Cumbres Borrascosas, Emily Brontë

La historia de Cumbres Borrascosas es esencialmente la historia de la intensa e irresistible pasión amorosa de Catalina y Heathcliff. Este último es quien ha de desencadenar el argumento y las principales tensiones inherentes en la novela.
Traído a Cumbres Borrascosas —morada de la familia Earnshaw— por su dueño, al regreso de un corto viaje a Liverpool en el verano de 1771, el misterioso Heacthcliff crea desde el comienzo un profundo malestar en la familia.
La primera descripción de Heathcliff procede, sin embargo, del otro narrador central —Lockwood, un hombre de ciudad— que desea arrendar la mansión de los Linton denominada la Granja de los Tordos, ahora en poder de Heathcliff y muy próxima a Cumbres Borrascosas.
Nada más ser introducido a su arrendador, se le figura que es «...un gitano con su tez morena, y en cuanto a traje y maneras es un caballero». Las primeras impresiones que recibimos de Heathcliff revelan, pues, el sentimiento de repulsión o desagrado (reflejado en los términos: «moreno», «sucio», «andrajoso» y «gitano») que provoca en quienes le rodean, y que nosotros mismos experimentamos.
Esta primera descripción se complementa enseguida con la de Neli Dean, narradora de la mayor parte de la historia y personaje fundamental al establecer un círculo entre pasado y futuro y haber podido presenciar de principio a fin toda la historia, en la que ella misma ha tomado parte activa, ya que ha sido sucesivamente hermana de leche, compañera de juegos, criada y ama de llaves de los protagonistas.
Por ella sabemos que a pesar de los malos tratos de que va a ser objeto por parte de Hindley, por usurparle el afecto de su padre, Heathcliff mostrará enseguida una gran inclinación por Catalina: «La niña y él», comenta Neli, «eran ya íntimos»; ésta a su vez conseguirá ganarse toda la confianza y el cariño de Heathcliff: «Estaba demasiado encariñada con Heathcliff; el mayor castigo que se podía inventar para ella era separarla de él» (cap. VI). Pues bien, de este inicial afecto o inclinación entre ambos va a nacer un vínculo emocional, que irá haciéndose progresivamente más fuerte como resultado del desprecio y la tiranía de Hindley sobre el intruso. Tres incidentes al principio de la novela nos descubren la relación amorosa que se va forjando gradualmente entre Catalina y Heathcliff.
El primero es un relato de Catalina en su diario sobre una de sus aventuras con Heathcliff, tras escapar de las amenazas de Hindley (cap. III).
En este corto pasaje, Catalina revela la naturaleza de su devoción por Heathcliff después de la muerte de su padre, cuando Hindley se hace el amo de Cumbres Borrascosas. Tanto Catalina como Heathcliff, aún niños, son perseguidos y obligados a sentarse en una fría buhardilla y escuchar los sermones de José, el fanático criado defensor de un estrecho calvinismo. Ambos se rebelan en contra de esta situación y deciden fugarse a los páramos, donde pueden liberarse de la represión de Hindley. Es en esta rebelión donde descubrirán la profunda y apasionada necesidad que tienen el uno del otro: juntos, Catalina y Heathcliff, unidos por un fuerte vínculo emocional «forjado en el dolor como respuesta al desamor y los malos tratos de quienes les rodean, y expresado en una manifiesta rebelión» son capaces de desafiar a todo y a todos, incluso cualquier castigo que Hindley pueda imponerles, por la fortaleza que les da su mutua unión y la posibilidad siempre presente de escaparse a los páramos donde pueden gozar de libertad. A partir de dicha rebelión, ambos personajes comienzan a experimentar la unión que existe entre ellos.
El segundo incidente es la escapada de Catalina y Heathcliff —narrada por este último en el capítulo VI— que acaba por conducirles a la mansión de los Linton. Su fuga será infructuosa desde el momento en que se entretienen espiando a sus vecinos, pues, al ser descubiertos e intentar huir, Catalina es herida por uno de los perros de la Granja. Sin embargo, al ser reconocida como la hija de la hacienda vecina es invitada a pasar a la casa, donde la prodigan cuidados y atenciones, mientras que Heathcliff es expulsado de la misma. En este episodio se desencadena para ella lo que será el gran conflicto de su alma: su amor por Heathcliff opuesto a su atracción por Edgard Linton y todo lo que éste representa.
Tras una estancia de cinco semanas en aquella mansión, Catalina vuelve a Cumbres Borrascosas transformada en una dama, acostumbrada a la forma de vida y modales propios de una clase social superior a la de los habitantes de su rústica morada. No obstante, el punto clave de su llegada lo constituye su cambio de actitud hacia Heathcliff. Aunque enseguida pregunta por él y manifiesta gran alegría al verle de nuevo, observa asimismo la suciedad del muchacho, cuya degradación se ha propuesto Hindley con la intención de separar de una vez por todas a los antiguos compañeros de juegos: «Si te lavas la cara y te peinas, estarás muy bien. ¡Pero estás tan sucio!» (cap. VIII), le dice Catalina, a lo que él responde bruscamente: «No tenías por qué tocarme —contestó el chico siguiendo su mirada y retirando bruscamente la mano—. Estaré tan sucio como me dé la gana, me gusta ir sucio, y quiero ir sucio» (cap. VII). Pero lo que sucede en realidad es que Catalina, habiendo conocido un modo de vida más lujoso que el que ha llevado hasta el momento y sintiéndose atraída por él, piensa que puede conservar todo lo que esta clase de vida le ofrece (el estatus y privilegios de una dama), y al mismo tiempo mantener su antigua relación con Heathcliff, ahora más que nunca rebajado a la categoría de bruto y sumamente inferior a ella. Es una barrera social lo que está separando a Heathcliff de Catalina.
Tras una primera reacción hostil contra la nueva apariencia de su favorita, Heathcliff —guiado de los consejos de Neli— se da cuenta de su inferioridad e intenta hacer lo posible por complacer a su antigua amiga: «Neli, ponme decente, voy a ser bueno». Por primera vez, Heathcliff declara su ambición de poseer todo lo que tienen los Linton, pero sólo lo hace pensando en agradar a Catalina: «Pero Neli, si yo le derribara veinte veces, no por eso sería él más leo y yo más guapo. Me gustaría tener el pelo rubio, y la piel blanca, y vestirme y comportarme como él, y ser tan rico como él va a ser» (cap. VII). Pero su intención de ponerse a la misma altura de los Linton fracasa, y Hindley aprovecha la ocasión para propinarle una buena paliza. Aquí oímos la queja de Catalina, que sale en su defensa sin importarle la presencia de Edgar e Isabela Linton: «—No debieras haberle hablado —le reconvino al joven Linton—. Él estaba de mal humor, y has aguado la visita; le van a pegar, y detesto que le peguen. No puedo comer ¿Por qué le hablaste, Edgar?» (cap. VII). Este mismo sentimiento lo expresará más adelante en el capítulo IX, cuando confiesa lo que Heathcliff significa en su vida, porque existe entre ellos una absoluta identificación.
Precisamente, el tercer incidente arranca del conflicto que está teniendo lugar en el corazón de Catalina: pese a su afecto por Heathcliff, decide acceder a la propuesta matrimonial que le ha hecho Edgar Linton, y trata de explicar las razones que le han movido a tomar tal decisión. Es el orgullo y la ambición lo que predomina ahora en su alma:



—¿Por qué le ama, señorita?
—¡Qué tontería! le amo, y eso basta.
—De ninguna manera, tiene usted que decir por qué.
—Bien, porque es guapo y es agradable estar con él.
……………………………………………………………………………………….
—Y será rico, y me gustará ser la mujer más importante de la comarca, y estaré orgullosa de tener tal marido.



Mientras que su unión con Heathcliff significaría «rebajarse»: «Me degradaría casarme con Heathcliff», continúa diciéndole a Neli. Sin embargo, el gran error de su planteamiento estriba en que a ella solamente le interesa el presente; por eso la revelación de su sueño va a servir de contraste, frente al profundo anhelo de eternidad y trascendencia que encierra. En él confiesa de modo explícito su gran amor por Heathcliff, resaltando la identidad esencial entre ambos:



...Él no sabrá nunca cuánto le amo, y eso, no porque sea guapo, Neli, sino porque es más que yo misma. De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo, y la de Linton es tan distinta como la luz de la luna del rayo y la helada del fuego (cap. IX).



Y porque piensa que su matrimonio con Edgar Linton podrá salvar a Heathcliff de la represión de Hindley, y ayudarle a recobrarse de su degradación, no ve que exista ninguna contradicción entre su amor por Edgar y su amor por Heathcliff. En su interior se traba un conflicto entre realidad y apariencia: la apariencia de un amor vanidoso dominado por el ansia de una satisfacción social, frente a la realidad de una pasión amorosa que no ofrece un placer visible dentro de este marco social. Su amor por Edgar, como ella misma reconoce, sólo puede satisfacer la parte más superficial de su naturaleza, mientras que todo lo que hay de poderoso y permanente en ella, lo más profundo de su ser, le lleva a rechazar a Edgar y la impulsa hacia Heathcliff. El vínculo emocional de la infancia se ha transformado en algo mucho más profundo y necesario: es una pasión que comporta una identidad absoluta así como una necesidad mutua y total de los amantes.
Esta relación de identidad entre ambos personajes constituye el fundamento sobre el que se apoya el universo moral de la novela, y viene a ser el emblema de aquella experiencia transcendental que Emily Brontë visualizaba por encima de la vida terrena. En efecto, Catalina intentará explicarle a Neli sus sentimientos por Heathcliff en términos de símbolos y metáforas, y puesto que su relación es esencialmente espiritual, ella la compara con la solidez y firmeza de una roca, para dar a entender que es algo permanente, inmutable, y existe independientemente de su afecto por Edgar Linton. Pero tal relación no es de ningún modo equiparable a un tipo de aspiración religiosa de identificación con un ser superior, sino que es sobre todo un intercambio de identidades humanas, que ha resultado de las amargas vivencias sufridas y compartidas por los dos amantes:



Mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio. El gran pensamiento de mi vida es él (cap. IX).



Por eso al elegir a Edgar, Catalina traiciona su propio corazón y esa unidad que caracteriza su relación con Heathcliff se ve entonces amenazada y contrariada. Separarse de Heathcliff —que es una proyección de su propio ser— significa arrancar una parte de sí misma, y por ello a partir de ese momento no cesará en su lucha por hacerse de nuevo con su propia identidad. De hecho, al desafiar su pasión por él, quedará convertida en un ser dividido, y finalmente será destruida por este reto.
Como tantas otras parejas románticas de enamorados, Catalina y Heathcliff están consagrados el uno al otro, sintiendo cada uno su pasión como la única razón de su vida. De ahí que la heroína al tratar de expresar sus sentimientos, lo hará resaltando el sentido transcendente de su relación: «Si todo pereciera y él quedara, yo seguiría existiendo, y si todo quedara y él desapareciera, el mundo me sería del todo extraño, no parecería que soy parte de él.»
Sin embargo, su pasión va más allá del puro amor romántico, pues, la característica más sobresaliente del sentimentalismo romántico es el centrarse en sí mismo, es decir, su egoísmo. Para el romántico, la emoción tiende a ser su propia justificación y el intenso ardor de este sentimentalismo, una garantía de su valor espiritual. No ocurre así con Catalina y Heathcliff. Ella basa la defensa de su actitud en el reconocimiento de que el individuo no se basta a sí mismo, sino que aspira a la perfección a través del contacto vivificador con otra existencia superior: «¿De qué serviría si yo no estuviera contenida más que aquí?... Hay o debe haber una existencia tuya más allá de ti misma» (cap. IX).
Una vez más, la autora hace hincapié en un aspecto fundamental de su experiencia, que ya se había vislumbrado en los poemas: el sentido de limitación y dependencia de la naturaleza humana, que la lleva a creer firmemente en la realidad de otro mundo distinto del terreno, capaz de completar el ser personal del individuo. Así lo expresan estas palabras puestas en boca de Catalina, cuando en el delirio provocado por esa terrible autodivisión de sí misma, exclama:



...lo que más me irrita es esta maltrecha prisión, después de todo. Estoy cansada de este encierro. Ansío escapar a ese mundo glorioso y quedarme siempre allí. No quiero verlo confuso a través de las lágrimas, ni deseado a través de los muros de un doliente corazón, sino estar realmente en él, y con él. Neli, tú que estás mejor y eres más afortunada que yo, que estás en plena salud y vigor, me tienes lástima, pero esto muy pronto cambiará: yo te tendré lástima a ti, y estaré incomparablemente por encima y más allá de todos vosotros (cap. XV).



Lo que ansía por encima de todo es habitar en ese mundo glorioso, donde su espíritu —libre de toda constricción— pueda alcanzar la felicidad y la unión definitiva con aquel que es objeto de su pasión. Pero la consumación de su unión no se realizará en el cielo que augura la concepción cristiana, pues, ambos protagonistas van a rechazarlo explícitamente en la novela, sino que construirán su propia visión celestial, identificada con la naturaleza como principio de libertad y de vida. Más aún, la relación de identidad entre Catalina y Heathcliff —su proyección después de la muerte como espíritus en armonía consigo mismos y con el cosmos— implica una sustitución del código moral cristiano por una religión amoral natural, que encuentra su fundamento y máxima satisfacción en conexión con la tierra. Esta se halla simbolizada por la rústica mansión de Cumbres Borrascosas, con su salvaje y libre paramera azotada por los vientos borrascosos del norte. De hecho, el final de la historia deja entrever los fantasmas de ambos amantes, vistos por un pastorcillo, gozando de su paraíso en medio de los sombríos y salvajes páramos.
El siguiente episodio importante es la vuelta de Heathcliff a Cumbres Borrascosas, después de su repentina huida por un espacio de tres años. Catalina es ahora la esposa de Edgar Linton y dueña de la Granja de los Tordos. Pero la presencia de su bienamado despierta en ella la pasión amorosa acallada durante este tiempo.
Heathcliff, transformado en un caballero, ha luchado únicamente por hacerse con los bienes (dinero, rango social, etc.), que habían arrastrado el corazón de Catalina, hasta el punto de rechazarle como su futuro marido: «He luchado amargamente en la vida desde que oí por última vez tu voz, tienes que perdonarme porque luché sólo por ti» (cap. X). Por su parte, Catalina está feliz de poder tener a Heathcliff a su lado a pesar del desagrado que manifiesta su marido por la nueva aparición de su rival. En el fondo, sigue convencida de que ambos pueden convivir y permanecer a su lado: «Tenéis que ser amigos por mí, ahora» (cap. X), exclama ante el enfado de su marido tras el reencuentro.
Pero Heathcliff no piensa lo mismo que ella, y le reprocha su traición al casarse con Edgar y abandonarle a él. Entonces, toda su pasión empieza a convertirse en deseo de venganza, debido a la frustración de su amor (cap. XI).
Ante esta reacción de Heathcliff, Catalina se da cuenta de que ha cambiado y se pregunta: ¿Qué nueva fase de su carácter es ésta? La sumisión que le mostrara antaño a su querer y voluntad ha degenerado en una sed de venganza, que si no va a recaer sobre ella misma, sí sobre aquellos que han sido el obstáculo de su amor: los Earnshaw y los Linton. Al ver la imposibilidad de reconciliar ambos impulsos —su pasión por Heathcliff y su afecto por Edgar— sufre una agonía indecible en su corazón dividido, y acaba enfermando. El delirio la llevará a refugiarse en la infancia, aquella época de su vida en la que existía una comunión de identidad entre Heathcliff y ella. Vuelve con el pensamiento, o mejor dicho, con su espíritu a revivir los momentos principales de su vida en Cumbres Borrascosas, y entonces cae en la cuenta —aunque inconscientemente— de que ella ha sido la causa de su propio exilio: se ha arrancado a sí misma del mundo que rodeaba su niñez junto a Heathcliff, símbolo de la felicidad e identidad perdida desde su matrimonio con Edgar, y se ha trasladado a la Granja de los Tordos. De ahí, la congoja y desesperación que siente: «¡Estoy ardiendo! Quisiera estar al aire libre... ¿Por qué estoy tan cambiada?... Estoy segura de que volvería a ser yo misma si me encontrara de nuevo entre los brezos de aquellas colinas» (cap. XII). Lo único que desea es volver a ser la niña medio salvaje, intrépida y libre que se reía ante cualquier ofensa e injuria, sin que nada la apesadumbrase.
La habitación en la que ha permanecido encerrada durante su enfermedad se torna ahora en una prisión, y para liberarse de ella le pide a Neli con insistencia que abra la ventana, pues, quiere divisar Cumbres Borrascosas:



¡Mira!... ese es mi cuarto, con una vela encendida, y los árboles balanceándose por delante. Y la otra vela está en la buhardilla de José, él se acuesta tarde, ¿verdad? Espera a que yo vuelva para cerrar la verja. Bien, esperará un rato aún. Es un viaje penoso, y triste el corazón que ha de emprenderlo. Tenemos que pasar por la iglesia de Gimmerton para hacer este viaje. A menudo hemos desafiado juntos a sus espectros, y nos hemos desafiado el uno al otro para quedarnos entre las tumbas y pedirles que vinieran. Pero Heathcliff, si yo ahora te desafiara ¿te aventurarías? Si lo haces te esperaré. No reposaré allí sola; ya me pueden enterrar a doce pies de profundidad y echarme la iglesia encima, que no descansaré hasta que estés conmigo. No, nunca (cap. XII).



Este pasaje anuncia el destino de ambos amantes: ese penoso viaje que ha de pasar por el cementerio de Gimmerton significa la muerte; sin embargo, el espíritu de Catalina no descansará en paz hasta que Heathcliff no se reúna definitivamente con ella. La muerte constituye, por tanto, el único medio por el cual pueden satisfacer su pasión. Pero cuando ella se haya marchado, Heathcliff deseará morir, porque vivir sin su amada es como vivir dentro de una tumba: «¿He de querer vivir? ¿Qué clase de vida será cuando tú...? ¡Oh Dios! ¿Te gustaría vivir con tu alma en la tumba?» (cap. XV). La concepción de la muerte como liberación, como una forma de vida mejor que la meramente terrena, junto con la creencia de que sólo ésta puede sustentar la exaltación que proviene de la unión de los amantes, es un rasgo plenamente romántico.
La escena final de despedida en el capítulo XV es una declaración encendida de sus más profundos sentimientos, de su gigantesca pasión. A lo largo de este bello y trágico pasaje, Catalina hace que Heathcliff confiese lo que nunca se han dicho antes. Todos los malentendidos que han surgido entre los dos, desde la declaración de Catalina acerca de su atracción por Edgar, hasta la inesperada desaparición de Heathcliff, se aclaran en este encuentro. La primera queja estalla una vez más en labios del héroe traicionado (cap. XV).
Catalina le reprocha entonces que tanto él como Edgar han sido la causa del destino que ahora le aguarda: la muerte. Ambos han destrozado su corazón, y en su desesperado afán de llevarse a Heathcliff consigo, quiere probar su amor en el sufrimiento, pues, así estará segura de éste cuando ella muera. Por eso la cólera de uno con otro no es nunca odio, sino una expresión de amor sincero.
Heathcliff no puede resistir la idea de vivir sin Catalina: cuando ella desaparezca, su existencia se convertirá en un auténtico infierno.
Pero tampoco Catalina descansará en paz; lo único que ansía es que nada la separe de Heathcliff ni en la vida ni en la muerte: «Yo no te deseo a ti más tormento que el que yo tengo, Heathcliff, sólo quisiera que nunca nos separáramos y, si en adelante, una palabra mía te duele, piensa que el mismo dolor siento yo bajo tierra. Por mi amor, perdóname» (cap. XV). En efecto, estas declaraciones presagian de una forma clara la convicción de que no logrará dicha armonía hasta que Heathcliff no se reúna con ella. El final de su vida en la tierra señala, pues, el comienzo de su otra vida, de tal manera que su espíritu pervive en Cumbres Borrascosas y actúa sobre Heathcliff durante los siguientes dieciocho años, al cabo de los cuales morirá éste también. El final de la historia se centra, por tanto, en el incesante y consumidor anhelo de Heathcliff por alcanzar el único objetivo que ha dominado su existencia: la consumación de su unión con Catalina en ese «más allá». Así pues, comienza a retirarse de la vida ordinaria desde el momento en que visita la tumba de su amante y la abre para ver su cuerpo aún incorrupto, preparándose ya para su reunión. Tan absorto está en la lucha por lograr su éxtasis espiritual, que olvida hasta lo más esencial para sobrevivir: la respiración, el alimento, el sueño, etc. Solamente «por obligación» es capaz de realizar cualquier cosa. Durante dieciocho años, la búsqueda de dicha unión junto con la realidad de su presencia, persiguiéndole día y noche, no ha sido más que el espectro de una esperanza. Pero ahora que su naturaleza se ve poco a poco destruida, la esperanza se va a hacer realidad:



Tengo que recordarme a mí mismo que he de respirar y a mi corazón que ha de latir. Es como enderezar un duro resorte; sólo por obligación hago el acto más ligero que no esté conectado con aquel único pensamiento, y sólo por obligación atiendo a cualquier cosa, viva o muerta, que no esté asociada con aquella idea universal. Tengo un único deseo, todo mi ser y facultades anhelan alcanzarlo. Lo he anhelado tanto tiempo y tan sin vacilación que estoy convencido de que lo alcanzaré, y pronto, porque ha devorado mi existencia. Estoy sumido ya en la anticipación de su cumplimiento (cap. XXXIII).



La información que obtenemos de Heathcliff es su ardiente deseo de «algo» que le está destruyendo gradualmente, y aunque Emily Brontë deja al lector en la más completa oscuridad en lo que concierne al significado del pronombre «it», la presencia casi física del espíritu de Catalina —invocada por Heathcliff tras su muerte— le lleva rápidamente a deducir que es la unión con ella lo que persigue obstinadamente. Tan siniestra es su apariencia y extraña su conducta (musitando palabras sueltas y fijando la mirada en lo que parece ser una visión sobrenatural), que es fácil adivinar el intenso sufrimiento de este personaje en el trance de la muerte. Neli será de nuevo su confidente, dejándole narrar su agonía (cap. XXIV).
Heathcliff muere finalmente habiendo alcanzado la meta de su larga y desesperada lucha: «esa espantosa mirada de júbilo que daba la impresión como de estar viva», contemplada por Neli Dean al ir a cerrar sus ojos, es prueba evidente de que ha triunfado en su empeño.
Pero la segunda parte del libro no debe pasarse por alto, si se desea lograr un cuadro completo de lo que la escritora quiere decir acerca de la existencia humana. El amor satisfecho de la segunda pareja de amantes —Cati Linton y Hareton Earnshaw— viene a ser una especie de comentario de la autora sobre la trágica y consumidora pasión de la primera pareja. En efecto, Cati y Hareton representan una nueva generación de valores en respuesta a las viejas formas, hasta tal punto que en el proceso de educación de este último mediante la relación profesor-alumno, Emily Brontë presenta una alternativa de paz, veneración y afecto respecto a la anterior agresividad de una sociedad fundada en la apariencia y el odio. Esta opción no constituye un sueño, sino que en realidad ofrece una promesa para el futuro, una correcta base donde poder construir la sociedad y la civilización. Así pues, como otros novelistas victorianos, Emily Brontë —conocedora de los fallos y limitaciones del ser humano— concluye su novela señalando una salida a su atolladero: la lenta y gradual transformación que solamente la educación hace posible con vistas a un progreso social.
Viendo crecer la relación amorosa de Cati y Hareton, Heathcliff ve la personificación de su propia juventud al lado de su amada, constatando de esta manera el fracaso de su venganza sobre los Earnshaw y los Linton. Esta pareja, concebida en una escala menos intensa y apasionada, simboliza —por contraste con sus antecesores— la continuidad de la vida y de las aspiraciones humanas. A través de su rebelión contra la opresión de Heathcliff (ahora se han invertido los términos), este último es consciente de que se vuelve a repetir la historia de su amor y de su degradación, juntamente con sus denodados esfuerzos por mantener sus derechos, su orgullo, y su dicha. Comprende entonces la falsía de su triunfo.
El mundo de Cumbres Borrascosas se ha convertido, por tanto, en un microcosmos de la condición humana. En él, se contiene todo aquello que la constituye: nacimiento, muerte, amor, odio, naturaleza... adquiriendo un significado simbólico. Emily Brontë se sirve de la pasión de Catalina y Heathcliff para explorar una clase de experiencia que conduce al lector más allá de las fronteras de lo humano. Por eso, si nos dejamos arrastrar por la cualidad imaginativa que impregna la primera parte del libro, y por nuestra respuesta emocional hacia ella, veremos el amor de los protagonistas como la gran afirmación «positiva» de la novela. Ahora bien, en términos de su estructura, el amor de la segunda pareja surge también como una respuesta que consolida la vida del hombre y las virtudes domésticas. Ello nos confirma una vez más en la creencia de que la autora fue perfectamente consciente de la «amoralidad» de su creación artística, conociendo de sobra —e incluso proyectando en la misma— las normas sociales y morales que imperaban en su tiempo.
Cumbres Borrascosas es, en definitiva, una obra coherente y continuamente preocupada por el análisis moral del comportamiento humano. Su narración de tipo dramático, particularmente basada en dos personajes con personalidades y estilos muy distintos, implica y desarrolla un lema moral: la trágica relación amorosa de naturaleza metafísica e identidad esencial que aparece encarnada en la pareja de Catalina-Heathcliff, simbolizando las fuerzas de la naturaleza en su rechazo de todo imperativo moral, en contraposición al ideal de amor generoso e inclusivo más humano de la segunda pareja Cati-Hareton, enraizado en la civilización y dentro de la norma moral. Estos ganan su recompensa de felicidad porque han aprendido a amar de acuerdo con las normas éticas de la sociedad convencional a la que pertenecen, mientras que Catalina Earnshaw y Heathcliff creen en un amor más allá de la muerte, que trastoca el ideal de mutua felicidad, sólo alcanzado mediante el orden y la armonía doméstica de esa sociedad a la que desafían.


Capítulo I

1801



A cabo de llegar de una visita al dueño de mi casa, el solitario vecino con el que voy a tener que lidiar. Es esta en verdad una hermosa región, no creo que me hubiera podido fijar en toda Inglaterra en un paraje tan del todo apartado del mundanal ruido; es un perfecto paraíso para misántropos, y el señor Heathcliff y yo una pareja ideal para compartir esta desolación entre los dos. Es un hombre extraordinario; poco se podía imaginar lo que simpatizaba con él cuando vi sus ojos negros esconderse recelosos bajo sus cejas y cuando sus dedos se cobijaban con clara resolución, cada vez más adentro, en su chaleco, al llegar yo a caballo y anunciar mi nombre.
—¿El señor Heathcliff? —dije.
Una inclinación de cabeza fue su respuesta.
—El señor Lockwood, su nuevo inquilino, señor. Tengo el honor de visitarle lo antes posible después de mi llegada, para expresarle mi esperanza de no haberle molestado con mi insistencia en solicitar la ocupación de la Granja de los Tordos. Supe ayer que usted pensaba...
—La Granja de los Tordos es mía —me interrumpió diciendo—, y no permito que nadie me moleste, si lo puedo evitar. ¡Pase!
Este pase lo pronunció con los dientes apretados como diciendo «vete al diablo». Ni siquiera la verja en que se apoyaba hizo ningún movimiento que correspondiera a sus palabras, y creo que fue esta circunstancia la que me decidió a aceptar la invitación: sentí interés por un hombre que parecía más exageradamente reservado que yo. Cuando vio que el pecho de mi caballo empujaba con resolución la verja, alargó la mano para abrirla, y de mal humor, me precedió por el camino, dando una voz al entrar en el patio:
—¡José, llévate el caballo del señor Lockwood y sube vino!
«Estos son todos los criados que tenemos, supongo», esta fue la reflexión que me sugirió la doble orden. «No me extraña que la hierba crezca entre las losas y que el ganado sea el único que corte los setos.»
José era un hombre mayor, más aún, viejo, muy viejo quizás, aunque sano y vigoroso.
—¡Dios nos valga! —dijo para sí, en voz baja y de displicente desagrado, mirándome mientras al rostro con tanta acritud que supuse, caritativamente, que debía necesitar del auxilio divino para hacer la digestión y que esta piadosa jaculatoria no tenía nada que ver con mi inesperada visita.
Cumbres Borrascosas es la morada del señor Heathcliff. Borrascosas es un adjetivo muy local que describe la agitación atmosférica a que está expuesto el lugar en tiempo de tormenta. Debe haber, sin duda, allá arriba, una ventilación pura y saludable en todas las estaciones; uno se imagina la fuerza del viento del norte cuando sopla por encima del margen de la sierra, por la excesiva inclinación de unos abetos enanos que hay al final de la casa y por una hilera de flacos espinos que alargan sus miembros en una sola dirección, como mendigando la luz del sol. Por fortuna, el arquitecto tuvo la prevención de construirla sólida; las angostas ventanas están bien encajadas en el muro y los ángulos protegidos por grandes salientes de piedra.
Antes de cruzar el umbral me detuve para admirar la cantidad de esculturas grotescas esparcidas por la fachada, sobre todo en la puerta principal, en la que, entre una maraña de grifos que se desmoronaban y niños impúdicos, detecté la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Hubiera hecho algunos comentarios y pedido una breve historia del lugar al huraño propietario, pero su actitud en la puerta parecía pedirme que entrara pronto o me fuera de una vez, y no quise agravar su impaciencia previamente a inspeccionar el santuario.
Un escalón nos condujo al cuarto de estar de la familia sin ningún vestíbulo o pasillo introductorio: aquí lo llaman la casa por excelencia; incluye en general la cocina y la sala de recibo, pero creo que en Cumbres Borrascosas la cocina se ha visto obligada a retirarse a otra parte; por lo menos yo percibí, como desde muy adentro, parloteos y ruido de cacharros de cocina, y observé que no había señales de asar, hervir u hornear en la enorme chimenea, ni brillo de cacerolas de cobre o escurridores de hojalata en las paredes. Verdad es que un extremo de la estancia reflejaba espléndidamente tanto la luz como el calor desde las hileras de enormes fuentes de peltre entremezcladas con jarras de plata, que ascendían, hilera sobre hilera, en un enorme aparador de roble, hasta el mismo techo. Este último no había sido revocado nunca, su completa anatomía quedaba al desnudo ante la mirada del observador, excepto donde la ocultaba un bastidor de madera cargado de panes de avena, jamones apiñados y piernas de vaca y carnero. Sobre la chimenea había varias escopetas viles y viejas y un par de pistolas de arzón y, a manera de adorno, tres botes de colores chillones colocados en la repisa. El suelo era liso, de piedra blanca; las sillas de respaldo alto, de forma anticuada, pintadas de verde; una o dos —negras y pesadas— estaban ocultas en la sombra. En un arco que se formaba bajo el aparador reposaba una enorme perra de muestra de color rojizo oscuro, rodeada de un enjambre de cachorros todos chillando, y otros perros se cobijaban por los rincones. La vivienda y los muebles no tendrían nada de extraordinario si hubieran pertenecido a un sencillo labrador norteño de aire tenaz, de miembros fornidos realzados por el calzón corto y las polainas. Tales individuos pueden verse sentados en su sillón, ante el vaso de espumante cerveza sobre la mesa redonda, a cinco o seis millas de distancia entre estas colinas, si se va a la hora oportuna, después de comer. Pero el señor Heathcliff forma un singular contraste con su vivienda y estilo de vida. Es hombre de piel oscura, con aspecto de gitano; en cuanto a traje y maneras un caballero, es decir, tan caballero como tantos campesinos hacendados, algo descuidado quizás, pero no mal parecido en su negligencia, porque tiene una figura derecha y distinguida, y un tanto taciturno. Es muy posible que haya quien le achaque cierto orgullo grosero, pero hay dentro de mí una fibra que simpatiza con él y que me dice que no hay tal cosa: yo sé por instinto que su reserva procede de un rechazo de la exhibición espectacular de los sentimientos y de las manifestaciones de mutuas amabilidades. Amará y odiará con igual disimulo y considerará una impertinencia ser amado u odiado a su vez. Pero no, corro demasiado, le estoy concediendo a él, con excesiva generosidad, mis propias cualidades; el señor Heathcliff puede tener razones muy distintas a las mías para no alargar su mano cuando se encuentre un posible amigo. Confío en que mi carácter sea casi único: mi querida madre acostumbraba a decir que nunca tendría un hogar a mi gusto y, ya el verano pasado demostré que era indigno de tal cosa.
Cuando disfrutaba de un mes de buen tiempo a la orilla del mar, conocí a la más fascinante criatura, una verdadera diosa a mis ojos mientras no se fijó en mí. Yo nunca le declararé mi amor de palabra , pero, si los ojos hablan, el más idiota podía haber adivinado que estaba loco por ella; me comprendió al fin y me miró a su vez con la más dulce de las miradas. ¿Qué hice entonces? Lo confieso con vergüenza: me encogí glacialmente dentro de mí como un caracol; a cada mirada me encogía más adentro y con más frío, hasta que, al final, la pobre inocente llegó a dudar de sus propios sentidos y, abrumada de confusión ante su supuesto error, persuadió a su mamá de levantar el campo. Por este curioso aspecto de mi carácter me he ganado la reputación de ser deliberadamente insensible. Cuán inmerecida es, sólo yo lo puedo apreciar.
Tomé asiento en el extremo de la chimenea opuesto a aquel hacia el que avanzaba mi casero. Intenté llenar un intervalo de silencio acariciando a la canina madre, que había dejado sus crías e, insidiosa como una loba, iba por detrás de mis piernas, con el morro arremangado y haciéndose agua sus blancos dientes por lanzarme una dentellada. Mi caricia provocó un gruñido largo y gutural.
—Sería mejor que dejara la perra en paz —rezongó al unísono el señor Heathcliff, reprimiendo con un puntapié más crueles demostraciones—; no está acostumbrada a que se la mime, ni la tenemos para jugar.
Acercándose luego a una puerta lateral gritó de nuevo:
—¡José!
José murmuraba confusamente en las profundidades de la bodega, pero no daba señales de subir; entonces el amo se sumergió en su busca, dejándome vis à vis con la brutal perra y un par de torvos perros pastores con mucha pelambre que compartían con aquélla una celosa vigilancia sobre todos mis movimientos. Sin ninguna gana de entrar en contacto con sus colmillos, me quedé quieto, pero imaginándome que no entenderían tácitos insultos me permití, desgraciadamente, guiñar y hacer muecas al trío, pero alguno de los visajes de mi rostro debió de irritar de tal manera a la dama que se enfureció de repente y saltó a mis rodillas; la rechacé, apresurándome a interponer la mesa entre los dos.
Este procedimiento alborotó todo el enjambre y, media docena de diablos de cuatro patas, de varios tamaños y edades, salieron de ocultas guaridas hacia el centro común. Sentí que mis talones y los faldones de mi casaca eran el especial objeto de ataque y, defendiéndome de mis agresores más grandes lo más eficazmente que pude con la badila de la lumbre, me vi obligado a pedir a gritos socorro de alguien de la casa para que restableciera la paz. El señor Heathcliff y su criado subieron los peldaños de la bodega con flema vejatoria; no creo que se movieran ni un segundo más deprisa de lo normal, a pesar de que la estancia era una verdadera tempestad de pelea y aullidos. Por fortuna, una moradora de la cocina se dio más prisa; una mujer robusta con falda recogida, brazos desnudos y mejillas encendidas, se lanzó entre nosotros blandiendo una sartén, y usó este arma y su lengua con tal resolución, que la tormenta se calmó como por encanto, y sólo quedaba ella, jadeante como el mar después de un huracán, cuando su amo entró en escena.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó, mirándome de tal manera que apenas lo pude soportar, después de tan inhospitalario trato.
—Eso, ¡qué demonios! —murmuré—, la piara de cerdos endemoniados no pudieron tener peores espíritus que estos animales suyos, sería lo mismo dejar a un forastero con una manada de tigres.
—No se meten con quien no toca nada —observó, poniendo la botella delante de mí y colocando la mesa en su sitio—. Hacen bien los perros en vigilar, ¿un vaso de vino?
—No, gracias.

—¿Le han mordido? —Si lo hubieran hecho hubiera dejado mi sello en el mordedor.
El semblante de Heathcliff se relajó en una especie de sonrisa.
—Vamos, vamos —dijo—, está usted excitado, beba un poco de vino. Los huéspedes son tan extraordinariamente raros en esta casa que ni yo ni mis perros, lo confieso tranquilamente, apenas sabemos cómo recibirlos. ¡A su salud, señor!
Me incliné y devolví el brindis, empezando a comprender que sería tonto seguir de mal humor por los desmanes de una jauría de perros de mala raza; además, me fastidiaba continuar proporcionando diversión a mi costa a este tipo cuyo humor había tomado tal giro. Él —probablemente inclinado por prudencia a considerar que era una locura ofender a un buen inquilino— suavizó un poco su lacónico estilo de rebanar los pronombres y verbos auxiliares, e introdujo lo que él suponía podría ser un tema de interés para mí: un discurso sobre las ventajas y desventajas de mi actual lugar de retiro. Me pareció muy inteligente en los temas que tratamos, y antes de irme a casa estaba tan animado, que le prometí otra visita al día siguiente.
Era evidente que él no deseaba que yo repitiera mi intromisión. Sin embargo, iré. Es asombroso lo sociable que me siento comparado con él.


Capítulo II

La tarde de ayer se presentó fría y con niebla. Tenía medio pensado pasarla junto al fuego de mi estudio, en lugar de calarme por los brezos y el barro hacia Cumbres Borrascosas. Al volver de comer, sin embargo (nótese que como entre las doce y la una; el ama de llaves, una mujer matronil que tomé con la casa como un anejo, no pudo, o no quiso, comprender mi demanda de que me sirviera a las cinco) , al subir la escalera con este perezoso propósito y entrar en la habitación, vi una criadita de rodillas, rodeada de escobas y de cubos de carbón y levantando un polvo infernal al apagar las brasas con montones de ceniza. Este espectáculo me echó para atrás inmediatamente, cogí el sombrero y, después de cuatro millas de caminata, llegué a la verja del jardín de Heathcliff justo a tiempo de escapar a los primeros y ligeros copos de una nevada.
En aquella desolada cima la tierra estaba dura por una escarcha negra, y el aire me hizo tiritar de pies a cabeza. Siendo incapaz de quitar la cadena, salté por encima y, corriendo por el camino empedrado y bordeado de dispersos arbustos de grosella, llamé en vano a la puerta para que me abrieran, hasta que me escocieron los nudillos y ladraron los perros.
—¡Miserables habitantes de esta casa —dije para mis adentros—, merecéis el perpetuo aislamiento de vuestros semejantes por vuestra brutal falta de hospitalidad! Por lo menos yo no tendría las puertas cerradas por el día. No importa, entraré. Con esta resolución agarré la aldaba y la sacudí con fuerza. José, el de la cara avinagrada, asomó la cabeza por una ventana redonda del granero.
—¿Qué quiere? —gritó—. El amo está abajo en el corral, dé la vuelta al granero si quiere hablar con él.
—¿No hay nadie dentro para abrir la puerta? —grité, respondiendo.
—No hay nadie más que la señora y ella no abrirá aunque siga usted haciendo ese ruido horroroso hasta la noche.
—¿Por qué? ¿No puede usted decirle quién soy, José?
—Yo no, no quiero meterme en eso —murmuró la cabeza, desapareciendo.
La nieve empezó a caer espesa, cogí de nuevo la aldaba para intentar una vez más, cuando un joven en mangas de camisa, con una horquilla al hombro, apareció por detrás del patio. Me indicó a gritos que le siguiera y, después de atravesar un lavadero y un espacio enlosado donde había la carbonera, una bomba y el palomar, llegamos por fin a la estancia amplia, caliente y alegre en la que fui recibido la primera vez. Resplandecía con encanto el fulgor de un inmenso fuego de carbón, turba y leña, y cerca de la mesa, preparada para una abundante cena, me complació descubrir a la «señora», persona cuya existencia no había previamente sospechado.
Saludé y esperé, pensando que me invitaría a tomar asiento. Me miró recostándose en su silla, y permaneció inmóvil y muda.
—¡Mal tiempo! —dije—. Me temo que la puerta pague las consecuencias de la calma con que atienden sus criados: me costó mucho trabajo hacerme oír.
No despegó los labios. La miré fijamente y me miró también, o por lo menos tenía los ojos fijos en mí de una manera fría, indiferente, en extremo embarazosa y desagradable.
—Siéntese —dijo el joven bruscamente— pronto vendrá.
Obedecí, carraspeé, y llamé a la malvada Juno, que se dignó, en esta segunda visita, mover la punta del rabo en señal de que me reconocía.
—¡Hermoso animal! —comencé de nuevo—, ¿piensa usted deshacerse de las crías?
—No son mías —contestó la amable anfitriona de una manera aún más molesta que hubiera respondido el mismo Heathcliff.
—¿Entonces sus favoritos están entre estos? —continué, volviéndome a un almohadón de color oscuro lleno de algo que parecían gatos.
—¡Vaya unos favoritos! —observó con desdén.
Por desgracia, aquello era un montón de conejos muertos. Tosí otra vez y me acerqué a la lumbre repitiendo mi comentario sobre la inclemencia de la tarde.
—No debía usted haber salido —dijo, levantándose y alcanzando de la chimenea dos de los botes pintados.
Su posición anterior la dejaba en la sombra, ahora tuve una visión clara de su aspecto y fisonomía. Era esbelta y al parecer apenas había pasado la adolescencia; tenía una admirable figura y la más preciosa carita que nunca tuve el gusto de mirar; facciones menudas y muy bonitas; rizos rubios, más bien dorados, caían sueltos sobre su delicado cuello, y los ojos, si hubieran tenido una expresión agradable, hubieran sido irresistibles. Por fortuna para mi susceptible corazón, el único sentimiento que expresaban vacilaba entre el desprecio y una especie de desesperación que no era natural descubrir en tales ojos.
Los botes estaban casi fuera de su alcance, hice ademán de ayudarla y se volvió hacia mí como un avaro se hubiera vuelto hacia alguien que hubiera intentado ayudarle a contar su dinero:
—No necesito su ayuda —saltó—, los puedo coger sola.
—Usted perdone —me apresuré a contestar.
—¿Está usted invitado al té? —preguntó, atándose un delantal sobre su pulcro vestido negro y sosteniendo una cucharada de hojas sobre la tetera.
—Tendré mucho gusto en tomar una taza —contesté.
—¿Está usted invitado? —repitió.
—No —dije, medio sonriendo—, usted es la persona más apropiada para invitarme.
Volvió a echar el té, cuchara y todo, en la lata, y volvió a ocupar su silla favorita, con el ceño fruncido y su labio inferior prominente como el de un niño a punto de llorar.
Entretanto, el joven se había echado encima una chaqueta muy ajada e, irguiéndose ante la lumbre, me miró de reojo de la misma manera que si hubiera habido entre nosotros alguna mortal querella que vengar. Empecé a dudar si sería un criado o no. Su vestimenta y su habla eran zafias y del todo privadas de esa superioridad evidente en el señor y la señora Heathcliff; sus abundantes rizos castaños eran bastos y descuidados, sus patillas se extendían hirsutas por su rostro y sus manos estaban curtidas como las de un vulgar labrador. Su aire, sin embargo, era desenvuelto, casi altanero, y no mostraba ninguna asiduidad doméstica para ayudar a la señora de la casa. A falta de pruebas claras de su condición, me pareció lo mejor abstenerme de reparar en su curiosa conducta, y a los cinco minutos la llegada de Heathcliff me alivió, hasta cierto punto, de mi incómoda situación.
—Ya ve usted, he venido según le prometí —exclamé fingiéndome alegre—, y me temo que el tiempo me detenga media hora, si usted puede darme cobijo este rato.
—¿Media hora? —dijo, sacudiendo de su ropa los blancos copos—. Me extraña que haya escogido lo más fuerte de una nevada para andar por ahí. ¿No sabe usted que corre el peligro de perderse por estas tierras pantanosas? Personas familiarizadas con estos páramos pierden a menudo la pista en noches como ésta, y le puedo asegurar que no hay posibilidad de cambio de momento.
—Quizás podría conseguir un guía de entre sus mozos y que se quedara en la Granja hasta mañana, ¿puede usted disponer de uno?
—No, no puedo.
—Ah, claro. Bueno, tendré entonces que confiar en mi propia sagacidad.
—¡Hum!
—¿Vas a hacer el té? —preguntó el de la chaqueta raída, pasando su feroz mirada de mí a la joven.
—¿Va él a tomar té? —preguntó ésta dirigiéndose a Heathcliff.
—Prepáralo, ¿quieres? —fue la respuesta, pronunciada tan bárbaramente que me sobresaltó. El tono en que estas palabras fueron dichas mostraba un auténtico mal carácter; ya no me sentí inclinado a seguir llamando a Heathcliff un hombre extraordinario. Terminados los preparativos me invitó diciendo:
—Ya, señor, acerque su silla.
Y todos, incluso el joven zafio, nos sentamos a la mesa; un austero silencio reinó mientras tomábamos nuestro refrigerio.
Pensé que, ya que el nublado era por culpa mía, tenía que hacer un esfuerzo por disiparlo. No podía ser que todos los días estuvieran tan irascibles y taciturnos, y era imposible, por muy mal genio que tuvieran, que aquel mal humor general fuera su talante acostumbrado.
—Es curioso —comencé en el intervalo entre terminar una taza y recibir otra—, es curioso cómo la costumbre puede moldear nuestros gustos y nuestras ideas. Mucha gente no podría imaginar que existe felicidad en una vida tan apartada del mundo como la que usted lleva, señor Heathcliff. Sin embargo, me atrevería a decir que rodeado de su familia, y con su amable esposa como ángel tutelar de su hogar y de su corazón...
—¡Mi amable esposa! —interrumpió con una expresión de sarcasmo casi diabólica—. ¿Dónde está mi amable esposa?
—Sí, la señora Heathcliff, quiero decir.
—Bien, sí, usted querrá indicar que su espíritu ha adoptado el papel de ángel tutelar y custodia los bienes de Cumbres Borrascosas, aun cuando su cuerpo haya desaparecido. ¿No es eso?
Dándome cuenta de mi desatino, intenté remediarlo. Podía haber visto que había demasiada diferencia de edad entre uno y otro para que pudieran ser marido y mujer. Él podría tener cuarenta años, época de vigor mental en la que los hombres rara vez acarician la engañosa ilusión de que las muchachas se casen con ellos por amor; este sueño está reservado sólo para solaz de nuestros años de decadencia. Ella no representaba más de diecisiete.
Entonces me asaltó una brillante idea: «El patán que está a mi lado, que bebe el té en tazón y come el pan con las manos sucias, debe de ser su marido: Heathcliff hijo, por supuesto. He aquí las consecuencias de enterrarse en vida; se ha echado en brazos de este rústico por pura ignorancia de que existen personas mejores. ¡Qué lástima! Tengo que tener cuidado de que por mi causa no lamente su elección». Esta última reflexión podría parecer vanidosa, pero no lo era. Mi vecino me resultaba casi repugnante y sabía por experiencia que yo era bastante atractivo.
—La señora Heathcliff es mi nuera —dijo Heathcliff, corroborando mi sospecha. Y le dirigió al hablar una mirada muy especial, una mirada de odio, a no ser que tenga un conjunto de músculos faciales tan perversos que no interpreten, como los de todo el mundo, el lenguaje de su alma.
—¡Ah, claro, ahora lo veo! ¡Usted es el feliz poseedor de esa hada benéfica! —observé, volviéndome a mi vecino.
Esto aún fue peor; el joven enrojeció y cerró los puños con toda la apariencia de meditar una agresión, pero al poco rato pareció reflexionar y apaciguó la tormenta con una brutal maldición dirigida a mí, de la que, sin embargo, procuré no enterarme.
—Es usted desafortunado en sus conjeturas, señor —observó mi huésped—, ninguno de nosotros tiene el privilegio de poseer su hada buena; su marido murió. Dije que era mi nuera, por lo tanto debió haberse casado con mi hijo.
—Y este joven es...
—No es mi hijo, por supuesto.
Heathcliff sonrió de nuevo como si hubiera sido una broma demasiado atrevida atribuirle la paternidad de aquel oso.
—Mi nombre es Hareton Hearnshaw —refunfuñó el otro— y le aconsejo que lo respete.
—No he mostrado falta de respeto —fue mi respuesta, riéndome para mis adentros de la dignidad con que se presentaba a sí mismo.
Fijó en mí sus ojos más tiempo del que yo estaba dispuesto a devolverle la mirada, por miedo a que me entrara la tentación de darle de bofetadas o de echarme a reír. Empecé a sentirme, sin lugar a dudas, desplazado en ese agradable círculo familiar. La lúgubre atmósfera espiritual sobrepasó, y aun neutralizó, el bienestar físico que me rodeaba, y resolví ser cauto de aventurarme bajo aquel techo una tercera vez.
Terminada la colación, como nadie pronunciaba una palabra de sociable coloquio, me acerqué a una ventana para ver qué tiempo hacía. Vi un espectáculo tristísimo: una noche oscura que caía prematuramente, y los montes y cielo mezclados en un violento torbellino de viento y nieve espesa.
—Me parece imposible llegar a casa ahora sin un guía —no pude menos de decir—. Los caminos estarán ya sepultados y, si estuvieran descubiertos, apenas podría distinguir un paso hacia adelante.
—Hareton, llévate esa docena de ovejas al porche del granero. Las cubrirá la nieve si las dejamos en el redil toda la noche, y ponles un tablón delante —dijo Heathcliff.
—¿Qué voy a hacer? —continué con creciente irritación.
No hubo respuesta a mi pregunta y, mirando a mi alrededor, vi solo a José que traía un cubo lleno de comida para los perros, y la señora Heathcliff, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un manojo de fósforos que había caído de la repisa de la chimenea cuando puso los botes de té en su sitio. El primero, después de dejar su carga, echó una mirada crítica por la habitación y con voz cascada gruñó:
—¿Cómo está ahí holgazaneando, y aún peor, cuando todos se han ido? Es usted una inútil y no vale la pena hablar, nunca se corregirá de sus malas costumbres; pero se irá derecha al infierno, como su madre se fue antes que usted.
Pensé por un momento que ese discurso iba dirigido a mí y, bastante furioso, me adelanté hacia el viejo canalla con la intención de echarle a patadas, pero la señora Heathcliff me detuvo con su respuesta:
—¡Maldiciente y viejo hipócrita! —replicó—. ¿No temes que se te lleve el diablo en persona cuando pronuncias su nombre? Te advierto que si no dejas de provocarme le pediré que te rapte como un favor especial. Espera, mira José —continuó, cogiendo de un estante un libro largo y oscuro—. Te mostraré mis progresos en la Magia Negra, pronto sabré lo bastante como para ponerlo todo en claro. La vaca roja no se murió por casualidad y tus ataques de reúma no pueden considerarse gracias del cielo.
—¡Oh, es mala, muy mala! —jadeó el viejo—. ¡Que el Señor nos libre de todo mal!
—No, réprobo, estás condenado. ¡Fuera de aquí o te haré daño de verdad! Haré de todos vosotros figuras de cera y arcilla, y el primero que pase los límites que yo marque le... no diré lo que voy a hacer, ya lo veréis. ¡Vete, te estoy mirando!
La brujita puso una burlona malignidad en sus hermosos ojos, y José, temblando de verdadero pavor, salió a toda velocidad, rezando y exclamando «mala» mientras se iba.
Pensé que su conducta estaba dictada por una especie de siniestro humorismo, y ahora que estábamos solos, traté de interesarla en mi angustia:
—Señora Heathcliff —le dije seriamente—, perdone que la moleste; me atrevo, porque, con esa cara, estoy seguro de que no tiene más remedio que tener buen corazón. Indíqueme algunos puntos de referencia por los que pueda reconocer el camino a mi casa, no tengo más idea de cómo puedo llegar allí que la que usted tiene de cómo llegar a Londres.
—Tome usted el camino por donde ha venido —respondió, arrellanándose en una silla, con una vela y el libro largo abierto ante ella—. Es un consejo breve, pero es el mejor que le puedo dar.
—Entonces, si usted se entera de que me han encontrado muerto en una charca o en un hoyo lleno de nieve, ¿su conciencia no le susurrará que es, en parte, por su culpa?
—¿Por qué? Yo no le puedo acompañar. No me dejarían ir ni hasta el extremo de la tapia del jardín.
—Usted no. Sentiría mucho pedirle que cruzara el umbral por mi conveniencia en semejante noche. Lo que deseo es que me diga el camino, no que me lo muestre, o bien que convenza al señor Heathcliff que me dé un guía.
—¿Quién? Son él, Earnshaw, Zila, José y yo, ¿cuál prefiere?
—¿No hay mozos en la granja?
—No, éstos son todos.
—Entonces se deduce que me veo obligado a quedarme.
—Esto lo arregla usted con su huésped; yo no tengo nada que ver.
—Espero que le sirva de lección para no dar paseos imprudentes por estas montañas —gritó la dura voz de Heathcliff desde la puerta de la cocina—. En cuanto a quedarse aquí, yo no tengo acomodo para visitantes, tendrá que compartir la cama con Hareton, o con José, si se queda.
—Puedo dormir en una silla en esta habitación —repliqué.
—¡No, no!, un extraño es un extraño, sea rico o pobre. No me conviene permitir que nadie ocupe la estancia mientras yo no estoy vigilando —dijo el grosero personaje.
Con este insulto mi paciencia llegó a su fin. Proferí una expresión de enfado y, pasando delante de él de un empujón, me fui hacia el patio tropezándome con Earnshaw en mi carrera. Estaba tan oscuro que no veía por dónde salir, y mientras daba vueltas por allí, oí otra muestra de la cortés conducta que se gastaban entre ellos. Al principio el joven parecía interesarse por mí:
—Iré con usted hasta el parque —dijo.
—Irás con él al infierno —gritó su dueño, o cualquiera que fuera su parentesco—. ¿Quién va a cuidar de los caballos, eh?
—La vida de un hombre tiene más importancia que descuidar por una noche los caballos; alguien tiene que ir —murmuró la señora Heathcliff, más amablemente de lo que esperaba.
—No porque tú lo mandes —replicó Hareton—. Si te interesas por él, más vale que te calles.
—Entonces confío en que su espíritu te asalte, y que el señor Heathcliff no tenga otro inquilino hasta que la Granja sea una ruina —contestó ella, tajante.
—Escuche, escuche, les está maldiciendo —murmuró José a quien yo me había dirigido.
Estaba sentado a corta distancia ordeñando las vacas a la luz de una linterna que cogí sin ceremonias y, diciendo que la devolvería al día siguiente, corrí a la puerta más cercana.
—¡Amo, amo, me roba la linterna! —gritó el viejo persiguiéndome—. ¡Eh, Gruñón! ¡Lobo! ¡Perros, a él, a él!
Al abrir el portillo, dos peludos monstruos se me arrojaron al cuello, tirándome al suelo y apagando la luz, mientras las risotadas conjuntas de Heathcliff y Hareton ponían el remate a mi cólera y humillación. Por fortuna, los animales parecían más dispuestos a estirar las patas, bostezar y menear los rabos que a devorarme vivo, pero no iban a tolerar que me levantara, y tuve que quedarme tendido hasta que sus malévolos amos tuvieron a bien liberarme. Entonces, sin sombrero y temblando de ira, ordené a aquellos bellacos que me dejaran salir; si me retenían un minuto más, era por su cuenta y riesgo, con algunas incoherentes amenazas de venganza que, en su indefinida y profunda virulencia, sonaban a Rey Lear.
Mi agitación fue tan violenta que me produjo una abundante hemorragia nasal, y Heathcliff seguía riéndose, y yo echando pestes. No sé cómo hubiera acabado la escena si no hubiera habido allí una persona más razonable que yo y más benévola que mi huésped. Esta era Zila, la robusta ama de llaves que salió al fin a preguntar el porqué de aquel alboroto. Pensó que alguno de ellos me había puesto la mano encima y, no atreviéndose a atacar a su amo, dirigió su artillería verbal contra el más joven de los truhanes:
—Bien, señor Earnshaw, me pregunto qué es lo próximo que va usted a hacer, ¿vamos a asesinar a la gente en nuestra misma puerta? Ya veo que esta casa nunca me va a convenir. Mirad al pobre chico, está casi ahogándose. ¡Silencio, silencio! No pueden continuar así, vamos, yo le curaré; y ahora quietos.
Con estas palabras me echó por la nuca un jarro de agua helada y me metió en la cocina. El señor Heathcliff nos siguió, desapareciendo rápidamente su accidental regocijo y volviendo a su acostumbrado mal humor.
Me encontraba muy mal, mareado y débil, por lo que me vi obligado, a la fuerza, a aceptar alojamiento bajo aquel techo. El amo dijo a Zila que me diera un vaso de aguardiente, y pasó a una habitación interior. Mientras ella se condolía conmigo de mi lamentable estado y, habiendo obedecido sus órdenes, con lo que me animé un poco, me condujo a la cama.


Capítulo III

Mientras me guiaba escaleras arriba, me aconsejó que ocultara la vela y que no hiciera ruido, porque su amo tenía ideas muy raras respecto a la alcoba en la que me iba a poner, y nunca dejaba de buen grado que nadie se alojara en ella. Le pregunté la razón, contestó que no la sabía, que sólo hacía un año o dos que vivía allí, y que hacían cosas tan extrañas, que no podría ahora empezar a ser curiosa.
Demasiado atontado para ser yo también curioso, cerré la puerta y eché un vistazo buscando la cama. Todo el moblaje consistía en un armario, una silla y un extraño mueble de roble con unas aberturas cuadradas en la parte de arriba, que parecían ventanillas de coche. Me acerqué a aquel artefacto, miré dentro y vi que era una especie de singular lecho antiguo, convenientemente diseñado para obviar la necesidad de que cada miembro de la familia tuviera una habitación propia. De hecho, formaba un pequeño gabinete y el antepecho de la ventana, a la que estaba adosado, le servía de mesa. Descorrí los paneles laterales, entré con mi luz, los corrí de nuevo, y me sentí seguro contra la vigilancia de Heathcliff, o de cualquier otra persona.
En la repisa, donde coloqué la vela, había unos cuantos libros mohosos, apilados en un rincón, y estaba llena de inscripciones rayadas en el barniz. Estas inscripciones, sin embargo, no eran más que un solo nombre repetido en todo tipo de letras, grandes y chicas: Catalina Earnshaw, con la variante aquí y allí de Catalina Heathcliff, y luego de nuevo Catalina Linton.
Con desabrida indiferencia apoyé la cabeza contra la ventana y continué deletreando: Catalina Earnshaw... Heathcliff... Linton, hasta que se me cerraron los ojos. Pero no había descansado ni cinco minutos, cuando un brillo de letras blancas, vívidas como espectros, surgió de la oscuridad, y el aire rebosaba de Catalinas. Me levanté para disipar aquel importuno nombre, y vi que el pábilo de mi vela se había caído sobre uno de los viejos volúmenes y estaba perfumando el aire con olor a cuero quemado. Despabilé la vela; me sentía mal por efecto del frió y de una náusea persistente, me senté y abrí el deteriorado volumen sobre mis rodillas. Era una Biblia de caracteres finos y que olía terriblemente a moho. Una hoja en blanco tenía la inscripción: «Libro de Catalina Earnshaw», y una fecha de un cuarto de siglo atrás.
Lo cerré y cogí otro hasta que los hube visto todos. La biblioteca de Catalina era selecta y su estado de deterioro mostraba que había sido usada, aunque no siempre con fines legítimos: apenas un capítulo había escapado al comentario manuscrito —al menos con apariencia de tal— que cubría todo el espacio en blanco que había dejado el impresor. Algunos eran frases sueltas, otros tomaban el estilo de un diario corriente, garrapateado por una inepta mano infantil. Al principio de una página sobrante —probablemente un verdadero tesoro al descubrirla— me divirtió mucho el contemplar una excelente caricatura de mi amigo José, tosca, pero vigorosamente esbozada. Un inmediato interés se me despertó por la desconocida Catalina, y empecé enseguida a descifrar sus borrosos jeroglíficos.
«¡Qué domingo más horrible!», empezaba el párrafo inmediato. «Cómo deseaba que mi padre hubiera estado con nosotros. Hindley es un sustituto detestable; su conducta con Heathcliff es atroz. Heathcliff y yo nos rebelaremos, ya dimos el primer paso esta tarde.
»Ha estado diluviando todo el día; no pudimos ir a la iglesia, por eso José se sintió obligado a congregarnos en el desván, mientras que Hindley y su mujer se tostaban abajo ante un buen fuego, haciendo cualquier cosa menos leer sus biblias —respondo de ello—, mientras que a Heathcliff, a mí y al desgraciado mozo de labranza nos mandaron coger nuestros devocionarios y subir. Nos colocaron en fila sobre un saco de grano, gimiendo y tiritando, con la esperanza de que José nos diera un sermón breve por su propio interés. ¡Vana esperanza! Las preces duraron exactamente tres horas, y mi hermano aún tuvo el descaro de decir al vernos bajar: "Qué, ¿ya está?"
»Las tardes de domingo acostumbraban a dejarnos jugar, si no hacíamos mucho ruido, ahora una simple risita basta para que nos manden a un rincón. "Olvidáis que tenéis aquí un amo" —dice el tirano—. "Demoleré al primero que me irrite, insisto en absoluta seriedad y silencio. Muchacho, ¿has sido tú? Francisca, querida, tírale de los pelos al pasar; le oí castañetear los dedos."» Francisca le tiró de los pelos con toda su alma y fue luego a sentarse a las rodillas de su esposo, y allí estuvieron mucho rato, como dos críos, besándose y diciendo tonterías, necio palabrerío del que deberíamos avergonzarnos.
»Nos acurrucamos lo mejor que pudimos bajo el arco. Yo anudé nuestros delantales y los puse de cortina, cuando viene José de la cuadra, arranca mi labor, me da de bofetadas y grazna:
»—Apenas se ha enterrado al amo, no ha pasado el domingo, las palabras del Evangelio todavía en vuestros oídos, y os atrevéis a jugar. ¡Vergüenza debiera daros, niños malos! Hay suficientes libros piadosos si queréis leerlos; sentaos y pensad en vuestras almas.
«Diciendo esto, nos obligó a sentarnos de manera que pudiéramos recibir un triste rayo del lejano fuego y ver el texto del mamotreto que nos tiró. Yo no pude aguantar aquella ocupación y cogí el pringoso volumen por el lomo y lo tiré a la perrera, jurando que aborrecía los libros piadosos. Heathcliff echó a puntapiés el suyo al mismo sitio. Entonces se armó la gorda.
»—¡Señor Hindley! —gritó nuestro capellán—. ¡Señor, venga aquí! La señorita Catalina ha roto la tapa de El Yelmo de la Salvación, y Heathcliff ha pisoteado El Ancho Camino de la Perdición. Es horroroso que usted les deje seguir así: el viejo ya les hubiera dado su merecido, pero él ya se fue.
»Hindley salió a toda prisa de su paraíso junto al fuego y, cogiendo a uno de nosotros por el cuello y al otro por el brazo, nos metió en la cocina, de donde, aseveró José, Satanás se nos llevaría, tan seguro como que estábamos vivos. Con este consuelo, cada uno buscó un rincón aparte para esperar su llegada. Cogí este libro y un tintero que había en el estante, abrí un poco la puerta para tener luz y he podido escribir durante veinte minutos, pero mi compañero está impaciente y propone que nos apoderemos de la capa de la lechera y que, bajo su cobijo, hagamos una escapada a los páramos. Magnífica idea, y así si viene el viejo cascarrabias se va a creer que se ha cumplido su profecía; no podemos estar más húmedos, ni más fríos bajo la lluvia que estamos aquí.»
Supongo que Catalina cumpliría su proyecto porque a la frase siguiente cambió de tema y se puso llorosa.
«Cómo me podía yo imaginar que Hindley iba alguna vez a hacerme llorar así», escribía. «Me duele tanto la cabeza que no puedo apoyarla en la almohada, sin embargo, no puedo ceder. ¡Pobre Heathcliff! Le llama vagabundo y no le deja sentarse con nosotros, ni comer con nosotros nunca más, y dice que él y yo no debemos jugar juntos, y amenaza con echarle de casa si desobedecemos sus órdenes. Ha estado censurando a nuestro padre —¿cómo se atreve?— por tratar a Heathcliff con demasiada benevolencia y jura que le reducirá al sitio que le corresponde...»
Empecé a cabecear sobre la borrosa página, mis ojos vagaban del manuscrito a la letra impresa. Vi un adornado título rojo que decía: «Setenta veces Siete y el Primero de los Setenta y Uno. Piadoso discurso pronunciado por el Reverendo Jabes Branderham, en la capilla de Gimmerden en Sough» . Y mientras yo, medio consciente, me devanaba los sesos por adivinar qué iba a hacer Jabes Branderham con ese tema, me hundí en el lecho y me quedé dormido. ¡Ay de mí! Sería el efecto del mal té y el mal genio, ¿qué otra cosa podía haberme hecho pasar una noche tan horrible? No recuerdo ninguna otra que se pueda comparar a esta desde que soy capaz de sufrir.
Empecé a soñar casi antes de dejar de darme cuenta de mi situación. Creí que era por la mañana, que había emprendido el camino a casa, con José por guía. La nieve tenía metros de espesor y, mientras íbamos dando tumbos, mi compañero me abrumaba con constantes reproches por no haber traído un bordón de peregrino, diciéndome que no podría nunca llegar a casa sin él, y blandía con arrogancia un garrote de grueso puño, que entendí se llamaba de ese modo.
Por un momento consideré absurdo que necesitara semejante arma para que se me admitiera en mi propia residencia. Entonces una nueva idea me asaltó: yo no iba a casa, sino que viajábamos para oír al famoso Jabes Branderham predicar sobre el tema: «Setenta Veces Siete» y José, el predicador, o yo habíamos cometido el «Primero de los Setenta y Uno», e íbamos a ser públicamente acusados y excomulgados.
Llegamos a la capilla, yo en realidad había pasado por allí dos o tres veces en mis paseos. Está en una hondonada entre dos colinas, una hondonada bastante alta, cerca de una ciénaga cuya sucia humedad de turba es muy buena, según dicen, para embalsamar a la perfección los pocos cadáveres que se depositan allí. El tejado se ha conservado hasta ahora entero; pero como el estipendio del Pastor es sólo de veinte libras al año, y las dos habitaciones de la casa amenazaban con convertirse rápidamente en una, no había clérigo que asumiera tales obligaciones, especialmente porque, según se cuenta, su rebaño antes le dejaría morir de hambre que aumentar el estipendio en un penique de su propio bolsillo. Sin embargo, en mi sueño, Jabes tenía numerosos y atentos feligreses... ¡Dios mío, qué sermón! Estaba dividido en cuatrocientas noventa partes, cada una igual a un sermón corriente, y cada una trataba de un pecado distinto; dónde los había encontrado, no lo sé. Tenía su propia manera de interpretar la frase y parecía que era necesario que el hermano cometiera diferentes pecados cada vez. Eran pecados de lo más curioso, extrañas transgresiones que nunca me hubiera podido imaginar.
¡Qué cansado estaba! Cómo me retorcía, bostezaba, cabeceaba, y me reanimaba. Me pellizcaba, me frotaba los ojos, me levantaba y me sentaba de nuevo, y daba con el codo a José para que me dijera si aquello se iba a terminar alguna vez; estaba condenado a oírlo todo. Por fin llegó «El Primero de los Setenta y Uno». En aquella crisis me vino una súbita inspiración; me sentí impulsado a levantarme y acusar a Jabes Branderham de ser el pecador del pecado que a ningún cristiano se le perdona. «Señor», exclamé, «aquí sentado entre estas cuatro paredes, he soportado de un tirón, y he perdonado, los cuatrocientos noventa capítulos de su discurso, setenta veces siete he cogido mi sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted absurdamente a sentarme de nuevo. El cuatrocientos noventa y uno es demasiado. ¡Compañeros mártires, a él! Arrastradle, trituradle, convertidle en polvo; que el lugar que le ha conocido no le vea nunca más» .
«¡Tú eres el hombre! —gritó Jabes, después de una solemne pausa, reclinándose en su almohadón. Setenta veces siete has hecho muecas con la boca abierta; setenta veces siete consulté con mi conciencia. ¡He aquí la debilidad humana! ¡También esto puede absolverse! El Primero de los Setenta y Uno ha llegado. ¡Hermanos, ejecutad en él el juicio escrito! ¡Honrad a todos los santos!»
Con estas concluyentes palabras, toda la asamblea, levantando sus bordones de peregrino, corrió hasta mí como un solo hombre, y yo, sin arma que levantar en defensa propia, empecé a arrancarle la suya a José, el más próximo y feroz de los asaltantes. En el revuelo de la multitud, varios garrotes se cruzaron y, porrazos que se dirigían a mí, caían sobre otras testas. Al poco rato la iglesia resonaba con golpes y contragolpes; la mano de uno contra su vecino , y Branderham, no queriendo estar ocioso, derramaba su celo en una lluvia de puñetazos en las tablas del púlpito, que resonaban tan bien que al fin, con indecible alivio, me despertaron.
¿Qué fue lo que había causado tal alboroto y cuál el papel de Jabes en aquel escándalo? Simplemente la rama de un abeto había dado en mi celosía y, al gemir la ráfaga del viento, golpeaba sus secas piñas en los cristales. Escuché indeciso un instante, descubrí la causa del ruido, me di la vuelta, me adormilé y soñé de nuevo sueños más desagradables, si es posible, que antes.
Esta vez recordé que estaba tumbado en aquel gabinete de roble y oía claramente las ráfagas del viento y la abundancia de la nieve, oía también la rama del abeto que repetía su molesto golpear y lo atribuí a su verdadera causa, pero me irritaba tanto que resolví silenciarla, a ser posible. Creí que me levantaba y trataba de abrir la ventana. El cerrojo estaba soldado en la armella, detalle que observé cuando estaba despierto, pero se me había olvidado.
—Tengo que parar esto, como sea —murmuré, rompiendo con los nudillos el cristal y alargando el brazo para coger la rama importuna, pero en lugar de esto, mis dedos se cerraron en los de una manita helada.
Un intenso horror de pesadilla me sobrecogió, intenté retirar el brazo, pero la mano se aferraba a él, al tiempo que una melancólica voz sollozaba:
—Déjame entrar, déjame entrar.
—¿Quién eres? —pregunté, luchando mientras tanto por desasirme.
—Catalina Linton —contestó temblando. (¿Por qué pensé en Linton? Había leído veinte veces más Earnshaw que Linton)— ¡Vuelvo a casa, me he perdido en el páramo!
Mientras hablaba, distinguí vagamente el rostro de una niña mirando por la ventana. El terror me volvió cruel y, viendo que era inútil intentar desembarazarme de aquella criatura, apreté su muñeca contra el cristal roto y lo froté hasta que brotó la sangre y empapó las sábanas, mas seguía gimiendo:
—¡Déjame entrar! —y mantenía su tenaz opresión hasta casi enloquecerme de terror.
—¿Cómo quieres que lo haga? —le dije al fin—. Suéltame si quieres que te deja entrar.
Los dedos se aflojaron, retiré los míos por el agujero, me apresuré a poner contra él los libros amontonados en una pirámide, y me tapé los oídos para no oír el quejumbroso ruego. Me pareció que los tuve tapados más de un cuarto de hora, pero en cuanto escuché de nuevo, allí continuaba el triste gemido.
—¡Vete! —grité—, jamás te dejaré entrar, ni aunque me lo pidas durante veinte años.
—Hace veinte años —gimió la voz—, hace veinte años que ando extraviada.
Entonces comenzó a arañar débilmente por fuera, y la pila de libros se movió como si la empujaran hacia adelante. Intenté saltar del lecho, pero no pude mover un sólo miembro, y en el frenesí de mi terror, lancé un alarido.
Para confusión mía, descubrí que el alarido no era imaginario. Pasos apresurados se acercaban a mi habitación. Alguien empujó la puerta con mano vigorosa y una luz brilló por las cuadradas aberturas de la cama. Me incorporé tiritando aún y me sequé el sudor de la frente. El intruso pareció vacilar y murmurar unas palabras para sí. Al fin dijo en un medio susurro, evidentemente sin esperar respuesta: «¿Hay alguien aquí?» Me pareció mejor descubrir mi presencia, porque reconocí la voz de Heathcliff y temí que, si me callaba, seguiría buscando. Con esta intención me volví y abrí los paneles; nunca olvidaré el efecto que esta acción produjo. Se detuvo cerca de la puerta, iba en pantalones y camisa, con una vela que le goteaba por los dedos, y su rostro estaba tan blanco como la pared que tenía detrás. El primer crujido de la madera le sobresaltó como una descarga eléctrica. La luz se le cayó de la mano a una distancia de varios pies, y su agitación era tan extrema que apenas pudo cogerla.
—Sólo soy su huésped, señor —exclamé deseoso de ahorrarle la humillación de seguir mostrando su cobardía—, tuve la mala suerte de gritar dormido a causa de una horrible pesadilla; siento haberle molestado.
—¡Dios le confunda, señor Lockwood! Quisiera verle en el... —empezó mi patrón, poniendo la vela sobre una silla porque le era imposible sostenerla fija—. Y ¿quién le trajo a este cuarto? —continuó, clavándose las uñas en las palmas de las manos y rechinando los dientes para dominar el temblor de sus mandíbulas—. ¿Quién ha sido? De buena gana le echaba de casa ahora mismo.
—Fue su criada Zila —contesté, saltando al suelo y vistiéndome rápidamente—. No me importaría que la echara, señor Heathcliff, se lo merece de sobra. Supongo que quería tener a mi costa una prueba más de que esta casa está embrujada; pues sí lo está: bulle de duendes y fantasmas. Hace usted bien en tenerla cerrada, se lo aseguro. Nadie le agradecerá a usted echar un sueño en semejante antro.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Heathcliff—, y ¿qué está usted haciendo? Acuéstese y acabe de pasar la noche, ya que está usted aquí, pero, por amor de Dios, no repita esos gritos tan horrorosos. No tiene usted ningún motivo, a no ser que le estén a usted degollando.
—Si ese diablillo hubiera entrado por la ventana, probablemente me hubiera estrangulado —contesté—. No estoy dispuesto a soportar más persecuciones de sus hospitalarios antepasados. ¿No era el Reverendo Jabes Branderham pariente suyo por parte de madre? Y esa taimada de Catalina Linton, o Earnshaw, o como quiera que se llame, debió de ser un duende, ¡malvada criatura! Me dijo que había estado vagando estos últimos veinte años; justo castigo por sus pecados mortales, sin duda .
Apenas hube pronunciado estas palabras, recordé la asociación del nombre de Heathcliff con el de Catalina en el libro, que se me había borrado por completo de la memoria y me vino de repente. Me sonrojé por mi indiscreción, pero sin mostrar más conciencia de la ofensa, enseguida añadí.
—La verdad es, señor, que pasé la primera parte de la noche... —aquí me detuve de nuevo, iba a decir «hojeando esos viejos volúmenes», pero entonces hubiera descubierto que conocía el contenido, tanto el manuscrito como el impreso, entonces, corrigiéndome, continué—: descifrando los nombres rayados en el antepecho de la ventana, monótona tarea, calculada para conciliar el sueño, lo mismo que contar, o...
—¿Qué quiere usted decir al hablarme de este modo? —vociferó Heathcliff con salvaje vehemencia—. ¿Cómo, cómo se atreve bajo mi techo? ¡Dios! ¡Está loco al hablar así! —y se golpeaba la frente con rabia.
No sabía si ofenderme por este lenguaje o continuar mi explicación; pero él parecía tan profundamente afectado que me dio lástima y seguí con mis sueños, asegurando que no había oído nunca el nombre de Catalina Linton, pero que, leyéndolo una y otra vez, me produjo la impresión de que se personificaba cuando yo ya no tenía dominada mi imaginación. Heathcliff se fue retirando al cobijo de la cama mientras yo hablaba, hasta que se quedó sentado, casi oculto. Yo comprendí, sin embargo, por su respiración irregular y entrecortada, que estaba luchando por dominar su violenta emoción. Como no quería mostrarle que me daba cuenta de su conflicto, continué vistiéndome haciendo algo de ruido, miré el reloj y monologué sobre lo larga que es la noche:
—No son aún las tres, hubiera jurado que eran las seis. Aquí el tiempo se eterniza; seguramente eran las ocho cuando nos retiramos a descansar.
—En invierno siempre a las nueve, y siempre nos levantamos a las cuatro —dijo mi huésped, reprimiendo un gemido y, me pareció, por el movimiento de la sombra de su brazo, que se apartaba una lágrima—. Señor Lockwood —añadió—, puede irse a mi cuarto. No hará más que molestar si baja tan temprano; sus infantiles gritos han dado al diablo con mi sueño.
—Y con el mío también —repliqué—. Daré paseos por el patio hasta el amanecer y luego me iré, y no tema que se repita otra intromisión mía. Estoy del todo curado de buscar solaz en el trato con las gentes, ya sea en el campo o en la ciudad. Un hombre sensato debe encontrar suficiente compañía en sí mismo.
—¡Deliciosa compañía! —murmuró Heathcliff—. Coja la vela y váyase a donde le parezca bien. Estaré con usted enseguida. Pero no vaya al patio, los perros están sueltos, y en cuanto a la casa... Juno está allí de centinela... y aún más, sólo puede usted merodear por las escaleras y los pasillos. Pero ¡váyase ya! Yo iré dentro de dos minutos.
Le obedecí en cuanto a salir de la habitación, y cuando, ignorante de a dónde conducían aquellos estrechos corredores, me detuve, fui testigo involuntario de un acto supersticioso por parte de mi casero, que contradecía de manera singular su aparente buen sentido. Se subió a la cama, abrió de un tirón las celosías, al mismo tiempo que rompía en un incontrolable ataque de llanto.
—¡Entra, entra! —sollozaba—. Catalina ven, sólo una vez. ¡Oh, amada de mi corazón, escúchame ahora... al fin, Catalina!
El espectro mostró el capricho normal de los espectros y no dio señales de existir, pero la nieve y el viento, en frenético remolino, entraron por la ventana hasta donde yo estaba y se me apagó la luz.
Había tal angustia en la efusión de dolor que acompañaba a este delirio, que mi compasión me hizo olvidar su locura y me retiré, medio arrepentido de haber escuchado, y molesto por haberle contado mi ridícula pesadilla, puesto que le había producido semejante congoja, aunque el porqué estaba más allá de mi comprensión.
Bajé cautelosamente a las regiones inferiores y desembarqué en la cocina, en donde un poco de fuego, apiñándolo bien, me permitió volver a encender la vela. Nada se movía, excepto un gato gris moteado que salió arrastrándose de las cenizas, y me saludó con un lastimero maullido.
Dos bancos en forma de sector de círculo casi rodeaban el hogar. Me tendí en uno de ellos y el minino se subió en el otro. Los dos estábamos dormitando cuando alguien invadió nuestro retiro: era José que bajaba lentamente por una escalera de madera que desaparecía por una trampilla en el techo; la subida a la buhardilla, supongo.
Echó una mirada siniestra a la llamita que yo había logrado encender, tiró al gato de su altura, instalándose él en el sitio vacante y empezó la operación de llenar de tabaco una pipa de tres pulgadas. Mi presencia en su santuario le parecía evidentemente una insolencia demasiado vergonzosa para tenerla en cuenta. Aplicó en silencio el tubo a sus labios, cruzó los brazos y se puso a fumar. Le dejé disfrutar de su placer sin molestarle y, después de exhalar la última espiral de humo, lanzó un profundo suspiro, se levantó y se fue tan solemnemente como había venido.
Pasos más ligeros entraron luego; abrí la boca para decir «buenos días» y la volví a cerrar sin terminar el saludo, porque Hareton Earnshaw iba diciendo sus preces sotto voce; una serie de maldiciones dirigidas a cada cosa que tocaba, mientras revolvía en un rincón buscando una pala o una azada para apartar la nieve. Miró por encima del respaldo del banco, dilatando las ventanillas de la nariz, y pensó tan poco en cambiar saludos conmigo como con mi compañero el gato. Supuse por sus preparativos que podía ya salir y, dejando mi duro lecho, hice ademán de seguirle. Él lo advirtió y empujó con el extremo de la azada una puerta interior, indicándome, con un sonido inarticulado, que allí era donde debía ir si cambiaba de habitación.
La puerta daba a la casa en donde las mujeres estaban ya en movimiento. Zila levantaba llamaradas por la chimenea con un fuelle colosal, y la señora Heathcliff, arrodillada en el hogar, leía un libro a la luz de la lumbre. Interponía una mano entre el fuego y sus ojos y parecía absorta en su ocupación, interrumpiéndose sólo para regañar a la sirvienta porque la cubría de chispas, o para apartar de vez en cuando a un perro que apoyaba con demasiado atrevimiento el hocico en su cara. Me sorprendió ver allí también a Heathcliff. Estaba junto al fuego, de espaldas a mí, y poniendo fin precisamente a una escena tempestuosa con la pobre Zila, la que a menudo interrumpía su trabajo para recogerse la punta de su delantal y exhalar un indignado gemido.
—Y tú, nulidad... —prorrumpió cuando yo entraba, dirigiéndose a su nuera y empleando epítetos tan inofensivos como «pato» o «cordero», pero que se suelen representar por puntos suspensivos—. ¡Ya estás con tus ociosas mañas! Los demás se ganan el pan, tú vives de mi caridad. ¡Aparta esa basura y busca algo que hacer! Me tendrás que pagar por el castigo de tenerte siempre ante mi vista, ¿oyes, maldita lagarta?
—La apartaré porque usted puede obligarme si me niego —contestó la joven, cerrando el libro y tirándolo sobre una silla—. Pero no haré más que lo que me plazca, aunque se le caiga la lengua a fuerza de maldecirme.
Heathcliff levantó la mano, y ella, que conocía sin duda su peso, saltó a prudente distancia. Como yo no deseaba disfrutar del espectáculo de una pelea entre perro y gato, me adelanté con decisión, como deseoso de participar del calor de la lumbre y afecté ignorar la interrumpida disputa. Ambos tuvieron el suficiente decoro como para suspender las hostilidades: Heathcliff para resistir la tentación se metió los puños en los bolsillos. Ella frunció los labios y se retiró a un asiento apartado, en donde cumplió su palabra de desempeñar el papel de estatua el resto del tiempo que yo estuve allí, que no fue mucho. Rehusé desayunar con ellos, y, al primer brillo del alba, aproveché la oportunidad de escapar al aire libre, ahora claro y tranquilo, y frío como hielo impalpable.
Cuando apenas había llegado al fondo del jardín, mi casero me dio una voz para que me detuviera y se ofreció a acompañarme por el páramo. Hizo bien, pues toda la ladera de la colina era un ondulado y blanco océano, pero sus crestas y valles no correspondían con las elevaciones y depresiones del terreno: muchos hoyos por lo menos estaban llenos hasta el borde y, filas enteras de montículos, residuos de las canteras, habían desaparecido del mapa que el paseo del día anterior me dejó grabado en la mente.
Había observado a un lado del camino una hilera de piedras verticales, a intervalos de seis o siete yardas, que continuaba a lo largo de todo el erial. Estaban enhiestas, embadurnadas de cal, con el propósito de servir de guía en la oscuridad, y también, cuando en una nevada como esta, se confundían las profundas ciénagas, a uno y otro lado, con el propio sendero; pero, excepto algún punto sucio que se veía aquí y allí, toda huella de su existencia había desaparecido, y mi compañero con frecuencia consideró necesario avisarme que fuera hacia la izquierda o hacia la derecha, cuando yo creía que estaba siguiendo correctamente las curvas del camino.
Cambiamos pocas palabras, y se detuvo a la entrada del parque de la Granja, diciéndome que desde allí ya no podía perderme. Nuestro adiós se limitó a una breve inclinación de cabeza, y entonces seguí adelante, confiado en mis propios recursos, porque la casa del portero no está ocupada todavía.
La distancia desde la verja de la Granja es de dos millas: creo que conseguí convertirlas en cuatro a fuerza de perderme entre los árboles y hundirme en la nieve hasta el cuello: situación que sólo pueden apreciar los que la han experimentado. De todos modos, cualesquiera que fueran mis vagabundeos, el reloj daba las doce cuando entraba en la casa, lo cual correspondía a una hora por cada milla del camino normal desde Cumbres Borrascosas. Mi doméstica y sus satélites salieron a recibirme, exclamando tumultuosamente que me habían dado por muerto; todo el mundo suponía que había perecido la noche anterior, y estaban preguntándose qué tendrían que hacer para ir en busca de mis restos. Les rogué que se tranquilizaran, ahora que me veían de vuelta y, entumecido hasta los huesos, me arrastré hacia arriba, en donde, después de ponerme ropa seca, y de andar de arriba a abajo durante treinta o cuarenta minutos para recuperar el calor animal, estoy confinado en mi despacho, débil como un gatito, casi demasiado para poder disfrutar del vivo fuego y del humeante café que ha preparado la sirvienta para reconfortarme.


Capítulo IV

¡Qué veletas locas somos! Yo, que había decidido mantenerme independiente de todo trato social, y que daba gracias a las estrellas porque al fin había apeado en un lugar casi inaccesible, yo, pobre diablo, después de luchar hasta el atardecer con el aburrimiento y la soledad, me vi obligado a arriar bandera, y, bajo pretexto de informarme de las necesidades de la instalación, rogué a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se sentase mientras yo comía, con la sincera esperanza de que demostrara ser una buena chismosa y que, o bien me animara, o bien me adormeciera con su charla.
—Usted ha vivido aquí bastante tiempo —empecé—. ¿No me dijo dieciséis años?
—Dieciocho, señor; vine cuando la señora se casó, para servirla, una vez muerta, el señor me retuvo como ama de llaves.
—Bien.
Aquí siguió una pausa. Me temí que no fuera chismosa, a no ser que lo fuera para sus propios asuntos, los que a mí apenas podían interesarme. Sin embargo, después de reflexionar un rato, con un puño en cada rodilla y una sombra de reflexión en el semblante, dijo:
—¡Los tiempos han cambiado mucho desde entonces!
—Sí —observé—, supongo que habrá visto usted muchos cambios.
—Sí, y también muchas desgracias.
«Llevaré la conversación hacia la familia de mi casero» —pensé para mí. ¡Buen tema para empezar! Me gustaría conocer la historia de esa bonita joven viuda: si es natural del país, o, como es lo más probable, una exótica, que aquellos hoscos indígenas no quieren reconocer como de los suyos. Con esa intención pregunté a la señora Dean por qué Heathcliff alquilaba la Granja de los Tordos y prefería vivir en una situación y una vivienda tan inferiores.
—¿No es bastante rico como para mantener la finca en buen estado?
—¿Rico, señor? —replicó—. Nadie sabe el dinero que tiene, y lo aumenta cada año. Sí, sí, es lo bastante rico como para vivir en una casa mejor, pero él es... tacaño, y si hubiera pensado pasar a la Granja de los Tordos, tan pronto como hubiera oído hablar de un buen inquilino, no hubiera consentido perder la oportunidad de ganar unos pocos cientos. ¡Es extraño que la gente sea tan avariciosa cuando se está solo en el mundo!
—Parece que tuvo un hijo...
—Sí, tuvo uno, pero se murió.
—Y aquella joven, la señora, ¿es su viuda?
—Sí.
—¿De dónde es?
—¿Cómo, señor? Es la hija de mi difunto amo. Catalina Linton es su nombre de soltera. Yo la crié. ¡Pobre criatura! Yo hubiera querido que el señor Heathcliff se hubiera trasladado aquí, así hubiéramos estado juntas de nuevo.
—¡Qué! ¿Catalina Linton? —exclamé asombrado, pero un minuto de reflexión me convenció de que no era mi fantasmal Catalina—. Entonces —continué—, ¿el nombre de mi predecesor es Linton?
—Sí, señor.
—¿Y quién es ese Earnshaw, Hareton Earnshaw, que vive con el señor Heathcliff? ¿Son parientes?
—No, él es sobrino de la difunta señora Linton.
—¿Primo de la joven, entonces?
—Sí, y su marido también era primo suyo: uno por parte de madre, el otro por parte de padre. Heathcliff se casó con la hermana del señor Linton.
—He visto que la casa de Cumbres Borrascosas tiene grabado en la puerta principal «Earnshaw». ¿Es una familia antigua?
—Muy antigua, sí señor, y Hareton es el último de ellos, así como nuestra señorita Catalina lo es de los nuestros, quiero decir, de los Linton. ¿Ha estado usted en Cumbres Borrascosas? Perdone la pregunta, pero me gustaría saber cómo está.
—¿La señora Heathcliff? Estaba muy bien y muy guapa, sin embargo, creo que no muy feliz.
—¡Dios mío! No me extraña. Y ¿qué le pareció a usted el amo?
—Un tipo muy áspero, señora Dean. ¿No es ese su carácter?
—Más áspero que el filo de una sierra y más duro que el pedernal. Cuanto menos se trate uno con él, mejor.
—Ha debido de tener altibajos en la vida que le han hecho tan insociable. ¿Sabe usted algo de su historia?
—Es la del cuco, señor . La sé toda, excepto dónde nació, quiénes eran sus padres y de dónde sacó su primer dinero. Y Hareton ha sido postergado como un gorrión implume. El pobre chico es el único en toda la parroquia que no se da cuenta de que ha sido estafado.
—Bien, señora Dean, sería una obra de caridad si me contara algo de mis vecinos. Me da la impresión de que no dormiré si me voy a la cama; tenga, pues, la bondad de sentarse y charlaremos un rato.
—Muy bien, señor. Voy sólo a buscar un poco de costura, y me quedaré el tiempo que usted guste. Pero usted ha cogido un buen catarro, le he visto tiritar; tiene que tomar un poco de caldo para que se le cure.
La valiosa mujer salió apresurada, y yo me acurruqué más cerca del fuego; tenía la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo helado; además mis nervios y mi cerebro estaban excitados al límite del desvarío. Esto me causaba, no sentirme mal, pero sí algo temeroso, lo estoy aún, por las graves consecuencias que los incidentes de ayer y de hoy pudieran tener.
Volvió al poco rato con un tazón humeante y la cesta de la labor.
Colocó el primero en la repisa de la chimenea y acercó su asiento, visiblemente satisfecha de encontrarme tan sociable.
—Antes de que yo viniera aquí —comenzó su historia sin esperar más invitación—, estaba casi siempre en Cumbres Borrascosas, porque mi madre había criado al señor Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo acostumbraba a jugar con los niños. También hacía recados, ayudaba a recoger el heno, y andaba por la granja dispuesta a hacer lo que cualquiera me mandara. Una hermosa mañana, recuerdo que era al principio de la siega, el señor Earnshaw, mi viejo amo, bajó vestido de viaje y, después de decirle a José lo que tenía que hacer durante el día, se dirigió a Hindley, a Cati y a mí, pues yo estaba tomando mi porridge con ellos, y dijo hablándole a su hijo:
—Bien, muchacho, hoy me voy a Liverpool, ¿qué quieres que te traiga? Puedes escoger lo que quieras, con tal de que sea pequeño, porque voy a ir y volver a pie; sesenta millas cada viaje es una buena tirada.
Hindley pidió un violín, luego se dirigió a Cati, que apenas tenía seis años, pero ya podía montar cualquier caballo del establo, y pidió un látigo. No se olvidó de mí, pues tenía buen corazón, aunque a veces era un poco severo, me prometió traerme un saquito lleno de manzanas y peras. Dio a los niños un beso de despedida, y se marchó.
Los tres días de su ausencia se les hicieron a todos muy largos, y la pequeña Cati preguntaba con frecuencia cuándo volvería. La señora Earnshaw le esperaba la tercera tarde a la hora de la cena; la pospuso hora tras hora, pero no había señales de su llegada, y al fin los niños se cansaron de salir a la verja a mirar. Luego oscureció; ella los hubiera acostado, pero los niños le rogaron con desconsuelo que les dejara estar levantados. Al dar las once, el pestillo de la puerta se levantó suavemente y entró el amo. Se echó en una silla, entre risas y gemidos, y les pidió a todos que se apartaran porque estaba medio muerto; no volvería a hacer semejante caminata ni por todo el oro del mundo.
—Ha sido horroroso —dijo, abriendo el ancho gabán que tenía arrebujado en sus brazos—. ¡Mira, mujer! Nada en mi vida me ha subyugado tanto: tienes que tomarlo como un don de Dios, aunque es tan moreno que más bien parece del diablo.
Nos agrupamos a su alrededor y, por encima de la cabeza de la niña, pude atisbar un niño sucio, andrajoso y de pelo negro, lo suficientemente crecido como para saber andar y hablar. En verdad, por su cara, parecía mayor que Catalina, pero cuando se puso de pie no hizo más que mirar a su alrededor y repetir, una y otra vez, una especie de jerga que nadie entendía. Yo estaba asustada y la señora Earnshaw estuvo a punto de echarlo de casa. Montó en cólera, le preguntó al amo cómo se le pudo ocurrir traer a aquel crío gitano, cuando ellos tenían sus propios hijos que alimentar y proteger, qué pensaba hacer con él y si se había vuelto loco.
El amo intentó explicar lo sucedido, pero estaba realmente medio muerto de cansancio, y todo lo que yo pude sacar en claro, entre las reprimendas de la señora, fue una historia de haberlo visto muerto de hambre, sin techo, y como enmudecido, en las calles de Liverpool, de donde lo recogió, y preguntó por sus amos. Nadie sabía a quién pertenecía, y, como él andaba escaso de tiempo y de dinero, pensó que era mejor llevárselo a casa directamente que meterse en gastos inútiles allí, porque estaba decidido a no dejarlo como lo encontró. Bien, el resultado fue que el enfado de la señora se calmó, y el señor Earnshaw me dijo que le lavara, le diera ropa limpia y le dejara dormir con los niños.
Hindley y Catalina se contentaron con mirar y escuchar hasta que se restableció la paz, entonces empezaron a buscar en los bolsillos de su padre los regalos que les había prometido. El primero era ya un chico de catorce años, pero cuando sacó lo que había sido un violín, hecho añicos dentro del gabán, se puso a llorar a gritos, y Cati, cuando supo que su padre había perdido el látigo por atender al desconocido, expresó su mal humor haciendo muecas y escupiendo a la estúpida criatura, lo que le valió un sonoro bofetón de su padre para que aprendiera mejores maneras. Se negaron los niños en redondo a que compartiera con ellos la cama, ni siquiera la habitación, y yo, no con más juicio, lo puse en el rellano de la escalera, confiando en que a la mañana siguiente se habría ido. Por casualidad, o atraído por la voz del señor Earnshaw, llegó hasta su puerta y éste se lo encontró al salir de la habitación. Se hicieron averiguaciones de cómo había llegado hasta allí, tuve que confesar, y en recompensa de mi cobardía y crueldad me echó de la casa.
Esta fue la primera presentación de Heathcliff en la familia. Al volver unos días después, porque no consideré que mi destierro era perpetuo, encontré que le habían bautizado con el nombre de «Heathcliff», que era el de un hijo que murió de niño, y le ha servido desde entonces de nombre de pila y de apellido.
La niña y él ahora ya eran íntimos, pero Hindley le odiaba y, a decir verdad, yo también. Le atormentábamos y tratábamos ignominiosamente; yo no era lo bastante razonable para reconocer mi injusticia y la señora no dijo nunca una palabra en su defensa cuando veía que le maltratábamos. Parecía un niño hosco y paciente, endurecido, quizás, por los malos tratos: soportaba los golpes de Hindley sin parpadear ni verter una lágrima, y mis pellizcos le hacían sólo suspirar y abrir los ojos como si se hubiera lastimado por casualidad y sin que nadie tuviera la culpa. Este aguante ponía furioso al viejo Earnshaw desde que descubrió que su hijo perseguía al pobre huérfano, como él le llamaba. Se encariñó con él de una manera extraña, creía todo lo que le decía —lo cierto es que decía bien poca cosa y generalmente la verdad— y le mimaba más que a Catalina que era demasiado traviesa y rebelde para ser su favorita.
De modo que Heathcliff, ya desde el principio, alimentó sus malos sentimientos en la casa, y a la muerte de la señora, que ocurrió a los dos años escasos, había Hindley aprendido a mirar a su padre como a un opresor más que como a un amigo y a Heathcliff como a un usurpador del afecto paterno y de sus privilegios, y se hizo de carácter cada vez más agrio a fuerza de rumiar sobre estas injurias. Durante un tiempo simpaticé con él, pero cuando los niños cayeron enfermos con sarampión y tuve que cuidarles, echando sobre mí de pronto las obligaciones de una mujer, cambié de manera de pensar. Heathcliff estuvo gravemente enfermo y, cuando pasaba por lo peor, siempre quería tenerme a su lado; me figuro que sentía que yo era buena con él, pero no tenía la agudeza de imaginar que lo hacía por obligación. Sin embargo, he de decir que era el niño más tranquilo que nunca una enfermera tuvo que cuidar. La diferencia entre él y los otros me obligó a ser menos parcial: Cati y su hermano me fastidiaban terriblemente. Él se quejaba menos que un cordero, pero era por dureza, no por ternura por lo que daba tan poco trabajo. Salió de la enfermedad y el doctor afirmó que en parte había sido debido a mí y me alabó por mis cuidados.
Me envanecí con estos elogios y me ablandé hacia quien era la causa de que los mereciera; así Hindley perdió su último aliado. Sin embargo, yo no podía encariñarme con Heathcliff, y con frecuencia me preguntaba qué veía mi amo tan digno de admirar en aquel crío hosco, que nunca, que yo recuerde, pagó su benevolencia con ningún signo de gratitud. No era insolente con su benefactor, sencillamente era insensible, aunque sabía muy bien el dominio que tenía sobre su corazón, y era consciente de que no tenía más que decir una palabra para que toda la familia se viera obligada a doblegarse a su voluntad. Como ejemplo, recuerdo que el señor Earnshaw compró un par de potros en la feria del pueblo y dio uno a cada chico. Heathcliff escogió el más bonito, pero pronto quedó cojo, y cuando él lo descubrió le dijo a Hindley:
—Tenemos que cambiar los caballos: no me gusta el mío, y si no quieres, le contaré a tu padre las tres palizas que me has dado esta semana y le enseñaré el brazo, que está negro hasta el hombro.
Hindley le sacó la lengua y le dio de bofeteadas.
—Vale más que lo hagas enseguida —insistió Heathcliff, escapando hacia el porche, pues estaban en la cuadra—. Tienes que hacerlo, si hablo de estos golpes los recibirás con interés.
—¡Fuera de aquí, perro! —gritó Hindley, amenazándole con una pesa de hierro que se usaba para pesar patatas y heno.
—Tírala —replicó el otro quedándose inmóvil—, y entonces le contaré que te has jactado de que me echarás de casa en cuanto él se muera, y verás si no te echa a ti al momento.
Hindley se la tiró, dándole en el pecho y haciéndole caer, pero enseguida se levantó tambaleándose, sin aliento y pálido y, si yo no lo hubiera evitado, se hubiera ido a su amo y conseguido plena venganza, dejando que su estado abogara por él, declarando quién se lo había causado.
—Bien, ¡coge mi potro, gitano! —dijo el joven Earnshaw—, y quiera Dios que te desnuques. ¡Llévatelo y maldito seas, miserable intruso!, y sonsácale a mi padre todo lo que tiene, y después, le muestras lo que eres, hijo de Satanás. Llévatelo, espero que a coces te salte los sesos.
Heathcliff había ido a desatar el animal y llevárselo a su propio establo. Pasaba por detrás de él cuando Hindley ponía fin a su retahíla derribándole bajo sus patas y, sin pararse a mirar si se habían cumplido sus deseos, echó a correr lo más deprisa que pudo.
Me sorprendió presenciar con qué frialdad el chico se levantaba y seguía con su propósito de intercambiar las sillas de montar y demás arreos, y luego se sentaba en un montón de heno para reponerse del malestar que el violento golpe le había ocasionado, antes de entrar en la casa.
Le persuadí fácilmente de que me dejara echar al caballo las culpas de sus contusiones; le importaba muy poco el cuento que se contara, puesto que él tenía lo que quería. Se quejaba en verdad tan rara vez de conmociones como éstas, que yo creí realmente que no era vengativo. Me equivoqué por completo, como va usted a oír.

Capítulo V

Con el transcurso del tiempo el señor Earnshaw empezó a decaer. Había sido un hombre activo y saludable, pero sus fuerzas le abandonaron de repente y, cuando quedó confinado a un rincón del hogar, se volvió penosamente irritable. Cualquier cosa le enfadaba y las supuestas ofensas a su autoridad le sacaban de quicio. Esto era notorio en especial si alguien intentaba imponerse o dominar a su favorito. Él era muy celoso de que no se le dijera al chico una palabra indiscreta, y parecía que se le había metido al viejo en la cabeza que, como él quería mucho a Heathcliff, todo el mundo le odiaba y deseaba hacerle malas pasadas. Esto era una desventaja para el chico, porque, como los más cariñosos de nosotros no queríamos irritar al amo, satisfacíamos su capricho, y esto era un rico alimento para el orgullo y mal genio de Heathcliff. Pero hasta cierto punto se convirtió en algo inevitable: más de una vez las muestras de desprecio de Hindley en presencia de su padre provocaron la ira de éste y cogió su bastón para pegarle y temblaba de rabia al no poder hacerlo.
Teníamos entonces un coadjutor que completaba su beneficio dando clase a los pequeños Lintons y Earnshaws y cultivando personalmente un pedacito de tierra. Éste aconsejó al fin que a Hindley se le debía mandar al colegio , y su padre accedió, aunque con poco convencimiento, porque decía:
—Hindley es una nulidad y nunca podrá medrar donde quiera que vaya.
Yo confiaba de todo corazón en que entonces íbamos a tener paz. Me dolía pensar que el amo sufría a causa de su propia buena acción. Me figuraba que su mal humor senil y su enfermedad se originaban en las desavenencias familiares, así él lo daba a entender, pero la verdad era, señor, que su naturaleza se hundía.
Podíamos haber ido marchando bastante bien si no hubiera sido por dos personas: la señorita Cati y José, el criado. Usted le vio, allá arriba, estoy segura. Él era, y sigue siendo, el más fastidioso fariseo santurrón que haya jamás saqueado la Biblia para acumular las promesas para sí y arrojar las maldiciones al prójimo. Por su habilidad para echar sermones y discursos piadosos, consiguió impresionar al señor Earnshaw y, cuanto más se debilitaba el amo, más influencia ejercía sobre él; le acuciaba implacablemente a preocuparse por su alma y a educar a sus hijos con rigor. Le incitaba a considerar a Hindley como un réprobo, y noche tras noche, con regularidad, le mascullaba una ristra de cuentos contra Heathcliff y Catalina, acumulando las acusaciones más graves sobre ésta, con la intención de halagar la debilidad del amo.
Es verdad que Catalina tenía una manera de ser que no he visto nunca en ninguna niña, y nos hacía perder la paciencia más de cincuenta veces al día: desde la hora que bajaba hasta que se iba a la cama, no podíamos estar seguros, ni un minuto, de que no hiciera alguna maldad. Su espíritu estaba en continua tensión, su lengua siempre suelta, cantando, riendo, o fastidiando al que no hiciera lo mismo que ella. Era una mocita montaraz y perversa, pero tenía la mirada tierna, una dulce sonrisa y el andar más ligero de toda la parroquia. Creo, después de todo, que no tenía mala intención, porque si alguna vez hacía llorar a alguien en serio, era raro que no le hiciera compañía, obligándole a calmarse para que la consolara.
Estaba demasiado encariñada con Heathcliff; el mayor castigo que se podía inventar para ella era separarla de él, y eso que se la regañaba por su culpa más que a ninguno de nosotros. En el juego le encantaba hacer de señora, manejando sus manos con demasiada soltura y dando órdenes a sus compañeros: eso mismo hizo conmigo, pero yo no toleraba ni cachetes, ni órdenes, y así se lo dije.
En cuanto al señor Earnshaw, no entendía de bromas de sus hijos. Había sido riguroso y serio con ellos y Catalina, por su parte, no tenía idea de por qué su padre tenía peor humor y menos paciencia ahora enfermo que en su juventud. Sus displicentes reproches despertaban en ella el maligno placer de provocarle. Nunca era más feliz que cuando todos la reñíamos a un tiempo, desafiándonos con su mirada insolente y su descaro, sus prontas palabras ridiculizando las religiosas maldiciones de José, y a mí me importunaba, y hacía precisamente lo que más molestaba a su padre, demostrando cómo la fingida insolencia de la niña, que él creía sincera, tenía más poder sobre Heathcliff que su cariño, cómo el chico hacía todo lo que ella le mandaba, y lo que él, el amo, sólo si le daba la gana. Después de haberse portado lo peor posible todo el día, a veces venía zalamera por la noche a hacer las paces.
—No, Cati —decía el anciano—, no te puedo querer, eres peor que tu hermano. Vete y reza tus oraciones, niña, y pídele perdón a Dios. No sé si tu madre y yo debiéramos habernos arrepentido de haberte traído al mundo.
Esto le hacía llorar al principio, pero luego las continuas repulsas la endurecieron y se reía cuando se le mandaba arrepentirse de sus faltas y pedir que se la perdonara.
Llegó al fin la hora en que terminaron para el señor Earnshaw sus desgracias sobre la tierra. Murió tranquilamente una noche de octubre sentado junto al fuego. Un fuerte viento soplaba contra la casa y aullaba en la chimenea, era un vendaval tempestuoso, pero no hacía frío. Estábamos todos juntos: yo un poco separada del fuego, ocupada haciendo calceta, y José leyendo la Biblia junto a la mesa; porque entonces los criados solían sentarse en la casa después de haber hecho su trabajo. La señorita Catalina había estado enferma, por eso estaba quieta, se apoyaba en la rodilla de su padre, y Heathcliff estaba tumbado en el suelo con la cabeza en el regazo de la niña.
Recuerdo que el amo, antes de caer en sopor, acariciaba el bonito cabello de su hija, contento de verla apacible y le dijo:
—¿Por qué no puedes ser siempre una niña buena, Cati?
Ella levantó el rostro hacia él y riendo contestó:
—¿Por qué no es usted siempre un hombre bueno, padre?
Pero en cuanto le vio enojado de nuevo le besó la mano y le dijo que le cantaría una canción para que se durmiera. Empezó a cantar muy bajito hasta que los dedos del viejo se soltaron de los de la niña y su cabeza se le hundió en el pecho. Le dije entonces que se callara y que no se moviera para no despertarle. Todos guardamos silencio más de media hora y hubiéramos seguido así, si José, que había terminado su capítulo, no hubiera dicho que tenía que despertar al amo para rezar y acostarle. Se le acercó. Le llamó por su nombre y le tocó en el hombro, y como no se movía, cogió la vela y le miró.
Me imaginé que algo malo pasaba cuando dejó la vela y, cogiendo a los niños, a cada uno por un brazo, les dijo en voz baja que subieran, que no hicieran ruido y que esa noche tenían que rezar solos porque él tenía algo que hacer.
—He de dar primero las buenas noches a mi padre —dijo Catalina, echándole los brazos al cuello, antes de que lo pudiéramos evitar.
La pobre niña descubrió enseguida su triste pérdida y gritó:
—¡Oh, Heathcliff, está muerto, está muerto!
Los dos rompieron en un llanto desgarrador, y yo uní mis estridentes y amargos lamentos a los suyos. Pero José nos preguntó en qué estábamos pensando al gritar de ese modo por un santo que ya estaba en el cielo, y me mandó que me pusiera el abrigo y me fuera corriendo a Gimmerton en busca del médico y del párroco. No pude comprender de qué iban a servir ya ni el uno ni el otro. Fui, sin embargo, a pesar del viento y la lluvia, y me traje conmigo a uno, al doctor, el otro dijo que vendría al día siguiente.
Dejando a José que explicara lo sucedido, corrí a la habitación de los niños. Tenían la puerta entreabierta y vi que no se habían acostado todavía, aunque era pasada la media noche. Estaban más tranquilos y no necesitaban que yo les consolara, porque los pobres se consolaban el uno al otro con argumentos que a mí no se me hubieran ocurrido; ningún sacerdote del mundo hubiera pintado un cielo tan hermoso como ellos lo hacían en su inocente charla, mientras yo, que entre sollozos escuchaba, no pude menos de desear que ya estuviéramos allí todos juntos y a salvo.

Capítulo VI

El señor Hindley Earnshaw vino a casa para el entierro y, lo que nos pasmó a todos, y causó que el chismorreo de los vecinos corriera de diestro a siniestro, fue que trajo consigo esposa. Quién era y dónde había nacido nunca nos lo dijo, probablemente no tenía ni dinero, ni nombre que la recomendara, de lo contrario, no le hubiera ocultado el enlace a su padre.
No era mujer para que se perturbara mucho la casa por su culpa. Todo lo que veía, desde el momento que cruzó el umbral, parecía encantarle, lo mismo que lo que sucedía a su alrededor, excepto los preparativos para el entierro y la presencia de las personas del duelo. Pensé que era medio tonta por su conducta mientras esto acontecía: se metió corriendo en su cuarto y me hizo ir con ella, aunque yo tenía que estar vistiendo a los niños, y allí se sentó temblando, con las manos apretadas y preguntando una y otra vez:
—¿Ya se han ido?
Luego empezó a describir con histérica emoción el efecto que le producía la vista del luto. Se sobrecogía y temblaba y al fin rompió a llorar, y cuando le pregunté qué le pasaba, me contestó que no lo sabía, pero que tenía mucho miedo a morirse. A mí me pareció que estaba tan a punto de morirse como yo. Era algo delgada, pero joven y de tez fresca y los ojos le brillaban como diamantes. Noté claramente que al subir la escalera su respiración se hacía rápida, que al menor ruido repentino temblaba, y a veces tenía una tos penosa; pero como yo no sabía lo que estos síntomas significaban, no me sentí inclinada a simpatizar con ella. En general, aquí, señor Lockwood, no nos encariñamos con extraños, a no ser que ellos se encariñen con nosotros primero.
El joven Earnshaw había cambiado mucho en los tres años de ausencia. Había adelgazado y perdido el color, y hablaba y vestía de distinta manera. El mismo día de su regreso nos dijo a José y a mí que en adelante debíamos establecernos en la cocina y dejar la casa para él. Tenía intención de alfombrar y empapelar una pequeña habitación disponible como saloncito, pero a su mujer le gustaba tanto el suelo blanco, el enorme y resplandeciente hogar, los platos de peltre, el armario de la porcelana, la perrera y el amplio espacio que tenían para moverse, donde ellos generalmente estaban, que lo creyó innecesario para la comodidad de su mujer, y abandonó su intención.
Mostró la joven también agrado al encontrar una hermana en su nueva familia; charlaba con Catalina, la besaba, correteaba con ella y le hacía al principio muchos regalos. Este cariño, sin embargo, duró poco y, cuando ella se volvió displicente, Hindley se convirtió en un tirano. Bastaban unas pocas palabras de desagrado de su mujer hacia Heathcliff, para despertar en él el viejo odio al muchacho. Le echó de su compañía a la de los criados, le privó de la instrucción que se le daba, e insistía en que, en lugar de ésta, tenía que trabajar en el campo, obligándole a hacer un trabajo tan duro como el de cualquier mozo de la granja.
Heathcliff soportó bastante bien su degradación al principio, porque Cati le enseñaba lo que ella aprendía, y trabajaba o jugaba con él en los campos. Los dos prometían criarse tan rústicos como si fueran salvajes, pues al joven amo no le importaba nada de cómo se comportaban ni lo que hacían, por eso ellos apenas le veían, ni siquiera se preocupaba de que fueran a la iglesia los domingos y, si José y el coadjutor le reprendían por su negligencia cuando los niños se ausentaban, eso le recordaba que tenía que dar la orden de azotar a Heathcliff y de dejar a Catalina sin comer o cenar.
Lo que más les divertía a los niños era escaparse a los páramos por la mañana y estar allí todo el día, y era para ellos un simple motivo de risa el castigo que les esperaba; ya podía el coadjutor poner a Catalina tantos capítulos como quisiera para aprender de memoria, y ya podía José pegar a Heathcliff hasta que le doliera el brazo, que lo olvidaban todo en cuanto estaban juntos de nuevo, por lo menos el momento en que inventaban algún malévolo plan de venganza. Más de una vez lloré para mis adentros al verlos crecer cada día con menos tino, pero no decía una palabra por miedo a perder la poca autoridad que aún tenía sobre estas insociables criaturas.
Un domingo por la tarde sucedió que les habían echado del cuarto de estar por hacer ruido, o por alguna ligera falta por el estilo y, cuando fui a llamarles para cenar, no los encontré por ninguna parte. Registramos la casa de arriba abajo, el patio y las cuadras, todo en vano. Al fin Hindley, furioso, nos mandó que echáramos el cerrojo y juró que nadie les dejaría entrar aquella noche. Todos se fueron a la cama, y yo, demasiado angustiada para acostarme, abrí mi celosía y asomé la cabeza para escuchar, aunque llovía; decidí dejarles entrar a pesar de la prohibición, si volvían. Al poco rato oí pasos viniendo por el camino y vi la luz trémula de una linterna a través de la verja. Me eché un chal por la cabeza y corrí para evitar que despertaran al señor Earnshaw al llamar. Allí estaba Heathcliff solo, me sobresalté.
—¿Dónde está la señorita Catalina? —me apresuré a preguntar—. Espero que no haya habido ningún accidente.
—En la Granja de los Tordos —contestó—, y allí estaría yo también si hubieran tenido la gentileza de invitarme a que me quedara.
—Bien. Las vas a pagar. No estarás nunca contento hasta que te manden a paseo. ¿Qué demonio os llevó a merodear hasta la Granja de los Tordos?
—Déjame que me quite esta ropa mojada y te lo contaré todo.
Le dije que tuviera cuidado de no despertar al amo, y mientras se desnudaba y yo esperaba para apagar la vela, continuó:
—Cati y yo nos escapamos del lavadero para correr en libertad. Al vislumbrar las luces de la Granja pensamos que podríamos ir y ver si los Lintons pasaban las tardes de domingo de pie tiritando por los rincones, mientras su padre y su madre están comiendo y bebiendo, cantando y riendo, y quemándose las pestañas delante del fuego. ¿Crees que sí? ¿O que leen sermones y su criado los catequiza y les hace aprender una lista de nombres bíblicos si ellos no contestan bien?
—Probablemente no —respondí—. Son niños buenos, sin duda, y no merecen el trato que vosotros recibís por vuestra mala conducta.
—No me vengas con sermones, Neli. ¡Tonterías! Corrimos desde lo alto de las Cumbres hasta el parque sin parar. Catalina quedó cansadísima por la carrera porque iba descalza; mañana tendrás que buscar los zapatos en la ciénaga. Nos metimos por un seto roto, subimos a tientas por el sendero y nos colocamos en un lecho de flores bajo la ventana del salón. La luz venía de allí, no habían puesto las contraventanas y las cortinas estaban sólo medio corridas. Los dos podíamos mirar adentro puestos de pie en el zócalo y agarrándonos al antepecho, y vimos —¡qué bonito era!— una espléndida habitación con alfombra carmesí, sillas y mesas cubiertas de carmesí y un techo blanquísimo ribeteado de oro, con una cascada de gotas de cristal pendientes de cadenas de plata en el centro, y resplandeciendo con pequeñas y suaves bujías. Los viejos Linton no estaban allí. Edgar y su hermana completamente solos, ¿no debieran haberse sentido felices? Nosotros nos hubiéramos creído en el cielo. Ahora adivina lo que estos niños buenos estaban haciendo. Isabela, creo que tiene once años, uno menos que Cati, estaba en el suelo chillando en el otro extremo de la habitación, gritaba como si las brujas la estuvieran pinchando con agujas al rojo vivo. Edgar, de pie junto al hogar, sollozaba en silencio, y en medio de la mesa un perrito sacudiendo su pata y gruñendo; por sus mutuas acusaciones, entendimos que casi lo habían partido en dos. ¡Qué idiotas! ¡Esta era su diversión! Pelear por quién se iba a quedar un montón de pelos calientes. Y empezaron a llorar porque después de la pelea ninguno de los dos se lo quería quedar. Nos moríamos de risa al ver a aquellos críos mimados; los despreciamos. ¿Cuándo me vas a sorprender queriendo lo que Catalina desea? ¿o nos verás buscando diversión en chillar y llorar, revolcándonos por el suelo, separados por toda una habitación? No cambiaría por nada del mundo mi situación aquí por la de Edgar Linton en la Granja de los Tordos, ni aunque tuviera el privilegio de tirar a José desde el tejado más alto y pintar la fachada de la casa con la sangre de Hindley.
—¡Calla, calla! —interrumpí—. Todavía no me has dicho cómo es que Catalina se ha quedado.
—Ya te dije que nos reímos. Los Linton nos oyeron, y los dos a un tiempo se lanzaron como flechas a la puerta. Hubo un silencio y luego un grito: ¡Oh, mamá, mamá! ¡Oh, papá! ¡Oh, mamá!, ¡vengan! Ellos, de verdad, bramaban algo así. Nosotros hicimos ruidos horrorosos para espantarlos aún más, entonces nos soltamos del antepecho porque alguien estaba corriendo los cerrojos y nos pareció lo mejor echar a correr. Yo tenía a Cati de la mano y le estaba dando prisa cuando se cayó.
—Corre, Heathcliff, corre —susurró—. Han soltado al mastín y me ha cogido—. Era el diablo que le había cogido el tobillo, Neli. Oí su abominable bufido; ella no gritó, no, se hubiera avergonzado de gritar, aunque se hubiera visto lanzada entre los cuernos de una vaca brava. Pero yo sí grité, vociferé maldiciones suficientes para aniquilar a todos los demonios de la cristiandad. Cogí una piedra y la metí entre las mandíbulas del animal e intenté con todas mis fuerzas embutírsela hasta el gaznate. Al fin una bestia de criado vino con una linterna gritando:
—¡Firme, Espión, firme!
Cambió de tono, sin embargo, cuando vio la presa del perro. Éste estaba ahogándose, su enorme lengua roja saliéndosele de la boca medio palmo, y sus morros, colgando, chorreaban baba sanguinolenta.
El hombre levantó a Cati, que estaba desvanecida, no de miedo, estoy seguro, sino de dolor. Se la llevó adentro, yo la seguí, mascullando maldiciones de venganza.
—¿Qué es la presa, Roberto? —voceó Linton desde la entrada.
Espión ha cogido a una niña, señor —replicó—, y aquí hay un chico —añadió, agarrándome— que parece un forajido. Probablemente los ladrones intentaban meterse por la ventana, para abrir la puerta a la cuadrilla cuando todos estuviéramos dormidos y asesinarnos a su placer. ¡Y tú, cállate la boca, malhablado ladrón! Irás a la horca por esto. Señor Linton, no deje su escopeta.
—No, no, Roberto —dijo el viejo idiota—. Los bribones sabían que ayer era mi día de cobrar las rentas y pensaron cogerme de improviso. Pasad, les haremos un buen recibimiento. Ea, Juan, pon la cadena, y tú Juanita, dale a Espión un poco de agua. Atreverse a un magistrado, y en domingo, ¿hasta dónde llegará su insolencia? ¡Mira, querida María!, no te asustes, no es más que un niño, pero su maldad se muestra claramente en su rostro. ¿No sería un bien para el país ahorcarle ya, antes de que muestre su natural en los hechos y no sólo en la cara?
Me arrastró bajo la lámpara, la señora Linton se calzó los lentes sobre la nariz y levantó horrorizada las manos. Los cobardes niños se acercaron también. Isabela bisbiseó:
—¡Es horroroso! Póngalo usted en la bodega, papá. Se parece al hijo de la adivina que me robó mi faisán domesticado, ¿verdad Edgar?
Mientras me revisaban, Cati volvió en sí, oyó las últimas palabras y se rió. Edgar Linton, después de una mirada inquisitiva, reunió el suficiente ingenio como para reconocerla. Nos ven en la iglesia, ya sabes, rara vez los encontramos en otra parte.
—Esta es la señorita Earnshaw —le susurró a su madre—. Mire, Espión la ha mordido, ¡cómo le sangra el pie!
—¿La señorita Earnshaw? ¡Tonterías! —exclamó la dama—. ¿Catalina Earnshaw corriendo por el campo con un gitano? Pues, sí, cariño, la niña lleva luto, desde luego es ella y puede quedarse coja para toda la vida.
—¡Qué culpable negligencia la de su hermano —exclamó el señor Linton, volviéndose de mí a Catalina—. Sé por Shielders (que era el coadjutor) que la deja crecer en la más absoluta incredulidad. ¿Pero quién es éste, de dónde ha sacado este compañero? Apostaría que es aquella adquisición que mi difunto vecino hizo en su viaje a Liverpool. Un pequeño Lascar , o un náufrago americano o español.
—Un niño malo, en cualquier caso —observó la vieja dama— y del todo inadecuado para una casa decente. ¿Te diste cuenta de su lenguaje, Linton? Me escandaliza que mis hijos le hayan oído.
Empecé a maldecir de nuevo —no te enfades, Neli— y ordenaron a Roberto que me echara. Yo me negué a irme sin Cati. Me arrastró al jardín, me puso la linterna en la mano, me aseguró que informaría al señor Earnshaw de mi conducta y, ordenándome que me fuera al momento, cerró de nuevo la puerta.
Las cortinas estaban aún levantadas por un lado y recuperé mi puesto de observación, porque, si Catalina hubiera querido volver, me proponía romper las grandes lunas en un millón de añicos, si no la dejaban salir. Estaba sentada tranquilamente en el sofá. La señora Linton le quitó la capa gris de la lechera que habíamos cogido para nuestra excusión, moviendo la cabeza y, supongo que regañándola; como era una señorita hacían diferencia entre el trato que le daban a ella y el que me daban a mí. Luego la criada trajo una palangana de agua caliente y le lavó los píes. El señor Linton le preparó un vaso de vino caliente mezclado con agua, e Isabela le puso en su falda una bandeja de pasteles, mientras que Edgar la miraba boquiabierto a distancia. Luego le secaron y peinaron su hermoso pelo, le dieron un par de zapatillas enormes y la acercaron al fuego y la dejé tan contenta, compartiendo su comida con el perrito y Espión, cuyos hocicos pellizcaba mientras comía, y encendiendo una chispa de espíritu en los inexpresivos ojos azules de los Linton, un vago reflejo de su rostro encantador. Les vi llenos de estúpida admiración, ella es tan inmensamente superior a ellos, a todo el mundo, ¿no es verdad, Neli?
—Este asunto traerá más consecuencias de lo que te imaginas —contesté, tapándole y apagando la luz—. Eres incorregible, Heathcliff, el amo tendrá que recurrir a medidas extremas, ya verás si no.
Mis palabras resultaron más ciertas de lo que hubiera deseado. La malhadada aventura puso a Earnshaw furioso. Y el señor Linton, para acabar de arreglarlo, vino en persona al día siguiente, y le leyó al joven amo tal cartilla respecto a la manera de educar a su familia, que decidió dedicarse a ello en serio.
Heathcliff no recibió azotes, pero se le dijo que la primera palabra que le dijera a la señorita Catalina sería suficiente para que se le despidiera, y la señora Earnshaw se encargó de mantener a su cuñada en debida sujeción cuando volviera a casa, empleando arte y no fuerza; por la fuerza le hubiera sido imposible.

Capítulo VII

Cati se quedó en la Granja de los Tordos cinco semanas, hasta Navidad. Para esa fecha su tobillo se había curado del todo y sus maneras habían mejorado mucho. La señora la visitó a menudo en ese intervalo y empezó su plan de reforma, tratando de estimular su propio decoro con ropa buena y halagos, que ella aceptaba gustosa; así que en lugar de irrumpir en la casa una agreste y pequeña salvaje, y a pelo, estrujándonos hasta dejarnos sin aliento, se apeó de una bonita jaca negra una persona muy digna, con rizos castaños cayendo de un sombrero de fieltro con plumas, y con un largo abrigo de montar de paño, que tenía que sujetárselo con las dos manos para poder entrar.
—¡Pero bueno, Cati, estás preciosa! Apenas te hubiera conocido, estás hecha una señora. Isabela Linton no se puede comparar con ella, ¿verdad Francisca?
—Isabela no tiene sus dotes naturales —replicó su esposa—, pero tiene que procurar no volverse selvática otra vez aquí. Neli, ayude a la señorita Catalina a quitarse la ropa. Espera, querida, vas a deshacerte los rizos, deja que te desate el sombrero.
Le quité el abrigo de montar y apareció debajo un precioso traje de seda a cuadros, calzón blanco y zapatos brillantes; aunque sus ojos chispeaban de alegría cuando los perros vinieron saltando a darle la bienvenida, apenas se atrevió a tocarlos no fueran a acariciar demasiado sus espléndidos vestidos.
Me dio un beso amablemente, yo estaba llena de harina haciendo la tarta de Navidad y no hubiera sido oportuno darme un abrazo. Luego miró buscando a Heathcliff. El señor y la señora Earnshaw vigilaban con ansia su encuentro pensando que este les capacitaría, en alguna medida, para juzgar qué fund
amentos habría para tener la esperanza de conseguir la separación de los dos amigos. Fue difícil encontrar a Heathcliff al principio. Si había sido descuidado y estado desatendido antes de la ausencia de Catalina, lo fue diez veces más desde entonces. Nadie más que yo tuvo la bondad de llamarle sucio y hacer que se lavara una vez por semana; los niños de su edad rara vez le encuentran gusto al agua y al jabón. Por lo tanto, para no hablar de sus vestidos que habían prestado tres meses de servicio en el barro y el polvo y su pelo áspero y sin peinar, la superficie de su cara y sus manos estaba tristemente ennegrecida. Bien podía, pues, acechar detrás del banco al ver entrar en la casa tan espléndida y agraciada damisela, en lugar de la desgreñada réplica de sí mismo, como esperaba.
—¿No está Heathcliff aquí? —preguntó ella quitándose los guantes y mostrando unas manos maravillosamente blancas a fuerza de no hacer nada y de estar en casa.
—Heathcliff, puedes acercarte —gritó Hindley, disfrutando de su desconcierto y satisfecho al observar qué indigno golfo estaba obligado a presentarse—. Puedes venir a dar la bienvenida a la señorita Catalina, como los otros criados.
Cati, entreviendo a su amigo en su escondite, corrió a abrazarle, le dio siete u ocho besos en la mejilla en un segundo, luego se paró y, echándose hacia atrás, soltó la carcajada y dijo:
—¡Qué negro y hosco pareces! y ¡qué... qué raro y ceñudo! Esto es porque estoy acostumbrada a Edgar e Isabela Linton. Bien, Heathcliff, ¿te has olvidado de mí?
Alguna razón tenía para hacer esta pregunta porque la vergüenza y el orgullo ensombrecían doblemente su semblante y le mantenían inmóvil.
—Dale la mano, Heathcliff —dijo el señor Earnshaw, condescendiente—, por una vez está permitido.
—No quiero —replicó el muchacho, recobrando al fin el habla—; no voy a consentir que se rían de mí, no lo soportaré.
Y hubiera roto el círculo, pero Cati le cogió de nuevo.
—No tuve la intención de reírme de ti —dijo ella—. No me pude contener. Heathcliff, dame la mano, por lo menos. ¿Por qué estás enfadado? ¡Es que tienes un aspecto tan raro! Si te lavas la cara y te peinas, estarás muy bien. ¡Pero estás tan sucio!
Ella miró con inquietud los negros dedos que tenía entre los suyos y luego a su traje, temerosa de que no hubiera aumentado su belleza en contacto con la de él.
—No tenías por qué tocarme —contestó el chico, siguiendo su mirada y retirando bruscamente la mano—, estaré tan sucio como me dé la gana, me gusta ir sucio, y quiero ir sucio —salió precipitadamente de la habitación, de cabeza, ante el regocijo de los amos y la seria confusión de Catalina que no podía entender que sus observaciones hubieran producido tal explosión de mal genio.
Después de hacer de doncella de la recién llegada, poner mis tartas en el horno y de alegrar la casa y la cocina con grandes fuegos adecuados a la Nochebuena, me dispuse a sentarme y divertirme cantando villancicos , yo sola, sin hacer caso a las aseveraciones de José de que las alegres melodías que yo escogía estaban muy cerca de las canciones profanas. Él se había retirado a su alcoba para rezar sus propias preces, y los señores Earnshaw estaban acaparando la atención de la niña con varias chucherías vistosas compradas para que se las regalara a los pequeños Linton en reconocimiento de sus atenciones. Les habían invitado a pasar el día siguiente en Cumbres Borrascosas, y la invitación había sido aceptada con una condición: la señora Linton rogaba que sus queridos niños se mantuvieran cuidadosamente apartados de ese «chico malo y blasfemo».
En tales circunstancias me quedé sola. Olía el rico olor de las especias que se estaban cociendo, admiraba los brillantes utensilios de la cocina, el bruñido reloj cubierto de acebo, las jarras de plata alineadas en una bandeja, listas para que se llenaran de vino azucarado , y sobre todo la limpieza inmaculada, a mi debido personal cuidado, del bien fregado y barrido suelo.
Yo concedía mi íntimo aplauso a cada cosa, y entonces recordé cómo el viejo Earnshaw acostumbraba a venir cuando todo estaba en orden, me decía que era buena chica y me ponía en la mano un chelín como aguinaldo de Navidad, y de eso pasé a pensar en su cariño por Heathcliff, y el temor de que se le descuidara cuando él desapareciera, y esto, naturalmente, me llevó a considerar la situación del pobre chico ahora, y de las canciones pasé al llanto. Pronto se me ocurrió, sin embargo, que sería más sensato tratar de reparar alguno de estos errores que verter lágrimas sobre ellos. Me levanté y fui al patio a buscarle. No estaba lejos, lo encontré en el establo alisando el lustroso pelo del potro nuevo y dando de comer a los otros animales, como de costumbre.
—Date prisa, Heathcliff —dije—, en la cocina se está muy bien, y José se ha ido arriba. Date prisa y déjame que te ponga guapo antes de que venga la señorita Cati, y entonces os podéis sentar juntos, con todo el hogar para vosotros solos, y charlar mucho rato hasta la hora de acostaros.
Prosiguió con la tarea y ni siquiera volvió la cabeza hacia mí.
—Vamos, ¿vienes? —continué—, hay una tarta pequeña para cada uno de vosotros, lo suficiente; y tú necesitas media hora para arreglarte .
Esperé cinco minutos, pero al no tener respuesta le dejé. Catalina cenó con su hermano y su cuñada: José y yo compartimos una comida nada amistosa, sazonada con reproches de una parte e impertinencias de la otra. Su tarta y su queso quedaron sobre la mesa toda la noche; se las compuso para seguir trabajando hasta las nueve, y luego se fue, duro y terco, a su habitación. Catalina estuvo levantada hasta tarde, pues tenía un montón de cosas que preparar para recibir a sus nuevos amigos; entró, sin embargo, una vez en la cocina para preguntar por el viejo amigo, pero se había ido, ella se quedó sólo para averiguar qué pasaba con él, y se volvió a marchar. Por la mañana Heathcliff se levantó temprano y, como era día de fiesta, se fue con su mal talante a los páramos y no reapareció hasta que la familia había salido para la iglesia. El ayuno y la reflexión parece que le habían traído mejor humor. Estuvo dando vueltas a mi alrededor un rato y, haciendo un esfuerzo de valor, exclamó de repente:
—Neli, ponme decente, voy a ser bueno.
—Ya es hora, Heathcliff. Has ofendido a Catalina, diría yo que siente el haber venido a casa. Parece como si la envidiaras porque la tienen en más que a ti.
La idea de envidiar a Catalina era incomprensible para él, pero la de ofenderla la entendía perfectamente.
—¿Dijo que se había ofendido? —preguntó, con semblante muy serio.
—Lloró cuando le dije que te habías vuelto a marchar esta mañana.
—Bien, yo lloré anoche —respondió—, y tengo más motivos para llorar que ella.
—Sí, tenías motivos para irte a la cama con el corazón orgulloso y el estómago vacío, las personas orgullosas no hacen más que atormentarse a sí mismas. Pero si te arrepientes de tu susceptibilidad tienes que pedirle perdón, fíjate, cuando vuelva. Tienes que acercarte, ofrecerle un beso, y decirle... tú sabes mejor qué decirle, sólo hazlo cordialmente y no como si creyeras que se ha convertido en una extraña porque va bien vestida. Y ahora, aunque tengo que preparar la comida, sacaré un poco de tiempo para arreglarte, así Edgar Linton parecerá un muñeco a tu lado, que es lo que es. Tú eres más joven, y aun así, apostaría que eres más alto, y el doble de ancho de espaldas, y podrías derribarle en un abrir y cerrar de ojos, ¿no crees que sí?
La cara de Heathcliff se iluminó por un momento, luego volvió a oscurecerse y suspiró:
—Pero Neli, si yo le derribara veinte veces, no por eso sería él más feo y yo más guapo. Me gustaría tener el pelo rubio, y la piel blanca, y vestir y comportarme como él, y ser tan rico como él va a ser.
—Y llamar a mamá a cada momento —añadí—, y temblar si un chico del campo levanta su puño contra ti, y quedarte en casa todo el día porque cae un chaparrón. ¡Oh, Heathcliff, muestras un espíritu bien pobre! Ven al espejo y te enseñaré lo que tienes que desear. ¿Ves esas dos arrugas en el entrecejo, y esas cejas espesas, que en lugar de arquearse se hunden en el centro, y ese par de demonios negros, tan profundamente sepultados, que nunca abren valientes sus ventanas, sino que acechan chispeantes por debajo, como espías del diablo? Desea y aprende a suavizar esas torvas arrugas, a levantar tus párpados con franqueza, y a cambiar los enemigos por amigos, ángeles inocentes, que no sospechen ni duden de nada, y que siempre vean amigos en donde no están seguros de ver enemigos. No pongas esa expresión de rencoroso perro de mala raza, que parece que sabe que los golpes que recibe se los merece, y aun así odia a todo el mundo, lo mismo al que le pega, por lo que sufre.
—En otras palabras —replicó—, tengo que desear los grandes ojos azules y tersa frente de Edgar Linton. Lo deseo, pero eso no me ayudará a tenerlos.
—Un buen corazón te ayudará a tener un rostro agradable, hijo mío, aunque fueras negro, y uno malo cambiará en algo peor que fea la más linda cara. Y ahora ya que hemos terminado de lavarte, de peinarte y de gruñir, dime si no te encuentras bastante guapo. Te digo que yo sí, podrías pasar por un príncipe disfrazado. Quién sabe si tu padre era un emperador de la China, y tu madre una reina india, capaz cada uno de ellos de comprar, con las rentas de una semana, Cumbres Borrascosas y la Granja de los Tordos juntas, y que te raptaron unos marineros malos y te trajeron a Inglaterra. Si yo estuviera en tu lugar me inventaría grandes fantasías de mi nacimiento, y la noción de lo que había sido me daría valor y dignidad para soportar la opresión de un pequeño agricultor.
Yo seguí charlando y Heathcliff poco a poco suavizaba su ceño, y empezaba a tener una expresión agradable, cuando de repente nuestra conversación se interrumpió por un ruido sordo que se acercaba por el camino y entraba en el patio. Él corrió a la ventana y yo a la puerta a tiempo para ver a los dos Linton apearse de su coche familiar, envueltos en abrigos y pieles, y a los Earnshaw desmontando de sus caballos, en los que a menudo iban en invierno a la iglesia. Catalina tomó de la mano a cada uno de los niños, los introdujo en la casa y los puso delante del fuego que pronto dio color a sus pálidos rostros.
Apremié a mi compañero para que corriera ahora a mostrar su afable humor, y obedeció de buen grado, pero su mala suerte quiso que, al abrir él la puerta de la cocina por un lado, Hindley la abriera por el otro. Se encontraron, y el amo, irritado de verle limpio y alegre, o quizás, ansioso de cumplir la promesa hecha a la señora Linton, le rechazó con un súbito empujón, y enfadado, le pidió a José:
—Échale de la habitación, envíale al desván hasta después de comer. Meterá los dedos en las tartas y robará fruta, si se queda solo un minuto.
—No, señor —no pude menos de responder—, no tocará nada, no, y supongo que tiene que tener su parte de golosinas como nosotros.
—Tendrá su parte de mi mano, si le cojo aquí abajo de nuevo hasta que anochezca —grito Hindley—. ¡Vete, vagabundo! ¡Qué! Intentas presumir, ¿verdad? ¡Espera que te tire de esos elegantes rizos y a ver si te los hago un poco más largos!
—Ya son bastante largos —observó el joven Linton, asomando por la puerta—. Me extraña que no le den dolor de cabeza, son como la crin de un potro sobre sus ojos.
Hizo esta observación sin ánimo de insultar, pero el carácter violento de Heathcliff no estaba preparado para aguantar ni una sombra de impertinencia de aquel a quien parecía odiar, ya entonces, como a un rival. Cogió una escudilla de salsa de manzana, lo primero que le vino a la mano, y la tiró llena y caliente contra la cara y el cuello del orador, el que al instante lanzó unos lamentos que atrajeron a Isabela y a Catalina a todo correr.
El señor Earnshaw cogió enseguida al delincuente y se lo llevó a su habitación, en donde, sin duda, le administró un duro remedio para enfriar su ataque de ira, porque reapareció sofocado y sin aliento. Cogí un paño de cocina y, con un poco de mala idea, froté la nariz y la boca de Edgar, afirmando que le estaba bien empleado por meterse donde no le llamaban. Su hermana empezó a llorar diciendo que quería irse a casa, y Cati estaba a su lado, confusa y avergonzada por todo.
—No debieras haberle hablado —le reconvino al joven Linton—. Él estaba de mal humor, y has aguado la visita, le van a pegar, y detesto que le peguen. No puedo comer. ¿Por qué le hablaste, Edgar?
—No le hablé —sollozó el muchacho, escapando de mis manos y acabando el resto de la limpieza con su pañuelo de batista—. Prometí a mamá que no le diría una palabra, y no se la dije.
—Bien, no lloréis —replicó Catalina desdeñosamente—; no os han matado. No os portéis mal, viene mi hermano, silencio. Déjalo, Isabela ¿alguien te ha hecho daño?
—Ea, ea, niños, a vuestro sitio —gritó Hindley animado—. Ese bruto de chico me ha calentado de lo lindo. La próxima vez, señor Edgar Linton, se tomará usted la justicia por sus propios puños, así se le abrirá el apetito.
El pequeño grupo recuperó la tranquilidad a la vista del oloroso festín. Tenían hambre después de su paseo a caballo, y se consolaron fácilmente, puesto que no habían sufrido ningún daño. El señor Earnshaw trincaba abundantes raciones, y la señora les animaba con viva conversación. Yo servía la mesa, y estaba detrás de su silla y me daba pena ver a Catalina, con los ojos secos y aire indiferente, empezar a cortar el ala de ganso que tenía delante.
—¡Qué niña tan insensible! —pensaba—. Con qué ligereza aparta de sí los sinsabores de su compañero de juegos. No me la podía imaginar tan egoísta. Se llevó un bocado a los labios, lo volvió a dejar, se ruborizaron sus mejillas y las lágrimas chorrearon por ellas. Dejó caer el tenedor al suelo y rápidamente se metió bajo el mantel para ocultar su emoción. Ya no volví a llamarla insensible, porque me di cuenta del purgatorio por el que estaba pasando todo el día y que deseaba encontrar una oportunidad para quedarse sola, o ir a hacer una visita a Heathcliff, a quien el amo había encerrado, como descubrí al intentar llevarle una secreta porción de víveres.
Por la tarde tuvimos baile. Cati rogó que se le liberara, puesto que Isabela Linton no tenía pareja; sus ruegos fueron vanos y me designaron a mí para suplir su falta.
Con la excitación del ejercicio sacudimos la tristeza, y nuestra alegría aumentó a la llegada de la banda de música de Gimmerton, compuesta por quince instrumentos: una trompeta, un trombón, clarinetes, fagots, oboes y un contrabajo, además de los cantores. Hacen la ronda cada Navidad por todas las casas respetables y reciben dinero; nosotros considerábamos que escucharles era un privilegio. Después de cantar los villancicos de siempre, les pedimos que cantaran canciones y madrigales . A la señora Earnshaw le gustaba la música, por eso cantaron mucho rato.
A Catalina también le gustaba, pero dijo que sonaba mejor en lo alto de la escalera y subió a oscuras, la seguí. Cerraron la puerta de abajo, había mucha gente y no notaron nuestra ausencia. No se quedó la niña en lo alto de la escalera, sino que subió más arriba, al desván, en donde Heathcliff estaba prisionero, y le llamó. Él, terco, se negó a contestar durante un rato, ella insistió, y al fin le convenció para que se comunicara con ella a través de las tablas.
Dejé que los pobres conversaran tranquilos hasta que supuse que iban a terminar los cánticos y habría que ofrecer un refrigerio a los cantores. Me encaramé entonces por la escalera para avisarla, pero en vez de encontrarla fuera oí su voz dentro. El demonio de cría había trepado por el tragaluz de un desván, por el tejado, al tragaluz del otro, y sólo con gran dificultad la engatusé para que saliera. Pero cuando salió, Heathcliff venía con ella e insistió en que me lo llevara a la cocina, puesto que mi compañero de servicio se había ido a la casa vecina para liberarse del tumulto de nuestra «salmodia del diablo», como gustaba de llamarla.
Les advertí que no intentaba de ninguna manera alentar sus travesuras, pero como el prisionero no había roto el ayuno desde la cena de ayer, esta vez hice la vista gorda al engañar a Hindley.
Bajó, le puse un taburete junto al fuego y le ofrecí muchas cosas buenas, pero no se encontraba bien y comió poco y todos mis intentos de distraerle fracasaron. Apoyó los codos en las rodillas, el mentón entre las manos y estuvo sumido en silenciosa meditación. Al preguntarle en qué pensaba, contestó con seriedad:
—Estoy pensando en cómo me las voy a arreglar para que Hindley me las pague. No me importa el tiempo que tenga que esperar si al fin lo consigo. Confío en que no se muera antes que yo.
—¡Qué vergüenza, Heathcliff! Sólo Dios castiga a los malos, nosotros tenemos que aprender a perdonar.
—No, Dios no sentirá la satisfacción que yo sentiré. Sólo quiero saber cuál será la mejor manera. Déjame solo y lo planearé; mientras pienso en esto no sufro.
—Pero, señor Lockwood, se me olvida que estas historias pueden no divertirle. ¡Cómo habré podido estar charlando así! Y su caldo frío y usted cabeceando con ganas de irse a la cama. Le podía haber contado la historia de Heathcliff, que es lo que usted tiene que saber, en media docena de palabras.
Así se interrumpió a sí misma el ama de llaves, se levantó y recogió la costura, pero yo me sentí incapaz de moverme del fuego, y estaba muy lejos de cabecear.
—Siéntese usted, señora Dean, siéntese aún media hora más. Ha hecho usted muy bien en contar la historia con calma. Este es el método que a mí me gusta, tendrá que terminar en el mismo estilo. Me interesan cada uno de los personajes que usted ha mencionado, unos más y otros menos.
—El reloj está dando las once, señor.
—No importa, no acostumbro a irme a la cama en las horas largas , la una o las dos es lo bastante temprano para una persona que está en la cama hasta las diez.
—No debería quedarse en la cama hasta las diez. Mucho antes de esa hora ya ha pasado lo mejor de la mañana. Una persona que no ha hecho la mitad de su trabajo diario a las diez corre el riesgo de dejar la otra mitad sin hacer.
—Con todo, vuelva usted a sentarse, señora Dean, porque mañana tengo la intención de alargar la noche hasta el medio día. Pronostico para mí, por lo menos, un persistente resfriado.
—Espero que no, señor. Bien, me permitirá que me salte tres años. Durante este tiempo la señora Earnshaw...
—No, no, no voy a permitir semejante cosa. ¿No conoce el estado de ánimo en el que, si usted estuviera sentada solitaria, y el gato lamiendo a sus gatitos en la alfombra delante de usted, observaría la operación tan intensamente que si la gata dejara de limpiar una sola oreja, la pondría nerviosa?
—¡Qué ociosidad! Yo diría.
—Al contrario, una actividad agotadora; es la mía ahora, por lo tanto continúe minuciosamente. Observo que la gente de estos parajes adquiere con respecto a la gente de las ciudades el mismo valor que una araña en un calabozo con respecto a una araña en una casa de campo, para sus respectivos ocupantes; sin embargo, lo más profundo de este interés no se debe por completo a la situación del observador. Estas gentes viven más en serio y menos en la superficie cambiante y frívola de las cosas externas. Me imagino que aquí es casi posible un amor para toda la vida, yo que nunca creí en un amor de un año de duración. El primer estado es como poner un hombre hambriento ante un único plato en el que concentra todo su apetito, y le hace justicia; el otro es como poner al mismo hombre ante una mesa abastecida por cocineros franceses. Él puede, quizás, sacarle al conjunto el mismo gusto, pero cada una de las partes será un átomo en su consideración y recuerdo.
—Aquí somos lo mismo que en cualquier parte, cuando se nos llega a conocer —observó la señora Dean, un tanto desconcertada por mi discurso.
—Perdone —le contesté—, usted, mi buena amiga, es una sorprendente prueba en contra de esta afirmación, excepto algunos provincianismos sin importancia, usted no tiene las maneras que yo acostumbro a considerar como peculiares de las personas de su clase. Estoy seguro que usted ha pensado más de lo que la generalidad de los sirvientes piensan. Se ha visto obligada a cultivar sus facultades reflexivas por falta de ocasión de disipar su vida en necias frivolidades.
La señora Dean se rió.
—Ciertamente, me considero a mí misma persona equilibrada y razonable, y no precisamente por vivir entre montañas y ver las mismas caras y los mismos hechos de punta a cabo del año, sino por haberme impuesto una severa disciplina que me ha enseñado a tener juicio, y también he leído más de lo que se puede usted imaginar, señor Lockwood. No abrirá usted un libro de esta biblioteca que no lo haya hojeado, y no haya sacado algo de él, a no ser que sea esa hilera de libros en griego y en latín, o en francés, y esos los distingo unos de otros: es cuanto se puede esperar de una hija de padres pobres. No obstante, si he de continuar mi historia en el verdadero estilo de comadreo, es mejor que siga y, en lugar de saltarme tres años, me contentaré con pasar al verano siguiente, el verano de 1778, esto es, hace casi veintitrés años.

Capítulo VIII

Un espléndido día de junio por la mañana nació un hermoso niño, el primero que yo iba a criar y el último de la vieja estirpe de los Earnshaw. Estábamos ocupados con el heno en el otro extremo del campo, cuando la chica que acostumbraba a traernos el desayuno vino corriendo una hora o así más temprano, a través del campo y vereda arriba, llamándome mientras corría:
—¡Qué niño más precioso! —dijo sin aliento—. El niño más bonito que yo nunca vi. Pero el doctor dice que la señora se va, dice que ha estado tuberculosa todos estos meses. Yo oí que se lo decía al señor Earnshaw, y ahora no hay nada que la cure, morirá antes del invierno. Tiene que venir usted corriendo a casa. Tiene usted que criarle, Neli, alimentarle con azúcar y leche y cuidarle día y noche. Yo quisiera ser usted, porque será todo suyo cuando no esté la señora.
—¿Pero está muy enferma? —pregunté, soltando el rastrillo y atándome la cofia.
—Supongo que sí, sin embargo está muy animada y habla como si pensara vivir para verlo hecho un hombre. Está fuera de sí de alegría, ¡es tan precioso! Si yo fuera ella de seguro que no me moriría. Me pondría mejor sólo de mirarle, a pesar de Kenneth. Casi me volví loca al verle. La señora Archer trajo el querubín al amo que estaba en la casa; su cara empezaba a iluminarse cuando el viejo gruñón se adelantó y le dijo: «Earnshaw, es una bendición que su mujer haya durado para dejarle a usted este niño. Cuando ella vino estaba convencido de que no duraría mucho, y ahora tengo que decirle que el invierno probablemente acabará con ella. No se apure, ni se lamente demasiado, no tiene remedio. Además debía haberlo pensado mejor al escoger una muchacha tan delicada.»
—¿Qué le contestó el amo? —pregunté.
—Creo que una maldición, pero no me fijé en él, yo me esforzaba por ver al niño.
Empezó de nuevo a describirlo embelesada. Tan excitada como ella, corrí ansiosa a casa para admirarle por mi cuenta, aunque sentía lo de Hindley. En su corazón no había sitio más que para dos ídolos: su mujer y él mismo, amaba a los dos, pero adoraba a uno, por eso no podía concebir cómo iba a soportar su pérdida.
Cuando llegamos a Cumbres Borrascosas allí estaba él, en la puerta principal y, al entrar, le pregunté cómo estaba el niño.
—A punto de echar a correr, Nel —replicó con alegre sonrisa.
—¿Y la señora? —me aventuré a preguntar—. El doctor dice que...
—¡Maldito doctor! —interrumpió sonrojándose—. Francisca está muy bien. Estará bien del todo la semana próxima. ¿Vas arriba? Dile que iré si promete no decir una palabra, la dejé porque no paraba de hablar, y no debe, dile que el doctor Kenneth dice que tiene que estar callada.
Transmití su mensaje a la señora, que tenía un aire retozón, y replicó alegre:
—Apenas dije una palabra, Elena, y mira, ha salido dos veces llorando. Bien, dile que prometo no hablar, pero esto no me obliga a no reírme de él.
¡Pobre! Hasta una semana antes de morir, aquel alegre corazón nunca falló, y su marido, obstinado, aún más, furioso, insistía en afirmar que su salud mejoraba de día en día. Cuando Kenneth le advirtió que las medicinas eran inútiles en ese estado de la enfermedad y que él no quería ocasionarle más gastos por atenderla, replicó:
—Ya lo sé, usted no hace falta, ella está bien, no necesita que usted la atienda. No estuvo nunca tuberculosa. Era una fiebre que ha desaparecido, su pulso está tan lento como el mío ahora, y sus mejillas frescas.
Le contó a su mujer la misma historia, y ella parecía creerle, pero una noche cuando estaba apoyada en su hombro, en el momento de decirle que pensaba que podría levantarse al día siguiente, le dio un ligero ataque de tos. Él la levantó en los brazos, ella se puso las dos manos en el cuello y se demudó su rostro; había muerto.
Como la chica había anticipado, el niño Hareton quedó del todo en mis manos. El señor Earnshaw con tal de verle sano y no oírle nunca llorar, ya estaba contento, en cuanto al niño se refería; en cuanto a él, su desesperación iba en aumento. El suyo era ese dolor que no se lamenta, ni llora, ni reza; él maldecía y se rebelaba, renegaba de Dios y de los hombres y se abandonaba a una excesiva autodestrucción.
Los criados no soportaron mucho tiempo su conducta tiránica y perversa. José y yo fuimos los únicos que nos quedamos. Yo no tenía valor para abandonar mi carga y, además, ya sabe usted, yo había sido su hermana de leche, y perdonaba su conducta más fácilmente que cualquier extraño lo hubiera hecho.
José quedó como el Hector sobre arrendatarios y labriegos, era su vocación estar donde hubiera mucha maldad que reprender.
Las malas maneras y malas compañías del amo eran un bonito ejemplo para Catalina y para Heathcliff. Su trato a este último era bastante para convertir en demonio a un santo, y la verdad, parecía que el chico estaba poseído de algo diabólico en aquella época. Le encantaba atestiguar cómo Hindley se degradaba a sí mismo sin remedio, y cada día se hacía más patente su salvaje hosquedad y violencia.
No puedo contarle ni la mitad del infierno que teníamos en aquella casa. El coadjutor dejó de visitarnos y al final ninguna persona decente se nos acercaba, a no ser que las visitas de Edgar Linton a Cati fueran una excepción. A los quince años esta era la reina de la comarca, no tenía rival, y se convirtió en una criatura altanera y obstinada. He de confesar que yo no la quería después que pasó de la niñez; la reñía con frecuencia intentando amansar su arrogancia, pero nunca me tomó aversión. Tenía gran apego a sus antiguas inclinaciones, incluso mantenía su inalterable afecto por Heathcliff, y el joven Linton, con toda su superioridad, encontró difícil causar en ella una impresión igualmente profunda. Este fue mi último amo, ese es su retrato, sobre la chimenea. Acostumbraba a estar colgado a un lado y el de su mujer al otro, pero el de ella lo quitaron, si no hubiera usted podido ver algo de lo que fue. ¿Lo ve bien?
La señora Dean levantó la vela y discerní un rostro de facciones suaves, muy parecido a la joven de las Cumbres, pero de expresión más pensativa y amable. Era un bonito cuadro; tenía el pelo largo, rubio, ligeramente rizado sobre las sienes, los ojos grandes y serios, la figura casi demasiado grácil. No me extrañó que Catalina Earnshaw olvidara a su primer amigo por esta persona, pero sí me maravillé de que él, si el entendimiento correspondía a la apariencia, se hubiera prendado de la Catalina Earnshaw que yo imaginaba.
—Un retrato muy agradable —dije al ama de llaves—. ¿Se le parece?
—Sí —respondió—, pero era más guapo cuando estaba animado. Esta era su fisonomía normal; le falta animación.
Catalina había conservado su amistad con los Linton desde aquellas cinco semanas de residencia con ellos, y como la niña no tuvo la tentación de mostrar su lado rústico en su compañía, y tenía el sentido común de avergonzarse de su grosería en donde había experimentado tan invariable cortesía; se impuso, sin intención, a la vieja dama y al viejo caballero, por su ingeniosa cordialidad; se ganó la admiración de Isabela, y el alma y el corazón de su hermano, adquisiciones que la halagaban al principio, porque era ambiciosa, pero que la llevaron a adoptar dos personalidades distintas, sin tener exactamente la intención de defraudar a ninguna. En el lugar donde oía llamar a Heathcliff «canalla vulgar» o «peor que un bruto», tenía buen cuidado de no actuar como él; pero en casa tenía poca inclinación a practicar los buenos modales, de lo que se hubieran reído, y a reprimir su indómita naturaleza, cuando no le hubiera dado ni crédito ni elogio.
El señor Linton rara vez tenía ánimos de visitar abiertamente Cumbres Borrascosas. Le tenía terror a la fama de Earnshaw y rehuía encontrarse con él, aunque siempre era recibido con nuestros mejores intentos de cortesía: el amo mismo evitaba ofenderle, sabiendo por qué venía y, si no podía estar afable con él, se quitaba de en medio. Yo casi diría que su presencia allí desagradaba a Catalina; ella no tenía malicia, ni coqueteaba, pero evidentemente le molestaba que se encontraran sus dos amigos, porque cuando Heathcliff mostraba desprecio por Linton en su presencia, no podía medio asentir, como hacía cuando éste no estaba, y cuando Linton mostraba repugnancia y antipatía por Heathcliff, ella no se atrevía a considerar sus sentimientos con indiferencia como si el desprecio por su compañero de juegos apenas le importara. Muchas veces me reí de sus perplejidades y de sus secretos sinsabores, que ella en vano intentaba ocultar a mis burlas. Esto suena a mala persona, pero era tan orgullosa que se hacía realmente imposible compadecerla por sus penas, si ella no se rebajaba a una mayor humildad. Acabó finalmente por confesarse y confiar en mí; no había nadie más a quien pudiera convertir en su consejero.
Una tarde Hindley había salido de casa, y Heathcliff intentaba con ese motivo darse a sí mismo un rato de asueto. Había cumplido entonces, creo, dieciséis años y sin tener unas facciones feas, ni ser corto de inteligencia, se las arreglaba para dar una impresión repulsiva, tanto en su aspecto externo como interno, que no ha dejado huellas en el actual.
En primer lugar había perdido por entonces el beneficio de su primera instrucción: el trabajo continuado —empezando temprano y terminando tarde— había extinguido toda curiosidad, que una vez tuvo, por la búsqueda de conocimientos y el amor por los libros y por aprender. El sentimiento de superioridad que en su infancia le habían infundido los favores del viejo Earnshaw se había esfumado. Mucho tiempo luchó por mantenerse a la misma altura de Catalina en sus estudios, y cedía con agudo aunque secreto dolor, pero al fin se rindió del todo, y no hubo manera de convencerle de que diera un paso para subir, cuando él creía que tenía necesariamente que hundirse por debajo de su nivel anterior. Entonces su apariencia personal estuvo de acuerdo con su deterioro mental; adquirió un aire de dejadez, una mirada innoble; su carácter, naturalmente reservado, se exageró hasta llegar a un extremo de casi estúpido e insociable mal humor, y sentía un amargo placer, aparentemente, en provocar la aversión, más que la estima, de sus pocos conocidos.
Catalina y Heathcliff eran todavía compañeros constantes en los momentos de respiro del trabajo, pero él había cesado de mostrarle su cariño con palabras, y evitaba con airado recelo sus infantiles caricias, como si fuera consciente de que él no podía tener recompensa al prodigarle tales muestras de afecto. En la ocasión antes mencionada, entró en la casa para anunciar su intención de no hacer nada, mientras yo ayudaba a la señorita Cati a vestirse. Ésta no había contado con que él tenía en la cabeza estar ocioso, y se imaginaba que iba a tener toda la habitación para ella; se las había arreglado de alguna manera para informar a Edgar de la ausencia de su hermano, y se preparaba para recibirle.
—Cati, ¿estás ocupada esta tarde? —le preguntó Heathcliff—. ¿Vas a alguna parte?
—No, está lloviendo —contestó.
—¿Por qué te has puesto este vestido de seda, pues? —dijo—, supongo que no va a venir nadie.
—Nadie que yo sepa —balbuceó la niña—, pero tú deberías estar en el campo ahora, Heathcliff, ya ha pasado una hora desde la comida, creí que te habías ido.
—Hindley nos libera rara vez de su presencia —observó el muchacho—. No voy a trabajar más hoy, estaré contigo.
—Pero José irá con el cuento —insinuó ella—, será mejor que te vayas.
—José está cargando cal al otro lado del Roquedal de Pennistow, y esto le ocupará hasta el anochecer; no se enterará.
Diciendo esto se instaló a su gusto sentándose junto al fuego. Catalina reflexionó un instante con el ceño fruncido y creyó necesario allanar el camino para una posible intrusión.
—Isabela y Edgar hablaron de venir esta tarde —dijo, tras un minuto de silencio—. Como llueve más bien no les espero, pero pueden venir, y si vienen, tú corres el riesgo de que te riñan por nada.
—Manda a Elena a decirles que estás ocupada, Cati —insistió—. No me vas a echar por esos desgraciados, tontos amigos tuyos. Yo estoy a veces a punto de quejarme de ellos, pero no lo diré.
—¡Que ellos qué! —gritó Catalina, mirándole con el rostro turbado—. ¡Ay Neli! —añadió malhumorada, quitando de golpe su cabeza de entre mis manos—, me has peinado del todo sin rizos. Ya está bien, déjame. ¿De qué estás a punto de quejarte, Heathcliff?
—Nada, sólo mira el calendario de la pared —señaló un papel enmarcado que colgaba junto a la ventana y continuó—: las cruces indican las tardes que has pasado con los Linton, los puntos, las que has pasado conmigo. ¿Ves?, las he marcado cada día.
—Sí, vaya una tontería, como si yo me fijara —replicó Catalina en tono displicente—. ¿Y qué sentido tiene eso?
—Para mostrarte que yo sí que me fijo.
—¿Tengo que estar siempre contigo? —preguntó ella, irritándose cada vez más—. ¿Qué provecho le saco? ¿De qué me hablas? Podrías ser mudo o un crío pequeño para lo que dices o haces para entretenerme.
—Nunca me dijiste que hablaba demasiado poco o que te desagradaba mi compañía —exclamó Heathcliff muy agitado.
—No hay tal compañía cuando una persona no sabe nada, ni dice nada —musitó ella.
Su compañero se levantó, pero no tuvo tiempo de seguir expresando sus sentimientos, porque se oyeron los cascos de un caballo sobre las losas, y, después de llamar suavemente, el joven entró, radiante su rostro de placer por la imprevista llamada que había recibido. Sin duda Catalina notó la diferencia que había entre sus amigos al entrar uno y salir el otro. El contraste era como el que se observa al pasar de una región desolada, abrupta y carbonífera a un valle fértil y hermoso. Su voz y su manera de saludar eran tan opuestos como su aspecto. Linton tenía una voz dulce, una manera de hablar suave y pronunciaba las palabras como usted, esto es, menos duras y con más suavidad de lo que hacemos aquí.
—No he venido demasiado pronto ¿verdad? —dijo, echándome una mirada. Yo había empezado a secar la vajilla y a arreglar unos cajones del aparador en el otro extremo de la habitación.
—No —contestó Catalina—. ¿Qué haces ahí, Neli?
—Mi trabajo, señorita —repliqué. (El señor me había dado orden de que actuara de tercero en cualquier visita que a Linton se le ocurriera hacer.)
Se me acercó por detrás y me susurró enfadada:
—¡Vete tú y tus trapos! Cuando hay visita, los criados no empiezan a fregar y limpiar en la habitación donde están.
—Es una buena oportunidad ahora que no está el amo —contesté yo en voz alta—. Detesta que ande moviéndome haciendo estas cosas en su presencia. Estoy segura de que el señor Linton me dispensará.
—Yo también detesto que andes atareada en mi presencia —exclamó la joven autoritariamente, sin dar tiempo a su invitado a contestar. No había conseguido recobrar la serenidad desde su pequeña disputa con Heathcliff.
—Lo siento, señorita Catalina —fue mi respuesta, y proseguí asiduamente mi trabajo.
Ella, suponiendo que Edgar no la veía, me arrancó el trapo de la mano y me dio un pellizco, con largo y rabioso retorcimiento, en el brazo.
Ya he dicho que no la quería, y me gustaba mortificar su vanidad, además me hizo mucho daño, estaba de rodillas, me puse de pie y exclamé:
—¡Oh, señorita, esto es una fea acción, no tiene usted derecho a pellizcarme, y no lo pienso tolerar!
—No te he tocado, criatura mentirosa —gritó con los dedos hormigueando, como para repetir la acción, y sus orejas encendidas de rabia. No tuvo nunca capacidad para ocultar su ira y se le ponía todo el rostro en brasas.
—¿Qué es esto, pues? —repliqué mostrando un claro testimonio morado que la desmentía.
Dio una patada, vaciló un momento, y luego, empujada irresistiblemente por el espíritu malo que había en ella, me dio una dolorosa bofetada en la mejilla que me llenó los ojos de lágrimas.
—¡Catalina, querida Catalina! —interpuso Linton, muy espantado por el doble delito de mentira y violencia que su ídolo había cometido.
—¡Fuera de aquí, Elena! —repetía, temblando toda ella.
El pequeño Hareton, que me seguía a todas partes y que estaba sentado en el suelo junto a mí, al ver mis lágrimas, se puso él a llorar también y sollozaba quejas contra la «tía Cati, mala», lo que atrajo la furia de ésta contra su desdichada cabeza: le cogió por los hombros y le zarandeó hasta que el pobre niño se puso lívido, y Edgar, instintivamente, asió las manos de ella para liberar al niño. En el mismo instante que una le quedó libre, el asombrado joven la sintió aplicada en su mejilla de tal manera que no se podía tomar por una broma.
Retrocedió consternado; yo tomé a Hareton en brazos y me fui a la cocina con él, dejando la puerta de comunicación abierta porque tenía curiosidad de ver cómo dirimían la contienda.
El ofendido visitante se dirigió a donde había dejado su sombrero con los labios trémulos. «Bien hecho —dije para mí—, date por avisado y vete. Es una suerte que hayas tenido una vislumbre de su verdadero carácter.»
—¿A dónde vas? —preguntó Catalina, adelantándose hacia la puerta.
Se hizo él a un lado e intentó pasar.
—No te vayas —exclamó ella con energía.
—Quiero irme y me iré —replicó con voz débil.
—No —insistió ella, cogiendo la manilla de la puerta—. Todavía no, Edgar, siéntate, no me dejes en este estado. Estaría triste toda la noche y no quiero estar triste por tu causa.
—¿Puedo quedarme después de que me has abofeteado?
Catalina enmudeció.
—Te tengo miedo y me avergüenzo de ti —continuó él—. No volveré a esta casa.
Los ojos de Catalina empezaron a brillar y sus párpados temblaron.
—Has mentido deliberadamente —dijo él.
—No es cierto —gritó ella recobrando el habla—, no hice nada deliberadamente. Bien, vete si quieres, vete. Y ahora lloraré, lloraré hasta enfermar. Cayó de rodillas junto a una silla y rompió a llorar con toda su alma.
Edgar perseveró en su resolución hasta llegar al patio, allí vaciló. Yo resolví animarle. —La señorita es muy caprichosa —le grité—, tanto como cualquier niño mal criado, es mejor que se vaya a casa, de lo contrario se pondrá mala, sólo para molestarnos.
El pobrecillo miró de reojo por la ventana. Podía marcharse: lo mismo que un gato tiene capacidad de dejar un ratón a medio matar, o un pájaro a medio comer. «Ah —pensé— no tiene salvación; está condenado y vuela a su destino.» Y así fue; se volvió de repente, corrió a la casa de nuevo, cerró la puerta detrás de sí, y, cuando yo entré al cabo de un rato para informarles de que Earnshaw había vuelto a casa borracho perdido, dispuesto a ponerla patas arriba —su acostumbrado estado de ánimo en tales casos—, vi que la pelea no había hecho más que estrechar la intimidad, había roto las defensas de la timidez juvenil y capacitado para abandonar el disfraz de la amistad y confesarse enamorados.
La noticia de la llegada de Hindley llevó velozmente a Linton a su caballo, y a Catalina a su habitación. Yo fui a esconder al pequeño Hareton y a quitar la carga de la escopeta de caza del amo, con la que le gustaba jugar en su loco delirio, con riesgo de la vida del que le provocara, o sólo le llamara demasiado la atención; yo había dado en la idea de descargarla, así haría menos daño si llegaba a disparar el fusil.

Capítulo IX

Entró vociferando horribles blasfemias y me cogió en el momento de ocultar a su hijo en el armario de la cocina. Hareton le tenía fundado terror, ya por el cariño de la bestia salvaje, o por su rabia de loco: en el primer caso corría el riesgo de ser aplastado a fuerza de abrazos y besos, en el otro, de que fuera echado al fuego o le estrellara contra la pared. La pobre criatura se quedaba muy quieto donde quiera que yo le pusiera.
—¡Aquí está, por fin la encontré! —gritó Hindley, tirándome de la piel de la nuca como a un perro—. Por Dios y por el diablo, os habéis conjurado para asesinar al niño. Ya entiendo cómo está siempre lejos de mí. Con la ayuda de Satanás te haré tragar el cuchillo de trinchar, Neli; no es cosa de risa. Acabo de meter a Kenneth cabeza abajo en el pantano del Caballo Negro, y lo mismo da dos que uno, y tengo ganas de matar a uno de vosotros, y no descansaré hasta que lo haga.
—Pero a mí no me gusta el cuchillo de trinchar, han cortado arenques con él, prefiero que me pegue un tiro, si usted gusta.
—Prefieres irte al diablo —dijo—, y te irás. No hay ley en Inglaterra que impida a un hombre tener su casa decente, y la mía está odiosa. ¡Abre la boca!
Asió el cuchillo con la mano y me metió la punta entre los dientes. Pero yo, por mi parte, no le tuve nunca mucho miedo a sus desvaríos, escupí y afirmé que tenía muy mal gusto, que no lo tragaría de ninguna manera.
—¡Oh! —dijo soltándome—, veo que aquel repugnante granuja no es Hareton. Perdón, Nel. Si lo fuera merecería ser desollado vivo por no correr a saludarme y por chillar como si yo fuera un duende. Cachorro degenerado, ven aquí, yo te enseñaré a embaucar a un padre de buen corazón, y defraudado. Y ahora, ¿no parece que el chico estaría mejor con las orejas cortadas? Esto vuelve a los perros más fieros, y me gusta lo feroz, dame unas tijeras, lo feroz y lo aseado. Además es una afectación infernal, una vanidad diabólica, tener en tanta estima nuestras orejas, ya somos bastante asnos sin ellas. ¡Chitón, niño, chitón! Bien, entonces es mi niño. Calla, sécate los ojos, encanto, dame un beso, qué ¿no quieres besarme, Hareton? Maldito seas, dame un beso. Por Dios, que si tengo que criar semejante monstruo, tan cierto como estoy vivo, que le desnucaré.
El pobre Hareton chillaba y pataleaba en brazos de su padre con todas sus fuerzas, y redobló sus aullidos cuando lo llevó arriba y lo levantó por encima del pasamanos. Le grité que iba a asustar al niño hasta la locura, y corrí a rescatarle.
Cuando les alcancé, Hindley se asomó por la barandilla para escuchar un ruido de abajo, olvidándose casi de lo que tenía entre manos.
—¿Quién está ahí? —preguntó, escuchando a alguien que se acercaba al pie de la escalera.
Yo me asomé también con el propósito de hacer señas a Heathcliff, cuyos pasos reconocí, para que no se acercara, y en el mismo instante que quité la vista de Hareton, dio un repentino salto, desprendiéndose de la negligente mano que le sujetaba, y cayó.
Apenas hubo tiempo de experimentar un estremecimiento de horror antes de que viéramos que el pobre crío estaba a salvo. Heathcliff llegó en el crítico momento y, por un natural impulso, le detuvo al vuelo y, poniéndole de pie, miró hacia arriba para descubrir al autor del accidente. Un avaro que se hubiera desprendido por cinco chelines de un billete de lotería premiado y se encontrara al día siguiente que ha perdido cinco mil libras en el negocio, no mostraría un semblante más pálido que el suyo al ver la figura del señor Earnshaw arriba. Expresaba más claramente que las palabras podían hacerlo su intensísima angustia, porque fue él mismo el instrumento que frustró su venganza. Si hubiera sido de noche, me atrevo a decir que hubiera intentado remediar el error estrellando la cabeza de Hareton contra los peldaños, pero habíamos presenciado su salvación, y yo estuve al momento abajo con mi preciosa carga apretada contra mi pecho.
Hindley bajó más despacio, sereno y confuso.
—Tú tienes la culpa, Elena —dijo—, debieras habérmelo quitado de mi vista, quitármelo de mis manos, ¿se ha hecho daño?
—¿Daño? —grité airada—, como no ha muerto, será idiota. Me extraña que su madre no se levante de la tumba para ver cómo usted le trata. Es usted peor que un pagano, tratar a su propia carne y sangre de esta manera.
Intentó tocar al niño, que al encontrarse conmigo desahogó enseguida su pánico llorando. Al primer dedo que su padre puso sobre él, chilló más alto que antes y empezó a forcejear como si le fuera a dar un ataque.
—¡No se meta con él! —continué—. Le aborrece. Todos le aborrecen, esa es la verdad. Dichosa familia tiene y a bonito estado ha llegado usted.
—Y todavía llegaré a otro más bonito, Neli —dijo riendo aquel extraviado ser, recobrando su dureza—. Y ahora, fuera tú y el niño. Y tú, ¿oyes, Heathcliff? Vete también, que no os vea ni oiga. No os mataré esta noche, a no ser que prenda fuego a la casa, pero eso según se me antoje.
Y diciendo eso, tomó una botella de aguardiente del aparador y echó un poco en un vaso.
—¡No! —le supliqué—. Señor Hindley, que esto sea un aviso. Tenga compasión de este desgraciado niño, si su propia suerte no le importa.
—Cualquiera le será más útil que yo —contestó.
—Tenga compasión de su propia alma —dije, intentando quitarle el vaso de la mano.
—No, al contrario, tendré mucho gusto en mandarla al infierno para castigar a su Hacedor —exclamó el blasfemo—. ¡Brindo por su total condena!
Se bebió el aguardiente y nos despidió con impaciencia, terminando sus órdenes con una serie de horribles imprecaciones, demasiado malas para repetirlas o recordarlas.
—¡Qué lástima que no se mate a fuerza de beber! —observó Heathcliff, murmurando un eco de maldiciones cuando se cerró la puerta—. Hace todo lo que puede, pero su naturaleza le desafía. El señor Kenneth dice que apostaría su yegua a que vivirá más que cualquier hombre de este lado de Gimmerton, y que irá a la tumba siendo un vicioso encanecido, a no ser que una feliz casualidad, fuera de lo normal, le suceda.
Entré en la cocina, me senté y me puse a arrullar a mi nene para que se durmiera. Pensé que Heathcliff había cruzado hacia el granero, pero resultó después que sólo había llegado hasta el otro lado del escaño , se había echado en un banco junto a la pared, lejos del fuego, y permanecía en silencio.
Yo estaba meciendo a Hareton en mis rodillas y tarareando una canción que empezaba:



Allá lejos en la noche, los niños lloraban
y la madre bajo tierra los escuchaba .



La señorita Catalina, que había oído la bronca desde su habitación, asomó la cabeza y susurró:
—¿Estás sola, Neli?
—Sí, señorita —repliqué.
Entró y se acercó al fuego. Yo suponía que iba a decir algo y la miré. La expresión de su rostro era de inquietud y angustia, los labios entreabiertos como si quisiera hablar, pero sorbió el resuello y se le escapó un suspiro, en lugar de una frase. Yo continué mi canción; no había olvidado su reciente mala conducta.
—¿Dónde está Heathcliff? —dijo, interrumpiéndome.
—En su trabajo en el establo —fue mi respuesta.
Éste no me contradijo, quizás se había dormido. Siguió una larga pausa, durante la cual vi resbalar un par de lágrimas desde las mejillas de Cati a las losas. ¿Estará arrepentida de su vergonzosa conducta? Sería una novedad, pero ya lo dirá cuando quiera, no pienso consolarla. Bien poca pena sentía ella por nada, excepto por lo que le concernía.
—¡Ay, Neli, soy muy desgraciada! —dijo al fin.
—¡Qué lástima! —observé—, es usted difícil de contentar; tantos amigos y tan pocos cuidados, y no pueden hacerla feliz.
—Neli, ¿me guardarás un secreto? —prosiguió, arrodillándose a mi lado y levantando hacia mí sus encantadores ojos con aquella mirada que le quita a uno el mal humor, aunque tenga toda la razón del mundo para tenerlo.
—¿Vale la pena guardarlo? —pregunté menos malhumorada.
—Sí, y me atormenta y he de soltarlo: quiero saber qué he de hacer. Hoy Edgar Linton me ha pedido que me case con él y le he dado una respuesta. Pero antes de que yo te diga si ha sido negativa o afirmativa, dime tú cuál debiera haberle dado.
—Realmente, señorita, ¿cómo voy yo a saberlo? —repliqué—. Aunque la verdad es que, considerando la escena que usted representó en su presencia esta tarde, yo diría que lo prudente sería rechazarle, puesto que si le pidió en matrimonio después de ésta, tiene que ser o estúpido sin remedio, o un loco temerario.
—Si hablas así no te digo nada más —replicó malhumorada, poniéndose de pie—. He aceptado, Neli; rápido, dime si he hecho bien o mal.
—¿Le ha aceptado? Entonces para qué discutir el asunto. Ha comprometido su palabra y no puede retroceder.
—Pero dime si debiera haberlo hecho, ¡di! —exclamó en tono irritado, restregándose las manos y frunciendo el ceño.
—Hay que considerar muchas cosas antes de poder responder como se debe a esta pregunta —dije, sentenciosamente—. Lo primero y principal: ¿usted ama al señor Linton?
—Y ¿cómo evitarlo? Desde luego que sí —contestó.
Entonces la sometí al siguiente interrogatorio que para una chica de veintidós años no era indiscreto.
—¿Por qué le ama, señorita?
—Qué tontería, le amo, eso basta.
—De ninguna manera, tiene usted que decir por qué.
—Bien, porque es guapo, y es agradable estar con él.
—Malo —fue mi comentario.
—Porque es joven y alegre.v —Malo también.
—Porque me ama.
—Eso es indiferente para el caso.
—Y será rico, y me gustará ser la mujer más importante de la comarca, y estaré orgullosa de tener tal marido.
—Lo peor de todo; y ahora, dígame, ¿usted cómo le ama?
—Como todo el mundo, eres tonta, Neli.
—En absoluto —contesté.
—Amo el suelo que pisa, el aire que respira, todo lo que toca, cada palabra que dice, su estilo, sus gestos, a él total y completamente, ¿y bien?
—Y por qué.
—Te lo tomas a broma y eso está muy mal. Para mí no es broma —dijo la joven, enfurruñada y volviendo su rostro hacia el fuego.
—Lejos de mí el tomarlo a broma, señorita —repliqué—. Usted ama al señor Linton porque es guapo, alegre, rico y porque la ama. Esto último no significa nada. Usted, sin esto, le amaría igual, probablemente, y no le amaría si no poseyera las cuatro cualidades anteriores.
—No, seguro que no, sólo le tendría lástima, o le odiaría quizás, si fuera feo o tonto.
—Pero hay otros jóvenes guapos y ricos en el mundo, más guapos, quizás y más ricos que él, ¿qué le impediría enamorarse de ellos?
—Si los hay, no los tengo delante. No he visto ninguno como Edgar.
—Podría usted ver a alguno; y él no será siempre guapo, ni joven y puede no ser siempre rico.
—Lo es ahora y me interesa sólo el presente. Quisiera que hablaras con más sensatez.
—Bien, asunto concluido: si sólo le interesa el presente, cásese con el señor Linton.
—No necesito tu permiso. Me casaré con él. Pero todavía no me has dicho si hago bien.
—Perfectamente bien; si es que la gente hace bien casándose cuando sólo le interesa el presente. Y ahora oigamos por qué se siente usted desgraciada. Su hermano estará contento; los viejos Linton no pondrán inconveniente, supongo; usted escapará de una casa desordenada e inhóspita a una rica y respetable; y usted ama a Edgar y Edgar la ama a usted. Todo parece llano y fácil, ¿dónde está el inconveniente?
Aquí y aquí —replicó Catalina, golpeándose la frente con una mano, y el pecho con la otra—, dondequiera que el alma esté, en mi alma y en mi corazón: estoy convencida que hago mal.
—¡Qué raro! No lo acabo de entender.
—Este es mi secreto, si no te ríes de mí te lo explicaré. No puedo hacerlo con claridad, pero te haré sentir lo que yo siento.
Se sentó junto a mí de nuevo. Su rostro se puso más triste y más serio, y sus manos, apretadas, temblaban.
—Neli, ¿tú nunca sueñas sueños raros? —dijo, de repente, después de unos minutos de reflexión.
—Sí, de vez en cuando.
—Yo también, y he soñado sueños en mi vida que han quedado dentro de mí desde entonces, y han cambiado mis ideas, y se han infiltrado en mí, como el vino en el agua, y mudado el color de mi espíritu. Y este es uno, te lo voy a contar, pero ten cuidado de no reírte en ningún momento.
—No lo cuente, señorita Catalina. Ya estamos lo bastante lúgubres sin conjurar espectros y visiones que nos perturben, vamos, vamos, póngase alegre y como usted es. Mire al pequeño Hareton, no está soñando nada malo. Con qué dulzura se sonríe en su sueño.
—Sí, y con qué dulzura su padre reniega en su soledad. Le recuerdas, seguro, cuando era otro regordete como éste, casi tan pequeño y tan inocente. No obstante, Neli, te obligaré a escucharlo, no es largo y esta noche no puedo estar alegre.
—No lo quiero oír, no lo quiero oír —repetí vivamente. Yo era supersticiosa en cuanto a los sueños, y lo soy aún, y Catalina tenía tal desacostumbrada tristeza en su semblante, que me hizo temer algo de lo que yo pudiera formular una profecía y anunciar alguna terrible catástrofe. Quedó enfadada, pero no prosiguió. Al poco rato tomando aparentemente otro tema, volvió a empezar.
—Si yo estuviera en el cielo, Neli, me sentiría muy desgraciada.
—Porque no es usted digna de ir allí; todos los pecadores se sienten desgraciados en el cielo.
—Pero no es por eso. Soñé una vez que estaba allí.
—Ya le he dicho que no le voy a escuchar sus sueños. Me voy a la cama —la interrumpí de nuevo.
Se echó a reír y me retuvo, porque hice gesto de levantarme de la silla.
—No es nada. Sólo iba a decir que el cielo no parecía ser mi casa, y me partía el corazón a fuerza de llorar por volver a la tierra, y los ángeles estaban tan enfadados que me tiraron en medio del brezal, en lo más alto de Cumbres Borrascosas, en donde me desperté llorando de alegría. Esto servirá para explicar mi secreto tan bien como lo otro. No tengo más motivos de casarme con Edgar Linton que de estar en el cielo, y si ese malvado no hubiera hundido a Heathcliff tan bajo, no hubiera pensado en ello. Me degradaría ahora casarme con Heathcliff; él no sabrá nunca cuánto le amo, y eso no es porque sea guapo, Neli, sino porque es más que yo misma. De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo, y la de Linton es tan distinta como la luz de la luna del rayo y la helada del fuego.
Antes de que terminara su discurso me di cuenta de la presencia de Heathcliff. Noté un ligero movimiento, volví la cabeza, y le vi levantarse del banco y marcharse silenciosamente. Había oído hasta que Catalina dijo que le degradaría casarse con él, y no quiso oír más. A mi compañera, sentada en el suelo, el respaldo del banco le impidió ver su presencia o su partida, pero yo me sobresalté y le hice seña de que se callara.
—¿Por qué? —preguntó, mirando nerviosa a su alrededor.
—José está aquí —respondí, percibiendo oportunamente el rodar del carro que se acercaba—, y Heathcliff vendrá con él. No estoy segura de si estaba aquí en la puerta en este momento.
—Pero no me pudo oír desde la puerta. Dame a Hareton mientras tú preparas la cena, y cuando esté preparada avísame para cenar contigo. Quiero engañar mi incómoda conciencia y convencerme de que Heathcliff no tiene noción de estas cosas, no tiene, ¿verdad? No sabe lo que es estar enamorado.
—No veo la razón de que no lo sepa lo mismo que usted; si usted es la elegida de su corazón, él será la criatura más desdichada que ha venido al mundo. En cuanto usted se convierta en la señora Linton, él pierde amiga, amor y todo. ¿Ha considerado usted cómo soportaría la separación y cómo soportaría él su abandono? Porque, señorita Catalina...
—¡Abandonado! ¡Nosotros separados! —exclamó en tono indignado—. ¿Quién nos va a separar, di, por favor? Ése se encontrará con la suerte de Milón . Ninguna mortal criatura, mientras yo viva. Cada Linton sobre la faz de la tierra se convertirá en la nada antes de que yo consienta en abandonar a Heathcliff. ¡Esto no es lo que yo intento! ¡Esto no es lo que yo pienso! No seré la señora Linton si este es el precio que se pide. Será para mí tanto como lo ha sido toda su vida. Edgar tendrá que desechar su antipatía y tolerarle por lo menos, y lo hará cuando se dé cuenta de mis verdaderos sentimientos hacia él. Neli, ahora veo que me tienes por una miserable egoísta, pero ¿no se te ocurrió nunca que si Heathcliff y yo nos casáramos seríamos pordioseros? Mientras que si me caso con Linton, puedo ayudar a Heathcliff a levantarse y liberarle del poder de mi hermano.
—¿Con el dinero de su marido? —pregunté—. No le encontrará tan manejable como usted calcula, y aunque yo apenas soy juez en esto, pienso que es el peor motivo que usted ha dado hasta ahora para ser la esposa del joven Linton.
—No, es el mejor. Los otros eran la satisfacción de mis caprichos, y también complacer a Edgar. Este es por el bien de aquel que incluye en su persona mis sentimientos hacia Edgar y a mí misma. No lo puedo expresar, pero seguro que tú, y cualquiera, tiene la noción de que hay, o debe haber, una existencia tuya más allá de ti misma. ¿De qué serviría mi creación si yo estuviera toda, enteramente contenida aquí? Mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio. El gran pensamiento de mi vida es él. Si todo pereciera y él quedara, yo seguiría existiendo, y si todo quedara y él desapareciera, el mundo me sería del todo extraño, no parecería que soy parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario. Neli, yo soy Heathcliff, él está siempre, siempre en mi mente; no como un placer, como yo no soy un placer para mí misma, sino como mi propio ser. Así pues, no hables de separación de nuevo, es imposible y...
Hizo una pausa y escondió su rostro entre los pliegues de mi falda, pero me la sacudí violentamente: ya me había hecho perder la paciencia con sus locuras.
—Si puedo sacar algún sentido a sus insensateces —dije—, llego al convencimiento de que es usted del todo ignorante de los deberes que asume al casarse, o bien que es una joven mala y sin principios. Pero no me moleste con más secretos. No le prometo guardar ninguno.
—¿Me guardarás éste? —preguntó ansiosa.
—No, no se lo prometo.
Ella iba a insistir, cuando la entrada de José puso fin a nuestro diálogo. Catalina se llevó su asiento a un rincón, y mecía a Hareton mientras yo preparaba la cena. Una vez guisada, mi compañero de servicio y yo empezamos a discutir sobre quién debiera llevársela a Hindley, y no llegamos a ningún acuerdo hasta que estuvo casi fría. Entonces decidimos que esperaríamos a que la pidiera —si quería cenar—, porque nos daba miedo ponernos ante su presencia, especialmente cuando llevaba algún tiempo solo.
—¿Cómo es que no ha vuelto del campo a estas horas?, ¿qué estará haciendo este holgazán? —preguntó el viejo buscando a Heathcliff.
—Voy a llamarle —contesté—, estará en el granero, sin duda.
Fui y le llamé, pero no hubo respuesta. Al volver le susurré a Catalina que estaba segura de que había oído buena parte de lo que ella había dicho, y le añadí que le vi salir de la cocina en el preciso momento que ella se quejaba de la conducta de su hermano hacia él.
Pegó un salto alarmada, echó a Hareton sobre el escaño y corrió a buscar a su amigo en persona, sin pararse a considerar por qué estaba tan alterada, o cómo podía afectarle a él su conversación. Estuvo ausente tanto rato que José propuso que no debíamos esperar; conjeturó en su astucia que se quedaba fuera para evitarse sus largas bendiciones.
—Son lo bastante malos como para cualquier villanía —afirmó, y, a ellos dedicada, añadió una plegaria especial a la acostumbrada súplica de un cuarto de hora para antes de la comida, y hubiera añadido otra al final de la acción de gracias, si su joven ama no hubiera entrado y ordenado con toda urgencia que saliera a recorrer los caminos y, donde quiera que Heathcliff se hubiera extraviado, lo hiciera volver a casa enseguida.
—Quiero hablar con él, tengo que hablar con él antes de subir. La verja está abierta, él está en alguna parte desde donde no nos oye porque no ha contestado, aunque grité desde lo alto del redil tan fuerte como pude.
José objetó al principio, pero ella se lo tomaba demasiado en serio para soportar que se la contradijera; al fin se caló el sombrero y se marchó refunfuñando. Entre tanto Catalina andaba de un lado a otro de la habitación exclamando:
—Me pregunto dónde está, dónde puede estar, ¿qué dije, Neli? Se me ha olvidado. ¿Se habrá ofendido por el mal humor de la tarde? Dime, por favor, qué he dicho para ofenderle. ¡Ojalá viniera! ¡Ojalá estuviera aquí!
—¡Cuánto ruido por nada! —exclamé, aunque yo también estaba intranquila—. ¡Qué tontería la sobresalta! Por supuesto que no hay motivo de alarma en que Heathcliff se dé un paseo a la luz de la luna por los páramos, o esté tumbado en el henil, demasiado perezoso para hablarnos. Apostaría que está escondido allí. Ya verá si no le saco de la madriguera.
Salí para reanudar la búsqueda, pero el resultado fue un fracaso, y las pesquisas de José terminaron igual.
—Este chico va de mal en peor —observó al volver—. Ha dejado la verja abierta de par en par, y la jaca de la señorita ha pisoteado dos hileras de grano, y se ha ido derecha al prado. De todas maneras, el amo se pondrá como un diablo mañana, y le dará su merecido. Él tiene paciencia con estas criaturas descuidadas e inútiles, es la misma paciencia, pero esto no puede durar, ya lo verá usted, y todos. ¡No le sacaréis de quicio en vano!
—¿Has encontrado a Heathcliff, borrico? —interrumpió Catalina—. ¿Le has buscado como te mandé?
—Hubiera sido mejor que hubiera buscado al caballo, hubiera sido más sensato, pero no puedo buscar ni al caballo, ni al hombre en una noche como ésta, más negra que una chimenea. Y Heathcliff no es mozo que acuda a mi silbato, acaso sería menos duro de oído con usted.
Era una noche muy oscura para ser verano. Las nubes parecía que anunciaban tormenta, y yo dije que mejor sería que nos sentáramos porque la lluvia que se acercaba le traería a casa sin más problemas.
Sin embargo, no había manera de convencer a Catalina de que se tranquilizara. Continuaba yendo de acá para allá, de la verja a la puerta, en un estado de agitación que no le permitía reposar. Al fin tomó una posición permanente al lado del muro, cerca del camino, en donde sin hacer caso a mis advertencias, ni del rugiente trueno, ni de las grandes gotas que empezaban a salpicar a su alrededor, llamando a ratos, luego escuchando, se echó por último a llorar amargamente. En cuanto a un buen y apasionado acceso de llanto, le ganaba a Hareton, o a cualquier niño...
Hacia la media noche, cuando aún estábamos levantados, descargó la tormenta sobre las Cumbres con todo su furor. Un violento huracán, acompañado de truenos, partió en dos un árbol de la esquina de la casa, una rama cayó sobre el tejado y rompió un pedazo del cañón de la chimenea de levante, lanzando una lluvia de piedras y hollín sobre el fuego de la cocina.
Creímos que un rayo había caído en medio de nosotros. José se hincó de rodillas, suplicando al Señor que se acordara de los patriarcas Noé y Lot, y que, como en tiempos antiguos, salvara al justo, aunque destruyera al impío. Tuve la sensación que también para nosotros había llegado el juicio de Dios. Jonás era para mí el señor Earnshaw y sacudí la aldaba de su guarida para asegurarme de que todavía vivía. Contestó, lo bastante audible, de tal manera que hizo que mi compañero vociferara más clamorosamente que antes, que una clara distinción había que trazar entre santos como él y pecadores como su amo. Pasó el estrépito al cabo de veinte minutos, dejándonos a todos ilesos, excepto a Cati, que estaba absolutamente calada por su terquedad en no querer guarecerse y estar con la cabeza descubierta y sin chal para recibir cuanta más agua mejor en su pelo y en su ropa. Entró y se echó en el escaño con la cara hacia el respaldo, tapándosela con las manos.
—Bien, señorita —exclamé, tocándola en el hombro—, no tiene usted ganas de morirse ¿verdad? ¿Usted sabe qué hora es? Las doce y media. Vamos, vamos a la cama, es inútil esperar a ese loco. Se habrá ido a Gimmerton, y allí estará ahora. Como no se imagina que estamos levantadas esperándole, hasta tan tarde por lo menos, y sí se imagina que sólo Hindley está levantado, prefiere evitar que la puerta se la abra el amo.
—No, no está en Gimmerton —dijo José—. No sería raro que estuviera en el fondo de un lodazal. Esta advertencia divina no ha sido en vano, y usted tenga cuidado, señorita, la próxima será para usted. ¡Gracias le sean dadas a Dios por todo! Todas las obras juntas conducen al bien de los elegidos , sacados de la inmundicia. Ya sabéis lo que dicen las escrituras —y empezó a citar varios textos, remitiéndonos a los capítulos y versículos donde podíamos encontrarlos.
Yo, habiéndole pedido en vano a la terca muchacha que se levantara y se quitara la ropa mojada, le dejé a él con sus sermones y a ella tiritando, y me fui a la cama con mi pequeño Hareton que dormía tan profundamente como si todo el mundo a su alrededor hubiera estado durmiendo. Oí a José continuar su lectura un rato más, luego distinguí su lento paso en la escalera y ya me quedé dormida.
Bajé algo más tarde que de costumbre y vi, por los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de los postigos, a la señorita Catalina aún sentada junto al fuego. La puerta de la casa estaba entreabierta también; la luz entraba por sus ventanas sin cerrar. Hindley había salido, estaba de pie junto al hogar de la cocina, ojeroso y soñoliento.
—¿Qué te pasa, Cati? —le estaba diciendo cuando yo entré—, pareces tan triste como un cachorro ahogado. ¿Por qué estás tan mojada y tan pálida, niña?
—Me mojé —contestó de mala gana—, y tengo frío, eso es todo.
—Es terca —exclamé, notando que el señor estaba bastante sereno—. Se empapó en el chaparrón de ayer tarde, y aquí ha estado sentada toda la noche; no pude conseguir que se moviera.
El señor Earnshaw nos miró sorprendido:
—¿Toda la noche? ¿Por qué se quedó levantada? No sería por miedo a la tormenta, supongo; ésta se pasó hace varias horas.
Ninguna de las dos quería mencionar la ausencia de Heathcliff, mientras se pudiera ocultar. Respondí que no sabía cómo se le había metido en la cabeza quedarse levantada, y ella no dijo nada.
La mañana era limpia y fresca, abrí los postigos y enseguida la habitación se llenó del dulce perfume del jardín, pero Catalina me dijo de mal humor:
—Elena, cierra la ventana, me muero de frío —y daba diente con diente mientras se acurrucaba más cerca de las casi ya extinguidas brasas.
—Está enferma —dijo Hindley, tomándole el pulso—. Supongo que esa es la razón de no haber querido irse a la cama. ¡Maldita sea! No quiero tener más problemas con enfermedades aquí. ¿Por qué te pusiste bajo la lluvia?
—Por correr tras los mozos, como siempre —graznó José, aprovechando la oportunidad, en nuestra vacilación, de meter su mala lengua—. Si yo fuera usted, mi amo, les cerraría las puertas en sus narices a todos ellos, amable y sencillamente. Cuando usted sale, ya se desliza aquí furtivo ese gato de Linton. Y la señorita Neli es también una buena pieza; ella se queda en la cocina vigilando su llegada y, cuando usted entra por una puerta, él sale por la otra, y entonces nuestra gran dama sigue sus galanteos por otro lado. Bonita conducta, esconderse por los campos después de las doce de la noche con ese abominable y condenado gitano, Heathcliff. Se creen que soy ciego, pero nada de eso. He visto al joven Linton entrar y salir, y te he visto a ti (dirigiéndose a mí), asquerosa bruja, que no sirves para nada, espiar, y entrar en casa en el momento en que se oyeron por el camino los cascos del caballo del amo.
—Cállate, chismoso —gritó Catalina—. Basta de insolencias delante de mí. Edgar Linton vino ayer por casualidad, Hindley, y fui yo la que le dije que se fuera porque sabía que no te agradaría encontrarle en el estado en que estabas.
—Mientes, Cati, sin duda —contestó su hermano—, eres una necia condenada; Linton no importa, de momento. Dime, ¿no estuviste con Heathcliff anoche? Di la verdad, ahora mismo. No tengas miedo de que le haga daño. Aunque le sigo odiando como siempre, me prestó un servicio hace poco y tendría escrúpulos de conciencia de retorcerle el pescuezo; para evitar esto le mandaré a paseo esta misma mañana, y cuando se haya ido, os aconsejo a todos que estéis alerta, porque todo mi mal humor será para vosotros.
—Yo no he visto a Heathcliff en toda la noche —contestó Catalina, empezando a llorar amargamente—. Y si le echas de casa, me iré con él, pero quizás no tengas esta oportunidad, quizás se ha ido ya —aquí rompió en una interminable congoja y el resto de sus palabras fueron del todo inarticuladas.
Hindley prodigó sobre ella un torrente de desdeñosos insultos y le ordenó que se fuera a su habitación inmediatamente, o no lloraría en vano. Yo la obligué a obedecer: nunca olvidaré la escena que nos hizo cuando llegamos a su alcoba. Me aterró. Creí que se estaba volviendo loca, y le rogué a José que fuera corriendo a buscar al doctor. Era un principio de delirio. El señor Kenneth, en cuanto la vio, la declaró gravemente enferma: tenía unas fiebres. La sangró y me dijo que no le dejara tomar más que suero y agua de avena, y que tuviera cuidado de que no se tirara por las escaleras o por una ventana. Y se marchó, porque bastante quehacer tenía en la parroquia, en donde dos o tres millas es la distancia normal entre casa y casa.
No puedo decir que yo fuera una enfermera afable, ni que José y el amo lo fueran más, y que nuestra enferma no fuera tan pesada y terca como una enferma puede ser, no obstante, se recuperó. La anciana señora Linton nos hizo varias visitas, como era de esperar; enderezaba las cosas, y nos reñía y daba órdenes a todos y, cuando estuvo Catalina convaleciente, insistió en llevársela a la Granja de los Tordos; liberación que le agradecimos. La pobre señora tuvo pronto motivos para arrepentirse de su bondad, porque tanto ella como su marido cogieron las fiebres y murieron con pocos días de diferencia el uno del otro.
La joven Catalina volvió a casa aún más insolente, irascible y altiva que nunca. De Heathcliff no se había sabido nada desde la tarde de la tormenta. Un día que ella me había irritado en extremo, tuve la mala fortuna de echarle la culpa de su desaparición, como era la verdad, y ella bien que lo sabía. Desde entonces, durante varios meses, rompió toda comunicación conmigo, salvo lo que se refería rigurosamente al servicio. José cayó también bajo su exclusión, pero él hablaba lo que le parecía y la sermoneaba como si fuera una niña pequeña, cuando ella se consideraba una mujer, y además el ama, y creía que su enfermedad le daba derecho a ser tratada con consideración. El doctor había dicho que no podría soportar muchos enfados; había, pues, que dejarla hacer lo que quisiera. Que alguien intentara hacerle frente o contradecirla era, ante sus ojos, poco menos que un crimen.
Del señor Earnshaw y sus compañeros se mantenía alejada. Advertido por Kenneth, y ante las serias amenazas del ataque que a menudo seguía a sus iras, su hermano le daba todo lo que le apetecía pedir, y por lo general evitaba agravar su apasionado temperamento; era demasiado indulgente en acceder a sus caprichos, no por afecto, sino por vanidad, porque deseaba seriamente que honrara a la familia por su alianza con los Linton y, mientras lo dejara en paz, poco le importaba que ella nos pisoteara como a esclavos.
Edgar Linton, como tantos que han sido antes que él y lo serán después, estaba encaprichado, y se creyó el hombre más feliz de la tierra el día que la condujo a la capilla de Gimmerton, tres años después de la muerte de su padre.
Muy en contra de mi voluntad, me convencieron de que dejara Cumbres Borrascosas y la acompañara aquí. El pequeño Hareton tenía casi cinco años y acababa yo de empezar a enseñarle a leer. Fue muy triste nuestra separación, pero las lágrimas de Catalina tenían más fuerza que las nuestras. Cuando me negué a ir y descubrió que sus súplicas no me conmovían, se fue a quejar a su marido y a su hermano. El primero me ofreció un espléndido salario, el segundo me ordenó que hiciera mi equipaje: no necesitaba mujeres en casa, ya que no había señora —y respecto a Hareton, el coadjutor pronto se encargaría de él. Así pues, no tuve más elección que hacer lo que se me mandaba. Le dije al amo que se desembarazaba de toda persona decente para correr más deprisa a su ruina. Di un beso de despedida a Hareton, y desde entonces él ha sido para mí un extraño, y por raro que parezca, no tengo duda de que se ha olvidado del todo de Elena Dean, para la que era más que nada en el mundo y ella para él.
En este punto del relato, mi ama de llaves echó una mirada al reloj de la chimenea, y se quedó atónita al ver que el minutero marcaba la una y media. La verdad, yo también me sentía inclinado a diferir la continuación de su historia; y ahora que ella se ha ido a descansar, y que yo he meditado una hora o dos, haré acopio de valor para irme también, a pesar de este doloroso entumecimiento de cabeza y miembros.

Capítulo X

¡Hermosa introducción para la vida de un ermitaño! Cuatro semanas de tormento, de dar vueltas en la cama y de enfermedad. ¡Estos vientos helados, crudos cielos del norte, caminos impracticables y lentos médicos rurales! Y esta escasez de rostros humanos y, lo peor de todo, esta terrible advertencia de Kenneth de que no espere salir de casa hasta la primavera.
El señor Heathcliff acaba de honrarme con una visita. Hace unos siete días me mandó un par de perdices, las últimas de la temporada. ¡Ah, bribón! No es él del todo inocente de esta enfermedad mía, y tenía muchas ganas de decírselo. Pero cómo iba a ofender a un hombre que ha sido tan caritativo como para estar sentado junto a mi cama durante una hora, hablando de cosas que no eran píldoras y pócimas, ventosas y sanguijuelas. Ha sido un agradable entreacto. Estoy demasiado débil para leer, sin embargo me siento en condiciones de disfrutar de algo interesante ¿Por qué no?, que venga la señora Dean a terminar su historia. Puedo recordar los incidentes principales hasta el punto que llegó. Sí, recuerdo que el héroe había huido y nada se supo de él durante tres años, y que la heroína se casó. La llamaré; estará encantada de verme conversar alegremente. La señora Dean vino en efecto.
—Aún faltan veinte minutos, señor, para tomar la medicina —comenzó.
—¡Al diablo con ella! —repliqué—; lo que quería...
—El doctor dice que debe usted dejar de tomar los polvos.
—Encantado, pero no me interrumpa. Venga y siéntese aquí. No ponga usted las manos en ese ejército de frascos. Saque su calceta de la bolsa, así está bien. Ahora continúe la historia del señor Heathcliff, desde donde la dejó hasta el día de hoy. ¿Terminó su educación en el Continente y volvió hecho un caballero, o obtuvo un puesto de sizar en la universidad, o huyó a América y ganó honores chupando la sangre de su patria adoptiva, o hizo más rápida fortuna por los caminos reales de Inglaterra?
—Acaso haya hecho algo de todas estas profesiones, señor Lockwood, pero no puedo asegurarle nada. Ya le dije antes que no sabía cómo había ganado su dinero, ni sé de qué medios se valió para elevarse de la absoluta ignorancia en la que estaba hundido. Pero, con su permiso, continuaré a mi manera, si le parece que le va a divertir y no le va a cansar. ¿Se encuentra usted mejor esta mañana?
—Mucho mejor.
—Eso es una buena noticia.
—La señorita Catalina y yo nos trasladamos a la Granja de los Tordos, dándome la agradable sorpresa de que se portó mejor de lo que me atreví a esperar. Parecía estar enamoradísima del señor Linton, y aun a su hermana le mostraba gran afecto. La verdad es que los dos estaban muy atentos al bienestar de Catalina. No era el espino que se inclinaba hacia la madreselva, sino la madreselva que abrazaba el espino. No había mutuas concesiones: una estaba erguida y los otros cedían, y ¿quién puede ser mala persona, o tener mal genio, cuando no se encuentra ni oposición, ni indiferencia?
Observaba que el señor Linton tenía un arraigado miedo de excitar su mal humor. Lo ocultaba delante de ella, pero si alguna vez me oía contestar con sequedad, o cualquier criado ponía mala cara a alguna de sus órdenes autoritarias, él mostraba su disgusto con un ceño de desagrado que nunca oscurecía su rostro cuando se trataba de él. Muchas veces me habló seriamente por mis insolencias, afirmando que una puñalada no le haría más daño que ver a su mujer enojada.
Para no herir a un amo tan bueno, aprendí a ser menos susceptible y, durante medio año, la pólvora fue tan inofensiva como la arena, porque ningún fuego se acercó a ella para hacerla explotar. Catalina tenía de cuando en cuando épocas de melancolía y silencio, que eran respetadas con comprensión por su marido, quien las achacaba a un cambio en su naturaleza producido por su grave enfermedad, porque ella no había estado sujeta antes a tales depresiones de ánimo. La vuelta de la luz del sol era bien recibida, respondiendo él también con luz del sol.
Creo que puedo asegurar que estaban en posesión de una profunda y creciente felicidad. Ésta terminó. Bien: tenemos que mirar por nosotros mismos a la larga. La gente buena y generosa es justamente más egoísta que los déspotas, y la dicha terminó cuando las circunstancias hicieron que los dos se dieran cuenta de que el interés de cada uno no era considerar los pensamientos del otro.
Un templado atardecer de septiembre volvía yo del jardín con una pesada cesta de manzanas que acababa de coger. Había oscurecido, la luna se asomaba por el alto muro del patio, proyectando sombras desdibujadas que acechaban por los numerosos salientes del edificio. Dejé mi carga en los escalones de la casa, junto a la puerta de la cocina, y me detuve a descansar y tomar un poco de aliento en aquel aire dulce y suave. Estaba mirando la luna, de espaldas a la entrada, cuando oí una voz detrás de mí que decía:
—Neli, ¿eres tú?
Era una voz profunda, de acento extranjero, pero había un algo en la manera de pronunciar mi nombre que me sonaba familiar. Me volví para saber quién hablaba, temerosa, porque las puertas estaban cerradas, y no había visto a nadie al acercarme a los escalones. Algo se movió en el porche, al acercarse distinguí un hombre alto, vestido con ropa oscura, de rostro y pelo morenos. Estaba apoyado en la pared y tenía la mano puesta en el pestillo como si se tratara de abrir. ¿Quién puede ser? —pensé—. ¿El señor Earnshaw? No, la voz no es la suya.
—He esperado una hora —continuó, mientras yo le miraba—. En este tiempo todo ha estado tan callado como la muerte. No me atrevía a entrar. ¿No me conoces? Mira, no soy un extraño.
Un rayo de luna iluminó sus facciones: su cara era cetrina y medio cubierta por negras patillas; las cejas caídas, los ojos hundidos y raros. Recordé sus ojos.
—¡Cómo! —grité, dudando de si tenía que considerarle, o no, un visitante de este mundo, y alcé las manos asombrada—. ¡Cómo!, ¿ha vuelto usted? ¿Es usted realmente? ¿De verdad?
—Sí, Heathcliff —replicó, levantando la vista a las ventanas que reflejaban una veintena de lunas brillantes, pero no mostraban luz desde el interior—. ¿Están en casa? ¿Dónde está ella? Neli, ¿no estás contenta? No tienes porqué turbarte. ¡Habla! Necesito decirle una palabra a tu señora. Vete y dile que una persona de Gimmerton desea verla.
—¿Cómo se lo tomará? —exclamé—. ¿Qué hará? La sorpresa me aturde; la pondré fuera de sí. ¿Pero usted es Heathcliff? Qué cambiado. No, no se entiende. ¿Ha sido usted soldado?
—Vete y lleva mi mensaje —interrumpió con impaciencia—. Estoy en ascuas mientras tanto.
Levantó el pestillo y yo entré. Cuando llegué al gabinete donde los señores estaban, no me pude convencer a mí misma de seguir adelante. Al fin resolví, como pretexto, preguntarles si querían las velas encendidas, y abrí la puerta. Estaban los dos junto a una ventana con los postigos abiertos y se veía, más allá de los árboles del jardín, el verde parque natural, el valle de Gimmerton, con una franja de neblina larga, ondeando casi hasta la cima (pues así que pasa usted la capilla, como se habrá dado cuenta, el murmullo que baja de los pantanos se junta al riachuelo que sigue las curvas de la cañada). Cumbres Borrascosas surgía de esa plateada neblina, pero nuestra vieja casa quedaba oculta, más bien hundida al otro lado.
Tanto la habitación, como sus ocupantes, como el panorama que contemplaban, eran maravillosamente apacibles. Me repugnaba dar mi mensaje, y en efecto ya me iba sin decirlo, después de haber hecho la pregunta de las velas, cuando un sentimiento de mi desatino me hizo volver y musité:
—Una persona de Gimmerton quiere verla, señora.
—¿Qué quiere? —preguntó la señora Linton.
—No se lo pregunté —fue mi respuesta.
—Bien, cierra las cortinas, Neli, y sube el té; vuelvo enseguida.
Dejó la habitación, el señor Linton preguntó con aire distraído quién era.
—Alguien que la señora no espera. Ese Heathcliff, le recuerda, que vivía en casa de los Earnshaw.
—¡Cómo! ¿Ese gitano, mozo de labranza? —gritó—. ¿Por qué no se lo dijo a Catalina?
—Calle, señor, no debe usted llamarle esas cosas; ella se disgustaría mucho si le oyera. Por poco se muere cuando se marchó y me figuro que su vuelta le será de gran alegría.
El señor Linton se fue a la ventana del otro lado de la habitación que daba al patio. La abrió y se asomó. Supongo que estarían abajo, porque exclamó vivamente:
—No estés ahí, cariño. Haz entrar a esa persona, si es alguien especial.
Al poco rato oí el clic del pestillo y Catalina corriendo escaleras arriba, alborotada y sin aliento, demasiado nerviosa para mostrar alegría; desde luego, por su semblante se podía suponer una terrible calamidad.
—Oh, Edgar, Edgar —jadeaba, echándole los brazos al cuello—. Edgar, cariño, ha vuelto, es él —y le estrechaba entre sus brazos hasta estrujarle.
—Bien, bien —dijo el marido enfadado—, no me estrangules por eso. Nunca me pareció un tesoro tan maravilloso. No hay por qué ponerse frenético.
—Ya sé que tú no le querías —contestó, reprimiendo un poco la intensidad de su alegría—. Tenéis que ser amigos por mí, ahora. ¿Le digo que suba?
—¿Aquí, al gabinete?
—¿Dónde, pues?
Se mostró molesto y sugirió la cocina como el sitio más adecuado para él. La señora le miró con una expresión rara, medio de enfado y medio riéndose por su refinamiento.
—No —añadió ella, al cabo de un rato—; no puedo estar en la cocina. Pon dos mesas aquí, Elena: una para tu amo y la señorita Isabela, que son hidalgos, y otra para Heathcliff y para mí, que somos el pueblo llano. ¿Te parece bien, cariño? O se me tiene que encender fuego en otra parte; si es así, da las órdenes. Yo corro a asegurarme de mi huésped. Me temo que la alegría sea demasiado grande para ser real—. Iba a salir corriendo cuando Edgar la detuvo.
—Dígale que suba —dijo, dirigiéndose a mí—, y tú procura estar contenta sin ponerte absurda. No hay porqué dar a toda la casa el espectáculo de recibir a un criado prófugo como si fuera un hermano.
Bajé y encontré a Heathcliff de pie bajo el porche, esperando evidentemente la invitación para entrar. Me siguió sin malgastar palabras y le llevé en presencia de los amos, cuyas mejillas encendidas traicionaban una acalorada conversación. Pero las de la señora brillaron con otro sentimiento cuando su amigo apareció en la puerta. Corrió hacia él, cogió sus dos manos y le llevó hacia Linton, cogió entonces los dedos remisos de su marido y los apretó contra los de aquél.
Iluminado de lleno por el fuego y la luz de las velas, me asombró, más que nunca, contemplar la transformación de Heathcliff. Se había convertido en un hombre alto, atlético, bien formado, al lado del que mi amo parecía un frágil adolescente. Su erguido porte sugería la idea de que hubiera estado en el ejército. Su semblante era de expresión más madura y facciones más firmes que el del señor Linton; parecía inteligente y no conservaba huellas de su antigua degradación. Una ferocidad semicivilizada se ocultaba todavía en sus contraídas cejas y en el vivo fuego infernal de sus ojos, pero estaba reprimida, sus modales eran incluso dignos, desprovistos de rudeza, aunque demasiado severos para ser elegantes.
La sorpresa de mi amo se equiparaba, o sobrepasaba, a la mía. Estuvo durante un minuto sin saber cómo dirigirse al mozo de labranza, como le había llamado. Heathcliff dejó caer su indiferente mano y se le quedó mirando fríamente, hasta que el amo se decidió a hablar.
—Siéntese, por favor —dijo al fin—. La señora Linton, recordando viejos tiempos, ha querido que yo le reciba cordialmente y, por supuesto, me satisface cuando ocurre algo que le agrada.
—Y a mí también —contestó Heathcliff—, especialmente si en ese algo tengo yo parte. Me quedaré una hora o dos con mucho gusto.
Tomó asiento frente a Catalina, que tenía la mirada fija en él como si tuviera miedo de que se esfumara si la apartaba; él no dirigía con frecuencia la suya hacia ella, una rápida mirada de vez en cuando era bastante, pero reflejaba ésta, cada vez con más seguridad, el inequívoco deleite que sorbía de aquella mirada.
Estaban ambos demasiado absortos en su mutua alegría para sentir turbación. No así el señor Edgar, que se puso pálido de puro enojo, sentimiento que llegó a su colmo cuando su mujer se levantó y pisando la alfombrilla que les separaba se acercó a Heathcliff, le cogió de nuevo las manos y se echó a reír como una loca.
—Mañana me parecerá un sueño. No me será posible creer que te he visto, te he tocado y he hablado contigo una vez más. Pero cruel Heathcliff, no mereces esta acogida; estar ausente y en silencio durante tres años y nunca pensar en mí.
—Bastante más que lo que tú has pensado en mí. Supe de tu matrimonio, Cati, no hace mucho, y mientras esperaba abajo en el patio medité este plan: sólo vislumbrar tu rostro, una mirada de sorpresa, quizás, y fingida alegría, después arreglar las cuentas con Hindley, y burlar luego la ley ejecutándome a mí mismo. Tu acogida ha apartado estas ideas de mi cabeza, pero cuidado si me recibes de otro modo la próxima vez. No, no me echarás de nuevo. ¿Estuviste muy triste pensando en mí? Bien, había motivos. He luchado amargamente en la vida desde que oí por última vez tu voz; tienes que perdonarme porque luché sólo por ti.
—Catalina, si no quieres que tomemos el té frío, por favor, acércate a la mesa —interrumpió Linton, esforzándose en conservar su tono habitual y la debida dosis de cortesía—. El señor Heathcliff tendrá mucho que andar, donde quiera que se aloje esta noche y yo tengo sed.
Ocupó ella su sitio ante la tetera, la señorita Isabela entró, llamada por la campana; luego, habiéndoles acercado las sillas, salí de la habitación.
La colación apenas duró diez minutos. La taza de Catalina no se llenó, no podía comer ni beber. Edgar había hecho un charco en su platillo y apenas probó bocado. Su huésped no prolongó su visita aquella tarde más de una hora. Le pregunté al salir si iba a Gimmerton.
—No, a Cumbres Borrascosas. El señor Earnshaw me invitó cuando le visité esta mañana.
¡El señor Earnshaw invitarle, y él visitar al señor Earnshaw! Medité estas frases con dolor después que se marchó. ¿Se habrá hecho un tanto hipócrita, y viene a esta tierra para hacer fechorías solapadamente? Yo meditaba, tenía un presentimiento en el fondo de mi corazón de que mejor hubiera hecho de quedarse lejos.
Hacia la media noche me despertó de mi primer sueño la señora Linton que entraba en mi alcoba, sentándose junto a la cama y tirándome del pelo para despertarme.
—No puedo dormir, Elena —dijo, a modo de disculpa—, y necesito que alguna criatura viviente me haga compañía en mi felicidad. Edgar está enfadado porque yo estoy contenta por algo que no le interesa. Se niega a abrir la boca excepto para proferir palabras malhumoradas y tontas. Ha afirmado que soy cruel y egoísta por querer hablar cuando él no se encuentra bien y tiene sueño. Siempre se las ingenia para no encontrarse bien al menor enfado. He dicho unas pocas frases en elogio de Heathcliff y, sea por el dolor de cabeza o el dolor de envidia, se ha puesto a llorar, así que me levanté, y le dejé.
—¿Para qué alabarle a Heathcliff? Éste hubiera rechazado de la misma manera oír alabanzas de Linton, puesto que los chicos se tienen aversión mutua; así es la naturaleza humana. No se lo nombre a no ser que le interese que se peleen abiertamente.
—¿Pero no muestra eso gran debilidad? Yo no soy envidiosa: yo nunca me siento dolida por el brillo del pelo rubio de Isabela, o por la blancura de su cutis, o su delicada elegancia, ni por el cariño que toda la familia le profesa. Hasta tú, Neli, si alguna vez discutimos, enseguida te pones de su parte; y yo cedo, como una madre débil, le llamo cariño y la halago hasta ponerla de buen humor. A su hermano le gusta vernos en buenas relaciones, y me gusta a mí también. Los dos son iguales, son niños mimados que se creen que el mundo se ha hecho para su conveniencia y, aunque yo les doy gusto, creo que un buen castigo les mejoraría.
—Está en un error, señora —dije—. Son ellos los que la contemplan; yo sé lo que sucedería si no lo hiciesen. Bien puede usted satisfacerles caprichos pasajeros, mientras la ocupación de ellos sea anticiparse a sus deseos; usted puede tropezarse algún día con algo de igual importancia para ambas partes, entonces esos que usted llama débiles son capaces de ser tan testarudos como usted.
—Y entonces lucharemos hasta morir, ¿no es así, Neli? —contestó riendo—. No, te aseguro que tengo tanta fe en el amor de Linton que yo creo que si le matara no pensaría en vengarse.
Le aconsejé que le valorara más por su cariño.
—Así lo hago, pero no tiene que recurrir al llanto por tonterías. Es pueril y, en lugar de deshacerse en lágrimas porque dije que Heathcliff es ahora digno del respeto de cualquiera y que el primer caballero de la comarca se honraría con su amistad, él debiera habérmelo dicho a mí, y alegrarse de compartir mis sentimientos. Se tiene que acostumbrar a él y podría incluso quererle. Considerando que Heathcliff tiene razones para rechazar a Linton, se portó muy bien.
—¿Qué opina de su visita a Cumbres Borrascosas? —pregunté—. Parece que se ha reformado en todos los sentidos, aparentemente es todo un buen cristiano, alargando su mano derecha en señal de amistad a todos sus enemigos.
—Lo contó él. Me extrañó tanto como a ti. Dijo que fue allí a que le dieras información respecto a mí, porque creía que aún residías en las Cumbres, y José se lo dijo a Hindley, quien salió y se puso a hacerle preguntas de qué había hecho, y de cómo había vivido, y finalmente le invitó a entrar. Había unas cuantas personas jugando a las cartas, Heathcliff se unió a ellos, le ganó algún dinero a mi hermano, y encontrándole éste bien provisto, preguntó si vendría por la tarde, a lo que él asintió. Hindley es demasiado atolondrado para escoger sus amigos con prudencia y no se molesta en pensar en los motivos que podría tener para desconfiar de alguien a quien ha ofendido tan vilmente. Pero Heathcliff afirma que su principal motivo para reanudar una relación con su antiguo enemigo es su deseo de instalarse a corta distancia de la Granja, y el apego a la casa en donde vivimos juntos, con la esperanza de que yo tenga más oportunidades de verle allí que si se instalara en Gimmerton. Piensa pagarle con generosidad si le permite alojarse en las Cumbres, y sin duda la avaricia de mi hermano le incitará a aceptar las condiciones; siempre ha sido avaro, aunque lo que coge con una mano, lo tira con la otra.
—Bonito sitio para que un joven fije allí su morada. ¿No teme usted las consecuencias?
—Ninguna para mi amigo. Tiene la cabeza lo bastante firme para guardarse del peligro. Un poco temo por Hindley, pero moralmente no puede hacerle peor de lo que es y, en cuanto al daño físico, yo estoy entre los dos. El acontecimiento de esta tarde me ha reconciliado con Dios y con los hombres. Me había alzado en dura rebelión contra la Providencia. ¡Oh, Neli, he sido muy desgraciada! Si esa persona supiera mi amargura, se avergonzaría de ensombrecer la desaparición de esta amargura con vana petulancia. Fue el cariño hacia él lo que me indujo a soportarlo sola; si yo hubiera expresado la angustia que con frecuencia sentía, hubiera él aprendido a desear su alivio tanto como yo. Pero ya pasó, y no tomaré venganza de su locura. Ya puedo soportarlo todo en adelante: si el ser más vil me golpeara en una mejilla, no sólo le ofrecería la otra, sino que le pediría perdón por haberle provocado, y como prueba, voy ahora mismo a hacer las paces con Edgar. Buenas noches. ¡Soy un ángel!
Del todo complacida de sí misma se marchó, y el éxito de su cumplida resolución se vio claro a la mañana siguiente. El señor Linton, no sólo había depuesto su mal humor —aunque su ánimo parecía cohibido por la extremada vivacidad de Catalina—, sino que no puso inconveniente a que se fuera con Isabela aquella tarde a las Cumbres, y ella le premió con tal exuberancia de mimos y cariño que hicieron de la casa un paraíso durante varios días; tanto el amo como los criados se aprovecharon de aquel perpetuo amanecer.
Heathcliff, el señor Heathcliff tendré que decir en adelante, hacía uso de su libertad de visitar la Granja, con cautela al principio; parecía calcular hasta qué punto soportaría el amo su intrusión. Catalina también consideraba prudente moderar sus expresiones de alegría al recibirle, y así, gradualmente, afirmó su derecho de que se le esperara en la casa.
Conservaba gran parte de la reserva que le distinguió en su infancia y esto le valió para reprimir toda demostración exagerada de afecto. La inquietud de mi amo experimentó una pausa, pero posteriores circunstancias la desviaron por otros cauces por un tiempo.
Su nueva fuente de inquietud brotó de la inesperada desventura de Isabela Linton al mostrar una súbita e irresistible atracción hacia el tolerado huésped. Ella era por entonces una encantadora joven de dieciocho años, infantil en sus maneras, pero dotada de agudo ingenio, finos sentimientos y humor vivo si se irritaba. Su hermano, que la quería tiernamente, quedó aterrado ante tan fantástica preferencia. Dejando aparte la degradación que supone la alianza con un hombre sin nombre y de la posibilidad de que su fortuna, a falta de heredero varón, pudiera pasar a manos de tal sujeto, conocía el carácter de Heathcliff como para saber que, aunque su exterior había cambiado, su espíritu era inalterable e inalterado estaba. Temía a este espíritu, le repugnaba; se acobardaba, como ante un mal presagio, ante la idea de que Isabela cayera en su poder. Y más le hubiera repugnado si se hubiera dado cuenta de que la pasión surgió espontánea, y era ofrecida donde no despertaba ningún sentimiento recíproco; porque desde el momento que la descubrió, él echó la culpa a los deliberados planes de Heathcliff.
Todos habíamos notado que, desde hacía algún tiempo, la señorita Linton se inquietaba y ofendía por cualquier nimiedad. Se hizo malhumorada y fastidiosa, atacaba e importunaba a Catalina sin cesar, corriendo el inminente riesgo de agotar su limitada paciencia. La disculpábamos hasta cierto punto por su mala salud, pues desmejoraba y empalidecía a ojos vistas. Pero un día que había estado especialmente caprichosa rechazó el desayuno, quejándose de que los criados no hacían lo que les mandaba; que el ama no le permitía ser nada en aquella casa, y que Edgar no le hacía caso; que se había acatarrado por dejar las puertas abiertas, y que habíamos dejado apagar el fuego del gabinete sólo por molestarla, y un ciento más de frívolas acusaciones. La señora Linton insistió en tono autoritario en que debía acostarse y, después de reñirla severamente, le amenazó con ir a buscar al médico. La mención de Kenneth le hizo exclamar al instante que su salud era buena y que sólo era la severidad de Catalina lo que le hacía desgraciada.
—¿Cómo puedes decir que soy severa, niña mala y melindrosa? —exclamó la señora, asombrada ante tan desatinada afirmación—. Has perdido el juicio. ¿Cuándo he sido dura contigo?
—Ayer y ahora —sollozó Isabela.
—¿Ayer? —preguntó su cuñada—. ¿Cuándo?
—Cuando paseábamos por el páramo: me dijiste que podía andar por donde quisiera, mientras tú deambulabas con Heathcliff.
—¿A eso le llamas tú severidad? —dijo Catalina riendo—. No era una insinuación de que nos molestara tu compañía, no nos importaba si estabas con nosotros o no; yo sólo pensé que la conversación con Heathcliff no iba a ser nada entretenida para ti.
—¡No, no! —sollozó la joven—. Querías alejarme porque sabías que me gustaba estar allí.
—¿Está en sus cabales? —preguntó la señora, dirigiéndose a mí—. Te repetiré la conversación palabra por palabra, Isabela, y me dirás los encantos que podía tener para ti.
—No me importaba la conversación. Quería estar...
—Bien —dijo Catalina, dándose cuenta de su vacilación para terminar la frase.
—Con él, y no quiero que me eches —continuó enardeciéndose—. Eres como el perro del hortelano, Cati, y no quieres que se ame a nadie más que a ti.
—Eres una mona impertinente —exclamó la señora Linton sorprendida—. No puedo creer tanta idiotez. Es imposible que puedas codiciar la admiración de Heathcliff, que le consideres una persona agradable. Creo que no te he entendido bien, Isabela.
—No, no me has entendido bien —dijo la encaprichada joven—. Le quiero más que lo que tú nunca has querido a Edgar, y él me amaría si tú le dejaras.
—No quisiera estar en tu lugar ni por un imperio —dijo Catalina con énfasis, y parecía hablar sinceramente—. Neli, ayúdame a convencerla de su locura. Dile que Heathcliff es una criatura indómita, sin refinamiento, sin cultura; un árido yermo de tojos y pedernal. Antes pondría yo ese pobre canario en el parque en un día de invierno, que aconsejarte que le entregaras tu corazón. Es una lamentable ignorancia de su carácter, niña, y nada más, lo que ha hecho que se te metiera este sueño en tu cabeza. No pienses que oculta tesoros de bondad y de cariño bajo una dura apariencia. No es un diamante en bruto, o la ostra de un aldeano que guarda una perla; es un hombre feroz, despiadado como un lobo. Yo nunca le digo: «Deja en paz a este o aquel de tus enemigos, porque sería poco generoso o cruel hacerle daño.» Le digo: «Déjalos en paz porque yo detesto que se les perjudique.» A ti, Isabela, te aplastaría como a un huevo de gorrión, si encontrara molesta tu carga. Yo sé que no es capaz de querer a un Linton, pero es perfectamente capaz de casarse contigo por tu fortuna y tus expectativas. La avaricia se ha convertido en su pecado dominante. Este es el retrato que yo le hago, y soy su amiga, y tanto, que si él hubiera pensado seriamente en cazarte, acaso me hubiera callado la boca y te hubiera dejado caer en su trampa.
La señorita Linton miró a su cuñada con indignación.
—¡Qué vergüenza!, ¡qué vergüenza! —repitió enfadada—. Eres peor que veinte enemigos, amiga ponzoñosa.
—Entonces ¿no me crees? ¿Piensas que hablo por puro y perverso egoísmo?
—Estoy segura que sí, y me das miedo.
—Bien, inténtalo tú sola, si este es tu antojo. Yo he terminado, dejo el asunto a tu descarada insolencia.
—Y tener que sufrir por su egoísmo —sollozaba la señorita, mientras Catalina salía de la habitación—. Todo, todo está en contra mía, ella ha arruinado mi único consuelo. Pero ha mentido, ¿no es verdad? El señor Heathcliff no es un demonio; tiene un alma honorable y sincera. ¿Si no, cómo se hubiera acordado de ella?
—Apártele de sus pensamientos, señorita —dije—, él es pájaro de mal agüero, no es pareja para usted. La señora Linton habló con dureza, pero no puedo contradecirla. Ella conoce su corazón mejor que yo, ni que nadie, y nunca le hubiera pintado peor de lo que es. Las personas honradas no ocultan sus acciones. ¿Cómo ha vivido? ¿Cómo se ha hecho rico? ¿Por qué vive en Cumbres Borrascosas, la casa del hombre a quien aborrece? Dicen que el señor Earnshaw está cada vez peor desde que él llegó. Pasan todas las noches juntos levantados, y Hindley ha hipotecado sus tierras, y no hace más que jugar y beber. Lo supe hace una semana. Me lo contó José, a quien encontré en Gimmerton.
—Neli —me dijo—, pronto tendremos en casa una investigación de la policía; uno de ellos casi se corta un dedo impidiendo que el otro se degollara como un ternero. Este es el amo, ya sabes que es capaz de ir a los tribunales. No teme a los jueces, ni a Pablo, ni a Pedro, ni a Juan, ni a Mateo, ni a ninguno; le gusta, desea poner ante ellos su rostro desvergonzado. Y aquel buen chico de Heathcliff, tenlo por seguro, no es un nombre corriente. Es capaz como nadie de fingir una risa ante una broma diabólica. ¿Nunca dice nada de la buena vida que lleva entre nosotros cuando va a la Granja? Esta es la norma: levantarse a la puesta de sol, dados, alcohol, a postigos cerrados, a la luz de las velas, hasta el día siguiente al mediodía. Entonces el loco, maldiciendo, se va a su alcoba a hacer que la gente honrada ponga los dedos en sus oídos de vergüenza; y el granuja puede contar su dinero, y come, y duerme, y se va a charlar con la mujer de su vecino. Por supuesto que le cuenta a la señorita Catalina cómo el oro de su padre va a parar a su bolsillo, y cómo el hijo de su padre corre por el camino ancho, mientras él va delante abriéndole las puertas de su ruina.
—Ahora bien, señorita Linton, José es un viejo ruin, pero no miente, y si su relato de la conducta de Heathcliff es cierto, usted no pensará en desear semejante marido ¿verdad?
—Te has aliado con los demás, Elena. No escucharé vuestras calumnias. ¡Qué malevolencia debéis tener para querer convencerme de que no hay felicidad en el mundo!
Si se le hubiera pasado este capricho o hubiera perseverado alimentándolo a perpetuidad, no lo puedo decir, porque poco tiempo tuvo para reflexionar. Al día siguiente había un juicio en la ciudad vecina y mi amo tuvo que asistir. Conocedor Heathcliff de su ausencia, vino más temprano que de costumbre.
Catalina e Isabela estaban sentadas en la biblioteca, hostiles, pero en silencio. La última, alarmada por su reciente indiscreción y por haber revelado sus íntimos sentimientos en su pasajero arrebato de pasión; la primera, tras madura consideración, realmente ofendida con su compañera. Aunque se reía de su impertinencia, estaba decidida a no hacer de ello un asunto de risa para Isabela.
Se rió cuando vio por la ventana pasar a Heathcliff. Yo estaba limpiando el hogar y noté una risa maligna en sus labios. Isabela, absorta en sus meditaciones, o en un libro, no se movió hasta que se abrió la puerta, cuando ya era demasiado tarde para intentar huir, lo que hubiera hecho de buena gana a ser posible.
—Entra, qué bien —exclamó el ama jovialmente, acercando una silla al fuego—. Aquí hay dos personas en triste necesidad de una tercera para romper el hielo que hay entre ellas. Y tú eres precisamente la que las dos hubiéramos elegido. Tengo, Heathcliff, el orgullo de mostrarte al fin a alguien que te adora más que yo. Supongo que te sentirás halagado. No, no es Neli, no la mires. Es a mi pobre cuñadita a la que se le parte el corazón sólo con contemplar tu belleza física y moral. Está en tu poder ser hermano de Edgar. ¡No, no, Isabela, no te escaparás! —continuaba reteniendo con fingido retozo a la desconcertada niña, que se había levantado con indignación—. Estuvimos peleando como gatos por ti, Heathcliff, y me ha vencido, en juego limpio, con sus protestas de cariño y admiración. Y aún más, me ha informado de que si yo sólo tuviera la cortesía de mantenerme aparte, mi rival, como pretende ser, lanzaría un dardo a tu corazón que se te clavaría para siempre y mandaría mi imagen al eterno olvido.
—¡Catalina! —dijo Isabela con renovada dignidad, desdeñando resistir la apretada garra que la retenía—. Te agradeceré que te atengas a la verdad y no me calumnies, ni aun en broma. Señor Heathcliff, le ruego que pida a su amiga que me suelte. Ella olvida que usted y yo no somos amigos íntimos, y lo que a ella le divierte es para mí más doloroso de lo que se puede expresar.
Como el huésped no contestaba, sino que se sentó, y parecía del todo indiferente a los sentimientos que ella acariciara respecto a él, se volvió y le susurró un serio ruego para que pidiera su libertad a su atormentadora.
—De ninguna manera —exclamó la señora Linton en respuesta—. No quiero que nadie me llame de nuevo perro del hortelano. Te quedarás. Heathcliff, ¿cómo es que no muestras satisfacción por mis gratas noticias? Isabela jura que el amor que me tiene Edgar no es nada comparado con el que ella te tiene a ti. Estoy segura de que dijo algo parecido. ¿No es verdad, Elena? Y ella no ha comido nada desde el paseo de anteayer, de dolor y de ira, porque la aparté de tu compañía, en la idea de que no se la aceptaba.
—Creo que te desmiente —dijo Heathcliff, dando la vuelta a su silla para quedarse de cara a ellas—. Ahora quiere estar lejos de mí, como sea.
Y se quedó mirando al objeto de la conversación, como el que mira a un extraño animal repulsivo, un ciempiés de la India, por ejemplo, y que se mira con curiosidad a pesar de la aversión que suscita. La pobre criatura no pudo soportar esto y se puso pálida y roja en rápida sucesión, y mientras las lágrimas perlaban sus pestañas, aplicó la fuerza de sus frágiles dedos para aflojar la fuerte grapa de Catalina y, dándose cuenta de que con la misma rapidez que levantaba un dedo de su brazo, otro lo cogía —sin poderse desprender del todo—, empezó a hacer uso de sus afiladas uñas que pronto adornaron con medias lunas rojas la mano de la opresora.
—¡Es una tigresa! —exclamó la señora Linton, sacudiendo la mano dolorida—. ¡Vete, en nombre de Dios, y esconde esa cara de arpía! Qué tonta eres en mostrarle a él esas garras. ¿No te imaginas las conclusiones que puede sacar? Mira, Heathcliff, estos son los instrumentos de suplicio. ¡Ten cuidado con tus ojos!
—Se las arrancaré de los dedos si alguna vez me amenaza —contestó él brutalmente cuando se cerró la puerta tras ella—. Pero, ¿qué te proponías al burlarte de la criatura de esta manera, Cati? Tú no hablabas en serio ¿verdad?
—Desde luego que sí. Hace varias semanas que languidece por tu amor. Y esta mañana, delirando por ti, me echó un diluvio de insultos, porque yo exponía a plena luz tus defectos con el propósito de mitigar su pasión. Pero ya no te preocupes más por este asunto. Yo quería castigar su insolencia, eso es todo. La quiero demasiado, querido Heathcliff, para permitir que te apoderes de ella y la devores.
—Y yo la quiero demasiado poco para intentarlo, a no ser a manera de vampiro. Oirías contar cosas raras si yo viviera sólo con ese insípido rostro de cera. Lo más normal sería pintar en su blancura los colores del arco iris, volver negros sus ojos azules cada día o cada dos, que se parecen de manera repugnante a los de Linton.
—Deliciosos, ojos de paloma, ojos de ángel.
—Es la heredera de su hermano ¿no es cierto? —preguntó él, después de un breve silencio.
—Lamentaría que así fuera —contestó su compañera—. Media docena de sobrinos borrarían su título, Dios lo quiera. Aparta tu mente del asunto por ahora. Eres demasiado inclinado a codiciar los bienes del prójimo: recuerda que los bienes de este prójimo son míos.
—Si fueran míos no lo serían menos, pero, aunque Isabela sea tonta, no es tan loca como eso. En fin, abandonaremos el asunto como tú aconsejas.
De sus lenguas lo apartaron, y Catalina, probablemente, de sus pensamientos. Pero el otro, estoy segura, lo recordó a menudo en el transcurso de la tarde. Le vi sonreír para sí —era una mueca más bien— y caer en un siniestro ensimismamiento cada vez que la señora Linton se ausentaba de la habitación.
Decidí vigilar sus movimientos. Mi corazón invariablemente se inclinaba del lado del amo, en preferencia al de Catalina. Yo pensaba que con razón, porque era bueno, sincero y honorable, y ella, no podía decirse que fuera lo opuesto, pero parecía permitirse tan amplias licencias, que yo tenía poca fe en sus principios, y aún menos simpatía por sus sentimientos. Deseaba que sucediera algo que tuviera el efecto de liberar, tranquilamente, tanto a Cumbres Borrascosas como a la Granja, del señor Heathcliff, dejándonos como estábamos antes de su llegada. Sus visitas eran una continua pesadilla para mí, sospecho que para mi amo también. Su estancia en las Cumbres era una opresión difícil de explicar. Sentía que Dios había abandonado a la oveja descarriada a sus propios y perversos extravíos y que una bestia mala merodeaba entre ella y el redil, esperando el momento de saltar y destruirla.

Capítulo XI

Algunas veces, mientras meditaba estas cosas en soledad, me he levantado presa de un súbito terror y me he puesto la capota para ir a ver qué pasaba en las Cumbres. He persuadido a mi conciencia de que era un deber advertirle de lo que hablaba la gente de sus costumbres. Después recordaba sus arraigados vicios y, desconfiando de beneficiarle e insegura de que creyera mi palabra, me volvía atrás de mi propósito de entrar en aquella lúgubre casa.
Una vez pasé por delante de la antigua verja, desviándome de mi camino yendo a Gimmerton. Era en la época a la que he llegado en mi narración. Hacía una tarde luminosa y helada, la tierra estaba desnuda y el camino seco y duro. Llegué a una piedra en donde el camino se bifurca hacia el páramo, a la izquierda. Un tosco pilar de piedra arenisca con las letras C. B. grabadas en el lado norte, G. en el este, y G.T. en el suroeste, sirve de indicador para la Granja, las Cumbres y el pueblo. El sol brillaba amarillento en su remate gris. Me recordó el verano, no puedo decir por qué, pero, de pronto, un torrente de recuerdos infantiles brotó en mi corazón; este era el lugar favorito para Hindley y para mí, hacía veinte años.
Miré largo rato al bloque de piedra gastado por la intemperie, y, agachándome, vi al pie un agujero todavía lleno de cáscaras y guijarros que nos gustaba almacenar allí con otras cosas más perecederas. Me pareció ver, como si fuera realidad, a mi infantil compañero de juegos, sentado sobre la yerba mustia, su cabeza morena y cuadrada inclinada hacia adelante, y su manita escarbando la tierra con un trozo de pizarra.
—¡Pobre Hindley! —exclamé involuntariamente—. Me sobrecogí, mis ojos corporales fueron engañados por una momentánea ilusión de que el niño levantaba su rostro y miraba fijamente al mío. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos, pero inmediatamente sentí un deseo irresistible de estar en las Cumbres. La superstición me incitó a cumplir este impulso: acaso ha muerto, pensé, o está a punto de morir, acaso esto sea un presagio de muerte.
A medida que me acercaba a la casa, mayor era mi agitación, y cuando la vi, temblaba de pies a cabeza. La aparición se me había adelantado y estaba mirando a través de la verja, esta fue mi primera idea al ver a un niño de rizos revueltos y ojos oscuros, que apoyaba su rostro fresco contra los barrotes. La siguiente reflexión me sugirió que tenía que ser Hareton, mi Hareton, que no había cambiado gran cosa desde que le dejé, hacía diez meses.
—¡Dios te bendiga, cariño! —grité, olvidando al instante mis locos temores—. Hareton, soy Neli, Neli, tu ama.
Se retiró de mi alcance y cogió una piedra grande.
—He venido a ver a tu padre, Hareton —añadí, suponiendo por su gesto que a Neli, si aún vivía en su memoria, no la reconocía en mi persona.
Levantó su proyectil para lanzarlo, y yo empecé un discurso de apaciguamiento, pero no pude detener su mano: la piedra dio en mi capota y brotó a continuación de los balbucientes labios del pequeño una sarta de blasfemias que, tanto si las entendía como si no, estaban dichas con experto énfasis y distorsionaban sus facciones infantiles en una chocante expresión de maldad.
Puede usted tener por seguro que esto me dio más pena que ira. A punto de llorar, cogí una naranja del bolsillo y se la ofrecí para aplacarle. Titubeó, y luego me la arrancó de la mano como si creyera que yo sólo quería tentarle, o engañarle. Le mostré otra, manteniéndola fuera de su alcance.
—¿Quién te ha enseñado esas palabras tan preciosas, mi niño? ¿El coadjutor?
—¡Al diablo el coadjutor y tú! Dame eso.
—Dime dónde has aprendido esas lecciones y te lo daré. ¿Quién es tu maestro?
—El diablo de papá —fue su respuesta.
—Y ¿qué aprendes de papá?
Saltó a la fruta, pero yo la levanté más.
—¿Qué te enseña? —pregunté.
—Nada, sino estar lejos de él. No me puede soportar porque le maldigo.
—Entonces es el diablo el que te enseña a maldecir a papá.
—Sí... no... —dijo lentamente.
—¿Quién, pues?
—Heathcliff.
Le pregunté si quería al señor Heathcliff.
—Sí —contestó de nuevo.
Deseando saber las razones que tenía el crío para quererle, sólo pude recoger las frases:
—No sé, él devuelve a papá lo que me hace a mí; él maldice a papá porque me maldice a mí, y dice que tengo que hacer lo que yo quiera.
—Y el coadjutor te enseña a leer y escribir, pues... —continué.
—No, me dijeron que le meterían los... dientes por la... garganta, si cruzaba el umbral. Heathcliff lo ha prohibido.
Le puse la naranja en la mano y le pedí que fuera a decir a su padre que una mujer, llamada Neli Dean, estaba esperando para hablar con él, junto a la verja del jardín.
Se fue por el sendero y entró en la casa, pero en lugar de Hindley fue Heathcliff el que apareció en el escalón de la puerta. Me di la vuelta al momento y corrí camino abajo, más deprisa de lo que nunca pude correr, sin parar hasta que llegué al mojón de guía, tan espantada como si hubiera visto un duende.
Esto no tiene mucho que ver con el asunto de Isabela, excepto para urgir en mi resolución de montar una vigilante guardia y hacer lo imposible para detener la expansión de tan mala influencia en la Granja, aunque desatara una tormenta doméstica contrariando los gustos de la señora Linton.
La siguiente vez que vino Heathcliff, la joven Isabela estaba dando de comer a unas palomas en el patio. Hacía tres días que no había cruzado una palabra con su cuñada, pero también había abandonado sus frenéticos lamentos, lo que para nosotros fue un alivio.
Yo sabía que Heathcliff no tenía la costumbre de dedicar a la señorita Linton ni una sola cortesía innecesaria. Esta vez, en cuanto la vio, su primera cautela fue echar una rápida mirada de inspección a la fachada de la casa. Yo estaba junto a la ventana de la cocina, pero me retiré para no ser vista. Entonces se acercó a Isabela y le dijo algo, ella pareció aturdida y deseosa de marcharse; para evitarlo puso él la mano en su brazo. Isabela volvió el rostro, el otro aparentemente le hizo una pregunta que no quería contestar. Echó otra rápida mirada a la casa, y creyendo que nadie le veía, el bellaco tuvo la impudicia de abrazarla.
—¡Judas! ¡Traidor! —exclamé—. Además eres un hipócrita, ¿no es eso? Embustero a sabiendas.
—¿Quién, Neli? —dijo la voz de Catalina a mi lado; había estado demasiado interesada en vigilar a la pareja de fuera para darme cuenta de su entrada en la cocina.
—Su indigno amigo —contesté acalorada—, ese bellaco sinvergüenza de ahí. Nos ha visto, ahora entra. Me pregunto si tendrá la habilidad de encontrar un pretexto plausible para cortejar a la señorita, cuando le dijo a usted que la odiaba.
La señora Linton vio a su cuñada liberarse de él y correr hacia el jardín; un minuto más tarde Heathcliff abría la puerta. Yo no pude contener mi indignación, pero Catalina, enfadada, insistió en que me callara, y me amenazó con echarme de la cocina si osaba ser tan presuntuosa como para meter mi insolente lengua en el asunto.
—Cualquiera que te oyese creería que eres el ama —exclamó ella—. Tienes que saber estar en tu sitio. Heathcliff, qué haces para levantar este alboroto. Ya te dije que tienes que dejar a Isabela en paz, te ruego que así lo hagas, a no ser que estés cansado de que te reciba aquí y quieras que Linton te cierre las puertas.
—¡No permita Dios que lo intente! —dijo el negro villano. En ese momento le aborrecí—. ¡Que Dios le conserve manso y paciente! Cada día estoy más loco por mandarle al cielo.
—¡Calla! —dijo Catalina cerrando la puerta interior—. No me irrites. ¿Por qué has desoído mi ruego? ¿Fue ella la que vino hacia ti?
—Y a ti qué te importa —gruñó él—. Tengo el derecho de besarla, si ella quiere, y tú no tienes derecho a oponerte. No soy tu marido, no tienes por qué estar celosa de mí.
—No estoy celosa de ti, estoy celosa por ti. Pon buena cara y no me riñas. Si te gusta Isabela te casarás con ella. ¿Pero te gusta? Di la verdad, Heathcliff. ¿Ves? No me contestas. Estoy segura de que no te gusta.
—¿Y el señor Linton consentiría que su hermana se casara con este hombre? —pregunté.
—El señor Linton consentirá —contestó la señora con decisión.
—Se podría evitar la molestia —dijo—; no necesito su consentimiento. En cuanto a ti, Catalina, quisiera decirte dos palabras ahora que estamos en ello. Quiero que te enteres de que que me has tratado de un modo infernal, infernal, ¿lo oyes? Y si presumes de que no me doy cuenta, eres necia; y si crees que puedo consolarme con dulces palabras, eres idiota; y si te imaginas que lo voy a soportar sin vengarme, yo te convenceré de lo contrario, y muy pronto. Mientras tanto, gracias por revelarme el secreto de tu cuñada. Juro que le sacaré el mayor partido posible, y tú no te interpongas.
—¿Qué nueva fase de tu carácter es esta? —exclamó la señora Linton asombrada—. Con que te he tratado de un modo infernal, y te vengarás, ¿cómo lo harás, bruto desagradecido? ¿Cuál ha sido mi manera infernal de tratarte?
—No intento vengarme de ti —replicó Heathcliff con menos vehemencia—. No es ese mi plan. El tirano oprime a sus esclavos y éstos no se vuelven contra él, sino que aplastan a los que tienen debajo. Muy bien que me tortures hasta la muerte para divertirte, sólo permíteme que yo me divierta de la misma manera, y guárdate de insultarme tanto como seas capaz. Has destruido mi palacio: no levantes una choza y te complazcas en admirar tu propia caridad al dármela por hogar. Si yo creyera que realmente quieres que me case con Isabela, me degollaría.
—Lo malo es que no tengo celos, ¿verdad? Bien, no te volveré a ofrecer esposa: es algo como ofrecer a Satanás un alma perdida. Tu felicidad consiste, como la suya, en infligir desgracia. Así lo demuestras. Edgar se ha repuesto del mal humor al que se entregó a tu llegada; yo empiezo a estar segura y tranquila, y tú, inquieto al sabernos en paz, pareces resuelto a buscar pelea. Peléate con Edgar, Heathcliff, si te parece, y engaña a su hermana, y acertarás en el método más eficaz de vengarte de mí.
La conversación cesó. La señora Linton se sentó junto al fuego, sofocada y triste; el demonio que la servía se había vuelto intratable, no la podía calmar ni frenar. Él de pie junto al hogar, con los brazos cruzados, cavilando en sus malos propósitos. En esta posición les dejé para ir a buscar al amo, que estaba preguntándose qué retenía a Catalina tanto tiempo abajo.
—Elena —dijo cuando entré—, ¿ha visto usted a la señora?
—Sí, está en la cocina, señor. Está tristemente enojada por la conducta del señor Heathcliff; desde luego, creo que ya es hora de disponer sus visitas con otro criterio. Es peligroso ser demasiado blando, y ahora vea lo que ha pasado.
Y le conté la escena del patio y, con tanta exactitud como lo permitió mi audacia, toda la disputa siguiente. Pensé que no iba a ser perjudicial para la señora Linton, a no ser que después se perjudicara ella misma al asumir la defensa de su huésped.
Edgar Linton apenas me pudo escuchar hasta el final. Sus primeras palabras revelaron que no eximía de culpa a su mujer.
—¡Esto es insufrible! —exclamó—. Es vergonzoso que le tenga por amigo y que me imponga a mí su compañía. Elena, que vengan dos hombres del zaguán. Catalina no estará más tiempo discutiendo con ese bellaco, bastante la he complacido.
Bajó, les pidió a los criados que esperaran en el pasillo y se fue, siguiéndole yo, a la cocina. Sus ocupantes habían reiniciado su airada conversación, la señora Linton, por lo menos, le reñía con renovado vigor. Heathcliff se había acercado a la ventana, cabizbajo, algo acobardado, al parecer, por la violenta regañina. Él fue el primero que vio al amo e hizo un rápido gesto para que ella se callara, que obedeció con brusquedad al darse cuenta del motivo de aquel ademán.
—¿Qué es esto? —dijo Linton, dirigiéndose a ella—. ¿Qué idea tienes del decoro para estar aquí, después del lenguaje que este bellaco ha usado contigo? Supongo que, como es su manera de hablar normal, no le das importancia, estás acostumbrada a su bajeza, y acaso te imaginas que puedo acostumbrarme yo también.
—¿Has estado escuchando detrás de la puerta, Edgar? —preguntó el ama en un tono bien calculado para provocar a su marido, que implicaba a un tiempo indiferencia y desprecio por su irritación.
Heathcliff, que había levantado los ojos al primer discurso, soltó una burlona risa al segundo, con el propósito, parecía, de atraer hacia él la atención del señor Linton. Lo consiguió, pero Edgar no pensaba entretenerle con explosiones de cólera.
—Hasta ahora he sido tolerante con usted, caballero —dijo tranquilamente—. No porque ignorara su miserable y degradado carácter, sino porque creía que usted era sólo en parte responsable de ello. Como Catalina deseaba mantener amistad con usted, accedí neciamente. Su presencia es una ponzoña moral que contaminaría al más virtuoso; por eso, y para evitar peores consecuencias, le niego desde ahora la entrada en esta casa y le notifico, ya, su inminente partida. Tres minutos de retraso harán su salida obligada e ignominiosa.
Heathcliff midió a su interlocutor a lo alto y a lo ancho con una sarcástica mirada.
—Cati, este cordero tuyo amenaza como si fuera un toro. Corre el peligro que se le parta el cráneo contra mis nudillos. Por Dios, señor Linton, lamento mucho que no valga usted la pena ni para darle un puñetazo.
Mi amo miró hacia el pasillo y me hizo seña de que fuera a buscar a los hombres: no quería aventurarse a un encuentro personal. Obedecí la indicación, pero la señora, sospechando algo, me siguió, y cuando yo iba a llamarles, me empujó hacia atrás, dio un portazo y echó la llave.
—Bonitos procedimientos —dijo ella, en respuesta a la mirada de ira y de sorpresa de su marido—. Si no tienes valor de atacarle, presenta tus excusas o permite que te derrote. Esto te corregirá de fingir más valor del que tienes. No, me tragaré la llave antes de dártela. Qué deliciosa recompensa tengo por mi bondad con cada uno de vosotros. Después de una constante indulgencia a la débil naturaleza de uno y a la malvada del otro, recojo, en agradecimiento, dos ejemplos de ciega ingratitud, estúpidos hasta el absurdo. Edgar, te he estado defendiendo a ti y a los tuyos, y quisiera que Heathcliff te flagelara hasta enfermar por haberte atrevido a pensar mal de mí.
No fue necesario flagelar al amo para que se produjera este efecto. Intentó arrebatar la llave de la garra de Cati, que por mayor seguridad la echó a la parte más incandescente del fuego, ante lo cual a Edgar le entró un temblor nervioso y su rostro se puso pálido como la muerte. Ni por su vida pudo evitar aquel ataque de sensibilidad que, mezclada con angustia y humillación, le dominó por completo. Se apoyó en el respaldo de una silla y se tapó la cara.
—¡Dios mío, esto en tiempos antiguos te hubieran valido la orden de caballería! —exclamó la señora Linton—. ¡Estamos vencidos! ¡Estamos vencidos! Tanto levantaría Heathcliff un dedo contra ti, como lanzaría un rey sus huestes contra un ejército de ratones. ¡Ánimo! No te hará daño. Tú no eres un cordero, sino un lebratillo.
—¡Que te diviertas con este cobarde de sangre lechosa! Te felicito por tu gusto. Esta es la criatura servil y temblorosa que preferiste a mí. No le golpearé con el puño, pero experimentaré gran satisfacción en darle un buen puntapié. ¿Está llorando? ¿Se va a desmayar de miedo? —se acercó y le dio un empujón a la silla en la que se apoyaba mi amo. Más le hubiera valido mantener la distancia, porque éste se enderezó rápidamente y le asestó en la garganta un golpe que hubiera derribado a un hombre más débil. Quedó Heathcliff sin aliento un minuto y, mientras se reponía, el amo se fue por la puerta trasera al patio y de allí a la entrada principal.
—Ya está, se acabaron tus visitas —exclamó Catalina—. Vete ahora, volverá con un par de pistolas y media docena de hombres. Si nos ha oído, por supuesto que nunca te perdonará. Me has jugado una mala pasada, Heathcliff. ¡Vete, date prisa! Prefiero ver acorralado a Edgar que a ti.
—¿Supones que me voy a marchar por este golpe que me arde en la garganta? —atronó Heathcliff—. Por el mismísimo infierno, no, aplastaré sus costillas, como una avellana podrida, antes de cruzar el umbral; si no le arrastro ahora, le mataré alguna vez. Así pues, si estimas su vida, déjame ir a su encuentro.
—No vendrá —dije, mintiendo un poco—. Allí están el cochero y dos jardineros. Seguro que usted no esperará que ellos le echen a la calle; cada uno lleva un garrote, y lo más probable es que el amo vigile desde las ventanas del gabinete para ver si cumplen sus órdenes.
Los jardineros y el cochero allí estaban, pero Linton estaba con ellos. Habían ya entrado en el patio. Heathcliff, pensándolo dos veces, resolvió evitar la lucha contra tres criados, cogió el pincho del fuego, hizo pedazos la cerradura de la puerta interior y escapó cuando los otros entraban.
La señora Linton, que estaba muy excitada, me pidió que la acompañara arriba. No sabía ella mi contribución en aquella contienda, y me interesaba mucho mantenerla en la ignorancia.
—¡Estoy medio loca, Neli! —exclamó, echándose en el sofá—. ¡Miles de martillos de herreros me golpean la cabeza! Dile a Isabela que no se acerque a mí, todo este escándalo es por su culpa, y si ella, o cualquiera, viniera a aumentar mi ira, me volvería rabiosa. Y, Neli, dile a Edgar, si le ves de nuevo esta noche, que estoy en peligro de caer gravemente enferma. Quisiera que fuera verdad. Me ha aterrorizado y entristecido mucho. Quiero que le entre miedo. Además, podría venir y empezar con una retahíla de insultos y de quejas, que estoy segura yo le recriminaría, y Dios sabe a dónde iríamos a parar. ¿Lo harás, mi buena Neli? Tú sabes que en este asunto yo no soy culpable. ¿Qué mal espíritu le convertiría en escucha? Las palabras de Heathcliff fueron ofensivas, después que nos dejaste, pero pronto le hubiera yo alejado de Isabela, lo demás no era nada. Ahora todo se ha echado a perder por el necio deseo de oír hablar mal de sí mismo, que atormenta a algunas personas como el diablo. Si Edgar no hubiera recogido nuestra conversación, no lo hubiera pasado peor. Realmente cuando se dirigió a mí en este absurdo tono de disgusto, después de que por él yo había reñido a Heathcliff hasta ponerme ronca, apenas me importaba lo que se hicieran el uno al otro, sobre todo porque sentía que, cualquiera que fuera el final de la escena, quedaríamos separados por quién sabe cuanto tiempo. Bien, si no puedo conservar a Heathcliff como amigo, si Edgar es mezquino y celoso, intentaré destrozarles el corazón, destrozando el mío. Esta será, si se me empuja a tal extremo, una rápida manera de poner fin a todo esto. Pero es algo que reservo para un caso desesperado y no quiero que a Linton le coja por sorpresa. Hasta ahora ha sido discreto por miedo a provocarme, tú tienes que hacerle presente los peligros de abandonar esta táctica y recordarle mi temperamento apasionado, que linda con el furor cuando se enciende. Quisiera que apartaras esa apatía de tu semblante y te tomaras más interés por mí.
La impasibilidad con que recibí estas instrucciones era, sin duda, exasperante, porque fueron dichas con absoluta sinceridad, pero yo creía que una persona que podía calcular de antemano el giro que daría a sus ataques de ira, podía, con fuerza de voluntad, dominarse a sí misma lo suficiente, aun bajo la influencia de tales ataques. No quería ser yo quien «asustara» a su marido, como ella dijo, ni multiplicar sus sinsabores con el propósito de servir al egoísmo de Catalina. Por lo tanto, cuando encontré al amo que venía hacia el gabinete, no le dije nada, pero me tomé la libertad de retroceder para escuchar si reanudaban su pelea. Él habló primero:
—Quédate donde estás, Catalina —dijo, sin ira en la voz, pero con triste desaliento—. No me voy a quedar. No he venido ni para pelear, ni para reconciliarme; sólo quiero saber si, después de los acontecimientos de esta tarde, piensas continuar tu intimidad con...
—¡Por favor! —interrumpió la señora, dando con el pie en el suelo—. ¡Por favor, no hablemos más de esto! Tu sangre no puede calentarse, tus venas están llenas de agua helada. Las mías están hirviendo y la vista de tal frialdad las pone en danza.
—Para liberarte de mí, contesta a mi pregunta, debes contestármela; esta violencia no me alarma. He descubierto que puedes ser tan estoica como cualquiera cuando quieres. ¿Vas a prescindir de Heathcliff en adelante, o vas a prescindir de mí? Es imposible para ti ser al mismo tiempo su amiga y mi amiga, tengo que saber necesariamente a quién escoges.
—¡Yo necesito que me dejes sola! —exclamó furiosa—. Te lo exijo, ¿no ves que apenas puedo tenerme en pie? Edgar, déjame, déjame.
Tiró del cordón de la campanilla tan fuerte que lo rompió. Entré con calma. Tan insensatas y perversas rabietas eran lo bastante para poner a prueba el temple de un santo. Allí estaba, tendida, dándose con la cabeza contra el brazo del sofá y rechinando los dientes, como si quisiera hacérselos astillas.
El señor Linton la miraba con súbito arrepentimiento y temor. Me dijo que fuera a buscar un poco de agua. Ella no tenía aliento para hablar.
Traje un vaso lleno y, como no quería beber, le rocié la cara. En pocos segundos se puso rígida, con los ojos en blanco, mientras sus mejillas, rápidamente descoloridas y lívidas, adquirían el aspecto de la muerte. Linton estaba aterrorizado.
—Esto no es nada —murmuré. Yo no quería que cediese, aunque no podía evitar tener mi corazón angustiado.
—Tiene sangre en los labios —dijo estremecido.
—No se preocupe —contesté con sequedad. Y le expliqué cómo ella estaba decidida, antes de que él viniera, a dar el espectáculo de un ataque de locura.
Tuve la poca precaución de contárselo en voz alta y ella me oyó: se puso en pie, su cabello flotando sobre sus hombros, los ojos llameando, los músculos del cuello y los brazos en una tensión preternatural. Pensé que acabaría yo con algún hueso roto, pero sólo miró a su alrededor un instante, y salió precipitadamente de la habitación.
El amo me indicó que la siguiera, lo hice hasta la puerta de su alcoba, en donde me impidió que siguiera adelante, cerrándola ante mí.
Como ella no bajó a desayunar a la mañana siguiente, le pregunté si quería que se le subiera algo.
—No —dijo, categóricamente.
La misma pregunta se repitió a la comida y al té, y de nuevo a la mañana siguiente, y la respuesta fue la misma.
El señor Linton, por su parte, pasaba el tiempo en la biblioteca sin preguntar nada respecto a lo que hacía su mujer. Isabela y él habían tenido una entrevista de una hora, durante la cual intentó sacarle algún sentimiento de legítimo horror por los atrevimientos de Heathcliff, pero no pudo conseguir nada de sus respuestas evasivas y se vio obligado a cerrar el interrogatorio sin resultado. Añadió, sin embargo, una solemne advertencia: que si era tan loca como para alentar a tan indigno pretendiente, rompería toda relación entre ella y él.

Capítulo XII

Mientras la señorita Linton se abandonaba a su tristeza por el parque y el jardín, siempre silenciosa y casi siempre llorando; su hermano permanecía encerrado entre los libros, que no abría, cansándose, supongo, de su continua y vaga esperanza de que Catalina, arrepentida de su conducta, volvería de su propio acuerdo para pedir que la perdonara y buscar una reconciliación; mientras ella se obstinaba en ayunar, con la idea, probablemente, de que en cada comida Edgar casi se atragantaría por su ausencia, y que sólo el orgullo le impediría correr a postrarse a sus pies..., yo iba haciendo mis deberes domésticos convencida de que las cuatro paredes de la Granja sólo albergaban un alma sensata y que ésta estaba alojada en mi cuerpo.
No malgastaba compasión hacia la señorita, ni protestas hacia la señora, ni prestaba gran atención a los suspiros del amo, que deseaba oír el nombre de su esposa, ya que no podía oír su voz. Decidí que ya se las arreglarían como gustasen y, aunque fue un proceso fatigoso y lento, al fin el tenue alborear de su buena marcha, empezó a alegrarme, así por lo menos lo creí en un principio.
Al tercer día la señora Linton corrió el cerrojo de su puerta, porque habiéndose terminado el agua del cántaro y de la botella, quiso que se le renovara la provisión, y también un tazón de caldo, porque se creía morir. Consideré que estas palabras iban dirigidas a los oídos de Edgar, pero como no las creía, las guardé para mí y le llevé un poco de té con tostadas. Comió y bebió con avidez y volvió a hundirse en la almohada, con las manos apretadas, y gimiendo.
—¡Quiero morirme! —exclamó—, puesto que a nadie le importo nada. Siento haber tomado esto.
Un buen rato después la oí murmurar:
—No, no me quiero morir, se alegraría, no me quiere nada, nunca me echaría de menos.
—¿Necesita algo, señora? —pregunté, conservando todavía mi compostura externa, a pesar de su aspecto fantasmal y extraño, y su exagerado proceder.
—¿Qué hace ese ser apático? —preguntó, retirando los rizos espesos y enmarañados de su demacrado rostro—. ¿Ha caído en un letargo o se ha muerto?
—Ni una cosa ni otra. Si usted quiere decir el señor Linton, supongo que está bastante bien, aunque sus estudios le ocupan más de lo que debieran; continuamente está entre sus libros, puesto que no tiene otra compañía.
Si hubiera sabido su verdadero estado, no hubiera hablado así, pero yo no podía liberarme de la idea de que parte de su enfermedad era fingida.
—¡Entre sus libros! Y yo muñéndome, al borde de la tumba. ¡Dios mío! ¿Sabe lo desfigurada que estoy? —continuó, contemplando su imagen en un espejo colgado en la pared opuesta—. ¿Es esta Catalina Linton? Se cree que sólo estoy de mal humor, en broma quizá? ¿No puedes tú informarle de que es algo muy serio? Neli, si no es demasiado tarde, en cuanto yo sepa sus sentimientos, escogeré entre estas dos cosas: o me dejaré morir de hambre ahora mismo —lo que no sería castigo a no ser que tenga corazón— o recuperarme y dejar el país. ¿Dices la verdad respecto a él? Ten cuidado. ¿Le importa en realidad tan poco mi vida?
—Bueno, señora, el señor no tiene idea de que está usted trastornada, y desde luego no teme que se deje usted morir de hambre.
—¿Crees que no? ¿No puedes decirle que sí lo haré? Persuádele, dile lo que piensas, dile que estás segura de que sí lo haré.
—No, usted olvida, señora Linton, que esta tarde usted ha comido algo con gusto, y mañana notará su buen efecto.
—Si sólo tuviera la seguridad de que esto ha de matarle, me mataría en el acto. Estas tres noches espantosas no he cerrado los ojos, he sufrido tormentos, he estado obsesionada, Neli. Y empiezo a imaginarme que tú no me quieres. ¡Qué raro! Pensaba que, aunque todos sentían odio y desprecio unos de otros, no podían dejar de amarme, y ahora todos se han convertido en enemigos en pocas horas. Ellos, estoy segura, la gente de aquí. ¡Qué triste encontrarse con la muerte y estar rodeada de sus fríos rostros! Isabela, llena de terror y repulsión, temerosa de entrar en mi cuarto, porque sería horrible ver que Catalina se va. Y Edgar, de pie, solemnemente, a mi lado, para contemplar mi fin, y luego ofrecerá oraciones para dar gracias a Dios por el restablecimiento de la paz en la casa, y volverá a sus libros. ¡Qué tendrá que hacer con sus libros cuando yo me estoy muriendo!
No podía soportar la idea que yo le había metido en la cabeza de la filosófica resignación de su marido. Agitándose con frenesí, aumentó su febril extravío hasta la locura, y rasgó la almohada con los dientes. Se levantó ardiendo y quiso que yo abriera la ventana; estábamos en pleno invierno, el viento soplaba con fuerza del noreste, y me opuse. Tanto las fugaces expresiones de su rostro como sus cambios de humor empezaron a alarmarme y me trajeron a la memoria su anterior enfermedad y la recomendación del doctor de que no se la debía contrariar. Hacía un minuto era presa de la violencia, ahora, apoyada en un brazo, parecía encontrar infantil diversión en sacar las plumas por los desgarrones que acababa de hacer y alinearlas sobre la sábana según sus distintas especies: su mente se había alejado hacia otras asociaciones.
—Ésta es de pavo —murmuró para sí—, y esta es de pato salvaje, esta de paloma... ¡Ah, ponen plumas de paloma en la almohada, no es extraño que no me haya muerto! Pondré cuidado de tirarla al suelo cuando me acueste. Aquí está la de cerceta, y ésta —la reconocería entre mil— es de avefría. Bonito pájaro, revoloteando sobre nuestras cabezas en medio del páramo. Quería irse a su nido, porque las nubes se cernían sobre las alturas y sentía venir la lluvia. Esta pluma se cogió en los brezos, el pájaro no estaba muerto, vimos el nido en el invierno lleno de esqueletos pequeñitos. Heathcliff había puesto allí una trampa, y los viejos no se atrevieron a ir. Le hice prometer que nunca mataría un avefría después de eso, y lo cumplió. Sí, aquí hay más, ¿mató a más avesfrías, Neli? ¿Tiene sangre alguna? Déjame ver.
—Deje usted ese juego infantil —le interrumpí, quitándole la almohada y volviendo los agujeros hacia el colchón porque estaba sacando su contenido a puñados—. Acuéstese y cierre los ojos. Está usted delirando. ¡Qué suciedad! El plumón vuela como si fuera nieve.
Me puse a recogerlo de un lado para otro.
—Veo en ti, Neli —continuó divagando—, una vieja de pelo blanco y espaldas encorvadas. Esta cama es la cueva encantada bajo el Roquedal de Peniston, y tú estás recogiendo puntas de flecha de pedernal para herir a nuestras novillas, fingiendo, cuando estoy cerca, que no son más que copos de lana. Así serás dentro de cincuenta años, ya sé que ahora no eres así. No estoy delirando: estás equivocada, de lo contrario creería que eres esa marchita bruja, y que yo estaba bajo el Roquedal de Peniston; soy consciente de que es de noche y que hay dos velas sobre la mesa que hacen que el armario negro brille como el azabache.
—¿El armario negro? ¿Dónde está? Usted está soñando.
—Contra la pared, como siempre. ¡Qué extraño parece! Veo un rostro en él.
—No hay armario en la habitación, ni nunca lo ha habido —dije, volviéndome a sentar y recogiendo la cortina del lecho para poder vigilarla.
—¿No ves esa cara? —preguntó, mirando fijamente al espejo.
Le dije que sí, pero no fui capaz de hacerle comprender que era su rostro; me levanté y cubrí el espejo con un chal.
—Todavía está detrás, y se ha movido. ¿Quién es? Espero que no salga cuando tú te vayas. ¡Oh, Neli, este cuarto está hechizado! Tengo miedo de quedarme sola.
Tomé su mano en la mía y le rogué que se tranquilizara, porque temblores sucesivos convulsionaban su cuerpo, y seguía manteniendo su mirada fija en el espejo.
—No hay nadie aquí —insistí—. Era usted misma, señora Linton, hace un momento usted lo sabía.
—¡Yo misma! —jadeó—. Y están dando las doce; es verdad, pues. ¡Qué espanto!
Agarraba con los dedos la sábana y la recogía ante sus ojos. Intenté deslizarme hacia la puerta con la intención de llamar a su marido, pero un penetrante chillido me hizo retroceder: el chal se había caído del marco del espejo.
—¿Qué es esto, qué pasa? ¿Quién es cobarde ahora? Despierte. Es el espejo, señora, se ve a sí misma, y ahí estoy yo también, a su lado.
Temblando y extraviada, me sujetaba con fuerza, mas el horror iba desapareciendo de su semblante y su palidez dio paso a un sonrojo de vergüenza.
—¡Oh, Dios mío! Creí que estaba en casa —suspiró—. Creí que estaba acostada en mi alcoba de Cumbres Borrascosas. Como estoy débil, mi cabeza está aturdida, y grité inconscientemente. No digas nada, pero quédate conmigo. Me da miedo quedarme dormida, mis sueños me asustan.
—Un buen sueño le haría bien, señora, y espero que estos sufrimientos le impedirán intentar de nuevo dejarse morir de hambre.
—¡Si yo estuviera en mi propio lecho en la vieja casa! —continuó con amargura, retorciéndose las manos— ¡Y este viento que suena en los abetos junto a la ventana! Déjame que lo sienta, baja derecho del páramo, déjame respirarlo una vez sólo.
Para apaciguarla entreabrí la ventana unos segundos. Una fría ráfaga penetró. Cerré y me volví a mi sitio. Estaba ahora acostada tranquila, con la cara bañada en lágrimas. El agotamiento del cuerpo había dominado el espíritu: nuestra feroz Catalina no era ahora más que un niño gimoteando.
—¿Cuánto tiempo hace que me encerré aquí? —preguntó reanimándose de repente.
—Era el lunes por la tarde, y es jueves por la noche, o más bien, ahora, viernes por la mañana.
—¡Cómo! ¿De la misma semana? ¿Tan poco tiempo?
—Harto largo para vivir sólo de agua fría y mal humor.
—Bueno, me resulta un cansado número de horas —murmuró dudosa—. Deben de ser más. Recuerdo que estaba en el gabinete después que ellos se pelearon; que Edgar estuvo cruelmente provocativo, que yo corrí a esta habitación desesperada. En cuanto eché el cerrojo, una completa oscuridad me sobrecogió y caí al suelo. No podía explicarle a Edgar lo segura que me sentía de tener un ataque, o enloquecer de ira, si persistía en molestarme. Había perdido el dominio de mi lengua, o entendimiento, y acaso él no podía suponer mi agonía; apenas si me quedó instinto de huir de su presencia y de su voz. Antes de que me recuperara lo suficiente para ver y oír, empezó a amanecer y, Neli, te contaré lo que pensé y lo que se repitió una y otra vez, hasta que temí perder la razón. Pensaba, mientras estaba tendida ahí con la cabeza contra la pata de la mesa y mis ojos distinguiendo confusamente el cuadro gris de la ventana, que estaba encerrada en la cama de los paneles de roble de mi casa, y que mi corazón sufría por un gran dolor que al despertar no recordaba. Reflexioné, y estaba inquieta por descubrir lo que podía ser y, cosa rara, los siete últimos años de mi vida habían desaparecido. No podía recordar ni que hubieran existido. Yo era niña, acababa de enterrar a mi padre, y mi dolor procedía de la separación que Hindley impuso entre Heathcliff y yo. Estaba sola por primera vez, y al despertar de un funesto duermevela, después de una noche de llanto, levanté la mano, abrí los paneles y tropecé con la mesa, la pasé por la alfombra y se me despejó la memoria: mi reciente angustia quedó ahogada en un paroxismo de desesperación. No puedo decir por qué me sentía tan ferozmente desdichada, debió de haber sido una enajenación pasajera porque apenas hay motivo. Pero imagínate que a los doce años hubiera sido arrancada de las cumbres y de mis primeros recuerdos y de mi todo en todo, como era entonces Heathcliff para mí; y se me hubiera convertido de golpe en la señora Linton, la dueña de la Granja de los Tordos, y la esposa de un extraño, exiliada y proscrita en adelante de todo lo que había sido mi mundo; tú podrás ahora vislumbrar el abismo en que me revolcaba. ¡Sí, mueve la cabeza tanto como quieras, Neli, pero has contribuido a mi perturbación! Tú debías haberle hablado a Edgar, sí, debías, y obligarle a que me dejara tranquila. ¡Estoy ardiendo! Quisiera estar al aire libre. Quisiera ser una niña de nuevo, medio salvaje, robusta y libre, y reírme de las injurias y no enloquecer por ellas. ¿Por qué estoy tan cambiada? ¿Por qué mi sangre corre en infernal tumulto por unas pocas palabras? Estoy segura de que volvería a ser yo misma si me encontrara de nuevo entre los brezos de aquellas colinas. Abre otra vez la ventana de par en par, sujétala abierta. Deprisa, ¿por qué no te mueves?
—Porque no quiero que se muera usted de frío.
—Querrás decir que no me quieres dar una oportunidad de vida —dijo enfadada—. Pero aún no estoy impedida, la abriré yo misma.
Y deslizándose de la cama, antes de que yo lo pudiera evitar, cruzó la habitación con paso vacilante, la abrió y se asomó, sin importarle el aire helado sobre sus hombros, tan afilado como un cuchillo. Le rogué que se retirara y al fin tuve que forzarla, pero pronto descubrí que su fuerza delirante era muy superior a la mía; estaba delirando, me convencí por sus posteriores actos y desvaríos. No había luna y todo se extendía en brumosa oscuridad. Ni una sola luz brillaba en las casas, lejos o cerca. Todas se habían apagado hacía mucho rato, y las de las Cumbres tampoco se veían, pero ella aseguraba que percibía su resplandor.
—¡Mira! —gritó con vehemencia—, ese es mi cuarto, con una vela encendida, y los árboles balanceándose por delante. Y otra vela está en la buhardilla de José, él se acuesta tarde, ¿verdad? Espera a que yo vuelva a casa para cerrar la verja. Bien, esperará un rato aún. Es un viaje penoso, y triste el corazón que ha de emprenderlo. Tenemos que pasar por la iglesia de Gimmerton para hacer este viaje. A menudo hemos desafiado juntos a sus espectros, y nos hemos desafiado el uno al otro para quedarnos entre las tumbas y pedirles que vinieran. Pero Heathcliff, si yo ahora te desafiara, ¿te aventurarías? Si lo haces te esperaré. No reposaré allí sola; ya me pueden enterrar a doce pies de profundidad y echarme la iglesia encima, que no descansaré hasta que estés conmigo. No, nunca.
Hizo una pausa y continuó con una extraña sonrisa:
—Lo está pensando, preferiría que yo fuera hacia él. Encuentra, pues, un camino que no pase por el cementerio. ¡Qué lento eres! Alégrate, tú siempre me has seguido.
Comprendiendo que era inútil argumentar contra su locura, pensaba cómo podría alcanzar algo para abrigarla sin dejarla suelta, porque no podía confiar en ella, sola junto a la ventana abierta, cuando, en esta dificultad, oí el ruido de la cerradura de la puerta, y el señor Linton que entraba. Hasta entonces no había salido de la biblioteca y, al pasar por el vestíbulo, oyó nuestra conversación y atraído por el temor o la curiosidad, quiso averiguar qué significaba aquello a aquellas horas.
—¡Oh, señor! —exclamé, deteniendo el grito que le vino a sus labios ante el espectáculo que se encontró y el desolado ambiente de la habitación—. Mi pobre señora está enferma, y me domina del todo, no puedo con ella; venga por favor, y convénzala de que se vaya a la cama. Olvide su enfado, porque es muy difícil de llevar, a no ser por donde ella quiera.
—¿Catalina enferma? —dijo, viniendo deprisa hacia nosotras—. ¡Cierre la ventana, Elena! Catalina por qué...
Se quedó en silencio, el macilento aspecto de su esposa le dejó mudo, sólo podía mirarnos, de una a la otra, en horrorizado asombro.
—Ha estado muy inquieta —continué—, sin tomar apenas nada, sin quejarse, no nos ha dejado entrar a ninguno de nosotros hasta esta tarde, por eso no podía yo informarle de su estado, porque nosotros mismos lo desconocíamos, pero no es nada.
Yo me daba cuenta de la torpeza de mis explicaciones; el amo frunció el entrecejo.
—¿No es nada, Elena Dean? —dijo seriamente—. Tendrá usted que darme cuenta más clara por mantenerme ignorante de esto.
Tomó a su mujer en los brazos y la miró con angustia.
Al principio no dio ésta señales de reconocerle, era invisible a su extraviado mirar, pero su delirio no se había fijado aún, y al cesar sus ojos de contemplar la oscuridad exterior, gradualmente, centró su atención en él, y se dio cuenta de quién la tenía en sus brazos.
—¿Has venido, eres tú, Edgar Linton? —dijo con colérica agitación—. Eres de esos seres que se encuentran cuando menos se necesitan y nunca cuando son necesarios. Supongo que ahora tendremos abundantes lamentos, ya veo que sí, pero no me apartarán de mi estrecha morada allá lejos, mi lugar de reposo, en donde estaré antes de que pase la primavera. No entre los Linton, bajo el techo de la capilla, sino al aire libre, y tú puedes hacer lo que gustes: irte con ellos o venir conmigo.
—Catalina, ¿qué has hecho? ¿Ya no soy nada para ti? ¿Amas a ese miserable de Heath...
—¡Calla! ¡Calla ahora mismo! Menciona ese nombre y pongo fin al asunto tirándome por la ventana. Lo que estás tocando ahora lo puedes tener, pero mi alma estará en aquella cima antes de que me toques otra vez. No te necesito, Edgar, hace tiempo que he dejado de necesitarte. Vuelve a tus libros. Me alegro de que tengas ese consuelo, porque el que tenías en mí, ya no existe.
—Delira, señor —interrumpí—. Ha estado diciendo incongruencias toda la tarde, pero dejémosla reposar y cuidémosla bien y se restablecerá. De ahora en adelante tenemos que tener cuidado de no irritarla.
—No necesito sus consejos, usted conocía la naturaleza de su señora y me ha alentado a hostigarla. Y no me ha dado ni un dato de cómo ha estado estos tres días. Esto es cruel. Meses de enfermedad no hubieran causado semejante cambio.
Empecé a defenderme, pensé que era muy injusto censurarme por la perversa terquedad de otra persona.
—Conocía la testaruda y dominante manera de ser de la señora Linton, pero lo que no sabía era que usted quisiera fomentar su mal carácter, no sabía que para darle gusto tenía que hacer la vista gorda al señor Heathcliff. Cumplí con el deber de una fiel sirvienta diciéndoselo a usted, y de fiel sirvienta tengo el salario. Bien, esto me enseñará a tener más cuidado la próxima vez. La próxima vez puede usted mismo reunir la información.
—La próxima vez que me venga usted con un cuento, dejará usted mi servicio, Elena Dean.
—Entonces, supongo, señor Linton, que prefiere no interesarse por nada. ¿Tiene el señor Heathcliff permiso de venir a cortejar a la señorita, y colarse aquí en cada oportunidad que le ofrezca su ausencia, con el propósito de emponzoñar a la señora contra usted?
A pesar del aturdimiento de Catalina, su inteligencia estaba alerta y atendía a nuestra conversación.
—¡Ah, Neli ha hecho el papel de traidor! —exclamó apasionadamente—. Es mi oculta enemiga. ¡Bruja! Así buscas puntas de flechas para hacernos daño. ¡Déjame, haré que se arrepienta, que pida a gritos perdón!
Una furia demencial se encendió en sus ojos y luchó desesperadamente para deshacerse de los brazos de Linton. No me sentí inclinada a esperar el desenlace y, resuelta a buscar asistencia médica bajo mi responsabilidad, salí de la habitación.
Al cruzar el jardín para salir al camino, en el lugar donde hay una argolla para las caballerías clavada en el muro, vi algo que se movía de manera rara, evidentemente no por la acción del viento. A pesar de la prisa que llevaba, me detuve para mirarlo, para que no me quedara después impresa en mi imaginación la seguridad de que era un ser del otro mundo.
Enormes fueron mi sorpresa y perplejidad al descubrir, más por el tacto que por la vista, que era Fany, el perrito de la señorita Isabela, colgado de un pañuelo y casi en su último aliento. Rápidamente liberé al animal y le llevé al jardín. Le había visto seguir a su ama arriba, cuando se fue a la cama, y no me explicaba cómo había salido hasta ese sitio y qué mala persona le había tratado tan mal. Mientras desataba el nudo de la argolla, me pareció oír, repetidamente, el galopar de un caballo a cierta distancia. Pero eran tantas las cosas que me preocupaban, que apenas le di importancia, aunque era un ruido extraño, en aquel lugar, y a las dos de la mañana. Por fortuna, el señor Kenneth salía de su casa para ir a ver a un paciente en el pueblo en el momento que yo me acercaba por la calle. Mi relato de la enfermedad de Catalina Linton le decidió a acompañarme de vuelta inmediatamente.
Era Kenneth un hombre sencillo y rústico y no tuvo escrúpulos en expresar sus dudas de que sobreviviera a este segundo ataque, a no ser que fuera más obediente a sus instrucciones de lo que había sido antes.
—Neli Dean, no puedo menos de pensar que hay otras razones para esto. ¿Qué ha pasado en la Granja? Nos han llegado rumores raros. Una joven fuerte y sana como Catalina no cae enferma por una nimiedad; no enferma esta clase de gente tampoco. Es por motivos muy serios por lo que llegan a las fiebres y esas cosas. ¿Cómo empezó todo esto?
—El amo le informará a usted, pero ya conoce el carácter violento de los Earnshaw, y la señora Linton les supera a todos. Lo que yo puedo decir es esto: empezó por una disputa. En un acceso de cólera le dio como un ataque. Esto es por lo menos lo que ella dice. En lo más álgido echó a correr y se encerró. Después se negó a comer, y ahora alterna entre el delirio y el quedarse medio dormida. Conoce a las personas que la rodean, pero su cabeza está llena de ideas raras y alucinaciones.
—El señor Linton estará disgustado —observó Kenneth, inquisitivo.
—¿Disgustado? Se le partiría el corazón si algo ocurriese. No le alarme usted innecesariamente.
—Bien, ya le dije que tuviera cuidado, y tendrá que sufrir las consecuencias de no haberme hecho caso. ¿No ha estado intimando con Heathcliff últimamente?
—Heathcliff visita con frecuencia la Granja, más por el cariño que le tiene la señora por haberse conocido de niños, que porque al amo le guste su compañía. Por ahora está liberado del deber de visitarnos por ciertas presuntuosas aspiraciones que declaró a la señorita Linton. Dudo que vuelva a ser admitido.
—Y la señorita Linton, ¿le vuelve fríamente la espalda? —fue la siguiente pregunta del doctor.
—No soy su confidente —contesté, deseosa de dejar de hablar de este tema.
—No, es taimada —observó, moviendo la cabeza—. Se rige por su propio criterio, pero en realidad es tonta. Sé de buena tinta que anoche —y vaya nochecita que hacía—, ella y Heathcliff estuvieron paseando por la plantación, detrás de vuestra casa, más de dos horas, y él la instaba a que no volviera a entrar, sino que montara en el caballo y se fuera con él. La persona que me informó me dijo que ella sólo le hizo desistir dándole su palabra de honor de estar preparada en su próximo encuentro. Cuándo iba a ser esto, él no lo sabía; usted tiene que advertir a Linton que esté muy alerta.
Estas noticias me llenaron de nuevos temores. Me adelanté a Kenneth y me hice casi todo el camino de vuelta corriendo. El perrito estaba todavía gruñendo en el jardín. Me detuve un minuto en abrirle la verja, pero, en lugar de irse hacia la casa, corrió de un lado para otro, olfateando la hierba, y se hubiera escapado al camino si yo no le hubiera cogido y llevado conmigo.
Subí al cuarto de Isabela y mis sospechas se confirmaron: estaba vacío. Si yo hubiera llegado allí unas horas antes, acaso la enfermedad de la señora Linton la hubiera detenido antes de dar tan atolondrado paso. Pero, ¿qué se podía hacer ahora? Había muy poca posibilidad de alcanzarles, aunque se les persiguiera inmediatamente. Yo no podía perseguirles, ni me atrevía a levantar a la familia y llenar la casa de confusión, y mucho menos poner al corriente del asunto a mi amo, absorto como estaba en su presente desgracia, y no teniendo sitio en su corazón para un nuevo dolor. Vi que lo único que podía hacer era callarme y dejar que las cosas siguieran su curso. Cuando llegó Kenneth fui a anunciarle con descompuesto semblante.
Catalina dormía con sueño inquieto; su marido había conseguido calmar su acceso de frenesí; ahora estaba inclinado hacia su almohada observando cada matiz y cada cambio de la penosa expresión de sus facciones.
El doctor, observando el caso, dio esperanzas de que tuviera un desenlace feliz, si nosotros conseguíamos mantener a su alrededor una perfecta y constante tranquilidad. A mí me dijo que el peligro que le amenazaba no era tanto la muerte como que quedara enajenada para siempre.
Aquella noche no cerré los ojos, tampoco el señor Linton, ni siquiera nos acostamos, y los criados se levantaron mucho antes de la hora acostumbrada, andando por la casa con pasos furtivos e intercambiando cuchicheos cuando se encontraban en sus quehaceres. Todos estaban activos menos la señorita Isabela, y empezaron a comentar lo profundamente que dormía. Su hermano también preguntó si se había levantado, parecía impaciente por verla y molesto de que mostrase tan poco interés por su cuñada. Estaba temblando de que me mandara a mí a llamarla, pero me ahorró la molestia de ser la primera en anunciar su fuga. Una de las criadas, una moza de poco seso, que había ido a un recado temprano a Gimmerton, subió jadeante, con la boca abierta, y entró corriendo en la alcoba gritando:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué va a pasar ahora? Señor, señor, nuestra señorita...
—¡No escandalices! —le grité irritada por sus ruidosas maneras.
—Habla más bajo, María. ¿Qué pasa? —dijo el señor Linton—. ¿Qué le duele a tu señorita?
—¡Que se ha ido, que se ha ido! Ese Heathcliff se ha fugado con ella —jadeó la chica.
—¡No es cierto! —exclamó Linton, levantándose agitado—. No puede ser. ¿Cómo se te ha metido esa idea en la cabeza? Elena Dean, vaya a buscarla, es increíble. ¡No puede ser!
Mientras hablaba puso a la criada en la puerta y la requirió de nuevo para saber las razones de tal afirmación.
—Bueno. Encontré en el camino a un chico que viene a buscar leche aquí y me preguntó si teníamos algún disgusto en la Granja. Creí que lo decía por la enfermedad de la señora, por eso yo contesté que sí. Entonces dijo: supongo que habrá salido alguien detrás para alcanzarles. Me quedé asombrada. Vio que yo no sabía nada y me dijo que un caballero y una señora se habían detenido para clavar la herradura de un caballo en la tienda del herrero a dos millas más allá de Gimmerton, no mucho después de la media noche. La hija del herrero se levantó para espiar quiénes eran: los conoció enseguida. Se fijó en el hombre, era Heathcliff, estaba segura, nadie le podía confundir, además pagó con una moneda de oro que puso en la mano de su padre. La señora llevaba un velo por la cara, pero como pidió un sorbo de agua, mientras bebía se le cayó y la vio muy bien. Heathcliff sujetaba las dos riendas al cabalgar. Volvieron la espalda al pueblo, y se fueron tan deprisa como los malos caminos les permitían. La hija no dijo nada a su padre, pero esta mañana se lo contó a todo Gimmerton.
Subí corriendo y me asomé, por pura fórmula, en el cuarto de Isabela; confirmé, cuando volví, el relato de la sirvienta. El señor había vuelto a su asiento junto a la cama. Al entrar yo, levantó los ojos, leyó el significado de mi perturbado rostro, y los volvió a bajar, sin dar una orden, ni decir palabra.
—¿Vamos a tomar medidas para alcanzarles y hacerles volver? —pregunté—. ¿Cómo lo haremos?
—Se fue porque quiso; tenía derecho a irse si quería. No me moleste más hablando de ella. De ahora en adelante es mi hermana sólo de nombre, no porque yo haya renegado de ella, sino porque ella ha renegado de mí.
Y esto fue todo lo que dijo de este asunto. Ni hizo ninguna pesquisa, ni la mencionó para nada, excepto para ordenarme que le mandara todo lo que hubiera suyo en la casa a su nuevo hogar, donde quiera que fuese, cuando lo supiera.

Capítulo XIII

Durante dos meses estuvieron ausentes los fugitivos. En estos dos meses la señora Linton sufrió y venció el peor ataque de lo que se llamó fiebre cerebral. Ninguna madre pudo nunca cuidar a un hijo con más devoción que la que Edgar tuvo para ella. Día y noche la vigilaba y pacientemente sufría todas las molestias que unos nervios irritados y una razón perturbada pueden infligir, y, como Kenneth observó, lo que él había salvado de la tumba, sólo iba a recompensar sus cuidados creando una fuente de constante ansiedad futura —porque lo cierto era que su salud y fortaleza habían sido sacrificadas para salvar una mera ruina humana—; no obstante, no tuvieron límite su gratitud y alegría cuando se consideró fuera de peligro la vida de Catalina, y hora tras hora, sentado junto a ella, iba observando el gradual retorno de la salud física, y estimulaba su demasiado optimista esperanza con la ilusión de que su mente recobraría el exacto equilibrio y que pronto sería la misma que fue.
La primera vez que dejó la alcoba fue a principios del marzo siguiente. El señor Linton había puesto por la mañana un manojo de dorados crocus sobre su almohada; sus ojos, tanto tiempo ajenos a cualquier destello de belleza, lo captaron al despertar y brillaron felices mientras juntaba las flores con afán.
—Estas son las primeras flores de las Cumbres —exclamó—. Me recuerdan los suaves vientos del deshielo, el tibio calor del sol y las apenas fundidas nieves. Edgar, ¿no sopla el viento del sur? ¿Se ha ido ya casi la nieve?
—La nieve ha desaparecido del todo aquí, cariño, sólo se ven dos manchas blancas en toda la línea de los páramos. El cielo está azul, las alondras cantan y los riachuelos y arroyos están llenos hasta los bordes. Catalina, la primavera pasada por ahora, estaba deseando tenerte bajo este techo, en este momento quisiera que estuvieras una milla o dos por esas colinas, el aire es allí tan suave que creo que te curaría.
—Sólo iré allí una vez, entonces tú me dejarás, y allí me quedaré para siempre. La próxima primavera de nuevo desearás tenerme bajo este techo, y mirarás hacia atrás, y pensarás que hoy eres feliz.
Linton le prodigó sus más amables caricias e intentó alegrarla con las más tiernas palabras, pero ella, mirando distraídamente las flores, dejó que se agolparan las lágrimas en sus ojos y que corrieran por sus mejillas.
Sabíamos que estaba realmente mejor. Decidimos, por lo tanto, que tan larga reclusión en un solo lugar podía producir ese abatimiento, que desaparecería en parte con un cambio de escenario.
El amo me mandó que encendiera fuego en el gabinete, hacía tantas semanas abandonado, y que pusiera una butaca al sol junto a la ventana. Allí la bajó, y estuvo sentada mucho rato disfrutando del agradable calor y, como esperábamos, se reanimó con los objetos que la rodeaban que, aunque familiares, estaban libres de las tristes asociaciones que establecía su odiada alcoba de enferma. Por la tarde parecía muy cansada, pero no hubo razones que la persuadieran para volver a su habitación, y tuve que convertir el sofá del gabinete en cama y pronto estuvo preparado otro aposento. Para evitar el cansancio de subir y bajar las escaleras, acomodamos éste donde usted está ahora, en el mismo piso que el gabinete, y pronto estuvo lo suficientemente fuerte para ir del uno al otro apoyada en el brazo de Edgar. Yo pensaba para mí que se recuperaría, tan bien cuidada como estaba. Había además otra causa para desearlo, pues de su vida dependía otra; acariciábamos la esperanza de que dentro de poco el corazón del señor Linton se alegraría y sus bienes se liberarían de garras ajenas por el nacimiento de un heredero.
Debo mencionar que Isabela envió a su hermano, unas seis semanas después de su partida, una breve nota anunciándole su casamiento con Heathcliff. Parecía seca y fría, pero al final había escritas en lápiz confusas disculpas, el ruego de un buen recuerdo y reconciliación, si su conducta le había ofendido, asegurando que no lo pudo evitar entonces y, una vez hecho, no tenía poder para deshacerlo.
Linton creo que no la contestó. A los quince días recibí yo una larga carta, que consideré extraña por proceder de la pluma de una desposada apenas terminada su luna de miel. La leí; la guardo todavía. Cualquier reliquia de un muerto es preciosa si se le estimaba en vida.
Querida Elena, empieza.
Anoche llegué a Cumbres Borrascosas y supe por primera vez que Catalina ha estado, y aún está, muy enferma. Supongo que no debo escribirle a ella, y que mi hermano está o demasiado enfadado, o demasiado triste, para contestar a la que yo le mandé. Pero a alguien tengo que escribir, no tengo, pues, más elección que escribirle a usted.
Dígale a Edgar que daría un mundo por ver su rostro de nuevo, que mi corazón se volvió a la Granja de los Tordos a las veinticuatro horas de haberla dejado, y allí está en este momento, lleno de cálidos sentimientos hacia él y hacia Catalina. Como no puedo seguirlo —estas palabras están subrayadas— no tienen por qué esperarme y pueden sacar la conclusión que gusten, cuidando, no obstante, de no achacar nada a mi débil voluntad o falta de cariño.
El resto de la carta es para usted sola. Deseo hacerle dos preguntas, la primera es: ¿Cómo se las arregló usted, mientras residió aquí, para conservar los afectos comunes a la naturaleza humana? Yo no puedo reconocer ningún sentimiento que compartan conmigo los que me rodean.
La segunda pregunta, en la que tengo gran interés, es ésta: ¿Es el señor Heathcliff un hombre? Y si es así, ¿está loco? Y si no lo es, ¿es un demonio? No le diré las razones que tengo para hacerle estas preguntas, pero le suplico que me explique, si puede, con qué ser me he casado. Esto, cuando usted venga a verme, porque tiene que venir y muy pronto, Elena. No me escriba, pero venga, y tráigame algo de parte de Edgar.
Ahora le voy a contar cómo he sido recibida en mi nueva casa, puesto que todo me induce a imaginar que las Cumbres lo será. Sólo por divertirme me detengo en temas como la ausencia de comodidades externas, que nunca ocupan mis pensamientos sino cuando las echo de menos. Reiría y bailaría de júbilo si descubriera que estas carencias fueran la totalidad de mis desgracias, y lo demás un sueño fantástico.
El sol se puso detrás de la Granja cuando doblamos los páramos, por lo que supuse que serían las seis. Mi compañero hizo un alto de media hora para inspeccionar el parque, los jardines y probablemente la casa, tan detenidamente bien como pudo, por eso era ya de noche cuando descabalgamos en el patio pavimentado de la granja, y su viejo compañero de servicio, José, salió a recibirnos a la luz de una vela de sebo. La cortesía que gastó con nosotros dice mucho en su favor. Lo primero que hizo fue levantar la antorcha a la altura de mi rostro, bizquear maliciosamente, sacar su labio inferior y marcharse. Luego cogió los dos caballos y los llevó al establo; reapareció para cerrar la verja exterior, como si viviéramos en un viejo castillo.
Heathcliff se quedó para hablar con él y yo entré en la cocina, sucia y desordenada madriguera. Estoy segura de que no la reconocería, tanto ha cambiado desde que estaba a su cargo. Junto al fuego había un chaval rufianesco, fuerte de miembros y sucio de ropaje, con un aire a Catalina en los ojos y en la boca. «Este es el sobrino político de Edgar», pensé, «el mío, hasta cierto punto, sí, tengo que darle la mano y sí..., darle un beso. Es bueno establecer buenas relaciones desde el principio».
Me acerqué intentando coger su mano regordeta:
—¿Cómo estás, cariño?
Contestó en una jerga que no entendí.
—¿Seremos buenos amigos, Hareton? —fue mi segundo intento de conversación.
Un juramento y la amenaza de azuzar contra mí a Tragón si no me largaba, recompensaron mi insistencia.
—¡Eh, Tragón, muchacho! —murmuró el pequeño malvado, levantando a un perrazo mestizo de su guarida en un rincón—. ¿Te vas o no? —preguntó autoritariamente.
Por instinto de conservación le obedecí. Crucé el umbral en espera de que entraran los otros. Al señor Heathcliff no se le veía por ninguna parte y, José, al que seguí hasta el establo y pedí que me acompañara a casa, después de mirarme murmuró algo para sí, arrugó las narices y contestó:
—¡Um!, ¿oyó ningún cristiano nada semejante? ¡Remilgada y pomposa! ¿Cómo puedo saber lo que dice?
—Digo que quisiera que me acompañara a la casa —grité, creyéndole sordo y muy disgustada por su grosería.
—Yo, no, tengo otras muchas cosas que hacer —y continuó su trabajo moviendo entre tanto su macilenta quijada y observando con soberano desprecio mi traje y mi rostro, el primero demasiado elegante, y el segundo tan triste como le podía apetecer.
Di la vuelta al patio y, a través de un portillo, llegué a una puerta a la que me tomé la libertad de llamar, en la esperanza de que apareciera otro criado más cortés. Al cabo de una corta espera la abrió un hombre alto, delgado, sin pañuelo al cuello, y por lo demás muy desaliñado; sus facciones se ocultaban bajo una mata de pelo hirsuto que caía sobre sus hombros y sus ojos también eran como los de una fantasmal Catalina, con su belleza aniquilada.
—¿Qué quiere usted aquí? —preguntó con aspereza—. ¿Quién es usted?
—Mi nombre era Isabela Linton. Usted me ha visto antes de ahora, señor. Estoy casada, desde hace poco, con el señor Heathcliff, y él me trajo aquí, supongo que con su permiso.
—¿Ha vuelto, pues? —preguntó el ermitaño con un brillo de lobo hambriento en los ojos.
—Sí, acabamos de llegar, pero me dejó en la puerta de la cocina y, cuando iba a entrar, su niño hizo allí de centinela, y me asustó con la ayuda de su perro.
—Está bien que ese condenado bellaco haya cumplido su palabra —gruñó mi futuro huésped, escudriñando en la oscuridad detrás de mí, como esperando descubrir a Heathcliff. Y se desahogó en un soliloquio de maldiciones y de amenazas de lo que hubiera hecho si aquel diablo le hubiera engañado.
Me arrepentí de haber intentado entrar esta segunda vez, y estuve a punto de escabullirme antes de que terminara sus maldiciones, pero sin darme tiempo a ejecutar mi intento, me mandó entrar y cerró la puerta con pestillo.
Había allí un buen fuego, que era toda la luz del enorme aposento cuyo suelo se había vuelto de un gris uniforme y, los una vez brillantes platos de peltre que atraían mi mirada cuando era niña, participaban de la misma opacidad a causa del moho y el polvo. Pregunté si podía llamar a la doncella para que me llevara a mi habitación. El señor Earnshaw no se dignó contestar. Se paseaba arriba y abajo, con las manos en los bolsillos, olvidado del todo, al parecer, de mi presencia; su abstracción era evidentemente tan profunda y todo su aspecto tan misantrópico, que no me atreví a molestarle de nuevo.
No le sorprenderá, Elena, mi estado de absoluta tristeza: sentada, en algo peor que en soledad, en aquel hogar inhóspito, y recordando que a cuatro millas de distancia está mi casa, tan agradable, y que cobija a las personas que más quiero en el mundo; lo mismo que si el océano nos separara, en lugar de ser cuatro millas, es un abismo que no lo podría salvar. Me preguntaba a mí misma a dónde iría en busca de consuelo —cuidado, no se lo cuente a Edgar ni a Catalina— y sobre todas mis penas surgía la dominante desesperación de no encontrar a nadie que pudiera o quisiera ser mi aliado en contra de Heathcliff. Yo había visto con alegría mi refugio en Cumbres Borrascosas porque así me liberaba de vivir sola con él, pero Heathcliff conocía a las gentes entre las que veníamos a vivir y no temía su intromisión.
Medité sentada, triste, un buen rato. El reloj dio las ocho, las nueve, y todavía mi compañero seguía paseando de acá para allá, su cabeza, inclinada sobre el pecho, en absoluto silencio, excepto un gruñido o una amarga exclamación escapados a intervalos. Escuché por si detectaba la voz de una mujer en la casa, y entre tanto me embargaban locos pesares y tristes presentimientos que al fin se expresaron en irreprimibles suspiros y llanto.
No me di cuenta de lo manifiesto que era mi dolor hasta que Earnshaw hizo un alto en su acompasado paseo delante de mí y me echó una mirada de recién despertada sorpresa. Aprovechando su recuperada atención dije:
—Estoy muy cansada del viaje y deseo irme a la cama. ¿Dónde está mi criada? Indíquemelo ya que ella no viene a mí.
—No tenemos ninguna, tendrá que servirse usted sola.
—¿Dónde tengo que dormir, pues? —sollocé—, había perdido la conciencia de mi propio decoro, agobiada por la fatiga y el desconsuelo.
—José le mostrará la alcoba de Heathcliff. Abra aquella puerta, está allí —iba a obedecer, pero de repente me detuvo y añadió en un tono extraño:
—Tenga la bondad de cerrar con cerrojo y echar el pestillo.
—Bien, pero, ¿por qué, señor Earnshaw? —no me gustaba la idea de encerrarme deliberadamente con Heathcliff.
—Mire esto —replicó sacando del chaleco una pistola de curiosa factura, con un cuchillo de doble filo con resorte, unido al cañón—. Es una gran tentación para un hombre desesperado ¿no es verdad? No puedo resistir la de subir con esto cada noche y probarlo en su puerta. Si un día la encuentro abierta, está perdido. Lo hago invariablemente, aunque un minuto antes haya recordado un ciento de razones que me debieran contener: es algún demonio que me insta a matarle para desbaratar mis propios planes. Usted luche contra este demonio, por amor a Heathcliff, tanto tiempo como pueda; cuando llegue la hora, ni todos los ángeles del cielo le salvarán.
Examiné el arma con curiosidad. Me asaltó una idea horrible. Qué poderosa me sentiría yo si poseyera un instrumento semejante. Se la cogí de la mano y toqué la hoja. Parecía asombrado ante la expresión que adoptó mi rostro durante un breve segundo, que no era de horror, sino de codicia. Me arrebató la pistola celosamente, cerró la navaja y la volvió a su escondite.
—No me importa que se lo diga, póngale en guardia y vigile. Ya veo que usted sabe en qué relaciones estamos, puesto que no le espanta su peligro.
—¿Qué le ha hecho Heathcliff? ¿En qué le ha hecho daño que justifique este odio espantoso? ¿No sería más prudente decirle que se fuera de la casa?
—No —atronó Earnshaw—, si se propusiera dejarme, es hombre muerto: persuádale de intentarlo y será responsable de su asesinato. ¿Lo he de perder todo sin posibilidad de recuperarlo? ¿Va a ser Hareton un mendigo? ¡Maldición! Lo recuperaré, y tendré su oro también, y luego su sangre, y el infierno tendrá su alma, y será éste diez veces más negro, con el nuevo huésped, de lo que era antes.
Usted me había puesto al corriente, Elena, de las costumbres de su antiguo amo. Él está sin duda al borde de la locura, así estaba por lo menos la noche pasada. Me daban escalofríos al estar cerca de él, y por comparación, la grosería del criado me parecía agradable.
Reanudó su taciturno paseo y levanté el pestillo y escapé a la cocina. José estaba inclinado sobre el fuego y miraba dentro de una olla enorme que se balanceaba encima de la lumbre, y una escudilla de madera con harina de avena estaba en el escaño próximo a él. El contenido de la olla empezó a hervir y él se volvió para meter la mano en la escudilla. Me imaginé que estos preparativos eran posiblemente para nuestra cena y, como tenía hambre, me decidí a que fuera comestible y grité bruscamente:
—¡Yo haré el porridge!
Alejé la escudilla de su alcance, procedí a quitarme el sombrero y el traje de montar y continué:
—El señor Earnshaw me dice que tengo que servirme a mí misma, y, en efecto, no voy a hacer de señora entre ustedes, por miedo a morirme de hambre.
—¡Buen Dios! —murmuró José, sentándose y sobando sus medias acanaladas desde la rodilla al tobillo—. Si es que debe haber nuevas órdenes ahora, cuando me había acostumbrado a los dos amos, si es que he de tener un ama sobre mi cabeza, ha llegado la hora de irme. Yo nunca pensé que llegaría el día que tuviera que dejar la vieja casa, pero ahora veo que está cerca.
Estos lamentos no atrajeron mi atención y me puse a trabajar con ligereza, suspirando al recordar aquella época en que todo esto hubiera sido una diversión. Pero me vi obligada a desechar rápidamente tales recuerdos; me torturaba evocar la pasada felicidad, y cuanto mayor era el peligro de evocar su aparición, más rápidamente giraba la espátula y más rápidamente caían los puñados de avena en el agua.
José miraba mi estilo de guisar con creciente indignación.
—¡Anda! Hareton, no vas a cenar porridge esta noche, no habrá más que grumos tan grandes como mi puño. ¡Anda de nuevo! Yo tiraría la olla y todo, saque eso de una vez y habrá terminado. Milagro que no se ha reventado el fondo.
Aquello era una porquería, lo confieso, cuando lo vertí en los tazones; cuatro había preparados, y un jarro de leche fresca que trajeron de la granja. Hareton lo cogió y empezó a beber derramándola por su dilatado labio. Le reñí y le dije que debiera tomarla en una taza, afirmando que yo no podría probar ese líquido tratado con tanta suciedad. Al viejo cínico se le antojó ofenderse mucho por este remilgo, asegurándome una y otra vez que «el chico valía tanto como yo» y «estaba igualmente sano», extrañándose de cómo podía yo ser tan engreída. Mientras tanto, el degradado rapaz continuaba sorbiendo y me miraba ceñudo, en son de desafío, mientras babeaba dentro del jarro.
—Voy a cenar a otra parte —dije—. ¿No tienen un sitio que se llame sala?
—¿Sala? —repitió burlándose—. No, no tenemos salas. Si no le gusta nuestra compañía está la del amo, y si no le gusta la del amo, aquí estamos nosotros.
—Entonces me iré arriba. Muéstreme una habitación.
Puse mi taza en una bandeja y fui yo misma a buscar más leche. Con mucho gruñido el hombre se levantó y me precedió escaleras arriba. Subimos hasta los áticos y abría una puerta tras otra para inspeccionar las habitaciones por las que pasábamos.
—Aquí hay un cuarto —dijo al fin, abriendo una tabla vacilante sobre sus goznes—. Esto está bien para tomar el porridge, hay una pila de trigo en aquel rincón, bastante limpio y, si teme ensuciar su vestido de seda, extienda un pañuelo por encima.
El «cuarto» era una especie de camaranchón que olía fuertemente a malta y a grano; varios sacos de estas cosas estaban apilados alrededor dejando un espacio amplio y desnudo en el centro.
—¡Vamos, hombre! —exclamé, mirándole enfadada—. Este no es un sitio para dormir. Quiero ver mi alcoba.
—¡Alcoba! —repitió en tono de guasa—. Usted verá todas las alcobas que hay aquí, aquella es la mía.
Y señaló un segundo ático que sólo se diferenciaba del primero en que las paredes estaban más desnudas y que había en un extremo una cama grande, baja, sin cortinas y con una colcha color añil.
—¡Qué me importa a mí su alcoba! Supongo que el señor Heathcliff no se aloja en los altos de la casa, ¿no es verdad?
—¡Ah, es la del señor Heathcliff la que usted quiere! —dijo, como si hiciera un descubrimiento—. Podía haberlo dicho antes, y yo le hubiera dicho que perdía el tiempo, porque es la única que no se puede ver, la tiene siempre cerrada, y nadie, solo él, se entromete.
—Bonita casa es esta, José —no pude menos de observar—, y agradables sus habitantes. Creo que la esencia concentrada de toda la locura del mundo se albergó en mi espíritu el día que uní mi destino al de ellos. Pero no se trata de esto ahora: tiene que haber otras habitaciones. ¡Por el santo cielo! Rápido, aposénteme en alguna parte.
No respondió a este juramento; solamente con andar lento, pero tenaz, bajó los escalones de madera e hizo alto ante un aposento que, por su situación y la buena calidad de sus muebles, comprendí que era el mejor. Había una buena alfombra, aunque su dibujo estaba borrado por el polvo; una chimenea con una orla de papel recortado que se caía a pedazos; una hermosa cama doble con amplias cortinas carmesí de tela cara y moderna factura, pero que habían sido maltratadas evidentemente: las cenefas colgaban haciendo como guirnaldas, arrancadas de sus anillas, y la barra de hierro que las sujetaba estaba torcida en un arco por un lado, haciendo que las cortinas arrastraran por el suelo. Las sillas también estaban estropeadas, algunas de ellas mucho, y profundas muescas deformaban los paneles de los muros. Intentaba armarme de valor para entrar y tomar posesión de ella, cuando el loco de mi guía anunció:
—Esta es la del amo.
Mi cena ya estaba fría, mi apetito había desaparecido y mi paciencia agotada. Insistí en que se me diera al momento un sitio de refugio y reposo.
—¿Dónde diablos? —empezó el viejo beato—. ¡Dios nos valga! ¡Dios nos perdone! ¿A dónde demonios quiere usted ir? Consentida y pesada insignificancia. Ya lo ha visto todo, menos el pedazo de alcoba de Hareton. No hay otro cuarto en la casa donde reposar.
Estaba tan enfadada que tiré al suelo la bandeja y su contenido, me senté en el rellano de la escalera, oculté la cara entre las manos y rompí a llorar.
—¡Bueno, bueno! —exclamó José—. ¡Muy bien, señorita Cati, muy bien, señorita Cati! Cuando el amo tropiece con los cacharros rotos, tendremos que oír, oiremos lo que tenga que ser. ¡Mujer inútil! Merecerías ayunar hasta Navidad; tirar los preciosos dones de Dios por los suelos con esa insensata ira, pero, o mucho me equivoco, o no mostrará mucho tiempo esas energías. ¿Aguantará Heathcliff tan buenas maneras, usted cree? Sólo quisiera que la hubiera cogido en esta rabia, eso quisiera.
Y así, riñéndome, se bajó a su madriguera, se llevó la vela y me hizo admitir la necesidad de moderar mi orgullo, contener la ira, y ocuparme de reparar sus efectos.
Un inesperado auxilio se me presentó al poco rato en la forma de Tragón a quien conocí como el hijo de nuestro viejo Espión. Había pasado su época de cachorro en la Granja y mi padre se la había dado a Hindley. Creo que me conoció. Frotó su hocico contra mi nariz a modo de saludo, y se apresuró a devorar el porridge, mientras yo, a tientas, de escalón en escalón, recogía los cacharros rotos y secaba con mi pañuelo las manchas de leche del pasamanos. Apenas habíamos terminado nuestra tarea cuando oí los pasos de Earnshaw en el corredor; mi ayudante escondió el rabo y se apretó contra la pared, yo me metí en la puerta más próxima. El perro fracasó al intentar evitarle, lo supuse por las carreras que oí por abajo y sus prolongados y lastimeros aullidos. Yo tuve mejor suerte: pasó, entró en su habitación y cerró la puerta. Enseguida subió José con Hareton para acostarle. Yo había encontrado refugio en el cuarto de éste y el viejo, al verme, dijo:
—Hay sitio en la casa para los dos: usted y su orgullo. Está vacía, puede tomarla para usted sola, y Aquel, que está como tercero, aún en tan mala compañía.
Aproveché contenta esta indicación y, en el momento de echarme sobre una silla, di una cabezada y me dormí. Mi sueño fue profundo y dulce, aunque breve; el señor Heathcliff me despertó. Acababa de llegar y me preguntó, en su cariñoso estilo, qué hacía allí. Le dije que la causa de estar levantada hasta tan tarde era que él tenía la llave de nuestra habitación en el bolsillo. El adjetivo nuestro le hirió mortalmente. Juró que no era mío ni lo sería nunca..., pero no repetiré su lenguaje, ni describiré su conducta habitual. Es ingenioso e incansable en ganarse mi aborrecimiento. A veces mi asombro ante él es tan intenso que amortigua el miedo que le tengo, le aseguro que un tigre o una serpiente venenosa no me producirían un terror igual al que él despierta en mí. Me contó la enfermedad de Catalina, de la que acusa a mi hermano, prometiéndome que me hará sufrir en su lugar hasta que pueda apoderarse de Edgar.
Le odio, soy muy desgraciada. ¡He sido una insensata! Cuidado con decir ni una sola palabra de todo esto en la Granja. La esperaré a usted todos los días... ¡No me defraude!

Isabela.


Capítulo XIV

En cuanto leí esta epístola, fui al amo y le informé de que su hermana había llegado a las Cumbres, y que me había mandado una carta expresando su pesar por el estado de la señora Linton, y su ardiente deseo de verla, con la súplica de que le trasmitiera, lo antes posible, por mi intermedio, alguna muestra de perdón.
—¡Perdón! —dijo Linton—. No tengo nada que perdonarle, Elena. Puede usted ir a Cumbres Borrascosas esta tarde, si quiere, y le dice que no estoy enfadado, sí triste por haberla perdido, especialmente porque no puedo creer que llegue a ser feliz. No obstante, está fuera de toda consideración que yo vaya a verla; estamos separados para siempre y, si ella realmente me quiere complacer, tiene que convencer al villano con quien se ha casado de que deje el país.
—¿Y usted no le escribirá una breve nota, señor? —le pregunté en tono de súplica.
—No, es inútil. Mi comunicación con la familia de Heathcliff tiene que ser tan escasa como la de él con la mía: inexistente.
La frialdad de Edgar me deprimió mucho. Y todo el camino desde la Granja me devanaba los sesos de cómo podría yo poner más calor en lo que dijo, cuando se lo repitiera a Isabela, y cómo suavizar su negativa de escribir unas pocas líneas para consolarla.
Aseguraría que me había estado esperando desde la mañana. La vi mirando por la celosía cuando yo llegaba por el camino del jardín, le hice una seña, pero se retiró, como si temiera ser vista.
Entré sin llamar. Nunca se vio tan desoladora y triste escena como lo que presentaba aquella casa, en otro tiempo tan alegre. He de confesar que, si hubiera estado en el lugar de la señora, yo por lo menos hubiera barrido el hogar y limpiado el polvo de las mesas. Pero ella ya participaba del contagioso espíritu de abandono que la rodeaba. Su lindo rostro estaba pálido e indiferente, su cabello desrizado, algunos mechones lacios colgando, y otros mal trenzados, alrededor de la cabeza. Probablemente no se había cambiado de ropa desde la tarde anterior.
Hindley no estaba allí. El señor Heathcliff, sentado ante una mesa, andaba con unos papeles de su cartera. Se levantó cuando yo entré, me preguntó muy amable cómo estaba, y me ofreció una silla.
Era el único ser que allí había de buen aspecto, y creo que mejor que nunca. Las circunstancias habían alterado tanto sus posiciones que él hubiera parecido a cualquier extraño un caballero bien nacido y bien criado, y su mujer una auténtica desaliñada.
Vino hacia mí ansiosa por saludarme y me tendió una mano como para coger la esperada carta. Moví la cabeza. No entendió mi seña, sino que me siguió a un aparador a donde iba a dejar mi capota, y me instó en un murmullo a que le diera lo que había traído. Heathcliff entendió el significado de su maniobra y dijo:
—Si tienes algo para Isabela, que sin duda lo tienes, Neli, dáselo. No has de hacer de eso un secreto; no tenemos secretos entre nosotros.
—No tengo nada —repliqué, pensando que era mejor decir desde el primer momento la verdad—. Mi amo me rogó que dijera a su hermana que no espere, de momento, ni carta ni visita suya. Él le envía su cariño, señora, y hace votos por su felicidad, y su perdón por el dolor que le ha ocasionado. Pero cree que a partir de ahora su casa y esta casa deben suprimir toda intercomunicación, porque nada bueno resultaría de mantenerla.
A la señora Heathcliff le temblaron ligeramente los labios y se volvió a su asiento junto a la ventana. Su marido se colocó cerca del hogar, a mi lado, y empezó a hacerme preguntas referentes a Catalina. Le conté todo lo que me pareció oportuno respecto a su enfermedad, pero él me sacó, como si fuera en careo, la mayoría de los hechos relacionados con el origen de aquélla.
Yo la culpé, como se merecía, de haberla provocado ella misma, y terminé diciendo que esperaba que él seguiría el ejemplo del señor Linton y evitaría futuras interferencias con su familia, para bien o para mal.
—La señora Linton está ahora convaleciente —dije—. No volverá a ser la que fue, pero su vida se ha salvado, y, si usted siente realmente algún afecto por ella, tiene que evitar volver a cruzarse en su camino. Aún más, debiera usted salir del país definitivamente, y para que usted no lo lamente le informaré de que su Catalina Linton es tan distinta de su antigua amiga Catalina Earnshaw, como esta señora de mí. Su aspecto ha cambiado mucho, pero su carácter mucho más; y la persona que está destinada, necesariamente, a ser su compañero, mantendrá su cariño de ahora en adelante, por el recuerdo de lo que una vez fue, por simple humanidad, o por sentido del deber.
—Es posible —observó Heathcliff, esforzándose por parecer tranquilo—; es muy posible que tu amo no tenga nada en qué apoyarse sino pura humanidad o sentido del deber. ¿Pero te imaginas que yo puedo abandonar a Catalina al deber o la humanidad de Linton? ¿Y puedes comparar mis sentimientos respecto a Catalina con los de él? Antes de que salgas de esta casa tengo que sacarte la promesa de que me procurarás una entrevista con ella: consientas o te niegues, yo la veré. ¿Qué dices?
—Digo, señor Heathcliff, que no debe, que nunca lo hará por mi mediación. Otro encuentro entre usted y el amo acabaría por matarla.
—Con tu ayuda esto se puede evitar, y si hubiera peligro de tal cosa, si fuera él la causa de añadir una pena más a su existencia... bien, creo que estaría justificado que yo llegara a un último extremo. Quisiera que fueras lo bastante sincera como para decirme si Catalina sufriría mucho si le perdiera; el temor de que así fuera es lo que me contiene: ya ves la diferencia entre nuestros sentimientos. Si él estuviera en mi lugar y yo en el suyo, aunque le odiara con un odio que convirtiera mi vida en hiel, nunca hubiera levantado la mano contra él. Puedes no creerme, si quieres, nunca le hubiera echado de su compañía, mientras ella la deseara. En el momento en que el afecto desapareciera, yo le hubiera arrancado el corazón y bebido su sangre. Pero hasta entonces —si no me crees es que no me conoces— me hubiera dejado morir a pedazos antes de tocar un solo pelo de su cabeza.
—Sin embargo —interrumpí—, no tiene usted escrúpulos de destruir toda esperanza de su completo restablecimiento, introduciéndose en su memoria, ahora que ya casi le había olvidado a usted, y envolverla en un nuevo tumulto de discordias y disgustos.
—¿Tú crees que casi me ha olvidado? Neli, tú sabes que no. Tú sabes tan bien como yo, que por cada pensamiento que le dedica a Linton, me dedica mil a mí. En la época más desgraciada de mi vida tuve una idea de este tipo; me asediaba el verano pasado cuando volví a esta tierra, pero sólo si ella me lo asegurara podría admitir de nuevo tan horrible idea. Entonces Linton no sería nada, ni Hindley, ni todos los sueños que alguna vez soñé. Dos palabras comprenderían mi futuro: muerte e infierno. La vida, después de haber perdido a Catalina, sería infierno. Fui un loco en imaginarme, ni por un momento, que ella valoraba el cariño de Edgar Linton más que el mío. Aunque él la amase con toda la fuerza de su mezquino ser, no la amaría tanto en ochenta años como yo en un día. Catalina tiene un corazón tan profundo como el mío: tan fácil sería meter el mar en aquella artesa como que todo el cariño de Catalina fuera acaparado por él. Apenas la quiere poco más que a su perro, o a su caballo. No está en su poder que le ame como a mí. ¿Cómo puede amar en él lo que no tiene?
—Catalina y Edgar se quieren como cualquier pareja se puede querer —gritó Isabela con repentina vivacidad—. Nadie tiene derecho a hablar de esta manera y no voy a escuchar en silencio que se desprecie a mi hermano.
—Tu hermano te quiere a ti muchísimo, ¿no es verdad? —observó Heathcliff con sorna—. Te echa al mundo a la deriva con sorprendente presteza.
—Él no sabe lo que sufro. No se lo he contado.
—Tú le has contado algo, tú le has escrito, ¿no?
—Para decirle que me había casado, le escribí, tú viste la nota.
—¿Y nada más, desde entonces?
—No.
—Mi señorita parece tristemente desmejorada con su cambio de estado. Necesita el amor de alguien, evidentemente, de quién, me lo imagino, pero mejor que no lo diga.
—Yo me imagino que el suyo propio. ¡Está degenerando en una puerca! Se ha cansado muy pronto de intentar complacerme. Tú no lo creerás, pero al día siguiente de nuestra boda ya estaba llorando por irse con su familia. Sin embargo, se acomodará mejor a esta casa al no ser demasiado limpia, cuidaré de que no me deshonre correteando por ahí fuera.
—Bien, señor —repliqué—, espero que usted comprenda que la señora Heathcliff está acostumbrada a que se la atienda y se la sirva, que ha sido educada como hija única a quien todos estaban dispuestos a servir. Debe usted permitir que tenga una criada para que ponga las cosas en orden a su alrededor, y debe usted tratarla con amabilidad. Cualquiera que sea la idea que usted tenga del señor Linton, no puede usted dudar de que ella tiene gran capacidad para querer, de lo contrario no hubiera dejado la elegancia, comodidades y amigos de su casa, para establecerse contenta en un desierto como este, con usted.
—Ella los abandonó bajo una ilusión, se imaginó en mí a un héroe de novela, y esperando ilimitadas concesiones de mi caballeresca devoción. Apenas puedo mirarla a la luz de una criatura racional, con tanta pertinacia ha insistido en formarse una fabulosa idea de mi carácter, y en obrar según las falsas ideas que acariciaba. Pero, al fin, creo que empieza a conocerme. Ya no observo aquellas estúpidas sonrisas y muecas que me irritaban al principio, y la increíble capacidad de discernir que yo hablaba en serio cuando le di mi opinión de su encaprichamiento, y de ella misma. Fue un magnífico esfuerzo de perspicacia el descubrir que no la amaba. Creí en algún momento que no habría lecciones que le pudieran enseñar esto, y aún están mal aprendidas, porque esta mañana anunció, como una pavorosa noticia, que yo había conseguido que ella me odiara. ¡Un verdadero trabajo de Hércules, te aseguro! Si eso se consigue tendré que darle las gracias. ¿Puedo confiar en tu afirmación, Isabela? Si te dejo sola medio día, ¿no vendrás a mí con suspiros y zalamerías? Estoy seguro de que preferirías que yo me hubiera mostrado todo ternura delante de ti. Hiere el orgullo exponer la verdad. Pero no me importa que se sepa que la pasión estaba sólo de una parte, y yo nunca le mentí en esto. No me puede acusar de haberle mostrado la más pequeña engañadora ternura. Lo primero que me vio hacer al salir de la Granja fue ahorcar el perrito, y cuando intercedió por él, mis primeras palabras fueron para expresar mi deseo de ahorcar a todo ser que perteneciera a los Linton, excepto uno: acaso ella creyó ser esta excepción. Ninguna brutalidad le repugnaba, supongo que tiene una innata admiración por ella, siempre que su preciosa persona quedara a salvo de daño alguno. ¿No es el colmo de lo absurdo, de genuina idiotez, en esa despreciable, servil y ruin criatura soñar que yo pudiera amarla? Dile a tu amo, Neli, que yo nunca, en toda mi vida, me he tropezado con un ser tan abyecto como ella; hasta deshonra el nombre de los Linton. Alguna vez me suavicé, por pura falta de inventiva, en mis experimentos sobre lo que ella podía soportar, y se arrastraba con vergonzoso servilismo. Pero dile también para tranquilizar su corazón de hermano y de magistrado, que yo me mantengo estrictamente dentro de los límites de la ley. He evitado, hasta ahora, darle el mínimo pretexto para pedir una separación, y lo que es más, ella no le agradecería a nadie que nos separara. Si se quiere ir que se vaya; la incomodidad de soportar su presencia sobrepasará la satisfacción que se deriva de atormentarla.
—Señor Heathcliff, habla usted como un demente, y lo más probable es que su esposa esté convencida de que está loco, y por esta razón le ha soportado hasta aquí, pero ahora que dice que se puede ir, sin duda aprovechará el permiso. Usted no está tan embrujada, señora, como para permanecer con él por su propio acuerdo.
—Cuidado, Elena —contestó Isabela, con los ojos brillantes de ira, no había duda, por su expresión, del total éxito de las palabras de su consorte intentando hacerse aborrecer—. No se crea ni una sola palabra de lo que dice. Es un diablo embustero, un monstruo, no un ser humano. Ya me dijo antes que me podía ir, y lo intenté, pero no me atreveré a repetirlo. Sólo, Elena, prométame que no mencionará ni una sola sílaba de esta infamante conversación a mi hermano o a Catalina. Lo que sea que Heathcliff aparente, lo que quiere es llevar a Edgar a la desesperación: dice que se ha casado conmigo con propósito de adquirir poder sobre él, y no lo conseguirá, ¡antes la muerte! Sólo espero, y ruego, que olvide su diabólica prudencia y me mate. El único goce que puedo imaginar es morirme, o verle muerto a él.
—Bien, ya basta por ahora —dijo Heathcliff—. Si te llaman en un juicio a declarar, recordarás su lenguaje, Neli. Mira bien su semblante, se acerca al punto que me conviene. No estás para cuidarte de ti misma, Isabela, y ahora, puesto que soy tu protector legal, te tengo que retener bajo mi custodia, por muy desagradable obligación que sea. Vete arriba, tengo que decirle algo en privado a Elena Dean. Por ahí no, ¡sube, te digo! sí, este es el camino hacia arriba, niña.
La cogió, la echó de la habitación y volvió murmurando:
—¡No tengo compasión! ¡No tengo compasión! Cuanto más se retuercen los gusanos más deseo sacarles las entrañas. Es como una dentición moral, trituro con mayor energía cuanto más aumenta el dolor.
—¿Usted entiende lo que significa la palabra compasión? —dije, apresurándome a coger mi capota—. ¿Sintió usted alguna vez un toque de compasión en la vida?
—¡Deja eso! —interrumpió, dándose cuenta de mi intención de marcharme—. No te vayas todavía. Ven aquí Neli: tengo que convencerte u obligarte a que me ayudes a cumplir mi decisión de ver a Catalina, y sin demora. Te juro que no intento ningún daño. No deseo causar perturbación, o exasperar, o insultar al señor Linton: sólo quiero saber por ella misma cómo está, y por qué ha estado enferma, y preguntarle si podría yo hacer algo que le fuera útil. La noche pasada estuve en el jardín de la Granja seis horas, y volveré esta noche, y rondaré el lugar cada noche, hasta que encuentre la oportunidad de entrar. Si Edgar Linton me encuentra, no dudaré en tirarle al suelo y pegarle lo bastante para asegurarme su aquiescencia mientras yo esté allí. Si sus criados se me oponen les amenazaré con estas pistolas. Pero será mejor no entrar en contacto con ellos ni con su amo. Y tú lo puedes hacer tan fácilmente: yo te aviso cuando llegue, entonces tú me dejas entrar sin ser visto, y vigilas hasta que yo me vaya. Tú con la conciencia tranquila, porque así evitarás una desgracia.
Me negué a desempeñar el papel de traidor en la casa de mi amo, además insistí en su crueldad y egoísmo al destruir la tranquilidad de la señora Linton por su satisfacción.
—El incidente más normal la trastorna penosamente; es toda nervios y no podría soportar la sorpresa, estoy segura. No insista, señor, de lo contrario tendré que informar a mi amo de sus planes, y tomará medidas para asegurar su casa y sus habitantes de tan injustificada intromisión.
—En ese caso, yo tomaré las medidas para asegurarme de ti, mujer: no saldrás de Cumbres Borrascosas hasta mañana por la mañana. Es un cuento necio el decir que Catalina no podría soportar el verme y, en cuanto a sorprenderla, yo no lo deseo, tienes que prepararla, preguntarle si puedo entrar. Tú dices que nunca menciona mi nombre, ni nadie le menciona el mío. ¿A quién me va a mencionar si estoy prohibido en la casa? Ella cree que todos sois espías de su marido; estoy seguro de que está en un infierno entre vosotros. Me imagino por su silencio, más que por nada, lo que ella siente. Tú dices que a menudo está inquieta y muestra ansiedad, ¿es esto prueba de sosiego? Tú hablas de que su mente está alterada, ¿cómo puede ser de otra manera en su espantoso aislamiento? Y esa insípida y mezquina criatura que la atiende por deber y humanidad... ¡Por compasión y caridad! Igual podría plantar un roble en un tiesto y esperar que medre, como imaginar que su mujer puede recobrar su vigor en la tierra de sus hueros cuidados. Vamos a arreglar esto ahora mismo: ¿tú te quedas aquí y yo me abro paso hasta Catalina luchando contra Linton y sus criados? ¿O quieres ser mi amiga, como has sido hasta ahora, y hacer lo que te pido? Decide, porque no hay motivo en demorarme ni un minuto más si persistes en tu terca malquerencia.
Bien, señor Lockwood. Discutí, protesté y me negué en redondo cincuenta veces. Al fin me obligó a llegar a un acuerdo. Me comprometí a llevar a mi señora una carta suya, y, si ella consentía, le prometí avisarle la próxima vez que Linton se ausentara de casa, cuándo podría venir y entrar como pudiera. Yo no estaría y mis compañeras de servicio también estarían ausentes.
¿Hice bien o mal? Me temo que mal, aunque con prudencia. Pensé que evitaba otro estallido con mi intervención, y pensé también que podría originar una crisis favorable en la enfermedad mental de Catalina. Entonces recordé los serios reproches del señor Linton por ir con cuentos, y traté de ahuyentar toda inquietud sobre el asunto, asegurándome reiteradamente que esa deslealtad, si merecía tan duro nombre, sería la última. No obstante, mi regreso a casa fue más triste que mi viaje de ida. Y muchos temores me asaltaron antes de convencerme a mí misma de poner la misiva en manos de la señora Linton.
Pero aquí está Kenneth, voy a bajar a decirle que está usted mucho mejor. Mi historia es triste, pero aún nos servirá para entretener otra mañana.
Triste y aburrida, pensé cuando la buena mujer bajó a recibir al doctor, y no precisamente del estilo que yo hubiera escogido para divertirme. Pero no importa. Sacaré saludables remedios de las hierbas amargas de la señora Dean, y sobre todo me guardaré de la fascinación que acecha en los brillantes ojos de Catalina Heathcliff. Sería un caso curioso si yo entregara mi corazón a esa joven y la hija resultara ser la segunda edición de la madre.

Capítulo XV

Ha pasado otra semana..., y otros tantos días estoy yo más cerca de la salud y de la primavera. He oído ya toda la historia de mi vecino en varias etapas, siempre que al ama de llaves pudo sacar tiempo de otras ocupaciones más importantes. La continuaré con sus mismas palabras, aunque algo más resumida. En conjunto es muy buena narradora y no creo que yo pudiera mejorar su estilo.
—Por la tarde —ella dijo—, la misma tarde de mi visita a las Cumbres, yo sabía, tan bien como si lo hubiera visto, que el señor Heathcliff rondaba por allí; evité salir, porque todavía tenía su carta en el bolsillo y no quería que me amenazara o me importunase más. Había decidido no dársela hasta que mi amo se fuera a alguna parte, pues no podía suponer qué efecto le causaría a Catalina el recibirla. La consecuencia fue que no llegó a ella antes de que pasaran tres días. El cuarto era domingo y se la llevé a su habitación cuando todos se habían ido a la iglesia. Quedó sólo un criado para guardar la casa conmigo y teníamos la costumbre de cerrar las puertas las horas de la función religiosa, pero en esa ocasión el tiempo era tan templado y agradable que las dejé abiertas de par en par y, para cumplir mi promesa, puesto que sabía que él iba a venir, le dije a mi compañero que la señora deseaba vivamente comer naranjas, que corriera al pueblo a comprar unas pocas, que se pagarían al día siguiente. Salió y yo subí.
La señora estaba sentada, con un amplio vestido blanco y un ligero chal sobre los hombros, en el hueco de una ventana, como de costumbre. Su espesa y larga cabellera, cortada en parte a principio de su enfermedad, la llevaba ahora sencillamente peinada en rizos naturales sobre las sienes y el cuello. Su aspecto estaba cambiado, como le había dicho a Heathcliff, pero cuando ella estaba tranquila, aquel cambio le daba una belleza irreal. El fulgor de sus ojos había dado paso a una suave y soñadora melancolía. Ya no daban la impresión de que miraban los objetos de su alrededor, parecía que miraban más allá, mucho más allá, se diría que ya fuera de este mundo. Entonces la palidez de su rostro —el aspecto macilento había desaparecido al llenársele un poco— y la peculiar expresión producida por su estado mental, aunque penosamente sugería sus causas, añadido al tierno interés que despertaba, invariablemente en mí, ya lo sé, y en cualquier persona que la veía, contradecía pruebas más tangibles de su convalecencia e imprimía en ella el sello de la muerte.
Un libro estaba abierto en el antepecho de la ventana ante ella, el apenas perceptible viento movía sus hojas a intervalos. Supongo que Linton lo había dejado allí, porque ella nunca procuraba distraerse leyendo, o con cualquier otra ocupación, y su marido pasaba horas enteras tratando de atraer su atención hacia cosas que antes la habían divertido. Ella era consciente de su intención, y en los momentos de mejor humor soportaba sus esfuerzos plácidamente, sólo mostraba su inutilidad de vez en cuando, reprimiendo un fatigado suspiro, deteniéndole al fin con los besos y sonrisas más tristes. Otras veces se volvía enojada y escondía la cara entre las manos, y aún le empujaba con enfado, entonces él cuidaba de dejarla sola, porque estaba seguro de que no le hacía bien.
Las campanas de la capilla de Gimmerton todavía estaban sonando, y el pleno suave fluir del arroyo en el valle llegaba consolador a su oído. Era un dulce sustituto del todavía ausente murmullo del follaje veraniego, que ahogaba esta música en la Granja cuando los árboles tenían hojas. En Cumbres Borrascosas siempre sonaba en días plácidos, siguiendo a los grandes deshielos o a la estación de la lluvia pertinaz, y en Cumbres Borrascosas estaba Catalina pensando mientras escuchaba, si es que pensaba y si es que escuchaba, pues tenía esa mirada vaga y distante que antes he mencionado y que no expresaba reconocimiento de nada material ni por el oído ni por la vista.
—Hay una carta para usted, señora Linton —dije, poniéndola suavemente en la mano que descansaba en su rodilla—. Tiene usted que leerla enseguida porque requiere contestación. ¿Rompo el sello?
—Sí —contestó sin variar la dirección de sus ojos.
La abrí, era muy corta.
—Ahora —continué— léala.
Apartó la mano y la dejó caer. La volví a poner en su regazo, y estuve esperando hasta que le pareciera bien echarle una mirada; pero este movimiento se demoró tanto que al fin continué:
—¿Se la leo, señora? Es del señor Heathcliff.
Tuvo un sobresalto, un inquieto vislumbre de recuerdo y una lucha para ordenar sus ideas. Levantó la carta, parecía leerla, y cuando llegó a la firma suspiró, pero me di cuenta que no captaba aún su contenido, porque, deseando yo conocer su respuesta, ella sólo señalaba el nombre y me miraba con un interés dolorido e inquisitivo.
—Bien, él quiere verla —dije, adivinando la necesidad de un intérprete—. Está en el jardín ahora, impaciente por saber qué respuesta le voy a llevar.
Mientras yo hablaba observé al perro grande, tumbado en la hierba soleada, que levantaba las orejas como si fuera a ladrar y, agachándolas de nuevo, anunció, por el movimiento del rabo, que se acercaba alguien a quien él no consideraba un extraño.
La señora Linton se inclinó hacia adelante, escuchando sin aliento. Un minuto después unos pasos cruzaban el vestíbulo; la casa abierta estaba demasiado tentadora para que Heathcliff se resistiera a entrar: lo más probable es que temiera que yo quería esquivar mi promesa, y decidió confiar en su propia audacia.
Con tensa ansiedad miraba Catalina a la puerta de su alcoba. No acertó Heathcliff con ésta en el primer momento y ella me hizo seña de que le hiciera pasar, pero la encontró antes de que yo llegara, y en una o dos zancadas estuvo a su lado y estrechándola entre sus brazos.
Durante unos cinco minutos ni habló, ni la soltaba, dándole más besos, creo, en este tiempo que nunca le había dado en su vida. Pero fue mi ama la que le besó primero, lo vi bien claro, él no podía soportar, de pura congoja, el mirarla a la cara: le sobrecogió la misma convicción que yo tenía de que no había esperanza de total curación, estaba destinada, pues, a morir.
—¡Cati! ¡Vida mía! ¿Cómo podré soportarlo? —fue la primera frase que dijo en un tono que no intentaba disimular su desesperación. Y la miraba con tal interés que pensé que la misma intensidad de la mirada traería lágrimas a sus ojos: ardían de angustia, pero no se humedecieron.
—¿Y ahora qué? —dijo Catalina, devolviéndole la mirada con un súbito ceño ensombrecido: su humor era una verdadera veleta, tan constantemente variaba de capricho—. Tú y Edgar me habéis destrozado el corazón, Heathcliff. Y ambos venís a mí a lamentar el hecho como si fuerais los necesitados de compasión. Pero yo no la tendré, no. Me has causado la muerte, de lo que creo que te has regodeado. ¡Qué fuerte eres! ¿Cuántos años piensas vivir después que yo me haya ido?
Heathcliff había hincado una rodilla para abrazarla, intentó levantarse, pero ella le cogió por el pelo y le mantuvo así.
—Quisiera poder retenerte —continuó con amargura— hasta que los dos nos hubiéramos muerto. No me importa que sufras, no me preocupan tus sufrimientos, ¿por qué no habrías de sufrir? Yo sufro. ¿Me olvidarás, serás feliz cuando yo esté bajo tierra? Dentro de veinte años dirás: «Esta es la tumba de Catalina Earnshaw. La amé hace mucho tiempo, y me destrozó el perderla, pero esto pasó, he amado a otras desde entonces, mis hijos me son más queridos que ella fue y, cuando me muera, no me alegraré de ir hacia ella, lamentaré dejar a los otros.» ¿Dirás eso, Heathcliff?
—No me atormentes tanto que me vuelva loco como tú —gritó, liberando su cabeza y rechinando los dientes.
Formaban los dos, para un espectador frío, un cuadro extraño y horrible. Bien podía Catalina considerar que el cielo sería tierra de destierro para ella, a no ser que, con su cuerpo mortal, se despojara también de su modo de ser mortal. Su presente aspecto mostraba una feroz ansia de venganza: en sus pálidas mejillas, en sus labios exangües, en sus ojos centelleantes, y retenía en sus dedos apretados parte de los mechones de cabellos que acababa de coger. En cuanto a su compañero, mientras se levantaba con la ayuda de una mano, había cogido con la otra un brazo de Catalina y, tan inadecuada era su reserva de ternura a las exigencias de su estado actual, que al soltarlo, vi cuatro huellas azules, muy nítidas, en su descolorida piel.
—¿Estás tan poseída del demonio —prosiguió con ferocidad— que me hablas de este modo, cuando te estás muriendo? ¿Te das cuenta de que estas palabras quedarán marcadas con hierro candente en mi memoria, y que me van a corroer eternamente, cada vez más hondo, cuando tú me hayas dejado? Tú sabes que mientes cuando dices que te he causado la muerte, y, sabes, Catalina, que antes olvidaría mi propia existencia que a ti. ¿No basta para tu diabólico egoísmo que mientras tú descansas en paz, yo me retuerza en las penas del infierno?
—Yo no descansaré en paz —gimió Catalina, volviendo a la sensación de debilidad física, debido al violento, arrítmico latir de su corazón, que se veía y oía, bajo este paroxismo. No dijo nada más hasta que éste pasó; luego continuó más amable:
—Yo no te deseo a ti más tormento que el que yo tengo, Heathcliff, sólo quisiera que nunca nos separáramos, y si en adelante, una palabra mía te duele, piensa que el mismo dolor siento yo bajo tierra. Por mi amor, perdóname. Ven y arrodíllate de nuevo. Nunca en tu vida me has hecho daño, y aún más, si alimentas algún enfado, será peor de recordar que mis duras palabras. ¿No vienes? Ven.
Heathcliff se apoyó en el respaldo de su silla y se inclinó hacia ella, pero no tanto como para que Catalina le viera la cara, que estaba lívida de emoción. Ella se dio la vuelta para mirarle, lo que él no permitió y, girándose bruscamente, se fue hacia la chimenea en donde se quedó de pie, silencioso, dándonos la espalda.
La vista de la señora Linton le seguía recelosa: a cada instante se despertaban en ella nuevos sentimientos. Después de una pausa y una larga mirada, continuó dirigiéndose a mí en un tono de indignada decepción.
—Ya ves, Neli, no se ablanda ni un instante para retardar mi muerte. ¡Así es como me quiere! Bien, no importa, este no es mi Heathcliff. Yo amaré al mío, y me lo llevaré conmigo: él está en mi alma. Y —añadió pensativa— lo que más me irrita es esta maltrecha prisión, después de todo. Estoy cansada, cansada de este encierro. Ansío escapar a ese mundo glorioso y quedarme siempre allí. No quiero verlo confuso a través de las lágrimas, ni deseado a través de los muros de un doliente corazón, sino estar realmente en él, y con él. Neli, tú que crees que estás mejor y eres más afortunada que yo, que estás en plena salud y vigor, me tienes lástima, pero esto muy pronto cambiará: yo te tendré lástima a ti, y estaré incomparablemente por encima y más allá de todos vosotros. Me pregunto si él estará conmigo —continuó para sí—. Pensé que él lo deseaba. ¡Heathcliff, amor mío! No debieras estar enfadado ahora. Ven a mí, Heathcliff.
En su impaciencia se levantó y se apoyó en el brazo del sillón. A este serio llamamiento Heathcliff se volvió hacia ella con aspecto desesperado. Sus ojos muy abiertos, y húmedos al fin, fulguraron sobre ella y su pecho se hinchaba convulsivamente. Un instante estuvieron separados y luego, cómo se juntaron apenas lo vi: Catalina dio un salto y él la cogió, uniéndose en un abrazo del que pensé que mi ama no saldría con vida. En realidad, ya la vi ante mis ojos sin sentido.
Él se dejó caer en el asiento más próximo, y al acercarme presurosa para ver si Catalina se había desmayado, lanzó un gruñido, echando espumarajos como un perro rabioso, y la atrajo hacia él con celosa avidez. No me parecía estar en compañía de una criatura de mi misma especie. Daba la impresión de que no me entendería aunque le hablara, así pues me aparté y, muy desconcertada, guardé silencio.
Un movimiento de Catalina, al poco rato, algo me tranquilizó. Echó el brazo al cuello de Heathcliff y acercó su mejilla a la de él, mientras éste la sujetaba y cubría a su vez de frenéticas caricias, y decía en tono violento:
—Ahora me demuestras lo cruel que has sido conmigo, cruel y falsa. ¿Por qué me despreciaste? ¿Por qué traicionaste a tu propio corazón, Cati? Yo no tengo una palabra de consuelo. Tú te mereces esto. Tú misma te has dado muerte. Sí, ya puedes besarme y llorar y arrancarme besos y lágrimas: te abrasarán... te condenarán. Tú me amabas, entonces, ¿qué derecho tenías tú para sacrificarme, qué derecho, responde, al pobre capricho que sentías por Linton? Porque miseria, degradación, muerte, nada que Dios o Satanás nos pudiera infligir nos hubiera separado, tú, por tu propia voluntad lo hiciste. Yo no he destrozado tu corazón, tú lo has destrozado, y, al hacerlo, has destrozado el mío. Tanto peor para mí que soy fuerte. ¿He de querer vivir? ¿Qué clase de vida será cuando tú?... ¡oh Dios! ¿Te gustaría vivir con tu alma en la tumba?
—¡Déjame! ¡Déjame! —sollozó Catalina—. Si he hecho mal, muero por ello, eso basta. Tú también me abandonaste, pero no te lo reprocho; te perdono, ¡perdóname tú!
—Es difícil perdonar cuando miro estos ojos y toco estas manos descarnadas. Bésame de nuevo, pero no me muestres tus ojos. Te perdono lo que me has hecho. Amo a mi asesino, pero al tuyo ¿cómo puedo amarle?
Quedaron en silencio, sus rostros ocultos uno contra el otro, y bañados por las lágrimas de los dos. Supuse que el llanto era por ambas partes, porque parecía que Heathcliff sí podía llorar en tan gran ocasión.
Mientras tanto aumentaba mi inquietud; porque la tarde pasaba veloz, el hombre que envié al pueblo había ya vuelto de su recado, y podía distinguir a la luz del sol poniente, en lo alto del valle, una multitud que salía del pórtico de la capilla de Gimmerton.
—El oficio ha terminado —anuncié—. El señor estará aquí dentro de media hora.
Heathcliff soltó una maldición y apretó aún más a Catalina. Ella no se movió.
Al cabo de poco rato vi el grupo de criados pasar por el camino hacia la puerta de la cocina. El señor Linton no venía lejos, abrió él mismo la verja y se acercaba con lentitud, probablemente disfrutando de la hermosura de la tarde, del aire tan suave como si fuera de verano.
—Aquí está —exclamé—. Por Dios, baje corriendo. No se encontrará a nadie en la escalera principal. Deprisa. Quédese entre los árboles hasta que él haya entrado.
—Tengo que marcharme, Cati —dijo Heathcliff, intentando desasirse de los brazos de su amiga—. Pero si vivo, te veré de nuevo antes de que estés dormida; no me separaré cinco yardas de tu ventana.
—No te irás —contestó, asiéndole con tanta firmeza como sus fuerzas le permitían—. No te irás, te digo.
—Sólo una hora —suplicó con seriedad.
—Ni un minuto.
—Tengo que irme, Linton estará aquí enseguida —insistió el intruso alarmado.
Él quería levantarse y se hubiera desprendido de sus dedos por la fuerza, pero ella se le aferró jadeante: había una demente resolución en su rostro.
—¡No! —gritó—. No te vayas, no te vayas, es la última vez. Edgar no te hará daño. Me voy a morir, Heathcliff, me voy a morir.
—¡Maldito sea el imbécil! Ya está aquí —gritó Heathcliff, dejándose caer de nuevo en el asiento—. ¡Calla, cariño, calla, calla Catalina! Me quedaré. Si me mata expiraré con una bendición en los labios...
Y volvieron a su apretado abrazo. Oí a mi amo subir las escaleras. Un sudor frío corría por mi frente; estaba horrorizada.
—¿Va usted a hacer caso de sus delirios? —dije con vehemencia—. No sabe lo que dice. ¿La va usted a perder porque no tenga juicio para salvarse a sí misma? Levántese. Puede aún liberarse ahora mismo. Esto es lo más diabólico que ha hecho nunca. Estamos todos perdidos: el señor, la señora y la criada.
Yo gritaba y me retorcía las manos. El señor Linton apresuró su paso al oírme. En medio de mi agitación, me alegré sinceramente al ver que los brazos de Catalina habían caído lánguidos, e inclinaba su cabeza.
—¿Estará desmayada o muerta? —pensé—. Tanto mejor, tanto mejor que se muera que seguir siendo una carga y motivo de desdichas para los que la rodean.
Edgar saltó hacia su inesperado huésped, lívido de estupor y de ira. Lo que él se proponía hacer no lo sé, pero el otro detuvo al punto su movimiento poniéndole en los brazos el cuerpo, al parecer sin vida, de su esposa.
—¡Mire! Si no es usted un demonio, préstele atención primero, y luego hablará conmigo.
Heathcliff se fue al gabinete y se sentó. Acudí a la llamada del señor Linton. Con grandes dificultades, y después de recurrir a muchos medios, conseguimos que volviera en sí, pero estaba del todo trastornada, suspiraba y gemía, y no conocía a nadie. Edgar, angustiado por ella, olvidó a su odiado enemigo. Yo no. Fui a él en la primera oportunidad y le rogué que se fuera, asegurándole que Catalina estaba mejor y que le comunicaría a la mañana siguiente cómo había pasado la noche.
—No me negaré a salir de la casa, pero me quedaré en el jardín y, Neli, no te olvides de cumplir tu palabra. Estaré bajo aquellos alerces. Acuérdate, si no, haré otra visita, esté o no Linton en casa.
Echó una rápida mirada a través de la puerta entreabierta de la alcoba y, asegurándose de que lo que yo decía por lo visto era verdad, liberó la casa de su malhadada presencia.

Capítulo XVI

Hacia las doce de la noche nació la Catalina que usted vio en Cumbres Borrascosas, una niña sietemesina y enfermiza; a las dos horas moría la madre, sin haber recuperado la conciencia suficiente para echar de menos a Heathcliff, o conocer a Edgar.
El desconsuelo de este último por su pérdida es un asunto demasiado penoso para insistir; sus efectos consiguientes demostraron cuán profundo era. A esto se añadía, a mi entender, el hecho de que había quedado sin heredero. Lo deploraba yo contemplando la débil huérfana y mentalmente reprochaba al viejo Linton el haber asegurado su hacienda a su hija —lo que era sólo una parcialidad natural— en lugar de a su hijo. No fue bien recibida la pobre niña. En aquellas primeras horas de su existencia, podía haber estado llorando hasta morir que a nadie le hubiera importado. Recompensamos luego este abandono, pero su principio fue tan desamparado como será probablemente su fin.
La mañana siguiente, clara y alegre en el exterior, penetraba suavemente a través de las celosías de la silenciosa alcoba, e inundaba el lecho y el cadáver con un resplandor tierno y suave.
Edgar Linton tenía la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Sus jóvenes y correctas facciones eran casi tan cadavéricas como las del cuerpo que estaba a su lado, y casi tan inmóviles, pero su quietud era de angustia agotadora, la de ella de perfecta paz: su frente tersa, sus párpados cerrados y en sus labios la expresión de una sonrisa. Ningún ángel del cielo podía ser más hermoso que ella y yo compartía la calma infinita en que reposaba, porque mi espíritu no estuvo nunca en un estado más santo que mientras contemplaba la apacible imagen del eterno descanso. Instintivamente repetía las palabras que ella había dicho pocas horas antes:
«Mucho más allá y por encima de todos nosotros.» Tanto si aún está en la tierra o ya en en cielo, su espíritu está con Dios.
No sé si es una peculiaridad mía, pero me suelo sentir feliz cuando estoy velando en la habitación de un muerto, siempre que el que comparta este deber conmigo no sea un enloquecido o desesperado deudo. Yo veo un reposo que ni la tierra ni el infierno pueden romper; y siento la seguridad de un más allá sin fin y sin sombras —la eternidad en la que ellos han entrado— en donde la vida no tiene límites en su duración, ni el amor en su solidaridad, ni el gozo en su plenitud. Me di cuenta entonces de cuánto egoísmo hay aún en un amor como el del señor Linton al lamentar tanto la bendita liberación de Catalina.
Sin duda se podría dudar si, después de una existencia tan rebelde y díscola como la que ella llevó, merece al fin un cielo de paz; se podría dudar en un momento de fría reflexión, pero no entonces, en presencia de su cadáver; aseguraba éste su propia tranquilidad, lo que parecía la promesa de un reposo semejante para el alma que antes lo habitó.
—¿Cree usted que personas así son felices en el otro mundo, señor? Daría cualquier cosa por saberlo.
Decliné responder a la pregunta de la señora Dean, que me sonó un tanto heterodoxa. Ella continuó:
—Si recordamos el curso de la vida de Catalina Linton, me temo que no tenemos derecho a pensar que es feliz: pero la dejaremos con su Hacedor.
El amo parecía dormido, y me aventuré, poco después del amanecer, a dejar la habitación y salir al aire libre, puro y fresco. Los criados creyeron que iba a sacudir la modorra de mi prolongada vela. En realidad, el motivo principal era ver a Heathcliff. Si se había quedado entre los alerces toda la noche no habría oído nada del revuelo de la Granja, a no ser, quizá, que hubiera captado el galope del mensajero a Gimmerton. Si se hubiera acercado, probablemente sí se hubiera dado cuenta, por el vaivén de las luces y el abrir y cerrar de las puertas, que algo malo pasaba en el interior.
Deseaba encontrarle y lo temía; había que darle la terrible noticia, deseaba acabar cuanto antes, pero no sabía cómo hacerlo.
Allí estaba, un poco adentrado en el parque, contra un fresno, sin sombrero, con el pelo empapado del rocío que se había acumulado en los brotes de las ramas y goteaba a su alrededor. Debió de estar mucho tiempo de pie en aquella postura, porque vi una pareja de mirlos que pasaban y volvían a pasar, apenas a tres pies de distancia, ocupados en construir su nido, y considerando su proximidad no más que si fuera un leño. Echaron a volar al acercarme yo, él levantó los ojos y dijo:
—¡Ha muerto! No te he esperado para enterarme. Aparta ese pañuelo, no lloriquees delante de mí. Al diablo todos vosotros. Ella no necesita de vuestras lágrimas.
Yo lloraba tanto por él como por ella. A veces nos compadecemos de criaturas que carecen de piedad, lo mismo para sí mismas que para los demás. En cuanto le miré a la cara comprendí que tenía noticia de la catástrofe, y me asaltó la idea insensata de que su corazón estaba en calma y que rezaba, porque sus labios se movían y sus ojos miraban al suelo.
—Sí, ha muerto —contesté, reprimiendo mis sollozos y secándome las lágrimas—. Ha subido al cielo, espero, en donde podremos todos reunirnos con ella, si estamos atentos al aviso y dejamos las sendas malas para seguir las buenas.
—¿Estuvo ella atenta a eso, pues? —preguntó Heathcliff, insinuando una sonrisa irónica—. ¿Murió como una santa? Dame un relato fiel del suceso. Cómo...
Trató de pronunciar su nombre, pero no pudo; con los labios apretados, mantuvo una silenciosa lucha con su íntimo dolor, desafiando, mientras tanto, mi comprensión con una impertérrita y feroz mirada.
—¿Cómo murió? —continuó al fin, contento, a pesar de su audacia, de tener algún apoyo, porque después de la lucha temblaba, a pesar suyo, de pies a cabeza.
—¡Pobre infeliz! —pensé—; tienes corazón y nervios lo mismo que tus semejantes. ¿Por qué te empeñas en ocultarlo? Tu orgullo no puede cegar a Dios. Tú le tientas para que te los retuerza hasta que Él te arranque un grito de humanidad.
—Mansa como un cordero —contesté en voz alta—. Exhaló un suspiro, se desperezó como un niño que despierta, y volvió a hundirse en el sopor. A los cinco minutos, noté un tenue latido en su corazón, y nada más.
—Y... ¿me nombró? —preguntó titubeando, como si temiera que la respuesta a esta pregunta le aportara detalles que no pudiera soportar.
—Ya no volvió en sí, ni reconoció a nadie después que usted la dejó. Yace con una dulce sonrisa en su rostro, sus últimos pensamientos retrocedieron a los días felices de su niñez. Su vida se cerró en un dulce sueño. ¡Que despierte con tanta ternura en el otro mundo!
—¡Que despierte entre tormentos! —gritó con terrible vehemencia, dando con el pie en el suelo y vociferando en un súbito acceso de indomable pasión—. Sí, ha mentido hasta el final. ¿Dónde está? No está allí... no en el cielo... no muerta... ¿dónde? Tú me dijiste que no te importaban mis sufrimientos. Yo sólo hago un ruego..., y lo repito hasta que mi lengua se entumezca... Catalina Earnshaw, que no descanses mientras yo viva. Dijiste que yo te maté, persígueme, pues. Los muertos, yo creo, persiguen siempre a sus asesinos. Yo sé que hay espíritus que vagan por la tierra. Quédate siempre conmigo, en cualquier forma, ¡vuélveme loco! Sólo no me dejes en este abismo donde no te pueda encontrar. ¡Oh, Dios, esto es impronunciable! ¡No puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma! —golpeó su cabeza contra el nudoso tronco y, levantando los ojos, bramó, no como un hombre, sino como una fiera salvaje acosada a muerte con cuchillos y dardos.
Observé algunos pegotes de sangre en la corteza del árbol y sus manos y frente estaban manchadas. Probablemente esta escena que presencié era la repetición de otras que habían tenido lugar durante la noche. Apenas me movió a compasión, pero sí me horrorizó, aunque no me atreví a dejarle solo. En cuanto se recobró lo bastante para darse cuenta de que yo le observaba, me fulminó una orden de que me fuera, y obedecí: estaba más allá de mi destreza el darle paz o consuelo.
El entierro de la señora Linton se fijó para el viernes siguiente. Hasta entonces su ataúd quedó en el gran salón, descubierto, tapizado de flores y hierbas aromáticas.
Linton pasó allí sus días y sus noches, como guardián insomne, y —circunstancia ignorada por todos excepto por mí— Heathcliff pasaba, por lo menos sus noches, afuera, también ajeno al descanso.
No me comuniqué con él, pero yo tenía conciencia de su propósito de entrar en cuanto pudiera. El martes, un poco después de anochecer, cuando mi amo, rendido por la fatiga, se vio obligado a retirarse un par de horas, fui y abrí una de las ventanas, conmovida por su perseverancia, para ofrecerle una oportunidad de dar el último adiós a la marchita imagen de su ídolo. No dejó de aprovecharla, cautelosa y brevemente, con tanta cautela que ni el menor ruido delató su presencia. Yo no hubiera descubierto que había estado allí a no ser por el desorden de los paños junto al rostro del cadáver, y al observar en el suelo un rizo de cabellos rubios atado con un hilo de plata, que al mirarlo detenidamente, me di cuenta de que lo había sacado del medallón que Catalina llevaba colgado del cuello. Heathcliff había abierto el dije, tirado su contenido, sustituyéndolo por un rizo negro suyo: yo entrelacé los dos y los encerré juntos.
El señor Earnshaw fue, por supuesto, invitado a acompañar los restos mortales de su hermana a la tumba. Ni fue, ni se excusó. Así que, aparte de su marido, el duelo estaba compuesto de arrendatarios y criados. A Isabela no se la invitó.
Con gran sorpresa de la gente del pueblo, a Catalina no la enterraron ni en la capilla, bajo el esculpido panteón de los Linton, ni afuera entre las tumbas de su propia familia. Cavaron su fosa en un verde declive, en un rincón del cementerio, en donde la tapia es tan baja que el brezo y el arándano han trepado desde el páramo y la turba casi la cubre por completo. Su esposo yace ahora en el mismo sitio; cada uno tiene una sencilla lápida, y un bloque de piedra gris a los pies marca las tumbas.

Capítulo XVII

Aquel viernes fue el último que hizo bueno durante un mes. Por la tarde el tiempo cambió; el viento, soplando de sur a sureste, trajo lluvia primero y granizo y nieve después. Por la mañana apenas podía uno imaginarse que habíamos tenido tres semanas de verano; las prímulas y crocus se ocultaron bajo los embites invernales; las alondras callaron, y las hojas tiernas de los árboles primerizos estaban marchitas y ennegrecidas. Triste, fría y lúgubre iba pasando aquella mañana. Mi amo no salió de su alcoba. Yo tomé posesión del solitario gabinete convertido en habitación de la niña. Allí estaba yo sentada con aquella muñeca llorona, meciéndola en mis rodillas, mirando, mientras tanto, los copos de nieve que se amontonaban en la ventana sin cortinas, cuando se abrió la puerta y una persona entró sin aliento y riéndose.
Mi ira, por un momento, fue mayor que mi asombro, suponiendo que era una de las criadas, grité:
—¡Basta! ¿Cómo te atreves a mostrarte tan frívola aquí?, ¿qué diría el señor Linton si te oyera?
—Perdóneme —contestó una voz conocida—, pero sé que Edgar está en la cama y no puedo contenerme.
Mi interlocutora se acercó al fuego, jadeante y poniéndose una mano en el costado.
—He venido corriendo desde Cumbres Borrascosas —continuó después de una pausa—. Excepto cuando he volado, no he podido contar el número de veces que me he caído. ¡Me duele todo! No se alarme. Le daré una explicación cuando se la pueda dar. Ahora sólo tenga la bondad de salir y dar orden de que el coche me lleve a Gimmerton, y decirle a una criada que busque un poco de ropa en mi armario.
La intrusa era la señora Heathcliff y, no era, ciertamente, digno de risa su aspecto: sus cabellos chorreando por sus hombros agua y nieve; vestida con el traje de soltera que de ordinario llevaba puesto, más adecuado a su edad que a su condición: un vestido escotado, con mangas cortas, sin nada en la cabeza y en el cuello. El vestido era de seda ligera y el agua lo adhería al cuerpo; sus pies estaban sólo protegidos por unas delgadas chinelas; hay que añadir a esto un profundo corte debajo de una oreja, que sólo el frío impedía que sangrara profusamente, el rostro pálido arañado y con contusiones, y un cuerpo que apenas podía sostenerse, tan fatigado estaba. Puede usted imaginarse que mi primer susto no se alivió cuando pude mirarla con calma.
—Mi querida Isabela —exclamé—. No me moveré de aquí, ni escucharé nada hasta que usted se haya quitado todas sus prendas de ropa y se haya puesto otras secas, y ciertamente no irá usted a Gimmerton esta noche, por lo tanto, es innecesario pedir el coche.
—Iré, a pie o en coche, aunque no tengo inconveniente en vestirme con decencia. Mire cómo corre ahora la sangre por el cuello: con el fuego me escuece.
Insistió en que cumpliera sus indicaciones antes de que la tocara. Hasta que el cochero no recibió órdenes de que estuviera preparado, y una criada se dispuso a empaquetar unas prendas necesarias, no consintió que le vendara la herida y la ayudara a cambiarse de ropa.
—Ahora, Elena —dijo, cuando hube terminado mi tarea, sentada en un sillón junto al hogar y con una taza de té delante—, siéntese enfrente de mí y aparte a la niña de la pobre Catalina. No me gusta verla. No crea que Catalina no me importa porque me comporté de una manera loca al entrar. He llorado, y he llorado amargamente, sí, nadie tiene más motivos de llorar que yo. Nos separamos sin reconciliarnos, ¿se acuerda? y no me lo perdonaré nunca. Así y todo yo no iba a compartir los sentimientos de él, ¡esa bestia bruta! Deme el atizador de la lumbre. Esto es lo único suyo que llevo —se quitó el anillo de oro de su dedo anular y lo tiró al suelo.
—Lo aplastaré —continuó, pisoteándolo con infantil despecho—. Y luego lo quemaré.
Cogió la inútil prenda y la echó a las brasas.
—Ya está, comprará otro si me recupera. Será capaz de venir a buscarme para molestar a Edgar: no me atrevo a quedarme, no sea que esta idea se posesione de su malvada cabeza. Además, Edgar no ha sido cariñoso, ¿verdad? Yo no vendré a implorar su ayuda, ni a traerle más disgustos. La necesidad me obligó a buscar refugio aquí, aunque si hubiera sabido que no le iba a encontrar, me hubiera detenido en la cocina para lavarme la cara y calentarme, le hubiera pedido a usted lo que necesitaba y me hubiera ido de nuevo, a cualquier parte, fuera del alcance de ese maldito, de aquel demonio hecho hombre. ¡Estaba tan furioso! ¡Si me hubiera cogido! ¡Lástima que Earnshaw no sea tan fuerte como él! Yo no hubiera huido hasta verle del todo destrozado, si Hindley hubiera sido capaz de hacerlo.
—No hable tan deprisa, señorita. Se le va a caer el pañuelo que le he puesto en la cara y le va a volver a sangrar el corte. Beba el té, respire y deje de reírse. La risa está tristemente fuera de lugar bajo este techo, y en su situación.
—Innegable verdad. ¿No oye a esa niña? No cesa de gemir. Que se la lleven a donde no la oiga, una hora, no estaré mucho más.
Llamé y la encomendé al cuidado de una criada. Entonces le pregunté qué le había obligado a escapar de Cumbres Borrascosas en tan lamentable estado, y a dónde se proponía ir, puesto que se negaba a quedarse con nosotros.
—Debiera y quisiera quedarme, para consolar a Edgar y cuidar a la niña, por estas dos cosas, y porque la Granja es mi casa. Pero yo le digo que él no me dejaría, ¿cree usted que soportaría verme engordar y estar alegre, que soportaría pensar que estábamos tranquilos sin que se decidiera a emponzoñar nuestro bienestar? Ahora tengo la satisfacción de estar segura de que me odia hasta tal punto que le molesta seriamente verme y oírme. Noto que, cuando llego a su presencia, los músculos de su rostro se distorsionan involuntariamente en una expresión de odio; en parte debido a su conocimiento de los motivos que tengo para sentirlo hacia él, y en parte por su innata aversión. Este odio es lo bastante intenso para perseguirme por toda Inglaterra, en el supuesto de que yo consiguiera una buena huida; por lo tanto, tengo que irme lejos. Me he curado de mi primitivo deseo de que me matara; preferiría que se matara a sí mismo. Ha conseguido hacer desaparecer del todo mi amor, y estoy tranquila. Recuerdo, sin embargo, cuánto le amé, y vagamente me imagino que podría aún amarle si... ¡no! ¡no!, aunque me amara, su diabólica naturaleza se manifestaría de una manera u otra. Catalina tenía el gusto pervertido para quererle tanto, conociéndole tan bien. ¡Monstruo! ¡Si se pudiera borrar de la creación y de mi recuerdo!
—¡Calle, calle! Es un ser humano. Sea usted caritativa, hay aún hombres peores que él.
—¡No es un ser humano! Y no tiene derecho a mi caridad. Le di mi corazón, lo cogió y lo destrozó hasta la muerte, y me lo ha devuelto después. La gente siente con el corazón, Elena, puesto que ha destruido el mío no puedo sentir nada por él, ni podría sentir, por mucho que gimiese desde ahora hasta el día de su muerte, y llorara lágrimas de sangre por Catalina. No, desde luego, no sentiría nada.
Aquí Isabela rompió a llorar, pero enseguida, quitándose las lágrimas de los ojos, continuó:
—Me ha preguntado qué me ha llevado a huir al fin. Me vi obligada a intentarlo porque conseguí excitar su cólera hasta un punto superior a su maldad. Arrancar los nervios con tenazas al rojo requiere más frialdad que golpear la cabeza. Le excité hasta tal punto que olvidó la diabólica prudencia de que presume y se entregó a una criminal violencia. Me satisfacía ser capaz de exasperarle: la conciencia de ese placer despertó en mí el instinto de conservación y logré escaparme. Si alguna vez caigo de nuevo en sus manos, le habrá llegado la hora de una singular venganza. Sabrá usted que ayer el señor Earnshaw hubiera ido al entierro. Se mantuvo sereno con este fin, bastante sereno: no irse a la cama borracho a las seis para levantarse borracho a las doce. Como consecuencia se despertó con una depresión de suicida, tan apta para ir a la iglesia como para ir a un baile. Se sentó al fuego y empezó a tragar aguardiente, un vaso tras otro. Heathcliff —me estremezco al nombrarle— ha sido un extraño en la casa desde el domingo hasta hoy. Si le alimentaban los ángeles del cielo o sus parientes del infierno, no lo podría decir, pero no ha hecho una comida con nosotros desde hace casi una semana. Volvía a casa al amanecer, subía a su alcoba, se encerraba, como si alguien soñara codiciar su compañía. Y allí se quedaba rezando como un metodista, sólo que la deidad a quien imploraba era polvo y ceniza inertes, y Dios, cuando a Él se dirigía, quedaba curiosamente confundido con el demonio. Después de terminadas estas preciosas oraciones, que terminaban cuando se quedaba ronco y su voz se rompía en su garganta, se marchaba otra vez, siempre derecho hacia la Granja. ¡Me extraña que Edgar no haya mandado por un alguacil que lo pusiera bajo custodia! En cuanto a mí, dolorida como estaba por lo de Catalina, era imposible evitar que yo considerara como una fiesta estas horas que me liberaba de su degradante opresión.
Recobré bastante ánimo como para oír sin llorar los eternos sermones de José, y para no andar por la casa con paso furtivo como ladrón asustado, como antes. Usted no creerá que lloro por cualquier cosa que pueda decir José: él y Hareton son dos compañeros detestables. Prefiero estar con Hindley y oír su espantosa conversación, que con el «pequeño amo» y su firme defensor, ese viejo odioso.
Cuando Heathcliff está en casa me veo obligada con frecuencia a recalar en la cocina y estar en compañía de los dos, o morirme de frío en las habitaciones húmedas y deshabitadas. Cuando no está, como sucedió esta semana, pongo una mesa y una silla a un lado del fuego sin importarme en qué se ocupa el señor Earnshaw, él tampoco se interfiere en mis cosas. Está más tranquilo ahora de lo que acostumbraba a estar, si nadie le provoca; más triste y deprimido, y menos furioso. José afirma que está cambiado, que el Señor le ha tocado el corazón, y que está salvado como por la prueba del fuego . Me esfuerzo en descubrir señales de este cambio favorable, pero esto no es cosa mía.
Ayer por la noche estaba sentada en mi rincón leyendo unos libros viejos hasta tarde, hacia las doce. Me resultaba muy triste irme arriba, con la nieve arremolinándose fuera, y con mis pensamientos que volvían sin cesar al cementerio y a la tumba recién abierta. Apenas me atrevía a levantar los ojos de la página que tenía delante, porque al momento esta melancólica escena usurpaba su lugar. Hindley estaba sentado enfrente, con la cabeza apoyada en la mano, acaso meditando en lo mismo que yo. Había dejado de beber un punto antes de llegar a lo irracional y no se movió ni habló durante dos o tres horas.
No había más ruidos en la casa que el quejido del viento que sacudía de vez en cuando las ventanas, la tenue crepitación de los carbones, y el clic de mis despabiladeras al quitar a intervalos la larga mecha de la vela. Hareton y José estarían profundamente dormidos en sus camas. Todo estaba triste, muy triste, y mientras leía suspiraba porque parecía que toda la alegría del mundo había desaparecido para nunca más volver.
El lúgubre silencio lo rompió al fin el ruido del pestillo de la cocina. Heathcliff había vuelto de su vigilia más temprano que de costumbre, debido, supongo, a la repentina tormenta. Esta puerta estaba cerrada, y le oímos dar la vuelta para entrar por la otra. Me levanté sin poder reprimir en mis labios la expresión de lo que sentía, lo que indujo a mi compañero, que había tenido la vista fija en la puerta, a volverse y mirarme.
—Le voy a tener ahí fuera cinco minutos, si no tiene nada que objetar.
—No, por mí puede tenerlo fuera toda la noche —contesté—. Meta la llave en la cerradura y eche el cerrojo.
Earnshaw así lo hizo antes de que su huésped llegara a la puerta principal. Entonces trajo su silla al otro lado de la mesa, se apoyó en ella y buscó en mis ojos colaboración, con el ardiente odio que brillaba en los suyos; como él aparentaba, y se sentía como un asesino, no pudo encontrarla del todo, pero sí descubrió la suficiente para animarse a hablar.
—Usted y yo —dijo— tenemos una gran cuenta que ajustar con ese hombre que está ahí fuera. Si ninguno de los dos fuéramos cobardes podríamos unirnos para saldarla. ¿Es usted tan débil como su hermano? ¿Está dispuesta a aguantar hasta el final y no intentar, ni una sola vez, el cobrarla?
—Estoy cansada de aguantar, y me alegraría de poder tener un desquite que no se volviera contra mí, pero la traición y la violencia son armas de dos filos que hieren a quienes las manejan más que a sus enemigos.
—Traición y violencia son el justo pago por la traición y violencia. Señora Heathcliff, no le voy a pedir nada más que que se quede ahí sentada, quieta y muda. Dígame ahora, ¿es capaz de hacerlo? Estoy seguro que le apetece tanto como a mí presenciar el fin de este enemigo malo; él será su muerte, a no ser que usted se le adelante, y él será mi ruina. ¡Malhaya el infernal bellaco! Llama a la puerta como si fuera ya el amo. Prométame callar y antes de que suene el reloj, faltan tres minutos para la una, usted será una mujer libre.
Sacó del pecho el arma que le describí en mi carta e iba a apagar la vela, pero yo se la arrebaté y le cogí el brazo.
—No me callaré. No le tocará. Que quede la puerta cerrada y usted quieto.
—No, he tomado mi resolución y, por Dios, que la ejecutaré —gritó aquel ser desesperado—. Le haré a usted un favor, a pesar suyo, y a Hareton justicia. Y no se preocupe por encubrirme; Catalina ha muerto. Ninguna persona viva me echaría de menos, o se avergonzaría de mí, aunque me degollara ahora mismo; ya es hora de acabar.
De la misma manera podía haber luchado con un oso o razonado con un lunático. Mi único recurso era correr a la ventana y avisar a la presunta víctima del destino que le esperaba.
—Sería mejor que buscaras refugio en cualquier otra parte esta noche —exclamé en un tono un tanto triunfal—. El señor Earnshaw se propone matarte si persistes en querer entrar.
—Sería mejor que abrieras la puerta —contestó, dirigiéndose a mí con elegantes términos que prefiero no repetir.
—No me voy a mezclar en este asunto: entra y que te mate, si te apetece. Yo he cumplido con mi deber.
Con esto cerré la ventana y volví a mi sitio junto al fuego. Mi reserva de hipocresía era demasiado escasa para aparentar ansiedad por el peligro que le amenazaba. Earnshaw, enfurecido, me cubrió de maldiciones, afirmando que aún amaba al villano, y de toda clase de insultos, por el ruin espíritu que demostraba. Yo, en el fondo de mi corazón —mi conciencia nunca me lo reprochó—, pensaba que sería una bendición para él si Heathcliff le liberaba de su miseria, y que sería una bendición para si él enviaba a Heathcliff a su justa morada. Mientras yo estaba sentada acariciando estas reflexiones, el marco de la ventana de detrás de mí cayó al suelo por un puñetazo de este personaje, y se vio por ella su negro rostro echando chispas. Los barrotes de la ventana estaban demasiado juntos para que sus hombros pudieran pasar, y sonreí, contenta en mi imaginada seguridad. Su pelo y ropa estaban blancos de nieve y sus afilados dientes de caníbal, visibles por el frío y la ira, brillaban en la oscuridad.
—Isabela, déjame entrar o te vas a arrepentir —rugió.
—No puedo cometer un asesinato, Hindley está de centinela con un cuchillo y una pistola cargada.
—Déjame entrar por la puerta de la cocina.
—Él estará allí antes que yo. ¡Qué pobre amor es el tuyo, que no puede aguantar una nevada! Nos has dejado en paz en nuestros lechos mientras ha brillado la luna de verano, pero en cuanto vuelve el rigor del invierno, corres a refugiarte. Heathcliff, si yo estuviera en tu lugar, me echaría sobre la tumba como un perro fiel. El mundo no vale la pena vivirlo ahora, ¿no es cierto? Me has inculcado con toda claridad que Catalina era la única alegría de tu vida: no puedo imaginarme cómo podrás sobrevivir a su pérdida.
—Ahí está, ¿verdad? —exclamó mi compañero corriendo hacia el hueco—. Si puedo sacar el brazo le puedo dar.
—Me temo, Elena, que me considera una verdadera mala persona, pero no lo sabe usted todo, así pues no me juzgue. Yo no hubiera dado mi ayuda, ni siquiera instigado, a que se atentara contra su vida, por nada del mundo. Ahora, desear verle muerto, desde luego que sí; por lo tanto, grande fue mi decepción, acobardada por el terror de las consecuencias de mis palabras insultantes, cuando se lanzó sobre el arma de Earnshaw y se la arrebató de su garra. Se disparó la pistola, y el cuchillo, al saltar hacia atrás, se clavó en la muñeca de su dueño. Heathcliff lo arrancó por la fuerza, desgarrando la carne al salir, y chorreando sangre se lo metió en el bolsillo, cogió una piedra, rompió la división de las dos ventanas y saltó adentro. Su adversario había caído sin sentido por el agudo dolor y la pérdida de sangre que brotaba de una arteria o vena grande. El bandido le pateó, pisoteó y golpeó la cabeza contra las losas, sujetándome con una mano mientras tanto para evitar que llamara a José. Demostró un dominio sobrehumano sobre sí mismo al abstenerse de rematarle del todo; ya sin aliento, al fin desistió y arrastró el cuerpo, al parecer exánime, sobre el escaño. Allí arrancó una manga de la chaqueta de Earnshaw y le vendó la herida con brutal rudeza, escupiéndole e insultándole durante la operación, con la misma energía que le había pateado antes.
Ya en libertad, no perdí tiempo en ir en busca del viejo criado, quien comprendiendo gradualmente el motivo de mi atropellado relato, corrió escaleras abajo, jadeante, bajando los escalones de dos en dos.
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Esto es lo que hay que hacer —tronó Heathcliff—, que tu amo está loco, si continúa así un mes más, le llevaré a un manicomio. Y, ¿cómo demonios hiciste para que quedara yo fuera sin poder entrar, perro desdentado? No te quedes murmurando y rezongando. Ven, yo no le voy a curar. Lávale eso, y, cuidado con las chispas de la vela: más de la mitad de su sangre es aguardiente.
—Así pues, ¿usted le ha asesinado? —exclamó José, levantando las manos y los ojos con horror—. ¡Que haya tenido que ver yo cosa semejante! Que el Señor...
Heathcliff le dio un empujón y le hizo caer de rodillas en medio de la sangre y le tiró una toalla. Pero él, en lugar de proceder a limpiarle, juntó las manos y empezó una oración que me hizo reír por su extraña fraseología. Yo estaba en un estado de ánimo que nada me conmovía, de hecho, tan insensible como algunos malhechores se muestran al pie de la horca.
—¡Oh, me había olvidado de ti! —dijo el tirano—. Tú harás esto. ¡Maldita seas! ¿Conque conspirando con él en contra mía, víbora? Este es un trabajo bueno para ti.
Me sacudió hasta hacerme castañetear los dientes y me echó al lado de José que, tranquilamente, terminó sus plegarias, y se levantó jurando que iba a ir directamente a la Granja. El señor Linton era magistrado y, aunque tuviera cincuenta esposas muertas, él averiguaría esto. Estaba tan obstinado en su resolución que a Heathcliff le pareció prudente sacar de mis labios una recapitulación de lo que habría ocurrido. Me vigilaba de cerca, agitado por el odio, mientras yo de mala gana refería lo sucedido respondiendo a sus preguntas. Costó mucho trabajo convencer al viejo de que Heathcliff no era el agresor, en especial por mis difícilmente arrancadas respuestas. Mas pronto el mismo señor Earnshaw le convenció de que aún estaba vivo, se apresuró a administrarle una dosis de alcohol, y con este remedio recobró su amo movimiento y conciencia.
Dándose cuenta Heathcliff de que su enemigo ignoraba el trato que había recibido mientras estaba inconsciente, le llamó borracho delirante y le dijo que él pasaría por alto su atroz conducta, pero que le aconsejaba que se fuera a la cama. Después de dar tan juicioso consejo, nos dejó, con gran contento por mi parte. Hindley se tendió ante el hogar y yo me fui a mi habitación, maravillada de haber escapado con tanta facilidad.
Esta mañana cuando bajé, media hora antes del medio día, Earnshaw estaba sentado junto al fuego, mortalmente enfermo; su ángel malo, casi tan desvaído y cadavérico como él, se apoyaba contra la chimenea. Ni el uno ni el otro parecían dispuestos a comer y, después de esperar a que todo estuviera frío sobre la mesa, empecé yo sola; nada me impedía comer con ganas, y experimenté cierta sensación de superioridad, ya que de cuando en cuando miraba a mis compañeros y sentía en mí el bienestar de una conciencia tranquila. Cuando terminé, me atreví a tomarme la inusitada libertad de acercarme al fuego, pasando por detrás del asiento de Hindley y arrodillarme a su lado. Heathcliff no miraba hacia mí, yo sí le miré y contemplé sus facciones con tanta tranquilidad como si se hubiera convertido en piedra. Su frente, que un tiempo creí tan varonil, y ahora considero tan diabólica, estaba velada por una densa sombra, sus ojos de basilisco estaban casi cerrados por el insomnio, y aun el llanto quizás, porque en ese momento sus pestañas estaban húmedas; ausente de sus labios su feroz escarnio, estaban estos sellados en una expresión de inefable tristeza. Si hubiera sido otro yo me hubiera cubierto el rostro en presencia de tanto dolor. En su caso yo me sentí gratificada y, por muy innoble que parezca ofender a un enemigo caído, no pude desperdiciar la ocasión de clavarle un dardo, su debilidad me proporcionaba la única ocasión de saborear el placer de devolver mal por mal.
—¡Bueno, bueno, señorita! —interrumpí—. Se diría que usted no ha abierto una Biblia en su vida; si Dios aflige a sus enemigos, eso debiera bastarle. Es a la vez mezquino y pretencioso añadir a los suyos sus propios tormentos.
—En general concedo que así sea, Elena. Pero, ¿qué desgracia caída sobre Heathcliff podría contentarme si yo no tengo parte en ella? Preferiría que sufriera menos y que yo fuera la causa de sus sufrimientos y que él supiera que soy la causa. ¡Le debo tanto! Sólo con una condición tengo la esperanza de perdonarle, y es que me pague ojo por ojo, diente por diente, tortura por tortura; reducirle a mi nivel. Puesto que él fue el primero en injuriarme, que sea el último en implorar perdón. Y entonces... sí, entonces, Elena, yo mostraría cierta generosidad. Pero como es absolutamente imposible que yo me pueda vengar, no puedo, pues, perdonarle.
Hindley pidió agua, le di un vaso y le pregunté cómo estaba.
—No tan mal como yo quisiera. Pero dejando aparte mi brazo, cada pulgada de mi cuerpo me duele como si hubiera estado luchando con una legión de diablos.
—Sí, no me extraña —fue mi siguiente observación—. Catalina acostumbraba a jactarse de que ella estaba siempre entre usted y el daño físico: quería decir que ciertas personas no le harían daño por miedo a ofenderla. Bueno es que los muertos no se levanten de verdad de sus tumbas, de lo contrario, la pasada noche hubiera presenciado una escena repulsiva. ¿No está magullado, ni tiene cortes en el pecho y en los hombros?
—No lo sé. Pero qué quiere decir, ¿se atrevió a golpearme cuando estaba sin sentido?
—Le golpeó y le pateó, y le tiró al suelo. Y se le hacía la boca agua pensando en desgarrarlo con los dientes, porque él es sólo la mitad hombre, y aún menos.
El señor Earnshaw miró, como yo, a nuestro común enemigo, quien, absorto en su aflicción, parecía insensible a todo lo que le rodeaba. Cuanto más tiempo pasaba más claramente se veía en su rostro lo siniestro de sus reflexiones.
—¡Si Dios me diera fuerzas para estrangularle en mi último suspiro, me iría al infierno contento! —gimió, impaciente, esforzándose por levantarse, cayendo de nuevo desesperado, convencido de su incapacidad para la lucha.
—Ya es bastante que haya causado la muerte a uno de ustedes —observé en voz alta—. En la Granja todo el mundo sabe que su hermana seguiría viviendo si no hubiera sido por el señor Heathcliff. Después de todo, es mejor ser aborrecido que ser amado por él. Cuando recuerdo lo felices que éramos, lo feliz que era Catalina antes de que él llegara, me dan ganas de maldecir aquel día.
Lo más probable es que Heathcliff reconociera más la verdad de lo que se decía que el espíritu de la persona que hablaba. Su atención se despertó, y vi cómo corrían sus lágrimas hasta caer en la ceniza, y retener su aliento en ahogados suspiros.
Le miré a la cara y me reí sarcástica. Las nubladas ventanas del infierno fulguraron un momento hacia mí, pero el demonio que solía asomarse por ellas estaba tan oscurecido y anegado que no temí aventurar otra risa burlona.
—Levántate, y vete de mi vista —dijo el doliente.
O supuse, por lo menos, que esas eran las palabras que dijo, porque su voz era apenas inteligible.
—Perdona. Yo quería a Catalina también, y su hermano requiere cuidados que, por ella, yo le daré, ahora que ha muerto la veo en Hindley, tiene sus mismos ojos, si no hubieras intentado arrancárselos y puestos rojos y negros y su...
—Levántate, malvada idiota, antes de que mueras aplastada —gritó, haciendo un movimiento que me obligó a mí a hacer otro.
—Entonces —continué preparada a escapar—, si la pobre Catalina se hubiera fiado de ti y asumido el ridículo, despreciable y degradante título de señora Heathcliff, pronto hubiera presentado un aspecto semejante; no hubiera soportado con paciencia tu abominable conducta, su aborrecimiento y asco hubieran tenido voz.
El respaldo del escaño y la persona de Earnshaw se interponían entre él y yo, por eso, en lugar de intentar alcanzarme, cogió un cuchillo de la mesa y me lo tiró a la cabeza. Me dio debajo de la oreja y detuvo la frase que estaba diciendo, pero me lo arranqué, salté a la puerta y le dije otra que espero que se le clavara algo más hondo que a mí el proyectil. La última visión que tengo de él es un furioso salto detenido por el abrazo de su huésped y ambos caídos, enlazados, ante el hogar. En mi huida por la cocina le pedí a José que corriera a atender a su amo, me tropecé con Hareton que estaba en la puerta colgando una carnada de cachorros del respaldo de una silla, y feliz como alma que escapa del purgatorio, salté, brinqué y volé cuesta abajo por el escarpado camino, luego, dejando sus revueltas, fui a través de los páramos, rodando por las lomas, vadeando las ciénagas y derecho hacia el fanal de la Granja. Preferiría cien veces ser condenada a vivir en las regiones infernales a perpetuidad, que morar ni una sola noche bajo el techo de Cumbres Borrascosas otra vez...
Isabela paró de hablar, tomó un sorbo de té, se levantó y, rogándome que le pusiera la capota y un chal grande que yo había traído y, haciendo oídos sordos a mis súplicas de que se quedara un rato más, se subió a una silla, besó los retratos de Edgar y Catalina, me concedió un similar saludo a mí, y bajó al coche acompañada de Fany, que ladraba loca de alegría al recuperar a su ama. Se marchó, nunca volvió a visitar estas tierras, pero una correspondencia regular se estableció entre ella y mi amo cuando las cosas estuvieron un poco más calmadas. Creo que su nueva residencia estaba en el sur, cerca de Londres. Allí tuvo un hijo, unos meses después de su huida. Se le bautizó con el nombre de Linton, y desde el principio, ella dijo que era una criatura enclenque e irritable.
El señor Heathcliff me encontró un día en el pueblo. Me preguntó dónde vivía Isabela. Me negué a decírselo. Dijo que no le importaba, sólo que cuidara de no venir a casa de su hermano, que no viviría con Edgar, aunque tuviera él que mantenerla. A pesar de que yo no le di información, él averiguó por medio de otro criado, tanto el lugar donde residía, como la existencia del niño. Sin embargo, no la molestó, beneficio que ella podía agradecer, supongo, a la aversión que le tenía.
Con frecuencia me preguntaba por el niño cuando me veía, y al saber su nombre, sonrió despiadado y dijo:
—¿Quieren que le odie a él también, no es cierto?
—No creo que deseen que usted sepa nada de él.
—Pero lo tendré cuando quiera. De esto pueden estar seguros.
Por fortuna, su madre murió antes de que llegara este momento, unos trece años después de la muerte de Catalina, cuando Linton tenía doce o poco más.
Al día siguiente de la inesperada visita de Isabela no tuve oportunidad de hablar con mi amo: evitaba toda conversación y no estaba para discutir de nada. Cuando conseguí que me escuchara, me di cuenta de que le complacía que su hermana hubiera dejado a su marido, a quien él aborrecía con una intensidad que apenas parecía permitírsela la dulzura de su carácter. Tan honda y viva era su aversión que se abstenía de ir a cualquier parte donde hubiera la posibilidad de ver a Heathcliff o de oír hablar de él. El dolor, unido a esto, le convirtió en un verdadero ermitaño: abandonó su cargo de magistrado, dejó incluso de ir a la iglesia, evitaba siempre el pueblo y pasaba su vida en completa reclusión dentro de los límites del parque y de su heredad, sólo variada por solitarios paseos por los páramos, o visitas a la tumba de su esposa, generalmente al atardecer o temprano por la mañana, antes de que nadie anduviera por allí.
Pero era demasiado bueno para ser desgraciado del todo tanto tiempo. No rezaba para que el alma de Catalina le persiguiera: el tiempo le trajo resignación y una melancolía más dulce que la alegría vulgar. Acariciaba su memoria con ardiente, tierno amor y, lleno de esperanza, aspiraba a un mundo mejor, al que él no dudaba ella había ido. También tenía consuelo y cariño mundanos. Durante unos días, ya lo dije, pareció desinteresarse de la mezquina sucesora de la muerta, pera esta frialdad se fundió con la misma rapidez que la nieve en abril, y antes de que esta pequeñez pudiera balbucear una palabra o intentara dar un paso, ya manejaba en su corazón el cetro de déspota. Se llamó Catalina, pero él nunca la nombró por el nombre completo, así como nunca había llamado a la primera Catalina en diminutivo, probablemente porque Heathcliff tenía la costumbre de hacerlo. La pequeña fue siempre Cati, con lo que la diferenciaba de la madre y al mismo tiempo la asociaba: su cariño surgió más por esta relación que por ser hija suya.
Acostumbraba yo a trazar una comparación entre él y Hindley Earnshaw, ni yo misma me podía explicar satisfactoriamente conductas tan opuestas en circunstancias similares. Ambos habían sido amantes esposos, y ambos querían a sus hijos, y no podía comprender cómo era que los dos no habían seguido el mismo camino, para bien o para mal. Pero pensaba para mí que Hindley, al parecer con la cabeza más firme, había tristemente mostrado ser el peor y más débil. Cuando su barco encalló, el capitán abandonó su puesto y la tripulación, en lugar de intentar salvarlo, escapó en revuelta y confusión, dejando sin esperanza ninguna al desgraciado navío. Linton, por el contrario, desplegó el verdadero valor de un espíritu devoto y fiel; confió en Dios y Dios le consoló: uno tenía esperanza, el otro desesperación. Cada uno eligió su suerte y cada uno, en justicia, quedó condenado a sobrellevarla. Pero usted no necesita que yo le moralice, señor Lockwood usted juzgará lo mismo que yo todas estas cosas, por lo menos usted así lo cree, que viene a ser lo mismo.
El final del señor Earnshaw fue el que se podía esperar. Pronto siguió a su hermana, apenas pasaron seis meses entre los dos. Nosotros, en la Granja, nunca tuvimos noticia de su estado antes de su muerte. Todo lo que supe fue con motivo de ir a ayudar a la preparación de su entierro. El señor Kenneth vino a comunicar el suceso a mi amo.
—Bien, Neli —dijo, entrando a caballo en el patio, demasiado temprano para que me alarmara un inmediato presentimiento de malas noticias—. Ahora nos toca a ti y a mí ponernos luto, ¿quién crees que nos ha dejado?
—¿Quién? —pregunté, atolondrada.
—Adivina —contestó, desmontando y colgando las riendas de una argolla junto a la puerta—, y coge la punta de tu delantal, estoy seguro que la necesitarás.
—No será el señor Heathcliff.
—¡Cómo! ¿Llorarías por él? No, Heathcliff está hecho un mozo, su aspecto es lozano, acabo de verle, está engordando rápidamente desde que perdió a su cara mitad.
—¿Quién es, pues, señor Kenneth? —repetí impaciente.
—Hindley Earnshaw, tu viejo amigo Hindley y mi malvado compadre, aunque él no se había portado bien conmigo desde hacía mucho tiempo. Bien, ya te he dicho que esto nos haría llorar. Pero tranquilízate, murió fiel a sí mismo: borracho como una cuba. Pobre chico, yo lo siento también. Uno no puede evitar echar de menos a un compañero, aunque éste hiciera las peores jugadas imaginables y a mí más de una picardía . Creo que tenía apenas veintisiete años, tu misma edad. ¡Quién diría que nacisteis el mismo año!
Confieso que este golpe fue para mí más duro que el que me produjo la muerte de la señora Linton. Antiguos recuerdos se agolparon a mi corazón; me senté en el porche y lloré como por un pariente cercano, y rogué al señor Kenneth que buscara otro criado para que le anunciara al amo.
No me podía impedir a mi misma hacerme esta pregunta una y otra vez: «¿Habrá muerto de muerte natural?» Hiciera lo que hiciera, esta idea me acosaba, y fue tan cansadamente pertinaz que resolví pedir permiso para ir a Cumbres Borrascosas y cumplir con los últimos deberes para con el muerto. Al señor Linton le costó trabajo consentir, pero yo rogué con elocuencia, por la desamparada situación en que el difunto quedaba, y le dije que mi anterior amo y hermano de leche tenía tanto derecho a mi servicio como él. Además, le recordé que ese niño, Hareton, era sobrino de su esposa y, al no tener un pariente más cercano, él tenía que ser su guardián, y debía y tenía que averiguar cómo había quedado la propiedad, y atender a los intereses de su cuñado.
No estaba él para ocuparse de tales asuntos, pero me pidió que hablara con su abogado y al fin me dio permiso para ir a las Cumbres. Su abogado había sido el de Earnshaw también. Fui a verle al pueblo y le pedí que me acompañara. Movió la cabeza y me aconsejó que se dejara a Heathcliff en paz, afirmando que, si se supiera la verdad, Hareton resultaría ser poco menos que un mendigo.
—Su padre murió endeudado —dijo—, toda la propiedad está hipotecada, la única solución para el heredero forzoso es darle la oportunidad de fomentar algún afecto en el corazón del acreedor y que se inclinara a tener cierta indulgencia hacia él.
Cuando llegué a las Cumbres expliqué que había ido a ver si todo se hacía bien, y José, que parecía bastante afectado, expresó satisfacción por mi presencia. El señor Heathcliff dijo que no me necesitaban, pero que podía quedarme para disponer el entierro, si quería.
—Realmente —observó—, el cadáver de ese loco debiera enterrarse en el cruce de los caminos, sin ceremonia ninguna. Por casualidad le dejé diez minutos ayer por la tarde y, en ese tiempo, cerró las dos puertas de la casa para que yo no pudiera entrar, y pasó la noche bebiendo hasta la muerte con deliberado propósito. Entramos por la fuerza esta mañana porque le oímos resoplar como un caballo, y ahí estaba, tumbado sobre el escaño. Ni desollándole o arrancándole el cuero cabelludo, se hubiera despertado. Envié a buscar a Kenneth, y vino, pero no antes que la bestia se hubiera convertido en carroña: ya estaba frío, muerto y rígido, y estarás conmigo en que era inútil armar más revuelo por él.
El viejo criado confirmó este relato, pero murmuró:
—Hubiera preferido que hubiera ido él por el médico, yo hubiera atendido al amo mejor, no estaba muerto cuando yo le dejé, ¡ni mucho menos!
Insistí en que el entierro fuera digno. El señor Heathcliff dijo que podía hacer lo que quisiera, sólo que recordara que el dinero salía de su bolsillo.
Él mantuvo un aire duro, indiferente, que no mostraba ni alegría ni dolor; si algo expresaba era una empedernida satisfacción por haber hecho con éxito un trabajo difícil. Y una vez observé en su cara algo como júbilo: era precisamente cuando sacaban el ataúd de la casa. Tuvo la hipocresía de representar el duelo, y antes de que Hareton le siguiera, levantó al desdichado niño sobre la mesa y masculló con especial placer:
—Ahora, querido niño, eres mío, y veremos si un árbol crece tan torcido como otro cuando lo dobla el mismo viento.
A la inocente criatura le alegraron estas palabras, jugaba con las patillas de Heathcliff y le golpeaba la mejilla, pero yo adiviné su significado y dije con sequedad:
—Este niño tiene que venir conmigo a la Granja de los Tordos, señor. No hay nada en el mundo que sea menos suyo que él.
—¿Lo dice Linton?
—Desde luego, me ha dado orden de que me lo lleve.
—Bien —dijo el canalla—, no voy a discutir este asunto ahora; pero tengo la intención de probar mi pericia en educar a un joven; así pues, indica a tu amo que si intenta llevárselo, tengo que llenar su lugar con el mío. No me comprometo a dejar marchar a Hareton sin discusión, pero estoy seguro de hacer venir al otro. Acuérdate de decírselo.
Esto fue lo suficiente para atarnos las manos. Se lo repetí, en sustancia, a mi vuelta, a Edgar Linton. Poco interesado al principio, no habló más de interferir: no sé si hubiera servido de algo, caso de haberlo deseado.
El intruso era ahora el amo de Cumbres Borrascosas. Mantuvo firme la posesión y probó al procurador, quien a su vez, lo probó al señor Linton, que Earnshaw había hipotecado cada palmo de tierra que poseía a cambio de dinero, para mantener su vicio del juego, y él, Heathcliff era el acreedor.
Así Hareton, que podría ser ahora el primer caballero de la comarca, fue reducido a una completa dependencia del inveterado enemigo de su padre, y vive en su propia casa como un criado que no disfruta de la ventaja de un salario, del todo incapacitado para hacerse justicia, por su desamparo y porque ignora el atropello de que ha sido víctima.

Capítulo XVIII

Los doce años que siguieron a aquella triste época —continuó la señora Dean— fueron los más felices de mi vida: mis grandes inquietudes, en el paso de estos años, procedían de las ligeras enfermedades de la pequeña, que tuvo que sufrir como los demás niños, ricos y pobres. Por lo demás, después de los seis primeros meses creció como un alerce y podía andar y hablar, a su manera, antes de que los brezos florecieran por segunda vez sobre las cenizas de la señora Linton.
Era la criatura más seductora que nunca un rayo de sol trajo a una casa desolada: una verdadera belleza en cuanto al rostro, con los hermosos ojos de los Earnshaw, pero con la tez blanca, pequeñas facciones y pelo rubio y rizado de los Linton. Su carácter era altivo, pero no rudo, y atemperado por un corazón sensible y vivo hasta el extremo en sus afectos. Esta capacidad para sentir intensos cariños recordaba a su madre, pero no se parecía a ella, porque sabía ser tan suave y mansa como una paloma; tenía una voz dulce y una expresión reflexiva; su ira no era nunca furiosa, ni su amor nunca violento, sino profundo y tierno.
Sin embargo, hay que reconocer que tenía defectos que empañaban sus buenas cualidades: uno era la propensión a la insolencia, una aviesa voluntad que adquiere todo niño mimado, ya sea de buen o mal genio. Si por casualidad un criado la molestaba, siempre decía: «Se lo diré a papá.» Y si éste la reprendía, aunque sólo fuera con la mirada, se hubiera pensado que ocurría una tragedia; no creo que él le dijera nunca una palabra dura.
Edgar tomó la enseñanza de la niña como cosa suya, lo que le resultaba un placer. Por fortuna, la curiosidad y una viva inteligencia hicieron de ella una buena estudiante; aprendía deprisa y con avidez, haciendo honor a su maestro.
Hasta que llegó a la edad de trece años no había salido sola, ni una vez, más allá de los límites del parque. El señor Linton en raras ocasiones la había llevado con él algo así como una milla más lejos; pero él no la confiaba a nadie más. Gimmerton era una palabra sin sentido para sus oídos; la capilla, a excepción de su propia casa, era el único edificio al que se había acercado o entrado. Cumbres Borrascosas y el señor Heathcliff no existían para ella. Era una perfecta reclusa, y, al parecer, perfectamente contenta. Sólo algunas veces al contemplar el paisaje desde la ventana de su cuarto preguntaba:
—Elena, ¿cuánto tiempo pasará hasta que yo pueda ir hasta la cima de esos montes? Me pregunto qué habrá al otro lado... ¿es el mar?
—No, señorita Cati —contestaba yo—, hay más montes, lo mismo que éstos.
—Y ¿cómo son esas rocas doradas cuando se está debajo de ellas? —preguntó una vez.
El abrupto despeñadero del Roquedal de Penistone le llamaba particularmente la atención cuando el sol poniente brillaba en él, en los picos más altos, mientras que, abajo, toda la extensión del paisaje quedaba en la sombra. Le expliqué que eran masas de piedra desnuda, con apenas suficiente tierra en sus grietas para alimentar un árbol raquítico.
—¿Y por qué brillan tanto rato después que aquí ha oscurecido?
—Porque están mucho más altos que nosotros, no podrías trepar hasta ellos, son demasiado altos y empinados. En invierno la helada está allí siempre antes de que llegue a nosotros, y muy adelantado el verano he encontrado nieve en ese hueco negro en el lado noreste.
—¡Tú has estado allí! —gritó alegre—. Entonces yo también podré ir cuando sea mayor. ¿Ha estado allí papá, Elena?
—Él te dirá —contesté rápidamente— que no vale la pena molestarse en visitarlos. Los páramos por donde paseas con él son mucho más bonitos y el parque de la Granja es el sitio más precioso del mundo.
—Pero yo ya he visto el parque y no he visto eso —murmuró para sí—. Me encantaría mirar a mi alrededor desde el borde del punto más alto. Mi caballito Mini me llevará algún día.
Al mencionar una de las criadas la Cueva Encantada se le trastornó la cabeza con el deseo de llevar a cabo este proyecto, y mareaba al señor Linton con eso; éste le prometió que harían el viaje cuando fuera un poco mayor. Pero Cati medía su edad por meses y...
—¿Ya soy bastante mayor para ir al Roquedal de Penistone? —era la constante pregunta de su boca.
El camino hacia el Roquedal bordeaba muy de cerca Cumbres Borrascosas. Edgar no tenía ánimo de pasar por allí, y la niña recibía siempre la misma respuesta: «Todavía no, cariño, todavía no.»
Ya dije que la señora Heathcliff vivió una docena de años después de dejar a su marido. Su familia era de constitución delicada, tanto ella como Edgar carecían de esa fresca salud que se encuentra por lo general por estas tierras. No estoy segura de cuál fue su última enfermedad, supongo que murieron los dos de lo mismo: de una especie de fiebre, lenta al principio, pero incurable, y que consumía la vida rápidamente hacia el final.
Escribió a su hermano para informarle del posible fin de la enfermedad que estaba sufriendo desde hacía cuatro meses. Le instaba a que fuera a verla, si era posible, porque tenía mucho que arreglar, y quería darle su último adiós, y dejar a Linton seguro en sus manos. Esperaba que éste se pudiera quedar con él, como había estado con ella. Se complacía en convencerse a sí misma de que su padre no deseaba asumir la carga de su mantenimiento y educación.
Mi amo no dudó ni un momento en cumplir con esta petición; refractario como era a dejar la casa por llamadas corrientes, voló a responder a ésta. Me recomendó a Catalina a mi especial vigilancia mientras estaba ausente, con órdenes reiteradas de que no paseara fuera del parque, aun en mi compañía: no le pasaba por la cabeza que fuera sola.
Estuvo ausente tres semanas; los dos o tres primeros días mi niña estuvo sentada en un rincón de la biblioteca, demasiado triste para leer o para jugar. En aquel estado de tranquilidad me molestaba poco, pero a éste sucedió un periodo de impaciencia e inquieto aburrimiento. Como yo estaba muy ocupada, y ya era mayor para correr de acá para allá para divertirla, se me ocurrió un sistema por el que se pudiera entretener sola.
Acostumbraba a mandarla a pasear por la finca, ya a pie, ya en su jaca, y cuando volvía escuchaba pacientemente sus aventuras reales o imaginarias.
El verano brillaba en todo su esplendor, y le cogió gusto a estos paseos solitarios que ella a menudo convertía en ausencias desde el desayuno hasta el té; entonces las tardes se pasaban contando sus fantásticas historias. Yo no temía que sobrepasara los límites del parque, porque las verjas estaban generalmente cerradas, y no pensaba que se aventurara sola a ir más allá, aunque estuvieran abiertas de par en par.
Desgraciadamente mi confianza resultó infundada. Catalina me vino una mañana a las ocho y me dijo que ese día ella era un mercader árabe que iba a cruzar el desierto con su caravana, y que tenía que darle abundante provisión para ella y sus animales, un caballo y tres camellos, representados por un enorme sabueso y un par de perros de muestra. Le puse una buena cantidad de golosinas en una cesta que colgué a un lado de la silla y montó tan alegre como un hada, protegida del sol de julio por un sombrero de ala ancha y un velo de gasa. Salió trotando con alegre risa, burlándose de mis cautos consejos para que evitara el galope y volviera a casa pronto.
La desobediente niña no apareció a la hora del té. Uno de los viajeros, el sabueso, que era un perro viejo y amigo de la comodidad, volvió, pero ni a Cati, ni al caballito, ni a los dos perros se les veía por ninguna parte. Mandé emisarios por este y aquel camino, y al fin fui yo misma, a la ventura, en su busca.
Había un trabajador que estaba arreglando una cerca que bordeaba un plantío en los linderos de la finca. Le pregunté si había visto a nuestra señorita.
—La vi por la mañana —replicó—. Me pidió que le cortara una vara de avellano, saltó en su caballito por encima del seto de más allá, donde está más bajo, y se perdió de vista al galope.
Puede usted imaginarse lo que yo sentí al oír esta noticia. Lo primero que se me ocurrió fue que se había dirigido al Roquedal de Penistone.
—¿Qué será de ella? —exclamé, metiéndome por un hueco que el hombre estaba reparando, y me dirigí derecho al camino.
Anduve, como si fuera a ganar una apuesta, milla tras milla, hasta que una revuelta del camino me puso a la vista de las Cumbres, pero a Catalina no la veía ni lejos ni cerca.
El Roquedal está como a una milla y media más allá de la casa de Heathcliff, y por lo tanto a cuatro desde la Granja, por lo que empecé a temer que cayera la noche y no pudiera llegar allí. «¿Y si se ha resbalado tratando de escalarlo? —pensé—. ¿Y si se ha matado o roto algún hueso?»
Mi angustia era realmente penosa, pero sentí enseguida un grato alivio cuando vi, al pasar corriendo por la granja, al más fiero de los dos perros, tumbado bajo una ventana, con la cabeza hinchada y sangrándole una oreja. Abrí el pestillo y corrí a la puerta golpeándola con vehemencia para que me abrieran. Una mujer que yo conocía y que antes vivía en Gimmerton, abrió la puerta; ella era sirvienta allí desde la muerte del señor Earnshaw.
—¡Ah! —dijo—. ¿Ha venido a buscar a la señorita? No se asuste. Ella está aquí segura, pero me alegro de que no esté el amo.
—No está en casa, ¿no es eso? —dije jadeante, del todo sin aliento, debido a la caminata y el susto.
—No, no, él y José están fuera y creo que no volverán es una hora o más. Entre y descanse un poco.
Entré, y vi a mi oveja descarriada sentada ante el hogar, balanceándose en una sillita que había sido de su madre cuando era niña. Su sombrero estaba colgado en la pared, y ella parecía estar como en casa, riendo y charlando muy animada con Hareton, ahora un muchacho de dieciocho años grande y fuerte, que la miraba con considerable curiosidad y asombro, captando bastante poco de la fluente sucesión de observaciones y preguntas que su lengua no cesaba de pronunciar.
—¡Muy bonito, señorita! —exclamé, ocultando mi alegría bajo mi rostro enfadado—. Este será su último paseo hasta que papá vuelva. No confiaré en usted otra vez ni para cruzar el umbral. ¡Niña mala! ¡Niña mala!
—¡Elena! —gritó, alegre, dando un salto y corriendo a mi lado—. Tendré una bonita historia que contarte esta noche, ¡pues me has encontrado! ¿Has estado aquí antes, alguna vez en tu vida?
—Póngase el sombrero y a casa inmediatamente. Estoy muy enfadada con usted, señorita Cati, ha hecho muy mal. Es inútil hacer pucheros y llorar; no compensará el disgusto que he tenido recorriendo el campo en su busca. Pensar que el señor Linton me encargó que no la dejara salir de casa, y usted escapándose. Eso demuestra que es usted un animalito taimado, en el que nadie confiará nunca más.
—¿Qué he hecho? —sollozó, reprimiéndose al instante—. Papá no me encargó nada, y no me riñe, Elena, él nunca está enfadado como tú.
—¡Vamos, vamos! —repetí—. Yo le ataré las cintas, ahora dejémonos de petulancias. ¡Qué vergüenza! Trece años y tan infantil.
Esta exclamación la ocasionó el haberse ella quitado el sombrero e ido hacia la chimenea, fuera de mi alcance.
—No —dijo la sirvienta—. No sea usted dura con la niña, señora Dean. Nosotros la detuvimos, ella quería seguir su camino, por miedo de que usted se inquietara. Hareton se ofreció a ir con ella, y yo pensé que era mejor, el camino está fragoso por entre las colinas.
Hareton, durante la discusión, estaba de pie, con las manos en los bolsillos, demasiado azorado para hablar, aunque parecía que no le había gustado mi intrusión.
—¿Cuánto tiempo tengo que esperar? —continué, desoyendo la interferencia de la mujer—. Dentro de diez minutos será de noche. ¿Dónde está el caballo, dónde está Fénix? La dejaré aquí si no se da prisa. Elija.
—El caballo está en el patio —replicó— y Fénix está encerrado allí, le han mordido y también a Charli. Iba a contártelo todo, pero estás de mal genio y no mereces oírlo.
Cogí el sombrero y me acerqué para volvérselo a poner, pero dándose ella cuenta que las personas de la casa se ponían de su parte, empezó a saltar por la estancia, y, al perseguirla yo, corría como un ratón por encima, debajo y detrás de los muebles, resultando mi persecución ridícula. Hareton y la mujer se reían y ella se les unió, aumentando aún más su impertinencia, hasta que yo grité indignada:
—Bien, señorita Cati, si usted supiera de quién es esta casa, estaría muy contenta de marcharse.
—Es de tu padre, ¿no es verdad? —dijo, volviéndose a Hareton.
—No —replicó, bajando la vista y sonrojándose tímidamente. Él no pudo mantener la mirada fija de ella, aunque eran sus mismos ojos.
—De quién, pues, ¿de tu amo? —preguntó Catalina.
Enrojeció Hareton aún más, con sentimiento distinto; murmuró un juramento y se apartó.
—¿Quién es su amo? —continuó la pesada chiquilla, dirigiéndose a mí—. Él hablaba de «nuestra casa» y de «nuestra familia». Creí que era el hijo del dueño. Nunca me llamó «señorita», debiera haberlo hecho, ¿no es verdad?, si es criado.
Hareton se ensombreció como una nube de tormenta a estas infantiles palabras. Sacudí en silencio a la preguntona niña y, al fin, conseguí prepararla para la partida.
—Ahora, tráeme mi caballo —dijo, dirigiéndose a su desconocido pariente como lo hubiera hecho a un chico de la cuadra de la Granja—. Y puedes venir conmigo. Quiero ver en qué sitio de la ciénaga aparece el cazador de trasgos, y saber más de las hadas, de las que me has hablado, pero date prisa. ¿Qué pasa? Tráeme el caballo, te digo.
—Así te vea condenada antes que ser tu criado —gruñó el muchacho.
—¿Me veas qué? —preguntó Catalina sorprendida.
—Condenada, bruja impertinente.
—Bien, señorita Catalina, ya ve usted que ha caído en buena compañía. ¡Bonitas palabras para dirigirlas a una joven! Por favor, no empiece a discutir con él. Ea, recojamos a Mini nosotras mismas y vámonos.
—Pero, Elena —gritó, mirando fijamente y paralizada de estupor—. ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿No se le tiene que mandar que haga lo que pido? Eres un bellaco, le contaré a papá lo que me has dicho. Sí, ya verás.
A Hareton no pareció que le importara mucho esta amenaza, pero a ella le brotaron de sus ojos lágrimas de indignación.
—Tráigame el caballo —exclamó, volviéndose a la mujer—, y ponga a mi perro en libertad ahora mismo.
—Más despacio, señorita —repitió la mujer—. Usted no perderá nada siendo cortés. Porque ese Hareton no es hijo del amo, es su primo, y yo no he sido nunca contratada para servirla a usted.
—¿Él mi primo? —dijo Catalina con risa despectiva.
—Sí, por supuesto —respondió su contrincante.
—¡Oh, Elena, no les dejes decir estas cosas! —continuó muy turbada—. Papá ha ido a buscar a mi primo a Londres, mi primo es hijo de un caballero. Ese, mi... —se detuvo y rompió a llorar, disgustada por la simple idea del parentesco con aquel patán.
—¡Calle, calle! —murmuré—. Se pueden tener muchos primos y de toda clase, sin que sea nada malo, sólo que no es necesario buscar su compañía si ellos son desagradables o maleducados.
—¡Él no es, no es mi primo, Elena! —continuó, aumentando más su pena después de reflexionar, y echándose en mis brazos como para refugiarse de esta idea.
Yo estaba muy enfadada con ella y con la sirvienta por sus mutuas revelaciones; no me cabía duda de que la próxima llegada de Linton, comunicada por la primera, se transmitiría al señor Heathcliff; y me sentía igualmente segura de que el primer pensamiento de Catalina, a la vuelta de su padre, sería buscar una explicación a lo dicho por la última respecto a su malcriado pariente.
Hareton, repuesto de su disgusto por haber sido tomado por criado, parecía conmoverse ante la aflicción de la niña: trajo el caballito a la puerta y, para ganársela, fue a buscar a la perrera un bonito cachorro de busca patituerto y, poniéndoselo en la mano, le pidió que se callara, porque no lo había hecho con mala intención. Hizo ella una pausa en sus lamentos, le echó una mirada de horror y de miedo, y volvió a llorar de nuevo. Apenas me pude contener de sonreír ante esta antipatía hacia el pobre chico, que era un joven bien formado, atlético, bien parecido en cuanto a sus facciones, fuerte y saludable, pero vestido con ropas propias para sus ocupaciones cotidianas: trabajar en la granja o merodear por los páramos detrás de los conejos y otras piezas de caza. Sin embargo, pensaba que se podía detectar en su fisonomía un espíritu poseedor de mejores cualidades que las que su padre había poseído. Buenas semillas, seguro, perdidas en una maraña de malas hierbas cuya fertilidad ahogaba con creces su descuidado cultivo; sin embargo, había evidencia de la riqueza del suelo, que podía producir abundantes cosechas en circunstancias más favorables. El señor Heathcliff, yo creo, físicamente no le maltrataba, gracias a su carácter osado, que no facilitaba tal clase de opresión; no tenía nada de esa tímida susceptibilidad que hubiera dado gusto maltratar, según el criterio de Heathcliff. Parecía que éste había dirigido su malevolencia a embrutecerle: no le enseñó nunca a leer y escribir; nunca se le reprendía por ninguna mala costumbre que no molestara a su guardián; nunca le guió para dar un sólo paso hacia la virtud, ni le previno por un sólo precepto contra el vicio. Y, por lo que yo supe, José contribuyó mucho a este deterioro por su torpe parcialidad, que le instaba a adularle y mimarle, porque era un chico, y por lo tanto el cabeza de la vieja familia. Y de la misma manera que él tuvo la costumbre de acusar a Catalina Earnshaw y a Heathcliff, cuando eran niños, y acabar con la paciencia del amo, llevándole a buscar consuelo en la bebida —lo que él llamaba procedimiento vergonzoso—, así ahora echaba toda la carga de las faltas de Hareton sobre los hombros del usurpador de su propiedad. Si el chico juraba no le corregía, ni por muy culpable que fuera su conducta. Le daba a José satisfacción, aparentemente, verle llegar a los peores extremos. Él admitía que estaba degradado, que su alma estaba abandonada a la perdición, pero entonces reflexionaba que era Heathcliff el que tenía que responder: la sangre de Hare-ton sería requerida de su mano ; este pensamiento le producía un inmenso consuelo.
José había infundido en él el orgullo de su nombre y su linaje y, si se hubiera atrevido, hubiera alimentado el odio entre él y el actual propietario de las Cumbres, pero el miedo al amo llegaba a ser una superstición, y así confinaba sus sentimientos hacia él en masculladas sugerencias e íntimas amenazas.
No pretendo conocer íntimamente el modo de vida cotidiano, por aquellos días, en Cumbres Borrascosas. Yo sólo hablo de oídas, porque ver, poco vi. La gente del pueblo afirmaba que el señor Heathcliff era tacaño y un amo duro y cruel para sus arrendatarios. Pero que la casa, por dentro, había recuperado su antiguo aspecto de comodidad bajo el gobierno de una mujer, y que las escenas turbulentas, que eran normales en tiempo de Hindley, no se representaban ahora dentro de aquellas paredes. El amo era demasiado triste para buscar compañía con cualquier persona, buena o mala, y todavía lo es.
Pero esto no es adelantar en mi historia. La señorita Catalina rechazó la ofrenda de paz del cachorro y pidió sus perros Charli y Fénix. Vinieron cojeando y cabizbajos. Partimos para casa tristemente, la una y la otra de mal humor.
No pude sacarle a mi señorita cómo había pasado el día, excepto que, como suponía, el objetivo de su peregrinación era el Roquedal de Penistone, y que llegó, sin aventura alguna, a la verja de la granja cuando casualmente Hareton salía, acompañado de algunos seguidores caninos que atacaron al séquito de ella. Libraron una bonita batalla antes de que sus amos consiguieran separarlos. Esto sirvió de presentación; Catalina le dijo a Hareton quién era y a dónde iba y le pidió que le mostrara el camino, y al fin le persuadió que la acompañara. Le descubrió él los misterios de la Cueva de las Hadas y de otros veinte extraños lugares. Pero caída yo en desgracia, no me vi favorecida con la descripción de todas las cosas interesantes que había visto. Pude colegir, sin embargo, que su guía había sido de su agrado hasta que ella hirió sus sentimientos dirigiéndose a él como criado, y el ama de llaves de Heathcliff la lastimó diciendo que era primo suyo. Entonces, el lenguaje que él había usado roía el corazón de la niña, ella que siempre era «amor», «cariño», «reina», «ángel» en la Granja, ¡ser insultada tan groseramente por un extraño! No lo entendía y me costó mucho trabajo sacarle la promesa de que no expondría la ofensa ante su padre.
Le expliqué que éste rechazaba a la totalidad de los habitantes de las Cumbres, y lamentaría mucho saber que ella había estado allí, e insistí, sobre todo, en el hecho de que si ella descubría mi negligencia en el cumplimiento de sus órdenes, acaso se enfadaría tanto que tendría que dejar la casa, y como Cati no podía soportar esta perspectiva, comprometió su palabra y la mantuvo. Después de todo era una niña encantadora.

Capítulo XIX

Una carta con ribetes negros anunció la llegada de mi amo. Isabela había muerto; y él escribía para que preparara el luto de su hija y dispusiera una habitación, y todo lo necesario, para su joven sobrino.
Catalina saltaba loca de alegría ante la idea de recibir a su padre de vuelta y se entregó a los más optimistas pronósticos acerca de las innumerables excelencias de su «verdadero» primo.
Llegó la tarde de su esperado regreso. Desde temprano por la mañana había estado ocupada ordenando sus pequeñas cosas, y luego, vestida con su nuevo traje negro —a la pobre niña la muerte de su tía le impresionaba con bien poco dolor—, me obligó, por su constante insistencia, a ir andando al límite de la finca para encontrarles.
—Linton tiene exactamente seis meses menos que yo —parloteaba, mientras andábamos tranquilamente por los altibajos de césped musgoso y a la sombra de los árboles—. ¡Qué delicia será tenerle como compañero de juego! La tía Isabela mandó a papá un precioso rizo de su pelo; era más claro que el mío, más rubio, pero igualmente fino; lo guardo cuidadosamente en una cajita de cristal; y a menudo he pensado que sería muy bonito ver a su dueño. ¡Qué feliz soy, y papá, querido, querido papá! Vamos, Elena, corramos, corramos.
Ella corría, y volvía, y corría otra vez, muchas veces antes de que mis mesurados pasos llegaran a la verja. Entonces se sentó en el borde de hierba junto al camino, intentó esperar con paciencia, pero era imposible, no podía estarse quieta ni un momento.
—¡Cuánto tardan! —exclamó—. Veo un poco de polvo en el camino, ya vienen. No. ¿Cuándo estarán aquí? ¿No podríamos irnos un poco más lejos? Media milla, Elena, sólo media milla. Di que sí, a ese grupo de abedules a la vuelta.
Me negué rotundamente, y al fin su espera llegó a término: el coche de los viajeros estaba a la vista. Cati empezó a chillar y a extender los brazos, tan pronto vio la cara de su padre mirando por la ventanilla. Él bajó casi tan impaciente como ella, y pasó un buen rato antes de que fijaran su atención en nadie excepto en ellos mismos. Mientras se intercambiaban cariños, miré dentro del coche para ver a Linton. Estaba dormido en un rincón, envuelto en un buen abrigo, forrado de piel, como si hubiera sido invierno. Era un chico pálido, delicado, afeminado, que se podía tomar por un hermano menor de mi amo, tan grande era su parecido, pero había una enfermiza displicencia en su aspecto que Edgar Linton nunca tuvo. Éste me vio que miraba y, después de estrecharme la mano, me aconsejó que cerrara la portezuela y que no le molestara porque el viaje le había cansado mucho. Cati tenía ganas de echarle un vistazo, pero su padre le dijo que se viniera, y anduvieron juntos por el parque, mientras yo me adelanté para prevenir a los criados.
—Ahora, querida —dijo el señor Linton, dirigiéndose a su hija, cuando se pararon en las escaleras de la puerta principal—, tu primo no es tan fuerte ni tan alegre como tú, y ha perdido a su madre, recuerda, hace muy poco tiempo; por lo tanto, no esperes que juegue y corra por ahí contigo enseguida, déjale tranquilo esta noche por lo menos, ¿quieres?
—Sí, sí, papá. Pero yo quiero verle, y no se ha asomado ni una sola vez.
El coche se paró. Al durmiente, ya despierto, su tío lo levantó y lo puso en el suelo.
—Ésta es tu prima Cati, Linton —dijo, juntando sus manitas—. Ella ya te quiere mucho y cuidado con entristecerla esta noche llorando. Trata de estar alegre ahora; el viaje se ha terminado y tú no tienes nada que hacer más que descansar y divertirte como te plazca.
—Pues déjame irme a la cama —continuó el niño, esquivando el saludo de Caty y llevándose las manos a los ojos como para quitarse unas lágrimas incipientes.
—¡Vamos, vamos, a ser bueno! —murmuré, guiándole hacia adentro—. Va usted a hacerla llorar, también vea qué triste está ella.
Yo no sé si era por él, pero su prima puso una cara tan triste como la suya y volvió con su padre. Los tres entraron en la biblioteca donde el té estaba preparado.
Le quité la gorra y el abrigo a Linton y le senté en una silla junto a la mesa, pero apenas se sentó empezó a llorar otra vez. Mi amo le preguntó qué le pasaba.
—No puedo estar sentado en una silla —sollozó el muchacho.
—Veté al sofá, pues, y Elena te llevará un poco de té —le contestó su tío con paciencia.
Estoy segura que éste había sido sometido a dura prueba, durante el viaje, por su irritable y enfermizo sobrino.
Linton se arrastró lentamente y se tendió. Caty cogió un escabel y su taza y se puso a su lado. Al principio estaba silenciosa, pero esto no podía durar mucho rato: había resuelto mimar a su primito y tenía que conseguirlo. Empezó a acariciarle los rizos, besarle en la mejilla y ofrecerle té en su platillo como a un niño pequeño; esto le gustó, porque no era mucho más que eso, se secó los ojos y una leve sonrisa iluminó su cara.
—Esto le sentará bien —me dijo el amo, después de observarles un minuto—. Muy bien si podemos tenerle con nosotros, Elena. La compañía de otro niño de su edad infundirá en él nuevo espíritu muy pronto, y con el deseo de ser fuerte, lo conseguirá.
—Sí, si podemos tenerle —musité para mí. Y dolorosos recelos me asaltaron de que había pocas esperanzas de tal cosa, y entonces me imaginé cómo viviría este niño enclenque en Cumbres Borrascosas entre su padre y Hareton. ¡Qué compañeros de juegos y qué maestros iba a tener!
Nuestras dudas se disiparon antes de lo que esperábamos. Acababa yo de llevar a los niños arriba, después de terminado el té, y visto a Linton dormido, porque él no me dejó que me marchara antes. Había bajado, estaba de pie junto a la mesa del vestíbulo, encendiendo una vela para el dormitorio del señor Linton, cuando una criada salió de la cocina y me informó que José, el criado del señor Heathcliff, estaba en la puerta y quería hablar con el amo.
—Le preguntaré qué quiere primero —dije, considerablemente alterada—. No es una hora muy a propósito para molestar a la gente, en el momento que acaban de llegar de un largo viaje. No creo que el señor pueda verle.
José cruzó la cocina mientras yo pronunciaba estas palabras y se presentó en el vestíbulo. Iba vestido con sus ropas de domingo, con la cara de lo más avinagrada y santurrona y, sujetando el sombrero con una mano y con la otra el bastón, procedió a limpiarse los zapatos en la alfombrilla.
—Buenas noches, José —dije, fríamente— ¿Qué te trae aquí esa noche?
—Es con el señor Linton con quien quiero hablar —contestó, apartándome con desdén.
—El señor Linton se está acostando a no ser que tengas algo muy especial que decirle, estoy segura de que ahora no te escuchará. Será mejor que te sientes y me confíes tu mensaje a mí.
—¿Cuál es su habitación? —continuó el hombre, pasando revista a la hilera de puertas cerradas.
Me di cuenta de que estaba decidido a rechazar mi mediación, subí, pues, de muy mala gana a la biblioteca y anuncié la inoportuna visita, aconsejándole que debiéramos despedirla hasta el día siguiente.
El señor Linton no tuvo tiempo de darme la orden de hacerlo, porque él subió pisándome los talones y, metiéndose en la habitación, se plantó en el otro extremo de la mesa, con ambos puños cerrados sobre su garrote, y empezó en voz alta como anticipándose a una negativa:
—Heathcliff me ha mandado a buscar a su niño y no me puedo volver sin él.
Edgar Linton guardó silencio un minuto: una expresión de profundo dolor veló su rostro. Del niño hubiera tenido lástima, pero recordando las esperanzas y temores de Isabela, y los angustiosos deseos para su hijo, y sus recomendaciones de que lo tomara a su cargo, le dolía amargamente la perspectiva de tenerlo que ceder, y buscaba en su corazón cómo evitarlo. No encontró ningún recurso; la mera exposición del deseo de retenerle hubiera hecho la reclamación más perentoria; no había más remedio que entregarlo, pero ahora no le iba a despertar de su sueño.
—Dígale al señor Heathcliff —respondió con calma— que su hijo irá a Cumbres Borrascosas mañana, que ahora está durmiendo y demasiado cansado para esa distancia. Puede usted decirle también que la madre de Linton deseaba que él se quedara a mi cargo y que, en la actualidad, su salud es muy precaria.
—¡No! —dijo José, dando un golpe con el bastón y asumiendo un aire autoritario—. ¡No! Eso no quiere decir nada. A Heathcliff no le importa la madre, ni usted tampoco, pero quiere tener a su chico, y tengo que llevármelo ahora..., ya lo sabe usted.
—Esta noche, no —contestó Linton con resolución—. Váyase abajo inmediatamente y repita a su amo lo que le he dicho. Elena, acompáñele. Fuera.
Y cogiendo al indignado viejo por un brazo, se liberó de él y cerró la puerta.
—¡Muy bien! —gritó José mientras se retiraba con lentitud—. Mañana vendrá él mismo y échele si se atreve.

Capítulo XX

Para evitar el peligro de que esta amenaza se cumpliera, el señor Linton me encargó que llevara el niño a su casa, temprano, en el caballito de Catalina, y me dijo:
—Como ahora no tendremos ninguna influencia en su destino, ni buena ni mala, no debemos decir a mi hija adónde se ha ido; en adelante no podrá tratarse con él, luego es mejor para ella que ignore su proximidad, no sea que se ponga inquieta y ansiosa por visitar las Cumbres. Simplemente dígale que su padre le ha mandado a buscar repentinamente y que se ha visto obligado a dejarnos.
Linton no tenía ninguna gana de levantarse de la cama a las cinco de la mañana, y se asombró cuando le dijeron que tenía que prepararse para seguir su camino; pero suavicé el asunto diciéndole que iba a pasar una temporada con su padre, el señor Heathcliff, que deseaba mucho verle y que no quería retrasar esta satisfacción hasta que estuviera repuesto de su último viaje.
—¿Mi padre? —preguntó con extraña perplejidad—. Mamá no me dijo nunca que tenía padre. ¿Dónde vive? Prefiero quedarme con el tío.
—Vive a corta distancia de la Granja, justo detrás de esas colinas, no tan lejos que no pueda usted venir aquí andando cuando esté fuerte. Tiene que estar contento de ir a su casa. Debe intentar quererle, como quiso a su madre, entonces él le querrá a usted.
—¿Por qué no he oído hablar de él antes? ¿Por qué él y mamá no vivían juntos, como hacen las demás personas?
—Él tenía asuntos que atender en el norte y la salud de su madre requería residir en el sur.
—¿Y por qué mamá no me habló de él? —insistió el niño—. Ella a menudo me hablaba del tío y aprendí a quererle desde hace mucho tiempo. ¿Cómo voy a querer a papá si no le conozco?
—Todos los niños quieren a sus padres. Su madre quizá pensó que usted querría irse con él, si lo mencionaba muy a menudo. Démonos prisa. Un paseo a caballo, tempranito, en una mañana tan hermosa es preferible a una hora más de sueño.
—¿Va a venir ella con nosotros, la niña que vi ayer?
—Ahora no.
—¿Y el tío?
—No, yo le acompañaré.
Linton se volvió a hundir en la almohada, entre reflexivo y adormilado.
—No quiero ir sin el tío —dijo al fin—. No sé a dónde quieres llevarme.
Intenté persuadirle de que es malo mostrar desgana por conocer al padre, pero aún se resistía obstinadamente a vestirse; tuve que llamar en mi auxilio a mi amo para que le obligara a salir de la cama.
La pobre criatura partió, al fin, con algunas ilusorias promesas de que su ausencia sería corta; y que el señor Linton y Cati le visitarían, y otras igualmente sin fundamento que yo inventaba y repetía a intervalos durante el camino.
Al poco rato, el aire puro de olor a brezo, el sol brillante, y el suave trotecillo de Mini aliviaron su desgana. Empezó a hacerme preguntas referentes a su nueva casa y sus habitantes, con gran interés y vivacidad.
—¿Es Cumbres Borrascosas un lugar tan agradable como la Granja de los Tordos? —preguntó, volviéndose para echar la última mirada al valle, del que subía una ligera neblina que formaba aborregadas nubes en el borde del cielo azul.
—No está tan cubierto de árboles, y no es tan grande, pero se puede ver un paisaje precioso todo alrededor, y el aire es más sano para usted, más puro y más seco. Quizá considere al principio que el edificio es viejo y sombrío, pero es una casa muy respetable, la segunda de la comarca. ¡Y podrá dar unos paseos tan bonitos por los páramos! Hareton Earnshaw, este es el otro primo de la señorita Cati, y de usted, en cierto modo, le mostrará los sitios más bonitos, y puede traer un libro cuando haga bueno, y de un verde hueco hacer su estudio, y de vez en cuando, su tío se le puede juntar en el paseo, porque él con frecuencia pasea por las colinas.
—¿Y cómo es mi padre? ¿Es tan joven y guapo como es el tío?
—Es tan joven como él, pero tiene el pelo y los ojos negros, su aspecto es más serio; es más alto y más grande en conjunto. Quizá no le parezca tan cariñoso y amable al principio, porque no es su estilo; sin embargo, procure ser amable y sincero con él; y, naturalmente, él le querrá más que cualquier tío, porque usted es su hijo.
—Pelo y ojos negros —musitó Linton—. No me lo puedo imaginar; entonces no me parezco a él, ¿no es verdad?
—No mucho —contesté. Ni pizca, pensé, contemplando con pena la blanca tez y la esbelta figura de mi compañero, con sus enormes ojos lánguidos, los ojos de su madre, pero sin vestigios de su chispeante expresión, excepto si los encendía por un momento una irritabilidad morbosa.
—Qué raro que no viniera nunca a vernos a mamá y a mí. ¿Me ha visto alguna vez? Si me ha visto debía yo ser muy pequeño; no recuerdo nada de él.
—Bien, caballero —dije—. Trescientas millas es una larga distancia, y diez años parecen de distinta longitud a una persona mayor, comparando con lo que son para usted. Es probable que el señor Heathcliff se propusiera ir un verano y otro, pero nunca encontrara la oportunidad conveniente, y ahora es demasiado tarde. No le moleste con preguntas sobre este asunto, porque a él le perturbaría y no para bien.
El chico estuvo del todo absorto en sus propios pensamientos el resto del viaje, hasta que nos paramos ante la verja del jardín de la granja. Yo le miré para captar en su rostro sus impresiones. Inspeccionó las esculturas de la fachada y las ventanas bajas, los dispersos arbustos de grosella, los retorcidos abetos, con solemne intensidad, y movió la cabeza. Sus sentimientos íntimos no aprobaban en absoluto el exterior de su nueva morada, pero tuvo la prudencia de posponer sus quejas: podría el interior compensar.
Antes de que él descabalgara, fui y abrí la puerta. Eran las seis y media; la familia acababa de desayunar; la criada estaba recogiendo y limpiando la mesa; José, de pie, junto a la silla de su amo, le estaba contando una historia referente a la cojera de un caballo, y Hareton se preparaba para salir al campo del heno.
—¡Hola, Neli! —gritó el señor Heathcliff cuando me vio—. Me temí que tendría que ir yo mismo a buscar lo que es mío. Lo has traído, ¿no es cierto? Vamos a ver lo que podemos hacer de él.
Se levantó y a zancadas se dirigió a la puerta: Hareton y José le siguieron boquiabiertos de curiosidad. El pobre Linton echó una mirada de susto por los rostros de los tres.
—Seguro —dijo José, después de una seria inspección— que él le ha cambiado, amo, por su niña.
Heathcliff, habiendo mirado a su hijo fijamente, desconcertándole hasta darle escalofríos, soltó una despectiva carcajada.
—¡Dios mío! ¡Qué belleza! ¡Qué niño más precioso y encantador! —exclamó—. ¿Ha sido criado con caracoles y leche agria, Neli? ¡Maldita sea mi alma, esto es peor de lo que me esperaba, y el diablo bien sabe que no me había hecho ilusiones!
Le dije al tembloroso y aturdido niño que desmontara y que entrase. No entendió del todo el significado de las palabras de su padre, o si se dirigían a él: es más, no estaba ni siquiera seguro de que ese horrible y sarcástico extraño personaje fuera su padre; pero se agarró a mí con creciente temblor, y al tomar asiento el señor Heathcliff y decirle «ven aquí» escondió su cara en mi hombro y lloró.
—¡Basta, basta! —dijo Heathcliff. Alargó una mano y le arrastró bruscamente entre sus rodillas; luego le levantó la cabeza por el mentón y dijo—: Nada de tonterías, no te vamos a hacer daño, Linton, ¿ese es tu nombre, verdad? —le quitó la gorra y echó hacia atrás sus espesos rizos rubios, palpó sus flacos brazos y sus deditos. Durante este examen Linton cesó de llorar y levantó sus grandes ojos azules para inspeccionar al que le inspeccionaba.
—¿Me conoces? —preguntó Heathcliff una vez cerciorado por sí mismo de que todos sus miembros eran igualmente frágiles y débiles.
—No —dijo Linton con una mirada de vago temor.
—Habrás oído hablar de mí, supongo.
—No —replicó de nuevo.
—¿No? ¡Qué ignominia para tu madre, no haber despertado tu filial afecto hacia mí! Tú eres mi hijo, y yo te lo digo, y tu madre era una malvada zarrapastrosa por dejarte en la ignorancia de qué suerte de padre tu poseías. Y ahora no hagas muecas ni te sonrojes, aunque ya es algo ver que no tienes la sangre blanca. Has de ser buen chico y cuidaré de ti. Neli, si estás cansada siéntate, si no vuélvete a casa. Supongo que contarás al tonto de la Granja todo lo que oyes y ves. Esta criatura no se asentará mientras tú estés por aquí.
—Bien —repliqué—; espero que será bueno con el niño, señor Heathcliff, o no lo tendrá usted mucho tiempo, es el único pariente que usted va a conocer en el ancho mundo, recuerde.
—Seré muy bueno con él, no tengas miedo —dijo, riendo—. Sólo que nadie más debe ser bueno con él, estoy celoso de monopolizar su cariño. Y para empezar mi bondad: José tráele al niño algo de desayunar, y tú, Hareton, cachorro infernal, vete a tu trabajo. Sí, Nel —añadió cuando se fueron—, mi hijo es el futuro heredero de la Granja de los Tordos, y no quiero que muera hasta no estar seguro de que soy su sucesor. Además, él es mío y quiero el triunfo de ver a mi descendiente como el señor de sus bienes; mi hijo arrendando a los suyos las tierras de sus padres para cultivarlas por salarios. Esta es la única consideración que me hace soportar a este crío, al que detesto y odio por los recuerdos que me trae. Pero esta consideración basta; estará tan seguro conmigo y tan cuidadosamente asistido como tu amo atiende a su hija. Tengo una habitación arriba amueblada para él en bonito estilo. He contratado a un preceptor, para que venga tres veces por semana, desde veinte millas de distancia, para enseñarle lo que quiera aprender. He ordenado a Hareton que le obedezca. De hecho, he arreglado todo con la intención de preservar lo que haya en él de superior y de caballero por encima de los que le rodean. Lamento, sin embargo, que él valga tan poco la pena. Si yo deseaba una bendición en el mundo era encontrar en él un objeto digno de orgullo, y estoy muy decepcionado con este desgraciado llorón de cara pálida.
Mientras hablaba, volvió José con un tazón de porridge y lo puso delante de Linton. Le daba el niño vueltas a aquel comistrajo familiar con mirada de aversión y afirmó que no podía comerlo.
Vi que el viejo criado compartía en muy buena parte el desprecio de su amo por el niño, aunque estaba obligado a retener el sentimiento en su corazón, porque claramente Heathcliff quería que sus subordinados le trataran con respeto.
—¿Que no lo puede comer? —repitió mirando de cerca la cara de Linton y bajando la voz a un murmullo por miedo a que le oyeran—. Mi amo Hareton nunca comió otra cosa cuando era pequeño, y lo que es bueno para él es bueno para usted, yo creo.
—No quiero comerlo —contestó Linton con brusquedad—. Llévatelo.
José cogió el alimento con indignación y nos lo trajo.
—¿Qué hay de malo en este plato? —preguntó, metiendo la bandeja bajo las narices de Heathcliff.
—¿Qué tiene que haber? —dijo.
—Pues el melindroso niño dice que no puede comerlo. Supongo que tiene razón, su madre era igual, éramos demasiado sucios para sembrar el trigo con que hacer su pan.
—No me mientes a su madre —dijo el amo enfadado—, trae algo que pueda comer, eso es todo. ¿Qué es su comida habitual, Neli?
Yo sugerí leche hervida o té; el ama de llaves recibió orden de que se le preparara.
Bueno, pensé, el egoísmo del padre puede contribuir a este mimo. Se da cuenta de su delicada constitución y de la necesidad de tratarle con tolerancia. Consolaré al señor Linton al comunicarle el sesgo que ha tomado el humor de su cuñado.
Sin excusa para entretenerme más tiempo, me escabullí hacia la puerta mientras Linton rechazaba tímidamente los avances amistosos de un perro pastor. Pero estaba demasiado alerta para que se le engañara: al cerrar la puerta oí un grito y la frenética repetición de las palabras:
—¡No me dejes! ¡No quiero estar aquí, no quiero estar aquí!
Entonces el pestillo se levantó y cayó: no le dejaron salir. Monté en Mini, la puse al trote, y así terminó mi breve tutela.

Capítulo XXI

Triste fue el trabajo que nos dio Catalina aquel día. Se levantó alegre, ansiosa de juntarse con su primo, pero tales apasionadas lágrimas y lamentos siguieron a la noticia de su partida, que el mismo Edgar se vio obligado a consolarla afirmando que volvería pronto, añadió, sin embargo, «si lo consigo», y de esto no había esperanza. Esta promesa apenas la tranquilizó, pero el tiempo pudo más; aunque a veces le preguntaba a su padre cuándo volvería Linton, antes de que ella le viera de nuevo, sus facciones se habían difuminado tanto en su memoria que no le reconoció.
Si por casualidad encontraba al ama de llaves cuando iba a mis asuntos a Gimmerton, acostumbraba a preguntarle qué tal iba el joven Linton, porque vivía tan recluido como Catalina y no se le veía nunca. Por lo que ella me contaba, pude deducir que continuaba con tan mala salud y que era un fastidioso residente. Dijo que al señor Heathcliff parecía desagradarle cada vez más y peor, aunque se esforzaba por ocultarlo. El sonido de su voz le era antipático, y no soportaba estar sentado en la misma habitación muchos minutos seguidos. Apenas conversaban. Linton aprendía sus lecciones y pasaba las tardes en una pequeña estancia que llamaban el gabinete, o todo el día en la cama porque constantemente cogía toses, o enfriamientos, o dolores o males de todo tipo.
—Yo nunca conocí una criatura tan débil de espíritu —añadió la mujer— ni una tan preocupada de sí misma. Protesta continuamente si dejo la ventana abierta un poco tarde. ¡Es mortal una ráfaga de aire de la noche! Tiene que tener fuego en el rigor del verano. La pipa de tabaco de José es veneno; tiene que tener siempre caramelos y golosinas, y siempre leche, leche en todo momento, sin preocuparse de que el resto de nosotros la tenemos racionada en invierno; y allí está sentado, envuelto en su abrigo de pieles, en su silla junto al fuego, y alguna tostada y agua, u otra porquería a su alcance para sorber. Si Hareton, por compasión, viene a entretenerle —Hareton, aunque rudo, no es malo—, seguro que se separan el uno maldiciendo y el otro llorando. Yo creo que al amo le encantaría que Earnshaw le diera una buena paliza si no fuera su hijo, y estoy segura de que estaría dispuesto a echarle de casa si supiera la mitad de los mimos que se da a sí mismo, pero no se pone en peligro de esta tentación: nunca entra en el gabinete y si acaso Linton muestra sus rarezas en la casa donde él está, le manda arriba al momento.
Adiviné por este relato que la total falta de afecto había hecho al joven Heathcliff egoísta y desagradable, si no lo era ya originariamente. Mi interés por él, en consecuencia, decayó, aunque aún me conmovía un sentimiento de dolor por su suerte y un deseo de que le hubieran dejado con nosotros. El señor Linton me animaba a obtener información; yo creo que pensaba mucho en él y hubiera corrido algún riesgo por verle. Me dijo que preguntara al ama de llaves si iba alguna vez al pueblo. Me dijo ésta que sólo dos veces a caballo acompañando a su padre y las dos veces aparentó quedar destrozado durante los tres o cuatro días siguientes. Esta ama de llaves les dejó, si recuerdo bien, dos años después de haber llegado el niño, y otra, que no conocía, fue su sucesora y vive todavía allí.
El tiempo transcurría en la Granja tan plácidamente como antes, hasta que la señorita Cati cumplió los dieciséis años. En el aniversario de su nacimiento no mostrábamos regocijo alguno porque era también el de la muerte de mi última señora. Su padre pasaba el día invariablemente en la biblioteca y al atardecer se iba andando hasta el cementerio de Gimmerton, en donde con frecuencia se quedaba hasta pasada la media noche; por lo tanto, Catalina quedaba obligada a divertirse por sus propios medios.
Este veinte de marzo fue un hermoso día de primavera. Cuando su padre se había retirado bajó mi señorita vestida como para salir y dijo que había pedido permiso para dar un paseo por los márgenes de los páramos conmigo, que el señor Linton se lo había dado, si no nos alejábamos mucho y volvíamos antes de una hora.
—Date prisa, Elena —dijo—, yo sé a dónde quiero ir: donde se han aposentado una bandada de cercetas, quiero ver si ya han hecho sus nidos.
—Eso debe estar muy lejos, no se crían en el borde del páramo.
—No, no está lejos, yo he ido muy cerca con papá.
Me puse la capota y salimos sin pensar más en el asunto. Ella saltaba delante de mí, y volvía a mi lado, y se alejaba otra vez como un pequeño galgo. Al principio yo tenía bastante entretenimiento escuchando cantar a las alondras aquí y allá, y disfrutando del sol agradable y templado, y mirando a mi niña, a mi encanto, con sus rizos dorados, flotando sueltos hacia atrás, y sus mejillas brillantes, tan suaves y puras en su florecer como una rosa silvestre, y sus ojos radiantes de sereno placer. Era una criatura feliz, y un ángel, por aquellos días. ¡Lástima que no estuviera satisfecha!
—Bien —dije—, ¿dónde están sus pájaros? Ya debiéramos estar allí, la verja del parque de la Granja está ahora muy atrás.
—¡Un poco más lejos, sólo un poco más lejos, Elena! —esta era su constante respuesta—. Sube aquella loma, pasa aquella ladera, y cuando llegues al otro lado ya habré yo hecho que se levanten los pájaros.
Pero había tantas lomas y laderas que subir y que pasar que, al fin, empecé a estar cansada, y le dije que teníamos que detenernos y retroceder. La llamé, porque se me había adelantado mucho trecho y no me oía, o no le importaba, porque continuaba saltando, y tuve que seguirla. Finalmente desapareció en una hondonada y, antes de que yo volviese a verla, estaba dos millas más cerca de Cumbres Borrascosas que de su propia casa, y vi dos personas que la detenían, una de ellas, estaba convencida, era el mismo Heathcliff.
Habían cogido a Catalina en el acto de pillar, o por lo menos de ir en busca de nidos de pájaros. Las Cumbres eran propiedad de Heathcliff y estaba reprendiendo al cazador furtivo.
—Ni he cogido ni he encontrado ninguno —dijo ella, mientras yo me afanaba por alcanzarles, y extendía sus manos para corroborar su afirmación—. No pensaba cogerlos; papá me dijo que había muchos aquí y yo quería ver los huevos.
Heathcliff me miró con maléfica sonrisa, expresando que la conocía, y por consiguiente su malquerencia hacia ella, y le preguntó quién era su «papá».
—El señor Linton, de la Granja de los Tordos —contestó ella—. Ya pensé que no me conocía, de lo contrario no me hubiera hablado así.
—Usted supone, pues, que su papá es muy querido y respetado —dijo sarcásticamente.
—¿Y quién es usted? —preguntó Catalina, mirando con curiosidad al interlocutor—. A este hombre le he visto antes, ¿es su hijo?
Señaló a Hareton que no había cambiado nada, sólo aumentado en volumen y fuerza, en estos dos años añadidos a su edad. Aparentaba ser tan torpe y tosco como siempre.
—Señorita Cati —interrumpí—. Habrán pasado dentro de poco tres horas y no una, desde que salimos. Tenemos que volver.
—No, este hombre no es mi hijo —contestó Heathcliff, empujándome hacia un lado—. Pero tengo uno, que también habrá visto y, aunque el ama tiene prisa, creo que a las dos, a usted y a ella, les vendría bien descansar un poco, llegarán antes descansadas. Nada más dar la vuelta a este montículo de brezos está mi casa, en la que tendrá una amable acogida.
Susurré a Catalina que no debía, bajo ningún concepto, acceder a esa invitación; era inútil.
—¿Por qué? —preguntó en voz alta—. Estoy cansada de correr y el suelo está húmedo, no me puedo sentar aquí. Vamos, Elena. Además dice que he visto a su hijo. Creo que está equivocado, pero me imagino dónde vive, en aquella granja que visité viniendo del Roquedal de Penistone ¿verdad?
—Sí, vamos, Neli, cállate la boca. Será un regalo para ella ver nuestra casa. Hareton, adelántate con la niña. Tú vas conmigo, Neli.
—No, ella no va a ir a semejante sitio —grité, luchando por soltar mi brazo que él había cogido, pero la niña, dando la vuelta a la loma a toda velocidad, estaba ya casi en el umbral. Su designado compañero no pensó en escoltarla, se escurrió por un camino lateral y desapareció.
—Señor Heathcliff, esto está muy mal, usted sabe que no intenta nada bueno. Verá a Linton y todo lo contará tan pronto como volvamos, y yo seré la culpable.
—Yo quiero que vea a Linton; estos días tiene mejor aspecto, no está siempre para que le vean. Pronto la convenceremos de que mantenga la visita en secreto ¿qué daño hay en ello?
—El daño está en que su padre me odiaría si descubriera que yo he permitido que la niña entrara en su casa, y estoy convencida de que tiene usted alguna mala intención al animarla a que lo haga.
—Mi intención es buenísima. Te voy a informar de todo su alcance: que los dos primos se enamoren y se casen. Yo actúo generosamente con tu amo. Su chiquilla no tiene futuro, si secunda mis deseos, sería designada al punto coheredera con Linton.
—Si Linton muriera (su vida es muy precaria), Catalina sería la heredera.
—No, no lo sería, no hay cláusula en el testamento que lo asegure; su propiedad vendría a mí, pero para evitar disputas, deseo esta unión y estoy resuelto a llevarla a cabo.
—Y yo estoy resuelta a que ella no vuelva a acercarse a su casa conmigo —contesté, mientras llegábamos a la verja donde Cati esperaba a que llegáramos.
Heathcliff me mandó que me callara y, precediéndonos por el sendero, se apresuró a abrir la puerta. La joven le echó varias miradas como si no pudiera decidirse sobre qué pensar de él exactamente. Ahora él sonreía cuando se encontraba con sus ojos, y suavizaba la voz al dirigirse a ella; y yo fui tan tonta, que me imaginé que acaso el recuerdo de su madre le haría desistir de desearle ningún mal.
Linton estaba junto al hogar. Había estado paseando por los campos, tenía la gorra puesta, y estaba llamando a José para que le trajera zapatos secos. Era bastante alto para su edad, todavía le faltaban unos meses para los dieciséis años. Sus facciones eran bonitas aún, sus ojos y su cutis más brillantes de lo que recordaba, aunque con un lustre pasajero, prestado por un aire saludable y un sol benéfico.
—¿Quién es éste? —preguntó Heathcliff, volviéndose a Cati—. ¿Puedes decirlo?
—¿Su hijo? —dijo la niña, después de mirar con cierta duda al uno y luego al otro.
—Sí, sí. ¿Pero es esta la primera vez que le ve? Piense. ¡Qué poca memoria! Linton, ¿no te acuerdas de tu prima, con la que tanto nos fastidiaste porque la querías ver?
—¡Qué, Linton! —gritó ella, iluminándose en una alegre sorpresa al oír el nombre—. ¿Éste es el pequeño Linton? ¡Es más alto que yo! ¿Eres Linton?
El joven se acercó y se dio a conocer, ella le besó con cariño y se miraron asombrados del cambio que el tiempo había hecho en el físico de ambos.
Catalina había alcanzado su plena estatura, su figura era a la vez gordezuela y esbelta, flexible como el acero, y todo su aspecto chispeante de salud y viveza. El de Linton y sus movimientos eran muy lánguidos, y todo su físico en extremo frágil, pero había una gracia en sus maneras que mitigaba estos defectos, y no le hacía desagradable.
Después de cambiar numerosas muestras de cariño, se dirigió su prima al señor Heathcliff, que se había quedado junto a la puerta y dividía su atención entre los objetos de dentro y los que había fuera, esto es, aparentando observar los últimos y en realidad fijándose sólo en los primeros.
—Es usted mi tío, pues —gritó ella, acercándose para besarle—. Ya me pareció que me agradaba, aunque se enfadó conmigo al principio. ¿Por qué no nos visita en la Granja con Linton? Vivir estos años en tan cercana vecindad y no vernos nunca, qué raro, ¿por qué ha hecho eso?
—La visité una o dos veces, demasiadas, antes de que naciera. ¡Diablos! Si tienes más besos disponibles dáselos a Linton, a mí es un desperdicio.
—¡Qué mala eres, Elena! —exclamó Catalina corriendo para ser yo la siguiente a quien atacar con sus profusas caricias—. ¡Qué mala! ¡Querer prohibirme entrar aquí! Pero yo en el futuro daré este paseo todas las mañanas, ¿puedo, tío?, y alguna vez traer a papá. ¿No estará contento de vernos?
—Desde luego —replicó el tío con una mueca mal reprimida, como resultado de la profunda aversión a los dos propuestos visitantes—. Pero espera —continuó, volviéndose a la joven—. Ahora que pienso en ello, es mejor que te lo diga: el señor Linton tiene un prejuicio contra mí, porque peleamos una vez en nuestra vida con ferocidad anticristiana, y si tú le cuentas que vienes aquí te prohibirá del todo tus visitas. Por lo tanto, no debes mencionárselo, a no ser que no te importe no ver a tu primo de aquí en adelante. Tú puedes venir, si quieres, pero no se lo digas.
—¿Por qué pelearon? —preguntó Catalina bastante alicaída.
—Él creyó que era demasiado pobre para casarme con su hermana, y se enfadó porque me dio su mano. Su orgullo fue herido y nunca me lo perdonará.
—¡Eso está mal! Algún día se lo diré. Pero Linton y yo no tenemos nada que ver en su pelea. Yo no vendré aquí, pues, que venga él a la Granja.
—Está demasiado lejos para mí; andar cuatro millas me mataría. No, que venga la señorita Catalina, de vez en cuando, no cada mañana, pero sí una o dos veces por semana.
El padre echó a su hijo una mirada de profundo desprecio.
—Me temo, Neli, que mi esfuerzo será inútil, la «señorita Catalina», como este tonto la llama, descubrirá lo que vale y le mandará al diablo. Si hubiera sido Hareton... ¿no sabes que veinte veces al día envidio a Hareton con toda su degradación? Le hubiera querido al chico si hubiera sido otro. Creo que está libre de que ella se enamore. Incitaré a Hareton contra esta vil criatura, a menos que esto le espabile. Calculamos que apenas durará hasta los dieciocho años. ¡Malhaya este insípido crío! Está preocupado en secarse los pies y ni la mira... ¡Linton!
—Sí, padre —contestó el chico.
—¿No tienes nada por aquí que mostrarle a tu prima? Un conejo, o un nido de comadrejas... Llévatela al jardín, antes de cambiarte los zapatos, y al establo, a ver tu caballo.
—¿Prefieres quedarte aquí sentada? —preguntó Linton, dirigiéndose a Cati, en un tono que expresaba pereza de moverse.
—No sé —replicó ella, echando una anhelante mirada a la puerta y evidentemente deseosa de estar activa.
Él se quedó sentado y se acurrucó aún más cerca del fuego.
Heathcliff se levantó y se fue a la cocina, de allí al patio y llamó a Hareton. Éste contestó y al poco rato ambos entraron. El joven se había lavado, según se notaba por el brillo de sus mejillas y su pelo mojado.
—Quiero preguntarte una cosa, tío —dijo Catalina, recordando la afirmación del ama de llaves—. Este no es mi primo, ¿verdad?
—Sí, es el sobrino de tu madre. ¿No te gusta?
Catalina quedó azorada.
—¿No es un chico guapo?
La incivil criatura, de puntillas, susurró algo al oído de Heathcliff. Éste se rió; Hareton ensombreció su semblante, y me di cuenta de que era muy sensible a supuestos desaires y que desde luego tenía una vaga noción de su inferioridad, pero su amo, o guardián, disipó su ceño diciendo:
—Tú serás nuestro favorito, Hareton. Ella dice... ¿qué era? Bien, algo muy halagador. Vete con ella a dar una vuelta a la granja. Compórtate como un caballero, recuerda. No digas palabras feas; no la mires fijamente cuando ella no te mira, y estate listo a apartar tu rostro cuando ella lo haga; al hablar, di tus palabras lentamente, y no te metas las manos en los bolsillos. Vete y entretenla lo mejor que sepas.
Él miró a la pareja al pasar por la ventana. Earnshaw tenía la cara del todo separada de la de su compañera. Parecía estudiar el conocido paisaje con el interés de un extraño o de un artista. Catalina le echó una ligera mirada que expresaba cierta admiración. Ella entonces se puso a descubrir objetos de interés por su cuenta, saltando alegremente, y a canturrear una melodía para suplir la falta de conversación.
—Le he atado la lengua —observó Heathcliff—. No aventurará una sola sílaba en todo el tiempo. Neli, ¿me recuerdas a su edad... no, unos años más joven, era tan estúpido, tan reseco, como dice José?
—Peor, porque era más taciturno.
—Me complazco en él —continuó, pensando en voz alta—. Ha satisfecho mis esperanzas. Si hubiera nacido tonto yo no disfrutaría ni la mitad. Pero no es tonto, y puedo entender todos sus sentimientos, habiéndolos sentido yo mismo. Yo sé lo que sufre ahora, por ejemplo, exactamente, aunque es el mero principio de lo que sufrirá. Y él no podrá salir nunca del abismo de su tosquedad e ignorancia. Yo le he llevado más lejos, y más bajo, que lo que el bellaco de su padre aseguró para mí; porque él está orgulloso de su brutalidad, le he enseñado a despreciar todo lo que no es puramente animal como estúpido y débil. ¿No crees que Hindley estaría orgulloso de su hijo, si le viera? Casi tan orgulloso como yo lo estoy del mío. Pero hay una diferencia: el uno es oro puesto como losas de pavimento, y el otro es lata bruñida para imitar un servicio de plata. El mío no tiene nada de valioso, pero yo habré tenido el mérito de hacerle ir tan lejos como su pobre metal permita. El suyo tiene primerísimas cualidades, y se han perdido..., lo que es peor que ser inútiles. Yo no tengo nada que lamentar, él tendría más de lo que nadie sabe, excepto yo. Y lo mejor de todo es que Hareton me es endiabladamente adicto. Tienes que confesar que en esto he vencido a Hindley. Si el bellaco muerto se levantara de su tumba para recriminarme las maldades hechas a su vástago, tendría el regocijo de ver que dicho vástago le mataba de nuevo, indignado de que se hubiera atrevido a injuriar al único amigo que tiene en el mundo.
Heathcliff soltó una endiablada risa ante esta idea; no contesté porque no esperaba contestación.
Mientras tanto, nuestro joven compañero, que estaba demasiado separado de nosotros para oír lo que se decía, empezó a mostrar síntomas de incomodidad, probablemente arrepentido de haberse negado a sí mismo el placer de la compañía de Catalina por miedo a cansarse.
Su padre notó sus miradas inquietas vagando hacia la ventana y que su mano irresoluta se extendía hacia su gorra.
—¡Levántate, chico perezoso! —exclamó con fingida cordialidad—. Vete detrás de ellos, están en la esquina, junto a las colmenas.
Linton hizo acopio de energías y dejó el hogar, el pestillo estaba abierto y cuando salió, yo oí a Catalina que preguntaba a su insociable compañero qué era la inscripción sobre la puerta.
Hareton miró hacia arriba y se rascó la cabeza como un verdadero patán.
—Es un condenado letrero, no lo puedo leer.
—¿No lo puedes leer? Yo sí puedo, está en inglés, pero quiero saber por qué está ahí.
Linton soltó una risita, primer signo de alegría que mostraba.
—No sabe leer —dijo a su prima—. ¿Podrías creer en la existencia de tan colosal zopenco?
—¿Está en su sano juicio? —preguntó la niña seriamente—, o es tonto..., ¿no está bien? Le he hecho dos preguntas ahora, y cada vez puso tal cara de estúpido que creo que no me entendió, y yo apenas le entiendo, la verdad.
Linton repitió su risa y miró a Hareton de un modo burlón, éste no parecía en ese momento estar con el entendimiento muy claro.
—No es más que pereza, ¿no es así, Earnshaw? Mi prima se imagina que eres un idiota. Ahí tienes la consecuencia de despreciar el «aprender de los libros» como tú dices. ¿Te has dado cuenta, Catalina, de la horrible pronunciación de la región de York que tiene?
—Bien, ¿y para qué demonio sirve? —gruñó Hareton, más dispuesto a contestar a su habitual compañero. Iba a seguir, pero los dos jóvenes estallaron en un ataque de risa; mi atolondrada señorita estaba encantada al descubrir que esa manera de hablar podía ser tema de diversión.
—¿Y dónde está la utilidad del diablo en esa frase? —rió Linton entre dientes—. Papá te ordenó que no dijeras palabras feas y no puedes abrir la boca sin decir alguna. Intenta comportarte como un caballero, anda.
—Si tú no fueras más una niña que un chico, te derribaría ahora mismo de un puñetazo, ¡miserable piltrafa! —replicó el enfadado patán, retirándose, mientras su cara ardía de ira y de mortificación, porque era consciente de que le habían insultado, y no sabía cómo tomarlo.
Heathcliff, que había oído la conversación tan bien como yo, sonrió al ver que se iba, pero enseguida echó una mirada de singular aversión a la petulante pareja que se quedó charlando en el umbral: el chico lo bastante animado mientras comentaba los defectos y deficiencias de Hareton y contando anécdotas de su conducta, y la niña saboreaba sus impertinentes y rencorosos dichos sin considerar la maldad que evidenciaban. Me empezó a desagradar Linton, más que a inspirar compasión y excusé a su padre, hasta cierto punto, por el desprecio que le tenía.
Estuvimos hasta la tarde: no pude llevarme antes a Cati. Por fortuna, mi amo no había salido de su habitación, y permaneció ignorante de nuestra prolongada ausencia.
De regreso a casa, hubiera querido iluminar a mi niña respecto al carácter de las personas que acabábamos de dejar, pero se le metió en la cabeza que yo tenía prejuicios en contra de ellas.
—Tú te pones al lado de papá, Elena, tú eres parcial, ya lo sé, de lo contrario no me hubierais engañado durante tantos años con la idea de que Linton vivía muy lejos de aquí. Estoy realmente muy enfadada, sólo que, como estoy contenta, no lo puedo demostrar. Y tú no te vayas de la lengua en cuanto a mi tío: es mi tío, recuerda, y voy a reñir a papá por haberse peleado con él —y así continuó hasta que abandoné mi propósito de convencerla de su error.
No mencionó su visita esa noche, porque no vio a su padre. Al día siguiente salió todo, aumentando mi disgusto, pero no lo lamentaba gran cosa: pensé que la carga de dirigir y aconsejar a la niña sería soportada con más eficacia por él que por mí, pero él era demasiado tímido en dar razones satisfactorias para su deseo de evitar todo trato con las gentes de las Cumbres, y a Catalina le gustaba tenerlas buenas contra todo obstáculo que hostigara su mimada voluntad.
—Papá —exclamó, después de darle los buenos días—, adivina a quién vi ayer en mi paseo por los páramos. Ah, papá te sobresaltas. No has hecho bien, ¿verdad? Yo vi..., pero escucha y sabrás cómo te descubrí, y a Elena, que está de acuerdo contigo, y aún fingíais tenerme lástima, cuando yo tenía esperanza, siempre decepcionada, respecto a la vuelta de Linton.
Catalina hizo a mi amo un fiel relato de la excursión y sus consecuencias, y aunque éste me echó más de una mirada de reproche, no dijo nada hasta que terminó. Entonces se le acercó y le preguntó si ella sabía por qué le había ocultado la proximidad de Linton. ¿Podía pensar que era para negarle un placer que podía disfrutar sin daño?
—Es porque aborreces al señor Heathcliff.
—Entonces, ¿tú crees que atiendo más a mis propios sentimientos que a los tuyos, Cati? No, no es porque aborrezco al señor Heathcliff, sino porque él me aborrece a mí, y es un hombre diabólico que se deleita haciendo daño y arruinando a aquellos que odia, si le dan la más ligera oportunidad. Yo sabía que tú no podías mantener una relación con tu primo sin entrar en contacto con él, y yo sabía que él te iba a detestar por mi causa. Por eso, por tu bien, y nada más, tomé la precaución de que tú no te vieras con tu primo; tenía la intención de explicarte esto cuando fueras un poco mayor y ahora lamento haberlo demorado.
—Pero el señor Heathcliff estuvo muy cordial, papá —observó Catalina, no del todo convencida—, y él no objetó que nos viéramos, y dijo que yo podía ir a su casa cuando quisiera, siempre que no te lo dijera, porque tú te habías peleado con él y no le perdonabas haberse casado con la tía Isabela. Y eso es verdad, tú eres el que merece reproche. Él quiere que seamos amigos, por lo menos Linton y yo, y tú no.
Dándose cuenta mi amo de que su hija no se iba a creer por su palabra la mala inclinación de su tío político, le hizo un breve esquema de su conducta con Isabela, y cómo Cumbres Borrascosas llegó a ser de su propiedad. No podía soportar hablar mucho tiempo de este asunto, porque, aunque hablaba poco de ello, seguía sintiendo por su antiguo enemigo el mismo horror y aborrecimiento que había ocupado su corazón desde la muerte de su esposa: «viviría todavía si no hubiera sido por él», era su constante y amarga reflexión, y a sus ojos Heathcliff era un asesino.
La señorita Cati, que no sabía de otras malas acciones que sus leves actos de desobediencia, injusticia o arrebato, debidos a un carácter fuerte o a irreflexión, y que se arrepentía en el mismo día de haberlos cometido, quedó pasmada ante la negrura de un espíritu que podía alimentar y buscar venganza durante años, y deliberadamente seguir sus planes sin conocer el remordimiento. Pareció tan profundamente conmovida y afectada ante esta nueva visión de la humana naturaleza, excluida de sus estudios y de sus ideas hasta ahora, que su padre consideró innecesario proseguir con este asunto. Sólo añadió:
—Ya sabrás más adelante, querida, por qué yo quiero que evites su casa y su familia, ahora vuelve a tus quehaceres y diversiones de siempre y no pienses más en ellos.
Catalina besó a su padre, y se sentó tranquilamente a estudiar sus lecciones durante un par de horas como de costumbre; luego le acompañó por los campos y todo el día pasó con normalidad. Pero por la noche, cuando la niña se había retirado a su habitación y fui a ayudarla a desnudarse, la encontré llorando, de rodillas junto a la cama.
—¡Oh, niña tonta! —exclamé—, si tuviera verdaderas penas se avergonzaría de desperdiciar una lágrima por esta pequeña contrariedad. No ha tenido nunca ni sombra de verdadero dolor. Supongamos por un instante que el amo y yo nos muriéramos, y usted estuviera sola en el mundo... ¿qué sentiría entonces? Compare la ocasión presente con un dolor como ese y dé gracias de tener una amiga en vez de codiciar más.
—No lloro por mí, Elena, es por él. Esperaba verme mañana, y qué desencanto tendrá..., y me esperará y yo no iré.
—Tontería, ¿se imagina que él ha pensado tanto en usted como usted en él? ¿No tiene a Hareton de compañero? Ni uno de cada cien lloraría por perder un pariente al que ha visto dos veces, dos tardes. Linton se preguntará cómo ha sido eso y no volverá a molestarse más por usted.
—¿Pero no puedo escribirle una nota para decirle por qué no puedo ir? —preguntó, poniéndose de pie—. Y sólo mandarle esos libros que le prometí, los suyos no son tan interesantes como los míos, y que deseaba mucho tener, cuando le dije lo bonitos que eran ¿No puedo, Elena?
—No, desde luego que no —repliqué con decisión—, él le contestará y esto no se acabará nunca; no, señorita Cati, el trato tiene que evitarse del todo, eso es lo que espera papá, y yo procuraré que así sea.
—Pero cómo puede una notita... —empezó de nuevo con cara suplicante.
—Silencio. No vamos ahora a empezar con sus notas. A la cama.
Me echó una mirada maligna, tanto que de momento no le di el beso de buenas noches; la tapé y cerré la puerta muy disgustada. Pero me arrepentí a mitad de camino y volví muy callandito, y allí estaba la niña ante la mesa con un papel en blanco delante de ella y un lápiz en la mano que escondió, culpable, al entrar yo.
—No encontrará a nadie que la lleve, Catalina, si la escribe, y por de pronto le apagaré la vela.
Puse el apagavelas sobré la llama, y al hacerlo recibí un lapo en la mano y un petulante «mal genio», la dejé de nuevo y ella echó el cerrojo en uno de sus peores arrebatos de mal humor.
La carta se terminó y llegó a su destino por medio de un lechero que venía del pueblo a buscar la leche, pero yo no lo supe hasta un tiempo después. Pasaron las semanas y Cati recuperó su humor, pero se aficionó mucho a ocultarse sola por los rincones, y a menudo, si me acercaba súbitamente mientras leía, se sobresaltaba y se inclinaba sobre el libro, deseosa, evidentemente, de ocultarlo, y detecté el filo de papeles sueltos que sobresalían de entre las hojas.
Cogió también la maña de bajar temprano por la mañana y merodear por la cocina como si estuviera esperando la llegada de algo. Tenía un cajoncito en el bargueño de la biblioteca en el que se entretenía durante horas y cuya llave tenía buen cuidado de quitar cuando se iba.
Un día, mientras ella pasaba revista a ese cajón, observé que los juguetes y chucherías que hacía poco eran su contenido se habían convertido en pedazos de papel doblado.
Mi curiosidad y mis sospechas se despertaron y decidí echar un vistazo a sus misteriosos tesoros. Así, por la noche, cuando ella y mi amo estuvieron seguros arriba, busqué y fácilmente encontré, entre las llaves de la casa, una que se adaptaba a la cerradura. Lo abrí y vacié todo su contenido en mi delantal y me lo llevé a mi habitación para examinarlo con comodidad.
Aunque lo sospechaba, me sorprendió descubrir que era una voluminosa correspondencia —casi diaria debió de haber sido— de Linton Heathcliff, respuestas a documentos enviados por ella. Las de fecha más antigua eran tímidas y cortas, gradualmente, sin embargo, se alargaban en extensas cartas de amor, tontas, como era natural, debido a la edad del escritor, pero con toques aquí y allá que comprendí se los habían prestado fuentes más experimentadas. Algunas de estas cartas me sorprendieron como compuestos, singulares y raros, de ardor y de sosería: empezaban con intensos sentimientos y terminaban con una afectada palabrería que podría usar un colegial para una amada imaginaria e incorpórea. Si éstas satisfacían a Cati no lo sé, pero a mí me parecían pura hojarasca.
Después de dar vuelta a tantas como juzgué necesario, las até con un pañuelo y las puse aparte, volviendo a cerrar el cajón vacío.
Según su costumbre, mi joven ama bajó temprano y entró en la cocina. La observé ir a la puerta a la llegada de cierto chaval y, mientras la criada llenaba su cántaro, ella le metía algo en el bolsillo de la chaqueta y sacaba algo también. Di la vuelta por el jardín y me puse al acecho del mensajero, que luchó con energía para defender su encargo; derramamos la leche, pero conseguí sustraerle la epístola y, amenazándole con serias consecuencias si no se iba derecho a casa, me quedé junto al muro y leí la amorosa composición de Cati. Era más sencilla y más elocuente que las de su primo, muy bonita, y muy tonta. Moví la cabeza y entré pensativa en casa.
El día era lluvioso, por eso no pudo entretenerse paseando por el parque, y al terminar sus estudios de la mañana acudió al solaz de su cajón. Su padre estaba leyendo en la mesa y yo deliberadamente busqué trabajo en unos flecos desprendidos de la cortina de la ventana, con mi vista fija en lo que ella hacía.
Nunca un pájaro volviendo a su saqueado nido, que había dejado rebosante de gorjeadores pequeñuelos, expresó más completa desesperación en sus angustiados gritos y revoloteos, que ella en un sencillo «¡Oh!» y en el cambio que transfiguró su rostro hasta entonces feliz.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Te has hecho daño?
Su tono y expresión le aseguraron que no había sido él el descubridor del escondrijo.
—No, papá —dijo sofocada—, Elena, Elena, ven arriba, no me encuentro bien.
Obedecí a su llamada y la acompañé.
—Elena, tú las tienes —empezó inmediatamente, cayendo de rodillas, cuando estuvimos encerradas las dos solas—. ¡Dámelas, no lo haré nunca más! No le digas nada a papá. No se lo has dicho, Elena, di que no. He sido muy mala, pero no lo haré nunca más:
Con gran severidad en mi gesto la hice levantar.
—Desde luego, señorita Catalina, parece que ha ido demasiado lejos, ya puede avergonzarse de ellas. Un bonito manojo de hojarasca es lo que estudia en sus horas de ocio, ya está bien: tan bueno como para que se imprima. ¿Qué supone que pensará el amo cuando las exhiba delante de él? No se las he enseñado todavía, pero no se va a imaginar que voy a guardar sus ridículos secretos. ¡Qué vergüenza! Y usted ha debido de ser la que ha empezado a escribir tales sinrazones, a él no se le hubiera ocurrido empezar, estoy segura.
—No, no —sollozó Catalina, a punto de desesperarse—. Nunca pensé en amarle hasta...
Amarle —dije, con tanto desprecio como pude poner en esa palabra—. ¡Amarle!. ¿Ha oído algo semejante? Es como si yo hablo de amar al molinero que viene una vez al año a comprar nuestro grano. Bonito amor, desde luego; juntando las dos veces que usted ha visto a Linton en su vida, apenas son cuatro horas. Aquí está la infantil hojarasca, me voy con ello a la biblioteca y veremos qué dice su padre de tal amor.
Saltó a sus preciosas epístolas, pero las sujeté por encima de mi cabeza. Se desbordó entonces en frenéticos ruegos para que las quemara o hiciera cualquier cosa antes que mostrarlas. Y yo, más inclinada a reírme que a reñirla, porque consideraba aquello como una vanidad juvenil, al fin me ablandé un poco y le pregunté:
—Si consiento en quemarlas, ¿me promete de verdad no mandarle ni recibir carta alguna, ni libro —porque me doy cuenta de que le ha mandado libros—, ni rizos de pelo, ni sortijas, ni juguetes?
—No nos hemos mandado juguetes —dijo Catalina, superando su orgullo a su vergüenza.
—Nada en absoluto, entonces, señora mía. O me lo promete o allá voy.
—Lo prometo, Elena —gritó ella, cogiéndome del vestido—. Ponlas en el fuego, anda, anda.
Pero cuando procedí a hacer sitio con las tenazas, el sacrificio fue demasiado penoso de soportar y me suplicó que reservara una o dos.
—Una o dos, Elena, por el amor de Linton.
Desaté el pañuelo y empecé a tirarlas por una esquina; la llama culebreó por la chimenea.
—¡Me quedaré con una, criatura cruel! —chilló, metiendo la mano en el fuego y sacando unos fragmentos medio consumidos, a riesgo de sus dedos.
—Muy bien, yo también me quedaré con algunas para enseñárselas a papá —contesté, volviendo a meter el resto en el lío y dirigiéndome a la puerta.
Vació sus ennegrecidos fragmentos en las llamas y me indicó que terminara la inmolación. Se acabó. Removí las cenizas y las enterré bajo una paletada de carbón. Ella, en silencio, y con un hondo sentido de persona injuriada, se retiró a su alcoba. Bajé a decirle a mi amo que sus náuseas de indisposición casi habían desaparecido, pero que creía que era mejor que descansara un rato.
No comió, pero reapareció a la hora del té, con sus ojos enrojecidos, y del todo dominada en su aspecto exterior.
A la mañana siguiente contesté la carta por medio de un trozo de papel que decía: «Se ruega al señor Heathcliff no envíe más notas a la señorita Linton porque no las recibirá.» Desde entonces el pequeño rapaz vino con los bolsillos vacíos.

Capítulo XXII

Pasó el verano, y el principio del otoño. Era ya después de San Miguel, pero la cosecha fue tardía aquel año y algunos de nuestros campos estaban aún sin segar.
El señor Linton y su hija con frecuencia andaban entre los segadores. El día que se cargaron las últimas gavillas, se quedaron hasta el atardecer, y, como la noche era fría y húmeda, mi amo cogió un fuerte catarro que se le agarró tenazmente en los pulmones y le retuvo en casa todo el invierno, casi sin interrupción.
La pobre Cati, asustada desde sus infantiles amores, estaba considerablemente más triste y taciturna desde que renunció a ellos; su padre insistía en que leyera menos e hiciera más ejercicio. Ella ya no tenía su compañía, y consideré un deber suplir su falta, lo más posible, con la mía; deficiente sustituto, porque mis numerosas ocupaciones diurnas no me permitían más que dos o tres horas para seguir sus pasos, y mi compañía era, obviamente, menos apetecible que la de su padre.
Una tarde de octubre o principios de noviembre, una fresca tarde de lluvia, cuando el césped y los caminos crujían de humedad y hojas marchitas, y el frío cielo azul estaba medio escondido por nubes —oscuras rachas grises que subían rápidamente del oeste y contenían abundante lluvia— pedí a mi joven ama que renunciara a su paseo porque estaba segura de que tendríamos chaparrones. Ella se negó, y yo de mala gana me puse el abrigo y cogí el paraguas para acompañarla a un paseo hasta el final del parque: un paseo ritual que ella generalmente hacía si estaba deprimida, y era, invariablemente cuando el señor Edgar estaba peor que de costumbre, circunstancia no conocida porque él lo confesara, pero que adivinábamos las dos, ella y yo, por su mayor silencio y la melancolía de su rostro.
La niña caminaba triste, no había corridas ni saltos ahora, aunque el viento frío podía muy bien haberla tentado a hacer una carrera. Yo a menudo la miraba de soslayo y veía que levantaba la mano y se quitaba algo de la mejilla. Miré por allí para ver si encontraba medio de apartar sus pensamientos. A un lado del camino se levantaba una alta y áspera ladera, en donde avellanos y robles achaparrados, con sus raíces medio descubiertas, apenas se sostenían, la tierra era demasiado blanda para éstos y los vientos fuertes habían dejado algunos casi horizontales. En verano se divertía la niña en trepar por esos troncos, se sentaba en las ramas y se mecía veinte pies por encima del suelo, y yo, contenta por su agilidad y su ligero e infantil espíritu, consideraba oportuno reñirla cada vez que la veía en tal elevada situación, de manera que ella se daba cuenta que no era necesario bajar. Desde la comida hasta el té ella podía estar en su cuna mecida por la brisa sin hacer nada, sólo cantando viejas canciones —de mi repertorio— u observar a sus vecinos los pájaros alimentar a sus pequeños o incitarles a volar, o acurrucada con los párpados cerrados medio pensando, medio soñando, más feliz de lo que las palabras pueden expresar.
—Mire —exclamé, señalando un hueco de las raíces de un árbol retorcido—. El invierno todavía no ha llegado. Allí hay una florecita, allí lejos, el último capullo de la multitud de campanillas que cubrían esos bancos de hierba en julio como una neblina morada, ¿quiere usted trepar y cogerla para enseñársela a su papá?
Cati miró un largo rato a la solitaria flor que temblaba en su cobijo de tierra y dijo al fin:
—No, no la voy a tocar. Qué melancólica está, ¿no es cierto, Elena?
—Sí, casi tan exánime y tan débil como usted, sus mejillas están sin sangre, cojámonos de las manos y corramos. Está tan floja que me atrevo a decir que yo iré al mismo paso que usted.
—No —dijo, y continuó andando lentamente, parándose, a ratos, para meditar sobre un puñado de musgo, o una mata de hierba descolorida, o un hongo que extendía su brillante color naranja entre montones de pardo follaje y de cuando en cuando su mano se iba hacia su rostro, que apartaba.
—Catalina ¿por qué llora, cariño? —pregunté, acercándome y poniendo mi brazo sobre su hombro—. No debe llorar porque su padre tiene un enfriamiento; tiene que dar gracias de que no sea nada peor.
Ya no detuvo más las lágrimas, los sollozos ahogaban su aliento.
—Será algo peor, y ¿qué haré cuando papá y tú me dejéis y me quede sola? No puedo olvidar tus palabras Elena, están siempre en mis oídos. Cómo cambiará la vida, qué triste será el mundo cuando papá y tú hayáis muerto.
—Nadie puede decir si no será usted la que muera antes. Es un error anticipar la desgracia. Esperemos que pasarán años y años antes de que uno de nosotros muera: el amo es joven y yo soy fuerte, apenas tengo cuarenta y cinco años. Mi madre vivió hasta los ochenta, una señora de gran vitalidad hasta el final. Y supongamos que el señor Linton vive hasta los sesenta, esto sería más años de los que usted tiene ahora. ¿No sería una locura lamentar una desgracia con veinte años de anticipación?
—Pero la tía Isabela era más joven que papá —observó, levantando sus ojos con la tímida esperanza de encontrar más consuelo.
—La tía Isabela no tenía ni a usted ni a mí para cuidarla. No era tan feliz como el amo; no tenía para qué vivir. Lo que usted tiene que hacer es atender bien a su padre, y alegrarle mostrándose alegre, y evitar darle cualquier preocupación en ningún aspecto, ¡recuerde esto, Cati! Yo no le voy a ocultar que podría usted matarle, si fuera violenta e insensata y acariciara un loco, fantástico afecto por el hijo de una persona que se alegraría de verle a él en la tumba, y permitirle descubrir que a usted le disgusta una separación que él ha juzgado necesario imponer.
—A mí no me disgusta nada en el mundo más que la enfermedad de papá, no me preocupa nada que no sea él, y nunca, nunca, nunca, mientras esté en mis cabales, haré, o diré una palabra que le moleste. Le quiero más que a mí misma, Elena, lo sé por esto: todas las noches rezo para que yo le sobreviva, porque prefiero estar triste yo a que lo esté él... esto prueba que le quiero más que a mí misma.
—Buenas palabras, pero los hechos deben probarlas, recuerde, cuando esté bien, que no debe olvidar las promesas hechas en momentos de temor.
Mientras hablábamos nos acercamos a una puerta que daba al camino, y mi Catalina, alegre ahora por un rayo de sol, trepó y se sentó en lo alto de la tapia, alcanzando a coger unos escaramujos escarlata que maduraban en lo alto de las ramas de los arbustos de rosas silvestres que daban sombra al lado del camino. Los frutos de más abajo habían desaparecido, pero los de arriba sólo los pájaros podían tocarlos, excepto si se estaba en la actual postura de Catalina. Al estirarse para alcanzarlos se le cayó el sombrero y, como la puerta estaba cerrada, propuso bajar por el muro para recuperarlo. Le advertí que tuviera cuidado, no fuera a caerse, pero con gran agilidad desapareció. La vuelta no era tan fácil, las piedras eran lisas y estaban bien unidas con cemento, y ni las ramas de los rosales ni las de las zarzamoras ofrecían suficiente resistencia para subir, y yo, como una tonta, no me di cuenta hasta que no la oí reír y exclamar:
—Elena, tendrás que ir a buscar la llave, si no tendré que dar la vuelta hasta la garita del portero; no puedo escalar el muro por este lado.
—Espere donde está —contesté—; tengo mi manojo de llaves en el bolsillo, quizá pueda abrirla, si no, iré.
Catalina se divertía danzado de un lado a otro de la puerta, mientras yo probaba las llaves grandes una a una. Probé la última y ninguna servía, así que, repitiendo mi deseo de que se quedara allí, estaba ya a punto de correr a casa lo más deprisa posible cuando un ruido que se acercaba me detuvo. Era el trote de un caballo, la danza de Cati paró y el caballo también.
—¿Quién es? —murmuré.
—Elena, quisiera que pudieras abrir la puerta —susurró mi compañera con ansiedad.
—¡Eh, señorita Linton! —dijo una voz profunda, la del jinete—. Cuánto me alegro de encontrarla. No tenga prisa en entrar, porque tengo que pedirle y obtener una explicación.
—Yo no hablaré con usted, señor Heathcliff. Papá dice que es usted malo y que nos aborrece a él y a mí, y Elena dice lo mismo.
—Esto no hace al caso —dijo Heathcliff, pues era él—. Yo no aborrezco a mi hijo, supongo, y es con referencia a él por lo que pido su atención. Sí, tiene usted motivos de sonrojarse. Hace dos o tres meses ¿no tenía usted la costumbre de escribir a Linton? Jugando al amor ¿eh? Los dos merecen azotes por eso. Usted especialmente, que es la mayor y la menos delicada, según parece. Tengo sus cartas, y si se me pone impertinente se las mando a su padre. Me imagino que se cansó usted de la diversión, y la dejó, ¿no es cierto?, y con ello dejó a Linton en una ciénaga de desesperación . Él estaba enamorado en serio, realmente. Tan cierto como que estoy vivo, él está muriendo por usted, destrozado su corazón por su inconstancia, pero no en forma figurada, sino en realidad. Aunque Hareton se ha burlado de él sin cesar durante seis semanas, y yo he tomado las más serias medidas e intentado asustarle por su idiotez, cada día está peor, y estará bajo tierra antes del verano, a no ser que usted le recupere.
—¿Cómo puede usted mentir tan descaradamente a la pobre criatura? —dije desde dentro—. Por favor, siga su camino ¿cómo puede inventar deliberadamente mentiras tan bellacas? Señorita Cati, voy a romper el cerrojo con una piedra. No se crea esas viles bobadas. Puede darse cuenta por usted misma de que es imposible que una persona se muera de amor por un extraño.
—No sabía que había escuchas —murmuró el descubierto villano—. Digna señora Dean, te quiero mucho, pero no me gusta tu doblez —añadió en voz alta—. ¿Cómo puedes mentir tan descaradamente afirmando que odio a la pobre niña, e inventar historias de miedo para aterrorizarla y apartarla de mi casa? Catalina Linton (el solo nombre me enardece), mi bonita niña, yo estaré fuera de casa esta semana, vaya y verá que le he dicho la verdad, sea buena. Imagínese a su padre en mi lugar y a Linton en el suyo, y piense cómo valoraría a su despreocupado amante si él se negase a dar un paso para consolarle, cuando su padre, él mismo, se lo pide. No caiga, por pura estupidez, en el mismo error. Juro por mi salvación que se va a la tumba y sólo usted puede salvarle.
El cerrojo cedió y salí.
—Juro que Linton se está muriendo —repitió con dureza—. El dolor y la desilusión aceleran su muerte. Neli, si no quieres dejarla ir a ella, ve tú misma. Yo no volveré hasta dentro de una semana, y creo que tu amo apenas se opondría a que visitara a su primo.
—Vamos —dije, cogiendo a Catalina por el brazo y medio forzándola a que entrara, ella se demoraba, y miraba con ojos inquietos las facciones de su interlocutor, demasiado serio para expresar su íntimo engaño.
Acercó su caballo e inclinándose dijo:
—Le confieso, señorita Catalina, que tengo poca paciencia con Linton, y Hareton y José aún menos. Le confieso que está en desagradable compañía. Anhela amabilidad tanto como amor, una palabra cariñosa suya sería la mejor medicina. No haga caso de las crueles precauciones de la señora Dean e ingénieselas para verle. Él sueña con usted día y noche y no puedo convencerle de que usted no le odia, puesto que ni le escribe ni va a verle.
Cerré la puerta y rodé una piedra para ayudar a la desprendida cerradura a sostenerla, abrí el paraguas, atraje a mi niña debajo de él porque la lluvia empezaba a penetrar por las quejumbrosas ramas de los árboles y nos advertía que nos diéramos prisa.
Nuestra ligereza en dirigirnos a casa evitó comentarios sobre el encuentro con Heathcliff, pero yo adiviné instintivamente que el corazón de Catalina estaba ahora velado con doble oscuridad. Su rostro estaba triste, no parecía el suyo. Evidentemente consideraba cierto lo que acababa de oír, sílaba a sílaba.
El amo se había retirado a descansar antes de que llegáramos. Cati fue a su habitación a preguntar cómo estaba: se había dormido. Volvió y me pidió que me sentara con ella en la biblioteca. Tomamos el té juntas, luego se tumbó en la alfombra, y me dijo que no hablara porque estaba cansada.
Cogí un libro y fingí leer. En cuanto me creyó absorta en mi ocupación, empezó su silencioso llanto; parecía ser, por entonces, su entretenimiento favorito. La dejé que disfrutara de él un rato. Luego reprobé, denigrándolas y ridiculizándolas todas las afirmaciones de Heathcliff referentes a su hijo, como si estuviera segura de que ella coincidía conmigo. ¡Pero, ay! No tuve la habilidad de contraatacar el efecto que su relato había producido, el que él se proponía.
—Tendrás razón, Elena, pero yo no estaré tranquila hasta que lo sepa. Tengo que decirle a Linton que no es culpa mía el que yo no le escriba, y convencerle de que no cambiaré.
¿De qué servían el enfado y las protestas contra su necia credulidad? Nos separamos aquella noche enfadadas, pero al día siguiente me vi camino de Cumbres Borrascosas al lado del caballito de mi testaruda ama. No pude soportar ver su tristeza, su rostro pálido, desanimado, con los ojos hinchados, y cedí con la vaga esperanza de que el mismo Linton demostrara, por la acogida que nos hiciera, lo poco fundada en hechos que estaba la historia.

Capítulo XXIII

La noche lluviosa trajo una mañana de bruma —mitad helada y mitad llovizna— y arroyos temporales, gorgoteando desde las alturas, cruzaban nuestro camino. Mis pies estaban mojados del todo; estaba enfadada y deprimida; el humor más a propósito para que resulten estas cosas bien desagradables.
Entramos en la casa por la cocina, para asegurarme de que Heathcliff estuviera ausente, pues tenía poca fe en su afirmación.
José parecía estar sentado en una especie de elíseo, solo, junto al crepitante fuego, un gran vaso de cerveza junto a él cubierto de enormes pedazos de torta de avena tostada, y su pipa, negra y corta, en la boca.
Catalina corrió al hogar a calentarse. Pregunté si el amo estaba en casa. Mi pregunta quedó mucho rato sin contestar, por lo que creí que el viejo se había vuelto sordo y la repetí más alto.
—¡No! —gruñó, o más bien roncó por la nariz—. ¡No! Ya puedes volverte por donde has venido.
—¡José! —llamó una voz quejumbrosa, al mismo tiempo que yo hablaba, desde la habitación interior—. ¿Cuántas veces tengo que llamarte? Ahora ya no hay más que unas pocas brasas. Ven enseguida.
Vigorosas chupadas y una resuelta mirada al fuego declaraban que no tenía oídos para esta llamada. Al ama de llaves y a Hareton no se les veía; ella probablemente se habría ido a un recado y el otro al trabajo. Conocimos la voz de Linton y entramos.
—¡Así te mueras de frío en una buhardilla! —dijo el chico, confundiendo nuestros pasos con los de su negligente criado.
Se detuvo al notar su error, su prima corrió hacia él.
—¿Es usted, señorita Linton? —dijo, levantando la cabeza del brazo del gran sillón en el que estaba apoyado—. No, no me bese, me ahoga, ¡pobre de mí! Papá dijo que usted vendría —continuó después de recuperarse un poco del abrazo de Catalina, mientras ella permanecía de pie con aire compungido—. ¿Quiere cerrar la puerta, por favor? La ha dejado abierta. Esas detestables criaturas no quieren traer carbón para el fuego. ¡Hace tanto frío!
Removí la escoria y yo misma fui a buscar un cubo de carbón. El inválido se quejó de que le llenaba de cenizas. Tenía una tos pesada y su aspecto era febril y de enfermo, por eso no le regañé por su mal humor.
—Bien, Linton —murmuró Catalina cuando se le desarrugó la frente—. ¿Estás contento de verme? ¿Puedo hacer algo por ti?
—¿Por qué no vino antes? Si hubiera venido en lugar de escribir... Me cansaba mucho escribir esas cartas tan largas. Hubiera preferido hablar con usted. Ahora no puedo hablar, ni nada... Me pregunto dónde está Zila, ¿quiere —refiriéndose a mí— ir a la cocina y mirar?
No me había dado las gracias por mi otro servicio y no tenía ganas de ir de acá para allá a sus órdenes y repliqué:
—No hay nadie, excepto José.
—Quiero beber —dijo frenético, dándose la vuelta—. Zila está constantemente correteando por Gimmerton desde que papá se marchó. ¡Es horrible! Tengo que bajar aquí porque han resuelto no oírme desde arriba.
—¿Es su padre atento con usted, señor Heathcliff? —pregunté, dándome cuenta de que Catalina se detenía en sus demostraciones amistosas.
—¿Atento? Hace por lo menos que ellos lo sean un poco más. ¡Malvados! Sabe usted, señorita Linton, ese bruto de Hareton se ríe de mí. Le odio, desde luego les odio a todos, son seres odiosos.
Catalina empezó a buscar para traerle agua, descubrió una jarra en el aparador, llenó un vaso y se lo trajo. Le pidió que añadiera una cucharada de vino de una botella que estaba sobre la mesa; después de tragar un poco pareció más tranquilo y le dijo que era muy amable.
—¿Estás contento de verme? —insistió, reiterando su primera pregunta y contenta al ver en él el débil alborear de una sonrisa.
—Sí, lo estoy. Es algo nuevo oír una voz como la suya. Me irritaba que usted no viniera. Y papá juraba que era culpa mía, me llamaba criatura despreciable, rastrera e inútil, y decía que usted me despreciaba, y que si él hubiera estado en mi lugar sería ya más el amo de la Granja que su padre. Pero usted no me desprecia verdad, señorita...
—Quisiera que me llamaras Catalina o Cati —interrumpió la joven—. ¿Despreciarte? No, después de papá y Elena, te quiero a ti más que a nadie en el mundo. Pero al señor Heathcliff no le quiero, y no me atreveré a venir cuando él vuelva, ¿estará muchos días fuera?
—No muchos. Pero él va a los páramos con frecuencia, desde que empieza la temporada de caza, y podrías, en su ausencia, pasar una hora o dos conmigo. Anda, di que sí. Yo creo que no seré melindroso contigo. Tú no me provocarás y estarás siempre dispuesta a ayudarme, ¿verdad?
—Sí —dijo Catalina, acariciando su cabello largo y suave—. Si pudiera obtener el permiso de papá, pasaría la mitad del tiempo contigo. ¡Querido Linton, quisiera que fueras mi hermano!
—¿Me querrías entonces tanto como a tu padre? —observó Linton un poco más alegre—. Papá dice que si fueras mi mujer me amarías más que a él y que a nadie en el mundo, me gustaría que lo fueras.
—No, yo nunca amaré a nadie más que a papá —contestó seria—. La gente odia a veces a sus mujeres, pero nunca a sus hermanas o hermanos, si tú lo fueras vivirías con nosotros y papá te querría a ti tanto como a mí.
Linton negó que la gente odiara a sus mujeres. Pero Cati afirmó que sí, y que por lo que ella sabía, puso como ejemplo la aversión de su padre por la tía Isabela.
Intenté detener su insolente lengua, sin conseguirlo, hasta que lo soltó todo. El joven Heathcliff, muy irritado, aseguró que el relato era falso.
—Papá me lo dijo y él no dice mentiras —contestó ella con descaro.
—Mi papá desprecia al tuyo y le llama cobarde y tonto.
—Y el tuyo es un malvado, y tú eres muy malo por atreverte a repetir lo que él dice. Ha de ser muy malvado al tener que dejarle tía Isabela como hizo.
—No le dejó. No me vas a contradecir.
—Sí le dejó.
—Bien, te voy a decir una cosa: tu madre odiaba a tu padre, ¿qué te parece?
—¡Oh! —exclamó Catalina demasiado enojada para continuar.
—Y amaba al mío.
—¡Mentiroso! Te odio —gritó jadeante, y su cara enrojeció de ira.
—Sí, le amaba, le amaba —dijo Linton, hundiéndose en el fondo de su sillón y echando atrás la cabeza para disfrutar de la agitación de su contrincante que estaba de pie detrás.
—¡Silencio, Linton Heathcliff! —dije—. Me figuro que esta es la historia de su padre.
—No lo es, y cállese la boca —contestó—. Sí le amaba, le amaba, Catalina, le amaba, le amaba.
Cati, fuera de sí, dio un fuerte empujón a la silla e hizo caer a Linton contra un brazo, e inmediatamente le atacó una tos sofocante que puso fin a su triunfo.
Le duró tanto que yo misma me asusté. En cuanto a su prima, se puso a llorar con toda su alma, horrorizada por el daño que había hecho, aunque no lo dijo. Le sujeté hasta que el ataque se pasó. Entonces me apartó y apoyó su cabeza en silencio. Catalina acalló sus lamentos también y se sentó junto a él, mirando solemnemente al fuego.
—¿Cómo se encuentra? —pregunté a los diez minutos.
—Quisiera que ella se encontrara como yo, criatura rencorosa y cruel. Hareton nunca me toca. Nunca me ha pegado en su vida. Hoy estaba mejor, y mira... —su voz se quebró en un gemido.
—Yo no te he pegado —murmuró Catalina, mordiéndose los labios para evitar otra explosión de su ira.
Él suspiró y gimió como si sufriera un gran dolor. Continuó así un cuarto de hora con el propósito de entristecer a su prima, por lo visto, porque cada vez que la sorprendía reprimiendo un sollozo, reanudaba el dolor y patetismo en las inflexiones de su voz.
—Siento haberte hecho daño, Linton —dijo al fin sin poder soportar aquel tormento—. A mí no me hubiera hecho daño un empujoncito así, por eso no tenía idea de que a ti te lo iba a hacer. ¿No te has lastimado mucho, verdad? Contéstame, háblame.
—No te puedo hablar, me has hecho tanto daño que voy a estar toda la noche despierto ahogado por esta tos. Si tú la tuvieras sabrías lo que es. Tú dormirás tranquilamente mientras yo sufro sin nadie a mi lado. Me pregunto si te gustaría pasar estas noches tan horribles —y empezó con grandes gemidos de lástima que se tenía a sí mismo.
—Puesto que tiene la costumbre de pasar malas noches, no será la señorita la que perturbe su tranquilidad; sería lo mismo si no hubiera venido. Sin embargo, no le va a molestar de nuevo, y quizás esté más sosegado cuando ella se vaya.
—¿Me voy? —preguntó Catalina tristemente, inclinándose hacia él—. ¿Quieres que me vaya, Linton?
—No puedes cambiar lo que has hecho —replicó malhumorado, apartándose de ella—, a no ser que lo cambies para peor, molestándome hasta que me entre fiebre.
—Bien, ¿me voy?
—Déjame en paz por lo menos, no puedo soportar tu charla.
Ella se demoró un rato, bien fastidioso, resistiéndose a mi insistencia para partir, pero como él ni levantaba la cabeza, ni hablaba, se dirigió a la puerta y yo la seguí.
Un chillido nos hizo volver. Linton se había deslizado desde su asiento hasta la piedra del hogar, y allí estaba, retorciéndose por pura perversidad de niño apestosamente consentido dispuesto a ser tan molesto e insoportable como fuera capaz. Al momento, por su conducta, calibré su carácter y vi enseguida que sería una locura intentar darle gusto. No así mi compañera, que volvió aterrorizada: de rodillas, lloró, y con súplicas trató de consolarle hasta que quedó tranquilo porque le faltó el aliento, no por pesar de haberla atormentado. —Le pondré en el escaño —dije—, así podrá retorcerse a su gusto, no podemos quedarnos para contemplarle. Espero, Cati, que esté usted satisfecha, y que vea que no es usted la persona indicada para hacerle bien y que su estado de salud no es producido por el cariño que le tiene. ¡Ea, pues, aquí está! ¡Vámonos! Tan pronto como él se de cuenta de que no hay nadie para atender a sus insensateces, estará contento de quedarse tranquilo.
Ella le colocó una almohada bajo la cabeza y le ofreció agua. Rechazó la última y se movió intranquilo sobre la primera como si fuera una piedra o un trozo de leña. Intentó ponerle más cómodo:
—No puedo con ésta, no es bastante alta.
Catalina trajo otra y la puso encima de la primera.
—Es demasiado alta —murmuró la insoportable criatura.
—¿Cómo tengo que arreglarlo, pues? —preguntó impaciente.
Se acercó mucho a ella, y como estaba medio arrodillada junto al escaño, convirtió el hombro de la niña en su apoyo.
—No, eso no, conténtese con la almohada, señor Heathcliff. La señorita ha perdido ya demasiado tiempo con usted y no podemos quedarnos ni cinco minutos más.
—Sí, sí podemos. Ahora es bueno y tiene paciencia. Está empezando a pensar que yo estaré mucho más triste que él esta noche si creo que está peor por mi visita, y entonces no me atreveré a venir más. Di la verdad, Linton, porque no he de venir, si te he hecho daño.
—Tienes que venir para curarme. Tienes que venir porque me has hecho daño. Tú sabes que me has hecho mucho. No estaba enfermo cuando tú viniste como estoy ahora, ¿sí o no?
—Pero tú te has puesto enfermo a fuerza de llorar y de encolerizarte. Yo no lo hice. Sin embargo, seremos amigos ahora. Tú me necesitas. ¿Desearás de verdad verme alguna vez?
—Ya te dije que sí —replicó impaciente—. Siéntate en el escaño y deja que me apoye en tus rodillas. Esto es lo que mamá acostumbraba a hacer, tardes enteras. Siéntate quieta y no hables. Puedes cantar una canción, si sabes cantar, o recitar una de esas baladas largas, bonitas e interesantes, una de esas que tú prometiste enseñarme, o un cuento, pero prefiero una balada. Empieza.
Catalina le recitó la más larga que recordaba. Este quehacer les agradó a los dos mucho. Linton quiso otra, y después de esa, otra, a pesar de mis enérgicas negativas, y así continuaron hasta que el reloj dio las doce y oímos en el patio a Hareton que volvía a comer.
—¿Y mañana, Catalina, vendrás mañana? —le dijo el joven, cogiéndola por el vestido mientras ella se levantaba poco diligente.
—¡No! —contesté yo—, ni pasado mañana tampoco —ella, sin embargo, le dio, evidentemente, otra respuesta, porque su frente se despejó cuando la prima agachada le dijo algo al oído.
—No irá usted mañana —dije cuando estuvimos fuera de la casa—. No soñará con ello.
Sonrió.
—Ya me cuidaré yo bien. Mandaré reparar aquel cerrojo y no puede escapar por ninguna parte más.
—Puedo saltar el muro —dijo riendo—. La Granja no es una cárcel y tú no eres mi carcelero. Además, tengo ya casi diecisiete años. Soy una mujer, y estoy segura que Linton se recuperará rápidamente si me tiene para cuidarle. Soy mayor que él, ya sabes, y más sensata, menos infantil, ¿no es cierto? Y pronto hará lo que yo le diga con ligeros mimos. Es un niño encantador cuando es bueno. Yo haría un juguete de él si fuera mío. No pelearíamos nunca, seguro, cuando nos hubiéramos acostumbrado el uno al otro. ¿A ti no te gusta, Elena?
—¿Gustarme? Esa piltrafa de mal genio, enclenque engendro que luchó por llegar a la adolescencia. Por fortuna, como pronosticó su padre, no llegará a los veinte. Y dudo que vea la primavera; poco perderá la familia cuando sea que desaparezca, y la suerte que tuvimos fue que se lo llevara su padre. Cuanto mejor se le tratara más fastidioso y egoísta sería. Me alegro de que no haya posibilidad de que usted le tenga por marido.
Mi compañera se enfadó al oír estas palabras. Hablar de su muerte con tan poca seriedad hería sus sentimientos.
—Es más joven que yo —contestó después de una prolongada pausa de meditación—, y debiera vivir más, y vivirá, tiene que vivir tanto como yo. Está tan fuerte ahora como cuando llegó al norte, estoy segura de esto. Es sólo el frío lo que le enferma, lo mismo que a papá. Tú dices que papá mejorará, ¿y él, por qué no?
—Bien, bien, después de todo no tenemos por qué preocuparnos. Pero escuche y considere que mantendré mi palabra: si intenta volver a Cumbres Borrascosas, conmigo o sin mí, informaré al señor Linton y, a no ser que él lo permita, la amistad con su primo no será reanudada.
—Ya está reanudada —dijo Catalina con aire mohíno.
—Pues no debe continuar.
—Veremos —fue su respuesta, y partió al galope dejándome atrás en mi fatiga.
Las dos llegamos a casa antes de la hora de comer. Mi amo supuso que habíamos estado de paseo por el parque y, por lo tanto, no pidió explicaciones por nuestra ausencia. En cuanto entré me apresuré a cambiarme las medias y los zapatos, que estaban empapados, pero el daño ya estaba hecho por estar tanto rato en las Cumbres. Al día siguiente estaba en cama, y durante tres semanas estuve incapacitada de atender a mis quehaceres, calamidad que no había experimentado antes de entonces y, justo es decirlo, tampoco después.
Mi joven ama se portó como un ángel en venir a cuidarme y alegrar mi soledad: la reclusión me deprimió mucho. Es un aburrimiento para una persona activa, pero pocos tienen menos motivos de queja que yo. En cuanto Catalina dejaba la habitación de su padre, ya estaba al lado de mi cama. Dividía su tiempo entre nosotros dos: ninguna diversión le usurpaba ni un minuto. Descuidaba sus comidas, sus estudios y sus juegos y era la enfermera más cariñosa que nunca vi. Tenía que tener muy buen corazón, cuando amando tanto a su padre, se dedicaba de ese modo a mí.
He dicho que su tiempo lo dividía entre nosotros, pero el amo se retiraba temprano y yo generalmente no necesitaba nada después de las seis, así la tarde era suya.
¡Pobre criatura! Yo nunca me preocupé de qué hacía consigo misma después del té. Aunque con frecuencia, cuando entraba a darme las buenas noches, notaba un color fresco en sus mejillas y rosados sus finos dedos, en lugar de pensar que este color se lo prestaba una carrera a caballo a través del frío páramo, le echaba las culpas al ardiente fuego de la biblioteca.

Capítulo XXIV

Al cabo de tres semanas pude dejar mi alcoba y andar por la casa. En la primera ocasión que yo me quedé levantada por la tarde, pedí a Catalina que me leyera porque mi vista estaba débil. Estábamos en la biblioteca, el amo se había ido a la cama. Ella consintió pero me imaginé que con un poco de mala gana y, pensando que mis libros no eran de su agrado, le dije que escogiera entre los que ella leía. Escogió uno de sus favoritos y leyó seguido durante una hora, entonces vinieron preguntas frecuentes:
—¿Elena, no estás cansada? ¿No sería mejor que te acostaras? Te encontrarás mal si te quedas tanto rato levantada.
—No, no, cariño, no estoy cansada.
Viéndome inamovible, ensayó otro método para mostrar su desagrado por su ocupación. Lo cambió por bostezar y desperezarse.
—Elena, estoy cansada.
—Déjalo y hablemos.
Aún fue peor: se agitaba, y todo eran suspiros y miradas a su reloj hasta que, finalmente, a las ocho se fue a su dormitorio rendida del todo, a juzgar por su mal humor y ojos de sueño y el constante restregar a que los sometía.
La noche siguiente aún estuvo más impaciente, y a la tercera de recuperar mi compañía se quejó de dolor de cabeza y se fue.
Me pareció extraña su conducta y, habiéndome quedado un buen rato sola, resolví ir y averiguar si estaba mejor y pedirle que viniera a tumbarse en el sofá en vez de estar arriba a oscuras.
Ninguna Catalina pude descubrir ni arriba ni abajo. Los criados me dijeron que no la habían visto. Escuché en el cuarto de Edgar, todo estaba en silencio. Volví a su habitación, apagué la vela y me senté junto a la ventana.
La luna brillaba espléndida; una salpicadura de nieve cubría la tierra. Se me ocurrió que acaso se le habría metido en la cabeza dar un paseo por el jardín para tomar el aire. Vi una figura arrastrándose a lo largo de la cerca interior del parque, pero no era mi niña, al salir hacia la luz reconocí uno de los mozos de cuadra. Estuvo bastante rato vigilando hacia el camino de coches que cruza la finca. Luego partió a paso ligero, como si hubiera visto algo, y reapareció al momento conduciendo a Mini, y allí estaba ella, que acababa de descabalgar, andando a su lado. El hombre cogió el caballo furtivamente a través de la hierba hacia el establo. Cati entró por la ventana del salón y se deslizó silenciosamente hacia donde yo la esperaba.
Empujó con suavidad la puerta, se quitó los zapatos llenos de nieve, se desató el sombrero e iba, sin sospechar mi acecho, a quitarse la capa cuando de pronto me levanté y dejé que me viera. La sorpresa la petrificó un momento, profirió una exclamación inarticulada y se quedó inmóvil.
—Mi querida Catalina —dije, demasiado impresionada por sus recientes bondades para empezar por reñirla—. ¿A dónde ha ido a caballo a estas horas? ¿Y por qué ha intentado engañarme contándome un cuento? ¿En dónde ha estado? Hable.
—Al extremo del parque —tartamudeó—; y no es ningún cuento.
—¿Y a ningún sitio más?
—No —fue su balbuciente respuesta.
—¡Oh, Catalina! —grité con tristeza—. Usted sabe que ha hecho mal, si no no se vería inclinada a decirme a mí una mentira. Esto me duele. Preferiría estar tres meses enferma que oír que inventa una mentira deliberada.
Saltó hacia mí y rompiendo en llanto me echó los brazos al cuello.
—Bien, Elena, tengo miedo de que te enfades, sabrás la pura verdad, detesto ocultártela.
Nos sentamos en el asiento de la ventana; le aseguré que no la reñiría, cualquiera que fuera el secreto, que yo había supuesto, desde luego.
—He ido a Cumbres Borrascosas, Elena, y no he dejado de ir ni un solo día desde que caíste enferma, excepto tres antes y dos después de que tú dejaras tu habitación. Le di a Miguel libros y dibujos para que me preparara a Mini todas las tardes y la volviera al establo: no debes reñirle a él tampoco, tenlo en cuenta. Estaba en las Cumbres a las seis y media y me quedaba generalmente hasta las ocho y media, y entonces galopaba hacia casa. No iba para divertirme. A menudo me sentía desgraciada todo el rato. De cuando en cuando fui feliz, una vez por semana, quizás. Al principio pensé que sería dura tarea persuadirte de que me dejaras cumplir la palabra que le habría dado a Linton, porque le prometí volver al día siguiente cuando le dejamos, pero como tú te quedaste arriba desde la mañana me liberé de este problema, y mientras Miguel cerraba el cerrojo de la puerta del parque por la tarde, me quedé con la llave y le dije que mi primo deseaba que le visitara porque estaba enfermo y no podía venir a la Granja, y que papá se oponía a que yo fuera. Entonces negocié lo de Mini. A él le gusta leer, y piensa marcharse pronto porque se va a casar, por eso accedió, si yo le prestaba libros de la biblioteca, a hacer lo que yo quisiera, pero yo preferí dárselos de los míos, y esto le gustó más.
En mi segunda visita Linton parecía bastante animado, y Zila —que es el ama de llaves— nos arregló la habitación y nos hizo un buen fuego y nos dijo que, como José había salido a una reunión religiosa y Hareton estaba fuera con sus perros —saqueando nuestros bosques de faisanes, según supe después— podíamos hacer lo que quisiéramos. Me trajo vino caliente y pan de jengibre, y estuvo muy amable. Linton se sentó en su sillón y yo en una mecedora junto al fuego. Nos reímos y charlamos alegremente, descubrimos que teníamos mucho que decirnos. Hicimos planes de dónde iríamos y lo que íbamos a hacer en el verano; no te lo repito porque dirás que son bobadas.
Una vez, sin embargo, estuvimos a punto de pelear. Él dijo que la manera más agradable de pasar un cálido día de julio era estar tumbado de la mañana a la noche sobre una ladera de brezos en medio de los páramos, con las abejas zumbando soñolientas entre las flores, y las alondras cantando en lo alto y el sol brillante, resplandeciendo sin nubes. Esta era su idea más perfecta de felicidad celestial. La mía era mecerse en un árbol verde, soplando el viento del oeste y blancas y brillantes nubes pasando rápidas por encima y, no sólo alondras, sino también tordos, mirlos, jilgueros y cuclillos, desparramando su música por todos lados, y los páramos vistos a distancia cortados por frescos y umbrosos sotos, pero junto a ellos grandes prominencias de hierba larga ondulándose en olas por la brisa, y bosques, y aguas tumultuosas, y el mundo entero en movimiento y loco de alegría. Él quería que todo reposara en un éxtasis de paz y yo que todo brillase y danzara en un glorioso jubileo. Yo le dije que su cielo estaría sólo vivo a medias, y él dijo que el mío estaría ebrio; y yo le dije que yo me quedaría dormida en el suyo, y él dijo que no podría respirar en el mío, y empezó a ponerse irritable. Al fin convinimos en probar los dos tan pronto como el tiempo lo permitiera. Entonces nos besamos y quedamos amigos. Después de estar callados una hora, yo miré la gran estancia con su suelo liso y sin alfombra y pensé lo bonito que sería jugar si quitábamos la mesa. Le pedí a Linton que llamara a Zila para ayudarnos y jugaríamos a la gallinita ciega y ella intentaría cogernos, como tú hacías, sabes, Elena. Él no quiso, dijo que no le gustaba, pero consintió en jugar a la pelota conmigo. Encontramos dos en un armario entre un montón de juguetes viejos: peonzas, aros, raquetas y volantes . Una pelota estaba marcada con una C y la otra con una H. Yo quise tener la C porque era de Catalina y la H podía significar Heathcliff, su nombre, pero a la de la H se le salía el salvado, y a Linton no le gustaba. Le gané siempre, y se enfadó de nuevo y tosió y se volvió a su silla, aunque esa noche fácilmente recobró el buen humor; le encantaron dos o tres canciones bonitas, tus canciones, Elena. Y cuando me tuve que ir me rogó y suplicó que volviera a la tarde siguiente, y se lo prometí.
Mini y yo volamos hacia casa más ligeras que el aire. Soñé con Cumbres Borrascosas y con mi tierno y querido primo hasta la mañana.
Al día siguiente estaba triste: en parte porque tú estabas mal, y en parte porque hubiera querido que mi padre conociera y aprobara mis excursiones. Pero después del té la luna estaba preciosa y, mientras cabalgaba, se disipó mi tristeza. Tendré otra tarde feliz —pensé para mí— y lo que más me alegra, que mi querido Linton también.
Troté hasta el jardín y, cuando iba a dar la vuelta a la parte de atrás, vino a mi encuentro ese Hareton, cogió las bridas y me pidió que entrara por la puerta principal. Acariciaba el cuello de Mini, y dijo que era un bonito animal, y parecía que quería que yo le hablara. Yo sólo le dije que dejara en paz al caballo, si no le daría una coz.
Contestó en su rústico lenguaje:
—No me hará mucho daño si me la da —y miraba sonriendo sus patas. Casi deseé que lo probara, pero se apartó para abrir la puerta y al levantar el pestillo miró hacia la inscripción de arriba y dijo con esa estúpida mezcla de timidez y orgullo:
—Señorita Catalina, ya puedo leer eso ahora.
—Magnífico —exclamé—. Oigámoslo, por favor, te estás volviendo inteligente.
Deletreó, pronunciando lentamente las sílabas, el nombre: Hareton Earnshaw.
—¿Y los números? —dije, alentándole y viendo que llegaba a un punto muerto.
—Aún no puedo leerlos.
—¡Oh, tonto! —dije, riéndome con ganas ante su fracaso.
El bobo me miró, con una mueca vagando en sus labios y arrugando el ceño sobre sus ojos, como inseguro de si no tenía que sumarse a mi regocijo; de si no sería una agradable familiaridad, o lo que realmente era, desprecio. Disipé sus dudas recobrando mi seriedad y mostrando deseo de que se marchara, porque iba a ver a Linton, no a él. Se sonrojó, lo vi a la luz de la luna, quitó su mano del pestillo y se alejó mohíno como una estampa de la vanidad humillada. Supongo que se creía que es tan culto como Linton porque podía deletrear su propio nombre, y se desconcertó mucho de que yo no pensara lo mismo.
—¡Alto, querida Catalina! —interrumpí—. No voy a reñirla, pero no me gusta esta conducta suya. Si usted hubiera recordado que Hareton era su primo, tanto como Linton Heathcliff, se hubiera dado cuenta de lo improcedente que era portarse así. Por lo menos, es una ambición alabable el deseo de ser tan culto como Linton y probablemente él no aprendió sólo para presumir; usted le había avergonzado por su ignorancia antes, no lo dudo, y quería remediarlo y agradarle. Si usted hubiera sido educada en sus circunstancias ¿sería menos zafia? Él era un niño tan vivo e inteligente como usted era y me duele que sea ahora despreciado porque ese villano de Heathcliff le ha tratado tan injustamente.
—Bien, Elena, no vas a llorar por esto —exclamó, sorprendida de mi severidad—. Pero espera y sabrás si estudió su ABC para complacerme y si valía la pena ser cortés con ese bruto. Entré, Linton estaba tumbado en el escaño y medio se incorporó para recibirme.
—No me encuentro bien, Catalina, cariño, esta tarde —dijo—, tú hablarás y yo escucharé. Ven y siéntate a mi lado. Estaba seguro de que no ibas a faltar a tu palabra y te lo haré prometer de nuevo antes de que te vayas.
Sabía que no tenía que importunarle, ya que estaba enfermo: le hablaba suavemente, no le hacía preguntas y evitaba irritarle como fuera. Le había traído mis mejores libros y me pidió que le leyera un poco de uno de ellos. Estaba a punto de hacerlo cuando Hareton abrió la puerta de golpe, habiendo mezclado veneno con reflexión. Se dirigió a nosotros, cogió a Linton por un brazo y lo sacó de su asiento.
—¡Vete a tu habitación! —dijo, con una voz casi inarticulada por la ira y su rostro hinchado y furioso—. Llévatela allí si viene a verte, no me echaréis de aquí. ¡Fuera los dos!
Nos maldijo, y a Linton no le dio tiempo a contestar, casi echándole a la cocina, yo le seguí, y Hareton cerró su puño al parecer deseoso de darme un puñetazo. Tuve miedo por un momento, se me cayó un libro, me lo tiró de un puntapié y cerró la puerta.
Oí una malévola y cascada risa junto al fuego, y al volverme vi a este odioso José, de pie, frotándose sus huesudas manos, y tembloroso.
—Estaba seguro de que os echaría. Es un bravo mozo. Se está avivando su espíritu en él. Sí, él sabe, tan bien como yo lo sé, quién tendría que ser el amo aquí. Y os ha echado como debía.
—¿A dónde vamos? —dije a mi primo sin hacer caso de las burlas del miserable viejo.
Linton estaba pálido y temblando. No estaba guapo entonces, Elena. Estaba horroroso, porque su cara delgada y grandes ojos estaban contorsionados por una expresión de frenesí e impotente furia. Cogió el pomo de la puerta y lo sacudió, estaba cerrado por dentro.
—Si no me dejas entrar te mataré, si no me dejas entrar te mataré —chillaba más que decía—. ¡Demonio! ¡Demonio! ¡Te mataré, te mataré!
José soltó su cascada risa de nuevo.
—Eso es el padre, eso es el padre. Todos tenemos algo de ambas partes en nosotros. No hagas caso, Hareton, no tengas miedo al chico, no puede hacerte daño.
Le cogí las manos a Linton y traté de arrancarle de allí, pero chilló tanto que no me atreví a continuar. Al fin sus gritos se apagaron por un tremendo ataque de tos, echó sangre por la boca y cayó al suelo.
Corrí al patio muerta de terror, y llamé a Zila tan alto como pude. Pronto me oyó, estaba ordeñando las vacas en un cobertizo detrás del granero. Dejando rápidamente su trabajo, preguntó qué había que hacer. No tenía aliento para explicárselo, la arrastré adentro y busqué a Linton. Earnshaw había salido para ver la maldad que había hecho y se llevaba a la pobre criatura arriba. Zila y yo seguimos tras él, pero me detuvo en lo alto de la escalera y me dijo que no entraría y que me fuera a casa. Le dije que había matado a Linton y que entraría. José me cerró la puerta y declaró que no haría tal cosa y si era tan loca como él.
Me quedé llorando hasta que el ama de llaves reapareció y me dijo que Linton estaría mejor dentro de un poco, pero que no podía estar sin chillar ni armar estrépito, y me llevó casi en brazos a la casa.
Elena, estuve a punto de arrancarme los pelos. Sollocé y lloré hasta que mis ojos estuvieron casi ciegos, y el bellaco al que tienes tanta simpatía, allí estaba delante de mí, atreviéndose de vez en cuando a pedirme que me callara y negando que él tuviera la culpa, y finalmente, asustado por mis afirmaciones de que se lo diría a papá y que le meterían en la cárcel y le ahorcarían, empezó a gimotear y se marchó corriendo para ocultar su cobarde emoción. Pero aún no me había liberado de él, cuando al fin me obligaron a marcharme, y cuando estaba a unas cien yardas de la casa, surgiendo de la sombra, paró a Mini y me cogió.
—Señorita Catalina, estoy triste, pero es en verdad muy injusto...
Le di con el látigo pensando que acaso me asesinaría. Me soltó, tronando una de esas horribles maldiciones, y yo galopé a casa medio loca.
No fui a darte las buenas noches ese día, y no fui a Cumbres Borrascosas al siguiente. Tenía muchas ganas, pero también una extraña agitación; a veces tenía miedo de enterarme de que Linton había muerto, y a veces temblaba ante la idea de encontrarme con Hareton.
Al tercer día recobré valor, por lo menos no podía soportar por más tiempo la incertidumbre y me escapé una vez más. Fui a las cinco, andando, imaginando que podría ingeniármelas para entrar en la casa e ir arriba a la habitación de Linton sin ser vista. Pero los perros dieron aviso de mi llegada. Zila me recibió y, diciéndome que el «chico mejoraba mucho», me introdujo en una habitación pequeña, bien arreglada, con alfombra, en donde, alegrándome mucho, vi a Linton echado en un pequeño sofá leyendo uno de mis libros, pero durante una hora ni me habló, ni me miró, Elena. Tiene tan mal genio... pero lo que más me desconcertó fue que, cuando abrió la boca soltó la mentira de que yo había ocasionado todo el escándalo y que Hareton no tenía la culpa. Incapaz de responder sin enfadarme, me levanté y salí de la habitación. Él lanzó detrás de mí un débil «¡Catalina!». Él no contaba con recibir esta respuesta, pero no volví y el día siguiente fue el segundo que me quedé en casa, casi decidida a no visitarle más.
Era tan triste irse a la cama, y levantarse, y no saber nunca más de él, que mi decisión se diluyó en el aire antes de que tomara realmente forma. Si había parecido un error tomar ese camino una vez, ahora parecía un error abstenerme. Miguel vino a preguntarme si ensillaba a Mini, le dije que sí y consideré que estaba cumpliendo con un deber mientras me llevaba por las colinas.
Tuve que pasar por delante de las ventanas de la fachada para ir al patio, era inútil tratar de ocultar mi presencia.
—Linton está en la casa —dijo Zila cuando me vio que me dirigía al gabinete.
Entré, Earnshaw estaba allí también, pero se marchó al momento. Mi primo estaba sentado en el gran sillón medio dormido. Acercándome al fuego, empecé en tono serio, en parte sincero:
—Puesto que no me quieres, Linton, y que vengo con el propósito de molestarte, y crees que así lo hago cada vez, este es nuestro último encuentro. Digámonos adiós y dile al señor Heathcliff que no quieres verme y que no invente nunca más falsedades al respecto.
—Siéntate y quítate el sombrero, Catalina. Tú eres mucho más feliz de lo que yo lo soy y deberías ser mejor. Papá ya habla bastante de mis defectos, y me muestra bastante desprecio, para que sea natural que yo dude de mí mismo. Dudo si seré tan indigno como él me llama con frecuencia, entonces me siento tan de mal humor y amargado que detesto a todo el mundo. Soy indigno, tengo mal genio y mala voluntad casi siempre... si quieres puedes decir adiós, eso te liberará de una molestia. Sólo, Catalina, hazme justicia: cree que si yo pudiera ser tan dulce, tan amable y tan bueno como tú, lo sería, y tan de buena gana, y aún más, que ser feliz y tener buena salud. Y cree que tu bondad me ha hecho amarte más de lo que yo merezco tu amor, sin embargo, no pude, no puedo evitar mostrarte mi naturaleza, lo lamento y me arrepiento de ello, y lo lamentaré y me arrepentiré hasta que me muera.
Yo sentí que hablaba de verdad y sentí que debía perdonarle y que, si seguía peleando, tendría que perdonarle de nuevo. Nos reconciliamos, pero lloramos los dos todo el tiempo que estuve allí. No siempre de dolor, aunque sí me dolía que Linton tuviera ese carácter atormentado. No haría nunca felices a sus amigos y él no sería nunca feliz.
Desde esa noche ya fui siempre a ese pequeño gabinete, porque su padre volvió al día siguiente. Unas tres veces, yo creo, hemos estado alegres y esperanzados, como estuvimos la primera noche. El resto de mis visitas fueron tristes y angustiadas... ya por su egoísmo y despecho, ya por sus males; pero he aprendido a soportar lo primero casi con tan poca ofensa como lo último.
El señor Heathcliff deliberadamente me evitaba. Apenas lo he visto. El domingo pasado fui más temprano que de costumbre y le oí que insultaba al pobre Linton por su conducta de la noche anterior. Lo que no sé es cómo lo sabía, a no ser que estuviera escuchando. En realidad Linton se había portado de forma exasperante, pero eso no le importaba a nadie más que a mí, e interrumpí el discurso de Heathcliff entrando y diciéndoselo. Se echó a reír y se marchó, mostrándose contento de que yo me tomara así el asunto. Desde entonces he convencido a Linton de que diga en voz baja sus impertinencias.
Ahora, Elena, ya lo has oído todo, y no se me puede prohibir que vaya a Cumbres Borrascosas porque sería hacer desgraciadas a dos personas. Siempre que tú no se lo digas a papá, mis salidas no tienen por qué perturbar a nadie. No se lo dirás, ¿verdad? Sería muy cruel.
—No tomaré una decisión sobre esto hasta mañana: necesita estudio. La dejo a usted que descanse y yo me voy a pensar en ello.
Lo pensé de viva voz en presencia de mi amo, a cuya habitación me fui directamente desde la de la niña, y le conté toda la historia excepto sus conversaciones con su primo y no mencioné a Hareton.
El señor Linton se alarmó y disgustó más de lo que quiso demostrarme. A la mañana siguiente Catalina supo mi traición a sus confidencias, y supo también que sus visitas secretas se habían terminado.
En vano ella lloró y se retorció contra la prohibición, imploraba a su padre que tuviera piedad de Linton: todo lo que consiguió como consuelo fue la promesa de que él escribiría y daría permiso para que Linton viniera a la Granja siempre que quisiera, pero explicando que no esperara ver más a Catalina en Cumbres Borrascosas. Quizás si hubiera sabido el carácter y estado de salud de su sobrino hubiera creído adecuado retirar también este pequeño consuelo.

Capítulo XXV

Todas estas cosas ocurrieron el invierno pasado, señor —dijo la señora Dean—, apenas hace un año. El invierno pasado, no pensaba que al cabo de los doce meses yo iba a estar entreteniendo con su historia a un extraño a la familia. Aunque, ¿quién sabe por cuánto tiempo será usted un extraño? Es demasiado joven para quedarse satisfecho para siempre viviendo solo. Y yo en cierto modo imagino que el que vea a Catalina Linton no puede evitar enamorarse de ella. Usted sonríe, pero ¿por qué se anima y se interesa cuando hablo de ella? ¿Y por qué me ha pedido que cuelgue su retrato sobre su chimenea?, y por qué...
—Alto, mi buena amiga —exclamé—. Sería posible que yo la amara, ¿pero me amaría ella a mí? Yo dudo mucho de comprometer mi tranquilidad por dejarme caer en la tentación. Además, mi tierra no es esta. Pertenezco a un mundo activo y a sus brazos tengo que volver. Continúe. ¿Fue Catalina obediente a las órdenes de su padre?
—Sí lo fue —continuó el ama de llaves—. Su cariño por él era todavía el principal sentimiento en su corazón. Él hablaba sin rencor, hablaba con la profunda ternura de alguien que está a punto de dejar su tesoro entre riesgos y enemigos, cuando el recuerdo de sus palabras sería la única ayuda que él le podía legar para guiarla.
Unos días más tarde me dijo:
—Me gustaría, Elena, que mi sobrino escribiera o nos visitase. Dígame sinceramente qué piensa usted de él: ¿ha cambiado para mejor, o hay esperanzas de mejoría, a medida que se hace hombre?
—Es muy delicado, y es poco probable que llegue a ser mayor. Lo que sí puedo decir es que no se parece a su padre y, si la señorita Catalina tuviera la desgracia de casarse con él, podría gobernarle, a no ser que ella fuera excesiva y absurdamente condescendiente. Usted tendrá mucho tiempo de tratarle y ver si a ella le conviene: todavía le faltan más de cuatro años para la mayoría de edad.
Edgar suspiró; se acercó a la ventana, y miró hacia la iglesia de Gimmerton. Era una tarde neblinosa, pero brillaba tenue el sol de febrero, y podíamos distinguir los dos abetos del cementerio y las diseminadas losas sepulcrales.
—He rezado con frecuencia —decía medio en soliloquio— para que se acercara lo que ha de venir, y ahora me empiezo a acobardar y a temerlo. Pensé que el recuerdo de la hora en que bajé esa cañada como novio sería menos dulce que el anticipo de lo que iba a ser pronto, dentro de pocos meses, semanas quizás, el que me llevaran y me dejaran en la solitaria fosa. Elena, he sido muy feliz con mi pequeña Cati. En las noches de invierno y los días de verano ha sido junto a mí una esperanza viva. Pero he sido igualmente feliz meditando solo entre aquellas lápidas, a la sombra de la vieja iglesia, reclinado durante largas tardes de junio sobre el verde montículo de la tumba de su madre, y deseando, anhelando, la hora en que yo pudiera yacer también debajo. ¿Qué puedo hacer con Cati? ¿Cómo tengo que dejarla? No me preocupa ni un momento que Linton sea el hijo de Heathcliff; no que se la lleve, si él pudiera consolarla de mi pérdida. No me importa que Heathcliff consiga sus fines, y triunfe robándome mi último bien. Pero si Linton fuera indigno —sólo un débil instrumento de su padre— no puedo abandonársela. Y, por muy duro que sea dominar el exuberante espíritu de Cati, tengo que perseverar en que esté triste mientras yo viva, y quede solitaria cuando muera. ¡Hija mía! Preferiría entregarla a Dios y depositarla bajo tierra antes que yo.
—Confíela a Dios en todo caso, señor, y si nosotros le perdiéramos —que Él no lo permita— bajo Su providencia, yo seré su amiga y consejera hasta el final. Ella es buena y no temo que haga nada malo deliberadamente; las personas que cumplen con su obligación son al final recompensadas.
La primavera avanzaba, pero mi amo no recobraba verdadera fuerza, aunque reanudó sus paseos por la finca con su hija. Según la inexperiencia de Catalina, esto ya era un signo de la convalecencia de su padre; como entonces a menudo se le encendían las mejillas y le brillaban los ojos, ella estaba segura de su recuperación.
El día de su diecisiete cumpleaños no visitó su padre el cementerio; estaba lloviendo y le dije:
—No saldrá usted esta noche, señor.
Me contestó:
—No, lo retrasaré este año un poco más.
Escribió de nuevo a Linton, expresándole su gran deseo de verle. Si el enfermo hubiera estado presentable estoy segura de que el señor Heathcliff le hubiera dejado venir. Como estaba, según las instrucciones de su padre, contestó que éste le prohibía visitar la Granja, pero el agradable recuerdo de su tío le complacía y esperaba encontrarle alguna vez en sus paseos, y personalmente le pedía que su prima y él no continuaran mucho tiempo tan totalmente separados. Esta parte de la carta era sencilla y probablemente suya.
Heathcliff sabía que era capaz de pedir con elocuencia la compañía de Catalina.
«No pido —le decía— que ella me visite aquí, pero ¿no la voy a ver más porque mi padre me prohíba ir a su casa y usted le prohíba venir a la mía? Venga de vez en cuando a caballo hacia las cumbres y cambiaremos unas palabras en su presencia. No hemos hecho nada para merecer esta separación, y usted no está enfadado conmigo, no tiene motivos para que yo le desagrade, usted mismo lo reconoce. Querido tío, envíeme unas líneas amables mañana y permita que me encuentre con usted en cualquier sitio que guste, excepto la Granja de los Tordos. Yo creo que una entrevista le convencería de que el carácter de mi padre no es el mío: él dice que soy más su sobrino que hijo suyo y que, aunque tengo defectos que no me hacen digno de Catalina, ella me los perdona y, por amor a ella, usted debiera también hacerlo. Me pregunta por mi salud, está mejor, pero mientras yo esté privado de toda esperanza y condenado a la soledad, o a la compañía de aquellos que no me quisieron nunca, ni nunca me van a querer, ¿cómo puedo estar bien y alegre?»
Edgar, aunque lo sentía por el chico, no pudo acceder a su petición porque él no podía acompañar a Catalina. Le dijo que acaso en verano se podrían encontrar, mientras tanto, deseaba que escribiera alguna vez y se comprometió a darle todo el consejo y consuelo que pudiera por carta, ya que conocía muy bien su difícil posición en la familia.
Linton accedió, pero si no hubiera sido frenado, probablemente lo hubiera echado todo a perder llenando sus epístolas de quejas y lamentos, pero su padre le vigilaba muy de cerca y desde luego insistía en que se le mostrara cada línea de mi amo. Por eso, en lugar de escribir sobre sus penas y desdichas personales, temas dominantes en su espíritu, insistía en la cruel obligación de estar separado de su amiga y amada, y amablemente instaba al señor Linton a que debía permitir una entrevista pronto o tendría el temor de que se le engañaba deliberadamente con promesas vacías.
Catalina era una poderosa aliada y, entre los dos, al fin persuadieron a mi amo de que permitiera que pasearan, a pie o a caballo, juntos una vez por semana bajo mi custodia por los páramos más cercanos a la Granja, porque junio le sorprendió empeorando. Aunque él había apartado cada año una parte de su renta como fortuna para su hija, tenía un deseo natural de que conservara —o por lo menos volviera al poco tiempo— la casa de sus antepasados. Consideró que la única esperanza de que esto sucediera era la unión con su heredero: no tenía idea de que éste estaba decayendo tan deprisa como él mismo, ni nadie, yo creo. Ningún médico visitaba las Cumbres, ni hubo quien viera al joven Heathcliff para informarnos de su estado.
En cuanto a mí, empecé a pensar que mis pronósticos eran falsos, y que tenía Linton que estar reponiéndose, cuando hablaba de paseos a caballo o a pie por los páramos y que parecía muy serio en perseguir su propósito. No podía yo imaginarme que un padre tratase a su hijo moribundo con tanta tiranía y maldad, como supe después que Heathcliff le había tratado, para obligarle a manifestar estos aparentes deseos. Sus esfuerzos se redoblaban cuanto más inminentemente sus avariciosos y crueles planes estaban amenazados de fracasar por la muerte del muchacho.

Capítulo XXVI

Lo mejor del verano había pasado cuando Edgar dio, con desgana, su consentimiento a sus súplicas, y Catalina y yo partimos en nuestro primer paseo para encontrarse con su primo.
Era un día cerrado, sofocante, privado de sol, pero con un cielo demasiado aborregado y brumoso para amenazar lluvia. El lugar del encuentro había sido fijado en la piedra de guía en el cruce de los caminos, al llegar allí, sin embargo, un zagal, despachado como mensajero, nos dijo que: «El señor Linton estaba a este lado de las Cumbres y que nos agradecería que siguiéramos un poco más.»
—El señor Linton —observé— ha olvidado la primera condición de su tío. Nos mandó que nos quedáramos en el terreno de la Granja, y ahora ya estamos fuera de él.
—Bien, daremos vuelta a nuestros caballos, cuando le encontremos —contestó mi compañera—, así nuestra excursión será mirando a casa.
Cuando le alcanzamos, y esto fue un a cuarto de milla de la puerta de su casa, vimos que no tenía caballo, tuvimos que descabalgar y dejar a los nuestros que pastaran. Estaba echado en los brezos, esperando que nos acercáramos, y no se levantó hasta que estuvimos a muy pocas yardas. Entonces anduvo con tanta debilidad y estaba tan pálido que yo inmediatamente exclamé:
—Bueno, señor Linton, no está usted esta mañana para disfrutar de un paseo. ¡Qué mal aspecto tiene!
Catalina le miró con pena y estupor: cambió su exclamación de alegría que estaba en sus labios, por una de alarma, y la de felicidad por un tan pospuesto encuentro, en una pregunta angustiosa de si él estaba peor que de costumbre.
—No, mejor, mejor —jadeó, temblando y reteniéndole las manos como si necesitara su apoyo, mientras que sus enormes ojos azules la miraban tímidamente; las ojeras que los circundaban convertían en fatigada fiereza la lánguida expresión que antes tenían.
—Pero has estado peor —insistió su prima—; peor que la última vez que yo te vi, estás más delgado y...
—Estoy cansado —interrumpió presuroso—. Hace demasiado calor para andar, descansemos aquí. Por la mañana a menudo me encuentro mal, papá dice que es que crezco muy deprisa.
No del todo satisfecha se sentó, y él se reclinó a su lado.
—Esto es algo así como tu paraíso —dijo ella, haciendo un esfuerzo para animarle—. ¿Te acuerdas de los dos días que acordamos pasarlos en el lugar y de la manera que cada uno considerara la más agradable? Este es casi el tuyo, sólo que hay nubes, pero como son tan suaves y blandas casi es mejor que el sol. La semana que viene, si puedes, cabalgaremos al parque de la Granja y probaremos el mío.
Linton no parecía recordar de lo que hablaba, y era evidente su dificultad en mantener cualquier clase de conversación. Su falta de interés por los temas que ella iniciaba, y la misma incapacidad para contribuir al entretenimiento de Catalina, eran tan manifiestos que no pudo ésta ocultar su desencanto. Un cambio indefinible se había verificado en toda su persona y maneras. El capricho que con caricias se podía transformar en ternura, dio paso a una indolente apatía; había menos de ese mal humor de un niño que se irrita y molesta con el propósito de que se le consuele, y más de ensimismamiento hosco de un enfermo incurable, que rechaza todo consuelo, y está presto a considerar como un insulto el buen humor y la alegría de los demás.
Catalina comprendió, lo mismo que yo, que consideraba más bien un castigo que una satisfacción soportar nuestra compañía, por eso ella no tuvo escrúpulo en proponer, al poco rato, que partiéramos.
La propuesta, inesperadamente, despertó a Linton de su letargo y entró en un extraño estado de agitación. Miró con temor hacia las Cumbres y le pidió que se quedara media hora más por lo menos.
—Pero creo —dijo Cati— que estarás más cómodo en casa que sentado aquí, ya que no puedo divertirte hoy, ya lo veo, con mis cuentos, canciones o charla. Te has vuelto más formal que yo en estos seis meses, te gustan poco mis diversiones ahora, si no, si te pudiera divertir, me quedaría con mucho gusto.
—Quédate para descansar. Catalina, no pienses, ni digas, que estoy muy mal; es este tiempo pesado y el calor que me agobian. Anduve mucho, para mí, antes de que llegaras. Dile al tío que disfruto de bastante buena salud, ¿quieres?
—Le diré que tú has dicho eso, Linton, yo no puedo afirmar que lo estás —observó la joven, sorprendiéndose de su aseveración, que evidentemente era falsa.
—Ven de nuevo el jueves próximo —continuó él, esquivando la desconcertada mirada de su prima—. Y dale a tu padre las gracias por permitirte que vinieras, las más cariñosas gracias, Catalina. Y si te encuentras al mío y te pregunta por mí, no le lleves a suponer que he estado silencioso y estúpido, y no te pongas triste y decaída como estás ahora, se enfadaría.
—No me importan sus enfados —exclamó Catalina, suponiendo que ella sería el objeto de éstos.
—Pero a mí sí —dijo su primo temblando—. No le provoques contra mí, Catalina, porque es muy duro.
—¿Es severo con usted, Linton? —pregunté—. ¿Se ha cansado de su indulgencia y ha pasado su odio de ser pasivo a ser activo?
Linton me miró, pero sin responder y, después de quedarse ella sentada a su lado otros diez minutos, durante los cuales la cabeza se le cayó amodorrada sobre el pecho, sin exhalar más que gemidos de dolor o de cansancio, Cati empezó a solazarse buscando arándanos y a compartir el producto de su búsqueda conmigo: a él no le ofreció porque hacerle más caso sería aumentar su agotamiento o su enojo.
—Es ya la media hora, Elena —susurró a mi oído al fin—. No sé por qué tenemos que estar más tiempo. Está dormido y papá nos echará de menos.
—Bien, pero no podemos dejarle dormido, espere a que se despierte, y tenga paciencia. Usted estaba ansiosa de partir, pero el deseo de ver a Linton pronto se ha evaporado.
—¿Por qué habrá querido verme? En sus momentos de peor genio de antes me gustaba más que con este humor tan raro. Es como si esta entrevista fuera un trabajo que se ve obligado a hacer por miedo a que su padre le riña, pero yo no voy a venir para darle gusto al señor Heathcliff, cualquiera que sea la razón que él pudiera tener para mandarle a Linton que cumpla este castigo. Aunque me alegro de que esté mejor de salud, lamento que esté mucho menos agradable y mucho menos cariñoso conmigo.
—¿Usted cree que él está mejor de salud?
—Sí, porque siempre se quejaba muchísimo de sus sufrimientos, sabes. No está bastante bien, como ha dicho que le diga a papá, pero posiblemente está mejor.
—Usted y yo no estamos de acuerdo, yo diría que está mucho peor.
Linton se sobresaltó de su sueño y, presa de un terror loco, preguntó si alguien le había llamado por su nombre.
—No —dijo Catalina—; como no haya sido en sueños. No comprendo cómo puedes dormitar al aire libre y por la mañana.
—Creí que había oído a mi padre —jadeó, mirando la hosca colina encima de nosotros—. ¿Estás segura de que nadie habló?
—Del todo segura. Sólo Elena y yo discutíamos acerca de tu salud. ¿Estás realmente más fuerte que cuando nos separamos en invierno? Si lo estás, hay una cosa que no es más fuerte: tu afecto hacia mí. Habla. ¿No es cierto?
Las lágrimas brotaron de los ojos de Linton mientras respondía:
—Sí, sí, lo estoy.
Y aún bajo la impresión de la imaginaria voz, su mirada vagaba de acá para allá para detectar de quién procedía. Cati se levantó.
—Por hoy tenemos que marcharnos. No voy a ocultar que estoy tristemente desilusionada por nuestro encuentro, aunque a nadie más que ti se lo mencionaré, y no porque le tema al señor Heathcliff.
—¡Silencio! —murmuró Linton—. ¡Por Dios, silencio! Él viene —y se agarró al brazo de Catalina luchando por retenerla, pero a este anuncio, ella se desprendió rápidamente, le silbó a Mini, que la obedeció como un perro:
—Estaré aquí el próximo jueves —y saltó a la silla—. Adiós, deprisa, Elena.
Así le dejamos, escasamente consciente de nuestra partida, tan absorbido estaba en anticipar la proximidad de su padre.
Antes de que llegáramos a casa, el desagrado de Catalina se suavizó en una sensación de perplejidad, de lástima y remordimiento, mezclada en gran parte con vagas e inquietas dudas en cuanto a las actuales circunstancias de Linton, físicas y sociales, que yo compartía, pero le aconsejé que no hablara mucho de esto, porque un segundo viaje nos permitiría juzgar mejor.
Mi amo nos pidió un relato de nuestra salida. El agradecimiento de su sobrino fue debidamente transmitido, pasando Cati por encima por lo demás. Yo eché también poca luz sobre sus preguntas, porque apenas sabía qué convenía ocultar, y qué convenía decir.

Capítulo XXVII

Siete días pasaron; cada uno dejó su huella en la desde entonces alterada salud de Edgar Linton. Los estragos que antes los meses habían ido causando eran ahora emulados por la usurpación de las horas.
Hubiéramos querido engañar a Catalina, pero su vivaz espíritu se negó a que se le engañara. Adivinaba ésta, en secreto, y meditaba en la terrible probabilidad que gradualmente se convertía en certeza.
No tuvo valor Catalina de mencionar su paseo cuando llegó el jueves. Yo lo mencioné por ella y obtuve permiso para disponer su excursión. La biblioteca, en donde su padre pasaba un rato diariamente —el muy breve que podía estar levantado— y su alcoba, se habían convertido en el mundo entero de su hija. Le molestaba dejar de estar un momento inclinada sobre la almohada de su padre o sentada a su lado. El rostro de la niña estaba pálido de tanto velar y sufrir; mi amo con gusto la despidió a lo que él gustaba de suponer que sería un feliz cambio de escena y compañía, sacando consuelo de la esperanza de que ahora no se iba a quedar sola después de su muerte. Tenía una idea fija —lo supe por varias observaciones que se le escaparon—, puesto que su sobrino se le parecía físicamente, se le parecería también su espíritu, porque las cartas de Linton tenían pocas o ninguna muestra de su deficiente carácter. Y yo —por una perdonable debilidad— me abstuve de corregir este error, preguntándome a mi misma qué beneficio conseguiría perturbando sus últimos momentos con informaciones que él no tenía ni poder ni oportunidad de remediar.
Demoramos nuestra excursión hasta la tarde; una dorada tarde de agosto. Cada ráfaga que venía de las colinas estaba tan llena de vida, que parecía que quien la respirara, aunque se estuviera muriendo, podría revivir. La cara de Catalina era como el paisaje: sombras y claros pasaban por ella en rápida sucesión, pero las sombras se quedaban más tiempo, el sol era más fugaz, y su pequeño corazón se reprendía a sí mismo aun por este pasajero olvido de sus cuidados.
Vimos a Linton esperando en el mismo sitio que había elegido la vez anterior. Mi niña se apeó y me dijo que, como estaba resuelta a estar muy poco rato, sujetara su jaca y me quedara montada. Pero me negué, no quería perder de vista ni un minuto lo que se me había encomendado, así subimos juntas la cuesta de los brezos.
Linton nos recibió más animado esta ocasión, aunque no era animación de entusiasmo, ni de alegría, más bien de temor.
—¡Es tarde! —dijo, entrecortadamente y con dificultad—. ¿No está tu padre muy enfermo? Pensé que no vendrías.
—¿Por qué no eres sincero? —dijo Catalina, tragándose su saludo—. ¿Por qué no me dices de una vez que no me necesitas? Es curioso, Linton, que por segunda vez me hayas hecho venir con la intención, por lo que parece, de molestarnos mutuamente y por ninguna razón más.
Linton la miraba temblando, medio suplicante, medio avergonzado, pero la paciencia de su prima no era la suficiente para soportar tan enigmática conducta.
—Sí, mi padre está muy enfermo, ¿por qué he sido arrancada de la cabecera de su lecho? ¿Por qué no me liberaste de esta promesa y quisiste que la mantuviera? Vamos, necesito una explicación. Juegos y bobadas están del todo borrados de mi mente, y ahora no puedo danzar para complacer tus melindres.
—¿Mis melindres? ¿Cuáles son? Por los cielos, Catalina, no te enfades así. Despréciame tanto como te plazca: soy un ser indigno y cobarde, nunca seré bastante desdeñado, pero soy demasiado poca cosa para tu ira. Odia a mi padre y guarda tu desprecio para mí.
—¡Tonterías! —dijo Catalina fuera de sí—. ¡Chico tonto y estúpido! Y tiembla como si yo le fuera a pegar. No tienes que implorar desprecio, Linton, cualquiera lo pondrá espontáneamente a tu servicio. ¡Suelta! Me vuelvo a casa, es insensato arrancarte del rincón de la chimenea para aparentar... ¿qué es lo que aparentamos? ¡Suelta mi vestido! Si yo te compadeciera por tus llantos y tu terror, tú deberías menospreciar tal compasión. Elena, dile lo humillante que es su conducta. Levántate, y no te degrades hasta ser un abyecto reptil. ¿Me oyes?
Con el rostro chorreando y expresión de agonía, dejó caer su cuerpo inerte al suelo, convulso de supremo terror.
—¡Oh! —sollozó— ¡No puedo más! Catalina, Catalina, soy también un traidor, no me atrevo a decírtelo. Si me dejas me matarán. Querida Catalina, mi vida está en tus manos. Tú has dicho que me amabas, si así fuera, no te haría ningún daño. ¿No te irás, verdad? Cariñosa, y dulce y buena Catalina, quizás consientas... y él me dejaría morir contigo.
La joven, al ver su intensa angustia, se agachó para levantarle. El viejo sentimiento de indulgencia y ternura se superpuso a su indignación y, además de conmoverse, se alarmó mucho.
—¿Consentir a qué? ¿A quedarme? Dime el significado de estas extrañas palabras y consentiré. Te contradices a ti mismo y me enloqueces. Tranquilízate, habla sinceramente y confiesa de una vez lo que pesa en tu corazón. Tú no me harías ningún daño ¿verdad? Ni permitirías que ningún enemigo me lo hiciera si pudieras evitarlo. Creo que eres un cobarde, pero para ti, no un traidor cobarde para tu mejor amiga.
—Pero mi padre me ha amenazado —jadeó el chico, juntando sus frágiles dedos—; y le tengo miedo, le tengo mucho miedo, no me atrevo a decirlo.
—Bien —dijo Catalina, con desdeñosa compasión—. Guarda tu secreto, yo no soy cobarde, preocúpate de ti, no tengo miedo.
Esta generosidad provocó las lágrimas de Linton, y lloró con frenesí, besando las manos que le sostenían, y no tuvo energía para hablar.
Yo estaba cavilando qué misterio podría haber, decidida a no permitir de buen grado que Catalina sufriera para beneficiarle a él, ni a nadie, cuando oí un crujido entre los brezos, levanté la vista y vi a Heathcliff muy cerca de nosotros, bajando de las Cumbres. No miró a mis compañeros, pero estaba lo bastante cerca para oír los llantos de su hijo. Me saludó a mí en ese tono casi cordial que no usaba para nadie más y de cuya sinceridad no pude menos de dudar, y dijo:
—Ya es algo verte tan cerca de mi casa, Neli. ¿Cómo estáis en la Granja? Cuéntanos, corre el rumor —añadió en tono más bajo— de que Edgar Linton está en su lecho de muerte, ¿acaso se ha exagerado la gravedad?
—No; mi amo se está muriendo —repliqué— es cierto. Será muy triste para todos nosotros, pero una bendición para él.
—¿Cuánto tiempo crees que va a durar?
—No lo sé.
—Porque —continuó, mirando a los primos, que estaban inmóviles bajo su mirada. Linton parecía como si no se pudiera aventurar a moverse, ni a levantar la cabeza, y Catalina no podía porque le estaba sosteniendo— ese chico de ahí parece decidido a derrotarme, le agradecería a su tío que acelerara y se fuera antes que él. ¡Hola! ¿Hace mucho rato que este cachorro está jugando a este juego? Le di algunas lecciones de lloriqueo. ¿Está bastante animado con la señorita Linton, generalmente?
—¿Animado? No. Nos ha mostrado la más profunda congoja. Al verle yo diría que, en lugar de estar paseando por los montes con su novia, tendría que estar en la cama en manos de un médico.
—Lo estará dentro de un día o dos. Pero lo primero... ¡levántate, Linton, levántate! No te arrastres por el suelo, levántate ahora mismo.
Su hijo se había hundido de nuevo en un paroxismo de irremediable pavor, causado, supongo, por la mirada fija en él de su padre: no había ningún motivo más que pudiera producir semejante humillación. Hizo algunos esfuerzos para obedecer, pero sus escasas fuerzas estaban anuladas de momento, y volvía a caer con un sollozo.
Heathcliff se acercó y le levantó para apoyarle en un banco de césped.
—Bien —dijo, con ferocidad contenida—, me voy a enfadar si tú no dominas ese miserable espíritu tuyo... ¡Maldito seas! ¡Levántate ahora mismo!
—Ya voy, papá —dijo, sin resuello—. Sólo déjame tranquilo, si no me desmayaré. He hecho lo que tú querías, estoy seguro. Quédate junto a mí, Catalina, dame la mano.
—Toma la mía —dijo su padre—; ponte de pie, ahora ella te dará su brazo. Así está bien, mírala. Usted se imaginará, señorita Linton, que soy el mismo diablo, para inspirar tanto terror. Sea amable y vaya a casa con él, ¿quiere? Se estremece si le toco.
—Linton, cariño —susurró Catalina—, no puedo ir a Cumbres Borrascosas, mi padre me lo tiene prohibido, tu padre no te hará daño. ¿Por qué tienes tanto miedo?
—Yo no puedo volver a entrar en esa casa, no tengo que volver a entrar sin ti.
—Basta —gritó su padre—. Respetaremos los escrúpulos filiales de Catalina. Neli, llévatelo y yo seguiré tus consejos respecto al médico, sin demora.
—Hará usted bien —repliqué—; pero yo tengo que quedarme con mi ama. Ocuparme de su hijo no es mi deber.
—Eres inflexible, ya lo sé, pero me obligarás a que pellizque al crío para hacerle chillar antes que moverte a compasión. Vamos pues, valiente, ¿estás dispuesto a volver escoltado por mí?
Se le acercó una vez más, como si fuera a coger a este frágil ser, pero él, retrocediendo, se agarró a su prima y le imploró que le acompañara con tan frenética insistencia que no admitía negativa. Aunque yo no lo aprobé, no pude detenerla y, ¿cómo podía ella negarse? No podíamos comprender qué era lo que le llenaba de semejante terror, pero ahí estaba, impotente bajo sus garras, parecía que, por poco que éste aumentara, el chico iba a llegar a la idiotez.
Llegamos al umbral. Catalina entró y yo me quedé esperando que llevara al enfermo a una silla, pensando que iba a salir enseguida, cuando Heathcliff me empujó hacia adelante, diciendo:
—No está mi casa apestada, Neli, y hoy se me antoja ser hospitalario. Siéntate y permíteme que cierre la puerta.
Cerró y echó el cerrojo: me estremecí.
—Tomarás el té antes de irte a casa. Estoy solo, Hareton se ha ido con el ganado a los pastizales de Lees , y Zila y José a un viaje de recreo. Y, aunque estoy acostumbrado a estar solo, prefiero tener compañía interesante, si puede ser. Señorita Linton, tome asiento junto a él. Le doy lo que tengo; el regalo apenas vale la pena aceptarlo, pero no tengo nada más que ofrecer. Me refiero a Linton. ¡Cómo me mira la niña! Es raro el salvaje sentimiento que tengo hacia todo el que parece temerme. Si hubiera nacido en un país de leyes menos rigurosas y gustos menos refinados, me regalaría con una vivisección de esos dos, como diversión nocturna.
Respiró hondo, dio un puñetazo en la mesa y juró para sí mismo:
—¡Por el infierno, cómo les odio!
—No le tengo miedo —exclamó Catalina, que no había oído la última parte de su discurso. Se le acercó, sus ojos negros fulguraban de ira y resolución:
—Deme la llave. La quiero. No comeré ni beberé aquí aunque me muera de hambre.
Heathcliff tenía la llave en la mano que había posado en la mesa. Alzó éste la vista y le detuvo una especie de sorpresa ante la osadía de la niña, o quizás, le recordó, por su voz y su mirada, a la persona de quien las había heredado. Le arrebató ésta la llave y casi consiguió sacarla de sus aflojados dedos, pero esta acción le volvió a él a la realidad y la recobró inmediatamente.
—Bien, Catalina Linton, si no se aparta la tiraré de un puñetazo, lo que volvería loca a la señora Dean.
Sin hacer caso de la advertencia, cogió de nuevo la mano cerrada de Heathcliff con su contenido.
—¡Nos iremos! —dijo, haciendo los máximos esfuerzos para que se relajaran los músculos de hierro y, viendo que las uñas no hacían efecto aplicó los dientes bien afilados.
Heathcliff me echó una mirada que me disuadió de interferir por el momento. Catalina estaba demasiado ocupada con sus dedos para ver el rostro de aquél, quien abrió la mano repentinamente y soltó el objeto de disputa, pero antes de que ella lo cogiera, agarró a la niña con su mano liberada, y poniéndola de rodillas, le propinó con la otra una lluvia de tremendas bofetadas a un lado y a otro de la cabeza, cada una de ellas capaz de cumplir su amenaza, si ella hubiera podido caerse. Ante esta diabólica violencia corrí hacia él furiosa:
—¡Bellaco, es usted un bellaco!
Un golpe en el pecho me hizo callar. Soy corpulenta y pronto pierdo el aliento, con esto y la rabia que tenía, me tambaleé aturdida, a punto de ahogarme o de que se me rompiera una vena.
La escena duró dos minutos; Catalina liberada se puso las manos en las sienes, como si no estuviera segura de conservar sus orejas. Temblaba como un junco y se apoyó contra la mesa enloquecida del todo.
—Sé cómo castigar a los niños, ya ves —dijo el bellaco ferozmente, mientras se agachaba para posesionarse de nuevo de la llave que se había caído al suelo—. Vete con Linton ahora y llora a tu gusto. Seré tu padre mañana, el único padre que tendrás dentro de pocos días... y recibirás muchos de éstos, puedes soportar muchos, no eres enclenque y tendrás tu ración diaria si vuelvo a descubrir en tus ojos ese temperamento demoniaco.
Cati corrió hacia mí en lugar de hacia Linton, y de rodillas puso su ardiente mejilla en mi regazo, llorando a gritos. Su primo estaba acurrucado en un rincón del escaño, inmóvil como un ratón, felicitándose, me atrevería a decir, de que el castigo hubiera caído sobre otro y no sobre él.
Heathcliff, viendo que todos estábamos consternados, se levantó, y muy expeditivo, hizo el té él mismo. Las tazas y los platillos estaban ya preparados, lo sirvió y me dio una taza:
—Lava tu bilis y sirve a tu malvado animalejo y al mío. No está envenenado aunque lo haya preparado yo. Voy a buscar vuestros caballos.
Nuestro primer pensamiento, cuando salió, fue abrirnos paso por cualquier parte. Intentamos la puerta de la cocina, pero estaba cerrada por fuera; miramos las ventanas, pero eran demasiado estrechas, aun para la delgada figura de Catalina.
—Linton Heathcliff —exclamé, viendo que estábamos totalmente prisioneras—: ¿Sabe usted lo que su diabólico padre pretende? Nos lo dice o le doy de bofetadas como él ha hecho con su prima.
—Sí, Linton, tienes que decirlo —dijo Catalina—. He venido por ti, sería una perversa ingratitud negarte.
—Dame una taza, tengo sed, y ya lo voy a decir. Señora Dean, váyase, no me gusta que esté tan cerca de mí. Bueno, Catalina, estás dejando caer las lágrimas en mi taza. No quiero beber ésta, dame otra.
Catalina le acercó otra taza de té y se secó la cara. Me sentí asqueada de la compostura de aquel malvado desde que ya no tenía miedo por él mismo. La congoja que había exhibido en los páramos cedió tan pronto como entró en Cumbres Borrascosas. Supuse que había sido amenazado con una horrible descarga de su furia si fracasaba en atraernos allí; una vez conseguido no tenía más temores inmediatos.
—Papá quiere que nos casemos —continuó después de sorber un poco de líquido—. Él sabe que tu papá no nos dejaría casarnos ahora, pero teme que me muera si esperamos, por eso nos vamos a casar mañana por la mañana, y estarás toda la noche aquí y, si haces lo que él quiere, volverás a casa al día siguiente y me llevarás contigo.
—¿Llevarle con ella, lamentable trastueco? —exclamé—. ¿Usted casarse? Bueno, este hombre está loco o cree que cada una de nosotras es tonta. ¿Se imagina que esta joven bonita, saludable y alegre muchacha, se unirá a un mico moribundo como usted? ¿Acaricia usted la idea de que alguien, aparte de la señorita Linton, le tomaría por marido? Se merece usted unos azotes por habernos traído con sus lloriqueos y viles mañas. No me mire con esa estupidez ahora. Tengo muchas ganas de zarandearle fuerte por su despreciable perfidia e imbécil presunción —le di un ligero meneo, pero le produjo tos, siguió su normal recurso de gemir y llorar, y Catalina me riñó.
—¿Estar toda la noche? ¡No! —dijo Catalina, mirando lentamente a su alrededor—. Elena, voy a prender fuego a esa puerta, pero saldré.
Iba a empezar la ejecución de la amenaza cuando Linton se levantó alarmado de nuevo por su preciosa persona, cogió a la niña entre sus débiles brazos, llorando...
—¿No quieres tenerme contigo y salvarme? ¿No me dejarás ir a la Granja? ¡Querida Catalina, no debes irte y dejarme, después de todo! Debes obedecer a mi padre, sí.
—Debo obedecer al mío y aliviarle de esta cruel inquietud. ¡Toda la noche! ¿Qué pensará? Debe estar ya desesperado. Romperé o quemaré algo para salir de esta casa. Estate tranquilo, no estás en peligro, pero si te me opones, Linton, quiero a papá más que a ti.
El mortal terror que sentía por la ira de Heathcliff devolvió al chico su cobarde elocuencia. Catalina estaba a punto de enloquecer, aún persistía en que tenía que ir a casa; intentó rogarle a su vez para persuadirle que dominara su egoísta congoja. Mientras estaban así ocupados entró nuestro carcelero.
—Vuestros caballos se han ido. Y bien, Linton ¿lloriqueando otra vez? ¿Qué te ha hecho? Termina. Vamos, vamos. Vete a la cama. En un mes o dos, hijo mío, tú serás capaz de devolverle sus tiranías presentes con mano dura. Estás suspirando de puro amor, ¿no es eso? Nada más en el mundo... ella será tuya. Bueno, a la cama. Zila no estará aquí esta noche, te tienes que desnudar solo. Silencio, calla ya. Una vez en tu cuarto no me acercaré, no temas. Por casualidad te has portado bastante bien. Yo me cuidaré de lo demás.
Dijo estas palabras sujetando la puerta para que su hijo pasara, el cual salió como podía haberlo hecho un perrito que sospechara que la persona que la abre tuviera el propósito de estrujarle a traición. El cerrojo volvió a correrse. Heathcliff se acercó al fuego donde mi ama y yo estábamos en silencio. Catalina levantó la cabeza e instintivamente se puso la mano en la mejilla, como si su vecindad reavivara una dolorosa sensación. Nadie podía haber juzgado este gesto infantil con severidad, pero él le frunció el ceño y le dijo:
—Con que no me tienes miedo. Tu valor está bien disimulado, pareces horriblemente asustada.
—Sí, tengo miedo ahora. Porque si me quedo papá estará muy triste y ¿cómo puedo soportar causarle esta tristeza cuando él... cuando él...? Señor Heathcliff, déjeme irme a casa. Yo le prometo casarme con Linton, a papá también le gustará y yo le amo y ¿por qué me ha de obligar usted a hacer lo que yo haré de buen grado?
—Déjele que la obligue —dije yo—. Hay leyes en el país, gracias a Dios las hay, aunque estemos en lugar apartado. Le denunciaría, aunque fuera mi propio hijo, y es un delito sin privilegio de clerecía.
—¡Silencio! —dijo el rufián—. ¡Al diablo con vuestros clamores! No necesito vuestras palabras. Señorita Linton, yo disfrutaré lo indecible pensando que su padre está triste. No dormiré de satisfacción. No podría haber encontrado nada más satisfactorio para fijar su residencia bajo mi techo las próximas veinticuatro horas, que informarme de que tal cosa iba a ocurrir. En cuanto a tu promesa de casarte con Linton, ya me cuidaré yo de que la mantengas, porque no saldrás de aquí sin haberla cumplido.
—Mande, pues, a Elena para informar a papá de que estoy bien —exclamó Catalina, llorando amargamente—. O cáseme ahora. ¡Pobre papá, Elena, creerá que nos hemos perdido! ¿Qué vamos a hacer?
—¡No! Él creerá que te has cansado de cuidarle y te has escapado a divertirte un poco. No se puede negar que entraste en mi casa por tu propio acuerdo, despreciando sus órdenes de lo contrario. Y es muy natural que desees divertirte a tu edad y que te canses de cuidar a un enfermo, cuando este enfermo es sólo tu padre. Catalina, los más felices días de éste habían pasado cuando empezaron los tuyos. Me atrevería a decir que él te maldijo cuando viniste a este mundo, yo lo hice por lo menos, y daría lo mismo que te maldijera al irse de él. Yo me uniré. No te quiero. ¿Cómo te voy a querer? Llora, sí. Por lo que puedo suponer, ésta será tu principal diversión de aquí en adelante, a no ser que Linton te recompense por otras pérdidas, según parece que imagina tu providente padre. Sus cartas de consejo y consuelo me divertían mucho. En la última recomendaba a mi tesoro que cuidara del suyo y que fuera cariñoso cuando estuviera con él. Cuidadoso y amable, ¡qué paternal! Linton requiere toda su provisión de cuidado y amabilidad para él sólo, puede muy bien representar el papel de pequeño tirano. Procedería a torturar un sinnúmero de gatos, si primero se les sacaran los dientes y cortaran las uñas. Podrás contarle a su tío bonitas historias de su amabilidad cuando vuelvas a casa, te lo aseguro.
—Tiene usted razón —dije—. Explique el carácter de su hijo, muestre su parecido con usted y entonces espero que la señorita Cati lo pensará dos veces antes de unirse al basilisco.
—No me importa mucho hablar ahora de sus amables cualidades, porque ella, o bien acepta, o se queda prisionera, y tú con ella, hasta que se muera tu amo. Os puedo retener a las dos del todo ocultas aquí. Si lo dudas, anímale a que retire su palabra y tendrás oportunidad de juzgar.
—No me retractaré. Me casaré con él ahora mismo, si puedo ir después a la Granja de los Tordos. Señor Heathcliff, usted es cruel, pero no es un demonio, y no va, sólo por pura maldad, a destruir irrevocablemente mi felicidad. Si papá creyera que le había dejado deliberadamente, y hubiera muerto antes de que yo volviera, ¿podría sobrellevar mi vida? Ya no lloro, pero me voy a arrodillar aquí a sus pies, y no me levantaré, y no apartaré mis ojos de su rostro hasta que me mire. Míreme. No verá nada que le provoque. No le odio. No me enfada que me haya pegado. ¿No ha amado usted a nadie en su vida, tío, nunca? Míreme sólo una vez, soy tan desdichada que no puede menos de dolerse y compadecerme.
—Aparta esos dedos de lagartija, y vete o te daré de patadas —dijo Heathcliff, rechazándola bruscamente—. Preferiría que se me enroscase una serpiente. ¿Cómo demonio puedes soñar en adularme? Te detesto.
Se encogió de hombros, se sacudió como si su carne se estremeciera de odio, echó atrás su silla, mientras yo me levantaba y abría la boca para empezar a soltarle un torrente de insultos, pero tuve que enmudecer a mitad de la primera frase, por sus amenazas de que me metería en una habitación sola, a la primera sílaba que pronunciase.
Estaba oscureciendo, oímos voces en la puerta del jardín. Nuestro huésped salió corriendo al momento; él tenía dominio de sí mismo, nosotras no. Hubo una conversación de dos o tres minutos y volvió solo.
—Pensaba que sería su primo Hareton —le dije a Catalina—. Me gustaría que viniera. Quién sabe si se pondría de nuestra parte.
—Eran tres criados que venían de la Granja a buscaros —dijo Heathcliff, que me había oído—. Podíais haber abierto la celosía y gritar. Juraría que la cría está contenta de no haberlo hecho: está contenta de que se le obligue a quedarse.
Al darnos cuenta de la oportunidad que habíamos perdido, dimos rienda suelta a nuestro dolor, y él nos dejó lamentarnos hasta las nueve. Entonces nos hizo subir, a través de la cocina, al cuarto de Zila, y yo susurré a mi compañera que obedeciese. Quizás podríamos ingeniárnoslas para salir allí por una ventana, o si no al desván y luego por el tragaluz.
La ventana, sin embargo, era tan estrecha como las de abajo y la trampa del desván estaba asegurada contra nuestros intentos. Estábamos, pues, encerradas como antes.
Ninguna de las dos nos acostamos. Catalina se sentó junto a la celosía, esperando con ansiedad la mañana. Un profundo suspiro era la única respuesta que pude obtener a mis frecuentes ruegos para que intentara descansar. Yo me senté en una silla; meciéndome, iba haciendo un duro examen de las muchas veces que falté a mi deber, de lo que, se me ocurrió entonces, provenían todas las desgracias de mis amos. No era así en realidad, lo era en mi imaginación esa noche triste, y pensé que el mismo Heathcliff era menos culpable que yo.
A las siete vino y preguntó si la señorita se había levantado. Corrió ésta hacia la puerta inmediatamente y contestó: «Sí.»
—Aquí, pues —dijo él, abriendo la puerta y tirando de ella hacia afuera.
Me levanté para seguirla, pero echó el cerrojo de nuevo. Le pedí que me liberara.
—Ten paciencia —replicó—; te mandaré subir el desayuno dentro de un rato.
Golpeé la puerta, sacudí el pestillo con rabia y Catalina le preguntó por qué estaba yo todavía encerrada. Le contestó que tenía que aguantarme una hora más, y se marcharon.
Me tuve que aguantar dos o tres horas, al final oí pasos que no eran los de Heathcliff.
—Le traigo algo de comer —dijo una voz—; abra la puerta.
Obedecí con presteza y vi a Hareton cargado con comida suficiente para que me durara todo el día.
—Tenga —añadió, poniendo la bandeja en mis manos.
—Espera un minuto —dije.
—¡No! —gritó, retirándose sin hacer caso a mis ruegos de que se detuviera.
Y allí me quedé encerrada todo el día y toda la noche siguiente, y otra y otra. Cinco noches y cuatro días me quedé, en total, sin ver a nadie más que a Hareton, una vez cada mañana, que era un carcelero modelo: huraño, mudo y sordo a todo intento de conmover su sentido de justicia o compasión.

Capítulo XXVIII

A la quinta mañana, o más bien a la quinta tarde, unos pasos distintos se acercaron —más ligeros y más cortos— y esta vez la persona entró en la habitación. Era Zila con su chal rojo puesto, tocada con su capota de seda negra y con una cesta de mimbre colgando de su brazo.
—¡Querida señora Dean! —exclamó—. Bueno, se habla de usted en Gimmerton. Se cayó en la charca del Caballo Negro, y la señorita también, no lo creí, pero el amo me dijo que las había encontrado y que las tenía alojadas aquí. Debieron ustedes haber tocado en una isla, seguro. ¿Y cuánto tiempo estuvieron en el agujero? ¿Les salvó el amo, señora Dean? Pero no está usted muy delgada, no ha sufrido usted mucho, ¿verdad?
—¡Su amo es un perfecto bellaco! Tendrá que responder de esto. No tenía por qué haber inventado este cuento. Todo se sabrá.
—¿Qué quiere decir? No es su cuento: lo que dicen en el pueblo es que se perdió en la ciénaga, y cuando vine le dije a Earnshaw: «Parece que han ocurrido cosas raras desde que me marché. ¡Qué lástima de esa joven tan bonita y de la vivaz Neli Dean!» Él me miró. Pensé que no sabía nada y le conté el rumor. El amo estaba escuchando y sonriendo para sí dijo:
—Sí, cayeron en la ciénaga, ahora ya han salido, Zila. Neli Dean está alojada en su habitación. Cuando usted suba puede decirle que se largue, aquí está la llave. El agua del pantano le atacó a la cabeza y hubiera corrido a casa completamente ida, pero la detuve aquí hasta que recobró el sentido. Dile que se vaya a la Granja enseguida, si puede, y que lleve de mi parte el mensaje de que su ama la seguirá a tiempo de asistir al entierro del caballero.
—¿Ha muerto el señor Edgar Linton? —dije, sin aliento—. ¡Oh, Zila, Zila!
—No, no. Siéntese, mi buena amiga. Usted está todavía enferma. No ha muerto. El doctor cree que bien puede durar un día más. Le encontré en el camino y se lo pregunté.
En lugar de sentarme, agarré mi ropa de calle y bajé corriendo, puesto que el camino estaba libre. Al entrar en la casa busqué alguien que me diera información de Catalina. El sol inundaba la estancia y la puerta estaba abierta de par en par, pero no había nadie por allí. Mientras vacilaba entre irme enseguida o volver a buscar a mi señora, una ligera tos atrajo mi atención hacia el hogar. Allí estaba Linton tumbado en el escaño, único habitante de la estancia, chupando una barra de azúcar cande y siguiendo mis movimientos con ojos apáticos.
—¿Dónde está Catalina? —pregunté seriamente, suponiendo que le asustaría y me daría información, al cogerle así solo.
Siguió chupando como un tonto.
—¿Se ha ido? —dije.
—No, está arriba, no se irá, no la dejaremos que se vaya.
—No la dejaréis que se vaya, pequeño idiota. Llévame a su cuarto ahora mismo, o le haré a usted cantar.
—Papá le hará cantar a usted si intenta ir allí. Dice que no tengo que ser blando con Catalina. Es mi mujer y es vergonzoso que pretenda dejarme. Él dice que me odia y que quiere que me muera para tener mi dinero, pero no lo tendrá. Y no irá a casa. No irá nunca, ya puede llorar y enfermarse tanto como le plazca.
Continuó con su anterior ocupación, cerrando los párpados como si quisiera dormirse.
—Señor Linton Heathcliff —continué—. ¿Ha olvidado todas las bondades de Catalina el invierno pasado cuando usted decía que la amaba, y cuando le traía libros, y le cantaba canciones, y muchas veces venía a verle a pesar del viento y de la nieve? Lloró por perder una noche de venir a verle, porque estaría usted triste, y sentía entonces que ella era cien veces demasiado buena para usted; y ahora se cree las mentiras de su padre, aunque sabe que les detesta a los dos, y usted se une a él en contra suya. Esto es una bonita ingratitud, ¿no es cierto?
Se le bajaron las comisuras de la boca y quitó de sus labios el azúcar cande.
—¿Venía su prima a Cumbres Borrascosas porque le odiaba a usted? Piense. Y en cuanto a su dinero, ella ni siquiera sabe si tendrá usted algo. Y dice que está enferma y, sin embargo, la deja sola, allí arriba, en una casa extraña, usted que sabe lo que es estar abandonado. Se lamentaba usted de sus propios sufrimientos, y ella se dolía de ellos, y usted no se duele de los de ella. Yo lloro, ya lo ve —una mujer mayor y nada más que una criada— y usted, después de fingir tanto cariño, y teniendo razones casi para adorarla, se guarda las lágrimas para usted solo y está ahí tendido tan tranquilo. ¡Criatura cruel y egoísta!
—No puedo estar con ella —contestó con enfado—. No quiero estar solo con ella. Llora y no la puedo aguantar. Y no cesa, aunque le diga que llamaré a papá. Le llamé una vez y la amenazó con estrangularla si no se callaba, pero empezó de nuevo en cuanto él salió de la habitación; gimiendo y lamentándose toda la noche, aunque yo chillaba de fastidio porque no podía dormir.
—¿Ha salido el señor Heathcliff? —pregunté, dándome cuenta de que la malvada criatura no era capaz de condolerse de las torturas mentales de su prima.
—Está en el patio, hablando con el doctor Kenneth, quien dice que el tío se está muriendo al fin. Estoy contento porque así seré el amo de la Granja cuando se muera; Catalina hablaba siempre de su casa y no es suya, es mía; papá dice que todo lo que tiene es mío. Todos sus libros bonitos son míos; prometió regalármelos, si yo me hacía con la llave de nuestra habitación y la dejaba salir, y sus preciosos pájaros, y su jaca Mini; pero le dije que no tenía nada que dar, que todo era mío. Entonces ella lloró y se quitó un medallón del cuello y dijo que me lo daría; eran dos retratos en un estuche de oro, en un lado su madre y en el otro el tío, cuando eran jóvenes. Esto fue ayer, y le dije que eran míos también e intenté cogérselo, pero la malévola criatura no me los dejaba coger y me dio un empujón y me hizo daño. Chillé, eso la asustó; oyó venir a papá y rompió las bisagras y dividió el estuche y me dio el retrato de su madre, el otro intentó esconderlo, pero papá preguntó qué pasaba y se lo expliqué. Me cogió el que yo tenía y le ordenó que me entregara el suyo. Se negó y él... la tiró al suelo y le arrancó la cadena y la aplastó con el pie.
—¿Y a usted le gustaba ver cómo la pegaba? —le pregunté, porque tenía mis planes al animarle a hablar.
—Cerré los ojos. Los cierro siempre que veo a papá que pega a un perro o a un caballo, lo hace tan fuerte. Sin embargo, al principio estaba contento, ella se merecía un castigo por empujarme; pero cuando papá se fue me hizo acercarme a la ventana y me mostró un corte en la mejilla por dentro, contra los dientes, y la boca llena de sangre; entonces recogió los pedacitos del retrato y fue y se sentó de cara a la pared, y no me ha hablado desde entonces, a veces pienso si no puede hablar por el dolor. No me gusta pensar eso, pero es mala por llorar continuamente; está tan pálida y tiene un aspecto tan feroz que me da miedo.
—¿Puede usted coger la llave, si quiere?
—Sí, cuando estoy arriba, pero no puedo subir ahora.
—¿En qué habitación está?
—¡Ah, no le diré donde está! Es nuestro secreto. Nadie, ni Hareton, ni Zila, lo van a saber. Ea, me está usted cansando, váyase, váyase.
Puso la cara sobre su brazo y cerró los ojos de nuevo.
Pensé que lo mejor era marcharme sin ver a Heathcliff y traer socorro de la Granja para rescatar a mi ama. Al llegar allí el asombro de mis queridos compañeros los criados, y su alegría también, fueron inmensos, y, cuando oyeron que el ama estaba a salvo, dos o tres estuvieron a punto de echar a correr y gritar la noticia en la puerta del señor Linton, pero me encargué yo misma de comunicársela.
¡Qué cambiado le encontré, aun en tan pocos días! Tendido, era la imagen de la tristeza y de la resignación esperando su muerte. Parecía muy joven. Aunque su edad era treinta y un años, se hubiera dicho que era diez años más joven, por lo menos. Pensaba en Catalina, pues murmuró su nombre. Le toqué la mano y hablé:
—Catalina ya viene, querido amo, está viva y bien, y espero que esté aquí esta noche.
Temblé ante los primeros efectos de esta noticia: medio se incorporó, echó una ansiosa mirada por la habitación, y se hundió luego en un desmayo. Cuando volvió en sí le relaté nuestra forzada visita a las Cumbres. Le dije que Heathcliff me obligó a entrar, lo que no era del todo verdad. Hablé lo menos posible contra Linton, y no le describí la brutal conducta de su padre; mi intención no era añadir amargura, si podía evitarlo, a su ya rebosante cáliz.
Adivinó que uno de los propósitos de su enemigo era asegurar su fortuna personal, lo mismo que la rústica, para su hijo, o más bien para él; sin embargo, por qué no esperaba a su muerte, era un enigma para mi amo: ignoraba que él y su sobrino iban a abandonar este mundo casi al mismo tiempo. Creyó que lo mejor era alterar el testamento. En lugar de dejar a Catalina su fortuna para que ella dispusiera, decidió ponerla en manos de administradores para que ella tuviera el usufructo mientras viviera, y que pasara a los hijos, si los tenía, después de su muerte. Por este procedimiento no caería la fortuna en manos de Heathcliff, aun si Linton muriese.
Habiendo recibido sus órdenes, mandé a un hombre a buscar al notario, y a cuatro, provistos con armas convenientes, para demandar la joven a su carcelero. Uno y otros tardaron mucho en volver. El criado que iba solo volvió primero. Dijo que el señor Green, el abogado, estaba ausente cuando llegó a su casa, y que tuvo que esperar dos horas a que regresara. Entonces este señor le dijo que tenía un pequeño asunto que resolver en el pueblo, pero que estaría en la Granja de los Tordos antes de la mañana. Los cuatro hombres volvieron solos también. Trajeron el mensaje de que Catalina estaba enferma, demasiado enferma para dejar su habitación, y que Heathcliff no les permitió verla.
Reñí a aquellos estúpidos por escuchar aquel cuento, que no iba a transmitir a mi amo. Resolví llevar una verdadera hueste a las Cumbres al amanecer y asaltarlas, literalmente, a no ser que se nos entregara a la prisionera de buen grado.
—Su padre la verá —juré una y otra vez— aunque haya que matar a ese diablo en el umbral de su casa, si intenta oponerse a ello.
Por fortuna, pude ahorrarme la expedición y el trabajo. Había yo bajado a las tres a buscar un jarro de agua, y al pasar por el vestíbulo con él en la mano, un fuerte golpe en la puerta me sobresaltó.
—¡Ah! Es Green —me dije, recordando—, sólo puede ser Green —y continué, pensando mandar a alguien a que abriera, pero se repitió la llamada, no fuerte pero sí insistente. Puse el jarro en el pasamanos y me apresuré a abrir yo misma. La luna llena otoñal brillaba en el exterior. No era el notario. Mi querida y dulce ama me saltó al cuello sollozando.
—¡Elena! ¡Elena! ¿Papá vive?
—¡Sí, ángel mío, sí! ¡Alabado sea Dios que estás a salvo con nosotros!
Quería correr, sin aliento como estaba, a la habitación de su padre, pero yo la insté a que se sentara en una silla, le hice beber, le lavé la cara, tan pálida, y la froté con mi delantal para sacarle un poco de color. Entonces le dije que iría yo primero a anunciarle su llegada, rogándole que le dijera que iba a ser feliz con el joven Linton. Me miró asombrada, pero pronto comprendió por qué le aconsejaba semejante mentira; me aseguró que así lo haría.
No tuve valor de presenciar el encuentro. Me quedé fuera, en la puerta de la alcoba, un cuarto de hora, y apenas me aventuré entonces a acercarme a la cama. Todo estaba sosegado. La desesperación de Catalina era tan silenciosa como la alegría de su padre. Ella le sujetaba con tranquilidad aparente y él tenía fijos en el rostro de su hija los ojos levantados, que parecían dilatados por el éxtasis.
Murió como un bienaventurado, señor Lockwood. Sí, besando la mejilla de su hija murmuró:
—Me voy con ella, y tú, querida mía, vendrás con nosotros.
Ya no se movió ni habló más, pero continuaron aquel éxtasis y mirada radiantes, hasta que su pulso se paró imperceptiblemente, y su alma se elevó. Nadie pudo darse cuenta del minuto exacto de su muerte, tan apacible fue.
Sea porque Catalina había agotado sus lágrimas o porque el dolor era demasiado pesado para dejarlas fluir, se quedó allí sentada con los ojos secos hasta que salió el sol, siguió sentada hasta mediodía, y se hubiera quedado más, meditando sobre ese lecho de muerte, pero yo insistí en que saliera y reposara un poco.
Por fortuna, conseguí sacarla de allí, porque a la hora de comer llegó el abogado, que había pasado por Cumbres Borrascosas para recibir instrucciones en cuanto a su actuación: se había vendido al señor Heathcliff y esa fue la causa del retraso en cumplir las órdenes de mi amo, por cuya mente, por ventura, no había cruzado ningún pensamiento mundano que le perturbara, desde la llegada de su hija.
El señor Green se encargó de dar órdenes para todo y para todos en la casa. Despidió a todos los criados excepto a mí. Y hubiera llevado su delegada autoridad hasta el punto de insistir en que a Edgar Linton no se le enterrara junto a su mujer, sino dentro de la capilla con su familia. Para evitar esto había un testamento y mis enérgicas protestas contra cualquier infracción de sus disposiciones.
El entierro se hizo a toda prisa. A Catalina, ahora señora Linton Heathcliff, se le permitió quedarse en la Granja hasta que saliera el cadáver de su padre.
Me contó que su angustia incitó al fin a Linton a correr el riesgo de liberarla. Ella oyó a los hombres que yo había mandado discutiendo en la puerta, comprendió el sentido de la respuesta de Heathcliff, llegando al límite de la desesperación. Linton, a quien habían llevado al gabinete después de haberme ido yo, se aterrorizó tanto que fue en busca de la llave antes de que su padre volviera a subir. Tuvo la astucia de correr el cerrojo y volverlo a echar sin cerrar la puerta y, cuando tuvo que irse a la cama, pidió dormir con Hareton, petición que le fue concedida por una vez. Catalina huyó antes del amanecer. No se atrevió a salir por la puerta, no fuera que los perros dieran la alarma. Pasó por las habitaciones vacías inspeccionando las ventanas; por fortuna, al llegar a la de su madre, pudo pasar de su celosía al suelo con ayuda de un abeto contiguo. Su cómplice sufrió lo suyo por su participación en la fuga, a pesar de sus tímidos subterfugios.


Capítulo XXIX

La tarde después del entierro, mi joven ama y yo estábamos sentadas en la biblioteca, ya cavilando tristemente —una de nosotras con desesperación— sobre nuestra pérdida, ya haciendo conjeturas sobre nuestro oscuro porvenir.
Estuvimos de acuerdo en que el mejor destino que le podía esperar a Catalina era que se le permitiera continuar residiendo en la Granja, por lo menos mientras viviera Linton, que a él se le autorizara a reunirse con ella aquí, y a mí quedarme de ama de llaves. Éste era un arreglo demasiado favorable para poder esperar en él; sin embargo, yo confié, y empecé a ilusionarme con la perspectiva de conservar mi casa y mi empleo y, por encima de todo, a mi querida Catalina, cuando un criado —uno de los despedidos, pero que todavía no se había ido— entró precipitadamente y dijo que «ese demonio de Heathcliff» entraba por el patio y que si tenía que cerrarle la puerta en las narices.
Si hubiéramos sido tan insensatas como para ordenárselo, no nos hubiera dado tiempo. No guardó la ceremonia de llamar y de anunciarse: era el amo y se adjudicaba el privilegio de amo de entrar directamente sin decir una palabra. La voz de nuestro informante le dirigió a la biblioteca. Entró, y echándole, cerró la puerta.
Era aquella la misma habitación en la que había sido recibido, como invitado, hacía dieciocho años: la luz de la misma luna brillaba a través de la ventana y por fuera se extendía el mismo paisaje otoñal. No habíamos encendido aún una vela, pero toda la estancia quedaba iluminada, incluso los retratos de la pared: la espléndida cabeza de la señora Linton y la muy agraciada de su marido.
Heathcliff avanzó hacia el hogar. El tiempo le había cambiado un poco. Era la misma persona: su rostro moreno, un poco más cetrino y más sosegado, el cuerpo algo más pesado quizás, esa era toda la diferencia.
Catalina, cuando le vio, se puso de pie con el impulso de salir.
—¡Alto! —dijo, deteniéndola por el brazo—. Basta ya de escapadas. ¿A dónde irías? Vengo a buscarte para llevarte a casa, y supongo que serás una hija sumisa y no incitarás a mi hijo a más desobediencias. Estaba indeciso sobre cómo castigarle cuando descubrí su parte en el asunto. Es tan parecido a una tela de araña que un pellizco le aniquilaría. Ya verás por su aspecto que recibió su merecido. Le bajé una noche, anteayer, le senté en una silla, y ya no le toqué más. Mandé salir a Hareton, estuvimos los dos solos en la habitación, y a las dos horas llamé a José para que lo subiera de nuevo. Desde entonces mi presencia actúa sobre sus nervios como si fuera un fantasma y, yo creo, que me ve aunque no esté cerca de él. Hareton dice que a cada hora se despierta y grita, y te llama para que le protejas de mi ira. Tanto si amas o como si no a tu precioso consorte, tienes que venir, él es ahora tu preocupación. Te cedo todo el interés que tengo en él.
—¿Por qué no deja que Catalina continúe aquí? —rogué—, y nos manda a Linton. Como odia a los dos, no los echará de menos; serán sólo un tormento constante para su desnaturalizado corazón.
—Estoy buscando un inquilino para la Granja —contestó—, además quiero tener a mis hijos a mi lado, y esta joven tiene que servirme para ganarse el pan; no voy a mantenerla en el lujo y la ociosidad cuando Linton haya muerto. Date prisa y prepárate, no me obligues a forzarte.
—Iré. Linton es todo lo que tengo que amar en el mundo y, aunque usted ha hecho todo lo posible para que le odie y él a mí, no puede hacer que nos odiemos mutuamente. Y le desafío a que le haga daño cuando yo esté a su lado, y le desafío a que me amedrente a mí.
—¡Eres un arrogante campeón! —replicó Heathcliff—; pero no te quiero lo bastante para hacerle daño; tú tendrás todo el beneficio del tormento mientras viva. No soy yo quien te lo hará odioso, será su propia delicadeza de espíritu. Está amargo como la hiel con tu huida, y no esperes agradecimiento por tu noble abnegación. Le oí que le pintaba a Zila el más bonito cuadro de lo que haría si fuera tan fuerte como yo. La inclinación está ahí, y su misma debilidad agudizará su ingenio para encontrar un sustituto a la fuerza.
—Ya sé que tiene mal carácter, es su hijo. Y estoy contenta de que el mío sea mejor; yo sé que él me quiere, por eso le quiero yo a él. Señor Heathcliff, usted no tiene a nadie que le ame, por muy desdichados que nos haga, tendremos la venganza de pensar que su crueldad procede de su desdicha, que es aún mayor. Es usted desgraciado, ¿no es cierto? Solitario como el demonio y envidioso como él. Nadie le ama a usted, nadie llorará cuando se muera. ¡No quisiera estar en su lugar!
Catalina hablaba con una especie de triunfo doloroso: parecía decidida a entrar en el espíritu de su futura familia, y sacaba satisfacción del dolor de sus enemigos.
—Tendrás que compadecerte de ti misma si estás ahí un minuto más. Vamos, bruja, recoge tus cosas.
Salió con desprecio. En su ausencia le pedí el cargo de Zila en las Cumbres, y le ofrecí cederle el mío aquí. No aceptó de ninguna manera. Me hizo callar, y entonces, por primera vez, echó un vistazo por la habitación y miró los retratos. Después de contemplar el de la señora Linton, dijo:
—Me llevaré éste a mi casa, no porque lo necesite, pero...
Se volvió bruscamente hacia el fuego y continuó con lo que, por falta de otra palabra mejor, llamaré sonrisa:
—Te tengo que contar lo que hice ayer. Mandé al sepulturero que estaba cavando la fosa de Edgar, que quitase la tierra que cubría el ataúd de ella, y lo abrí. Pensé por un momento que me quedaría allí para siempre, al ver su rostro —es el suyo aún— le costó trabajo al hombre apartarme y dijo que se alteraría si el aire soplaba en él. Arranqué un lado del ataúd llené éste de tierra, no el del lado de Edgar, ¡maldito sea!, quisiera que estuviera soldado con plomo. Soborné al sepulturero para que lo quiten también del mío cuando me entierren. Esto se hará, y entonces, cuando Linton se acerque a nosotros, no sabrá quién es quién.
—Ha sido usted siniestro, señor Heathcliff —repliqué—. ¿No le avergüenza haber ido a perturbar a los muertos?
—No perturbé a nadie, Neli. Me di a mí mismo un pequeño consuelo. Estaré mucho más tranquilo ahora, y vosotros tendréis más oportunidad de mantenerme bajo tierra cuando esté allí. ¿Perturbarla? No, ella me ha perturbado noche y día, durante dieciocho años, constantemente, sin piedad, hasta anoche. Y anoche yo estaba tranquilo. Soñé que dormía mi último sueño, junto a esa durmiente, con mi corazón parado, y mi mejilla helada pegada a la suya.
—Y si ella se hubiera convertido en tierra, o algo peor, ¿qué hubiera soñado entonces?
—Que me disolvía con ella y sería más feliz aún. ¿Te imaginas que le temo a un cambio así? Esperaba esa transformación al levantar la cubierta, pero prefiero que no empiece hasta que yo no participe. Si yo no hubiera tenido la impresión clara de sus facciones serenas, ese extraño sentimiento apenas hubiera desaparecido. Empezó de una manera extraña. Ya sabes, yo estaba medio loco cuando ella murió, y sin cesar, de amanecer en amanecer, rogándole que volviera a mí... su alma. Tengo gran fe en los espíritus, tengo la convicción de que están, de que existen, entre nosotros. El día que se la enterró cayó una gran nevada. Por la noche fui al cementerio. Soplaba un viento frío de invierno; en torno todo estaba solitario. No temía que el tonto de su marido saliera de su madriguera tan tarde, y nadie más tenía que hacer allí. Solo, y consciente de que dos yardas de tierra blanda era la única barrera entre los dos, me dije: «La tendré entre mis brazos de nuevo: si está fría, pensaré que es este viento del norte que me hiela, y si está inmóvil es que duerme.» Cogí una azada del cobertizo de las herramientas, y empecé a cavar con todas mis fuerzas; raspó el ataúd. Me puse a trabajar con las manos. La madera empezó a crujir por los tornillos, estaba a punto de alcanzar mi deseo, cuando me pareció oír un suspiro de alguien desde arriba, junto al borde de la tumba e inclinándose. «Si sólo pudiera levantar esto», murmuré, «quisiera que nos echaran tierra sobre los dos» y me esforcé más desesperadamente aún. Oí otro suspiro junto a mi oído, y me pareció sentir su aliento caliente desplazando al viento cargado de escarcha. Yo sabía que no había ningún ser viviente de carne y hueso por allí. Pero de la misma manera que tú percibes la cercanía de un cuerpo material en la oscuridad, aunque no lo veas, con la misma seguridad yo sentía que Cati estaba allí, no debajo de mí, sino sobre la tierra. Una repentina sensación de alivio fluyó desde mi corazón por todos mis miembros.
Dejé mi trabajo agotador y al punto quedé consolado, inefablemente consolado. Su presencia estaba conmigo, y se quedó mientras volvía a llenar la fosa, y me trajo a casa. Puedes reírte si quieres, pero yo estaba seguro de verla allí, estaba seguro de que estaba conmigo y no podía menos de hablarle. Al llegar a las Cumbres corrí ansioso a la puerta: estaba cerrada. Recuerdo que el maldito de Earnshaw y mi mujer no me dejaban entrar. Recuerdo que me detuve a arrancarle el resuello a patadas, y corrí hacia arriba, a mi habitación, y la suya. Miré a mi alrededor con impaciencia, la sentía junto a mí, podía casi verla y, sin embargo, no la veía. Debí de sudar sangre entonces por la angustia de mis deseos, por el fervor de mis súplicas, para tener de ella sólo un vislumbre: no tuve ni uno solo. Se mostró a sí misma, como a veces hacía en vida, un demonio para mí. Desde entonces, unas veces más, otras menos, he sido el juguete de esta intolerable tortura. Tortura infernal, que ha tenido mis nervios en tal tensión que, si no hubieran sido como cuerdas de violín, hace tiempo se hubieran debilitado tanto como los de Linton. Cuando me sentaba en la casa con Hareton parecía que al salir la iba a encontrar; cuando andaba por los páramos, que la encontraría viniendo; cuando salía de casa, me apresuraba a volver, tenía que estar en alguna parte en las Cumbres, estaba seguro. Cuando dormía en su alcoba me sentía rechazado, no podía estar acostado allí: en el momento que cerraba los ojos ella estaba fuera de la ventana, o se deslizaba por los paneles o entraba en la alcoba, o aún descansaba su querida cabeza en la misma almohada, como hacía cuando era niña. Tenía que abrir los ojos para ver, y así los abría y cerraba cien veces cada noche, para sufrir cada vez un desengaño. ¡Me atormentaba! A menudo gemía en voz alta, hasta ese viejo malvado de José, sin duda, creyó que mi conciencia estaba poseída por el demonio. Ahora, desde que la he visto, estoy un poco más tranquilo. Era aquella una extraña manera de matar, no por pulgadas, sino por fracciones del grosor de un pelo, para engañarme con el espectro de la esperanza, ¡durante dieciocho años!
Heathcliff hizo una pausa y se secó la frente; tenía el pelo pegado, mojado de sudor; sus ojos fijos en las rojas brasas del fuego; las cejas, no contraídas, sino levantadas junto a las sienes, disminuían el tenebroso aspecto de su rostro, pero le daban un aspecto peculiar de disgusto y una penosa apariencia de tensión mental hacia un objeto absorbente. Él, sólo medio se dirigía a mí, y yo estaba en silencio; no me gustaba oírle hablar.
Al poco reanudó su meditación sobre el retrato: lo descolgó y lo apoyó contra el sofá para contemplarlo mejor. Mientras estaba ocupado en esto, entró Catalina anunciando que estaba lista para cuando su jaca estuviese ensillada.
—Envía eso mañana —me dijo Heathcliff y, volviéndose hacia ella, añadió—. Te podrás arreglar sin tu jaca, hace muy buena noche, y no necesitas jacas en Cumbres Borrascosas, para los viajes que vas a hacer te servirán los pies. Vamos.
—Adiós, Elena —susurró mi joven y querida ama. Al besarme sus labios estaban como el hielo—. Ven a verme, Elena, no te olvides.
—Cuídate de hacer semejante cosa, Elena Dean —dijo su nuevo padre—. Cuando quiera hablar contigo vendrá aquí. No necesito que vengas a entrometerte en mi casa.
Le hizo seña de que fuera delante y, echándome una mirada que me partió el alma, obedeció.
Desde la ventana les vi cruzar el jardín. Heathcliff puso el brazo de Catalina bajo el suyo —aunque ella se resistió, sin duda, al principio— y con rápidos pasos se la llevó por el sendero cuyos árboles pronto les ocultaron.

Capítulo XXX

Hice una visita a las Cumbres, pero no la he visto desde que se fue. José sujetaba la puerta con la mano cuando fui a preguntar por ella, y no me dejó pasar. Dijo que la señora Linton estaba ocupada, y que el amo no estaba en casa. Zila me ha contado algo de cómo van las cosas, si no yo apenas sabría si estaba viva o muerta. Ella cree que Catalina es altiva y no la quiere, según adivino por su charla. Mi ama, al principio, cuando llegó, le pidió que le atendiera en algo, pero el señor Heathcliff le dijo que se cuidara de sus cosas, y que dejara que su nuera se atendiera a sí misma, a lo que Zila de buen grado asintió; como es mujer poco inteligente, es egoísta. Catalina mostró un enfado infantil por este abandono, que pagó con desprecio, y así pudo poner a mi informante en la lista de sus enemigos, como si le hubiera causado un daño grande.
Tuve una larga conversación con Zila hace unas seis semanas, un poco antes de que usted viniera, un día que nos encontramos en los páramos, y esto fue lo que me contó:
—Lo primero que hizo la señora Linton cuando llegó a las Cumbres fue correr hacia arriba sin ni siquiera darnos las buenas noches a José y a mí. Se encerró en la habitación de Linton y allí se quedó hasta la mañana. Entonces, mientras el amo y Earnshaw estaban desayunando, entró y preguntó, toda temblorosa, si se podía ir a buscar a un médico; su primo estaba muy mal.
—Ya lo sabemos —contestó Heathcliff—; pero su vida no vale un farthing , no me lo gastaré en él.
—Pero no sé qué hacer —dijo ella—, y si nadie me ayuda se morirá.
—Sal de la habitación, no quiero saber de él ni una palabra más, a nadie de aquí le importa lo que le ocurra, si a ti sí, haz de enfermera, y si no, enciérrale y vete.
Entonces empezó a importunarme a mí, pero le dije que bastante plaga había tenido con esta pesada criatura, que cada uno de nosotros tenía su trabajo y que el suyo era atender a Linton; el señor Heathcliff me ordenó dejárselo a ella.
Cómo se las arreglaron juntos, no lo sé, supongo que él estaría muy inquieto y que gemiría noche y día y que ella tendría bien poco descanso, según podía uno suponer por su palidez y ojos hinchados. Ella a veces venía a la cocina, desesperada, como si quisiera pedir socorro, pero yo no iba a desobedecer al amo. Yo nunca me atrevo a desobedecerle, señora Dean, y aunque yo creía que estaba mal que no se fuera a buscar a Kenneth, no era cosa mía ni aconsejar, ni quejarme, y siempre me negué a entrometerme.
Una o dos veces, después de irnos a la cama, abrí mi puerta y la vi sentada llorando, en lo alto de la escalera, entonces volví a cerrar, rápidamente, por miedo a sentirme inclinada a interferir; me daba lástima entonces, estoy segura, pero no quería perder mi empleo, ¿comprende?
Al fin una noche entró decidida en mi alcoba y me dio un susto que me sacó de quicio.
—Dígale al señor Heathcliff que su hijo se está muriendo, esta vez estoy segura. Levántese ahora mismo y dígaselo.
Después de estas palabras desapareció. Yo seguí acostada un cuarto de hora escuchando, pero temblaba. Nada se movía, la casa estaba en silencio. «Se habrá equivocado —dije para mí—, estará mejor, no tengo por qué molestarles», y empecé a adormilarme, pero mi sueño fue interrumpido por segunda vez por un fuerte campanillazo —era la única campanilla que teníamos, puesta exprofeso para Linton— y el amo me llamó para que fuera a ver lo que pasaba y que les dijera que no quería volver a oír aquel ruido.
Le di el recado de Catalina. Se maldijo a sí mismo, y a los pocos minutos salió con una vela encendida y se dirigió a la habitación de Linton, y yo le seguí. La señora Linton estaba sentada al lado de la cama con las manos cruzadas sobre sus rodillas. Su suegro se acercó, iluminó la cara de su hijo, le miró, le tocó, y dirigiéndose a ella dijo:
—Bien, Catalina, ¿cómo te encuentras?
No respondió.
—¿Cómo te encuentras, Catalina? —repitió.
—Él ya no sufre y yo estoy libre —contestó—, debería encontrarme bien, pero —continuó con una amargura que no podía ocultar— me ha dejado tanto tiempo luchar sola contra la muerte, que no veo ni siento más que muerte, y yo misma me siento muerte.
Y eso parecía, le di un poco de vino. Hareton y José, que se habían despertado por el campanillazo y el ruido de nuestros pasos, oyeron nuestra conversación desde fuera y entraron. José se alegraba, yo creo, de la desaparición del chico. Hareton parecía un tanto desconcertado, aunque estaba más atento en mirar a Catalina que en pensar en Linton. Pero su amo le mandó de nuevo a la cama, no necesitábamos su ayuda. Después hizo que José trasladara el cadáver a su habitación, a mí me dijo que volviera a la mía, y la señora se quedó en la suya, sola.
Por la mañana me envió a que le dijera que tenía que bajar a desayunar. Se había desnudado y parecía que iba a dormirse y me dijo que estaba enferma; lo que no me extrañó. Informé al señor Heathcliff y me contestó:
—Bien, déjala tranquila hasta después del entierro. Sube de cuando en cuando, por si necesita algo, y en cuanto esté mejor, me lo dices.
Cati estuvo arriba dos semanas, según Zila, quien la visitaba dos veces al día, y hubiera estado aún más cordial si sus crecientes intentos de cordialidad no hubieran sido al punto rechazados con altanería.
Heathcliff subió una vez a mostrarle el testamento de Linton. Había dejado todos sus bienes muebles y los que habían sido de ella, a su padre. La pobre criatura fue inducida, con amenazas y engaños, a firmar el testamento durante la semana de ausencia de Catalina por la muerte de su padre. De las tierras, por ser Linton menor de edad, no pudo disponer. Sin embargo, el señor Heathcliff las había reclamado y las poseía por el derecho de su mujer, y el suyo también, supongo que legalmente. En todo caso, Catalina, sin dinero y sin amigos, no puede disputarle su posesión.
Nadie —dijo Zila— se acercó a su puerta, excepto esta vez, sino yo, y nadie preguntaba por ella. La primera ocasión que bajó a la casa fue un domingo por la tarde. Se me quejó, cuando le subí la comida, de que no podría soportar más tiempo aquel frío. Le dije que el amo se iba a la Granja de los Tordos, y que Earnshaw y yo no teníamos por qué impedirle que bajara, así en cuanto oyó el caballo de Heathcliff alejarse, hizo su aparición vestida de negro y con sus rizos rubios peinados por detrás de las orejas, lisos como los de una cuáquera ; no se los podía peinar.
José y yo generalmente vamos a la capilla los domingos. (La iglesia —explicó la señora Dean—, usted sabe, no tiene pastor ahora, y en Gimmerton llaman capilla al lugar de reunión de metodistas o baptistas, no sé bien cual de los dos.) José se había ido —continuó—, pero yo creí más conveniente quedarme en casa, es mejor que a los jóvenes les vigile una persona mayor, y Hareton, con toda su timidez, no es un modelo de buenas maneras. Le comuniqué que su prima posiblemente se sentaría con nosotros y, como ella acostumbraba siempre a guardar el domingo, sería mejor que él dejara a un lado sus escopetas y pequeños quehaceres de bajo techado, mientras estuviera con nosotros. Se sonrojó ante esta noticia y se miró las manos y la ropa. El sebo y la pólvora desaparecieron de la vista en un minuto. Comprendí que sí iba a hacerle compañía a su prima, y por su proceder supuse que quería estar presentable, y así, riendo, como no me atrevería a reír cuando el señor está presente, me ofrecí a ayudarle, si quería, tomando a broma su confusión. Se puso serio y empezó a blasfemar.
—Bien, señora Dean —continuó, viendo que no me agradaba su proceder—; probablemente usted piensa que su ama es demasiado fina para el señor Hareton, y tal vez tenga razón, pero confieso que me gustaría ver su orgullo un poco rebajado, ¿de qué le servirá toda su instrucción y refinamiento ahora? Es tan pobre como usted y como yo, más pobre, seguro: usted hace sus ahorros y yo hago lo que puedo en este sentido.
Hareton permitió a Zila que le ayudara y ella le halagó hasta ponerle de buen humor, así cuando Catalina bajó, medio olvidando sus antiguos insultos, intentó hacérsele agradable, según el relato del ama de llaves.
—La señorita entró —dijo Zila—, fría como un carámbano y altiva como una princesa. Me levanté y le ofrecí mi asiento en el sillón, pero no, volvió la cara a mi cortesía. Earnshaw se levantó también y le ofreció el escaño y sentarse junto al fuego, porque estaba seguro de que estaría muerta de frío.
—He estado muerta de frío más de un mes —contestó, recalcando las palabras con tanto desdén como era capaz, y cogió una silla y la colocó a bastante distancia de nosotros dos. Se quedó sentada quieta hasta que se calentó. Empezó entonces a mirar en torno y descubrió unos cuantos libros en el aparador. Se puso en pie al momento, estirándose para alcanzarlos, pero estaban demasiado altos. Su primo, al ver durante un rato sus esfuerzos, al fin se armó de valor para ayudarla. Ella sujetó su falda y él la llenaba con los primeros libros que le venían a mano. Este fue un gran progreso del chico. Catalina no le dio las gracias, pero él se sintió gratificado de que aceptara su auxilio, y se aventuró a quedarse de pie detrás mientras ella miraba los libros, y aun a inclinarse y señalar lo que le llamaba la atención en algún viejo grabado que los ilustraba. No le intimidaba la impertinencia con que ella le arrancaba la página de entre sus dedos; se contentó con retirarse un poco y mirarla a ella en lugar de al libro. Catalina continuó leyendo, o buscando algo que leer. La atención de Hareton se centró, gradualmente, en la observación de sus abundantes y sedosos rizos; él no le veía la cara, y ella no le veía a él. Y, quizás sin saber del todo lo que hacía, pero atraído como un niño por la luz de una vela, al fin pasó del mirar al tocar: extendió la mano y acarició un rizo con tanta suavidad como si fuera un pájaro. Ante este avance, se dio Cati la vuelta con tal sobresalto como si le hubieran clavado un cuchillo en el cuello.
—¡Vete ahora mismo! ¿Cómo te atreves a tocarme? ¿Por qué estás ahí parado? —gritó con tono de asco—. No te puedo aguantar. Me iré arriba otra vez si te acercas.
El señor Hareton retrocedió con una cara de tonto que no podía más. Se sentó en el escaño, muy callado, y ella continuó hojeando los libros durante media hora. Finalmente el chico cruzó la habitación y me susurró:
—¿Quiere usted pedirle que nos lea, Zila? Estoy aburrido de no hacer nada y me gusta... me gustaría oírla. No le diga que lo quiero yo, sino que se lo pide usted.
—El señor Hareton desea que nos lea algo, señora —dije enseguida—; le alegraría mucho y le estaría muy agradecido.
Ella frunció el entrecejo y levantando la vista contestó:
—El señor Hareton y todos ustedes tengan a bien entender que yo rechazo cualquier aparente amabilidad que tengan la hipocresía de ofrecerme. Les desprecio y a ninguno de ustedes tengo nada que decirle. Cuando hubiera dado mi vida por una palabra amable, aun ver uno de sus rostros, todos se apartaron. Pero no me voy a quejar de ustedes. He bajado acosada por el frío, no para divertirles ni para disfrutar de su compañía.
—¿Qué he hecho yo? —dijo Earnshaw—. ¿De qué tengo yo la culpa?
—Sí, tú eres una excepción —contestó su prima—. Nunca eché de menos tu solicitud.
—Pues me ofrecí más de una vez —dijo, enardeciéndose ante su insolencia—, y le pedí al señor Heathcliff que me dejara estar en vela en su lugar.
—¡Cállate! Me voy a ir a cualquier parte, por no tener tu desagradable voz en mí oído.
Hareton murmuró que por él podía irse al infierno y, descolgando su escopeta, no se privó más tiempo de sus ocupaciones de domingo. Él hablaba ahora con más soltura, y a ella pronto le pareció oportuno retirarse a su soledad, pero la helada ya se había posado y, a pesar de su orgullo, se ha visto forzada a condescender con nuestra compañía cada vez más, pero he tenido mucho cuidado de que no vuelva a despreciar mis buenas intenciones. Desde entonces estoy tan altiva como ella. No tiene quien la quiera, no la quiere nadie entre nosotros —y no se lo merece—, que se le diga la menor palabra y ya se encrespa sin respeto a nadie. Contesta al mismo amo, hasta que le provoca a que la pegue y, cuanto más daño le hace, más venenosa se pone.
Al principio, después de oír este relato de Zila, decidí dejar mi empleo, tomar una casita y que viniera Catalina a vivir conmigo. Pero Heathcliff hubiera permitido esto tanto como poner a Hareton una casa independiente. Yo no le veo remedio de momento, a no ser que se vuelva a casar, y esto no cae dentro de mi jurisdicción el arreglarlo.
Así terminó la historia de la señora Dean. A pesar de la profecía del doctor, pronto recuperé mis fuerzas y, aunque era sólo la segunda semana de enero, me propuse salir a caballo al cabo de un día o dos, e irme a Cumbres Borrascosas para informar a mi propietario de que voy a pasar los próximos seis meses en Londres y, si quiere, puede buscar otro inquilino para después del mes de octubre; por nada del mundo pasaría otro invierno aquí.

Capítulo XXXI

A YER hacía un día despejado, tranquilo y frío. Fui a las Cumbres como me había propuesto. Mi ama de llaves me rogó que llevara a su señora una nota de su parte, y no me negué, porque la buena mujer no creía que hubiera nada de extraño en su petición.
La puerta principal estaba abierta, pero la recelosa verja cerrada, como en mi última visita. Llamé y requerí la ayuda de Earnshaw, que estaba por los parterres del jardín. Quitó la cadena y entré. El chico es un rústico tan guapo como el que más, me fijé mucho en él esta vez, pero parece que hace todo lo posible para no sacar ventaja de sus cualidades.
Pregunté si el señor Heathcliff estaba en casa, me dijo que no, pero que estaría a la hora de comer. Eran las once y le comuniqué mi intención de entrar y esperarle, a lo que soltó las herramientas y me acompañó; a manera de perro guardián, no en sustitución del amo de la casa.
Entramos juntos. Catalina estaba allí, haciéndose útil preparando unas verduras para la próxima comida. Parecía más huraña y menos animada que la última vez que la vi. Apenas levantó los ojos para mirarme y continuó su trabajo con el mismo desdén para las fórmulas corrientes de cortesía que antes: sin corresponder en absoluto a mi saludo, ni a mis «buenos días».
—No parece tan amable —pensé— como la señora Dean quiere hacerme creer. Es una belleza, es cierto, pero no un ángel.
Earnshaw le mandó con grosería que se llevara sus cosas a la cocina.
—Llévalas tú —dijo, apartándolas de sí en cuanto terminó y, retirándose a un taburete junto a la ventana, se puso a grabar figuras de pájaros y otros animales en las mondas de nabo que tenía en su falda.
Me acerqué como si quisiera mirar el jardín y, a mi parecer con habilidad, dejé caer la nota de la señora Dean sobre sus rodillas sin que Hareton se diera cuenta, pero ella preguntó en voz alta:
—¿Qué es esto? —y lo tiró.
—Una carta de una vieja amiga, el ama de llaves de la Granja —contesté, molesto de que descubriera mi buena acción y temeroso de que se imaginaran que la carta era mía.
Catalina la hubiera cogido de buena gana ante esta información, pero Hareton se le adelantó, la cogió y se la puso en el bolsillo del chaleco, diciendo que el señor Heathcliff tenía que leerla primero. Ella volvió entonces el rostro y furtivamente sacó un pañuelo y se lo llevó a los ojos; su primo, después de luchar un rato para dominar sus buenos sentimientos, sacó la carta y la tiró al suelo junto a ella con tanto desprecio como pudo. Catalina la cogió y la leyó con ansia, luego me hizo algunas preguntas referentes a los habitantes —racionales e irracionales— de su antiguo hogar, y mirando hacia las colinas, murmuró en un soliloquio:
—¡Cómo me gustaría ir allí montada en Mini! ¡Cuánto me gustaría trepar por allí! Estoy cansada, estoy aburrida, Hareton —y apoyó su delicada cabeza contra el antepecho de la ventana y, con un medio bostezo y un medio suspiro, se sumió en una especie de ensimismada tristeza, sin importarle, o sin saber, si la observábamos o no.
—Señora Heathcliff —dije, después de estar sentado un tiempo en silencio—. ¿Sabe usted que yo la conozco tan íntimamente que me parece raro que no venga usted a hablarme? Mi ama de llaves no se cansa de hablar de usted y de alabarla y tendrá un gran desencanto si vuelvo sin noticias suyas, excepto que ha recibido su carta y que no ha dicho nada.
Pareció sorprendida por estas palabras y preguntó:
—¿Le quiere a usted Elena?
—Sí, mucho —contesté vacilante.
—Dígale —continuó— que contestaría a su carta, pero no tengo con qué escribir, ni siquiera un libro para poder arrancar una hoja.
—¿Ningún libro? ¿Cómo puede usted arreglarse para vivir aquí sin libros, si me permite que se lo pregunte? Aun teniendo una buena biblioteca, a menudo estoy triste en la Granja, si se me llevaran los libros me desesperaría.
—Cuando los tenía estaba siempre leyendo. Heathcliff no lee nunca y se le metió en la cabeza destruir mis libros. No he tenido vislumbre de uno sólo desde hace semanas. Sólo una vez busqué por los de teología de José, con gran irritación suya; y una vez, Hareton, di con un secreto depósito en tu cuarto, algunos griegos y latinos, algunas narraciones y poesía; todos viejos amigos. Yo los traje aquí y tú los recogiste, como coge la urraca cucharas de plata, por el mero afán de robar. No te sirven para nada, a no ser que los escondiera con la mala intención de que, ya que tú no los puedes disfrutar, que nadie más lo haga. ¿Acaso tu envidia aconsejó al señor Heathcliff que se me robaran mis tesoros? Pero la mayoría de ellos los tengo escritos en mi cabeza e impresos en mi corazón y de ésos no me privaréis.
Earnshaw se puso como la grana al hacer su prima esta revelación de sus secretos tesoros literarios, y balbuceó indignadas negativas a sus acusaciones.
—El señor Hareton está deseoso de aumentar su caudal de conocimientos —dije, acudiendo en su ayuda—. No es envidia, sino emulación lo que le inspira su cultura. Dentro de pocos años será culto e inteligente.
—Y quiere mientras tanto que yo me convierta en una estúpida. Sí, ya le oigo deletrear y leer a solas, y bonitos disparates que dice, yo quisiera que repitieras Chevy Chase , como hiciste ayer; era muy divertido. Te oí... y te oí mirar el diccionario, y buscar las palabras difíciles, y después maldecir porque no podías leer la explicación.
El joven creyó, evidentemente, que era cruel reírse de su ignorancia y luego reírse porque intentaba remediarla. Yo pensaba lo mismo y recordaba la anécdota de la señora Dean de sus primeros intentos de iluminar las tinieblas en que había sido criado, y observé:
—Pero, señora. Todos hemos tenido nuestros comienzos, y todos hemos tropezado y hemos vacilado en el umbral y, si hubiéramos tenido el desprecio de nuestros maestros, en lugar de su ayuda, estaríamos siempre tropezando y vacilando.
—Sí, yo no quiero limitar sus progresos, pero no tiene derecho a apropiarse de lo que es mío, y ponerlo en ridículo ante mí por sus groseros errores y mala pronunciación. Esos libros, prosa y verso, son sagrados para mí por otros recuerdos, y odio que se rebajen y profanen en su boca. Además, como con malicia deliberada, entre todas ha escogido mis obras favoritas, que me gusta repetir.
El pecho de Hareton se hinchó en silencio durante un minuto; luchaba bajo un intenso sentimiento de mortificación y de ira que no era fácil de reprimir. Me levanté y, por una caballerosa idea de aliviar su turbación, me paré en la puerta contemplando la vista exterior, allí de pie. Siguió mi ejemplo y salió de la habitación, pero al poco rato volvió cargado con media docena de libros que echó en el regazo de Catalina.
—¡Tómalos! No quiero leerlos, ni pensar, ni saber nada de ellos.
—Ahora no los quiero. Los asociaría contigo y lo detesto.
Abrió uno que, obviamente, había sido muy hojeado y leyó un párrafo con el balbuciente tono de un principiante. Se echó a reír y lo tiró lejos de ella.
—Escuchen —continuó con aire provocativo, y empezó a leer, del mismo modo, una estrofa de una antigua balada.
El amor propio de Hareton no podía soportar más tormento, y oí, sin desaprobarlo del todo, que ponía freno con una bofetada a la insolente lengua de la niña. La pequeña endiablaba había hecho todo lo posible por herir los sentimientos tiernos, aunque no cultivados, de su primo, y un argumento físico era el único medio que tenía para saldar la cuenta y devolver sus resultados al agresor. Luego él cogió los libros y los echó al fuego. Yo leí en su semblante la angustia que le producía ofrecer ese sacrificio a su rencor. Me imaginé que mientras los libros se consumían recordaba el deleite que ya le habían proporcionado, y el triunfo y creciente placer que de ellos esperaba. Supuse e imaginé también el estímulo de sus secretos estudios: se había contentado con su trabajo diario y sus rudos goces irracionales, hasta que Catalina se cruzó en su camino. La vergüenza de su desprecio y la esperanza de su aprobación, eran sus acicates para más altas metas, pero como ella no le protegió de lo primero, ni le concedió la segunda, los esfuerzos del chico por levantarse habían producido exactamente el efecto contrario.
—Sí, este es todo el beneficio que un bruto como tú puede sacar de los libros —exclamó Catalina, chupándose el labio lastimado y mirando el incendio con ojos indignados.
—Valdría más que te callaras ahora —contestó él furioso. Su agitación le impidió decir nada más, y avanzó rápidamente hacia la entrada, de donde me retiré para dejarle pasar, pero antes de que cruzara el umbral, Heathcliff, que subía por el camino, se lo encontró y poniendo la mano sobre su hombro, le dijo:
—¿Qué pasa, muchacho?
—Nada, nada —dijo, y se marchó para disfrutar de su dolor y de su ira en soledad.
Heathcliff le siguió con la vista y suspiró.
—Sería curioso que me frustrara a mí mismo —murmuró, inconsciente de que yo estaba detrás de él—. Cuando busco a su padre en su rostro la encuentro a ella cada día más, ¿cómo demonio se le parece tanto? No puedo soportar el verle —bajó los ojos al suelo y entró pensativo. Había en su semblante una expresión de inquietud y de ansiedad que nunca le había notado antes, y parecía más delgado.
Su nuera al verle por la ventana escapó enseguida a la cocina, así que me quedé solo.
—Me alegro de verle de nuevo fuera de casa, señor Lockwood —dijo en respuesta a mi saludo—, aunque sea en parte por motivos egoístas, pues no creo que pudiera reemplazar fácilmente su pérdida en esta desolación; me he preguntado más de una vez qué le trajo a usted aquí.
—Un capricho tonto, me temo, señor —fue mi respuesta—, o más bien un capricho tonto me va a hacer desaparecer. Partiré para Londres la próxima semana, y le notifico que no me siento inclinado a mantener la Granja de los Tordos más de los doce meses que acordé con usted alquilarla. Creo que no voy a vivir allí nunca más.
—¡Por supuesto! Está usted cansado de estar apartado del mundo, ¿no es así? Pero si viene usted a pedirme que no le cobre por una casa que no va a ocupar, su viaje es inútil. Nunca renuncio a exigir a nadie, sea quien sea, que me pague lo que me debe.
—No he venido a pedirle que renuncie a nada —exclamé muy irritado—. Si usted quiere lo arreglamos ahora mismo —y saqué mi cartera del bolsillo.
—No, no —dijo fríamente—; dejará bastantes cosas para saldar sus deudas, si no vuelve. No tengo tanta prisa. Siéntese y coma con nosotros; a un huésped que no va a repetir la visita se le puede dar una buena acogida. ¡Catalina, trae las cosas...! ¿Dónde estás?
Catalina reapareció con una bandeja con tenedores y cuchillos.
—Tú puedes comer con José —le dijo aparte—, y quédate en la cocina hasta que se vaya.
Ella obedeció sus órdenes puntualmente; quizás no tuvo la intención de transgredirlas. Probablemente, al vivir entre patanes y misántropos, no puede apreciar a las personas de otra clase cuando se las encuentra.
Con el señor Heathcliff, torvo y taciturno a un lado, y Hareton mudo del todo al otro, tuve una comida un tanto desanimada, y me despedí pronto. Hubiera querido salir por la parte de atrás para echar la última mirada a Catalina y molestar al viejo José, pero Hareton recibió órdenes de acercar mi caballo y el mismo anfitrión me escoltó hasta la puerta, así que no pude satisfacer mi deseo.
—¡Qué vida más tristona la de esa casa! —reflexionaba mientras iba cabalgando por el camino. Hubiera sido una realización más romántica que un cuento de hadas para la señora Linton Heathcliff si ella y yo nos hubiéramos enamorado, como su buena ama deseaba, y emigrado juntos al bullicioso ambiente de la ciudad.

Capítulo XXXII

1802



En el mes de septiembre de este año un amigo me invitó a hacer estragos en los cotos de caza que poseía en el norte. En el viaje hacia su casa me encontré, inesperadamente, a quince millas de Gimmerton. El mozo de cuadra del mesón que había al borde del camino llevaba un cubo de agua para refrescar mis caballos, cuando pasó una carreta cargada de avena verde, recién segada, y observó:
—Ese es de Gimmerton. Siempre siegan tres semanas más tarde que los demás.
—¿Gimmerton? —me repetí. Mi residencia en aquel lugar se había ya difuminado en el recuerdo y era como un sueño—. ¡Ah, ya sé! ¿A qué distancia está de aquí?
—Unas catorce millas por las colinas, y mal camino —contestó.
Un repentino impulso de visitar la Granja de los Tordos se apoderó de mí. Apenas era mediodía y pensé que podría pasar la noche bajo mi propio techo tan bien como en una posada. Además fácilmente podría disponer de un día para arreglar asuntos con mi propietario y así ahorrarme el trabajo de venir de nuevo a esta vecindad. Después de descansar un rato, mandé a mi criado a informarse del camino que conducía al pueblo y, con gran fatiga para nuestros caballos, salvamos la distancia en unas tres horas. Le dejé allí y proseguí valle abajo yo solo. La iglesia gris parecía más gris, y el solitario cementerio más solitario; vi una oveja pastando en la corta hierba que crece sobre las tumbas. El tiempo era suave, cálido, demasiado cálido para viajar, pero el calor no me impedía disfrutar del delicioso paisaje que se extendía por encima y por debajo de mí; si lo hubiera visto más cerca de agosto, estoy seguro que me hubiera tentado desperdiciar un mes entre sus soledades. En invierno nada más triste, en verano nada más divino que esos valles encerrados entre colinas y esas erguidas, audaces crestas de brezo.
Llegué a la Granja antes de la puesta de sol y llamé a la puerta, pero la familia se había retirado a la parte de atrás de la casa, según pude juzgar por una rizada espiral de humo, delgada y azul, que salía de la chimenea de la cocina, y no me oyeron. Entré en el patio. Bajo el pórtico, una niña de nueve o diez años estaba sentada calcetando, y una vieja reclinada en los peldaños, fumando, pensativa, una pipa.
—¿Está en casa la señora Dean? —pregunté a la mujer.
—¿La señora Dean? No, no vive aquí, está en las Cumbres.
—¿Es usted el ama de llaves?
—Sí, guardo la casa.
—Bien, soy el señor Lockwood. El dueño. Me pregunto si no hay una habitación para alojarme; quisiera pasar la noche aquí.
—¿El dueño? —dijo asombrada—. ¿Quién iba a saber que iba a venir? Debía haber avisado. No hay ninguna seca y limpia en la casa, ninguna.
Se quitó la pipa de la boca y se metió dentro, la niña la siguió, y yo entré también. Pronto me di cuenta de que el informe era cierto, y aún más, de que la había puesto nerviosa mi intempestiva aparición. Le dije que se tranquilizara, que iba a salir a dar un paseo, y mientras tanto que arreglase un rincón en algún cuarto donde cenar y una alcoba donde dormir. Nada de barrer ni de quitar el polvo, sólo un buen fuego y sábanas secas era todo lo que necesitaba.
Parecía deseosa de hacer todo lo mejor que pudiera, aunque metió la escobilla en las brasas por error, y equivocó el uso de otros utensilios de su oficio. Me marché confiando en sus energías para encontrar a la vuelta un lugar de descanso.
Cumbres Borrascosas era el objeto de mi proyectada excursión: una segunda idea me hizo retroceder cuando ya había salido del patio.
—¿Todo bien en las Cumbres? —pregunté a la mujer.
—Sí, que sepamos —contestó, desapareciendo con un perol de cenizas calientes.
Debí haberle preguntado por qué la señora Dean había dejado la Granja, pero era imposible detenerla en semejante trance, me di la vuelta y salí.
Andaba yo a paso lento con el brillo de un sol poniente a mi espalda, y el suave esplendor de una luna que se elevaba frente a mí: uno se desvanecía, la otra se iluminaba mientras yo salía del parque y subía por el pedregoso camino que se bifurca hacia la morada del señor Heathcliff. Antes de llegar a la vista de la casa, todo lo que quedaba del día era una luz ámbar, sin brillo, por poniente, pero yo podía ver cada piedrecita del sendero, cada brizna de hierba a la luz de esa espléndida luna. No tuve que saltar la verja ni llamar, porque cedió a mi mano. «Esto es un progreso», pensé. Y percibí otro con la ayuda de mi olfato: la fragancia de enredaderas y alhelíes que flotaba en el aire de entre los domésticos árboles frutales.
Tanto las puertas como las celosías estaban abiertas, sin embargo, como es corriente en las regiones carboníferas, un hermoso fuego rojo iluminaba la chimenea; el agrado que proporciona a la vista hace soportable el calor excesivo. Pero la casa de Cumbres Borrascosas es tan grande que sus habitantes tienen espacio suficiente para apartarse de su influencia, así pues, los que allí había estaban sentados no lejos de una ventana. Yo podía verles y oírles antes de entrar y, en consecuencia, miré y escuché movido a ello por un sentimiento, mezcla de curiosidad y de envidia, que aumentaba a medida que me iba demorando.
—Con-tra-rio —dijo una voz tan dulce como una campana de plata—. ¡Es la tercera vez, tonto! No te lo repetiré más. Recuérdalo o te tiro de los pelos.
—Contrario, pues —contestó otra con profundo, pero suave tono—. Y ahora dame un beso por acordarme tan bien.
—No, primero léelo todo sin una sola falta.
El hombre que hablaba empezó a leer. Era joven, dignamente vestido, y sentado a la mesa con un libro delante. Sus correctas facciones resplandecían de felicidad, y sus ojos pasaban con impaciencia de la página a una mano pequeña y blanca posada sobre su hombro, que le llamaba al orden con una rápida palmada en la mejilla siempre que su dueña detectaba tales muestras de distracción. Ésta estaba detrás de pie; sus rubios y relucientes rizos se mezclaban a ratos con los mechones castaños del joven, al inclinarse para vigilar su trabajo, y el rostro de ella... era una suerte que no pudiera ver su rostro, porque si no no hubiera estado tan atento. Yo sí la veía, y me mordí el labio de despecho, por haber desperdiciado la ocasión que podía haber tenido de hacer algo más que contemplar su cautivadora belleza.
La lección terminó, no sin más errores, pero el alumno reclamó una recompensa y recibió por lo menos cinco besos que generosamente devolvió. Entonces fueron hacia la puerta y, por su conversación, comprendí que estaban a punto de dar un paseo por los páramos. Supuse que Hareton Earnshaw me condenaría en su corazón, si no por su boca, a las más profundas regiones infernales si yo mostraba mi inoportuna persona junto a él y, considerándome muy ruin y maligno, di, mohíno, la vuelta para buscar refugio en la cocina.
También por ese lado se entraba sin obstáculos. En la puerta estaba sentada mi vieja amiga, Neli Dean, cosiendo y cantando una canción, a menudo interrumpida desde dentro, con duras palabras de desprecio e intolerancia, pronunciadas en un tono que estaba muy lejos de ser musical.
—Preferiría tener en mis oídos vuestras blasfemias de la mañana a la noche que oírla a usted —dijo el habitante de la cocina, en respuesta a unas palabras de Neli, que no oí—. Es una vergüenza que uno no pueda abrir el Libro Santo sin que usted no empiece a entonar alabanzas a Satanás, y a todas las maldades que han nacido en el mundo. Es usted mala y la otra también, y este pobre chico se perderá entre las dos. ¡Pobre chico! —añadió con un gruñido—. Está embrujado, estoy seguro. ¡Oh, señor, júzgales, porque no hay ley ni justicia en este país!
—No, de lo contrario nos habrían puesto sobre llameantes hogueras, supongo —replicó Neli—. Pero cállese, viejo, y lea su Biblia como buen cristiano y no se preocupe de mí. Ahora La Boda del Hada Ana , es una melodía muy bonita, dan ganas de bailar.
La señora Dean estaba a punto de volver a empezar, cuando yo me adelanté y, reconociéndome al punto, se puso de pie de un salto, exclamando:
—¡Bueno, Dios le bendiga, señor Lockwood! ¿Cómo se le ha ocurrido volver así? La Granja de los Tordos está cerrada, debiera haber avisado.
—He dispuesto acomodarme allí el tiempo que permanezca. Mañana partiré de nuevo. ¿Y cómo ha sido trasplantada aquí, señora Dean? Cuénteme.
—Zila se marchó, y el señor Heathcliff quiso que viniera, poco después que usted se fue a Londres, y que me quedara hasta que usted volviera. Pero pase, por favor. ¿Ha venido andando desde Gimmerton esta tarde?
—Desde la Granja y, mientras me preparan el alojamiento allí, quiero liquidar mis asuntos con su amo, porque no creo que tenga otra oportunidad fácilmente.
—¿Qué asuntos, señor? —dijo Neli, conduciéndome hacia la casa—. Ha salido de momento, y no volverá pronto.
—Respecto al alquiler —contesté.
—Entonces es con la señora Heathcliff con quien lo tiene que arreglar, o más bien conmigo. Todavía no ha aprendido a llevar sus asuntos y yo lo hago en su lugar, no hay nadie más.
Me sorprendí.
—No se había enterado de la muerte del señor Heathcliff, por lo que veo.
—¿Heathcliff muerto? —exclamé asombrado—. ¿Cuánto tiempo hace?
—Hace tres meses. Pero siéntese, deme su sombrero y se lo contaré todo. Un momento, usted no ha comido, ¿no es eso?
—No necesito nada, he encargado la cena en casa. Siéntese usted también. ¡Nunca soñé que podía haber muerto! Cuénteme cómo sucedió. Usted dijo que no les esperaba pronto de vuelta... ¿los jóvenes?
—No, tengo que reñirles todas las noches por sus paseos hasta tan tarde, pero no me hacen caso. Beba por lo menos un poco de nuestra vieja cerveza. Le sentará bien, parece cansado.
Se apresuró a ir a buscarla antes de que pudiera negarme, y oí a José preguntando «si no era escandaloso que tuviera cortejantes a su edad, y darles de beber de las bodegas del amo. Y que se avergonzaba de vivir para verlo».
Neli no se detuvo para replicar, y volvió al minuto con un rebosante jarro de plata, cuyo contenido alabé con adecuada seriedad. Luego me obsequió con la continuación de la historia de Heathcliff, que había tenido un extraño fin, según decía.
—Me llamaron de Cumbres Borrascosas a los quince días de irse usted. Obedecí encantada por amor a Catalina. Mi primer encuentro con ella me produjo tristeza y disgusto, tanto había cambiado desde que nos separamos. El señor Heathcliff no me explicó sus razones para haber cambiado de opinión respecto a mi venida aquí; sólo me dijo que me necesitaba, y que estaba cansado de ver a Catalina, que me instalara en el gabinete y que me la llevara conmigo; era suficiente tener que verla una o dos veces al día. Ella parecía contenta con este arreglo. Poco a poco, traje furtivamente gran número de libros y otras cosas que la habían divertido en la Granja y me ilusionaba con que podríamos pasarlo bastante bien. La ilusión duró poco. Catalina, contenta al principio, al poco tiempo se volvió irritable e inquieta. Por una parte, estaba prohibido salir al jardín y le irritaba mucho verse confinada en tan estrechos límites a medida que llegaba la primavera, por otra, para atender yo a la casa, tenía que dejarla sola con frecuencia, y se quejaba de soledad; prefería pelear con José en la cocina que estar sola y en paz. No me importaban sus escaramuzas, pero Hareton se veía obligado a buscar también refugio en la cocina cuando el amo quería la casa para él solo. Al principio Catalina, o se iba cuando él se acercaba, o tranquilamente me ayudaba en mis quehaceres, absteniéndose de mirarle o dirigirle la palabra, aunque él siempre estaba lo más taciturno y silencioso posible. Al poco tiempo cambió ella de conducta, y era implacable en no dejarle tranquilo: hablándole, comentando sus estupideces y ociosidad, expresando su extrañeza de cómo podía soportar la vida que llevaba, cómo podía pasar toda una tarde mirando al fuego y dormitando.
—Es como un perro, ¿verdad Elena? —observó una vez—, o un caballo de tiro: hace su trabajo, come su comida, y duerme, y así eternamente. ¡Qué espíritu más vacío y triste debe de tener! ¿Tú nunca sueñas, Hareton? Y si es así, ¿en qué sueñas? Ni me hablas.
Después le miró, pero él ni abrió la boca, ni se volvió a mirarla.
—Quizás esté soñando ahora —continuó ella—. Levanta los hombros como Juno crispa los suyos. Pregúntale, Elena.
—El señor Hareton pedirá al amo que la mande a usted arriba, si no se comporta. No ha levantado sólo los hombros, también ha cerrado los puños, como si estuviera tentado de emplearlos .
—Ya sé por qué Hareton no habla nunca cuando yo estoy en la cocina —dijo ella en otra ocasión—. Tiene miedo de que me ría de él. ¿Elena, qué crees? Empezó a aprender a leer solo, y porque me reía, quemó los libros y lo dejó. ¿No fue un loco?
—Y usted ¿no fue mala?
—Quizá sí —continuó—; pero yo no esperaba que fuera tan tonto. Hareton, si te diera un libro ¿lo tomarías ahora? Lo voy a probar.
Le puso en la mano uno que ella estaba leyendo. Él se lo tiró y le dijo que si no le dejaba le retorcería el pescuezo.
—Bueno, lo pondré aquí, en el cajón de la mesa, y me voy a la cama.
Entonces me susurró que me fijase si lo tocaba, y se fue. Pero él ni lo tocó, y se lo dije a la mañana siguiente, lo que fue para ella una desilusión. Comprendí que le dolía la perseverancia del chico en estar siempre mohíno e indolente. Le remordía la conciencia por haberle ahuyentado su afán de progreso, lo que en realidad había conseguido, por eso aplicó su ingenio en reparar el daño. Mientras yo planchaba o hacía algún trabajo sedentario, que no podía llevarme al gabinete, ella traía algún libro bonito y me leía en voz alta. Cuando Hareton estaba, solía detenerse en lo más interesante y dejaba el libro por allí. Esto lo hizo repetidas veces, pero él, más terco que una mula, en lugar de morder el anzuelo, en días de lluvia se ponía a fumar con José y permanecían como autómatas, sentados uno a cada lado del fuego, el viejo lo bastante sordo, por fortuna, para no oír las perversas necedades, como él hubiera dicho, de Catalina, y el joven haciendo lo posible por aparentar que se desentendía de ello. En las tardes que hacía bueno, Hareton se iba de caza, y Catalina todo eran bostezos y suspiros. Me importunaba para que hablara con ella y, en cuanto empezaba, salía corriendo al patio o al jardín y, como último recurso, lloraba y decía que estaba cansada de vivir y que su vida era inútil.
Heathcliff, que cada día era más insociable, casi había desterrado a Hareton de su estancia, y el chico se convirtió en algo inamovible en la cocina, debido a un accidente a principios de marzo: se le reventó la escopeta cuando iba por las colinas solo, una astilla le hizo un corte en un brazo y perdió mucha sangre antes de que pudiera llegar a casa. La consecuencia fue que se vio obligado sin remisión a estar sin moverse al lado del fuego hasta que se curó. Le vino bien a Catalina tenerle allí: en todo caso le hizo aborrecer aún más la habitación de arriba y me instaba a que buscara abajo algún quehacer en el que ella me pudiera acompañar.
El lunes de Pascua de Resurrección, José se fue a la feria de Gimmerton con ganado, y por la tarde yo estaba ocupada repasando la ropa blanca en la cocina. Earnshaw permanecía sentado, taciturno como de costumbre, en un rincón de la chimenea, y mi ama llenaba su tiempo haciendo dibujos en los cristales de la ventana, alternando su diversión con ahogados brotes de melodías, murmurando exclamaciones y echando rápidas miradas de enojo e impaciencia hacia su primo, que, impertérrito, fumaba y contemplaba el fuego. Al decirle que yo no podía trabajar si me quitaba la luz, se trasladó al hogar. Presté poca atención a lo que hacía, pero al poco la oí decir:
—He descubierto, Hareton, que quisiera... que me alegraría... que me gustaría, que fueras mi primo ahora, si no estuvieras tan enfadado conmigo y no fueras tan grosero.
El chico no contestó.
—¡Hareton, Hareton, Hareton! ¿Me oyes?
—¡Fuera de aquí! —gruñó, con implacable sequedad.
—Dame esa pipa —dijo ella, alargando cautelosamente la mano y quitándosela de la boca.
Antes de que él intentara recuperarla ya estaba rota y en el fuego. Lanzó una blasfemia y cogió otra.
—¡Basta! —gritó ella—; primero tienes que escucharme y no puedo hablar con esas nubes flotando en mi cara.
—¿Quieres irte al diablo y dejarme en paz? —exclamó feroz.
—No, no quiero, y no se qué hacer para que hables conmigo, ya que estás decidido a no entenderme. Cuando te llamo estúpido, esto no significa nada, no quiero decir que te desprecie. Ea, hazme caso, Hareton, tú eres mi primo y tienes que reconocerlo.
—No tengo nada que ver contigo, ni con tu asqueroso orgullo, ni con tus malditas burlas. Antes me iría al infierno en cuerpo y alma que volver los ojos a ti de nuevo. ¡Vete de aquí al instante!
Catalina frunció el ceño y se retiró al asiento de la ventana, mordiéndose el labio y procurando ocultar sus crecientes ganas de llorar, tarareando una excéntrica canción.
—Tendría que hacer las paces con su prima, señor Hareton —interrumpí—, ya que ella se arrepiente de su impertinencia. Le haría mucho bien... sería otro hombre si la tuviera de compañera.
—¡Compañera! ¿Cuando me odia y no me cree digno de limpiarle los zapatos? No, aunque me hiciera rey. No me expondré yo a más burlas por buscar de nuevo su buena voluntad.
—Yo no te odio, eres tú el que me odia a mí —sollozó Cati, sin poder disimular ya más su disgusto—. Tú me odias tanto como Heathcliff, o más.
—Eres una maldita embustera. ¿Por qué, pues, le he hecho enfadar por ponerme de tu parte un ciento de veces? Y eso cuando tú te burlabas de mí y me despreciabas y... tú sigue molestándome, que saldré y le diré que me has echado de la cocina.
—No sabía que te habías puesto de mi parte —contestó ella secándose los ojos—. Yo era muy desdichada y sentía rencor contra todo el mundo; pero ahora te doy las gracias y te pido que me perdones, ¿qué más puedo hacer?
Se volvió ella hacia el hogar y con sinceridad le tendió la mano. El rostro de él se ensombreció como una nube de tormenta y, enfurruñado, tenía los puños resueltamente apretados y su vista fija en el suelo.
Catalina por instinto debió de adivinar que era perversa contumacia, no desagrado, lo que dictaba aquella pertinaz conducta, porque, después de estar indecisa un rato se inclinó y puso en su mejilla un suave beso. La picarona creyó que yo no la había visto, se retiró muy recatada a su sitio anterior, junto a la ventana. Moví la cabeza reprobándolo, se sonrojó y me dijo:
—Bien, ¿qué debía hacer, Elena? No me daba la mano ni me miraba. Tengo que mostrarle de alguna manera que le quiero y que quiero hacer las paces.
Si el beso convenció a Hareton, no lo puedo decir, pero tuvo mucho cuidado de que durante unos minutos no se le viera la cara, y cuando levantó la cabeza, estaba tristemente indeciso de a dónde volver sus ojos.
Catalina se ocupó de envolver primorosamente en papel blanco un hermoso libro, lo ató con una cinta y lo dirigió al «Señor Hareton Earnshaw». Me pidió que yo fuera su embajadora y llevara el regalo a su destinatario.
—Y dile que si lo acepta, vendré y le enseñaré a leerlo bien, y, si lo rechaza me iré arriba y no volveré a molestarle más.
Se lo llevé y le repetí el mensaje, ansiosamente vigilada por mi ama. Hareton no quiso abrir las manos; así pues, se lo dejé en sus rodillas. No lo tiró. Yo volví a mi trabajo. Catalina apoyó la cabeza y los brazos en la mesa, hasta que oyó el ligero crujir del papel al ser retirado. Entonces se escabulló y en silencio se puso al lado de su primo. Él temblaba y su rostro ardía. Toda su rudeza y áspera grosería le abandonaron; no pudo hacer acopio de valor al principio para pronunciar una sílaba en respuesta a la inquisitiva mirada de Catalina, y a su murmurado ruego:
—¡Dime que me perdonas, Hareton, dilo! ¡Podrías hacerme tan feliz con esa palabra!
Masculló él algo que no pude oír.
—¿Serás mi amigo? —siguió interrogando Catalina.
—No, te avergonzarías de mí todos los días de tu vida, tanto más cuanto más me conocieras, y no lo podría sufrir.
—¿Entonces no quieres ser mi amigo? —dijo ella con una sonrisa más dulce que la miel y acercándose más.
No oí nada más de la conversación, pero, al mirarles de nuevo, vi dos caras tan radiantes inclinadas sobre el libro aceptado, que no dudé de que el convenio había sido ratificado por ambas partes y que los enemigos, desde entonces, eran fieles aliados.
La obra que estudiaban estaba llena de preciosas láminas; éstas, junto a la mutua situación de los primos, tenían el suficiente encanto para mantenerles inmóviles, hasta que José llegó a casa. Él, pobre hombre, quedó del todo horrorizado ante el espectáculo de Catalina sentada en el mismo banco de Hareton Earnshaw y con la mano apoyada en su hombro, y estupefacto, al ver que su favorito toleraba tal proximidad. Le afectó demasiado profundamente para permitirse ninguna observación sobre el asunto aquella noche. Su emoción se reveló por los inmensos suspiros que exhalaba al poner solemnemente su enorme Biblia sobre la mesa y mientras la cubría de sucios billetes de banco que sacó de su cartera, producto de las transacciones del día. Por fin llamó a Hareton para que se acercara.
—Lleva esto al amo, muchacho —dijo—; y quédate allí. Yo tengo que subir a mi habitación. Esta casa no es decente para nosotros, tenemos que irnos y buscar otro acomodo.
—Vamos Catalina —dije—, nosotras también tenemos que irnos, he terminado de planchar. ¿Está usted lista para salir?
—Aún no son las ocho —contestó, levantándose de mala gana—. Hareton, dejo este libro sobre la chimenea y traeré más mañana.
—Los libros que usted deje los llevaré a la casa y será milagroso si los encuentra usted de nuevo, así que haga lo que le parezca.
Catalina le amenazó con que su biblioteca pagaría por la de ella, sonrió al pasar junto a Hareton y subió cantando, me atrevería a decir, con el corazón más alegre de lo que nunca lo había sentido bajo ese techo, excepto, quizás, durante sus primeras visitas a Linton.
La intimidad, así comenzada, creció rápidamente, aunque tropezó con interrupciones temporales. Earnshaw no se iba a civilizar por un simple deseo, y Catalina no era un filósofo, ni un modelo de paciencia. Pero como sus espíritus tendían a un mismo fin: el uno amando con deseo de poder estimar y el otro amando con deseo de poder ser estimado, lo lograron alcanzar.
Ya ve, señor Lockwood: era fácil ganarse el corazón de la señora Heathcliff, pero ahora me alegro de que usted no lo intentara. La unión de ellos dos será el coronamiento de todos mis deseos. No voy a envidiar a nadie el día de la boda: no habrá una mujer más feliz en toda Inglaterra.

Capítulo XXXIII

Al día siguiente de ese lunes, Earnshaw no estaba capacitado todavía para hacer sus trabajos habituales y tenía que quedarse por la casa. Pronto comprendí que no sería posible retener a mi niña a mi lado como hasta entonces. Bajó antes que yo, y salió al jardín, en donde había visto a su primo haciendo algún trabajo poco pesado. Cuando salí para decirles que vinieran a desayunar, vi que ella le había convencido de despejar de arbustos de grosella un buen espacio de terreno, y estaban ocupados en proyectar una importación de plantas de la Granja.
Me quedé aterrorizada ante la devastación que habían conseguido en apenas media hora. Aquellas matas de grosellas negras eran la niña de los ojos de José, y a ella no se le había ocurrido otra cosa que plantar un lecho de flores, precisamente en medio.
—Lo sabrá el amo en cuanto se descubra —exclamé—, y ¿qué excusa van a ofrecer por haber tomado tales libertades en el jardín? ¡Buena tormenta vamos a tener por esta causa: ya verán! Señor Hareton, me extraña que tenga tan poco juicio como para hacer este desastre sólo porque ella se lo pida.
—Se me había olvidado que eran de José —contestó el chico, algo confuso—; pero le diré que he sido yo.
Siempre comíamos con Heathcliff; yo ocupaba el sitio de la señora de la casa para hacer el té y trinchar, por lo tanto era indispensable en la mesa. Catalina se sentaba por lo general a mi lado, pero hoy se escabulló más cerca de Hareton: muy pronto me di cuenta de que no tendría la niña más discreción en su amistad que había tenido cuando eran enemigos.
—Ahora, cuidado con hablar o mirar demasiado a su primo —fueron las instrucciones que le susurré mientras entrábamos a desayunar—, causaría enojo al señor Heathcliff y se enfurecería contra los dos.
—No, descuida, no lo haré.
Pero al momento estaba a su lado y clavando prímulas en su plato de porridge. Él no se atrevía a hablar con ella allí, ni apenas se atrevía a mirarla, pero Cati seguía fastidiándole, hasta que dos veces estuvo el chico a punto de soltar la risa. Yo fruncí las cejas, y ella entonces miró hacia el amo, cuya mente estaba más ocupada en otros asuntos que en los seres que le acompañaban, según dejaba traslucir su rostro; ella se puso reflexiva por un momento, observándole con profunda seriedad, pero volvió enseguida la cabeza para continuar con sus bobadas; al fin Hareton soltó una risa sofocada que sobresaltó al amo: echó éste una rápida mirada a nuestros rostros y Catalina se la sostuvo con ese aire acostumbrado de nerviosismo, pero de reto, que él tanto aborrecía.
—Tienes suerte de estar fuera de mi alcance. ¿Qué demonio te posee para que me devuelvas así la mirada continuamente con esos ojos infernales? ¡Bájalos! Y no me recuerdes más tu existencia; creí que te había curado de tus ganas de reír.
—He sido yo —musitó Hareton.
—¿Qué dices? —demandó el amo.
Hareton miró al plato y no repitió la confesión. El señor Heathcliff le miró un momento y, en silencio, volvió a su desayuno y a su interrumpida meditación. Casi habíamos terminado, y los dos jóvenes prudentemente se separaron, de modo que yo no preveía más disturbios por aquella vez, cuando apareció José por la puerta, demostrando por sus labios temblorosos y su mirada de furia, que el ultraje cometido en sus preciosas plantas había sido descubierto. Debió de haber visto a Cati y a su primo en aquel sitio, porque sus mandíbulas batían como las de una vaca rumiando, lo que hacía su lenguaje muy difícil de entender, empezó:
—Tengo que cobrar mi salario y marcharme. Deseaba morirme donde había servido durante sesenta años. Había pensado trasladar mis libros a la buhardilla, y todas mis cosas, para dejarles a ellos la cocina y estar tranquilo. Hubiera sido duro dejar mi sitio en el hogar, mas pensé que podía hacerlo. Pero ahora me quitan el jardín, y eso, por mi vida, amo, no lo puedo soportar. Inclínese usted bajo el yugo si quiere. Yo no estoy acostumbrado, y un viejo no se acostumbra fácilmente a nuevas cargas. Antes prefiero ganarme el pan con un pico por los caminos.
—¡Bueno, idiota! —interrumpió Heathcliff—. ¡Abrevia! ¿De qué te quejas? No voy a interferir en las peleas entre tú y Neli. No me importa si te mete en la carbonera.
—No es por Neli por lo que me iría, aunque es puerca y mala, gracias a Dios no puede ensuciar el alma de nadie, porque nunca fue tan guapa que fuera peligroso mirarla. Es esa frívola desgraciada joven que ha embrujado a nuestro chico con sus atrevidos ojos y maneras desvergonzadas. ¡Sí, se me parte el corazón! Ha olvidado todo lo que he hecho por él y he hecho de él, y ha arrancado toda una hilera de los mejores arbustos de grosellas del jardín.
Y aquí se expansionó en sus lamentos, abrumado por el sentimiento de sus amargas ofensas, la ingratitud de Earnshaw y su peligrosa situación.
—¿Está borracho este tonto? —preguntó Heathcliff—. Hareton, ¿es a ti a quien acusa?
—He arrancado dos o tres arbustos, pero los volveré a plantar.
—¿Y por qué los has arrancado? —dijo el amo.
Catalina prudentemente intervino.
—Queríamos plantar algunas flores allí; yo soy la única culpable, porque quise que lo hiciera.
—¿Y quién demonio te dio permiso para que tocaras ni una vara de ese lugar? —preguntó su suegro muy sorprendido—. ¿Y quién te mandó obedecerla? —añadió, volviéndose a Hareton.
Este último estaba sin habla; su prima replicó:
—No debiera regatearme unas pocas yardas de tierra para adorno, cuando usted se ha quedado con todas mis tierras.
—¿Tus tierras, insolente zafia? No tuviste nunca ninguna.
—Y mi dinero —continuó ella, devolviéndole la colérica mirada, y mordiendo entre tanto una corteza de pan, resto de su desayuno.
—¡Silencio! ¡Acaba y vete!
—Y las tierras de Hareton y su dinero —prosiguió la indomable criatura—. Hareton y yo somos amigos ahora y le contaré todo lo que a usted se refiere.
El amo pareció confuso un momento; se puso pálido y se levantó, mirándola todo el rato con una expresión de odio mortal.
—Si me pega, Hareton le pegará a usted, vale más que se siente.
—Si Hareton no te echa de la habitación, le pegaré hasta mandarle al infierno —tronó Heathcliff—. ¡Condenada bruja! ¡Te atreves a intentar alzarle contra mí! ¡Fuera con ella! ¿Oís? ¡Echadla a la cocina! Elena Dean, la mataré si la dejas que se presente a mi vista de nuevo.
Hareton intentó en voz baja persuadirla de que se fuera.
—¡Arrástrala! —gritó como un salvaje—, ¿os entretenéis hablando? —y se acercó para ejecutar sus propias órdenes.
—No le va a obedecer más —dijo Catalina—, y pronto le detestará tanto como yo.
—Calla, calla —musitó el joven en tono de reproche—. No quiero que le hables así, basta.
—No le dejarás que me pegue —gritó ella.
—Vamos, pues —le susurró con severidad.
Era demasiado tarde: Heathcliff ya la había cogido.
—Ahora tú vete —le dijo a Earnshaw—. ¡Maldita bruja! Esta vez me ha provocado cuando yo no lo podía aguantar, y haré que se arrepienta para siempre.
La tenía cogida por los cabellos; Hareton intentó liberar los rizos, pidiéndole que no le hiciera daño por esa vez. Sus ojos negros llameaban; parecía dispuesto a despedazar a Catalina. Estaba yo a punto de arriesgarme a ir en su auxilio, cuando de repente sus dedos se relajaron, trasladó su garra de la cabeza al brazo y la miró intensamente a la cara. Entonces se llevó la mano a los ojos, estuvo un momento quieto como para reponerse y, volviéndose de nuevo a Catalina, dijo con aparente calma:
—Tienes que aprender a evitar que me enfurezca; si no, un día te mataré. Vete con la señora Dean, limita tus insolencias a sus oídos. En cuanto a Earnshaw, si le veo que te escucha, le mandaré a que se busque el pan en donde lo pueda encontrar. Tu amor hará de él un marginado y un mendigo. Neli, llévatela, y dejadme, todos vosotros, dejadme.
Saqué de allí a mi niña, que estaba tan contenta de haber escapado que no opuso resistencia, el otro la siguió, y el señor Heathcliff tuvo la estancia para él sólo hasta la hora de comer. Aconsejé a Catalina que comiera arriba, pero en cuanto él notó su sitio vacío, me mandó llamarla. No habló con ninguno de nosotros, comió poco e inmediatamente después se marchó, advirtiendo que no volvería antes del atardecer.
Los dos nuevos amigos se instalaron en la casa durante su ausencia, en donde oí que Hareton reprendía severamente a su prima por haber dicho que revelaría la conducta de su suegro con el padre del chico; le dijo que no le iba a consentir una palabra en menosprecio suyo: no le importaba, aunque fuera el mismo demonio, él siempre le defendería, y que prefería que le insultase a él, como hacía antes, a que la emprendiera con el señor Heathcliff. Cati se enfadaba ante esto, pero él encontró el medio de hacerla callar preguntándole si a ella le agradaría que él hablara mal de su padre. Entonces comprendió que su primo tomaba la reputación del amo como cosa propia y que estaba unido a él por lazos más fuertes que los que la razón podría romper... cadenas forjadas por la costumbre, que hubiera sido cruel intentar aflojar. Ella en adelante mostró buen corazón, evitando tanto las quejas como las expresiones de antipatía concernientes a Heathcliff, y me confesó que lamentaba haber procurado levantar malquerencia entre él y Hareton. Desde luego, no creo que desde entonces ella haya formulado una sílaba, en presencia del último, en contra de su opresor.
Cuando esta pequeña discordia pasó, intimaron de nuevo, y se ocuparon todo lo posible en sus distintas tareas de alumno y profesor. Yo fui a sentarme con ellos al terminar mi trabajo, y me sentía tan feliz y consolada al contemplarlos, que no me daba cuenta de que el tiempo pasaba. Usted ya sabe que ellos han sido, hasta un punto, como mis hijos. Mucho tiempo estuve orgullosa de ella, ahora, estoy segura, el otro será fuente de igual satisfacción. Su naturaleza honrada, afectuosa e inteligente, sacudió muy pronto las nubes de ignorancia y degradación en las que había crecido, y los sinceros elogios de Catalina actuaban como un acicate para su trabajo; al iluminarse su espíritu se iluminaban sus facciones y añadían vida y nobleza a su presencia. Apenas podría creer que fuera la misma persona que había visto el día que encontré a mi niña en Cumbres Borrascosas después de su expedición al Roquedal.
Mientras yo les admiraba y ellos trabajaban, vino la noche, y con ella volvió el amo. Llegó a nosotros inesperadamente, entrando por la puerta principal, y pudo captar la escena de los tres antes de que nosotros pudiéramos levantar la cabeza para mirarle.
Bien, reflexioné, nunca pudo darse un espectáculo más agradable y más inocente; sería bochornoso reñirles. La luz roja del fuego brillaba en sus lindas cabezas y descubría sus rostros animados por un ávido interés infantil, porque aunque él tenía veintitrés años y ella dieciocho, era tal novedad para los dos sentir y aprender, que ni experimentaban, ni traslucían, los sentimientos de la juiciosa y desencantada madurez.
Los dos levantaron los ojos al mismo tiempo para encontrarse con los del señor Heathcliff. No sé si usted se ha dado cuenta de lo parecidos que son los ojos de los dos primos, que son los de Catalina Earnshaw. La actual Catalina no tiene otro parecido con ella, excepto lo ancho de la frente y una cierta curva de las ventanas de la nariz, que le da un aire altanero, tanto si se lo propone como si no. Con Hareton el parecido va más lejos. Siempre fue extraordinario, pero entonces era sorprendente en especial, porque sus sentidos estaban alerta y sus facultades mentales despiertas por una actividad insólita. Creo que este parecido desarmó a Heathcliff: se acercó al hogar con visible agitación, que pronto se calmó al mirar al joven, o mejor diría que cambió de cariz, porque la agitación allí estaba.
Le cogió el libro que tenía en la mano, miró la página abierta, y se lo devolvió sin más comentario, sólo hizo señal a Catalina de que se fuera. Su compañero tardó poco en seguirla, y yo estaba a punto de marcharme también, pero me pidió que me quedara sentada.
—Es una pobre conclusión, ¿no es cierto? —observó después de meditar un rato sobre la escena que acababa de presenciar—. Un final absurdo para mis violentos esfuerzos. Me proveo de picos y azadones para derribar ambas casas, me entreno para ser capaz de hacer los trabajos de Hércules, y cuando todo está preparado, y en mi poder, descubro que ha desaparecido mi voluntad de levantar una teja de uno y otro tejado. Mis viejos enemigos no me han vencido, ahora sería el momento preciso de vengarme en sus descendientes: lo podría hacer y nadie podría impedírmelo, pero ¿para qué? No me interesa atacar, no me voy a tomar el trabajo de levantar la mano. Esto suena como si hubiera estado trabajando todo este tiempo sólo para exhibir ahora un hermoso rasgo de magnanimidad. Nada más lejos de ser este el caso: he perdido la facultad de gozar con su destrucción y estoy demasiado indolente para destruir sin motivo.
Neli, se acerca un extraño cambio..., ahora estoy bajo su sombra. Me interesa tan poco mi vida cotidiana, que apenas me acuerdo de comer ni beber. Esos dos que acaban de salir de aquí son los únicos objetos que conservan para mí una apariencia material clara, y esta apariencia me produce un dolor que llega a la agonía. De ella no quiero hablar, ni en ella quiero pensar, quisiera sinceramente que fuera invisible..., su presencia me provoca sólo sensaciones enloquecedoras. Él me conmueve de distinta manera y, sin embargo, si pudiera hacerlo sin aparentar demencia, quisiera no volverle a ver nunca más. Acaso creas que estoy próximo a la locura —añadió, haciendo un esfuerzo por sonreír— si trato de descubrirte las mil formas de recuerdos pasados o ideas que él despierta o encarna. Pero tú no hablarás de esto que te cuento, mi espíritu está tan eternamente recluido en sí mismo, que es tentador al fin volcarlo en otra persona.
Hace cinco minutos Hareton parecía la personificación de mi juventud, no un ser humano; tan variados eran mis sentimientos hacia él que hubiera sido imposible hablarle de modo racional.
En primer lugar, su sorprendente parecido con Catalina me recuerda con espanto a ella. Esto, sin embargo, que tú puedes suponer es lo más poderoso para detener mi imaginación, es en realidad lo menos, porque, ¿qué es lo que no me conecta con ella?, ¿qué es lo que no me la recuerda? No puedo mirar al suelo sin que se dibujen sus rasgos en las losas. En cada nube, en cada árbol, llenando el aire de la noche y vislumbrándola en cada objeto por el día. Estoy rodeado de su imagen. Los rostros más corrientes de hombres y mujeres —mi propia imagen— se burlan de mí por su parecido. El mundo entero es una espantosa colección de recuerdos de que ella existió y de que la he perdido.
Sí, la apariencia de Hareton era el espectro de mi amor inmortal, de mis insensatos esfuerzos por mantener mi derecho, de mi degradación, mi orgullo, mi felicidad y mi angustia. Pero es locura contarte a ti todos estos pensamientos; sólo sabrás por qué, con mi repugnancia a estar siempre solo, su compañía no me beneficia, más bien me agrava este constante sufrimiento que padezco, y contribuye, en parte, a que me sea indiferente el trato con su prima. No puedo prestarles ya más atención.
—Pero, ¿qué quiere decir por un cambio, señor Heathcliff? —dije, alarmada por su actitud, aunque no corría el peligro de perder el juicio o de morirse. Según mi criterio, estaba muy fuerte y saludable y, en cuanto a su razón, desde su infancia se complacía en alimentar ideas tenebrosas y entretener raras fantasías. Podía tener una idea fija respecto a su desaparecido ídolo, pero en cualquier otro aspecto su razón estaba tan sana como la mía.
—No lo sabré hasta que no llegue, sólo soy semiconsciente de él ahora.
—No se siente enfermo, ¿verdad?
—No, Neli, no.
—Entonces, ¿no le tiene temor a la muerte?
—¿Temor? No tengo ni miedo, ni presentimiento, ni esperanza de morir. ¿Por qué he de temerla?, con mi fuerte constitución, mi sistema de vida moderado, mis ocupaciones poco peligrosas, debiera permanecer, y probablemente así será, sobre la tierra, hasta que no me quede un solo cabello negro en la cabeza. Sin embargo, no puedo continuar en esta situación. Tengo que recordarme a mí mismo que he de respirar y a mi corazón que ha de latir. Es como enderezar un duro resorte: sólo por obligación hago el acto más ligero que no esté conectado con aquel único pensamiento, y sólo por obligación atiendo a cualquier cosa, viva o muerta, que no esté asociada con aquella idea universal. Tengo un único deseo, todo mi ser y facultades anhelan alcanzarlo. Lo he anhelado tanto tiempo y tan sin vacilación, que estoy convencido de que lo alcanzaré, y pronto, porque ha devorado mi existencia. Estoy sumido ya en la anticipación de su cumplimiento. Mi confesión no me ha aliviado, pero acaso pueda explicar algunas fases del carácter que yo muestro, de otro modo serían inexplicables. ¡Oh, Dios, qué larga lucha! ¡Quisiera que se terminara ya!
Empezó a dar paseos por la habitación, murmurando cosas horribles hacia sí mismo, hasta el punto que creí —como dijo José— que esa conciencia había convertido su corazón en un infierno terrenal. Me preocupaba mucho cómo terminaría todo aquello.
Aunque él rara vez había revelado antes aquel estado de ánimo suyo, ni siquiera por sus miradas, yo no tengo duda de que era su talante habitual, lo afirmó él mismo. Pero nadie podía suponer tal realidad a juzgar por su aspecto. Usted no, señor Lockwood, cuando le vio por primera vez; y en la época de que le hablo era lo mismo que entonces, sólo más deseoso de constante soledad y acaso más lacónico con los demás.

Capítulo XXXIV

Durante varios días después de aquella noche, Heathcliff evitaba encontrarse con nosotros en la mesa, pero no quería excluir formalmente a Hareton y a Cati. Le repugnaba ceder a sus sentimientos de una manera tan total, prefería ausentarse él: comer una vez cada veinticuatro horas ya era, por lo visto, bastante sustento.
Una noche, después que todos estábamos en la cama, le oí bajar y salir por la puerta principal; no le oí volver, y a la mañana siguiente vi que aún estaba fuera.
Estábamos en el mes de abril entonces: el tiempo era suave y templado, la hierba estaba tan verde como los chaparrones y el sol, alternándose, podían ponerla, y los dos manzanos enanos junto a la tapia del sur, en plena flor.
Después de desayunar, Catalina insistió en que sacara una silla y me sentara con mi labor bajo los abetos, en el extremo de la casa, y convenció a Hareton, que estaba del todo repuesto de su accidente, de que cavara y arreglara su jardincito, que había trasladado a aquel rincón a causa de las quejas de José.
Yo estaba disfrutando tranquilamente de la fragancia primaveral del ambiente, y del hermoso y suave azul que nos cubría, cuando Cati, que se había llegado hasta la verja a coger algunas raíces de prímulas para un macizo, volvió sólo con unas pocas, y nos informó de que el señor Heathcliff venía.
—Y me ha hablado —añadió asombrada.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Hareton.
—Me ha dicho que me marchara lo más deprisa posible. Pero tiene un aspecto tan distinto del suyo normal que me paré un momento a mirarle.
—¿Cómo está? —insistió el chico.
—Pues casi radiante y alegre. No, nada de casi, muy excitado, extraño y contento.
—Entonces los paseos nocturnos le divierten —observé aparentando indiferencia. En realidad estaba tan sorprendida como ella y ansiosa de comprobar la verdad de esta afirmación, porque ver al amo alegre no era un espectáculo de todos los días. Inventé una excusa para entrar.
Heathcliff estaba de pie en la puerta abierta, pálido y temblando, con un extraño brillo en los ojos que le cambiaba su fisonomía.
—¿Quiere desayunar? —dije—. Debe de tener hambre después de andar por ahí toda la noche.
Quería saber dónde había estado, pero no me atreví a preguntárselo directamente.
—No, no tengo hambre —contestó, volviendo la cabeza y hablando con cierto desdén, como si imaginara que yo quería adivinar la causa de su buen humor.
Me quedé indecisa, no sabía si era una buena oportunidad para amonestarle un poco, o no.
—No creo que sea bueno andar al aire libre en lugar de estar en la cama; no es prudente, por lo menos, en esta estación húmeda, apostaría a que va usted a coger un fuerte catarro o unas calenturas... y algo tiene usted ya encima.
—Nada que no pueda soportar, y aun con gusto, con tal de que me dejes solo. Entra ya y no me fastidies.
Obedecí y, al pasar, noté que su respiración era tan acelerada como la de un gato.
—Sí —reflexioné para mí—; vamos a tener un brote de enfermedad. No puedo comprender qué es lo que ha estado haciendo.
Aquel mediodía se sentó a comer con nosotros y recibió de mi mano un plato bien lleno, como si quisiera compensar su ayuno anterior.
—No tengo catarro ni fiebre, Neli —observó, aludiendo a mis palabras de la mañana—, y estoy dispuesto a hacer honor a la comida que me das.
Cogió el cuchillo y el tenedor y, al ir a comer, pareció que le desaparecía de repente el apetito. Los volvió a dejar sobre la mesa, miró con ansiedad hacia la ventana, se levantó y salió. Le vimos andar de un lado a otro del jardín mientras terminamos nuestra comida, y Earnshaw dijo entonces que iría a preguntarle por qué no quería comer; creía que le habíamos hecho enfadar por algo.
—Bueno, ¿viene? —preguntó Catalina cuando volvió su primo.
—No, pero no está enfadado; parece muy contento, sólo se impacientó porque le hablé dos veces. Entonces me pidió que me viniera contigo, y le sorprendía que buscara la compañía de otra persona.
Puse su plato en el guardafuegos de la chimenea para mantenerlo caliente. Volvió al cabo de una hora o dos, cuando el cuarto estaba ya despejado, pero él no estaba más tranquilo: la misma insólita expresión de alegría —porque era insólita— bajo sus cejas negras, el mismo color exangüe, sus dientes visibles, de cuando en cuando, en una especie de sonrisa; su cuerpo temblando, pero no como cuando se tiembla de frío o de debilidad, sino como vibra una cuerda muy tensa, que es un estremecimiento más que un temblor.
Le voy a preguntar qué le pasa —pensé—, ¿quién se lo preguntará si no?
—¿Ha tenido alguna buena noticia, señor Heathcliff? Parece más animado que de costumbre.
—¿De dónde me van a venir a mí las buenas noticias? Estoy animado de hambre y, por lo que parece, no necesito comer.
—Su comida está aquí, ¿por qué no la va a tomar?
—No la quiero ahora —dijo rápidamente—; esperaré a la cena. Y, Neli, una vez por todas, te ruego que adviertas a Hareton y a la otra que se alejen de mí, no quiero que nadie me moleste; quiero tener este recinto para mí solo.
—¿Hay alguna nueva razón para este destierro? Dígame por qué está usted tan raro. ¿Dónde estuvo la noche pasada? No se lo pregunto por vana curiosidad, pero...
—Me lo preguntas por una muy vana curiosidad —interrumpió riendo—. No obstante, te voy a contestar. La noche pasada estuve en el umbral del infierno. Hoy estoy a la vista de mi cielo, tengo los ojos puestos en él, tres pies nos separan. Y ahora, vale más que te vayas. No verás ni oirás nada que te asuste si te abstienes de curiosear.
Después de barrer el hogar y limpiar la mesa, me fui más intrigada que nunca.
Aquella tarde no dejó la casa, ni nadie turbó su soledad, hasta que, a las ocho, me pareció prudente llevarle, sin que me lo pidiera, una vela y su cena. Estaba apoyado en una ventana abierta, pero no mirando hacia afuera, sino con su rostro vuelto hacia la penumbra interior. Un aire húmedo y templado de la tarde nublada llenaba la estancia, y tan en silencio que, no sólo se distinguía el murmurar del arroyo que bajaba de Gimmerton, sino sus rizos y gorgoteos sobre los guijarros, o entre las piedras grandes que no llegaba a cubrir.
Solté una exclamación de disgusto al ver el fuego apagado y empecé a cerrar las ventanas una tras otra, hasta que llegué a la suya.
—¿Cierro esta? —dije, para despertar su atención, pues no se movía.
La luz del fuego resplandeció en su rostro mientras yo hablaba. ¡Oh, señor Lockwood, no puedo expresar el terrible sobresalto que me causó ver aquella momentánea visión! ¡Aquellos ojos negros tan profundos! ¡Aquella sonrisa y palidez espectral! No me parecía que era el señor Heathcliff, sino un duende. En mi terror incliné la vela hacia la pared y me dejó a oscuras.
—Sí, ciérrala —replicó en su voz habitual—. Bueno, eso sí que es torpeza. ¿Por qué sujetas la vela horizontalmente? Corre, y trae otra.
Salí corriendo en un estado de terror demencial y le dije a José:
—El amo quiere que le lleve una vela y le vuelva a encender el fuego —porque yo no me atrevía a entrar en ese preciso momento.
José cogió unas brasas en la pala y fue, pero volvió enseguida con la bandeja de la cena en la otra mano, diciendo que el amo se iba a la cama y que no quería nada de comer hasta la mañana.
Le oímos, en efecto, subir la escalera, pero no se dirigió a su alcoba de siempre, sino a esa de la cama de los paneles, cuya ventana, como ya dije, es lo bastante ancha para que cualquiera pase por ella, y se me ocurrió que acaso planeaba otra excursión de media noche de la que prefería que no sospecháramos.
—¿Será un trasgo o un vampiro? —pensaba. Yo había leído sobre esos odiosos demonios encarnados. Entonces me puse a reflexionar cómo yo le había atendido en su infancia, vigilado su crecimiento hasta la adolescencia, y seguido casi en toda su vida, y qué absurda tontería era ahora ceder a esa sensación de terror. Pero, «¿de dónde había salido aquella negra criaturita que un día un hombre bueno recogió para su propia ruina?». La superstición me murmuraba mientras me adormecía hacia la inconsciencia, y empecé medio soñando a esforzarme por encontrar algún parentesco para él y, repitiendo mis meditaciones de cuando estoy despierta, tracé de nuevo su existencia con tristes variantes. Me representé al fin su muerte y su entierro, del que todo lo que puedo recordar es que estaba yo muy apurada porque me incumbía la tarea de dictar una inscripción para su tumba, y consulté al enterrador, y como no tenía apellido, y no podíamos decir la edad que tenía, tuvimos que contentarnos con la única palabra «Heathcliff». Esto resultó ser verdad y así lo hicimos. Si entra usted en el cementerio, leerá en su lápida solamente eso, y la fecha de su muerte.
El amanecer me devolvió mi sentido común. Me levanté y en cuanto empezó a clarear salí al jardín, para ver si había huellas de pies bajo su ventana. No había ninguna. «Se ha quedado en casa, pensé, hoy estará bien.»
Preparé el desayuno para todos como era mi costumbre, pero dije a Hareton y a Catalina que se tomaran el suyo antes de que bajara el amo, porque se había acostado tarde. Prefirieron desayunar al aire libre bajo los árboles y les puse una mesita para que se acomodaran allí.
Al volver a entrar me encontré a Heathcliff abajo. Él y José estaban conversando sobre asuntos de labranza; daba instrucciones claras y minuciosas sobre lo comentado, pero hablaba deprisa, y volvía constantemente la cabeza, mostrando, aún más exagerada, la misma excitación.
Cuando José se fue, Heathcliff ocupó su sitio acostumbrado, puse un tazón de café ante él, se acercó, y entonces, descansando sus brazos sobre la mesa, miraba a la pared opuesta como explorando una parte concreta, de arriba a abajo, con ojos brillantes e inquietos y con tal intenso interés, que se le paraba la respiración durante medio minuto.
—Vamos —exclamé, poniéndole en la mano un pedazo de pan—. Coma y beba esto mientras está caliente, lleva esperando casi una hora.
No se enteró, pero sonreía; hubiera preferido verle rechinar los dientes que sonreír así.
—¡Señor Heathcliff! ¡Amo! —grité—. ¡Por amor de Dios! No mire así, como si viera una visión del otro mundo.
—¡Por amor de Dios! No grites tanto —replicó—. Date la vuelta y dime si estamos solos.
—¡Claro que sí! —fue mi respuesta—. ¡Claro que estamos solos!
Involuntariamente, obedecí como si no estuviera del todo segura. Con la mano apartó las cosas del desayuno, dejando delante de sí un espacio vacío en la mesa, y se inclinó hacia adelante para mirar más a gusto. Entonces comprendí que no miraba la pared, pues observándole, se notaba que miraba a algo que estaba a dos yardas de distancia. Y, lo que fuera, le comunicaba, aparentemente, placer y dolor, en extremo exquisitos, por lo menos, la angustiada, transportada, expresión de su semblante, así lo sugería.
El objeto imaginado tampoco estaba quieto, sus ojos le perseguían con infatigable vigilancia, ni aun cuando me hablaba los separaba de él.
Yo en vano le recordé su prolongado ayuno; si se movía para tocar algo, por acatar mis ruegos, si alargaba la mano para coger un pedazo de pan, sus dedos se crispaban antes de alcanzarlo, y quedaban sobre la mesa olvidados de su objeto.
Yo allí sentada —modelo de paciencia— intentaba apartar su ánimo ensimismado de tan absorbente meditación, hasta que, irritado, se puso de pie, preguntándome por qué no le dejaba escoger las horas de sus comidas, y añadió, que la próxima vez no necesitaba servirle, que podía dejar las cosas y marcharme. Dichas estas palabras salió y, caminando despacio por el sendero del jardín, desapareció por la verja.
Las horas pasaban angustiosas: otra noche llegó. No me retiré a descansar hasta tarde, y cuando lo hice no pude dormir. Volvió a la media noche, pero en lugar de irse a la cama se encerró en la estancia de abajo. Yo escuchaba y daba vueltas por mi cuarto, hasta que al fin me vestí y bajé. Era demasiado penoso estar allí acostada, atormentándome la cabeza con un ciento de vanos despropósitos.
Distinguí los pasos de Heathcliff que medían intranquilos el suelo de la estancia. A menudo rompía el silencio con una respiración profunda semejante a un gemido. También decía palabras sueltas, lo único que pude coger fue el nombre de Catalina unido a alguna apasionada expresión de amor o sufrimiento y dichas como si hablara con una persona presente: calladas y fervientes, y arrancadas de lo más hondo de su alma.
No tuve valor para entrar directamente en la habitación, pero como quería distraerle de su delirio, me metí con el fuego de la cocina, lo removí, escarbé las cenizas... Esto le atrajo antes de lo que yo esperaba. Abrió la puerta inmediatamente y dijo:
—Neli, ven aquí, ¿es ya la mañana? Entra con tu luz.
—Están dando las cuatro. Usted necesita una vela para ir arriba, puede encenderla en este fuego.
—No quiero ir arriba. Ven y enciéndeme un fuego, y haz lo que haya que hacer en la habitación.
—Tengo que soplar para encender los carbones primero, antes de llevárselo —repliqué, cogiendo una silla y el fuelle.
Entre tanto, iba de un lado a otro en un estado muy próximo a la locura; sus hondos suspiros se sucedían tan frecuentes, que no dejaban lugar a la respiración normal entre uno y otro.
—Cuando rompa el día mandaré a buscar a Green —dijo—. Quiero hacerle algunas preguntas legales mientras pueda prestar atención a estos asuntos y actuar tranquilamente. No he redactado mi testamento aún, ni cómo dejar mis bienes. ¡No sé cómo hacerlo! Quisiera que desaparecieran de la faz de la tierra.
—No hable usted de eso, señor Heathcliff. Déjelo un poco más, así aún podrá arrepentirse de muchas injusticias. Nunca pensé que sus nervios se trastornaran de tal manera: ahora lo están al máximo, casi del todo, y por su culpa. La manera como usted ha pasado estos tres días podría derribar a un titán. Tome algo de alimento y repose. Sólo tiene que mirarse a un espejo para ver cómo necesita ambas cosas: sus mejillas están hundidas y sus ojos ensangrentados, como una persona que se muere de hambre y que se queda ciega por falta de sueño.
—No es culpa mía si no puedo comer ni descansar. Te aseguro que no es con propósito deliberado. Haré las dos cosas en cuanto me sea posible. Lo mismo podrías decir a un hombre que está luchando en el agua, que descansara a una brazada de la orilla. Tengo que alcanzarla primero y descansaré después. Bien, dejemos al señor Green, en cuanto a arrepentirme de mis injusticias, no he cometido ninguna, no me arrepiento de nada. Soy feliz en exceso, mas no lo soy bastante. El deleite de mi alma mata mi cuerpo, mas no se satisface a sí misma.
—¿Feliz, amo? ¡Extraña felicidad! Si usted me escuchara sin estar enfadado, le daría algún consejo que le haría más feliz.
—¿Qué es? ¡Dámelo!
—Usted sabe, que desde que tenía trece años ha llevado una vida de egoísmo muy poco cristiana y, probablemente apenas ha tenido una Biblia en sus manos en todo este tiempo. Se le debe de haber olvidado el contenido del libro y acaso ahora no haya lugar para averiguarlo. ¿Sería malo ir en busca de alguien, de algún ministro de la Iglesia, de cualquier denominación, no importa cuál, para que le explique y le muestre cuánto se ha alejado de sus preceptos, y lo mal dispuesto que está para el cielo, a no ser que cambie antes de morir?
—Estoy más agradecido que enfadado, Neli, porque me has recordado la manera en que deseo que me entierren. Que me lleven al cementerio de noche. Tú y Hareton podéis acompañarme si queréis, y cuida, en especial, que el sepulturero obedezca mis órdenes respecto a los ataúdes. No es necesario que venga ningún sacerdote, no es necesario que se digan preces sobre mi cuerpo. Te digo que yo casi he alcanzado mi cielo y que el de los demás ni lo codicio ni tiene valor para mí.
—Suponiendo que usted persevera en su obstinado ayuno, y muere por esta causa, y rehúsan enterrarle en recinto sagrado de la iglesia —dije, impresionada por su impía indiferencia—, ¿le gustaría?
—No lo harán; si lo hacen, tú tienes que hacer que se me traslade en secreto. Si no lo haces sabrás de manera práctica que los muertos no se aniquilan.
En cuanto oyó moverse a los demás miembros de la familia, se retiró a su guarida y yo respiré con libertad. Pero, por la tarde, mientras José y Hareton estaban en su trabajo, vino a la cocina de nuevo y, con los ojos extraviados, me pidió que me sentara en la casa: quería a alguien con él. Me negué diciéndole claramente que su extraña conversación y maneras me asustaban y no tenía ni el temple ni el deseo de ser su única compañía.
—Supongo que me creerás un demonio —dijo, con su risa siniestra—. Un ser demasiado horrible para vivir bajo un techo honrado.
Entonces, volviéndose a Cati, que estaba en la cocina y que se había puesto detrás de mí al acercarse él, añadió, medio burlándose.
—¿Quieres venir, monada? No te haré daño. No, para ti me he vuelto peor que el diablo. Bien, hay quien no rehuirá mi compañía. ¡Por Dios! Es inflexible. ¡Maldición! Es indeciblemente demasiado para que lo soporten carne y sangre, aunque sean las mías.
No pidió la compañía de nadie más. Al anochecer se fue a su alcoba. Toda la noche y bien entrada la mañana le oímos quejarse y murmurar para sí. Hareton quería entrar, pero yo le rogué que fuera a buscar al señor Kenneth, que él entraría y le vería. Cuando llegó éste, yo pedí que nos permitiera entrar e intenté abrir la puerta, la encontré cerrada, y Heathcliff nos mandó al diablo. Estaba mejor y quería que le dejáramos solo. Por lo tanto, el doctor se fue.
La noche siguiente fue muy lluviosa, realmente diluviaba hasta que amaneció, y cuando hice mi ronda matutina en torno a la casa, vi que la ventana del amo estaba abierta, batiendo, y la lluvia entraba a raudales.
—No puede estar en la cama —pensé—, estos chaparrones le empaparían. Debe de estar levantado, o ha salido. No voy a dar más vueltas, entraré decidida y veré.
Después de conseguir entrar con otra llave, corrí a abrir los paneles, porque la alcoba estaba vacía, rápidamente los aparté y miré adentro. Allí estaba el señor Heathcliff tendido boca arriba. Mis ojos se encontraron con los suyos tan agudos y feroces, que me asusté; luego pareció sonreír.
No creí que estuviera muerto, pero su cara y cuello estaban mojadas de lluvia, sus ropas de cama chorreando, y él completamente inmóvil. Como la celosía batía de un lado a otro, le había rozado la mano que descansaba en el antepecho, no salía sangre de la piel rasgada y cuando la toqué, ya no tuve duda: estaba muerto y rígido.
Atranqué la ventana, le aparté de la frente su pelo largo y negro; intenté cerrarle los ojos para hacer desaparecer, en lo posible, aquella espantosa mirada de triunfo que parecía viva, antes de que nadie pudiera verla. No se cerraban, parecía que se burlaban de mis esfuerzos. Y sus labios entreabiertos, y sus dientes blancos y afilados también se burlaban. Presa de otro ataque de cobardía, di una voz a José. Éste farfulló algo, metió ruido, pero se negó con resolución a intervenir.
—El diablo se ha llevado su alma —exclamó—, y puede llevarse la carroña por añadidura, por lo que a mí respecta. ¡Oh, qué malvado parece sonriendo a la muerte!
Y el viejo pecador sonreía haciendo burla, y hasta creí que iba a bailar alrededor del lecho, pero de repente se sosegó, cayó de rodillas, levantó las manos y dio gracias de que el amo legítimo y el viejo linaje quedaran restaurados en sus derechos.
Yo quedé aturdida por aquel horrible acontecimiento, y mi memoria, inevitablemente, repetía tiempos pasados con una especie de tristeza opresiva. Pero, pobre Hareton, él fue más perjudicado, el único que realmente sufrió. Estuvo junto al cadáver toda la noche, llorando con amarga sinceridad. Le cogía la mano, le besaba el rostro, sarcástico y feroz, el que todos los demás huían de contemplar, y se lamentaba con ese intenso dolor que brota generalmente de un corazón generoso, aunque sea recio como el acero bien templado.
Kenneth estaba muy inseguro sobre de qué enfermedad había muerto el amo. Yo le oculté que no había ingerido nada en cuatro días, por temor a que nos trajera problemas, por otra parte, estoy persuadida de que no lo hizo con intención: fue la consecuencia, no la causa, de su extraña enfermedad.
Le enterramos —con escándalo de todo el vecindario— como había querido. Earnshaw y yo, el sepulturero y seis hombres para llevar el ataúd, era todo el acompañamiento. Los seis hombres se marcharon cuando lo dejaron en la fosa; nosotros nos quedamos hasta verla cubierta, Hareton, con la cara bañada en lágrimas, arrancó algunas matas verdes y las puso él mismo sobre el pardo montículo, que ahora está tan liso y verdeante como sus vecinos, y espero que, quien lo ocupa, duerma igualmente en paz. Pero la gente de la comarca, si les pregunta, jurarán sobre la Biblia que él anda, hay quien dice que lo ha encontrado junto a la iglesia, y en el páramo, y aun dentro de esta casa. Vamos, consejas, usted dirá, yo también. Sin embargo, el viejo que está junto al fuego de la cocina afirma que ha visto a los dos mirando por la ventana de su cuarto, cada noche de lluvia desde que él murió, y una cosa rara me sucedió hace un mes. Iba yo a la Granja una tarde oscura que amenazaba tormenta, y justo al dar la vuelta a las Cumbres me encontré con un rapaz que llevaba una oveja y dos corderos delante de él. Estaba llorando amargamente, supuse que los corderos eran rebeldes y que no se dejaban guiar.
—Son Heathcliff y una mujer, allí, debajo del Roquedal —gimoteó— y no me atrevo a pasar.
No vi nada, pero ni él ni la oveja proseguían, por eso le dije que tomara el camino de más abajo. Su fantasía probablemente creó los fantasmas, mientras cruzaba los páramos solo, por las tonterías que habría oído repetir a sus padres y compañeros, pero aun así, no me gusta estar fuera de casa ahora cuando es de noche, ni me gusta quedarme sola en esta vivienda tan triste. No lo puedo evitar, pero me alegraré el día que la dejen y se vayan a la Granja.
—¿Se van a la Granja, pues?
—Sí, en cuanto se casen, y eso será el día de Año Nuevo.
—¿Quién vivirá aquí entonces?
—José atenderá a la casa, y quizás un mozo para que le acompañe. Vivirán en la cocina y el resto se cerrará.
—¿Para uso de los fantasmas que decidan habitar en ella?
—No, señor Lockwood —dijo Neli, moviendo la cabeza—. Creo que los muertos están en paz y no está bien hablar de ellos con ligereza.
En aquel momento se abrió la verja del jardín, volvían los que habían salido de paseo.
—Ellos no le tienen miedo a nada —refunfuñé, viéndoles acercarse por la ventana—. Juntos desafiarían a Satanás con todas sus legiones.
Cuando llegaron al umbral, se pararon para echarle el último vistazo a la luna, o más bien mirarse el uno al otro a su luz. Me sentí de nuevo impulsado a huir de ellos y, dejando un recuerdo en la mano de la señora Dean y desoyendo sus protestas por mi brusca marcha, me escabullí por la cocina en el momento que abrían la puerta de la casa. Se hubiera confirmado José en su opinión en cuanto a las alegres indiscreciones de su compañera de servicio, si no me hubiera reconocido —por fortuna—, por el dulce tintineo de una moneda de oro a sus pies, como una persona respetable.
Mi regreso a casa se prolongó porque me desvié en dirección a la iglesia. Cuando estuve bajo sus muros me di cuenta del progreso que había hecho la ruina, aun en siete meses: muchas ventanas mostraban negros huecos por ausencia de cristales y las tejas de pizarra sobresalían de la línea del tejado para ser gradualmente desgajadas por las próximas tormentas otoñales.
Busqué, y pronto descubrí, las tres lápidas en el declive próximo al páramo: la de en medio, gris y medio enterrada en brezos. Solamente la de Edgar Linton armonizaba con el césped y el musgo que crecía al pie. La de Heathcliff estaba aún desnuda. Me demoré bajo aquel cielo benigno, contemplé las alevillas revoloteando entre brezos y campánulas, escuchando el rumor de la suave brisa entre el césped, y me preguntaba cómo nadie podía atribuir sueños inquietos a los que dormían bajo una tierra tan sosegada.

FIN


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