sentí que el corazón se me encogía.
Jamás se me habían antojado tan blancas y terribles las tumbas; jamás los cipreses, los tejos o los enebros habían encarnado de forma tan tétrica la melancolía; jamás árbol ni hierba habían ondeado o susurrado tan ominosos; jamás habían crujido tan misteriosas las ramas; ni jamás el distante aullido de los perros había lanzado a la noche tal presagio de aflicción.
Se hizo un silencio prolongado, un vacío profundo, doloroso, roto por el agudo chistar del profesor. Señaló algo con la mano; por la avenida de tejos vimos avanzar una distante figura blanca, una borrosa figura blanca que apretaba un objeto oscuro contra su pecho. La figura se detuvo, y en ese momento cayó un rayo de luna entre dos masas de nubes móviles, que puso de relieve con sorprendente claridad a una mujer de pelo oscuro, vestida con los ropajes del sepulcro. No veíamos la cara, ya que estaba inclinada sobre un niño rubio. Hizo una pausa y se oyó un grito, breve y agudo, como el de un niño dormido, o como el de un perro que sueña frente al fuego. Íbamos a avanzar, pero nos detuvo una señal de aviso de la mano del profesor, a quien vimos escondido tras un tejo, y después la figura siguió aproximándose a nosotros. Ya se encontraba casi lo suficientemente cerca para poder verla con claridad, y seguía brillando la luna. Se me heló el corazón y oí el grito sofocado de Arthur al reconocer los rasgos de Lucy Westenra. La dulzura se había tornado en crueldad implacable y dura, y la pureza en voluptuosa lascivia. Van Helsing salió de entre los árboles y, obedeciendo a su gesto, nosotros hicimos lo mismo; los cuatro nos colocamos en fila ante la puerta de la tumba. Van Helsing levantó la linterna y retiró la tapa; a la luz concentrada que cayó sobre el rostro de Lucy vimos sus labios carmesíes por la sangre fresca, y el reguero que discurría por su barbilla y que había manchado la pureza del sudario.
Nos estremecimos de horror. A la luz trémula observé que incluso los nervios de acero de Van Helsing le habían abandonado. Arthur se encontraba junto a mí, y, de no haberle cogido del brazo y sujetado, se habría desplomado.
Cuando Lucy nos vio —llamo Lucy a aquel ser que estaba ante nosotros porque tenía sus mismas facciones—, retrocedió con un gruñido de rabia, como el de un gato descubierto por sorpresa; después, sus ojos cayeron sobre nosotros. Los ojos de Lucy en forma y color; pero los ojos de Lucy sucios y desbordantes de un fuego infernal, en lugar de las pupilas puras y dulces que conocíamos. En ese instante, lo que en mí quedaba de amor se convirtió en odio y repulsión. De haber tenido que matarla, lo habría hecho con salvaje deleite. Al mirarnos, sus ojos refulgieron con una luz impía, y su rostro se iluminó con una sonrisa voluptuosa. ¡Dios mío, cómo me estremecí ante aquella visión! Con un movimiento brusco arrojó al suelo, implacable como un demonio, al niño que hasta entonces había sujetado con fuerza contra su pecho, gruñendo como un perro ante un hueso. El niño emitió un agudo chillido y empezó a sollozar. Tal fue la sangre fría de aquella acción, que arrancó un gemido de la garganta de Arthur; cuando Lucy avanzó hacia él con los brazos extendidos, Arthur cayó hacia atrás y ocultó el rostro entre las manos.
Lucy siguió avanzando, y con un gesto lánguido y voluptuoso dijo:
—Ven conmigo, Arthur. Deja a los demás y ven conmigo. Mis brazos te buscan hambrientos. Ven y descansaremos juntos. ¡Ven, marido mío, ven!
En su tono había algo diabólicamente dulce —algo parecido al tintineo del cristal— que penetró en el cerebro de los que escuchábamos las palabras que iban dirigidas a otro. Arthur parecía hechizado. Retiró las manos del rostro y abrió los brazos de par en par. Lucy se precipitó hacia él, pero Van Helsing se adelantó e interpuso entre ellos su pequeño crucifijo de oro. Ella retrocedió, y pasó junto a él en dirección al panteón, con el rostro distorsionado, lleno de rabia.
Pero al llegar a uno o dos pies de la puerta, se detuvo, como obligada por una fuerza irresistible. Se dio la vuelta, y el destello de la luz de la luna y de la lámpara que, debido a los nervios de acero de Van Helsing, ya no vacilaba, dejó al descubierto su rostro. Jamás había visto tal expresión de maldad y desconcierto en una cara, y confío en que nunca vuelvan a verla ojos mortales. El bello color se tornó lívido; los ojos parecieron despedir chispas de un fuego infernal; las cejas se contrajeron como si los pliegues de la piel fuesen las espirales de las serpientes de Medusa, y la hermosa boca manchada de sangre se abrió hasta formar un cuadrado, como las máscaras de las pasiones de los griegos o los japoneses. Si un rostro puede expresar la muerte, si las miradas matan, nosotros lo vimos en aquel instante.
Y así, durante medio minuto que pareció una eternidad, Lucy permaneció entre el crucifijo que empuñaba Van Helsing y la sustancia sagrada que le impedía entrar. Van Helsing rompió el silencio al preguntar a Arthur:
—¡Respóndame, oh amigo mío! ¿He de comenzar mi tarea?
Arthur cayó de rodillas y ocultó el rostro entre las manos al contestar:
—Haga lo que quiera, amigo; haga lo que quiera. ¡No puede haber nada peor que esto! —y gimió.
Quincey y yo nos habíamos acercado a él al mismo tiempo, y le tomamos del brazo. Oímos el chasquido de la linterna cuando Van Helsing la bajó, se dirigió a la tumba, y se puso a quitar de los resquicios el emblema sagrado que allí había colocado. Petrificados por el horror vimos, al retirarse el profesor, que la mujer, con una forma corporal tan real como nuestro propio cuerpo, entraba por un intersticio por el que difícilmente habría pasado la hoja de un cuchillo. Todos experimentamos alegría y alivio al ver que el profesor volvía a colocar con toda calma las tiras de masilla en los bordes de la puerta.
Cuando lo hubo hecho, levantó del suelo al niño y dijo:
—Vamos, amigos míos, no podemos hacer nada más hasta mañana. Se celebra un funeral por la tarde, así que vendremos poco después de que acabe. Todos los amigos del difunto se habrán marchado a las dos, y cuando el sacristán cierre la puerta, nosotros nos quedamos. Entonces hay más que hacer; pero no como lo de esta noche. Con respecto a este pequeñín, no ha sufrido grandes daños, y mañana por la noche estará bien. Lo dejaremos donde pueda encontrarle la policía, como la otra noche; y después, a casa.
Se acercó a Arthur y le dijo:
—Mi amigo Arthur ha sufrido una dura prueba; pero después, cuando mire hacia atrás, verá que era necesaria. Ahora está en las aguas amargas, hijo mío. Mañana a estas horas, si lo quiere Dios, las habrá cruzado, y bebido habrá de las aguas dulces, así que no se aflija en demasía. Hasta entonces no le pediré que me perdone.
Arthur y Quincey volvieron a casa conmigo, y en el camino tratamos de animarnos mutuamente. Habíamos dejado al niño a buen recaudo, y estábamos cansados. Todos disfrutamos de un sueño más o menos tranquilo.
29 de septiembre, por la noche.—Los tres (Arthur, Quincey y yo) fuimos a buscar al profesor poco antes de las doce. Me resultó extraño comprobar que, sin habernos puesto de acuerdo, todos lleváramos ropas negras. Arthur, naturalmente, vestía de negro, ya que estaba de luto riguroso, pero los demás nos vestimos así por instinto. Llegamos al cementerio a la una y media, y dimos un paseo, lejos de los vigilantes, de modo que cuando los sepultureros acabaron su trabajo, y el sacristán, creyendo que se habían marchado todos, cerró la puerta, quedamos dueños del lugar. En lugar de su pequeño maletín negro, Van Helsing portaba uno de cuero, alargado, parecido a una bolsa de críquet. A todas luces pesaba considerablemente.
Una vez solos y tras haber oído desvanecerse las últimas pisadas carretera arriba, seguimos al profesor hacia el panteón, en silencio y como si obedeciésemos órdenes. Van Helsing abrió la puerta, entramos y la cerramos. El profesor sacó la linterna del maletín, la encendió, así como dos bujías que a continuación pegó en otros ataúdes, fundiendo los extremos, al objeto de que hubiese suficiente luz para llevar a cabo nuestros propósitos. Al levantar una vez más la tapa del ataúd de Lucy, todos nos asomamos —Arthur temblaba como una hoja—, y comprobamos que el cuerpo estaba allí, en toda su belleza. Pero mi corazón no albergaba amor, sino aversión por el repugnante ser que había adoptado la forma de Lucy sin su alma. Vi que el rostro de Arthur se endurecía al contemplarla. Dijo a Van Helsing:
—¿Es realmente el cuerpo de Lucy, o un demonio que ha tomado su forma?
—Es su cuerpo, y, sin embargo, no lo es. Pero espere un poco, y la verá cómo era, y cómo es.
Aquel ser parecía una pesadilla de Lucy, allí tendida; los dientes, puntiagudos; la boca —ante cuya vista uno se estremecía— voluptuosa, manchada de sangre; el aspecto cruel y carente de espíritu, como una burla demoníaca de la dulce pureza de Lucy. Con su orden habitual, Van Helsing empezó a sacar el contenido diverso de su maletín y a colocarlo, listo para usarlo. En primer lugar sacó un soldador y soldadura; y después una lamparita de aceite que, una vez encendida en un rincón de la tumba, desprendió un gas que ardía con llama azul, produciendo un calor espantoso; a continuación los bisturíes, que dejó a mano, y finalmente, una estaca redondeada, de madera, de unas dos pulgadas y media o tres de grosor y unos tres pies de longitud. Uno de los extremos había sido endurecido chamuscándolo, y acababa en una punta afilada. Junto con la estaca sacó un pesado martillo, del tipo que se utiliza en las casas para romper los trozos grandes de carbón. Para mí, los preparativos de un médico resultan estimulantes y aleccionadores, pero el efecto que produjeron tanto en Arthur como en Quincey fue una especie de consternación. No obstante, mantuvieron su sangre fría, silenciosos y tranquilos.
Cuando todo estuvo listo, Van Helsing dijo:
—Antes de hacer nada, déjenme que les diga lo siguiente: esto se sabe por la ciencia y la experiencia de los antiguos y de todos aquellos que han estudiado los poderes de los No-Muertos. Cuando estos se convierten en tales, con el cambio sobreviene la maldición de la inmortalidad. No mueren; viven siglo tras siglo, añadiendo nuevas víctimas y multiplicando los males del mundo; porque todos los que mueren a manos de los No-Muertos se convierten a su vez en No-Muertos, y atacan a los de su raza. Y así se va ensanchando el círculo inacabable, como las ondas que produce una piedra arrojada al agua. Amigo Arthur, si hubiera recibido ese beso que usted sabe antes de que muriese la pobre Lucy, o una vez más, anoche, cuando le abrió los brazos a ella, a su debido tiempo, cuando usted muriese, se convertiría en nosferatu[50], como lo llaman en Europa Oriental, y aumentaría el número de esos No-Muertos que nos llenan de tanto horror. La carrera de esta desgraciada joven acaba de empezar. Esos niños cuya sangre chupó no son todavía lo peor; pero, si sigue viviendo No-Muerta, más y más sangre perderán y, por el poder que ejerce sobre ellos, a ella acudirán; y ella les quitará la sangre con esa malvada boca. Pero si muere de verdad, entonces todo cesa; las minúsculas heridas de la garganta desaparecen y vuelven a sus juegos, ignorantes de que esto haya pasado. Pero la mayor bendición, cuando esta ahora No-Muerta descanse como verdadera muerta, es que el alma de la pobre muchacha a quien amamos volverá a ser libre. En lugar de ejecutar por la noche sus malvadas obras y de envilecerse durante el día con la asimilación de las mismas, ocupará su lugar junto a los demás ángeles. De modo que, amigo mío, será una mano bendita la que le aseste el golpe que la liberará. Deseando estoy hacerlo. ¿Pero no hay alguien entre nosotros con más derechos que yo? ¿No será una alegría pensar, de aquí en adelante, y en ausencia de sueño, en el silencio de la noche: «Fue mi mano la que la envió a las estrellas; fue la mano de aquel que más la quería; la mano del que eligió entre todos los que ella habría podido elegir»? Díganme si existe tal entre nosotros.
Todos miramos a Arthur. Comprendió lo que todos habíamos comprendido, la infinita bondad que sugería que la suya debía ser la mano que nos devolviera a Lucy como un recuerdo santo, no impío. Avanzó unos pasos y dijo con valentía, aunque con mano temblorosa y el rostro blanco como el papel:
—Se lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón destrozado; es usted un verdadero amigo. ¡Dígame lo que tengo que hacer, y no desfalleceré!
Van Helsing posó una mano en su hombro y dijo:
—¡Muchacho valiente! Un momento de valor, y todo habrá acabado. Hay que atravesar su cuerpo con esta estaca. Será una labor terrible, no se engañe, pero solo durará unos momentos, y después su regocijo será más grande que lo fue su dolor; de esta lóbrega tumba saldrá como si caminase por el aire. Pero no debe desfallecer una vez iniciada la tarea. Piense solamente en que nosotros, sus amigos verdaderos, estamos a su lado y rezamos por usted todo el tiempo.
—Adelante —dijo Arthur con voz ronca—. Dígame qué tengo que hacer.
—Coja esta estaca con la mano izquierda, listo para colocar la punta encima del corazón, y el martillo con la derecha. Después, cuando iniciemos la oración por la difunta (yo la leeré, pues tengo aquí el libro, y los demás me seguirán), golpee en el nombre de Dios, para que todo sea para bien de la difunta que amamos, y para que muera la No-Muerta.
Arthur cogió la estaca y el martillo, y una vez que su mente estuvo dispuesta a la acción, sus manos no temblaron ni flaquearon. Van Helsing abrió el misal y empezó a leer, y Quincey y yo lo seguimos lo mejor que pudimos. Arthur colocó la punta de la estaca encima del corazón; observé la pequeña abolladura que produjo al apoyarse en la carne blanca. Después dio un golpe con todas sus fuerzas.
El ser que yacía en el ataúd se retorció, y de sus rojos labios abiertos se escapó un chirrido espantoso que nos heló la sangre. El cuerpo se retorció y se agitó y se estremeció con terribles contorsiones; los dientes puntiagudos mordieron hasta infligir heridas a los labios, y la boca quedó manchada con una espuma carmesí. Pero Arthur no vaciló. Parecía la encarnación de Thor, con su firme brazo que bajaba y subía, hundiendo más y más la estaca misericordiosa, mientras manaba la sangre del corazón traspasado y lo salpicaba todo. Su rostro estaba sereno, y parecía invadido por el elevado deber que cumplía; verlo nos infundió valor, y nuestras voces resonaron en el pequeño sepulcro.
Disminuyeron las contorsiones del cuerpo; los dientes dejaron de rechinar, y la cara, de temblar. Finalmente se quedó inmóvil. Había finalizado aquel terrible trabajo.
Arthur dejó caer el martillo. Se tambaleó y se habría desplomado de no haberlo sujetado nosotros. Grandes gotas de sudor perlaban su frente, y respiraba entrecortadamente. Había supuesto una espantosa prueba para él; y, de no haberse visto obligado por consideraciones más que humanas a cumplir con su deber, nunca lo habría hecho. Durante unos minutos nos sentimos tan preocupados por él, que no miramos el ataúd. Cuando volvimos a mirar, la sorpresa nos embargó uno a uno. Lo contemplábamos con tal fijeza, que Arthur se levantó, porque estaba sentado en el suelo, y, también se acercó a mirar; y una extraña luz de alegría le iluminó el semblante, conjurando la melancolía que lo cubría.
Allí, en el ataúd, ya no yacía aquel ser repugnante que nos había inspirado tanto temor y que habíamos llegado a odiar de tal forma que el acto de destruirlo se había considerado un privilegio para aquel que más derecho tenía a hacerlo, sino Lucy, tal y como la habíamos conocido en vida, con su rostro de una pureza y una dulzura inigualables. Cierto que mostraba como lo había mostrado en vida, las huellas de la enfermedad y el dolor y la consunción; pero amábamos esas huellas, porque eran la señal de la verdadera Lucy que conocíamos. Todos sentimos que la paz santa que inundaba como la luz del sol aquellas formas y aquel rostro estragados eran solamente indicio y símbolo de la paz que habría de reinar para siempre.
Van Helsing se acercó a Arthur y le puso una mano en el hombro. Le dijo:
—Y ahora, Arthur, amigo mío, querido muchacho, ¿no me ha perdonado?
La reacción de la terrible tensión que había soportado se manifestó al tomar la mano del anciano entre las suyas; se la llevó a los labios, la apretó y dijo:
—¡Perdonarle! Que Dios lo bendiga por haber devuelto el alma a mi amada, y a mí, la paz.
Colocó ambas manos en los hombros del profesor, apoyó la cabeza en su pecho y lloró en silencio durante unos instantes, mientras nosotros permanecíamos inmóviles. Cuando Arthur levantó la cabeza, Van Helsing le dijo:
—Y ahora, hijo mío, puede besarla. Bese sus labios muertos si así lo desea, como ella habría hecho con usted si hubiese podido elegir. Porque ya no es un demonio que hace muecas, ya no es un ser repugnante para toda la eternidad. Ya no es el demonio del No-Muerto. Es una verdadera difunta en la paz de Dios, y su alma está con Él.
Arthur se inclinó y la besó, y después le hicimos salir de la tumba junto a Quincey. El profesor y yo aserramos la parte superior de la estaca, y dejamos la punta clavada en el cuerpo. A continuación cortamos la cabeza y llenamos la boca de ajo. Soldamos la cubierta de plomo, atornillamos la tapa del ataúd, y salimos, tras haber recogido nuestras cosas. Cuando el profesor cerró la puerta, entregó la llave a Arthur.
Afuera, el aire era agradable, brillaba el sol, cantaban los pájaros, y parecía que la Naturaleza entera estuviese afinada en un tono diferente. Por todas partes había paz y alegría y regocijo, porque estábamos tranquilos y alegres, aunque era la nuestra una alegría moderada.
Antes de marcharnos dijo Van Helsing:
—Y ahora, amigos míos, hemos dado un paso en nuestra tarea, el más angustioso. Pero aún queda una labor más importante: descubrir al culpable de nuestras aflicciones y acabar con él. Yo poseo unas pistas que podemos seguir; pero es un trabajo largo y difícil, y encierra peligros y dolores. ¿No me ayudarán? Hemos aprendido a creer todos nosotros, ¿no es así? Y por eso, ¿no vemos cuál es nuestro deber? ¡Sí! ¿Y no prometeremos seguir hasta llegar al amargo final?
Uno a uno, cogimos su mano e hicimos la promesa. Mientras nos alejábamos, el profesor dijo:
—De aquí a dos noches se reunirán conmigo para cenar juntos a las siete con el amigo John. Rogaré a otras dos personas que acudan, dos personas a quienes todavía no conocen ustedes; y yo estaré listo para mostrar nuestra obra y desarrollar nuestros planes. Amigo John, usted venga conmigo a casa, porque tengo mucho que consultarle, y puede usted ayudarme. Esta noche salgo para Amsterdam, pero regresaré mañana por la noche. Y entonces comienza nuestra gran búsqueda. Pero primero tendré mucho que decir, para que sepan qué hay que hacer y qué hay que temer. Después renovaremos nuestra promesa, pues ante nosotros se presenta una labor terrible, y una vez que nuestros pies se encuentren en el surco, no podremos retroceder.

Capítulo XVII

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



Cuando llegamos al hotel Berkeley, Van Helsing se encontró con un telegrama dirigido a él. «Llegaré en tren. Jonathan en Whitby. Noticias importantes.

MINA HARKER»



El profesor estaba encantado.
—¡Ah, la maravillosa señora Mina —dijo—, perla de las mujeres! Ella llega, pero yo no puedo quedar. Debe ir a su casa, amigo John. Usted irá a esperarla a la estación. Telegrafíela en route[51] para que esté preparada.
Una vez despachado el telegrama, el profesor tomó una taza de té mientras me hablaba del diario que había escrito Jonathan Harker durante su estancia en el extranjero, y me hizo entrega de la copia mecanografiada, así como del diario que había escrito la señora Harker en Whitby.
—Tome esto —dijo—, y estúdielo a fondo. Cuando yo haya vuelto estará al corriente de todos los hechos, y entonces podremos iniciar mejor nuestras pesquisas. Guárdelo bien, porque en él hay un gran tesoro. Necesitará toda su fe, incluso tras haber pasado por las experiencias de hoy. Lo que aquí se narra —posó enérgica y gravemente la mano en el montón de papeles mientras pronunciaba estas palabras— puede ser el comienzo del fin para usted y para mí, y para muchos otros; o puede ser la hora final del No-Muerto que asola la tierra. Léalo todo, se lo ruego, con la mente abierta; y si puede añadir algo a la historia que aquí se cuenta, hágalo, porque es de suma importancia. Usted ha escrito un diario sobre estas extrañas cosas, ¿no es así? ¡Sí! Entonces estudiaremos todo esto juntos cuando nos reunamos.
A continuación se dispuso a partir, y poco después se dirigió en coche a Liverpool Street. Yo fui a Paddington, donde llegué unos quince minutos antes de que hiciera su entrada el tren.
La muchedumbre se dispersó apresuradamente, como es normal en las estaciones. Ya empezaba a inquietarme, no fuera que mi huésped me pasara desapercibida, cuando una muchacha de rostro dulce y porte delicado se acercó a mí y, tras dirigirme una rápida mirada, dijo:
—Es usted el doctor Seward, ¿verdad?
—¡Y usted debe de ser la señora Harker! —respondí de inmediato.
Ella me tendió su mano.
—Le conozco por la descripción de la pobre Lucy; pero…
Se calló bruscamente, y el rubor le cubrió las mejillas.
Por alguna razón, el rubor que ascendió a mis propias mejillas nos ayudó a romper el hielo, pues suponía una respuesta tácita al suyo. Cogí su equipaje, que incluía una máquina de escribir, y tomamos el tren subterráneo hasta Fenchurch Street, tras haber enviado un telegrama a mi ama de llaves para que preparase inmediatamente una salita y una alcoba para la señora Harker.
Llegamos al poco tiempo. Naturalmente, ella sabía que era un manicomio, pero, a pesar de ello, observé que no pudo evitar un ligero estremecimiento al entrar.
Me dijo que, a ser posible, le gustaría ir a mi despacho en seguida, pues tenía muchas cosas que contar. Estoy acabando esta entrada del diario en el fonógrafo mientras la espero. Hasta el momento no he encontrado ocasión de leer el escrito que me entregó Van Helsing, aunque lo tengo abierto ante mí. Tendré que entretenerla con algo para poder leerlo. No sabe cuán precioso es el tiempo ni qué tarea nos traemos entre manos. Debo andarme con cuidado para no asustarla. ¡Aquí está!

DIARIO DE MINA HARKER



29 de septiembre.—Tras asearme bajé al despacho del doctor Seward. Me detuve un momento en la puerta, porque creí oírle hablar con alguien. Pero, como me había instado a que me apresurase, llamé a la puerta y entré cuando él dijo: «Adelante».
Descubrí con enorme sorpresa que no había nadie con él. Estaba completamente solo, y frente a él, en una mesa, había un objeto que en seguida comprendí que era un fonógrafo, por las descripciones que había oído. Como nunca había visto ninguno, despertó gran interés en mí.
—Confío en no haberle hecho esperar —dije—; me quedé en la puerta, al oírle hablar, pensando que había alguien con usted.
—Oh —replicó con una sonrisa—, solo estaba grabando mi diario.
—¿Su diario? —pregunté con sorpresa.
—Sí —contestó—. Lo grabo aquí.
Mientras pronunciaba estas palabras posó su mano en el fonógrafo. Como me resultaba muy excitante, exclamé:
—¡Vaya, esto es mejor que la taquigrafía! ¿Puede ponerlo para que yo oiga algo?
—Claro que sí —replicó con rapidez, y se levantó para ponerlo en funcionamiento. Se detuvo, y en su rostro apareció una expresión preocupada.
—El hecho es que —empezó a decir torpemente— lo único que tengo grabado es el diario; y como trata sobre mis casos únicamente, o casi únicamente, puede resultarle violento…, quiero decir…
Hizo una pausa, y yo traté de sacarle del apuro:
—Usted asistió a Lucy en sus últimos días. Déjeme oír cómo murió; le quedaría muy agradecida si pudiera conocer todos los detalles referentes a ella. La quería muchísimo.
Para mi sorpresa, me contestó con una mirada de horror:
—¿Hablarle de su muerte? ¡Por nada del mundo!
—¿Por qué no? —pregunté, porque me invadía una terrible sensación de angustia.
Hizo una nueva pausa, y me di cuenta de que trataba de inventar una excusa. Finalmente balbució:
—Verá, es que no sé qué parte del diario elegir.
Mientras pronunciaba estas palabras se le ocurrió una idea, y dijo con una sencillez inconsciente, con un tono de voz diferente y con ingenuidad de niño:
—Es verdad, palabra de honor. ¡Se lo aseguro!
No pude hacer otra cosa que sonreír, a lo que él respondió con una mueca:
—¡Esta vez me he traicionado! —dijo—. ¿Pero sabe que, aunque llevo este diario desde hace meses, nunca se me ha ocurrido pensar cómo podría encontrar una parte concreta en caso de que quisiera examinarla?
Entonces, yo ya había llegado a la conclusión de que el diario del médico que había atendido a Lucy contenía quizá algo que añadir a la suma de nuestros conocimientos sobre ese terrible ser, de modo que le dije con decisión:
—Entonces, doctor Seward, déjemelo transcribir con la máquina de escribir.
Se puso mortalmente pálido y dijo:
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No consentiría que conociese esa terrible historia por nada del mundo!
Así que era terrible. ¡Mi intuición no me había engañado! Me quedé pensando durante unos momentos, y al recorrer la habitación con la mirada, buscando inconscientemente algo o alguna oportunidad que pudiera servirme de ayuda, mis ojos se posaron en el grueso montón de papeles escritos a máquina que había sobre la mesa. Sus ojos se encontraron con los míos, y espontáneamente siguieron la dirección de mi mirada. Al ver el paquete, comprendió el significado.
—Usted no me conoce —dije—. Cuando haya leído esas notas, mi diario y el de mi marido, que yo he mecanografiado, me conocerá mejor. No he vacilado en poner hasta mis más íntimos pensamientos en esta causa; pero, naturalmente, usted no me conoce… todavía; y no puedo esperar que confíe aún en mí.
Es sin duda un hombre de carácter noble; la pobre Lucy tenía razón. Se levantó y abrió un gran cajón, en el que había cierta cantidad de cilindros huecos de metal cubiertos con cera oscura, colocados en orden, y dijo:
—Tiene razón. No confiaba en usted porque no la conocía, pero ahora ya la conozco; y permítame decirle que me habría gustado conocerla hace tiempo. Sé que Lucy le habló de mí; también a mí me habló de usted. ¿Puedo ofrecerle la única expiación a mi alcance? Llévese los cilindros y escúchelos; los seis primeros son de tipo personal, y no le horrorizarán; así me conocerá mejor. Para entonces la cena estará lista. Entre tanto, leeré algunos de estos documentos, para poder entender mejor ciertas cosas.
Él mismo llevó el fonógrafo hasta mi salita y lo puso en funcionamiento. Estoy segura de que me enteraré de algo agradable; porque este aparato me contará la otra parte de un verdadero episodio de amor del que ya conozco una parte…

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



29 de septiembre.—Estaba tan embebido en la lectura del extraordinario diario de Jonathan Harker y el de su esposa, que el tiempo se me pasó sin sentir. Como la señora Harker no estaba abajo cuando la criada anunció la cena, le dije a esta: «Es posible que esté cansada; esperaremos una hora para cenar», y seguí con mi trabajo. Acababa de terminar el diario de la señora Harker, cuando esta entró en mi despacho. Estaba muy hermosa, pero también muy triste, y tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Al verla me emocioné. Últimamente he tenido muchos motivos para llorar, ¡bien lo sabe Dios!, pero se me ha negado el alivio que las lágrimas proporcionan; y la visión de aquellos dulces ojos, brillantes por las lágrimas recientes, me llegó al corazón. Dije con la mayor delicadeza:
—Mucho me temo que la he afligido.
—Oh, no, no me ha afligido —replicó—; es que no puedo expresar lo mucho que me ha conmovido su pesar. Es una máquina maravillosa, pero su veracidad es cruel. Me ha contado, con tonos desgarradores, la angustia que usted ha padecido. Era como un alma gritando a Dios Todopoderoso. ¡Nadie debe volver a oírla! Mire, he tratado de ser útil. Lo he mecanografiado, y ya nadie oirá los latidos de su corazón, como hice yo.
—Nadie tiene que saberlo, y nadie lo sabrá —dije en voz baja.
Posó su mano en la mía y dijo gravemente:
—¡Pero deben saberlo!
—¿Que deben saberlo? ¿Por qué? —pregunté.
—Porque forma parte de la terrible historia, forma parte de la muerte de la pobre Lucy y de todo lo que la llevó a morir; porque en la lucha que nos espera para librar a la Tierra de ese monstruo horripilante debemos acumular todo el conocimiento y toda la ayuda que podamos obtener. Pienso que los cilindros que me ha dado contienen más de lo que usted pretendía que yo supiera; pero he comprobado que su relato arroja una gran luz sobre este oscuro misterio. Permitirá que le ayude, ¿verdad? Conozco todos los hechos, hasta cierto punto; y ahora comprendo, a pesar de que su diario sólo se remonta al 7 de septiembre, cómo fue acosada la pobre Lucy, y cómo se fue tejiendo su terrible destino. Jonathan y yo hemos estado trabajando noche y día desde la visita del doctor Van Helsing. Jonathan ha ido a Whitby en busca de mayor información, y mañana llegará aquí para ayudarnos. No tiene por qué haber secretos entre nosotros; trabajando juntos y con absoluta confianza, sin duda tendremos más fuerza que si alguno de nosotros permaneciese en la oscuridad.
Me miró con una expresión tan suplicante, al tiempo que su actitud ponía de manifiesto una decisión y una valentía tales, que cedí inmediatamente a sus ruegos.
—Obre como le parezca —dije—. ¡Que Dios me perdone si me equivoco! Aún habremos de enterarnos de cosas terribles; pero si ya ha llegado tan lejos en el camino que llevó a la muerte a la pobre Lucy, sé que no se conformará con quedarse en la oscuridad. El fin, solo el fin, podrá proporcionarle un destello de paz. Vamos, la cena está servida. Debemos fortalecernos mutuamente para lo que nos espera; tenemos un deber cruel y espantoso que cumplir. Cuando haya cenado, le pondré al corriente del resto, y contestaré a las preguntas que quiera formularme, si es que hay algo que no comprende, aunque sea evidente para los que estuvimos presentes.

DIARIO DE MINA HARKER



29 de septiembre.—Después de la cena fui con el doctor Seward a su despacho. Trajo el fonógrafo de mi habitación, y yo cogí mi máquina de escribir. Me hizo sentar en una cómoda silla, y colocó el fonógrafo de tal forma que no tuviera que levantarme para tocarlo, y me enseñó a pararlo por si quería hacer una pausa. A continuación cogió una silla y, con gran amabilidad, se sentó de espaldas a mí, para hacerme sentir lo más libre posible, y se puso a leer. Yo me coloqué los auriculares en los oídos y me puse a escuchar.
Una vez narrada la terrible historia de la muerte de Lucy —y todo lo que ocurrió después—, me apoyé en la silla sin fuerzas. Por suerte no tengo predisposición a desmayarme. Cuando me vio el doctor Seward, se puso de pie de un salto con una exclamación de horror; cogió apresuradamente un termo y me dio un poco de coñac, que me devolvió las fuerzas al cabo de unos minutos. Mi cerebro era un torbellino, y de no haber sido por el rayo de luz que atravesaba aquella multitud de horrores, el rayo santo de que mi querida Lucy descansaba al fin en paz, no creo que lo hubiese soportado sin hacer una escena. Es todo tan enloquecedor, tan misterioso y extraño, que, de no haber conocido la experiencia de Jonathan en Transilvania, no habría podido creerlo. De todas formas no sabía qué pensar, y para escapar de aquella situación me ocupé en otra cosa. Quité la tapa de la máquina de escribir y le dije al doctor Seward:
—Permítame escribir todo esto. Tenemos que estar preparados para cuando llegue el doctor Van Helsing. He enviado un telegrama a Jonathan para que venga aquí cuando llegue a Londres desde Whitby. En este asunto, las fechas son muy importantes, y pienso que, si arreglamos todo el material de que disponemos y colocamos cada dato en orden cronológico, habremos adelantado mucho. Me ha dicho que también van a venir lord Godalming y el señor Morris. Debemos contárselo todo cuando lleguen.
El doctor Seward puso el fonógrafo a un ritmo más lento, y empecé a mecanografiar desde el principio del séptimo cilindro. Utilicé papel de calco, para hacer tres copias del diario, como había hecho con el resto. Cuando terminé era tarde, pero el doctor Seward prosiguió su trabajo visitando a sus pacientes. Cuando terminó, regresó y se sentó a mi lado, y se puso a leer, de modo que no me sentí demasiado sola mientras trabajaba. Qué bueno y atento es; al parecer, el mundo está lleno de hombres buenos, a pesar de que también existen monstruos. Antes de dejarle, recordé lo que Jonathan había escrito en su diario acerca de la turbación del profesor al leer algo en un periódico vespertino en la estación de Exeter. Había observado que el doctor Seward guardaba los periódicos, y me llevé a mi habitación los ejemplares de The Westminster Gazette y The Pall Mall Gazette. Recuerdo lo mucho que The Dailygraph y The Whitby Gazette, de los que tomé los recortes de mi diario, nos ayudaron a comprender los terribles acontecimientos de Whitby cuando el conde Drácula tomó tierra allí. Voy a examinar todos los periódicos vespertinos desde aquella fecha, y quizá arrojen una nueva luz. No tengo sueño, y el trabajo me ayudará a mantener la calma.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



30 de septiembre.—El señor Harker llegó a las nueve. Había recibido el telegrama de su mujer justo antes de partir. Es de una inteligencia poco corriente, a juzgar por su cara, y posee una gran energía. Si su diario es cierto —y a juzgar por mis propias experiencias debe de serlo—, es asimismo hombre de nervios templados. El bajar a la tumba por segunda vez fue un acto de osadía notable. Tras haber leído su relato, yo estaba preparado para enfrentarme con un buen ejemplo de hombría, pero no con el caballero tranquilo y objetivo que ha venido hoy.
Más tarde.—Después del almuerzo, Harker y su mujer volvieron a su habitación, y, al pasar por allí hace un rato, oí el tecleo de la máquina de escribir. Se han metido de lleno en la tarea. La señora Harker dice que están entretejiendo por orden cronológico todos los retazos de evidencias que poseen. Harker ha obtenido las cartas intercambiadas entre el consignatario de los cajones en Whitby y los transportistas de Londres que se hicieron cargo de ellos. Ahora está leyendo la copia mecanografiada de mi diario que ha hecho su mujer. Me pregunto qué habrán sacado en limpio. Aquí viene…
¡Es extraño que nunca se me haya ocurrido pensar que la casa contigua pudiera ser la guarida del conde! ¡Dios sabe que poseíamos suficientes pistas por la conducta de mi paciente Renfield! El paquete de cartas relacionadas con la adquisición de la casa estaba junto a la copia mecanografiada. ¡Oh, de haberlas tenido antes en nuestro poder, habríamos podido salvar a la pobre Lucy! ¡Pero alto; estos pensamientos me llevarían a la locura! Harker ha regresado, y está otra vez examinando su material. Dice que a la hora de la cena podrán presentar un relato completo de los hechos. Piensa que, entre tanto, yo debería ver a Renfield, ya que hasta ahora nos ha servido como índice de las idas y venidas del conde. Yo no lo veo claro, pero cuando compruebe las fechas, supongo que sí lo veré. ¡Qué buena idea que la señora Harker haya mecanografiado el contenido de los cilindros! De otro modo, nunca habríamos dado con las fechas…
Encontré a Renfield plácidamente sentado en su habitación, con las manos entrelazadas y sonriendo beatíficamente. En ese momento parecía tan cuerdo como el que más. Me senté y hablé con él sobre infinidad de temas, y todos los trató con naturalidad. Entonces, y por propia iniciativa, habló de volver a su casa, tema que nunca ha mencionado, que yo sepa, durante su estancia aquí. De hecho, habló con mucha confianza sobre la concesión inmediata del alta. Creo que, de no haber mantenido esa conversación con Harker y de no haber leído las cartas y las fechas de sus ataques, habría estado dispuesto a concedérsela tras un breve período de observación. Así las cosas, albergo sospechas de todas clases. Todos sus ataques están relacionados en cierta medida con la proximidad del conde. Entonces, ¿qué significa esta complacencia de Renfield? ¿Acaso se han satisfecho sus instintos respecto al triunfo final del vampiro? Un momento; él es zoófago, y en sus enloquecidos delirios a la puerta de la capilla de la casa abandonada siempre hablaba del «maestro». Todo esto parece confirmar nuestra idea. Pero me marché al poco rato; mi amigo está un poco demasiado cuerdo para que sea prudente someterlo a una prueba muy dura a base de preguntas. ¡Quizá empiece a pensar, y entonces…! Por eso me marché. Desconfío de estos períodos de tranquilidad. He ordenado al celador que lo vigile estrechamente, y que tenga preparada una camisa de fuerza por si fuera necesaria.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



29 de septiembre, en el tren de Londres.—Al recibir la amable nota del señor Billington en la que me decía que me proporcionaría toda la información a su alcance, pensé que lo mejor sería ir a Whitby a realizar todas las averiguaciones que deseaba en el mismo lugar de los hechos. Mi objetivo era seguir las huellas de la horripilante carga del conde hasta su casa de Londres. Quizá más adelante podamos ocuparnos de ella. Fue a buscarme a la estación Billington, hijo, un chico simpático, y me llevó a la casa de su padre, donde habían decidido que pasara la noche. Son hospitalarios, con la verdadera hospitalidad de Yorkshire: dar todo al huésped y dejarlo en libertad de hacer lo que le plazca. Todos sabían que estaba muy ocupado, y que mi estancia iba a ser corta, por lo que el señor Billington tenía preparados en su despacho todos los documentos referentes al envío de los cajones. Casi me desmayé al reconocer una de las cartas que había visto en la mesa del conde antes de enterarme de sus diabólicos planes. Todo había sido pensado cuidadosamente, y llevado a cabo sistemáticamente y con precisión. Al parecer, había previsto cualquier obstáculo que pudiera interponerse accidentalmente en la realización de sus designios. Por decirlo como los americanos «no había corrido ningún riesgo», y la absoluta exactitud con que fueron cumplidas sus instrucciones fue sencillamente el resultado lógico de su cuidado. Vi la factura y tomé nota de ella: «cincuenta cajas de tierra normal, para utilización experimental». También tomé nota de la copia de la carta dirigida a Carter, Paterson y Cía., y su contestación; hice copias de ambas. En esto consistía toda la información que pudo facilitarme el señor Billington, de modo que bajé al puerto y hablé con los guardacostas, con los oficiales de Aduanas y con el capitán del puerto. Todos me dijeron algo sobre la extraña entrada del barco, que ya empieza a ocupar su lugar en la tradición local; pero nadie pudo añadir nada a la simple descripción de «Cincuenta cajas de tierra normal». Luego vi al jefe de estación, quien amablemente me puso en contacto con los hombres que habían recibido los cajones. Su número concordaba con la lista, y no tenían nada que añadir, salvo que las cajas eran «enormes y muy pesadas», y que transportarlas les dio mucha sed. Uno de ellos añadió que era una lástima que no hubiese ningún caballero, «como usted, señor», que demostrase su agradecimiento por sus esfuerzos de una forma líquida; otro insistió en que la sed que les había producido entonces, y a pesar del tiempo transcurrido, no se había saciado aún. No hace falta decir que me cuidé de secar, de una vez por todas, esta fuente de reproches.
30 de septiembre.—El jefe de estación tuvo la bondad de darme una nota dirigida al jefe de estación de King’s Cross, antiguo compañero suyo, de modo que al llegar allí por la mañana pude formularle algunas preguntas sobre la llegada de los cajones. También él me puso inmediatamente en contacto con los funcionarios correspondientes, y comprobé que su cuenta concordaba con la factura original. En este caso, las oportunidades de padecer una sed anormal fueron limitadas no obstante, se había hecho noble uso de ellas, y una vez más me vi obligado a ocuparme de los resultados ex post facto[52].
Desde allí me dirigí a las oficinas centrales de Carter y Paterson, donde me recibieron con suma cortesía. Revisaron la transacción en el diario y en el libro de cartas, y telefonearon a la oficina de King’s Cross para obtener más detalles. Por suerte, los hombres que habían realizado el transporte no estaban trabajando en ese momento, y el funcionario me los envió inmediatamente; uno de ellos me trajo la hoja de ruta y todos los documentos relacionados con la entrega de los cajones en Carfax. Una vez más comprobé que la cuenta era exacta; los obreros suplieron la parquedad de la palabra escrita con unos cuantos detalles. En breve descubrí que estos detalles se referían casi exclusivamente a lo sucio del trabajo y a la consecuente sed que provocó en los hombres. Cuando me ofrecí a aliviar este mal benéfico por medio de unas monedas de curso legal, uno de los hombres comentó:
—Es la casa más rara en la que he estado en mi vida, jefe. ¡Demonio! No deben de haberla tocado desde hace cien años. Había una capa tal que así de polvo, tan grande que se podría haber dormido en el suelo sin hacerse daño en los huesos, y estaba tan dejada de la mano de Dios que apestaba a rancio. Pero la capilla… ¡esa se llevaba la palma! Yo y mi colega estábamos deseando salir de allí en seguida. ¡Mi madre! ¡No me habría quedado allí por la noche por menos de una libra!
Bien podía creerle, después de haber estado en la casa; pero pienso que, de haber sabido lo que yo sé, habría elevado el precio.
Estoy satisfecho con una cosa: que todos los cajones que llegaron a Whitby procedentes de Varna en el Demeter fueron depositados, sanos y salvos, en la antigua capilla de Carfax. Debería haber cincuenta, a menos que desde entonces hayan quitado alguno, como me temo tras la lectura del diario del doctor Seward.
Intentaré hablar con el carretero que se llevó los cajones de Carfax cuando Renfield se ensañó con ellos. Quizá nos enteremos de muchas cosas si seguimos esta pista.
Más tarde.—Mina y yo hemos estado trabajando todo el día y hemos puesto en orden todos los papeles.

DIARIO DE MINA HARKER



30 de septiembre.—Estoy tan contenta que apenas puedo controlarme. Supongo que es la reacción normal tras el miedo obsesivo que he padecido: que este terrible asunto y la reapertura de su antigua herida pudieran actuar en detrimento de la salud de Jonathan. Cuando se fue a Whitby, lo despedí con la expresión más valiente que pude adoptar; pero la aprensión casi me hizo enfermar. Sin embargo, el esfuerzo que ha realizado le ha sentado bien. Nunca ha estado tan decidido, tan fuerte tan lleno de energía volcánica como en estos momentos. Es exactamente lo que dijo nuestro querido profesor Van Helsing: es una verdadera fiera, que mejora bajo la tensión que mataría a un carácter más débil. Regresó lleno de vida, esperanza y resolución; tenemos todo en orden para esta noche. Me siento muy nerviosa. Supongo que debería sentir lástima por una criatura tan acosada como el conde. Justo de eso se trata: esa cosa no es humana, ni siquiera una bestia. La lectura del relato del doctor Seward sobre la muerte de la pobre Lucy y de todo lo que ocurrió después es suficiente para secar las fuentes de la piedad en el corazón de cualquiera.
Más tarde.—Lord Godalming y el señor Morris han llegado antes de lo que esperábamos. El doctor Seward había salido a solucionar sus asuntos y se había llevado a Jonathan con él, así que tuve que recibirlos yo. Para mí fue un encuentro doloroso, porque me trajo a la memoria las esperanzas de la pobre Lucy de hace solo unos meses. Naturalmente, habían oído hablar de mí a Lucy, y al parecer también el doctor Van Helsing les «había cantado mis alabanzas», como expresó el señor Morris. Pobrecillos; ninguno de los dos sabe que estoy al corriente de las proposiciones que hicieron a Lucy. No sabían qué hacer ni qué decir, ya que ignoraban el alcance de mis conocimientos; por eso tuvieron que ceñirse a temas neutrales. Pero yo reflexioné sobre el asunto, y llegué a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era ponerles al corriente de todo lo que había ocurrido hasta la fecha. Sabía por el diario del doctor Seward que habían estado presentes en el momento de la muerte de Lucy —de su muerte real—, y que no tenían que temer descubrir ningún secreto antes de tiempo. Así que les dije, como mejor pude, que había leído todos los papeles y diarios, y que mi marido y yo, tras haberlos mecanografiado, acabábamos de ponerlos en orden. Les entregué una copia a cada uno para que la leyeran en la biblioteca. Al entregar la suya a lord Godalming, le dio la vuelta —es un buen montón— y dijo:
—¿Ha escrito usted todo esto, señora Harker?
Al asentir yo, prosiguió:
—No comprendo bien el móvil de todo esto; pero todos ustedes son tan bondadosos y tan amables, y han trabajado con tanta seriedad y con tanto ímpetu, que lo único que puedo hacer es aceptar sus ideas ciegamente y tratar de ayudarlos. Ya he recibido una lección al aceptar unos hechos que harían humilde a un hombre hasta la última hora de su vida. Además, sé que usted quería a mi pobre Lucy…
Al llegar aquí se volvió y se cubrió el rostro con las manos. En su voz aprecié las lágrimas. El señor Morris, con delicadeza instintiva, posó la mano en su hombro durante unos momentos, y a continuación salió de la habitación quedamente. Supongo que existe algo en la naturaleza de una mujer que deja libre a un hombre para derrumbarse ante ella y expresar sus sentimientos de ternura y sus emociones sin pensar que va en detrimento de su virilidad; porque cuando lord Godalming se encontró a solas conmigo, se sentó en el sofá y se abandonó por completo, abiertamente.
Me senté junto a él y le cogí la mano. Espero que no lo considerase un atrevimiento y que, si piensa en ello alguna vez, nunca se le ocurra tal idea. Pero no le hago justicia; sé que nunca se le ocurrirá; es un auténtico caballero. Como vi que tenía el corazón destrozado, le dije:
—Yo quería a la pobre Lucy, y sé lo mucho que significaba para usted, y lo que usted significaba para ella. Ella y yo éramos como hermanas; y ahora que se ha ido, ¿me permitirá ser una hermana para usted en su aflicción? Sé qué penas ha padecido, aunque no puedo medir su profundidad. Si la comprensión y la piedad pueden ayudarle en su dolor, ¿no me permitirá ayudarle un poco por la memoria de Lucy?
A los pocos instantes, el pobre hombre estaba abrumado por la pena. Se me antojó que todos los sufrimientos que había padecido últimamente en silencio habían encontrado una válvula de escape. Se puso histérico, levantó las manos y empezó a retorcérselas en un paroxismo de dolor. Se levantó, y volvió a sentarse, y por sus mejillas empezaron a correr lágrimas a raudales. Sentí una infinita piedad por él, y abrí mis brazos inconscientemente. Entonces apoyó su cabeza en mi hombro, sollozando, y lloró como un niño triste, agitado por la emoción.
Todas las mujeres llevamos una madre en nuestro interior, que nos hace elevarnos por encima de las cosas insignificantes cuando se invoca el espíritu maternal; sentí el peso de la cabeza de aquel hombre grande y afligido en mi pecho, y le acaricié el pelo como si fuera mi hijo. No pensé en ese momento cuán extraño era todo.
Al cabo de un rato cesaron sus sollozos, y levantó la cabeza, pidiendo disculpas, aunque sin disimular su emoción. Me contó que durante los días y las noches pasados —días inacabables y noches de insomnio— no había podido hablar con nadie, como debe hacer un hombre cuando está apenado. No había ninguna mujer que pudiera brindarle su comprensión, o con quien, debido a las terribles circunstancias que rodeaban su aflicción, pudiese hablar libremente.
—Ahora comprendo lo mucho que he sufrido —dijo, mientras se secaba los ojos—, pero aún no sé, ni nadie lo sabrá nunca, lo mucho que su comprensión y su dulzura han significado hoy para mí. Lo sabré con el tiempo; y créame que, aunque no soy desagradecido ahora, mi gratitud crecerá a medida que vaya entendiéndolo. Me permitirá ser como un hermano para toda la vida, en memoria de nuestra querida Lucy, ¿verdad? En memoria de nuestra querida Lucy —dijo mientras nos estrechábamos las manos—. Y también por usted —añadió—, porque, si merece la pena ganar la estima y la gratitud de un hombre, usted ha ganado las mías. Si el futuro le deparase una ocasión en que necesitara la ayuda de un hombre, créame que no acudirá a mí en vano. Quiera Dios que no llegue jamás esa ocasión que oscurezca el sol de su vida; pero, si así fuera, prométame que me lo hará saber.
Estaba tan serio, y su pena era tan reciente, que pensé que quizá le consolaría, así que le dije:
—Lo prometo.
Mientras iba por el pasillo vi al señor Morris asomado a una ventana. Al oír mis pisadas se dio la vuelta.
—¿Cómo está Art? —me preguntó. Al notar que tenía los ojos enrojecidos, prosiguió—: Ah, veo que le ha consolado. ¡Pobre hombre! Le hace falta. Sólo una mujer puede ayudar a un hombre cuando tiene el corazón destrozado; y él no tiene a nadie que le consuele.
El señor Morris sobrellevaba su aflicción con tal valentía, que sentí que mi corazón sangraba por él. Vi el manuscrito que llevaba en la mano, y comprendí que al leerlo se haría cargo del alcance de mis conocimientos. Le dije:
—Ojalá pudiera consolar a todos los que sufren. ¿Me permite ser su amiga, y querrá acudir a mí cuando necesite consuelo? Más adelante sabrá por qué digo esto.
Al comprender que hablaba en serio, se inclinó, tomó mi mano entre las suyas, se la llevó a los labios y la besó. Se me antojó un pobre consuelo para un alma tan valiente y carente de egoísmo, y yo me incliné impulsivamente y le besé. Aparecieron lágrimas en sus ojos, y se le hizo un nudo en la garganta. Dijo quedamente:
—Chiquilla, nunca se arrepentirá de su bondad mientras viva.
Después entró en el estudio de su amigo.
¡Chiquilla! La misma palabra que había empleado con Lucy. ¡Oh, ha demostrado ser un buen amigo!

Capítulo XVIII

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (Continuación)



30 de septiembre.—Llegué a casa a las cinco, y me encontré con que Godalming y Morris no sólo habían llegado, sino que ya habían examinado la transcripción de los diversos diarios y cartas que Harker y su maravillosa mujer habían escrito y preparado. Harker aún no había regresado de ver a los transportistas, sobre los que me había escrito el doctor Hennessey. La señora de Harker nos dio una taza de té, y puedo decir sinceramente que, por primera vez desde que vivo en ella, esta vieja casa me pareció un hogar. Una vez que hubimos terminado, la señora Harker dijo:
—¿Puedo pedirle un favor, doctor Seward? Quisiera ver a su paciente, Renfield. Permítame verlo. Me interesa muchísimo lo que cuenta sobre él en su diario.
Estaba tan encantadora y tan guapa que no pude negarme, aparte de que no había razón alguna para hacerlo; así que la llevé conmigo. Al entrar en la habitación, dije a Renfield que quería verlo una dama, a lo que simplemente replicó:
—¿Por qué?
—Está haciendo un recorrido por la casa, y quiere ver a todos los que viven en ella —contesté.
—Ah, muy bien —dijo—; que entre; pero espere un momento a que arregle la habitación.
Su método de limpieza era muy peculiar: se limitó a tragarse todas las moscas y las arañas de las cajas antes de que yo pudiera impedírselo. Evidentemente, temía alguna intromisión. Una vez acabada su repulsiva tarea, dijo alegremente:
—Diga a la señora que entre —y se sentó en el borde de la cama, con la cabeza gacha, pero con los ojos levantados, para verla cuando entrase.
Durante unos momentos pensé que quizá albergase intenciones homicidas, recordé cuán tranquilo estaba antes de atacarme en mi propio despacho, por lo que me cuidé de colocarme en un lugar en que pudiera sujetarlo inmediatamente si se abalanzaba sobre ella. La señora Harker entró en la habitación con tal gracia y tranquilidad, que se habría ganado de inmediato el respeto de cualquier loco, porque la tranquilidad es una de las cualidades que más respetan los locos. Se acercó a él sonriendo amigablemente, y le tendió la mano.
—Buenas tardes, señor Renfield —dijo—. Como puede ver, le conozco, porque el doctor Seward me ha hablado de usted.
Renfield no replicó inmediatamente, sino que la recorrió con una intensa mirada, con el ceño fruncido. Esta mirada dio paso a una de asombro, que se tornó en duda; después, para mi profunda estupefacción, dijo:
—Usted no es la chica con la que se quería casar el doctor, ¿verdad? No puede serlo, porque ella ha muerto.
La señora Harker sonrió dulcemente al replicar:
—¡Oh, no! Yo tengo marido, con quien me casé antes de conocer al doctor Seward y antes de que él me conociera a mí. Soy la señora Harker.
—¿Entonces qué hace aquí?
—Mi marido y yo estamos pasando unos días con el doctor Seward.
—Pues no se quede aquí.
—¿Por qué no?
Pensé que este tipo de conversación quizá le resultara desagradable a la señora Harker, aun más que a mí, de modo que intervine:
—¿Cómo sabe que quería casarme?
Su respuesta fue sencillamente despectiva y pronunció las palabras durante una pausa en la que apartó los ojos de la señora Harker y los posó en mí, volviendo a clavarlos en ella al instante:
—¡Qué pregunta tan estúpida!
—No lo creo así en absoluto, señor Renfield —dijo la señora Harker, saliendo en mi defensa inmediatamente.
Renfield le contestó con tanto respeto y cortesía como desprecio había mostrado hacia mí.
—Naturalmente, señora Harker, comprenderá que cuando un hombre es tan querido y honrado como nuestro anfitrión, todo lo relacionado con él tiene gran interés para nuestra pequeña comunidad. El doctor Seward es amado no solo por los criados y sus amigos, sino incluso por los pacientes, algunos de los cuales, al tener un precario equilibrio mental, pueden deformar fácilmente causas y efectos. Puesto que yo he estado internado en un manicomio, es lógico que haya observado que las tendencias sofistas de algunos de sus habitantes llevan a errores de non causae y de ignoratio elenchi[53].
Abrí los ojos de par en par ante aquella novedad. Allí tenía a mi loco favorito —el más pronunciado de su tipo con que yo me había topado— hablando de filosofía elemental, y con los ademanes de un caballero refinado. Me pregunto si sería debido a que la presencia de la señora Harker tocó alguna tecla de sus recuerdos. Si esta nueva fase fue espontánea o si se debió a la influencia inconsciente de la señora Harker, esta debe poseer algún don o poder extraño.
Seguimos hablando durante un rato; y al ver que, al parecer, Renfield se encontraba razonablemente tranquilo, la señora Harker se aventuró, tras mirarme inquisitivamente, a llevar la conversación hacia su tema favorito. Una vez más me quedé atónito, porque Renfield se lanzó al asunto con la imparcialidad propia de la máxima cordura; incluso se puso a sí mismo como modelo al mencionar ciertas cosas.
—Yo mismo soy un ejemplo de un hombre con extrañas creencias. En realidad, no me sorprende que mis amigos se asustaran, y que insistieran en que me sometiesen a vigilancia. Antes se me antojaba que la vida era una entidad positiva y perpetua, y que al consumir gran cantidad de cosas vivas, independientemente de que ocuparan una posición baja en la escala de la creación, se podría prolongar la vida indefinidamente. A veces la creencia era tan fuerte, que incluso intenté apoderarme de vidas humanas. El doctor puede confirmar que en una ocasión intenté matarlo con el fin de fortalecer mis potencias vitales mediante la asimilación de su vida con mi propio cuerpo, por medio de su sangre, basándome, naturalmente, en la frase bíblica: «Porque la sangre es la vida». A pesar de que el vendedor de cierto remedio secreto ha vulgarizado este tópico hasta un punto verdaderamente despreciable, ¿no es cierto, doctor?
Asentí, porque estaba tan estupefacto que no sabía muy bien qué pensar ni qué decir; resultaba difícil creer que lo hubiera visto comerse las arañas y las moscas hacía apenas cinco minutos. Al mirar mi reloj recordé que tenía que ir a la estación a recibir a Van Helsing. Dije a la señora Harker que era hora de marcharse. Salió inmediatamente, tras decirle amigablemente a Renfield:
—Adiós, y espero verle a menudo, en circunstancias más favorables para usted.
A lo que él contestó, con gran asombro por mi parte:
—Adiós, querida. Ruego a Dios que nunca vuelva a ver su dulce cara. ¡Que Él la bendiga y la guarde!
Cuando fui a la estación a buscar a Van Helsing, los chicos se quedaron en casa. El pobre Art parecía más alegre que nunca desde que Lucy enfermó, y con respecto a Quincey, hacía muchos días que no estaba tan animoso.
Van Helsing bajó del vagón con la agilidad de un muchacho. Me vio en seguida y se precipitó a mi encuentro, diciendo:
—Ah, amigo John, ¿cómo va todo? ¿Bien? ¡Vaya! He estado muy ocupado, ya que vengo aquí a quedarme, si es necesario. He puesto en orden todos los asuntos y tengo mucho que contar. ¿La señora Mina está con usted? Sí. ¿Y su buen marido? ¿Y Arthur y mi amigo Quincey, también están ellos con usted? ¡Bien!
Mientras conducía el coche de regreso a casa, le conté lo que había pasado, y que mi humilde diario había llegado a ser útil por sugerencia de la señora Harker; ante lo cual el profesor me interrumpió:
—¡Ah, esa maravillosa señora Mina! Tiene cerebro de hombre, el cerebro que poseería un hombre muy dotado, y corazón de mujer. El buen Dios la creó con algún propósito, créame, al hacer tan buena combinación. Amigo John, hasta ahora la fortuna ha querido que esa mujer nos sirviera de ayuda; después de esto no deberá tomar parte en este asunto tan espantoso. No es bueno que corra un peligro tan grande. Nosotros, los hombres, estamos decididos (pero no, ¿acaso no lo hemos prometido?) a destruir a ese monstruo; pero no es papel para una mujer. Incluso si no sufre daño, quizá le falle el ánimo entre tantos horrores; y quizá sufra, tanto en la vigilia, por los nervios, como en el sueño, por las pesadillas. Y además, es mujer joven y casada no hace mucho; puede haber otras cosas en qué pensar dentro de algún tiempo, si no ahora. Usted dice que ella lo ha escrito todo, así que debe consultar con nosotros; pero mañana ella dice adiós a este trabajo, y nosotros seguimos solos.
Aprobé de buena gana su decisión, y le conté lo que habíamos averiguado durante su ausencia: que la casa que había comprado Drácula era la vecina a la mía. Se quedó atónito, y pareció abrumado por una gran preocupación.
—¡Oh, de haberlo sabido antes! —dijo—. Porque entonces quizá lo habríamos atrapado a tiempo de salvar a la pobre Lucy. Pero, a lo hecho, pecho, como dicen ustedes. No pensaremos en ello, sino que proseguiremos nuestro camino hasta el final.
A continuación se sumió en un silencio que duró hasta que traspasamos la puerta del jardín. Antes de ir a prepararnos para la cena, el profesor dijo a la señora Harker:
—Señora Mina, me ha dicho mi amigo John que usted y su marido han puesto en completo orden todas las cosas que se han descubierto hasta este momento.
—No hasta este momento, profesor —dijo la señora Harker impulsivamente—, sino hasta esta mañana.
—¿Y por qué no hasta ahora? Hemos visto cuán buena luz han arrojado todas las pequeñas cosas. Hemos contado todos nuestros secretos, y no por eso le ha ido peor a nadie.
La señora Harker se sonrojó, y, sacando un papel del bolsillo, dijo:
—Doctor Van Helsing, lea esto, por favor, y dígame si debe incluirse. Son mis notas de hoy. Yo también he visto la necesidad de dejar constancia de todo en estos momentos, por muy trivial que sea; pero en este papel hay poca cosa, salvo de tipo personal. ¿Hay que incluirlo?
El profesor lo leyó con expresión grave, y se lo devolvió, al tiempo que decía:
—No es necesario incluirlo si usted no lo desea; pero a mí me gustaría que así fuera. Solo hará que su marido la ame aún más, y que nosotros, sus amigos, la honremos más, e incluso que la estimemos y la queramos más.
Por tanto, todos los datos que poseemos están completos y ordenados. El profesor se llevó una copia para estudiarla después de cenar, antes de la reunión, que se celebrará a las nueve. Los demás ya lo hemos leído; cuando nos reunamos en el estudio, todos estaremos al corriente de los hechos, y podremos trazar un plan de batalla contra nuestro enemigo, terrible y misterioso.

DIARIO DE MINA HARKER



30 de septiembre.—En la reunión celebrada en el despacho del doctor Seward dos horas después de la cena, que había tenido lugar a las seis, formamos inconscientemente un comité o consejo. El profesor Van Helsing ocupó la cabecera de la mesa, como le indicó el doctor Seward que hiciese al entrar este en la habitación. El profesor me hizo sentar a su derecha, y me pidió que actuase como secretaria; Jonathan se sentó a mi lado. Enfrente de nosotros estaban lord Godalming, el doctor Seward y el señor Morris; lord Godalming junto al profesor y el doctor Seward en el centro. El profesor dijo:
—Supongo que puedo dar por supuesto que todos nosotros estamos familiarizados con los hechos que contienen estos escritos.
Todos asentimos, y el profesor prosiguió:
—Entonces, considero prudente decirles algo acerca de la clase de enemigo con el que nos enfrentamos. A continuación pondré en su conocimiento parte de la historia de este hombre, que yo he averiguado. Después, podemos discutir la manera actuar, y tomar nuestras medidas.
»Existen seres como los vampiros; algunos de nosotros tenemos evidencia de que así es. Incluso de no poseer la prueba de nuestras desdichadas experiencias, las enseñanzas y los documentos del pasado proporcionan prueba suficiente para las gentes cuerdas. Admito que al principio me mostré escéptico. De no ser porque durante largos años me he adiestrado en mantener una mente abierta, no habría podido creerlo hasta el momento en que ese hecho atronó mis oídos. «¡Míralo! ¡Míralo! ¡Yo lo pruebo, yo lo pruebo!». ¡Ay de mí! De haber sabido al principio lo que ahora sé (y ni siquiera; con solo haberlo siquiera sospechado), habríamos conservado la vida de aquella que tanto amábamos. Pero ya ha pasado; y debemos trabajar para que otras pobres almas no perezcan mientras podamos salvarlas. El nosferatu no muere como la abeja cuando clava el aguijón una vez. Es más fuerte; y al ser más fuerte, posee más poder para hacer el mal. Este vampiro que está entre nosotros es él solo más fuerte que veinte hombres; su astucia es mayor que la de un mortal, porque su astucia ha crecido con los siglos; posee la ayuda de la nigromancia, que es, como su etimología indica, la adivinación por los muertos, y todos los muertos a los que puede acercarse están a sus órdenes; es brutal, y más que brutal: es un demonio de crueldad, y el corazón de él no existe; puede, con limitaciones, aparecer a voluntad, dónde y cuándo desee y en cualquiera de las formas que le son propias; puede, dentro de su campo, gobernar los elementos: la tormenta, la niebla, el trueno; puede dar órdenes a las cosas más pequeñas: la rata y el búho y el vampiro; la polilla y el zorro y el lobo; puede crecer y hacerse pequeño; y a veces puede desaparecer y hacerse irreconocible. ¿Cómo, entonces, habremos de iniciar nuestra lucha para destruirlo? ¿Cómo encontraremos su escondite y, tras encontrarlo, cómo podremos destruirlo? Amigos míos, esto es mucho; es una tarea terrible la que acometemos, y quizá haya consecuencias que harán al valiente estremecerse. Porque, si fallamos en esta nuestra lucha, ganará él sin duda; y entonces, ¿dónde acabamos nosotros? La vida es nada; yo no la tengo en cuenta. Pero fallar en esto, no es solo cuestión de vida y muerte. Es que nos convertimos en algo como él; es que, a partir de ahí, nos convertimos en seres repugnantes como él, sin corazón ni conciencia, cebándonos en los cuerpos y las almas de los que más queremos. Para nosotros están cerradas eternamente las puertas del cielo; porque, ¿quién volvería a abrírnoslas? Proseguimos detestados por todos; una mancha en la cara del sol de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió por el hombre. Pero nos encontramos cara a cara con el deber; y entonces, ¿acaso nos acobardaremos? Por mí, digo que no; pero yo soy viejo, y la vida, con su luz, sus hermosos lugares, el canto de los pájaros, su música y su amor, quedan muy atrás. Los demás son jóvenes. Algunos han visto la aflicción; pero aún quedan días buenos. ¿Qué dicen ustedes?
Mientras hablaba el profesor, Jonathan me cogió de la mano. Temía que le invadiese el espanto del peligro que corríamos, cuando vi que me tendía su mano; pero me vivificó sentir su contacto, tan fuerte, tan seguro de sí, tan decidido. La mano de un hombre valiente habla por sí sola; ni siquiera hace falta el amor de una mujer para oír su música.
Cuando el profesor dejó de hablar, mi marido me miró a los ojos, y yo le miré a los suyos; no necesitamos hablar.
—Yo contesto por Mina y por mí —dijo.
—Cuente conmigo, profesor —dijo el señor Quincey Morris, lacónico como de costumbre.
—Estoy a su lado —dijo lord Godalming—, por la memoria de Lucy, si es que no por otra razón.
El doctor Seward se limitó a asentir. El profesor se puso de pie y, tras depositar su crucifijo de oro en la mesa, extendió las manos a ambos lados. Yo lo cogí de la mano derecha, y lord Godalming, de la izquierda; Jonathan me sujetó la mano derecha con su mano izquierda y estiró el brazo hacia el señor Morris, que se encontraba al otro lado de la mesa. Así, tomados de la mano, hicimos nuestro solemne pacto. Sentí que el corazón se me helaba, pero no se me ocurrió retroceder. Volvimos a ocupar nuestros puestos, y el profesor Van Helsing prosiguió con una animación que demostraba que había empezado el trabajo real. Había que tomárselo con tanta seriedad y objetividad como cualquier otra transacción de la vida.
—Bueno, ya saben contra lo que tenemos que combatir; pero tampoco nosotros carecemos de fuerza. Tenemos de nuestra parte el poder de la unión, poder denegado a la especie del vampiro; tenemos la ayuda de la ciencia; somos libres para pensar y actuar; y las horas del día y de la noche son nuestras por igual. De hecho, la extensión de nuestros poderes no conoce trabas, y somos libres de utilizarlos. Estamos entregados a una causa, y a conseguir un fin que no es egoísta. Estas cosas son mucho.
»Ahora veamos hasta qué punto están limitados los poderes generales con que nos enfrentamos, y hasta dónde pueden llegar los individuales. Finalmente, consideremos las limitaciones del vampiro en general, y de este en particular.
»En lo único que podemos confiar es en las tradiciones y las supersticiones. Estas no parecen mucho al principio, cuando el asunto es de vida o muerte, no, de algo más que vida y muerte. Y, sin embargo, satisfechos debemos estar; en primer lugar, porque tenemos que estarlo (no disponemos de otros medios bajo nuestro control) y en segundo lugar, porque, después de todo, estas cosas, tradición y superstición, lo son todo. ¿Acaso no reside en ellas la creencia en los vampiros? Para otros, ¡ay!, que no para nosotros. Hace un año, ¿quién de nosotros habría aceptado semejante posibilidad, a mediados de nuestro siglo diecinueve, escéptico, científico, objetivo? Incluso comprobamos una creencia que veíamos justificada ante nuestros propios ojos. Comprendan entonces que el vampiro, y la creencia en sus limitaciones, y su curación, descansan de momento sobre la misma base. Porque permítanme decirles que se le conoce en todos los lugares en que ha existido el hombre. En la antigua Grecia, en la antigua Roma; florece en toda Alemania, en Francia, en India, incluso en el Quersoneso; y en China, tan lejos de nosotros en todos los sentidos, incluso allí está, y las gentes lo temen hoy en día. Él ha seguido el rastro del berserker islandés, del huno, engendrado por el diablo, del eslavo, el sajón, el magiar. Por tanto tenemos todas las cosas sobre las que podemos actuar; y, permítanme decirles, muchas de las creencias están justificadas por lo que hemos comprobado con nuestras desdichadas experiencias. El vampiro sigue viviendo, y no puede morir por el mero paso del tiempo; florece cuando puede engordar con la sangre de los vivos. No solo eso; hemos visto entre nosotros que incluso puede rejuvenecer; que sus facultades vitales recobran la energía, y parecen regenerarse cuando su cantidad es suficiente. Pero no puede florecer sin esta dieta; no come como los demás. ¡El amigo Jonathan, que vivió con él durante semanas, nunca lo vio comer, nunca! No produce sombra; no se refleja en el espejo, como observó Jonathan. Su mano tiene la fuerza de muchos hombres; una vez más es testigo Jonathan, cuando el vampiro cierra la puerta empujando a los lobos, y también cuando le ayuda a bajar de la diligencia. Puede transformarse en lobo, como se deduce de la llegada del barco a Whitby, cuando desgarra al perro; puede ser como un murciélago, como lo vio la señora Mina en la ventana, en Whitby, y como el amigo John lo vio volar desde esta casa tan cercana, y como mi amigo Quincey lo vio en la ventana de la señorita Lucy. Puede aparecer en la bruma que él crea (aquel noble capitán de barco lo probó); pero, por lo que sabemos, la distancia que puede alcanzar esta bruma es limitada y solo puede estar a su alrededor. Aparece en los rayos de la luna, en forma de polvo, como vio Jonathan a aquellas hermanas en el castillo de Drácula. Se hace muy pequeño, como nosotros mismos vimos a la señorita Lucy, que en paz descanse, deslizarse por una rendija de la puerta de la tumba. Una vez que encuentra su camino, puede entrar en cualquier cosa o salir de cualquier cosa, independientemente de lo estrechamente que esté unido y pegado por el fuego (ustedes lo llaman soldadura). Puede ver en la oscuridad, y no es pequeño poder este, en un mundo cuya mitad está cerrada a la luz. Ah, pero escúchenme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No; es incluso más prisionero que el esclavo en las galeras, que el loco en su celda. No puede ir donde desea; él, que no pertenece a la Naturaleza, tiene que obedecer algunas de las leyes de la Naturaleza. ¿Por qué? Es algo que no sabemos. Quizá no entre en un sitio al principio, a menos que haya alguien en la casa que le franquee la entrada; aunque después puede entrar según le plazca. Su poder cesa, como el de todas las cosas malas, con la llegada del día. Solo en ciertas ocasiones tiene libertad limitada. Si no está en el lugar en el que tiene obligación de estar, solo puede cambiarse a mediodía o exactamente con la salida del sol o con el crepúsculo. Estas cosas nos han contado, y en este relato nuestro tenemos la prueba, por inferencia. Por tanto, puede hacer su voluntad dentro de sus límites, cuando tiene su tierra natal, su ataúd natal, su infierno natal, el lugar no consagrado, como vimos cuando fue a la tumba del suicida en Whitby; pero en otras ocasiones solo puede cambiar cuando le llega el momento. También se dice que solo puede atravesar el agua con pleamar o bajamar. Además, hay cosas que tanto le afligen, que no tiene poder contra ellas, como el ajo; y con respecto a las cosas sagradas, como este símbolo, mi crucifijo, que está entre nosotros incluso ahora, cuando tomamos esta decisión, ante ellas no es nada, y en su presencia se aleja en silencio y con respeto. También existen otras cosas, de las que les hablaré, por si las necesitamos en nuestra búsqueda. La rama de rosa silvestre sobre su ataúd le impide moverse de él; una bala consagrada disparada contra el ataúd le mata de forma que queda realmente muerto; y con respecto a atravesarlo con una estaca, ya conocemos la paz que produce; o cortar la cabeza, que proporciona el descanso. Lo hemos visto con nuestros ojos.
s »Por tanto, cuando encontremos el habitáculo de este hombre-que-lo-fue, podemos confinarlo en su ataúd y destruirlo si obedecemos a las cosas que conocemos. Pero es inteligente. He pedido a mi amigo Arminius de la Universidad de Budapest que recoja su historia; y con todos los medios que están a su alcance, me dice quién ha sido. Sin duda, debió de ser aquel voivoda, Drácula, que ganó reputación en la lucha contra los turcos, sobre el gran río en la misma frontera de Turquía. Si así fuera, hombre común no era; porque en aquella época, y siglos después, se habló de él como el hombre más inteligente y el más astuto, así como el más valiente de los hijos de la «tierra más allá del bosque». Aquel poderoso cerebro y aquella decisión de hierro se fueron con él a la tumba y ahora se enfrentan con nosotros. Los Drácula eran, según dice Arminius, una raza noble y grande, aunque de vez en cuando hubiera vástagos de los que sus coetáneos sospecharon que habían tenido pactos con el diablo. Aprendieron sus secretos en la Scholomance[54] entre las montañas que rodean el lago Hermannstadt, donde el diablo tiene un discípulo de cada diez habitantes. En los documentos aparecen palabras como stregoica (‘hechicero’), ordog y pokol (‘Satán’ e ‘infierno’); y en un manuscrito se habla de este mismo Drácula como wampyr, palabra que todos entendemos perfectamente. De su semilla nacieron grandes hombres y buenas mujeres, y sus tumbas santifican la tierra donde solo esta maldad puede habitar. Porque no es el menor de sus terrores el que este ser maligno tenga profundas raíces en todo lo bueno; en suelo desprovisto de recuerdos santos no puede descansar.
Mientras hablaban, el señor Morris contemplaba fijamente la ventana; se levantó quedamente y salió de la habitación. Se hizo una pequeña pausa, y a continuación prosiguió el profesor:
—Y ahora hemos de decidir qué hacer. Aquí tenemos muchos datos, y hemos de empezar a trazar nuestra campaña. Sabemos por las averiguaciones de Jonathan que llegaron a Carfax cincuenta cajones de tierra procedentes del castillo; también sabemos que al menos algunas de estas cajas han desaparecido de allí. A mi juicio, nuestro primer paso ha de consistir en asegurarnos de que todos los demás cajones siguen en la casa, detrás de ese muro en el que hoy miramos; o si han desaparecido algunos más. Si fuera esto último, tenemos que seguir la pista…
Nos interrumpieron con gran sobresalto. En el exterior se oyó el ruido de un disparo de pistola; el cristal de la ventana saltó hecho añicos por la bala que, tras rebotar en la parte superior del marco, fue a dar contra la pared opuesta de la habitación. Me temo que en el fondo soy una cobarde, porque solté un grito. Todos los hombres se pusieron en pie de un salto; lord Godalming se precipitó a la ventana y la abrió. Al mismo tiempo oímos la voz del señor Morris, que decía desde fuera:
—¡Lo siento! Me temo que les he asustado. Voy a entrar a contarles lo que ha ocurrido.
Entró en la habitación a los pocos momentos y dijo:
—Ha sido una estupidez por mi parte, y le presento mis más sinceras excusas, señora Harker; temo haberla asustado terriblemente. Pero el hecho es que, mientras hablaba el profesor, apareció un gran murciélago que se apostó en el alféizar de la ventana. Tengo tal terror a esas malditas bestias, por los sucesos recientes, que no puedo soportarlos, por lo que salí para dispararle, como he hecho últimamente todas las noches que he visto alguno. Entonces te reías de mí, Art.
—¿Le ha acertado? —preguntó el doctor Van Helsing.
—No lo sé, pero creo que no, porque huyó hacia el bosque.
Tomó asiento sin añadir nada más, y el profesor reanudó su argumentación:
—Tenemos que seguir las huellas de cada uno de esos cajones; y cuando estemos listos, hemos de capturar o matar a ese monstruo en su madriguera; o tenemos, por así decirlo, que esterilizar la tierra, para que nunca más pueda encontrar cobijo en ella. Así, finalmente, podremos encontrarlo en su forma de hombre entre las horas del mediodía y el crepúsculo, y atraparlo cuando esté más débil.
»Y ahora, para usted, señora Mina, esta noche es la última hasta que todo esté bien. Es usted demasiado importante para nosotros para correr semejante riesgo. Cuando nos separemos esta noche, usted no debe preguntar más. Se lo contaremos todo a su debido tiempo. Nosotros somos hombres, y capaces de soportarlo; pero usted debe ser nuestra estrella y nuestra esperanza, y actuamos con mayor libertad si usted no está en peligro, tal y como nosotros estamos.
Todos los hombres, incluso Jonathan, parecieron aliviados; pero a mí no me pareció bien que ellos se enfrentasen con el peligro y, quizá disminuyeran su seguridad —ya que la fuerza es la mayor seguridad— por cuidarse de mí; pero habían tomado una decisión, aunque para mí fuese un amargo trago, y no podía decir nada, salvo aceptar su caballerosa preocupación por mí.
El señor Morris reanudó la discusión:
—Como no hay tiempo que perder, voto por que echemos un vistazo a esa casa ahora mismo. El tiempo lo es todo con ese monstruo; y una actuación rápida por nuestra parte puede salvar a otra víctima.
Reconozco que se me encogió el corazón cuando se acercó la hora de entrar en acción, pero no dije nada, pues temía que, si yo suponía un obstáculo o estorbo en su trabajo, quizá me excluyesen también de sus reuniones. Ahora se han ido a Carfax con la intención de entrar en la casa.
Me han dicho caballerosamente que me acostara y durmiera. ¡Como si una mujer pudiese dormir cuando aquellos a quienes ama se encuentran en peligro! Me tenderé en la cama y simularé dormir, para evitar aumentar la preocupación de Jonathan cuando regrese.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



1 de octubre, a las 4 de la madrugada.—En el momento en que nos encontrábamos a punto de salir de la casa, me llegó un recado urgente de Renfield, que quería saber si podía ir a verlo inmediatamente, ya que tenía que decirme algo de suma importancia. Le dije al mensajero que le comunicase que cumpliría sus deseos a la mañana siguiente, ya que estaba ocupado en ese momento. El celador añadió:
—Parece muy molesto, señor. Nunca lo había visto tan impaciente. Creo que, si no va a verle pronto, sufrirá uno de sus violentos ataques.
Como sabía que aquel hombre no habría dicho aquellas palabras sin un buen motivo, le dije:
—De acuerdo, ahora voy —y pedí a los otros que me esperasen unos minutos, porque tenía que ir a ver a mi paciente.
—Déjeme ir con usted, amigo John —le dijo el profesor—. Cuando leí el caso en su diario me interesó mucho, y además guarda relación con nuestra causa. Mucho me gustaría verlo, en especial cuando está sumamente perturbado.
—¿Puedo ir yo también? —preguntó lord Godalming.
—¿Y yo? —dijo Quincey Morris.
Asentí, y recorrimos juntos el pasillo.
Lo encontramos en un estado de extraordinaria agitación, pero con un discurso y un comportamiento mucho más racionales de lo que había observado en él hasta entonces. Se apreciaba una inusual comprensión de sí mismo, cosa que nunca había visto en un loco; y daba por sentado que prevalecerían sus razones con otras personas que estuvieran completamente cuerdas. Entramos los cuatro en la habitación, pero nadie dijo nada al principio. Su petición consistía en que le dejase abandonar el manicomio inmediatamente y que lo enviase a casa. Respaldó la propuesta con argumentos relativos a su total recuperación, y alegó que su cordura era un hecho.
—Recurro a sus amigos —dijo—; tal vez no les importe emitir un juicio sobre mi caso. A propósito, no me los ha presentado.
Yo estaba tan sumamente estupefacto, que no se me ocurrió en ese momento la extravagancia de presentar a un loco de un manicomio; pero como la actitud de aquel hombre exhalaba cierta dignidad, consecuencia del trato de igualdad, los presenté de inmediato:
—Lord Godalming, profesor Van Helsing, señor Quincey Morris, de Texas, les presento al señor Renfield.
Renfield les estrechó la mano a todos, y dijo:
—Lord Godalming, tuve el honor de apadrinar a su padre en el Windham[55]; me apena saber, pues usted ostenta el título, que ya no existe. Fue un hombre querido y respetado por todos los que lo conocieron en su juventud, y, según he oído decir, fue el inventor del ponche de ron quemado, muy acreditado en la noche del derby[56]. Señor Morris, debería sentirse orgulloso de su gran estado. Su inclusión en la Unión sienta un precedente que tal vez tenga efectos de gran alcance de aquí en adelante, cuando el Polo y los Trópicos rindan homenaje a las barras y las estrellas. El poder del Tratado aún puede resultar una enorme máquina de ensanchamiento, cuando la doctrina de Monroe[57] ocupe su verdadero lugar como fábula política. ¿Y qué se puede decir del placer de conocer a Van Helsing? Caballero, no voy a presentarle mis excusas por omitir toda forma de preludio convencional. Cuando un individuo ha revolucionado la terapéutica con el descubrimiento de la evolución continua de la materia cerebral, las fórmulas convencionales resultan inconvenientes, ya que sería como reducirlo a un hombre común. A ustedes, caballeros, que por nacionalidad, por herencia o por la posesión de dotes naturales están preparados para ocupar sus respectivos lugares en el mundo en marcha, pongo por testigos de que estoy tan cuerdo al menos como la mayoría de los hombres que se hallan en plena posesión de sus libertades. Y estoy seguro de que usted, doctor Seward, hombre humanitario y médico-jurista, así como científico, juzgará un deber moral tratarme con la consideración que merecen mis circunstancias especiales.
Pronunció esta petición con un aire cortés de convicción, no desprovisto de encanto.
Creo que todos nos quedamos asombrados. Por mi parte, yo estaba convencido, a pesar de mi conocimiento del carácter y del historial de aquel hombre, de que había recuperado la razón; y sentí un fuerte impulso de decirle que me satisfacía su estado y que me encargaría de las formalidades necesarias para que saliera del manicomio a la mañana siguiente. Pero pensé que sería mejor esperar antes de tomar una decisión tan grave, porque conocía de antiguo los cambios a que es susceptible este paciente. De modo que me conformé con declarar, en términos generales, que parecía mejorar con gran rapidez; que mantendría una conversación más larga con él a la mañana siguiente y vería qué podía hacer para complacerle. Mis palabras no le dejaron satisfecho, ya que dijo inmediatamente:
—Doctor Seward, me temo que no ha comprendido mis intenciones. Deseo marcharme en seguida, ahora mismo, en este momento. El tiempo apremia, y en nuestro convenio tácito con la vieja de la guadaña, el tiempo es la esencia de ese contrato. Estoy seguro de que, con tan admirable médico como el doctor Seward, basta formular un deseo tan sencillo, aunque de tal importancia, para que se realice de inmediato.
Me miró intensamente, y al ver la negativa en mi rostro, se volvió hacia los otros y los examinó con atención. Al no encontrar respuesta, prosiguió:
—¿Acaso me habré equivocado en mis suposiciones?
—Así es —dije sinceramente, aunque al mismo tiempo sentí que mis palabras habían sido brutales.
Siguió una larga pausa, y a continuación Renfield dijo lentamente:
—Entonces supongo que lo único que puedo hacer es cambiar la forma de mi petición. Permítame pedirle esta concesión, favor, privilegio o como quiera llamarlo. En este caso, me conformaré con rogárselo, no por motivos personales, sino por el bien de otros. No soy libre de exponerle todos los motivos; pero le aseguro que son buenas razones, sensatas y no egoístas, y que parten del más elevado sentido del deber. Señor, si pudiera ver mi corazón, aprobaría por completo los sentimientos que me mueven. Incluso más; me consideraría uno de sus mejores y más sinceros amigos.
Volvió a mirarnos intensamente. Cada vez me convencía más de que aquel repentino cambio de su método intelectual no era más que otra forma o fase de su locura, por lo que decidí dejarle seguir un poco más, sabiendo por experiencia que, como todos los locos, acabaría por traicionarse. Van Helsing lo contemplaba con una mirada sumamente intensa, sus pobladas cejas casi unidas por la concentración. Le dijo a Renfield en un tono que en ese momento no me sorprendió, aunque sí al pensar en ello más adelante, pues habló como si se dirigiese a un igual:
—¿No puede decir sinceramente el verdadero motivo de su deseo de estar libre esta noche? Me consta que si usted me satisface incluso a mí, un extraño sin prejuicios y con el hábito de mantener una mente abierta, el doctor Seward le concederá, bajo su propio riesgo y su propia responsabilidad, el privilegio que usted desea.
Renfield negó con la cabeza tristemente, con una mirada de profundo pesar. El profesor prosiguió:
—Vamos, caballero, recuérdelo. Usted proclama el privilegio de la razón en el más alto grado, ya que desea impresionarnos con su completa sensatez. Hace esto usted, de cuya cordura tenemos razones para dudar, pues no está libre de tratamiento médico por este mismo defecto. Si no nos ayuda en nuestros esfuerzos por elegir el método más prudente, ¿cómo podemos cumplir el deber que usted mismo nos impone? Sea sensato y ayúdenos; y, si podemos, colaboraremos con usted para que pueda realizar sus deseos.
Renfield volvió a negar con la cabeza, al tiempo que decía:
—Doctor Van Helsing, no tengo nada que decir. Su argumentación es correcta y, si fuera libre para hablar, no dudaría ni un momento en hacerlo; pero no soy mi propio dueño. Solo puedo pedirle que confíe en mí. Si se me niega esta confianza, la responsabilidad no recaerá sobre mí.
Pensé que ya era hora de dar por terminada aquella escena, que se estaba convirtiendo en algo cómicamente solemne; así que me dirigí a la puerta, diciendo sencillamente:
—Vamos, amigos, tenemos trabajo. Buenas noches.
Pero al acercarme a la puerta, se produjo un nuevo cambio en el paciente. Se precipitó hacia mí con tal rapidez, que por un momento temí que fuera a perpetrar otro ataque homicida. Mis temores eran infundados, ya que elevó las manos, implorante, y repitió su petición de una forma conmovedora. Al ver que el exceso mismo de emotividad redundaba en contra de él, puesto que restablecía nuestra antigua relación, se exaltó aún más. Lancé una mirada a Van Helsing y vi reflejada en sus ojos mi convicción; me reafirmé en mi postura, aunque sin adoptar una expresión más severa, y le di a entender que sus esfuerzos eran vanos. Ya había observado anteriormente en él una excitación creciente al solicitar algo en lo que había pensado mucho, como cuando expresó el deseo de tener un gato; por tanto, en esta ocasión estaba preparado para presenciar la hosca conformidad con que habría de aceptar mi negativa. Mis expectativas no se cumplieron, ya que, al caer en la cuenta de que su petición no iba a tener éxito, se sumió en un estado de frenesí. Cayó de rodillas y elevó las manos, retorciéndolas en lastimera súplica, y derramó un verdadero torrente de ruegos; las lágrimas rodaban por las mejillas y el rostro y su continente expresaban la más profunda emoción:
—Se lo suplico, doctor Seward, le imploro que me deje abandonar esta casa inmediatamente. Déjeme marchar como le plazca, y cuando le plazca; ordene que me acompañen guardianes con látigos y cadenas; ordene que me pongan una camisa de fuerza, y que me envíen a la cárcel maniatado y engrilletado, pero déjeme salir de aquí. No sabe lo que hace obligándome a seguir aquí. Se lo digo con el corazón en la mano, con el alma en la mano. No sabe a quién agravia, ni cómo; y yo no puedo decírselo. ¡Desdichado de mí, que no puedo decirlo! ¡Por todo lo que usted considere sagrado, por todo lo que ama, por su amor perdido, por su esperanza viva, por el Todopoderoso, sáqueme de aquí y salve mi alma de la culpa! ¿Acaso no me oye, hombre? ¿Acaso no me entiende? ¿Es que no lo comprenderá nunca? ¿Es que no sabe que estoy cuerdo y que hablo en serio; que no soy un loco aquejado de un arrebato de locura, sino un hombre cuerdo que lucha por salvar su alma? ¡Escúcheme, por favor! ¡Escúcheme! ¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir!
Pensé que cuanto más se prolongase aquella situación más se excitaría, y que acabaría con un ataque; por tanto, lo cogí de la mano y lo hice levantar.
—Vamos —dije gravemente—, ya basta; se acabó. Métase en la cama y trate de comportarse con mayor discreción.
Se detuvo bruscamente y se quedó mirándome con intensidad durante unos momentos. Después se levantó, se dio la vuelta sin pronunciar palabra y se sentó en el borde de la cama. Se había derrumbado, como en anteriores ocasiones, de la forma en que yo había previsto.
Cuando me disponía a abandonar la habitación, a la retaguardia del grupo, Renfield me dijo en un tono de voz tranquilo y educado:
—Confío, doctor Seward, en que me haga justicia y no olvide más adelante que esta noche he hecho todo lo que he podido para convencerle.

Capítulo XIX

DIARIO DE JONATHAN HARKER



1 de octubre, a las cinco de la madrugada.—Inicié la expedición con el resto del grupo muy sosegado, porque no creo haber visto nunca a Mina tan fuerte y tan bien. Me alegro mucho de que haya consentido en retirarse y dejarnos a los hombres realizar el trabajo. En cierto modo, para mí suponía un gran motivo de temor el que ella estuviera metida en este espantoso asunto; pero ahora que ha concluido su labor y que, gracias a su energía y a su inteligencia y a su previsión se han reunido todas las piezas de esta historia y cada uno de los detalles ha adquirido sentido, bien puede pensar que ha cumplido con su deber y que a partir de ahora puede dejar el resto en nuestras manos. Creo que todos estábamos un poco perturbados por la escena del señor Renfield. Tras abandonar su habitación, guardamos silencio hasta que regresamos al despacho. Entonces el señor Morris dijo al doctor Seward:
—Oye, Jack, si la intención de ese hombre no era engañarnos, es el loco más cuerdo que he visto en mi vida. No estoy seguro, pero creo que tenía un objetivo muy serio y, si es así, debe de haber sido muy duro para él que no le hayamos dado una oportunidad.
Lord Godalming y yo seguimos en silencio, pero el doctor Van Helsing añadió:
—Amigo John, usted sabe más sobre los locos que yo, y me alegro de ello, porque me temo que, de haber sido yo quien hubiese tenido que decidir, antes del último arrebato le habría dado libertad. Pero no te acostarás sin saber una cosa más, y en nuestra presente tarea no debemos correr riesgos, como mi amigo Quincey diría. Todo está mejor como está.
El doctor Seward les contestó a ambos como en un sueño:
—Lo único que sé es que estoy de acuerdo con ustedes. Si ese hombre fuese un loco corriente, habría corrido el riesgo de confiar en él; pero parece estar tan confundido con el conde, y de una forma tan sospechosa, que temo equivocarme si le ayudo a realizar sus caprichos. No puedo olvidar que me suplicó que le diera un gato casi con el mismo fervor, y que después intentó destrozarme el cuello con los dientes. Además, llama al conde «señor y maestro», y tal vez quiera salir para ayudarlo en algún proyecto diabólico. Ese ser horripilante cuenta con la ayuda de los lobos y de las ratas y de los de su especie, así que no sería de extrañar que intentase utilizar a un loco respetable. Desde luego, parecía hablar en serio. Espero que hayamos hecho bien. Estas cosas, añadidas a la delirante tarea que tenemos entre manos, son capaces de acobardar a cualquiera.
El profesor se acercó a él, posó una mano en su hombro, y le dijo, con el tono amable y grave habitual en él:
—Amigo John, no tenga temor. Estamos intentando cumplir nuestro deber en un caso muy triste y terrible; solo podemos hacer lo que juzgamos mejor. ¿Qué otra cosa podemos esperar, salvo la misericordia del buen Dios?
Lord Godalming había desaparecido unos instantes, pero ya había regresado. Dijo, mientras levantaba un pequeño silbato de plata:
—Es posible que esa vieja casa esté llena de ratas, y de ser así, yo tengo un buen antídoto contra ellas.
Traspasamos el muro y nos dirigimos a la casa, con cuidado de mantenernos a la sombra de los árboles del jardín cuando asomaba la luz de la luna. Cuando llegamos al porche, el profesor abrió su maletín y sacó múltiples objetos, que depositó en la escalera, repartiéndolos en cuatro pequeños grupos, sin duda destinados a cada uno de nosotros. Después dijo:
—Amigos míos, vamos a meternos en un terrible peligro, y necesitamos armas de muchas clases. Nuestro enemigo no es simplemente espiritual. Recuerden que posee la fuerza de veinte hombres, y que, aunque nuestros cuellos y tráqueas son de un tipo normal y por tanto rompibles y triturables, los suyos no son susceptibles de ser tratados por la mera fuerza. Un hombre más fuerte, o un grupo de hombres más fuertes en todos los sentidos que él, puede sujetarlo en ciertas ocasiones; pero no pueden herirlo como él puede herirnos a nosotros. Por tanto, debemos protegernos de su contacto. Guarden esto junto a su corazón —levantó un pequeño crucifijo de plata y me lo dio, por ser yo el que estaba más cerca de él—, pónganse estas flores alrededor del cuello —me tendió una guirnalda de capullos de ajo secos—, y para otros enemigos más mundanos, este revólver y este cuchillo; y para ayudar a todo esto, estas pequeñísimas lámparas eléctricas, que pueden engancharse en el pecho; y para todo, y por encima de todo, esto, que no debemos profanar inútilmente —era un trozo de sagrada hostia; lo metió en un sobre y me lo dio. Los demás recibieron un equipo semejante—. Y ahora —dijo—, amigo John, ¿dónde están las llaves maestras? Si podemos abrir la puerta, no hay necesidad de entrar en la casa por la ventana igual que ladrones, como ocurrió antes en la tumba de la señorita Lucy.
El doctor Seward probó un par de ganzúas, y su habilidad de cirujano le sirvió de gran ayuda. Finalmente halló una que servía; y tras cierto forcejeo, el cerrojo cedió y se descorrió con un chirrido. Empujamos la puerta, crujieron los goznes oxidados y la puerta se abrió lentamente. Fue sorprendente lo mucho que se parecía a la imagen que yo me había formado, por la lectura del diario del doctor Seward, a la entrada en la tumba de la señorita Westenra, y creo que esta misma idea se les ocurrió a los demás, ya que retrocedieron al unísono. El profesor fue el primero en adelantarse y en traspasar la puerta.
—In manus tuas, Domine![58] —dijo santiguándose al cruzar el umbral.
Cerramos la puerta para que al encender las lámparas no llamásemos la atención en la carretera. El profesor comprobó la cerradura con sumo cuidado, por si no podíamos abrirla desde el interior si nos veíamos obligados a salir precipitadamente. A continuación encendimos las lámparas e iniciamos la búsqueda.
La luz de las minúsculas lámparas caía sobre formas extrañas al entrecruzarse los rayos o proyectar grandes sombras nuestros cuerpos opacos. A pesar de todos mis esfuerzos, no podía evitar sentir que había alguien más entre nosotros. Supongo que era debido al recuerdo de la terrible experiencia de Transilvania, que la lobreguez de lo que me rodeaba traía tan vívidamente a mi memoria. Creo que todos compartíamos esa sensación, pues observé que los demás miraban sin cesar por encima del hombro cada vez que se oía un nuevo ruido o se veía una nueva sombra, exactamente igual que yo.
Aquel lugar estaba cubierto por una gruesa capa de polvo En el suelo tenía varias pulgadas de espesor, salvo en los lugares en que había huellas de pisadas recientes, en las que, al bajar la lámpara, descubrí señales de clavos de botas allí donde el polvo se había apelmazado. Las paredes tenían pelusa y una gruesa capa de polvo, y en los rincones había montones de telarañas, en las que se había acumulado el polvo hasta proporcionarles el aspecto de andrajos, ya que se habían desmoronado parcialmente con el peso. En el vestíbulo, sobre una mesa, había un gran manojo de llaves, cada una de ellas con una etiqueta amarillenta por el tiempo. Las habían utilizado varias veces, pues se veían huellas en el polvo, semejantes a las que aparecieron al levantarlas el profesor. Este se volvió hacia mí y me dijo:
—Usted conoce este lugar, Jonathan. Usted ha hecho mapas de él, y al menos sabe más que nosotros. ¿Por dónde se va a la capilla?
Tenía cierta idea sobre su ubicación, aunque en mi anterior visita no había podido entrar; así que me puse al frente del grupo, y tras tomar varios caminos equivocados, nos encontramos frente a una puerta de roble, baja y arqueada, con nervaduras de hierro.
—Aquí está —dijo el profesor, iluminando un pequeño mapa de la casa, copia del archivo de mis cartas referentes a la adquisición. Encontramos con cierta dificultad la llave entre las múltiples del manojo y abrimos la puerta. Estábamos preparados para ver algo desagradable; al abrir la puerta, por los intersticios de esta se colaron unas exhalaciones ligeramente malolientes, pero ninguno de nosotros esperaba semejante hedor. Mis compañeros nunca habían visto al conde de cerca, y cuando yo lo había visto se encontraba, o bien encerrado en sus habitaciones o ahíto de sangre fresca, en un edificio derruido, al aire libre; pero este lugar era pequeño y estaba cerrado, y, debido a la larga falta de uso, el aire estaba viciado y cargado. Un olor a tierra, como a miasmas secos, se extendía por el aire, aún más repugnante. Con respecto al hedor mismo, ¿cómo podría describirlo? No era solo que estuviese compuesto de todos los males de la muerte, y del olor acre y picante de la sangre, sino que parecía que la corrupción misma se hubiese corrompido. ¡Ag! Me pongo enfermo solo de pensarlo. Era como si cada espiración de aquel monstruo se hubiese adherido a aquel lugar para intensificar su repulsión.
En circunstancias normales, semejante hedor habría dado por finalizada nuestra empresa; pero no se trataba de un caso corriente, y el objetivo elevado y terrible en que nos habíamos empeñado nos proporcionaba una fuerza que trascendía las consideraciones puramente físicas. Tras el involuntario acobardamiento consiguiente a la primera vaharada nauseabunda, pusimos manos a la obra todos a una, como si aquel lugar repugnante fuese un jardín de rosas.
Realizamos un cuidadoso examen de la estancia; al iniciarlo, el profesor dijo:
—Lo primero es ver cuántos cajones quedan; a continuación, debemos examinar cada agujero y rincón y grieta, para ver si podemos obtener alguna pista de dónde han ido a parar los demás.
Una ojeada fue suficiente para comprobar cuántos había, pues los cofres de tierra eran voluminosos, y no cabía la posibilidad de equivocarse.
¡De los cincuenta cajones solo quedaban veintinueve! En una ocasión me asusté, porque al ver a lord Godalming volverse repentinamente y mirar por la puerta abovedada hacia el corredor que había más allá, yo también miré y mi corazón se quedó paralizado durante unos instantes. Me pareció ver, entre las sombras, el semblante malvado del conde, el caballete de la nariz, los ojos rojos, los labios rojos, la palidez espantosa. Solo duró un momento, porque al decir lord Godalming: «Me ha parecido ver una cara, pero no era más que una sombra», y proseguir su búsqueda, enfoqué mi lámpara en aquella dirección y entré en el corredor. No había ni rastro de nadie; y como no había recovecos ni puertas ni salidas de ningún tipo, sino solo los sólidos muros del corredor, era imposible que existiera un escondrijo, ni siquiera para él. Pensé que el temor había exacerbado mi imaginación y no dije nada.
A los pocos minutos vi a Morris retroceder bruscamente de un rincón que estaba examinando. Todos seguimos sus movimientos con la mirada, ya que, indudablemente, empezábamos a ponernos un poco nerviosos, y vimos una gran masa fosforescente que parpadeaba como las estrellas. Todos nos echamos atrás instintivamente. La estancia entera hervía de ratas.
Nos quedamos horrorizados durante unos momentos, todos excepto lord Godalming, quien, al parecer, estaba preparado para semejante contingencia. Se precipitó hacia la gran puerta de roble remachada de hierro, que el doctor Seward había descrito desde el exterior y que yo mismo había visto, hizo girar la llave en la cerradura, descorrió los enormes cerrojos y abrió la puerta. A continuación, sacó el pequeño silbato de plata del bolsillo y emitió un silbido corto y agudo. Le contestó un ladrido de perros detrás de la casa del doctor Seward, y al cabo de un minuto aproximadamente, tres terriers doblaron rápidamente la esquina de la casa. Todos nos habíamos acercado inconscientemente a la puerta, y al hacerlo, observé que el polvo había sido removido: habían sacado por allí los cajones que faltaban. Pero a pesar de que solo había transcurrido un minuto, había aumentado enormemente el número de ratas. Pululaban por toda la habitación, de tal modo que, al caer la luz de la lámpara sobre sus oscuros cuerpos móviles y sus ojos centelleantes y siniestros, la estancia parecía un terraplén sembrado de luciérnagas. Los perros entraron a toda prisa, pero al llegar al umbral se detuvieron bruscamente y gruñeron; luego levantaron el hocico y empezaron a aullar lúgubremente. Las ratas se multiplicaban a miles, y nosotros abandonamos la habitación.
Lord Godalming cogió uno de los perros, lo metió dentro y lo colocó en el suelo. En el mismo instante en que sus patas tocaron tierra pareció recobrar el valor, y se precipitó sobre sus enemigas naturales. Ante su presencia las ratas huyeron con tal rapidez, que antes de que el perro hubiese quitado la vida a una docena, los otros perros, con los que lord Godalming había hecho la misma operación, se encontraron con una exigua presa, ya que al poco habían desaparecido todas.
Al marcharse las ratas tuvimos la sensación de que también se había marchado una presencia maligna, pues los perros se pusieron a brincar y a ladrar alegremente, mientras se lanzaban bruscamente sobre sus enemigas postradas y las hacían girar una y otra vez y las arrojaban al aire con crueles sacudidas. Todos nos animamos un poco. No sé si sería debido a la purificación de la atmósfera mortal al haber abierto la puerta de la capilla, o al alivio que experimentamos al encontrarnos al aire libre; pero la sombra del pavor se desprendió de nosotros como una capa, y el hecho de haber ido allí perdió una parte de su significación lóbrega, aunque no se debilitó ni un ápice nuestra resolución. Cerramos con llave la puerta principal y la atrancamos, e iniciamos la exploración de la casa, llevando a los perros con nosotros. No encontramos nada, salvo polvo en cantidades extraordinarias; todo estaba intacto, excepto las huellas de las pisadas de mi primera visita. Los perros no mostraron síntomas de inquietud ni una sola vez, e incluso al regresar a la capilla siguieron jugueteando como si vinieran de cazar conejos del bosque.
La aurora despuntaba por el Este cuando salimos por la parte delantera de la casa. El doctor Van Helsing había cogido la llave del vestíbulo del manojo, y cerró la puerta de una forma ortodoxa, tras lo cual se metió la llave en el bolsillo.
—Hasta ahora —dijo—, nuestra noche ha tenido éxito. No nos ha acontecido ningún daño, contrariamente a lo que yo temía, y hemos comprobado, sin embargo, cuántos cajones faltan. Más que nada me regocijo de que este nuestro primer paso, quizá el más difícil y peligroso, haya sido llevado a cabo sin haber traído a nuestra tan dulce señora Mina ni haber llenado sus sueños o su vigilia con visiones y sonidos y olores de horror que quizá nunca podría olvidar. Una lección hemos aprendido también, si se puede argumentar a particulari[59]: que las bestias que están bajo el dominio del conde no se encuentran sometidas a su poder espiritual; porque, como ven, esas ratas que acudirían a su llamada, del mismo modo que desde su castillo llama a los lobos cuando usted se va y ante el llanto de aquella pobre madre, aunque acuden a él, huyen empavorecidas ante unos perritos como los de mi amigo Arthur. Tenemos otros asuntos ante nosotros, otros peligros, otros temores; y ese monstruo no ha utilizado su poder sobre el mundo de los brutos por última vez esta noche. Tal vez se ha ido a otra parte. ¡Bien! Nos ha proporcionado la oportunidad de dar jaque mate en este juego de ajedrez, que nosotros jugamos por la apuesta de almas humanas. Y ahora a casa. Se acerca el amanecer, y tenemos razón para estar contentos con nuestra primera noche de trabajo. Tal vez esté ordenado que sigan muchos días y muchas noches, quizá llenas de peligros; pero debemos seguir adelante, y ante ningún peligro nos acobardaremos.
Al regresar, la casa estaba en silencio, excepto por algún desdichado ser que gritaba en una sala lejana del hospital y por un sonido apagado y lastimero procedente de la habitación de Renfield. Sin duda, el desgraciado se estaba torturando, como hacen los locos, con innecesarios pensamientos dolorosos.
Entré de puntillas en nuestra habitación y encontré a Mina dormida, respirando con tanta suavidad, que tuve que poner el oído en su pecho para percibirla. Está más pálida que de costumbre. Espero que no la haya preocupado la reunión de esta noche. Me siento francamente agradecido porque no vayamos a incluirla en nuestro trabajo futuro, ni siquiera en nuestras deliberaciones. Es una tensión demasiado grande para una mujer. No lo creía así al principio, pero ahora poseo más elementos de juicio. Tal vez le asuste oír ciertas cosas; sin embargo, ocultárselas podría ser peor si llegara a sospechar que existe tal ocultación. A partir de ahora, nuestro trabajo debe ser un libro sellado para ella, hasta el momento en que podamos decirle que todo ha terminado, y en que la tierra quede libre de un monstruo de los mundos inferiores. Supongo que va a resultar difícil empezar a guardar silencio tras la confianza que hasta ahora hemos tenido; pero he de mantener esta decisión, y mañana no decirle ni palabra sobre los acontecimientos de esta noche, y negarme a contarle nada de lo ocurrido. Voy a acostarme en el sofá, para no molestarla.
1 de octubre, más tarde.—Es natural que todos hayamos dormido más de lo normal, pues fue un día muy ajetreado y por la noche no descansamos nada. Incluso Mina debe de haberse sentido agotada, porque aunque yo dormí hasta que el sol estuvo bien alto en el cielo, me desperté antes que ella, y tuve que llamarla un par de veces. Estaba tan profundamente dormida, que tardó unos segundos en reconocerme; me miró con una especie de terror pánico, como si la hubiese despertado de una pesadilla. Se quejó un poco de que estaba cansada, y la dejé dormir hasta más tarde. Ahora sabemos que han desaparecido veintiún cajones, y si resulta que alguien se los ha llevado, no será difícil seguir sus huellas. Naturalmente, tal cosa simplificaría inmensamente nuestra labor, y cuanto antes lo descubramos, mejor. Hoy voy a ver a Thomas Snelling.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



1 de octubre.—Me desperté a mediodía, al entrar el profesor en mi habitación. Estaba más alegre y animoso que de costumbre; es evidente que el trabajo de anoche le ha ayudado a quitarse un peso de encima. Tras comentar la aventura nocturna, dijo bruscamente:
—Su paciente me interesa mucho. ¿Es posible que con usted le visite esta mañana? O si usted tiene demasiadas ocupaciones, puedo ir yo solo. Es una nueva experiencia para mí encontrar a un loco que habla de filosofía y que razona con tanta sensatez.
Como tenía trabajo urgente, le dije que prefería que fuese él solo, pues así no tendría que hacerle esperar. Llamé a un celador y le di las instrucciones pertinentes. Antes de que el profesor abandonase la habitación, le advertí que no se formase una impresión falsa sobre mi paciente.
—Pero —respondió— quiero hacerle hablar sobre sí mismo y sobre su error al consumir cosas vivas. Le dijo a la señora Mina, como veo en su diario de ayer, que en un tiempo mantuvo tal creencia. ¿Por qué sonríe, amigo John?
—Perdóneme —dije—, pero es que la contestación está aquí —coloqué la mano en los papeles mecanografiados—. Cuando nuestro loco cuerdo y culto declaró que antes consumía vida, su boca hedía a las moscas y las arañas que acababa de comer antes de que la señora Harker entrase en la habitación.
Van Helsing me devolvió la sonrisa.
—¡Muy bien! —dijo—. Su recuerdo es cierto, amigo John. Yo debería haberlo recordado. Sin embargo, es esta tangencialidad de pensamiento y de recuerdo lo que convierte las enfermedades mentales en un estudio tan fascinante. Tal vez obtenga más conocimientos de la locura de este loco que de las enseñanzas de los más sabios. ¿Quién sabe?
Seguí con mi trabajo, y pronto acabé con todos los asuntos pendientes. Se me antojó que había transcurrido muy poco tiempo cuando Van Helsing regresó a mi despacho.
—¿Le interrumpo? —preguntó cortésmente en el umbral.
—En absoluto —repliqué—. Entre. He terminado mi trabajo y estoy libre. Puedo acompañarlo si lo desea.
—No es necesario. ¡Ya lo he visto!
—¿Y bien?
—Me temo que no me aprecia mucho. Nuestra entrevista ha sido corta. Cuando entré en su habitación él estaba sentado en el centro, con los codos apoyados en las rodillas, y su rostro era la viva imagen del descontento y el malhumor. Le hablé lo más animadamente que pude y con el mayor respeto que pude adoptar. No me contestó en absoluto. «¿No me conoce?», le pregunté. Su respuesta no fue muy tranquilizadora: «Le conozco demasiado bien; es usted el viejo y estúpido Van Helsing. Ojalá se fuera con sus ridículas teorías cerebrales a otra parte. ¡Malditos sean todos los holandeses de cabeza dura!». No quiso decir una palabra más; siguió sentado, con su implacable malhumor, tan indiferente hacia mí como si yo no hubiese estado en la habitación. De este modo desapareció mi oportunidad de aprender mucho de este loco tan inteligente; así que me iré a animarme con unas cuantas palabras felices de esa dulce alma de la señora Mina. Amigo John, me alegra indeciblemente que ella ya no tenga que preocuparse, que no tenga que sufrir con nuestras terribles cosas. Aunque mucho echaremos en falta su ayuda, es mejor así.
—Estoy de acuerdo con usted de todo corazón —contesté con seriedad, porque no quería que flaqueara en este asunto—. Es mejor que la señora Harker se mantenga al margen de todo esto. Ya están las cosas suficientemente mal para nosotros, todos hombres de mundo, y que nos hemos encontrado en muchos aprietos; pero no es un asunto propio de una mujer, y si hubiera seguido dentro de él, infaliblemente la habría destrozado.
Van Helsing se ha ido a charlar con la señora Harker y con Harker; Quincey y Art han salido en busca de indicios de los cajones de tierra. Voy a terminar mi ronda, y esta noche nos reuniremos.

DIARIO DE MINA HARKER



1 de octubre.—Me resulta extraño que me mantengan al margen, como me encuentro hoy; que tras la confianza de Jonathan durante tantos años, ahora le vea eludir de una forma tan evidente ciertos temas, y precisamente los más vitales. Esta mañana dormí hasta tarde, tras las fatigas de ayer, y aunque Jonathan también se despertó tarde lo hizo antes que yo. Habló conmigo antes de salir, con dulzura y con ternura, pero no mencionó nada de lo que había ocurrido durante la incursión en la casa del conde. Y, sin embargo, tenía que saber cuán preocupada estaba. ¡Pobrecillo! Supongo que a él le ha molestado más que a mí. Entre todos acordaron que yo no debería adentrarme más en esta espantosa tarea, y yo accedí. ¡Ay, pensar que me oculta algo! Y ahora estoy llorando, como una tonta, cuando sé que es debido al gran amor de mi marido, y a las buenas intenciones de esos hombres valerosos…
Esto me ha hecho bien. Algún día Jonathan me lo contará todo; y para que no piense que yo le oculto algo, sigo escribiendo como de costumbre el diario. Si en algún momento duda de mi lealtad, se lo enseñaré para que sus amados ojos lean mis más íntimos pensamientos. Hoy me siento extrañamente triste y baja de ánimo. Supongo que es la reacción normal tras el nerviosismo.
Anoche me acosté cuando se marcharon los hombres, sencillamente porque me dijeron que así lo hiciera. No tenía sueño, y me embargaba una angustia devastadora. Estuve pensando en todo lo que ha ocurrido desde que Jonathan fue a verme a Londres, y se me antoja una tragedia terrible, con un destino implacable que apunta a un objetivo determinado. Por muy correcto que sea lo que una haga, todo parece tener un final deplorable. Si no hubiera ido a Whitby, tal vez la pobre Lucy estaría aún con nosotros. Hasta que yo llegué, ella no empezó a acudir al cementerio y, si no hubiese ido allí durante el día, tampoco lo habría hecho mientras dormía; y si no hubiese ido allí de noche y dormida, no la habría podido destruir ese monstruo. Ah, ¿por qué se me ocurriría ir a Whitby? ¡Vaya, ya estoy llorando otra vez! No sé qué me pasa hoy. Debo ocultárselo a Jonathan, porque, si supiera que he llorado dos veces en lo que va de mañana —yo, que nunca lloro, y a quien Jonathan jamás ha hecho derramar una lágrima—, el pobre hombre se moriría de pena. Pondré cara alegre y, si siento ganas de llorar, él no lo verá. Supongo que es una de las lecciones que hemos de aprender las pobres mujeres.
No recuerdo bien cómo me quedé dormida anoche. Recuerdo haber oído un repentino ladrar de perros y muchos ruidos extraños procedentes de la habitación del señor Renfield, que está debajo de esta, algo así como una oración entonada tumultuosamente. Y después se hizo el silencio absoluto, un silencio tan profundo que me asusté, por lo que me levanté y me asomé a la ventana. Todo estaba a oscuras y en silencio; las sombras negras proyectadas por la luna parecían llenas de un silencio misterioso y especial. No se movía nada; todo era lóbrego e inalterable como la muerte o el destino, de modo que un tenue cendal de niebla blanca que se deslizaba por la hierba hacia la casa, con lentitud casi imperceptible, parecía poseer una sensibilidad y una vitalidad propias. Creo que me hizo bien la digresión de mis pensamientos, porque al volver a la cama descubrí que me invadía una especie de letargo. Me quedé acostada durante un rato, pero, como no podía dormir, volví a levantarme y a asomarme a la ventana. Se extendía la bruma, que ahora ya se encontraba muy cerca de la casa, y la vi, formando una gruesa capa que se adhería a la pared, como si quisiera trepar hacia las ventanas. El pobre Renfield gritaba más que nunca, y aunque yo no podía distinguir ni una sola palabra, en el tono de su voz reconocí una cierta súplica. Después se oyó un ruido de pelea, por lo que comprendí que los celadores se habían hecho cargo de él. Estaba tan asustada, que volví a meterme en la cama y me tapé la cabeza con las mantas y los oídos con las manos. No tenía ni pizca de sueño, o al menos eso creía; pero debí de quedarme dormida, pues no recuerdo nada de lo que ocurrió hasta la mañana siguiente, excepto sueños. Creo que me llevó cierto tiempo y no pocos esfuerzos saber dónde me encontraba, y que era Jonathan quien se inclinaba sobre mí. Tuve unos sueños muy raros, que respondían a la forma en que los pensamientos de la vigilia se mezclan o continúan en los sueños.
Creí que estaba dormida y que esperaba el regreso de Jonathan. Estaba muy preocupada por él, pero no podía actuar; mis pies y mis manos y mi cerebro estaban pesados, de tal forma que nada seguía su funcionamiento normal. Y así dormí inquieta y seguí pensando. Entonces empecé a darme cuenta de que el aire era pesado y húmedo y frío. Me retiré la ropa de la cara y descubrí con sorpresa que todo a mi alrededor estaba oscuro. La luz de la lámpara de gas que había dejado encendida para Jonathan, aunque con la llama baja, se veía como una chispa diminuta en la niebla, que había espesado y se colaba en la habitación. Caí en la cuenta de que había cerrado la ventana antes de acostarme. Habría querido levantarme para comprobarlo, pero una especie de letargo atenazaba mis miembros e incluso mi voluntad. Me quedé inmóvil, resistiendo. Cerré los ojos, pero podía ver a través de los párpados. (Es sorprendente las malas pasadas que pueden jugarnos los sueños, y cuán cómodamente podemos imaginar). La niebla se espesó cada vez más y la vi entrar, como humo, no por la ventana, sino por los intersticios de la puerta. Siguió espesándose hasta concentrarse, formando una especie de columna de nubes en la habitación, en cuya parte superior vi la luz de la lámpara de gas que brillaba como un ojo rojo. En mi cabeza todo empezó a girar, como giraba la columna de nubes por la habitación, y en medio de todo aparecieron las palabras bíblicas «una columna de nubes por el día y de fuego por la noche». ¿Era una guía espiritual lo que se me presentaba en sueños? Pero la columna estaba formada tanto por los elementos del día como por los de la noche, ya que el fuego estaba en el ojo rojo que, al pensarlo, adquirió una nueva fascinación para mí; hasta que, a fuerza de mirar, el fuego se separó y pareció lanzar sus rayos sobre mí atravesando la niebla como dos ojos rojos, iguales a aquellos de los que Lucy me habló en su momentánea divagación mental cuando, allá arriba, en el acantilado, los rayos del sol poniente iluminaron los ventanales de la iglesia de St. Mary. De repente, recordé con horror que había sido de esta forma como había visto Jonathan cobrar realidad a aquellas espantosas mujeres, en medio de la bruma revoloteante, a la luz de la luna, y debí desmayarme, aún dormida, porque todo se tornó oscuridad y negrura. El último esfuerzo consciente que hizo mi mente fue mostrarme una cara de una blancura lívida que se inclinaba sobre mí en medio de la bruma. Debo tener cuidado con semejantes sueños, porque si llegaran a repetirse con demasiada frecuencia, podrían perturbarme la razón. Debería pedir al doctor Van Helsing o al doctor Seward que me recetasen algo para poder dormir, pero temo alarmarlos. En estos momentos, este sueño podría entretejerse con los temores que albergan por mí.
Esta noche me esforzaré por dormir de forma natural. Si no lo consigo, mañana por la noche les pediré una dosis de cloral, ya que eso no puede hacerme daño si lo tomo una vez, y así dormiré bien durante toda la noche. La última noche me dejó una sensación de cansancio mayor que si no hubiese dormido en absoluto.
2 de octubre, a las diez de la noche.—Anoche dormí, pero no soñé. Debí de dormir profundamente, porque Jonathan no me despertó al acostarse. Sin embargo, no me ha fortalecido, porque hoy me siento terriblemente débil y baja de ánimo. He pasado todo el día intentando leer, o acostada, dormitando. Por la tarde, el señor Renfield pidió verme. Pobre hombre; fue muy dulce, y cuando salí de su habitación, me besó la mano y me deseó todo tipo de bendiciones. Por alguna razón me ha afectado mucho. Al pensar en él me pongo a llorar. Debo tener cuidado con esta una nueva debilidad. A Jonathan le apenaría saber que he llorado. Él y los demás estuvieron fuera hasta la hora de la cena y regresaron muy cansados. Hice lo que pude por animarlos, y supongo que el esfuerzo que tuve que realizar me hizo bien, porque me olvidé de mi propio cansancio. Después de cenar me obligaron a acostarme, y se fueron a fumar, o eso dijeron; pero sé que lo que querían era contarse lo que había ocurrido durante el día. Por el comportamiento de Jonathan, observé que tenía algo muy importarte que comunicarles. No tenía todo el sueño que habría sido normal, por lo que antes de que se marcharan le pedí al doctor Seward que me diera algún tipo de opiáceo, ya que no había dormido la noche anterior. Con toda amabilidad me hizo una poción para dormir y me la dio, al tiempo que me decía que no me perjudicaría, pues era muy suave… La he tomado, y estoy a la espera de conciliar el sueño, que no parece querer llegar. Confío en no haber hecho mal, pues, a medida que el sueño empieza a coquetear conmigo, me invade un nuevo temor: el de haber cometido la estupidez de haber anulado la capacidad para despertarme cuando tal vez vaya a necesitarla. Ya aparece el sueño. Buenas noches.

Capítulo XX

DIARIO DE JONATHAN HARKER



1 de octubre, por la noche.—Thomas Snelling estaba en su casa de Bethnal Green, pero por desgracia, no se encontraba en condiciones de recordar nada. La perspectiva de cerveza que mi esperada llegada le había abierto le excitó mucho, y había empezado la juerga demasiado temprano. Pero me enteré por su mujer, que parece una persona decente, que Snelling no es más que el ayudante de Smollet, que es el responsable. Así que fui en coche a Walworth, y allí encontré al señor Joseph Smollet, en su casa, bebiendo té en el platillo de la taza. Es un tipo respetable, inteligente, una clase de trabajador claramente bueno y fiable, con buena cabeza. Recordaba todos los detalles referentes al incidente de los cajones; consultó un portentoso cuaderno extraordinariamente sobado, que sacó de un misterioso receptáculo de la parte posterior de sus pantalones, y que contenía notas jeroglíficas escritas con lápiz grueso, ya medio borradas, y me informó sobre el destino de los cajones. Según me dijo, había seis en el carro que él condujo desde Carfax y que dejó en el 197 de Chicksand Street, Mile End New Town, y otros seis que depositó en Jamaica Lane, Bermondsey. Si la intención del conde es desperdigar estos refugios por todo Londres, estos lugares fueron elegidos en el primer reparto de los cajones, de modo que pudiera distribuirlos mejor más adelante. La forma sistemática de haberlo llevado a cabo me hace pensar que no entra en sus propósitos limitarse a ocupar dos extremos de Londres. Ahora está instalado en la parte oriental de la zona septentrional, al este de la zona meridional y en el mismo Sur. Sin duda, su diabólico plan no excluirá el Norte y el Oeste, por no hablar de la City y del corazón del Londres elegante al Sudoeste y al Oeste. Regresé a casa de Smollet, y le pregunté si podía decirme si habían sacado más cajones de Carfax.
Su contestación fue:
—Verá, jefe, usté me ha tratao muy bien —le había dado medio soberano—, así que voy a decirle todo lo que sé. Hace cuatro noches, en la taberna, oí decir a un hombre que se llama Bloxam que él y su colega habían hecho un trabajo con el que se habían llenao de polvo en una vieja casa de Purfleet. No hay muchos trabajos así, por lo que estoy pensando que a lo mejor Sam Bloxam le puede informar.
Le pregunté si podía decirme dónde encontrar a ese hombre. Le dije que si averiguaba su dirección le daría otro soberano. Tragó el resto del té, y se puso de pie, al tiempo que decía que iba a empezar la búsqueda en ese mismo instante. Se detuvo al llegar a la puerta y dijo:
—Oiga, jefe, no tiene sentido que se quede usté aquí. A lo mejor encuentro pronto a Sam, o a lo mejor no; pero de todas formas, no estará en condiciones de contarle muchas cosas esta noche. Sam se pone muy raro cuando empina el codo. Si me da un sobre con un sello, y escribe su dirección, encontraré a Sam donde haya que encontrarlo y le enviaré la carta esta noche. Pero será mejor que vaya a buscarlo a primera hora de la mañana, porque a lo mejor si no, no lo pilla; Sam se levanta muy temprano por mucho que haya bebido la noche anterior.
Me pareció una medida práctica, así que uno de sus hijos fue a buscar un sobre y una hoja de papel; le di un penique, y le dije que se quedase con el cambio. Cuando la niña regresó, escribí mi dirección y pegué el sello. Me dirigí a casa, tras haber hecho prometer a Smollet una vez más que enviaría la carta en cuanto hubiera encontrado a Sam. Desde luego, estamos sobre su pista. Esta noche estoy cansado y necesito dormir. Mina está profundamente dormida y tiene un color demasiado pálido; tiene los ojos como de haber llorado. Pobrecilla, no me cabe duda de que la pone frenética que la mantengamos al margen, y debe de estar muy preocupada por mí y por los demás. Pero es mejor así. Es mejor que esté decepcionada y afligida que con los nervios destrozados. Los médicos tenían toda la razón al insistir en dejarla fuera de este espantoso asunto. Yo tengo que mantenerme firme, porque sobre mí ha de descansar esta carga de silencio. No mencionaré el tema delante de ella bajo ninguna circunstancia. Tal vez no sea tarea dura, después de todo, ya que ella misma se muestra reticente ante el asunto, y no ha hablado sobre el conde o sus fechorías desde que le comunicamos nuestra decisión.
2 de octubre, por la noche.—Un día largo, excitante y duro. Recibí el sobre en que yo había puesto las señas en el primer reparto de correo, con un trozo de papel sucio en el que estaba escrito, con lápiz de carpintero y letra desgarbada:

«Sam Bloxam, Korkrans, 4, Potters Court, Bartel Street, Walworth. Pregunte por el soplante».



Cuando recibí la carta estaba en la cama y me levanté sin despertar a Mina. Parecía cansada y pálida, y no se encontraba bien. Decidí no despertarla y, al volver de esta nueva búsqueda, hacer los preparativos necesarios para que regresara a Exeter. Creo que en nuestra casa, donde podrá entretenerse con las tareas diarias, estará mejor que aquí, entre nosotros y sumida en la ignorancia. Vi al doctor Seward sólo un momento, y le conté a dónde me dirigía, prometiéndole regresar lo antes posible para comunicar a los demás lo que hubiese averiguado. Fui en coche a Walworth y encontré Potter’s Court con cierta dificultad. La forma en que el señor Smollet había escrito la dirección hizo que me equivocara, ya que pregunté por Poter’s Court en lugar de Potter’s Court. Pero, una vez encontrada la dirección, no tuve dificultad en dar con la casa de huéspedes de Corcoran. Al preguntar al hombre que me abrió la puerta por el «soplante», negó con la cabeza y dijo: «No lo conozco. No hay tal persona aquí, nunca he oído hablar de él en mi puñetera vida. Y no se vaya a creer que hay nadie de esa clase viviendo aquí ni en ninguna otra parte». Saqué la carta de Smollet y, al volver a leerla, caí en la cuenta de que podía servirme de guía la lección que había aprendido con la mala ortografía de la calle.
—¿Quién es usted? —le pregunté.
—Soy el suplente —contestó.
Comprendí inmediatamente que iba por buen camino: la ortografía me había confundido una vez más. Una propina de media corona puso los conocimientos del suplente a mi servicio, y me enteré de que el señor Bloxam, que había dormido la borrachera de cerveza en casa de Corcoran la noche anterior, había ido a trabajar a Poplar a las cinco de la mañana. No pudo decirme dónde se encontraba su lugar de trabajo, aunque tenía una vaga idea de que era una especie de «almacén de lo más moderno». Con tan escasos datos tuve que dirigirme a Poplar. Ya eran las once cuando encontré una pista satisfactoria sobre tal edificio en un café, donde estaban almorzando unos trabajadores. Uno de ellos me sugirió que en Cross Angel Street estaban construyendo un «almacén frigorífico» nuevo, lo cual se adaptaba a la descripción de «almacén de lo más moderno», por lo que me dirigí inmediatamente allí. Una entrevista con un guardián malhumorado y un portero aún más malhumorado, a quienes apaciguaron unas monedas, me pusieron tras las huellas de Bloxam. Fueron a buscarlo al sugerir yo que estaba dispuesto a pagar al capataz un día de jornal por el privilegio de formularle unas preguntas referentes a un asunto privado. Era un hombre listo, aunque rudo en el habla y en los modales. Cuando le hube prometido que le pagaría la información y le hube dado un adelanto, me dijo que había hecho dos viajes entre Carfax y una casa de Piccadilly, y que había transportado de aquella casa a esta nueve grandes cajones «mu pesaos», con un carro y un caballo que habían alquilado con tal propósito. Le pregunté si podía decirme el número de la casa de Piccadilly, a lo que replicó:
—Bueno, jefe, me he olvidao del número, pero estaba unas cuantas puertas más allá de la iglesia blanca grande, o algo por el estilo, que no hace mucho tiempo que se ha construido. Era una casa vieja y llena de polvo, aunque nada en comparación con el polvo de la casa de donde sacamos aquellos condenaos cajones.
—Si las dos casas estaban vacías, ¿cómo entraron en ellas?
—El viejo que me había contratao me esperaba en la casa de Purfleet. M’ayudó a levantar los cajones y a ponerlos en el carro. Le juro a usté que es el tío más fuerte que m’echao a la cara, y eso que era un tío viejo, con bigote blanco y tan delgao que tenía que pasar dos veces pol mismo sitio p’hacer sombra.
¡Cómo me hizo estremecer aquella frase!
—Agarró un lao del cajón como si estuviese lleno de plumas, y yo sin en cambio perdiendo el resuello pa llevar el mío, y no es que yo sea un tirillas precisamente.
—¿Cómo entraron en la casa de Piccadilly?
—También estaba el viejo allí. Debió de salir y llegar antes que yo porque cuando toqué el timbre abrió la puerta y m’ayudó a llevar los cajones al vestíbulo.
—¿Los nueve? —pregunté.
—Sí; era un vestíbulo grande, y estaba vacío.
Hice una nueva tentativa para enterarme de más cosas.
—¿No tenía usted una llave?
—Ni llave ni na. El viejo fue el que abrió la puerta y volvió a cerrarla cuando yo me largué. No m’acuerdo de la última vez, pero es por la cerveza.
—¿Y no recuerda el número de la casa?
—No, señor. Pero no tendrá dificultades. Es una casa alta, con fachada de piedra y un arco, y escalones empinaos hasta la puerta. Me conozco bien los escalones, después de haber subido los cajones con tres gandules que vinieron pa ganarse cuatro perras. El viejo les soltó unos chelines, y al ver que tenía tantos, pidieron más. Pero el viejo agarró a uno de ellos por los hombros y estuvo a punto de tirarlo escaleras abajo, así que todos ellos salieron corriendo y soltando tacos.
Pensé que aquella descripción sería suficiente para encontrar la casa, de modo que, tras haber pagado a mi amigo su información, me dirigí a Piccadilly. Había obtenido un nuevo conocimiento doloroso: es evidente que el conde puede manejar los cajones de tierra por sí solo. Así las cosas, el tiempo es precioso; ahora que ha distribuido los cajones por varios lugares, puede rematar su tarea en el momento que él decida sin que nadie lo vea. Despedí el coche en Piccadilly Circus y caminé en dirección Oeste; me topé con la casa descrita detrás del Junior Constitutional, y no dudé de que fuera uno de los próximos escondrijos que había preparado Drácula. La casa tenía aspecto de no haber sido habitada desde hacía tiempo. Las ventanas estaban cubiertas de polvo, y las persianas subidas. El tiempo había ennegrecido los artesonados, y la mayor parte de la pintura se había desprendido del metal. Quedaban señales de un cartel que hasta hacía poco tiempo había estado colgado del balcón; ahora estaba roto, aunque quedaban los soportes. Detrás de la barandilla del balcón había unos tableros sueltos, cuyos bordes mellados parecían blancos. Habría dado cualquier cosa por haber visto el cartel intacto, ya que tal vez me habría proporcionado algún detalle sobre el propietario de la casa. Recordé mi experiencia de la búsqueda y adquisición de Carfax, y se me ocurrió la idea de que si lograba encontrar al antiguo propietario, quizá descubriese algún medio para entrar en la casa.
De momento, no podía obtener ninguna información quedándome en Piccadilly, ni podía hacer nada, de modo que me dirigí a la parte trasera para comprobar si podía averiguar algo desde ese lado. Las caballerizas se encontraban en plena actividad, pues la mayoría de las casas de Piccadilly estaban ocupadas. Pregunté a algunos palafreneros y criados con los que me crucé si podían decirme algo acerca de la casa vacía. Uno de ellos me informó de que había oído decir que la habían comprado recientemente, pero no sabía quién. Y añadió que hasta hacía muy poco tiempo había habido un letrero que indicaba que estaba en venta y que tal vez pudieran darme alguna información los agentes inmobiliarios Mitchell e Hijos & Candy, ya que creía recordar haber visto el nombre de aquella empresa en el rótulo. No quise aparentar demasiado interés, ni dejar que mi informante supiera o adivinara demasiado, por lo que, tras darle las gracias de la forma habitual, me alejé de aquel lugar. Como ya empezaba a oscurecer y se aproximaba la caída de la noche otoñal, no perdí más tiempo. Tras haber obtenido la dirección de Mitchell e Hijos & Candy en una guía comercial del Berkeley, pronto me encontré en su despacho de Sackville Street.
El caballero que me recibió era particularmente amable, pero, en la misma medida, poco comunicativo. Tras haberme dicho que la casa de Piccadilly —que durante toda nuestra conversación insistió en llamar «mansión»— había sido vendida, consideró concluido el asunto que me había llevado allí. Al preguntarle quién la había adquirido, abrió un poco más los ojos e hizo una pausa, que duró unos segundos, antes de replicar:
—Está vendida, señor.
—Perdóneme —contesté con igual cortesía—, pero tengo razones muy especiales para querer saber quién la ha adquirido.
De nuevo hizo una pausa, más larga en esta ocasión, y elevó las cejas aún más.
—Está vendida, señor —fue de nuevo su lacónica respuesta.
—Pero supongo que no le importará que yo sepa quién ha sido el comprador —dije.
—Sí me importa —replicó—. Los asuntos de los clientes de Mitchell e Hijos & Candy están completamente seguros en manos de esta empresa.
A todas luces, era un pedante de primera categoría, y de nada habría servido discutir con él. Pensé que lo mejor sería meterme en su propio terreno, por lo que le dije:
—Caballero, sus clientes tienen mucha suerte al poseer un guardián tan decidido de sus intereses. Yo también soy profesional —le di mi tarjeta—. En este caso, no es la curiosidad lo que me mueve; vengo de parte de lord Godalming, quien desea conocer algunos detalles referentes a la casa que, según sus informes, estaba en venta últimamente.
Mis palabras dieron un cariz diferente al asunto. Aquel hombre dijo:
—Me gustaría complacerle si fuera posible, señor Harker, y me gustaría especialmente complacer a su señoría. En una ocasión nos encargamos de un asunto suyo, referente al alquiler de un pequeño piso cuando todavía era el honorable Arthur Holmwood. Si es tan amable de darme la dirección de su señoría, consultaré esta cuestión con la empresa y, sea cual fuere el resultado, me pondré en comunicación con su señoría por el correo de esta noche. Será un placer proporcionar a su señoría la información que desea si podemos romper nuestras normas.
Quería asegurarme un amigo, no crearme un enemigo, por lo que le di las gracias, le proporcioné la dirección del doctor Seward y me marché. Ya había oscurecido, y tenía hambre y me sentía cansado. Tomé una taza de té en la Aërated Bread Company y cogí el siguiente tren a Purfleet.
Los demás estaban en casa. Mina parecía cansada y pálida, pero hizo un valeroso esfuerzo por estar animada y alegre; se me encogió el corazón al pensar que tenía que ocultarle algo y que por ello le causaba inquietud. Gracias a Dios, esta será la última noche en que sea simple espectadora de nuestras deliberaciones y en que sienta la espina de nuestra falta de confianza. Necesité todo mi valor para mantener la prudente decisión de alejarla de nuestra lóbrega tarea. Parece haberse conformado; o tal vez sea que siente repugnancia por el tema, porque, cuando se hace alguna alusión accidentalmente, se estremece. Me alegro de que tomáramos esta decisión a su debido tiempo, ya que con esos sentimientos nuestros conocimientos crecientes serían una tortura para ella.
Como no podía hablar a los demás de mis descubrimientos del día hasta que nos quedáramos solos, después de la cena —seguida por un poco de música, para salvar las apariencias, aun entre nosotros—, llevé a Mina a su habitación y la dejé para que se acostara. La pobre muchacha estuvo más afectuosa conmigo que nunca, y se colgó de mi cuello como si quisiera retenerme; pero yo tenía mucho que contar y me marché. Gracias a Dios, el haber dejado de confiárnoslo todo no ha cambiado nada entre nosotros.
Cuando volví a bajar, encontré a los demás reunidos en el despacho, junto al fuego. En el tren había escrito en mi diario, y me limité a leerlo en voz alta, pues me pareció el mejor medio para poner en su conocimiento la información que había obtenido. Cuando terminé, Van Helsing dijo:
—Ha sido un gran día de trabajo, amigo Jonathan. Sin duda estamos tras las huellas de los cajones que faltan. Si encontramos todos en esa casa, entonces nuestro trabajo se acerca al final. Pero si faltan algunos, debemos buscar hasta encontrarlos. Entonces daremos el coup[60] final y perseguiremos al malvado hasta la muerte.
Estábamos todos sentados y en silencio, cuando el señor Morris dijo bruscamente:
—Una cosa. ¿Cómo vamos a entrar en esa casa?
—Entramos en la otra —respondió vivamente lord Godalming.
—Pero, Art, esto es diferente. En Carfax forzamos la puerta porque contábamos con la noche y un parque amurallado como protección. Será completamente distinto entrar como ladrones en Piccadilly, tanto de día como de noche. Confieso que no sé cómo vamos a entrar, a no ser que ese tipo encantador de la agencia nos dé una llave. Quizá lo sepamos cuando recibas su carta mañana.
Lord Godalming frunció el ceño; se puso de pie y empezó a pasear por la habitación. Se detuvo poco a poco y dijo, mirándonos uno a uno:
—Quincey tiene mucha razón. Esto de forzar puertas empieza a ponerse feo. Una vez nos ha salido bien; pero ahora tenemos entre manos un asunto muy extraño, a menos que encontremos el llavero del conde.
Como no podía hacerse nada hasta la mañana siguiente, y como era aconsejable esperar a que lord Godalming recibiese noticias de la agencia de Mitchell, decidimos no dar ningún paso hasta la hora del desayuno. Nos quedamos sentados y fumando durante un buen rato, discutiendo el tema en sus diversos aspectos y perspectivas, y yo aproveché la oportunidad para poner al corriente mi diario. Tengo mucho sueño, y me voy a la cama…
Solo unas palabras más. Mina duerme profundamente y su respiración es regular. Tiene la frente contraída en pequeñas arrugas, como si pensara mientras duerme. Aún está demasiado pálida, pero no tiene tantas ojeras como esta mañana. Espero que mañana se arregle todo; estará más a gusto en casa, en Exeter. ¡Vaya, qué sueño tengo!

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



1 de octubre.—Otra vez me encuentro completamente confuso respecto a Renfield. Sus estados de ánimo cambian con tal rapidez, que resulta difícil captarlos, y como siempre se relacionan con algo más que su simple bienestar, constituyen un estudio realmente interesante. Esta mañana, cuando fui a verlo, después de haber rechazado a Van Helsing, su actitud era la de un hombre dueño de su destino. De hecho, era dueño de su destino, subjetivamente hablando. No le importaba nada meramente terrenal, estaba en las nubes y desde allí miraba todas las debilidades y necesidades de los pobres mortales. Pensé que podía aprovechar la ocasión para aprender algo, y le pregunté:
—¿Qué piensa ahora de las moscas?
Me sonrió con aire de superioridad —una sonrisa propia del rostro de Malvolio[61]— y contestó:
—Estimado señor, la mosca posee un rasgo curioso: sus alas son típicas de los poderes aéreos de las facultades psíquicas. ¡Los antiguos tenían razón al clasificar el alma como una mariposa!
Como quería llevar su analogía a sus últimas consecuencias lógicas, le repliqué vivamente:
—Ah, entonces lo que busca ahora es un alma, ¿no es así?
La locura dominaba a su razón, y una expresión de confusión se extendió por su rostro. Negó con la cabeza, con una resolución que pocas veces había observado en él, y dijo:
—¡No, no! No quiero almas. Todo lo que quiero es vida —al llegar aquí su mirada se hizo más brillante—. Me es indiferente de momento. La vida está bien; tengo toda la que deseo. ¡Si quiere estudiar zoofagia, tendrá que buscarse un nuevo paciente, doctor!
Sus palabras me dejaron un tanto confuso, pero proseguí:
—Entonces usted es dueño de la vida. ¿He de suponer que es un dios?
—¡Oh, no! No tengo la menor intención de arrogarme los atributos de la deidad. Ni siquiera me interesan sus actos espirituales. ¡Para definir mi posición intelectual, me encuentro, en lo que se refiere a las cosas puramente terrenales, en el lugar que ocupaba espiritualmente Enoc[62]!
Esto me planteó un difícil problema, ya que en ese momento no recordaba el papel de Enoc. Por tanto, tuve que formularle una pregunta sencilla, aunque sabía que así me rebajaba a los ojos del loco:
—¿Y por qué Enoc?
—Porque andaba con Dios.
No entendí la analogía, pero no quería admitirlo. Me remití a lo que Renfield había negado:
—De modo que no le interesa la vida y no quiere almas. ¿Por qué no?
Le formulé la pregunta con rapidez y cierta seriedad, con el propósito de desconcertarlo. Dio resultado, pues por un instante recayó en su antigua actitud servil, se inclinó ante mí y me dijo en tono humilde:
—¡No quiero almas, efectivamente! No las quiero. Si las poseyera, no podría utilizarlas, no me servirían de nada. No podría comerlas, ni… —se detuvo bruscamente, y en su rostro apareció la antigua expresión de astucia, como un soplo de viento que barriese la superficie del agua—. Y con respecto a la vida, doctor, ¿qué es, al fin y al cabo? Cuando se ha logrado todo lo que se necesita y se sabe que ya no se quiere nada más, ahí acaba todo. Tengo amigos, buenos amigos, como usted, doctor Seward —dijo estas palabras con una mirada de inexpresable astucia—. ¡Sé que nunca me faltarán medios de vida!
Creo que a través de la niebla de su locura percibía en mí cierto antagonismo, porque inmediatamente se acogió al último refugio de los de su especie: un obstinado silencio. Al poco tiempo comprendí que de momento era totalmente inútil seguir hablando con él. Estaba hosco y me marché.
Más tarde envió recado de que fuera a verle. Normalmente, no habría ido sin un motivo especial, pero en estos momentos me interesa tanto, que hago cualquier esfuerzo de buena gana. Además, me alegro de tener algo que me ayude a pasar el tiempo. Harker ha salido a hacer ciertas averiguaciones, y lo mismo ocurre con lord Godalming y Quincey. Van Helsing está en mi despacho, absorto en el estudio del informe redactado por los Harker. Al parecer, piensa que encontrará alguna pista conociendo con exactitud todos los detalles. No desea que lo interrumpan sin una buena razón. Le habría llevado conmigo a ver al paciente, pero pensé que tal vez no quisiera venir después de la acogida que le había dispensado Renfield. Además, tengo otro motivo: es posible que Renfield no hable con tanta libertad si hay una tercera persona.
Lo encontré sentado en medio de la habitación, en una banqueta, postura que por lo general indica una cierta energía mental por su parte. Al entrar yo, dijo inmediatamente, como si la pregunta hubiese estado esperando en sus labios:
—¿Qué piensa de las almas?
Evidentemente mi conjetura era cierta. La actividad mental inconsciente estaba en funcionamiento a pesar de ser un loco. Decidí acabar con aquel asunto.
—¿Qué piensa usted de ellas? —le pregunté.
No contestó inmediatamente, sino que miró a su alrededor y arriba y abajo, como si esperase encontrar inspiración para su respuesta.
—¡No quiero almas! —dijo débilmente en tono de disculpa.
Aquel tema parecía obsesionarlo, por lo que decidí utilizarlo, «ser cruel solamente para ser amable»[63]. Dije:
—¿Le gusta la vida y quiere vida?
—¡Sí! Pero todo eso está bien. ¡No tiene por qué preocuparse!
—¿Pero cómo puede obtener la vida sin el alma? —pregunté.
Como, al parecer, mi pregunta lo había dejado perplejo, continué:
—Llegará un buen día en que vuele usted por ahí, con las almas de miles de moscas y arañas y pájaros y gatos zumbando y piando y maullando a su alrededor. ¡Tiene sus vidas, y tendrá que adaptarse a sus almas!
Algo debió de despertarse en su imaginación, porque se puso las manos en los oídos y cerró los ojos, apretándolos muy fuerte, como un niño cuando le enjabonan la cara. En su gesto había algo patético que me conmovió. También me sirvió de lección, porque se me antojó que ante mí había un niño, solo un niño, aunque los rasgos estuvieran avejentados y la barba de varios días fuese blanca. Era evidente que sufría un proceso de perturbación mental, y al saber de qué modo había interpretado cosas aparentemente ajenas a él en sus estados de ánimo anteriores, pensé en entrar en su mente con los medios a mi alcance para seguir su proceso mental. Como el primer paso consistía en recobrar su confianza, le pregunté, en voz muy alta para que me oyera, pues seguía con los oídos tapados:
—¿Quiere azúcar para atraer a las moscas?
Se espabiló inmediatamente y negó con la cabeza. Replicó, con una carcajada:
—¡No mucha! ¡Después de todo, las moscas son seres sin importancia!
Tras una pausa, añadió:
—Pero tampoco quiero que sus almas zumben a mi alrededor.
—Ni las de las arañas —proseguí.
—¡Malditas arañas! ¿Para qué sirven las arañas? No se pueden comer ni… —se detuvo bruscamente, como si hubiese recordado un tema prohibido.
«¡Vaya, vaya! —pensé—. Es la segunda vez que se interrumpe ante la palabra “beber”. ¿Qué significará esto?».
Renfield parecía consciente de haber cometido un lapsus, porque se apresuró a decir, como para distraerme:
—Estas cosas no me interesan en absoluto. Ratas y ratones y demás animalitos[64], como dice Shakespeare, son pan comido. Ya he superado todas esas tonterías. Lo mismo sería pedirle a un hombre que comiese moléculas con palillos que interesarme a mí en carnívoros inferiores sabiendo lo que tengo ante mí.
—Comprendo —dije—. ¿Quiere cosas grandes para meterles el diente? ¿Le gustaría desayunar elefante?
—¡Qué ridiculeces dice!
Como se estaba espabilando mucho, pensé que era el momento de presionarlo.
—Me pregunto —dije en tono reflexivo— cómo será el alma de un elefante.
Obtuve el resultado que deseaba, porque inmediatamente cayó de las alturas y volvió a ser un niño.
—¡No quiero el alma de un elefante, ni ningún alma! —dijo.
Se quedó sentado durante unos momentos, abatido. De repente se puso de pie, con los ojos centelleantes y todos los signos de una excitación cerebral intensa.
—¡Váyanse al infierno usted y todas sus almas! —gritó—. ¿Por qué viene a molestarme con las almas? ¡Como si no tuviera ya suficientes cosas con que preocuparme y apenarme y distraerme sin necesidad de pensar en las almas!
Parecía tan hostil, que llegué a pensar si no estaría a punto de sufrir otro acceso homicida, por lo que toqué el silbato. En el mismo instante en que lo hice se calmó y me dijo en tono de excusa:
—Perdóneme, doctor. No he podido controlarme. No necesitará ayuda. Estoy tan preocupado, que en seguida me irrito. Si usted conociera el problema con el que tengo que enfrentarme, y que estoy tratando de resolver, se apiadaría de mí y me perdonaría. Por favor, no me ponga una camisa de fuerza. Quiero pensar, y no puedo hacerlo libremente estando atado. ¡Estoy seguro de que me comprende!
Como había recobrado el autocontrol, cuando llegaron los celadores les dije que no se preocuparan, y se retiraron. Renfield los observó mientras salían; cuando la puerta estuvo cerrada, dijo con gran dulzura y dignidad:
—Doctor Seward, ha sido usted muy bondadoso conmigo. ¡Créame, le estoy sumamente agradecido!
Me pareció conveniente dejarlo en ese estado de ánimo y me marché. Sin duda, la situación de este hombre da pie a la reflexión. Existen varios puntos que contribuyen a formar lo que un entrevistador americano llamaría «una historia», con tal de colocarlos en el orden adecuado. Son los siguientes:
No menciona la palabra «beber».
Teme la idea de cargarse con el «alma» de cualquier cosa.
No tiene miedo a necesitar «vida» en un futuro.
Detesta las formas inferiores de vida, aunque teme ser perseguido por sus almas.
¡Lógicamente, todos estos datos apuntan en una dirección! Tiene la certeza de que va a adquirir una vida más elevada. Teme las consecuencias: la carga de un alma. ¡Entonces, lo que desea es una vida humana!
¿Y esa certeza…?
¡Dios misericordioso! ¡Es víctima del conde, y nos espera un nuevo plan terrorífico!
Más tarde.—Después de la ronda fui a ver a Van Helsing y le conté mis sospechas. Se puso muy serio, y tras reflexionar durante un rato me pidió que lo llevase a ver a Renfield. Así lo hice. Al acercarnos a la puerta oímos cantar al loco alegremente en la habitación, como hacía en otro tiempo que ahora parece tan lejano. Al entrar, vimos con sorpresa que había puesto azúcar en la ventana, como en los viejos tiempos. Las moscas, aletargadas por el otoño, empezaban a zumbar por la habitación. Intentamos hacerle hablar sobre el tema de nuestra anterior conversación, pero no hizo caso. Continuó cantando como si no hubiésemos estado allí. Tenía un trozo de papel, que doblaba para darle forma de cuaderno. Tuvimos que marcharnos en el mismo estado de ignorancia en que habíamos llegado.
En verdad que es el suyo un caso curioso; esta noche debemos vigilarlo.

CARTA DE MITCHELL E HIJOS & CANDY A LORD GODALMING



1 de octubre
Milord:
En todo momento nos es grato complacerle en sus deseos. Tenemos la satisfacción de proporcionarle la siguiente información referente a la venta y adquisición de la finca sita en el número 347 de Piccadilly, con lo cual creemos responder a la curiosidad de su señoría. Ha sido vendida por los albaceas del difunto señor Archibald Winter-Suffield. El comprador es un noble extranjero, el conde de Ville, que realizó la compra personalmente, y pagó «en dinero contante y sonante», si su señoría perdona que utilicemos una expresión tan vulgar. Aparte de esto, no sabemos nada en absoluto respecto a ese caballero.
Rogamos a su señoría que nos considere sus humildes servidores,

MITCHELL E HIJOS & CANDY



DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



2 de octubre.—Anoche aposté a un hombre en el pasillo, y le dije que tomase nota exacta de cualquier sonido que oyese procedente de la habitación de Renfield. Asimismo le di órdenes de que me llamase si ocurría algo extraño. Después de la cena, cuando estábamos todos reunidos en torno a la chimenea del despacho —la señora de Harker ya se había acostado—, discutimos las actividades y descubrimientos del día. Harker era el único que había conseguido algún resultado, y hemos concebido grandes esperanzas de que las pistas que ha hallado sean importantes.
Antes de acostarme fui a la habitación del paciente y me asomé por la mirilla de observación. Dormía profundamente, y su pecho subía y bajaba con una respiración regular.
Esta mañana el vigilante me ha informado de que un poco después de medianoche el paciente empezó a inquietarse y a rezar en voz alta. Le pregunté que si eso era todo; replicó que eso era todo lo que había oído. En su actitud había algo que despertó mis sospechas, y le pregunté de sopetón si se había quedado dormido. Lo negó, pero admitió haber dado «alguna cabezada». Es una lástima que no pueda confiarse en los hombres a no ser que se los vigile.
Harker ha salido hoy a seguir la pista que había encontrado, y Art y Quincey han ido a buscar caballos. Godalming piensa que es aconsejable tener unos caballos siempre a punto, ya que cuando recibamos la información que buscamos no habrá tiempo que perder. Tenemos que esterilizar toda la tierra importada entre el amanecer y la puesta del sol; así sorprenderemos al conde en su momento más débil, y sin ningún refugio al que huir.
Van Helsing ha ido al Museo Británico a consultar ciertos textos sobre medicina antigua. Los médicos antiguos tuvieron en cuenta cosas que sus descendientes no aceptan, y el profesor anda en busca de ciertos remedios contra brujas y demonios que tal vez nos resulten útiles más adelante.
A veces pienso que estamos todos locos y que recobraremos la cordura embutidos en camisas de fuerza.
Más tarde.—Hemos celebrado otra reunión. Según parece, nos encontramos en el buen camino, y tal vez nuestro trabajo de mañana sea el principio del fin. Me pregunto si la calma de Renfield guardará alguna relación con esto. Sus estados de ánimo están tan ligados a las acciones del conde, que tal vez intuya sutilmente la próxima destrucción del monstruo. Si pudiéramos tener algún indicio de lo que ha pasado por su mente entre mi discusión con él y la reanudación de la caza de moscas, tal vez nos proporcionaría alguna pista. Aparentemente está tranquilo… ¿Pero lo está? Ese grito salvaje parece provenir de su habitación…
El celador ha entrado como una exhalación en mi habitación para decirme que Renfield ha sufrido un accidente. Lo había oído gritar y cuando entró en su habitación lo encontró tendido en el suelo, boca abajo, completamente cubierto de sangre. Tengo que ir inmediatamente…

Capítulo XXI

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



3 de octubre.—Voy a anotar con exactitud todo lo que ha ocurrido, en la medida en que pueda recordarlo, desde la última vez que escribí en este diario. No debo olvidar ni un solo detalle que recuerde; tengo que actuar con toda calma.
Al entrar en la habitación de Renfield lo encontré tendido en el suelo, sobre el costado izquierdo, rodeado de un reluciente charco de sangre. Al tratar de moverlo, observé que había recibido unas heridas terribles; la posición de su cuerpo no parecía responder a la unidad que caracteriza incluso un estado letárgico normal. Como la cara quedaba al descubierto, vi que estaba llena de magulladuras, como si la hubiesen golpeado contra el suelo; de hecho, el charco de sangre provenía de la cara. Al darle la vuelta me dijo el celador, que estaba arrodillado junto a él:
—Señor, yo creo que tiene la espalda rota. Vea, tiene el brazo y la pierna derecha y un lado de la cara paralizados.
Al celador le sorprendía indeciblemente que pudiera haber ocurrido semejante cosa. Parecía perplejo, y frunció el ceño al decir:
—No comprendo cómo pueden haber pasado las dos cosas a la vez. Puede haberse hecho esas señales en la cara golpeándose él mismo la cabeza contra el suelo. Se lo vi hacer a una joven en el manicomio de Eversfield, sin que nadie pudiera evitarlo. Y supongo que se habrá roto la espalda al caerse de la cama, si estaba en mala postura. Pero a fe mía que no se me ocurre cómo han ocurrido las dos cosas. Si tenía la espalda rota, no pudo golpearse la cabeza; y si tenía la cara así antes de caerse de la cama, habrían quedado señales.
Le dije:
—Vaya a decirle al doctor Van Helsing que tenga la bondad de venir inmediatamente. Quiero que se presente sin mayor dilación.
El hombre salió a la carrera, y al cabo de pocos minutos apareció el profesor en bata y zapatillas. Al ver a Renfield en el suelo, lo miró intensamente y después se volvió hacia mí. Creo que leyó mis pensamientos en mis ojos, porque dijo quedamente, a todas luces para que lo oyese el celador:
—¡Ah, es un desgraciado accidente! Necesitará muchos cuidados, y mucha atención. Me quedaré con usted yo mismo; pero primero me vestiré. Si sigue aquí, me reuniré con usted dentro de unos minutos.
El paciente tenía respiración estertorosa, y no era difícil ver que había sufrido unas heridas terribles. Van Helsing regresó con extraordinaria rapidez, provisto de un estuche quirúrgico. Evidentemente había estado reflexionando y había llegado a una conclusión, pues, casi antes de haber examinado al paciente, me susurró:
—Haga que se marche el celador. Debemos estar a solas con él cuando recobre el conocimiento después de la operación.
Dije al celador:
—Creo que ya es suficiente, Simmons. De momento, hemos hecho todo lo posible. Será mejor que prosiga su ronda, ya que el doctor Van Helsing va a operar. Comuníqueme inmediatamente cualquier incidente fuera de lo normal.
El celador se retiró, y procedimos a un cuidadoso examen del paciente. Las heridas de la cara eran superficiales; el verdadero daño consistía en una fractura del cráneo, que se extendía verticalmente por la zona motora. El profesor se quedó pensando unos momentos y dijo:
—Debemos reducir la presión arterial y hacerle volver a las condiciones normales en la medida de lo posible; la rapidez de la sufusión indica la terrible naturaleza del daño que ha sufrido. Parece afectada toda la zona motora. La sufusión del cerebro aumentará rápidamente, así que debemos trepanar de inmediato, o será demasiado tarde.
Mientras pronunciaba estas palabras, llamaron suavemente a la puerta. Fui hasta ella, la abrí, y en el pasillo encontré a Arthur y a Quincey, en pijama y zapatillas. Aquél dijo: —Oí al vigilante llamar al doctor Van Helsing y decirle que había ocurrido un accidente. Desperté a Quincey, o más bien lo llamé, porque no estaba dormido. En estos días pasan demasiadas cosas extrañas para que ninguno de nosotros pueda dormir profundamente. He estado pensando que mañana por la noche ya no veremos las cosas como han sido. Tendremos que mirar un poco más hacia adelante que hasta ahora. ¿Podemos entrar?
Asentí y mantuve la puerta abierta hasta que hubieron entrado; después la cerré. Al ver la postura y el estado del paciente y notar el horrible charco que había en el suelo, Quincey dijo suavemente:
—¡Dios mío! ¿Qué le ha pasado? ¡Pobre hombre!
Se lo expliqué brevemente, y añadí que esperábamos que recobrase el conocimiento tras la operación, al menos durante un buen rato. Se sentó en el borde de la cama, junto a Godalming; todos observamos, pacientes.
—Esperaremos lo suficiente para encontrar el mejor sitio para trepanar, para quitar lo más rápida y perfectamente los coágulos de sangre. Es evidente que la hemorragia va en aumento —dijo Van Helsing.
Esperamos unos minutos, que transcurrieron con tremenda lentitud. Yo tenía el corazón encogido, y por la expresión de Van Helsing deduje que este experimentaba cierto temor o aprensión por lo que ocurriría a continuación. Sentía temor a lo que Renfield fuera a decir. Me daba verdadero miedo pensar; pero estaba seguro de lo que iba a suceder, como he leído en algún sitio que ha ocurrido a los hombres que han oído el reloj de la muerte. Aquel pobre hombre respiraba entrecortadamente. A cada momento parecía que iba a abrir los ojos y a hablar; pero lo que hacía era respirar estertorosamente y caer en una insensibilidad más aguda. A pesar de estar acostumbrado a los enfermos y a la muerte, aquella incertidumbre me angustiaba cada vez más. Casi oía los latidos de mi corazón; y la sangre que subía en oleadas a mis sienes sonaba como golpes de martillo. Finalmente, el silencio se hizo agónico. Miré a mis compañeros, uno tras otro, y por sus rostros sonrojados y sus frentes húmedas supe que ellos padecían igual tortura. Sobre todos nosotros había descendido una incertidumbre expectante, como si una campana pavorosa fuera a tañer por encima de nuestras cabezas cuando menos lo esperásemos.
En un momento determinado se puso de manifiesto el estado crítico del paciente; podía morir en cualquier instante. Miré al profesor y observé que sus ojos estaban fijos en mí. Su expresión era grave al decir:
—No hay tiempo que perder. Tal vez sus palabras salven muchas vidas; eso he estado pensando. ¡Es posible que haya un alma en juego! Vamos a operar justo por encima de la oreja.
Sin añadir palabra llevó a cabo la operación. La respiración siguió siendo estertorosa durante unos momentos. Después se oyó una aspiración tan prolongada que pareció que iba a rasgarle el pecho. De repente se le abrieron los ojos y se quedaron fijos, con una mirada asustada y desamparada, que duró unos cuantos segundos. Después se suavizó, para dar paso a una alegre sorpresa, y sus labios dejaron escapar un suspiro de alivio. Se movió convulsivamente, al tiempo que decía:
—Me quedaré quieto, doctor. Dígales que me quiten la camisa de fuerza. He tenido una terrible pesadilla, que me ha dejado tan débil que no puedo moverme. ¿Qué me ha pasado en la cara? Está toda hinchada y me escuece horriblemente.
Intentó girar la cabeza, pero con el esfuerzo sus ojos se pusieron vidriosos otra vez, así que la volví a su posición anterior con dulzura. Van Helsing le dijo en tono grave y tranquilo:
—Cuéntenos su sueño, señor Renfield.
Al oír la voz del profesor, el rostro del paciente se iluminó, a pesar de las heridas, y dijo:
—Es usted, doctor Van Helsing. Es usted muy bondadoso por estar aquí. Deme un poco de agua; tengo los labios secos. Después intentaré contárselo. He soñado… —se detuvo y pareció que iba a perder el conocimiento.
Le dije en voz baja a Quincey:
—El coñac…; está en mi despacho. ¡Rápido!
Salió de la habitación apresuradamente y volvió con una copa, la botella de coñac y una garrafa de agua. Humedecimos los labios resecos y el paciente se reanimó rápidamente. Al parecer, su pobre cerebro dañado había estado en funcionamiento durante aquel intervalo, ya que, al recobrar el conocimiento, me dirigió una mirada penetrante, llena de confusión y angustia, que no olvidaré jamás, y dijo:
—No debo engañarme; no ha sido un sueño, sino una espantosa realidad.
Sus ojos vagaron por la habitación; al ver a las dos figuras que estaban pacientemente sentadas en el borde de la cama, prosiguió:
—Si no estuviera seguro aún, lo sabría por ellos.
Sus ojos se cerraron un instante; no por el dolor o el sueño, sino por propia voluntad, como si quisiera concentrarse. Al abrirlos dijo apresuradamente, y con mayor energía de la que hasta entonces había mostrado:
—¡Rápido, doctor, rápido; me muero! Siento que solo me quedan unos minutos. Después tendré que regresar a la muerte… ¡o a algo peor! Mójeme los labios con coñac. Antes de morir tengo que decir algo; o antes de que muera mi pobre cerebro destrozado. ¡Gracias! Fue aquella noche, cuando le imploré que me dejara marchar. Entonces no podía hablar, porque sentía que mis labios estaban sellados; pero estaba tan cuerdo, excepto en ese sentido, como ahora. Estuve realmente desesperado después de que usted me dejara, durante mucho tiempo; a mí se me antojaron horas. Después me invadió una paz súbita. Mi cerebro volvió a quedarse tranquilo, y caí en la cuenta de dónde me encontraba. ¡Oí ladrar a los perros detrás de nuestra casa, pero no donde Él estaba!
Mientras Renfield hablaba, Van Helsing no parpadeó; extendió la mano, cogió la mía, y la apretó con fuerza. Pero no se traicionó; asintió ligeramente y dijo en voz baja:
—Continúe.
Renfield prosiguió:
—Llegó hasta la ventana, en medio de la bruma, como ya le había visto hacer antes; pero en esta ocasión era sólido, no un fantasma, y en sus ojos había una expresión de furia, como la de un hombre iracundo. Reía con su boca roja; al volver la cabeza para mirar hacia los árboles, de donde provenían los ladridos de los perros, sus afilados dientes blancos emitieron un destello a la luz de la luna. Al principio no le pedí que entrase, aunque sabía que él quería hacerlo; quería entrar desde hacía tiempo. Entonces empezó a prometerme cosas, no con palabras, sino con actos.
El profesor le interrumpió con una pregunta.
—¿Cómo?
—Haciendo que ocurrieran esas cosas, como con las moscas: él las enviaba a mi habitación cuando brillaba el sol. Moscas grandes y gordas, con acero y zafiros en las alas; y grandes mariposas nocturnas con calaveras y huesos cruzados en el lomo.
Van Helsing asintió al susurrarme inconscientemente:
—¡La Acherontia atropos de la esfinge, lo que ustedes llaman la «mariposa de la cabeza de la muerte»[65]!
El paciente prosiguió, sin pausa:
—Entonces susurró: «¡Ratas, ratas, ratas! Cientos, miles, millones, y cada una de ellas una vida, y también perros, para comérselos, y gatos. ¡Todos vivos! ¡Todo sangre roja, con años de vida y no solamente moscas zumbonas!». Yo me reí de él, porque quería ver qué podía hacer. Entonces empezaron a aullar los perros detrás de los oscuros árboles de su casa. Me hizo señas para que me asomara a la ventana. Me levanté y miré. Él alzó las manos como si gritara sin utilizar palabras. Una oscura masa se extendió por la hierba y avanzó como la silueta de una lengua de fuego; y entonces Él movió la bruma a derecha e izquierda, y comprobé que había miles de ratas con rojos ojos centelleantes, como los suyos, solo que más pequeños. Levantó la mano, y las ratas se detuvieron; parecía decirme: «¡Te daré todas estas vidas, y muchas más, y más grandes, durante siglos incontables, si te arrodillas ante mí y me adoras!»[66] Y entonces se cerró sobre mis ojos una nube roja, del color de la sangre, y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía, me sorprendí abriendo la ventana y diciéndole: «¡Entra, señor y maestro!». Las ratas habían desaparecido, pero él se deslizó en la habitación por el marco corredizo de la ventana, a pesar de que solo lo había abierto una pulgada, al igual que la luna entra a veces por la grieta más minúscula y se presenta ante mí en toda su grandeza y esplendor.
Como su voz se debilitaba, volví a humedecerle los labios con coñac, y siguió hablando; pero me dio la impresión de que su memoria había seguido funcionando durante aquel intervalo, pues su narración había avanzado. Estaba a punto de decirle que volviera a lo anterior, cuando Van Helsing me susurró:
—Déjele continuar. No le interrumpa; no puede retroceder, y tal vez no pueda proseguir si pierde el hilo de sus pensamientos.
Renfield continuó diciendo:
—Esperé noticias suyas durante todo el día, pero no me envió nada, ni tan siquiera una moscarda, y cuando salió la luna yo estaba muy enfadado con él. Cuando se deslizó por la ventana, a pesar de estar cerrada, y de que ni siquiera llamó, enloquecí. Se burló de mí, y su rostro blanco apareció en la bruma, con los rojos ojos relucientes, y empezó a moverse como si todo esto le perteneciera y yo no fuera nadie. Ni siquiera tenía el mismo olor que de costumbre cuando pasó a mi lado. Llegué a pensar que la señora Harker había entrado en la habitación.
Los dos hombres que estaban sentados en el borde de la cama se pusieron en pie y se acercaron a Renfield, se quedaron detrás de él para que no los viese y para oír mejor. Ambos guardaban silencio, pero el profesor dio un respingo y se estremeció; la expresión de su rostro se tornó más grave y lóbrega. Renfield prosiguió, sin percatarse:
—Cuando la señora Harker vino a verme esta tarde, no era la misma, era como un té aguado.
Al oír estas palabras, todos nos movimos inquietos, pero nadie dijo nada. Renfield prosiguió:
—Yo no sabía que estaba aquí hasta que me habló, y no parecía la misma. No me interesan las personas pálidas; me gusta que tengan mucha sangre, y al parecer, la de la señora Harker había desaparecido por completo. En ese momento no caí en la cuenta; pero cuando se marchó me puse a pensar, y me enloqueció la idea de que Él le estuviese quitando la vida —sentí que los demás se estremecían, igual que yo; pero permanecimos inmóviles—. Por eso, cuando Él vino esta noche, yo estaba preparado. Vi cómo se colaba la niebla, y la agarré con fuerza. He oído decir que los locos tienen una fuerza poco común; y como sé que estoy loco, por lo menos a veces, decidí utilizar mis poderes. Pero, ay, Él también lo sabía, porque tuvo que salir de la bruma para luchar contra mí. Yo me mantuve firme, y pensaba que iba a vencer, porque no quería que Él le quitase más vida a la señora Harker, hasta que vi sus ojos. Me quemaban, y mi fortaleza se tornó agua. Se deslizó a través de ella, y cuando intenté asirlo, me levantó y me tiró al suelo. Ante mí flotaba una nube roja, y un ruido como el trueno, y la bruma desapareció por debajo de la puerta.
Su voz se hacía cada vez más débil, y su respiración más estertorosa. Van Helsing se puso de pie instintivamente.
—Ahora sabemos lo peor —dijo—. Está aquí, y conocemos sus intenciones. Tal vez no sea demasiado tarde. Preparémonos, lo mismo que hicimos la otra noche, pero no perdamos tiempo; no hay un instante que perder.
No hacía falta expresar nuestro temor, nuestra convicción, con palabras: todos lo compartíamos. Nos dirigimos apresuradamente a nuestras habitaciones para recoger las mismas cosas que habíamos utilizado la noche que entramos en la casa del conde. El profesor ya tenía las suyas preparadas y, al reunirnos en el pasillo, las señaló significativamente, al tiempo que decía:
—Nunca me dejan; y nunca me dejarán hasta que acabe este desgraciado asunto. También sean prudentes, amigos míos. No es un enemigo corriente al que nos enfrentamos. ¡Ay, Dios mío, que tenga que sufrir nuestra querida señora Mina!
Se calló; su voz se entrecortaba, y yo no sé si lo que predominaba en mi corazón era la ira o el terror.
Nos detuvimos ante la puerta de la habitación de los Harker. Art y Quincey también se detuvieron y este dijo:
—¿Creen que debemos molestarla?
—Sí, debemos —dijo Van Helsing severamente—. Si la puerta está cerrada, la forzaré.
—¿No la asustará terriblemente? ¡No es muy corriente irrumpir en la habitación de una dama!
—Siempre tiene razón; pero esto es vida o muerte. Todas las habitaciones son semejantes para el médico; e incluso si no lo fueran, esta noche todas son la misma para mí. Amigo John, cuando haga girar el pomo, si la puerta no se abre apoye su hombro y empuje; y ustedes también, amigos míos. ¡Ahora!
Al pronunciar esta última palabra hizo girar el pomo, pero la puerta no se abrió. Nos abalanzamos contra ella; cedió con un crujido, y casi caímos de cabeza en el interior. El profesor llegó a caerse, y mientras estaba apoyado sobre las manos y las rodillas, tratando de levantarse, miré por encima de él. Lo que vi me dejó espantado. Sentí que se me erizaba el pelo de la nuca, y creí que el corazón se me iba a paralizar.
La luna era tan brillante que a través de la gruesa persiana amarilla penetraba suficiente luz en la habitación para ver bien. En la cama, junto a la ventana, yacía Jonathan Harker, con el rostro arrebolado y la respiración pesada, como estupefacto. Arrodillada junto al borde izquierdo de la cama, mirando hacia la puerta, estaba la figura vestida de blanco de su mujer. A su lado, de pie, había un hombre alto y delgado, vestido de negro. A pesar de encontrarse de espaldas a nosotros, en el mismo instante en que lo vimos todos reconocimos al conde, en todos sus detalles, incluso la cicatriz de la frente. Sujetaba con la mano izquierda las manos de la señora Harker, para mantener los brazos separados, en tensión; con la mano derecha le asía la nuca, para obligarla a bajar la cabeza hacia su pecho. El camisón blanco de la mujer estaba cubierto de manchas de sangre, y por el desnudo pecho del hombre, que asomaba por la camisa desgarrada, discurría un fino reguero. La actitud de ambos guardaba una terrible semejanza con un niño que obligase a un gatito a meter el hocico en un plato de leche para forzarlo a beber. Al entrar precipitadamente en la habitación, el conde giró la cabeza, y de su rostro se apoderó la expresión infernal cuya descripción yo conocía. Sus ojos llameaban, rojos, con cólera diabólica, las grandes aletas de la blanca nariz aquilina se abrieron de par en par y se estremecieron; y los blancos dientes afilados, tras los sensuales labios chorreantes de sangre, rechinaban como los de una bestia salvaje. Con una sacudida arrojó a su víctima sobre la cama como si la lanzara desde un lugar elevado; se volvió y se precipitó hacia nosotros. Pero el profesor ya se había puesto de pie y alzaba hacia el conde el sobre que contenía la sagrada Hostia. Drácula se detuvo bruscamente, del mismo modo que lo había hecho Lucy a la entrada de su tumba, y retrocedió asustado. Siguió retrocediendo más y más a medida que nosotros, con los crucifijos levantados, avanzábamos hacia él. La luz de la luna se oscureció repentinamente, al surcar el cielo una gran nube negra; y cuando se elevó la luz de la lámpara de gas por obra de la cerilla que encendió Morris, no vimos más que un vapor tenue. Mientras lo contemplábamos, se deslizó por debajo de la ventana, que había vuelto a su antigua posición tras haber quedado abierta de par en par. Van Helsing, Art y yo nos acercamos a la señora Harker, que ya había recobrado el aliento y, al tiempo, había emitido un grito tan aterrador, tan agudo, tan desesperado, que pienso que seguirá sonando en mis oídos hasta el día de mi muerte. Se quedó tendida en la cama durante unos segundos, en actitud de impotencia y confusión. Su rostro estaba cadavérico, con una palidez acentuada por la sangre que manchaba sus labios, mejillas y barbilla; de su cuello manaba un fino reguero de sangre. Tenía los ojos desorbitados por el terror. Se tapó el rostro con sus pobres manos magulladas, que mostraban en su blancura las señales rojas del terrible apretón del conde, y se oyó un gemido sofocado y desolado, en comparación con el cual el grito que había lanzado antes no parecía más que la expresión rápida de una aflicción infinita. Van Helsing se acercó a ella y cubrió dulcemente el cuerpo con la colcha, en tanto que Art, tras mirarla con expresión de desesperación, salió apresuradamente de la habitación. Van Helsing me dijo en un susurro:
—Jonathan se encuentra en el estado de estupor que, según sabemos, puede provocar el vampiro. No podemos hacer nada con la pobre señora Mina hasta dentro de unos momentos, cuando se recobre. ¡Debo despertarlo!
Humedeció el extremo de una toalla con agua fría y le dio unos golpecitos en la cara, en tanto que la señora Harker con el rostro entre las manos sollozaba de una forma que partía el alma. Levanté la persiana y me asomé a la ventana. Había claro de luna; vi a Quincey Morris, que atravesaba el jardín a la carrera y se escondía a la sombra de un gran tejo. No acerté a comprender el porqué de su proceder; en ese instante oí la exclamación de Harker al recuperar parcialmente el conocimiento, y volver a la cama. Durante unos segundos pareció perplejo; de repente tomó plena conciencia de la situación y se levantó de un salto. Con tanto movimiento, su mujer se agitó y se volvió hacia él con los brazos extendidos, como para abrazarlo; pero los retiró en el mismo momento, y juntando los codos, se cubrió el rostro con las manos, y se estremeció de tal modo que la cama tembló.
—En el nombre de Dios, ¿qué significa esto? —gritó Harker—. Doctor Seward, doctor Van Helsing, ¿qué es esto? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha pasado? Mina, cariño, ¿qué te ocurre? ¿Qué significa esa sangre? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Ha llegado a esto! —y, arrodillándose, se puso a golpearse las manos como un loco—. ¡Que Dios nos ayude! ¡Que Dios la ayude! ¡Oh, ayúdala!
Saltó de la cama con un movimiento brusco, y empezó a ponerse la ropa: toda su hombría había despertado ante la necesidad de actuar inmediatamente.
—¿Qué ha ocurrido? Díganmelo —gritó sin mediar pausa—. Doctor Van Helsing, sé que usted quiere a Mina. Por favor, haga algo para salvarla. No puede haber llegado muy lejos. ¡Cuide de ella mientras yo voy en busca del conde!
A pesar del horror, del terror y la angustia, su mujer comprendió sin duda que le aguardaba algún peligro; olvidando inmediatamente su propio sufrimiento, lo sujetó y gritó:
—¡No, no! Jonathan, no debes dejarme. Dios sabe que ya he sufrido suficiente esta noche para añadir ahora el temor de que te hagan daño. Tienes que quedarte conmigo. ¡Quédate con estos amigos que velarán por ti!
Mientras decía estas palabras, su expresión se tornó frenética, y Jonathan, cediendo, se dejó empujar hasta la cama, donde Mina lo hizo sentar y lo abrazó ferozmente.
Van Helsing y yo tratamos de calmar a ambos. El profesor alzó su pequeño crucifijo de oro, y dijo con una tranquilidad extraordinaria:
—No tema, querida. Nosotros estamos aquí; y mientras esto esté junto a usted, nada malo puede acercarse. Está a salvo esta noche, y debemos mantener la calma y deliberar todos juntos.
La señora Harker se estremeció y guardó silencio, con la cabeza apoyada en el pecho de su marido. Al retirarla, el camisón blanco de Jonathan estaba manchado de sangre allí donde se habían posado los labios de la mujer, y en el lugar en que habían caído unas gotas de la pequeña herida abierta. En el mismo instante en que lo vio, la señora Harker se echó hacia atrás, con un débil gemido, y susurró, sollozando entrecortadamente:
—¡Soy impura, impura! No debo tocarlo ni besarlo. ¡Oh, que tenga que ser yo su peor enemiga, y a quien más ha de temer!
A esto replicó Jonathan con decisión:
—No digas tonterías, Mina. Me entristece oírte decir esas cosas. No consentiría que las dijeran de ti; no quiero que tú las digas. ¡Que Dios juzgue mis pecados y me castigue con sufrimientos aún más amargos si por un acto de mi voluntad algo se interpone entre nosotros!
Extendió los brazos y la estrechó contra su pecho; y allí se quedó la mujer durante unos momentos, sollozando. Jonathan nos miró por encima de la cabeza inclinada de ella, con los ojos parpadeantes y húmedos; las aletas de su nariz se estremecían; la línea de su boca estaba dura como el acero. Al cabo de un rato los sollozos se hicieron más débiles y menos frecuentes, y Jonathan me dijo, con una calma deliberada que daba la sensación de estar poniendo a prueba sus nervios:
—Y ahora, doctor Seward, cuéntemelo todo. Conozco demasiado bien los hechos en general; cuénteme lo que ha ocurrido.
Le conté exactamente lo que había pasado, y él me escuchó aparentemente imperturbable; pero las aletas de su nariz se movían y sus ojos centelleaban mientras le contaba cómo había sujetado el conde a su mujer en aquella posición tan horrenda, con la boca pegada a la herida abierta de su pecho. A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro, blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto. En el momento en que terminaba mi relato, llamaron a la puerta Quincey y Godalming. Entraron obedeciendo a nuestra invitación. Van Helsing me miró con expresión interrogativa. Comprendí que quería que aprovechásemos la ocasión de su llegada para distraer los pensamientos del desgraciado matrimonio. Al mover la cabeza en señal de asentimiento, el profesor les preguntó qué habían visto y hecho, a lo que respondió lord Godalming:
—No lo he visto en el pasillo ni en ninguna de las habitaciones. He mirado en el despacho, pero, aunque había estado allí, ya se había marchado. Sin embargo…
Calló bruscamente al ver la lastimosa figura reclinada en la cama. Van Helsing dijo gravemente:
—Siga, amigo Arthur. Ya no queremos aquí más cosas ocultas. Nuestra esperanza ahora reside en saberlo todo. ¡Hable libremente!
—Había estado allí —prosiguió Art— y, aunque solamente pudo haber estado unos segundos, lo había desbaratado todo. Todos los manuscritos estaban quemados, y las llamas azules ardían vacilantes en medio de las cenizas blancas; también había arrojado al fuego los cilindros de su fonógrafo, y la cera ha colaborado con las llamas.
Le interrumpí al llegar a este punto:
—¡Gracias a Dios que hay otra copia a buen recaudo!
Su rostro se iluminó durante unos momentos, pero se ensombreció al proseguir:
—Entonces corrí escaleras abajo, pero no vi ni rastro de él. Miré en la habitación de Renfield, pero tampoco había ni rastro, excepto…
Volvió a interrumpirse, pero Harker le dijo con voz ronca:
—Siga.
Art inclinó la cabeza, se humedeció los labios con la lengua, y añadió:
—Excepto que ese pobre hombre está muerto.
La señora de Harker levantó la cabeza, y nos miró uno a uno mientras decía solemnemente:
—¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Yo no podía evitar pensar que Art ocultaba algo; pero, como comprendí que lo hacía con una intención determinada, no dije nada. Van Helsing se volvió hacia Morris y le preguntó:
—Y usted, amigo Quincey, ¿tiene algo que decir?
—Algunas cosas —respondió—. Tal vez sean muchas finalmente, pero de momento no lo sé. Pensé que era buena idea saber adónde se había dirigido el conde al salir de la casa. Ya no lo vi; pero vi un murciélago que remontaba el vuelo desde la ventana de la habitación de Renfield y se dirigía hacia el Oeste. Esperaba verlo regresar a Carfax bajo una u otra forma; pero evidentemente, ha ido a buscar otro escondrijo. Esta noche no volverá, ya que el cielo se está enrojeciendo por el Este y se acerca el alba. ¡Tendremos que actuar mañana!
Pronunció las últimas palabras con los dientes apretados. Se hizo el silencio, tal vez por espacio de dos minutos, durante los cuales se me antojó que podía oír los latidos de nuestros corazones. Van Helsing posó su mano tiernamente en la cabeza de la señora Harker y dijo:
—Y ahora, señora Mina, nuestra pobre y querida señora Mina, cuéntenos exactamente qué ocurrió. Dios sabe que no quiero que se aflija usted; pero es necesario que lo sepamos todo. Porque ahora más que nunca hay que realizar el trabajo rápidamente y con audacia; y a toda prisa. Está cerca el día en que todo debe acabar; y quizá hoy nos acostemos sabiendo una cosa más.
La pobre señora se estremeció, y observé la tensión de sus nervios al acercar a su marido hacia sí e inclinar más y más la cabeza sobre su pecho. De repente levantó la cabeza con orgullo, y tendió una mano a Van Helsing, quien la tomó entre las suyas y, tras inclinarse y besarla con toda reverencia, la apretó con fuerza. La señora Harker tenía la otra mano atenazada entre la de su marido, que la rodeaba protectoramente con el otro brazo. Tras una pausa, que sin duda aprovechó para ordenar sus pensamientos, dijo:
—Tomé el somnífero que usted tuvo la amabilidad de darme, pero no me hizo efecto durante largo rato. Al contrario, pareció despejarme, y a mi mente acudieron miríadas de fantasías terribles todas relacionadas con la muerte y con los vampiros, con sangre y dolor y sufrimiento.
Su marido emitió un gemido involuntario cuando se volvió hacia él y le dijo cariñosamente:
—No te preocupes, querido. Tienes que ser fuerte y valiente, y ayudarme en esta terrible situación. Si tú supieras el esfuerzo que tengo que realizar para hablar de este espanto, comprenderías lo mucho que necesito tu ayuda. Pues bien, al ver que tenía que poner algo de mi parte para que actuase la medicina, me dispuse a dormir. Sin duda debí de conciliar el sueño muy pronto, porque ya no recuerdo nada más. La llegada de Jonathan no me despertó, porque mi siguiente recuerdo es que estaba acostado a mi lado. En la habitación flotaba la misma niebla blanca y tenue que había observado en otras ocasiones. Pero había olvidado que quizá no lo saben; lo encontrarán en mi diario, que les enseñaré más adelante. Sentí el mismo vago terror que me había invadido en otras ocasiones y la misma sensación de una presencia en la habitación. Me volví para despertar a Jonathan, pero lo vi tan profundamente dormido, que parecía que hubiera sido él quien había tomado el somnífero en lugar de yo. Intenté despertarlo, sin resultados. Me asusté mucho y miré a mi alrededor, aterrorizada. Entonces se me encogió el corazón: junto a la cama, como si hubiese salido de la bruma, o más bien como si la bruma hubiese dado forma a su figura, ya que había desaparecido por completo, había un hombre alto y delgado, todo vestido de negro. Lo reconocí en seguida por las descripciones que había oído. El rostro céreo; la larga nariz aquilina, sobre la que caía la luz formando una línea blanca y delgada; los rojos labios entreabiertos, por los que asomaban los blancos dientes puntiagudos; y los ojos rojos que creí ver reflejados en la iglesia de St. Mary, en Whitby, a la luz del crepúsculo. También reconocí la cicatriz roja de la frente que le hizo Jonathan al golpearlo. Mi corazón dejó de latir durante unos instantes, y habría gritado de no haber estado paralizada. Entre tanto, el conde dijo en un susurro penetrante, cortante, al tiempo que señalaba a Jonathan: «¡Silencio! Si haces ruido, le haré la cabeza pedazos ante tus propios ojos». Estaba tan aterrorizada y estupefacta que no pude decir nada. Posó una mano sobre mi hombro; con una sonrisa burlona me sujetó con fuerza y me desnudó el cuello con la otra mano, al tiempo que decía: «En primer lugar, un refresco en compensación a mis esfuerzos. Será mejor que no te muevas. ¡No es la primera vez, ni la segunda, que tus venas han calmado mi sed!». Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle. ¡Supongo que forma parte de la terrible maldición que cae sobre la víctima cuando el conde la toca! ¡Y después, oh Dios mío, Dios mío, ten compasión de mí, aplicó sus nauseabundos labios a mi garganta!
Su marido volvió a gemir. Ella le apretó la mano con más fuerza, y lo miró con lástima, como si fuera él quien hubiese sufrido la afrenta, y prosiguió:
—Me sentí desfallecer, y me sumí en una especie de desmayo. No sé cuánto tiempo duró aquella monstruosidad; pero, cuando retiró su boca repugnante y espantosa, se me antojó que había transcurrido un largo rato. ¡Sus labios goteaban sangre fresca!
El recuerdo la abrumó, y cayó desplomada; se habría desmayado de no ser por el apoyo del brazo de su marido. Se recobró trabajosamente y prosiguió:
—Después me dijo en tono de burla: «Así que quieres enfrentar tu inteligencia con la mía, como los otros. ¡Quieres ayudar a esos hombres a perseguirme y a frustrar mis planes! Tú sabes ya, y ellos lo saben en parte, y dentro de poco lo sabrán perfectamente, qué significa cruzarse en mi camino. Deberían haber guardado sus energías para otros fines más propicios. Mientras se devanaban los sesos para atraparme, a mí, que he gobernado naciones, y que he intrigado para salvarlas y que he luchado por ellas, cientos de años antes de que ellos hubieran nacido yo los contraatacaba. Y tú, la persona a quien más quieren, eres ahora carne de mi carne[67], sangre de mi sangre, de mi propia raza, mi generoso lagar; y más adelante serás mi compañera y mi ayudante. Tú serás vengada a tu vez; porque ninguno de ellos escapará a tus deseos. Pero aún mereces castigo por lo que has hecho. Tú has ayudado a desbaratar mis planes, ahora acudirás siempre a mi llamada. Cuando mi cerebro te diga: “¡Ven!”, tú atravesarás tierra y mar para obedecer mis órdenes. ¡Con este fin, haz esto!». Al pronunciar estas palabras se abrió la camisa y se rasgó una vena del pecho con sus afiladas uñas. Cuando empezó a manar la sangre, me tomó ambas manos con una de las suyas, sujetándolas con fuerza, y con la otra me agarró por el cuello y me obligó a aplicar la boca a su herida, por lo que, o me sofocaba o chupaba… ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho yo para merecer esta suerte, yo que durante todos los días de mi vida he tratado de caminar por el camino de los justos y los mansos? ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Mira esta pobre alma en peligro más que mortal; y en tu misericordia, apiádate de aquellos a los que ama!
A continuación se frotó los labios, como si quisiera limpiarlos de la corrupción.
Mientras contaba su terrible experiencia, el cielo empezó a avivarse por el Este, y todas las cosas se aclararon. Harker estaba tranquilo y callado; pero, a medida que avanzaba la terrible narración, descendió sobre su rostro una expresión gris que se fue agudizando paulatinamente a la luz matutina, hasta que, al elevarse las primeras líneas rojas de la cercana aurora, la piel oscura de su rostro se recortó contra el cabello encanecido.
Hemos decidido que siempre haya uno de nosotros cerca de la desgraciada pareja hasta que nos reunamos y decidamos qué actitud hemos de tomar.
De una cosa estoy seguro: hoy el sol no alumbra una casa más triste que esta.

Capítulo XXII

DIARIO DE JONATHAN HARKER



3 de octubre.—Como tengo que hacer algo para no enloquecer, voy a escribir en el diario. Ahora son las seis, y vamos a reunirnos en el despacho dentro de media hora, y a comer algo, ya que tanto el doctor Van Helsing como el doctor Seward comparten la opinión de que, si no comemos, no podremos rendir al máximo de nuestras posibilidades. Dios sabe que hoy tendremos que rendir al máximo. Tengo que seguir escribiendo a toda costa, porque no me atrevo a pararme a pensar. Tengo que anotarlo todo, grande o pequeño; tal vez sean las cosas pequeñas las que finalmente nos enseñen más. Las enseñanzas, grandes o pequeñas, no podían habernos llevado a Mina y a mí a un lugar peor que este en el que hoy nos encontramos. No obstante, debemos esperar y tener fe. La pobre Mina acaba de decirme, con los ojos arrasados de lágrimas, que nuestra fe se pone a prueba en la adversidad; que debemos seguir confiando; y que Dios nos prestará su ayuda hasta el final. ¡El final! ¡Dios mío! ¿Cuál es el final? ¡A trabajar! ¡A trabajar!
Cuando el doctor Van Helsing y el doctor Seward regresaron de ver al pobre Renfield, procedimos a discutir con seriedad lo que debíamos hacer. En primer lugar, el doctor Seward nos contó que, cuando el doctor Van Helsing y él entraron en la habitación de abajo, encontraron a Renfield tendido en el suelo, hecho un ovillo. Tenía el rostro cubierto de magulladuras y heridas, y los huesos del cuello rotos.
El doctor Seward preguntó al vigilante del pasillo si había oído algo. El hombre respondió que estaba sentado —confesó que dando unas cabezadas— cuando oyó hablar en voz alta en la habitación, y que después oyó a Renfield gritar varias veces: «¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!». A continuación se oyó el ruido de algo que caía, y al entrar en la habitación encontró al paciente tendido en el suelo, boca abajo, tal y como lo habían visto los médicos.
Van Helsing le preguntó si había oído «voces» o «una voz», a lo que respondió que no sabía decirle; que al principio le había parecido que había dos personas; pero que, como no había nadie en la habitación solo podía haber sido una persona. En caso de necesidad, podía jurar que el paciente había pronunciado la palabra «Dios». Una vez a solas, el doctor Seward nos dijo que no deseaba hacer mayores averiguaciones; había que tener en cuenta la posibilidad de una investigación policial, en la que no serviría esgrimir la verdad, puesto que nadie la creería. Así las cosas, pensaba que, basándose en el testimonio del vigilante, podían extender un certificado de defunción por accidente al caer de la cama. En caso de que lo exigiese el juez, se llevaría a cabo una investigación formal, que acabaría necesariamente con los mismos resultados.
Cuando se inició la discusión acerca de cuál debía ser nuestro siguiente paso, lo primero que decidimos fue que había que confiarle todo a Mina; que no había que ocultarle nada, por doloroso que fuese. Ella reconoció la prudencia de esta decisión, y resultaba lastimoso verla tan valiente y, no obstante, tan apenada, en tales abismos de desesperación.
—No debe ocultarse nada —dijo—. ¡Ay!, ya hemos ocultado demasiado. Y además, no hay nada en el mundo que pueda producirme mayor aflicción que la que ya he soportado, ¡que la que sufro ahora! ¡Ocurra lo que ocurra, habrá de servirme para albergar nuevas esperanzas o renovar mi valor!
Mientras hablaba, Van Helsing la miraba fijamente; luego, de repente, aunque en tono calmado, le dijo:
—Pero, querida señora Mina, ¿no está usted asustada, si no por usted, por otros, después de lo que ha ocurrido?
Los rasgos de Mina se endurecieron, aunque sus ojos brillaron con la devoción de una mártir al responder:
—¡No, porque estoy decidida!
—¿A qué? —preguntó el profesor con dulzura, mientras los demás guardábamos silencio, inmóviles, pues cada uno de nosotros tenía una vaga idea de lo que quería decir Mina. Su respuesta fue sencilla y directa, como si se limitara a constatar un hecho:
—¡A que si encuentro en mi interior, y me observaré minuciosamente para descubrirlo, cualquier signo que pueda perjudicar a quienes amo, moriré!
—No se mataría, ¿verdad? —preguntó el profesor con voz ronca.
—¡Sí lo haría, a no ser que algún amigo que me quisiera estuviera dispuesto a evitarme tal sufrimiento y tan desesperada acción!
Mientras hablaba dirigía al profesor una mirada llena de significado. Van Helsing estaba sentado; pero en ese momento se levantó, se acercó a ella y le posó la mano en la cabeza, al tiempo que decía solemnemente:
—Hija mía, existe tal amigo, si fuera por su bien. Yo presentaría en mi cuenta ante Dios tal eutanasia, incluso en este momento, si fuera lo mejor para usted. ¡No, si fuera lo más seguro! Pero, hija mía… —pareció ahogarse unos momentos, y se le hizo un nudo en la garganta; tragó saliva y prosiguió—: Existen personas que se interpondrían entre usted y la muerte. No debe morir. No debe morir a manos de nadie; pero menos por sus propias manos. Hasta que el otro, que ha ensuciado su dulce vida, esté verdaderamente muerto, usted no debe morir; porque si sobrevive el astuto No-Muerto, la muerte de usted la convertiría en un ser como él. ¡No; usted tiene que vivir! Tiene que luchar y pelear por vivir, aunque la muerte parezca un premio indecible. ¡Debe enfrentarse a la Muerte misma, aunque venga a usted con dolor o con alegría, de noche o de día, en la seguridad o en el peligro! En su alma pongo la responsabilidad de que usted no muera, y que ni siquiera piense en morir, hasta que haya pasado este terrible mal.
La pobre Mina se puso blanca como la muerte, tembló y se estremeció, como he visto temblar y estremecerse las arenas movedizas. Todos guardábamos silencio, no podíamos hacer otra cosa. Finalmente se calmó y, volviéndose hacia el profesor, le dijo dulcemente, pero con acento lastimero, al tiempo que le tendía la mano:
—Mi querido amigo, le prometo que, si la voluntad de Dios es que siga viviendo, lucharé para que así sea; hasta que llegue el momento en que Él decida apartar de mí estos horrores.
Mostraba tal bondad y valentía, que todos sentimos que nuestros corazones se fortalecían para actuar y soportar calamidades por ella, y empezamos a discutir qué debíamos hacer. Le dije que debía poner a buen recaudo todos los documentos y todos los papeles, diarios o fonógrafos que pudiéramos necesitar más adelante; y que debía guardar los informes como lo había hecho anteriormente. Le alegró la perspectiva de tener una ocupación, si es que puede utilizarse el término «alegría» en un caso tan macabro.
Como de costumbre, Van Helsing se había anticipado a los pensamientos de todos y había ordenado con exactitud nuestras actividades.
—Tal vez fue acertado —dijo— que en la reunión que celebramos después de la visita a Carfax decidiéramos no hacer nada con los cajones de tierra que allí hay. De haber hecho lo contrario, el conde habría adivinado nuestro propósito y, sin duda, habría tomado medidas para frustrar semejante tentativa con los demás cajones; pero ahora no conoce nuestras intenciones. Aún más: con toda probabilidad no sabe que semejante poder existe en nosotros para esterilizar sus escondrijos, para que no pueda utilizarlos como antes. Hemos avanzado tanto en el conocimiento de su distribución que, cuando hayamos examinado la casa de Piccadilly, podremos seguir la pista del último de ellos. Por tanto, hoy es nuestro y en el día de hoy está nuestra esperanza. El sol, que al salir esta mañana alumbró nuestros pesares, nos protege con su curso. Hasta que se ponga esta noche, ese monstruo tiene que mantener la forma, sea cual fuere, que ha adoptado ahora. Se encuentra confinado en los límites de su envoltura terrena. No puede fundirse con el aire ni desaparecer por los huecos, hendiduras o ranuras. Si pasa por una puerta, tiene que abrirla, como cualquier mortal. Y por eso disponemos de todo el día de hoy para buscar sus escondrijos y esterilizarlos todos. Si aún no lo hemos capturado y destruido, le tenderemos una trampa en un lugar en que sea seguro, en su momento, atraparlo y destruirlo.
Me levanté de un salto al oír estas palabras, porque no pude refrenarme al pensar que se nos estaban escapando los minutos y segundos con la carga preciosa de la vida de Mina, pues era posible actuar mientras hablábamos. Pero Van Helsing levantó la mano en señal de aviso.
—No, amigo Jonathan —dijo—; en esto, el camino más rápido es el más largo, como dice su proverbio. Actuaremos, y actuaremos con desesperada rapidez, cuando el momento haya llegado. Pero piense que, según todas las probabilidades, la clave de la situación se encuentra en esa casa de Piccadilly. El conde puede tener muchas casas que ha comprado. De ellas tendrá facturas de adquisición, llaves y otras cosas. Tendrá papel para escribir; tendrá su talonario de cheques. Hay muchos objetos que debe ocultar en alguna parte; y por qué no en este lugar tan céntrico, tan tranquilo, adonde entra y de donde sale por la puerta principal a toda hora, cuando en medio del enorme tráfico nadie lo observa. Iremos allí y registraremos la casa; y cuando sepamos lo que contiene, haremos lo que nuestro amigo Arthur llama, en su lenguaje de caza, «acorralar a la presa», y atraparemos a nuestro viejo zorro, ¿no le parece?
—¡Entonces, vámonos inmediatamente! —grité—. ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso, precioso!
El profesor no se movió; se limitó a decir:
—¿Y cómo vamos a entrar en esa casa de Piccadilly?
—¡Como sea! —grité—. Si es necesario, forzaremos la puerta.
—Y su policía ¿dónde estará y qué dirá?
Me quedé desconcertado; pero al mismo tiempo sabía que si el profesor quería que nos retrasáramos sus buenos motivos tendría. Por eso dije con la mayor calma posible:
—No esperemos más de lo necesario; estoy seguro de que sabe lo mucho que estoy padeciendo.
—Ah, hijo mío, claro que lo sé; y crea que no albergo ningún deseo de aumentar su angustia. Pero piense: ¿qué podemos hacer hasta que todo el mundo esté en movimiento? Entonces llegará nuestro momento. He pensado y pensado, y me parece que el método más sencillo es el mejor. Queremos entrar en la casa, pero no tenemos llave, ¿no es así?
Asentí.
—Bien, supongamos que usted fuera, en realidad, el dueño de esa casa y no pudiera entrar; al no tener conciencia de ser un ladrón ¿qué haría?
—Yo contrataría a un cerrajero respetable para que quitara la cerradura.
—Y su policía no se entrometería, ¿verdad?
—Oh, no. No, si supieran que habíamos contratado al hombre legalmente.
—Entonces —me miró intensamente al pronunciar estas palabras—, todo lo que se pone en tela de juicio es la conciencia de la persona que alquila los servicios del cerrajero, y la creencia de la policía de que esa persona tiene buena o mala conciencia. Sin duda, sus policías deben de ser hombres celosos e inteligentes, ¡sí, muy inteligentes!, para poder leer el corazón, si se toman todas esas molestias en semejante asunto. No, no, amigo Jonathan; quite la cerradura de cien casas vacías en este Londres suyo, o en cualquier ciudad del mundo; y si lo hace como es debido, y en el momento debido, nadie se entrometerá. He leído algo sobre un caballero que poseía una casa muy bonita en este su Londres, y cuando se marcha a Suiza a pasar los meses de verano, y cierra con llave su casa, llega un ladrón, rompe una ventana de la parte trasera y entra. Entonces abre los postigos de la fachada y sale por la puerta ante las propias narices de la policía. Después pone la casa en subasta, y lo anuncia, y coloca un gran letrero; y cuando llega el día, vende por medio de un subastador todos los bienes de ese otro hombre que es su propietario. Entonces va a un constructor, y le vende la casa, acordando que la derribará al cabo de cierto período de tiempo. Y su policía y otras autoridades le ayudan en todo lo que pueden. Y cuando el otro caballero regresa de sus vacaciones en Suiza, solo encuentra un agujero vacío donde su casa había estado. Todo fue hecho en règle[68]; y en nuestra tarea también estaremos en règle. No iremos tan pronto que la policía, que tiene entonces poco en que pensar, lo juzgue extraño, sino que iremos después de las diez, cuando hay animación, y cuando pueden hacerse las cosas como si realmente fuésemos los dueños de la casa.
No me quedó más remedio que reconocer que tenía razón, y la terrible desesperación del rostro de Mina se relajó un poco; aquel consejo encerraba esperanzas. Van Helsing prosiguió:
—Una vez dentro de la casa, encontraremos quizá más pistas; en cualquier caso, algunos de nosotros pueden quedarse allí mientras el resto busca otros lugares en que haya más cajones de tierra, en Bermondsey y en Mile End.
Lord Godalming se puso en pie.
—Yo puedo serle útil allí —dijo—. Voy a escribir a mis hombres para que preparen caballos y coches en los lugares más adecuados.
—Escucha, amigo —dijo Morris—, es una idea estupenda tener todo preparado por si queremos ir a caballo; ¿pero no crees que uno de tus coches despampanantes, con tanto adorno heráldico llamaría demasiado la atención en un barrio como Walworth o Mile End? Me parece que deberíamos tomar coches normales cuando vayamos al Sur o al Este; e incluso dejarlos en algún lugar cercano.
—¡El amigo Quincey tiene razón! —dijo el profesor—. Como ustedes dicen, tiene la cabeza sobre los hombros. Es difícil lo que vamos a hacer, y no queremos que ninguna persona nos vea.
Mina se tomaba un interés creciente por todo, y yo me alegré al ver que la urgencia del asunto la ayudaba a olvidar por algún tiempo la terrible experiencia de la noche anterior. Estaba muy pálida, casi cadavérica, y tan delgada que sus labios estaban entreabiertos y por ellos asomaban los dientes, un tanto prominentes. No hice mención de esto último, para no ocasionarle un sufrimiento innecesario; pero se me heló la sangre en las venas al pensar lo que había ocurrido a la pobre Lucy cuando el conde le chupó la sangre. De momento, no había señales de que los dientes se hubieran afilado; pero como no había transcurrido mucho tiempo, aún podían albergarse temores.
Al entrar en la discusión del orden de nuestras acciones, aparecieron nuevas fuentes de duda. Finalmente decidimos que antes de partir hacia Piccadilly deberíamos destruir el escondrijo más cercano del conde. En el caso de que lo descubriese demasiado pronto, ya nos habríamos adelantado a él en nuestro trabajo de destrucción; y su presencia en forma puramente material, y en su momento más débil, nos podría proporcionar una nueva pista.
En cuanto a la distribución de fuerzas, el profesor sugirió que tras la visita a Carfax entrásemos en la casa de Piccadilly; que nos quedásemos allí los dos médicos y yo, en tanto que lord Godalming y Quincey buscaban las guaridas de Walworth y Mile End y las destruían. Era posible, si no lo más probable, tal y como señaló el profesor, que el conde apareciese en Piccadilly durante el día y, de ser así, quizá pudiéramos enfrentarnos con él en ese mismo momento. En cualquier caso, lo perseguiríamos todos juntos. Me opuse a este plan enérgicamente, pues, según manifesté, tenía la intención de quedarme en casa para proteger a Mina. Creía haber tomado una decisión respecto a este punto; pero Mina no hizo caso de mis objeciones. Dijo que tal vez surgiera alguna cuestión legal en la que yo podría resultar útil; que entre los documentos del conde podría haber alguna pista que yo entendería por mi experiencia en Transilvania; y que, además, íbamos a necesitar todas las fuerzas disponibles para enfrentarnos con los extraordinarios poderes del conde. Tuve que ceder, porque la resolución de Mina era inamovible; dijo que la última esperanza que le quedaba era que todos actuásemos juntos.
—Yo no tengo miedo —dijo—. Las cosas no han podido ser peores, y lo que ocurra, sea lo que sea, debe contener algún elemento de esperanza o consuelo. ¡Vete, marido mío! Si ese es su deseo, Dios puede protegerme lo mismo sola que acompañada.
Me levanté de un salto, gritando:
—¡Entonces, en el nombre de Dios, vámonos en seguida, porque estamos perdiendo tiempo! El conde tal vez vaya a Piccadilly antes de lo que pensamos.
—¡No lo creo así! —dijo Van Helsing, al tiempo que levantaba la mano.
—¿Por qué? —pregunté.
—¿Acaso olvida —dijo con una sonrisa— que anoche se dio un enorme banquete, y que dormirá hasta tarde?
¡Que si lo he olvidado! ¡Como si pudiera olvidarlo jamás! ¿Acaso podrá olvidar alguno de nosotros aquella terrible escena? Mina hacía verdaderos esfuerzos por mantener la serenidad; pero el sufrimiento fue más fuerte que ella; se cubrió el rostro con las manos y se estremeció con un gemido. No había sido la intención de Van Helsing recordarle su penosa experiencia. Tras el esfuerzo intelectual que había realizado, sencillamente había perdido de vista a Mina y el papel que esta desempeñaba en el asunto. Cuando cayó en la cuenta de lo que había dicho, se quedó horrorizado ante su falta de delicadeza, e intentó consolarla.
—Oh, señora Mina —dijo—, querida, querida señora Mina, ¡ay!, que entre todos los que la reverencian haya tenido que ser yo quien haya dicho algo tan carente de tacto. Estos viejos y estúpidos labios míos y esta vieja cabeza no lo merecen; pero usted lo olvidará, ¿verdad?
Se inclinó ante ella mientras pronunciaba estas palabras; Mina le cogió la mano, y mirándole a través de sus lágrimas dijo con voz ronca:
—No, no lo olvidaré, porque es buena cosa que lo recuerde; y junto a esto, tengo tantos recuerdos hermosos de usted, que lo acepto todo. Deben marcharse en seguida. El desayuno está listo, y tenemos que comer para estar fuertes.
El desayuno resultó una comida extraña para todos nosotros. Tratamos de mostrarnos alegres y de animarnos mutuamente, y Mina estuvo más alegre y optimista que ninguno de nosotros. Una vez acabada la comida, Van Helsing se puso de pie y dijo:
—Y ahora, mis queridos amigos, vamos a acometer nuestra terrible empresa. ¿Estamos todos armados, como lo estábamos aquella noche en que por primera vez visitamos el escondrijo de nuestro enemigo, armados contra los ataques carnales, así como contra los fantasmales?
Todos asentimos.
—Entonces está bien. Ahora, señora Mina, aquí está usted bastante segura hasta el crepúsculo; y habremos vuelto antes de entonces… Sí… ¡Volveremos! Pero antes de partir permítame verla armada contra el ataque personal. Desde que usted bajó, yo mismo he preparado su habitación con todas las cosas que sabemos, para que Él no entre. Permítame que la defienda. Rozo su frente con este trozo de sagrada hostia, en el nombre del Padre, y del Hijo…
Se oyó un alarido espantoso que casi nos heló la sangre. Al colocar la Hostia en la frente de Mina, la había chamuscado, había quemado la carne como si fuese un trozo de metal al rojo blanco. El cerebro de mi amada interpretó el significado de aquel hecho con la misma rapidez que sus nervios recibieron el dolor; y ambas cosas la impresionaron de tal forma, que fue su naturaleza sobreexcitada quien puso voz a aquel grito. Pero las palabras acudieron a su mente con celeridad; aún no había dejado de resonar en el aire el eco del grito cuando sobrevino la reacción, y cayó de rodillas en el suelo, atormentada y humillada. Soltándose el hermoso pelo sobre la cara, como los leprosos de antaño el manto, gimió:
—¡Impura! ¡Impura! ¡Incluso el Todopoderoso rehúye mi carne contaminada! Habré de llevar esta marca vergonzante hasta el día del Juicio Final.
Todos se detuvieron. Yo me había precipitado a su lado sumido en un estado de impotente aflicción; la rodeé con mis brazos y la estreché con fuerza. Durante unos minutos nuestros corazones afligidos latieron al unísono, en tanto que nuestros amigos desviaban los ojos, derramando lágrimas en silencio. Van Helsing se volvió y dijo, con tal gravedad que no pude evitar pensar que, en cierto modo, sus palabras eran fruto de la inspiración y que no hablaba por sí mismo.
—Es posible que tenga que llevar esa marca hasta que Dios mismo lo crea conveniente, como sin duda hará, en el día del Juicio Final, para redimir todos los males de la tierra y de Sus hijos, a quienes Él ha colocado aquí. Y ah, señora Mina, querida mía, querida mía, ojalá que los que la queremos estemos allí para verlo, cuando esa marca roja, la señal de que Dios sabe lo que ha ocurrido, desaparezca y deje su frente tan pura como el corazón que conocemos. Porque tan seguro como que vivimos, esa señal desaparecerá cuando Dios quiera librarnos de la pesada carga que sobre nosotros ha caído. Hasta entonces llevaremos nuestra cruz, como la llevó Su Hijo por obedecer Su voluntad. Tal vez seamos los instrumentos elegidos de Sus designios; y ascenderemos a su presencia como otros ascienden a través de vergüenza y sufrimientos; a través de sangre y lágrimas; a través de dudas y temores, y todo lo que constituye la diferencia entre Dios y el hombre.
Sus palabras transmitían esperanza y consuelo y animaban a resignarse. Mina y yo sentimos lo mismo, y tomamos simultáneamente las manos del anciano, nos inclinamos y las besamos. Todos nos arrodillamos sin decir palabra y, cogidos de la mano, juramos ser leales los unos con los otros. Los hombres nos comprometimos a apartar el velo del dolor de la cabeza de aquella a quien todos amábamos, cada uno a su manera; y oramos para que nos fuera concedida ayuda y guía en la terrible empresa que íbamos a emprender.
Ya era la hora de partir. Dije adiós a Mina: fue una despedida que ninguno de los dos olvidará hasta el día de la muerte; y salimos.
He decidido una cosa: si descubrimos que al final Mina se convierte en mujer vampiro, no entrará sola en esa tierra desconocida y terrible. Supongo que antaño se referían a esto al decir que un vampiro significaba muchos; al igual que sus cuerpos repugnantes solo podían reposar en tierra consagrada, así el amor más sagrado era el sargento de reclutamiento de sus monstruosas filas.
Entramos en Carfax sin dificultad y encontramos todo como en la primera ocasión. Resultaba difícil creer que hubiera terreno abonado para un horror como el que ya conocíamos en un ambiente tan prosaico de descuido, polvo y decadencia. De no haber estado decididos, y de no haber existido aquellos terribles recuerdos que nos espoleaban, no sé si hubiéramos podido acometer nuestra empresa. No encontramos ningún papel ni rastro alguno que nos fuera útil.
Los grandes cajones seguían en la vieja capilla, tal y como los habíamos visto la última vez. El doctor Van Helsing nos dijo solemnemente mientras los contemplábamos:
—Y ahora, amigos míos, tenemos un deber que cumplir aquí. Hemos de esterilizar esta tierra, tan bendita por recuerdos santos, que el conde ha traído desde una tierra lejana para tan funesto uso. Ha elegido esta tierra porque ha sido santa. Así, le derrotamos con sus propias armas, ya que la hacemos aún más santa. Fue santificada para el uso del hombre; ahora la santificamos para Dios.
Mientras pronunciaba estas palabras sacó del maletín un destornillador y una llave inglesa, y al poco quedó abierta la tapa de uno de los cajones. La tierra olía a moho y a cerrado; pero no le dimos mucha importancia, pues estábamos pendientes de las acciones del profesor. Sacó del maletín un trozo de sagrada hostia, la colocó reverentemente sobre la tierra, cerró la tapa y metió los tornillos en su lugar, ayudado por nosotros.
Hicimos la misma operación con cada una de las cajas, y las dejamos aparentemente tal y como las habíamos encontrado; pero en cada una de ellas había un pedazo de sagrada hostia.
Tras cerrar la puerta, el profesor dijo solemnemente:
—Mucho se ha hecho ya. ¡Si es posible que con todos los demás el mismo éxito tengamos, el crepúsculo de esta tarde brillará sobre la frente de la señora Mina, que aparecerá blanca como el marfil y sin ninguna mancha!
Vimos la fachada del manicomio al cruzar el jardín para dirigirnos a la estación a tomar el tren. Miré, impaciente, y vi a Mina en la ventana de mi habitación. La saludé con la mano y asentí para darle a entender que habíamos acabado nuestra tarea con éxito. En respuesta, ella también asintió, para indicarme que había comprendido. Lo último que vi fue que agitaba la mano en señal de adiós. Llegamos a la estación preocupados, justo a tiempo de tomar el tren, que entró humeante en la estación en el momento en que pisamos el andén.
Esto lo he escrito en el tren.
Piccadilly, a las 12,30.—Antes de llegar a Fenchurch Street, me dijo lord Godalming:
—Quincey y yo vamos a buscar a un cerrajero. Es mejor que usted no venga con nosotros, por si surgiese alguna dificultad. Dadas las circunstancias, no parecería tan mal que fuéramos nosotros quienes entrásemos en una casa vacía forzando la puerta. Pero usted es notario, y la Incorporated Law Society[69] podría decirle que usted tenía que conocer las leyes.
Me opuse a no compartir todos los riesgos, aunque fuese un oprobio, pero prosiguió:
—Además, llamaremos menos la atención si no somos muchos. Mi título convencerá al cerrajero y a cualquier policía que ande por los alrededores. Será mejor que usted se vaya con el profesor y con Jack a Green Park, y que se sitúen en un lugar desde donde puedan observar la casa. Cuando vean la puerta abierta y que se ha marchado el cerrajero, vengan todos. Estaremos atentos y los dejaremos entrar.
—¡Es un buen consejo! —dijo Van Helsing; así que no añadimos nada más.
Godalming y Morris se marcharon a toda prisa en un coche, y nosotros los seguimos en otro. Nuestro grupo se bajó en la esquina de Arlington Street y entró en Green Park. Mi corazón latió con violencia al ver la casa en que estaban centradas tantas esperanzas; se erguía, lóbrega y silenciosa, abandonada, entre sus vecinas, más alegres y pulcras. Nos sentamos en un banco desde el que se dominaba una buena panorámica de la casa, y nos pusimos a fumar, para llamar la atención lo menos posible. Los minutos pasaron con pesadez de plomo mientras esperábamos la llegada de los otros.
Al fin vimos que se acercaba un vehículo de cuatro ruedas. De él salieron, con ademán pausado, lord Godalming y Morris; y de la cabina descendió un hombre fornido, con su cesta de herramientas hecha con juncos. Morris pagó al cochero, que se tocó el ala del sombrero y se alejó en el coche. Ambos subieron juntos la escalera, y lord Godalming explicó lo que quería que hiciese. El obrero se quitó el abrigo pausadamente y lo colgó en un gancho de la barandilla, al tiempo que decía algo a un policía que deambulaba por allí. El policía asintió, y el obrero se arrodilló y colocó la bolsa a su lado. Después de rebuscar en su interior seleccionó unas cuantas herramientas, que procedió a ordenar. Después se levantó, miró por el ojo de la cerradura, sopló en el interior, se volvió hacia aquellos que le habían hecho el encargo y comentó algo. Lord Godalming sonrió, y el hombre levantó un manojo de llaves de gran tamaño; escogió una y la metió en la cerradura, como tanteando la entrada. Tras juguetear un rato con ella, probó una segunda llave, y a continuación una tercera. De repente se abrió la puerta tras un leve empujón del cerrajero, y este y los demás entraron en el vestíbulo. Nos quedamos sentados y quietos; mi cigarro se consumía rápidamente, pero el de Van Helsing se apagó. Esperamos pacientemente, contemplando al cerrajero, que salió a la calle a recoger su bolsa y la metió en la casa. Abrió parcialmente la puerta y la sujetó con las rodillas, mientras introducía una llave en la cerradura. Finalmente se la dio a lord Godalming, quien sacó su cartera y le dio algo a su vez. El hombre se tocó el ala del sombrero, se puso el abrigo y salió; ni un alma se dio cuenta de la operación.
Cuando el hombre hubo desaparecido, los tres cruzamos la calle y llamamos a la puerta. La abrió inmediatamente Quincey Morris, a cuyo lado estaba lord Godalming encendiendo un cigarro.
—Este lugar tiene un olor nauseabundo —dijo este último al entrar nosotros.
Realmente había un olor nauseabundo, como en la vieja capilla de Carfax, y tras nuestra anterior experiencia comprendimos de inmediato que el conde había usado aquella casa con entera libertad. Iniciamos la exploración de la mansión, todos en grupo por si se presentaba la eventualidad de un ataque; sabíamos que nos enfrentábamos con un enemigo fuerte y astuto, y todavía no teníamos la certeza de que el conde no estuviese en la casa. Encontramos ocho cajones de tierra en el comedor, que estaba situado en la parte trasera del vestíbulo. ¡Solo ocho cajones de los nueve que buscábamos! Nuestro trabajo no había acabado, y no acabaría hasta que diésemos con el cajón que faltaba. En primer lugar abrimos los postigos de una ventana que daba a un estrecho patio empedrado, en la parte vacía del establo, dispuesto de tal modo que parecía la fachada de una casa en miniatura. Como no tenía ventanas, no temíamos que nos observaran. No perdimos tiempo en examinar los cajones. Los abrimos uno a uno con las herramientas que llevábamos, y les dimos el mismo tratamiento que a los que había en la vieja capilla. Era evidente que el conde no estaba de momento en casa, y procedimos a la búsqueda de sus efectos personales.
Tras una rápida ojeada por el resto de las habitaciones, desde el sótano hasta el ático, llegamos a la conclusión de que todas las pertenencias del conde se encontraban en el comedor. Las examinamos minuciosamente. Estaban apiladas en una especie de ordenado desorden en la mesa del comedor. Había un montón de actas notariales de la casa de Piccadilly; actas de la adquisición de las casas de Mile End y Bermondsey; papel de escribir, sobres, plumas y tinta. Todo ello estaba cubierto por un delgado papel de embalar, al objeto de protegerlo del polvo. También había un cepillo de ropa, un cepillo de pelo y un peine, y una jarra y una palangana: esta contenía agua sucia enrojecida como de sangre. Por último, un montoncito de llaves de todos los tipos y tamaños, probablemente pertenecientes a las otras casas. Una vez que hubimos examinado este último hallazgo y que lord Godalming y Quincey Morris hubieron tomado nota exacta de las direcciones de las casas del Este y del Sur, los dos hombres se llevaron el manojo de llaves y fueron a destruir los cajones de los otros escondrijos. Con toda la paciencia de que hemos podido hacer acopio, los demás esperamos su regreso… o la llegada del conde.

Capítulo XXIII

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



3 de octubre.—El tiempo pasó con terrible lentitud mientras esperábamos la llegada de Godalming y de Quincey Morris. El profesor trató de mantener activas nuestras mentes utilizándolas continuamente. Comprendí su intención benefactora al ver las miradas de soslayo que de vez en cuando lanzaba a Harker. El pobre hombre está abrumado por una tristeza tal que da pena verlo. Anoche era un hombre abierto, de aspecto feliz, con un rostro enérgico y juvenil, lleno de fuerza, y con el cabello castaño oscuro. Hoy es un hombre gastado, ojeroso y viejo, cuyo cabello blanco armoniza con los ojos hundidos y ardientes y los rasgos de su rostro marcados con la huella del dolor. Aún conserva intacta su energía; de hecho, es como una llama viva. Tal vez sea su salvación, porque, si todo marcha bien, le ayudará a superar este período de desesperación; entonces despertará a las realidades de la vida. Pobre hombre; yo pensaba que mis propios problemas eran graves. ¡Pero los suyos…! El profesor lo sabe muy bien, y está haciendo todo lo posible por mantener su mente activa. Lo que ha estado diciendo es, dadas las circunstancias, de un interés absorbente. Es lo siguiente, en la medida en que puedo recordarlo:
—Desde que cayeron en mis manos, he estudiado una y otra vez todos los documentos relacionados con este monstruo; y cuanto más los estudio, mayor me parece la necesidad de destruirlo. En ellos se encuentran señales de su avance; no solo de su poder, sino del conocimiento que de él posee. Como aprendí de las investigaciones de mi amigo Arminius, de Budapest, fue en vida un hombre extraordinario. Soldado, estadista y alquimista, actividad que más adelante se convirtió en el estado más elevado del conocimiento científico de su época. Poseía un poderoso cerebro, una cultura que no admite comparación, y un corazón que no conocía ni el temor ni el arrepentimiento. Se atrevió a ir incluso a la Scholomance, y no había rama del saber de su época que no ensayase. Pues bien; en él, los poderes del cerebro sobrevivieron a la muerte física, aunque, al parecer, la memoria no estaba intacta. En algunas facultades mentales ha sido, y es, solo un niño; pero está creciendo, y algunas cosas que eran antes infantiles, ahora han alcanzado la estatura de un hombre. Está experimentando, y lo hace bien, y, de no haber sido porque nos hemos cruzado en su camino, aún podría ser (aún puede serlo si no tenemos éxito) el padre o creador de un nuevo orden de seres, cuyo sendero llevaría a la muerte, no a la vida.
Harker gimió y dijo:
—¡Y todo esto está preparado en contra de mi amada! ¿Pero con qué está experimentando? ¡Tal vez el saberlo nos ayude a derrotarlo!
—Todo el tiempo, desde su llegada, ha puesto a prueba sus poderes, lento pero seguro; ese cerebro de niño suyo funciona. A nosotros nos conviene que sea un cerebro de niño; porque, de haberse atrevido a hacer ciertas cosas al principio, hace tiempo que estaría fuera de nuestro alcance. Pero su intención es triunfar, y un hombre que tiene siglos ante sí puede permitirse esperar e ir despacio. Festina lente[70] bien podría ser su lema.
—No acabo de comprenderlo —dijo Harker en tono de abatimiento—. ¡Por favor, sea más claro conmigo! Es posible que el dolor y los problemas estén entorpeciendo mi cerebro.
El profesor posó tiernamente la mano en su hombro al decir:
—Sí, hijo, seré claro. ¿No ve cómo este monstruo ha ido acercándose con cautela al conocimiento de una forma experimental? ¿Cómo ha utilizado al paciente zoófago para efectuar su entrada en el hogar del amigo John? Porque nuestro vampiro, aunque después puede entrar y salir cuando y como quiere, al principio ha de hacer su entrada cuando se lo permite un compañero que ya está dentro. Pero no son estos sus más importantes experimentos. ¿Es que no ve cómo fueron transportados por otros estos cajones tan grandes? Él no sabía entonces sino que había de ser así. Pero todo el tiempo ese gran cerebro de niño estaba creciendo, y empezó a pensar si no podría transportar él mismo los cajones. Así, empieza a actuar; y entonces, cuando averigua que le va bien, intenta cogerlos él solo. Y así avanza, y reparte esas tumbas suyas; y nadie más que él sabe dónde están escondidas. Tal vez tiene la intención de enterrarlas profundamente en el suelo. Así, solo él puede utilizarlas por la noche, o en el momento en que quiere cambiar de forma; ¡y nadie sabe que son sus escondrijos! Pero no desespere, hijo mío: ¡este conocimiento le ha llegado al conde demasiado tarde! Ya todos sus escondrijos, salvo uno, están esterilizados; y antes del crepúsculo todos lo estarán. Entonces ningún lugar tendrá al que ir a esconderse. Hice que nos retrasáramos esta mañana para asegurarnos de esto. ¿No ponemos nosotros en juego más que él? Entonces, ¿por qué no somos más cuidadosos que él? Según mi reloj es la una, y ya, si todo va bien, el amigo Arthur y Quincey están a punto de llegar. Hoy es nuestro día, y debemos andar seguros, aunque lentos, y no perder ninguna oportunidad. ¡Vea! Somos cinco cuando vuelvan los que están ausentes.
Mientras hablaba nos sobresaltó un golpe en la puerta del vestíbulo, la llamada doble del chico del telégrafo. Nos dirigimos todos a una al vestíbulo, y Van Helsing, levantando la mano para que guardásemos silencio, avanzó hasta la puerta y la abrió. El chico le entregó un telegrama. El profesor volvió a cerrar la puerta, y tras mirar el remite lo abrió y lo leyó en voz alta.

«Cuidado con D. Acaba de salir de Carfax ahora mismo, a las 12,45, y se dirige
apresuradamente hacia el Sur. Al parecer va hacia ahí, y tal vez quiera verlos.


MINA»



Se hizo una pausa, rota por la voz de Jonathan Harker:
—¡Gracias a Dios que vamos a encontrarnos pronto!
Van Helsing se volvió hacia él bruscamente y dijo:
—Dios actuará a su modo y manera. No tema, y no se regocije aún, porque lo que deseamos puede ser en estos momentos nuestra perdición.
—Ahora no me importa nada —replicó Harker ardientemente—, salvo hacer desaparecer a esa bestia de la faz de la Tierra. ¡Vendería mi alma por lograrlo!
—¡Calle, calle, hijo mío! —dijo Van Helsing—. Dios no compra las almas así; y el diablo, aunque las compraría, no mantiene la fe. Pero Dios es justo y misericordioso, y conoce su dolor y su amor por nuestra querida señora Mina. Piense que el dolor de la señora se doblaría de haber oído sus alocadas palabras. No debemos temer ninguno de nosotros; todos estamos empeñados en esta causa, y hoy veremos el final. El tiempo de la acción se acerca; hoy este vampiro está limitado a los poderes del hombre, y hasta el crepúsculo no puede cambiar. Le llevará tiempo llegar hasta aquí (vea, es la una y veinte minutos), y aún tardará en llegar, por muy rápido que venga. Lo que tenemos que esperar es que milord Arthur y Quincey lleguen antes.
Al cabo de media hora de haber recibido el telegrama de la señora Harker, se oyó un golpe imperioso en la puerta del vestíbulo. Era un golpe corriente, como el que dan diariamente miles de caballeros, pero hizo que el corazón del profesor y el mío latieran más deprisa. Nos miramos y juntos nos dirigimos al vestíbulo; todos estábamos prestos a utilizar nuestras armas: las espirituales en la mano izquierda, las corporales en la derecha. Van Helsing descorrió el cerrojo; abrió la puerta a medias y retrocedió, con ambas manos dispuestas a la acción. La alegría de nuestros corazones debió asomarnos al rostro al ver en el escalón, junto a la puerta, a lord Godalming y a Quincey Morris. Entraron apresuradamente y cerraron la puerta. Mientras atravesaban el vestíbulo, lord Godalming dijo:
—Todo marcha bien. Hemos encontrado las dos casas; hay seis cajones en cada una, y los hemos destruido todos.
—¿Destruido? —preguntó el profesor.
—¡Para él han quedado destruidos!
Guardamos silencio unos momentos, y Quincey dijo:
—No podemos hacer otra cosa que esperar aquí. Pero, si no aparece a las cinco, nos marcharemos; porque no es conveniente dejar sola a la señora Harker después de la puesta del sol.
—Llegará dentro de poco —dijo Van Helsing, que había estado consultando su agenda—. Nota bene[71], según el telegrama de la señora, fue hacia el Sur desde Carfax; eso quiere decir que fue a cruzar el río, y solo puede hacerlo con marea baja, que debe ocurrir un poco antes de la una. Que se dirigiese hacia el Sur significa algo para nosotros. De momento solo alberga sospechas; y desde Carfax fue al lugar en que menos espera la intromisión. Ustedes debieron de estar en Bermondsey solo un poco antes que él. Que no esté aquí todavía indica que ha ido a Mile End. Esto le llevó cierto tiempo; porque después tendría que atravesar el río de alguna forma. Créanme, amigos, mucho no habrá que esperar. Deberíamos preparar un plan de ataque, para no desperdiciar ninguna oportunidad. Vamos, no hay tiempo que perder. ¡Preparen todas las armas! ¡Estén listos!
Al pronunciar estas últimas palabras levantó una mano en señal de aviso, porque oímos el ruido de una llave que se insertaba suavemente en la cerradura de la puerta del vestíbulo.
A pesar de la situación, no dejé de admirar la forma de imponerse de un espíritu dominante. En todas nuestras expediciones de caza y aventuras en diversas partes del mundo, Quincey Morris había sido siempre el encargado de preparar el plan de acción, y Arthur y yo estábamos acostumbrados a obedecerle implícitamente. En esta ocasión, el viejo hábito pareció renovarse. Tras una rápida ojeada a la habitación, pensó inmediatamente un plan de ataque, y nos colocó a cada uno en nuestra posición sin pronunciar palabra, con un simple gesto. Van Helsing, Harker y yo nos situamos inmediatamente detrás de la puerta, de modo que cuando se abriese pudiera defenderla el profesor, mientras nosotros dos nos interponíamos entre el recién llegado y la puerta. Godalming y Quincey se quedaron fuera del alcance de la vista, el primero detrás y el segundo delante, dispuestos a saltar frente a la ventana. Esperamos embargados por una incertidumbre que hizo que los segundos transcurriesen con una lentitud de pesadilla. Se oyeron pisadas lentas y cautelosas en el vestíbulo; evidentemente, el conde estaba preparado para una sorpresa, o al menos la temía.
Irrumpió en la habitación de un salto, burlando nuestra vigilancia antes de que ninguno de nosotros pudiera mover un dedo para detenerlo. Sus movimientos tenían algo de pantera, algo tan inhumano que nos sirvió para reponernos de la impresión de su llegada. El primero en actuar fue Harker, quien se lanzó con un rápido movimiento hacia la puerta que daba a la habitación de la parte delantera de la casa. En cuanto nos vio el conde, su rostro se distendió en una horrible mueca que dejó al descubierto los caninos, largos y afilados; pero la sonrisa diabólica se tornó inmediatamente en una fría mirada de desdén felino. Su expresión volvió a cambiar cuando todos nosotros avanzamos hacia él, movidos por un mismo impulso. Fue una lástima que no hubiéramos organizado mejor nuestro plan de ataque, porque, a pesar de las circunstancias, vacilé a la hora de actuar. No estaba seguro de que nuestras armas letales fueran a servirnos de mucho. Harker estaba dispuesto a probar suerte, ya que tenía listo su gran cuchillo kukri[72], con el que le asestó un mandoble repentino y furioso. Fue un golpe certero del que pudo salvarse el conde gracias únicamente a su diabólica rapidez para retroceder. Un segundo menos y el filo incisivo le habría atravesado el corazón. Así, la punta del cuchillo solo cortó su abrigo, donde quedó una ancha raja, por la que cayeron un fajo de billetes y un chorro de oro. La expresión del conde era tan demoníaca, que por un momento temí por Harker, a pesar de que le vi abalanzarse blandiendo el terrible cuchillo para asestarle otro mandoble. Avancé instintivamente, movido por un impulso de protección, moviendo enérgicamente en la mano izquierda el crucifijo y la hostia. Sentí que una poderosa energía fluía por mi brazo; y no me sorprendió ver al monstruo retroceder acobardado ante los movimientos similares que los demás hicieron espontáneamente. Sería imposible describir la expresión de rabia y malignidad y confusión, de ira y rabia demoníacas, que cubrió el rostro del conde. Su color céreo se tornó verde amarillento por contraste con sus ojos ardientes, y la cicatriz roja de la frente se destacó en la pálida piel como una herida palpitante.
Al instante siguiente, se deslizó con un salto sinuoso bajo el brazo de Harker, antes de que asestara un nuevo golpe: cogió un puñado de dinero del suelo y se abalanzó hacia la ventana. Cayó al suelo empedrado de abajo entre cristales rotos y refulgentes. Distinguí el tintinear del dinero entre el ruido del cristal al caer unos soberanos al empedrado.
Corrimos hacia la ventana y lo vimos levantarse del suelo, ileso. Subió a la carrera la escalera, atravesó el patio y empujó la puerta del establo. Desde allí se volvió hacia nosotros y nos dijo:
—Creéis que me habéis confundido, vosotros…, con esas caras pálidas, y todos en fila, como ovejas en un matadero. ¡Pero lo lamentaréis, todos y cada uno de vosotros! Creéis que me habéis dejado sin un lugar para descansar; pero tengo más. ¡Mi venganza acaba de empezar! La llevaré a cabo durante siglos, y el tiempo está de mi parte. Las chicas que tanto amáis ya son mías; y vosotros seréis míos por mediación de ellas y de otras; seréis mis criaturas, cumpliréis mi mandato y seréis mis chacales cuando yo quiera alimento. ¡Bah!
Traspasó el umbral con una sonrisa de desprecio, y oímos el crujir del cerrojo herrumbroso al correrlo. Se abrió una puerta detrás de aquella y volvió a cerrarse. El primero en hablar fue el profesor, mientras nos dirigíamos hacia el vestíbulo, ya que habíamos comprendido que seguirlo por el establo engendraría grandes dificultades.
—Hemos aprendido algo. ¡Mucho! No obstante sus palabras, nos teme. ¡Teme al tiempo, teme a la necesidad! De no ser así, ¿por qué tanta prisa? El propio tono de su voz lo delata, o mis oídos me engañan. ¿Por qué coger ese dinero? Ustedes síganlo rápidamente. Ustedes son cazadores de animales salvajes, y lo entienden. En cuanto a mí, yo me ocupo de que no quede nada aquí que pueda serle útil, en el caso de que regrese.
Mientras pronunciaba estas palabras se metió el dinero sobrante en el bolsillo; cogió el manojo de títulos de propiedad, tal y como lo había dejado Harker y arrojó el resto de las cosas a la chimenea, donde les prendió fuego con una cerilla.
Godalming y Morris se habían precipitado hacia el patio, y Harker se había descolgado por la ventana para seguir al conde. Pero este había echado el cerrojo de la puerta del establo; y cuando lograron forzarla, no quedaba ni rastro de él. Van Helsing y yo tratamos de averiguar algo en la parte trasera de la casa; pero las caballerizas estaban vacías, y nadie le había visto salir.
Eran las últimas horas de la tarde y se acercaba el crepúsculo. Tuvimos que reconocer que habíamos perdido la partida; accedimos a la sugerencia del profesor, apesadumbrados:
—Volvamos con la señora Mina; pobre, pobre señora Mina. Está hecho todo lo que podemos hacer ahora; y allí al menos la protegeremos. Pero no hay que desesperar. Queda un cajón más de tierra, y debemos intentar encontrarlo; una vez hecho eso, todo irá bien.
Observé que hablaba con toda la valentía de que podía hacer acopio para consolar a Harker. El pobre hombre estaba totalmente destrozado; de cuando en cuando emitía un gemido sordo que no podía sofocar: pensaba en su mujer.
Regresamos a casa sumamente tristes, y allí encontramos a la señora Harker, que nos estaba esperando con un aire alegre que hacía honor a su valentía y falta de egoísmo. Al ver nuestras caras, la suya se tornó pálida como la muerte; cerró los ojos durante unos momentos, como si rezara en silencio; después dijo animadamente:
—Nunca podré expresarles mi agradecimiento. ¡Oh, cariño! —dijo, al tiempo que tomaba la cabeza gris de su marido entre sus manos y la besaba—. Apoya la cabeza aquí y descansa. ¡Todo irá bien, querido! Dios nos protegerá si esa es Su voluntad.
El pobre hombre solo pudo emitir un gemido. En su sublime tristeza no tenían cabida las palabras.
Tomamos una cena ligera todos juntos, y pienso que nos animó un poco. Tal vez lo que nos ayudó fue el simple calor animal de la comida —ya que ninguno de nosotros había comido nada desde el desayuno— o el sentimiento de compañerismo; pero, en cualquier caso, todos estábamos menos abatidos, el mañana no se nos presentaba carente de esperanza. Fieles a nuestra promesa, contamos a la señora Harker todo lo que había ocurrido; y aunque a veces, al comprender el peligro que había amenazado a su marido, su rostro se tornaba de una palidez mortal, y rojo en otras ocasiones, cuando se ponía de manifiesto su amor por ella, escuchó nuestro relato con valentía y tranquilidad. Al llegar la narración al momento en que Harker se precipitó sobre el conde tan temerariamente, se agarró al brazo de su marido y lo apretó con fuerza, como si ese gesto pudiera protegerlo de cualquier daño. Sin embargo, no dijo nada hasta que acabamos nuestro relato y la pusimos al corriente de la marcha de todas las cosas hasta ese mismo instante. Entonces, sin soltar el brazo de su marido, se puso de pie y habló. Ah, ojalá pudiera dar una idea de la escena; de aquella mujer dulce, dulce y buena en toda la radiante belleza de su juventud y su vivacidad, con la cicatriz roja en la frente, de la que ella era consciente, y que nosotros contemplábamos con rechinar de dientes al recordar cuándo y cómo se había producido; de su generosa bondad, opuesta a nuestro negro odio; de su tierna fe, opuesta a nuestros temores y dudas. A pesar de todo, sabíamos que, en lo referente a los símbolos, ella, con toda su bondad y su pureza y su fe, estaba desterrada de Dios.
—Jonathan —dijo, y aquella palabra sonó como música en sus labios, tal era el amor y la ternura que rebosaba—, Jonathan querido, y ustedes, que son mis verdaderos amigos, quiero que tengan una cosa en cuenta durante esta época pavorosa. Sé que tienen que luchar, que tienen que destruir, como destruyeron a la falsa Lucy para que la auténtica pudiese vivir a partir de entonces. Esa pobre alma que ha forjado tanta desdicha es el peor caso de todos. Piensen cuán jubiloso se sentirá cuando también se haya destruido su peor parte, para que su parte buena pueda gozar de inmortalidad espiritual. También deben ser misericordiosos con él, aunque la misericordia no frene sus manos a la hora de destruirlo.
Mientras pronunciaba estas palabras, observé que el rostro de su marido se oscurecía y se endurecía, como si la cólera que lo embargaba estuviese marchitando su ser hasta la médula. Apretó instintivamente la mano de su mujer hasta que los nudillos se tornaron blancos. Ella no se arredró por el dolor que yo sabía que estaba padeciendo, sino que lo miró con unos ojos más suplicantes que nunca. Cuando dejó de hablar, Harker se puso en pie de un salto, y casi arrancando su mano de la de su mujer dijo:
—Quiera Dios que caiga en mis manos el tiempo suficiente para destruir esa vida terrena que es lo que perseguimos. ¡Si pudiera enviar su alma al fuego del infierno para siempre jamás, lo haría!
—¡Oh, calla, calla, en el nombre de Dios! No digas esas cosas, Jonathan, marido mío, porque me partes el corazón. ¡Piensa, cariño mío (yo lo he estado pensando todo el tiempo, todo el día), que… tal vez, que algún día… quizá yo también necesite esa misericordia; y que tal vez alguien como tú, y con igual motivo de ira, me la negará! ¡Oh marido mío, marido mío! Habría querido evitarte esta triste idea de haber existido algún medio; pero confío en que Dios no haya tenido en cuenta tus insensatas palabras, sino como el lamento del corazón destrozado de un hombre amante y herido en lo más profundo de su ser. Oh Dios, que estos pobres cabellos blancos sirvan de evidencia de lo mucho que ha sufrido aquel que nunca en toda su vida ha hecho daño, y sobre quien tantas desgracias han caído.
Todos los hombres estábamos bañados en lágrimas. Era inútil tratar de evitarlo, y lloramos sin disimulo. También ella lloraba, al ver que se imponían sus consejos, más benévolos. Su marido cayó de rodillas ante ella; la rodeó con sus brazos y ocultó el rostro entre los pliegues de su vestido. Van Helsing nos hizo señas, y salimos discretamente de la habitación, dejando a solas con su Dios a aquellos dos corazones amantes.
Antes de que el matrimonio se retirase, el profesor preparó la habitación para la llegada del vampiro, y aseguró a la señora de Harker que podía descansar en paz. Ella trató de convencerse y de aparentar alegría, evidentemente para tranquilizar a su marido. Sus valerosos esfuerzos no quedaron, según creo, sin recompensa. Van Helsing colocó una campana al alcance de su mano, para que cualquiera de ellos la hiciese sonar en caso de emergencia. Cuando se hubieron retirado, Quincey, Godalming y yo decidimos quedarnos despiertos, dividiendo la noche en tres turnos, para velar por la seguridad de aquella pobre dama. Como el primer turno le correspondió a Quincey, los demás debíamos acostarnos lo antes posible. Godalming ya se ha ido a la cama, pues él va a cubrir el segundo turno. Yo también voy a acostarme, puesto que ya he acabado mi trabajo.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



3-4 de octubre, cerca de medianoche.—Pensé que nunca iba a acabar el día de ayer. Anhelaba dormir, en la creencia ciega de que al despertar encontraría todo cambiado, y que en estos momentos cualquier cambio sería favorable. Antes de separarnos, discutimos cuál debía ser nuestro próximo paso, pero no llegamos a ninguna conclusión. Todo lo que sabemos es que queda un cajón de tierra, y que solo el conde sabe dónde se encuentra. Si él decide permanecer oculto, nos confundirá durante años. ¡Y entre tanto…! La idea es tan terrible, que ni me atrevo a pensar en ella. Hay una cosa que sé: que si alguna vez ha existido una mujer todo perfección, esa es mi desdichada esposa. La amo mil veces más por su misericordia de anoche, misericordia que convierte mi odio hacia ese monstruo en algo despreciable. Sin duda, Dios no permitirá que el mundo sea más miserable por la pérdida de semejante ser. En eso confío. Todos nos precipitamos hacia los escollos, y la fe es nuestra única ancla. ¡Gracias a Dios, Mina duerme, y duerme sin sueños! Me da miedo pensar en cómo pueden ser sus sueños con tan terribles recuerdos en los que basarse. No la he visto tan tranquila desde el anochecer. Entonces, y durante un rato, su rostro adquirió una expresión de reposo como la primavera tras las tempestades de marzo. En ese momento pensé que era la suavidad del rojo crepúsculo reflejado en su cara, pero ahora creo que tiene un significado más profundo. Yo no tengo sueño, aunque estoy cansado, mortalmente cansado. Pero debo intentar dormir; hay que pensar en mañana, y no descansaré hasta que…
Más tarde.—Debo de haberme quedado dormido, porque me despertó Mina, que se había incorporado en la cama y tenía una expresión de sobresalto en el rostro. Podía ver bien, pues no habíamos dejado la habitación a oscuras. Mina me puso la mano en la boca y me susurró al oído:
—¡Silencio! ¡Hay alguien en el pasillo!
Me levanté sin ruido, crucé la habitación y abrí la puerta sigilosamente.
Junto a la puerta, tendido en un colchón, estaba el señor Morris, completamente despierto. Levantó la mano para invitarme al silencio, al tiempo que susurraba:
—¡Chitón! Vuelva a acostarse. Todo va bien. Uno de nosotros estará aquí toda la noche. ¡No queremos correr ningún riesgo!
Su mirada y su expresión impedían cualquier protesta; regresé a mi habitación y se lo conté a Mina. Suspiró, y en su cara pálida apareció la sombra de una sonrisa, al tiempo que me rodeaba con sus brazos y decía dulcemente:
—¡Gracias sean dadas a Dios por los hombres buenos y valientes!
Volvió a dormirse, suspirando. Estoy escribiendo porque no tengo sueño, aunque debo intentar dormirme otra vez.
4 de octubre, por la mañana.—Anoche Mina me despertó una vez más. En esta ocasión todos habíamos dormido bien, ya que el gris de la aurora cercana convertía las ventanas en rectángulos de líneas duras y la llama de gas era más una manchita que un disco de luz. Me dijo precipitadamente:
—Ve a llamar al profesor. Quiero verlo inmediatamente.
—¿Para qué?
—Tengo una idea. Supongo que se me ha ocurrido durante la noche, y que ha madurado sin darme cuenta. Tiene que hipnotizarme antes de que despunte el alba, y entonces podré hablar. Ve rápidamente, querido mío, se acerca el momento.
Fui hasta la puerta. El doctor Seward estaba acostado en el colchón, y al verme se puso en pie de un salto.
—¿Ocurre algo? —preguntó, alarmado.
—No —repliqué—; pero Mina quiere ver al doctor Van Helsing inmediatamente.
—Yo iré a buscarlo —dijo, y se dirigió apresuradamente a la habitación del profesor.
Unos minutos más tarde Van Helsing entraba en nuestra habitación, en bata, y el señor Morris y lord Godalming se quedaron en la puerta con el doctor Seward, formulando preguntas. Al ver a Mina, una sonrisa —una auténtica sonrisa— borró la angustia del rostro del profesor; se frotó las manos al decir:
—Oh, mi querida señora Mina, esto es realmente un cambio. ¡Vea, amigo Jonathan, hemos recuperado a nuestra querida señora Mina, como antaño! —se volvió hacia ella, y dijo alegremente—: ¿Y qué he de hacer por usted? Porque, a esta hora, usted no me llama para nada.
—¡Quiero que me hipnotice! —dijo Mina—. Hipnotíceme antes del amanecer, porque siento que entonces podré hablar, y hablar con entera libertad. ¡Dese prisa; queda poco tiempo!
El profesor le indicó sin decir palabra que se incorporase en la cama.
Mirándola fijamente, empezó a hacer pases delante de ella, desde la parte superior de la cabeza hacia abajo, una vez con cada mano. Mina lo miró fijamente durante unos minutos, minutos en los que el corazón me golpeó el pecho como un martillo, porque presentía que se aproximaba una crisis. Sus ojos se cerraron poco a poco, y permaneció sentada, completamente inmóvil; solo el suave subir y bajar de su pecho permitía saber que estaba viva. El profesor hizo unos cuantos pases más y se detuvo; observé que tenía la frente perlada de gruesas gotas de sudor. Mina abrió los ojos; pero no parecía la misma mujer. En su mirada había una expresión distante, y en su voz una tristeza soñadora que me resultó totalmente nueva. Alzando la mano para imponer silencio, el profesor me indicó por señas que entraran los demás. Entraron de puntillas, cerraron la puerta y se quedaron a los pies de la cama observando. Mina no parecía verlos. El silencio fue roto por Van Helsing al hablar en un tono de voz bajo, para no interrumpir la corriente de los pensamientos de Mina:
—¿Dónde está usted?
La respuesta fue neutra:
—No lo sé. El sueño no tiene un lugar que pueda llamar suyo.
Se hizo el silencio durante unos minutos. Mina seguía sentada, rígida, y el profesor la contemplaba con fijeza; los demás apenas nos atrevíamos a respirar. En la habitación entraba cada vez más luz; sin apartar los ojos de Mina, el profesor me indicó que subiese la persiana. Así lo hice, y el día pareció descender sobre nosotros. Una raya roja se disparó hacia el cielo, y por la habitación se difundió una luz rosada. El profesor volvió a hablar en ese mismo instante:
—¿Dónde está ahora?
La respuesta fue soñadora, pero intencionada; fue como si estuviera interpretando algo. He oído ese mismo tono de voz cuando lee sus notas taquigrafiadas.
—No lo sé ¡Todo me resulta extraño!
—¿Qué ve?
—No veo nada; está oscuro.
—¿Qué oye?
Percibí la tensión de la paciente voz del profesor.
—Chapoteo de agua. Gorgotea y unas olitas brincan. Las oigo en el exterior.
—Entonces, ¿está en un barco?
Nos miramos unos a otros, tratando de comprender algo en nuestras miradas. Nos daba miedo pensar. La respuesta fue rápida:
—¡Sí!
—¿Qué más oye?
—Ruido de pisadas de hombres que corren arriba. Se oye el rechinar de una cadena, y el agudo tintineo del cabrestante al caer.
—¿Qué hace usted?
—Estoy inmóvil, completamente inmóvil. ¡Es como la muerte!
La voz se desvaneció en una profunda aspiración, como si durmiese, y los ojos, que estaban abiertos, volvieron a cerrarse.
Ya había salido el sol y estábamos a plena luz del día. El doctor Van Helsing colocó sus manos en los hombros de Mina y tendió suavemente la cabeza sobre la almohada. Durante unos minutos reposó como una niña dormida, y después, con un profundo suspiro, se despertó y nos dirigió una mirada de asombro al vernos a todos reunidos a su alrededor.
—¿He hablado en sueños? —fue todo lo que dijo.
Pero, al parecer, conocía la situación sin necesidad de que le dijéramos nada, aunque deseaba ardientemente saber qué había dicho. El profesor repitió la conversación, y Mina dijo:
—¡No hay tiempo que perder; tal vez no sea aún demasiado tarde!
El señor Morris y lord Godalming se dirigieron a la puerta, pero la sosegada voz del profesor los hizo retroceder:
—Quédense, amigos míos. Ese barco, dondequiera que se encontrase, estaba echando anclas cuando ella hablaba. En este momento hay muchos barcos echando anclas en su gran puerto de Londres. ¿Cuál de ellos es el que ustedes buscan? Loado sea Dios porque una vez más poseemos una pista, aunque no sabemos adónde nos puede llevar. Hemos estado en cierto modo ciegos. ¡Ciegos a la manera de los hombres, ya que cuando miramos atrás vemos lo que habríamos podido ver mirando hacia adelante, de haber sido capaces de ver lo que habríamos podido ver! ¡Ay! Pero esa frase es un embrollo, ¿verdad? Ahora podemos saber qué había en la mente del conde cuando coge ese dinero, a pesar de que el fiero cuchillo de Jonathan le pone en tan serio peligro que incluso él llega a tener miedo. Quería escapar. ¡Escúchenme, ESCAPAR! Comprendió que con un solo cajón de tierra y una pandilla de hombres que lo siguen como perros tras un zorro, este Londres no es lugar para él. Ha llevado a bordo de un barco ese cajón de arena, y abandona la tierra. Él cree escapar, pero ¡no!, nosotros lo seguimos. «¡Al ataque!», como diría el amigo Arthur al ponerse la casaca roja de caza. Nuestro viejo zorro es astuto, tan astuto que hemos de seguirlo con astucia. Yo también soy astuto y me pongo en su mente un poco. Entre tanto, podemos descansar y quedar en paz, porque hay aguas entre nosotros que él no quiere cruzar, y que no podría cruzar si lo deseara, a menos que el barco tocara tierra, y solo con marea alta o baja. Vean, el sol acaba de salir, y todo el día, hasta el crepúsculo, es nuestro. Tomemos un baño, vistámonos y desayunémonos, que todos lo necesitamos, y lo podemos hacer con tranquilidad porque él no está en la misma tierra que nosotros.
Mina le dirigió una mirada suplicante al preguntarle:
—Pero ¿por qué hemos de ir a buscarlo si se nos ha escapado?
El profesor tomó la mano de Mina entre las suyas y le dio unos suaves golpecitos, al tiempo que contestaba:
—Nada me pregunte todavía. Cuando desayunemos, entonces contestaré a todas las preguntas.
No quiso añadir más, y nos separamos para ir a vestirnos.
Después del desayuno Mina repitió su pregunta. El profesor le dirigió una mirada grave y dijo, apenado:
—¡Porque, mi querida, queridísima señora Mina, ahora más que nunca debemos encontrarlo, incluso si tenemos que perseguirlo hasta las fauces del mismísimo infierno!
Mina palideció; le preguntó con un hilo de voz:
—¿Por qué?
—Porque —respondió el profesor solemnemente— puede vivir siglos, y usted no es más que una mujer mortal. Hemos de temer al tiempo desde que puso esa marca en su cuello.
Llegué justo a tiempo de sujetarla, en el momento en que se caía hacia adelante, desmayada.

Capítulo XXIV

DIARIO FONOGRÁFICO DEL DOCTOR SEWARD, GRABADO POR VAN HELSING



Para Jonathan Harker.
Usted debe quedarse con su querida señora Mina. Nosotros vamos a iniciar nuestra búsqueda, si puedo llamarlo así, ya que no es búsqueda, sino conocimiento, y solo necesitamos confirmación. Pero usted quédese y cuide de ella hoy. Ese es su deber más elevado y más sagrado. Hoy nada puede traerlo aquí. Permítame contarle lo que nosotros cuatro ya sabemos, porque yo se lo he contado a ellos. Él, nuestro enemigo, se ha marchado; ha vuelto a su castillo de Transilvania. Lo sé muy bien, como si lo hubiera escrito una gran mano de fuego en la pared. Se ha preparado para esto en cierta medida, y ese último cajón de tierra estaba listo para embarcar en alguna parte. Para eso cogió el dinero; por eso se apresuró al final, para que no lo atrapáramos antes de la puesta del sol. Era su última esperanza, salvo por la de esconderse en la tumba que la pobre Lucy, a quien cree como él, tenía abierta para él. Pero no le quedaba tiempo. Cuando eso falla, se dirige directamente a su último recurso, podría decir terraplén[73], si deseara una double entente[74]. Es inteligente, ¡sí, muy inteligente! Sabe que su juego aquí está acabado; y por eso decide volver a su casa. Encuentra un barco que sigue la ruta por la que él vino, y se sube a él. Ahora nos vamos a averiguar qué barco, y adónde se dirige; cuando descubramos eso, volvemos y lo contamos todo. Entonces le consolaremos a usted y a nuestra querida señora Mina con nuevas esperanzas. Porque será una esperanza cuando reflexione sobre ello: que no todo está perdido. Este ser que perseguimos tarda cientos de años en llegar hasta Londres; y, sin embargo, en un día, cuando sabemos su escondite, lo arrojamos de aquí. Es limitado, aunque posee poder para hacer mucho daño y no sufre como nosotros. Pero somos fuertes, cada uno de nosotros con sus propios objetivos, y somos aún más fuertes todos juntos. Renueve su valor, querido marido de la señora Mina. Esta batalla acaba de comenzar, y al final venceremos, tan cierto como que Dios se sienta en las alturas para velar por Sus hijos. Por tanto, consuélese hasta nuestro regreso.

VAN HELSING



DIARIO DE JONATHAN HARKER



4 de octubre.—Cuando leí a Mina el mensaje que Van Helsing había grabado en el fonógrafo, la pobrecilla se animó extraordinariamente. La certeza de que el conde se halla fuera del país ya le ha proporcionado consuelo; y el consuelo le da fuerzas. Por mi parte, ahora que no nos encontramos cara a cara con este horrible peligro, me resulta casi imposible creerlo. Incluso mis terribles experiencias en el castillo de Drácula parecen un sueño olvidado desde largo tiempo. Aquí, con el vigorizante aire otoñal, a la brillante luz del sol…
Pero ¡ay!, ¿cómo es posible que no crea? A mitad de mis pensamientos mi mirada se posó en la cicatriz roja de la blanca frente de mi pobre amada. Mientras permanezca allí, no es posible la incredulidad. Y después, el mismo recuerdo mantendrá la fe pura como el cristal. Como a Mina y a mí nos da miedo estar desocupados, hemos vuelto a repasar los diarios una y otra vez. Por alguna razón, y a pesar de que la realidad parece agrandarse más y más, el dolor y el temor parecen menores. En todo esto existe una especie de objetivo manifiesto que sirve de guía y de consuelo. Mina dice que tal vez seamos instrumentos para llegar a un buen fin. ¡Quizá sea así! Intentaré pensar como ella. Todavía no hemos hablado del futuro. Es mejor esperar hasta que veamos al profesor y a los demás cuando regresen de sus investigaciones.
El día está transcurriendo con más rapidez de lo que yo pensaba; no creía que el tiempo pudiera volver a pasar así. Ahora son las tres.

DIARIO DE MINA HARKER



5 de octubre, a las 5 de la tarde.—Crónica de nuestra reunión. Estuvieron presentes: el profesor Van Helsing, lord Godalming, el doctor Seward, el señor Quincey Morris, Jonathan Harker, Mina Harker.
El doctor Van Helsing explicó los pasos que se habían dado durante el día, al objeto de descubrir en qué barco había escapado el conde Drácula y adónde se dirigía:
—Como sabía que quería regresar a Transilvania, estaba seguro de que tenía que ir por la desembocadura del Danubio o por alguna parte del mar Negro, ya que por ese camino vino. Un vacío espantoso se abría ante nosotros. Omne ignotum pro magnifico[75]; y así, desolados, empezamos a averiguar qué barcos partían hacia el mar Negro anoche. Va en barco de vela, ya que la señora Mina nos hablaba de que se izaban velas. Esto no es tan importante como encontrar la lista de pasajeros en el periódico Times, y por eso, por sugerencia de milord Godalming, vamos a Lloyd’s[76], donde existen testimonios de todos los barcos que zarpan, por pequeños que sean. Allí descubrimos que solo un barco con destino al mar Negro sale con la marea. Es el Zarina Catalina, y parte hacia Varna desde el muelle de Doolittle, y de allí va a otros lugares y sube por el Danubio. «¡Vaya! —dije—. Este es el barco en que viaja el conde». Nos dirigimos al muelle de Doolittle, y allí encontramos a un hombre en una oficina de madera tan pequeña, que el hombre parece mayor que la oficina. A él le preguntamos la hora de salida del Zarina Catalina. Jura mucho, y con rostro rojo y voz alta, pero de todas formas, buen tipo; y cuando Quincey le da algo de su bolsillo que cruje al enrollarlo, y lo mete en una pequeña bolsa que había escondido en sus ropas, aún es mejor persona y humilde servidor nuestro. Viene con nosotros y pregunta a muchos hombres que son rudos y acalorados; estos también son mejores personas cuando ya no tienen sed. Hablan muchísimo de sangre y flores[77] y de otras cosas que yo no entiendo, aunque adivino lo que significan; pero de todos modos, nos cuentan cosas que queremos saber.
»Hablan entre ellos y nos hacen saber que por la tarde, alrededor de las cinco, llega un hombre con mucha prisa. Un hombre alto, delgado y pálido, con nariz larga, y dientes muy blancos y ojos que parecen arder. Que va todo de negro, excepto por un sombrero de paja que no encaja con él ni con la estación del año. Que reparte dinero para averiguar rápidamente qué barco parte hacia el mar Negro. Alguien lo lleva a la oficina y después al barco; que no sube a bordo, mas se detiene en el extremo de la pasarela y pide que el capitán vaya a verlo. Viene el capitán, cuando le dicen que le pagarán bien, y aunque al principio maldice mucho, accede a un compromiso. Entonces el hombre delgado se va y alguien le dice dónde puede alquilar un caballo y un carro. Va allí, y pronto vuelve él mismo conduciendo un carro en el que lleva una gran caja; él mismo la descarga, aunque son necesarios varios hombres para izarla al barco. Habla mucho con el capitán acerca de cómo y dónde han de colocar su caja; pero al capitán no le gusta y le insulta en muchas lenguas, y le dice que, si quiere, puede ir a ver dónde la colocarán. Pero él dice “no”, que todavía no va a subir, porque mucho tiene que hacer. A lo que el capitán le responde que mejor será que se dé prisa (con sangre), porque su barco va a zarpar de aquel puerto (con sangre) antes del cambio de la marea (de sangre). Entonces el hombre delgado sonríe, y dice que naturalmente debe partir cuando lo crea oportuno; pero que le sorprendería que se marchase tan pronto. El capitán vuelve a decir juramentos políglotas, y el hombre delgado le hace reverencia, da las gracias y dice que abusará de su amabilidad hasta que zarpen. Finalmente el capitán, más rojo que nunca, y en más lenguas, le dice que no quiere ningún francés (con sangre y flores) en su barco (también con sangre). Y así, tras preguntar dónde podía haber una tienda cercana para comprar formularios de navegación, el hombre delgado se marcha.
»Nadie sabe dónde fue ni “las flores que les importaban”, como dijeron, porque tenían otras cosas en que pensar (otra vez a vueltas con la sangre); pues muy pronto comprendieron que el Zarina Catalina no iba a zarpar cuando ellos esperaban. Una fina niebla empezó a surgir en la orilla del río, y creció y creció; hasta que al poco una densa bruma envolvió el barco y todo lo que lo rodeaba. El capitán lanzó juramentos políglotas (muy políglotas) de sangre y flores; pero no pudo hacer nada. El agua empezó a elevarse y a elevarse; y el capitán empezó a temer que fuera a desaprovechar la marea. No estaba de buen humor, cuando en el momento de la marea alta el hombre delgado subió a la pasarela y pidió ver dónde habían colocado su caja. El capitán replicó que ojalá él y su caja (vieja y llena de flores y sangre) se fueran al infierno. Pero el hombre delgado no se ofendió, y bajó con el segundo de a bordo a ver el lugar, subió y se quedó un rato en cubierta, en medio de la niebla. Debió de marcharse solo, porque nadie lo vio. En realidad, nadie pensaba en él, ya que muy pronto empezó a desaparecer la niebla, y se aclaró la atmósfera. Mis amigos, los de la sed y el lenguaje de sangre y flores, se reían contando que los juramentos políglotas del capitán excedían a lo normal, y eran más pintorescos que nunca, cuando, al preguntar a otros marineros que estaban en movimiento por el puerto a aquella hora, descubrió que muy pocos habían visto la niebla, excepto en torno al muelle. No obstante, el barco zarpó con reflujo; y por la mañana se encontraba, sin duda, internado en el río. Cuando hablamos con ellos, ya estaba mar adentro.
»Y así, mi querida señora Mina, tenemos que descansar un tiempo, porque nuestro enemigo está en el mar, con la niebla a sus órdenes, camino de la desembocadura del río Danubio. Un barco tarda tiempo, por muy rápido que sea; y nosotros partimos por tierra, que es más rápido, y le damos alcance. Nuestra esperanza es atraparlo cuando esté en la caja, entre la salida del sol y el crepúsculo; porque entonces no puede luchar, y podemos ocuparnos de él como es debido. Disponemos de varios días para preparar nuestro plan. Lo sabemos todo acerca de dónde va el conde; porque hemos visto al propietario del barco, quien nos ha enseñado facturas y todos los documentos que hay. La caja que buscamos será desembarcada en Varna y entregada a un agente, que allí presentará sus credenciales; y así nuestro amigo comerciante habrá cumplido su parte. Cuando pregunte que si algo va mal, porque de ser así, puede telegrafiar y hacer averiguaciones en Varna, nosotros decimos “no”; porque esta tarea no es para la policía ni las aduanas. Debemos hacerlo nosotros solos, y a nuestra manera.
Cuando el doctor Van Helsing hubo terminado de hablar, le pregunté que si tenía la certeza de que el conde se había quedado a bordo del barco. Replicó:
—Tenemos la mejor prueba: su propia confirmación durante el trance hipnótico de esta mañana.
Volví a preguntarle si era absolutamente necesario que persiguieran al conde, porque me da miedo que me deje Jonathan, y sé que irá si van los demás. Contestó con cólera creciente, aunque al principio estaba muy tranquilo. Pero a medida que hablaba su tono de voz se hizo más violento y enérgico, hasta que finalmente no nos quedó más remedio que reconocer en qué consistía ese dominio personal que le había convertido en maestro entre los hombres:
—¡Sí, es necesario, necesario, necesario! Por su bien en primer lugar, y después por el bien de la humanidad. Este monstruo ya ha hecho mucho daño, en la pequeña esfera de acción en que se encuentra, y en el corto período de tiempo en que solo era un cuerpo que medía a tientas su pequeño tamaño en la oscuridad, sin saber. A los demás se lo he dicho; usted, mi querida señora Mina, se enterará de ello por el fonógrafo de mi amigo John, o por el de su marido. Yo les he explicado que la medida de abandonar su tierra desierta, desierta de gentes, y venir a una tierra nueva donde abunda la vida humana como el maíz crecido, es la obra de siglos. De haber otro No-Muerto como él que intentase hacer lo que él ha hecho, quizá no podrían ayudarle todos los siglos que han transcurrido en el mundo, ni los que habrán de transcurrir. Con este, deben de haber colaborado de una forma asombrosa todas las fuerzas de la naturaleza que están ocultas y profundas y que son fuertes. El lugar mismo en que ha estado vivo, No-Muerto, durante todos estos siglos, está plagado de rarezas del mundo geológico y químico. Existen cavernas y fisuras profundas a las que nadie ha llegado. Han existido volcanes, algunas de cuyas aberturas aún expelen aguas de extrañas propiedades, y gases que matan o vivifican. Sin duda, hay algo magnético o eléctrico en algunas de estas combinaciones de fuerzas ocultas que luchan por la vida física de una forma extraña; el conde llevaba en su interior grandes cualidades desde el principio. En épocas duras y de guerra fue célebre por tener más nervios de acero, un cerebro más sutil y un corazón más valiente que ningún otro hombre. En él ha encontrado su apogeo un principio vital de una forma extraña; y al igual que crece su cuerpo, y se mantiene fuerte y próspero, también su cerebro crece. Todo esto sin esa ayuda diabólica que sin duda posee; porque tiene que someterse a los poderes de los que proviene, y que son símbolo de algo bueno. Y esto es lo que significa para nosotros. La ha infectado a usted (oh, perdóneme, querida señora, por tener que decirlo; pero lo digo por su bien). La ha infectado de tal modo, que incluso si no vuelve a hacerlo, solo tiene usted que vivir, que vivir como antes, dulcemente; y con el tiempo, la muerte, que es el destino común de todos los hombres, y que recibe la sanción de Dios, la hará como él. ¡Esto no debe ocurrir! Hemos jurado que no ocurrirá. Por eso somos ministros de los deseos de Dios: que el mundo y los hombres por los que Su Hijo murió no sean entregados a los monstruos, cuya mera existencia sería una calumnia para Él. Él nos ha permitido redimir un alma, y vamos a redimir más almas como los antiguos caballeros de la cruz. Como ellos, viajaremos hacia el lugar por donde sale el sol; y como ellos, si caemos, caeremos por una causa justa.
Al hacer una pausa, intervine:
—¿Pero acaso no aceptará el conde su fracaso con prudencia? Ya que ha sido expulsado de Inglaterra, ¿no la evitará, como evita el tigre el pueblo en el que le han perseguido?
—¡Ajá! —dijo el profesor—. Es bueno su símil del tigre; y voy a adoptarlo. Su devorador de hombres, como llaman en la India a aquel tigre que ha probado una vez la sangre humana, no se preocupa por otras presas, sino que ronda incesantemente hasta que a su víctima atrapa. Este que perseguimos desde nuestro pueblo también es un tigre, un devorador de hombres, y nunca dejará de rondar. No está en su naturaleza retirarse y quedarse lejos. En su vida, en su vida viviente, va a la frontera turca y ataca a su enemigo en su propio terreno; es derrotado, pero ¿se queda quieto? ¡No! Vuelve una vez y otra vez y otra vez. Vean su resistencia y su constancia. Con el cerebro de niño que posee concibe hace tiempo venir a una gran ciudad. ¿Qué hace? Descubre el lugar que más promesas encierra para él. Entonces se prepara deliberadamente para su empresa. Averigua con paciencia cuál es su fuerza y cuáles son sus poderes. Estudia nuevas lenguas. Aprende la nueva vida social, conoce el nuevo entorno de las costumbres antiguas, la política, la ley, las finanzas, la ciencia, las costumbres de una nueva tierra y un nuevo pueblo. Lo que ha entrevisto solo le sirve para aumentar su apetito y avivar su deseo. Aún más: le ayuda a desarrollar su cerebro; porque todo ello le demuestra cuánta razón tenía al principio en sus suposiciones. Ha hecho todo esto él solo, ¡él solo!, desde un sepulcro en ruinas en una tierra olvidada. Qué no podrá hacer cuando ante él se abra un mundo de pensamiento más amplio. Él, que puede sonreír a la muerte, como sabemos; él, que puede florecer en medio de enfermedades que matan a pueblos enteros. ¡Ah! Si un ser así fuera enviado por Dios, y no por el diablo, qué fuerza del bien no podría representar en este mundo nuestro. Pero nos hemos comprometido a liberar al mundo. Nuestro trajín ha de ser silencioso, y nuestros esfuerzos, secretos; porque, en esta era iluminada en que los hombres no creen siquiera lo que ven, la duda de los hombres sabios sería su mejor aliado. Se convertiría en su cubierta y su armadura, y en sus armas para destruirnos a nosotros, sus enemigos, que estamos dispuestos a poner en peligro incluso nuestras almas por la seguridad de aquella a la que amamos, por el bien de la humanidad, y para el honor y gloria de Dios.
Tras una discusión general, decidimos que no podíamos preparar nada definitivo aquella noche; que debíamos consultarlo con la almohada y tratar de sacar las conclusiones debidas. Mañana vamos a reunirnos una vez más, a la hora del desayuno, y tras poner en conocimiento de todos las conclusiones a que haya llegado cada uno, decidiremos una línea de acción definitiva.
Siento una paz y un sosiego extraordinarios esta noche. Es como si hubiera desaparecido una presencia obsesionante. Tal vez…
No terminé de exponer mi conjetura; no pude hacerlo; porque vi en el espejo la cicatriz roja de mi frente; comprendí que aún soy impura.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



5 de octubre.—Todos nos levantamos temprano, y creo que el haber dormido nos ha hecho mucho bien. Al reunirnos a la hora del desayuno, reinaba más alegría de la que ninguno de nosotros esperábamos volver a experimentar.
Es realmente extraordinaria la capacidad de adaptación de la naturaleza humana. Con tal que desaparezca el obstáculo, sea cual sea, y del modo que sea —incluso mediante la muerte— volvemos inmediatamente a los principios primarios de esperanza y placer. Mientras estábamos sentados a la mesa, mis ojos se abrieron más de una vez, llenos de asombro, sin saber si todos aquellos días pasados no habrían sido más que un sueño. Solo al ver la mancha roja de la frente de la señora Harker volví a la realidad. En estos momentos, en que me encuentro meditando seriamente los hechos, me resulta casi imposible aceptar que aún exista la causa de nuestras tribulaciones. Al parecer, incluso la señora Harker pierde de vista sus problemas durante largos períodos de tiempo; solo de cuando en cuando piensa en su terrible cicatriz, cuando algo se lo recuerda. Vamos a reunirnos aquí, en mi despacho, dentro de media hora, para decidir nuestra línea de acción. Solo veo una dificultad inmediata; lo sé más por instinto que de una forma racional: todos tendremos que hablar con franqueza, y temo que, por alguna razón misteriosa, la boca de la pobre señora Harker esté sellada. Sé que ha sacado sus propias conclusiones y, por todo lo que ha ocurrido, puedo imaginar cuán brillantes y acertadas deben ser; pero no puede o no quiere expresarlas. He mencionado mis sospechas a Van Helsing, y vamos a discutir el asunto a solas. Supongo que ese terrible veneno que corre por sus venas ha empezado a actuar. El conde tenía unas intenciones concretas al darle lo que Van Helsing llama «el bautismo de sangre del vampiro». Debe de existir algún veneno que se destile de las cosas buenas. ¡No deberíamos extrañarnos en una época en que la existencia de tomaínas aún constituye un misterio! De una cosa estoy seguro: si son ciertas mis sospechas respecto a los silencios de la señora Harker, la labor que nos espera encierra una terrible dificultad, un peligro desconocido. El mismo poder que la obliga a guardar silencio puede obligarla a hablar. No me atrevo a pensar más: ¡deshonraría a una mujer noble con el pensamiento!
Van Helsing va a venir a mi despacho un poco antes que los demás. Trataré de resolver el problema con él.
Más tarde.—Cuando vino el profesor, examinamos la situación. Observé que le rondaba algo por la cabeza y que quería decirlo, pero que vacilaba en iniciar la conversación. Tras unos pequeños rodeos, dijo bruscamente:
—Amigo John, hay algo que debemos discutir a solas usted y yo, por lo menos al principio. Más adelante, quizá tengamos que confiarlo a los demás —hizo una pausa, y yo me quedé a la espera, hasta que prosiguió—: La señora Mina, nuestra querida señora Mina, está cambiando.
Me recorrió un escalofrío al comprobar que se confirmaban mis temores. Van Helsing continuó diciendo:
—Tras la triste experiencia de la señorita Lucy, esta vez debemos estar sobre aviso antes de que las cosas lleguen demasiado lejos. En realidad, nuestra tarea es ahora más difícil que nunca, y este nuevo problema hace que cada hora que pasa tenga suma importancia. Observo en su rostro las características incipientes del vampiro. Ahora son muy débiles; pero se ven, con tal de tener ojos para darse cuenta sin prejuicios. Sus dientes están un poco más afilados, y a veces los ojos se hacen más duros. Pero esto no es todo; guarda silencio con frecuencia, como ocurría con la señorita Lucy. No hablaba, ni siquiera cuando escribió lo que quería que se supiera después. Mi temor es el siguiente: si resulta que la señora Mina puede, mediante el trance hipnótico, decirnos lo que el conde ve y oye, ¿no es cierto que el que la hipnotizó primero, y que ha bebido de su propia sangre y la ha obligado a beber de la suya, puede obligar a su mente, si se es su deseo, a revelarle lo que ella sabe?
Asentí, y el profesor prosiguió:
—Entonces, lo que debemos hacer es prevenirlo; tenemos que mantenerla en la ignorancia con respecto a nuestras intenciones, y así no puede decir lo que no sabe. ¡Es un deber doloroso! ¡Ah, es tan doloroso que me rompe el corazón el pensarlo! Pero así debe ser. Cuando nos reunamos hoy, tengo que decirle que, por razones de las que no se puede hablar, no debe asistir más a nuestras reuniones, sino que sencillamente la protegeremos.
Se enjugó la frente, que estaba cubierta de abundantes gotas de sudor al pensar en el sufrimiento que tal vez tendría que infligirle a aquella pobre alma, ya tan torturada. Yo sabía que le proporcionaría cierto consuelo si le contaba que yo también había llegado a la misma conclusión. Se lo dije, y surtió el efecto previsto.
Se acerca la hora de nuestra reunión general. Van Helsing se ha marchado a prepararse para el doloroso papel que ha de desempeñar. Yo creo que su intención es quedarse a solas para rezar.
Más tarde.—Al principio mismo de la reunión, tanto Van Helsing como yo experimentamos un gran alivio. La señora Harker había dado a su marido el recado de que de momento no iba a reunirse con nosotros, ya que pensaba que era mejor que nos sintiéramos libres para discutir nuestros movimientos sin su presencia, que nos cohibiría. El profesor y yo nos miramos unos instantes, y en cierto modo quedamos aliviados. Por mi parte, pensé que si la señora Harker había comprendido el riesgo que existía, se evitarían muchos sufrimientos y también muchos peligros. Dadas las circunstancias, y tras una mirada inquisitiva, decidimos, con un dedo en los labios, guardar silencio sobre nuestras sospechas hasta que pudiéramos hablar a solas de nuevo. Acometimos inmediatamente el plan de campaña. En primer lugar, Van Helsing nos presentó los hechos a grandes rasgos:
—El Zarina Catalina salió del Támesis ayer por la mañana. Tardará al menos tres semanas en llegar a Varna a la mayor velocidad que pueda alcanzar; pero nosotros podemos ir por tierra al mismo lugar en tres días. Ahora bien, si descontamos dos días al viaje del barco, debido a las influencias atmosféricas que, como bien sabemos, puede provocar el conde, y si descontamos un día y una noche por posibles retrasos que podamos sufrir, tendremos un margen de casi dos semanas. Por tanto, para mayor seguridad, debemos partir el jueves 17 como muy tarde. Debemos llegar a Varna un día antes que el barco, para hacer los preparativos necesarios. Naturalmente, todos iremos armados, armados contra las cosas malas, tanto físicas como espirituales.
Al llegar aquí intervino Quincey Morris:
—Tengo entendido que el conde nació en un país de lobos, y es posible que llegue allí antes que nosotros. Propongo que añadamos unos Winchesters, cuando amenaza un peligro de esa clase. Art, ¿recuerdas cuando nos perseguía aquella manada de Tobolsk? ¡Qué no habríamos dado por un rifle de repetición por barba!
—¡Muy bien! —dijo Van Helsing—. Llevaremos Winchesters. Quincey tiene la cabeza sobre los hombros en todas las ocasiones, pero más aún cuando hay que cazar, aunque mi metáfora sea mayor deshonra para la ciencia que los lobos peligro para el hombre. Entre tanto, nada podemos hacer aquí; y como creo que ninguno de nosotros conoce Varna, ¿por qué no ir allí antes? Tanto tiempo esperaremos aquí como allí. Esta noche y mañana podemos prepararnos, y, si todo marcha bien, nosotros cuatro podemos iniciar el viaje.
—¿Nosotros cuatro? —dijo Harker en tono inquisitivo, mirándonos uno a uno.
—¡Naturalmente! —replicó apresuradamente el profesor—. ¡Usted debe quedarse para cuidar a su dulce esposa!
Harker guardó silencio unos momentos y después dijo con voz cavernosa:
—Hablaremos de ese asunto mañana por la mañana. Quiero consultarlo con Mina.
Pensé que había llegado el momento de que Van Helsing le advirtiese de que no debía revelar nuestros planes a su mujer; pero el profesor no hizo el menor caso. Lo miré significativamente y tosí. Por toda respuesta se llevó un dedo a los labios y dio media vuelta.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



5 de octubre, por la tarde.—No pude pensar durante un rato después de la reunión de la mañana. Las nuevas fases de la situación han sumido mi mente en un estado de estupor que no deja lugar para el pensamiento activo. La decisión de Mina de no participar en la discusión me hizo reflexionar, y al no poder hablarlo con ella, solo puedo hacer conjeturas. Estoy más lejos que nunca de encontrar una solución. También me confundió la forma de recibir la noticia los demás; la última vez que tocamos el tema, decidimos no ocultarnos nada unos a otros. Mina está durmiendo, tranquila y dulce, como una niña pequeña. Sus labios están curvados en una sonrisa y su rostro resplandece de alegría. Gracias a Dios que aún puede disfrutar de tales momentos.
Más tarde.—Qué extraño es todo. Me quedé sentado, contemplando el feliz sueño de Mina, y yo mismo llegué a sentirme más feliz que nunca. A medida que oscurecía y que la tierra se cubría con las sombras del sol poniente, el silencio de la habitación se me antojaba cada vez más solemne. De repente Mina abrió los ojos; me miró con ternura y dijo:
—Jonathan, quiero que me prometas una cosa bajo palabra de honor. Tú me harás esta promesa, que será sagrada ante los ojos de Dios y que no quebrantarás aunque me pusiera de rodillas y te lo suplicase con lágrimas en los ojos. Rápido, tienes que prometérmelo inmediatamente.
—Mina —dije—, no puedo prometerte una cosa así inmediatamente. Tal vez no tenga ningún derecho a hacerlo.
—Pero, querido mío —dijo, con tal intensidad espiritual que sus ojos destellaron como estrellas polares—, soy yo quien te lo pide; y no lo hago por mí misma. Pregúntale al doctor Van Helsing si no tengo razón; si no estás de acuerdo, puedes hacer lo que quieras. Más aún: si más adelante todos os ponéis de acuerdo, puedes retirar tu promesa.
—¡Lo prometo! —dije, y durante unos momentos apareció en su rostro una expresión de suprema felicidad; aunque, a mis ojos, toda su felicidad quedaba borrada por la cicatriz roja de la frente.
Dijo:
—Prométeme que no me contarás nada de vuestros planes sobre la campaña contra el conde. Ni de palabra, ni por inferencia, ni implícitamente; no me lo contarás en ningún momento mientras siga esto aquí —y señaló solemnemente la cicatriz.
Comprendí que hablaba con la mayor seriedad, y le dije de forma solemne:
—¡Lo prometo! —y en ese mismo instante sentí que una puerta se había cerrado entre nosotros.
Más tarde, a medianoche.—Mina ha estado alegre y animada durante toda la tarde. Tanto es así que los demás hemos recuperado el optimismo como contagiados por su buen humor; el resultado es que incluso yo he sentido como si se hubiera elevado el palio de tristeza que nos oprimía. Todos nos retiramos temprano. Mina duerme como una niña pequeña; es asombroso que conserve la capacidad de dormir en medio de sus tribulaciones. Gracias a Dios, ya que al menos puede olvidar las preocupaciones. Quizá su ejemplo me afecte como ocurrió esta noche con su alegría. ¡Ah, daría cualquier cosa por dormir sin soñar!
6 de octubre, por la mañana.—Una nueva sorpresa. Mina me despertó temprano, más o menos a la misma hora de ayer, y me pidió que llamase al doctor Van Helsing. Pensé que sería otra ocasión para hipnotizarla, y fui a buscar al profesor sin preguntarle nada. Evidentemente esperaba la llamada, porque lo encontré vestido en su habitación. La puerta estaba entreabierta, por lo que oyó abrirse la puerta de nuestra habitación. Vino inmediatamente; al entrar, preguntó a Mina si podían venir los otros.
—No —respondió sencillamente—, no es necesario. Puede contárselo más tarde. Tengo que acompañarlos en el viaje.
El doctor Van Helsing se quedó tan sorprendido como yo. Tras un momento de pausa preguntó:
—¿Pero por qué?
—Tienen que llevarme con ustedes. Estoy más segura con ustedes, y también ustedes estarán más seguros.
—¿Pero por qué, querida señora Mina? Usted sabe que su seguridad es nuestro más sagrado deber. Corremos unos riesgos a los que usted está, o puede estarlo, más expuesta que ninguno de nosotros… por circunstancias, por cosas que han ocurrido.
Guardó silencio, avergonzado.
Al contestar, Mina levantó un dedo y señaló su frente:
—Lo sé. Esa es la razón por la que debo ir. Puedo decírselo ahora, mientras sale el sol; tal vez no pueda volver a hacerlo. Sé que, cuando el conde lo desee, tendré que ir con él. Sé que, si me dice que vaya en secreto, tendré que acudir valiéndome de la astucia; tendré que servirme de cualquier engaño, incluso si he de engañar a Jonathan.
Dios vio la mirada que me dirigió mientras pronunciaba estas palabras y, si existe realmente un ángel que haga recuento de nuestras obras, esa mirada quedará registrada para su honor eterno. Solo pude apretarle la mano. No podía hablar; mi emoción era demasiado grande incluso para el alivio de las lágrimas. Prosiguió:
—Ustedes, los hombres, son fuertes y valientes. Son fuertes por su número, porque juntos pueden desafiar aquello a lo que uno solo no podría enfrentarse. Además, tal vez les resulte útil, ya que usted me puede hipnotizar y así enterarse de cosas que ni yo misma sé.
El doctor Van Helsing dijo con suma seriedad:
—Señora Mina, es usted, como siempre, muy prudente. Con nosotros vendrá; y juntos haremos aquello que queremos lograr.
Cuando terminó de hablar, el largo silencio de Mina me hizo mirarla. Se había derrumbado en la almohada, dormida; ni siquiera se despertó cuando levanté la persiana para dejar entrar la luz del sol, que inundó la habitación. Van Helsing me indicó por señas que me fuese con él. Fuimos a su habitación, y al cabo de un minuto se reunieron con nosotros lord Godalming, el doctor Seward y el señor Morris. Les contó lo que había dicho Mina, y añadió:
—Saldremos para Varna por la mañana. Ahora tenemos que ocuparnos de un nuevo factor: la señora Mina. Ah, pero su alma es sincera. Para ella es un tormento contarnos todo cuanto ha hecho; pero hace bien, y nosotros estamos sobre aviso a tiempo. No podemos perder ninguna oportunidad y, en Varna, debemos estar preparados para actuar en el mismo instante en que llegue el barco.
—¿Qué vamos a hacer exactamente? —preguntó el señor Morris lacónicamente.
El profesor hizo una pausa antes de contestar:
—En primer lugar, subir a bordo de ese barco; después, cuando hayamos identificado la caja, colocaremos una rama de rosa silvestre en ella. La ataremos bien, porque cuando está allí, nadie puede salir; eso dice, al menos, la superstición. Y al principio tenemos que confiar en la superstición, era la fe del hombre en los primeros tiempos, y aún tiene sus raíces en la fe. Después, cuando tengamos la oportunidad que buscamos, cuando nadie esté cerca para ver, abriremos la caja, y… y todo irá bien.
—Yo no esperaré a tener una oportunidad —dijo Morris—. Cuando vea la caja la abriré y destruiré a ese monstruo, aunque me estén observando mil hombres, y aunque me liquiden al momento siguiente.
Le agarré la mano instintivamente y la encontré firme como el acero. Creo que comprendió mi mirada; espero que así fuera.
—Buen muchacho —dijo el doctor Van Helsing—. Muchacho valiente. Quincey es todo un hombre; que Dios le bendiga por eso. Hijo mío, créame que ninguno de nosotros retrocederá ni se arredrará ante el temor. Solo digo lo que podemos hacer, lo que debemos hacer. Pero en realidad no sabemos qué haremos. Pueden ocurrir tantas cosas, y sus formas y sus finales son tan variados, que nada podemos decir hasta que llegue el momento. Iremos armados, en todos los sentidos, y cuando llegue el momento final, valor no faltará. Ahora pongamos todos nuestros asuntos en orden. Que se solucionen todas las cosas que se refieren a otros que nos son queridos y que dependen de nosotros; ya que nadie puede decir cuál, ni cuándo ni cómo será el final. Por mi parte, mis asuntos están en orden; y como no tengo nada que hacer voy a preparar las cosas del viaje. Voy a comprar los billetes y demás.
Como no había más que añadir, nos separamos. Ahora voy a poner en orden todos mis asuntos terrenales, y a prepararme para lo que pueda venir…
Más tarde.—Ya está todo hecho; he testado, y todo está listo. Si sobrevive, Mina será mi única heredera. En otro caso, me heredarán estas personas que tan bien se han portado con nosotros.
Se acerca el crepúsculo; me he dado cuenta por la intranquilidad de Mina. Estoy seguro de que su mente oculta algo que se revelará en el momento exacto de la puesta del sol. Estas ocasiones se están convirtiendo en algo angustioso para todos nosotros, porque con cada amanecer y cada atardecer se descubre un nuevo peligro un nuevo sufrimiento que tal vez sea el instrumento de que se sirve la voluntad de Dios para alcanzar un buen fin. Escribo todo esto en el diario, ya que mi amada no debe oírlo ahora; pero si es posible que lo vea alguna vez, lo tendré preparado.
Me está llamando.

Capítulo XXV

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



11 de octubre, por la noche.—Jonathan Harker me ha pedido que anote esto, pues dice que él difícilmente podría cumplir la tarea, y quiere que se lleve una relación exacta de todo.
Creo que a ninguno nos sorprendió que nos pidieran que fuésemos a ver a la señora Harker un poco antes del crepúsculo. Últimamente hemos comprendido que el amanecer y el crepúsculo son para ella momentos de libertad especial en que se manifiesta su antigua personalidad, sin ninguna fuerza que la domine ni la restrinja ni la incite a la acción. Este estado o situación comienza una media hora o más antes de la puesta o de la salida del sol propiamente dichas, y dura hasta que el sol está alto en el cielo o mientras las nubes irradian aún los rayos que se derraman por el horizonte. Al principio se da una especie de disposición negativa, como si se soltara una atadura, seguida de una absoluta libertad; pero, cuando cesa la libertad, el retroceso o recaída llega rápidamente, precedido únicamente por un período de silencio premonitor.
Al reunirnos esta noche, la señora Harker estaba un tanto reservada, y mostraba todos los signos de una lucha interna. Lo atribuí al violento esfuerzo que realizó en el mismo instante en que estuvo en condiciones de hacerlo. Al cabo de unos minutos, recuperó por completo el control de sí misma; después, indicando a su marido que se sentara a su lado en el sofá en que ella estaba reclinada, hizo que los demás acercáramos unas sillas. Tomó la mano de su marido entre las suyas y empezó a decir:
—Estamos todos juntos, libremente, quizá por última vez. Ya lo sé, cariño; sé que tú estarás conmigo hasta el final —dirigió estas palabras a su marido, quien, según vimos, había apretado con fuerza la mano de su mujer—. Por la mañana iniciaremos nuestra empresa, y solo Dios sabe lo que nos aguarda. Ustedes van a tener la bondad de llevarme. Sé que harán todo lo que unos hombres serios y valientes pueden hacer por una pobre y débil mujer, cuya alma está quizá perdida: no, aún no, pero en cualquier caso corre el riesgo de que así sea. Pero deben recordar que yo no soy como ustedes. En mi sangre, en mi alma, hay un veneno que tal vez me destruya; que me destruirá, a menos que recibamos alivio. ¡Oh, amigos míos, ustedes saben tan bien como yo que mi alma está en peligro; y aunque sé que tengo una salida, ustedes no deben abrirla, como no debo abrirla yo!
Nos miró suplicante a cada uno de nosotros, empezando y terminando por su marido.
—¿Cuál es esa salida? —preguntó Van Helsing con voz ronca—. ¿Cuál es esa salida que no debemos, que no podemos abrir?
—Morir ahora, bien por mi propia mano o por la de otra persona, antes de que se haya forjado por completo el mal mayor. Yo sé, como lo saben ustedes, que una vez muerta podrían liberar mi espíritu inmortal, como liberaron el de mi pobre Lucy. Si fuera la muerte, o el temor a la muerte, lo único que se interpusiera, no me asustaría morir aquí y ahora entre los amigos que me quieren. Pero la muerte no lo es todo. No puedo creer que morir en un caso como este, cuando aún existe la esperanza y un amargo deber que cumplir, sea la voluntad de Dios. Por tanto, yo, personalmente, renuncio a la certeza del descanso eterno, y me sumerjo en la oscuridad, donde pueden estar las cosas más negras que contiene el mundo o las regiones inferiores.
Todos guardamos silencio, pues sabíamos de forma instintiva que aquello no era más que un preludio. La expresión de los otros era grave, y el rostro de Harker se tornó de un gris ceniciento; quizá él adivinara mejor que nadie lo que vendría a continuación. La señora Harker prosiguió:
—Esto es lo que yo aporto a este caudal sucesorio[78].
No dejé de observar aquella curiosa frase legal, utilizada en semejante ocasión y con la mayor seriedad.
—¿Qué aportan cada uno de ustedes? Sus vidas, ya lo sé —continuó rápidamente—; eso es fácil para los hombres valientes. Sus vidas pertenecen a Dios, y pueden devolvérselas; pero ¿qué me darán a mí? —volvió a mirarnos inquisitivamente, pero en esta ocasión evitó mirar a la cara a su marido. Al parecer, Quincey comprendió; asintió, y el rostro de la señora Harker se iluminó—. Les diré lisa y llanamente lo que quiero, porque no debe existir ninguna duda en la relación que mantenemos ahora. Deben prometerme todos ustedes, incluso tú, amado esposo mío, que, si llegara el momento, me matarían.
—¿Cuál es ese momento?
La voz era la de Quincey, pero una voz baja y cargada de tensión.
—Cuando estén convencidos de que he cambiado tanto que es mejor morir que vivir. Cuando mi cuerpo haya muerto, me clavarán una estaca, sin mayor dilación, y me cortarán la cabeza, ¡o harán lo que sea necesario para concederme el descanso!
Quincey fue el primero en ponerse de pie tras la pausa que siguió. Se arrodilló ante ella, tomó su mano entre las suyas y dijo solemnemente:
—No soy más que un hombre rudo que tal vez no haya vivido como un hombre debería vivir para merecer tal distinción, pero le juro por todo lo que considero sagrado y todo lo que me es querido que, si llegara el momento, no vacilaría en cumplir el deber que usted nos ha impuesto. Y también le prometo que me aseguraré de todo, porque, con solo albergar alguna duda, deduciré que ha llegado el momento.
—¡Es usted un verdadero amigo! —fue todo lo que pudo decir la señora Harker entre las lágrimas que surcaban sus mejillas, al tiempo que se inclinaba y besaba la mano de Quincey.
—¡Yo juro lo mismo, mi querida señora Mina! —dijo Van Helsing.
—¡Y yo también! —dijo lord Godalming.
Uno por uno se arrodillaron ante ella para prestar juramento. Yo fui el siguiente. Su marido se volvió hacia ella, con ojos tristes y una palidez verdosa que mitigaba la blancura de su cabello, y le preguntó:
—¿Tengo yo que hacer la misma promesa, esposa mía?
—También tú, querido mío —respondió con una ternura y compasión infinitas en la voz y los ojos—. No debes arredrarte. Tú eres lo más cercano y lo más querido del mundo; nuestras almas están entretejidas para toda la vida y toda la eternidad. Piensa, cariño, que ha habido ocasiones en que los hombres valientes han matado a sus esposas y a sus mujeres para evitar que cayeran en manos del enemigo. Sus manos no temblaban porque aquellas mismas a las que amaban eran quienes pedían ser sacrificadas. ¡En tiempos de prueba es el deber de los hombres para con las mujeres que aman! Y, querido mío, si ocurre que debo encontrar la muerte a manos de alguien, que sea la mano de aquel que más me quiere. Doctor Van Helsing, no he olvidado su piedad en el caso de la pobre Lucy, hacia aquel que la quería… —se detuvo, súbitamente sonrojada, y modificó la frase—, hacia aquel que más derecho tenía a darle la paz. Si vuelve ese momento, confío en que usted convierta en un recuerdo feliz en la vida de mi marido el hecho de que fuera su mano amante la que me liberase de la espantosa esclavitud que me atenaza.
—¡Lo juro una vez más! —se oyó decir a la voz resonante del profesor.
La señora Harker sonrió, sonrió de verdad, al reclinarse y decir, con un suspiro de alivio:
—Y ahora, unas palabras de advertencia, una advertencia que no deben olvidar: esa ocasión puede llegar de una forma rápida e inesperada, y en tal caso, no deben perder tiempo en aprovechar la oportunidad que se les presenta. En esa ocasión, tal vez yo esté aliada (es más, sin duda lo estaré) con su enemigo, en contra de ustedes. Y una petición más —al pronunciar estas palabras, adoptó un tono solemne—: no es vital y necesaria, como la otra, pero quiero que hagan una cosa por mí —todos asentimos, aunque nadie dijo nada; no había necesidad de hablar—: Quiero que lean el oficio de difuntos.
Sus palabras fueron interrumpidas por un profundo gemido de su marido; la señora Harker tomó su mano entre las suyas, la colocó junto a su corazón, y continuó:
—Tendrás que leerlo algún día. Cualquiera que sea el resultado de esta espantosa situación, será un pensamiento dulce para todos, o para algunos de nosotros. Amado mío, espero que lo leas tú, porque entonces perdurará para siempre en mi recuerdo con tu voz… ¡ocurra lo que ocurra!
—Pero, amada mía —dijo Harker en tono suplicante—, la muerte aún está lejos.
—No —replicó ella, alzando una mano—. ¡Me encuentro más sumida en la muerte en estos momentos que si sobre mí pesara una losa de piedra!
—Oh, esposa mía, ¿tengo que leerlo? —dijo Harker antes de empezar.
—¡Me consolaría mucho, marido mío! —fue todo lo que dijo.
Y cuando ella le tendió el libro, Harker se puso a leer.
¿Cómo podría narrar, cómo podría nadie narrar aquella extraña escena, cómo podría explicar su solemnidad, su melancolía, su tristeza, su horror y también su dulzura? Incluso un escéptico, que no ve más que una parodia de la amarga verdad en cualquier cosa santa o emocional, se habría ablandado hasta lo más profundo al ver aquel pequeño grupo de amigos leales y cariñosos arrodillados ante aquella dama apenada y atormentada; o al percibir la tierna pasión de la voz de su marido mientras en tonos tan rotos por la emoción, que tenía que detenerse con frecuencia, leía el sencillo y hermoso oficio de difuntos. ¡No…, no puedo continuar…! ¡Me faltan las palabras… y la voz!
Su intuición era cierta; por extraño que fuese, por raro que pueda parecernos incluso a nosotros, que experimentamos su potente influencia en su momento, nos consoló mucho; y el silencio, que mostraba que la señora Harker abandonaba el período de su libertad de alma, no se nos antojó a ninguno de nosotros tan lleno de desesperación como temíamos.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



15 de octubre. Varna.—El día 12, por la mañana, salimos de Charing Cross; llegamos a París el mismo día, y ocupamos los lugares que teníamos reservados en el Orient-Express. Viajamos día y noche, y llegamos aquí alrededor de las cinco. Lord Godalming fue a ver si habían recibido algún telegrama para él en el consulado, mientras los demás veníamos al hotel, el Odesa. Durante el viaje habrían podido ocurrir incidentes; pero yo estaba demasiado impaciente para preocuparme por ellos. Hasta que llegue a puerto el Zarina Catalina, no hay nada en el mundo que me interese. ¡Gracias a Dios! Mina se encuentra bien, y parece que se está poniendo más fuerte; el color vuelve a sus mejillas. Duerme mucho; ha estado durmiendo durante casi todo el viaje. No obstante, a la hora del amanecer y del crepúsculo está despierta y alerta; y se ha convertido en costumbre que Van Helsing la hipnotice en tales momentos. Al principio se requería algún esfuerzo, y tenía que hacer muchos pases; pero ahora Mina se somete en seguida, como por hábito, y apenas es necesario actuar. Según parece, en estas ocasiones el profesor posee un poder especial, que utiliza a voluntad, y los pensamientos de Mina le obedecen. Siempre le pregunta qué ve y qué oye. Ella contesta a lo primero:
—Nada: todo está oscuro.
Y a la segunda pregunta:
—Oigo las olas que chapotean contra el barco, y agua en movimiento. Se tensan velas y cordaje, y crujen los mástiles y las vergas. El viento es fuerte, lo oigo en los obenques, y la proa arroja la espuma hacia atrás.
Es evidente que el Zarina Catalina se encuentra aún navegando y que se dirige a toda prisa a Varna. Acaba de regresar lord Godalming. Desde que partimos ha recibido cuatro telegramas, uno cada día, y todos con el mismo resultado: que en Lloyd’s no se han recibido noticias del Zarina Catalina desde ninguna parte. Antes de abandonar Londres, lord Godalming dispuso que su agente le enviase diariamente un telegrama para comunicarle las novedades del barco. Le envían el recado aunque no se hayan recibido noticias, para que tenga la seguridad de que se mantiene vigilancia constante al otro lado del cable.
Cenamos y nos acostamos temprano. Mañana vamos a ver al vicecónsul, con el fin de obtener permiso para subir a bordo del barco en cuanto este llegue, Val Helsing dice que nuestra oportunidad consiste en subir a bordo entre el amanecer y el crepúsculo. El conde, incluso si adopta forma de murciélago, no puede atravesar el agua por propia voluntad, y, por tanto, no puede abandonar el barco. Como no es posible que adopte forma humana sin despertar sospechas —cosa que, evidentemente, desea evitar—, tendrá que quedarse en la caja. Si pudiéramos subir a bordo después de la salida del sol, estaría a nuestra merced; porque podemos abrir la caja y asegurarnos de que no escape, como hicimos con la pobre Lucy, antes de que despierte. Que no cuente con nuestra misericordia. Creemos que no encontraremos muchas dificultades con los oficiales o los marineros. Gracias a Dios, este es un país en que el soborno sirve para algo, y todos llevamos suficiente dinero. Solo tenemos que asegurarnos de que el barco no entre en el puerto entre el crepúsculo y el amanecer sin que estemos sobre aviso, y entonces estaremos a salvo. ¡Creo que el juez Monedero solucionará este caso!
16 de octubre.—La información de Mina sigue siendo la misma: olas que chapotean y agua en movimiento, oscuridad y vientos favorables. Evidentemente, hemos llegado a tiempo, y cuando recibamos noticias del Zarina Catalina estaremos preparados. Sin duda tendremos noticias cuando atraviese los Dardanelos.
17 de octubre.—Creo que todo está listo para recibir al conde al regreso de su viaje. Godalming ha dicho a los armadores que pensaba que la caja que va a bordo contiene unos objetos robados a un amigo suyo, y ha obtenido permiso a medias para abrirla bajo su propia responsabilidad. El propietario le ha entregado un papel en el que indica al capitán que le conceda todas las facilidades para hacer lo que desee a bordo del barco, y asimismo, una autorización semejante a su agente de Varna. Hemos visto al agente, que quedó muy impresionado ante la amable actitud de Godalming hacia él, y todos estamos convencidos de que hará todo lo que esté en su mano para cooperar en la realización de nuestros deseos. Ya hemos decidido qué hacer en el caso de que abramos la caja. Si el conde está dentro, Van Helsing y el doctor Seward le cortarán la cabeza inmediatamente y le clavarán una estaca en el corazón. Morris, Godalming y yo evitaremos que nos interrumpan, aunque tengamos que utilizar las armas que llevamos. El profesor dice que, al tratarlo de ese modo, el cuerpo del conde pronto se convertirá en polvo. En tal caso, no quedaría ninguna evidencia contra nosotros si despertáramos alguna sospecha de asesinato. Pero incluso si no ocurriese así, asumiríamos la responsabilidad de nuestro acto y quizá algún día este mismo manuscrito sirva de prueba que se interponga entre nosotros y el patíbulo. Por mi parte, yo correría el riesgo con mucho gusto. Tenemos intención de no dejar ningún rincón sin escudriñar para llevar a cabo nuestros propósitos. Hemos acordado con unos oficiales que un mensajero especial nos avisará en el mismo instante en que se aviste el Zarina Catalina.
24 de octubre.—Toda una semana de espera. Telegramas diarios a Godalming, pero siempre la misma historia: «Aún sin noticias». No ha variado la respuesta de Mina de la mañana y la tarde: olas que chapotean, agua en movimiento y mástiles que crujen.

TELEGRAMA DE RUFUS SMITH, LLOYD’S, LONDRES,
A LORD GODALMING, A LA ATENCIÓN DEL
VICECÓNSUL DE H. B. M.[79], VARNA



24 de octubre
«Zarina Catalina avistado esta mañana en los Dardanelos».

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



25 de octubre.—¡Cuánto echo de menos el fonógrafo! Me resulta pesado escribir el diario con una pluma; pero Van Helsing dice que debo hacerlo. Cuando Godalming recibió ayer el telegrama de Lloyd’s todos nos pusimos locos de nerviosismo. Ahora sé lo que siente un soldado en el campo de batalla cuando recibe la orden de entrar en acción. La única que no mostró indicios de emoción fue la señora Harker. Después de todo no es extraño que así fuera; porque tuvimos especial cuidado de no dejarla saber nada al respecto, y todos hemos intentado no mostrar ninguna excitación en su presencia. Estoy seguro de que en los viejos tiempos lo habría notado, por mucho que nos hubiéramos esforzado por ocultárselo; pero durante las tres últimas semanas ha cambiado mucho en ese sentido. Está como aletargada, y aunque parece fuerte y con buena salud y está recuperando cierto color, Van Helsing y yo no nos sentimos satisfechos. Hablamos de ella con frecuencia, pero no hemos dicho una palabra a los demás. Si Harker supiera que albergamos sospechas al respecto se le destrozaría el corazón, y sin duda los nervios. Según me ha dicho Van Helsing, examina sus dientes minuciosamente mientras se encuentra en estado hipnótico, porque dice que, hasta que no empiecen a afilarse, no existe un peligro activo de que se produzca un cambio en ella. ¡Si sobreviene el cambio, será necesario tomar medidas!… Ambos sabemos en qué consistirían esas medidas, aunque no mencionamos nuestros pensamientos el uno al otro. Ninguno de los dos debemos acobardarnos ante nuestro deber, por muy espantoso que sea pensarlo. ¡«Eutanasia» es una palabra excelente y consoladora! Se lo agradezco a quienquiera que la inventase.
Solo hay veinticuatro horas de navegación desde los Dardanelos hasta aquí a la velocidad que ha viajado el Zarina Catalina desde Londres. Por tanto, debería llegar a cualquier hora de la mañana; pero, como no es posible que llegue antes, vamos a retirarnos todos temprano. Nos levantaremos a la una, para prepararnos.
25 de octubre, mediodía.—Aún sin noticias de la llegada del barco. La información que nos ha proporcionado la señora Harker en el trance hipnótico de esta mañana ha sido la misma de costumbre, así que es posible que recibamos noticias en cualquier momento. Los hombres estamos enfebrecidos y nerviosos, excepto Harker, que parece tranquilo, tiene las manos frías como el hielo, y hace una hora le sorprendí afilando la hoja del gran cuchillo gurkha que ahora siempre lleva consigo. ¡Mala perspectiva para el conde si el filo de ese kukri roza su cuello, empuñado por esa mano implacable y fría como el hielo!
Hoy, Van Helsing y yo estábamos un poco asustados por la señora Harker. Hacia el mediodía se sumió en una especie de letargo que no nos gustó nada; aunque no dijimos ni palabra a los demás, ninguno de los dos estábamos contentos. Se había mostrado inquieta durante toda la mañana, de modo que al principio nos alegró saber que dormía. Pero, al mencionar casualmente su marido que estaba tan profundamente dormida que no podía despertarla, fuimos a su habitación a comprobarlo nosotros mismos. Respiraba con normalidad y tenía un aspecto tan apacible que llegamos a la conclusión de que lo que más le convenía era dormir. Pobre muchacha; tiene tantas cosas que olvidar, que no es de extrañar que el sueño, si conlleva el olvido, le haga bien.
Más tarde.—Nuestra opinión estaba justificada, porque, al despertarse tras un sueño reparador de varias horas, parecía más fresca y mejor de lo que ha estado desde hace varios días. A la hora del crepúsculo nos dio la información hipnótica de costumbre. Cualquiera que sea el punto del mar Negro en que se encuentra, el conde se apresura a llegar a su destino. ¡Espero que a su último destino!
26 de octubre.—Otro día, y aún sin novedades del Zarina Catalina. Ya debería estar aquí. Es evidente que aún está viajando por alguna parte, ya que la información hipnótica de la señora Harker al amanecer fue la misma. Es posible que el navío tenga que ir a la deriva a veces, debido a la niebla; algunos de los vapores que llegaron a puerto anoche dieron noticias de bancos de niebla tanto al norte como al sur del puerto. Tenemos que continuar vigilando, pues el barco puede dar señales de vida en cualquier momento.
27 de octubre, mediodía.—Es muy raro; aún no hemos recibido noticias del barco que esperamos. Anoche y esta mañana la señora Harker nos dijo lo de costumbre: «chapoteo de olas y agua en movimiento», aunque añadió que «las olas son muy débiles». Los telegramas de Londres dicen lo mismo: «No hay noticias». Van Helsing está terriblemente preocupado; y acaba de decirme que teme que el conde se nos esté escapando. Añadió significativamente: —No me ha gustado ese letargo de la señora Mina. Las almas y los recuerdos pueden hacer cosas extrañas cuando se encuentran en trance.
Estaba a punto de formularle más preguntas, pero en ese momento entró Harker, y el profesor levantó una mano en señal de aviso. Esta tarde, a la hora del crepúsculo, tenemos que intentar que nos dé más detalles en el trance hipnótico.

TELEGRAMA DE RUFUS SMITH, LONDRES,
A LORD GODALMING, A LA ATENCIÓN DEL
VICECÓNSUL DE H. B. M., VARNA



28 de octubre
«El Zarina Catalina ha entrado en Galati[80] a la una de la tarde de hoy».

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



28 de octubre.—Cuando llegó el telegrama que anunciaba la llegada del barco a Galati, no creo que a ninguno de nosotros nos afectara tanto como era de esperar. Es cierto que no sabíamos ni dónde ni cómo ni cuándo se iba a producir el bombazo; pero creo que todos esperábamos que ocurriese algo extraño. El retraso de la llegada del barco a Varna nos convenció individualmente de que las cosas no ocurrían exactamente como habíamos previsto; solo esperábamos a saber dónde se produciría el cambio. A pesar de todo, no dejó de ser una sorpresa. Supongo que la Naturaleza funciona sobre una base de esperanza tal, que creemos a pesar nuestro que las cosas serán como deberían ser, y no como deberíamos saber que serán. El transcendentalismo es un faro para los ángeles, aunque para el hombre sea un fuego fatuo. Fue una extraña experiencia, que cada uno tomó de una forma diferente. Van Helsing elevó las manos por encima de la cabeza, como si protestase ante el Todopoderoso; pero no dijo ni palabra, y al cabo de unos momentos se levantó con expresión grave. Lord Godalming se puso muy pálido y se sentó, respirando pesadamente. Yo estaba medio aturdido, y miraba sorprendido a unos y otros. Quincey Morris se apretó el cinturón con ese movimiento rápido que conozco tan bien y que en nuestros viejos días de aventuras significaba ‘acción’. La señora Harker se puso mortalmente pálida, de modo que la cicatriz de la frente pareció arder, pero cruzó las manos mansamente y elevó los ojos en oración. Harker sonrió —sonrió realmente—, la sonrisa oscura y amarga del que carece de esperanza; pero, al mismo tiempo, su actitud desmentía la expresión de su rostro, porque sus manos buscaron instintivamente la empuñadura del gran cuchillo kukri, y allí se quedaron.
—¿Cuándo sale el próximo tren para Galati? —preguntó Van Helsing a todos.
—¡Mañana a las seis y media de la mañana!
Todos miramos sorprendidos a la señora Harker, porque era ella quien había contestado.
—¿Cómo diablos lo sabe? —dijo Art.
—¿Acaso olvida, o quizá no sabe, aunque Jonathan y el doctor Van Helsing sí lo saben, que soy una entusiasta de los trenes? En Exeter siempre calculaba los horarios de trenes para ayudar a mi marido. A veces nos resultó tan útil, que ahora siempre estudio los horarios de los trenes.
Van Helsing meneó la cabeza.
—¡Qué mujer tan extraordinaria! —murmuró el profesor.
—¿No podemos tomar un tren especial? —preguntó lord Godalming.
Van Helsing negó con la cabeza.
—Me temo que no. Esta tierra es muy diferente a la suya o la mía; incluso si tomáramos un tren especial, es probable que no llegase tan pronto como nuestro tren regular. Además, tenemos que hacer preparativos. Tenemos que pensar. Organicémonos. Usted, amigo Arthur, vaya al tren a sacar los billetes y haga todo lo necesario para que podamos salir mañana por la mañana. Usted, amigo Jonathan, vaya a ver al agente del barco y que le dé cartas para el agente de Galati, con autorización para registrar el barco en cuanto llegue allí. Morris Quincey, usted vaya a ver al vicecónsul, y que le proporcione su ayuda con su colega de Galati y todo lo que pueda allanarnos el camino, de modo que no se pierda tiempo una vez que lleguemos al Danubio. John se quedará con la señora Mina y conmigo, y celebraremos consulta. Porque quizá se retrasen; y no importará que llegue el anochecer, porque yo estoy aquí con la señora Mina para que me dé información.
—Y yo —dijo la señora Harker animosamente, con mayor optimismo que desde hacía muchos días— trataré de ser útil en todos los sentidos, y reflexionaré y escribiré para ustedes como hacía antes. ¡Algo está cambiando en mí de una forma extraña, y me siento mucho más libre de lo que he estado últimamente!
Los tres jóvenes se pusieron contentos al comprender el significado de sus palabras; pero Van Helsing y yo nos volvimos el uno hacia el otro con una mirada grave y preocupada. No dijimos nada.
Cuando se hubieron marchado los tres hombres a desempeñar sus tareas, Van Helsing pidió a la señora Harker que revisara las copias de los diarios y que le llevara la parte del diario de Harker en el castillo de Drácula. Ella salió de la habitación para ir a buscarlo; una vez cerrada la puerta, me dijo el profesor:
—Pensamos lo mismo. ¡Hable!
—Se ha producido un cambio. Es un pensamiento que me pone enfermo, porque puede engañarnos.
—Así es. ¿Sabe por qué le he pedido que vaya a buscar los manuscritos?
—¡No! A menos que fuera para tener la oportunidad de hablar conmigo a solas —dijo.
—Tiene razón en parte, amigo John, pero solo en parte. Quiero decirle algo. Y, ay, amigo, estoy corriendo un gran riesgo, un terrible riesgo. Pero creo que tengo razón. En el momento en que la señora Mina dijo esas palabras que llamaron la atención de ambos, tuve una inspiración. En el trance de hace tres días, el conde le envió su espíritu para leer en su mente; o más bien, él la llevó a verlo en su caja de tierra del barco con el agua chapoteante, cuando se libera, al salir y al ponerse el sol. Entonces se entera de que estamos aquí; porque ella puede decir más cosas con su vida abierta, con ojos para ver y oídos para oír, que él, encerrado como está en su féretro. Ahora el conde realiza los mayores esfuerzos para escapar de nosotros. De momento no la desea. Con su gran conocimiento, está seguro de que ella acudirá a su llamada; pero la aísla, la separa, puesto que puede hacerlo con sus grandes poderes, para que ella no acuda a él. ¡Ah! Tengo la esperanza de que nuestros cerebros de hombre, que lo han sido desde hace tanto tiempo y que no han perdido la gracia de Dios, llegarán más alto que su cerebro de niño, que ha estado en su tumba desde hace siglos, que aún no ha alcanzado nuestra estatura, y que solo hace un trabajo egoísta, y por tanto pequeño. Aquí viene la señora Mina. ¡Ni una palabra sobre su trance! No lo sabe; y la abrumaría y la llenaría de desesperación cuando más necesitamos toda su esperanza, todo su valor; cuando más necesitamos su gran cerebro, que está educado como un cerebro de hombre, pero es de una mujer dulce y posee un poder especial que el conde le otorga, y que no puede quitar, aunque él no lo cree así. ¡Silencio! Déjeme hablar, y usted aprenderá. Oh, John, amigo mío, estamos en un espantoso apuro. Tengo miedo, como nunca lo había tenido. Solo podemos confiar en el buen Dios. ¡Silencio! Aquí viene.
Pensé que el profesor se iba a derrumbar y a sufrir un ataque de histeria, como le ocurrió tras la muerte de Lucy, pero se controló con gran esfuerzo y dominó perfectamente sus nervios cuando la señora Harker entró en la habitación, optimista y con talante alegre, y al parecer, habiendo olvidado sus miserias, absorta como estaba en su trabajo. Una vez en la habitación, le entregó a Van Helsing cierto número de hojas mecanografiadas. Este les echó una ojeada con expresión grave, y su rostro se iluminó al leerlas. Sujetando las páginas entre el pulgar y el índice, dijo:
—Amigo John, para usted, que posee tanta experiencia, y para usted también, señora Mina, que es joven, he aquí una lección: no tengan miedo de pensar. Me ha estado rondando una idea por la cabeza, pero me da miedo soltarle las alas. Aquí y ahora, con más conocimientos, vuelvo al lugar de donde viene esa idea, aunque tan joven es, que aún no tiene fuerza para utilizar sus alas. No, como el «patito feo» de mi amigo Hans Andersen, no es un pensamiento de pato en absoluto, sino un pensamiento grande de cisne que navegará noblemente con grandes alas, cuando llegue el momento de poner sus alas a prueba. Leo lo que Jonathan ha escrito: «Aquel otro miembro de su raza que, en época posterior, llevó una y otra vez sus tropas por el Gran Río hasta Turquía; aquel que, derrotado, volvió una y otra y otra vez, aunque tuvo que regresar solo del sangriento campo de batalla en que sus tropas eran sacrificadas, ya que sabía que solo él podía triunfar». ¿Qué nos indica esto? ¿No mucho? ¡No! El pensamiento infantil del conde no ve nada; por eso habla con tanta libertad. Su pensamiento de hombre no ve nada; mi pensamiento de hombre no ve nada hasta este momento. ¡No! Pero aquí tenemos otras palabras de alguien que habla sin pensar porque ella tampoco sabe lo que significan, lo que pueden significar. Al igual que hay elementos inmóviles que cuando en el curso de la Naturaleza se mueven y se tocan, entonces, ¡puf!, se produce un destello de luz de la amplitud del cielo, que ciega y mata y destruye a algunos, pero que muestra toda la tierra que hay abajo a lo largo de leguas y más leguas. ¿No es así? Bueno, lo explicaré. Para empezar, ¿han estudiado la filosofía del crimen? «Sí» y «No». Usted sí, John; porque es un estudio de la locura. Usted, no, señora Mina; porque el crimen no la ha rozado, solo una vez. Sin embargo, su mente trabaja bien, y no argumenta a particulari ad universale[81]. Existe esta peculiaridad en los criminales. Es tan constante en todos los países y en todos los tiempos, que incluso la policía, que no sabe mucho de filosofía, llega a saber empíricamente que es así. Eso es empírico. El criminal siempre trabaja en un crimen, esto es, el verdadero criminal que parece predestinado al crimen, y que no hará otra cosa. Este criminal no tiene un cerebro totalmente de hombre. Es inteligente y astuto y posee muchos recursos; pero no tiene la estatura de un hombre en cuanto al cerebro. Este criminal nuestro también está predestinado al crimen; él también tiene cerebro de niño, y es propio del niño hacer lo que él ha hecho. El pájaro pequeño, el pez pequeño, el animal pequeño no aprende por principios, sino empíricamente; y cuando aprende a hacerlo, entonces se abre ante él el terreno desde el que puede empezar a hacer más. «Dos pou sto», dijo Arquímedes, ‘¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!’. Al hacerlo una vez, por el punto de apoyo el cerebro de niño se convierte en cerebro de hombre, y hasta que tenga el propósito de hacer más, sigue haciendo lo mismo todas las veces, como ha hecho antes. Ah, mi querida amiga, veo que sus ojos están abiertos, y que el destello de luz le muestra todas las asociaciones —la señora Harker se apretaba las manos y sus ojos estaban relucientes. El profesor prosiguió—: Ahora usted va a hablar. Díganos a nosotros, dos secos hombres de ciencia, lo que ve con esos ojos tan brillantes.
Le cogió la mano y la sujetó entre las suyas mientras la señora Harker hablaba. Le tomó el pulso con el índice y el pulgar, yo creo que instintiva e inconscientemente. La señora Harker dijo:
—El conde es un criminal, y de un tipo criminal. Así lo clasificarían Nordau y Lombroso[82], y qua[83] criminal, su mente está imperfectamente formada. Por eso, cuando se encuentra en dificultades, tiene que recurrir al hábito. Su pasado constituye una pista, y la página de su pasado que nosotros conocemos, y la que conocemos de sus propios labios, nos dice que, en una ocasión, cuando se encontraba en lo que el señor Morris llamaría un «buen aprieto», regresó a su país desde la tierra que había intentado invadir, y desde allí, sin variar sus intenciones, se preparó para una nueva tentativa. Volvió otra vez, mejor preparado para sus designios, y venció. Y así vino a Londres, para invadir una nueva tierra. Fue derrotado, y cuando había perdido toda esperanza de triunfo, y su existencia se encontraba en peligro, huyó por mar a su país; de igual forma que antes había huido por el Danubio desde Turquía.
—¡Bien, muy bien! ¡Qué mujer tan inteligente! —dijo Van Helsing con entusiasmo, al tiempo que se inclinaba para besarle la mano.
Unos momentos después me dijo, con tanta calma como si nos encontrásemos en consulta en la habitación de un enfermo:
—Solo setenta y dos; y con toda esta excitación. Tengo esperanzas —se volvió hacia la señora Harker y dijo con viva expectación—: Pero siga, ¡oiga! Hay más cosas que decir si lo desea. No tenga miedo; John y yo lo sabemos. En cualquier caso, yo lo sé, y le diré si tiene razón. ¡Hable sin temor!
—Lo intentaré, pero tienen que perdonarme si parezco egoísta.
—¡No tema! Debe ser egoísta, porque es en usted en quien pensamos.
—Pues bien, como es criminal, es egoísta; y como su intelecto es pequeño y sus acciones están basadas en el egoísmo, se limita a un solo designio. Ese designio es implacable. Al igual que huyó por el Danubio, dejando que despedazaran a sus tropas, ahora toda su obsesión consiste en ponerse a salvo a cualquier precio. Por eso, su propio egoísmo libera en cierta medida mi alma del poder que adquirió sobre mí aquella noche espantosa. Lo sentí, sentí su poder. ¡Gracias a Dios por Su gran misericordia! Mi alma está más libre que nunca desde aquel terrible momento, y lo único que me preocupa es el temor de que, en trance o en sueños, haya podido utilizar mis conocimientos para sus fines.
El profesor se puso de pie:
—Ha utilizado su mente para eso, ese ha sido el método para dejarnos aquí, en Varna, en tanto que el barco que lo lleva se precipitaba entre la niebla envolvente hacia Galati, donde sin duda ha hecho preparativos para escapar de nosotros. Pero su mente de niño solo ha llegado hasta ahí; y es posible que, como siempre ocurre con la Providencia de Dios, la misma cosa en que el malvado confía para su bien egoísta resulte ser su mayor perjuicio. El cazador es atrapado en su propia trampa, como dice el gran salmista[84]. Porque ahora que cree haberse librado de cualquier vestigio de nuestra persecución, y haber escapado de nosotros con tantas horas de ventaja a su favor, su cerebro infantil le susurrará que duerma. También piensa que, como se ha aislado del conocimiento de su mente, usted no puede tener conocimiento de él; ¡ahí es donde se equivoca! Ese terrible bautismo de sangre que le ha dado, la hace libre de acudir a él en espíritu, como ha hecho hasta ahora en sus momentos de libertad, cuando el sol sale y cuando se pone. En tales momentos, usted acude por mi voluntad, y no por la de él; y este poder, que beneficia a usted y a otros, lo ha ganado por el sufrimiento que usted ha padecido a manos del conde. Esto es importante porque él no lo sabe y, para protegerse, incluso se inhibe de conocer nuestra posición. Pero nosotros no somos todo egoísmo y creemos que Dios nos guía a través de esta negrura, y estas múltiples horas oscuras. Lo perseguiremos; y no nos arredraremos, incluso si corremos el peligro de tornarnos como él. Amigo John, esta ha sido una gran hora; y mucho ha contribuido a hacernos avanzar en nuestro camino. Debe convertirse en amanuense y escribirlo todo, para que cuando los otros regresen de su trabajo se lo dé; entonces ellos sabrán lo mismo que nosotros sabemos.
Y así he escrito esto mientras esperamos su regreso, y la señora Harker lo ha mecanografiado todo desde que nos trajo los manuscritos.


Capítulo XXVI

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



29 de octubre.—Escrito en el tren que nos lleva de Varna a Galati. Anoche nos reunimos un poco antes del crepúsculo. Cada uno de nosotros había desempeñado su cometido lo mejor posible; en cuanto a reflexión, empeño y aprovechamiento de las oportunidades, estamos preparados para el viaje y para el trabajo que nos espera al llegar a Galati. Al acercarse el momento habitual, la señora Harker se dispuso a hacer el esfuerzo necesario para su trance hipnótico; y tras unas tentativas por parte de Van Helsing, más largas y fatigosas de lo que hasta ahora ha sido necesario, la señora Harker entró en trance. Normalmente habla con alusiones; pero en esta ocasión el profesor tuvo que formularle preguntas, y hacerlo de una forma directa, antes de que llegáramos a enterarnos de algo; finalmente, esta fue su respuesta:
—No veo nada; estamos inmóviles; no hay olas chapoteantes, sino un remolino continuo de agua que golpea la guindaleza. Oigo voces de hombres, lejos y cerca, y el crujido y el balanceo de los remos en las escalameras. En alguna parte suena un disparo; el eco parece lejano. Resuenan pasos sobre mi cabeza, y arrastran cadenas y cuerdas. ¿Qué es esto? Veo un destello de luz; siento el viento que sopla en mi cara.
Al llegar aquí se detuvo. Se levantó, como movida por un impulso, del lugar que ocupaba en el sofá; alzó las manos, con las palmas hacia arriba, como si elevara un objeto pesado. Van Helsing y yo nos dirigimos una mirada de comprensión. Quincey levantó ligeramente las cejas y la miró intensamente, en tanto que Harker apretaba instintivamente la empuñadura del kukri. Se hizo una larga pausa. Todos sabíamos que estaba pasando el momento en el que podía hablar; pero también sabíamos que era inútil decir nada. La señora Harker se incorporó bruscamente y, abriendo los ojos, dijo con dulzura:
—¿No les apetece una taza de té? ¡Deben de estar muy cansados!
Teníamos que complacerla, y accedimos. Salió apresuradamente a preparar el té; cuando se hubo marchado, Van Helsing dijo:
—Ya lo ven, amigos míos. Él se acerca a tierra: ha dejado su cajón de arena. Pero todavía tiene que llegar a la orilla. Durante la noche puede esconderse en alguna parte; pero si no lo llevan a la orilla, o si el barco no toca tierra, él no puede llegar. En tal caso, si es de noche, puede cambiar de forma y saltar o volar hasta la playa, como hizo en Whitby. Pero si llega el día antes de que hayan atracado, entonces, a menos que lo transporten, no puede escapar. Y si es posible que lo lleven, los aduaneros pueden descubrir lo que contiene la caja. En definitiva, si no escapa a tierra esta noche, o antes del amanecer, desaprovechará el día por completo. Quizá lleguemos a tiempo, porque, si no escapa por la noche, lo sorprenderemos a la luz del día, encerrado en la caja y a nuestra merced; pues no se atreve a ser él mismo, despierto y visible, por si lo descubren.
Como no había más que añadir, esperamos pacientemente hasta el amanecer, hora en que podríamos enterarnos de más cosas por la señora Harker.
Esta mañana temprano escuchamos su respuesta hipnótica, con el aliento contenido por la ansiedad. El trance tardó en llegar más que en la anterior ocasión; y cuando hizo su aparición, era tan escaso el tiempo que quedaba para la salida del sol, que empezamos a desesperar. Van Helsing daba la sensación de estar poniendo el alma entera en el empeño; finalmente, obedeciendo a su voluntad, la señora Harker replicó:
—Todo está oscuro. Oigo el chapoteo del agua, a la misma altura que yo, y crujidos de madera sobre madera.
Se detuvo y el sol rojo ascendió como una saeta. Tendremos que esperar a la noche.
Y así nos dirigimos hacia Galati atormentados por la angustia. Deberíamos llegar entre las dos y las tres de la madrugada; pero ya desde Bucarest llevamos un retraso de tres horas, por lo que no es posible que lleguemos hasta después de que el sol esté alto en el cielo. Por tanto, recibiremos dos mensajes hipnóticos más de la señora Harker; tal vez uno de ellos, o ambos, arrojen mayor luz sobre lo que está sucediendo.
Más tarde.—Llegó el crepúsculo, y ya ha pasado. Por suerte, se produjo en un momento en que nada podía distraernos; pues de haber tenido lugar mientras nos encontrábamos en la estación, no habríamos podido disponer de la calma y el aislamiento necesarios. La señora Harker se sometió a la influencia hipnótica aun con menos presteza que esta mañana. Albergo el temor de que esté desapareciendo gradualmente su capacidad de interpretar las sensaciones del conde, justo cuando más la necesitamos. Me parece que su imaginación empieza a funcionar. Hasta ahora, mientras se encontraba en trance, se ha limitado a los hechos más simples. Si esta situación continúa, podría llevarnos a conclusiones erróneas. Si pensara que el poder que el conde ejerce sobre ella desaparecería con la facultad de conocimiento de la señora Harker, sería un pensamiento feliz; pero me temo que no sea así. Cuando por fin habló, sus palabras fueron enigmáticas:
—Hay algo que sale; lo siento pasar a mi lado como una ráfaga de viento frío. Oigo sonidos confusos en la distancia, como de hombres que hablan en lenguas extrañas, agua que cae violentamente, y aullidos de lobos.
Calló y le recorrió un escalofrío, que se intensificó durante unos segundos, hasta que finalmente se convulsionó, como en una parálisis. No dijo nada más, a pesar de las perentorias preguntas del profesor. Al despertar del trance, tenía frío y estaba agotada y lánguida; pero su mente estaba alerta. No recordaba nada, y preguntó qué había dicho; cuando se lo contamos, meditó profundamente durante un largo rato y en silencio.
30 de octubre, a las 7 de la mañana.—Nos encontramos cerca de Galati, y tal vez no tenga tiempo de escribir más tarde. Todos nosotros esperamos con ansiedad la salida del sol. Como era consciente de la creciente dificultad para inducir el trance hipnótico, Van Helsing empezó a hacer pases antes que de costumbre. No surtieron ningún efecto hasta la hora normal, momento en que la señora Harker se sometió aún con mayor dificultad, un minuto antes de que el sol saliera por completo. El profesor no perdió tiempo con las preguntas; la respuesta se produjo con la misma celeridad:
—Todo está oscuro. Oigo agua que se arremolina, a la altura de mis oídos, y crujidos de madera sobre madera. Más abajo, en la distancia, oigo ruido de ganado. Oigo otro ruido, muy extraño, algo así como…
Calló y se puso pálida, más y más pálida.
—¡Siga, siga! ¡Hable, se lo ordeno! —dijo Van Helsing con voz angustiada.
La desesperación se reflejaba en sus ojos, porque el sol, ya elevado en el cielo, enrojecía incluso la pálida cara de la señora Harker. Esta abrió los ojos, y todos nos sobresaltamos cuando dijo, al parecer con la mayor indiferencia:
—Profesor, ¿por qué me pide que haga algo que sabe que no puedo hacer? No recuerdo nada —y al ver el asombro pintado en nuestros rostros, añadió, mirándonos de uno en uno con expresión preocupada—: ¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? No sé nada, salvo que yo estaba tendida allí, medio dormida, y le oí decir: «¡Siga! ¡Hable, se lo ordeno!». ¡Me resultó muy curioso que me mandase hacer algo, como si fuese una niña mala!
—¡Oh, señora Mina —dijo el profesor con tristeza—, esto es prueba, si prueba hace falta, de cuánto la amo y la honro, que una palabra pronunciada para su bien, pronunciada con mayor seriedad que nunca, pueda resultarle tan rara, porque es dar órdenes a aquella a quien tengo el orgullo de obedecer!
Suenan los silbatos; nos acercamos a Galati. Ardemos de ansiedad y angustia.

DIARIO DE MINA HARKER



30 de octubre.—El señor Morris me llevó al hotel en que habíamos reservado habitaciones por telegramas, al ser él la única persona de la que se podía prescindir, ya que no habla ningún idioma extranjero. Se distribuyeron las fuerzas de modo muy semejante a como se habían distribuido en Varna, excepto por el hecho de que lord Godalming fue al viceconsulado, pues su rango podría servir de garantía inmediata para el funcionario en vista de que tenemos tanta prisa. Jonathan y los dos médicos fueron al agente naviero para obtener detalles de la llegada del Zarina Catalina.
Más tarde.—Ha regresado lord Godalming. El cónsul está fuera, y el vicecónsul, enfermo; de modo que el trabajo de rutina lo ha realizado un funcionario. Fue muy atento, y se ofreció a hacer cualquier cosa que estuviera al alcance de su mano.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



30 de octubre.—El doctor Van Helsing, el doctor Seward y yo fuimos a las nueve de la mañana a ver a los señores Mackenzie y Steinkoff, los agentes de la empresa londinense de Hapgood. Habían recibido un telegrama de Londres en contestación al de lord Godalming, en el que les pedían que nos prodigaran todas las atenciones posibles. Se mostraron algo más que educados y corteses, y nos llevaron inmediatamente a bordo del Zarina Catalina, que estaba anclado en el muelle del río. Allí vimos al capitán, llamado Donelson, que nos contó las incidencias del viaje. Dijo que no había tenido una travesía tan favorable en toda su vida.
—¡Vaya que sí! —dijo—. Pero buen susto que nos dio, porque esperábamos tener que pagarlo con una racha de mala suerte, para mantener el término medio. No es nada fácil navegar desde Londres hasta el mar Negro con el viento detrás, como si el mismísimo demonio estuviera soplando en las velas por vaya usted a saber qué razón. Y no veíamos ni jota. Cuando llegábamos cerca de un barco, o de un puerto, o de un promontorio, nos caía la niebla encima, y viajaba con nosotros hasta que, cuando desaparecía y mirábamos, maldita sea si podíamos ver algo. Pasamos junto a Gibraltar sin poder hacer señales; y hasta que llegamos a los Dardanelos y tuvimos que esperar el permiso para pasar, nunca estuvimos suficientemente cerca para que nos dieran el alto. Al principio, estuve tentado de arriar velas y quedar a la deriva hasta que desapareciese la niebla; pero después pensé que, si el diablo quería meternos en el mar Negro a toda velocidad, era muy capaz de hacerlo, tanto si lo queríamos como si no. Si hacíamos una travesía rápida, no quedaríamos mal ante los armadores, ni perjudicaría nuestro comercio; y el demonio que había hecho su voluntad bien podía agradecernos no haberlo estorbado.
Esta mezcla de sencillez y astucia, de superstición y argumentos comerciales estimuló a Van Helsing, que dijo:
—Mi amigo, ese demonio es más inteligente de lo que creen algunos. ¡Y sabe cuándo se encuentra con la horma de su zapato!
Al patrón no le desagradó el cumplido, y prosiguió:
—Al pasar junto al Bósforo, los hombres empezaron a quejarse; algunos de ellos, los rumanos, vinieron a pedirme que tirase por la borda una caja grande que había subido a bordo un viejo de aspecto muy raro justo antes de salir de Londres. Yo les había visto mirar de reojo al tipo aquel, y sacar dos dedos al verle, para protegerse del mal de ojo. ¡Hay que ver lo ridículas que son las supersticiones de los extranjeros! Les mandé que se metieran en sus asuntos; pero como al momento siguiente nos cayó una niebla cerrada, me sentí un poquito como ellos, aunque no sé si tenía algo que ver con la maldita caja. Pues bueno, seguimos adelante, y como la niebla no aclaró durante cinco días, dejé que nos llevara el viento; porque si el diablo quería llegar a alguna parte, pues bueno, allí iría a parar. Y si no quería, de todas formas tendríamos los ojos bien abiertos. Desde luego, hemos tenido buena ruta y aguas profundas; y hace dos días, cuando el sol de la mañana empezaba a romper la niebla, descubrimos que nos encontrábamos en el río que hay frente a Galati. Los rumanos estaban furiosos y querían que tirase la caja y la hundiese en el río, por las buenas o por las malas. Tuve que pelearme con ellos con un espeque en la mano; y cuando se marchó de cubierta el último, con la cabeza entre las manos, los había convencido de que, con mal de ojo o sin él, las propiedades y la confianza de mis jefes estaban mejor en mis manos que en el Danubio. Pero fíjense bien, ya habían subido a cubierta la caja, dispuestos a tirarla, y como llevaba el rótulo de «Galati vía Varna», pensé en dejarla allí hasta que descargásemos en el puerto, y deshacerme de ella. No trabajamos mucho aquel día, y tuvimos que quedarnos anclados toda la noche. Por la mañana, una hora antes del amanecer, subió a bordo un hombre con una autorización que le habían mandado de Inglaterra, para recoger la caja para un tal conde Drácula. Era asunto suyo. Llevaba los papeles en regla, y poco contento que me puse de librarme de aquel maldito chisme, porque empezaba a inquietarme yo también. ¡Si el diablo llevaba equipaje a bordo, pienso que no era otra cosa que el dichoso cajón!
—¿Cómo se llama el hombre que se la llevó? —preguntó el doctor Van Helsing con ansiedad contenida.
—¡Ahora mismo se lo digo! —contestó el capitán.
Bajó a su camarote y nos mostró un recibo firmado por Immanuel Hildesheim. La dirección era Burgen-Strasse 16. Aquello era todo lo que sabía el capitán, de modo que, tras darle las gracias, nos marchamos.
Encontramos a Hildesheim en su oficina. Era un hebreo, o más bien el tipo de judío del teatro Adelphi[85], con nariz como de cordero, y fez[86]. Su declaración estuvo puntuada con dinero contante —nosotros pusimos la puntuación—, y tras cierto regateo nos contó lo que sabía. Resultó ser poco, pero importante. Había recibido una carta de Londres, firmada por el señor de Ville, en la que decía que fuese a buscar un cajón que llegaría a Galati en el Zarina Catalina, de ser posible antes del amanecer, con el objeto de eludir la aduana. Debía entregar el cajón a un tal Petrof Skinsky, que tenía tratos con los eslovacos que trafican por el río hasta el puerto. Habían pagado su trabajo con un billete de banco inglés, que había cambiado por oro inmediatamente en el Banco Internacional del Danubio. Cuando fue a verlo Skinsky, lo llevó al barco y le dio el cajón para ahorrarse el transporte. Eso es todo lo que sabía.
Buscamos a Skinsky, pero no lo encontramos. Uno de los vecinos, que al parecer no le tenía ningún afecto, dijo que se había marchado hacía dos días, nadie sabía adónde. Este testimonio fue corroborado por el casero, que había recibido, por medio de un mensajero, la llave de la casa, además del alquiler del mes, en moneda inglesa. Esto había ocurrido la noche anterior, entre las diez y las once. Una vez más nos encontrábamos en punto muerto.
Mientras así hablábamos, llegó una persona corriendo y dijo, sin aliento, que había sido encontrado el cuerpo de Skinsky junto al muro del cementerio de St. Peter, con el cuello destrozado como por un animal salvaje. Aquellos con los que hablábamos echaron a correr para contemplar aquel horror; las mujeres gritaban: «¡Esto es obra de un eslovaco!». Nos apresuramos a alejarnos de allí para evitar vernos envueltos en el incidente, lo que nos obligaría a retrasarnos.
En el camino de regreso a casa no llegamos a ninguna conclusión definitiva. Todos estábamos convencidos de que la caja iba por el río, camino de algún lugar; pero teníamos que descubrir cuál era aquel lugar. Fuimos a reunirnos con Mina en el hotel, desolados.
En la reunión, lo primero que hicimos fue celebrar consulta acerca de si debíamos hacer partícipe de nuestras deliberaciones a Mina. La situación se está tornando desesperada, y esto supone, al menos, una posibilidad, si bien peligrosa. Como paso preliminar, fui liberado de la promesa que le había hecho a Mina.

DIARIO DE MINA HARKER



30 de octubre, por la noche.—Llegaron todos tan cansados, agotados y desanimados, que nada podía hacerse hasta que hubieran descansado; por eso les pedí que se acostaran media hora mientras yo escribía en el diario todo lo que había ocurrido hasta el momento. Me siento muy agradecida al hombre que inventó la máquina de escribir portátil, y al señor Morris, por haberme traído esta. Me habría sentido perdida de haber tenido que escribir a mano…
Ya está acabado. Pobrecito Jonathan, cuánto debe de haber sufrido, cuánto debe de estar sufriendo ahora. Está tendido en el sofá, con respiración apenas perceptible, y su cuerpo parece hundido por completo. Tiene el ceño fruncido y el rostro contraído por el dolor. Pobre hombre, tal vez está pensando, y veo su rostro arrugado por la concentración de sus pensamientos. ¡Ah, si yo pudiera ayudar en algo…! Haré lo que pueda…
Pedí al doctor Van Helsing que me trajera todos los documentos que aún no he visto… Mientras ellos descansan, los repasaré cuidadosamente, y quizá llegue a alguna conclusión. Voy a intentar seguir el ejemplo del profesor: pensaré sin prejuicios en los hechos que tengo ante mí…
Creo que la Divina Providencia me ha llevado a hacer un descubrimiento. Voy a coger los mapas y a revisarlos…
Estoy más segura que nunca de que tengo razón. Mi tesis está lista; así que voy a reunir a nuestro grupo para leérsela. Que ellos la juzguen; es buena cosa ser precisos, y cada minuto es precioso.

NOTAS DE MINA HARKER (Incluidas en su diario)



Base de la investigación.—El problema del conde Drácula es regresar a su casa.
a) Tiene que llevarlo alguien. Esto es evidente, ya que, si poseyera la facultad de moverse a su antojo, podría hacerlo bajo la forma de hombre, de lobo, de murciélago, o bajo cualquier otra forma. Teme que lo descubran o que se interpongan en su camino, en el estado de impotencia en que debe encontrarse, confinado entre el amanecer y el anochecer en su caja de madera.
b) ¿Cómo lo transportarán? En este punto puede sernos útil un proceso de exclusiones. ¿Por carretera, por ferrocarril, o por agua?
1. Por carretera. Existen infinitas dificultades, especialmente para salir de una ciudad:
x) Hay gente; y la gente es muy curiosa y hace averiguaciones. Un indicio, una sorpresa, una duda acerca del contenido de la caja lo destruiría.
y) Hay, o podría haberlos, controles de aduanas y de hacienda.
z) Sus perseguidores pueden seguirlo. Este es el mayor peligro, y al objeto de evitar una traición, ha rechazado, en la medida de lo posible, incluso a su víctima: ¡yo!
2. Por ferrocarril. No hay nadie que se encargue de la caja. Se correría el riesgo de un retraso; y eso resultaría fatal con sus enemigos pisándole los talones. Ciertamente, podría escapar por la noche; pero de poco le serviría, abandonado en un lugar extraño sin ningún refugio al que acudir. No es esta su intención; y no quiere arriesgarse. 3. Por agua. Este es el método más seguro, en un sentido, aunque el más peligroso en otro. En el agua carece de poderes, excepto por la noche, incluso entonces solo puede llamar la niebla y la tormenta y la nieve, y sus lobos. Pero en caso de naufragio, el agua se lo tragaría indefenso; y estaría realmente perdido. Podría hacer que el navío tocase tierra; pero, si fuese una tierra hostil, en la que no gozase de libertad de movimientos, su situación seguiría siendo desesperada.
Sabemos por el informe hipnótico que está en el agua; lo que tenemos que descubrir es en qué agua.
Lo primero es saber con exactitud lo que ha hecho hasta ahora; después, quizá obtengamos alguna pista sobre cuál es su intención última.
En primer lugar, debemos distinguir entre su actuación en Londres como parte de un plan general de acción, y cuando, obligado por las circunstancias, tuvo que arreglárselas como mejor pudo.
En segundo lugar, tenemos que averiguar, a partir de los hechos que conocemos, lo que ha hecho aquí.
Con respecto a lo primero, evidentemente tenía la intención de llegar a Galati y envió la orden a Varna para engañarnos, por si descubríamos los medios que iba a utilizar para salir de Inglaterra; entonces, su objetivo único e inmediato era escapar. La prueba de esto es la carta dirigida a Immanuel Hildesheim, con instrucciones de llevarse la caja antes del amanecer. También están las instrucciones dadas a Petrof Skinsky. Esto solo podemos conjeturarlo; pero tuvo que enviar una carta o mensaje, ya que Skinsky fue a ver a Hildesheim.
Sabemos que sus planes han tenido éxito hasta ahora. El Zarina Catalina realizó una travesía sorprendentemente rápida; tanto es así, que se despertaron las sospechas del capitán Donelson; pero sus supersticiones, añadidas a su astucia, colaboraron con el juego del conde y atravesó la niebla con el viento favorable provocado por Drácula hasta llegar a Galati. Ha quedado demostrado que el conde realizó bien los preparativos. Hildesheim recogió el cajón, se lo llevó, y se lo entregó a Skinsky. Skinsky lo cogió… y aquí perdemos la pista. Solo sabemos que el cajón se encuentra embarcado en alguna parte. Ha eludido las aduanas y a los funcionarios de hacienda, si es que tales existen.
Ahora llegamos al punto de lo que ha hecho el conde tras su llegada a Galati, a tierra.
El cajón le fue entregado a Skinsky antes del amanecer. A esta hora el conde puede presentarse bajo su verdadera forma. Al llegar a este punto, nos preguntamos por qué fue elegido Skinsky para colaborar en la empresa. En el diario de mi marido se dice que Skinsky tiene relaciones con los eslovacos que trafican por el río hasta el puerto; y el comentario del hombre que dijo que el asesinato era obra de un eslovaco, demuestra el sentimiento general de hostilidad hacia su clase. El conde quería aislamiento.
Mi hipótesis es la siguiente: que el conde decidió regresar a su castillo desde Londres por vía marítima, al ser el medio más seguro y secreto. Los zíngaros lo sacaron del castillo y probablemente entregaron la carga a unos eslovacos, que transportaron los cajones hasta Varna, porque en esa ciudad fueron embarcados con destino a Londres. Es así como el conde conoció a las personas que podían llevar a cabo este servicio. Cuando el cajón llegó a tierra, antes del amanecer o antes del crepúsculo, lo abandonó y se reunió con Skinsky y le dio las órdenes pertinentes para transportar la caja por algún río. Una vez hecho esto, y tras asegurarse de que sus planes estaban en marcha, borró sus huellas, o eso creyó, asesinando a su ayudante.
He examinado el mapa, y he descubierto que el río más fácilmente remontable es el Prut o el Siret. He leído en el escrito mecanografiado que durante el trance oí mugidos de vacas y remolinos de agua a la altura de mis oídos, y crujir de madera. De modo que el conde se encuentra en su cajón, en un río, en un bote abierto, probablemente impulsado por remos o pértigas, porque las orillas están cerca y navegan contra corriente. No se produciría tal ruido si flotaran a favor de la corriente.
Naturalmente, es probable que no sea ni el Siret ni el Prut, pero podemos hacer más averiguaciones. De estos dos ríos, el Prut es el más fácilmente navegable, pero el Siret, a la altura de Fundu, se une con el Bistrita, que discurre en torno al desfiladero del Borgo. El recodo que forma es el camino más rápido para llegar al castillo de Drácula por vía fluvial.

DIARIO DE MINA HARKER (Continuación)



Tras haber leído el escrito, Jonathan me tomó en sus brazos y me besó. Los demás no dejaban de estrecharme las manos, y el doctor Van Helsing dijo:
—Nuestra querida señora Mina es una vez más nuestra maestra. Sus ojos han visto allí donde nosotros estábamos ciegos. Ahora volvemos a estar en camino, y esta vez quizá tengamos éxito. Nuestro enemigo se encuentra en su momento más débil, y, si le sorprendemos durante el día y en el agua, nuestra labor habrá acabado. Nos lleva ventaja, pero le es imposible apresurarse, ya que no puede abandonar la caja, porque los que lo transportan sospecharían; si se despertaran sus sospechas, inmediatamente lo arrojarían al río, donde perecería. Esto lo sabe el conde, y no lo hace. Ahora, compañeros, a nuestro consejo de guerra; porque aquí y ahora hemos de planear qué hemos de hacer todos y cada uno de nosotros.
—Yo voy a alquilar una lancha de vapor para perseguirlo —dijo lord Godalming.
—Y yo, caballos para seguirlo por la orilla, por si desembarcara —dijo el señor Morris.
—¡Muy bien! —dijo el profesor—. Las dos cosas están muy bien. Pero ninguno de los dos debe ir solo. Si es necesario, tiene que haber fuerza para vencer a la fuerza; el eslovaco es fuerte y recio, y lleva armas ofensivas.
Los hombres sonrieron, porque entre todos habían reunido un pequeño arsenal. El señor Morris dijo:
—He traído unos Winchesters; son bastante útiles en caso de un ataque en masa, y además puede haber lobos. Recuerden que el conde ha tomado otras precauciones; ha pedido cosas a otras personas que la señora Harker no pudo oír o entender bien. Tenemos que estar preparados para cualquier eventualidad.
El doctor Seward dijo:
—Creo que es conveniente que yo vaya con Quincey. Estamos acostumbrados a cazar juntos, y bien armados podemos enfrentarnos con cualquier cosa que ocurra. No debes ir solo, Art. Quizá haya que luchar contra los eslovacos, y una mala cuchillada (porque no creo que esos tipos lleven armas de fuego) podría dar al traste con todos nuestros planes. Esta vez no hay que correr riesgos; no descansaremos hasta que la cabeza del conde haya sido separada de su cuerpo y tengamos la seguridad de que no va a volver a reencarnarse.
Miró a Jonathan al decir estas palabras, y Jonathan me miró a mí. Observé el terrible tormento que padecía mi marido. Naturalmente quería quedarse conmigo; pero lo más probable era que los tripulantes del bote fueran quienes destruyesen al… al… vampiro. (¿Por qué he vacilado en escribir la palabra?) Quedó en silencio, y durante ese silencio el doctor Van Helsing dijo:
—Amigo Jonathan, esto corre a su cargo por dos razones. La primera, porque es usted joven y valiente y puede luchar, y es posible que en el momento final se necesiten todas las fuerzas; y, además, tiene derecho a destruirlo, a destruir aquello que tanta pesadumbre ha traído a usted y a los suyos. No tema por la señora Mina; quedará a mi cuidado. Yo soy viejo. Mis piernas ya no son tan rápidas para correr como antaño; y no estoy acostumbrado a cabalgar tan largo trecho o a luchar con armas mortíferas. Pero puedo ser de otra utilidad; puedo luchar de otro modo. Y puedo morir, si es necesario, como los hombres más jóvenes. Permítanme decirles que lo que yo haría es lo siguiente: mientras usted, lord Godalming y el amigo Jonathan navegan en el veloz barco de vapor, y mientras John y Quincey vigilan la orilla, donde quizá desembarque el conde, yo llevaré a la señora Mina al corazón mismo de la tierra de nuestro enemigo. Mientras el viejo zorro está atrapado en su caja, flotando en la corriente del río, desde donde no puede escapar a tierra, donde no se atreve a levantar la tapa de su ataúd por temor a que los eslovacos, atemorizados, le dejen morir, seguiremos el camino que Jonathan recorrió desde Bistrita hasta el castillo de Drácula, por el desfiladero del Borgo. Allí sin duda nos servirá de ayuda la capacidad hipnótica de la señora Mina, y encontraremos el camino, oscuro y desconocido en otro caso, después del primer amanecer, cuando estemos cerca de ese lugar fatídico. Mucho hay que hacer, y muchos otros lugares que santificar para que desaparezca el nido de víboras.
Al llegar a este punto, Jonathan lo interrumpió, acalorado:
—Doctor Van Helsing, ¿acaso quiere decir que va a llevar a Mina, en su triste situación y contagiada de la enfermedad de ese demonio, hasta las mismas fauces de su trampa mortal? ¡Por nada del mundo! ¡Por nada del cielo o del infierno! —se quedó casi sin habla durante unos momentos y prosiguió—: ¿Sabe usted cómo es ese lugar? ¿Ha visto esa abyecta madriguera de infamia infernal, con la mismísima luz de la luna palpitante de siluetas horripilantes, y cada mota de polvo que se agita en el aire con un monstruo devorador en embrión? ¿Ha sentido los labios del vampiro en su cuello? —al llegar aquí se volvió hacia mí, y al posarse sus ojos en mi frente, levantó los brazos, gritando—: ¡Oh, Dios mío! ¿Qué hemos hecho para que haya caído tanto horror sobre nosotros? —y se desplomó en el sofá, embargado por la aflicción.
La voz del profesor nos calmó a todos, con su tono dulce y claro, que pareció vibrar en el aire:
—Amigo mío, porque quiero salvar a la señora Mina de ese lugar de espantos es que voy. Dios prohíba que la lleve a ese lugar. Allí hay trabajo que hacer, un trabajo enloquecedor, que sus ojos no tienen que ver. Los hombres que estamos aquí, todos excepto Jonathan, hemos visto con nuestros propios ojos lo que hay que hacer antes de que ese lugar quede purificado. Recuerde que nos encontramos en terribles apuros. Si el conde se nos escapa esta vez, y él es sutil, y fuerte, y astuto, es posible que decida dormir durante un siglo; y con el tiempo, aquella a la que queremos —me tomó de la mano— iría con él a hacerle compañía, y sería igual que aquellas mujeres a las que usted vio, Jonathan. Usted nos ha hablado de sus labios que se relamían; usted oyó su risa obscena al agarrar la bolsa que el conde les había arrojado. Se estremece; y no es de extrañar. Perdone que le cause tanto dolor, pero así ha de ser. Amigo mío, ¿no es una exigencia perentoria por la que, si fuera necesario, daría mi vida? Si hubiese alguien que fuera a ese lugar para quedarse, sería yo quien tendría que ir para hacerles compañía.
—Haga lo que quiera —dijo Jonathan, con un sollozo que le hizo estremecerse de pies a cabeza—. ¡Estamos en las manos de Dios!
Más tarde.—¡Cuánto bien me ha hecho ver cómo actúan estos hombres valientes! ¿Cómo puede evitar una mujer amar a un hombre tan serio, tan sincero y tan valiente? ¡Y, además, me ha hecho pensar en el extraordinario poder del dinero! Qué no puede hacer cuando se utiliza adecuadamente; y qué podría hacer cuando los fines son viles. Me siento muy agradecida a lord Godalming por ser tan rico, y porque él y el señor Morris, que también tiene mucho dinero, estén dispuestos a gastarlo con tanta liberalidad. Ya que, de no ser así, nuestra expedición no podría iniciarse ni con tanta rapidez ni tan bien equipada como se iniciará dentro de una hora. No hace ni tres horas que decidimos qué parte de la tarea correspondía a cada uno; lord Godalming y Jonathan ya tienen una preciosa lancha de vapor, con el motor dispuesto para partir en cualquier momento. El doctor Seward y el señor Morris tienen media docena de hermosos caballos, bien pertrechados. Disponemos de todos los mapas e instrumentos posibles. El profesor Van Helsing y yo partimos hacia Veresti esta noche, en el tren de las 11,40. Desde allí tomaremos un carruaje, que nos llevará al desfiladero del Borgo. Llevamos mucho dinero, pues tenemos que comprar un coche y caballos. Conduciremos nosotros mismos, pues no disponemos de nadie en quien podamos confiar para esta empresa. Como el profesor tiene nociones de muchos idiomas, nos las arreglaremos bien. Todos llevamos armas, incluso yo, que llevo un revólver de gran calibre. Jonathan no se quedó conforme hasta que yo estuve armada como los demás. Pero ¡ay!, yo no puedo llevar un arma que los demás sí llevan: la cicatriz de mi frente lo prohíbe. El querido doctor Van Helsing me consuela diciendo que voy perfectamente armada para el caso de que haya lobos. A cada hora que pasa aumenta el frío, y caen intermitentes copos de nieve a modo de testimonio.
Más tarde.—Tuve que hacer acopio de valor para despedirme de mi amado; tal vez no volvamos a vernos. ¡Valor, Mina, que el profesor te está mirando intensamente, y su mirada es un aviso! No debe derramarse ni una lágrima, a menos que Dios quiera que sea de alegría.

DIARIO DE JONATHAN HARKER



30 de octubre, por la noche.—Escribo a la luz que irradia la caldera de la lancha de vapor; lord Godalming mantiene el fuego. Es un experto en estas operaciones, ya que durante muchos años tuvo una lancha en el Támesis, y otra en la costa de Norfolk. Con respecto a nuestros planes, finalmente decidimos que las conjeturas de Mina eran acertadas y que, si el conde había elegido una vía fluvial para regresar a su castillo, había de ser el río Siret y después el Bistrita, en el punto de confluencia de ambos. Pensamos que el lugar más adecuado para atravesar el país debe de encontrarse en un punto situado a 47 grados de latitud Norte, entre el río y los Cárpatos. No tememos navegar de noche a buena velocidad; hay mucha agua, y las orillas están lo suficientemente distantes una de otra para permitir una navegación fácil, incluso en la oscuridad. Lord Godalming me ha dicho que duerma un rato, pues de momento es suficiente con que uno de nosotros vigile. Pero no puedo dormir; ¿cómo podría hacerlo, con el terrible peligro que se cierne sobre mi amada, y teniendo que ir a ese lugar de espantos?… Mi único consuelo es que estamos en manos de Dios. Solo por esa confianza sería más fácil morir que vivir y librarse de tanta aflicción. El señor Morris y el doctor Seward iniciaron su larga cabalgada antes de nuestra partida; van a cubrir la orilla derecha hasta una distancia suficiente para adentrarse en un terreno más elevado desde donde dominen un largo trecho del río, y así evitar seguir las curvas de su curso. Para las primeras etapas llevan a dos hombres que se ocupan de conducir los caballos de refresco; son cuatro en total, para no despertar curiosidad. Cuando despidan a los hombres, cosa que ocurrirá dentro de poco tiempo, ellos mismos cuidarán de los caballos. Tal vez resulte necesario que unamos nuestras fuerzas; en ese caso, disponemos de monturas suficientes. Una de las sillas es móvil, y puede adaptarse fácilmente para Mina.
Qué insensata aventura la nuestra. Todo se agolpa en mi mente mientras nos precipitamos por entre la oscuridad, con el frío del río que parece elevarse y golpearnos, con las voces misteriosas de la noche que nos rodea. Es como si nos moviéramos hacia lugares desconocidos por caminos desconocidos, hacia todo un mundo de cosas oscuras y temibles. Godalming está cerrando la puerta de la caldera…
31 de octubre.—Seguimos navegando a gran velocidad. Ha llegado el día, y Godalming duerme. Yo vigilo. La mañana es glacial; se agradece el calor de la caldera, aunque llevamos gruesos abrigos de piel. Hasta el momento solo hemos pasado junto a unos cuantos botes descubiertos, pero ninguno de ellos llevaba a bordo una caja o bulto de tamaño similar al que buscamos. Los tripulantes se asustaban cada vez que les enfocábamos con la linterna eléctrica; caían de rodillas y oraban.
1 de noviembre, por la tarde.—No ha habido novedades durante todo el día; no hemos encontrado nada parecido a lo que buscamos. Ya hemos entrado en el río Bistrita; y si nuestras conjeturas son erróneas, habremos perdido la oportunidad. Hemos revisado todos los botes, grandes y pequeños. Esta mañana temprano, la tripulación de un barco nos tomó por agentes del gobierno y nos trató en consonancia con nuestro rango. En este hecho vimos un medio de allanar el camino, y al llegar a Fundu, donde el río Bistrita se une con el Siret, compramos una bandera rumana, que ahora hemos izado en lugar visible. El truco ha dado resultado con todos los barcos con que nos hemos topado hasta ahora; nos han tratado con toda suerte de deferencias y no han puesto la menor objeción a todo cuanto hemos preguntado o hecho. Unos eslovacos nos han dicho que un bote grande pasó junto a ellos, a una velocidad mayor de lo normal, ya que llevaba tripulación doble. Esto ocurrió antes de que llegaran a Fundu, por lo que no pudieron decirnos si el bote se internó en el Bistrita o continuó por el Siret. En Fundu nadie nos dio noticia de tal bote, por lo que debe de haber pasado por allí de noche. Tengo mucho sueño; es posible que esté empezando a afectarme el frío, y hay que concederle descanso a la naturaleza tarde o temprano. Godalming insiste en iniciar él el turno de vigilancia. Que Dios lo bendiga por su bondad para con Mina y para conmigo.
2 de noviembre, por la mañana.—Es pleno día. Ese buen hombre no me ha despertado. Dice que habría sido un crimen despertarme, porque mientras dormía beatíficamente olvidaba mis problemas. Me parece que he sido un terrible egoísta al haber dormido tanto tiempo y haberlo dejado vigilando toda la noche; pero tiene razón. Esta mañana soy un hombre nuevo; y ahora, sentado mientras observo cómo duerme, puedo hacer todo lo necesario: ocuparme del motor, llevar el timón y vigilar. Siento que recupero mi fuerza y mi energía. Me pregunto dónde estarán Mina y Van Helsing. Tendrían que haber llegado a Veresti en la tarde del miércoles. Les habrá llevado algún tiempo comprar el coche y los caballos; así que, si han viajado a buen paso, deben de estar a punto de llegar al desfiladero del Borgo. ¡Que Dios los guíe y los ayude! Me da miedo pensar en lo que vaya a ocurrir. ¡Si pudiéramos ir más deprisa! Pero no podemos. Los motores vibran y funcionan a la máxima potencia. Me pregunto qué tal les irá al doctor Seward y al señor Morris. Al parecer, en este río desembocan innumerables arroyos procedentes de las montañas, pero como ninguno de ellos es muy grande —al menos ahora, aunque sin duda son terribles en invierno y cuando se funde la nieve— los caballistas no deben de haber encontrado muchos obstáculos. Confío en que los veamos antes de llegar a Strasba, pues, si entonces no hemos atrapado al conde, tal vez sea necesario consultar todos juntos cuál ha de ser nuestro próximo movimiento.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



2 de noviembre.—Tres días de camino, y aún sin novedades, y sin tiempo para escribir en caso de que las hubiera habido, ya que cada minuto es precioso. Solo hemos descansado lo necesario para los caballos; pero ambos estamos estupendamente. Aquellos días de aventuras en común están resultando muy útiles. Tenemos que continuar; no nos sentiremos satisfechos hasta que volvamos a avistar la lancha.
3 de noviembre.—Hemos oído decir en Fundu que la lancha ha remontado el Bistrita. Ojalá no hiciera tanto frío. Hay indicios de que se aproximan las nieves; si son fuertes, nos detendrán. En tal caso, tendremos que adquirir un trineo para continuar a la manera rusa.
4 de noviembre.—Hoy hemos oído decir que la lancha ha sufrido un accidente al tratar de remontar los rápidos. Los botes eslovacos los remontan con facilidad con ayuda de una cuerda y buen conocimiento del gobierno del barco. Hace solo unas horas que unos cuantos los han subido. Godalming es un mecánico aficionado, y evidentemente ha sido él quien ha puesto la lancha en condiciones otra vez. Finalmente, lograron remontar los rápidos, con ayuda de las gentes de la localidad y se han lanzado de nuevo a la persecución. Me temo que al bote no le ha beneficiado el accidente; los campesinos dicen que tras volver a aguas tranquilas, se paraba constantemente mientras estuvo al alcance de la vista. Tenemos que forzar la marcha más que nunca; pueden necesitar nuestra ayuda muy pronto.

DIARIO DE MINA HARKER



31 de octubre.—Llegamos a Veresti a mediodía. El profesor me ha dicho que hoy, al amanecer, apenas pudo hipnotizarme, y que todo lo que yo decía era «oscuro y tranquilo». Se ha marchado a comprar un coche y caballos. Dice que más adelante intentará comprar más caballos, para que así podamos cambiarlos en el camino. Nos esperan algo más de setenta millas de recorrido. El paisaje es precioso y sumamente interesante; si nos encontrásemos en otras circunstancias, sería una delicia contemplarlo. Qué placer sería si Jonathan y yo viajáramos solos. ¡Detenerse y ver a la gente, y enterarse de sus vidas, y llenar nuestras mentes y nuestras memorias con el color y el pintoresquismo del campo silvestre y maravilloso y de las gentes singulares! Pero ¡ay!…
Más tarde.—El doctor Van Helsing ha regresado. Ha comprado el coche y los caballos. Vamos a cenar y a partir dentro de una hora. La patrona de la hostería está preparando una enorme cesta de provisiones; parece suficiente para todo un ejército. El profesor la anima, y me susurra que puede pasar una semana antes de que obtengamos buena comida. También ha ido de compras y ha enviado al hotel un magnífico surtido de abrigos de piel y mantas, y ropas de abrigo de todas clases. No corremos el peligro de pasar frío.
Dentro de poco nos pondremos en camino. Me da miedo pensar en lo que puede ocurrirnos. Verdaderamente, estamos en manos de Dios.
Solo Él sabe qué será de nosotros, y le ruego, con toda la fuerza de mi alma humilde y triste, que guíe a mi querido esposo; que, ocurra lo que ocurra, Jonathan sepa que le he amado y honrado más de lo que pueden expresar las palabras, y que mi pensamiento último y más sincero será siempre para él.

Capítulo XXVII

DIARIO DE MINA HARKER



1 de noviembre.—Hemos viajado durante todo el día, y a buena velocidad. Parece que los caballos comprenden que se les trata con amabilidad, porque rinden al máximo de buena gana. Los hemos cambiado tantas veces, y nos hemos encontrado siempre con tan buena voluntad, que ello nos invita a pensar que el viaje va a ser fácil. El doctor Van Helsing es lacónico; dice a los campesinos que tiene prisa por llegar a Bistrita, y les paga bien para que cambien los caballos. Nos dan sopa caliente, o una taza de té o café, y partimos inmediatamente. Es un país precioso, lleno de bellezas de todas clases, y las gentes son valerosas, fuertes y sencillas, y al parecer poseen grandes cualidades. Son muy, muy supersticiosas. En la primera casa en la que nos detuvimos, cuando la mujer que nos servía la comida vio la cicatriz de mi frente, se santiguó y tendió dos dedos hacia mí, para protegerse del mal de ojo. Creo que se tomaron la molestia de poner mayor cantidad de ajo en nuestra comida; y resulta que yo no soporto el ajo. Desde entonces he tenido cuidado de no quitarme el sombrero o el velo, y así escapo a sus sospechas. Avanzamos con rapidez y, como no llevamos conductor que pueda ir contando chismes, evitamos el escándalo, pero me imagino que el temor al mal de ojo nos seguirá durante todo el camino. El profesor parece inagotable, no ha descansado durante todo el día, aunque a mí me ha obligado a dormir durante un largo rato. Al anochecer me hipnotizó, y según dice, yo contesté lo mismo que de costumbre: «oscuridad, chapoteo de agua y crujir de madera». Así pues, nuestro enemigo se encuentra aún en el agua. Me da miedo pensar en Jonathan, aunque por alguna razón no siento ningún temor por él ni por mí. Escribo esto mientras esperamos en una granja a que preparen los caballos. El doctor Van Helsing está durmiendo. Pobrecillo, parece muy cansado y viejo, y ha adquirido un color gris; pero su boca sigue tan firme como la de un conquistador; e incluso dormido está imbuido de decisión. Cuando llevemos un buen trecho debo hacerle descansar mientras yo conduzco. Le diré que aún nos quedan muchos días y que no puede derrumbarse cuando vamos a necesitar toda su fuerza… Todo está preparado; partiremos dentro de poco.
2 de noviembre, por la mañana.—Conseguí que el profesor aceptase que nos turnásemos para conducir durante toda la noche; ahora ya es pleno día, soleado, pero frío. En el aire flota una extraña pesadez: digo pesadez a falta de una palabra más adecuada; quiero decir que el ambiente nos oprime a ambos. Hace mucho frío, y si estamos cómodos es gracias a los abrigos de piel. Al amanecer el profesor me hipnotizó; dice que contesté «oscuridad, madera crujiente y rumor de agua», de lo que se deduce que el río cambia a medida que ascienden. Espero que mi amado no corra ningún riesgo, al menos no más de los necesarios. Pero estamos en manos de Dios.
2 de noviembre, por la noche.—Todo el día conduciendo. A medida que avanzamos el paisaje se hace más agreste, y las grandes estribaciones de los Cárpatos, que en Veresti parecían tan lejanos y tan bajos en la línea del horizonte, ahora se agrupan a nuestro alrededor y se ciernen sobre nosotros. Tanto el profesor como yo estamos animados; creo que ambos hacemos esfuerzos por infundirnos optimismo mutuamente, y de paso nos animamos a nosotros mismos. El doctor Van Helsing dice que por la mañana habremos llegado al desfiladero del Borgo. Hay pocas casas en esta región, y el profesor dice que tendremos que continuar el viaje con los últimos caballos que cambiamos, pues tal vez no podamos adquirir otros. Ha comprado otros dos además de los dos que cambiamos, de modo que ahora llevamos un poderoso tiro de cuatro. Los caballitos son pacientes y dóciles, y no nos causan ninguna molestia. No nos preocupa encontrarnos con otros viajeros, y por eso yo también conduzco. Llegaremos al desfiladero de día, no queremos llegar antes. Viajamos con calma y nos turnamos para descansar. Ah, ¿qué nos deparará el día de mañana? Vamos en busca del lugar en que mi pobre amado sufrió tanto. Dios quiera que lleguemos con bien, y se digne proteger a mi marido y a aquellos que nos son queridos y que corren tan grave riesgo. Yo no soy digna. ¡Ay! Soy impura a sus ojos, y lo seré hasta que me permita presentarme ante Él como una más entre los que no han incurrido en su cólera.

NOTAS DE ABRAHAM VAN HELSING



4 de noviembre.—Esto va dirigido a mi viejo y verdadero amigo John Seward, doctor en medicina, de Purfleet, Londres, en caso de que no vuelva a verlo. Quizá sirva de explicación.
Es por la mañana y escribo al calor de una hoguera que he mantenido viva durante toda la noche con la ayuda de la señora Mina. Hace frío, mucho frío; tanto, que el cielo gris y plomizo está lleno de nieve, que cuando caiga durará todo el invierno, ya que el suelo se está endureciendo para recibirla. Al parecer, ha afectado a la señora Mina; ha tenido la cabeza tan pesada durante todo el día, que no parece ella misma. ¡Duerme, duerme y duerme! Ella, que normalmente está tan alerta, no ha hecho nada en todo el día; incluso ha perdido el apetito. Ella, que tan constante es, no ha escrito en su diario. Algo me dice que no todo marcha bien. Sin embargo, esta noche está más animada[87]. Haber dormido todo el día la ha descansado y recuperado, porque ahora es todo dulzura y está tan animada como de costumbre. A la puesta del sol intenté hipnotizarla, pero ¡ay!, sin resultados; el poder se ha ido reduciendo con el paso de los días y esta noche me ha fallado por completo. Bien, hágase la voluntad de Dios, sea la que sea y dondequiera que nos lleve.
Ahora, a los hechos, pues como la señora Mina no escribe con su máquina debo hacerlo en mi incómodo y viejo estilo, para que no quede ni un día nuestro sin registrar.
Ayer por la mañana, justo después de la salida del sol, llegamos al desfiladero del Borgo. En cuanto vi señales del amanecer me dispuse para la sesión de hipnotismo. Detuvimos el carruaje y nos bajamos, para que nada nos distrajese. Hice un lecho con las pieles, y la señora Mina, tumbándose, se sometió al sueño hipnótico como siempre; pero más despacio y durante menos tiempo que nunca. Como las veces anteriores, llegó la respuesta: «oscuridad y remolinos de agua». Después despertó, radiante y feliz, y continuamos el viaje y pronto llegamos al desfiladero. En ese momento y en ese lugar ardía de entusiasmo; se manifestó en ella un nuevo poder para guiarnos, ya que señaló la carretera y dijo:
—Este es el camino.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
—Por supuesto que lo sé —respondió, y tras una pausa añadió—: ¿No lo recorrió mi Jonathan y escribió sobre su viaje?
De momento me pareció extraño, pero en seguida vi que solo había un atajo. No es muy utilizado y es muy distinto a la carretera que va de Bucovina a Bistrita, que es más ancha y firme, y más frecuentada.
De modo que por este camino seguimos; cuando encontramos otros —no siempre estábamos seguros de que fueran caminos, pues estaban descuidados y había caído una nieve ligera—, los caballos y solo ellos saben. Los dejo que dirijan, y ellos continúan pacientes. De cuando en cuando encontramos todas las cosas que Jonathan anotó en ese magnífico diario suyo. Continuamos durante largas, largas horas y más horas. Al principio le digo a la señora Mina que duerma; lo intenta y lo consigue. Duerme todo el tiempo; hasta que al final en mí crece la sospecha, e intento despertarla. Pero continúa durmiendo, y no puedo despertarla, aunque lo intento. No deseo hacerlo de forma brusca, no vaya a hacerle daño; pues sé que mucho ha sufrido y que el sueño, a veces, lo es todo para ella. Debí adormilarme, porque de pronto me siento culpable como si hubiera hecho algo; me encuentro con las riendas en la mano, y los buenos caballos siguen adelante, adelante, como siempre. Miro al interior y encuentro a la señora Mina dormida. No falta mucho para la puesta del sol, y sobre la nieve la luz del sol se derrama en gran riada amarilla, de forma que nosotros proyectamos una larga sombra allí donde la montaña se eleva, tan escarpada. Porque estamos subiendo, y subiendo, y todo es tan salvaje y pedregoso como si fuera el fin del mundo.
Llamé a la señora Mina. Esta vez se despertó sin demasiados problemas, y entonces intenté inducirla al sueño hipnótico. Pero no se durmió, como si yo no estuviera. Aun así lo intenté e intenté, hasta que de pronto descubro que ella y yo estamos sumidos en la oscuridad; así que miro alrededor y veo que el sol se ha puesto. La señora Mina ríe, y yo me vuelvo y la miro. Ahora está bastante despierta y tiene tan buen aspecto como no le había visto desde aquella noche en Carfax, cuando entramos por primera vez en la casa del conde. Estoy sorprendido e incómodo; pero está tan alegre y cariñosa y tan pendiente de mí, que olvido el miedo. Enciendo un fuego, pues hemos traído leña, y ella prepara comida mientras yo quito las riendas a los caballos y los ato al abrigo, para comer. Cuando vuelvo al fuego, ella tiene preparada mi cena. Voy a ayudarla, pero sonríe y me dice que ya ha comido, que estaba tan hambrienta que no pudo esperar. No me gusta, y tengo graves dudas; pero temo asustarla, así que guardo silencio. Me sirve y como solo; y después nos tapamos con las pieles y nos tumbamos al lado del fuego, y le digo que duerma mientras yo vigilo. Pero al momento olvido toda la vigilancia, y cuando de pronto recuerdo que vigilo, la encuentro tumbada tranquilamente, pero despierta y mirándome con ojos muy brillantes. Una, dos veces más, ocurre la misma cosa y duermo mucho hasta la mañana. Cuando despierto intento hipnotizarla; pero ¡ay!, aunque cierra los ojos obediente, no duerme. El sol sube, y sube y sube; y entonces se duerme, mas demasiado tarde, y tan profundamente que no se puede despertar. Tengo que levantarla y, dormida, colocarla en el carruaje una vez guarnecidos los caballos y todo dispuesto. La señora continúa dormida, y dormida; y dormida parece más saludable y con mejor color que antes. Y no me gusta. Y tengo miedo, miedo, miedo, tengo miedo de todo, incluso de pensar; pero debo continuar mi camino. La apuesta es a vida o muerte, o más, y no debemos vacilar.
5 de noviembre, por la mañana.—Déjame ser exacto en todo, porque aunque tú y yo hemos visto juntos algunas cosas extrañas, puede que al principio tú pienses que yo, Van Helsing, estoy loco, que los muchos horrores y la larga tensión nerviosa al fin han atacado mi cerebro.
Viajamos todo el día de ayer, acercándonos más y más a las montañas, y adentrándonos en tierra cada vez más salvaje y desierta. Hay grandes precipicios ceñudos, muchas cascadas, y parece como si en alguna ocasión la Naturaleza hubiera celebrado aquí su carnaval. La señora Mina continúa durmiendo y durmiendo, y aunque tuve hambre y la calmé no pude despertarla ni para comer. Empecé a temer que el hechizo fatal del lugar empezara a afectarla, envenenada como está por el bautismo del vampiro. «Bien —me dije—, si ella duerme todo el día, yo no duermo de noche». Cuando atravesábamos una carretera escabrosa, pues era una carretera antigua y en malas condiciones, incliné la cabeza y dormí. Otra vez me desperté con un sentimiento de culpa y de que había pasado tiempo, y encontré a la señora Mina aún dormida, y el sol muy bajo. Pero todo había cambiado; las torvas montañas parecían lejanas, y estábamos acercándonos a la cumbre de una colina empinada, en cuya cima había un castillo como el que menciona Jonathan en su diario. Me alegré y me atemoricé al tiempo; pues ahora, para bien o para mal, el fin está cerca. Desperté a la señora Mina, e intenté hipnotizarla de nuevo; pero ¡ay!, imposible hasta que fue demasiado tarde. Entonces, antes de que la gran oscuridad nos cubriera —pues, incluso después de la puesta del sol, el cielo lo reflejaba sobre la nieve, y durante un tiempo todo está bañado por un impresionante crepúsculo—, llevé los caballos a un refugio que pude encontrar y les di de comer.
Después enciendo una hoguera; y cerca de ella hago que se siente la señora Mina, despierta y más encantadora que nunca. Preparé comida, pero ella no quiso comer, diciendo sencillamente que no tenía hambre. No insistí, al saber que era inútil. Pero yo sí como, porque ahora tengo que estar fuerte para todo. Después, con el temor de lo que podría suceder, tracé un círculo suficientemente grande para su comodidad, en cuyo interior se sentó la señora Mina; y por encima del anillo pasé un trozo de la hostia, y la desmenucé en trozos finos para que todo estuviera bien protegido. Durante todo el tiempo permaneció inmóvil, tan inmóvil como una muerta, y se puso blanca y más blanca, hasta que la nieve no era más pálida que ella, y no pronunció palabra. Pero al acercarme se agarró a mí, y comprendí que aquella pobre alma se agitaba de pies a cabeza con un temblor que daba lástima ver. Cuando se hubo calmado un poco, le dije:
—¿No quiere acercarse al fuego? —porque quería hacer una prueba con ella.
Se levantó, obediente, pero tras dar un paso se detuvo y se quedó como asustada.
—¿Por qué no continúa? —le pregunté.
Negó con la cabeza, y volvió a sentarse en su sitio. Me miró con los ojos muy abiertos, como quien acaba de despertarse, y dijo sencillamente:
—¡No puedo! —y guardó silencio.
Yo me alegré, porque sabía que lo que ella no podía hacer tampoco podrían hacerlo ninguno de aquellos a quienes tememos. ¡Aunque podía haber peligro para su cuerpo, su alma aún estaba a salvo!
En ese momento empezaron a relinchar los caballos y a tirar de sus ataduras, hasta que me acerqué a ellos y los tranquilicé. Al sentir mis manos sobre ellos, gimotearon como de contento, me lamieron las manos y se quedaron tranquilos durante un rato. Durante la noche me acerqué a ellos muchas veces, hasta que llegó la fría hora en que toda la Naturaleza está en su punto más bajo, y cada vez que me acercaba a ellos les daba calma. En la hora fría empezó a morir el fuego, y estuve a punto de añadir leña, porque la nieve caía en ráfagas que iban acompañadas por una niebla helada. Incluso en la oscuridad se veía luz, como la que siempre hay sobre la nieve; y parecía que las ráfagas de nieve y los cendales de niebla adoptaran la forma de mujeres con largos vestidos flotantes. Todo estaba envuelto en un silencio mortal y lóbrego, solo roto por el gemir y piafar de los caballos, que aterrorizados estaban. Empecé a sentir temor, un terrible temor; pero entonces comprendí que estaba a salvo en aquel círculo. También yo empecé a pensar que mis imaginaciones eran propias de la noche y la oscuridad y el desasosiego que había padecido, y toda aquella terrible angustia. Era como si me estuvieran engañando todos los recuerdos de la horripilante experiencia de Jonathan; ya que los copos de nieve y la niebla empezaron a girar y a arremolinarse, hasta que entreví entre las sombras las siluetas de aquellas mujeres que querían besarlo. Y los caballos piafaban cada vez más bajo, y gemían de terror, como los hombres de dolor. Temí por mi querida señora Mina cuando aquellas extrañas figuras se acercaron y empezaron a girar a su alrededor. La miré, pero estaba tranquila, y me sonrió; cuando me dirigía hacia la hoguera para echarle leña, me sujetó y me hizo retroceder, y me susurró, tan bajo que parecía la voz que se oye en un sueño:
—¡No! ¡No! No salga. ¡Aquí está a salvo!
Me volví hacia ella y le dije, mirándola a los ojos:
—¿Y usted? ¡Es por usted por quien temo!
Ante mis palabras se echó a reír, una risa grave e irreal, y dijo:
—¡Que teme por mí! ¿Por qué? No hay nadie en el mundo que se encuentre más a salvo de ellos que yo.
Mientras trataba de comprender el significado de sus palabras, una ráfaga de viento avivó las llamas, y veo la cicatriz roja de su frente. Entonces, ¡ay!, comprendo. De no haberlo hecho entonces, pronto lo habría comprendido, porque se acercaron las figuras revoloteantes de nieve y bruma, aunque siempre alejadas del círculo santo. Empezaron a materializarse hasta que —si Dios no me ha quitado la razón, porque con mis propios ojos lo vi— ante mí aparecieron en carne y hueso las tres mujeres que Jonathan vio en la habitación, cuando quisieron besar su cuello. Conocía aquellas formas redondeadas y oscilantes, los ojos duros y brillantes, los blancos dientes, el color rojizo, los labios voluptuosos. Siempre sonreían a la pobre señora Mina; y, con una carcajada que resonó en el silencio de la noche, entrelazaron sus brazos y la señalaron, al tiempo que decían en ese tono tan dulce y argentino que, según Jonathan, poseía la dulzura intolerable de los vasos de agua:
—Ven, hermana, ven con nosotras. ¡Ven! ¡Ven!
Me volví asustado hacia la pobre señora Mina, y mi corazón de alegría brincó como una llama; porque, ¡ah!, el terror de sus dulces ojos, la repulsión, el horror, hablaban a mi corazón con tono de esperanza. Loado sea Dios porque aún no es una de ellas. Cogí unas ramas que había a mi lado y, enarbolando un trozo de hostia, avancé hacia ellas. Retrocedieron al verme, y emitieron aquella carcajada suya, grave y horrenda. Alimenté el fuego, y no las temí; porque sabía que estábamos a salvo en el interior de nuestro círculo de protección. No podían acercarse a mí mientras fuera así armado, ni a la señora Mina mientras permaneciese dentro del círculo, que no podía abandonar con mayor facilidad de la que ellas podían entrar. Los caballos habían dejado de gemir, y estaban inmóviles, en el suelo; la nieve caía suavemente sobre ellos, y se pusieron blancos. Sabía que a las pobres bestias no les aguardaban más terrores.
Y así continuamos hasta que la luz roja del alba empezó a atravesar la oscuridad de la nieve. Yo estaba desolado y atemorizado, y lleno de pena y terror; pero cuando aquel maravilloso sol empezó a elevarse en el horizonte, recobré la vida. Con la primera luz del alba, las horripilantes figuras se disolvieron en el remolino de nieve y niebla; los cendales de bruma transparente se alejaron hacia el castillo y desaparecieron.
Con la luz del alba, me volví instintivamente hacia la señora Mina con la intención de hipnotizarla; pero estaba sumida en un sueño súbito y profundo del que no pude despertarla. Traté de hipnotizarla dormida, pero no respondió en absoluto, y rompió el día. No me atrevo a moverme. He encendido fuego y he visto los caballos; están todos muertos. Hoy tengo mucho que hacer aquí, y estoy esperando a que el sol esté alto en el cielo; porque puede haber sitios a los que debo ir, donde la luz del sol, a pesar de la nieve y la bruma que lo oscurece, será mi seguridad.
Voy a fortalecerme con un desayuno, y después iniciaré mi terrible empresa. La señora Mina aún duerme; y, ¡gracias a Dios!, su sueño es tranquilo…

DIARIO DE JONATHAN HARKER



4 de noviembre, por la tarde.—El accidente sufrido por la lancha ha sido algo terrible para nosotros. De no haber sido por esto, hace tiempo que habríamos dado alcance al bote; y a estas horas mi querida Mina ya estaría libre. Me da miedo pensar en ella, en esas llanuras próximas a ese lugar de horrores. Hemos adquirido caballos, y proseguimos el camino. Escribo mientras Godalming se prepara. Llevamos armas. Los zíngaros deben andarse con cuidado si quieren pelea. ¡Ah, ojalá estuvieran con nosotros Morris y Seward! ¡Lo único que podemos hacer es tener confianza! Si no escribo más, ¡adiós, Mina! Que Dios te bendiga y te proteja.

DIARIO DEL DOCTOR SEWARD



5 de noviembre.—Al amanecer vimos al grupo de zíngaros, que se alejaba velozmente del río en una carreta. Iban rodeándola en grupo y se alejaban a toda velocidad, como si alguien los persiguiera. Cae la nieve en copos ligeros, y en el aire flota una extraña excitación. Tal vez sea nuestra propia sensación de excitación, pero también en nuestro abatimiento hay algo extraño. En la distancia se oye aullar a los lobos; el viento arrastra el sonido desde las montañas. Todos corremos peligro, y por todos los flancos. Los caballos ya están casi listos, y pronto partiremos. Vamos al encuentro de la muerte de alguien. Solo Dios sabe quién, o dónde, o qué, o cuándo o cómo puede ser…

NOTAS DEL DOCTOR VAN HELSING



5 de noviembre, por la tarde.—Al menos, estoy cuerdo. Gracias sean dadas a Dios por su misericordia, aunque la comprobación ha sido espantosa. Cuando dejé a la señora Mina durmiendo dentro del círculo sagrado, me dirigí al castillo. El martillo de herrero que había cogido en Veresti resultó útil; aunque todas las puertas estaban abiertas, las arranqué de sus goznes herrumbrosos para evitar que la mala intención o la mala fortuna las cerrase y, después de haber entrado, no pudiese salir. Me sirvió la amarga experiencia de Jonathan. Por recuerdos de su diario encontré el camino que lleva a la vieja capilla, pues sabía que allí estaba mi tarea. El aire era opresivo; parecía que hubiese un humo sulfuroso, que a veces me mareaba. O me zumbaban los oídos, o escuché a lo lejos aullidos de lobos. Entonces recordé a mi querida señora Mina, y me encontré en una difícil situación. El dilema me dejó entre la espada y la pared. A ella, no me atrevía yo a traerla a aquel lugar; prefería dejarla a salvo contra el ataque del vampiro en el interior del círculo sagrado; ¡pero incluso allí llegaba el lobo! Decido que mi trabajo está allí, y que hemos de rendirnos a los lobos, si fuese esa la voluntad de Dios. En cualquier caso, solo era la muerte, y detrás, la libertad. Así elegí en nombre de la señora Mina. De haber sido solo por mí, fácil habría sido la elección: ¡mejor descansar en la tripa del lobo que en la tumba del vampiro! Y así decidí proseguir mi tarea.
Sabía que tenía que encontrar al menos tres tumbas, tumbas habitadas. Y así, busco y busco, y encuentro una de ellas. Ella yacía en el sueño de los vampiros, tan llena de vida y de voluptuosa belleza que me estremezco como si hubiera ido a cometer un asesinato. Ah, no dudo que antaño, cuando tales cosas existían, muchos hombres que acometieron la misma tarea que yo sintieran que les fallaba el corazón y los nervios. Por eso el hombre se demora y se demora, hasta que la mera belleza y la fascinación de la lasciva No-Muerta lo hipnotiza; y se queda allí, una hora y otra hora, hasta que llega el crepúsculo, y se acaba el sueño de la mujer-vampiro. Entonces se abren los maravillosos ojos de la bella mujer, y miran con amor, y presenta la boca voluptuosa para un beso…, y el hombre es débil. Y allí queda una víctima más en el redil del vampiro; ¡una víctima más para aumentar las lóbregas y horripilantes filas de los No-Muertos!…
Sin duda tiene que existir cierta fascinación, ya que tanto me conmueve la presencia de semejante ser, incluso yacente en una tumba corroída por el tiempo y cargada con el polvo de los siglos, a pesar del espantoso hedor, semejante a los escondrijos del conde. Sí, me conmovió —a mí, Van Helsing, con toda mi resolución y mis motivos para odiar—, me conmovió tanto, que me invadió un deseo de aplazar mi proyecto, tan fuerte que paralizó mis facultades y trabó mi alma. Tal vez fuera debido a que empezaban a adueñarse de mí la falta de sueño y la extraña opresión del aire. Lo cierto es que me estaba sumiendo en el sueño, el sueño con los ojos abiertos de quien se somete a una dulce fascinación cuando oí, en el aire aquietado por la nieve, un gemido largo y apagado, tan lleno de pena y aflicción, que me despertó como el sonido de un clarín. Porque lo que oía era la voz de mi querida señora Mina.
Entonces me afiancé aún más en mi terrible tarea, y encontré a una de las hermanas, a la otra morena, tras arrancar las tapas de los sepulcros. No me atreví a detenerme a mirarla, como había hecho con su hermana, por si acaso me cautivaba una vez más, sino que proseguí la búsqueda hasta que, finalmente, encontré en una gran tumba elevada, como si hubiera sido construida para alguien muy querido, a aquella otra hermana rubia, a quien, como Jonathan, yo había visto materializarse en los átomos de niebla. Era tan rubia, tan bella, tan radiante, tan exquisitamente voluptuosa, que el instinto de hombre que hay en mí, y que incita a los de mi sexo a amar y proteger a los del suyo, hizo girar mi cabeza con una emoción nueva. Pero, gracias a Dios, aún no se había extinguido en mis oídos aquel lamento del alma de mi querida señora Mina; y antes de que el embrujo actuase sobre mí con mayor intensidad, cobré ánimos suficientes para llevar a cabo mi espantosa tarea. Ya había investigado todas las tumbas de la capilla, y como la noche anterior solo nos habían visitado aquellas tres No-Muertas fantasmales, di por sentado que no existían más No-Muertos en activo. Había un gran sepulcro, más señorial que el resto; era enorme, y de nobles proporciones. En él solo había una palabra:

DRÁCULA



Así que este era el hogar No-Muerto del Rey Vampiro, al que tantos otros estaban destinados. El hecho de estar vacío me reafirmaba con elocuencia en lo que yo ya sabía. Antes de empezar a devolver a aquellas mujeres su personalidad de muertas mediante mi terrible tarea, coloqué un trozo de hostia en la tumba de Drácula, y así lo expulsé para siempre de su morada de No-Muerto.
Acometí mi empresa, que tanto temía. De haber sido una, habría sido relativamente fácil. ¡Pero tres! Tener que empezar dos veces más después de haber realizado ya aquel acto de horror; pues, si fue terrible con la dulce señorita Lucy, qué no sería con aquellas desconocidas, que habían sobrevivido durante siglos, y que se habían fortalecido con el transcurso de los años; que, de haber podido, habrían vendido caras sus vidas abyectas…
Oh, amigo John, fue una carnicería. De no haberme animado el pensar en otros muertos, y de los vivos sobre los que se cernía tal palio de horror, no habría podido continuar. Todavía tiemblo y tiemblo, aunque, gracias a Dios, fui firme hasta que todo hubo acabado. Si no hubiera visto el reposo en el primer rostro, y la alegría que lo cubrió momentos antes de la disolución final, al comprender que había ganado su alma, no habría podido continuar aquella carnicería. No habría podido soportar el horrendo chirriar de la estaca al penetrar en el corazón; el retorcerse de los miembros, y los labios cubiertos de espuma sangrienta. Habría huido aterrorizado y habría dejado mi trabajo sin hacer. ¡Pero ya ha acabado todo! Y ahora puedo apiadarme de esas pobres almas y llorar al pensar en ellas, plácidamente sumidas en el sueño de la muerte un segundo antes de desaparecer. Ya que, amigo John, apenas había cortado con el cuchillo la cabeza de cada una de ellas, cuando el cuerpo empezó a disolverse hasta quedar reducido al polvo original, como si la muerte que hubiera debido llegar siglos atrás proclamase sus derechos y dijese de una vez por todas, y en voz alta: «¡Aquí estoy yo!».
Antes de abandonar el castillo, preparé todos los accesos de entrada de modo que el conde no pueda volver a penetrar allí No-Muerto.
Al entrar en el círculo en el que dormía la señora Mina, esta se despertó y, al verme, gritó apenada que yo había soportado demasiadas cosas.
—¡Venga! —dijo—. ¡Vámonos de este lugar de horrores! Vamos al encuentro de mi marido, que se dirige hacia nosotros, lo sé.
Estaba delgada, pálida y débil; pero sus ojos eran puros y brillaban de fervor. Me alegró ver su palidez y su enfermedad, pues mi mente estaba llena del horror reciente de aquellas mujeres vampiros, dormidas y saludables.
Y así, con esperanza y confianza, aunque llenos de miedo, nos dirigimos hacia el Este a reunirnos con nuestros amigos y con él. La señora Mina me dice que sabe que vienen hacia nosotros.

DIARIO DE MINA HARKER



6 de noviembre.—Ya estaba avanzada la tarde cuando el profesor y yo nos dirigimos hacia el Este, por donde yo sabía que Jonathan venía. No caminábamos deprisa, a pesar de que el sendero discurría cuesta abajo, pues teníamos que llevar mantas pesadas y prendas de abrigo; no nos atrevíamos a correr el riesgo de quedarnos sin protección en el frío y la nieve. También tuvimos que llevar algunas provisiones, pues nos encontrábamos en un lugar totalmente desierto, y, por lo que podía verse a través de la nevada, no se distinguía el menor signo de ser viviente. Cuando hubimos avanzado alrededor de una milla, yo me sentía cansada por la pesada marcha y me senté a descansar. Miramos hacia atrás y vimos la límpida silueta del castillo de Drácula recortada contra el cielo; habíamos bajado tanto por la colina sobre la que se yergue, que el ángulo de perspectiva de los montes Cárpatos se encontraba muy por debajo. Lo contemplamos en toda su grandeza, colgado a mil pies en la cima de un precipicio, aparentemente separado por una enorme distancia de la falda de las montañas adyacentes. En aquel lugar había algo agreste y extraño. Oíamos el aullido distante de los lobos. Estaban lejos, pero el sonido, a pesar de que la nevada lo amortiguaba, estaba lleno de terror. Por la forma como el doctor Van Helsing examinaba el terreno, comprendí que buscaba un punto estratégico donde estuviéramos menos expuestos en caso de ataque. El escabroso camino seguía bajando; podíamos distinguirlo entre los montones de nieve.
Al cabo de un rato el profesor me hizo señas para que me levantase y me reuniese con él. Había encontrado un escondrijo estupendo, una especie de depresión natural en la roca, con una entrada como si fuera una puerta entre dos grandes piedras. Me tomó de la mano y me hizo entrar:
—¡Mire! —dijo—. Aquí estará a resguardo. Y si vienen los lobos podré encargarme de ellos uno a uno.
Trajo los abrigos de piel y me preparó un cobijo cómodo. Sacó unas provisiones y me obligó a comer. Pero yo no podía probar bocado; me daba asco el solo hecho de intentarlo, y a pesar de lo mucho que me hubiese gustado complacerle, no pude cobrar ánimos suficientes. Parecía muy triste, pero no me hizo ningún reproche. Sacó del estuche los prismáticos, se subió a la cima de la roca y se puso a examinar el horizonte. De repente gritó:
—¡Mire! ¡Señora Mina, mire, mire!
Me levanté de un salto y me coloqué junto a él en la roca; me dio los prismáticos y señaló. La nieve caía en una capa más densa y formaba furiosos remolinos, porque empezaba a soplar un viento fuerte. A veces se producían pausas entre las ráfagas de nieve, momentos en que veía a gran distancia a mi alrededor. Desde la altura en que nos encontrábamos se podía ver un gran trecho; y a lo lejos, detrás de la blanca inmensidad de nieve, vi el río, como una cinta negra que serpenteaba formando bucles y rizos. Justo enfrente de nosotros y no muy lejos —de hecho estaba tan cerca que me extrañó que no lo hubiéramos observado antes— un grupo de hombres cabalgaba a gran velocidad. En medio había un carro, una carreta alargada que se bamboleaba de un lado a otro del camino, como la cola de un perro agitándose, al tropezar con cada desigualdad del terreno. Al recortarse sus siluetas contra la nieve deduje que se trataba de campesinos o gitanos por las ropas que llevaban.
En el carro había un gran cajón rectangular. Mi corazón dio un brinco al verlo, porque sentí que el fin estaba cerca. Ya se aproximaba el anochecer, y yo bien sabía que aquel ser, prisionero hasta entonces en el cajón, quedaría libre con el crepúsculo y podría eludir la persecución adoptando cualquier forma. Me volví asustada hacia el profesor; pero descubrí, con gran consternación, que no estaba a mi lado. Unos momentos después lo vi debajo de mí. Había trazado un círculo en torno a la roca, semejante al que nos había servido de protección la noche anterior. Una vez terminado, se acercó a mí y dijo:
—¡Aquí al menos estará a salvo de él!
Cogió los prismáticos; y cuando la nieve hizo una pausa, se aclaró el espacio que había a nuestros pies.
—Vea —dijo—. Van deprisa; están azotando los caballos, y cabalgan a toda velocidad —se quedó callado, y al poco prosiguió con voz hueca—: Es una carrera contra el sol. Tal vez lleguemos demasiado tarde. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Una nueva ráfaga de nieve borró todo el paisaje. Pero pasó pronto y el profesor volvió a enfocar los prismáticos hacia la llanura. Se oyó un grito repentinamente:
—¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! Dos hombres a caballo los persiguen desde el Sur. Tienen que ser Quincey y John. Tome los prismáticos. ¡Mire antes de que la nieve lo borre todo!
Cogí los prismáticos y miré. Aquellos dos hombres podían ser el doctor Seward y el señor Morris. En cualquier caso, sabía que ninguno de los dos era Jonathan. Al mismo tiempo sabía que Jonathan no andaba lejos. Miré a mi alrededor y vi, al norte del grupo que se acercaba, a otros dos hombres, que cabalgaban a mata caballo. Tenía la certeza de que uno de ellos era Jonathan y, naturalmente, supuse que el otro sería lord Godalming. También ellos perseguían al grupo del carro. Cuando se lo dije al profesor, se puso a gritar de júbilo como un colegial; y tras mirar atentamente, hasta que una ráfaga de nieve impidió la visión, apoyó el rifle Winchester sobre la piedra de la entrada de nuestro refugio, dispuesto a utilizarlo.
—Todos convergen hacia el mismo punto —dijo—. Cuando llegue el momento, estaremos rodeados por los gitanos por todos lados.
Saqué mi revólver y lo dejé a mano, porque, mientras hablábamos, el aullar de los lobos se oía cada vez más alto y más cerca. Cuando la tormenta de nieve amainó durante unos momentos, volvimos a mirar. Resultaba extraño ver caer la nieve en copos tan gruesos, muy cerca de nosotros, y detrás, el sol que brillaba más y más a medida que se iba hundiendo tras las lejanas cumbres. Al recorrer el horizonte con los prismáticos vi unos puntos diseminados que se movían de uno en uno y de dos en dos y tres en tres, y en cantidades mayores: los lobos se agrupaban en busca de su presa.
Cada minuto de espera nos parecía un siglo. El viento soplaba en ráfagas violentas, arrastrando furiosamente la nieve que se arremolinaba a nuestro alrededor. A veces no veíamos ni siquiera a una distancia de un palmo; pero en otras ocasiones, cuando el viento rugiente soplaba a nuestro lado, limpiaba el paisaje a nuestro alrededor, y podíamos divisar el panorama hasta una gran distancia. Últimamente, estábamos tan acostumbrados a observar expectantes la salida y la puesta del sol, que sabíamos con bastante exactitud cuándo se produciría; y también sabíamos que el sol iba a ponerse al poco tiempo.
Era difícil creer que, según nuestros relojes, hacía menos de una hora que esperábamos en nuestro refugio a que aquellos grupos convergieran. El viento del Norte soplaba en ráfagas más violentas y furiosas y más constantemente. Parecía haber alejado las nubes cargadas de nieve, ya que, salvo por ráfagas ocasionales, la nieve caía incesante. Distinguíamos con claridad a los miembros de cada grupo, a los perseguidos y a los perseguidores. Por extraño que resulte, los perseguidos no parecían notar, o no les importaba, que les estuvieran persiguiendo. A medida que el sol se ocultaba más y más tras las cimas de las montañas, apretaban el paso con velocidad redoblada.
Se acercaban más y más. El profesor y yo nos acurrucamos detrás de la roca y preparamos nuestras armas; observé que el profesor estaba dispuesto a no dejarlos pasar. Ninguno de ellos se había percatado de nuestra presencia.
De repente se oyeron dos voces que gritaron: «¡Alto!». Una era la de mi Jonathan, agudizada por la cólera; en la otra distinguí el tono fuerte e imperioso del señor Morris. Aunque los gitanos no conocieran aquel idioma, el tono no dejaba lugar a dudas sobre el significado de las palabras, cualquiera que fuese el idioma empleado. Tiraron de las riendas instintivamente, y en el mismo momento lord Godalming y Jonathan se precipitaron por un lado y el doctor Seward y el señor Morris por el otro. El jefe de los gitanos, un mocetón espléndido que cabalgaba su caballo como un centauro, les indicó con la mano que retrocedieran, y ordenó a sus compañeros con voz encolerizada que siguieran avanzando. Los gitanos fustigaron los caballos, que saltaron hacia adelante; pero los cuatro hombres levantaron sus rifles Winchester, y les ordenaron que se detuviesen de una forma inconfundible. Al mismo tiempo, el profesor y yo abandonamos la roca y les apuntamos con nuestras armas. Al verse rodeados, los gitanos tiraron de las riendas y retrocedieron. El jefe se volvió hacia ellos y les dijo unas palabras, en contestación a las cuales todos los hombres sacaron cuantas armas portaban, pistola o cuchillo, dispuestos al ataque. Todo se desarrolló en pocos instantes.
Con un rápido movimiento de las riendas, el jefe lanzó su caballo a la cabeza del grupo, y señalando primero al sol —casi oculto tras las crestas de las montañas—, y a continuación al castillo, dijo algo que no entendí. Por toda respuesta, los hombres de nuestro grupo echaron pie a tierra y se precipitaron hacia el carro. Yo debería haber experimentado un miedo terrible al ver a Jonathan en peligro, pero sin duda el ardor de la batalla me embargaba con igual fuerza que a los demás; no sentí miedo, sino un deseo incontenible y apasionado de entrar en acción. Al ver los rápidos movimientos de nuestro grupo, el jefe de los zíngaros dio una orden; al instante, sus hombres se agruparon en torno al carro, desordenadamente, empujándose unos a otros en sus ansias de obedecer.
En medio de aquel fragor, observé que a un lado del anillo de hombres Jonathan se abría paso hacia el carro, en tanto que Quincey lo hacía por el otro; era evidente que estaban empeñados en llevar a cabo su propósito antes de que se pusiera el sol. Nada parecía poder detenerlos, ni tan siquiera entorpecerlos. No eran conscientes ni de las armas que les apuntaban ni de los cuchillos refulgentes de los gitanos. El ímpetu de Jonathan y su resolución manifiesta parecieron intimidar a los que le hacían frente; se retiraron instintivamente y le abrieron paso. Al momento saltó al carro, y con un vigor increíble levantó la gran caja y la lanzó al suelo por encima de la rueda. Entre tanto, el señor Morris había tenido que emplear toda su fuerza para romper el anillo de zíngaros por el lado en que se encontraba. Durante todo el tiempo que estuve observando a Jonathan, con la respiración contenida, vi al señor Morris con el rabillo del ojo abriéndose camino desesperadamente, y el destello de los cuchillos de los gitanos y los golpes que le asestaban. Él los paraba con su gran machete, y al principio pensé que también él había llegado al carro sano y salvo; pero al saltar junto a Jonathan, que ya había abandonado el carro, vi que se sujetaba un costado y que la sangre le escurría entre los dedos. Pero no se detuvo, ignorando aquel percance, pues mientras Jonathan atacaba con desesperado ímpetu un extremo del cajón, intentando arrancar la tapa con su gran cuchillo kukri, Quincey arremetía frenéticamente contra el otro con su machete. La tapa empezó a ceder gracias a los esfuerzos de los dos hombres, saltaron los clavos con un ruido rechinante y la tapa del cajón se rompió.
Los gitanos, al verse rodeados de Winchesters y a merced de lord Godalming y del doctor Seward, se rindieron sin ofrecer resistencia. Las crestas de las montañas casi ocultaban el sol, y las sombras alargadas de todo el grupo caían sobre la nieve. Vi al conde tendido en la caja, rellena de arena, una parte de la cual se había esparcido sobre su cuerpo con la brusca caída. Estaba mortalmente pálido, como una figura de cera, y los ojos rojos refulgían con la horrible mirada vengativa que yo tan bien conocía.
Los ojos del conde vieron el sol que se ocultaba, y la mirada de odio se tornó en mirada de triunfo.
Pero en ese mismo instante, el gran cuchillo de Jonathan centelleó al hender el aire. Grité al verle cortar el cuello, en tanto que el machete del señor Morris se clavaba en el corazón.
Fue como un milagro; ante nuestros mismísimos ojos, y casi en un santiamén, el cuerpo se redujo a polvo y desapareció de la vista.
Me alegrará mientras viva el hecho de que en el momento de la disolución final hubiera en el rostro del conde una expresión tal de paz como nunca habría imaginado en semejante ser.
El castillo de Drácula se recortaba contra el cielo rojo, y la luz del crepúsculo destacaba cada piedra de sus rotas almenas.
Los gitanos, al ver que éramos en cierta medida la causa de la extraordinaria desaparición del difunto, dieron media vuelta sin pronunciar palabra y huyeron como si de ello dependieran sus vidas. Los que no iban montados subieron al carro y gritaron a los demás que no los abandonasen. Los lobos, que se habían retirado a una distancia prudencial, siguieron sus pasos y nos dejaron solos.
El señor Morris, que había caído al suelo, se apoyaba en el codo sujetándose el costado; aún seguía manando sangre de la herida. Me precipité hacia él, porque el círculo sagrado ya no me impedía salir, y otro tanto hicieron los médicos. Jonathan se arrodilló detrás de él y el herido apoyó la cabeza en su hombro. Con un débil esfuerzo, exhaló un suspiró y me tomó la mano con la que no estaba ensangrentada. Debió de ver en mi cara la angustia que me atenazaba, porque me sonrió y dijo:
—¡Me siento muy feliz de haber sido útil! ¡Oh, Dios mío! —gritó repentinamente, luchando por incorporarse y señalándome—. ¡Merece la pena morir por esto! ¡Miren, miren!
El sol se encontraba justo encima de la cresta de la montaña, y los rayos rojos caían sobre mi rostro, bañándolo en una luz rosada. Los hombres cayeron a una de rodillas, y de sus gargantas salió un «Amén» profundo y grave, mientras sus ojos seguían la dirección que indicaba la mano del hombre moribundo, cuyas últimas palabras fueron:
—¡Loado sea Dios porque todo esto no haya sido en vano! ¡Vean! ¡Ni la misma nieve es más pura que su frente! ¡La maldición ha desaparecido!
Y con una sonrisa y en silencio, murió como un perfecto caballero, dejándonos sumidos en hondo dolor.

Notas

Hace siete años, todos atravesamos el fuego; la felicidad que algunos de nosotros disfrutamos nos hace pensar que mereció la pena todo el dolor que sufrimos. Para Mina y para mí es una alegría más que el cumpleaños de nuestro hijo coincida con el día en que murió Quincey Morris. Yo sé que su madre está secretamente convencida de que una parte del espíritu valiente de nuestro amigo ha sido heredado por nuestro hijo. Aunque le hemos puesto los nombres de todos los que formábamos parte del pequeño grupo, le llamamos Quincey.
Este verano hemos hecho un viaje a Transilvania, y volvimos a la región que contenía y que contiene tantos recuerdos imborrables y terribles. Era casi imposible creer que las cosas que habíamos visto con nuestros propios ojos y oído con nuestros oídos fueran verdades vivientes. Se habían borrado todas las huellas. El castillo sigue en pie, como antes, alzado sobre un desierto de desolación.
Al volver a casa empezamos a hablar de los viejos tiempos, que podemos recordar sin desesperación, ya que Godalming y Seward están felizmente casados. Saqué los escritos de la caja fuerte en que han permanecido desde nuestro regreso hace ya tanto tiempo. Nos sorprendió el hecho de que, entre la enorme masa de materiales de que está compuesto el diario, no exista apenas un solo documento auténtico; es únicamente un montón de papeles mecanografiados, salvo los últimos cuadernos escritos por Mina, por Seward y por mí, y las notas de Van Helsing. Difícilmente podemos pedir a nadie, ni siquiera en el caso de que así lo deseáramos, que acepte esto como prueba de una historia tan descabellada. Van Helsing, con nuestro hijo sentado en sus rodillas, lo resumió todo con las siguientes palabras:
—¡No queremos pruebas; no pedimos a nadie que nos crea! Este chico sabrá algún día cuán valiente y amable es su madre. Ya conoce su dulzura y su cariño; más adelante comprenderá que unos hombres tanto la amaron que por ella arriesgaron mucho.

JONATHAN HARKER



BRAM STOKER, (Dublín, 1847 - Londres, 1912).
Novelista irlandés. Hijo de un funcionario público, hasta los siete años de edad sufrió una grave parálisis que le impedía andar. Los problemas de salud de su niñez no le impidieron distinguirse como atleta y futbolista en la Universidad de Dublín, donde cursó con excelentes resultados la carrera de Matemáticas y fue presidente de la Sociedad Filosófica.
Entre 1867 y 1877 fue funcionario público en Dublín. En esta misma época, siguiendo la inclinación que sentía hacia el teatro, posiblemente heredada de su padre, escribió crítica dramática para The Evening Mail, sin recibir por ello ninguna compensación económica.
En 1878 conoció a su ídolo, el actor inglés Henry Irving. Nació entre ellos una gran amistad y Stoker se convirtió en representante y secretario del actor. Ocupó en este empleo los veintisiete años siguientes, en los que se encargó de la correspondencia de Irving, le acompañó en sus múltiples giras y estuvo a su lado en el momento de su muerte; junto a él dirigió el Lyceum Theatre de Londres. Sus recuerdos darían lugar al libro Recuerdos personales de Henry Irving (1906).
Bram Stoker escribió numerosas novelas y relatos cortos, entre los que destacan El paso de la serpiente (1890), El misterio del mar (1902), La joya de las siete estrellas (1904) y La dama de la mortaja (1909). También se le debe el entretenido libro Impostores famosos, en el que sostiene, entre otras, la teoría de que la reina Isabel I de Inglaterra era un hombre disfrazado.
Pero su obra más célebre es Drácula (1897), novela en la que construye, a través de diarios y cartas, el retrato de uno de los personajes más famosos del ideario decadentista de la época, el conde vampiro de Transilvania. El relato se basa en diversas leyendas previas, aunque Stoker consigue una unidad de efecto e inquietantes resonancias eróticas y simbólicas, suprimiendo las fronteras sensibles entre vida y muerte a través de un juego de seducción de gran poder y sugerencia.

NOTAS



[1] Apelativo cariñoso, aplicado a Hall Caine, en el lenguaje de la isla de Man. Sir Thomas Henry Hall Caine (1853-1931), novelista y dramaturgo británico, fue íntimo amigo de Stoker.

[2] Antiguos príncipes soberanos de Moldavia y de Valaquia.

[3] Gottfried August Bürger (1747-1794), poeta alemán.

[4]Libros que contienen documentos diplomáticos y que publican en determinados casos los gobiernos.

[5] Libro de horarios de los ferrocarriles ingleses.

[6] Téngase en cuenta que Harker no es católico.

[7] Thor y Odín son los dioses del trueno y de la guerra, respectivamente, en la mitología escandinava. Los Berserker son guerreros de la mitología escandinava.

[8] Conquistador húngaro, muerto en 907.

[9] «Conquista de la tierra natal».

[10] La prueba de la batalla.

[11] Título de los soberanos de Moldavia, Valaquia y Transilvania. [12] Colegio de Abogados de Londres.

[13] «Jefe», «capitán». (En polaco en el original).

[14] Se refiere a la parábola evangélica de las vírgenes necias y prudentes. En realidad, eran diez las jóvenes, y no siete.

[15] «Todos los romanos tienen un precio». (En latín en el original).

[16] Verbum sapienti (est): «para el sabio, una palabra (es suficiente)».

[17] «Edad». (En latín en el original, pero debería decir aetate).

[18] Poema de Walter Scott (1771-1832) en el que una chica es emparedada viva.

[19] Burdon-Sanderson (1828-1905), fisiólogo que, fue uno de los primeros en medir los impulsos eléctricos que proceden del corazón. James Frederick Ferrier (1808-1864), filósofo escocés. Su teoría del conocimiento suponía la unidad entre el sujeto que conoce y el objeto conocido.

[20] Alusión a la curación del ciego de Betsaida: «Tomando al ciego de la mano […] le preguntaba: “¿Ves algo?”. Él, alzando la vista, dijo: “Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan”». Marcos 8,22-25.

[21] Royal Academy y Royal Institute.

[22] Verso de La oda del viejo marino, del poeta, filósofo y crítico británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834).

[23] «Asombroso». (En latín en el original).

[24] Denominación que se aplicaba a toda entidad, corporación o comunidad que tenía prohibido enajenar los bienes.

[25] Hace referencia al niño que murió envuelto en llamas en la batalla del Nilo (1798) por no querer abandonar su puesto sin una orden de su padre, el capitán del barco. La historia la recoge Felicia Dorothea Hemans (1793-1835) en el poema «Casabianca».

[26] La frase completa es cum grano salis («con un grano de sal»). «Sal» tiene aquí el sentido de jovialidad. Da a entender que lo que se dice no debe ser tomado muy en serio. (En latín en el original).

[27] Louis Spohr (1784-1859), violinista, director de orquesta y compositor alemán. Sir Alexander Mackenzie (1847-1935), también violinista, director de orquesta y compositor británico.

[28] John Sheppard (1702-1724), criminal inglés condenado a muerte, escapó de prisión con la ayuda de su amante, pero lo volvieron a detener. Maniatado y encadenado, logró fugarse de nuevo. Volvieron a detenerlo y en esa ocasión no escapó.

[29] Benjamin Disraeli (1804-1881), político y escritor británico.

[30] Doctor en medicina, filosofía y literatura. Por otra parte, el inglés de Van Helsing es harto deficiente, y con frecuencia hasta ridículo. En la traducción se ha tratado de mantener esta característica forma de expresarse un extranjero.

[31] La fibrina es una sustancia albuminoidea, insoluble en el agua, que resulta de la descomposición del fibrinógeno cuando la sangre se extravasa, y contribuye a la formación del coágulo sanguíneo. En la época en la que se escribió la novela no se conocían los diferentes grupos sanguíneos; una transfusión semejante, efectuada en la vida real, lo más probable es que hubiera terminado con la vida del donante y con la del paciente.

[32] «¡Dios de los Cielos!». Van Helsing cambia su idioma holandés por el alemán.

[33] En la mitología griega, uno de los ríos de los Infiernos. Sus tranquilas aguas hacían olvidar el pasado terrenal a los hombres que las bebían.

[34] Conocido comerciante de animales.

[35] Expresión legal que significa «en el despacho del juez». Por extensión, también significa «en privado».

[36] Medicine Doctor («Doctor en Medicina»); Member of the Royal College of Surgeons; («Miembro del Real Colegio de Cirujanos»); Licentiate of the King’s and Queen’s College of Physicians, Ireland («Licenciado por el Colegio de Médicos King and Queen, Irlanda»).

[37] «¡Dios mío!». (En alemán en el original).

[38] Versos del poema «El lecho de muerte» (The Deathbed), del poeta inglés Thomas Hood (1799-1845).

[39] «Capilla ardiente». (En francés en el original).

[40] La frase pertenece al poema Giaour («El infiel», 1813), de lord George Gordon Byron (1788-1824).

[41] «Después de la muerte». (En latín en el original).

[42] Posiblemente se refiere a Rotten Row, zona de Hyde Park —parque de Londres— reservada a los jinetes.

[43] Expresión que designa la pintura que se hace en paredes y techos con colores disueltos en agua de cal y extendidos sobre una capa de estuco fresco. (En italiano en el original).

[44] Ellen (Alice) Terry (1847-1928), tal vez la actriz británica más importante del siglo XIX.

[45] «Palabra por palabra», «literalmente», «al pie de la letra». (En latín en el original).

[46] Literalmente, «con las dos manos». (En francés en el original). Locución equivalente aquí a «armarse de valor».

[47] Jean-Martin Charcot (1825-1893), psiquiatra, neurólogo y patólogo francés, fue uno de los creadores de la moderna psiquiatría.

[48] Se trata de una leyenda originada por la proverbial longevidad de un tal Thomas Parr.

[49] Una taberna de Hampstead Heath, que entonces se hallaba en las afueras de Londres.

[50] Palabra rumana que significa «no-muerto».

[51] «De camino». (En francés en el original).

[52] «Después de los hechos», «con carácter retrospectivo o retroactivo». Se dice de una ley que cambia el estado legal de un acto cometido antes de su promulgación. (En latín en el original).

[53] Errores de «relación de causa y efecto» e «ignorancia de los cargos». Son términos legales. (En latín en el original).

[54] Es probable que Stoker conociera la descripción victoriana de la Scholomance de la escritora Emily Gerard: «… puede ser conveniente mencionar la Scholomance, o escuela, que supuestamente existe en el corazón de las montañas, y en la que el mismo diablo en persona enseña los secretos de la naturaleza, el lenguaje de los animales y todos los hechizos de la magia».

[55] Club privado para caballeros «relacionados unos con otros por vínculos de amistad o intereses literarios comunes».

[56] Carrera de caballos clásica inglesa que se celebra cada año en la ciudad de Epson.

[57] La doctrina del presidente estadounidense James Monroe (1758-1831) consistía esencialmente en la preservación de intervenciones colonialistas europeas y en el desinterés de América por los asuntos europeos.

[58] «Padre, en tus manos [encomiendo mi espíritu]». (Lucas 23,46. En latín en el original).

[59] «Partiendo de (o a juzgar por) este caso particular». (En latín en el original).

[60] «Golpe». (En francés en el original).

[61] Mayordomo de la condesa Olivia en la comedia Noche de Epifanía, de William Shakespeare. Se trata de un personaje que se cree siempre en lo justo y juzga a los demás desde su altura.

[62] Séptimo patriarca. Si se dice de él que «anduvo con Dios», por lo que el texto sugiere que Renfield anda con el diablo.

[63] Hamlet, acto III, escena cuarta.

[64] Frase tomada de la obra de Shakespeare El rey Lear (acto II, escena 4.ª), aunque dice: «ratones y ratas y esa clase de animales».

[65] Acherontia es un género de lepidópteros nocturnos que penetran en las colmenas para saciarse de miel. La especie A. atropos presenta una mancha en forma de calavera en la región dorsal del tórax; de ahí su nombre de mariposa de la muerte.

[66] Parodia de las palabras de Satanás en la tercera tentación de Jesús: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». (Mateo 4,9).

[67] Nueva parodia bíblica, esta vez de Génesis 2,23.

[68] «En regla». (En francés en el original).

[69] Es el equivalente a nuestro Colegio de Abogados.

[70] «Corre despacio». Es el equivalente de nuestro «vísteme despacio, que tengo prisa».

[71] «Nótese bien», «póngase atención», «obsérvese». (En latín en el original).

[72] Arma favorita de los gurkha, soldadados nepalenses que formaban las tropas de élite del ejército británico.

[73] Juego de palabras entre earth-box («cajón de tierra») y earth-work («terraplén»).

[74] «Doble sentido». (En francés en el original).

[75] «Todo lo desconocido nos parece maravilloso». Van Helsing cita al historiador romano Publio Cornelio Tácito.

[76] Una de las compañías aseguradoras más importantes del mundo, especializada en seguros contra riesgos marítimos.

[77] Aquí y en el siguiente párrafo hay varios juegos de palabras intraducibles, ya que se emplean los términos blood («sangre»), y bloody («sangriento»), que también significa «maldito», «condenado», típico juramento inglés. Para evitarlo se utiliza el eufemismo bloom o blooming («florecer», «floreciente’», y de ahí la confusión de Van Helsing, que oye hablar de «sangre y flores», porque no conoce el significado del juramento ni sus respectivos eufemismos, produciendo el consiguiente efecto cómico.

[78] Reunión de los bienes de una persona que muere sin hacer testamento a fin de hacer partes iguales para los coherederos.

[79] Her Britannic Majesty («su majestad británica»).

[80] Ciudad de Rumanía en la orilla izquierda del Danubio, en la desembocadura del Siret.

[81] «De lo particular a lo universal». (En latín en el original).

[82] Simon Maximilian Südfeld, llamado Max Nordau (1849-1923), médico, ensayista y dirigente sionista austríaco, escribió un libro muy extraño que tituló Degeneración (1892), en el que se empeña en demostrar que existe una estrecha relación entre el genio y la degeneración moral. A Cesare Lombroso (1835-1909), antropólogo y penalista italiano, es conocido como el padre de la criminología moderna. Estaba convencido de que entre las especies humanas existe el tipo de criminal nato.

[83] Partícula latina que significa «como», «en cuanto».

[84] Aunque la cita no es exacta, la idea aparece en varios salmos. Actualmente ningún estudioso sostiene que David sea el autor de todo el libro de los Salmos.

[85] Es decir, una caricatura. El Adelphi era un teatro que estaba especializado en farsas y melodramas.

[86] Gorro de fieltro rojo, propio de turcos y moros.

[87] En el original vif («vivo», «animado»). Aunque en francés correcto debería ser vive, por ser femenino.


Fin


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